ESCUELA PREPARATORIA OFICIAL NÚMERO 72
ANTOLOGÍA
Literatura y Contemporaneidad
II
Núm. de Lista // Nombre del alumno:
_________________________________________________
Núm. de lista Apellidos Nombre (s)Grupo 2° ____
CUARTO SEMESTRE
Profa. Stephany Caso Alfaro
UNIDAD I
HIPERTEXTO E HIPERLITERATURA
(CIBERLITERATURA)
LEER COMO REBELDÍA*
(Fragmento)
Nada más terrible que tener que leer, que equiparar a la lectura con una engorrosa obligación, lejana a nosotros. Sucede desgraciadamente. Sobre todo en aquellos años de la adolescencia donde hay tanta vida que atender afuera de los temarios escolares. Pensamos que los libros no son vida, que en ellos están los padres, los maestros y la sociedad que nos hostigan de manera constante. Hay carteles que dicen que seremos mejores personas si leemos. El mundo se llena de palabrería alrededor de la lectura. La lectura nos parece sinónimo de aburrido, cosa seria, solemne. Al dejar el territorio de la infancia y sus lecturas gozosas, sobre todo leídas en voz alta por alguien que nos quiere, o llenas de dibujos acompañadores y graciosos, entramos en el territorio de la imaginación emergida de la palabra escrita. Tanto decirnos que tenemos que leer puede vacunarnos contra la lectura, que, sin duda con buenas intenciones, a veces ha equivocado sus maneras. En el desesperado deseo por que un mayor número de gente le dé una oportunidad al libro, que conozca los alcances de la lectura, se han librado desesperadas batallas en los medios impresos y electrónicos. Aquí en corto, confieso que la lucha por contagiar el gusto por la lectura sólo se puede librar con lentitud, es una batalla más parecida a la seducción que se da entre dos personas que a la comunicación masiva. Basta muchas veces con que el muchacho o la muchacha que nos gusta traiga un libro bajo el brazo o cite a Laura Avellaneda (de La Tregua de Benedetti) o a Demián (de Herman Hesse) o la “Canción desesperada” de Pablo Neruda, para que busquemos encarecidamente el libro.
El contagio entra por vía del afecto, de los sentidos, de la pasión con que un maestro nos exprese el tránsito que significó determinada lectura. No hay libros equivocados, tal vez momentos equivocados para acoger al libro. La literatura, como toda manifestación del arte, es territorio de las pasiones. Recuerdo al profesor Castillo que enseñaba ética en la preparatoria, bastó que una de sus clases la dedicara a relatar Metamorfosis de Kafka, para que él mismo pareciera Gregorio Samsa transformado en escarabajo y que nosotros, después de verlo sudar, de imaginar lo pesado que resultaba voltear su cuerpo de escarabajo para poder andar, de oler la manzana podrida incrustada en su caparazón de coleóptero, transitásemos por esa experiencia que estaba en una página impresa. Nunca olvidaríamos que existía un autor checoslovaco de nombre Franz Kafka que escribía historias extrañas porque no estaba a gusto con su padre ni con su vida de oficinista.
Allí había una clave en la que nos reconocíamos: no estaba a gusto con su vida. Nosotros durante la adolescencia tampoco lo estamos. El mundo tiene la ilusión poderosa de ser nuestro y los adultos se empeñan en no dejarnos disfrutarlo en paz. Hay que ser como ellos: aburridos, sedentarios y tan seguros de tener la razón. Cuando uno da la oportunidad al libro, descubre el mundo de las muchas razones. No sólo una. Mientras Castillo narraba Metamorfosis el mundo era mucho más amplio que el aula pintada de verde relajante y el pizarrón rayado con gis blanco. El mundo tenía dimensiones en la realidad paralela que es la literatura: mundos imaginarios que parecían verdaderos. Hubo que abandonarse a la seducción de la lectura para que el mundo fuera una cama con un escarabajo pero también un rey todopoderoso, como Macbeth; y un loco cuerdo que creía que una moza de taberna era una princesa, como lo haría Don Quijote. El mundo se hizo ancho por la devoción de quien ya le había hincado el diente a los libros, por quien sabía, por puritita experiencia, que las páginas escritas contenían emociones, ideas, personas, espejos y anchuras.
RAYUELA
JULIO CORTAZAR TABLERO DE DIRECCIÓN
A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros.
El primero se deja leer en la forma corriente, y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue.
El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo. En caso de confusión u olvido, bastará consultar la lista siguiente:
73 - 1 - 2 - 116 - 3 - 84 - 4 - 71 - 5 - 81 - 74 - 6 - 7 - 8 - 93 - 68 - 9 - 104 - 10 - 65 - 11 - 136 - 12 106 - 13 - 115 - 14 - 114 - 117 - 15 - 120 - 16 - 137 - 17 - 97 - 18 - 153 - 19 - 90 - 20 - 126 - 21 79 - 22 - 62 - 23 - 124 - 128 - 24 - 134 - 25 - 141 - 60 - 26 - 109 - 27 - 28 - 130 - 151 - 152 - 143 100 - 76 - 101 - 144 - 92 - 103 - 108 - 64 - 155 - 123 -145 - 122 - 112 - 154 - 85 - 150 - 95 - 146 29 - 107 - 113 - 30 - 57 - 70 - 147 - 31 - 32 - 132 - 61 - 33 - 67 - 83 - 142 - 34 - 87 - 105 - 96 - 94 91 - 82 - 99 - 35 - 121 - 36 - 37 - 98 - 38 - 39 - 86 - 78 - 40 - 59 - 41 - 148 - 42 - 75 - 43 - 125- 44 102 - 45 - 80 - 46 - 47 - 110 - 48 - 111 - 49 - 118 - 50 - 119 - 51 - 69 - 52 - 89 - 53 - 66 - 149 - 54 129 - 139 - 133 - 40 - 138 - 127 - 56 - 135 - 63 - 88 - 72 - 77 - 131 - 58 - 131
Con el objeto de facilitar la rápida ubicación de los capítulos, la numeración se va repitiendo en lo alto de las páginas correspondientes a cada uno de ellos.
L
A BIBLIOTECA DE
B
ABEL
(El jardín de senderos que se bifurcan (1941;
Ficciones, 1944)
Jorge Luis Borges
(1899–1986)
By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...
The Anathomy of Melancholy,part. 2, sec. II, mem. IV EL UNIVERSO (QUE otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez
infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente.
La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.
Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.
Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto
bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.[1]
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior [2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico.
También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos.
De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito. Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No
había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yolos he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada. A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él.
Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total[3]; ruego a los dioses ignorados que un hombre—¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!—lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que
sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia.
En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos—y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana—la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar—lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.[4]
Mar del Plata, 1941
[1] El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada al la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor).
[2] Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: A veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.
[3] Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.
[4]Letizia Álvarez Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaríaun solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nuevo o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri, a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecun sedoso no sería cómodo: cada hoja aparentemente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.
LA FUSIÓN ENTRE IMAGEN Y TEXTO
María Jesús Lamarca Lapuente. Hipertexto: El nuevo concepto de documento en la cultura de la imagen.
Por su parte, la poesía ha intentado también nublar las fronteras entre imagen y signo lingüístico ya desde antiguo. En la época clásica y medieval, existían los caligramas, que en 1913
retoma Guillaume Apollinaire. En ellos se representa la imagen a que hace mención el discurso, dibujándola por medio de sus propias palabras. Así pues, la disposición gráfica representa visualmente el contenido del texto, literatura y artes plásticas se funden y confunden.
La paloma apuñalada de Guillaume Apollinaire
La poesía experimental se llevó a cabo sobre la página impresa, pero ya quiso salirse de ella moldeando las
palabras y los signos y creando los llamados poemas objeto. Se produce una tensión entre lo verbal y lo visual, lo simbólico y lo icónico. Se pretende romper también no sólo con la orientación de la lectura de izquierda a derecha, que se piensa que es en realidad una representación arbitraria de la cadena secuencial del lenguaje hablado, sino también con la página bidimensional, también leída de izquierda a derecha y de arriba a abajo. El texto se dispone libremente en el espacio bidimensional como podemos ver en los siguientes ejemplos de poemas visuales:
La capilla aldeana de Vicente Huidobro
En el arte incluso hay un intento de suprimir el lenguaje y convertirlo en imagen. "La canción nocturna del pez"(1905) de Christian Morgenstern, compuesto de signos métricos y el "Poema Fónico mudo"de Man Ray (1924), son un claro ejemplo de esta aproximación:
Los poemas dibujados de Vicente Huidobro han sido recientemente pintados por diferentes autores, lo que demuestra que el gusto por la fusión y confusión entre imagen y texto sigue vigente:
Couchant, 1922 Ocean, 1921 Marine, 1925 Poemas pintados (izquierda) y poemas dibujados de Vicente Huidobro (derecha). Fuente: http://www.telefonicadechile.cl/cultura/saladearte/huidobro/poemas_pinta dos.html
Estas tendencias han formado parte de la literatura de vanguardias, la poesía experimental de los años 60 y 70 del siglo XX y sigue vigente en la actualidad a través de la práctica de nuevos caligramas y la poesía visual actual. Los títulos (multimedia y poesía experimental, del lenguaje visual al libro objeto, lenguaje visual, música-poesía visual, poesía fonética, polipoesía, holopoesía o poemas holográficos, el ojo que lee) a que da entrada la web denominada Poesía visual son muy ilustrativos de en qué consisten estas prácticas poéticas y el intento de convertir el signo textual en otra cosa.
La poesía de las vanguardias históricas dio también lugar a una dialéctica no sólo entre la imagen y el texto, sino también entre el sonido y el texto. La poesía fonética ligada al futurismo ruso e italiano, el dadaísmo y MERZ y a las vanguardias históricas de principios del siglo XX fue un intento de introducir en el terreno literario el irracionalismo y de expresar las palabras con diversos sonidos. La poesía sonora no es poesía recitada o declamada al modo tradicional, sino poesía experimental que utiliza técnicas fonéticas y/o ruidos. Se evita usar la palabra como mero vehículo del significado y se compone el poema mediante sonidos que requieren una realización acústica. No es una mezcla de música y discurso o viceversa, sino que el discurso se hace música o viceversa. El poema sale de la página para ser recitado con la voz, pudiéndose acompañar de diferentes instrumentos, como martillos, timbales, maderas, o declamaciones simultaneas con otras declamaciones.
Tristán Tzara explora el poema simultáneo a dos o varias voces y también incluye otros sonidos primitivos y cantos procedentes de África y Oceanía. Se trata de un espectáculo visual y fonético. Los futuristas rusos también inventaron el concepto "zaum" buscando un lenguaje transmental vacío de racionalidad. Se trataba de una lengua conceptual que huía de la sintaxis y de los signos de puntuación, por ejemplo, por medio de una sucesión de sustantivos que producían una sucesión continua de imágenes y que pretendía llevar el lenguaje hasta la onomatopeya y el ruido. En 1913 Luigi Russolo escribe el manifiesto "El arte de los ruidos" donde estudia el ruido de la guerra y los ruidos de la naturaleza, los etno-ruidos, la grafía enarmónica, etc. dando origen al llamado Arte del Ruido. En 1933 Marinetti publica "La radio futurista" donde presta una atención específica a la radio, a la que él llamaría La Radia para sus "síntesis radiofónicas". Estos
experimentos futuristas son un preludio de lo que ahora pueden ser la música electroacústica y el sonar, el instrumentista omnipotente y sin límites humanos; y un ejemplo claro de cómo dar otro sentido diferente a un medio determinado.
La poesía es un arte que utiliza las palabras como materia prima. La poesía visual enriqueció la palabra dándole cuerpo a la superficie del papel, pero también se intentó dar cuerpo a la palabra utilizando otro tipo de materiales. Así surgen poemas hechos en madera, vidrio, metal o plexiglás, y también los libros o poemas objeto. Lo que se quiere es trascender la linealidad y rigidez del soporte papel y del formato impreso.
En la actualidad han surgido intentos similares a los ya citados en los que no sólo se quiere romper con la página impresa mediante una falsa impresión de tridimensionalidad, sino ofreciendo realmente dicha tridimensionalidad al colocar el poema directamente en el espacio, liberándolo definitivamente del papel. Ello ha sido posible gracias a la holografía. Así nació, en 1983, la holopoesía. Incluso los poetas que la practican hablan de una cuarta dimensión, porque la percepción del holopoema depende también del tiempo subjetivo del lector. Los holopoemas pretenden romper la fijación, integridad y continuidad del texto, porque su lectura no se da lineal ni simultáneamente, sino a través de fragmentos vistos por el observador según las decisiones que tome puesto que dependen de la posición que adopte el observador en relación al objeto. Los holopoemas introducen, pues, los conceptos de no linealidad, interactividad, transitoriedad, multimedialidad, flexibilidad en el contenido, obra abierta, etc. que también son características propias del hipertexto. Se trata de poemas o documentos dinámicos que varían de forma, colores, volúmenes y texto dependiendo de la posición del observador o lector. Son pues, al igual que el hipertexto, nuevas estrategias de lectura y escritura.
FUENTE DE INFORMACIÓN
INTERNET UNA INVENCIÓN LITERARIA
Por Pablo Escandón M.
En esta oportunidad, el autor aborda cuatro textos literarios y los compara con las estructuras de los sitios web y con el uso y función de los hipertextos para demostrar que las novelas y las historias que utilizan recursos literarios ya inventaron Internet. Las obras analizadas son los cuatro Evangelios, El jardín de los senderos que se bifurcan, Diccionario jázaro y Cien años de soledad.
Introducción
“Muchos años después, frene al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella remota mañana en que su padre lo llevo a conocer el hielo.” (1990). Así inicia la maravillosa obra de García Márquez que acaba de cumplir cuatro décadas de ver la luz editorial y que, a pesar de haber llegado al millón de libros impresos, muchos de los jóvenes nacidos, amamantados y criados frente a un monitor de computador no conocen ni la han leído. Esta aseveración se la constata cada semestre con los estudiantes universitarios a quienes al inicio del curso se pregunta si han leído Cien años de soledad y por lo menos el 80% no lo ha hecho. De ese porcentaje, el 100% ha navegado en Internet y cuenta que prefiere la lectura en pantalla a la que se realiza en papel, ya que con el ratón y el cursor puede hacer saltos, avances, retrocesos y paralelismos que el libro les impide realizar. En efecto, el libro, heredero del códice, es una herramienta físicamente estática que no puede competir con la espectacularidad del monitor, pero que genera mayor interactividad mental.
La obra máxima de García Márquez realiza una interacción infinita con el lector, mediante la cual se reconstruye la historia del Macondo: desde su esplendor se hace un retroceso hasta los orígenes del poblado, para desembocar en su ocaso. Esta novela establece un gran desafío para el lector, ya que la saga de los Buendía está poblada de Aurelianos y José Arcadios. ¿Qué tiene que ver una novela publicada en soporte papel, en formato libro, hijo del códice, con la Red Internet y sus aplicaciones? Todo, puesto que las estructuras narrativas que rompen con la linealidad del tiempo y de la acción en una historia son las que organizan a los sitios web del mundo cibernético, a los juegos de video y a los de realidad virtual. Internet se plasmó digital y tecnológicamente con la invención del browser, pero de manera mental, se estructuró con las historias construidas por Sterne, Cervantes, Flaubert, Faulkner, Borges, Vargas Llosa, entre otros, quienes eliminaron de su narrativa la linealidad y propusieron la tabularidad asociada al pensamiento leonardiano, expresada en el entramado de la historia, mediante la cual se realizan asociaciones, evocaciones e interpretaciones de diversa índole, similares a las mismas que realizamos cuando damos clic sobre un hipertexto. De esta manera, establecemos una interactividad mental y asociativa entre nuestros conocimientos y el texto. Así entonces, veremos cómo Internet utiliza las mismas estructuras narrativas que por centurias, los escritores han desarrollado y aplicado para contar sus historias, por ende podemos afirmar que Internet es un invento de la ficción literaria. Para ello abordaremos los conceptos de linealidad y tabularidad; conoceremos que es el pensamiento leonardiano y como se aplican al hipertexto, luego nos centraremos en cuatro obras literarias que ya utilizaron un hipertexto mental y estructural, pero no informático.
Linealidad y tabularidad
Una historia que desde su inicio hasta el fin respeta la lógica temporal y el orden preestablecido de las acciones tienen una escritura lineal, mientras que las obras que no ciñen a este orden y crean una ruptura de tiempo y espacio, son tabulares.
La linealidad la encontramos en la base fundamental de todo texto pues una historia tiene que estar constituida desde su inicio hasta su final, de manera lógico-temporal, pues como dice Christian Vandendorpe (1999) en Del papiro al hipertexto, ensayo sobre las mutaciones del texto y la lectura: “A primera vista, el relato es el prototipo de una masa verbal lineal y de una
tabularidad débil o nula” (39), pero no todo relato merece ni tiene que ser contado con esta estructura, lineal, pues de lo contrario se banalizaría el hecho artístico, que propende a romper las estructuras de lo canónico y a alejarse de la linealidad “De hecho, la noción misma de texto, que viene del latín textus, remite originalmente a la acción de “tejer entrelazar, trenzar”, lo cual supone que no le ha sido contada como un cuento folclórico o una narración oral, es decir, de principio a fin. Romper con la unidireccionalidad propuesta por Aristóteles en su Poética es generar un texto tabular que a su vez produce múltiples motivos, originados por similares causas, que de igual manera establecen nuevas formas de presentar la historia, de leerla y de comprenderla.
No todas las historias lineales son completamente predictivas, pues entre ellas tenemos al relato policial o de enigma, ni tampoco todas las tabulares son muy inteligentes, pero si simulan, mucho más, los ejercicios mentales que hacemos a diario en nuestra vida, pues representan un desafío para nosotros.
Pensamiento leonardiano versus pensamiento aristotélico En “Correspondencias”, Luis Racionero (1997) estableció dos tipos de pensamiento: el lógico de causa y efecto, el aristotélico, y el de la analogía, el isomorifismo y las correspondencias, el leonardiano. En este brevísimo ensayo, explica que el pensamiento aristotélico es cuantitativo y se expresa en ecuaciones matemáticas, mientras que el leonardiano de sincronicidad es cualitativo y se expresa en imágenes simbólicas que comparan cada cosa con una de las ideas en sí mismas, sin reducirlas a unidad común, como en la metáfora. “Ahí está el trabajo, ahí la obra: conectar, siempre conectar, todo con todo; significativamente: imaginación” (Racionero 1997:118). Estas conexiones mentales son tomadas por Internet y materializadas con el hipertexto. Así, esta herramienta informática se constituye en la concreción de lo tabular y leonardiano, pues permite anular lo lineal y establece conexiones con las analogías y correspondencias.
Hipertexto
El hipertexto, mediante el cual se erige Internet, es una herramienta informática que enlaza textos, fotografías y gráficos entre sí o entre ficheros almacenados. El hipertexto, base fundamental de todo documento en la Red, rompe con la linealidad y con la lógica de causa-efecto o acción-reacción y unifica las nociones de espacio y tiempo, por ello Internet es un medio tabular, pues “permite el despliegue en el espacio y la manifestación simultanea de diversos elementos susceptibles de ayudar al lector a identificar sus articulaciones y encontrar lo más rápidamente posible las informaciones que le interesan” (Vandendorpe 1999:114) Con el hipertexto se rompe la linealidad y se acaba con el pensamiento aristotélico, ya que al utilizarlo, el usuario de la Red puede acceder de manera tabular, bajo una concepción leonardiana a cualquier información diseminada en el ciberespacio, sin necesidad de ir desde un inicio hasta un final.
1. Selección. El caso más sencillo de selección es aquel en que el lector escoge en una lista o determina por una entrada en el teclado el bloque de información que está interesado en leer. Los diversos bloques de información constituyen otras tantas unidades distintas entre las cuales no hay ningún enlace esencial. El lector es guiado por una necesidad de información muy precisa que se agota no bien logro la satisfacción. (…) el modo más frecuente de selección lo ofrecen las “hiperpalabras”, denotadas por un color particular, y sobre las cuales el usuario es invitado a cliquear para explorar el contenido que encubren.
2. Selección y asociación. El lector escoge el elemento que quiere consultar, pero también puede navegar entre bloques de información dejándose guiar por las asociaciones de ideas que surgen con el fluir de su navegación y de los enlaces que se le proponen. Este modelo es típico de la enciclopedia.
3. Selección, asociación y contigüidad. Además de los modos precedentes, los bloques de información son accesibles de manera secuencia, como lo son las páginas de un libro. Este modelo convienen a un ensayo o a un artículo científico y sobre todo será utilizado para adaptaciones
sobre CD-ROM de obras impresas sobre papel. Corresponde a una transposición simple del formato códice al formato electrónico (…).
4. Selección, asociada, contigüidad y estratificación. Además de ser accesibles mediante los modos precedentes, los elementos de información pueden ser distribuidos en dos o tres niveles jerarquizados según su grado de complejidad, lo cual permite responder a las necesidades de diversas categorías de lectores o satisfacer, en un mismo lector diversas necesidades de información. Este modelo de hipertexto combina al máximo las ventajas del códice con las posibilidades abiertas por la computadora, sobre todo por la consideración de una nueva dimensión del texto, que es la de la profundidad. Al superponer distintas “capas” de texto sobre un mismo tema o, según otra metáfora satelizar alrededor de un núcleo central distintos documentos complementarios cuyos usos son indefinidos, un hipertexto estratificado ofrece de hecho varios libros en uno. (97-98).
El hipertexto hace que los textos de la Red se abran de manera estructura, temática e interpretativa; en este sentido tiene una correspondencia con lo propuesto por Umberto Eco en Obra abierta (1990), en el cual toma al texto literario como el que mejor representa la apertura hacia la interpretación y posterior consumo. En este sentido, el hipertexto es el medio por el cual se abren los textos, de manera estructural, temática e interpretativa. Esta tipología sobre la cual se estructuran todos los sitios de la Red, proviene de la cultura libresca y, particularmente, de la épica narrativa, pues cada tipología describe a una obra narrativa, por ello Internet y el multimedia son herederos de las estructuras propuestas por las grandes obras y maestros universales del cuento y de la novela.
La épica: tabular y leonardiana.
Contar historias, como dice Kundera en El telón (2006), es una acción que asimila y transforma un hecho, es decir, la realidad en manos de un narrador no es inmutable y al fundamentarse en esta base, el relato es lo más adecuado para que el pensamiento leonardiano se desarrollo. Entonces, la ficción literaria, el periodismo y el ensayo son hijos de esta concepción que conecta algo con lo demás, derivando lo central hacia lo satelital. Aprender el mundo y transformarlo, siempre desde un punto de vista, es lo principal de la prosa y la analogía, el isomorfismo y las correspondencias estructuran los mensajes que rompen con la lógica de causa-efecto.
Si bien toda la literatura, incluida la lírica, está construida con este pensamiento, es en el relato donde mejor se anida, pues las estructuras narrativas, desde las más simples hasta las más complejas realizan correspondencias y analogías, temporales y lógicas. Narrar historias, sean reales o de ficción, así como exponer temas mediante el ensayo o la divulgación científica, siempre emplearan el pensamiento leonardiano, pues por medio del lenguaje se explican y se cuentan los hechos, no es este orden. Con cada palabra o frase, el narrador evoca mundos, olores, sabores y sonidos, y así crea un efecto artístico, pero los conceptos e idea, en el caso del ensayo, generan sentido lógico.
Si bien ambos textos, estructurados lógicamente, hacen que el lector recuerde y transforme lo leído, esas mutaciones se dan mediante el pensamiento leonardiano de correspondencias y asociaciones mentales que se desarrollan durante toda la vida del ser humano y quienes trabajan con la palabra buscan apretar ese gatillo preciso que desencadenara lo deseado en su lector, pero que con cada uno es completamente distinto, ya que las experiencias vitales son particulares e irrepetibles.
A pesar del pensamiento leonardiano que anula la lógica aristotélica de causa y efecto, se concibe la tabularidad, que anula la linealidad, tanto de pensamiento omo de acciones. Esta clase de hipertextos (Vandendorpe, 1999) que se presentan en documentos hipermedia de la Red pueden presentarse aislados o reunidos y no son sino aplicaciones binarias de lo que hace el cerebro humano: selecciona una palabra o idea, la asocia con otras, las combina y todo ello
genera un grado de dificultad deseado, es decir, genera un mensaje destinado a un receptor modelado por el autor.
Hasta este momento hemos expuesto conceptualmente lo que Internet ha tomado de los libros y de la narrativa mundial, ahora demostraremos como la tipología hipertextual desarrollada por Vandendorpe (1999) se aplica a Los evangelios, a El jardín de los senderos que se bifurcan, al Diccionario jazaro y a Cien años de soledad, para confirmar que la invención de Tim Berners-Lee es producto de la narrativa y de su lógica.
Los evangelios: selección y asociación
La buena nueva que cuentan los textos atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan no es otra que la vida de Jesús de Nazaret, desde que es engendrado por el Espíritu Santo hasta que sube a los cielos. Una historia contada cuatro veces, con un mismo protagonista, narrada desde distintos puntos de vista y con diferentes maneras de comenzar la historia. Es decir, cada evangelista propone su forma tabular de contarnos la vida de Jesús, pues no todos inician en el mismo punto.
Es así que Mateo empieza con la exposición genealógica de la estirpe de la cual desciende Jesús, mientras que Marcos lo hace desde que es bautizado por Juan, El Bautista. Lucas comienza con la aparición del ángel a Zacarías, quien le anuncia que su esposa Isabel dará a luz a Juan, El Bautista. Y el último evangelio, el de Juan, inicia con el primer testimonio de la venida del Mesías, declarado por El Bautista.
Así pues, quien desea leer sobre la vida de Jesús lo puede hacer mediante cualquier entrada, por cada uno de los cuatro evangelios, que entre sí tienen la asociación de estar conectados por un mismo protagonista.
La biblia, al estar estructurada por libros y cada uno marcado por capítulos y versículos, se constituye en un texto tabular, pero además, cada evangelio establece una conexión con el otro y estos con los demás textos del Nuevo Testamento. Entonces, este libro con sus múltiples entradas y asociaciones diversas cumple con las dos primeras clases del hipertexto establecidas por Vandendorpe: selección y asociación. En este sentido, todos los sitios en Internet nos ofrecen, como primer grado de hipertextualidad, la selección, pues el usuario de la Red tiene en el monitor un listado que le permite escoger y determinar su itinerario de lectura o el tema. La vida, milagros, pasión y resurrección de Jesús es el motivo aglutinante de estas historias que se convierten en el punto de partida de lo que siglos más adelante será desarrollado por Mijail Bajtin en su teoría de la polifonía.
Los milagros son narrados en cada evangelio de manera distinta y están conectados entre sí por el hecho y el protagonista. En Internet, estas conexiones están presentes y materializadas por el hipertexto mediante los anclajes de palabras o imágenes que asocian términos o hechos. Los diferentes finales de cada uno de los evangelios, son uno solo y nos presentan como películas fragmentadas el mismo relato desde diversas perspectivas que van sumando a la comprensión del hecho, como las versiones en un juicio, que completan o contradicen lo expuesto; así, el hipertexto se convierte en un punto de vista independiente y complementario que por sí solo es un libro, pero construye uno más grande.
Con esta idea de inserción está construida la Biblia: cada texto es independiente, pero es un ladrillo más de la gran edificación solida que es.
Cada libro tiene su conexión, pero sólo los Evangelios han tendido una red tan imbricada por lo cual han podido destacar al personaje de sus historias. He ahí una de las virtudes estructurales de estos libros.
lectura interna, es decir, que no salen del gran libro, la Biblia. En términos de navegación por la red diríamos que establecemos enlaces internos dentro del mismo sitio, sin necesidad de recurrir a contextos externos. La configuración de la Biblia hace que sea un sitio con enlaces internos que, estructuralmente para ser comprendida, no necesita de enlaces fuera de ella.
Un verdadero desafío hipertextual comprendería en enlazar internamente los libros, hechos, personajes, profecías, etc., con la finalidad de dar una mayor cohesión y contextualización a cada una de las referencias que se presentan en todos y cada uno de los capítulos y versículos de este gran libro, tomando como modelo las conexiones existentes en los evangelios. De esta manera, nos daríamos cuenta de que la Biblia sería un gran laberinto del cual sólo Dédalo podría salir.
Borges, el ciego inventor de una Red multicausal
El escritor argentino Jorge Luis Borges pensó en la literatura como una malla reticular llena de selecciones, asociaciones, contigüidades y estratificaciones y plasmó esta concepción en la semejanza que encontró entre el laberinto y la biblioteca, en donde reposa el saber infinito asido por el ser humano. No existe una vía única para llegar al conocimiento, así como existen alternativas para salir de un laberinto.
En El jardín de los senderos que se bifurcan (1941), Borges propone alternativas paralelas para el fin de su relato. La realidad no es única y la multicasualidad, que no es otra cosa que tener la alternativa de seleccionar y asociar ideas, personajes, espacios hechos, crean nuevos finales, nuevas rutas del lectura por las que el lector puede transitar.
En el relato, que no resumiré para que el lector acceda a él, se habla de un laberinto y un libro, por separados, pero uno de los personajes, quien luego expondrá la multicasualidad, dice: -Un laberinto de símbolos –corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts’ui Pen diría una vez Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un sólo objeto. El Pabellon de la Limpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pen murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pen se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmentó de una carta que descubrí.
Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de que manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Ts’ui Pen. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio.
La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las acciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pen, opta –simultáneamente- por todas. Crea, así diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang,
digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a supuesta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etc. En la obra de Tsui Pen, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
Es en este cuento y no en otro que Borges crea la Red multicausal y acaba con la tradición en la forma de contar historias que presentan un solo final y una explicación única de los sucesos. La multicasualidad borgeana está opuesta a la univocidad existente en la lógica del relato policial, que sume como explicación ordenadora del mundo a los ciencias naturales y físicas, pero no a la complejidad del ser humano y sus formas. En este sentido, los relatos borgeanos apelan más a las múltiples causas que generan un suceso y no a uno solo, es decir, a las conexiones infinitas que encontramos en la vida, tanto en los planos físicos y materiales como en los espirituales y del pensamiento racional y metafísico.
¿Por qué el escritor –creador de un libro-laberinto es la cultura oriental y no occidental? Pues, porque nuestra cultura está completamente intoxicada con el racionalismo unívoco y positivista de las ciencias, mientras que la oriental se guía por los movimientos impredecibles de la naturaleza, que está organizada en una red.
Internet es un camino múltiple con inicios y destinos que se bifurcan con cada clic. Cuando buscamos información es ese laberinto, las opciones se multiplican y las verdades son distintas, desde las comprobadas hasta las réprobas, pero cada una tienen su importancia y aporte al hecho, palabra o definición que deseamos consultar, conocer o dilucidar.
Al igual que Ts’ui Pen y su antecesor Dédalo, Tim Bernes Lee creó un laberinto con textos (comprendiendo texto a todo entramado de signos), en el cual establecemos un itinerario o una ruta por la cual transitaremos y así será nuestro conocimiento: unívoco o con bifurcaciones. En este caso, la ruta más corta entre dos puntos es un hipertexto que nos llevara a un sinfín de asociaciones, ideas, realidades paralelas y continuas que nos explican el mundo, que no es único ni compacto, sino múltiple y estratificado, como los hipertextos.
En otro mundo, dice Stephen Albert, el personaje del El jardín de los senderos que se bifurcan, o en otra realidad, él mata a su asesino o escapa, pero no en uno anterior o posterior, sino un uno paralelo, pues los caminos propuestos por Borges existen en el espacio y en el tiempo, por ello coexisten, al igual que cualquier tipo de hipertexto, que esté en el ciberespacio y depende del final que queramos darle a nuestro viaje a la elección de uno u otro, pero debemos tener la certeza de que ese no es el único hipertexto que nos puede llevar al conocimiento de una realidad, pues el mundo no es único, existen mundos y múltiples causas que los generan, por ello los caminos se bifurcan y los laberintos existen.
Borges hizo de cada uno de sus textos: cuentos, ensayos y poemas un nodo desde el cual se puede recorrer no sólo su obra, con un itinerario interno, sino el desarrollo del pensamiento del ser humano, es decir con un itinerario de enlaces externos, también. Pues la obra total de este escritor está estructurada como hacen los sitios que conectan sus páginas internas entre si y que además nos dan mayor información o nos remiten a sitios y/o paginas que están fuera de su servidor. Es la idea borgeana de la biblioteca infinita, en la que un libro se comunica con otro, no sólo en lo físico sino en lo temático pues los enlaces se dan en el aquí y ahora y en el tiempo. Un laberinto posee tantas entradas como salidas y las vías para llegar a ellas no siempre son únicas, por ello, en El jardín de los senderos que se bifurcan, el final es como su inicio: desconcertante y múltiple, aunque el asesino logre su objetivo, Stephen Albert puede escoger su destino, como nosotros lo hacemos con las palabras para nombrar a alguien o a algo.
Un diccionario es una obra de consulta para conocer los significados o acepciones de palabras o términos, y se encuentra ordenado internamente de forma alfabética. Los diccionarios son buenos ejemplos de obras tabulares, pues cada término es una entrada que tiene vínculos
con otras, pero ninguna establece nexo con todas.
Esta idea tabular de presentar un término o una palabra como elemento de conexión es la que desarrollo Diccionario jázaro (1989) del autor balcánico Milorad Pavic. La diferencia de esta obra con un diccionario tradicional es que cada una de las entradas (palabras, términos o personajes) tiene relación total entre sí, es decir, en esta obra cada enlace (hipertexto) es selectivo, asociativo, contiguo y estratificado, lo que no ocurre en un diccionario normal. Pavic. Cuenta la historia del pueblo jazaro desde sus tres influencias culturales y religiosas: la musulmana, la católica y la judía. Dividido en tres libros, con cada versión del origen de los jazaros, respectivamente, el autor nos entrega un camino de bifurcaciones que aniquilan las verdades absolutas y unívocas, pues cada término, personaje y hecho tienen su justificación e interpretación por las tres fuentes que configuraron a esta etnia: la judía, la musulmana y la católica.
Este juego textual permite establecer un itinerario de lectura completamente aleatorio y no convencional, pues el lector lo puede hacer independientemente por palabra, que se conecta con la misma en las otras dos versiones, de inicio a fin, o por cada uno de los libros.
Al igual que los evangelios que cuentan una misma historia, Diccionario Jazaro, narra el origen desarrollo y esplendor de este pueblo desde distintos puntos de vista culturales y religiosos, pero además agrega el elemento lúdico de poder establecer itinerarios de lectura, al igual que lo hace un hipertexto. Esta estructura de diccionario permite que el lector haga saltos entre uno y otro libro y contraste, confronte y haga sus deducciones acerca de un hecho histórico o de cómo los héroes para los musulmanes con los villanos para los judíos o para los católicos y viceversa.
El lector puede seleccionar la entrada a la historia y decide la asociación que realiza debido a la contigüidad existente y de esa manera jerarquiza o estratifica los sucesos. Pero esta actividad no es única, es múltiple como el jardín de Borges y su laberinto. Es decir, esta novela se convierte en un verdadero laberinto de palabras del cual saldremos una vez que hayamos consultado todas las palabras que, a su vez, son independientes y complementarias, como los evangelio la saga de los Buendía, con fundadores de Macondo, testigos y generadores de la historia del pueblo. En su gran novela, el Nobel colombiano establece una dinastía familiar que repite los nombres de los principales hombres que construyeron la familia: José Arcadio y Aureliano.
La novela inicia con el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, no es el primer Aureliano, pero sí el más importante, antes de él hubo más y después de él, otros; ninguno como él, que murió en la plaza de Macondo y su sangre baño al pueblo. La creación de la dinastía Buendía con la repetición de los nombres puede ser considerada como una estructura hipertextual, ya que podernos establecer asociaciones en la sucesión de Aurelianos y José Arcadios, es decir, el coronel fusilado nos establece conexiones con sus antecesores y predecesores. Quienes lo antecedieron, lo fueron configurando y los que le sucedieron son ecos de su presencia. El Aureliano que muere en la plaza de Macondo vive la centuria en los otros que llevan su nombre, pues cada Aureliano es único pero complementario del otro y todos del fusilado.
Cien años de soledad es, además, una oba que anula, como las anteriormente citadas, la linealidad de la historia y la lógica narrativas, sin mencionar que el realismo mágico deroga la racionalidad occidental y positivista, y por ello, va más hacia el pensamiento leonardiano, ya que todos los personajes y hechos tienen sus asociaciones y nexos, complementarios que van construyendo la obra.
La novela inicia en “medias res”, cuando Macondo ya enterró al primer Buendía que ayudó a fundar el pueblo, y mantiene los saltos temporales de avance y retroceso para comprender en su totalidad la historia de la familia y del pueblo, pues mientras el coronel Aureliano va a ser
fusilado, recuerda la mocedad de Macondo y el narrador inicia con la contabilidad de los José Arcadios y Aurelianos.
Esta novela, tabular en estructura y esencia, está construida como si tuviera hipertextos de asociación y contigüidad, que son los personajes, que a su vez, se constituyen en anclajes, por medio de los cuales se establecen las analogías complementarias de lo que es Macondo y de lo que es la familia Buendía, pues existe correspondencia entre el pueblo y la saga. Las bifurcaciones de la historia son los personajes y el laberinto es Macondo; los itinerarios de la lectura son los distintos Aurelianos y José Arcadios que se ubican y se repiten temporalmente en el espacio del pueblo.
A manera de salida del laberinto
Saltos temporales: adelantos, retrocesos, asociaciones entre personajes, abducciones, inducciones, deducciones, iniciar un relato desde el final o desde el medio de la historia son técnicas que por más de mil años los escritores han utilizado para anular la linealidad y que ahora internet ha hecho suyas, y que muchos consideran que la Red lo ha inventado todo, sin considerar que tan sólo es un producto de la invención humana, que aplica y usa todo lo conocido, descubierto e imaginado por el ser humano hasta ahora.
El pensamiento leonardino, plasmado en las obras literarias narrativas, es el que ha transcendido y el que ha establecido escuelas o movimientos artísticos en el mundo. El pensamiento aristotélico subyace en toda historia, pero las analogías y correspondencias apelan a una interactividad con el lector, que no lo crearon los dispositivos electrónicos, sino las verdaderas obras de arte, como las grandes novelas y cuentos.
Borges, Bonetti, Sábato, Cortázar, Ángel F. Rojas, García Márquez, Vargas Llosa y todos los escritores del denominado “Boom latinoamericano” son los creadores de una nueva formas de narrar, de hacer pensar las historias, de ver el mundo, de contarlo… Por ello, la narrativa novelesca, la tradición de la épica, que nace con Cervantes y prosigue con todos sus cultivadores como Sterne, Proust, Faukner, son los reales mentalizadores de internet. Tim Berners Lee es su desarrollador, o en analogía religiosa, es el profeta, pero los escritores son los dioses. Internet es hijo de la filosofía clásica y moderna, es una invención literaria, es una práctica política, tiránica y democratizadora, y quien crea que es una invención que crea o que refunda el mundo, es porque pertenece a aquellas estirpes condenadas a cien años de soledad que no tiene una segunda oportunidad sobre la tierra (García Márquez 1987).
UNIDAD
II
LITERATURA NAHUATL
EL AVE ROJA DE LA DIOSA
El ave roja de Xochiquetzal
se deleita, se deleita sobre las flores.
Bebe la miel en diversas flores:
se deleita, se deleita sobre las flores.
Cant. Mex., f. 61 R., lin. 17 ss. También se halla en los Romances de los señores de la Nueva España, con leves variantes. Del centro del Valle de México.
CANTO A TEZCATLIPOCA:
Dios de la Noche
Yo mismo soy, el enemigo
Busco a los enviados y a los mensajeros
De mis tíos los emplumados de negro
Aquí los tengo de ver.
Aquí he venido trayendo
Mi espejo mágico que su superficie está
humeando
Y traigo también a los de signo 5.
Canto a Tezcatlipoca Dios de la noche
Yo mismo soy descarnado
Yo mismo soy el trueno
Soy el oscuro arcano
Yo soy el señor del cerro.
LIBRO SAGRADO DE LOS MAYAS
"POPOL VUH" (o "Libro del Indígena Quiché")
Capítulo II
[…] Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.
Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni substancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes. Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de ellos.
Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra.
En seguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo, recibieron la muerte.
Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo.
De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mujer fue labrada por el Creador y el Formador, se hizo de espadaña la carne de la mujer. Estos materiales quisieron el Creador y el Formador que entraran en su composición.
Pero no pensaban, no hablaban con su Creador, su Formador, que los habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron muertos, fueron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos.
Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se obscureció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche.
He aquí, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre.
Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y Gucumatz: "Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar, y nutrir, los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superficie de la tierra." Así dijeron.
Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche; luego buscaron y discutieron, y aquí reflexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre.
Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y Formadores. De Paxil, de Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas.
Estos son los nombres de los animales que trajeron la comida: Yac [el gato de monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil.
Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores.
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado de Paxil y Cayalá.
Había alimentos de todas clases, alimentos pequeños y grandes, plantas pequeñas y plantas grandes. Los animales enseñaron el camino. Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.
Capítulo II
Estos son los nombres de los primeros hombres que fueron creados y formados: el primer hombre fue Balam-Quitzé, el segundo Balam-Acab, el tercero Mahucutah y el cuarto Iqui-Balam.
Profecía de Chilam Balam de Chumayel
Que era Cantor, en la antigua Maní.9
1. En el Trece Ahau, en las postrimerías del Katún, será arrollado, el Itzá y rodará Tancáh, Padre.
2. En señal del único Dios [Hunab Ku, "Unica-deidad"]10 de lo alto, llegará el Árbol sagrado [Uaom Ché, madero-enhiesto], manifestándose a todos para que sea iluminado el mundo, Padre.
3. Tiempo hará de que la Conjuramentación esté sumida, tiempo hará de que esté sumido lo Oculto, cuando vengan trayendo la señal futura los hombres del Sol [Ah Kines, "Sacerdotes-del culto-solar"], Padre.
4. A un grito de distancia, a una medida de distancia, vendrán y ya veréis el faisán que sobresale por encima del Árbol de Vida [Uaom Ché, madero-enhiesto].11
5. Despertará la tierra por el norte y por el poniente. Itzam despertará.
6. Muy cerca viene vuestro Padre, Itzaes; viene vuestro hermano, Ah tan-tunes.
11. Cuando levanten su señal en alto, cuando la levanten con el Árbol de Vida, todo cambiará de un golpe. Y aparecerá el sucesor del primer árbol de la tierra, y será manifiesto el cambio para todos.
16. Y ya entra en la noche mi palabra. Yo, que soy Chilam Balam, he explicado la palabra de Dios sobre el mundo, para que la oiga toda la gran comarca de esta tierra, Padre. Es la palabra de Dios, Señor del cielo y de la tierra.
No hay verdad en las palabras de los extranjeros. Los hijos de las grandes casas desiertas, los hijos de los grandes hombres de las casas despobladas, dirán que es cierto que vinieron ellos aquí, Padre.
¿Qué Profeta, qué Sacerdote, será el que rectamente interprete las palabras de estas Escrituras?12
- Del Chilam Balam de Chumayel. Versión de Antonio Mediz Bolio (1930). Edición y notas de Mª Mercedes de la Garza. SEP, México 1985.