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Nuevo concepto de la empresa

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Academic year: 2023

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JEFATURA PROVINCIAL DEL MOVIMIENTO CASTELLON

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NUEVO DE LA

CONCEPTO EMPRESA

7

bUcaclonesdel Deparlamenlo Provincial de SemInarios de F.F.T.yde las J.O.N.-S.

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NUEVO CONCEPTO DE LA EMIIRES;\

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Aportación del Departamento de Seminarios de Castellón al estudio del tema

<PARTIGIPACION DE LOS OBREROS EN lOS BENEFICIOS DE LA EMPRESA»

COLABORAN:

José Antonio Gorda Noblejas, Gobernador Civil y Jefe Provinciol.

Dr. D. Vicente Enrique Tarancón, Obispo de Solsona.

Jaime Nos, Director del diario «Mediterráneo'.

Rafael de los Heros, Delegado Provincial de Sindicatos.

Casimiro Meliá, Jefe de la Delegación de Industria.

José M.o Guinot, Jefe del Departamento de Seminarios.

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Por .I0~1~ .\1." GL 1.\0'1' e\L,íi\. Callúlligo .lefecid DCpal'l¡llIlt~l1to Pl'o,-illcinl de:;UlllilHlIoio8

¿

L Estado Espaíiol, bajo la jefatura del Generalísimo Franco,

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estú realizando una obra social verdaderamente revolucio- naria. Los avances sociales se suceden sin interrupción en todos los órdenes: laboral, económico, asistencir;Ll, e/c.

La presencia de la FalanfJe en el Ministerio del Trabajo ha hecho que lu legislación espaíiola, inspirada en el nacional-sindicalismo -tanI~iosdel comunismo falsamente igualitarioyrencoroso como del capitalismo anónimo)" e:cplotador, en frase de Fernández Cuesta- siga prof!;resando incesantemente bajo el sif!;no de lo social, para hacer posible, cada vez más, el acceso al bienestar de la clase más //umerosa )' necesil-ada.

Pero toda obra social de envergadura exiS'e una ambientación doctrinal, una preparación del sentido social de las masas X de las minadas. Esta labor deben realizarla los elementos intelectuales, los que por su preparación en la materia están capacitados para eme/i.ar a los demásY' asumir una función rectora. Por esta razón el Departamento Provincial de' Seminarios del Movimiento ha sido

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encargado, por la Jefatura Provincial del mismo, de ser el portavoz de los principios falan(Jistas )' cristianos en el orden social.

En cumplimiento de esta misión, y con elfin de crear el clima adecuado a dichos avances sociales, a la legislación laboral que pre- para el Gobierno, el Departamento Provincial de Seminarios ha organizado y está desarrollando, un ciclo de conferenciasy coloquios girando alrededor del tema: Nuevo concepto de la Empresa: par- ticipación de los obreros en los beneficios de la Empresa, accionaria do obrero, cogestión, etc. Nuevo concepto que recomiendan encareci- damente los Papas, defienden los sociólogos cristianosy la Falange ha Izedw propio, disponiéndose a implantarlo f!;radualmente en el momento oportuno, impuestoY' urgido por el Estado.

Parece que el momento de realizar esta experiencia ha llegado ya, a juzB'ar por recientes declara'ciones del Caudillo.

bstas r~formas,prudentemente implantadas, una vez sean supe- radas las dificultades prdcticas que de seguro Iza de encontrar en sus comienzoy, constituirán indudablemente una solución justay equita- tiva del problema social, convirtiendo el contrato de trabajo en con- trato de sociedad y coronando con bello florón la ingente obra social de nuestro Estado.

Con estos antecedentes, a nadie puede extraii.ar que, al llegar este filamento tan decisivo en la Historia de nuestra amada. Patria, desee- mos también vivamente escuchar la ,·oz autorizada de nuestra Santa

Madre la iglesia.

La iglesia tiene lUl/zada sobre todos los católicos, sacerdotes o seS'lares, la consigna. illelud,:ble de orientarse decididal1lenú hacia la labor en el campo social, hasta lograr, si no la reconquista de toda la masa obrera, actualmente en su mayoría alejada de la Iglesia, al menos llevar al convencimiento a todos sus componentes de que la l{l;'iesia toma en serio los prOI};ramas pontificios y busca sin rodeos el bienestar materia 1y espiritual de los productores.

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En su discurso último de Navidad, Su Santidad el Papa Pío Xlf nos ha didlO a este respecto que en ello nos jugamos nada menos que el prestis'io de la 19lf!sia, la recuperación de la fe en las masas ale- jadas de ella y la conservación de esa misma fe en otros sectores, que empiezan a medir la calidad doctrinal de la verdad por la conducta de quienes la predicamos.

Esta es la razón por la cual nos cabe hoy el !tonor y la satisfac- ción de tener entre nosotros, ocupando la tribuna de Seminarios, al Excmo, y Rvdmo. Sr, Dr. Don Vicente EnriqueJ' Tarancón, Obispo de Solsona.

El doctor Enrique 'Tarancón es tan conocido entre nosotros, tan querido y admirado, que he creído podía. dispensarme de hacer su presentación sustituyéndola por estas palabras preliminares.

¿Por qué iba a explicaros quién es D. Jlicente E"rique, si todos sabemos, en Castellón, que D. Vicente Enrique es h!jo ilustre de la vecina)r fraterna ciudad de Burriana, que antes de su promoción al episcopado fué Cura Arcipreste de Vinaroz y Villarreal, Consiliario Diocesano de Acción Católica, y que con tal motivo recorrió toda la provincia haciendo objeto de su dirección, solicitud y celo a millares .Y millares de almas?

No obstante, sí quiero hacer constar que el /JI'. Enrique, después que s.e rnardló de nuestro lado, ha desarrollado una extraordinaria actividad pastoral en la diócesis de Solsona, donde su pontificado es fecundísimo en obras religiosas y sociales; sí tengo el deber de des- tacar su n1Gs'ní(ico apostolado con la palabra)" con la pluma, el primero mediante una constante predicación-esas innumerables tan- das de ejercicios espirituales por las cuales ha pasado casi toda la diócesis-y el apostolado de la pluma, por medio de sus luminosas pastorales, esperadas con ansia en todas las diócesis de Espaiia.

I,,'n el segundo aniversario de supont~ficado,el DI', Enrique pu- blica su pastoral ~Orientaciones Socialep, verdadero tratado de

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Sociología cristiana, donde se exponen los principios fundamentales sobre estas cuestiones, se estudian los derechos de la Iglesia y del Estado, del patronoy del obrero, se señala la solución del problema con la reforma de la empresay hasta se consignan orientaciones de apostolado social.

El bienestar de las masas es para este Prelado, lo mismo que para el -Papa actual, una verdadera obsesión. En una época crítica para nuestra Patria, el Dr. Enrique salió en defensa de los pobres X de los obreros reivindicando su derecho a tener pan en abundanciaX cuanto necesitan para llevar una vida digna X humana.iQué valen- tía en la exposición del problema, qué claridad en la aplicación de los conceptos de justicia

r

caridad, qué habilidad para despertar las almas aletargadasXqué entereza en reclamar conciencias cristiands!

El Dr. Enrique no es, pues, sólo un e.1:celente sociólogo; es tam- bién,

r

sobre todo, un hombre de acción: un obispo que ha sabido preocuparse de los obreros; que ha sabido acercarse a ellos para cono- cer sus verdaderos problemas; que ha hedlO cuanto ha podido para atraerlos al camino de la verdad, para m~jorarsu suerte, según la doctrina de la iglesia.

A este obispo, a este ilustre sociólogo cristiano, a este padre de los pobres, que es el Dr. D. Vicente Enrique Tarancón, os ruego, pues, escuchéis con atención mientras os expone su anunciada conf~­

rencía sobre la TEOLOG1A DE LA EMPRESA.

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"'llIlIIlHltl""IIIII""'IIlll""1111""11111111"111"""'11111111""11111111"1"'1111"'1111""'1""11"'tllllll'II""II"IIIII'I'IIII"IIIIIII'IIIIII"""1111.1.,1.,11111111111

TEOLOGIA DE LA ENIPRESA

/

POI' el

I'~XCMO, y IWDMO, sn, o, v, EXRlQUE Tl\RAi\CÓN

Obispo de Solaona

Cxcmo. eSr.:

CJJigmsr'rnas ~do~ú:lacles 31 deiau¡uía5:

eSeño~l?s5/ :7/;~mal105:

INTRODUCCiÓN

111

L Doctor Cuinot, buen amigo mio-cmp"ó nU"'tra

,~ amistad en los años del Seminario y aún da la coin-

Q 'cidencia de que fuimos ordenados saCerdotes el

~ , misl~lO díay celebr~nlOs la. primera Mis~_en la mis.~

ma fecha:....se ha dejado gUlar por el carmo ypot..la 'lIl11staden las palabras que hapr'oliu nciado. Menos. mal quey,{jsc otros me conocéis sobradamente

r

habréis s'abido valorar jüsta-

111 ntc sus afil'l11acioIles que han sido excesivamen"tc elogiosas,

(' 1110 inspiI'adas por el afecto más-bien que por la justicia. ' Quc tengo interés por los problemas sociales es vel·da'd-. Que t ngo en ellos un poco de experiencia por las características de mi diócesis-con una razón muy importante de carácter ilidustriaJ- también es cierto. Yo he visitado en distintas ocasiones las fábú- cas y minas de mi diócesis, me he puesto en contacto personal ron mis obreros)' he procurada intervenir siempre que las cir-

un tancias reclamaban la intervención del Prelado.,

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Pero ni soy un ilustre sociólogo ni un maestro de economía.

No soy más que un Obispo-un pobre Obispo-que he procurado interesarme por estos problemas porque lo consideraba como un deber de mi cargo. Yen este plan es en el único que puedo hablaros.

Vengo a hablaros exclusivamente como Obispo. No con la autoridad del Obispo propio, porque no lo soy, y sin que mis pa- labras tengan, por ello, ningún carácter oficial. Es el Obispo pro- pio el ,Maestro oficial en la diócesis y el único que puede hablar con toda autoridad.

Pero soy un Obispo, aunque el último de todos, y formo parte de la Jerarquía de la Iglesia. Y en este plan, no de maestro de' ·so- ciología o de economía, sí, si queréis, de maestro de religión, es en el que voy a hablaros.

*

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*

Cuando me invitaron para que diese esta conferencia quise llegarme. Quise, pero no supe. Y no supe negarme, no solo porque era el mismo Dr. Guinot el que llevaba la voz de la Comisión que en nombre del Excmo. Sr. Gobernador venía a invitarme y yo nunca acierto a decir que no a un amigo, sino que la misma razón por la que se me invitaba - querían que en estos coloquios organi- zados por la Jefatura Provincial de Seminarios de F. E. T. Yde lasJ. O. N.-S. se oyese la voz de un Obispo-y el tema sobre el que debía hablaros - el de la Empresa que ellos trataban en sus reuniones-influyeron poderosamente sobre mí, de tal suerte que, -como os decía, no supe decir que no.

Porque el tema de la Empresa es un tema que me interesa extraordinariamente. Me interesa como ciudadano-lo soy como todos vosotros-y me interesa como Obispo.

Me interesa como ciudadano porque sé muy bien que del buen régimen de las Empresas depeude la paz

r

la prosperidad de nues- tro pueblo. Y todo buen español tiene el deber sacratísimo de hacer cuanto esté de su parte para conseguir esa prosperidad y esa paz.

y me interesa, además, como Obispo porque en estos momen- - 10-

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tos en que va evolucionando el concepto de Empresa es necesario que se deje oír también esta voz-que muchas veces resulta un poquitín fría, porque es la voz de la serenidad-la voz de la Iglesia, para que pueda marcar rutas y pueda señalar caminos. Ya vendrán después los técnicos a solucionar los problemas concretos - esto corresponde a ellos -pero dentro de los cauces que señale la Reli- gión y la 'Ioral. Porque la Empresa no podrá cumplir su misión pacificadora si se desenvuelve al margen de la 1·oral. Y la .Moral entra en la' jurisdicción de la Iglesia.

No podía serme indiferente un tema de esta naturaleza y fué uúa tentación para mí el que me invitaran a hablaros del mismo.

Por eso accedí a la petición. No supe negarme, como decía antes.

y estoy contento de no haberme negado y de que se me presente la ocasión de poder hablar ante un público tan numeroso de este tema del mayor interés,

Justificación del tema

Quizá os haya extrañado a no pocos el enunciado de mi tema:

Teología de la Empresa. Yo os confieso con sinceridad que, a pri- mera vista, se comprende esta extrañeza. Porque Teología y Em- presa son dos palabras que, al parecer, no encajan. La Teología es la ciencia de Dios. Si trata del hombre y de las cosas humanas es en cuanto tienen relaciones con Dios. Por eso la Teología es la ciencia de la Religión.

La Empresa es una institución económica. Y la economía, no diré yo que esté en oposición a la religión, pero sí al margen de ella. Quizá hayáis recordado, al leer mi tema, aquella escena del Evangelio en la que Jesucristo -todo dulzura, mansedumbrey bondad parece que pierda los estribos, hablando en lenguaje hu- mano-y arroja a latigazos a los mercaderes del templo. El con- sidera una profanación el que 'se comercie en el templo aun con las cosas que eran necesarias' para el culto. ¿No es verdad que esta conducta de Cristo, parece indicarnos que la religión no debe rnezclarse nunca con la economía, la Teología con la Empresa?

Sin embargo, por pOGO que .se reflexione, se entiende con faci- lidad la relación que guardan esos dos conceptos, la conexión que

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han de tener estas dos realidades y la razón por la que yo qmero hablaros de la Teología de la Empresa.

Me recordaba hace un mOl lento el Sr. Jefe Provincial y Gober- nador Civil aquella frase célebre de Donoso Cortés: «Que en todo problema político hay un problema teológico». Y esta frase es exacta no tan solo con la relación al orden político sino a todos los problemas humanos. De tal suerte que podríamos afirmar con verdad que en todo problema humano se esconde necesariamente un problema teológico.

y la razón es muy sencilla. Todas las cosas son criaturas de Dios. El es el Amo de todas y todas deben servir para el

un

que El

les ha señalado. El hombre es el resumen de la creación-un mundo en pequeño-y el rey de la misma. Todos los seres están como engarzados en el hombre y todos deben estarle sujetos ya que el orden exige la sujeción de lo inferior a lo superior y el hom- bre por su condición de ser espiritual es superior a todas las cosas de la tierra. Por eso podríamos decir qne todo en el mundo ha de Henil' el sello del hombre, porque todo debe estar a su serVlClO.

El hombre, por voluntad de Dios, no es una simple criatura.

Ha sido ele\'ado al orden sobrenatural, a la condición de hijo de Dios. Y ahora, después de esta elevación, no podemos concebir al hombre fuera de este orden sobrenatural.

Pero el hombre, por lo que hemos dicho, arrastra tras sí a todas las cosas creadas, úlcluyéndolas en la misma órbita, por lo que todas' las cosas materiales - también la economía - no directamente, es verdad, pero sí por la relación que tienen con el hombre, han de estar orientadas hacia el {i.n sobrenatural.

. También ellas han sido elevadas, de cierta manera, porque al lin y al cabo han de servir al hombre para que utilizando esas co- Has materiale:; mientras pernume;r,ca en el mundo, cOllsiga su fin sobrenatural .

. ¿No recordáis \'osotros-l05 quc habéis practicado los Ejercicio;;

I~spjrit-ualcsJo recordaréis sin duda-aquella afirmación que hace San Ignacio en el «Principio yFundamento» de Jos Santos Ejerci- ciosr. En brevísimo esquema nos propone el Santo esta. verdad. «El

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hombre cs criado-escribe-para alabar, hacer reverencia y servu' a Dios Nuestro Señor y mediante esto salvar su alma». Es el fin sobrenatural que Dios ha señalado al hombre. Pero añade: «y las otras sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para el cual fué criado».

Tenemos, pues, en este plan sencillo y lógico que nos propone San Ignacio cómo, al {-in y al cabo, toda la obra creada, todas las cosas, incluso las más pequeñas, las más insignificantes y las que a primera vista podrían parecer más alejadas de este orden sobre- natural, no son, en el plan de Dios, más que medios para que el hombre consiga su fin. En una palabra, de la afirmación dc San Ignacio sc deduce claramente que la Teología tiene una palabra que decir en todos los problemas humanos; también en los pro- blemas económicos; también, por lo tanto, en la ordenación de la Empresa.

Creo, que, queda justificado mi tema. Por eso en mi' plan de Obispo, no de economista o de sociólogo, sino de macstro de re- ligión había de enfocar el tema de la Empresa clesde un punto de vista religioso y aun sobrenatural. Esto es lo que significa el tema que he señalado para mi conferencia: Teología de la Empresa.

Plan de la Conferencia

Bien comprenderéis que es imposible en una sola conferencia, que, además, yo quiero que sea breve porque no quiero abusar de vuestra atención, es imposible, digo, quc desarrolle un tratado completo de Teología de la Empresa. Para estudiar todos los aspec- tos de la empresa, a la luz de la Teología harían falta varias confe- rencias. Tan solo intento presentar un esbozo de lo que podríamos llamar Teología de la Empresa, estudiando algunos aspectos-los más interesantes, a mi juicio-para que podáis daros cuenta de la importancia de este aspecto que os quiero presentar

r

de la con-

,reniencia suma de que no se olviden los principios teológicos cuando se trata cl-e estructurar de una manera IUclS adecuada las empresas para que puedan contribuir a la solución justa del pro- blema social, base indispensablG de la verdadera paz de los pueblos.

Pero antes dc entrar plenamente en el desarrollo de mi tema

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son neccsarias lIllas con,;ideraciones previas que nos sirvan de prcámbulo o de introducción a lo que Hlmos a decir. Porque no deja de ser sign ificati ,-o que hoy se hable y se escriba tanto sobre esta institución económica y que los Seminarios de la F. E. T. Y de las J. O. N.-S. la hayan puesto como tema central de sus colo- quios. Yno deja de ser interesante mirar, aunque someramente, lo que ha sido la Empresa hasta ahora, para estudiar sus principales defectos que justifican el in terés extraordinario que ahora su~cita.

Estas consideraciones, ajenas al parecer al tema que he señalado, van a servirme, sin embargo, magníficamente para desbrozar el ca- mino que hemos de seguir. Porque los fallos que ha tenido hasta . el presente la Empresa capitalista nos muestran claramente la nece- sidad de que se plantee dicho problema de manera distinta a como se ha hecho hasta ahora. Y el interés marcadísimo por eltema, que se manifiesta ahora en todas las la ti tudes, y las orientaciones que se van insinuando cada día con más fuerza en los estudios que se hacen, nos hablan de la necesidad de tener en cuenta las ver- dades de orden moral, para conseguir lo que se propone. Todo ello justifica más plenamente el enfoque que quiero dade a esta confe- rencia y explica mejor por qué es ahora el momento oportuno para ([ue la Iglesia diga también su palabra sobre este problema que, si es fundamentalmente económico, los hechos han demostrado que no puede resolverse totalmente con un criterio exclusivamente económico.

El concepto de Empresa sujeto a revisión

No hace falta ser especialista. Basta leer el periódico para darse cuenta de que la Empresa capitalista está hoy sometida a revisión.

Las Semanas y Congresos' sociales, que con tanta frecuencia se celebran en nuestra época, tratan insistentemente de este tema y todos señalan como indispensable una renovación del concepto de Empresa. Los especialista~han cambiado su punto de vista sobre la misma y proponen cambios importantes' en su estructura. Los gobiernos de todos los Estados, sea cual fuere su régimen político y social, van introduciendo reformas, alguna de consideración, en la vida de las Empl'esas.

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Da la impresión de que el concepto de Empresa, tal como se había sostenido hasta ahora, está en crisis. Y los hombres, dándose cuenta de esta realidad, buscan con afeln la solución adecuada.

y este fenómeno es universal. El caso de España es clarísimo;

un síntoma elocuente es el que nos ofrecen los Seminarios de la F. E. T. Yde las J. O. N.-S. estudiando este problema desde pun- tos de vista nuevos hasta ahora. Pero aun aquellas naciones que se rigen todavía por los principios del liberalismo económico, acu- san la misma preocupación. Hoy, la intervención estatal es cada día mayor en los problemas económicos. Y nunca como ahora se había legislado sobre los distintos aspectos de las Empresas. No cabe duda que el problema de la Empresa tiene ahora suma actua- lidad, porque se están tocando las consecuencias de los fallos de la estructura de la Empresa capitalista.

No podemos negar que la Empresa capitalista ha producido grandes bienes. Ella ha influído poderosamente en el progreso de la humanidad y en el desarrollo' de las posibilidades económicas.

Hemos de ser justos y cuando tratamos de descubrir las sombras de la Empresa capitalista y de enmendar sus 'fallos no debemos olvidar sus luces y sus aciertos. Pero no podemos negar tampoco que la Empresa capitalista que ha conseguido frutos dignos de apre- cio en el orden económico, no los ha conseguido como fuera de desear, en el aspecto social. Y esta realidad, fuera de toda duda, es la que ha producido este movimiento general revisionista. Se impone una renovación a fondo del concepto y de la estructura de la Empresa. ¿Por qué?

Los fallos principales de la Empresa capitalista

La Empresa nació, yo casi diría, por generación espontánea para remediar una necesidad. El hombre no se basta a sí mismo.

Dios nos hizo de tal suerte que precisamos del concurso de los demás para remediar nuestras propias necesidades y para vivir dignamente nuestra propia vida humana. Este es el origen de la sociedad civil, querida por Dios, porque es un fruto necesario de la naturaleza humana que de Dios hemos recibido.

Dentro de la sociedad civil el hombre se agrupa instintivamente

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con otros para conseguir objetivos pal'ciales que por sí mismo no podría alcanzar. En orden a la producción, cuando las circunstan- cias del mundo y el progreso de la humanidad reclamaban una superación. de los procedimientos empleados hasta entonces;

cuando la misma organización gremial hizo cásis, surgió casi nece- sariamente la Empresa capitalista, esa sociedad particular organi- zada con fines de producción, proponiéndose como fin principal.

más bien exclusivo, el lucro, la ganancia.

Esto no es malo. Es justo y legítimo el afán de procurarse los bienes materiales necesarios para la vida y aun el de producir más ymejor para obtener una mayor ganancia, que es lo que pretendió la Empresa capitalista. Lo' malo es olvidar el lugar propio que ha de ocupar ese fin, en la escala de los fines y de los valores humanos, dándole al mismo la supremacía sobre todos los demás y aun con- virtiéndolo en un fin exclusivo.

Fué un régimen materialista - al menos porque consideraba a la economía al margen totalmente de cualquier consideración a la economía de orden superior-el que inspiró la Empresa. Y la Em- presa se encerró sobre sí misma -lo era todo para ella el ciclo ecó- nómico-prescindiendo de todo lo demás. )Ji la moral, ni la reli- gión, ni aun el mismo bien común de la sociedad de la que la Empresa formaba parte, tenían nada que ver con el régimen y con el dese~1Volvimiento de ella. Y pOLo eso los tratadistas consi- deraban a la Empresa como un simple hecho económico - como unidad de producción y de distribución - y no tenían en cuenta al definirla o al estructurarla más que los motivos econórnicos.

Al hablar de los elementos de la Empresa no se habla más que de capital y trabajo. Pero capital y trabajo como si fuesen dos cosas, dos factores materiales necesarios para la producción, que se han de relacionar entre sí por la parte que tienen en la pro- ducción y en la ganancia. Los hombres, como tales, fuesen capita- listas u 'obreros, empresarios, técnicos, obreros manuales, no sig- nificaban nada. Y por eso se olvidó totalmente el aspecto ético y el aspecto soéial de la misma. La moral y la misma sociología no tenían ninguna intervención en el régimen de la Empresa. . Com.o el único fin de la Empresa. así concebida ~~ realizada,

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era la ganancia, si algo estorbaba a la consecución de este fin, se consideraba como un estorbo y se procuraba superar por los medios que fuese, aunque se tratase del bien común de la sociedad. Cuántas veces se ha hecho prevalecer el interés particular de una Empresa, sobre todo de las grandes Empresas que por tener mayores medios económicos son las más poderosas, sobre el bien, la paz y la pros- peridad de los pueblos. ¡Cuántas Empresas se han lucrado con la guerra entre las naciones que ellas mismas han fomentado para

~umentarsus ganancias! Cuántas veces ha sido una Empresa o un trust el que ha dominado en un pueblo imponiendo su voluntad porque su poder era superior al del mismo Estado.

Pero el mismo planteamiento de la Empresa, exclusivamente económico y materialista, produjo otro daño de consecuencias enormes. Considerando al capital y al trabajo-a los dos factores que la constituían-como cosas, simples elementos de producción, se impuso el más fuerte, el capital, como era lógico. Tan es así que ese régimen se denomina régimen capitalista. Yel capital, que al fin y al cabo no es más que una cosa: dinero, máquinas, edificios, transportes ... , prevaleció sobre el trabajo que es una actividad personal. Se olvidó totalmente a la persona del obrero.

y con este olvido se desconocieron prácticamente todos sus dere- chos y todas sus necesidades como persona humana. El obrero quedó reducido prácticamente a un elemento material de produc- ción, a una máquina. Perdió su personalidad: el obrero se con- virtió en proletario, el individuo responsable con derechos y obli- gaciones, en un simple elemento de la gran masa trabajadora y no se tenían para con él otras consideraciones que las que se deben a un instrumento de trabajo y de producción.

Este doble fallo de la Empresa capitalista había de producir necesariamente una reacción violenta. El socialismo y el comunis- mo supieron valerse de él para organizar a las grandes masas de proletal'Íos

y

para hacerles reaccionar violentamente contra esa realidad inj usta e inhumana. Pero se ha producido un fenó- meno curiosísimo, digno de tenerse en cuenta. El comunismo que abominaba de la Empresa capitalista ha caído en los mismos de- fectos y ha tenido los mismos fallos que trataba de corregir. Los

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Estados comunistas son grandes Empresas capitalistas. El Estado, según la concepción comunista, es una máquina enorme, dirigida por unos pocos, que no tienen otra finalidad más que la produc- ción y la ganancia, sin que interesen para nada las personas. Es, sin duda, el régimen comunista, el que asestó el golpe de gracia a la dignidad de la persona humana.

La explicación-de este fenómeno es muy sencilla. El comunis- mo parte del mismo principio que el régimen capitalista: el mate- rialismo. Desconoce los valores espirituales y, por lo tanto, la dignidad de la persona humana. Los hombres no son más que en- granajes de una máquina colosal dirigida por unos pocos.

Verdadero concepto de la Empresa

No es extraño que el concepto de Empresa esté en crisis. Y que todos hablen de la necesidad de una renovación de la misma.

y que los especialistas vayan marcando una clarísima evolución al pretender definirla.

Hoy ya se recurre a los valores éticos y sociales cuando se trata de definir la Empresa. Y se dice que la Empresa es una «reunión de hombres», no de cosas: Capital y trabajo; de hombres, que serán capitalistas, empresarios, técnicos u obreros manuales, verdaderos hombres que tienen sus propios derechos y su propia personalidad. Y las relaciones entre hombres han de tener distinto carácter que las reuniones entre cosas. Hoy se considera la parte social de la Empresa y se la llama por algunos «agregado social», considerándola como parte de un todo: La sociedad civil, y por lo tanto subordinada a ella y subordinando, de consiguiente, elbien particular de la Empresa al bien común de la sociedad de la que forma parte. Con lo cual se concede a la autoridad del Estado cierta intervención en los problemas de la Empresa, por cuanto el Estado es quien tiene la obligación de procurar el bien común de la sociedad, y si hay algo que se oponga a este bien común, el Es- tado tiene el deber y ha de tener, por lo tanto, los medios indis- pensables, para evitarlo, porque ésta es precisamente la misión del Estado, buscar el bien común de los ciudadanos.

Es verdad que se notan todavía algunas vacilaciones en la evo-

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lución de este concepto y no faltan tratadistas que subordinan todavía ahora el valor humano a la producción, a la ganancia, olvi- dándose prácticamente de que toda economía ha de apoyarse nece- sariamente en el valor hombre, porque éste es al fin y al cabo el que proyecta, dirige y ejecuta. Pero no cabe duda que se ha dado un gran paso en este sentido y que la evolución del concepto de Empresa hacia un orden más elevado-al orden ético ysocial- es cada día más pronunciada. Yeso en todos los ambientes y en todas las latitudes porque la realidad se impone a todos los preJUIcIOs.

Es un mérito indiscutible de nuestro Fuero deL Trabajo el que haya acertado a darnos una visión exacta de la Empresa en el aspecto ético y social, destacando la primacía del hombre sobre los medios materiales de producción y subordinando el bien par- ticular de la Empresa al bien general de la sociedad. «La Empresa -dice el Fuero del Trabajo-como unidad productora, ordenará los elementos que la integran en una jerarquía que subordine los de orden instrumental a los de categoría humana, y todos ellos al bien común».

Son, pues, los mismos tratadistas de economía política los que van situando a la Empresa en un plano propiamente teológico.

Porque el hombre, que entra ya por derecho propio en la definición del concepto Empresa como elemento principal y constitutivo de la misma, es «portador de valores eternos» y por estar elevado al orden sobrenatural, como os decía antes, en todas las cosas huma- nas, también en las económicas, ha de mirar a su fin sobrenatural.

La Teología tiene, pues, una palabra que decir en el problema de la Empresa. Los valores éticos y sociales entran de lleno dentro del campo de la Teología. Por eso· yo os decía que era este el mo- mento propicio para que hablase la Iglesia, porque los mismos economistas nos.están presentando con bandeja de plata este tema de la Empresa para decirnos: decid ahora vosotros vuestra palabra para que esta evolución que se está realizando pueda llegar a un feliz término.

y por eso en estos coloquios, en 10s que hablaban los técnicos en economía y en sociología, conveníl;l que hablase también un

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técnico en religión y un maestro en Teología, ya que tan solo así podría estudiarse el problema en toda su amplitud.

Tengo que reconocer, sin embal'go, que no era necesaria mi intervención para enfocar este tema desde un punto de vista orto- doxo y hasta teológico. La orientación que se da ahora en nuestra Patria a los problemas sociales quiere inspirarse en la doctrina de la Iglesia y yo he podido comprobar en el resumen que publicó el periódico del último coloquio celebrado, que el ponente basaba su doctrina y las soluciones que indicaba en los documentos pon- tificios.

Pero la importancia del tema reclama la intervención directa de la Iglesia. Ya llll Obispo español, D. Casimiro Morcillo, Obispo de Bilbao, ha escrito una Carta Pastoral sobre el mismo tema de mi conferencia que ha tenido amplia resonancia en todo el país. Y la misma Comisión Episcopal de cuestiones sociales, de la que yo formo parte, estudia también con particular interés este tema por si es necesario fijar claramente la posición de la Iglesia en este problema.

Es, pues, el momento propicio para hablar de la Empresa desde un punto de vista teológico ya que la crisis de la misma está re- clamando una orientación clara y definitiva.

Vamos, pues, a estudiar la Empresa a la luz de los principios teológicos. Vamos a contestar brevemente a esta pregunta: ¿Qué nos dice la teología sobre una institución económico-social que se llama Empresa?

La Empresa fundada en el derecho natural

y la primera afirmación que conviene dejar bien sentada es que la Empresa, no es solamente una sociedad legítima, sino que está fundada en la misma naturaleza del hombre y, por lo tanto, es, en cierto sentido, una sociedad natural, esto es, fundada en lo que llamamos derecho natural.

Esta afirmación es interesante porque lo que corresponde al hombre por su propia naturaleza, por derecho natural, lo ha reci- bido de Dios, no puede ser negado ni desconocido por ninguna autoridad humana. Ni puede ser limitado un derecho natural más

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que por la autoridad legítima-que representa al mismo Dios-yen la medida precisa en que sea necesario para salvaguardar otro de- recho u otro hien de orden superior.

La razón de esta afirmación es sencilla. Dios ha hecho al hom- bre sociable. Por voluntad de Dios el hombre nacc formando parte de una sociedad, la más elemental, pero la más íntima y entraña- ble, la familia. Pero no termina en la familia la sociabilidad del hombre. Dios nos hizo de tal suerte que necesitamos de los demás para satisfacer nuestras necesidades humanas. La familia no basta para ello. Y por eso, por voluntad de Dios, por la condición de la propia naturaleza que Dios nos ha concedido, las familias han de unirse entre sí para formar una sociedad mayor: la sociedad civil.

y por eso es un principio católico que la sociedad ha sido también creada por Dios, ya que Dios la ha querido al crearnos tal como nos hizo.

Pero notemos que este derecho y hasta esta necesidad que tiene el hombre de unirse a otros hombres por imperativo de su propia naturaleza no queda satisfecha plenamente con la familia y ni aun con la sociedad civil. El hombre tiene necesidades cuya satisfac- ción ha de procurar y que exigen su unión con otros hombres en un plano superior al de la familia pero inferior y más reducido al de la sociedad civil. Porque lo que el hombre puede hacer por sí mismo o con la unión particular con otros hombres no debe asu- mirlo la autoridad pública, que al fin y al cabo, no tiene más que un carácter subsidiario. Y este es el caso de la Empresa. En ella unos cuantos hombres se asocian para fomentar la producción de .bienes necesarios o convenientes para el hombre, y para atender a las necesidades materiales de su propia vida por medio de la ga- nancia. Esto es una cosa perfectamente natural, ya que cuando los hombres quieren hacer algo que exceda sus fuerzas persona- les, buscan la ayuda de otros, se unen con ellos para conseguirlo.

Es una exigencia y, por lo tanto, un derecho de su propia na- turaleza.

El reconocimiento de este derecho tiene suma importancia.

Porque un derecho natural, como decíamos antes, ni puede ser anulado ni desconocido por las autoridades humanas, inferiores a

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la autoridad de Dios, ni puede ser limitado sin una razón superior que justifique plenamente esas limitaciones.

Los hombres tienen derecho a unirse para formar una Empresa privada. Este derecho no puede tener más que dos clases de limi- taciones. Las que provienen de la dignidad de la misma persona humana que el hombre ha de ser el primero en respetar y las que imponga el bien general de todos los ciudadanos, lo que llamamos el bien común de la sociedad. La Empresa es una parte de la socie- dad y nunca el bien particular de una parte puede prevalecer so- bre el bien general, antes los intereses particulares deben encau- zarse y armonizarse de tal suerte que concurran al bien general.

Fuera de estas limitaciones hay que reconocer prácticamente la libertad de los hombres a constituir Empresas particulares y no se puede estorbar ese derecho sin que se atente contra la dignidad de la persona humana. Este es el primer principio.

La Empresa sociedad de hombres

Segundo principio: La Emprcsa es una sociedad económica, pero una sociedad compuesta por hombres, seres racionales y libres, con sus propias necesidades y sus peculiares exigencias. Es el aspecto que se había olvidado prácticamente hasta ahora.

La Empresa no la constituyen el capital y el trabajo-aunque éstos sean los elementos materiales de producción-. La constitu- yen los hombres que aportan su dinero-el capital-o su inteligen- cia y esfuerzo personal-el trabajo-para conseguir un fin con- veniente a su naturaleza humana. Las relaciones propias de la Empresa no son, por lo tanto, las que han de existir entre dos cosas materiales, sino las propias de personas humanas.

y este detalle es fundamental, para fijar las características de la Empresa. Porque el hombre es como es porque Dios lo ha hecho asíy al hacerlo hombre le ha dado el derecho y le ha impuesto el deber de vivir y actuar como hombre. Y si Dios ha hecho al hom- bre un ser racional y libre y le ha concedido la dignidad, no puede hacer nada que sea en menoscabo de esa dignidad o que coarte más de lo preciso los derechos inhercntes a esa personalidad.

Cuando se trate de fijar la naturaleza de la Empresa o cuando

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se quieran fijar las relaciones que deben mediar entre aquellos que la integran no puede olvidarse que unos y otros, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo, son hombres con todas las exigencias que entraña la personalidad humana. Si no se tiene en cuenta esta realidad que ni los hombres por sí mismos ni la auto- ridad humana pueden cambiar, si prácticamente no es reconocida la dignidad humana de todos los que componen la Empresa, o las relaciones entre ellos no son las que corresponden a seres raciona- les y libres, habremos de afirmar que esa Empresa falla en algo esencial, pues, no tiene en cuenta el orden establecido por Dios que hizo al hombre rey de la creación sujetando todas las cosas materiales a su dominio.

Es verdad que cuando el hombre se une con otros, sea en una sociedad de carácter particular, como la Empresa, sea en una socie- dad pública-la sociedad civil-siempre es en menoscabo de su in- dependencia ya que ha dé sujetar su interés particular al interés común de aquella sociedad y ello coarta en cierta manera la inicia- tiva de la libertad, propia de la personalidad humana. Y como Dios ha hecho social al hombre, como decíamos antes, Dios ha querido esas limitaciones. Esto es evidente. Pero esas limitaciones no pueden poner nunca en peligro la dignidad y la responsabilidad de la persona humana, ni pueden ser estorbo para que el hombre pueda vivir como corresponde a su propia naturaleza, por vol un- dad de Dios. Esas limitaeiones indispensables son en beneficio de la humanidad y aun de cada uno de. los individuos, ya que sin ellas ni podría satisfacer todas sus necesidades humanas ni podría cumplir su fin en el mundo. .

Pero nunca es lícito que la sociedad-sea privada o pública- coarte de tal suerte la libertad y las iniciativas del hombre y des- conozca de tal suerte su personalidad racional y su responsabilidad que haga de él una cosa más que una persona y que supedite al hombre a la ganancia o a otro fin material que le es inferior.

Los hombres-ni son máquinas, ni son muñecos. Digo los hom- bres. No me interesan si son capitalistas, empresarios, técnicos u obreros. Todos son hombres. Y si son hombres, ni puedcn tratarse como a máquinas, a las que se ha de conservar con el exclusivo fin

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de que den el máximo rendimiento, ni como a muñecos sin con- ciencia y sin personalidad a los que se puede mover sin suconsen~

timiento y cuya voluntad no cu~ntapara nada. Son hombres con inteligencia, con voluntad, con personalidad. Si esto se desco- noce prácticamente la Empresa estará cimentada en un funda- mento falso.

. El régimen capitalista es fruto y consecuencia del liberalismo económico. Y el liberalismo, al parecer, quería ensalzar al hombre, ya que proclamaba su libertad absoluta, que confundía con la inde- pendencia, como si el hombre fuese el valor sumo. El hombre era libre para pensar lo que quisiera y para hacer lo qne le viniese en gana. Prácticamente, sin embargo, esa libertad tan elogiada resultó un sarcasmo. Porque enfrentadas las distintas fuerzas que consti- tuyen la sociedad, sin trabas de ninguna clase, era natural que triunfase la más poderosa. Y en el orden económico esa libertad que se predicaba se limitó a la libertad de morirse de hambre, para una gran masa de hombres, ya que los capitalistas eran libres para abusar de su fuerza y los pobres que necesitaban del salario para vivir no tenían más remedio que aceptar las condiciones que aquéllos les imponían. Y tenían que aceptar libremente jornales de hambre y condiciones de trabajo indignas de su condición de hombres.

Pero es que el capitalismo no atendía más que a razones econó- micas, a factores de orden material. Del obrero le interesaba el que trabajase: desconocía prácticamente su dignidad espiritual y su condición de persona. La consecuencia había de ser necesaria- mente esa injusticia social que creó la Empresa capitalista y que los Papas han señalado repetidamente.

Aun ahora, a pesar de la evolución que va sufriendo el con- cepto de la Empresa y del convencimiento de todos los hombres responsables de que es indispensable y urgente reorganizar el orden social, se está cayendo en el mismo peligro.

No sé si habréis leído el último Mensaje de Navidad del Romano Pontífice. Este año nos ha llegado con retraso, hace pocos días que se publicó, porque la enfermedad le impidió darlo en la víspera de Navidad como tenía por costumbre. En este 1ensaje, interesanlí-

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sima y de suma actualidad porque se enfrenta el Romano Pontífice con ese nuevo slogan de la coexistencia que han lanzado los co- munistas y que han recibido, al parecer con agrado, las potencias occidentales-bien se ve cómo ~l Papa no rehuye ningún problemá y tiene interés en decir la palabra justa en todas las cuestiones que interesan a la humanidad-el Papa afirma que no basta la mera coexistencia para que haya verdadera paz; es necesaria la convi- vencia en la verdad y ~n el amor, como base insustituíble para la paz y prosperidad de los pueblos. Y afirma que «la economía, en virtud de su capacidad aparentemente ilimitada de producir bienes sin cuento, y gracias a la multiplicidad de sus relaciones, ejerce sobre muchos contemporáneos una fascinación superior a sus posibi- lidades y en campos que le son extraños. El yerro de tal confianza cifrada en la economía moderna es común a las dos partes en que está desmembrado el mundo de hoy». Y después de señalar las consecuencias prácticas de este error añade: «No de otra manera acontecerá el futuro si es que se quisiera persistir en esta fe ciega, que confiere a la economía una imaginaria fuerza mística).

Se quiere solucionar el problema cayendo en el mismo error que ha producido los males que se trata de evitar. Se quiere dar una fuerza y una importancia excesiva a la economía olvidando el orden moral. Cuando, como dice el Papa en el mismo Mensaje:

«Si median, como en realidad, median, relaciones de causa y efecto entre el mundo moral y económico, deben éstos jerarquizarse, de modo que el primero tenga el primado, pues corresp·onde al mundo moral compenetrar de su espíritu, con plena autoridad, aun a la economía social».

La economía es para el hombre y no el hombre para la econo- mía, porque todas las cosas, como decíamos con San Ignacio, han sido creadas para el hombre. Nunca puede olvidarse este aspecto, ni puede perderse de vista el orden moral cuando se trata de orde- nar recta y justam~ntela Empresa.

Cuando doy ejercicios espirituales para hombres - he dado mu- chas tandas en mi diócesis, es tarea que hago siempre con mucho gusto-suelo decirles al explicar el principio y fundamento de San Ignacio: «Las cosas han sido creadas para el hombre: no el hombre

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para las demás cosas». Dios nos hizo para que fuésemos reyes de la creación, no esclavos. Ni esclavos de nuestras propias pasiones:

ni esclavos de las pasiones de los demás: ni esclavos del ordena- miento económico o social. Todas las demás cosas nos han de ser- vir de escabel para remontarnos hacia el cielo. Todo aquello, pues, que esclavice al hombre, es desordenado e injusto; sean pasiones, sea un régimen político, sea una ordenación económica o social.

Todo ha de servir para nuestra grandeza y no para degradación;

todo ha de ayudar para que vivamos dignamente nuestra vida humana y no para que vendamos nuestra dignidad por un plato de lentejas.

Este principio es para mí fundamental. Es, diríamos, el princi- pio básico que señala la Teología al tratar de la Empresa y del que se desprenden como consecuencia todos los demás.

El hombre es hijo. de Dios

Pero esta palabra hombre tiene un significado más excelente.

Por voluntad de Dios el hombre ha sido elevado al orden sobrena- tural. Nuestra dignidad no es tan solo la que corresponde a un ser espiritual, sino la que corresponde a un verdadero hijo de Dios, porque hijos verdaderos de Dios somos, porque El lo ha querido.

Es verdad que realmente no vive la vida sobrenatural más que aquel que está en gracia de Dios, porque es la gracia la que nos comunica la vida divina. Y la gracia es una cosa íntima que no es objeto de nuestra observación. Nosotros no podemos saber cuando un hombre está en gracia y vive, por lo tanto, la vida divina pu- diéndose llamar hijo del Padre que está en los cielos. Pero esto no es un obstáculo para que nosotros reconozcamos esa dignidad so- brenatural en todos los hombres.

Porque todos los hombres han sido elevados al orden sobrena- tural al ser elevada la naturaleza humana: todos han sido creados para que sean hijos de Dios, todos lo son de derecho y todos pue- den llegar a esa dignidad, aunque de hecho no vivan en gracia.

Por eso al h'atar con hombres no podemos olvidarnos nunca de esta dignidad sobrenatural.

La Empresa, por lo tanto, no está tan solo constituída por hom-

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bres, seres racionales y libres cuya dignidad humana - espiritual- es necesario reconocer y respetar. Está constituída por hijos de Dios. Todos los que la integran, los capitalistas, los empresarios técnicos, los obreros manuales, los más altos y los más bajos-por- que esa diferencia es accidental-merecen el respeto que exige esa dignidad humana y que reclama su vida divina. Si la Empresa no lo tiene en cuenta es falsa su posición. Si no reconoce los derechos que esta elevación concede al hombre comete un desacato, una verdadera injusticia. ¿Os dais cuenta de la trascendencia que tiene esta verdad y de las consecuencias que de su sincera aceptación se seguirían en orden a las relaciones que deben mediar entre todos los que integran la Empresa?

Las actividades humanas en la Empresa

Los hombres, en la Empresa, se unen por su actividad; son las actividades de todos los que trabajan en la Empresa las que con- curren al fin de la misma: la producción y la ganancia. Pero se trata de actividades personales. Es la persona la que da algo suyo:

su actividad, su trabajo para conseguir lo que necesita para su vida.

La actividad de los que trabajan en la Empresa no es una cosa que se compra y se vende. El salario no puede ser el precio pro- piamente dicho de esta actividad. Es una retribución que se da al hombre que por medio de su trabajo ha de adquirir lo necesario para vivir como persona humana.

Es verdad que el trabajo tiene un valor económico porque con- tribuye a producir una cosa. que se cotiza en el mercado. Pero tiene, además, un valor personal que no puede olvidarse. Y si en el plan de Dios es el trabajo el medio para conseguir el alimento y lo demás que se necesita para vivir en el mundo: «Comerás el pan con el sudor de tu rostro», este aspecto nunca puede olvidarse cuando se trate de retribuir justamente el trabajo que se realiza en la Empresa.

No digo que et"régimen de salario sea injusto. Y que no deba atendel'se al aspecto económico cuando se trata de fijar el salario.

Pero sí digo que una actividad humana, como es el trabajo, no puede considerarse como una' cosa cualquiera que se compra y no

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puede regirse exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda, por la escasez y por la abundancia, como cuando se fijan los pre- cios de las cosas que compramos.

No todas las actividades tienen la misma importancia en la Em- presa. y no todas influyen en la misma medida en la producción.

Eso habrá de tenerse en cuenta cuando se fije la retribución y cuando se establezca la jerarquía entre ellas. Pero todas sus activi- dades son humanas, personales, y esto no puede olvidarse nunca al establecer el salario o al fijar el régimen de la Empresa.

Hay tres clases de actividades en la Empresa: las que podríamos llamar empresariales, realizadas por los Jefes o dirigentes de la Em- presa, las técnicas y las manuales. Hay diferencias notables enlre ellas, es verdad; hay una gran distancia entre el trabajo del empre- sario y el del último peón, es cierto. Pero todas esas actividades se completan mutuamente y se coordinan para conseguir el fin de la Empresa. Hace falta establecer una coordinación entre ellas y en~

tre las personas que las realizan para que resulte un todo armónico y eficaz en orden a la producción.

y diréis q\1e me he olvidado del capital al hablar de las activi- dades de la Empresa. Y no me he olvidado. Porque el capital es el que hace posible aquellas actividades ya que sin él no podría cons- tituirse ni funcionar la Empresa. Pero el capital no ejerce ninguna actividad por sí mismo. Y precisamente no la ejerce porque es una cosa, no una persona. No está, por lo tanto, en elmismo plano en que están los demás elementos. No está en plan de igualdad, ni mucho menos en plan de superioridad. El orden exige que lo infe- rior esté subordinado a lo superior; las cosas, al hombre, no al contrario. Y este, como decíamos, ha sido el fallo de la Empresa llamada capitalista.

Lejos está de mí el afirmar que el capital no tiene ningún de- recho en la Empresa o que no se le debe parte de la ganancia. Eso sería francamente injusto. Pero es necesario centrar las cosas desde un punto de vista humano y situar cada cosa en el lugar que le corresponde en la escala de los valores. Y es necesario fijar clara- mente cuál es la misión del capital en esas comunidades de activi- dades que se llaman Empresa.

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Para constituir una Empresa y para que ésta pueda funcionar adecuadamente no basta con que se reúnan un empresario inteli- gente, unos técnicos competentes y unos trabajadores manuales, hace falta también dinero. Y si ellos no lo tienen lo habrán de pe- dir prestado. Y esto es, podríamos decir, el capital en la Empresa:

un préstamo. Y el préstamo tiene sus propias normas. Y el dinero que se presta puede percibir un interés legítimo. Pero un interés legítimo, no usuario. Eso lo entendemos perfectamente en los prés- tamos ordinarios; no lo acabamos de entender cuando se trata del capital que se necesita para la Empresa.

¿Quiere esto decir que habrá que limitar las ganancias del capi- tal en la Empresa y que habrá que cambiar los módulos que se vienen empleando para la distribución de esas ganancias entre los distintos factores que la constituyen? Yo no entro en esta parte económica; ya os dije que no hablaba como economista ni como sociólogo, sino simplemente como Obispo, enfocando los proble- mas de la Empresa desde el punto de vista teológico. Y desde este punto de vista he de afirmar que en la Empresa lo económico ha de estar subordinado al hombre y que si hay ventajas en ella, sal- vando lo que se debe a la cosa: capital, que debe limitarse justa- mente, deben ceder en beneficio del hombre.

Los economistas nos hablan de las razones por las que se debe un interés propio al capital. Hay que tener en cuenta, dicen, el Lucrum cesans y el damnum emergens, porque es justo que el capi- tal logre en la Empresa los frutos que podría conseguir empleán- dose en otras cosas y que tenga más o menos retribución según el peligro que la Empresa encierre para el mismo. Pero no he de en- tretenerme yo en este aspecto porque no es de mi incumbencia.

Yo tan solo afirmo que las actividades humanas han de tener en la Empresa la preeminencia que les corresponde y que la Empresa es un medio, fundado en la misma naturaleza, para que el hombre pueda conseguir los bienes que necesita. Y que, por lo tanto, la Empresa debe cóncebirse en función de medio para el hombre y, por ello ha de estar al servicio del hombre.

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Comunidad de actividades

La Empresa es, por lo tanto, una verdadera comunidad de acti- vidades humanas, porque todas ellas se unen para conseguir el mismo fin, fin que no podría conseguir cada una por separado. Es indispensable la actividad del Jefe de Empresa, la de los técnicos y las de los obreros manuales.

¿Quiere esto decir que todas las actividades son iguales en la Empresa de tal suerte que, en justicia, a todas se debe la misma parte de la producción y de la ganancia? Evidentemente que no.

Todas las actividades de la Empresa son necesariasypor ello todas deben coordinarse para conseguir el fin, formando una verdadera comunidad. Pero para que exista orden en esa coordinación ypara que esa comunidad sea eficiente en orden a la consecución del fin que se pretende es necesario que cada actividad ocupe su pro- pio lugar y que las inferiores estén subordinadas a las superiores.

No todas las actividades tienen en la Empresa la misma impor- tancia. No es lo mismo dirigir que ejecutar. No es de la misma ca- tegoría la labor del técnico que la del obrero manual. Y es evidente que el que ejecuta ha de obedecer al que dirige y que el obrero manual ha de sujetarse a las directrices del té~nico. De lo contra- rio no habría verdadera comunidad, que no puede existir sin uni- dad de fin y de dirección.

Habrá que mirar, por lo tanto, a la hora de la distribución, cuál es la importancia de cada una de las actividades y cuál su influencia en la producción y al subordinai'se las actividades ha- brán de subordinarse también como es lógico los hombres que las ejecutan. y a la hora de repartir las ganancias habrá que tener en.

cuenta a más de la condición de persona humana que es común a todos, la clase de actividad que ejercen en la Empresa. Esto es evidente.

y no os extrañéis que al hablar de las actividades humanas en la Empresa me refiera concreta y principalmente a la retribución de las mismas, porque esa comunidad de actividades se establece, precisamente, en orden al lucro, a la ganancia. Y esto no es malo.

Es más bien una obligación que el Señor nos ha impuesto al decir-

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nos que habíamos de comer el pan con nuestro trabajo. Y hasta tal punto es así que el Apóstol San Pablo tiene una frase tajante a este respecto: «El que no trabaje que no coma», escribe el Apóstol.

Claro que habría que explicar lo que significa el trabajo-no puedo hacerlo yo ahora-para entender rectamente la frase de San Pablo.

Pero no cabe duda ,que el trabajo es una obligación y todos hemos de trabajar-cada uno en lo suyo-no tan sólo para conseguir lo que necesitamos para la vida sino para contribuir con nuestro es- fuerzo al bienestar de la comunidad.

El interés del lucro en el trabajo es natural y legítimo y la Em- presa se constituye precisamente con este fin. Otra cosa muy dis- tinta es estudiar la proporción en que deben lucrarse de las ga- nancias de la Empresa las distintas actividades y personas que intervienen en ella.

El tiempo pasa con excesiva rapidez y ya estoy abusando de vuestra atención, cuando son todavía muchas las cosas que me quedan por deciros. Procuraré abreviar en lo posible diciendo las más interesantes y de una manera resumida para no alargarme con exceso.

Hay una virtud fundamental que ha de tenerse en cuenta para resolver este problema: Es la virtud de la justicia. Y, ante todo, de la justicia llamada conmutativa.

«Suum cuique», a cada cual lo suyo; esta es la norma de la jus- ticia conmutativa, ya que ésta consiste, como sabéis, en la ecua- ción perfecta entre lo que se da y lo que se recibe. Y no se puede perder nunca de vista esta ecuación cuando se trata de cualquier problema económico. En principio, pues, es necesario que cada cual se lucre de la Empresa en la proporción en que influye en la producción. Esto por justicia conmutativa.

Pero no basta la justicia conmutativa para resolver pJenamente el problema de la retribución q.el trabajo. No se trata, como diji- mos antes, de una mercancía.si.lÍo de una actividad personal. No basta mirar a la a?tividad sino a la persona que la realiza. Y como la sociedad debe organizarse de tal suerte que todos los hombres que la componen puedan encontrar solución al problema de la vida, pudiendo conseguir el bienestar material a que tienen de-

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recho simplemente por su condición de seres humanos, es nece- sario atender a este aspecto social, cuando se trata de la distribu- ción de las ganancias en la Empresa.

Fué Pío XI el que llamó claramente la atei.1ción de los econo- mistas sobre este aspecto y el que introdujo una nueva clase dc justicia: la justicia social que hay que tener en cuenta cuando se trate de resolver estos problemas. La justicia social es verdadera justicia, pero no la justicia comnutativa que exige una igualdad matemática, porque además del que podríamos llamar valor obje- tivo tiene en cuenta otros aspectos que exigen una mayor retri- bución.

Sería interesante precisar el concepto de justicia social y fijar su alcance. Pero no hay tiempo para ello. Sería necesaria una con- ferencia especial. Me limitaré tan sólo a proponeros un ejemplo práctico para que podáis entender el alcance de esta justicia seña- Iada por el Papa.

Si un conflicto entre dos personas se presenta ante el Juez, éste ha de resolverlo en estricta justicia, según las pruebas que se le presenten. La cosa en litigio la dará a quien le pertenezca, sin te- ner en cuenta otras razones personales de los litigantes.

Pero si es un padre el que ha de resolver un conflicto en su hogar porque son dos de sus hijos, por ejemplo, los que disputan la posesión de una cosa, el padre para solucionar la cuestión ha de tener presente otras razones a más de la estricta justicia. El bienes- tar de la familia, la educación de los hij os, etc., son razones de más peso que la justicia a secas. Quizá el padre solucione la cues- tión protegiendo al más débil, quitando quizá la cosa al que en justicia le pertenece mirando a la paz y al bienestar del hogar. ¿Ha sido justo el padre procediendo de esta suerte? Evidentemente que sí porque el bienestar de todos los miembros de la familia y la paz del hogar son razones de orden superior-es podríamos decir, una justicia superior a la estricta justicia conmutativa-.

Justicia social quiere decir que al distribuir las ganancias en la Empresa no tan sólo se ha de atender a lo que cada uno ha apor- tado para el fin de la misma, sino al bienestar social y la condición de cada uno de los que contribuyen con su actividad en la Empresa

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para que puedan conseguirse el bien común que es el bien perso- nal de todos y cada uno de los que forman la sociedad.

Todos los miembros de la sociedad tienen el derecho a que ésta les proporcione cuanto necesitan para vivir dignamente, poniendo cada cual, claro está, el esfuerzo que le sea posible para ello.

Cuando se trata, por lo tanto, de distribuir las ganancias de una Empresa, aunque teniendo en cuenta lo que cada uno aporta a ella para que haya equidad en la distribución, no puede olvidarse el bien común de la sociedad de la que la Empresa forma parte. Y el bien común, no lo olvidemos, no es una entelequia o una cosa puramente teórica, es el bienestar personal del mayor número de ciudadanos. Si para conseguir este bien común para que en los pue- blos haya paz encontrando todos los hombres los medios indis- pensables para vivir dignamente, hace falta que a algunos se les mermen las ganancias que en justicia conmutativa parece que le eran debidas, para que otros puedan conseguir ese nivel de vida que es indispensable para vivir dignamente, la justicia social exige que se haga. Y la autoridad pública que tiene el deber de procurar ese bien común de la sociedad tendrá el derecho y la obligación de dictar las normas oportunas para que la Empresa, lejos de ser un estorbo para esa justa distribución de los bienes materiales, sea, por el contrario, un medio de conseguirla.

Vosotros comprenderéis qu~ yo no puedo hacer otra cosa más que esbozar los principios. Sé que las cosas no quedan lo suficien- temente claras, pero no tengo derecho a abusar de vuestra atención tan delicada, que agradezco con toda el alma y aún va prolongán- dose esta conferencia más de lo que yo hubiese querido. Baste, sin embargo, como orientación este principio: Al retribuir las activi- dades de una Empresa ha de tenerse presente la justicia conmuta- tiva, pero sin olvidarse de la justicia social, de tal suerte que la Empresa sirva efectivamente para conseguir el bien común de la sociedad.

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La Empresa y la vida de los hombres que la integran

Pero hay que dar un ·paso más para cenh'ar el problema de la Empresa dcsde el punto de vista teológico. La Empresa no es tan solo una comunidad de actividades que se ejercen por un interés legítimo. Es, al propio tiempo, una institución que tiene una gran- dísima influencia en la vida de todos los que la integran.

La actividad, decíamos, no es una cosa, es algo personal; por medio de ella el hombre deja algo de su vida en la Empresa. Los que trabajan en una Empresa, conviven, además, en ella gran parte de su vida: las horas de trabajo, las pasan bajo el mismo techo: en una fábrica, etc. Finalmente la Empresa influye y en muchos casos de una manera decisiva en la vida familiar y social de sus miem- bros, porque allí-en la Empresa-tienen quizá su único medio de vida.

Al concebir, pues, una Empresa es necesario tener presente:

a) que quienes la constituyen son hombres que han de vivir como corresponde a su dignidad humana: b). que no son hongos que han de vivir en soledad sino que tienen derecho a formar una familia y c) han de vivir, además, en sociedad y con unos derechos y debe- res que su condición de ciudadanos les impone. d) que son, final- mente, hijos de Dios, que forman parte de una sociedad sobrena- tural, la Iglesia. Si la.Empresa, como hemos dicho y es evidente, influye en la vida: de sus miembros, debe ésta concebirse de tal suerte que en vez de un estorbo sea un medio para que la vida del hombre pueda desarrollarse adecuadamente en esos cuatro aspec- tos que hemos señalado.

Es necesario, por lo tanto, a) que el ambiente de la Empresa y del lugar de trabajo sea de tal suerte que no solamente no de- grade al hombre sino que le enaltezca y perfeccione, .no habiendo nada que se oponga a su dignidad de hombre ni a su condición cristiana. Y este es un aspecto interesantísimo que se prestaría a muchas consideraciones porque hay no poco que rectificar, por culpa de todos, en el mismo.

Yo tengo muchas fábricas y minas en mi diócesis, y creo cono- - 3 4 -

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cer bastante bien la realidad de las mismas. Yo las visité todas ape- nas tomé posesión de la diócesis y estoy en contacto con ellas, con todos los que constituyen las Empresas, con los de arriba y con los de abajo, con los fabricantes, con los técnicos y con los obreros.

Y he de confesar que tengo muy buena gente entre los fabricantes;

hay que decir las cosas como son.

Sin embargo, yo no sé qué tiene el ambiente de fábrica y de mina, que la mayor parte de los muchachos y muchachas que em- piezan a trabajar en ellas, con una formación ordinariamente bas- tante buena no sólo en el aspecto religioso sino también en el aspecto social y en cuanto a delicadeza de sentimientos-es fran- camente bueno, en general, el ambiente de trabajo de las fábricas y minas-que son muchas las flores que se marchitan. Son muchos los hombres y las mujeresyhasta los niños-porque casi niños em- piezan muchas veces a trabaj al' en las fábricas - que en vez de ir robusteciendo su fe y su moralidad a medida que pasan los años la van perdiendo poco a poco, va embotándose su conciencia, se les va conociendo cada día más el influjo pernicioso que ha ejercido en ellos su entrada en el medio de trabajo.

Quizá esto ocurra sin malicia especial de nadie, porque todos nos hemos desentendido prácticamente de este problema y no nos hemos preocupado de encontrar el remedio, pero el hecho es cierto y francamente deplorable.

Porque el trabajo no degrada, ennoblece. El trabajo no es un estigma; es, más bien, una distinción. Es verdad que Dios nos im- puso la penalidad del trabajo como un castigo del pecado. Pero Dios es Padre y sabe hacer las cosas con una delicadeza maravi- llosa y con lo mismo que nos castiga nos facilita nuestra elevación y nuestra santidad.

Cuando se acepta el trabajo como un medio de purificación y se procura cumplir con él la voluntad de Dios, tenemos en el tra- bajo una fuente de méritos extraordinaria y medio para perfeccio- narnos y elevarnos continuamente.

Y el ambiente de trabajo debería ser de tal suerte que todos los trabajadores se sintiesen más hombres cuando colaboraran con Dios en la transformación de las cosas por medio de su actividad

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personal e hiciesen del trabajo una oración y un medio de elevarse hacia el cielo.

La Empresa y la vida familiar y social

Dios ha comunicado a los hombres su poder creador. Ha que- rido valerse de ellos para propagar la vida. Y la vida se propaga en el matrimonio. Y el matrimonio es el principio de un nuevo hogar.

La Empresa no puede ser ajena a la vida familiar de los que actúan en la misma.

No debe deshacerse la vida de hogar con los honorarios de tra- bajo que impidan o dificulten la vida comunitaria familiar. Hoy se han introducido en muchas partes turnos de trabajo y por perte- necer los miembros de un hogar a turnos distintos apenas si pue- den encontrarse en familia más que los domingos'y días festivos.

y como, no pocas veces, también las madres han de ir a la fábrica porque es indispensable su jornal para la vida de la familia, el ho- gar queda prácticamente anulado, con las consecuencias desastro- sas que de ello necesariamente se han de seguir en orden a la edu- cación de los hijos.

La Empresa ha de procurar-con la ayuda del Estado, cierta- mente-que sus miembros tengan una vivienda digna y adecuada, porque aun cuando el hogar no lo constituyan las paredes, sin pa- redes y sin vivienda digna no es posible constituir un verdadero hogar, tal como Dios lo quiere, para que en él puedan crecer sin malograrse, los hijos, y puedan encontrar el ambiente propicio para que su inteligencia, su voluntad y su corazón, puedan for- mm'se adecuadamente.

El hombre-todo hombre-tiene derecho a constituir un hogar.

Una vez constituído tiene la obligación sacratísima de ser su pro- videncia. Si no tiene otro medio para ello que su trabajo, es nece- sario que con él pueda adquirir todo lo necesario para mantener su hogar, sin casi verse obligado a transgredir los preceptos de Dios porque no tiene ánimos para dar la vida a los que después no podría alimentar, y con los medios suficientes para que pueda rea- lizar su misión educadora. La mis-eria es muy mala consejera. La miseria en el hogar es francamente demoledora. Hasta para prac-

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