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Guía del Museo Nacional de Arte Romano

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Guía del Museo Nacional

de Arte Romano

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NIPO: 030-13-188-2 ISBN: 978-84-8181-547-4 Depósito Legal: M-27223-2013 Imprime: Punto Verde Papel reciclado Textos:

José María Álvarez Martínez José Luis de la Barrera Antón Pilar Caldera de Castro Trinidad Nogales Basarrate Benito Pérez Outeriño Agustín Velázquez Jiménez Dionisio Hernández Gil Revisión, actualización y adiciones a la nueva edición: Rafael Sabio González María José Ferreira López Ilustraciones:

Archivo fotográfico Museo Nacional de Arte Romano

Ceferino López Reyes

Jesús Rueda Campos (fotografía aérea)

Guia del Museo Romano 2ª corr 2_Maquetación 1 04/01/11 10:55 Página 4

Catálogo de publicaciones del Ministerio: www.mecd.gob.es

Catálogo general de publicaciones oficiales: publicacionesoficiales.boe.es

Edición 2013

Edita:

© SECRETARÍA GE NERAL TÉCNICA Subdirección General

de Documentación y Publicaciones © De los textos y fotografías: sus autores

MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTE

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ÍNDICE

Pág.

HISTORIA DEL MUSEO 9

CRITERIOS DE LA EXPOSICIÓN 13

VISITA AL MUSEO

Área de acogida y organización de la visita 15

Planta Baja 17

Edificios de espectáculos públicos (Salas I, II y III) 18

Las religiones (Salas IV y V) 23

Ritos funerarios (Sala VI) 27

La casa romana (Sala VII) 29

El foro (Salas VIII, IX y X) 31

Planta Primera 37

Cerámica romana (Salas IX, VIII y VII) 38

Reproducción de un columbario (Sala VI) 43

Industria y artesanía del hueso (Sala V) 44

El vidrio romano (Sala IV) 47

Numismática (Salas III y II) 47

Orfebrería y glíptica (Sala II) 52

Planta Segunda 55

La administración ciudadana y provincial (Sala I) 56

El territorio de la Colonia (Sala II) 58

Movimientos migratorios en Augusta Emerita (Sala III) 59

Las profesiones (Sala IV) 60

El retrato (Salas V y VI) 61

Arte y cultura (Sala VII) 62

La Mérida cristiana (Sala VIII) 65

El Missorium de Teodosio y el mosaico de los aurigas (Salas IX y X) 66

Los restos arqueológicos conservados en la Cripta 69

EDIFICIO DEL MUSEO

Historia de las obras y descripción del edificio 75

ALGUNAS OPINIONES EXPRESADAS POR LOS ESPECIALISTAS EN EL

MOMENTO DE LA INAUGURACIÓN DEL EDIFICIO DE RAFAEL MONEO 81

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA 85

DATOS ÚTILES 87

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Historia del Museo

Los precedentes del Museo Nacional de Arte Romano se remontan al siglo XVI, cuando D. Fernando de Vera y Vargas, señor de D. Tello y Sierra Brava, co-menzó a formar una importante colección epigráfica en su palacio. Su hijo, el conde de la Roca, la mantuvo y acrecentó disponiendo algunas piezas en la fa-chada del edificio, derribado a finales del siglo XIX para construir unas escue-las.

En 1724 se reunieron, a iniciativa del Ayuntamiento, a la entrada por el Puente al Conventual o Alcazaba, varios mármoles antiguos des-cubiertos en la ciudad con el fin de mostrar la grandeza del pasado de Mérida. Este mismo siglo ve formarse otra colección, la denominada “Jardín de Antigüedades”, en el convento de Jesús Nazareno (hoy Pa-rador Nacional de Turismo), bajo la atenta supervisión de dos eruditos de la época: Agustín Francisco Forner y Segarra y el padre superior del convento Fray Domingo de Nuestra Señora. Con la disposición de parte de sus fondos, a iniciativa del propio Parador, se ha evocado reciente-mente aquella loable empresa.

La creación efectiva del Museo, a instancias de un conocido eru-dito, Ivo de la Cortina, fue llevada a término por una Real Orden de 26 de marzo de 1838. Cinco años más tarde, el Estado, consciente de la importancia arqueológica de la ciudad, cede para edificio del Museo la iglesia del convento de Santa Clara, desafectada tras el proceso de De-samortización de los bienes eclesiásticos, y en ella se instalan, por fin, las series emeritenses. El primer inventario del centro, realizado en 1910, arrojó un total de 557 objetos.

Posteriormente, bajo la dirección del catedrático de arqueología de la Universidad de Madrid, D. José Ramón Mélida, y del notable arque-ólogo local, Maximiliano Macías, comienzan las excavaciones sistemá-ticas en el conjunto monumental emeritense (teatro, anfiteatro, circo, necrópolis, casas, etc.), que se desarrollan entre 1910 y 1934. Los fon-dos del Museo, incorporado desde 1939 a la tutela del Cuerpo Faculta-tivo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, aumentan hasta el número de 3.000 piezas.

A partir de entonces, con la reanudación de las excavaciones tras el paréntesis que supuso la Guerra Civil, la antigua iglesia de Santa Clara resultó insuficiente para albergar tan ricos hallazgos. El Estado comienza a pensar en la construcción de un nuevo edificio que consti-tuya un marco digno y capaz para exponer y conservar tan considerable patrimonio. Tras una serie de vicisitudes, el día 11 de febrero de 1975, año del Bimilenario de la ciudad, se decide la creación del Museo Na-cional de Arte Romano. Dicha decisión se formaliza oficialmente me-diante Decreto de 10 de julio de ese mismo año.

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La idea de crear un museo dedicado al arte y la cultura romana con las piezas recuperadas en las excavaciones de Mérida era acertada ya que el yacimiento emeritense, a través de sus restos monumentales y de las piezas de su Museo, nos ilustra cumplidamente acerca del pro-ceso de romanización de Hispania en todas sus facetas. Por otra parte, la relevancia de sus colecciones adquiere una dimensión que excede el ámbito local y regional, y justifica su carácter de Museo Nacional.

No hubo dudas respecto a la ubicación del nuevo museo. Nada mejor, según apreciación de su anterior director, D. José Álvarez Sáenz de Buruaga, que situarlo contiguo al conjunto conformado por el Tea-tro, el Anfiteatro y la “Casa del Anfiteatro”, monumentos éstos que aco-gen un elevado número de visitantes cada año. Además, era previsible que las excavaciones en el solar de la futura sede, necesarias antes de iniciar la nueva construcción, completaran el contexto arqueológico de la zona, así como que los hallazgos extraídos de la misma pudieran in-corporarse al discurso del Museo.

Antigua instalación del Museo en la Iglesia de Santa Clara

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11 En 1980, el proyecto del edificio fue encargado al arquitecto D. Ra-fael Moneo Vallés, quien lo llevó a cabo entre 1981 y 1985.

Por su parte, la instalación museográfica fue obra del actual equipo científico del Museo, que trabajó en estrecha colaboración con el ar-quitecto. Su proyecto se concibió de modo que pudiera asumir nuevas incorporaciones y cambios, según lo demandara el desarrollo de la constante investigación arqueológica efectuada en el solar emeritense. El Museo fue inaugurado el 19 de septiembre de 1986 por SS.MM. los Reyes de España en presencia del presidente de la República de Ita-lia, a la sazón, Francesco Cossiga. En esta ceremonia se rememoraba el vínculo de Roma con una de las más importantes ciudades del Imperio: Augusta Emerita.

Vista aérea del entorno del Museo. En primer término, el teatro y el anfiteatro romanos Guia del Museo Romano 2ª corr 2_Maquetación 1 13/01/11 11:49 Página 11

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Criterios de la exposición

La idea que presidió la instalación de las salas de la exposición permanente del Museo no fue otra que reflejar en ellas todas y cada una de las facetas que informaron la vida cotidiana en una antigua colonia romana, Augusta Emerita, que de cabeza de la provincia de Lusitania se convirtió en la primera capital efectiva de Hispania tras la reforma administrativa del emperador Diocleciano, al ser designada como sede del uicarius de la dioecesis Hispaniarum. Todo ello, unido al estado excepcional de conservación de su conjunto monumental, que ha merecido ser incluido en la lista del Patrimonio Mundial, permitía, a tra-vés de piezas emblemáticas de sus colecciones, cuidadosamente seleccionadas, un acercamiento a la comprensión del importante proceso de romanización de Hispania como referíamos con anterioridad.

Por ello, los objetos expuestos, tanto en vitrinas como en las paredes de las salas o sobre pedestales, proceden de los distintos monumentos o partes de la antigua Colonia. Y en el caso de que no fuese así, tienen al menos una evidente relación con la materia.

La flexibilidad del edificio proyectado por el arquitecto Moneo, la división del interior en alturas y la magnífica luz conseguida por la instalación en el techo de lucernarios, permitieron la instalación buscada por el equipo técnico del Museo: diafanidad y posibilidad de contemplar las piezas desde distintos puntos de vista y alturas con la luz natural suficiente.

En las salas, cada ámbito temático es explicado en unos paneles. Éstos se hallan redactados en dos lenguas, español e inglés. Igual sucede con las cartelas de las piezas expuestas, en las que éstas son sumariamente descritas. Para quien desee ampliar la información existen unas hojas de sala en español, inglés, por-tugués y francés.

El Museo cuenta también con un servicio de audioguías y signoguías para sordos, facilitadas por la Asociación de Amigos del Museo y disponibles en el primer caso, en español, inglés y portugués.

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Visita al Museo

Área de acogida y organización de la visita

Según se accede al Museo, al fondo del vestíbulo y antes de iniciar el reco-rrido por la exposición, se ofrece al visitante un audiovisual sobre el carácter y significado histórico de la colonia Augusta Emerita. En él se resumen, en aproximadamente 3 minutos, toda una serie de aspectos básicos sobre la ciu-dad romana que le harán comprender mejor el discurso ofrecido a continua-ción a través de las salas. Paralelamente a la visualizacontinua-ción del vídeo, el visitante podrá disfrutar de una vista general de la nave central del Museo, gracias a la óptima perspectiva que de la misma le facilita la balconada abierta en el extremo final del vestíbulo. Tras descender por la rampa de acceso y atravesar la pasarela elevada sobre una antigua calzada romana de acceso a la ciudad, se inicia el recorrido propiamente dicho.

El espacio de exposición permanente se estructura en tres plantas: baja, primera y segunda. Cada planta a su vez se divide en diez salas, dispuestas transversalmente al recorrido de la nave central. En la planta baja, las salas se distribuyen a izquierda y derecha de la mencionada nave: a la izquierda por medio de unas celdillas elevadas donde se exponen piezas notables de gran formato; y a la derecha por medio de largos corredores rematados por una suerte de testeros que, unidos entre sí por una larga galería, vuelven a servir para exponer toda una serie de piezas significativas. La numeración de las salas viene indicada al inicio de cada uno de estos corredores.

El resto de las plantas se desarrolla sobre el espacio de la derecha, y su recorrido óptimo es el siguiente: en la primera planta siguiendo de modo in-verso la numeración de las distintas salas (IX, VIII, VII…), y en la segunda planta, retomando el orden lógico de la numeración. La planta baja desarrolla un contenido temático, la primera expone piezas de pequeño formato orde-nadas por tipologías, y finalmente la segunda retoma la ordenación temática. Abiertas mediante balconadas tanto a la nave central como a un pequeño es-pacio en forma de patio que atraviesa en sus tres alturas cada sala, desde ellas se pueden observar algunos mosaicos que, debido a su enorme formato, se han dispuesto verticalmente en los referidos patios. Finalmente indicar que las distintas plantas se conectan entre sí por medio de escaleras situadas al comienzo y al final de cada una, aunque en caso de necesidad, puede con-sultarse al personal de sala para el uso del ascensor ubicado al comienzo de la nave.

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Planta Baja

➑ ➒ ➓ El foro ➐ La casa romana ➏ Ritos funerarios ➍ ➎ Las religiones

➊ ➋ ➌ Edificios de espectáculos públicos

SALA X

SALA IX

SALA VIII

SALA VII

SALA VI

SALA V

SALA IV

SALA III

SALA II

SALA I

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Edificios de espectáculos públicos (Salas I, II y III)

En Mérida se han conservado, en alto grado de integridad, los tres grandes edifi-cios destinados a los más importantes es-pectáculos públicos: teatro, anfiteatro y circo. Los dos primeros recintos se hallan junto al Museo, mientras que el circo, para las carreras ecuestres y de carros se en-cuentra a las afueras de la ciudad.

Los espectáculos y juegos teatrales, gladiatorios, venatorios y circenses desti-nados a grandes masas, son una práctica desarrollada en Roma e implantada por toda la extensión de su Imperio. En nues-tro caso podemos considerar la existencia de estos edificios y su amplio período de uso como un signo inequívoco de roma-nidad en el contexto de la colonia

Au-gusta Emerita.

A la izquierda de la nave central se expone un conjunto de estatuas, fechadas en el siglo I y que en su día formaron parte de la ornamentación del frente escénico del Teatro (las que pueden apre-ciarse actualmente en el citado monu-mento son réplicas). Más concretamente, en la Sala I nos encontramos con tres estatuas: la primera de una musa, ante-riormente considerada como una repre-sentación de Proserpina (Fig. 1), diosa de carácter infernal; la segunda de Serapis (Fig. 2), divinidad de carácter benéfico, antes identificada con Plutón, dios de ul-tratumba y esposo de la referida Proser-pina; y la tercera de un emperador con indumentaria militar. Una representación de Ceres (Fig. 3)divinidad protectora de la

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Fig. 1. Estatua de musa procedente del Teatro. Escena del Teatro, siglo II d. C.

Fig. 2. Estatua de Serapis. Escena del Teatro, siglo II d. C.

Fig. 3. Estatua de la diosa Ceres. Es-cena del Teatro, siglo I d. C. Guia del Museo Romano 2ª corr 2_Maquetación 1 04/01/11 10:55 Página 18

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Fig. 4. Estatua de emperador con indumentaria militar. Escena del Teatro, siglo II d. C. Guia del Museo Romano 2ª corr 2_Maquetación 1 28/12/10 12:59 Página 19

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agricultura, preside el conjunto de la Sala II. El programa iconográfico del frente escé-nico se completa en el testero de la Sala III con dos nuevas efigies de emperadores en traje militar (Fig. 4) y algunas cornisas procedentes también del mismo edificio. Pasando ya a la derecha de la nave central, la Sala I muestra piezas relacio-nadas con el Circo y el Anfiteatro. En la vitrina destacan la inscripción pintada procedente de una de las grandes puertas del anfiteatro, que un particular dedicó a la diosa Némesis, y distintos bronces re-lacionados con los ludi circenses: un pu-gilista, una espinillera, dos pasarriendas de carros (uno con representación de pantera y otro con escenas cinegéticas), un magnífico caballo en actitud de galope (Fig. 5)y un jinete militar.

Al fondo de la sala se muestra, de ma-nera esquemática, el alzado del basa-mento o podium del Anfiteatro. En él, una pintura al fresco nos acerca al tipo de de-coración pintada que existió en el monu-mento y al carácter de estos espectáculos

tan netamente romanos a través de cuatro escenas distintas: un gladiador armado con red y tridente (retiarius); una lucha entre fieras (tigresa y jabalí); un cazador especializado (uenator) enfrentándose a una leona (Fig. 6); y un paisaje montañoso, alusión a esos elementos escénicos (silua) que se disponían en la arena en el curso de los juegos.

Los fragmentos conservados de la inscripción conmemorativa de la inaugu-ración del Anfiteatro, en la que se men-cionaba el undécimo consulado y la decimosexta potestad tribunicia de Au-gusto (lo que equivale al año 8 de nuestra era) y el valioso testimonio de la restaura-ción del Circo por parte de los hijos suce-sores de Constantino el Grande, entre los años 337 y 340, dan fe de la importancia oficial que se concedía a estos edificios, de cómo servían a los emperadores para su mayor honra y prestigio ante la población y, en el caso de la refección del Circo, de la continuidad de estos recintos a lo largo de la cuarta centuria.

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Fig. 5. Escultura de caballo en bronce. Siglo I d. C.

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Un relieve nos presenta a una pareja de gladiadores (Fig. 7)prestos al combate y junto a ellos otro que yace herido o muerto. Un mosaico, por fin, ilustra una escena de lucha entre dos atletas.

En la Sala II se ha considerado de in-terés mostrar una particularidad relevante de los teatros: las manifestaciones de carác-ter religioso y político que en ellos tenían lugar. Los teatros desde la época griega, y fundamentalmente en el período helenís-tico, fueron el marco apropiado para la di-fusión del mensaje político, y desde época imperial eran el lugar elegido para la reali-zación de ciertas ceremonias tendentes a la exaltación del emperador, su familia y sus ancestros. Dichas manifestaciones tenían lugar por lo general en pequeños templos o altares dispuestos en la zona alta del gra-derío; cuando no en capillas situadas en el eje central del pórtico ubicado tras la es-cena del edificio, como acontece en el caso del de Mérida. De este último espacio del teatro emeritense proceden la mayoría de las piezas que se exponen en la sala.

En la vitrina se exhiben diversos obje-tos referentes al teatro: máscaras de actores en terracota, pintura y bronce, pequeñas esculturas de emperadores y emperatrices (posibles representaciones de Faustina

Minor, Septimio Severo y Crispo) y relieves

con diversas armas. Una interesante ins-cripción en bronce recuerda el hermana-miento de la colonia Augusta Emerita con

Ugia, una localidad de la Bética cercana a

la actual Sevilla.

Fig. 6. Pintura mural con la representación de un cazador especializado (uenator) enfrentándose a una leona. Basamento del Anfiteatro, siglo I d. C.

Fig. 7. Relieve con gladiadores. Siglo I d. C. Guia del Museo Romano 2ª corr 2_Maquetación 1 28/12/10 12:59 Página 21

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Lo más relevante de la sala se rela-ciona con una exceprela-cional serie de retra-tos imperiales correspondientes a algunos de los más destacados miembros de la fa-milia julio-claudia. La escultura que pre-side el conjunto es la emblemática cabeza de Augusto (Fig. 8), una de las piezas más relevantes de las colecciones del Museo. Se representa cubierto con un velo, como signo de su dignidad de Sumo Pontífice, y sigue el modelo conocido como “Au-gusto de Vía Labicana”, hoy en el Museo Nacional Romano del Palazzo Máximo de Roma. La pieza se halla realizada en mármol de Carrara. A la izquierda y a la derecha de Augusto, respectivamente, vemos a Druso y a Tiberio (Fig. 9) de cuerpo entero, vistiendo la tradicional toga romana.

Una inscripción honorífica dedicada a un notable personaje de la Colonia,

Coro-nia Procula, varios fragmentos de lápidas

con mención a diversos emperadores y un

fragmento de ara con una ménade dan-zante, completan este espacio.

La Sala III tiene por objetivo mostrar los diversos momentos o etapas de la arquitec-tura monumental del Teatro, edificio inaugu-rado oficialmente en los años 16-15 a. C. y, al parecer, mandado construir por Agrippa, yerno de Augusto y su ministro universal.

A lo largo de su historia, el teatro su-frió varias remodelaciones, de las cuales las más importantes tuvieron lugar en época de Trajano (a la que pertenecen las piezas situadas junto a la lápida conme-morativa correspondiente), y en tiempos de los hijos de Constantino (trabajos ates-tiguados igualmente por medio de una inscripción expuesta en la sala).

Se muestran también la imagen de un em-perador divinizado que formó parte del con-junto decorativo de la escena, un reloj de sol, que en su día estuvo en el centro del pórtico del teatro, y una pequeña estatua de Diana en actitud de carrera.

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Fig. 9. Estatua de Tiberio. Aula sacra del Teatro, siglo I d. C. Fig. 8. Cabeza velada del emperador Augusto. Aula sacra

del Teatro, siglo I d. C.

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23 Las religiones

(Salas IV y V)

En una ciudad como Augusta Emerita, foco de atracción de grandes contingentes de población procedentes de todo el Me-diterráneo, se desarrollaron numerosos cultos, entre los que destacamos los oficia-les del Estado romano, los de las deidades del panteón clásico, los relacionados con los dioses orientales y los ofrendados a las divinidades genuinamente autóctonas. Sus testimonios son los que se recogen en estas dos salas.

En la Sala IV, bajo el término genérico de religiones orientales se agrupa un de-terminado número de cultos en honor a las deidades tradicionales de las regiones costeras del Mediterráneo Oriental y de las tierras del interior del Oriente Próximo.

Los contactos que la Península Ibérica habría mantenido anteriormente con esas tierras se intensificaron durante el período romano, con lo que se produce un conti-nuo fluir de ideas (en particular religiosas) hacia todo el occidente europeo. Fueron los inmigrantes de aquellas tierras funda-mentalmente, pero también el tráfico co-mercial y los desplazamientos de las tropas romanas, los que sirvieron como vehículos de esa propagación.

Augusta Emerita contó con un

impor-tante santuario dedicado a esas divinida-des, en las inmediaciones del cerro de San Albín, junto a la denominada “Casa del Mi-treo”. No es extraño el auge en la Colonia de estas religiones, más cercanas al sentir popular que los preceptos de la fría reli-gión romana, sobre todo si se tiene en cuenta la amplia comunidad de orientales aquí asentada. Ésta hubo de ser, pues, la impulsora de la vida del santuario, cuyo momento más señalado hay que situar hacia la mitad del siglo II d. C. cuando bri-lla la poderosa personalidad del gran sa-cerdote Gaius Accius Hedycchrus. De la importancia de dicho santuario son buena muestra los testimonios escultóricos y epi-gráficos recuperados en el curso de unas

excavaciones practicadas durante la pri-mera década del siglo XX y recogidos en esta sala.

A izquierda de la nave central, pre-siden el conjunto tres estatuas: la primera es una efigie de Isis; la segunda, un per-sonaje vinculado al culto a Mitra (Fig. 10)en cuyo plinto se registra la firma del escultor griego Demetrios; y la tercera, una imagen de notable singularidad y compleja inter-pretación, que, bajo el aspecto de un joven con una serpiente enrollada en torno a su joven cuerpo, tal vez consista en una

re-Fig. 10. Estatua de personaje vinculado al culto a Mitra. Mitreo, siglo II d. C.

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