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Escatologia Cristiana

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Academic year: 2021

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© 1994, CAPARRÓS EDITORES S.L. Moratín 5 • 28014 MADRID tel 4200306 • fax 4201451

Portada: José Antonio Sobrado Maquetación: Mª Corazón Cámara

Imprime: ISBN: 84-87943-16-O

Depósito Legal:

Impreso en EspaZa - Printed in Spain

Emiliano Jiménez Hernández

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¡ALELUYA! ¡MARANTHA!

Escatología Cristiana

CAPARRÓS EDITORES

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Introducción ... 9 ¡Aleluya! ¡Maranatha! ... 19 Indice ... 217

Y oí el ruido de una muchedumbre inmensa. Y decían: "¡ALELUYA! Reina el SeZor, nuestro Dios, dueZo de todo. Alegrémonos y gocemos y démosle gloria, porque llegó la boda del Cordero, Y su Esposa se ha embellecido y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura".

Ap 18,6-8

El Espíritu y la Esposa dicen: "¡MARANTHA!"

(4)

Y el que escucha, diga: "¡MARANATHA!". Y el que da testimonio, dice: "Sí, vengo pronto". AMEN. VEN, SEYOR JESUS.

Ap 22,17.20.

INTRODUCCIÓN a) Nos han cerrado el cielo

Nuestra sociedad es fruto de los tres "maestros de la sospecha", los tres falsos profetas de nuestro tiempo, Marx, Freud y Nietzsche, que nos han cerrado con compuertas de plomo el cielo y la esperanza. El hombre actual recoge, amalgama o confunde las críticas de estos espíritus, eliminando a Dios de nuestro mundo y, con Él, la esperanza del mundo futuro. El hombre del ocio, engendrado por la civilización de los mass media –prensa, radio, televisión, cine– exige "panem et

circenses", que le divierten y distraen de sí mismo y más aún de Dios y de la aspiración al "pan del

cielo". El hombre del progreso y de la técnica, perdido en el laberinto de la gran ciudad

tecnopo-lita, es absorbido por los ordenadores, que le codifican, haciendo de él una computadora de

horarios y funciones, sometido a la esclavitud del consumo de lo que la publicidad le presenta como imprescindible para vivir el paraíso en la tierra, sin tiempo ni posibilidad de alzar los ojos al cielo. Reducido a la tierra, a este hombre sólo le queda la posibilidad de dar culto al cuerpo o a la

ecología.

Hoy, ¿quién habla o piensa siquiera en la vida eterna? Vivimos en un mundo secularizado, angustiado por lo inmediato, lo provisional. ¿Quien piensa en algo más allá de lo que tocan sus manos o la prolongación de ellas: la técnica? En un mundo científico, ¿quién se atreve a pensar en lo que se sustrae a la verificación de los laboratorios humanos? ¿No es intemporal sinónimo de ideal, es decir, irreal? ¿No parece una fábula del pasado hablar de vida eterna? ¿No ha sustituido la ciencia a la fe, la seguridad social a la esperanza y la organización estatal a la caridad? La cruz, la santidad y la vida eterna, ¿no suenan a necedad? ¿Qué cristiano o predicador se atreve hoy a escandalizar nombrándolas? Hoy causan, en vez de la risa del Areópago de Atenas (Hch 17,32), la sonrisa, que es una burla mayor, por el sarcasmo y conmiseración que encierran1.

Y, sin embargo, hoy como entonces, sigue siendo válida la palabra de Pablo: "Si no hay resu-rrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predica-ción, vana también vuestra fe... Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados" (1Co 15,16-19).

Si no hay vida eterna, toda la fe cristiana es falsa. Se derrumba la teología entera y, lo que es más grave, la vida cristiana pierde todo sentido. El martirio, la virginidad, el amor de los esposos, la entrega de la vida al servicio de los otros, el amor al enemigo, dar los bienes a los pobres, la liturgia..., ¿no se vacía todo de contenido? Pero, si no hay vida eterna y todo acaba con la muerte,

1

Esto a pesar de los cientos de escritos sobre escatología de estos últimos aZos, que se presentan como teología

del futuro, de la esperanza, de la liberación, sin que entren prácticamente ninguno de los temas clásicos de la Teología de los novísimos: ni se habla del cielo ni del infierno, ni del purgatorio ni del juicio... En la escatolog ía cristiana entra, sin duda, la cuestión del futuro y del presente y con ella todo lo referente a la esperanza, pero no puede prescindir de lo específico de la visión cristiana sobre el futuro y el presente.

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¿qué es el hombre? Y me atrevo a decir, sin vida eterna, ¿Dios es Dios?

Si Cristo no ha resucitado y, por tanto, no existe para los hombres ninguna esperanza de resurrección y vida eterna, los cristianos son los más desgraciados de todos los hombres. Pero la verdad es que si el hombre no resucita a una vida eterna, el hombre es el ser más desgraciado de todos los seres. ¿Qué sentido tiene afirmar que la grandeza del hombre consiste en ser el único que sabe que muere? ¿Qué valor tiene ese privilegio de la inteligencia, si no es para descalificar de antemano la vida con la constante amenaza de su aniquilación? Todos los seres vivos están perfectamente adaptados al proceso natural de nacimiento, reproducción y muerte. Todos menos el hombre, que se resiste a morir, que posee una misteriosa aspiración a perdurar, a superar sus límites. Si fracasa en esta aspiración, si muere completamente cuando muere, habrá que decir que es el más desdichado de todos los mortales.

Frente al mundo actual, pragmático y materialista, escindido entre una confianza ilimitada en el progreso técnico y la creciente decepción respecto a todos los valores humanos, frente a este mundo desgarrado entre la pasión de vivir y el terror inconfesado a la muerte, el cristiano tiene la misión de "dar razón de su esperanza" (1P 3,15). El cristiano está llamado a ser un testigo, con su palabra y con su vida, de la resurrección, de la vida eterna.

La esperanza es el don del Espíritu Santo ofrecido a todo hombre que en la fe se abre a Cristo. A este don hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos hombres, y no pocos cristianos, se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización de sí mismos, y la tentación del pesimismo al sufrir

frecuentes decepciones y derrotas2.

Cuando Jesús fue levantado a los cielos, en presencia de sus apóstoles, y una nube lo ocultó a sus ojos, estando ellos mirando fijamente al cielo mientras Él se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?" (Hch 1,9-11). Estamos en la hora en que es preciso mirar fijamente al cielo para ver a Cristo Resucitado como Kyrios, SeZor de la muerte, y, luego, bajar del monte y recorrer la tierra entera como "testigos suyos", anunciando con la fuerza del Espíritu Santo la vida eterna (Hch 1,8).

La esperanza cristiana en la resurrección y en la vida eterna no es el mero optimismo humano de que al final todas las cosas acaban por arreglarse de alguna manera. La esperanza cristiana es la

certeza de que Dios no se deja vencer por el mal y la injusticia. Remitir la justicia a Dios, no

resistiéndose al mal, amando al enemigo, es dar razón a todos los hombres de nuestra esperanza (Cf 1P 3,15). La certeza de la vida eterna no es ilusoria. Ya ha comenzado a realizarse. Se ha cumplido en Jesucristo, como garantía y fundamento permanente y firme de nuestra esperanza. Unidos por la fe y el bautismo a Cristo y a su muerte, esperamos participar igualmente de su gloriosa resurrección (Cf Rm 6,5). Como dice San Agustín: "En Cristo se realizó ya lo que para nosotros es todavía esperanza. No vemos lo que esperamos, pero somos el cuerpo de aquella cabeza en la que ya se hizo realidad lo que esperamos".

b) Escatologia Cristiana

La escatología trata de las realidades últimas o del fin último de la vida. Trata de los artículos de fe del Credo: fe en la vida eterna, en la resurrección de los muertos y en la parusía del SeZor. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica sobre La

Reconciliación y la Penitencia recordaba que "la Iglesia no puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una

constante catequesis sobre los novísimos del hombre: muerte, juicio, infierno y paraíso" (n. 26)3.

2

JUAN PABLO II, El Espíritu Santo, prenda escatológica y fuente de la perseverancia final. Catequesis del 3-7-1991.

3

La Teología y la catequesis han llamado a este tratado los Novísimos. Este término tiene su origen en la traducción de la Vulgata de Si 7,36: "En todas tus obras piensa en el fin y no pecarás" ("In omnibus operibus tuis memorare

novissima tua et in aeternum nom peccabis"). Con la palabra novissima se traduce el término griego tá éschata. De esta

palabra griega surge el término actual de escatología. El memento mori (acuérdate de la muerte) ha nutrido toda una amplia espiritualidad, que no ha perdido su importancia, aunque deba ser integrada en una visi ón evangélica. La cuaresma comienza con el rito de la imposición de la ceniza, acompaZado de dos fórmulas: "recuerda que eres polvo y al polvo volverás" y "Conviértete y cree en el Evangelio". Las dos fórmulas unidas pueden dar un auténtico sentido a la

(6)

Esta fe carga de sentido escatológico la vida presente, actual. El futuro ya está en el presente de la vida personal y eclesial, en el correr actual de la historia. Sólo un futuro de vida da sentido al tiempo presente con todas sus vicisitudes de embarazo, de espera gozosa, de privaciones, de conflictos, de actividad y de fracasos. El tiempo presente es ya tiempo escatológico. Sólo espera el alumbramiento del hijo de quien siente en su vientre su presencia.

Si el ésjaton se diluye y se pierde en el afán de lo inmediato se cae en lo que han seZalado algunos: "una fe sin esperanza genera una esperanza sin fe en Cristo muerto y resucitado". La fe, sin su dimensión escatológica, muere.

De aquí la necesidad urgente de que la dimensión escatológica penetre la fe y la teología en todos sus aspectos. Tanto la antropología filosófica como la teológica de nuestro tiempo subrayan el carácter histórico de la persona humana. Hoy no se habla del hombre abstracto, atemporal, sino del hombre concreto, inserto en la historia, radicado "entre el pasado y el futuro en la cadena del devenir universal, del que es un momento actual"4.

La libertad creadora del hombre le lleva a asumir la tradición histórica del pasado, pero no para instalarse en ella, sino para proyectarse desde ella en el futuro, como sujeto activo de la historia, a la que el hombre da sentido e impulso. El hombre se siente en la historia y, al mismo tiempo, se siente creador de la historia. Haciendo historia se realiza a sí mismo en relación con los demás hombres y con el mundo.

Esta libertad creadora del hombre, que se manifiesta en la historia, libera al hombre del determinismo de la naturaleza y del condicionamiento instintivo del animal en su entorno. La persona humana existe en relaci ón con el mundo, pero la libertad le permite distanciarse del mundo, analizarlo, dominarlo y, de esta manera, proyectar su futuro. Memoria, presencia e imaginación constituyen al hombre como espíritu encarnado en el mundo.

Pero esta visión antropológica de inspiración bíblica5, que ve la historia como promesa y profecía, hoy se ha secularizado en la cultura actual. En la psicología se ha traducido en la simple espectativa de una liberación de tabúes y condicionamientos con la pretensión de llevar al hombre "a la patria de la identidad consigo mismo". En el campo de la sociología se queda reducida a la espectativa de una liberación de la esclavitud económica, social, política y religiosa, con la promesa del "paraíso futuro del comunismo para todos". En la cultura científica y técnica la esperanza escatológica se queda recortada y reducida a la "fe en el progreso", "fe en la ciencia", "fe en la técnica", fe en definitiva en el hombre, no ya hombre, sino "super-hombre".

Sin embargo, hoy, esta fe ciega en el porvenir del hombre ha dado el fruto opuesto. La humanidad se siente sumida en una profunda inquietud, con un sentido de desorientación ante la realidad actual, que genera una angustia total o una apatía paralizante. Cuando las semillas de los tres falsos profetas, –Freud, Marx y Nietzsche–, han llegado a dar su fruto culminante en el progreso social, científico y técnico, se ha visto con claridad que no ha cambiado "la condición real de la existencia" del hombre. Sus frutos son "el miedo del hombre moderno en un mundo mecanizado, el miedo del hombre engullido sin piedad con su fr ágil estructura corpórea y espiritual por el monstruoso mecanicismo en el que se ve reducido a una parte an ónima; la angustia del hombre inmerso en una civilización que ha roto toda medida humana... Es el terror que está a la base de todas las neurosis modernas"6.

La esperanza ilimitada en un devenir histórico, logrado sólo a través de las capacidades del hombre, diluye la esperanza, que tropieza ineluctablemente con un límite insuperable. "Mientras respiro, espero" (E.Bloch). Pero, entonces, cuando expiro, muere la esperanza. El Principio esperanza de E. Bloch postula siempre un novum, pero al cerrarse a la transcendencia, al adventus de lo verdaderamente nuevo, lo totalmente nuevo, pierde su cualidad de nuevo, degradándose a futuro de las posibilidades del presente. Se diluye la novedad y desaparece la esperanza7.

En realidad "lo que nace de la carne (del hombre) es carne (mortal)". Sólo "lo que nace del Espíritu (de lo alto) es espíritu (da vida)". La escatología cristiana no es sólo futuro en cuanto devenir de la historia del hombre, sino que es futuro abierto al

adventus, a la novedad que viene a la historia del hombre y la lleva a cumplimiento.

La realidad del tiempo histórico es el presente y no el pasado o el futuro; pero en el presente de la historia sobrevive el pasado y el futuro se anticipa. Olvidar o negar el pasado es arrancar las ra íces de las que ha surgido el presente que posibilita el futuro. Y sin raíces se seca el árbol del futuro. Las utopías revolucionarias son estériles. Como es estéril un presente anclado en el pasado sin la mirada orientada al futuro. El círculo del eterno retorno ahoga el presente: "nada nuevo bajo el sol" es la expresión del hombre que está de vuelta, que perdió el horizonte y gira desesperado en torno a sí mismo.

escatología. Convertirse al Evangelio infunde una esperanza al hombre abocado a la muerte y ya en el presente le saca del individualismo, incorporándolo al cuerpo eclesial de Cristo. La muerte entra en la luz de la cruz gloriosa del SeZor Resucitado.

4

E. BRÉHIER, Les thémes actuels de la philosophie, París 1956 ,p .75.

5

W. PANNEMBERG, Il Dio della speranza, Bologna 1979.

6

H.U. von BALTHASAR, Il cristiano e l'angoscia, Alba 1957, p. 12-13.

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c) Memorial, presencia y esperanza de la salvación

La celebración cristiana de la fe es memorial, presencia y esperanza de la salvación. La memoria del misterio salvador de Cristo actualiza, hace presente esa salvación, suscitando la esperanza anhelante del maranathá: ¡Ven, SeZor Jesús!. Esta oración es siempre, y al mismo tiempo, de contenido presente y futuro. Se trata del anuncio alegre de que el SeZor está presente entre nosotros y también una llamada al SeZor para que venga, porque en su misma condición de presente continúa siendo el que ha de venir.

Esto hace del presente un kairós. Para el cristiano y para la Iglesia el momento presente, grávido de la gracia de Cristo muerto y resucitado y que viene con gloria y potencia, es fecundo de frutos de vida para el mundo. La escatología no aliena al cristiano del presente y del mundo, sino que le sumerge en el mundo como fermento que transforma todas sus realidades, como sal que le da sentido y sabor. La esperanza en una vida más allá de la muerte llena de sentido la vida del más acá de la muerte. La escatología cristiana es personal y comunitaria; la esperanza cristiana es esperanza para el hombre singular m ás allá de la muerte y esperanza para la humanidad y el mundo más allá de la historia. El hombre, la humanidad y el cosmos sufren los mismos dolores de parto y esperan la plenitud de la manifestación de los hijos de Dios (Cf Rm 8,18ss).

El Dios que se ha revelado en la Escritura es siempre el Dios que abre caminos de vida allí donde la historia presenta al hombre el límite de lo imposible. Es el Dios de la Palabra como promesa de vida, allí donde el hombre experimenta su impotencia, abriéndole, de este modo, al futuro "no evolutivo", "no proyectado", "no disponible", "desconocido", porque es la novedad total que supera las posibilidades del hombre8. Es el Dios que promete una descendencia a Abraham anciano con una esposa estéril. Es el Dios que libera al puZado de esclavos de la opresión del Faraón de Egipto, que abre el mar, que conduce al pueblo por el desierto, que les hace el don de la conquista de la Tierra, el Dios que salva porque es "el Dios que crea de la nada y resucita de entre los muertos".

La experiencia del Dios de la promesa se manifiesta en el presente mirando esencialmente a un futuro humanamente imposible, pero que se hace posibilidad real para el hombre que la acepta, por la fuerza de la misma palabra creadora de Dios. El futuro, que da plenitud al hombre, es imprevisible, improyectable. No es un futuro evolutivo de lo actualmente presente en él. Si así fuera, el futuro sería un mero desvelamiento de lo ya existente, dejando al hombre clausurado en sus limites de finitud. Si el futuro tiene un sentido generador de esperanza para el hombre, es gracias a lo que puede ofrecerle de nuevo. Y no es nuevo lo ya incluido en las posibilidades ya actuales en el hombre. La libertad del hombre y la creatividad de Dios son las que dan cuerpo a la esperanza.

La continuidad, que salva la identidad de cada persona, y la novedad de lo que no se ve y se espera, son la caracter ística de la escatología cristiana: el ya y todavía no de la salvación abarcan toda la escatología del Nuevo Testamento: identidad y diversidad del cuerpo resucitado respecto al terreno; de la nueva creación respecto a esta creación; de la vida eterna respecto a la gracia; de la muerte eterna respecto al pecado...

d) Lenguaje Simbólico

Esta escatología, que mira al futuro desde el presente, salva la identidad y la diversidad recorriendo simultáneamente dos caminos: la via negationis y la via affirmationis. En Cristo la escatología, el final, se ha hecho histórica, de manera que lo acontecido en Él, podemos afirmar que sucederá en nosotros y en el mundo, pues ya en cierta manera lo experimentamos en la liturgia y otros momentos de la existencia terrestre. Esta via afirmationis la usa la Escritura al decirnos que Cristo resucitado es "primicia" (1Co 15,20) de nuestra resurrección; que los que ahora conocen a Dios por la fe, "verán a Dios" (Mt 5,8); que la alegría de la cena pascual presagia, pregusta el gozo de la cena escatológica (Mc 14,25); que las vivencias terrenas de la felicidad son imágenes de la bienaventuranza celestial (parábolas del reino).

Pero la identidad de lo experimentado ahora no abarca todo lo esperado. Hay que subrayar la discontinuidad, lo nuevo que esperamos en la consumación final. Y, como no lo conocemos, pero tenemos por necesidad que hablar desde lo conocido en el presente, tenemos que servirnos de la analogía, aunque sea moviéndonos por la via negationis, que también encontramos en la Escritura: la bienaventuranza será "herencia in-corruptible, in-maculada, in-marcesible" (1P 1,4); "ya no habrá hambre ni sed; ya

no les molestará el sol ni el bochorno" (Ap 7,16); "no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo

ha pasado" (Ap 21,4); "en la resurrección ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido" (Mt 22,30)...

Por ello, un medio expresivo de la escatología es el símbolo, única forma de describir lo que es en sí mismo indescribible. El lenguaje simbólico en sus múltiples variantes lo hallamos en la Escritura para mantener viva la esperanza en el ésjaton esperado,

8

K. RAHNER, Il concetto di futuro, en Nuovi Saggi III, Roma 1969, p. 621-622.

(8)

preservando su índole inefable: "la fe es el fundamento de las cosas que esperamos y la garantía de las cosas que no vemos" (Hb 11,1). La pretensión de "desmitologización" de la escatología, con la pretensión de buscar una pura objetividad, no hace otra cosa que vaciar de contenido la misma escatología. El símbolo, a la luz de Cristo, en quien se nos ha anticipado la escatología, nos introduce en su realidad inefable, haciéndola deseable, objeto de esperanza; crea en nosotros la vigilancia al kairós, la paciencia en la espera de su llegada...

La liturgia ha sido siempre el reflejo de lo que ha creído y cree la Iglesia. En el Ritual de Exequias la Iglesia expresa su fe en el sentido pascual de la muerte y resurrección de sus fieles. El lenguaje que usa la liturgia exequial es, básicamente, bíblico. No es que busque una explicación racional de la muerte, sino que ofrece sobre todo imágenes sugestivas, simbólicas, a través de las cuales expresa su fe e invita a celebrarla. La primera imagen que surge en el centro mismo de la liturgia exequial es la de las

manos misericordiosas de Dios: "En tus manos, Padre de bondad, encomendamos el alma de nuestro hermano"; "las almas de los

justos están en las manos de Dios" (Sb 3,1). Las manos de Dios, que acogen al cristiano, significan la protección de Dios y, por parte de la Iglesia, la confianza que le suscita saber que sus hijos, al morir, reposan bajo dicha protecci ón. Junto a la imagen de las manos de Dios, aparecen otras imágenes, como la del regazo de Abraham, que expresa la acogida del creyente en la comunidad de los padres en la fe. Es la imagen que expresa el sentido comunitario de la muerte del cristiano. Si san Pablo dice "los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham" (Ga 3,7), la Iglesia suplica que, al morir un hijo suyo, sea acogido en la comunidad de quienes nos precedieron en la fe. Por ello implora: "Los ángeles te conduzcan al regazo de Abraham", "que el alma de tu siervo sea llevada por los ángeles a la morada de nuestro padre Abraham, tu amigo". La Iglesia celebra el paso de sus hijos de la comunidad eclesial peregrina en la tierra a la comunidad celestial: "La verdadera fe le unió aquí, en la tierra, al pueblo fiel, que tu bondad le una ahora al coro de los ángeles y elegidos".

La oración cristiana, desde las primeras comunidades, expresó su fe y esperanza escatológica. Mientras Israel, al orar, se volvía hacia el templo de Jerusalén, insertándose con su oración en la historia de salvación de Dios, que encontraba su actualización en el templo, los cristianos, al orar, se dirigen hacia oriente, hacia el sol que sale. Este es el símbolo de Cristo resucitado, que de la noche de la muerte ha surgido, inaugurando el día del SeZor, subiendo a la gloria del Padre, como SeZor del universo. Pero el sol naciente es, al mismo tiempo, el signo del Cristo que vuelve; saliendo definitivamente de su ocultamiento volverá a restablecer el Reino de Dios en el mundo. La fusión de ambos simbolismos en la imagen del sol que viene de oriente expresa la unidad que se da entre la fe en la resurrección y la esperanza en la parusía.

El SeZor, en cuanto resucitado, ya ha vuelto, continúa viniendo siempre en la Eucaristía y en la oración de la comunidad cristiana, con lo que sigue siendo el que viene, la esperanza del mundo. Este volverse a oriente para orar se subrayó, luego, haciendo una cruz en la pared oriental de los lugares de reunión de los cristianos. Esa cruz aparece como signo del Hijo del hombre que vuelve y "al que verán todos, incluso los que le traspasaron". Esta cruz, expresión de la fe en la parusía del SeZor, hace presente en la asamblea cristiana la marcha triunfal del Cristo que vuelve a la comunidad en oración, impregnando la oración y la vida de tensión escatológica. Presencia de Cristo y espera de Cristo es la tensión de la fe y la esperanza cristiana. El centro de la fe y de la esperanza es Cristo; y con Cristo, la oración de la Iglesia congrega a la Virgen María y a los salvados de todos los tiempos, significando que los muros entre el cielo y la tierra, así como pasado, presente y futuro, han sido rotos en Cristo. No se mira a los santos como algo pasado, sino como presencia del poder salvador del SeZor, garantía de la esperanza cristiana.

e) La Esperanza del Cristiano

La carta a los Hebreos enumera entre los temas fundamentales de la catequesis cristiana "la doctrina sobre la resurrección de los muertos y el juicio eterno" (Hb 6,1-3). Pues la esperanza escatológica es una virtud típica del hombre peregrino que, aunque conoce a Dios y la vocación eterna por medio de la fe, no ha llegado aún a la visión. Y es la esperanza escatológica la que le hace "penetrar más allá del velo" (Hb 6,19).

El Credo concluye confesando la fe en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Creer en Dios Padre, como origen de la vida; creer en Jesucristo, como vencedor de la muerte; creer en el Espíritu Santo, como Espíritu vivificante en la Iglesia, donde experimentamos la comunión de los santos y el perdón de los pecados, causa de la muerte, nos da la certeza de la resurrección y de la vida eterna.

La profesión de fe en "la resurrección de la carne" y en "la vida eterna" son el fruto de la fe en el Espíritu Santo y en su poder transformador, como culminación de la nueva creación inaugurada en la resurrección de Cristo.

El don del Espíritu Santo, que Cristo manda desde el cielo a la Iglesia peregrina, es la garantía del cumplimiento de nuestra aspiración a la salvación: "La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp íritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5,5):

Con esta perspectiva, el cristiano puede tener la cabeza erguida y asociarse a la invocación que, según el Apocalipsis, es el suspiro más profundo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia: "El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!" (Ap 22,17). Esta es la invitación final del Apocalipsis (22,17.20) y del Nuevo Testamento: "Y el que lo oiga diga: ¡Ven!. Y el

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que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida... ¡Ven, SeZor Jesús!"9.

Espero que estas páginas sirvan para la renovación a la que el Espíritu Santo llama sin cesar a la Iglesia, cuerpo de Cristo, en peregrinación hacia la luz sin sombra del Reino. De modo que, al término de la peregrinación de cada fiel, se cumpla lo que dice el Ritual de Exequias:

La Iglesia, en las exequias de sus hijos, celebra con fe el misterio pascual de Cristo, para que aquellos que por el bautismo fueron incorporados a Cristo muerto y resucitado, pasen con Él por la muerte a la vida, sean purificados y recibidos en el cielo con los santos y elegidos, y aguarden la bienaventurada esperanza del advenimiento de Cristo y la resurrección de los muertos10.

1. DEL GÉNESIS AL APOCALIPSIS a) De la Creación a la Nueva Creación

Dentro de nuestro corazón conviven la esperanza y la memoria, el futuro deseado y la nostalgia del pasado. El deseo de Dios coincide con la nostalgia de Dios. El cielo, que esperamos, es nuestra casa paterna, nuestra patria, donde nos concibió desde siempre el amor de Dios. Ir al cielo es volver al cielo, acabar el exilio y tornar a casa. Escatología y protología van unidas. La protología anuncia ya la escatología. El Génesis discurre desde la creación, a través de las vicisitudes de la historia, hasta el Apocalipsis. Dios, de quien procede todo, al fin será "todo en todo": "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".

Es el exitus/redditus que configura la Summa Teológica de Santo Tomás. Salimos de Dios y a Él volvemos. Es el éxodo del mismo Hijo de Dios (Jn 13,3). El Hijo de Dios sale del Padre y viene a este mundo para cumplir su voluntad, realizando la obra que Él le ha encomendado, y vuelve al Padre. Este es el camino, cuyas huellas ha marcado Cristo para todos sus discípulos. Salidos de Dios, podemos, gracias a Jesucristo, volver a Él, entrar en su intimidad, revistiéndonos de su misma naturaleza. En esto consiste nuestra salvación, realizada por Cristo e interiorizada en nosotros por el Espíritu Santo. Según la parábola del hijo pródigo, como la ha leído Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia: La misericordia de Dios es la morada del hombre. Habiendo salido de esta casa, habiéndola abandonado, el hombre se ha degradado hasta desear sustentarse con el alimento de los cerdos. Pero hasta esas cosas le son negadas. El mundo, sin gracia, es el "país lejano" que destruye al hombre. En él no hay misericordia, no hay fidelidad ni a la paternidad ni a la hermandad. Volver a la casa del Padre es volver a ser engendrado en las entrañas de misericordia de Dios Padre, sentarse de nuevo a la mesa del banquete del Reino, cantar las danzas celestiales, recobrar el anillo de la filiación para gozar de la herencia con el Hijo Unigénito, Primogénito de los rescatados de la muerte.

Esta es la línea interior, el río de vida subterráneo de toda la revelación. Por debajo de las palabras se abre cauce el designio de Dios sostenido por su amor y fidelidad. Por ello la Escritura se lee como nos ha enseñado la Dei Verbum: "El plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (n. 2).

El Vaticano II considera el misterio de la creación dentro de la perspectiva del cumplimiento futuro de la obra divina, pues "lo que Dios quiere es hacer de todo el mundo una nueva creación en Cristo, incoativamente aquí en la tierra, plenamente en el último día" (AA 5). El hombre, centro y cima de la creación, es el destinatario de la encarnación del Hijo de Dios como consumación de su destino. La "imagen del Dios invisible", creada en el principio, está destinada a convertirse en

imagen del Hijo de Dios encarnado: "Quienes han sido llamados según su designio, de antemano

9

JUAN PABLO II, Catequesis citada.

10

RITUAL DE EXEQUIAS, Prenotanda n. 1.

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los conoció y también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el Primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8,29)1.

La creación salida de las manos de Dios "en el principio" es una creación abierta hacia la consumación, que consiste en convertirse en morada de la gloria de Dios. Según la narración del Génesis, la creación del mundo y del hombre está orientada al sábado, la "fiesta de la creación". El sábado es la consumación y la corona de la creación (Gn 2,2-3). Así, en el plan de Dios sobre la creación se halla ya manifestado su plan de salvación como alianza con su pueblo, que celebra a Dios en el descanso de la fiesta sabática. Como día último de la creación, el sábado carece de límite; intencionadamente falta la fórmula conclusiva: "y atardeció y amaneció".

En el sábado de la creación se halla protológicamente presente el descanso que la epístola a los Hebreos (4,1-11) espera de manera escatológica. El sábado semanal, liberación del trabajo cargado con el peso del pecado, apunta al año sabático, en el que se restablecen la primigenias relaciones interhumanas y entre el hombre y la creación: cada semana de años se deja en libertad a los esclavos y deudores y se hace descansar a la tierra2. Y este año sabático apunta al año

jubilar: al cabo de siete semanas de años todo vuelve a la situación original, reconociendo de este

modo a Dios como único dueño y señor de la creación. Es el año de la liberación por excelencia.3 Y este año jubilar apunta en la historia al reposo, a la paz del tiempo mesiánico: "año de gracia del Señor" (Lc 4,19).

Con la proclamación del sábado mesiánico comenzó la vida pública de Jesús de Nazaret. Este tiempo mesiánico proclamado entró en vigor mediante su muerte y resurrección de entre los muertos el primer día de la semana. Por eso los cristianos celebran el domingo como primer día de la nueva creación. La luz de la resurrección ilumina la esperanza de la creación entera, que suspira con dolores de parto, anhelando la manifestación de los hijos de Dios, como principio de la "nueva tierra y los nuevos cielos". La resurrección de Cristo es la inauguración de esa nueva creación, que se va desplegando en la historia hasta su consumación en la gloria del Reino de Dios:

El Verbo trasladó la fiesta del sábado a la aparición de la luz y nos dio, como imagen del verdadero reposo, el día salvador, dominical y primero de la luz, en el que el Salvador del mundo, después de haber realizado todas su obras entre los hombres y haber vencido la muerte, franqueó las puertas del cielo, superando la creación en seis días y recibiendo el

bienaventurado sábado y el reposo beatífico4.

El acontecimiento pascual constituye el gesto salvador único por el que Dios genera definitivamente la historia e inaugura el tiempo nuevo de la salvación. Por ello, la Pascua es considerada como el eje medular en torno al cual gira toda la vida cristiana. El domingo es la pascua semanal, día de la resurrección de Cristo. En la mañana del domingo Cristo resucita triunfante, vencedor de la muerte y el pecado, para inaugurar un mundo nuevo, una creación nueva, un nuevo modo de vida en la comunión con Dios y en la fraternidad. Este es el gran acontecimiento que permite al hombre ser imagen de Dios.

El primer día de la semana es también el que viene después del séptimo: es el octavo día. El domingo, pues, como octavo día, es signo de la nueva creación, signo de la vida eterna. Conmemorando la resurrección de Cristo, el domingo anticipa su retorno. Por ello, el domingo es signo del hombre libre, que vive la eternidad en el tiempo, reposando en el corazón de Dios5.

Así, cada domingo es una anticipación y celebración de la redención del mundo. El domingo es incluso la presencia de la eternidad en el tiempo y una degustación anticipada del mundo venidero. El domingo realiza la promesa del sábado como alegría, santidad y descanso6. El sábado era ya un "signo que une a Yahveh y a sus fieles" (Ex 31,17), pues reposar significa que uno no

1

Cfr. Col 3,10; 1Co 15,49; Ef 1,3,14; 2Co 3,18; Filp 3,21...

2

Ex 21,2; 23,20s; Dt 15,1ss; Lv 25,3s.

3

Lv 25,8; Jr 25,11ss; Dn 9,24.

4

S. IGNACIO DE ANTIOQUIA, A los magnesios 9,1.

5

R. BLAZQUEZ, La Iglesia del Vaticano II, Salamanca 1988, p. 132.

(11)

solamente es libre, sino también hijo de Dios7: "Nuestro domingo es en verdad el advenimiento de la nueva creación, la irrupción de la vida de arriba"8.

El designio de Dios, su plan acerca del hombre, como interlocutor y partícipe de su vida, presidía, pues, su acción creadora. Dios nos ha creado para la fiesta, para llevarnos a la plenitud de su vida en una comunión vivificante con Él: "Así nos eligió en Cristo desde antes de la creación para ser santos e inmaculados en su presencia mediante el amor" (Ef 1,4).

b) La Historia en marcha hacia la Plenitud de los Tiempos

El círculo cerrado y repetitivo de las religiones naturales, sin principio ni fin, se rompe con la fe bíblica en la creación. El mundo, que sale de las manos creadoras de Dios, tiene un principio. Y, como el Dios creador es, a la vez, el salvador de su creación, ésta se dirige a una meta, que no es la vuelta al principio, sino la consumación de la obra de Dios. El tiempo se hace historia de salvación. La creación discurre por el cauce que Dios le señala, ligada por los lazos de las generaciones, desde el comienzo hasta la plenitud de la salvación.

La historia de la salvación está en germen en la creación, llamada desde el principio a una plenitud que se manifestará en la "plenitud de los tiempos" en Cristo y se consumará en la nueva creación escatológica. Este germen salvífico es el espíritu de Dios que aletea sobre la creación, es el hálito de vida que Dios sopla en el hombre y que no retira de él ni siquiera después del pecado. Al pecado Dios responde con el anuncio – protoevangelio– de la salvación. El que el hombre se haya alejado de Dios, no ha alejado a Dios del hombre y, por ello, no ha desaparecido el amor de Dios al hombre. La voluntad de Dios de establecer su alianza con el hombre, se hace amor salvífico después del pecado. Es el anuncio de pisotear la cabeza de la serpiente.

La creación es el primer acto de la historia de salvación: "todo ha sido creado en Cristo y en vistas a Cristo". La creación de Dios alcanza su culminación en el sábado, señal de la alianza (Ex 31,12.16-17). De aquí que, en el designio salvífico de Dios, la creación, incluso después del pecado, se oriente a la alianza con Dios. Es el anuncio del protoevangelio del Génesis, de la primera alianza sellada con Noé en las nubes del cielo y con Abraham y su descendencia en la carne humana. La vocación de Abraham es, además del comienzo de la historia de salvación, el preludio de la alianza de Dios con el pueblo. Las continuas genealogías subrayarán, en el transcurso de las generaciones, el movimiento hacia la consumación de la alianza, sellada en la sangre de Cristo. Como dice San Juan Crisóstomo, comentando el Génesis:

¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta Él y se sentara a su derecha9.

Desde el momento en que el hombre queda constituido por la llamada de Dios queda también determinado por su fidelidad, en virtud de la cual Dios se manifiesta siempre el mismo a través de los acontecimientos de la historia; siempre en formas nuevas y sorprendentes, Dios permanece eternamente fiel a su elección y a su pacto (Sal 146,6). La fidelidad inquebrantable de Dios se conjuga con su libertad absoluta, que se manifiesta en su irrupción imprevista en el curso de la historia con su obrar salvífico. Siendo fiel, Dios es libre en la realización de la salvación. La historia de la salvación está en sus manos, pues es el Dios creador de todas las cosas. Israel, conociendo la fidelidad de Dios, no se siente instalado en ningún lugar ni en ninguna situación. Espera un nombre nuevo (Is 62,2); un cántico nuevo (Sal 33,3; 40,4; 96,1; Is 42,10); una alianza nueva (Jr 31,31); un espíritu o un corazón nuevo (Ez 11,19; Sal 51,12).

Y el Nuevo Testamento expresa el cumplimiento de esta novedad y el anuncio de una novedad aún mayor: nueva Jerusalén (Ap 3,12; 21,2); vino nuevo (Mc 14,25); vida nueva (Rom 6,4); mandamiento nuevo (Jn 13,34; 1Jn 2,7); nueva creación (2Co 5,17; Ga 6,15); hombre nuevo (Ef 2,15; 4,24; Col 3,10). El tiempo, con la irrupción salvadora de Dios, se hace historia abierta continuamente a la novedad creadora de Dios.

7

Cf X. LEON DIFOUR, Reposo en VTB.

8

S. GREGORIO MAGNO, De nov. Dom. 5:PG 36, col. 612.

9

SAN JUAN CRISOSTOMO, In Gen. sermo 117.

(12)

Toda auténtica novedad, fundada en la acción de Dios, es salvadora, pues se inserta en la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación.

Dios se manifiesta en la historia como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como el Dios que guarda fidelidad a sus promesas y las lleva a cumplimiento. En el apocalipsis de la historia, Dios se manifestará como el Padre fiel de Jesucristo. Esta fidelidad de Dios determina la continuidad y estabilidad en medio de la contingencia de los sucesos de la historia. Sólo en esta fidelidad de Dios, mantenida en un horizonte histórico y escatológico, puede encontrarse el verdadero ser del hombre. En ella se encierra y se funda la fidelidad del hombre consigo mismo. Continuidad e identidad es algo que el hombre halla en la aceptación de su pasado, en el reconocimiento y confesión de sí mismo, de su culpa, en la fidelidad de Dios a su promesa y en la acción de gracias, en el cántico de alabanza del hombre a esta fidelidad de Dios "porque es eterna su misericordia y su fidelidad dura por siempre".

La continuidad de la historia podría parangonarse con la continuidad que existe entre la semilla y el árbol, entre el niño y el adulto. La Iglesia está en continuidad con Israel, y la Iglesia celeste, el Reino, está en continuidad con la Iglesia peregrina, que es el germen real de esa plenitud. Pues la plenitud de la historia ya ha llegado. La historia de la salvación culmina en el acontecimiento de Cristo y en la persona misma de Jesucristo.

A esta plenitud de salvación apunta como término la historia de Israel. Después de la liberación de Egipto, después de recibir el don de la tierra prometida, después del establecimiento del reino de David y Salomón, todavía queda algo por esperar; por otra parte, esto significa que también en el exilio, en medio de los enemigos, frente a la muerte, todavía queda una esperanza. La salvación es una paz total, una vida plena, definitiva y para siempre. Se acerca en el sufrimiento mismo, en el fracaso, en la prueba acrisoladora que prepara el día del Señor. Esta espera de la salvación empapa la vida, la oración y la fe de Israel.

Este es el dinamismo interno de toda la historia, según la síntesis que hace la Gaudium et spes:

Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser del hombre. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los elementos terrenos (n. 40).

Con esto la Iglesia sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, dentro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud de todas las aspiraciones. Él es Aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: restaurar todo lo que hay en el cielo y en la tierra (Ef 1,10). He aquí que dice el Señor: 'vengo presto y conmigo la recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin' (Ap 22,12-13). (n. 45).

c) Antropología y Escatología

El hombre moderno, quizá con más urgencia e insistencia que el de otras épocas, se pregunta por el sentido de su vida y del mundo en que su vida se desenvuelve. ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Hay algo por lo que merezca realmente vivir y morir? ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde camina el mundo y la humanidad? Con toda la secularización de nuestro mundo, no han perdido actualidad estas preguntas de siempre. La hipótesis nihilista del sin sentido de la vida no ha hecho más que agudizar estos interrogantes. El absurdo proclamado sólo logra manifestar su propio absurdo.

Todas las proclamas existencialistas –"el hombre es un ser para la nada", "una pasión inútil", "el infierno son los otros", "homo homini lupus", "vivimos en un mundo finito de tormento infinito", "fluimos de la nada hacia la nada"...–, todas estas proclamas son el grito angustiado por lo contrario de lo que dicen, son la expresión del espíritu profundo del hombre que quiere ser, ser alguien, ser alguien para alguien, romper la finitud y la nada para entrar en la vida eterna, en la comunión, en el amor más fuerte que la muerte. El "sentimiento trágico de la vida" (Unamuno) es la agonía, la lucha por la "esperanza" aunque sea "contra toda

(13)

esperanza". Es el espíritu de vida que Dios ha insuflado en las narices del hombre que se resiste a volver a la nada, que aspira a vivir eternamente.

La escatología, al tratar de las realidades últimas, muestra el significado último de dichas realidades ya en el momento presente, manifestando su significado actual, que actúa como germen que las impulsa y orienta hacia su plenitud final. La escatología es esperanza, que da sentido y fuerza al presente, como la gestación, con sus gozos y dolores, recibe sentido y fuerza de la esperanza del alumbramiento de la nueva vida. Sin esperanza es imposible la vida. Y una vida sin sentido corroe la esperanza y se aniquila a sí misma. La alienación no es soporte de la vida, sino ahondamiento de la tumba del hombre. Olvidar el final, la muerte, el más allá de la muerte, no resuelve nada. Y la angustia de un vivir sin esperanza es devastadora. "Si antes y después de nosotros está la nada, ¿no representa esa nada una parte sustancial de nuestra existencia?" (Machovec). El gris hastío de la vida actual, atomizada en una multitud de fragmentos inconexos, genera en tantos hombres una impresión de vaciedad absoluta, de insensatez de la vida. La nada es el núcleo del ser para Sartre, haciendo del hombre y su vida "una pasión inútil"; el absurdo de la existencia quita valor a toda realidad y así engendra "la nausea".

De aquí que la escatología, en los últimos años, haya adquirido un interés particular. La cultura actual, orientada hacia el futuro, siente la exigencia de hallar renovados motivos válidos de esperanza. a fe auténtica se manifiesta en el hecho de dar al hombre certezas vitales, necesarias hoy más que nunca, ya que "el malestar y la inquietud de tantas personas se manifiestan con tanta insistencia y la duda se insinúa sutilmente y muy profundamente en el espíritu. Ante las preguntas que surgen espontáneamente, muchos creyentes sienten miedo, no se atreven a dar una respuesta: ¿existe algo más allá de la muerte? ¿subsiste algo de nosotros mismos después de la muerte?, ¿no será la nada lo que nos espera?"10.

El hombre, ser histórico, enraizado en las coordenadas del tiempo y el espacio, está dotado de

continuidad –identidad permanente de su yo– y de novedad. Soy el que he sido y el que seré. El pasado me

pertenece, me ha formado, ha hecho que sea quien soy hoy, pero mi vida no está aún concluida ni mi persona hecha, sigo abierto al futuro, a lo que viene (y no sólo a lo que voy). Yo voy a la muerte, pero a mí puede venir siempre algo imprevisto, improyectado, no fruto de lo que soy ni mera evolución de lo que ahora poseo. El tiempo del hombre se hace historia gracias a la libertad creadora de lo nuevo. Y Dios es el verdaderamente Creador: "da el ser a lo que no es y resucita a los muertos" (Rm 4,17).

El tiempo tiene su punto privilegiado en el presente, cuya continuidad y singularidad viene expresada con los conceptos de momento y de kairós. El momento pasa, pero puede transformarse en kairós que da

continuidad a la fugacidad del momento. La continuidad supone la identidad o fidelidad a sí mismo. En esta

identidad de la persona se injertan los imprevistos, en los que la persona ejercita su libertad creadora, al reorientar su historia sin dejar de ser ella misma. Ser el mismo sin ser lo mismo es una dimensión específica del hombre que vive en plenitud su inserción en la historia, donde los hechos se hacen acontecimientos y lo relativo adquiere definitividad y la definitividad se hace precariedad, es decir, apertura a la novedad y no clausura o instalación en ningún logro alcanzado. Esta contingencia capacita al hombre para la esperanza, le dispone a la novedad creadora de Dios, que constantemente hace nuevas todas las cosas. Es la esperanza escatológica, que da definitividad al presente, sin cerrarle en sí mismo, pues, por su precariedad permanece abierto a la voluntad o designio inagotable de Dios.

El hombre puede sentir la tentación de poner su vida en manos de la técnica, de las computadoras, pero un mundo programado, sin lugar para la libertad y la creatividad, sin espacio para lo imprevisto, para lo nuevo, es un mundo axfisiante, sin futuro, sin esperanza, mera ampliación o prolongación del presente, resultado de los datos introducidos de antemano en el programa. No es mundo del hombre, sino de la máquina. El fallo, el mal, el pecado, el amor, la muerte son realidades no programables, nos salen al encuentro, dan tensión a la vida, suscitan el miedo o la esperanza. El hombre los lleva inscritos en su espíritu y no puede prescindir de ellos, son el barro con el que se modela su persona. "El día después" está siempre ante nosotros. El desencanto de la ciencia y de la técnica es el fruto de su idolatría. Hoy "tomamos conciencia de los límites y del fracaso de cierto tipo de racionalidad científica y técnica que, a pesar de todas sus aparentes posibilidades, se siente impotente para transformar en profundidad la vida y sus horizontes"11.

Las utopías de un paraíso en la tierra, es decir, esperar de la sola historia humana, del progreso humano, un final feliz de la humanidad es, por lo pronto, poco realista. Una tras otra han ido derrumbándose, como el

10

CONGREGACION DE LA FE, Carta sobre cuestiones actuales de escatología, AAS 71 (1979) 939-943.

11

M. GOURGES, El más allá en el Nuevo Testamento, Estela 1983.

(14)

muro de Berlín. El sueño de Rouseau no pasa de ser una ilusión que contrasta con la experiencia diaria del mal en el mundo, del pecado del hombre. Pero es que, aunque fuera real esta esperanza de un final feliz de la historia, ¿qué esperanza habría para los millones de hombres muertos durante el proceso, sacrificados en aras de la hipotética felicidad de la generación final? ¿Qué esperanza hay para nosotros los que no nos sentimos en esa etapa dichosa de felicidad? ¿Nos resignaremos a vivir y a morir sin la esperanza de una realización personal únicamente con el consuelo de que tal vez nuestros nietos gocen de ella?

Si se niega a Dios, creador de vida y capaz de resucitar a los muertos, muere la esperanza de un futuro realmente nuevo, definitivo, pleno y plenificador del hombre.

d) De las promesas de Dios al Dios de la promesa

Pero la esperanza de que Dios crea siempre algo nuevo, se funda en su misma palabra, en la promesa que hace, primero, a Abraham y, luego, a Moisés, a David y al pueblo que ellos representan. La promesa de "una tierra que mana leche y miel" (Dt 8,7-10; 11,9) y la de "constituir con ellos un reino estable" (2S 7,12-16), es una promesa que, al cumplirse, se dilata en una nueva promesa. La paz, fecundidad, salud, abundancia de bienes, larga vida, vejez tranquila y muerte serena (Dt 28,1-14), en la medida en que se cumplen, se manifiestan incompletas y se abren a una nueva realidad, a la esperanza de lo "nuevo" prometido. En realidad la promesa va despertando la esperanza, no tanto de las promesas, cuanto del Dios de las promesas. Esta esperanza la explicitan los profetas. En ellos se anuncia la irrupción de Dios en la historia, creando una tierra nueva y unos cielos nuevos (Is 65,17), transfigurando la realidad presente. Esta esperanza se abre a lo radicalmente nuevo, a lo que viene; no es el hombre quien va a Dios, sino Dios quien viene al hombre.

La experiencia del exilio, de la pérdida de "la tierra", la destrucción del templo, no hizo otra cosa que purificar y alargar la esperanza. El contenido último de la esperanza, el futuro del hombre y del mundo, objeto de la promesa de Dios, no podía limitarse a unos bienes materiales, terrenos, caducos. El cumplimiento de la promesa no podía estar en el más acá de la historia, sino en el más allá del tiempo y el espacio, en la escatología. Es el anuncio de la apocalíptica bíblica del final del Antiguo Testamento. El libro de Daniel, el libro de los Macabeos y la Sabiduría, a las puertas del Nuevo Testamento, proclaman abiertamente la esperanza en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro (Dn 12,2-3; 2; Mc 7,9-36; 14,46; Sb 3,1-9; 4,7-14; 5,1-5).

e) Cristo cumplimiento de la promesa

Jesucristo es la Palabra-Promesa de Dios. En Él todas las promesas han hallado cumplimiento. Él es quien abre y cierra la historia. Él es el que es, el que era y el que vendrá (Ap 1,4), el es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. En Él la novedad absoluta irrumpe en la historia humana. Con Él se han inaugurado los "últimos tiempos", los definitivos. Jesús, entrando realmente en la historia, encarnándose, ha dado al hombre y al mundo la certeza de la vida eterna. La ha proclamado12 y la ha inaugurado en su persona.

En Jesucristo se realizan todas las esperanzas escatológicas. En su proclamación YO SOY manifiesta la presencia última y definitiva de "Dios con los hombres". Cristo es el Enmanuel, Dios con nosotros. Por eso puede decir YO SOY el pan vivo, la luz, el pastor, la puerta, la resurrección y la vida, el camino, la verdad y la vida, la vid verdadera. Quien come, le acoge, cree en Él, tiene ya vida eterna. Él es el ésjaton, el acontecimiento escatológico. Jesucristo es el puente, el Pontífice, entre el cielo y la tierra, en Él tenemos acceso a Dios. Él es el Hijo que descendió hasta nosotros para ascendernos a la filiación divina. Un día nos introducirá, como hijos, como hermanos suyos, en las moradas celestes preparadas por el Padre (Jn 14,2), para que su Hijo Unigénito sea el Primogénito de muchos hermanos (Rm 8,29; Col 1,18; Ap 1,5).

Esta esperanza en Jesucristo se transforma en garantía de vida eterna. No es sólo anuncio, sino acontecimiento. Su resurrección es el fundamento de nuestra resurrección, su victoria sobre la muerte es la garantía de nuestra vida eterna. Dios Padre resucitó a su Hijo, sacándolo del sepulcro y devolviéndolo a la vida que tenía junto a Él; y lo hizo con Él como primicia de resurrección para todos nosotros.

12

Cf la parábola de Epulón y Lázaro (Lc 16,19-31), la promesa al buen ladrón (Lc 23,42-42); los anuncios del Reino celeste (Mc 10,17-31), de la vida en Dios y con Dios tras la muerte (Mc 9,42-48; Mt 10,28; Lc 10,25-28; 18,18.29-30), la certeza de la resurrección (Mc 12,18-27; Jn 6,39.40.54)...

(15)

Cristo ha venido, ha participado de nuestra carne y sangre, y así ha vencido la muerte y al señor de la muerte, liberándonos de la esclavitud, abriéndonos el cielo, cerrado por el pecado. El reino de Dios se ha hecho presente entre nosotros en Cristo. La salvación ha aparecido sobre nuestra tierra. "Este es ya el tiempo oportuno, el día de la salvación" (2Co 6,1). Con estas arras o primicias esperamos con certeza y seguridad la consumación final, la cosecha escatológica. Aún no ha acabado la historia: hemos sido salvados en esperanza y aguardamos la manifestación gloriosa de nuestro Salvador, Cristo, el Señor: "No vemos lo que esperamos, pero somos el cuerpo de aquella Cabeza en la que se realizó lo que esperamos" (S. Agustín).

Por ello la salmodia de la Iglesia, que es "hija del canto que resuena incesantemente ante el trono de Dios y del Cordero"13, introduce ya al hombre, en cuanto bautizado, nacido de lo alto, en el coro celeste de la alabanza divina (Ap 7,9ss; 15,2ss; 19,1ss). Así el cristiano en la asamblea litúrgica canta con San Pedro:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento. Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor en la Revelación de Jesucristo (1P 1,3-9).

13

V. VANNI, Apocalisse. Una assemblea liturgica interpreta la storia, Brescia 1977.

(16)

2. PLENITUD DE LOS TIEMPOS a) Cristo promesa de Dios

La revelación de Dios va de la protología a la escatología. Dios, que crea al hombre y el mundo del hombre, es un Dios de la historia. Entra en la historia y guía la historia a su consumación. En Cristo llega esta historia de salvación a su punto culminante. Las promesas y actuaciones de Dios en la historia de Israel hallan en Cristo el amén definitivo. Las esperanzas de Israel se cumplen en Jesucristo.

Israel, conducido por Dios e iluminado por los profetas y sabios del Pueblo, a partir de sus experiencias, ve su propia existencia como un caminar ininterrumpido hacia situaciones nuevas. Vocación, promesa, alianza, fidelidad, conversión, perdón son realidades que no permiten a Israel instalarse, le mantienen siempre en camino, en espera de la acción creadora de Dios, que abre el círculo cerrado de toda esclavitud, del mar, del desierto devorador, circular... Donde no hay cami-nos, Dios abre un camino. Donde no hay esperanza, ni posibilidad de esperanza, Dios la crea, suscitándola con una promesa. El "esperar contra toda esperanza" culmina en la esperanza en el Dios que resucita de la muerte. Es la plenitud de la promesa, cumplida en la resurrección de Jesucristo, garantía de resurrección para "quienes creen en Dios, que da vida a los muertos y llama a la existencia las cosas que aún no existen" (Rm 4,17).

1. Cristo promesa de Dios a Abraham

Desde la experiencia de Israel se ilumina la historia del hombre. La historia de salvación, realizada en el Pueblo elegido, manifesta a toda la humanidad el designio y actuación de Dios. Desde el Génesis (12,1-3; 15,18,20) hasta Pablo, Abraham es visto como la expresión de la elección de Dios. Con las promesas que Dios le hace, lo arranca de su tierra y de su parentela, poniéndolo en camino hacia el futuro, sostenido por la esperanza. Es el actuar de Dios, que salva, prometiendo un futuro, suscitando una esperanza, arrancando al hombre del pasado conocido, construido según sus limitadas o nulas posibilidades. Dios toma la iniciativa y busca al hombre necesitado de salvación, abriéndolo así a la fe en quien puede responder a su menesterosidad. Luego la fidelidad de Dios, la obediencia del hombre y la misericordia fiel de Dios por encima de las infidelidades del hombre son la garantía de la promesa y de la salvación14.

La promesa, que Dios hace a Abraham en el momento mismo de su vocación (Gn 12,1-3; 13,14-17), se orienta a la alianza (Gn 15,17-18). La misma promesa es reiterada, más tarde, en el marco mismo de la celebración de la alianza: la descendencia de los patriarcas se ha convertido en el pueblo de las doce tribus (Ex 24,4), al que Dios garantiza la fecundidad y la posesión de la tierra (Ex 23,30-31). Y cuando, con la conquista de Canaán, se cumple la promesa, ésta se alarga, abriéndose hacia el futuro con el anuncio de un rey mesías que llevará a su culminación la promesa salvífica de Yahveh a su pueblo (2S 7,8-16). La promesa de la tierra y de una posteridad no es más que el punto de partida. La promesa de Dios es mucho más importante. El Dios que hace la promesa a Abraham promete que Él será su Dios y el de sus hijos (Gn 17,19). Dios quiere ser la propiedad de aquellos a quienes promete una tierra. Abraham, viejo y sin futuro, sin descendencia (Gn 15,2-3), es invitado a "mirar el cielo y contar las estrellas" (Gn 15,5), es decir, a confiar en Dios, que le abre un futuro por encima de toda esperanza humana.

Esta relación única con Dios indica que la promesa rebasa los contenidos materiales de tierra y descendencia. La promesa ofrece la vida en plenitud, que sólo se posee en la comunión con Él: "Esta es la vida eterna que te conozcan a Ti y a tu enviado". En Cristo, descendencia de Abraham, objeto final de la promesa (Ga 3,16.19), ésta halla su cumplimiento. En Él llega la plenitud de los tiempos y de la esperanza.

2. La alianza entre Dios y el pueblo sellada en Cristo

14

Además de Gn, Cf Si 44,19-21.

(17)

Moisés, como Abraham, ha sido elegido por Dios para llevar al pueblo a la alianza con Él (Ex 3,1-10; 6,2-8). Dios le renueva la promesa de la tierra hecha a los patriarcas (Ex 3,8; 6,8), insistiendo de nuevo en que Yahveh será el Dios propiedad de Israel, como Israel es el pueblo

propiedad de Yahveh (Ex 6,7). El Dios de la promesa se manifiesta, como ha hecho con Abraham,

con todo el pueblo, liberándolo de la esclavitud de Egipto y poniéndolo en éxodo, con la promesa de la Tierra, que supone la alianza: "Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo". La conquista y posesión de Canaán manifiestan la fidelidad de Dios a las promesas (Jos 21,43-45). Pero el futuro de la

promesa queda aún abierto. "Pues es Él tu vida y tu felicidad" (Dt 30,20).

El Exodo es un juego continuo de promesas e intervenciones de Dios, que es fiel a las promesas. Pero, en cada cumplimiento salvador de las promesas, Dios anuncia una promesa nueva, mayor. En realidad "si hubiesen pensado en una patria como aquella de donde habían salido, hubieran podido volver a ella. Pero ellos aspiraban a una mejor, es decir, a aquella celestial. Por ello Dios no tiene inconveniente en llamarse su Dios: tenía preparada para ellos una ciudad" (Hb 11,15-16). Es el Reino de los cielos que llega con Jesucristo, cumplimiento de la promesa, "pues Dios tenía en mente algo mejor para nosotros, de modo que ellos no obtuvieran la perfección sin nosotros" (Hb 11,39), "si corremos con perseverancia la carrera que tenemos delante, con la mirada fija en Jesús, autor y perfeccionador de la fe" (Hb 12,1-2). En Jesús, Dios ha manifestado realmente su gloria. Ver la gloria de Dios era el deseo de Moisés (Ex 33,18-23). Pero donde ha brillado la gloria de Dios en todo su esplendor ha sido en el rostro de Cristo. En su sangre ha sido sellada definitivamente la alianza de Dios con su pueblo.

3. Jesús: el hijo de David

La promesa y su cumplimiento en las sucesivas intervenciones salvadoras de Dios alcanza un nuevo estadio con David y el reino. En la profecía de Natán (2S 7,4-16) se anuncia, como en las etapas anteriores, la elección de un hombre, recordando también las actuaciones de Yahveh en el pasado (no se rompe el hilo que da continuidad a la historia), como garantía de la promesa de la tierra y de la descendencia. Pero aparece una novedad: la bendición y promesa se concretiza en David y su descendencia real, a la que se promete estabilidad perenne en el trono. Y la alianza –"yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo"– adopta la forma de relación familiar entre Dios y el rey: "Yo seré para él padre y él será para mí hijo". Los salmos mesiánicos (2,72,89,110 y 132), recogiendo la profecía de Natán, abren la promesa a la esperanza del Rey Mesías, en quien hallará su pleno cumplimiento: "Este es mi Hijo, en quien me complazco". Las promesas hechas a David hallan su cumplimiento en Jesús, el hijo de David.

4. Cristo: el anunciado por los profetas

Con los profetas las promesas de Dios se abren nuevamente a la esperanza de la intervención salvífica definitiva de Dios en la historia. El cumplimiento definitivo de la promesa, como plenitud de los tiempos, es el anuncio de los profetas al interpretar el presente a la luz del pasado de la historia. La misericordia y fidelidad de Dios les da ojos para ver el éschaton, la intervención última, definitiva e irrevocable de Dios sobre la historia. Es el Día de Yahveh, que viene a hacerlo todo nuevo. El Día de Yahveh anuncia la intervención absoluta e irrevocable de Dios. El Día de Yahveh, que aparece anunciado por primera vez en Amós (5,18-20), inspira la esperanza de Israel, hasta el extremo de confiar que, por el simple hecho de pertenecer al pueblo elegido, ya tenían asegurada la salvación en su llegada. Oseas tiene que advertir al pueblo que el Día de Yahveh será, sí, una intervención definitiva de Yahveh, pero supondrá el aniquilamiento del pecado y de la infidelidad (Cf So 1,15; Ez 22,24; Lm 2,22), comportando un juicio –con tinieblas, llanto y terror–, antes de restablecer el triunfo de los justos sobre los pecadores15.

15

Cf nota de la Biblia de Jerusalén a Os 5,18.

(18)

La destrucción del pecado en el Día de Yahveh anuncia la novedad salvífica de la intervención de Dios, superando las acciones salvadoras del pasado. Oseas predice una nueva conquista; Isaías, un nuevo David y una nueva Sión; Jeremías, una nueva alianza y el Deutero-Isaías, un nuevo Exodo. Se trata de una "nueva creación" (Is 65,17-18), de una vuelta al paraíso del comienzo (Os 2,23-24; Is 41,18-19; Ez 36,35). Y en todos estos anuncios de la plenitud escatológica se reitera la promesa de la intimidad del hombre con Dios: "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jr 31,33; Cf Is 55,3; Ez 36,28...).

La historia del Pueblo elegido está marcada por la infidelidad. ¡La alianza ha sido rota tantas veces! No hay otra posibilidad que reconocer el pecado, el adulterio idolátrico, y la conversión a Dios, que acepta la conversión y perdona. La alianza sólo se fundamenta en el amor gratuito de Dios (Dt 30,1-10). Pero esta posibilidad de conversión, en un corazón de piedra, se hace imposible. Sólo la promesa de un nuevo corazón de carne mantiene la esperanza del cumplimiento de la promesa. Jesús, al anunciar la llegada del reino, llama a conversión y ofrece el don de la conversión, infundiendo su Espíritu en el corazón de quienes acogen su Buena Nueva. Sólo quien nace de nuevo, en agua y Espíritu Santo, entra en el reino de Dios. Es el cumplimiento de la promesa en la nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Las promesas de los profetas, superadoras de los prodigios del Exodo, se cumplen en Cristo con su novedad absoluta. La resurrección de Jesús es la culminación de todas las esperanzas suscitadas por las promesas a lo largo del progresivo revelarse de Dios en la historia.

5. El exilio: fidelidad de Dios a la promesa

La fidelidad de Dios es la que mantiene ensartada la historia desde Abraham y los patriarcas, pasando a través de Moisés y el éxodo, por la alianza del Sínaí y la entrada en la tierra, hasta la promesa mesiánica hecha a David y cumplida en Jesucristo, hijo de David. Ni el exilio obstaculiza el desenvolvimiento de la historia, que marcha según el hilo del designio de Dios hacia su cumplimiento en la plenitud de los tiempos (Cf 2R 25,27-30; 1Cro 17,23-27).16 El Dios de las promesas se promete a sí mismo como don último: "Yo seré vuestro Dios".

El exilio, purificando las esperanzas terrenas de Israel, prolonga la promesa, espiritualizándola e interiorizándola. La esperanza de Israel se abre a la acción de Dios en lo íntimo del corazón. La reconstrucción de Israel en el poxtesilio, marcada por la precariedad de los repatriados, no permite a Israel volver atrás en su esperanza. La pedagogía de Dios, que ha guiado a su pueblo a la alianza con Él, como su propiedad personal, orienta al pueblo a esperar el encuentro con Dios, plena y definitivamente, más allá de la historia de este mundo. La plenitud de la salvación se realizará en la resurrección de los muertos. El éschaton se sitúa más allá de la historia. Se llega así a la última etapa de la esperanza escatológica de Israel. La promesa de Dios será cumplida plenamente en la resurrección, en el encuentro con Él en su reino.

6. Jesús el Hijo del hombre de la apocalíptica

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