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Dignamente explotados. Reseña de "Recicloscopio. Miradas sobre recuperadores urbanos de residuos de América Latina", de Pablo J. Schamber y Francisco M. Suárez (compiladores), Ediciones Prometeo Libros, 2007.

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Dignamente explotados

Nicolás Villanova

Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales

(CEICS)

Reseña de Recicloscopio. Miradas sobre recuperadores urbanos de residuos de América Latina, de Pablo J. Schamber y Francisco M. Suárez (compiladores), Ediciones Prometeo Libros, 2007.

Reseñas

Recicloscopio es una compilación realizada por los antropólogos Pa-blo J. Schamber y Francisco M. Suárez, ex asesores de la Secretaría de Medio Ambiente y Planeamiento Urbano del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ambos están vinculados al cooperativis-mo: el primero es co-director del proyecto Experiencias asociativas entre recolectores informales, de la Universidad Nacional de Lanús y el segundo es asesor de cooperativas de cartoneros. Los objetivos del libro son, por un lado, describir la actividad de los recuperadores de residuos urbanos y las condiciones en las que realizan su trabajo; por otro, analizar el circuito que recorren los materiales reciclables; y, por último, plantear los problemas y limitaciones que tienen los cartone-ros para insertarse dentro del circuito formal de gestión de residuos. Frente a estos inconvenientes, la solución sería el desarrollo de coo-perativas que puedan brindar un espacio formal a los cartoneros y, de esa manera, dignificar su trabajo.

El libro está dividido en tres partes: la primera lleva el nombre de “Ciudades”; la segunda, “Modalidades organizativas”; y la tercera se titula “Tensiones”. La idea central es que los cartoneros, en tan-to “excluidos”, habrían sido incluidos sólo formalmente, pero no en términos reales. Es decir, no habrían sido incluidos en la gestión de los residuos luego de las licitaciones entre el Estado y las empresas prestatarias de servicios de recolección de basura.

Como bien señalan los compiladores al finalizar el libro, “en buena parte de los trabajos colectivos, la unidad interna de la obra es más el resultado del trabajo de organización y presentación de los com-piladores, que de los diferentes artículos que la componen” (p. 303). En coincidencia con este punto, nuestro objetivo es reseñar este libro teniendo en cuenta algunos ejes que lo atraviesan como una

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totali-dad. Nos concentraremos, por un lado, en abordar los planteos que realizan en relación al fenómeno de la “exclusión”; por otro lado, en analizar la perspectiva desde la cual se concibe la función de los cartoneros; y, por último, en evaluar la propuesta que ofrecen como salida al problema. Como veremos, la solución a la que apuntan su-pone un mayor grado de explotación.

Afuera de la fábrica, pero no del sistema

Una de las cuestiones destacables del libro es que no remite solamen-te a los cartoneros argentinos, sino que incluye la situación de otros países: se estudian los casos de los catadores de San Pablo (Brasil), los basuriegos de Bogotá (Colombia) y los hurgadores de Montevideo (Uruguay). Si bien hay ciertas particularidades que diferencian la situación de las distintas ciudades, existen semejanzas que posibi-litan considerarlos como un mismo fenómeno. En este sentido, se trata de grandes centros urbanos con una alta densidad de población y de concentración de residuos. Así, por ejemplo, la ciudad brasilera de San Pablo, “crea condiciones favorables para el desenvolvimiento del comercio ambulante y a las actividades informales en general” (p. 49). Lo mismo sucede en otros países: “desde hace más de sesenta años un significativo y creciente número de personas ha venido reco-rriendo las calles de la ciudad de Bogotá, recuperando los materiales reciclables desechados” (p. 63).

Otro elemento en común es que los recuperadores serían “excluidos” del sistema. En el caso particular argentino, la causa de la exclusión habría sido la instauración del modelo neoliberal y la desindustriali-zación iniciada en la década de 1970, profundizada durante los años ’90 a partir de la “indiscriminada apertura económica” (p. 31). Este proceso traería como resultado un aumento de la desocupación, un empeoramiento en las condiciones de vida y mayor precarización. A su vez, no sólo las industrias habrían desaparecido sino también el Estado que, según los autores, no habría generado políticas de inclu-sión provocando el incremento de la marginalidad. Los cartoneros, entonces, como los catadores, basuriegos o hurgadores, serían “mar-ginales”.

Ahora bien, los compiladores presentan un enfoque equivocado sobre el fenómeno. En relación a las causas, suponen que lo que ocurrió en los ’90 fue producto de un “modelo” y no del desarrollo propio del capitalismo. En este sentido, la apertura económica tuvo como resultado la relocalización de las industrias, como así también, el incremento de la mecanización en los países más atrasados.1 Este

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proceso supone un elevado grado de desocupación, algo que es re-gistrado en el libro, pero que es explicado de forma incorrecta. La expulsión de mano de obra de las fábricas (como producto de la con-centración de capital y la mecanización) provocó un incremento en las filas de la sobrepoblación relativa, es decir, de aquellas fracciones que ya no pueden ser explotadas en forma rentable por el capital. Sin embargo, no se trata de “excluidos” o “marginales” del sistema. Por el contrario, tales fracciones son utilizadas por las ramas menos mecanizadas, donde son explotados en condiciones intensivas y cuya fuerza de trabajo es vendida por debajo de su valor, en la medida en que son reclutados dentro del pauperismo consolidado. A su vez, son necesarios para el capital en tanto constituyen el ejército industrial de reserva y, de esta manera, son utilizados como mecanismo de presión que mantiene bajos los salarios de los obreros en activo. La famosa frase “no te quejes porque afuera hay millones que quisieran estar en tu lugar trabajando” pone en evidencia que los desocupados y otras fracciones de la sobrepoblación relativa no son excluidos. En lo que refiere a los cartoneros en particular, cumplen una función producti-va para las industrias del cartón, papel y otros materiales reciclables, en la medida en que realizan un trabajo que permite ahorrar costos para dichas industrias. Aunque realicen sus tareas fuera de la fábrica capitalista, los cartoneros son explotados por el capital de las ramas en cuestión, razón por la cual no pueden ser considerados como ex-cluidos o marginales para el sistema.

Incluir para explotar mejor

Aunque los compiladores del libro siguen utilizando estos términos equivocados, ellos advierten, sin embargo, que los cartoneros cum-plen funciones en esta sociedad. Por un lado, otorgan un beneficio ambiental, puesto que no sólo se encargan de mantener las ciudades limpias, sino también, contribuyen al mejoramiento de la utilización de los recursos naturales, por medio del reciclado. Por otro lado, pro-ducen un beneficio económico dado que “el reciclaje informal […] crea empleos, reduce la pobreza, mejora la competitividad industrial, disminuye la contaminación y reduce las inversiones que los munici-pios deben hacer para la recogida, transporte y disposición final de la basura” (p. 236). No obstante, para los autores, una serie de factores impusieron ciertos límites que impidieron “dignificar” el trabajo de los cartoneros.

tra. El Argentinazo a la luz de la lucha de la clase obrera en la Argentina del siglo XX; Ediciones ryr, 3era edición, Buenos Aires, 2007.

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Un primer obstáculo aparece desde el Estado, a partir de una legisla-ción que históricamente desalentó el “cirujeo”. En 1977, la dictadura promulgó una ley con la cual se creó el CEAMSE, “y se inició la dis-posición controlada de residuos en rellenos sanitarios” (p. 30). Asi-mismo, el Estado prohibió “la actividad de recuperación señalando que el destino final de los residuos del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), una vez puestos en la vía pública, debían ser dichos rellenos sanitarios” (p. 30). Así, el resultado de esta ley es “la exclu-sión social de vastos sectores a partir de la prohibición del ‘cirujeo’, de la erradicación de barrios marginales y de la transferencia del au-mento de los costos de la recolección a los municipios y a los vecinos” (p. 30). De esta manera, al parecer de los autores, la basura comenzó a ser vista como algo vinculado a los márgenes de la sociedad, como así también, aquellos que la manipulaban.

La legislación del año 2002 modifica la situación y permite la exten-sión del fenómeno de la recuperación. Países como Argentina, Brasil y Colombia decretaron y sancionaron leyes con las cuales se estable-cía un “reconocimiento legal de la población recicladora y su acti-vidad […], por primera vez, se les reconoce como actores legítimos de una labor cuyo aporte ambiental a la ciudad ha sido significativo durante más de sesenta años” (p. 77). Pero, paradójicamente, “no hay lineamientos que apunten a la inclusión real […] en los Planes de Gestión Integral de Residuos Sólidos” (p. 77). De esta manera, la “no inclusión” real de los recuperadores habría sentado las bases para que la actividad conserve altos niveles de informalidad, en condiciones de extrema precarización laboral, sin cobertura social, sin regulación, etc. Es aquí donde, según los autores, los intermediarios del circui-to, en particular los depósitos clandestinos, se “aprovechan” de los recuperadores constituyendo un segundo obstáculo para dignificar su trabajo. El recuperador es el primer eslabón de un circuito que fi-naliza en las industrias productoras quienes, a su vez, utilizan como materia prima los materiales reciclables. Luego de pasar por todo el circuito informal de recuperación, el material llega a la empresa, que fija el precio por el cual lo compra. A su vez, los grandes depósitos le compran a un precio menor a los pequeños depósitos. Finalmente, estos le pagan al recuperador una ínfima parte “del precio inicial, quedándose el valor agregado producido por la recuperación de los materiales en los diferentes intermediarios” (p. 66).

En el libro está presente, entonces, la función productiva de los car-toneros, vinculada con el ahorro de costos para las empresas. En este sentido, se presentan datos sobre lugares como África, Asia y América Latina, donde la demanda de materiales reciclables es elevada, a dife-rencia de otros países más desarrollados como Estados Unidos o Ja-pón. Por ejemplo, en Tailandia, el reciclado de papel generó ahorros

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del 75% en costos de materia prima y un 25% de costos energéticos a la industria papelera, durante 1988. En El Cairo, la industria del plástico ahorró costos en un 50% como producto del reciclado. En Perú, el reciclaje de materia prima de importación ahorró un equiva-lente a 20 millones de dólares durante 1983 (p. 232).

Sin embargo, ¿por qué los autores siguen insistiendo con la noción de excluidos? No sacan las consecuencias lógicas de la información que ellos mismos suministran y, por lo tanto, no llegan a compren-der que los cartoneros existen porque el capital los necesita con esos niveles de intensificación laboral y explotación. En este sentido, je-rarquizan ciertos niveles de análisis, como la legislación del Estado, que les impide explicar el funcionamiento de la economía. Así, más allá de los obstáculos impuestos en el circuito y la informalidad en la cual se realiza la recuperación, los cartoneros cumplen la función de generar mayor ganancia a las empresas, por la vía de la superex-plotación, aunque aquellos que la llevan a cabo sean menos visibles.

Por una economía solidaria… (con el capital)

La conclusión a la que llegan los compiladores es que la salida a la informalidad y precarización sería la formación de cooperativas que incluyan a todos los cartoneros. De esta manera, el trabajo del cartonero sería “digno”, es decir, tendría un sueldo, un seguro social, una jubilación y no sería “perversamente estafado” por otros inter-mediarios. Así, “la integración de las cooperativas resulta deseable, tanto por su capacidad para generar empleo, como porque ofrecen un servicio de recuperación de residuos” (p. 172). Sin embargo, ad-vierten que las cooperativas presentan una serie de inconvenientes. Por un lado, estos organismos no han priorizado el objetivo de la preservación ambiental, sino que sólo han desarrollado un proyecto en tanto paliativo del desempleo; por otro lado, el apoyo de los mu-nicipios al cooperativismo ha sido casi nulo; por último, no existen acciones orientadas a proyectos legislativos. A su vez, agregan que “la actividad se halla fuertemente basada en estrategias individuales de recolección y comercialización, que en muchos casos persiguen intereses distintos a los del cooperativismo” (p. 220).

Esta confianza en la cooperativa como solución de todos los pro-blemas se revela errónea, si estudiamos en profundidad su lógica de funcionamiento. Como cualquier pequeño capital, la cooperati-va no puede evitar la autoexplotación obrera (bajos salarios, largas jornadas, trabajo más intensivo), porque no tiene la capacidad de aumentar su productividad por la vía de la tecnificación. Además, los autores pasan por alto el quid de la cuestión. Como ya dijimos, los cartoneros no son excluidos porque cumplen una función para el

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capital. En efecto, como parte de la sobrepoblación relativa, constitu-yen un ejército industrial de reserva en un momento de reactivación económica, que además mantiene una presión para deprimir los sa-larios de los obreros ocupados. A su vez, los cartoneros cumplen una función específica como fuerza de trabajo explotada, en condiciones intensivas, por la industria del cartón, papel, etc., que ahorra costos en salarios y en insumos. En efecto, si los cartoneros son útiles es pre-cisamente porque trabajan en condiciones precarias, reciben ingresos miserables, no tienen ningún tipo de cobertura y son explotados in-cluso por debajo de su valor. Si esta condición cambiara, no serían económicamente rentables para el capital. Por este motivo, dentro de relaciones capitalistas, donde el capital busca aumentar ganan-cias y donde opera inexorablemente la ley de la competencia, no hay forma de erradicar el cartoneo o cualquier otra actividad similar que realicen las fracciones de la sobrepoblación relativa. El problema del libro es que no analiza en profundidad el fenómeno y, en consecuen-cia, no logra superar la inmediatez de lo superficial. Por eso, aunque brinda información importante, no llega a ofrecer una salida real al problema.

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