ISSN 0717-6058
CHILENOS EN MADRID.
MARÍA MONVEL, FRANCISCO CONTRERAS Y ARMANDO DONOSO Juana Martínez Gómez
Universidad Complutense. Madrid
Entre 1910 y 1912 se publican en España cuatro libros de dos escritores que vienen a plantear nuevas enfoques de la literatura chilena. Armando Donoso intro-duce la perspectiva de la crítica literaria, acompañada por los libros de viajes y críti-ca de Francisco Contreras. Las primeras publicríti-caciones de Donoso y Contreras en España coinciden en el tiempo –todavía no habían accedido al mercado editorial madrileño– en prestigiosas editoriales de Barcelona y Valencia; primero, en 1910 en las catalanas Maucci y F. Granada y Cª, Editores, y dos años después en la valencia-na F. Sempere y Compañía, Editores.
Mientras la preocupación de Armando Donoso es dejar constancia en España del quehacer americano, en primer lugar en el ámbito de la literatura chilena y des-pués en el marco más amplio del arte americano en general, Francisco Contreras concentra sus esfuerzos en sus experiencias como viajero en Italia y España. Contreras, que se había instalado en París en 1905, regresó a Chile en 1910 por dos años; en los viajes de ida y vuelta se detuvo un tiempo en Italia y España, de donde extrajo los dos libros publicados en la Península con los títulos de Almas y panora-mas (Italia) y Tierra de reliquias (España)1.
Un jovencísimo Armando Donoso, de apenas veintitrés años, llegó a España en 1909 procedente de Alemania, a donde había ido para completar sus estudios. En ese mismo año se estaban produciendo sus comienzos profesionales en el periodis-mo con sus primeros reportajes en El Diario Popular; a partir de ahí llegó a conver-tirse en uno de los críticos más prolíficos y relevantes de su país, escribiendo para
1 Francisco Contreras, Almas y panoramas (Italia). Barcelona: F.Granada y Cia, 1910, y
distintos diarios y revistas chilenos2. Se puede decir que a España llegó Donoso a
publicar su primer libro, mientras la prensa de su país lo incorporaba como crítico novel. Este primer libro español de Donoso, también su primera antología, sale a la luz en 1910, Parnaso chileno, y poco después, en 1912, aparece Los nuevos (La joven literatura chilena)3. Dos obras en las que trata de introducir al lector español
en lo más novedoso de la literatura chilena y en las preocupaciones generales de esa literatura.
El primero de ellos, cuyo título completo es Parnaso chileno. Aumentado con una segunda serie por la Baronesa de Wilson4, viene fechado en marzo de 1909 en
Hamburgo, donde Donoso debió realizar la selección que lleva a las prensas catala-nas. Una antología que entra directamente en materia sin preparar previamente al
2 En 1910 desempeñó la tarea de crítico teatral en La Unión y a partir de ahí no dejó de escribir en varios diarios como en El Mercurio, La Revista contemporánea, Los jueves literarios,
El Diario Ilustrado, La Mañana, La Nación, aparte de sus colaboraciones diversas en numerosas
revistas literarias de la época.
3 Armando Donoso, Parnaso Chileno. Barcelona, Casa Editorial Maucci, 1910, y Los Nuevos
(La joven literatura chilena). Valencia, Sempere y Compañía Editores, 1912.
4 Emilia Serrano, Baronesa de Wilson (1834?-1922), española excepcional en su época como mujer de letras y científica que viajó por toda Hispanoamérica y se interesó por sus ambientes culturales. En Chile debió conocer a los poetas que ella incorpora a la antología de Armando Donoso.
Los autores de la “primera serie” seleccionados por Donoso son: Salvador Sanfuentes, Mercedes Marín del Solar, Jacinto Chacón, Rosario Orrego de Uribe, Guillermo Matta, Eusebio Lillo, Hermójenes de Irisarri, Guillermo Blest Gana, Luis Rodríguez Velasco, Manuel Blanco Cuartín, Adolfo Vaderrama, Domingo Arteaga Alemparte, Carlos Walter Martínez, Juan Rafael Allende, José Antonio Soffía, Narciso Tondreau, Pedro Nolasco Préndez, Eduardo de la Barra, A. Walter Burton, Pablo Garriga, Alfredo Irarrazabal, Ricardo Fernández Montalvo, Gustavo Valledor Sánchez, Pedro Antonio González, Marcial Cabrera Guerra, Samuel A. Lillo, Manuel Poblete Marín, Antonio Bórquez Solar, Ricardo Pietro Molina, Diego Dublé Urrutia, Óscar Sepúlveda, Francisco Contreras, Manuel Magallanes Moure, Alberto Mauret Caamaño, Miguel Luis Rocuant, Carlos Pezoa Velis, Pedro E. Gil, Víctor Domingo Silva, Jorge González B. Ernesto A. Guzmán, Horacio Olivos y Carrasco, Federico Zúñiga, Jerónimo Lagos Lisboa, Luis F. Contardo, Max Jara, Ernesto Montenegro, Honorio Henríquez Pérez , Carlos R. Moncada y Pedro Prado.
Los seleccionados por la Baronesa de Wilson son: Manuel Varas Espinosa, Rodolfo Polanco Casanova, José Ángel Venegas y Venegas, Pedro Castillo, A. Juan José Julio Elizalde, Juan Ballesteros y Larraen, Ángela de Carvajal y Márquez, Luis Carlos Soto Ayala, V. Marín Besoain, M. Poblet Cruzat, Luis A. Zamora, Gregorio Iriarte Heredia, Luis Martínez Rubio, Clemente Barahona Vega, Desconocido, M. E. García Zegers, Leonardo Eliz.
lector español con un prólogo introductorio y lo sumerge de lleno en la lectura de la poesía chilena desde mediados del siglo XIX hasta los contemporáneos de Donoso, con una sumaria información sobre cada uno de los autores. El criterio de selección parece más inclusivo que exclusivo, si tenemos en cuenta que alcanza la cifra de 56 nombres, entre los elegidos por Donoso y la Baronesa de Wilson, lo que no deja de ser un criterio legítimo para que el lector juzgue por sí mismo y, sobre todo, si pen-samos que la importante tarea de acercar por primera vez la poesía chilena en su conjunto a los españoles de esta manera estaba cumplida.
Sin embargo, en su segundo libro, Los Nuevos, Donoso hace explícita su in-tervención desde el “Preliminar”, para dar testimonio en España de la renovación cultural que se está produciendo en Chile. Donoso se convierte en el mejor transmi-sor de las preocupaciones que tienen entonces los escritores chilenos y pone de ma-nifiesto que, como resultado de años de preparación y aprendizaje anteriores, la lite-ratura ya es una “entidad con caracteres autóctonos imperecederos”. Sin perder nun-ca su perspectiva de crítico, e imbuido de nuevos cánones estéticos aprendidos en Alemania, considera que la crítica debe iniciar una nueva forma de análisis que estu-die la literatura nacional “desapasionadamente” y desde esa perspectiva, él asume un papel de fundador que le lleva a decir “la historia comienza con nosotros”.
Acompaña al “Preliminar” unas “Ligeras consideraciones sobre nuestra lite-ratura”, donde plantea en sentido más amplio cuál debe ser la actitud general de la crítica ante la literatura hispanoamericana, lejos de “inútiles tanteos de Snobs” y de “olímpicos arrestos de pontífices didactizantes”. No olvida que se dirige a lectores españoles y podría ser que estos no conociesen la verdadera literatura hispanoame-ricana que, según él, debería buscarse en
el salvajismo de la vida rural y campesina, la obra del trabajo en nuestros bosques y en nuestros ríos, la tarea del colonizador moderno que ha sustituido el sable por el hacha y el arcabuz por la dinamita, la poesía de un clima suntuo-so, el secreto de los mares, la voz de los desiertos y la soberbia de las cordilleras pobladas de nieves eternas y de bestias salvajes5.
Donoso explica abiertamente su opción por una literatura original y nueva, lo que quiere decir que “debe desenvolverse dentro del horizonte del terruño”, de donde resulte una producción de preocupación terrígena que cristalice en obras de carácter eminentemente nacional. Para él se impone una literatura de orientación autóctona, pero, puntualiza, alejándose de pasados romanticismos, que debe ser ajena “a todo patriotismo declamatorio, exaltado e infructuoso”.
Considera que la literatura chilena ha llegado a un punto de madurez y sufi-ciencia, lo que le avala para proponer un programa de renovación que tomase como punto de partida “una gimnasia de concentración intelectual, o más bien dicho, una labor para destilar todo lo que hemos absorbido durante medio siglo de la cultura europea sin digerirlo”. Y ese programa debería tener además una finalidad estética, deseable en el arte en general, independiente de las circunstancias desfavorables en que a veces se produce. La función y la responsabilidad de la crítica debería activar-se inmediatamente y estar alerta a distintos frentes, tanto para estimular actitudes como para valorar la producción resultante e impedir “cualquiera renovación perju-dicial” que pueda producir “desmanes de escritorzuelos hueros” o “malos imitadores”. En última instancia, Donoso expone su credo en una clara actitud contra el decadentismo de la época, término asociado tanto a la falta de salud como a la inadaptabilidad social, con estas palabras:
Debemos propender a la restauración del culto a la vida intensa, erigiendo en dogma, si es necesario, el ya tan sobajeado aforismo de Séneca: Mens sana in corpore sano, como una protesta contra el refinamiento de ciertos señoritos, dandíes (sic) almibarados que más se cuidan de la melena que de la higiene. Y para esto es preciso volver a la Naturaleza, fuente eterna de purificación6.
Guiado por estos principios, en este libro sigue un riguroso criterio de selección por el que sólo incluye a diez autores7, elegidos entre novelistas, cuentistas, poetas y
críticos, para conocimiento del público español. Entre ellos se encuentra Francisco Contreras, que empezaba a ser conocido en España con la publicación de sus libros de viajes.
Aunque faltan todavía muchos años para que Contreras publique El pueblo maravilloso8, en cuyo “Proemio” expone sus ideas sobre lo que él llamará el mundonovismo, es evidente que esas ideas estaban gestándose desde estos momen-tos y que Donoso y Contreras coincidían en sus criterios acerca de las nuevas letras que habían de escribirse en América sobre las bases de la tradición propia, y tendien-tes “a crear una literatura autónoma y genuina”.
Donoso señalaba el comienzo de la faceta mundonovista en Contreras con la publicación de su segundo libro de poemas en París en 1907, Romances de hoy,
6 Los Nuevos, ed. cit. p. XXIII
7 Los autores incluidos en el libro son por este orden: Baldomero Lillo, Francisco Contreras, Víctor Domingo Silva, Omer Emeth, Jorge González, Rafael Maluenda, Carlos Pezoa Véliz, Fernando Santiván, Carlos Mondaca y Ernesto Guzmán.
después de haberse iniciado como poeta modernista, innovador y cercano a Rubén Darío, y haber asimilado en París el virtuosismo de la estética parnasiana y simbolista9.
Y le parecía también muy importante el paso que dio Contreras en Francia de poeta a crítico y valoraba su actividad como tal por el método moderno y riguroso que practicaba, “un plan de exposición y razonamiento perfectamente claro” alejado de la crítica tradicionalista. Consideraba que la obra crítica de Contreras era una “espe-cie de poesía sensitiva y vibrante, ajena a toda pedantería más o menos doctoral” y era comparable con la de Barbey d’Aurevilly, Rubén Darío y Teofile Gautier.
Los españoles, que no tuvieron fácil acceso a la mayor parte de esta obra crítica que se publicó en Francia, sí conocieron de Contreras sus libros de viajes. Los dos libros antes mencionados sobre Italia y España que son las impresiones del viaje artístico de un poeta, para los cuales, según Donoso, pudo tener como maestro al Darío de Peregrinaciones y Tierras solares.
Tierra de reliquias (España), que relata las experiencias de su autor en Espa-ña, es para Donoso “uno de los más bellos libros” de Contreras:
Su España es, en realidad, la Tierra de reliquias soñada por todo artista. Contreras no llega al solar del Cid en busca de chulas, toreros y mendigos, como Teófilo Gautier. O Hugo; su España es la de Barrés y Rubén Darío, cuna de Zurbarán y de Goya, patria de don Luis de Góngora y Argote, de Santa Teresa y de Quevedo; es decir, la tierra de misticismo y de energía, de ciudades viejas y caserones polvorientos10.
9 Las palabras que preceden a Romances de hoy son consideradas por Donoso como un manifiesto, “todo un programa vibrante de empuje y entusiasmo”, algunas de las cuales no duda en reproducir para conocimiento del lector español:
“Hace algunos años el ambiente de ideas ha sufrido una transformación radical. La conciencia de un refinamiento generalmente mórbido o artificioso; la inminencia del problema social, cada día más arduo e interesante, o acaso, sencillamente, el espíritu de reacción contra un orden de ideas que ha hecho su época, ha llevado a la juventud de hoy al amor sano de la Naturaleza, al estudio severo de la humanidad, a la altitud de sentimientos, al anhelo por la sinceridad, a la vida”.
Contreras hacía énfasis en que éstas no eran ideas exclusivamente suyas, sino de una corriente en la que participaban otros muchos que deseaban “hacer vida o belleza en nuestro medio, tendiendo a la creación de una literatura propia y genuina que encuadre sólidamente nuestros nobles sentimientos y nuestros viriles anhelos de progreso y de mejoramiento social”. Los
Nuevos, ed. cit. p. 78.
Esa idea de España procede del itinerario geográfico que realiza por San Sebastián, Burgos, Toledo, Valencia, Barcelona y Madrid, concentrando sus puntos de mira en el arte y la historia de estas ciudades, sin perder de vista algunos usos de la vida cotidiana. Sin embargo, Madrid y la literatura de la época son los dos núcleos que atraen el interés mayor de Contreras que deja bien explícita su perspectiva de “turis-ta” e “hispanoamericano”.
Su descripción de Madrid, con apariencia de guía callejera detallada y preci-sa, desliza impresiones personales que traslucen sus preferencias y denuncian cierta decepción, pues ve una “ciudad relativamente moderna, Madrid, [que] no posee esos monumentos seculares que hacen el encanto de las poblaciones europeas”. Su mayor desengaño proviene de la visión de lo que él llama el Madrid antiguo o tradicional que tiene su eje en la Puerta del Sol11, donde no encuentra “una ciudad hermosa ni
siquiera pintoresca”. Mejor impresión le causa el norte de la capital12, en donde
des-taca especialmente el Paseo de Prado, “paseo magnífico de que con razón los madri-leños están orgullosos”, que marca la frontera entra la ciudad vieja y la moderna.
Si desde el punto de vista arquitectónico la ciudad no tiene monumentos, igle-sias, o palacios dignos del elogio de Contreras, lo que para él verdaderamente salva a Madrid son los museos. Enumera muchos de los existentes en la capital española, pero muestra toda su predilección por el Museo del Prado y por la Armería Real. Su alma de artista se siente encantada y reconfortada recorriendo las salas del museo del Prado y recreándose ante las obras maestras de los grandes pintores españoles. En la Armería Real del Palacio de los Reyes, o dicho con sus palabras, en “la guardarropía de acero y oro de los antiguos monarcas de Castilla”, el poeta se queda embelesado ante las armaduras, recibe “una impresión formidable, a la vez que heroica y román-tica. La visión de aquellos arreos triunfales, que antes sólo habíamos visto en graba-dos, nos conmueve, nos alucina, nos transporta”.
Tenía razón Donoso al decir que la España de Contreras es “la soñada por todo artista”, pues poco se introduce el chileno en el Madrid vivido cotidianamente por sus habitantes, aunque un capítulo de su libro lleve el título de “La vida madrile-ña”. Contreras busca en Madrid los tópicos sobre ella construidos en Chile con la participación de algunos madrileños que contribuyeron a crear una imagen de la
11 “día y noche en ella circula o se estaciona una multitud espesa y abigarrada de caballeros embozados en sus capas, damas en negras mantillas, toreros rasurados, mujeres vendedoras de diarios, soldados azules, pobres diablos y mendigos”. Tierra de reliquias, ed. cit. p. 44.
12 “de barrios nuevos, de calles anchas y rectas, con edificios de ladrillos grandes y cómodos, si no bellos y coquetos. Es ese el lugar en que habita la aristocracia, la burguesía rica y los diplomáticos extranjeros”. Ibídem, p. 48.
ciudad montada sobre las maravillas de una “vida alegre y pintoresca; de espectácu-los, fiestas populares, cafés y paseos”. Esa es la vida madrileña que busca y la que encuentra Contreras. Los toros, el teatro, los cafés y los paseos son los objetivos más precisos de sus recorridos turísticos por la ciudad. Los toros le proporcionan la im-presión de la España “tradicional y pintoresca, de los cromos, de los dibujos de Goya y de los sueños románticos…”. En lugar del acto de violencia y horror que esperaba ver, la corrida le pareció “una cosa bella, artística”. Su balance final se cifra en que es “un espectáculo espléndido pero monótono”. Es mucho más crítico con la situación del teatro en Madrid; se sorprende del gran número de teatros que tiene y que siempre estén “repletos de un público abigarrado perteneciente a las diversas clases sociales”, pero piensa que las obras que se representan son por lo general “piececillas insulsas”, en donde el género chico está “matando” al gran teatro.
Como no podía ser de otra manera se interesó también por el ambiente litera-rio y lo encontró en primer lugar en los cafés. Se ve sorprendido por la cantidad de cafés de Madrid, comparable a la de los que existen en la capital francesa (“Es esta, como Paris, una ciudad de cafés”), pero enseguida establece la diferencia con los parisinos:
Amplios cómodos y hasta elegantes, esos cafés no ofrecen, sin embargo, el lujo y el buen servicio de los de París. No tienen terraza estable. No hay en ellos orquesta, ni cinematógrafos, ni cupletistas. Y si se quiere escribir allí una carta, hay que llevar el papel… En cambio el café que se toma es mejor que en París, aunque servido en mínima cantidad13
Contreras halla la razón de la diferencia en el estímulo que mueve a unos y otros para acudir a un café. En Madrid no se va a ver un espectáculo o a escribir una carta, sino a charlar con los amigos, por eso no se ve a ninguna persona sola como en París. Todos estaban rodeados de amigos, y Contreras no se sustrae a ese ambiente de amistad cuando se reúne en los cafés con los escritores del momento, admitiendo que desde que llegó a Madrid se encontró “rodeado de amigos y colegas, de cuyas amabilidades estamos hondamente reconocidos”. Él mismo describe la intensa vida literaria que llevó en sus días madrileños no solo en los cafés sino en otros muchos lugares:
En llegando fuimos a visitar al poeta Salvador Rueda, con quien cultivábamos relaciones epistolares. Al día siguiente, éste nos devolvía la visita y nos llevaba
al Ateneo, donde nos hizo conocer a Enrique Díaz Canedo y a otros poetas jóvenes. Poco después, en el mismo Ateneo, conocíamos al poeta Eduardo Marquina. Esa tarde Antonio Machado vino a saludarme en nombre de Rubén Darío. Al otro día nos veíamos con Blasco Ibáñez, en su “ínsula” de la calle Salas. En la noche nos presentaron, en su café de la calle Mayor, a Ramón del Valle Inclán. La otra tarde, Amado Nervo nos hacía conocer a Pío Baroja y Miguel de Val, director de la revista Ateneo. La noche siguiente Francisco Villaespesa vino a hacernos una visita por indicación de Vargas Vila. Después conocimos a Antonio Zozoya, redactor de El Liberal, a Roberto Castrovido, director de El País, al novelista Felipe Trigo, a Andrés González Blanco y a tantos más…14
Este recorrido trepidante por el mundo de las letras madrileñas no obsta para que Contreras tome conciencia del entorno literario, ni le impide tener constancia de que en estas fechas, 1912, cuando el Modernismo empieza a evolucionar y superarse en América, todavía existen en España algunos círculos de detractores que no enten-dían la verdadera dimensión de ese movimiento de origen hispanoamericano. Su interés se vuelca, sin embargo, en un grupo de escritores españoles que ven en las innovaciones de Rubén Darío y otros escritores americanos un soplo de modernidad necesario en la literatura española. En la última parte de Tierra de reliquias (Espa-ña) aflora el crítico literario que había en Contreras para reconocer la labor de los principales escritores españoles que se habían incorporado al Modernismo15;
escri-tores a los que entrevistó personalmente en Madrid y cuyas obras analizó con serie-dad y agudeza.
El primero es Ramón del Valle Inclán, de quien valora su tarea renovadora que, desdeñando los procedimientos exotistas preferidos por algunos, no se aparta de la tradición. Seguramente Contreras veía en Valle Inclán la plasmación de sus propios ideales sobre el mundonovismo, cuando decía que Valle Inclán era a un tiempo conservador y renovador, un tradicionalista y un revolucionario, y aspiraba a hacer obra universal, “procediendo por toques sobrios y firmes, no descriptivos, sugestivos” despreciando además “pedantescos casticismos y galicismos flamantes” o “preciosismos de importación”.
14 Ibídem, pp. 79-80.
15 Contreras indica con cierto orgullo el origen hispanoamericano del Modernismo: “Fue originado por el brillante ejemplo de la nueva poesía hispanoamericana […], poesía que hiciera conocer Rubén Darío, llegado a España como corresponsal de La Nación, de Buenos Aires. De manera que la hija, joven y progresista, ha servido esta vez de inspiradora y guía a la madre caduca”. Tierra de reliquias, ed. cit. p. 173.
Después señala que el grupo de poetas modernistas españoles, si bien algunos son muy jóvenes, es ya muy importante. Destaca a Salvador Rueda, con el que man-tenía una relación epistolar previa a su encuentro en Madrid, y, entre los más “inte-resantes y gentiles”, selecciona a dos de los que acababa de conocer recientemente en su visita madrileña, Francisco Villaespesa y Enrique Díaz Canedo, de cuyas obras, que había leído muy detenidamente, hace valoraciones muy elogiosas. Díez Canedo, muy joven entonces, con solo dos libros de poemas publicados y otro terminado, con el tiempo se convirtió en uno de los ensayistas más escuchados de su época y estuvo siempre muy atento al mundo hispanoamericano, como veremos más adelante.
Aunque parece que Francisco Contreras volvió en otras ocasiones a España, y a Madrid, no hemos podido comprobar esta suposición; solo queda constancia de que algunos de sus libros volvieron a aparecer en la Península. El siguiente apareció en 1916, de nuevo en Valencia, en la Editorial Prometeo, enviado seguramente des-de París, Los países grises (Flandes-des, Neerlandia, Albión), con el mismo formato como libro de viaje que los publicados anteriormente aquí. El último libro de Contreras publicado en España data de 1930 y es la importante biografía que realizó sobre su admirado maestro en el Modernismo, titulada Rubén Darío. Su vida y su obra, que apareció en la Agencia Mundial de Librería de Barcelona16.
Desde Chile, Armando Donoso vuelve a coincidir con Contreras en las pren-sas españolas en ese año de 1916 y publica otro libro, ahora ya en una editorial madrileña; es la ampliación de un folleto aparecido en Chile con el título de La Nación Alemana17, escrito con motivo de la visita realizada a aquel país por el
prín-cipe imperial de Prusia. Este folleto se convierte en España dos años después, en La sombra de Goethe, publicado por la Editorial América en su colección “Biblioteca Andrés Bello” y es un concienzudo estudio a través de las letras germánicas y una muestra de la admiración que sentía Donoso por el arte y el pensamiento alemanes.
16 Las relaciones literarias y de amistad entre ellos se había iniciado mucho antes, seguramente desde Chile, y ambos escritores se mantuvieron en contacto continuo en encuentros directos en París y en Madrid o a través de una relación epistolar continuada, pero no siempre cordial, según se desprende de algunas cartas que se conservan en el Archivo Rubén Darío de Madrid. Contreras siempre mostró su admiración por Darío, a quien consideraba su amigo, Darío fue más reservado con Contreras. Éste escribió varios artículos elogiando siempre a Darío y éste después de alguna insistencia le escribió a Contreras el prefacio de su novela La piedad
sentimental en 1911. Pese a ciertos desencuentros entre ellos, Contreras siguió escribiendo con
admiración sobre Darío y, antes de su biografía, en 1927, había publicado en París, en la Agencia Mundial de Librería, el estudio preliminar de Emelina novela en colaboración con
EDUARDO POIRIER en la colección de “Obras Desconocidas de Rubén Darío”.
Lo publica cuando se destruyen los pueblos de Europa durante la Primera Guerra Mundial y se rompen relaciones intelectuales entre varios países europeos, y en ese momento de frustraciones él halla un consuelo en la obra de Goethe y ve su sombra benéfica en la cultura alemana “como el creyente que habla de la imagen de Dios para explicar toda la maravilla de lo creado”. Consciente del desconocimiento gene-ralizado de la cultura germánica, Donoso trata de divulgar los frutos de su enorme curiosidad intelectual y de su paciente estudio sobre esa cultura.
Pero el año de publicación de La sombra de Goethe y de Los países grises –que coincide con el de la muerte de Rubén Darío– la mayoría de la crítica española todavía seguía más preocupada en cuestiones locales y se encontraba dividida entre modernistas y antimodernistas (algo que Contreras ya había observado en su visita, pocos años antes), lo que también podía expresarse como proamericanistas y antiamericanistas. Aunque ya se dejaban oír algunas voces de la combativa vanguar-dia, la crítica conservadora, que era la más abundante, arremetía contra el modernis-mo y, por lo tanto, era antiamericanista, por considerar a los americanos autores de la revolución que había trastocado el lenguaje literario y que ellos no admitían qui-zás por su incapacidad para comprenderlo. Era evidente que esta crítica identificaba el modernismo con América y tendía a negar el valor de la literatura hispanoameri-cana.
En el terreno académico, uno de los críticos más renuentes en sus juicios sobre la literatura hispanoamericana había venido siendo el catedrático Julio Ceja-dor y Frauca, que, sin embargo, hacia estos años ya había cambiado su criterio, y en 1917, a partir del volumen II de los catorce que componía su gran Historia de la Lengua y la Literatura Castellana, se decide a incorporar autores hispanoamerica-nos; a tal fin se dirige a los “escritores contemporáneos de España y América y a los amigos de los escritores poco ha difuntos” para que le proporcionen los datos bio-gráficos y bibliobio-gráficos oportunos para su gran proyecto literario.
Armando Donoso, que acababa de publicar su primer libro en Madrid, contri-buyó a crear el corpus de esa historia en lo concerniente a la literatura chilena. Para Julio Cejador, Donoso formaba, con Omer Emeth, “la pareja de críticos más autori-zados de Chile”, y por eso no duda en convertirlo en uno de sus más eficaces infor-mantes; lo que los mantiene en estrecho contacto entre 1917 y 1920, como se cons-tata a través de su correspondencia. De esta manera, desde Chile Armando Donoso continuó divulgando la literatura chilena en España, pues no solo le envía una com-pleta referencia bibliográfica de su obra y una breve reseña biográfica suya, sino que le ofrece una minuciosa relación de los escritores chilenos en función del género que cultivan y del sexo al que pertenecen, e, incluso, le hace llegar retratos de algunos de ellos para ilustrar su Historia. También le hace saber a Cejador que su obra tiene una gran repercusión en Chile –donde goza de una gran estima– y que él mismo se en-carga de difundirla en El Mercurio, “que no sólo es el decano de la prensa americana
(tiene 90 años de vida), sino que es uno de los periódicos más prestigiosos y escu-chados de por acá”.
Donoso se declara “humilde admirador” y “amigo devoto” de Cejador y Frauca a quien siempre considera un maestro, lo que no obsta para que se permita hacerle alguna sugerencia, como cuando trata de convencerlo de la necesidad de fundar una buena revista literaria que una las literaturas española y americana18, o le indica la
utilidad de incorporar a su Historia una antología al modo de la de Menéndez Pelayo19.
No sabemos si cuando Donoso volvió a España en 1925 pudo seguir intercambiando de forma directa impresiones y datos con Julio Cejador, pero lo cier-to es que mientras él estaba en Madrid, murió el erudicier-to español. En esta ocasión había llegado acompañado por su mujer, la poeta María Monvel (Tilda Brito) y ve-nía con una misión oficial y además como corresponsal de El Mercurio. El Ministe-rio de Educación le había encomendado la tarea de desarrollar un programa de pro-paganda y acercamiento cultural de Chile y “debía también estudiar algunos estable-cimientos especiales de instrucción”. Aunque visitó otros países europeos, España fue el núcleo de su trabajo que le llevó a visitar algunas otras ciudades, además de Madrid, como Las Palmas, Barcelona o Sevilla. Su biógrafo, Feliú Cruz, resume en breves palabras la actividad que desarrolló y el gran número de personas con las que trabó relación:
Establecido en Madrid, entrevistó a Pío Baroja, Rufino Blanco Bombona, Adolfo Posada, Antonio Maura; Armando Palacio Valdés; Ricardo Baeza; los hermanos Álvarez Quinteros; Francisco Rodríguez Marín; Rafael Altamira; Pittaluga; Vicente Blasco Ibáñez; el chileno Luis Ross Mujica y María de Maeztu. Asistió al entierro de Pablo Iglesias y describió el pabellón de Chile en la Exposición Universal de Sevilla20.
18 Julio Cejador y Frauca, Epistolario de escritores hispanoamericanos, Santiago, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 1965. “¡Qué falta hace por el momento una buena revista de letras españolas, que abarque la península y esta América! Una revista del tipo del Mercure de France, rica en Bibliografía. Yo pienso que una, bien dirigida y con buena administración (la Sociedad General de Librerías), por ejemplo, sería hasta un seguro negocio. Por qué no lo intenta Ud., ya que con ello se ganaría la eterna gratitud de este mundo tan lejano y desconocido”. P. 111.
19 “¿Por qué no completa esta su Historia, con una Antología que complete, en lo moderno, la de Menéndez y Pelayo? Sería un libro útil, que encontraría una excelente acogida de librería. Si yo en algo puedo servirlo por acá, no tiene sino ordenarme, que estoy pronto para ello”. Op.
cit. p. 128.
20 Guillermo Feliú Cruz, Armando Donoso y su tiempo. Santiago: Editorial Nascimento, 1969, p. 49.
En alguna tertulia literaria conoció también a Ramón Pérez de Ayala y se lo presentó a su compatriota Joaquín Edwards Bello que frecuentaba asiduamente varias de las tertulias que entonces se realizaban en los cafés madrileños. Rápidamente Armando Donoso se incorpora al ámbito literario madrileño, al tiempo que otros chilenos, como Augusto D´Halmar y Joaquín Edwards Bello, cada uno a su manera, viven intensas experiencias madrileñas y se integran en el ambiente cultural con sus confe-rencias y sus artículos, y porque el mundo editorial también les abre sus puertas. Armando Donoso publica dos libros en este primer año de su segunda estancia espa-ñola en dos editoriales de la capital de España: una nueva antología, la tercera de Donoso en la Península, titulada La otra América, publicada en la Colección Con-temporánea de la Editorial Calpe, y Dostoievski, Renán, Pérez Galdós, en la Edito-rial “Saturnino Calleja”.
En La otra América, Donoso hace explícito su deseo de dar una visión distin-ta, “otra”, de la que muchos españoles tenían entonces sobre las letras de América y responde, en alusión directa, a la calificación de Pío Baroja sobre América como “continente estúpido”. Este epíteto barojiano ya había producido algunas reacciones en otros chilenos, como D’Halmar, que no disentía en términos absolutos de la opi-nión de Baroja porque admitía que la desafortunada actitud de algunos hispanoame-ricanos contribuía a destruir “la más inteligente labor del hispanoamericanismo”. En coincidencia con D’Halmar21, Donoso también admite la existencia de una América
“inficionada de literatura, tuberculosa de imitación, sin arraigo en su casta y ni en su suelo” de la que espera “que pronto muera del todo”. Y para reafirmar su argumento, recurre al parecer de Unamuno que, si no compartía su percepción de un continente estúpido con Baroja, sí hablaba de “continente inútil”. Contra esta América Donoso quiere ofrecer una muestra de la América nueva, inteligente y capaz, “la que se está amasando con la levadura de una humanidad distinta (¡también ella tiene su año 98!), [que] ha de ofrecer insospechadas cosechas ideales a la curiosidad de Euro-pa”22.
Para cumplir con su primera tarea de difundir en España la mejor cultura chilena y americana, Donoso selecciona ocho personalidades relevantes, pertene-cientes sobre todo al mundo de la literatura y al ámbito chileno, de las que hace una minuciosa valoración23. Por si la sugerencia provocadora del título y el prestigio de
21 Augusto D´Halmar, prólogo a Joaquín Edwards Bello, La muerte de Vanderbilt. Madrid: Editorial Mundo Latino, 1922.
22 Armando Donoso, La otra América. Madrid: Editorial Calpe, 1925, p. 20.
23 Los capítulos que componen el libro son: Arturo Cancela o el nuevo humorismo. Gabriela Mistral, un poeta representativo. Henríquez Ureña y la erudición. Rafael Barret o la América
la editorial en que aparece fueran pocos para asegurar el éxito del libro, éste salió precedido por un prólogo de uno de los mayores conocedores españoles de la litera-tura hispanoamericana, Enrique Díez Canedo. Para él, las letras de América habían constituido una dedicación constante y tenía un conocimiento de su historia y de los escritores de su época que muy pocos alcanzaron a tener. En su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua, pronunciado el 1 de diciembre de 1935, expuso su visión de la literatura hispanoamericana a partir de los conceptos de unidad y diver-sidad, que después se incorporaron con toda naturalidad a la caracterización de esta literatura. En ese discurso, al tratar de formular la personalidad literaria de cada país, resumía la chilena con estas palabras:
Chile es la historia; sus hombres de letras tienen fisonomía de magistrados. El temblor de su suelo no perturba la severidad del estudio. Su poesía y su novela, son también graves, hasta en los juegos24.
Uno de los aspectos de este discurso versaba sobre las relaciones literarias entre España y América a partir de dos problemas que le preocupaban especialmente: Uno, de resonancias muy actuales, relacionado con la organización de las editoriales y el comercio del libro le llevaba a la siguiente conclusión: “América tiene facilida-des para conocer el libro español y España no las tiene para conocer el americano”. El otro problema tenía que ver con la actitud general de la crítica española respecto a la literatura hispanoamericana y, en especial, con un grupo de críticos desaprensi-vos que lograban más el distanciamiento que el acercamiento entre nuestras literatu-ras y sobre los que emitía estos duros juicios:
No desconozco la labor de españoles por la cual, más que estudiada, se ha visto la literatura del Nuevo Mundo tratada con ligereza o con burlas que no han dejado de repercutir en aquellas tierras, suscitando réplicas desatentadas y des-pertando recelos, como si tan agrios censores, a los que no he de nombrar, hubieran mostrado ánimo diverso, al tratar de las cosas de América, que al ceñirse a las producciones de la patria española […]
El mal por ellos causado no tanto consiste en la sátira aplicada a tal o cual produc-ción, muchas veces digna de las más graves censuras, sino en dar como representa-tiva de todo arte literario la obra desaforada o mezquina, que se disecaba sin piedad; o en juzgar por una pieza mediocre la obra de un escritor importante; o en vituperar
enferma. Karez-I-Roshan, una superchería literaria. Eduardo Barrios y la novela. José Toribio Medina o la bibliografía. Tótila Albert y la nueva escultura.
en un trabajo meritorio, en una bella obra, el defecto del pormenor, con olvido de la fundamental excelencia; o en dar el mismo trato al poeta genial y al aficionado pre-suntuoso, no por falta de juicio para aquilatar los respectivos valores, sino por la falsa persuasión de que el país de origen los equiparaba y tenía en estimación y predicamento análogos25.
Conocedor Armando Donoso de la responsabilidad y del saber profundo de las letras americanas que tenía Díez Canedo26, no duda en enviarle su libro La otra América antes de llegar a España. El crítico español, que ya había leído algunas de sus obras anteriores, escribe las palabras que compondrán el prólogo. Lo escribe en claro diálogo de crítico a crítico, y con el respeto que le merece la labor de Donoso, pues ambos comparten la misma corriente de renovación de la crítica que considera necesaria y urgente la aplicación de los estudios científicos a la literatura. El español ratifica el criterio de su colega chileno sobre el nuevo tiempo que vive la literatura hispanoamericana, arriesgándose a juicios muy personales sobre ella:
Me atreveré a decir que considero esta época, en su conjunto, muy superior tanto a la de los Bellos, Heredias y Sarmientos, como a la de los Nájeras, Daríos y Rodós, que casi es la nuestra. Creo que no se destaca tanto la personalidad aislada –de una parte, con su propio y señero espíritu; de otro, como ídolo de una musa que le considera de substancia distinta de la substancia común, como fetiche de culto oficial– porque el oficio literario, al acabar con el puro dilettantismo, exige más de los cultivadores y los recompensa menos27.
Los estudios de Donoso, que integran el libro, constituyen para Díez Canedo una prueba concreta de sus apreciaciones generales sobre el importantísimo momento en que se encuentra la literatura hispanoamericana; y, además, en lo que concierne a Donoso, piensa que son un “síntoma” de que ha entrado en “ese punto de madurez en que la inteligencia y gracia se equilibran, vaciándose en los moldes cada día más señoriles y elegantes de una viva prosa”.
25 Enrique Díez Canedo, op. cit. p. 20.
26 Enrique Díez Canedo (1879-1944) poeta y crítico reputadísimo que colaboró en los más importantes diarios y revistas de su época. Fue uno de los pocos españoles que conoció Hispanoamérica en los años veinte. Viajó a Chile invitado por la Unión Iberoamericana para pronunciar un ciclo de conferencias en la Universidad de Chile, en Santiago, en 1927. De este viaje trajo un libro de poemas, Epigramas americanos que publicó en Madrid en 1928. Con la República fue embajador en Buenos Aires. Durante la Guerra Civil se exilió a México, donde murió.
Como si Donoso pretendiera contrarrestar la impronta americana del libro anterior, en este mismo año de 1925 saca a la luz en Madrid otra recopilación de estudios sobre autores europeos, Dostoievski, Renán, Pérez Galdós. Pese al sentido plural del título, el libro dedica mayor atención a figuras capitales españolas, pues, además de Pérez Galdós incluye estudios sobre Espronceda y Américo Castro. Estos ensayos dan una justa medida de la alta calidad de su crítica que no solo atiende a la literatura chilena e hispanoamericana, ni siquiera solo a la alemana, que había cono-cido sobre el terreno, sino también a un vasto sector de la literatura europea y, en particular, de la española. Sus juicios sobre Pérez Galdós debieron ser tenidos en cuenta por la crítica española de entonces por la inmediatez con que se hizo ese análisis general de su obra, a escasos años de la muerte del escritor, y por lo riguroso de su enfoque.
Quizás no sería arriesgado afirmar que Contreras y Donoso fueron los prime-ros críticos chilenos de la literatura española. Al tiempo que ellos divulgaban la literatura chilena en Europa, uno en Francia y el otro en España, sus ojos estaban atentos a la literatura europea y conocieron muy bien el estado de la literatura espa-ñola. A Contreras, desde su óptica de renovador modernista, le interesaba llegar muy cerca de los gestores del modernismo español a los que dedicó un grato reco-nocimiento; Donoso, con más amplitud de miras, deja traslucir en sus escritos su bagaje de lecturas y su comprensión general de la literatura española. Todavía muy joven, uno de sus primeros objetivos había consistido en adentrarse en los secretos del pensamiento y la obra del erudito español Menéndez Pelayo28, en quien sin duda
encontró un ejemplo incuestionable de estudio y saber humanísticos. Y nunca perdió el interés por seguir a la nueva corriente crítica española que Donoso denomina “izquierda filológica”, “animada por un espíritu estrictamente científico, en el cual concurren todas las disciplinas de la filología pura” y entre cuyos componentes se encuentran Menéndez Pidal, Solalinde, de Onís, etc. No es de extrañar, pues, que este último libro publicado en España se cierre con un ensayo dedicado a la persona-lidad de uno de los más importantes componentes de esa nueva crítica, Américo Castro.
El matrimonio Donoso debió permanecer en Madrid al menos un año, aunque de esta estancia no hemos podido obtener mayores datos. María Monvel publicó en Barcelona una selección de sus poesías en la Editorial Cervantes en la colección “Las mejores poesías (líricas) de los mejores poetas”, que, aunque sale sin fechar, parece de 1926. La editorial no duda en situarla entre las mejores poetas de América:
Cinco nombres de mujer marcan el pleno florecimiento de la poesía lírica en América, como cinco broches que han de cerrar todo un período de singular interés: Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y María Monvel.
Era la presentación en España de María Monvel, que ya había publicado en Chile Remanso del ensueño (1918) y Fue así (1922), dos libros que revelaban una mujer de “exquisito temperamento” que podía provocar emociones insospechadas. Se pre-tendía que su poesía obtuviese el reconocimiento de los españoles del mismo modo que lo había logrado ya en los países hispanoamericanos, avalando su nombre con comentarios de Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. De esta última, la Editorial Cervantes reproducía en el prefacio introductorio un largo y elogioso juicio del que entresaco algunos párrafos:
La mejor poetisa de Chile –escribe la autora de Desolación–, pero más que eso: una de las grandes poetisas de nuestra América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza del temperamento, a Juana por la espontaneidad.
Empecé por admirarla y he acabado por quererla. Me vino su estimación de aquella clara honradez artística suya. Verso fácil que rebalsa la copa llena de sentimiento, fácil por la plenitud. […]
Es menos conocida de lo que merece; está, repito, entre las grandes manejadoras felices del verso castellano. Divulgarla es como añadir una colina suave al pai-saje de la lengua; sumar un fino acento al habla querida. En América los mejo-res la han celebrado; en España la celebrarán los mejomejo-res también.
La editorial destacaba además el toque original de su poesía y su preocupación por temas infantiles que ella impregnaba de una “dulce y penetrante melodía”, con la certeza de que impresionarían profundamente al lector español.
No hemos encontrado testimonios de la recepción española de esta antolo-gía, pero quizás sea muy significativo para conocer su repercusión que diez años después de haberse publicado, todavía resonaban en Madrid algunos de los poe-mas de María Monvel. El 3 de junio de 1936, a punto de estallar la Guerra Civil, en la institución más viva de la cultura hispanoamericana del Madrid de entonces, el Hogar Americano29, en cuya fundación Gabriela Mistral había tomado parte muy
activa, Carlita Mutters ofrecía un renombrado recital de poemas de escritores
29 María Edilia Valero, El Hogar Americano en Madrid en pos de un ideal. Buenos Aires: Artes Gráficas Bartolomé U. Chiesino, 1948.
hispanoamericanos. Los versos del poema “El iba distraídamente”30de María Monvel
fueron recitados junto a los de Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Amado Nervo, Alfonso Reyes, Delmira Agustini, Grabriela Mistral, etc., y muchos más.
En sus días madrileños, María Monvel debió estar muy atenta a la vida cultu-ral y literaria que se desarrollaba en la capital española y desde su óptica femenina se interesó por la relación de las mujeres con la literatura. Observó que había diferen-cias notables entre las escritoras americanas y las españolas y sus reflexiones sobre la cuestión las volcó en el prólogo de la antología que publicó poco después en Chile, Poetisas de América31.
La primera diferencia era cuantitativa, pues se sorprendía de la gran cantidad de poetisas que encontraba en América frente a la escasez de ellas en la literatura española. Aparte de algún ejemplo aislado, como Santa Teresa o Rosalía de Castro, su apreciación general era que “las mujeres en España no escriben versos”. Para ella la causa primordial de esta circunstancia radicaba en la educación represora que se había ejercido sobre la española, lo que le impedía vencer los prejuicios para entrar en una “profesión tan masculina como las letras”. En cambio, en América las muje-res habían logrado adueñarse de la literatura, como profesión “apta y dulce de mane-jar para sus fuerzas”. La firmeza de sus juicios se expresa en afirmaciones como estas: “Las poetisas americanas son muchas y buenas. Trabajo de mujeres, deporte de mujeres, el verso es una cosa que las mujeres hacen bien”. Y esto lo avalaba con la larga lista de poetas que selecciona para su antología.
30 El iba distraídamente, Así también yo.
De entre sus ojos pardos, moneda reluciente, Una mirada me arrojó
Debí cogerla distraídamente Así, sin emoción
Pero, después, vaga y distintamente Subió congoja hasta mi corazón El se marchó ¡qué distraídamente! Pero antes me besó.
Su beso, sello rojo, en medio de mi frente ¡Quedó, quedó!
La vida distraídamente Para mí giró…
Nada sabemos de otros aspectos de la estancia madrileña de María Monvel. Es posible que prefiriese la vida recoleta y el sosiego hogareño a la crepitación de los ambientes literarios; al menos algo de eso deja entrever en un poema donde pormenoriza sus particulares vivencias de Madrid que revelan su gran capacidad para ver y entender los detalles cotidianos de una ciudad apenas descubierta. El poema se titula “Por la calle de Ayala”:
A pie por la calle de Ayala.
El otoño de Madrid, me abanica el rostro El vientecillo ese del Guadarrama. Hace un sol hipócrita
Que brilla como un sol, pero nos deja fríos Como estufa sin llama.
La fruta de Madrid se ofrece En bruñidas canastas Y negrean las uvas negras
Y parecen de jade las uvas blancas. Por Ayala derecho está la Castellana, Donde cientos de cientos de sillas Vacías siempre aguardan. Una mujer del pueblo Vende calorcillo en castañas Y el periódico vende noticias Despampanantes y variadas. La lotería en manos de una vieja Ofrece fortunas fantásticas, Quince millones de pesetas ¡¡ Como si la vieja fuese un hada!! Un panadero, por un beso
Me daría –dice– la Castellana, Y un señorito bien, me arroja Una mirada de capa y espada. Las niñeras parecen magnolias O crinolinas todas blancas Y toda la plata de las Indias La llevan a cuello colgada. La Gran-Vía de las Zarzuelas, Moderna ahora y asfaltada, Parece un luminoso cauce
Donde corren autos en vez de agua. El piropo ofrece flores mudas Miradas o habladas.
Hace frío, frío, mejor se está en casa Donde el verano artificial se trepa Por las tuberías llenas de agua Y arroja el frío fuera,
como cosa sin importancia.
RESUMEN / ABSTRACT
Armando Donoso y Francisco Contreras coinciden en la publicación de algunos de sus libros en Espa-ña y entre ambos muestran a los lectores españoles las nuevas tendencias de la literatura chilena y la nueva perspectiva crítica desde la que se quiere diseñar el panorama literario de América. Aunque sus estancias en Madrid son esporádicas y breves, sus publicaciones españolas adquieren gran significa-ción, al dar a conocer, entre otras cosas, los brotes de una literatura original y genuina que perfilará más tarde Francisco Contreras con el nombre de Mundonovismo. Con María Monvel, una de las prime-ras escritoprime-ras chilenas que visita España, acompañando a su marido Armando Donoso, se produce un acercamiento a la perspectiva femenina de la poesía chilena, que posteriormente tendrá una gran reso-nancia.
PALABRASCLAVE: Chilenos en Madrid, María Monvel, Armando Donoso, Francisco Contreras, poesía femenina, Mundonovismo, crítica literaria, antologías, biografías, crónicas, viajes.
CHILEANS IN MADRID: MARIA MONVEL, FRANCISCO CONTRERAS AND ARMANDO DONOSO At around the same time, Armando Donoso and Francisco Contreras published books in Spain that introduced Spanish readers to the recent trends in Chilean literature and critical theory which were to set the stage for a new literary movement in Spanish American literature. Although they made only brief, sporadic visits to Madrid, the Spanish publications of these two Chilean writers were of great significance, among other reasons because they provided information on the beginnings of an original and authentic literature which Francisco Contreras was later to name Mundonovismo. Ma-ría Monvel, in the company of her husband Armando Donoso, was one of the first women writers from Chile to visit Spain and to play an important role in the rise of women’s poetry in Chile.
KEYWORDS: Chileans in Madrid, María Monvel, Armando Donoso, Francisco Contreras, women’s