DR. HAROLD PEPPARD
VEA MEJOR SIN
ANTEOJOS
Vigésima edición, diciembre de 1989 Vigésimo primera edición, septiembre de 1989 Vigésimo segunda edición, marzo de 1991 Traducción del inglés y adaptación: José Raúl Aguilar Munguía
©1975, Dr. Harold Peppard
©Í1975, Editorial Posada, S.A. de C.V. La Otra Banda 74,Col.Tizapán San Ángel, Deleg. Álvaro Obregón,C.P. 01090, México, D.F. Derechos reservados Hecho en México/Printed in México ISBN 968-433-187-8
ADVERTENCIA
Este libro fue escrito a sabiendas de que los que se adhieren a los principios de la medicina organizada y de la optometría no están de acuerdo con este método de tratar los ojos. Esto se explica fácilmente puesto que en su educación profesional se les ha enseñado principios opuestos a esta teoría y, también, porque carecen de la experiencia necesaria para tratar los ojos sin el auxilio de los cristales.
Para quienes hemos tenido esa experiencia, este sistema de tratamiento ocular ya no es una teoría en controversia, sino un hecho establecido. Ya no se pregunta si podrá hacerse, sino cómo se practica.
Las reglas para volver a los ojos desequilibrados a la vista normal por medio del tratamiento establecido por este método, son sencillamente las mismas leyes que siguen los ojos normales natural y automáticamente. Los ejercicios oculares se hacen con el fin de provocar reacciones por medio de una educación consciente del control nervioso y muscular siguiendo normas naturales.
Aunque en mucho apreciaríamos la aprobación y colaboración de la escuela médica establecida, sin embargo no la esperamos. Viajamos por distinto camino, por camino más moderno, un camino que tenemos probado habrá de llevarnos a donde queremos ir: a la satisfacción de tener vista clara y sana durante toda nuestra vida. Dr. Harold M. Peppard.
CAPITULO I DESCUBRIMIENTO
"La mitad de nuestras graciosas vidas alocadas", escribió Meredith, "la pasamos doblándonos a recoger lo que antes tiramos".
Alrededor de los cuarenta años y por lo común mucho antes, la mayoría de los humanos hemos tirado, junto con muchas otras cosas estimables, el valioso don del sosiego. Y con él hemos tirado el don de ver claramente, ya que cuando hemos perdido el sosiego también hemos perdido la vista clara.
Observe al gato y vea cuan sosegado está antes de disponerse a dar el salto, cómo ronrón, a encogido y cómo se estira para descansar. ¡Mire sus ojos, brillantes como esmeraldas, filosos como cuchillos! ¡Mire cuan fuertes y brillantes son los ojos tranquilos de los niños normales! No pierden de vista nada. Fíjese como la gente que por hábito es serena raras veces usa anteojos, aun en su edad madura o en la ancianidad.
El desasosiego es la causa de la vista defectuosa en nueve de cada diez casos.
"Estaba tan enfurecido que no podía ver", esta es expresión que oímos frecuentemente y que la conceptuamos extravagante, exagerada y, sin embargo precisa del hecho mismo.
La tensión iracunda ha cegado al cerebro, ha sacado a los ojos de su foco natural, a esos ojos que son los órganos esenciales de la vista.
Todas las emociones ejercen influencia sobre la vista, porque los ojos son como arpas movidas por el viento que responden a toda brisa mental o emotiva que sople.
"Por más que fijé la vista no pude ver tal cosa". Si continuada y persistentemente fijó usted la vista, su 'expresión resulta trágicamente cierta: estuvo temporalmente ciego. El fijar la vista es forzarse a ver y todo esfuerzo es la causa de la visión imperfecta. No el resultado, como generalmente se cree, sino la causa. Cerca del noventa por ciento de las gentes que pasan ya de los cuarenta y cinco años de edad usan anteojos bien para leer o para uso continuo. Cincuenta millones de gentes en los Estados Unidos o llevan anteojos, o en opinión de los facultativos necesitan usarlos. Es asombroso el aumento en el porcentaje de niños que usan anteojos, entre los siete y los quince años.
Propósito de este libro
Este libro fue escrito para estas personas, para todas las gentes, jóvenes o ancianas, que usan anteojos y quisieran no llevarlos encima de la nariz, A quienes se ha impuesto el uso de anteojos recientemente, a quienes los han usado por años y esperan usarlos por el resto de sus días, extraviándolos, perdiéndolos, quebrándolos o probablemente teniendo que cambiarlos con vidrios más gruesos cada dos o tres años.1
También es para aquellas personas que, frisando los cuarenta o los cincuenta, ya cuando empiezan a saber cómo se vive, descubren que ya no pueden leer el periódico cómodamente y que los números del directorio telefónico escapan a su vista. ¡Véales cómo sostienen delante un impreso a toda la longitud de su brazo estirado! Esto ya es una señal de alarma. Esto ya reclama inteligente atención inmediata. La distancia normal a que debe leerse un impreso es de 35 a 40 centímetros de los ojos.
Y es para los niños portadores de anteojos, los que deben pasarse largos años con la cara desfigurada y ser considerados como inválidos, para quienes se escribió este libro. El imponer anteojos a los niños es otro de los graves pecados de este mundo. En vez de ayudar a estas pequeñas e indefensas personitas, sólo se les abruma con el peso moral que el uso de anteojos representa.
Y, finalmente, este libro es para aquellas buenas gentes, jóvenes o ancianas, que sufren la humillación que les acarrean sus ojos torcidos. Por centenares se cuentan los casos de ojos torcidos que se han enderezado al seguir los principios expuestos en este libro.
No es para personas cuya vista es defectuosa a causa de perturbaciones orgánicas, tales como tumores, degeneración de la retina, del nervio óptico, o de los centros visuales del cerebro, ya que todos estos casos merecen la atención de un cirujano oculista.
Es para todos los desarreglos oculares para los cuales se adaptan los anteojos, para todos los defectos de refracción. Y, también, dedico este libro a ese grande y afortunado grupo que goza de buena o regular vista y que desea conservarla, o mejor todavía, mejorarla.
El descubrimiento del Dr. W. H. Bates
Hasta hace unos cuantos años, no había sino dos remedios para los males de la vista; anteojos u operación, o ambos. Cuando los ojos suyos- o los de su hijito empezaron a sentir molestias, usted hizo lo que hiciera
exactamente su abuelo: enseñarle los ojos al oculista para que les adaptara cristales. No quedaba otra cosa por hacer. El globo del ojo era entonces un mundo no descubierto.
Se sabía de ciertas molestias hereditarias —como el ver de cerca, el ver de lejos, el astigmatismo, la bizquera, la catarata y el glaucoma— que obligaban a la mayoría de las gentes de mediana edad a ponerse anteojos para
leer. Pero nadie sabía cuál era la causa de todos estos males. Los vidrios ayudaban al ojo para que viera mejor y algunas veces le libraban de una operación. Pero los oculistas nada sabían acerca de cómo curar los ojos. Ni siquiera intentaron hacerlo. Trataron sólo de ayudarlo y facilitar su tarea en la creencia de que tales defectos no podían ser curados.
Entonces, a principios del siglo veinte, un hombre, el Dr. William Horatio Bates, de Nueva York, uno de los más destacados oculistas de su tiempo, se abrió brecha por un mundo desconocido, inexplorado y descubrió algo. Por medio de la investigación y el experimento, halló que la mayoría de los ízales que aquejan al ojo humano pueden ser curados y no sólo corregidos o ayudados, que las causas yacentes podían en su mayoría, ser extirpadas y que los ojos podían recobrar la salud perfecta y el funcionamiento normal como cualquiera otra parte del cuerpo, a menos que se tuviese delante alguna condición degenerativa. El ojo, sin embargo, raras veces es asiento principal de males degenerativos.
Dotado con mente altamente científica, el Dr. Bates consideró por varios años con favor decreciente la teoría de Helmholtz, que era entonces, y aún lo es, la teoría aceptada por la mayoría de los oculistas. Esta teoría está basada en la premisa de que es un cambio de forma en la lente del ojo el que permite ver a distancias variables. En otras palabras, uno enfoca al cambiar la forma de su lente llamado cristalino.
Aunque un gran porcentaje de males de la vista no podía ser explicado por medio de la teoría Helmholtz, fue no obstante, el único método de tratar los males de la vista durante casi un siglo, antes de que el Dr. Bates se presentara en escena con su teoría de que el ojo se adapta a las diversas distancias no al cambiar la forma de todo el globo ocular. En otras palabras, el ojo se acomoda a las diversas distancias por medio de sus músculos externos al variar el tirón sobre el globo mismo.
Si observa la Fig. 12 verá que el ojo, colocado en una depresión ósea del cráneo, con un cojín de grasa en la parte posterior, se mueve por medio de seis músculos: uno a cada lado, otro encima, otro abajo, y dos que pasan parcialmente en torno del meridiano del globo ocular, uno por encima y otro debajo. A los cuatro primeros se le llama rectos y a los dos últimos, músculos oblicuos.
Cuando el ojo enfoca objetos distantes, el tirón o la tensión de los cuatro músculos rectos aumenta y la
Fig. 1
bola del ojo se aplana, quedando más corta del frente a la espalda y más larga de lado a lado.
Mientras los músculos se conservan elásticos y bien equilibrados, la función ocular se realiza perfectamente y sin esfuerzo. Pero si, por alguna razón —tal como el forzamiento causado por malos hábitos al ver o por agotamiento crónico, debilidad general, preocupación persistente, y todo aquello que aumente la tensión
Ojo présbite
Ojo normal
nerviosa— los músculos rectos aumentan su tensión habitual, entonces se presenta la hipermetropía, o vista de lejos.
Si son los músculos oblicuos los que entran en tensión, entonces se produce la miopía, o vista de cerca. Si la tensión muscular resulta desigual, de modo que un grupo de músculos tira más fuertemente que su contrario, la bola del ojo se carga a un lado por la desigual presión ejercida sobre ella, y da lugar al astigmatismo.
En otros términos, cuando la tensión muscular es igual, el foco queda exactamente sobre la retina y uno ve perfectamente. Si, a causa de la tensión, el foco se desvía y queda, bien al frente o atrás de la retina, la imagen resulta borrosa y la visión es imperfecta.
Siguiendo la teoría basada en estos hallazgos, el Dr. Bates se ocupó de aquellos casos que no explicaba la teoría de Helmholtz —los que constantemente encontrara en su larga práctica— y satisfactoriamente los diagnosticó y trató de acuerdo con su propia teoría. Los resultados fueron impresionantes.
Durante sus años de investigación, cuando experimentó en animales de toda clase, quedó convencido y probó, a un grupo de oculistas de mente alerta, que los músculos externos del ojo son los medios de acomodamiento de que dispone tal órgano y que los anteojos no sólo no ayudan al ojo sino que son una verdadera calamidad, puesto que no extirpan la causa del mal y sí aceleran el daño, primero, al permitir que se mire anormalmente y segundo, que se ajuste el ojo a su deficiencia.
Mientras que los anteojos parecen aliviar temporalmente la desigualdad visual, la molestia queda intacta. Y ese órgano acomodaticio, el ojo, se resigna a ser un inválido que marcha con muletas cuando, por medio de unos cuantos ejercicios reconstructivos y de reducción con los músculos oculares, es posible recobrar su
funcionamiento recto, normal y quedar de nuevo sano y fuerte.
Los resultados de sus experimentos fueron escritos y publicados en periódicos médicos pocos años antes de la Primera Guerra Mundial. Tales memorias se pusieron en manos de los colegas del Dr. Bates y de las
sociedades a que pertenecía, pero, en vez de estimular el interés hacia la investigación, su teoría se dejó en olvido y aun fue ridiculizada.
Los oculistas sintieron demasiada pereza para cambiar la hipótesis largamente establecida por la nueva premisa radical. Y, también, posiblemente dudaron que las gentes hicieran esfuerzos para volver a educar sus ojos. Con los anteojos compraban las gentes alivio inmediato, en la mayoría de los casos, y con eso era bastante.
Los optometristas no estaban interesados. Eso de quitar a la gente los anteojos sería lo último que ex-perimentaran.
Esta falta de reconocimiento a su labor científica no desalentó al Dr. Bates sino que le sirvió de acicate para asegurar datos adicionales relacionados con el funcionamiento normal de los ojos. Estableció una clínica y empezó a probar sus principios por medio de la práctica viva. Con largueza se vieron recompensados sus esfuerzos. Desde un principio obtuvo resultados casi increíbles. Y hubieran sido considerados como asombrosos positivos y salientes, si el temporal del prejuicio y de la crítica no hubiera sido desatado en aguaceros por los secuaces de la teoría de Helmholtz.
Probó en modo concluyente que los errores comunes de refracción —esos males que ordinariamente requieren el acondicionamiento de anteojos— podían ser corregidos y curados al cambiar la tensión de los músculos externos del ojo. Trató todos los errores de refracción sin el uso de anteojos y, en cientos de casos, quitó anteojos a quienes los habían usado por años devolviendo a los ojos la vista normal.
Después de probar su teoría a entera satisfacción propia, su paso siguiente fue estudiar el disfuncionamiento y la vista desigual que le seguía.
Por medio de una investigación continua llegó a concluir que el forzamiento de los ojos no era, como generalmente se pensaba, el resultado de la vista deficiente, sino la verdadera causa, puesto que tras los errores de refracción se encontraba la fatiga.
Probó una y otras veces que el mirar fijamente (haciendo un esfuerzo por ver en vez de aflojar la tensión y dejar que los ojos vean), la debilidad general, el temperamento nervioso y la falta de comprensión acerca de cómo los ojos ven, obligaba a los músculos oculares a funcionar mal. Esto se traducía en el habitual uso de los ojos y a su vez, en vista defectuosa.
Una y otra vez probó esto mismo por encima de toda duda. Su siguiente paso fue encontrar un camino por dónde devolver al ojo a sus hábitos y usos originales -y correctos; descubrir y delinear una norma de conducta para volver al ojo a las sendas normales y con ello a la visión perfecta.
Esto lo consiguió al idear y desarrollar ciertos ejercicios para reeducar los músculos oculares, traerlos a las normas antiguas de movimiento y descanso, sustituyendo los malos hábitos por los buenos.
Tan pronto como esta labor empezó a llamar la atención por los resultados obtenidos, un grupo de estudiantes se congregó en torno al maestro, quien les enseñó los principios de la vista normal sin el uso de los anteojos.
Aplicación del método
Este tratamiento de los ojos sin el auxilio de los cristales fue aplicado a miles de personas y todo tipo de error refraccional fue tratado con éxito fabuloso. Hoy en día hay hombres dé ciencia que practican este método en muchas ciudades de la Unión Americana, en Canadá, Inglaterra, África del Sur y en Alemania.
Los principios comprendidos, siendo básicos, se aplican a todos los ojos y a todos los errores de refracción, como a todas las edades. Cuando es ligero, usualmente, y muy corto es el tratamiento necesario para volver a sus ojos la vista normal.
Esto no es menos cierto cuando se trata de personas en edad media o en la ancianidad, si las molestias se tratan tan pronto como aparecen. No es la edad lo que importa, sino el hecho de que durante mucho tiempo el error ha estado presente causando la formación de malos hábitos.
Cabe repetir que este tratamiento se usa para todos los malestares de la vista para los cuales se acondicionan anteojos y no tiene caso en la pérdida de la vista a causa de alguna degeneración.
En 1920, inicié los estudios que más tarde habrían de llevarme hacia el Dr. Bates, con quien trabajé durante muchos años hasta empezar mi propia práctica. Entonces llegué a creer que el hombre que sabe usar sus ojos apropiadamente jamás necesitará anteojos; sino que podrá ver claramente durante el resto de su vida. Porque dado el notable vigor y resistencia de los ojos, uno puede conservarlos jóvenes aun a los ochenta y mientras viva.
He visto centenares de pacientes, de dos a noventa años de edad, quitarse los anteojos y recobrar la vista normal. Miles de gentes lo siguen haciendo todavía, aunque el Dr., Bates ha desaparecido, muchos bajo la dirección de los practicantes de este método, y muchos sencillamente después de leer los libros y folletos publicados por los médicos de esta escuela.
Sin embargo, el mundo está lleno de anteojos, de ceguera a medias y de ojos torcidos.
Durante mi propia práctica, he visto enderezarse los ojos torcidos, he visto desaparecer el astigmatismo, la vista de cerca y de lejos y cientos de anteojos han caído en desuso para no volver más. He visto curarse de casi ceguera.
Por tener fe completa y entusiasmo justificado en este método de tratar ojos deficientes, es por lo que escribo este libro; abrigo la esperanza de acabar, en todo lo que se pueda, con la ignorancia acerca del funcionamiento de los ojos, de su cuidado, y evitar así el abuso que sufren. Creo que si las gentes saben cómo se recobra y conserva la vista normal sin la ayuda de anteojos, tratarán de poner en práctica el método. Por eso escribí este libro tan sencilla y claramente como pude hacerlo, para que todo el mundo pueda leerlo y comprenderlo; quitarse los anteojos y ver de por sí claramente.
1 Muchos de estos inconvenientes que menciona el autor se superaron con la invención de los "pupilentes" o "lentes de contacto". Sin embargo, esto no invalida el método aquí expuesto, que va contra el uso de cualquier elemento extraño al funcionamiento natural del ojo. (N. del E.).
II. LAS REGLAS FUNDAMENTALES
Cualquiera puede hacerlo
Una de las más benéficas aportaciones de este nuevo método es probar a usted casi de inmediato que no es impotente ante su estado de vista defectuosa. Hay cosas que desde luego puede empezar a hacer.
Probablemente todo seguidor de este método alguna vez ha visto en su práctica lo que se llama una curación instantánea. Estos son casos de gentes que muy pronto se percatan del mal uso que hacen de sus ojos y que al comprender y practicar los ejercicios correctivos comienzan a ver claramente y sólo necesitan continuar usando sus ojos en la forma correcta.
Una joven llegó a mi consultorio cierto día quejándose de jaquecas, ojos doloridos y mucha fatiga después de usarlos. Le expliqué los tres principios básicos de la vista normal: parpadeo, cambio de foco y concentración, que se explican detalladamente en el capítulo cuarto.
Todo lo que ella necesitaba era que se le mostrara claramente lo que debía y lo que no debía hacer. Su apego a la disciplina de seguir los principios delineados hizo el resto. Barrió sus viejos hábitos malos y se mantuvo fiel a los nuevos. Esta curación inmediata fue posible porque la muchacha vino a verme tan pronto como se le presentó el malestar.
Las personas que todavía no han usado anteojos o que los han llevado por corto tiempo o cuyo grado de error es bien ligero y aun así han usado anteojos por poco tiempo, pueden aliviar sus males rápidamente y pronto recobrar la normalidad visual.
Aquellos que tienen un grado más alto de error o que han tenido "malos ojos" durante muchos años habrán de recobrar la normalidad más lentamente. Día tras día se van librando un poco más de los viejos hábitos malos y se implantan los nuevos hábitos normales, más o menos automáticamente, hasta que por fin quedan libres de toda dificultad.
Con frecuencia se ve que las gentes se rehúsan a desprenderse de los anteojos temiendo que su vista se resienta y hasta temen acabar ciegos.
Ejercicios básicos (práctica)
Por años enteros he venido observando la parte práctica de este método. Todavía no he visto que cause daño ninguno. En cambio, sí he visto cambios infalibles hacia la mejoría, aun en casos en que el paciente sólo tiene fe parcial en este método de actividad restauradora y de descanso. Y, como ya he dicho, he visto centenares de curaciones completas en aquellas personas que se desprenden de los anteojos tan pronto como es posible y con firmeza reeducan sus ojos.
Nada hay que temer. Lo peor que puede acontecer a usted es que su curación quede a medias debido a su propia falta de disciplina.
Si se queda sin anteojos, sólo ve usted imágenes borrosas. Inconscientemente pone usted sus nervios en tensión con el esfuerzo que hace por ver. Junto con esto, quizás, siente usted, cierto miedo, ¿o pánico?, ante el hecho de que sin anteojos puede ver bien poco.
En cambio, trate de aflojar sus nervios, después de quitarse los anteojos, soltando conscientemente todo el cuerpo. Déjelo suelto y suave como un trocito delgado de seda. Ahora, dándose cuenta cabal, con plena conciencia, haga descansar su mente, a manera de un lienzo, tiéndala lisa y llanamente, de modo que sus pensamientos resbalen por ella libremente.
Suelte los músculos de su cara al poner en descanso su lengua y todos los músculos que rodean la boca. Deje que las comisuras de los labios se levanten, apunten hacia arriba, en vez de apuntar hacia abajo.
Cierre los ojos. Líbrelos de toda tensión que pudiera rodearles. Libre de toda tirantez la bola del ojo. Piense que la bola del ojo es un cuerpo suelto, suave. Ahora imagine una sonrisa y hágala que se esparza, que se derrame por su cara mientras tiene usted los ojos cerrados. Imagínese que todo lo que le rodea es de contextura suave, blanda y enteramente negra.
Ahora abra los ojos y mire de nuevo. No trate de ver. Deje que la imagen, la idea u objeto que tiene delante, venga a descansar o posarse sobre su ojo y no que el ojo salga al encuentro de la imagen.
Cómo usar los ojos
Si ya ha logrado un buen grado de relajamiento corporal, su vista se habrá aclarado hasta cierto punto. Siempre es el esfuerzo de ver el que no le deja mirar.
El ojo normal parpadea con frecuencia. Jamás mira fijamente ya que el mirar fijo es hábito adquirido y una de las peores causas del forzamiento de la vista.
El ojo normal jamás está quieto. Constantemente se mueve; y sus movimientos son tan ligeros que apenas se da uno cuenta de que hay movimiento. Como nada de lo que usted ve está en cabal reposo, ya que en todo hay la vibración de forma; así, también su ojo tiene vibración. Piense en esto como algo libre y fluido. Si no tiene esa
sensación de soltura y libertad, su ojo no estará en movimiento pues se habrá formado el hábito vicioso de la fijeza.
El ojo normal no pretende abarcar de un golpe una gran superficie. Al leer, por ejemplo, jamás abarca todo un renglón, sino sólo una palabra; pero su movimiento es tan rápido que nos da la impresión de abarcar un gran espacio de un vistazo. Siempre que usted intente ver de un golpe una gran superficie, estará forzando sus ojos. Sosiéguese y deje a sus ojos en libertad y entonces verá sin ningún forzamiento.
Use los ojos como lo hace cuando escribe, sin forzarlos para ir adelante, sino siguiendo calmosamente toda palabra a medida que se escribe. Esta es la forma de leer, ésta es la forma correcta de mirar todas las cosas, un detalle cada vez y sin apresurarse a pasar al siguiente.
En realidad no ve usted con los ojos sino a través de ellos y con el cerebro. La pupila del ojo es en verdad un agujero vacío a través del cual pasa la luz; es la ventana a través de la cual mira el cerebro. La retina, que es la envoltura más intensa del ojo, recibe las vibraciones luminosas que le llegan a través de la pupila y las trasmite por medio de impulsos nerviosos a los centros visuales del cerebro. Así es como vemos.
Todo lo que esté delante del ojo está siempre dentro de él, pero no se le puede ver a menos que el cerebro capte la impresión.
La falta de soltura nerviosa no sólo pone en tensión los músculos y coloca al ojo fuera del enfoque perfecto, sino que interfiere con el funcionamiento cerebral.
Nada influye con más poder sobre la mente, no hay emoción que deje de afectar sus ojos un tanto, como esos signos manifiestos de estrecha conexión entre los ojos y las emociones, tales como las lágrimas que derrama la pena; el resaltamiento o empañadura del ojo cuando se está en poder de la rabia o bajo la impresión de un choque nervioso; o el "brillar de la lámpara en el interior del ojo" cuando uno está feliz.
Y ¿por qué no ha de ser así, puesto que el ojo, en parte, es una directa prolongación de los tejidos cerebrales? Y el cerebro, centro de todo el sistema nervioso, constantemente está en juego por medio de las emociones. Nada que afecte en lo general la salud puede dejar de producir resultados sobre sus ojos. De todos los errores cometidos al tomar en consideración las condiciones oculares, la más común es esperar que los ojos funcionen normalmente sin tomar en cuenta el estado general de salud corporal.
/Vitalidad escasa quiere decir debilidad ocular. Una infección aguda, tal como la gripe o cualquier otra fiebre, cualquier aguda condición tóxica, indica que sus ojos también están enfermos. ¡Y así se atreve usted a leer todo el santo día para despejar su mente de toda preocupación! La lectura es una de las más difíciles tareas que el ojo humano tiene que realizar y no se le debe imponer cuando uno esté enfermo.
Con frecuencia las gentes, después de penosa enfermedad, se dan cuenta de que tienen que usar anteojos, porque la vista les está fallando. Los ojos que son ayudados con vidrios durante esta condición de
debilitamiento, probablemente jamás se verán libres de los anteojos, ya que en tal estado son de fácil adaptación y se ajustan a los anteojos quedando así solucionado el mal uso.
Los enfermos graves no deberían leer nada. En tanto que los enfermos menos graves sólo deberían leer durante cortos periodos, cerrando con frecuencia los ojos por unos minutos, para descansar. Además, deberían parpadear con frecuencia, jamás fijar la vista, y nunca hacer cualquier esfuerzo por ver.
Las personas agobiadas por el cansancio, aquellas nerviosamente agotadas, no deberían leer en tanto no descansaran, ya sea durmiendo por unos quince minutos o descansando media hora con los ojos cerrados. Hasta entonces podrán leer con los ojos en soltura nerviosa y por cortos periodos de vez en vez, no sin hacer que los ojos descansen en los intervalos.
En la lectura es donde uno busca descanso. Y es descanso para la mente y para la parte emocional, pero la carga la llevan los ojos. El fenómeno de la vista se realiza por medio de la contracción activa y elástica expansión de los músculos, así como al ponerse en actividad las células visuales y pensantes del cerebro. La comprensión del punto leído requiere consumo efectivo de energía nerviosa. Ni el cuerpo ni el cerebro están en condiciones para realizar tarea tan ardua. Todo el organismo la paga y los ojos pagan su parte.
Especialmente esto se aplica a los niños. Sus ojos no están del todo desarrollados y son extremadamente sensibles al cansancio. Nadie ignora que los ojos de los niños deben quedar en descanso durante las viruelas» pero en otras muchas condiciones se olvida esta precaución. Como resultado de tal abandono centenares de gentes han tenido que ir por la vida con vista defectuosa.
Puede uno leer durante la convalecencia, pero los periódicos de lectura deben ser cortos y los ojos deben descansar tan pronto como empiecen a sentirse cansados. Tratando los ojos en esta forma sencilla e in-teligente, pronto se recuperan al mejorar la condición general de todo el cuerpo.
Las gentes nerviosas, aquellas personas que por su temperamento o por sus condiciones de vida están en constante tensión nerviosa, son las que primero empiezan a usar anteojos. Cuando se les adaptan cristales, sus ojos empeoran, puesto que los cristales no alivian su, cansancio ocular y aun dañan la vista al acostumbrar los ojos a malos hábitos.
Lo que estas gentes necesitan es aprender cómo se sueltan los nervios habitualmente y también cómo se usan los ojos apropiadamente. Bien podían vivir el resto de sus días sin molestias en la vista, con mayor fuerza y
resistencia, sin que jamás se hubieran visto obligados a aprender cómo soltar los nervios y cómo emplear los ojos con menos esfuerzo y con mayor rendimiento.
Las reglas
Hay cuatro reglas fundamentales en este método de recuperación de la vista normal.
1. Admitir el hecho de que sus ojos son como cualquier otra parte de su cuerpo que están equipados con suficiente vigor para recobrar la salud bajo la dirección apropiada. No son órganos independientes del resto de su cuerpo.
2. Comprender que la fatiga es la causa de la vista defectuosa, no el resultado de ella. El cansancio, no la malformación, ni la mala herencia, es lo que tienen sus ojos.
3. Comprender que, admitido lo anterior, descansar el ojo y librarlo así de la tensión nerviosa, es el primer paso hacia la recuperación de la vista normal.
4. Decisión de aprender a usar los ojos correctamente, recobrar los hábitos normales por medio de ejercicios reeducativos y de corrección que sustituyan los malos hábitos adquiridos y vuelvan a los músculos oculares la coordinación y fuerza necesarias.
Muchos son los libros que se han escrito acerca de la necesidad de descanso que tenemos en este mundo formado por nosotros. Probablemente hay tantos medios de conseguir el descanso como tipos humanos. Unos se inclinan por la diversión general, la lectura, la religión, el baile estético; el ejercicio físico, la respiración profunda, hacer el amor, la música y otras muchas fuentes de distracción. La fuente del descanso no es lo importante, ya que difícilmente un hombre estaría de acuerdo con otro acerca de sus gustos. Lo importante es que el descanso sea practicado habitualmente, que no sea ocasional sino habitual, para llegar finalmente a un estado de sosiego sin tensión nerviosa.
Excelentes son los resultados que he obtenido durante mi práctica por medio del descanso general así como del descanso particular del ojo por medio de un ejercicio, llamado el "giro largo", que describo ampliamente en el capítulo noveno.
III. CAUSAS DEL CANSANCIO
Una vez que se conoce la causa de un error, ya tiene uno el punto de partida hacia la rectitud.
En el método antiguo, la causa de toda dificultad, en todo caso, se atribuía a la defectuosa conformación del ojo. Dentro del método nuevo, los malestares de la vista se atribuyen al cansancio.
La razón por la cual se explica que la gente canse sus ojos es que sólo hay una forma correcta de usarlos. Todas las demás formas habrán de causar fatiga.
Hay dos clases de cansancio, el crónico y el agudo. El cansancio es agudo cuando se usan los ojos, por ejemplo, durante una severa condición tóxica, como viruelas, escarlatina, difteria, tonsilitis, gripe, catarro, neumonía, o cualquier enfermedad verdadera. Las gentes que se "pegan" a un libro cuando están metidos en cama a causa de un resfrío, están abusando de sus ojos tan despiadadamente como si sometieran sus cuerpos a las actividades usuales cuando es presa de fiebre a temperatura elevada. En cualquier caso se puede
escapar tan sólo con fatiga temporal, pero siempre es peligroso aventurarse.
También puede el ojo sufrir de fatiga aguda por un golpe dado a su superficie, o por calor excesivo, o por exponerse a la luz demasiado brillante, o por la presencia de cuerpos extraños que cayeran dentro del ojo, o por drogas cáusticas aplicadas al mismo. También hay cansancio por leer todo el día y su noche sin detenerse a descansar.
Todas estas condiciones afectan el funcionamiento del ojo; pero si los principios de higiene visual fueran aplicados en el tiempo de la condición aguda, los ojos muy pronto recobrarían la normalidad.
El cansancio crónico es más insidioso y por ello más difícil de vencer. Son incontables las formas en que el cansancio crónico puede afectar los ojos. Así las causas del cansancio crónico son muchas. Los estudiantes a menudo cansan sus ojos por el miedo que les inspira un maestro severo, o por la preocupación acerca de un curso difícil. El cansancio ocular se debe a menudo a iluminación incorrecta, o muy fuerte o muy débil; a postura incorrecta mientras se practica la lectura. Estos son errores muy comunes en los jóvenes y no muy escasos en los adultos. El impreso de tipo ordinario debe tenerse delante, como ya se dijo, de "35 a 40 centímetros de los ojos a fin de que la lectura resulte cómoda y con ello normal. Pues cuando el libro se tiene más cerca o se descansa sobre las rodillas, como frecuentemente se hace, el cansancio se produce inevitablemente.
Los ojos están íntimamente relacionados con otras estructuras de la cabeza y cualquier irritación presente — como jaquecas, malestar en las sienes y dientes careados— produce cansancio en los ojos. El vivir en atmósfera o ambiente poco armonioso también causa el constante cansancio ocular.
La autointoxicación debida a eliminación imperfecta, a un temperamento excitable por naturaleza, la fatiga crónica, el usar y sostener la vista en condiciones poco naturales (hecho a menudo por gentes que tienen la idea de que ello acentúa su personalidad) cualquier causa de tensión general, se traducirá en cansancio y mal uso habitual de los ojos.
A menudo se halla en el diagnóstico de un padecimiento ocular una combinación de dos o más causas. Sin embargo el ojo está maravillosamente hecho para soportar hasta cierto grado de cansancio durante años, sin que la vista aparezca defectuosa. Pero cuando el malestar llega a cierto límite, invariablemente el ojo queda abrumado por la carga, y la vista es imperfecta.
Cuando el uso de los ojos es normal, no hay esfuerzo al ver y el acto resulta enteramente automático. Pero tan pronto como se hace esfuerzo para ver, el cansancio se produce. Recuerde que los objetos de cualquier especie, las palabras de una página o un paisaje deben tener el efecto de venir hacia el ojo sosegado y no que el ojo salga tras de ellos.
El forzamiento de la vista se manifiesta como fatiga general, dolores de cabeza, ardor o inflamación de los ojos y aun de los párpados y naturalmente, empañamiento o disminución de la vista.
IV. TRES BUENOS HÁBITOS
Hay tres cosas, como ya he dicho, que todo ojo saludable hace: parpadear, concentrar su atención y cambiar de punto visual.
Parpadeo
El parpadeo es un rápido, ligero y fácil abrir y cerrar los ojos que hace con intermitencias todo ojo normal. La cantidad de parpadeo varía con los individuos y también varía con los usos a que el ojo se destine. Usted parpadea más, por ejemplo, cuando mira algo brillante que cuando mira algo de tono suave.
Con frecuencia, la línea divisoria entre los ojos normales y los anormales, está en el impulso a parpadear bajo determinadas condiciones. Si los ojos están dentro de la normalidad, habrán de parpadear; la supresión del parpadeo muestra la tendencia a la anormalidad.
El movimiento de los párpados durante el parpadeo es muy esencial en los ojos normales y para la buena vista. El líquido que conserva húmedos los ojos es producido por una pequeña glándula, llamada glándula lacrimal, situada bajo la porción externa del párpado inferior. Cuando uno parpadea este líquido lava la bola del ojo y la mantiene húmeda. Esta humedad tiene varias funciones.
1. Hay en este líquido cierto poder desinfectante y limpiador.
2. El brillo de los ojos y su habilidad de reflejar la luz, en gran parte se deben a este fluido de la superficie. 3. Este fluido es esencial a la córnea, que es la parte diminuta, traslúcida y frontera del ojo. Puesto que la córnea no tiene vasos sanguíneos, necesita que este líquido la conserve húmeda, sin el cual pueden presentarse las úlceras de la córnea.
4. Cuando partículas de materia extraña caen dentro del ojo, el fluido lacrimal tiende a hacerlas flotar, mientras que en el ojo seco tales partículas se pegarían encajándose.
5. En tiempo de frío, el parpadeo frecuente trata de conservar caliente el ojo. Todo ojo se siente muy incómodo cuando está expuesto al frío.
6. Cuando hacen fuertes vientos, o cuando el tiempo está muy seco, el parpadeo da comodidad y protección al ojo. En tales condiciones uno debe parpadear con frecuencia, casi constantemente, porque este líquido se evapora con rapidez.
7. En el corto intervalo del parpadeo, los músculos de la pupila tienen oportunidad momentánea de aflojar su tensión.
8. El parpadeo permite también que el ojo se mueva ligeramente, lo que deja que los músculos rectos hagan la pequeña cantidad de movimiento especial para su bienestar, puesto que el movimiento es necesario para la salud de todo músculo.
9. La circulación del fluido linfático en torno del ojo se activa por medio del parpadeo, y el ojo queda fortalecido por esta circulación buena, tal como cualquier otra parte del cuerpo queda beneficiada al mantenerse activas, en torno suyo, la circulación de la sangre.
El parpadeo no es una interrupción a la vista continua. Vista continua es la ilusión óptica que se produce dentro del ojo normal, auténtica en su efecto pero no por ello deja de ser ilusión.
Cuando una imagen cae sobre la retina, hay otra imagen posteriormente producida; o, en otras palabras, la imagen permanece en la retina por un corto periodo, pero más largo de lo que la imagen se conserva ante el ojo. Es como si la imagen de usted, sobre el espejo, quedara allí por un momento después de que usted mismo se hubiera marchado.
Así, no es necesario que el ojo esté viendo activamente todo el tiempo a fin de producir la ilusión de vista constante. En realidad, nada trabaja en el cuerpo más que a medias. Más de la mitad del tiempo de trabajo de todo órgano se consume en la reparación o reposición de su propio tejido y en la secreción de sus productos de desecho.
La frecuencia de las impresiones visuales que recibe el ojo es la de treinta a cuarenta imágenes por segundo, en la persona promedio. Así que puede comprenderse claramente que el parpadeo no interfiere la vista. Para el ojo es posible parpadear con tanta frecuencia como si estuviese cerrado la mitad del tiempo y sin embargo pudiera ver tanto como si siempre estuviese abierto.
Realmente, el parpadeo prolonga la cantidad de tiempo en que pudiera ver activamente, puesto que el dejar de parpadear constituye forzamiento y puede reducir el número de imágenes de treinta o cuarenta a veinte o menos imágenes por segundo.
No hay un serio instante en que el parpadeo interfiera la vista. Es un acto bueno, natural y constructivo que hace mejorar al ojo, puesto que si no ha estado parpadeando normalmente, hace que la acción de ver resulte mejorada.
No hay que confundir el pestañeo o espasmo del párpado es una contracción obligada e involuntaria y usualmente en ello se ponen en juego los músculos del ojo así como los que le rodean, espasmo que con frecuencia se halla asociada con alguna enfermedad nerviosa. El parpadeo es un movimiento ligero, fácil, ágil y escasamente perceptible que hace el párpado.
Si tiene usted formado el hábito de mirar fijamente las cosas, empiece por parpadear. Parpadee a conciencia y a menudo hasta que vuelva a recobrar el parpadeo inconsciente.
Concentración
El segundo hábito de la vista normal es tener el ojo y la mente en coordinación tal, que se fije al mismo y único tiempo sobre una sola porción pequeña. En otros términos, cuando usted mira algún objeto debe enfocar su atención, fijarla sobre una porción pequeña, sin que se disperse.
Por ejemplo, cuando usted mira una página impresa, no puede ver claramente toda la página. Si fija los ojos en la esquina superior derecha de la página, podrá ver claramente esa porción y el resto de la página, aunque está dentro del campo de su vista, lo verá con menos claridad. Para ver claramente la última palabra de la página tendrá que dirigir hacia ella sus ojos de manera que la vista caiga directamente sobre tal palabra.
Lo mismo resulta cierto si toma usted las palabras demasiado juntas. Para ver claramente la primer palabra de un renglón tendrá usted que mirarla directamente y para ver la última palabra de ese mismo renglón tendrá que poner el ojo en movimiento. Lo mismo pasa con la segunda palabra, la que no podrá ver claramente cuando está usted mirando la primera. El consiguiente cansancio habrá de manifestarse si trata usted de mirar en esta forma. Esto es verdad aun tratándose del menor espacio.
Hay en esto una razón básica de orden estructural. La única parte del ojo que ve las cosas perfectamente claras está en el centro de la retina y no es más grande que la cabeza de un alfiler. Este punto de vista perfecta está colocado en el ojo como un punto en el centro del fondo de un trasto cuyos bordes se levantan graciosamente. Este punto diminuto es el de vista fuerte y clara.
Tan pronto como usted se aparta de este punto, hay una tremenda reducción en la claridad de la vista. En vez de ello, la vista es borrosa y colateral. El empaña-miento va aumentando a medida que se aparta del centro y ya en las orillas hay sólo una percepción vaga de forma, color y movimiento. Ya no se tiene vista directa, sino que es borrosa y colateral.
Puesto que sólo este punto, llamado mácula lútea, es el de perfecta visión clara, sólo una porción bien pequeña es la que se puede ver claramente y de una vez. Pero el movimiento de cambio es tan rápido que nos produce la ilusión de estar viendo una porción bien grande.
Las imágenes al caer sobre la rnácula lútea son llevadas rápidamente a los centros visuales del cerebro, una después de la otra y con tal rapidez que hay de treinta a cuarenta —y algunas veces mayor número— imágenes por segundo, produciéndose así toda la imagen completa dentro del cerebro.
Esa habilidad que tiene el cerebro de recibir imágenes sucesivas y así producir la ilusión de que se está viendo todo un objeto o una considerable porción, es un hecho tan impresionante como bello; pero es la causa de que tengamos dificultades. Llega uno a creer que el ojo de por sí puede ver claramente una gran área y aquí es donde empieza el mal uso de los ojos, porque cualquier intento de abarcar un gran espacio, es usar mal los ojos, puesto que quedan desafocados.
Por "gran espacio" quiero decir el ver dos palabras o más al mismo tiempo. El ojo saludable y normal por costumbre sólo ve una porción pequeña cada vez. La mente y el ojo se coordinan perfectamente sobre cada palabra o punto de observación sin esfuerzo ni impulso de ver más, justamente se hace lo mismo que cuando va uno escribiendo: ver palabra por palabra.
Si la práctica de ver un gran espacio cada vez que se usan los ojos persiste por periodo bastante largo, se pierde la habilidad de enfocar con perfección y entonces la única vista posible es la del área colateral, siempre borrosa. Entonces es necesario volver a adiestrar el ojo y la mente para que vean sólo una porción pequeña a fin de recuperar la concentración o fijeza central sin la cual la vista no puede ser clara ni normal.
Puede uno leer indefinidamente sin excesivo cansancio o daño para los ojos si se les deja sueltos y la vista está bien enfocada. Pero si se tiene en cuenta el campo de vista lateral, los ojos están siendo forzados y no tarda en presentarse la fatiga resultante y la pérdida en eficiencia.
El hecho de que el ojo vea claramente sólo una porción pequeña en cada ocasión jamás podrá ponderarse en demasía. En el reconocimiento de este hecho descansa la coordinación de la mente con las limitaciones estructurales del ojo, sin las cuales no puede haber vista normal.
Si siempre se tiene en cuenta este hecho de vista enfocada y mentalmente se cierran los ojos a todo espacio excedente, logrará establecerse el hábito valioso de la concentración visual y la eficiencia de los ojos irá en aumento.
El tercer hábito benéfico para los ojos normales es el cambio. Esto parece estar en oposición con el segundo hábito que consiste en la localización de su mirada, pero en realidad no hay tal oposición. Usted debe concentrar su mirada, pero también debe cambiar constantemente de punto de vista.
Si no hay tal cambio, la vista es fija y la fijeza, como ya lo he dicho, es una de las peores y más comunes causas del cansancio ocular. El cambio es una función normal y por lo mismo se ejecuta inconscientemente. La frecuencia con que sus ojos cambian de punto visual varía de acuerdo con lo que se mira. Por ejemplo, mirar un libro o mirar un partido de tenis. El libro está quieto y los ojos no tienden a moverse, mientras que la pelota de tenis y los jugadores están en constante movimiento y los ojos deben moverse continuamente para seguirlos. Mas en todo caso el cambio de punto visual debe ser tan frecuente como sea posible. El tiempo necesario para que una imagen se registre sobre la retina es de 1/150 de segundo, lo que permite una gran frecuencia en el cambio sin pérdida o interrupción en la vista.
Las gentes que tienden a ver un espacio demasiado grande, y todo ojo anormal tiene esta tendencia, saldrían ganando tanto en vista como en comodidad si con frecuencia cambiaran de punto visual en forma consciente. Sin anteojos, mire una palabra y después mire la palabra a tres o cuatro espacios más adelante, después regrese la vista y mire la primera. Hágalo varias veces hasta que ambas palabras aparezcan bien claras. Afloje todos sus músculos y nervios mientras hace este ejercicio.
O, si su vista es buena, mire a la Luna y, parpadeando con frecuencia, cambie de vista de un punto a otro de ella. Haga esto un buen número de veces y la Luna se destacará más claramente y aparecerá en su forma verdadera, como un sólido cuerpo esférico y no como un disco plano.
El cambio de punto visual es a la vez voluntario e involuntario. El cambio voluntario es el movimiento de los ojos dirigido por la voluntad y de un lugar a otro. El cambio involuntario es continuo, automático y muy ligero. Este movimiento no es visible y se cree que corresponde en frecuencia con la cantidad de imágenes que se producen en la retina.
Mientras que el cambio voluntario es fácil y frecuente, el cambio involuntario es normal, pero si algún cansancio se produce por el cambio voluntario, el involuntario llega a ser anormal también y se suma el cansancio que produce a la fatiga ya existente.
Siempre hay en todo músculo un ligero temblor, puesto que el tono muscular no es un factor constante sino una rápida sucesión de contracciones que producen un tirón muscular relativamente firme. Y, puesto que los ojos se mantienen en su puesto por medio de los músculos y todo enfocamiento es producido por estos músculos, los ojos están por naturaleza sujetos a todas las condiciones que el funcionamiento de los músculos les imponga. Por lo tanto, los músculos oculares tienen este pequeño temblor que todos los músculos producen, algo incidental a su funcionamiento normal.
Usted se dará cuenta de este movimiento al mirar las estrellas que parecen pestañear, pero en realidad no lo hacen, ya que su luz es constante. La ilusión del pestañeo se produce por el temblor fino del ojo que al abarcar esta gran distancia no tiene la suficiente amplitud para llevar el punto de vista clara a través de la estrella, y el pestañeo es, en realidad, producido por destellos de vista, a medida que el ojo se adelante o retrase; en otras palabras, de acuerdo con el compás del temblor.
Cuando el ojo está descansando, el cambio de foco es voluntario y frecuente, más el movimiento es corto en alcance; el ojo con nervios y músculos en tensión puede hacer un movimiento más largo, pero es necesario conseguir el sosiego y la normalidad para que el ojo haga sus cambios en condiciones de serenitud y sobre un espacio bien corto.
Esta es una verdad aplicable a todos los músculos —mientras más fino sea el movimiento, más educado y más sosegado deberá estar el músculo. Cuando el ojo esta cansado y la vista es anormal, la práctica del cambio de punto visual, con frecuencia e invariablemente, proporcionará alivio y mejoría a la vista.
El ejercicio para conseguir tal cosa se hace enfocando precisamente sobre cada palabra y en forma consciente cambiar de foco a la siguiente. Por medio de unos minutos diarios de práctica se logra establecer el hábito inconsciente.
El cambio normal de punto de vista es absolutamente esencial para la normalidad de la vista. El dejar de ver está en proporción directa con la pérdida de movimiento.
V. ¿CUAL ES SU MOLESTIA?
Casi el veinte por ciento de los pacientes que acuden a mi consultorio solicitando el examen de la vista no necesitan un tratamiento especial sino consejos o tratamiento de alguna otra molestia cuyo derivado es la vista que falla o los ojos doloridos. A la mayoría se le han adaptado anteojos, pero sin un buen resultado natural ya que el ojo no es la causa real de su malestar.
Más del treinta por ciento de mis casos tienen padecimientos físicos que rodean su malestar de la vista, lo que activa y ostensiblemente está afectando sus ojos.
El cincuenta por ciento restante tiene molestias en los ojos que pueden ser curadas completamente al constreñirse a un tratamiento sólo de los ojos.
Cuando usted se dé cuenta de que su vista es imperfecta, antes de decidirse a usar anteojos, ocurra a un médico digno de confianza para que le haga un examen general. Es una mejor inversión el tratar de volver su salud al nivel natural que invertir su dinero en anteojos y pasar el resto de su vida inválido y muchas horas de su precioso tiempo, de rodillas y tentaleando, para encontrar los anteojos caídos.
El siguiente es un caso típico de ese veinte por ciento que no necesita tratamiento para los ojos. Hace unos cuantos años vino a verme un joven quien se había venido tratando de los ojos con los mejores oculistas y cerca de diez años. A pesar de todo, se había visto obligado a interrumpir sus estudios, tres años antes de consultarme, porque padecía de jaquecas intensas las que se le presentaban cada vez que se dedicaba a la lectura.
Al examinarlo encontré sólo el caso de un par de ojos aquejados por un alto grado de simple cansancio. Había cierto grado de congestión en el revestimiento de los ojos, por lo que se le enrojecían ligeramente, pero su vista era casi perfecta; en realidad, dentro de un cinco por ciento de lo normal.
Me contó que su salud era buena y, como no tenía razón para dudar de sus palabras, sin examen más detenido, le indiqué un tratamiento ocular para aliviar el cansancio. En tres semanas sus ojos probaron estar perfectamente normales en todo sentido; la sensación de cansancio había desaparecido- cuando no leía, pero si lo hacía por cualquier periodo de tiempo, todos los síntomas volvían a aparecer.
Al ver que sus ojos probaban estar normales y sin evidencia de cansancio aparente, comprendí que era necesario examinar al paciente en busca de otro malestar que no fuera ocular. Al examinarle la cabeza encontré tres dientes sin vida y un estado catarral crónico. Los dientes fueron extraídos y nariz y garganta recibieron tratamiento. Estas prácticas ayudaron a los ojos hasta el grado de que podía usarlos sin molestias, pero todavía no podía usarlos con resultados normales y saludables.
El siguiente paso fue dado en el sentido de mejorar su salud en general y aumentar el vigor de sus músculos. Se dio principio a un cuidadoso régimen dietético y se tuvo buen cuidado de vigilar la eliminación. Esto también hizo que mejorara su estado pues se sintió mejor y pudo hacer mayor cantidad de trabajo. Pero no estaba curado. Todavía se quejaba de fuertes dolores de cabeza. Tuvimos que tomarle una radiografía gastrointestinal. Por medio de ella vimos que tenía caído el transverso y el colon era lento en sus funciones.
Se dio principio con una serie de irrigaciones de Schellberg para tonificar el colon y aumentar la eliminación. Pronto vio el paciente que podía leer sin molestias todo lo que quisiese. Regresó al colegio para completar sus estudios y estuvo perfectamente de los ojos y de salud mientras era normal la condición de su colon. De esto hace cinco años, por lo que resulta seguro el suponer que su estado de mejoría es permanente.
La condición tóxica debida a la ineficaz eliminación envenena los ojos y seriamente afecta su funcionamiento. Para verse libre de venenos, tiene que haber diariamente una evacuación completa.
La importancia de la mente y del sistema nervioso en el funcionamiento de los ojos jamás puede ponderarse en demasía. Cuando se halla uno en medio de un torbellino mental, el cansancio de los ojos siempre se manifiesta, no sólo por la inevitable tensión muscular sino porque el cerebro afligido no es capaz de hacer la interpretación normal de los impulsos que le llegan por medio del nervio óptico. El miedo en grande, la preocupación o la pena pueden deprimir tanto al sistema nervioso central, así como a la mente, que no es posible usar los ojos con toda naturalidad, a menos que a uno le hayan enseñado cómo ven los ojos y lo que puede uno hacer en casos aflic-tivos para protegerlos.
Uno de los ejemplos más comunes del efecto de la pena, queda demostrado por los niños. Muchas veces puede el niño leer cuentos o usar sus ojos en casa durante horas enteras sin sentir dolor de cabeza porque en ello encuentra felicidad, se siente seguro, su mente está libre de todo cuidado o temor. Pero déjelo que use sus ojos en la escuela lo que le pone nervioso o en trabajos de casa que requieren algo que él teme no poder hacer y entonces siente dolor de cabeza. Este niño lo que necesita es que se le preste atención y se le ayude con su trabajo escolar, y no un par de anteojos. Enséñesele a comprender su trabajo y a gozar en el vencimiento de las dificultades; pero no se le impongan anteojos. Sus dificultades no son con los ojos, sino con el miedo.
Jamás se impongan anteojos y se obligue a los ojos a la deformidad tan sólo porque se está atravesando por experiencia angustiosa e intensa. Que sus ojos no lleven la peor parte; porque “peor parte" es la que llevan cuando se pasa toda la noche con los ojos abiertos y durante esas horas largas de vigilia es cuando se tienen
esos magníficos músculos oculares, tan sensibles, en completa tensión, tirando de los ojos hasta ponerlos fuera de la normalidad.
El mero cerramiento de los ojos para dormir no es suficiente para la persona que vive angustiada. Dándose cuenta, a toda conciencia, suelte los músculos de la cara y de los ojos, deje la lengua suelta, primero que nada. Repita el procedimiento hasta que sienta que los músculos están libres, suaves. Vuelva la cabeza lentamente, de un lado para otro. Vea sólo negrura suave, sueltamente.
Antes de irse a la cama, y en la noche que no pueda dormir, haga el ejercicio giro largo que describimos más adelante hasta que esté bostezando y con todo el cuerpo suelto. Hágalo tantas veces al día como pueda y en cada vez prolónguelo por todo el tiempo que cómodamente pueda.
Cuando haya remediado la condición general de su salud y cuando sepa que no está usted bajo desusada tirantez emotiva, entonces es tiempo para tomar en cuenta los ojos en sí mismos. Pero recuerde que muchas gentes que están en buenas condiciones para ocuparse en sus actividades habituales que no sienten dolores o no tienen temperatura anormal, están sin embargo en condiciones que se alejan mucho de la normalidad y que su habilidad de vivir una buena vida está bien lejos de lo que debiera ser.
Alguien les dice que su habitual tirantez probablemente se deba a cansancio de los ojos y les sugiere ver al especialista para que les adapten anteojos. Esto es empujar a las gentes a meterse en un arenal sin fondo. Lo que la persona necesita es que se le pregunte ¿Qué es lo que come? ¿Cómo va la eliminación?¿Cuánto tiempo es lo que duerme? ¿Cuál es su preocupación actual? ¿Le gusta su trabajo? ¿Su vida emotiva es correcta? ¿Qué tanto se divierte?
Cuando estas preguntas han sido contestadas honradamente, ya se tiene un inteligente punto de partida hacia la solución de sus problemas. No son anteojos sino mejores condiciones de vida lo que sus ojos necesitan. Es imposible estimar en demasía la importancia del sueño y del descanso de los ojos.
Ahora, ya que usted mismo se ha diagnosticado en cuanto a dieta, eliminación, estado mental y emotivo, ¿qué le aflige?
Quizá se trate de simple cansancio ocular, cosa de la que puede librarse fácilmente. O quizá es algo más. En los siguientes capítulos todos los padecimientos ordinarios de sus ojos son tratados en detalle, desde el sencillo cansancio ocular hasta el glaucoma.
Si no vive usted cerca de algún practicante de este método de curación ocular, estos capítulos le servirán de guía. Los conocimientos aquí consignados, así como los ejercicios, beneficiarán los ojos, cualquiera que sea la condición, puesto que este método es un regreso al uso normal de los ojos.
Tenga presente que sus ojos, como cualquiera otra parte de su cuerpo, puede restablecerse. Usted tiene que hacer con los ojos lo que con cualquier otro músculo que no está equilibrado —dejarlo descansar y gentilmente, pero con firmeza, ejercitarlo para que vuelva a la normalidad.
Las reglas para la vista normal son sencillamente las mismas leyes naturales que los ojos sanos deben seguir. Los ejercicios están basados sobre estas reglas para que los ojos vuelvan a recorrer las viejas sendas de las leyes naturales.
VI. COMO SE DEBE LEER
Malos hábitos de lectura
Lo mismo que con cualquier actividad del cuerpo, hay una forma de funcionamiento que es normal, y todas las demás son anormales. Esto también es cierto acerca del funcionamiento de la lectura.
A las luces de los actuales conocimientos sobre anatomía y fisiología del ojo, muchas cosas que antiguamente considerábamos como dañinas a los ojos, ahora sabemos que son benéficas en realidad. La impresión fina se consideraba como mala para la vista. Hoy tenemos mejores impresos, de tipo más grande y de tinta más negra sobre papel más blanco y disponemos de mejor iluminación para leer. Sin embargo, el número de gentes que experimentan malestar durante la lectura o que tienen un límite para leer porque sus ojos se sienten fatigados, aumenta cada día a gran prisa.
La explicación es que mientras hemos estado "corrigiendo" en sentido equivocado, hemos dejado pasar por alto la verdadera causa del malestar. No son mejores cosas para ser vistas lo que necesitamos, sino una mejor forma de ver.
Las mayorías se han formado malos hábitos de lectura, tales como: Leer con el libro sostenido o muy lejos o muy cerca.
Leer con el cuerpo en posición forzada e incómoda. Por ejemplo, con la cabeza colgando hacia adelante o con los hombres y brazos muy rígidos.
Leer con luz insuficiente o con demasiada iluminación.
Leer con destellos de luz brillante que se refleja sobre objetos sobre los cuales no se está enfocando sino que están dentro del campo visual.
Leer cuando se está enfermo o muy cansado. Leer cuando debiera uno estar durmiendo.
Leer cuando se tienen los nervios en tensión por prisa, miedo o pena. Esforzarse en leer algo empañado o mal impreso.
Entrecerrar los ojos a fin de ver mejor.
Leer papeles de color impresos con tinta en contraste poco armonioso.
Leer en papel muy brillante. Tales papeles causan fatiga si no están iluminados con propiedad. La luz directa sobre los mismos causa deslumbramiento y el consiguiente cansancio ocular.
Leer cuando no es posible mantener lo impreso razonablemente fijo, como en tranvía o en automóvil. Consejos prácticos
Para que desde luego empiece usted a usar sus ojos en forma más normal y así disfrute y entienda más claramente lo que sigue, lea este libro como se indica:
1. Siéntese en posición erguida y con el cuerpo suelto. La postura debe ser tan fácil que no haya órgano o tejido que reciba inmoderada presión o tirantez.
2. La cabeza debe estar también casi completamente erguida. Podrá estar ligeramente inclinada pero no se le permitirá que cuelgue. Cuando la cabeza cuelga hacia adelante, todos los tejidos del cuello y de los hombros están recibiendo tirantez anormal, la circulación de la cabeza es desigual y el cansancio producido en los ojos se debe a la interferencia con los centros nerviosos que controlan las funciones de los ojos.
3. El libro debe mantenerse de 35 a 40 centímetros de los ojos y tan cerca del cuerpo que los brazos descansen contra el mismo; los párpados deben cubrir la mayor parte del globo del ojo, impidiendo la entrada de toda luz que no se necesité y otras impresiones visuales que pudieran distraer la atención: los músculos de los párpados deberán estar sueltos y descansados. Cuando queden ligeramente separados, el parpadeo, que debe ocurrir una o dos veces en cada renglón, se hace en menor tiempo, debido a la distancia relativamente corta que tiene que recorrer. Esto no interrumpe en ninguna forma la corriente de impulsos sobre el nervio óptico con dirección al cerebro.
4. La luz debe ser adecuada y no demasiado fuerte. La iluminación general del cuarto debe ser buena y ligeramente más fuerte sobre el libro. La luz se colocará a un lado y a espaldas del lector de manera que el reflejo de las páginas no hiera los ojos. La luz refleja, las bombillas de cristal no esmerilado, o los objetos brillantes no deberán estar dentro del campo visual, porque la fatiga de la retina se produce por toda luz brillante que la hiera fuera del punto en que esté enfocada.
5. Lea de modo que cada palabra se tome seguidamente, una tras otra, como cuando uno escribe. No se adelante. Si toda la frase o una línea entera se abarcan de una mirada, los ojos se cansan. La mejor manera es retener en la mente lo que se ha leído e ir agregando cada palabra nueva. Cuando se hace esto, el ojo se
mueve fácil y continuamente y se evita la fijeza y el cansancio.
Quien lee un libro de tamaño común en una hora o dos, está abusando de sus ojos y tarde o temprano habrá de tener molestias con ellos. Debe uno leer cada palabra o, si no está interesado en el párrafo o en cierta parte del capítulo, lo habrá de omitir por completo. El "devorar" la página siempre cansa porque se usan los ojos cuando están parcialmente enfocados. Si esta práctica es continua, se pierde la habilidad de enfocar bien y la vista es opaca o confusa.
6. Todas las funciones, sean del cuerpo o de la mente, se realizan por medio de energía nerviosa. Cuando se las ejecuta fácil y normalmente, la cantidad de energía consumida es pequeña. Cuando el sistema nervioso está exhausto, bien por enfermedad o por falta de sueño, es mejor dejar de leer o abstenerse de hacerlo lo más que se pueda. Aunque la lectura es un solaz comparada con la mayoría de otras actividades, no por ello es sustituto del sueño y del reposo absoluto.
Recapitulando: para leer con la mayor ventaja, siga las siguientes indicaciones: 1. Siéntese en forma apropiada.
2. Mantenga la cabeza equilibrada sobre el cuerpo, sin colgar.
3. Sostenga el libro en alto, en dirección de los ojos, no colocado perezosamente sobre las piernas. De 35 a 40 centímetros es la distancia más apropiada para poder leer perfectamente.
4. Arregle la luz. Tenga bastante luz sin brillo o puntos brillantes que puedan cansar sus ojos.
5. Lea fácil y deliberadamente, palabra tras palabra. No salte ni devore lo impreso. En esta forma, educa sus ojos para obrar normalmente cuando leen y así evita el adquirir malos hábitos.
6. Lea sólo cuando se sienta capacitado para hacerlo. Cuando esté enfermo o tenga los ojos cansados, como a enfermo o cansado preste su consideración.
VII. LOS OJOS Y LA LUZ
Una palabra acerca de los ojos y la luz antes de que entremos a ocuparnos en las molestias específicas de los ojos. Cuando se dispone de la cantidad apropiada de luz, el ojo normal puede ver sin forzamiento. En la ausencia de luz, el ojo nada puede ver y debe quedar en perfecto descanso.
Cuando la luz es baja, la pupila aumenta en tamaño para permitir que entre más luz al ojo, igual que el
obturador de la cámara fotográfica; cuando la luz es muy brillante la pupila disminuye su tamaño para impedir la entrada al exceso de luz. Así vemos que el ojo es capaz de adaptarse ampliamente a los variables grados de luz.
La actividad del iris al cambiar y mantener el tamaño de la pupila y el estímulo de los elementos visuales sobre la retina depende de la luz para su funcionamiento, por lo que resulta importante que las condiciones de iluminación sean favorables.
La luz del sol es muy beneficiosa a los ojos. A la vez los hace descansar y los estimula. La gente que siempre vive encerrada y no expone sus ojos a los rayos del sol, notará que sus ojos se van debilitando gradualmente. Los animales que viven en la oscuridad o en la penumbra son casi ciegos o, al menos, tienen una vista muy pobre en comparación con aquellos que viven a la luz del sol. Es un hecho bien sabido que las muías que se utilizan en las minas profundas de Gales se vuelven ciegas al vivir bajo tierra y con luz artificial únicamente; mientras que los pájaros, que despiertan con el sol y van a dormir cuando el sol se ha puesto, gozan de una vista notablemente buena.
Más es necesario saber cómo emplear la luz del sol para sacarle el mayor provecho. El exceso de sol sobre los ojos puede producir daños mayores.
Quizá los ojos le duelan cuando sale usted directamente al encuentro de fuertes rayos de sol, al cambiar, por ejemplo, de la luz opaca de un teatro a la luz brillante de la calle en tarde bien soleada. Esto no quiere decir que tenga usted débiles los ojos. Siente usted dolor o sensación de cansancio porque la pupila necesita cerrarse para proteger el ojo de la brillantez repentina y ello requiere considerable tiempo. Con frecuencia, dos o tres minutos son los que se necesitan para cambiar de la luz brillante a la luz menos intensa, o al contrario. La brusca contracción del músculo que mueve el iris es dolorosa. Pero si, al salir a la luz brillante, dirige usted la vista hacia abajo durante los primeros dos o tres minutos, mientras cambia el tamaño de la pupila, los párpados y las pestañas protegerán el ojo de la luz excesiva hasta que el acondicionamiento sea completo y pueda pasar de la relativa oscuridad a la luz brillante sin la menor molestia.
Por otra parte, el agrandamiento del iris por la soltura del músculo, no es nada doloroso. No importa Cuan repentinamente se cambie la oscuridad, porque en ello no habrá dolor. Por ejemplo, cuando entra usted a un teatro oscurecido, no puede ver porque el tamaño de la pupila es demasiado pequeño para luz tan escasa y hay que dar tiempo a la pupila para que se agrande lo suficiente para permitir que cantidad mayor de esta
semioscuridad penetre al ojo. Pero no se presenta el dolor. Y, cuando el cambio se ha efectuado, puede usted ver claramente.
Los ojos pueden fortalecerse para la tolerancia luminosa por medio de una juiciosa exposición a la luz. Una de las maneras más eficaces y sencillas de fortalecer los ojos consiste en exponerlos a los rayos del sol en la siguiente forma:
Cierre ligeramente los ojos mientras se tiene la cara vuelta directamente al sol. Conservando los ojos cerrados; lentamente haga girar la cabeza de lado a lado. Continúe el ejercicio por cuatro o cinco minutos. Luego, cuando los ojos están gratamente descansados por el calor del sol y por el movimiento de la cabeza, se les puede abrir, pero sólo momentáneamente, mientras se vuelve la cabeza a un lado. Los ojos no deben mirar directamente el sol pero pueden mirar sus cercanías. No haga esfuerzo por ver, y abra los ojos sólo en parpadeo. Mientras se continúa este ejercicio y los ojos se acostumbran al aumento de luz, la mirada se va dirigiendo cada vez más cerca del disco solar.
Al hacer esto con regularidad en días consecutivos, al mismo tiempo que se va prolongando gradualmente el tiempo de exposición, cualquier par de ojos puede fortalecerse y mejorar su vista.
El ojo está admirablemente equipado para protegerse y funcionar en condiciones muy variables de luz. Cuando se usa el mecanismo de protección natural, tal como se ha indicado, la luz acabará por producir placer y no dolor a los ojos.
VIII. LA JAQUECA Y LOS OJOS
La jaqueca se considera con frecuencia como síntoma de ojos enfermos
Más de veinte son las condiciones bien conocidas del cuerpo que pueden causar jaqueca. El diagnosticar con precisión la causa de determinada jaqueca con frecuencia pone en aprietos al más hábil diagnosticador. A pesar de ello, los maestros de escuela primaria, las enfermeras, los oculistas y los amigos en general, se sienten en lo justo al aconsejar a las gentes que tienen dolor de cabeza el que usen anteojos. El hecho de que miles de personas que ya usan anteojos todavía cargan en el bolsillo una cajita de aspirinas para las frecuentes jaquecas que les acometen, aún no ha producido la suficiente impresión para evitar el uso pernicioso de recetar anteojos para el dolor de cabeza.
Los niños son los que más sufren por este ignorante y acomedido punto de vista, puesto que los anteojos necesariamente habrán de interferir con el desarrollo normal de las criaturas a quienes se empuja
deliberadamente hacia la anormalidad. En verdad, como ya lo tengo dicho, el imponer anteojos a los niños es dañar seriamente sus ojos.
Cuando vuelva a tener jaqueca, es indicio de que necesita los servicios de un médico de reputación buena. Desgraciadamente, muchos médicos consideran el dolor de cabeza como un síntoma desconcertante y por ellos se inclinan por "probar anteojos" en vez de emprender la difícil tarea de localizar la verdadera causa del malestar. Por eso busque un médico digno de confianza y estudioso antes de dar pasos hacia el consultorio del oculista.
Es indudable que los ojos, a veces, causan jaquecas, pero no con tanta frecuencia como se supone. En realidad, los ojos en muy raras ocasiones son los causantes del dolor de cabeza. En los pocos casos que se presentan, cuando en verdad son ellos la causa del malestar, el alivio infalible se realiza cuando al paciente se le dan instrucciones acerca de los principios de la vista normal. Si la jaqueca no se cura por este tratamiento, puede uno estar absolutamente seguro de que no son los ojos, sino alguna otra parte de la cabeza o del cuerpo, la causante del dolor de cabeza.
Historias de casos
Hace unos cuantos meses vino a verme una joven con la triste historia de jaquecas severas durante los dos últimos años. En este lapso se había sometido a varios exámenes de la vista y ahora usaba anteojos pero con muy ligero alivio para su jaqueca. Al examinar sus ojos cuidadosamente nada pude ver en ellos que causara la jaqueca.
La situación era delicada, puesto que a la enferma la envió otro médico que esperaba que yo me concretase únicamente a los ojos. Sin embargo, le hice un interrogatorio acerca de su salud en general, de su dieta, eliminación, cantidad de sueño, tipo y extensión de sus actividades, porque comprendí que esta señora necesitaba usar anteojos y que la causa de sus males no radicaba en los ojos. Logré descubrir la causa. Un cambio sencillo pero completo en su régimen alimenticio la curó de las jaquecas y también le permitió quitarse los anteojos y prescindir de ellos.
Desgraciadamente, en muchos casos, los anteojos alivian la jaqueca lo suficiente para hacer creer al paciente que son los ojos la causa de sus males. De cómo puede uno llegar a equivocar la dirección, se ilustra por medio del siguiente caso:
Un joven negociante que usaba anteojos y que padecía frecuentes jaquecas vino a verme para que le
examinara la vista. Por años había venido padeciendo y casi agotó todos los medios para encontrar alivio. Creía que los anteojos le beneficiaban, puesto que las jaquecas se le presentaban más intensas y más frecuentes cuando no los llevaba puestos. A la vez comprendía que algo más radical se podía encontrar puesto que sus negocios se resentían ante su condición de enfermo.
Al examinarle la vista sólo encontré una cantidad moderada de cansancio y un grado pequeño de vista cercana. Cumplió con su tratamiento de tres semanas, de acuerdo con los principios de este libro, y se quitó los anteojos, viendo ahora clara y normalmente. Pero aún se le presentaban las jaquecas, un poco menos molestas y
frecuentes como cuando usaba los anteojos, antes del tratamiento.
En vista de que sus ojos funcionaban ahora normalmente y que yo estaba satisfecho de que sus dolores de cabeza nada tenían que ver con los ojos, le sugerí que se hiciese examinar por rayos X los dientes y los senos frontales. Ninguna molestia sentía en estas partes y sin embargo los rayos X revelaron que tenía dientes impactados. Una vez extraídos éstos, todos los síntomas desaparecieron y el paciente se vio libre por fin, de anteojos y de dolores de cabeza.
Para ilustrar un poco más la necesidad de un diagnóstico cuidadoso de las jaquecas, el siguiente caso puede servir para realzar un punto adicional de suma importancia: