Procesos Psicológicos Básicos
Grado de Trabajo Social
Apuntes sobre Psicología de la Memoria
(2016-01-22)
Marcos Ruiz Rodríguez
Dpto. de Psicología Básica I
Nota: Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons.
Sólo podrá utilizarse con fines educativos, deberá citarse al autor, no podrá modificarse y está prohibido su uso comercial.
Índice de contenido
I.¿Qué vamos a estudiar?...5
II.El regalo de la madre de las Musas...6
III.Presupuestos teóricos...7
.ASupuesto de l a "memoria pura"...7
.BDiferencia entre contenido y su utilización...8
.CPropiedades fundamentales del contenido...8
.DEquivalencia entre información nominal y funcional...9
.E El supuesto de la reaparición...10
IV.La calidad de la reaparición...10
.FRepetición...11
.GProfundidad de procesamiento...12
.HElaboración...14
.IDistintividad...15
Distintividad como contraste...15
Pérdida de distintividad del contexto de adquisición...16
V.Algunas peculiaridades...17
Accesibilidad y disponibilidad...19
Distribución temporal del repaso, la repetición y la práctica...19
VI.Símbolos densos...21
La comunicación de símbolos densos...22
Hablar sobre la memoria: Un regalo "práctico"...23
¿Sistemas de memoria?...24
VII.Recordar: función de la memoria...25
.JCondiciones del recuerdo...26
.KMotivación del recuerdo...27
Punteros de memoria...27
Rememoración...27
Evocación...28
.LEl curso de la recuperación...28
Reexposición a la clave de recuperación...28
Estrategias elaboradas de recuperación...30
Propiedades fundamentales de las claves generadas...30
Tratamiento de la información parcial recuperada...30
Supervisión constante de la recuperación...31
VIII.Recuerdos autobiográficos...32
.MPartonomía y taxonomía de los recuerdos autobiográficos...32
Periodos vitales...33
Sucesos generales...33
Sucesos específicos...34
.NConsistencia diacrónica del yo...34
Coconstrucción y consistencia...36
El yo dialógico y polifacético...36
IX.Reconocer: función de la memoria...37
.OFamiliaridad...38
.PDos componentes subjetivos en el reconocimiento...39
X.Metamemoria...40
.QTipos básicos de juicios metamnemónicos...41
Muy humano, pero no solo humano...44
XI.Resumen...46
XII.Referencias...48
La memoria parece algo tan simple como indispensable: es un sitio donde guardar nuestro conocimiento del mundo y donde anotar lo substancial –y algo de lo insubstancial
también– de nuestras experiencias pasadas. Mejor o peor, parece que todos la tenemos y además todos sabemos bastante de ella, al menos de los puntos fuertes y débiles de la propia. Se nos presenta como un almacén de información de enorme utilidad. Para comer y beber tengo que acordarme de cuando, dónde y qué debo comer y beber. Si quiero evitar problemas, debo recordar quién es mi pareja. Tengo que recordar la historia de mi relación personal con alguien, para que un nuevo encuentro no resulte catastrófico. Si se trata de un desconocido, debo saber que es un desconocido. Si, por el contrario, es un conocido, necesito saber qué ámbitos de cuestiones median en nuestra relación, qué perspectivas suele adoptar ante ciertos temas e incluso cuáles son los temas habituales que con él he tratado. Debo saber cómo ir a mi trabajo y debo saber volver a casa. En casa, debo saber dónde está mi dormitorio y con quién me suelo encontrar en él; dónde están los cubiertos y dónde el cubo de la basura.
No es preciso ser un fino introspeccionista para darnos cuenta de que todos estos datos no están permanentemente en nuestra consciencia, sino que aparecen o desaparecen según los vamos necesitando. En ocasiones van y vienen a voluntad: ahora mismo decido
acordarme del nombre de los vecinos de la casa de mis padres en que me crie y en buena medida lo hago. Pero creo poder asegurar sin temor a equivocarme que hacía más de 20 años que no pensaba en algunos de ellos. Naturalmente, todo ese ingente cúmulo de cosas deben estar "anotadas en algún lugar" o, de lo contrario, sería imposible recuperarlas y tenerlas en mente en un momento determinado. Ese lugar para todos nosotros es nuestra memoria, que se nos presenta como un gran almacén de información de características cuando menos caprichosas: A veces nos viene algo de ella que no pretendíamos recordar y otras no logramos acordarnos del nombre de alguien que vemos a diario y que en este mismo momento tenemos delante.
I. ¿Qué vamos a estudiar?
Los presupuestos teóricos básicos de la memoria como almacén: ¿es la memoria un almacén de información?
¿Es el recuerdo una reaparición de información?
¿Qué hace que tenga mejor o peor recuerdo este almacén? ¿Tiene ventajas el estudio profundo para almacenar información? ¿Tiene ventajas el estudio elaborado para almacenar información? Pero, ¿realmente la memoria humana es una almacén de información?
¿Cómo son los contenidos de la memoria? ¿Qué son los símbolos densos y los símbolos articulados?
¿Cómo se produce la recuperación de información de la memoria? ¿Qué tienen de particular los recuerdos autobiográficos?
¿Por qué hay cosas que no recuerdo, pero “me suenan”?
Autoevaluación del conocimiento: ¿puedo predecir si recordaré algo mañana o pasado, o cuando se celebre el examen? ¿Cómo y por qué?
II. El regalo de la madre de las Musas
Si preguntamos a alguien cuál es la capital de Letonia es posible que nos dé la respuesta correcta, pero también puede ocurrir que la respuesta sea equivocada, que nos pida un poco de tiempo para responder o que nos diga simplemente que desconoce cuál es la capital de Letonia. Si insistimos con esta persona y le pedimos alguna explicación acerca de su respuesta, en el primer caso nos dirá que ha respondido correctamente porque en alguna ocasión recibió esta información, que quedó convenientemente guardada en su memoria, de la que ha sido recuperada para responder a la pregunta. Si le decimos que su respuesta es errónea, probablemente nos lo justifique argumentando que esto pudo deberse a que captó mal la
información cuando se la dieron o bien a que, al intentar buscarla en su memoria, ha encontrado el nombre de otra ciudad, que se ha convertido en una respuesta errónea. Si nos pide algo de tiempo para responder, lo puede justificar diciendo que lo necesita para buscar en su memoria la respuesta correcta, ya que sabe que allí debe de estar. Ni siquiera es necesario que nos lo justifique: nosotros podemos inferir por sus mensajes paralingüisticos (gestos faciales,
exclamaciones y otras vocalizaciones como "mmm...") que se está entregando plenamente a la búsqueda de la información. Si no lo intenta y nos responde que no lo sabe, nos lo justificará argumentando que "sabe" que no está la información en su memoria, bien porque alguna vez estuvo pero ahora no la encuentra, o bien porque realmente nunca llegó a estar.
Situaciones como las descritas en el párrafo anterior nos muestran que tanto nuestro interlocutor como nosotros mismos concebimos la memoria como un almacén de
información. Este almacén puede tener más o menos cantidad de datos y además no todos ellos están guardados con la misma nitidez. Pero lo que en cualquier caso parece evidente es que si alguien nos devuelve alguna información ante una petición nuestra es porque dicha información está en su memoria. Explicaciones muy similares a las que he apuntado en ese párrafo nos las podrían haber dado personas de hace un siglo, diez o veinte. La razón de ello está en que podemos rastrear la concepción de la memoria como almacén al menos hasta unas bien conocidas palabras que Platón pone en boca de Sócrates en el Teeteto:
"[imagina] que hay en nuestra alma una tablilla de cera, la cual es mayor en unas
personas y menor en otras, y cuya cera es más pura en unos casos y más impura en otros, de la misma manera que es más dura a veces y más blanda otras, pero en algunos individuos tiene la consistencia adecuada.... Si queremos recordar algo que hayamos visto u oido o que hayamos pensado nosotros mismos, aplicando a esta cera las percepciones y pensamientos, los grabamos en ella, como si imprimiéramos el sello de un anillo. Lo que haya quedado grabado lo recordamos y lo sabemos en tanto que permanezca su imagen. Pero, lo que se borre o no haya llegado a grabarse lo olvidamos y no lo sabemos" (Platón, Teeteto, 191c-191e1)
La tablilla de cera era un regalo que Mnemosyne (Memoria), la madre de las Musas, había hecho al hombre. La concepción de la memoria como un espacio de nuestra mente en el que anotamos datos, hechos o sucesos forma parte de nuestra cultura como "arquetipo cognitivo" –expresión que Carruthers (1990, pág. 16) recoge de otro autor–, arquetipo que nace en la metáfora de la escritura sobre una tablilla de cera que hemos visto en las palabras de Platón
1 Traducción de A. Vallejo Campos (1988), publicada en Madrid por Editorial Gredos en su Biblioteca
y llega hasta nuestros días no sólo en el lenguaje común2, sino también en el pensamiento filosófico y desde luego en la mayor parte de los modelos de la psicología cognitiva actual (Draaisma, 1995/1998). Las transformaciones sucesivas de esta metáfora básica han sido
múltiples a lo largo de la historia y el lector interesado puede consultar la ya clásica monografía de Frances Amelia Yates (1966/1974), el trabajo erudito de Mary Carruthers (1990, 2000) y el capítulo 2 del excelente libro de Douwe Draaisma que acabo de citar3.
Más próximo a nosotros, el psicólogo Henry Roediger (1980; véase también
Watkins, 1981, 1990) ha descrito con cierto detalle la plasmación de esta metáfora en los modelos de memoria que muchos psicólogos contemporáneos han propuesto. Tal vez el ejemplo más característico sea el conocido "modelo modal", desarrollado por la psicología cognitiva de los años sesenta y setenta, según el cual el mecanismo general ideal de la memoria consta de tres tipos de componentes básicos: una memoria sensorial por cada modalidad, una memoria a corto plazo para el mantenimiento de los datos de interés presente y una memoria a largo plazo, depositaria de nuestro conocimiento del mundo (Atkinson y Shiffrin, 1968; Broadbent, 1958). Pero también muchos de los modelos que con más fuerza aparecen en estos últimos años en la psicología participan esencialmente de la metáfora espacial. Así autores como Robert Crowder (1993) o Margaret Wilson (2001a) han destacado cómo la idea original de la memoria operativa propuesta por Baddeley y Hitch (1974), que en cierto modo surgió como alternativa al modelo modal más alejada de la metáfora espacial, con el tiempo acabó amoldándose a ella, hasta el punto de que desde no mucho después Baddeley (1986, 1990, 2000) ha venido describiendo unos sistemas
esclavos de memoria como auténticos espacios de almacenamiento.
III. Presupuestos teóricos
La creación de modelos espaciales de la memoria no se ha debilitado durante los años posteriores a la caída del modelo modal. La idea nuclear de la metáfora espacial está en el corazón de la psicología cognitiva (Fodor, 1983/1986) y de una u otra forma persiste en buena parte de los modelos que con posterioridad se han venido desarrollando (p.ej., Baddeley, 1986; Cowan, 1988; Tulving, 1983). Michael Watkins (1981, 1990) ha señalado entre los aspectos más críticos de esta concepción de la memoria su dificultad de contrastación experimental y el abismo que, en su opinión, existe entre la relativa sencillez de sus procedimientos experimentales más característicos y la extraordinaria sofisticación de las teorías que pretenden explicar los datos obtenidos con ellos. Pero antes de poner en duda la fortuna de la concepción de la memoria como almacén conviene que hagamos suficientemente explícitos algunos de sus supuestos asociados más importantes.
.A Supuesto de l a "memoria pura"
2 No es casual que la etimología de la palabra "recordar" haga referencia al corazón, que era el lugar en
el que desde Aristóteles y durante siglos se ubicó el "espacio" de la memoria.
3 Otro trabajo a tener en cuenta sobre la historia de las concepciones de la memoria es el conjunto de
La expresión "memoria pura" fue utilizada por Crowder (1993) para referirse al supuesto de que la memoria y su contenido son entidades psicológicas diferenciables, una idea fundamental implícita en el arquetipo de la memoria (véase también, Aaronson, 1994; Ratcliff, 1994). Del mismo modo que se puede distinguir entre la tablilla de cera y lo que hay en ella escrito, es posible diferenciar entre la materia de la memoria y los datos en ella almacenados. Las palabras del humanista valenciano Juan Luis Vives (1538/1992, cap.VIII, §3) no pueden ser más explícitas: "Receptáculo y como tesoro de cuantas enseñanzas transmite el preceptor es la
memoria que las conserva todas. Es superfluo el esfuerzo empleado en el estudio si no hay un lugar donde guardar las cosas aprendidas; ...". La concepción de la memoria como almacén
presupone la existencia una especie de "pasta mental" ("mind stuff" en palabras de Kolers y Smythe, 1984). Nótese que éste es un supuesto que subyace a la opinión bastante generalizada de que los individuos difieren en la "calidad" o la "capacidad" de su memoria", algo que ya estaba explícito en las palabras de Platón que acabamos de recordar.
.B Diferencia entre contenido y su utilización
También es común la diferenciación entre lo que hay en la memoria y lo que hacemos con ello. En la terminología moderna esto equivale a diferenciar entre los datos y los procesos, pero la idea nace con la metáfora de la tablilla misma. La tablilla es incialmente una "tabula rasa"; para que haya en ella información hay que escribirla. Del mismo modo, la memoria no contiene información en el naciemiento del individuo, sino que ésta se va acumulando a medida que pasan los días y va adquiriendo experiencias. Una vez allí la información, del mismo modo que podemos "repasar" lo que está almacenado en la tablilla como se repasa un dibujo para que el engrama quede más nítido y diferenciable del fondo, también es posible "repasar" el
contenido de la memoria para aumentar su perdurabilidad y asegurar o "afianzar" su recuerdo posterior. El objetivo de anotar cosas tanto en la tablilla como en la memoria no es otro que permitir su posterior lectura o recuperación; debido a su presunto inconmensurable tamaño, la metáfora espacial de la memoria exige la aceptación de algún tipo de mecanismo de búsqueda capaz de dar con el dato que en un momento determinado deseamos (Roediger, 1980). La adquisición o codificación, el mantenimiento y la recuperación son las tres actividades fundamentales de la metáfora espacial de la memoria (Melton, 1963).
.C Propiedades fundamentales del contenido
De la misma forma que los contenidos de la tablilla no son los objetos mismos que en ella figuran sino una serie de engramas que como símbolos (letras, palabras y dibujos)
representan tales objetos, el contenido de la memoria en las múltiples versiones de la metáfora espacial está también esencialmente constituido por símbolos. Kolers y Smythe (1984), retomando una idea de Goodman (1964, citado en Kolers y Smythe, 1984), han apuntado que dos de los determinantes fundamentales de la validez o utilidad de cualquier sistema de representación son la diferenciabilidad sintáctica y la diferenciabilidad semántica de sus símbolos. Por
diferenciabilidad sintáctica debemos entender el grado en que los símbolos de un sistema de representación son distintos unos de otros. Cualquier lenguaje informático presenta un grado máximo de diferenciabilidad sintáctica. También los símbolos del lenguaje natural son muy diferenciables entre sí desde el punto de vista sintáctico: todas las palabras son formalmente distintas. Por el contrario, la diferenciabilidad semántica hace referencia al grado en que cada símbolo tiene un único significado y éste es distinto del de cualquier otro símbolo del sistema de representación al que pertenece. En este caso, es evidente que el lenguaje natural es bastante
más modesto: por ejemplo, la polisemia, la sinonimia, el solapamiento entre categorías o sus límites difusos son características típicas del lenguaje natural que restringen de manera radical la diferenciabilidad semántica de sus símbolos.
Otra propiedad importante de un sistema de representación simbólica es el carácter de consenso de los significados de sus elementos. Dentro del grupo propietario de un sistema de símbolos, se entiende que cualquier miembro del grupo es capaz de describir con más o menos destreza el significado de los elementos que lo conforman. Esta propiedad es la base de la
comunicación simbólica. Si el significado de los símbolos no es compartido por una comunidad, el intercambio de información entre sus miembros no es posible. Ahora bien, no basta con el carácter de consenso de un sistema simbólico, tanto la diferenciabilidad sintáctica como semántica son requisitos imprescindibles en un grado mínimo para que el intercambio de los símbolos conlleve intercambio de significados.
Una propiedad más de un sistema simbólico es que cualquier elemento del dominio en él representado tiende a ser reducido a los símbolos preexistentes. De no ser así, provocarán el inicio del aprendizaje de un nuevo concepto y símbolo, a partir de lo cual para su representación los ejemplares que a él se ajusten tenderán de nuevo a ser reducidos en sus variaciones. Es decir, los ejemplares diferenciados, sus atributos "superfluos" o "accidentales", deben ser "eliminables" en beneficio de su ajuste al significado del símbolo que los va a representar en memoria. Por ejemplo, si un objeto parece una cara, su representante en memoria será el símbolo
correspondiente a la cara, aunque para ello deban pasar "desapercibidos" elementos del referente (la cara en sí) que en otro sistema de representación serían más relevantes. La posición de los ojos, su color y forma, la distribución del vello, el tamaño de la boca y el color de los labios y dientes, la presencia de un diente de oro o de un lunar destacado, pueden formar parte de la información en memoria de una cara. Pero esto no agota las dimensiones físicas de ella que somos capaces de percibir. Esa misma cara para una serpiente presenta unos diferenciales de temperatura entre zonas que pueden ser enormemente informativos. Aunque no con ese detalle tal vez, nosotros también somos capaces de percibir el calor de las distintas zonas de una cara (p.ej., cuando intentamos estimar la presencia de fiebre palpando la frente o los labios de alguien), a pesar de lo cual no es un tipo de información que forme parte habitual de nuestro concepto "cara".
.D Equivalencia entre información nominal y funcional
El conjunto de propiedades que he descrito en el apartado anterior justica la equivalencia esencial entre la información nominal y la funcional. Por información nominal debemos entender cualquier descripción objetiva o compartida de un contenido presumible de la memoria. Por ejemplo, si alguien me pide que repita una frase que acaba de pronunciar, para cualquier observador tercero mi repetición implica que tengo en memoria, de donde la saco, exactamente el mismo significado que el primer emisor de la frase tuvo cuando la produjo. Sin embargo, existe la posibilidad de que la misma frase no tenga estrictamente idéntico significado para uno que para otro. Los hispanoblantes tenemos muchos casos de expresiones que pueden carecer de connotación especial en un pais al mismo tiempo que pueden ser auténticos
despropósitos expresivos para un oyente de otro pais. Si la frase que uno de los interlocutores pertenece a este grupo, diremos que la información que funcionalmente tiene en su cabeza cada uno de los oyentes no es idéntica, aun cuando la frase que uno y otro pronuncian sea
nominalmente idéntica. Conviene que no nos quedemos aquí con la idea simple de que se trata meramente de una cuestión de connotaciones lingüísticas. La diferenciabilidad sintáctica y semántica de los símbolos, su valor de consenso y su comunicabilidad, así como su estabilidad
entre episodios ofrecen ciertas garantías de que la definición de una información dada por un miembro del grupo es válida para la representación mental que de ella se hace otro miembro del mismo grupo, lo cual indica que debe existir al menos cierta equivalencia esencial entre los contenidos nominales y funcionales de la información.
.E El supuesto de la reaparición
Quizá la propiedad fundamental de la memoria desde la metáfora espacial es lo que Neisser (1967/1976, pág. 319) denominó supuesto o "hipótesis de la reaparición": la recuperación de algún contenido desde la memoria implica su vuelta a nuestra consciencia tal cual estuvo en ella en una ocasión anterior y quedó almacenado. Es importante tomar buena nota de que no se trata aquí de que lo que yo recuerdo ahora sea una copia fiel de la realidad, sino de que cada vez que recuerdo algo sus "re-presentaciones" en mi consciencia, sus "re-apariciones", son idénticas. Éste es el equivalente de la "re-lectura" de la tablilla: por mucho que yo lea una y otra vez su contenido, éste no va a cambiar. Si en un momento determinado viene a mi cabeza la cara de un conocido, tengo la convicción de que, sea o no mi recuerdo una copia fiel de la realidad,
presentará siempre idéntico contenido siempre que lo experimente, al menos hasta que tenga ocasión de volver a verlo y su cara presente alguna novedad digna de notar.
IV. La calidad de la reaparición
De los presupuestos teóricos de la memoria como almacén que he recogido aquí, el supuesto de la reaparición juega un papel especial, ya que se presenta como el objetivo último de la memoria, por un lado, y exige como requisito para su verificación que se den las características esenciales del contenido que he descrito en antes, por otro. En efecto, la concepción de la
memoria como un almacén de información al que en un momento determinado se puede acudir para recuperar ciertos datos que nos sean necesarios ha hecho que los psicólogos se centren en analizar los factores que determinan el éxito de la reaparición, que durante mucho tiempo se pensó que dependía en última instancia de la calidad de un trazo de memoria (Gomulicki, 1953). Cuando estos factores inciden sobre el trazo mejorando su calidad, resistencia a la extinción, claridad, durabilidad, resistencia a la interferencia o resistencia al decaimiento, hablamos de factores de consolidación (cfr. Ruiz Vargas, 1994, págs. 102-105). Por el contrario, cuando tales factores provocan la pérdida de claridad del trazo o aumentan su deterioro, hablamos de factores de olvido. Entre los primeros merecen destacarse la repetición, la profundidad de procesamiento, la elaboración y la distintividad. Entre los segundos, los más significativos son sin duda la
interferencia y el decaimiento. Dejaremos para más adelante la discusión de los factores ligados con el olvido, para centrarnos ahora en la piedra angular de la metáfora espacial: la calidad de la anotación de un suceso en la memoria se ha denominado en la psicología contemporánea "fuerza del trazo", en clara alusión al arquetipo de la inscripción en la tablilla de cera.
.F Repetición
Uno de los factores que desde más antiguo se ha venido relacionando con el rendimiento memorístico es la repetición. Ebbinghaus (1885/1964) se ha considerado siempre el inicio de la investigación sistemática del efecto de la repetición del estudio sobre la probabilidad
del recuerdo, obteniendo lo que se conoce como "curvas de aprendizaje". Los tipos más frecuentes de curvas de aprendizaje pueden verse en la Ilustración 1, aunque es la función monótona creciente negativamente acelerada la que sin duda alguna se considera más representativa de los datos en la mayoría de las ocasiones (véase
McGeoch, 1942, págs. 33-34). Esta curva presenta como principal característica que muestra la mayor tasa de aprendizaje –incremento por ensayo–precisamente en los primeros ensayos. Un rasgo común a las tres curvas que vemos en la figura es que muestran un incremento gradual del aprendizaje. Si diferenciamos entre "rendimiento", por un lado –lo que medimos con nuestra prueba de memoria–, y "aprendizaje", por otro –la información que el individuo ha adquirido–, de inmediato surge un problema teórico de gran importancia: ¿El aprendizaje que muestran las figuras es gradual o, por el contrario, el aprendizaje es "todo-o-nada", pero por diversas razones se muestra como
incremento gradual de rendimiento? (véase Crowder, 1976).
Al margen de cuál sea la forma exacta de la función de aprendizaje que subyace a las distintas relaciones entre el rendimiento y la repetición, lo que me interesa aquí señalar es el hecho de que existen dos formas principales de interpretar los efectos de la repetición sobre el rendimiento memorístico:
• De un lado tenemos psicólogos que interpretan la mejora del rendimiento como consecuencia del aumento de la fuerza de una huella o trazo de memoria.
• Una forma alternativa de interpretar los efectos de la repetición parte del supuesto de que cada episodio produce su propio trazo de memoria, rechazando así la posibilidad de que la repetición modifique alguna dimensión o propiedad de un trazo determinado.
Estos dos puntos de vista respecto al papel de la repetición fueron definidos hace ya más de un siglo por James Ward (1893), al plantear la diferencia de enfoque entre las
orientaciones teóricas que él llamó "funcionales", que asumen la existencia de un trazo único para representar las diferentes ocurrencias de un suceso, y las que llamó "atomísticas", que asumen que cada suceso produce efectos únicos e irrepetibles en la memoria, por más que se puedan considerar nominalmente idénticos.
Ilustración 1: Curvas de aprendizaje
características
.G Profundidad de procesamiento
También existe la opinión bastante generalizada entre los psicólogos de que la calidad de un trazo de memoria y su resistencia al olvido depende esencialmente del tipo
cualitativo de procesamiento que se haya producido para su creación. Cuando el procesamiento de un estímulo se centra en su significado, el trazo resultante será de calidad, por lo que su recuperación posterior en cualquier tarea o prueba de memoria será muy probable, incluso después de intervalos de retención largos. Todas las demás variables que puedan afectar al rendimiento memorístico lo harán modulando el nivel de su procesamiento. Por ejemplo, los bien conocidos efectos del tiempo de estudio se producen porque con más tiempo se permite un análisis más profundo de la información –es decir, con más implicación de los significados–. Del mismo modo, prestar más atención también beneficia al recuerdo porque en esencia prestar más atención significa procesar más los significados.
El procedimiento que habitualmente se sigue para demostrar el efecto de los niveles de procesamiento se ajusta al esquema trazado en un trabajo ya clásico de Hyde y Jenkins (1969; véase también Eysenck, 1982). Estos autores presentaron a sus sujetos listas de 24 palabras con las que debían realizar una tarea orientadora consistente en estimar rápidamente el número de letras de cada palabra, detectar palabras con la letra "e" o juzgar en una escala de siete puntos el agrado de las palabras. Parte de los sujetos realizaron la tarea a sabiendas de que posteriormente deberían recordar las palabras en una prueba posterior de recuerdo libre, mientras que el resto no recibieron advertencia anticipada de ésta y, por tanto, realizaron las tareas
convencidos de que una vez completada esta fase del procedimiento habría terminado la prueba en su totalidad. Para interpretar los resultados obtenidos con este experimento es preciso caer en la cuenta de que, al menos en principio, es posible suponer que estimar la longitud de una palabra o detectar la presencia de una letra determinada en ella no exige necesariamente llegar a captar el significado de la palabra. De ahí que el recuerdo esperado en estas circunstancias deba ser inferior al que cabría esperar cuando se le pide a los sujetos que juzguen el agrado o desagrado del "significado" de una palabra. Los datos mostraron que los sujetos, tanto aquellos que
esperaban la prueba de memoria como los que no la esperaban, tenían mejor recuerdo después de haber juzgado el agrado del significado de una palabra.
Nótese que lo interesante de una tarea orientadora es que la intención de aprender por parte de los sujetos pasa totalmente a un segundo plano. Los individuos que la llevan a cabo no saben que van a recibir una prueba de memoria poco después, por lo que no tienen que dedicar ningún esfuerzo a "aprender" los estímulos que están presenciando. Pues bien, Craik y Tulving (1975, experimento 1) presentaron a sus sujetos una serie de palabras en un
taquistoscopio durante 200 msegs4. Los sujetos debían responder lo más rápidamente posible de forma afirmativa o negativa a las preguntas relativas a las palabras que se les formulaban justo
4 Un taquistoscopio es un venerable aparato de la investigación psicológica esencialmente diseñado para
controlar con precisión los tiempos de exposición de los estímulos. El lector puede imaginarlo como un gran cajón cerrado de algo más de 1 m², dotado de un visor a través del cual puede verse una pantalla en su interior. En realidad, incluso los más elementales van dotados de dos o más pantallas, que gracias a la disposición de una serie de espejos unidireccionales pueden ser vistas desde el visor como si fuesen una sola. El interior del cajón es completamente negro y las pantallas van equipadas con unas lámparas de fósforo que se caracterizan por su mínima latencia de encendido y apagado (normalmente del orden de los microsegundos). La secuencia de iluminación de las diferentes pantallas se programa en una unidad externa de control, que está dotada de temporizadores de precisión (generalmente 1*10-4
segundos o superior). El experimentador introduce los diferentes estímulos de cada ensayo en su pantalla correspondiente y, bien él mismo, bien el propio sujeto experimental, inicia la secuencia de encendidos presionando un disparador. El descrito aquí es un modelo clásico (decimonónico, de hecho). Desde principios de los 80 se comercializan taquistoscopios de proyección que facilitaban el manejo de los estímulos. En la actualidad muchos de los usos de los taquistocopios en el laboratorio de psicología se realizan con microordenadores.
antes de la presentación de cada una de ellas. Así, en un ensayo determinado, mientras el sujeto miraba a través del visor del taquistoscopio a la espera de la presentación de la palabra de ese ensayo, el experimentador le leía una pregunta acerca de esa palabra (p.ej., "¿Está la palabra
escrita en mayúsculas?"). A continuación se presentaba la palabra durante 200 msegs. y el sujeto
emitía su respuesta ("Sí" o "No", pulsando una tecla que previamente se había asociado con cada tipo de respuesta). De modo análogo al diseño de Hyde y Jenkins (1969), lo importante de esta fase del procedimiento es la característica de la palabra a la que hace referencia la pregunta, que podía ser una de las siguientes: "¿Está la palabra en letras mayúsculas?", o bien "¿Rima la
palabra con [PALABRA]?" o "Encaja la palabra en la frase __________ ?" La primera de las
preguntas se supone que exige un análisis superficial de la palabra en el cual es posible prescindir de su significado completamente. Por el contrario, no hay modo de responder la tercera pregunta sin conocer el significado de la palabra objetivo, por lo que es necesario su procesamiento "profundo". Cabe pensar además que la segunda pregunta exija un nivel intermedio5. En general, los resultados fueron congruentes con las expectativas: en una prueba de reconocimiento que se pasó por sorpresa a los sujetos, el mejor rendimiento se obtuvo en aquellas palabras que habían sido analizadas en el contexto de una pregunta "de encaje" en una sentencia, seguida de aquellas otras que habían sido leídas tratando de saber si rimaba o no con la de referencia que había leído el experimentador; el peor rendimiento fue en las palabras de las que sólo interesó la caja de sus letras en la primera fase.
Aunque he comenzado este apartado diciendo que la idea central del enfoque de los niveles de procesamiento es que para lograr un trazo de memoria de calidad es necesario un procesamiento de significados, en honor a la verdad el enfoque exige plantear en orden inverso la relación entre estos términos. De hecho, en la introducción del artículo de Craik y Lockhart,
cuando trazan el esquema que desarrollará el trabajo, los autores declaran: "Vamos a proponer
que el trazo de memoria puede entenderse como un subproducto del análisis perceptual y que la persistencia del trazo es una función positiva de la profundidad a la que se ha analizado el
estímulo" (Craik y Lockhart, 1972, pág. 671). Esta cita pone claramente el énfasis en los procesos
perceptivos y Tulving (2001) ha destacado que es preciso ver en ella un rechazo a la idea de la codificación como un proceso de introducción de información en la memoria distinto de la propia actividad perceptiva. La información queda o no en la memoria como un trazo estable si se analiza su significado profundo.
La introducción del concepto de nivel de procesamiento y de la idea de que la calidad del trazo es un subproducto del procesamiento del estímulo tuvo una enorme repercusión en la teoría psicológica de aquel momento, ya que de ella se seguía que la repetición en sí misma no afecta a la calidad del trazo, como suponía el modelo modal. En todo caso podrá afectarla si, gracias a ella, tenemos más oportunidades de procesar el estímulo en todo su significado. La simple repetición para Craik y Lockhart (1972, pág. 676) "sólo prolonga la accesibilidad alta de un
ítem [su permanencia en la consciencia] sin dar lugar a la formación de un trazo de memoria más permanente. Este procesamiento Tipo I, esto es, la repetición del análisis que ya se ha llevado a cabo, contrasta con el procesamiento Tipo II, que implica un análisis más profundos del estímulo. Sólo este segundo tipo de repaso debería dar lugar a una mejora en el rendimiento memorístico".
La posibilidad de que la repetición pudiese ser completamente inútil era una idea que bien merecía la pena investigar, ya que no sólo chocaba con el modelo modal entonces en boga, sino que iba contra uno de los principios más arraigados entre los psicólogos de la memoria desde Ebbinghaus. Unos trabajos de Craik y Watkins (1973), junto con los de otros investigadores, se encargaron de demostrar que el repaso por sí mismo no produce una mejora del trazo: es el tipo de
5 Para el lector hispanohablante esta suposición de la pregunta acerca de la rima resulta un tanto gratuita.
Sin embargo, conviene caer en la cuenta de que en inglés la lectura correcta de una palabra exige el procesamiento conjunto de sus sílabas y a veces incluso el significado. En todo caso, en ambos idiomas hay una clara diferencia entre los dos niveles extremos y entre cada uno de ellos y el intermedio, aunque no por lo mismos motivos en este último caso: para la identificación de la caja en que está escrita la palabra (mayúscula o minúscula) sólo es preciso leer su primera letra.
actividad cognitiva que lleve a cabo el individuo con el estímulo lo que determina la calidad del trazo que quede.
En cualquier caso, lo que me interesa señalar aquí es que la idea de los niveles de procesamiento claramente apunta a que la recuperación de la información depende de la calidad del trazo y ésta, a su vez, del tipo de procesamiento perceptivo que en su momento se llevara a cabo para captar esa información. Se trata, por tanto, de ideas que esencialmente participan del supuesto básico de la memoria como almacén y de la hipótesis de la reaparición, aunque Robert Lockhart (2001) ha presentado algunos argumentos que matizan esta observación. Los resultados de Woodward y cols. (1973) no encajan con una predicción estricta de la codificación superficial, pero no rompen con el supuesto más general de la memoria como almacén.
.H Elaboración
El enfoque de los niveles de procesamiento permitió también el desarrollo de nuevas ideas, al paso de resultados experimentales obtenidos por sus propios proponentes que no encajaban con las previsiones que se desprendían de sus planteamientos originales. Por ejemplo, Craik y Tulving (1975, experimento 7), presentaron a sus sujetos una serie de sentencias incompletas, cada una de ellas seguida de la exposición taquistoscópica (durante 1 segundo) de una palabra, ante la que debían decidir si completaba o no la sentencia correctamente. Se trata, por tanto, de una tarea que induce al procesamiento semántico de las palabras. Pues bien, ellos variaron la complejidad de la sentencia, que podía ser baja (p.ej., "Ella cocinó ..."), media (p.ej., "La .... madura estaba deliciosa") o alta (p.ej., "El gran pájaro descendió en picado y se llevó al combativo ... "). Tras la presentación de todas las palabras de la lista con este procedimiento, los sujetos descansaron un momento y pasaron después a realizar una prueba de memoria en la que debían tratar de recordar cuantas palabras pudieren de las presentadas en el taquistoscopio durante la primera fase del experimento. Con el presupuesto teórico de que el mejor recuerdo debe derivarse del análisis más profundo de los significados no es posible predecir diferencias entre estas tres condiciones, ya que en todas ellas es necesario el análisis del significado de las palabras para realizar la tarea correctamente. Sin embargo, los resultados mostraron una relación directa entre la complejidad de las sentencias y el recuerdo de la palabra presentada6.
La interpretación que se ha solido dar de estos resultados introdujo un nuevo concepto: la elaboración de procesamiento. Por elaboración de procesamiento debe entenderse la cantidad de procesamiento que el sujeto realiza dentro de un nivel, extrayendo y analizando más propiedades del estímulo y estableciendo nuevas relaciones de la información procesada con sus conocimientos previos dentro de un dominio (Baddeley, 1982).
Debe quedar claro que el concepto de elaboración no pretende substituir al de profundidad: "la profundidad proporciona aún una explicación útil de los cambios cualitativos en la
codificación de una palabra" (Craik y Tulving, 1975, pág. 285). De acuerdo con estas palabras, la
profundidad es una dimensión del procesamiento que se define en términos cualitativos: hay diversos "tipos" de procesamientos, en función de la implicación en él del significado. Pero dentro
6 A decir verdad este resultado sólo apareció en las respuestas afirmativas. Los ensayos con respuestas
negativas han producido siempre resultados problemáticos para los supuestos de los niveles de procesamiento (véase, por ejemplo, Roediger y Gallo, 2001). Es evidente que las respuestas negativas introducen complicación en el procesamiento de los sujetos. Pero es conveniente caer en la cuenta de que estos problemas por sí solos no invalidan la hipótesis básica. Simplemente exigen investigación que saque a la luz las condiciones, probablemente más restrictivas, en las que los conceptos de niveles, elaboración, distintividad, etcétera, son sostenibles.
de cada unos de esos tipos, la elaboración supone una dimensión de "cantidad" de
procesamiento, que bien puede considerarse ortogonal con la anterior, es decir, completamente independiente: de hecho, hay datos que muestran que el procesamiento "elaborado" de un nivel de información "superficial" puede potenciar el reconocimiento posterior de los ítems.
.I Distintividad
Por distintividad debemos entender el grado en que un ítem de los "almacenados" en memoria se diferencia de otros que puedan ser similares por sus propias características
intrínsecas –como se parecen "dos gotas de agua"– o por sus condiciones de almacenamiento, es decir, por contextos de adquisición muy similares. Se considera que un trazo es más distintivo cuanto menos confundible es con otros alternativos posibles.
En efecto, a medida que un ítem está siendo procesado extrayendo la mayor parte posible de su significado, la identificación del mismo como ejemplar individual y específico va en aumento. No es igual que me presenten a alguien informándome simplemente de que se llama Ponciano a que me lo presenten con los datos adicionales de que regenta su cafetería en tal lugar, tiene tres hijas que se dedican a tal o cual cosa, lo que opina sobre el ataque contra Irak y cómo trata a su mujer. A todo esto debo añadir que en ese momento conozco su aspecto físico, en particular su cara, su habla (entonación, timbre de la voz, algunas de sus expresiones más habituales, etcétera) y su forma de andar y gesticular. Nótese que ninguno de esos atributos por sí sólo identifica de manera inequívoca a una persona, aunque es evidente que la cara y el habla son enormemente distintivos –como probablemente lo es el nombre en este caso. Pero en conjunto hacen que mi conocimiento de Ponciano lo conviertan en un recuerdo difícilmente
confundible con otro, salvo que me presenten otros ocho Poncianos que presenten características idénticas o muy similares.
Pues bien, Craik y Tulving (1975) señalaron que cuando se manipula la profundidad de procesamiento mediante tareas orientadores como he descrito en el apartado dedicado a la
profundidad de procesamiento, existe una variable que puede estar actuando de forma
concurrente con el nivel de procesamiento, ya que está relacionada directamente con el tipo de pregunta que se plantea al sujeto durante la fase del adquisición del procedimiento. En concreto, cuando se hacen preguntas de encaje de palabras en frases, cada palabra requiere una frase nueva y específica, que constituye así un contexto de adquisición distintivo para esa palabra. Por el contrario, las preguntas relativas a la caja con que está escrita una palabra (mayúscula o minúscula) o incluso aquellas otras relativas a la rima, son necesariamente menos distintivas. En el caso de la caja de la letra sólo hay una pregunta que ha de actuar como contexto de adquisición para todas las palabras que se estudien en esa condición de nivel de procesamiento. En el caso de la rima la situación no es tan dramática, pero es sin duda peor que para las preguntas
orientadoras del nivel más profundo. Es evidente que esta diferenciación en especificidad del
contexto de adquisición, al covariar con el nivel pretendido de procesamiento, supone un
problema serio de cara a interpretar los efectos de este último factor, que podrían verse contaminados por los de la especificidad de la pregunta o distintividad del contexto de adquisición..
•
Distintividad como contraste
Conviene dejar claro que la distintividad de un ítem no es una característica propia del ítem aislado, sino de su relación con todos aquellos que pertenecen a una hipotética categoría de alternativas posibles. De ahí que la variable manipulada en el experimento 8 de Craik y Tulving
(1975) sea el número de preguntas de una categoría determinada. Jacoby y Craik (1979) han insistido sobre este punto que merece la pena no perder de vista. Un ítem, que en un contexto de recuperación determinado pueda resultar muy distintivo, puede no serlo en otro, dependiendo de la probabilidad con que se recuperen en ese mismo contexto otras respuestas que podrían competir con el ítem buscado.
Esta necesidad de contraste con un conjunto de alternativas que implica el concepto de distintividad fundamenta su diferencia con el de elaboración. En efecto, es posible que el procesamiento de una información sea muy elaborado en el sentido de que se haya extraido de ella gran cantidad de datos de importancia en cuanto a su definición, es decir, en cuanto a sus atributos nominales y que, sin embargo, el trazo resultante sea poco distintivo debido a que toda o la mayor parte de la información extraída coincide respecto a otros muchos
estímulos. Por ejemplo, si nos presentan a cuatro personas con el mismo nombre de pila, edad similar, el mismo sexo, idéntica profesión y características de entorno familiar compartidas (como que las cuatro viven con sus respectivas parejas y cada una tiene una hija adoptada), tenemos información relativamente elaborada de cada una de ellas, pero información poco distintiva si en una tarea determinada debemos señalar a una sola en particular. Por el contrario, si de una de estas personas tenemos menos información pero es de sexo contrario a las tres restantes, entonces esta de esta persona poseemos información menos elaborada pero más distintiva.
•
Pérdida de distintividad del contexto de adquisición
Jacoby y Craik (1979) también han señalado que la distintividad de la fuente de información puede ser la diferencia real entre lo que Tulving (1972) denominó recuerdo episódico y recuerdo semántico. Por recuerdo episódico debemos entender aquellos recuerdos en los que el contexto de adquisición es conocido (recordado) por el individuo. Por recuerdo semántico debemos entender aquella información cuya historia de adquisición desconocemos (véase una revisión en Tulving, 2002; también Wheeler, Stuss y Tulving, 1997).
La mayor parte de lo que puede entenderse como conocimiento general del mundo que una persona tiene entraría dentro de lo que los psicólogos de la memoria entienden por memoria semántica, mientras que la mayor parte de los recuerdos personales se incluirían en lo que se conoce como memoria episódica. Supongamos que nos presentan a alguien de quien llegamos a saber en ese momento, por el desarrollo de la conversación, que es ingeniero aeronáutico y que tiene dos hijos; si meses después nos preguntan quién pudo describirnos los enormes incrementos de gravidez que los pilotos han de soportar en los giros durante los vuelos de pruebas, la respuesta puede surgir sin el menor esfuerzo; pero si durante esos meses hemos tenido ocasión de hablar con varios ingenieros aeronáuticos de temas similares, podemos haber alcanzado una información mucho más elaborada sobre la materia y sobre las personas que nos hablan de ella, a pesar de lo cual el aumento de alternativas posibles para atribuir la fuente de la información hace que la fuente verdadera se nos presente menos distintiva, entre otras razones porque ahora hay un mayor número de alternativas verosímiles.
Mientras hay quien sostiene que memoria semántica y memoria episódica son dos sistemas de memoria separados y disociables, los datos invitan a pensar lo que hace años apuntaron Jacoby y Craik (1979): que la diferencia entre el recuerdo episódico y el recuerdo semántico puede ser una cuestión exclusivamente de grado de distintividad del contexto de adquisición.
V. Algunas peculiaridades
Hemos visto un breve resumen de algunos de los resultados más relevantes que los psicólogos de la memoria han obtenido en el laboratorio en pruebas que de un modo otro estaban diseñadas de acuerdo con una concepción de la memoria como almacén. Todas ellas estaban pensadas como formas de demostrar que tal o cual factor podía alterar la fuerza del trazo y, con ella, la calidad de la reaparición del ítem en un momento posterior. Las investigaciones sobre el repaso y la repetición, en la versión que J. Ward (1893) calificó de funcionalistas, son las que más directamente descansan sobre este supuesto. Pero también los experimentos sobre los niveles de procesamiento, la elaboración o la distintividad son aplicaciones concretas del concepto más general de diferenciabilidad del símbolo que he comentado en el apartado. En resumen, la mayor parte de la investigación sobre la memoria en la psicología experimental del siglo XX ha participado explícita o implícitamente de la concepción de la memoria como almacén. En las últimas décadas, la metáfora del ordenador no ha hecho más que afianzar aún más los presupuestos de la metáfora espacial. Sin embargo, la mayor parte de las características más destacadas de la memoria de los organismos vivos es claramente peculiar, si la comparamos con los mecanismos artificiales de almacenamiento de información, ya se trate de tablillas de cera o de memorias magnéticas. Estas peculiaridades son detectables con un simple análisis informal, como el llevado a cabo por Bjork y Bjork (1992), quienes han señalado algunas, de entre las que merece destacar las siguientes, relacionadas con la adquisición de información:
Nuestra memoria no es capaz de adquirir cualquier tipo de información, sino que sus contenidos preexistentes determinan qué información es susceptible de adquisición. El mecanismo que está detrás de esta propiedad es, como alguno quizá haya ya pensado, la intervención de la memoria en la propia codificación (véase también Jacoby, 1988).
Esto significa que nuestra memoria está estrechamente ligada a dominios informativos. Conviene caer en la cuenta de que no es el formato de
almacenamiento ni el formato de presentación de la información los que en última instancia determinan qué se adquiere: son los conocimientos previos con que cuenta la memoria.
Una característica particularmente peculiar de nuestra memoria, estrechamente relacionada con las dos anteriores, es que cuanta más información tiene de un dominio, mayor capacidad ofrece de adquirir nuevos datos sobre temas de ese dominio (Baddeley, 1982). Esta relación directa entre conocimiento y capacidad nos lleva a la última característica de adquisición que quería destacar.
Hasta el momento no existe dato alguno que indique limitación en su capacidad de adquisición de información, por lo que todos los expertos se inclinan por
considerarla de capacidad ilimitada (p.ej., Landauer, 1986).
Las cuatro peculiaridades mencionadas son difícilmente compatibles con los presupuestos de la memoria como almacén. Con ser importante la –al menos aparente–
capacidad ilimitada, es aún más interesante la relación entre su capacidad y sus contenidos, que sugieren las tres primeras observaciones. Si retomamos los presupuestos discutidos en el apartado dedicado a la memoria como almacén, vemos que estas propiedades chocan frontalmente con el presupuesto de independencia entre el continente y el contenido. La
capacidad se entiende una propiedad del continente, del "substrato mental" en el que se anotan los contenidos, mientras que cuáles sean éstos es algo que nada debiera de tener que ver con ella.
Las cuatro peculiaridades recogidas no suponen más que ventajas, si las comparamos con las propiedades más típicas de cualquier dispositivo artificial de
almacenamiento, que suele tener una capacidad fija y limitada. Hasta aquí parece que todo son ventajas. Lo cual contrasta con la popular excusa de la mala memoria para errores de
rendimiento. Quizá concuerde más con esto la observación de algunas peculiaridades ligadas a la fase de recuperación:
La recuperación es limitada. Es evidente que uno no puede acceder en cualquier momento a toda la información que desee, aun cuando sepa que en algún momento la tuvo a su disposición.
De esa primera propiedad de la recuperación se desprende directamente la segunda: la recuperación es inestable. Es decir, sabemos que aunque en un momento dado no recordemos algo, en cualquier ocasión posterior podemos tener un recuerdo nítido y confiado de esa misma información.
Suele ocurrir precisamente que el momento en que reaparece esa información perdida viene determinado por algún otro suceso, como puede ser el lugar en que nos encontremos. Cualquiera que vaya a una casa en la que vivió mucho tiempo atrás podría poner innumerables ejemplos de esto. En pocas palabras, es evidente que la recuperación, al menos en parte, es dependiente de claves o señales, que de una u otra forma están ligadas a la información objetivo que se recupera.
Otra característica bastante popular, que en el laboratorio se ha solido relacionar con la anterior, es la interferencia: uno tiene la sensación de que si tuviese que aprender menos cosas recordaría mejor las aprendidas. Lo verdaderamente paradójico del fenómeno de la interferencia es que es mayor a medida que los contenidos de los materiales que interfieren entre sí aumenta.
Todas estas que podemos considerar "observaciones de salón" acerca de las peculiaridades de la memoria humana no son desde luego suficientes para cambiar unos presupuestos teóricos acerca de la memoria con los que nuestra cultura ha venido funcionando durante más de dos milenios. Y el presupuesto de la memoria como almacén que mejor
representa esa forma de entender la memoria es lo que Neisser (1967/1976) denominó "hipótesis de la reaparición": se recuerda un episodio tal como ocurrió. Y si se presencian dos veces el mismo episodio, se mejora dos veces la misma huella de memoria.
La reaparición implica diferenciabilidad de los símbolos que constituyen el contenido de la memoria y su estabilidad a lo largo de las diferentes reapariciones. Es decir, el contenido recuperado no puede ser distinto en distintos momentos, ya que esto debilitaría su valor como representación y, de camino, su utilidad en el intercambio de información con los demás miembros del grupo, es decir, su valor de consenso. La estabilidad de la representación en
memoria garantiza además que dos episodios idénticos sean "almacenados" como un recuento de frecuencia de ocurrencia de la misma representación simbólica. Este conjunto de ideas ha recibido el nombre de supuesto de identidad transituacional de los episodios codificados en memoria.
Sin embargo, la investigación de laboratorio de los psicólogos de la memoria ha revelado que existen múltiples circunstancias en las que se puede demostrar que no es sostenible la "identidad transituacional" de los recuerdos: dos episodios de recuerdo nominalmente idénticos son funcionalmente diferenciables. Muchos psicólogos de la memoria han insistido que son las condiciones de recuperación las que en última instancia determinan el contenido de los recuerdos (p.ej., Jacoby, 1988; Roediger, 1999). La percepción de un episodio, que en la metáfora del almacén consideraríamos como el origen de un único engrama, puede convertirse en dos recuerdos diferentes si las condiciones de recuperación son diferentes.
•
Accesibilidad y disponibilidad
Una demostración ya clásica de hasta qué punto el rendimiento memorístico depende de las condiciones de recuperación es el trabajo de Tulving y Pearlstone (1966). Estos autores presentaron a sus sujetos listas de 12, 24 y 48 palabras, agrupadas en categorías de 1, 2 ó 4 palabras por categoría (por ejemplo, aves, muebles, nombres de personas, flores, etc...). La manipulación fundamental de este experimento consistió en que a la mitad de los sujetos se les entregaron las libretas con una línea o renglón para cada palabra que debían recordar en la lista, mientras que la otra mitad recibió libretas que contenían los identificadores de las categorías, seguidos de tantas líneas como elementos se habían presentado dentro de esa categoría. En esencia, como hemos visto, el experimento mantiene constantes las condiciones de adquisición para dos grupos de sujetos, pero cambia las condiciones de recuperación: para el grupo que podríamos llamar experimental los sujetos disponen de una clave de recuperación adicional (la categoría), que es de esperar aporte algún beneficio a su rendimiento memorístico. De hecho, este beneficio se manifestó en una mejora de la cantidad de recuerdo en el grupo experimental con respecto al nivel de los sujetos del grupo de control, que no recibieron clave alguna de recuperación.
En todas las condiciones del experimento la diferencia fue positiva en favor de la condición experimental, es decir, para cualquier longitud de lista y tamaño de categoría la presentación del nombre de la categoría como clave de recuperación hizo que los sujetos
recordaran más palabras. Como era de esperar, el beneficio, de haberlo, debería ser más acusado en las listas más largas y no hay nada especialmente sorprendente en ese aspecto de los
resultados.
Estos resultados hablan a favor de una clara diferencia entre la accesibilidad de la información y su disponibilidad7. De las 48 palabras estudiadas por los sujetos en las listas
largas 15.55 de ellas aparecen en recuerdo libre. El resto está aparentemente olvidado. Esto refleja con toda claridad la paradoja que andaba detrás de estas investigaciones del grupo de Tulving. La lista se ha presentado una sola vez y el recuerdo es inmediato. ¿Por qué se olvidan los ítems de una lista sin que ni siquiera hayan transcurrido uno o dos minutos desde su
presentación?8. La respuesta de Tulving y Pearlstone es que no se han olvidado, que están ahí a la espera de que una "clave" adecuada sea capaz de rescatarlos. La categoría permitió la
recuperación de otras 20 palabras adicionales y, por extrapolación, es imaginable que con un enriquecimiento de la clave se podría alcanzar la totalidad de la lista. Todos los elementos están disponibles, pero no todos son accesibles a través de la clave de recuperación del momento.
•
Distribución temporal del repaso, la repetición y la práctica
Desde Ebbinghaus se sabe que la presentación espaciada del material que un individuo debe aprender produce mejor recuerdo posterior que la presentación masiva. Es decir,
7 Las diferencia entre accesibilidad y disponibilidad aparece ya en una imagen de la memoria descrita por
Aristóteles. El conocimiento en la memoria son como las palomas de una jaula en la que están todas las que su propietario ha logrado cazar. Pero las palomas están revoloteando de aquí para allá y cuando el propietario de la jaula se interna en ella para coger alguna en particular, unas veces lo consigue (acierto) y otras no y rescata una paloma equivocada (error). En esta metáfora de la memoria Aristóteles plantea la distinción entre disponibilidad y accesibilidad en términos de "poseer conocimiento" y "tener
conocimiento", respectivamente: "poseer conocimiento significa tener el pájaro en la jaula"
(disponibilidad), mientras que "tener conocimiento significa tener el pájaro en la mano" (Draaisma, 1995/1998, pág. 51).
8 Como Tulving (1983) ha reconocido, hoy resulta difícil hacernos una idea del grado de la paradoja.
Resultará de ayuda para el lector recordar que en la tradición del aprendizaje verbal el olvido es esencialmente consecuencia de la interferencia provocada por tareas interpoladas (muy en especial otros aprendizajes).
los intervalos entre presentaciones sucesivas potencian el aprendizaje. El fenómeno se conoce hoy como "efecto de espaciado", pero fue recogido por McGeoch (1942, pág. 140) en su manual como Ley de Jost: "Si dos asociaciones tienen la misma fuerza pero distinta edad, una repetición
adicional tiene más valor para la más vieja [de las asociaciones]". La manipulación esencial para
demostrar el fenómeno consiste en variar sistemáticamente el intervalo entre las dos
presentaciones de un ítem en una lista. De esta forma puede comprobarse que el rendimiento en una prueba de memoria posterior es mejor en aquellos ítems repetidos que se han presentado más espaciados en el tiempo (véase, por ejemplo, Greene, 1989, 1990).
Es evidente las implicaciones prácticas que tiene este efecto para el ámbito educativo: la consabida ventaja del estudio distribuido sobre el masivo o intensivo (véase, por ejemplo, Dempster, 1996). Pero dejando a un lado tales implicaciones, la lección importante que nosotros debemos sacar de este fenómeno es que una vez más se trata de algo que encuentra difícil acomodo en la concepción de la memoria como almacén. El número de repeticiones de un suceso puede ser un factor importante para estabilizar un supuesto "trazo o engrama", pero no parece claro cómo pueda interpretarse la importancia del patrón de reexposiciones, es decir, su distribución temporal. Veamos dos explicaciones posibles, que no son necesariamente
incompatibles:
1. Hipótesis del procesamiento deficiente
Algunos psicólogos han sugerido que el efecto del espaciado puede ser consecuencia de que los individuos llevan a cabo un procesamiento más deficiente de las repeticiones cuando éstas se suceden sin solución de continuidad (Zechmeister y Shaughnessy, 1980). En efecto, ante la presentación de una lista de palabras en la que algunas se repiten, la primera aparición de una palabra puede hacer que el individuo adopte alguna estrategia para su mejor aprendizaje (por ejemplo, repetirla subvocalmente o asociarla con imágenes); mientras que si la siguiente palabra de la lista es la misma, ante la facilidad con que se recuerda la presentación inmediata anterior, se puede optar por no insistir en su aprendizaje. Por el contrario, cuando la palabra reaparece tras otras varias diferentes, el recuerdo de la presentación anterior puede no experimentarse como una tarea trivial, con lo que el individuo adoptaría medidas para tratar de aprender lo mejor posible esa palabra. Esto daría lugar a que la presentación repetida de una palabra, cuando está separada por otras intercaladas, dé lugar a un procesamiento más efectivo de la misma palabra en las dos presentaciones, cosa que podría no ocurrir con presentaciones consecutivas. En apoyo de esta hipótesis disponemos de datos que muestran cómo el número de repasos que un sujeto puede dedicar a los ítems es mayor cuanto más intervalo media entre ellos (p.ej., Rundus, 1971).
Pero el efecto del espaciado también puede darse potenciando el mejor
procesamiento de las repeticiones demoradas sin que el individuo intente aprenderse el material, es decir, en condiciones de aprendizaje incidental. Podemos descartar, pues, la modulación de la eficiencia del procesamiento por parte de los inviduos con el fin de memorizar las palabras.
2. Hipótesis de la variabilidad de la codificación
De acuerdo con el principio de la "variabilidad de la codificación" (Martin, 1972), cuando un sujeto desarrolla una estrategia de repasos va permitiendo la asociación de los ítems con claves contextuales más diversas, ya que mantiene efectivamente presente el ítem en contextos mentales diferentes (véase una revisión en Crowder, 1976). De esta forma el ítem que es codificado en momentos más distantes queda asociado con un abanico mayor de claves de recuperación. Es decir, los ítems presentados en ocasiones distantes tienen en común la asociación con los componentes más estables del contexto de recuperación, aquellos que
presentan una menor tasa de variación temporal y que, por tanto, tienen más probabilidad de formar parte también del contexto de recuperación y actuar así como claves de recuperación.
Podemos resumir cuanto he dicho sobre el efecto de espaciado reconociendo que parece un fenómeno de difícil encaje con los supuestos del modelo espacial, mientras que parece encontrar explicaciones aceptables con apenas unos mínimos principios de asociación de la información con claves contextuales, ya sea de manera automática, o bien por las estrategias de procesamiento que desarrollan los individuos. Veamos algo más acerca de cuándo pueden resultar efectivas tales estrategias.
VI. Símbolos densos
¿Qué valoración merecen las peculiaridades recogidas en el apartado anterior, tanto como observaciones de salón como aquellas otras encontradas en los resultados de laboratorio? Para apreciar bien lo que implican, es preciso que los analicemos a la luz de los presupuestos básicos de la metáfora espacial de la memoria que vimos en al principio del capítulo. Allí vimos que la memoria como almacén implica la separación del continente (la
memoria), el contenido (los símbolos, las estructuras de conocimiento y las reglas) y los procesos de utilización de esos contenidos. Vimos también que el contenido debía estar constituido por elementos estables y diferenciables sintáctica y semánticamente, o de lo contrario no serían posibles la repetibilidad o reaparición ni la comunicación. Hay experimentos que nos exigen cambios radicales en algunos de esos conceptos, de los que hemos visto una pequeña muestra (más detalles en Ruiz, 2004; también Contreras, 2003). Para empezar, el descubrimiento del grado en que las condiciones o contextos de recuperación determinan el contenido mismo del recuerdo debilita extremadamente el supuesto de la estabilidad del símbolo, hasta el punto de que el supuesto de la identidad transituacional o repetibilidad del símbolo puede considerarse una ilusión reliquia del pasado. Además, el contenido del símbolo no parece ser más (ni menos) que las operaciones de procesamiento, la actividad cognitiva necesaria para percibir el medio e intervenir en él, según acabamos de ver (véase también Crowder, 1993).
Paul Kolers y sus colaboradores (Kolers, 1973, 1979; Kolers y Roediger, 1984; Kolers y Smythe, 1984; véase también Glenberg, 1997) propusieron hace ya algunos años la adopción por los psicólogos cognitivos (y en particular aquellos dedicados al estudio de la memoria) de una distinción al parecer sugerida por Goodman (1968, citado en Kolers y Smythe, 1984) entre símbolos densos y símbolos articulados; tal distinción nos puede aclarar lo que la modificación de los supuestos de la metáfora espacial de la memoria conlleva. Los símbolos
articulados se caracterizarían, según estos autores, por su independencia del continente. Es
posible plasmar una frase en papel, en la pantalla de un ordenador o en el cristal de una ventana con nieve artificial: en ningún caso la frase cambia de significado. Los símbolos articulados son copiables y, por tanto, perfectamente comunicables. Por el contrario los símbolos densos son autográficos: no se pueden copiar porque no son independientes de su continente. Ayuda a captar la diferencia pensar en el arte autográfico por contraste con el arte alográfico. Por ejemplo, la representación de un cuadro de don Diego de Velázquez en la pantalla de un ordenador está desprovista de la textura del original y con ello pierde una parte esencial de su contenido
simbólico: se trata de arte autográfico. La lectura de una poesía en la pantalla del ordenador no le hace perder ni un ápice de su valor: se trata de arte alográfico. Pues bien, según Kolers, los contenidos de nuestra mente están constituidos por símbolos densos, cuyos significados están
inevitablemente ligados a la propia acción de pensarlos. Son "símbolos personales"
caracterizados por ser propios de un individuo, por tener una historia de formación que forma parte de su significado mismo y, como consecuencia de esto último, por ser inseparables de las circunstancias y los medios que han dado lugar a su formación. Por estos tres motivos el contenido de un símbolo denso personal es de carácter continuo, analógico, en cuanto que se relaciona con el referente punto a punto y lo representa directamente. La sintaxis de estos símbolos densos personales está en función de las relaciones entre los referentes externos y entre el propio individuo y tales referentes; y es, en última instancia, una característica derivada. Además, desde esos supuestos no existe un conocimiento general y abstracto, sino que todo conocimiento está estrechamente ligado a los procesos mismos de captación de la información. La íntima relación entre los conocimientos y los procedimientos de su captación excluye la división entre los contenidos y los procesos, su utilización: El conocimiento son los procesos mismos de conocer, por lo que el recuerdo es su reactivación. No existe en mi mente el significado de "taza" si no es mientras pienso en ella, mientras la aso para acercarla a la boca, la dibujo, oigo la palabra o la pronuncio. No existen en mi mente los nombres de mis hijos si no es mientras los pronuncio o los recuerdo9.
Un sistema de representación como el que acabo de bosquejar apenas si tiene algo en común con el que subyace al supuesto de la memoria como almacén. Veamos:
• No es posible diferenciar entre contenido y continente porque no es posible definir una memoria sin contenido. No existe esa "pasta mental" en la que puede o no haber información: la información es en sí misma la pasta mental mientras está
funcionalmente activa, cuando opera, y desaparece por completo cuando deja de estarlo. • No existe diferencia alguna entre el contenido y su utilización, entre
estructura de conocimiento y procesos de manipulación de dicha estructura.
• En cuanto a las propiedades del contenido, también aquí las diferencias entre los modelos espaciales y la representación por símbolos densos son claras. La diferenciabilidad entre los símbolos densos no está ni mucho menos garantizada, ni la sintáctica ni la semántica. Los símbolos densos son difusos por definición y sus relaciones entre sí son siempre cambiantes.
• Por contraposición a la identidad transituacional, la inestabilidad es quizá su característica más permanente, por lo que la ausencia de la "re-aparición" está garantizada casi por completo: se trata de "comportamientos y experiencias de una persona
determinada en una situación determinada" (Kolers y Smythe, 1984, pág. 295).
• Sin embargo, tienen la enorme ventaja de la fidelidad al referente: no se sacrifica nada del procesamiento del referente para que encaje en el significante.
•
La comunicación de símbolos densos
El lector que haya leído atentamente el contenido de los párrafos anteriores habrá caído ya en un problema estrechamente ligado al concepto de símbolo denso: cuando nos
planteamos el contraste entre la representación simbólica tradicional de una memoria almacén y la que exige la ruptura de la identidad transituacional, nos enfrentamos al problema de la
comunicación de los símbolos densos.
9 También esta idea parece estar en cierto modo en los escritos de Aristóteles, cuando sugiere que el
recuerdo (anámnesis) implica el envío desde el corazón (el lugar de la memoria para el pensador griego) hasta los sentidos de efluvios de "pneuma" (un tipo de substancia que, conectada con la sangre, es portadora de información), cuyos movimientos reproducen en los sentidos aquellos otros que los estímulos externos provocaron en el momento de la percepción inicial. En aquél momento esos efluvios de "pneuma" viajaron desde los sentidos hasta el corazón para quedar allí almacenados. En el recuerdo se produce el viaje inverso de algo así como un residuo de aquellos movimientos iniciales de pneuma. Véanse los comentarios de Burnham (1888a, pág. 52) a este pasaje de Aristóteles.