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La última noche del Titanic

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Academic year: 2021

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(Contraportada)

La última noche del TITAN IC

En 1898 apareció una novela de un autor poco conocido, Morgan Robertson, en la que se narraba la fantástica historia de un transatlántico fabuloso, en el cual se embarcaron muchos viajeros de elevada posición social. El buque se perdió en una fría noche de abril, al chocar con un iceberg. El autor llamó a su imaginario barco «Titán». Catorce años más tarde, una compañía inglesa construyó un vapor enorme, para aquel tiempo, dotado de la más moderna técnica, al que se consideró

insumergible. En su viaje inaugural, la clase más acaudalada

ocupó sus camarotes, habiéndose calculado la fortuna global del pasaje en unos 250 millones de dólares. El 10 de abril de 1912 partía de Southampton con dirección a Nueva York. Como en la historia de Robertson, también este barco chocó con un iceberg y se hundió en una fría noche de abril. Este histórico transatlántico se llamó «Titanic».

Walter Lord nos hace revivir en su libro la historia profundamente humana de quienes se enfrentaron con el momento supremo de su existencia durante las inolvidables horas transcurridas desde las 11:40 de la noche del 14 de abril de 1912, hora del choque con un iceberg, hasta las 8:50 de la mañana del día 15, hora en que el vapor insumergible desapareció bajo las aguas.

Sacrificio, egoísmo, amor, renunciación o terror recorrie-ron la cubierta de aquel orgulloso buque haciéndole com-prender la fragilidad humana.

La angustia de quienes aguardaban su turno en los escasos botes salvavidas, el generoso sacrificio de quienes escogieron la muerte por amor o comprensión, las últimas notas de «Otoño» que tocaba la banda cuando el buque desapareció en el mar, son, entre muchas otras, páginas que el lector recordará siempre gracias a la sencillez y maestría de Walter Lord.

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Walter Lord

La última noche

del Titanic

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Titular original A NIGHT TO REMEMBER Traducido por ROSA S. DE NAVEIRA 1977

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN...6

CAPÍTULO PRIMERO...7

«OTRO VIAJE A BELFAST»...7

CAPÍTULO II ...15

«SE HABLA DE UN ICEBERG, SEÑORA»...15

CAPÍTULO III...30

«LEVANTAOS, MUCHACHOS, NOS HUNDIMOS»...30

CAPÍTULO IV ...48

«VE TÚ, YO ME QUEDARE UN RATO»...48

CAPÍTULO V...61

«CREO QUE ESTÁ PERDIDO, HARDY»...61

CAPÍTULO VI...69

«ASÍ HAY QUE HACERLO EN ESTAS SITUACIONES...»...69

CAPÍTULO VII...82

«¡OH, HA PERDIDO SU BONITA CAMISA DE DORMIR!»...82

CAPÍTULO VIII...94

«ME HACE PENSAR EN UN «PICNIC»...94

CAPÍTULO IX ...108

«VAMOS HACIA EL NORTE COMO RAYOS»...108

CAPÍTULO X...118

«VÁYASE, HEMOS VISTO COMO SE AHOGABAN NUESTROS MARIDOS»...118

CAPÍTULO XI ...134

DATOS ACERCA DEL TITANIC...134

CAPÍTULO XII ...140

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INTRODUCCIÓN

En 1898 un autor poco conocido, llamado Morgan Robertson, tramó una novela sobre un trasatlántico fabuloso, mucho mayor que cualquiera construido hasta entonces. Robertson cargó su barco de gente rica y despreocupada y lo hizo perderse en una fría noche de abril como consecuencia de chocar contra un iceberg. Esto demostraba en cierta manera la futilidad de todas las cosas, y, en efecto, él libro se tituló

Futilidad cuando aquél mismo año se puso a la venta editado por M. F.

Mansfield.

Catorce años más tarde, una compañía naviera británica llamada la

White Star Line construyó un vapor parecidísimo al de la novela de

Robertson. El nuevo trasatlántico desplazaba 66.000 toneladas; el de Robertson, 70.000. El barco verdadero tenía una longitud de 882,5 pies (alrededor de los 265 metros); él de la novela, 800. Ambos barcos tenían tres hélices y podían desarrollar una velocidad de 24-25 nudos. Ambos podían llevar unas tres mil personas y ambos disponían de suficientes botes salvavidas para una fracción de este número. Pero, claro, esto parecía carecer de importancia porque ambos estaban considerados «insumergibles».

El día 10 de abril de 1912, el verdadero barco abandonó Southampton en su viaje inaugural hacia Nueva York. Entre su cargamento había una valiosa copia del Rubáiyát de Omar Khayyám y una lista de pasajeros cuyo valor colectivo era algo así como de 250 millones de dólares. Durante el viaje, este barco también tropezó con un iceberg y se hundió en una fría noche de abril.

Robertson llamó Titán a su barco; la White Star Line llamó al suyo

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Capítulo primero

«OTRO VIAJE A BELFAST»

Arriba, en la cruceta del Titanic, el nuevo barco de la White Star

Line, el vigía Frederick Fleet oteaba en una noche deslumbrante. Era una

noche de calma, clara y glacial. No había luna, pero el cielo sin nubes resplandecía de estrellas. El Atlántico parecía un cristal bruñido; más tarde, la gente dijo que jamás se había visto tan liso.

Esta era la quinta noche del viaje inaugural del Titanic a Nueva York y esos pocos días bastaban para decir que no sólo era el mayor, sino el más lujoso barco del mundo. Incluso los perros de los pasajeros eran lujosos. John Jacob Astor llevaba consigo su airedale Kitty. Henry Sleeper Harper, perteneciente a la familia de editores, tenía un pequinés premiado: Sun

Yatsen. Robert W. Daniel, el banquero de Filadelfia, acababa de comprar

un campeón, un bulldog francés, en Inglaterra, Clarence Moore, de Washington, también había comprado perros, pero las cincuenta parejas de perros de caza, zorreros, que había adquirido para su club de caza, no viajaban con él.

Este era otro mundo para Frederick Fleet, uno de los seis vigías de la plantilla del Titanic, porque los vigías vivían al margen de los problemas de los pasajeros. Eran «los ojos del barco», y aquella noche Fleet había recibido instrucciones especiales de estar alerta, de vigilar los icebergs.

Hasta entonces todo iba bien. Entró de servicio a las diez..., comentó sobre el problema del hielo con el vigía Reginald Lee, su compañero de cruceta..., unas palabras más sobre el frío..., pero, sobre todo, silencio mientras los dos hombres miraban a la oscuridad.

Ahora la guardia estaba casi terminada y no se había presentado nada inusitado. Sólo la noche, las estrellas, el aire cortante, el viento que silbaba por entre el aparejo mientras el Titanic se deslizaba veloz sobre la superficie del mar negro y liso, a 22 nudos y medio. Eran casi las 11,40 de la noche del domingo, 14 de abril de 1912.

De pronto, Fleet vio algo delante, algo más oscuro que la oscuridad. Al principio era una cosa pequeña (de un tamaño aproximado al de dos

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mesas unidas), pero a cada momento se hacía mayor. Al instante, Fleet tocó por tres veces la campana de la cruceta, el aviso de peligro a proa. Al mismo tiempo cogió el teléfono y llamó al puente de mando.

—¿Qué has visto? —preguntó una voz tranquila al extremo del hilo. —Iceberg a proa —contestó Fleet.

—Gracias —dijo la voz con indiferente cortesía. No se habló más. Durante los 37 segundos que siguieron, Fleet y Lee permanecieron de lado, en silencio, viendo acercarse el iceberg. Ahora estaban ya casi encima y el barco seguía sin virar. El iceberg se erguía húmedo y reluciente muy por encima de la cubierta del castillo de proa y ambos hombres se prepararon para el choque. Entonces, milagrosamente, la proa empezó a virar a babor. En el último segundo el tajamar quedó despejado y el hielo se deslizó rápidamente por el lado de estribor. A Fleet le dio la impresión de que la cosa había sido de lo más justa.

En aquel momento el cabo George Thomas Rowe estaba de vigilancia en el puente de popa. Para él también había sido una noche sin incidentes... Sólo el mar, las estrellas, el aire cortante... Mientras paseaba por el puente, observó lo que él y sus compañeros llamaban «los bigotes de la luz»... Esquirlas de hielo en el aire, finas como polvo, que desprendían infinidad de luces de colores cuando las iluminaban las luces del puente.

De pronto, sintió una cosa rara que parecía romper el ritmo firme de los motores. Era como si hubieran atracado algo bruscamente a lo largo de un muelle. Miró hacia adelante... y volvió a mirar. Por estribor parecía pasarles una cosa con velas desplegadas. Al instante se dio cuenta de que era un iceberg que sobresalía unos cien pies de la superficie, que inmediatamente desapareció perdiéndose en la oscuridad de popa.

Entretanto, abajo, en el comedor de primera clase, en la cubierta D, otros cuatro miembros de la tripulación del Titanic estaban sentados en una de las mesas. El último comensal se había retirado hacía tiempo y ahora el gran comedor blanco, de estilo jacobino, estaba desierto, excepto por este grupo. Eran mayordomos de comedor, disfrutando del eterno pasatiempo de todos los mayordomos libres de servicio: cotilleos sobre los pasajeros.

Mientras hablaban, notaron un leve crujido procedente de alguna parte recóndita del buque. No era gran cosa, pero lo suficiente para interrumpir la conversación y hacer tintinear la plata preparada para el desayuno del día siguiente.

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El mayordomo James Johnson creyó saber de qué se trataba. Reconoció el estremecimiento que agita a un barco que acaba de perder una de las palas de la hélice y sabía que este tipo de contratiempo significaba un viaje de retomo al astillero de Harland & Wolff, en Belfast..., con tiempo de sobra para disfrutar de la hospitalidad del puerto. Alguien cerca de él asintió y canturreó alegremente: «Otro viaje a Belfast.»

En las cocinas, hacia popa, el panadero jefe de noche, Walter Belford, estaba haciendo bollos para el día siguiente (el honor de preparar la pastelería lucida estaba reservado al equipo de día). Cuando sintió la sacudida, Belford se impresionó más que el mayordomo Johnson...; tal vez porque una bandeja de bollos colocada sobre el horno cayó y éstos se des-parramaron por el suelo.

Los pasajeros, ya en sus camarotes, también notaron la sacudida e intentaron relacionarla con algo que les fuera familiar. Marguerite Frolicher, una joven suiza que acompañaba a su padre en un viaje de negocios, despertó sobresaltada. Medio dormida, sólo se le ocurrió pensar en los pequeños ferries blancos del lago que atracan en Zurich sin demasiadas contemplaciones. Se dijo:

—¡Qué raro! ¡Atracamos!...

El comandante Arthur Godfrey Peuchen, que se disponía a desnudarse, lo interpretó como una ola que se estrellara contra el costado. Mrs. J. Stuart White estaba sentada al borde de la cama, disponiéndose a apagar la luz, cuando el barco pareció pasar sobre «millares de piedrecitas». A lady Cosmo Duff Gordon, despertada por la sacudida, la pareció «como si alguien hubiera pasado un dedo gigantesco por el costado del barco». Mrs. John Jacob Astor lo achacó a un percance en la cocina.

A unos les pareció más fuerte que a otros. Mistress Albert Caldwell imaginó un enorme perro con un gatito en la boca, sacudiéndolo. Mrs. Walter B. Stephenson recordó la primera sacudida del terremoto de San Francisco; luego se dijo que no era tan fuerte. Mrs. E. D. Appleton casi no sintió nada, pero creyó oír un desagradable ruido de desgarro..., como si alguien rasgara una larga tira de papel.

El crujido significo bastante más para J. Bruce Ismay, director general de la White Star Line, que tomaba parte alegremente en el primer viaje del Titanic. Ismay despertó sobresaltado en su camarote de lujo, en la

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cubierta B. Tuvo la seguridad de que el barco había topado con algo, pero sin saber qué.

Algunos de los pasajeros ya conocían la respuesta. Mr. y Mrs. George A. Harder, una pareja en viaje de novios, estaban todavía en su camarote E-50 cuando oyeron un golpe sordo. Luego percibieron el estre-mecimiento del barco, seguido de un «ruido sordo, como un rasguño», en el costado del buque. Mr. Harder saltó de la cama y corrió a la ventanilla. Mirando a través del cristal, vio pasar una pared de hielo. Lo mismo ocurrió a James B. McGough, un agente de compras de Gimbels, de Filadelfia, sólo que su experiencia fue peor. Su ventanilla estaba abierta y al pasar el iceberg cayeron trozos de hielo en el camarote.

Igual que McGough, la mayoría de los pasajeros del Titanic estaban acostados cuando se notó el roce. En aquella tranquila y fría noche dominguera una litera cómoda parecía el lugar donde mejor podía estarse. Pero algunos trasnochadores seguían aún de pie. Como de costumbre, la mayor parte se hallaban en el fumador de primera clase, en la cubierta A.

Y, como de costumbre también, era un grupo de lo más mezclado. En una de las mesas se sentaban Archie Butt, ayudante militar del presidente Taft; Clarence Moore, el presidente del club de caza; Harry Widener, hijo del magnate de los tranvías de Filadelfia; y William Carter, otro naviero. Estaban digiriendo y comentando una pequeña cena dada por el padre de Widener en honor del capitán Edward J. Smith, comandante del barco. El capitán se había retirado temprano, las señoras habían sido enviadas a la cama y ahora los hombres saboreaban el último puro antes de retirarse a descansar. La conversación derivó de la política a las aventuras de Clarence Moore en Virginia occidental, cuando ayudó a intervistar al viejo pendenciero Anse Hatfield.

Hundido en un sillón de cuero, Spencer V. Silverthorne, un joven agente de compras de los grandes almacenes Nugent, de San Luis, leía una novela recién publicada, The Virginian. No lejos, Lucien P. Smith (otro de Filadelfia) luchaba valientemente a través de los problemas lingüísticos de una partida de bridge con tres franceses.

En otra mesa la gente joven del barco disfrutaba con otra partida de bridge, pero ésta mucho más ruidosa. La gente joven prefería generalmente la diversión del Café Parisién, situado exactamente debajo de la cubierta B, y en un principio aquella noche no había sido una excepción. Pero empezó a hacer tanto frío que alrededor de las 11,30 las muchachas fueron a acostarse y los hombres subieron al fumador para tomarse unas copas. La

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mayor parte del grupo tomó highballs; Hugh Woolner, hijo del escultor inglés, tomó whisky caliente con agua; el teniente sueco Hokan Bjornstrom Steffanson, un agregado militar destinado a Washington, se decidió por una limonada caliente.

Alguien sacó un mazo de naipes, y mientras estaban allí riendo y jugando, notaron el crujido. No les causó mucha impresión, pero la bastante para sobresaltarles. Mr. Silverthome se sobresalta todavía al contarlo. Al instante, Mr. Silverthome y el mayordomo se pusieron en pie..., cruzaron la puerta de popa..., atravesaron el salón de palmeras... y salieron a cubierta. Llegaron a tiempo de ver pasar el iceberg rozando el costado de estribor, sobresaliendo de la cubierta de los botes de salvamento. Al pasar vieron caer pedazos de hielo en el agua; al momento se perdió en la oscuridad de popa.

Ahora iban saliendo otras personas del fumador. Cuando Hugh Woolner llegó al puente, oyó gritar a un hombre:

—¡Hemos chocado con un iceberg!... ¡Allá va!...

Woolner miró a la noche. A unas 150 yardas a popa creyó ver una montaña de hielo perfilándose en negro sobre el cielo estrellado. Inmediatamente se desvaneció.

También se desvaneció la excitación. El Titanic parecía tan firme como siempre y hacía demasiado frío para quedarse mucho rato fuera. Poco a poco, el grupo volvió a entrar, Woolner cogió sus cartas y el bridge continuó. El último que entró creyó, al cerrar la puerta de golpe, que las máquinas se paraban.

Tenía razón. Arriba en el puente de mando, el primer oficial William M. Murdoch acababa de girar la manivela de señales a las máquinas hasta llegar a «Stop». Murdoch estaba encargado de la guardia del puente y aquél era su problema desde que Fleet le había telefoneado el peligro. Un minuto lleno de tensión había transcurrido... Ordenes al cabo Hitchens de que virara todo a estribor... Un aviso a las máquinas para «toda marcha a popa»... Empujar a fondo el botón que cerraba las puertas de los com-partimientos estancos... Y, al fin, aquellos 37 segundos de angustiosa espera.

Ahora la espera había terminado y estaba más que claro que era demasiado tarde. Al morir el crujido, el capitán Smith corrió al puente desde su camarote adyacente a la cámara del timón. Sólo se cruzaron unas palabras:

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—Un iceberg, señor. Di toda la vuelta a estribor y marcha atrás, y me proponía darla toda a babor para rodearlo, pero estábamos encima. No he podido hacer más.

—Cierre las compuertas.

—Las compuertas están cerradas.

En efecto, estaban cerradas. En el cuarto de calderas número 6, el fogonero Fred Barrett había estado hablando con el segundo ayudante, maquinista James Hesketh, cuando sonó la campanilla de alarma y se encendió la luz roja sobre la puerta estanca que llevaba a popa. Un grito de advertencia, un ruido ensordecedor, y todo el lado estribor del barco pa-reció ceder. El mar se precipitó dentro, rodeando los tubos y las válvulas, y los dos hombres tuvieron el tiempo justo de cruzar la puerta de un salto antes de que ésta se cerrara a sus espaldas.

Barrett vio la situación casi tan mala en el cuarto de calderas número 5. El boquete llegaba hasta el número 5, dos pies más allá de la puerta cerrada, y un grueso chorro de agua de mar entraba por el agujero. A pocos pasos, el palero George Cavell se sacudía después de salir de un montón de carbón que le había caído encima en el momento del golpe. Otro paleador contemplaba descorazonado un plato de sopa puesto a calentar sobre una pieza de maquinaria y que se había vertido.

Los otros cuartos de calderas más hacia popa estaban secos, pero la escena era aproximadamente la misma: hombres que se levantaban del suelo llamándose unos a otros, preguntándose qué había ocurrido. Era difícil imaginarlo. Hasta ahora el Titanic había sido como una jira campestre. Siendo un barco nuevo en su primer viaje, todo estaba limpio. Era, como recuerda el fogonero George Kernish, «un trabajo fácil; no lo que estábamos acostumbrados a soportar en barcos viejos, perdiendo el bofe y casi requemados por el calor».

El único trabajo de los fogoneros consistía en tener las calderas llenas. No era necesario atizar los fuegos con barras de hierro, punzones y rastrillos, de modo que se comprende que en aquella noche dominguera los hombres descansaran..., sentados sobre los cubos y las carretillas de los paleadores, charlando, en espera de que llegaran los del turno de doce a cuatro.

Y entonces oyeron el golpe... Aquel ruido de desgarrón, aquel crujido... Los timbres y los teléfonos disparados... Las puertas estancas cerrándose de golpe. La mayoría de los hombres no podían imaginar lo que ocurría... Se propagó la historia de que el Titanic había embarrancado

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en las costas de Terranova. Muchos de ellos seguían pensándolo, incluso después de que un palero bajara gritando:

— ¡Demonio! ¡Hemos chocado con un iceberg!

A unas diez millas de distancia, el tercer oficial Charles Víctor Groves se hallaba en el puente del trasatlántico Californian de la Compañía Leyland, procedente de Boston y en dirección a Londres. Un lento barco de 6.000 toneladas, con cabida para 47 pasajeros, pero con ninguno a bordo entonces. Aquel domingo estaba detenido desde las 10,30 de la noche, completamente rodeado de hielo a la deriva.

A eso de las 11,10, Groves observó las luces de otro barco, viniendo a toda velocidad por estribor, en dirección Este. Cuando el recién llegado pasó y dejó atrás al inmóvil Californian, el resplandor de las luces de cubierta hizo suponer que se trataba de un gran trasatlántico. Alrededor de las 11,30 llamó a la puerta-persiana del cuarto de derrota y se lo comunicó al capitán Stanley Lord. Lord sugirió ponerse en contacto con el barco mediante lámpara Morse y Groves se preparó para llevarlo a cabo. Entonces, serían las 11,40, vio que el enorme barco se detenía de golpe y apagaba la mayor parte de sus luces. Esto sorprendió poco a Groves. Había hecho las líneas del Lejano Oriente, donde generalmente se apagaban las luces a medianoche para animar a los pasajeros a retirarse. Jamás se le ocurrió pensar que tal vez las luces no se habían apagado..., que sólo parecían apagarse porque ya no le veía de costado, sino que había virado bruscamente a babor.

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Capítulo II

«SE HABLA DE UN ICEBERG, SEÑORA»

Casi como si no hubiera ocurrido nada, el vigía Fleet continuó su guardia, Mrs. Astor volvió a recostarse en su cama y el teniente Steffanson siguió con su limonada caliente.

Ante la insistencia de varios pasajeros, el mayordomo del fumador de segunda clase, James Witter, salió a investigar la sacudida. Pero dos mesas de jugadores ni siquiera levantaron la vista. En general, la White Star Line, no permitía que se jugara a las cartas en domingo y esta noche los pasajeros deseaban aprovecharse de la extrema condescendencia del ma-yordomo jefe.

En el salón de segunda no había nadie que pudiera mandar al bibliotecario en busca de noticias por lo que permaneció sentado a su mesa, contando plácidamente las fichas de libros prestados.

A lo largo de los blancos corredores que conducían a los camarotes de lujo solamente se oían los murmullos de la gente charlando en sus habitaciones... un portazo distante en las dependencias de servicio... o bien un taconeo sin prisas... en resumen, los ruidos habituales en un trasatlántico, de noche.

Todo parecía perfectamente normal, pero no del todo. En su camarote de la cubierta B, Jack Thayer, de 17 años, acababa de dar las buenas noches a sus padres, Mr. y Mrs. John B. Thayer, de Filadelfia. Los Thayer tenían camarotes de lujo comunicantes, un alojamiento compatible con el cargo de Mr. Thayer, vice-presidente de los Ferrocarriles de Pensilvania. Ahora, mientras el muchacho se abrochaba la chaqueta de su pijama, el zumbido regular de la brisa a través de su ventanilla abierta, paró de pronto.

Una cubierta más abajo, Mr. y Mrs. Henry B. Harris estaban sentados en su camarote jugando a las cartas. Mr. Harris, un productor de Broadway, estaba muerto de cansancio y Mrs. Harris se acababa de romper un brazo. Tenían poca conversación y mistress Haris se entretenía mirando

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cómo sus trajes se balanceaban en sus colgadores por la vibración del barco. De repente vio que dejaban de moverse.

Un poco más abajo, en otra cubierta, Lawrence Beesley, un joven profesor de ciencias en el Dulwich College, descansaba en su litera de segunda, leyendo, agradablemente mecido por el movimiento del colchón. De pronto su colchón dejó de moverse.

El crujido del maderamen, el rítmico zumbido de las máquinas, el regular tintineo de la cúpula de vidrio del hall de la cubierta A... todos esos ruidos familiares de a bordo se desvanecieron al detenerse el Titanic. Más que cualquier sacudida, lo que impresionó a los pasajeros fue el repentino silencio.

Los timbres empezaron a sonar, pero era difícil averiguar nada.

—¿Por qué nos hemos detenido? —preguntó Lawrence Beesley a un mayordomo que pasaba.

—No podría decírselo, señor —fue la típica respuesta—, pero no creo que sea nada.

Mrs. Arthur Ryerson, de la familia del acero, obtuvo resultados algo mejores.

—Se habla de un iceberg, señora —explicó el mayordomo Bishop— y nos hemos detenido para no chocar.

Mientras su doncella Victorine rondaba por allí, Mrs. Ryerson reflexionó en lo que debía hacer. Míster Ryerson, por primera vez desde que zarparon, dormía profundamente y lamentaba tener que despertarle. Se acercó a la ventana cuadrada que daba directamente al mar; fuera vio solamente una noche tranquila y magnífica. Decidió dejarle dormir.

Otros se negaron a que se les dieran explicaciones vagas. Con la inquieta curiosidad que mueve a todo pasajero de un barco, uno de ellos empezó a explorar en busca de una respuesta.

En C 51, el coronel Archibald Gracie, un historiador militar aficionado gracias a West Point y a una renta particular, se fue meticulosamente equipando con ropa interior de abrigo, calcetines largos, zapatos, pantalones y una gruesa chaqueta, luego se dirigió a la cubierta de botes salvavidas. Jack Thayer se puso simplemente el abrigo sobre el pijama y salió gritando a sus padres que «salía a ver el jaleo».

En cubierta había poco que ver; ni tampoco había señales de peligro. Los exploradores anduvieron en general sin saber qué hacer, se detuvieron junto a la barandilla y contemplaron la noche en busca de algún indicio. El

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Titanic estaba quieto en el agua mientras tres de sus cuatro chimeneas

echaban vapor con un estruendo que ensordecía en aquella noche quieta y estrellada. Por lo demás, todo parecía normal. Hacia la popa de la cubierta de botes una pareja de ancianos, cogidos del brazo, paseaba ajena al estruendo del vapor y de los grupos de pasajeros que habían ido apareciendo.

Hacía un frío cortante y había poco que ver, por lo que la mayoría de la gente volvió a entrar. Dentro del magnífico hall de la cubierta A, encontráronse con otros que también se habían levantado pero que pre-ferían quedarse dentro donde hacía calor.

Mezclados, formaban una imagen curiosa. Sus ropas eran una mezcolanza de albornoces, trajes de noche, abrigos de piel, jerseys de cuello vuelto. El escenario era igualmente incongruente, la enorme cúpula de vidrio sobre sus cabezas... las paredes recubiertas de roble... las magníficas barandillas con los arabescos de hierro forjado... y contemplándoles, un increíble reloj de pared adornado por dos ninfas de bronce simbolizando, al parecer, el Honor y la Gloria coronando al Tiempo.

—Oh, tardaremos unas horas y volveremos a seguir viaje —explicó vagamente un mayordomo al pasajero de primera clase, George Harder.

—Parece ser que hemos perdido una hélice, pero así nos dará tiempo para terminar la partida —anunció Howard Case, el gerente londinense de la Vacuum Oil, a Fred Seward, un abogado de Nueva York. Tal vez Mr. Case consiguió esta teoría del mayordomo Johnson que seguía con la idea de una estancia en Belfast. De todos modos, los pasajeros empezaban a estar algo más informados.

—¿Qué te parece? —preguntó Harvey Collyer a su mujer, de vuelta a su camarote después de haber dado una vuelta en cubierta—. Hemos chocado con un iceberg... uno grande..., pero no hay peligro. Así me lo ha dicho un oficial.

Los Collyer viajaban en segunda, desde Inglaterra hacia una granja frutera que acababan de comprar en Fayette Valley, Idaho. Eran novicios en el Atlántico y tal vez la noticia habría impresionado a Mrs. Collyer, pero la cena aquella noche había sido abundante y pesada. Así que se limitó a preguntar a su marido si la gente parecía asustada y al contestarle él que no, volvió a echarse en su litera.

John Jacob Astor parecía igualmente tranquilo. De regreso a su suite después de haber subido a investigar, explicó a su esposa que el barco

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había chocado con hielo, pero que no parecía grave. Estaba tranquilo y Mrs. Astor no se alarmó lo más mínimo.

—¿Qué dicen que ocurre? —preguntó William T. Stead, un inglés espiritualista, reformador, evangelista y editor, a la vez. Individualista profesional, parecía haber planeado su llegada a cubierta después de todos los demás.

—Icebergs —explicó Frank Millet, el distinguido pintor americano. —Bah —contestó Stead encogiéndose de hombros—, no será nada grave; me vuelvo al camarote a leer.

Mr. y Mrs. Dickinson Bishop, de Dowagiac, Michigan, tuvieron la misma reacción. Cuando un mayordomo les aseguró:

—Hemos chocado con un pequeño trozo de hielo, pero se ha quedado atrás —los Bishop regresaron a su camarote y volvieron a desnudarse. Mr. Bishop cogió un libro y se puso a leer, pero pronto fue interrumpido por una llamada a la puerta. Se trataba de Mr. Albert A. Stewart, un agitado caballero, ya entrado en años, que tenía importantes intereses en el circo Barnum & Bailey.

— ¡Venga, salga a divertirse! —dijo.

También otros tuvieron la misma idea. El pasajero de primera clase Peter Dal oyó a una joven que decía a otra:

—Anda, vamos a ver el iceberg... ¡nunca hemos visto ninguno!

Y en el fumador de segunda clase alguien preguntó en broma si podrían ponerle hielo del iceberg en su highball.

Y podían. Cuando el Titanic pasó rozándolo, varias toneladas de hielo se desprendieron del iceberg, desmenuzadas, y cayeron por estribor, frente al trinquete. Este lugar era el puesto de recreo de los pasajeros del entrepuente llegados para investigar. Desde la ventana de su camarote en la cubierta B, Mrs. Natalie Wick les contempló cómo jugaban a echarse hielo unos a otros.

El hielo no tardó en ser una auténtica atracción turística. El comandante Arthur Godfrey Peuchen, un químico industrial de Toronto, aprovechó la oportunidad para dirigirse a un compatriota mucho más distinguido, Charles M. Hays, presidente de los Ferrocarriles del Grand Trunk, exclamando:

—Mr. Hays, ¿ha visto usted el hielo?

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—Si le interesa verlo, le acompañaré a cubierta y se lo enseñaré.

Y anduvieron, hasta llegar a la cubierta A, desde donde se quedaron mirando los juegos que había abajo.

La posesión del hielo no fue monopolio de tercera por mucho rato. Mientras el coronel Gracie estaba en el hall de la cubierta A, Clinch Smith, un figurón de la sociedad de Nueva York, cuyas experiencias incluían el haber estado sentado a la mesa de Stanford White la noche en que éste fue asesinado por Harry K. Thaw, le golpeó en el hombro, preguntándole:

—¿Le gustaría un recuerdo para llevarse a Nueva York? —y abriendo la mano le enseñó un pedazo de hielo, plano como un reloj de bolsillo.

El mismo instinto de coleccionista se apoderó de otros. El marinero John Poingdestre cogió un trozo y lo llevó a enseñar al comedor de la tripulación. Un pasajero del entrepuente, regaló al cuarto oficial Boxhall un pedazo del tamaño de una palanganita. Mientras el engrasador Walter Hurst descansaba medio dormido, su suegro, que compartía el mismo dormitorio, entró y le echó un trozo de hielo a la litera. Un hombre entró en el dormitorio de mayordomos, enseñándoles un pedazo grande como una taza de té explicando al mayordomo F. Dent Ray:

—Hay toneladas de hielo a proa.

—Bueno —bostezó Ray—, ¡no hará ningún daño! —y se dispuso a dormir.

Con algo más de curiosidad, el mayordomo de primera clase, Henry Samuel Etches, libre de servicio en el momento del choque, salió para investigar hacia la cubierta E, encontrándose con un pasajero de tercera clase que venía en dirección contraria. Antes de que Etches pudiera decir nada, el pasajero —encarándose con Etches como si tuviera una prueba irrefutable de algo que se hubiera discutido— tiró un bloque de hielo a los pies del mayordomo, gritando:

—¿Querrá creerlo ahora?

Pronto hubo pruebas bastante más graves de que no todo estaba como debía. A las 11,50, diez minutos después de la colisión, en los seis primeros compartimientos estancos, de los dieciséis que tenía el Titanic, podían verse y oírse cosas muy extrañas.

El palero Samuel Hemming, descansando en su litera por estar libre de servicio, oyó un extraño ruido sibilante que procedía del proel, el compartimiento situado en la misma proa. Saltó de la litera y se adelantó

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cuanto pudo, descubriendo que era aire escapando del lugar donde se guardaban las cadenas de áncora. Abajo, el agua entraba tan de prisa que el aire salía empujado por la tremenda presión.

En el otro compartimiento de proa, donde tenían sus alojamientos los fogoneros y estaba la escotilla de carga número uno, el primer fogonero Charles Hendrickson fue despertado por un curioso ruido. Pero ahí no era aire, era agua. Cuando miró hacia abajo por la escalera de caracol que llevaba al corredor que unía los alojamientos a las bodegas donde estaba el carbón, vio agua de mar verdosa al pie de los peldaños de hierro.

El pasajero del contrapuente, Cari Johnson tuvo una sorpresa aun más desagradable en el tercer compartimiento de proa. Este contenía los alojamientos de pasaje más baratos, abajo de todo el barco y pegados a proa. Al levantarse Johnson para ir a ver lo que provocaba aquella pequeña conmoción fuera de su camarote, el agua entraba por debajo de su puerta y llegaba a sus pies. Decidió vestirse y para cuando terminó de ponerse la ropa, el agua le cubría los zapatos. Con un interés despegado, casi clínico, observó que el agua parecía tener la misma profundidad en todas partes. Cerca de allí, el pasajero de entrepuente Daniel Buckley fue algo más lento en reaccionar y cuando al fin se decidió a saltar de su litera, cayó en el agua que le llegaba a los tobillos.

Cinco empleados postales que trabajaban en el cuarto compartimiento estaban mucho más mojados. La oficina de correos del

Titanic cogía dos pisos de cubierta, la correspondencia estaba guardada

junto con el equipaje de primera clase en la cubierta Orlop y era distribuida en el piso de arriba, en la cubierta G. Los dos pisos comunicaban por una amplia escalera de hierro que continuaba hasta la cubierta F y resto del barco. A los cinco minutos, el agua llegaba a las rodillas de los empleados mientras estos trasladaban 200 sacas de correspondencia certificada escalera arriba al departamento de selección, situado en lugar más seco.

Podían haberse ahorrado el trabajo... cinco minutos más tarde, el agua llegaba arriba de la escalera y lamía las planchas de la cubierta G. Los empleados decidieron abandonar la habitación retirándose más arriba, a la cubierta F.

Arriba de la escalera encontraron una pareja que les miraba. Se trataba de Mr. y Mrs. Norman Campbell Chambers, de Nueva York, atraídos por el ruido, cuando regresaban a su camarote después de una in-fructuosa visita a la cubierta de paseo. Ahora, los Chambers y los

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empleados contemplaron juntos la escena, riéndose del equipaje empapado y preguntándose qué dirían las cartas que podían ver flotando en el departamento abandonado.

De vez en cuando y por poco tiempo se les unían otras personas... el oficial Boxhall... el ayudante de mayordomo Wheat... incluso una vez el propio capitán Smith. Pero en ningún momento pudieron los Chambers creer que lo que estaban viendo era realmente peligroso.

El quinto compartimiento estanco, de proa, contenía la caldera número seis. Allí era donde el fogonero Barrett y el ayudante de maquinista Hesketh saltaron por la puerta estanca en el momento que ésta se cerraba después de la colisión. Otros no tuvieron suerte y se vieron obligados a salir por las escalas de emergencia que atravesaban todo el barco. Unos pocos se entretuvieron arriba y pasados unos momentos algunos volvieron a bajar.

De alguna parte le llegaron voces de «Cierren los registros»; y luego: «Apagar los fuegos». El fogonero George Beauchamp trabajó con ahínco a medida que el mar iba invadiendo la cámara desde la puerta del pañol del carbón y por entre las planchas del suelo. A los cinco minutos tenía el agua a cintura... un agua negra y pegajosa por la grasa de las máquinas. El aire estaba cargado de vapor. El fogonero Beauchamp no vio jamás quien le gritó desde arriba las palabras salvadoras:

—¡Ya basta!

Estaba demasiado aliviado para que le importara a medida que subía corriendo la escala de escape por última vez.

Exactamente en la popa, el ayudante de segundo maquinista Hesketh, ahora del lado seco de la puerta estanca, luchaba por normalizar el cuarto de calderas número cinco. El mar seguía entrando por un desgarrón de dos pies de ancho, casi pegado a la puerta cerrada, pero los ayudantes maquinistas Harvey y Wilson estaban haciendo trabajar una bomba y ésta bastaba por ahora para tener el agua a raya.

Por un momento los paleadores permanecieron inactivos mirando a los maquinistas mientras montaban las bombas; luego el cuarto de máquinas telefoneó que los enviaran a la cubierta de botes. Subieron en tropel por la escala de emergencia y una vez en el puente los volvieron a mandar abajo por lo que estuvieron un buen rato deambulando por los corredores de servicio de la cubierta E, a mitad de camino, enredados en la organización de un barco enorme y sin saber qué hacer.

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Entre tanto se apagaron las luces del cuarto de calderas número cinco. El maquinista Harvey mandó al fogonero Barrett, que se había quedado allí, que fuera a la sala de máquinas, en busca de linternas.

Las puertas de comunicación estaban todas cerradas así que Barrett tuvo que subir hasta el final por la escalerilla de escape, cruzar y bajar por otro lado. Para cuando hubo encontrado el camino, los maquinistas habían podido encender nuevamente las luces y no se necesitaban linternas.

Luego, Harvey mandó a Barrett que cerrara las calderas... la presión, que había aumentado cuando el barco iba a toda marcha, ahora levantaba las válvulas de seguridad y hacía saltar las juntas. Barrett volvió a subir por la escalerilla y reunió a quince o veinte de los fogoneros que andaban sueltos por la cubierta E. Todos ellos bajaron y empezaron a inundar los fuegos. Era un trabajo agotador, abrir calderas, cerrar registros para evitar que saliera vapor; el fogonero Kemish aún lo recuerda con emoción.

—Desde luego fue un trabajo infernal apagar todos aquellos fuegos... Nubes de vapor escapaban de los cuartos de calderas mientras los hombres iban sudando, pero poco a poco renació el orden. Las luces brillaron, el lugar quedó vacío de agua y, por lo menos en el número cinco, todo parecía estar controlado. Había una atmósfera de alegre confianza cuando corrió la voz de que los hombres del turno de 12 a 4 llevaban sus camas a la cubierta de recreo porque sus alojamientos estaban inundados. Los hombres del turno de 8 a 12 dejaron de trabajar, pensaron que aquello era una broma de las gordas y rieron.

Arriba, en el puente, el capitán Smith trató de conseguir una visita de conjunto. Nadie estaba mejor situado que él para lograrlo. Después de treinta y ocho años de servicio en la White Star Line, era mucho más que el decano de la compañía; era un patriarca barbudo, adorado por la tripulación y los pasajeros. Todo lo suyo les gustaba... especialmente su maravillosa mezcla de firmeza y corrección. Esta se hacía especialmente evidente en el asunto de los puros.

—Los puros —dice su hija— eran su pasión. A uno se le permitía estar en la misma habitación que él solamente si se comprometía a estarse quieto de modo que la nube azul que se formaba sobre su cabeza no se moviera.

El capitán Smith era un jefe nato, y al llegar a la timonera después del choque se detuvo lo justo para visitar el ala estribor del puente para ver si el iceberg estaba aún a la vista. El primer oficial Murdoch y el cuarto oficial Boxhall le seguían y por un momento los tres se quedaron mirando

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a las tinieblas. Boxhall creyó ver una forma oscura a popa, lejos, pero no estaba seguro.

Desde aquel momento todo se precipitó. El capitán Smith mandó a Boxhall a que hiciera una rápida inspección del barco. A los pocos minutos estaba de vuelta; había ido lo más adelante que pudo en el en-trepuente y allí no había indicios de desperfectos.

Estas fueron las últimas buenas noticias que oyó el capitán Smith aquella noche.

Todavía preocupado, Smith dijo ahora a Boxhall:

—Baje y busque al carpintero y hágale que repase el barco.

No había llegado Boxhall ni a media escalera del puente que tropezó con el carpintero J. Hutchinson que subía corriendo. Le empujó para pasar, jadeando al llegar a su altura.

—Está haciendo agua.

Pisando los talones al carpintero llegaba el empleado de correos Iago Smith. También él corrió al puente, barboteando al llegar:

—La cala de la correspondencia está inundándose rápidamente.

El siguiente en llegar fue Bruce Ismay. Se había puesto un traje sobre el pijama, calzado las zapatillas y subido al puente para tratar de averiguar cualquier cosa que el presidente de la Compañía no debiera ignorar. El capitán Smith le dio la noticia del choque con el iceberg. Entonces Ismay preguntó:

—¿Cree usted que el barco está seriamente averiado? Una pausa. Luego, el capitán dijo lentamente:

—Me temo que sí.

No tardarían en saberlo. Se había llamado a Thomas Andrews, director gerente de Harland & Wolff, los astilleros. Como constructor del

Titanic, Andrews hacía el viaje inaugural para revisar cualquier fallo del

barco. Si alguien podía juzgar aquella situación, aquel era el hombre.

En verdad era un hombre extraordinario. Como constructor, conocía al dedillo todos los detalles del Titanic. Pero en él había mucho más que esto. Nada era demasiado grande o demasiado insignificante para él. Incluso parecía anticipar el modo en que el barco reaccionaría ante cualquier situación. Comprendía a los barcos del mismo modo que hay hombres que comprenden a los caballos.

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Y conocía igualmente bien a todos los hombres que gobiernan barcos. Todos ellos llevaban sus problemas a Andrews. Una noche podía ser el primer oficial Murdoch, preocupado porque había sido reemplazado por el jefe de oficiales Wilde. La noche siguiente eran dos camareras que se habían peleado y consideraban a Andrews como juez supremo. Aquella misma tarde, el panadero jefe Charles Joughin le hizo un pan especial.

Hasta el presente, el viaje de Andrews había sido lo que podía esperarse. Durante todo el día recorría el barco, tomando montañas de notas. A las 6,45 de todos los días se vestía para la cena, sentándose ge-neralmente con el doctor O’Loughlin, el médico de a bordo que también tenía buena mano con las camareras. Luego, regresaba a su cámara A-36, abarrotada de planos, gráficos y mapas. Allí ordenaba sus notas y preparaba las advertencias o recomendaciones.

Hoy los problemas eran típicos... la plancha caliente del office del restaurante... el colorido del granulado del arrimadero de las cubiertas de paseo particulares, era demasiado oscuro... había demasiados tornillos en las perchas de los camarotes de lujo. También se proponía transformar parte del salón de escritura en otros dos camarotes de lujo. Este salón había sido ideado en parte como un lugar a donde las señoras podrían retirarse después de cenar. Pero este era el siglo veinte y las señoras se negaban a retirarse. Era obvio que una estancia más pequeña serviría lo mismo.

Completamente absorto, Andrews apenas notó la sacudida y sólo abandonó sus planos cuando recibió el mensaje del capitán Smith en el que se le decía que le necesitaba en el puente.

Pocos minutos después Andrews y el capitán daban su vuelta... por la escalera de la tripulación para llamar menos la atención... a lo largo del laberinto de corredores de abajo... asomándose a ver el agua que llenaba el cuarto de la correspondencia... pasado la pista de tenis, cubierta, donde el mar lamía ya la pizarra.

De vuelta al puente, pasaron por el hall de la cubierta A todavía lleno de pasajeros despistados. Todo el mundo estudió los rostros de los dos hombres en busca de señales de buen o mal agüero: nadie pudo adivinar nada.

Algunos miembros de la tripulación no fueron tan discretos. En D-60, cuando Mrs. Henry Sleeper Harper pidió al doctor O’Loughlin que convenciera a su marido enfermo que se quedara en la cama, el viejo doctor exclamó:

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—Me han dicho que los baúles están flotando en la cala; es mejor que vayan a cubierta.

En C-51, una joven institutriz llamada Elizabeth Shutes estaba sentada con su pupila, Margaret Graham, de diecinueve años. Al ver pasar a un oficial por delante de su puerta, miss Shutes le preguntó si había peligro. Este contestó alegremente que no, pero le oyó decir más allá:

—Todavía podemos contener el agua.

Miss Shutes miró a Margaret que mordisqueaba un bocadillo de pollo. La mano le temblaba de tal modo que el pollo caía continuamente del pan.

Nadie hacía preguntas en el corredor de servicio de cubierta E. Este corredor, muy ancho, era el camino más corto de un extremo de barco al otro... los oficiales lo llamaban «Park Lane» y la tripulación «Scotland Road». Ahora estaba abarrotado de gente que empujaba. Algunos eran paleros y fogoneros del cuarto de calderas número seis, pero la mayoría era gente del entrepuente, avanzando lentamente en dirección a popa, transportando maletas, bolsas e incluso baúles.

A estos no hacía falta decirles que había peligro. Para todos aquellos alojados abajo, a estribor, el choque no había sido un mero «crujido», sino un «espantoso ruido» que les tiró de la cama.

Mrs. Celiney Yasbeck, una recién casada, corrió al corredor con su marido. En lugar de dar el largo rodeo hasta cubierta, resultaba más fácil mirar hacia abajo. Con sus ropas de noche pasaron por una puerta que daba a los cuartos de calderas y echaron una ojeada. Los maquinistas luchaban por reparar las bombas y hacerlas funcionar de nuevo. Los Yasbeck no necesitaron más... volvieron a su camarote y se vistieron.

Arriba, en la cubierta A, el pasajero de segunda clase Lawrence Beesley observó una cosa curiosa. Al empezar a bajar para ir a ver su camarote, tuvo la seguridad de que la escalera «no estaba como debía». Parecía como siempre, no obstante, sus pies no se ponían donde debían. Parecía que había perdido el aplomo... como si los peldaños estuvieran inclinados hacia abajo, en dirección a proa.

El comandante Peuchen también lo notó. Estando con Mr. Hays en la parte delantera de la cubierta A, mirando a los pasajeros del entrepuente jugando con el hielo, notó una ligera inclinación bajo sus pies.

—Caramba, está escorado —dijo a Mr. Hays—. No debería hacerlo. El agua está quieta y el barco se ha detenido.

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—Oh, no creo —objetó Mr. Hays—, este barco no se puede hundir. Otras personas notaron la inclinación hacia delante, pero parecía una falta de tacto mencionarlo. En las calderas del número cinco, el fogonero Barrett decidió no decir nada a los maquinistas que trabajaban en las bombas. Más arriba del hall de la cubierta A, el coronel Gracie y Clinch Smith tuvieron la misma reacción. En el puente, el conmutador indicaba que el Titanic se había hundido ligeramente de cabeza y escoraba 5 grados a estribor.

Cerca de allí, Andrews y el capitán Smith calcularon rápidamente. Agua en el proel... bodega número uno... número dos... cala de correspondencia. Agua a catorce pies de altura a nivel de quilla en los pri-meros diez minutos, en todas partes excepto en el cuarto de calderas número cinco. Sumando, los datos daba un desgarrón de 300 pies de longitud y los cinco primeros departamentos irremediablemente inun-dados.

¿Qué significaba esto? Andrews lo explicó rápidamente. El Titanic podía mantenerse a flote con dos de los dieciséis compartimientos inundados, cualesquiera de ellos. Podía mantenerse a flote con tres de sus cinco primeros inundados. Podía incluso flotar con sus primeros cuatro inundados. Ahora bien, lo plantearan como lo plantearan, era imposible que se mantuviera a flote con los cinco primeros compartimientos inundados.

La mampara que separaba los compartimientos cinco y seis llegaba sólo hasta la cubierta E. Si los cinco primeros compartimientos estaban llenos de agua, la proa se hundiría tanto que el agua del número cinco se vertería al número seis. Cuando éste a su vez se llenara pasaría al siete y así sucesivamente. Era una verdad matemática, pura y simple. No había la menor salida.

Pero seguía siendo una dolorosa sorpresa. Después de todo, el

Titanic se consideraba insumergible. Y no sólo sobre los folletos de las

agencias de viajes. La revista eminentemente técnica Shipbuilder describía su sistema de compartimientos estancos en una edición especial del año 1911, haciendo resaltar: «El capitán puede, con sólo mover un interruptor, cerrar instantáneamente las puertas de todos los compartimientos y con ello hacer al barco prácticamente insumergible».

Ahora se habían tocado todos los interruptores, y según Andrews no habría la menor diferencia.

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Era un golpe duro de encajar, especialmente duro para el capitán Smith. Con sus cincuenta y seis años pasados, se retiraba después de este viaje. Podía haberlo hecho antes, pero por tradición llevaba siempre los barcos de la White Star Line en sus primeros viajes. Sólo seis años antes, cuando llevó el recién estrenado Adriatic, observó:

—No puedo imaginar nada que pueda hacer naufragar un barco. No puedo concebir que ocurra ningún desastre de importancia vital a este buque. La moderna construcción de barcos ha sobrepasado todos esos peligros.

Ahora se hallaba en el puente de un trasatlántico dos veces mayor, doblemente seguro, y su constructor acababa de decirle que no podía mantenerse a flote.

A las 12,05, veinticinco minutos después del golpe, de la rozadura, el capitán Smith ordenaba al oficial jefe Wilde que descubriera los botes salvavidas... al primer oficial Murdoch que azuzara a los pasajeros... al sexto oficial Moody que sacara la lista de tripulaciones de botes... al cuarto oficial Boxhall que despertara al segundo oficial Lightoller y al tercer oficial Pitman. El propio capitán fue, veinte yardas más allá, por babor a la cabina de telegrafía, en la cubierta de botes.

Dentro, el primer operador John George Phillips y el segundo Harold Bride no demostraron darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Había sido un día duro. En 1912, la telegrafía sin hilos era todavía una novedad algo caprichosa; el alcance era corto, los operadores carecían de experiencia y las señales eran difíciles de captar. Había infinidad de retransmisiones, de repeticiones, y gran cantidad de comunicaciones de tipo frívolo y particular. Los pasajeros admiraban el nuevo milagro, no podían resistir la tentación de mandar mensajes a los amigos o bien a otros barcos.

En este domingo los mensajes se habían ido amontonando. Eran los bastantes como para atacar los nervios de cualquier hombre que trabajara 14 horas diarias por 30 dólares al mes, y Phillips no era ninguna excepción. Vino la noche y la cesta parecía no tener fondo, y seguían las interferencias impertinentes. Precisamente una hora antes, cuando por fin obtenía contacto con Cape Race, el Californian había interrumpido con un mensaje sobre icebergs. Estaba tan cerca que casi le dejó sordo. No era, pues, extraño que le contestara de muy mal humor:

— ¡Calla, calla, tengo trabajo! Busco el contacto con Cape Race! Fue un día tan agotador que el segundo operador Bride decidió relevar a Phillips a medianoche, aunque no le tocaba hasta las dos de la

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madrugada. Despertó a eso de las 11,55, corrió las cortinas verdes que separaban el dormitorio de la «oficina» y preguntó a Phillips qué tal estaba. Phillips dijo que acababa de hablar con Cape Race. Bride se volvió a la cama y se quitó el pijama. Phillips le llamó para decirle que creía que algo se había estropeado en el barco y que tendrían que regresar a Belfast.

Bride estuvo listo en un par de minutos y cogió los auriculares. Apenas Phillips había pasado tras las cortinas verdes que apareció el capitán Smith, diciendo:

—Hemos chocado con un iceberg y se hace una inspección para ver lo que nos ha hecho. Es mejor que se preparen para lanzar una llamada de auxilio, pero no lo hagan hasta que se lo diga yo.

Salió, pero regresó a los pocos minutos. Esta vez se limitó a asomar la cabeza por la puerta.

—Manden esa llamada de auxilio.

Phillips volvía a estar en la estancia. Pidió al capitán si podía utilizar la de urgencia, Smith contestó:

—Sí, inmediatamente.

Y entregó un papel a Phillips con la posición del Titanic. Phillips cogió los auriculares que se había puesto Bride y a las 12,15 empezó a teclear las letras CQD —que en aquella época era la llamada internacional de urgencia—, seguida por MGY, la llamada del Titanic. Una y otra vez, seis veces, la señal ascendió a la noche clara y azul del Atlántico.

A diez millas de distancia, el tercer oficial Groves del Californian estaban sentado en la litera del operador telegrafista Cyril F. Evans. Grover era joven, listo y siempre interesado por lo que ocurría en el mundo. Después del trabajo le gustaba pasar por la cabina de Evans y recoger las últimas noticias. Incluso le gustaba manipular el aparato.

Esto no le parecía mal a Evans. En estos barcos de tercera clase no había muchos oficiales que se interesaran por el mundo exterior y mucho menos por la radiotelegrafía. La verdad es que en el Californian no había ninguno. Así que siempre recibía encantado las visitas de Groves.

Pero esa noche, no. Había sido un día pesado y no había ningún otro operador que pudiera relevarle. Además cuando a eso de las 11 había tratado de ponerse al habla con el Titanic y hablarle del hielo que bloqueaba al Californian, le habían contestado de mala manera. De modo que no perdió tiempo de cerrar la estación a las 11,30, la hora en que terminaba su servicio. Ahora, muerto de cansancio, no estaba de humor

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para bromear con nadie. Groves intentó entablar conversación, preguntando:

—¿Qué barcos tienes, Sparks?

—Sólo el Titanic —contestó Evans sin levantar la vista de la revista. Esto no era una novedad para Groves. Recordaba que cuando enseñó al capitán Lord el extraño trasatlántico que se había parado cerca, el capitán le dijo:

—Este debe ser el Titanic en su viaje inaugural.

En busca de algo más interesante, Groves tomó los auriculares y se los puso. Estaba resultando bastante bueno, si el mensaje era sencillo. Pero no conocía bien la marcha del equipo. El Californian tenía un detector magnético que funcionaba con un aparato de relojería. Groves no le había dado cuerda y no pudo oír nada.

Desanimado, dejó los auriculares sobre la mesa y bajó en busca de compañeros más animados. Era poco después de las 12,15.

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Capítulo III

«LEVANTAOS, MUCHACHOS, NOS HUNDIMOS»

La puerta que daba a los alojamientos de los cocineros se abrió de un empujón golpeando contra la litera de hierro del ayudante panadero Charles Burgess. Este despertó sobresaltado y se quedó mirando al segundo mayordomo George Dodd de pie en el umbral. Dodd, normalmente un hombre jovial y dicharachero, esta vez parecía grave al decir:

—Levantaos, muchachos, nos hundimos.

Dodd siguió adelante hacia el alojamiento de los camareros, donde el mayordomo William Moss trataba de despertar a los hombres. La mayoría de ellos reían y se burlaban cuando entró Dodd gritando:

—Todo el mundo levantado. Que no quede ni un solo hombre aquí. Siguió siempre adelante acompañado de Moss hacia las dependencias de los mayordomos. Fuera, el mayordomo Steward Witter estaba ya oyendo malas noticias de boca del carpintero Hutchinson:

—El maldito cuarto del correo está inundado. Moss se adelantó y añadió:

—La cosa es seria de verdad, Jim.

Las bromas con que se recibieron los primeros avisos se apagaron y la tripulación saltó de sus literas. Medio dormido, el panadero Burgess se puso pantalones, camisa y dejó el salvavidas. Walter Belford llevaba su blusa blanca de panadero y pantalones, se le olvidó ponerse calzoncillos. El mayordomo Ray tardó más; no estaba asustado, pero de todos modos se puso su ropa de paisano. El mayordomo Witter ya vestido, abrió su baúl y se llenó los bolsillos de cigarrillos... luego cogió la capucha de su primer hijo que siempre llevaba consigo y se unió al grupo de hombres que empezaba a llenar el corredor de servicio y subía a la cubierta de botes para ocupar sus puestos.

En proa, lejos de todo el barullo, el palero Samuel Hemming volvió a subir a su litera, al ver que el ruido sibilante de la caja de las cadenas de

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áncora no significaba nada. Empezaba a quedarse dormido cuando el ensamblador del barco se asomó diciendo:

—En tu lugar, yo me levantaría. Está haciendo agua a toda prisa y medio barco está inundado.

Un instante más tarde el contramaestre apareció:

—Todo el mundo levantado. No os queda ni media hora de vida. Esto lo dice Mr. Andrews. Guardadlo para vosotros y procurad que no se entere la gente.

Y era cierto que nadie de los que estaban en el fumador de primera lo sabía. La partida de bridge estaba en pleno apogeo. El teniente Steffanson seguía sorbiendo su limonada caliente, y se barajaba otra mano, cuando de pronto apareció un oficial en la puerta.

—Todos los hombres a buscar los salvavidas; hay peligro en perspectiva.

En su cámara de lujo de la cubierta A, Mrs. Washington Dodge estaba acostada esperando a que el doctor Dodge, asesor de San Francisco, trajera noticias. La puerta se abrió y entró el doctor.

—Ruth, el accidente es bastante serio; es mejor que subas inmediatamente a cubierta.

Dos cubiertas más abajo, Mrs. Lucien Smith, cansada de esperar a Mr. Smith que había ido a explorar, se había vuelto a dormir. De pronto se encendieron las luces y vio a su marido de pie al lado de la cama, sonriéndole. Tranquilamente le explicó:

—Estamos en el norte y hemos chocado con un iceberg. No es gran cosa, pero nos retrasará la llegada en un día. No obstante, por pura forma, el capitán ha ordenado que todas las señoras suban a cubierta.

Y así sucesivamente. Ni timbres, ni campanas, ni sirenas. No se tocó alarma general. Pero en todo el Titanic, de un modo u otro, se hizo circular la noticia.

Resultaba sorprendente para Marshall Drew, de ocho años. Cuando su tía Mrs. James Drew le despertó y le dijo que tenía que subirlo a cubierta, protestó, medio dormido, que no tenía ganas de levantarse; pero Mrs. Drew no le hizo el menor caso.

Y no menos sorprendente para el comandante Arthur Peuchen, pese a su expedición para ver el hielo. Oyó la noticia en la escalera monumental y no dio crédito a sus oídos. Completamente atontado, se fue tambaleándose a su camarote y se cambió el traje de etiqueta por ropas de más abrigo.

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Para muchos, la primera noticia procedió de sus mayordomos. John Hardy, mayordomo jefe de segunda, fue a despertar personalmente unos 20 ó 24 camarotes. Todas las veces abrió la puerta gritando:

— ¡Todo el mundo a cubierta con los salvavidas puestos! ¡Inmediatamente!

En primera clase resultaba más correcto llamar antes de abrir. Aquellos eran los días en que los mayordomos de un trasatlántico de lujo no tenían más que siete u ocho camarotes a su servicio, y el mayordomo cuidaba a los pasajeros que servía como una gallina a sus pollitos.

El mayordomo Alfred Crawford, era un ejemplo típico. Había pasado treinta y un años manejando pasajeros difíciles, y ahora sabía exactamente lo que debía hacer para convencer al viejo Mr. Albert Stewart a que se pusiera el salvavidas. Luego se agachó y le abrochó los zapatos.

En C-89, el mayordomo Andrew Cunningham ayudó a William T. Stead a ponerse el salvavidas, mientras el gran editor se quejaba de que todo aquello era una solemne tontería. En B-84, el mayordomo Henry Samuel Etches trabajó como un solícito sastre poniendo el salvavidas a la medida de Benjamín Guggenheim.

—Esto me va a lastimar —protestaba el rey de las minas y fundiciones. Etches acabó quitándole el salvavidas, hizo unas modificaciones y se lo volvió a poner. Además, Guggenheim quería subir a cubierta tal como estaba, pero Etches fue irreductible... hacía demasiado frío. Por fin Guggenheim se sometió; Etches le puso un grueso jersey y le mandó hacia arriba.

Algunos de los pasajeros fueron todavía más difíciles. En C-78, Etches se encontró con la puerta cerrada con llave. Al llamar con ambas manos un hombre le preguntó desde dentro, con voz cargada de suspicacia:

—¿Qué pasa? —y una voz de mujer añadió—: Díganos lo qué pasa. Etches se lo explicó y volvió a tratar de hacerles abrir la puerta. No tuvo suerte y después de suplicar unos minutos más pasó al siguiente camarote.

En otra parte del barco, una puerta cerrada provocó enormes dificultades. Estaba atascada y unos pasajeros tuvieron que derribarla para liberar a un hombre que no podía salir. En aquel momento llegó un mayordomo amenazándoles con hacerles detener a todos, por maltratar la propiedad de la Compañía, tan pronto como llegaran a Nueva York.

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A las 12,15 era difícil saber si reír o tomarse las cosas en serio... si derribar una puerta y ser un héroe, o derribarla y ser detenido. Nadie parecía reaccionar del mismo modo.

Mrs. Arthur Ryerson se dijo que no había un momento que perder. Hacía un buen rato que había abandonado la idea de dejar dormir a Mr. Ryerson; ahora empezó a moverse para reunir a su familia. Había que preparar a seis, su marido, tres niños, la institutriz y la doncella... ¡y los niños eran tan calmosos! Por fin perdió la paciencia con su hija menor; se limitó a echarle un abrigo de pieles sobre el camisón y le ordenó seguirla.

Para Mrs. Lucien Smith parecía que el tiempo no contaba. Despacio y con gran cuidado se vistió para lo que la noche pudiera traer... un grueso traje de lana, botas, dos abrigos, y un capuchón de punto. Y en todo este tiempo, Mr. Smith fue charlando sobre el desembarco en Nueva York, el tren del sur y sin mencionar una sola vez al iceberg. Cuando salieron para ir a cubierta, Mrs. Smith decidió volver en busca de alguna joya. Ahí se opuso Mr. Smith. Dijo que creía más prudente no preocuparse de esas «tonterías». Llegaron a un compromiso y Mrs. Smith cogió un par de sortijas preferidas. Cerrando cuidadosamente la puerta tras ellos, la joven pareja se dirigió a la cubierta de botes.

Las cosas que la gente llevaba consigo demostraban su estado de ánimo. Adolf Dyker entregó a su mujer una bolsa que contenía dos relojes de oro, dos sortijas de brillantes, un collar de zafiros y 200 coronas suecas. Miss Edith Russell llevaba un cerdito con caja de música (tocaba la Machieha). Stewart Collett, un estudiante de teología que viajaba en segunda, cogió la Biblia que prometió a su hermano no perder de vista hasta que volvieran a encontrarse. Lawrence Beesley se llenó los bolsillos de su gruesa chaqueta con los libros que estaba leyendo en la cama. Norman Campbell Chambers se guardó un revólver y un compás. El mayordomo Johnson, empezando a darse cuenta de que iba a ser algo más que «otro viaje a Belfast», se metió cuatro naranjas en la camisa. Mrs. Dickinson Bishop dejó en el camarote más de 11.000 dólares en joyas, pero mandó a su marido a recoger su manguito.

El comandante Arthur Peuchen miró la caja de metal de la mesa de C-104. Dentro había 200.000 dólares en valores, y 100.000 en acciones preferentes. Pensó bastante en ello mientras se quitaba su smoking y se ponía dos juegos de ropa interior de lana y un traje grueso.

Luego echó una rápida mirada alrededor de su camarote... la cama de metal dorado... la red de malla verde en la pared para dejar el reloj y demás

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objetos de valor durante la noche... el lavabo de mármol... el sillón de mimbre... el sofá de peluche... el ventilador del techo... los timbre y demás aparatos eléctricos que, en un barco, parecen siempre instalados a última hora.

Por fin estaba decidido. Cerró la puerta de golpe, abandonando la caja de metal sobre la mesa. Al instante regresó. Cogió apresuradamente un alfiler de oro, y tres naranjas. Al salir por última vez, la caja seguía todavía sobre la mesa.

En el gran vestíbulo de la cubierta C, el sobrecargo Herbert McElroy animaba a la gente a circular. Al pasar la condesa de Rothes, le gritó:

—Animo, pequeña, no queda tiempo. Me alegra que no me haya reclamado sus joyas como ciertas señoras han hecho.

Y fueron llegando de todas partes empujados por la tripulación. Un mayordomo descubrió a miss Marguerite Frolicher viniendo por el corredor. Cuatro días antes, ella se había burlado inocentemente de él por dejar un salvavidas en su cámara, ya que se decía que el barco era insumergible. En aquel momento él también se rió y le aseguró que no era más que una formalidad... jamás tendría ocasión de ponérselo. Recordando aquellas palabras, ahora le sonrió y fue a tranquilizarla.

—No se asuste; no pasará nada.

—No estoy asustada. Sólo estoy mareada.

Subieron las escaleras en tropel... pero en silencio y vestidos de un modo heterogéneo. Jack Thayer llevaba debajo de su abrigo un traje de tweed verdoso y chaleco de pelo de camello debajo del traje. Mr. Robert Daniel, el banquero de Filadelfia, llevaba sólo un pijama de lana. Mrs. Turrell Cavendish llevaba una bata y el abrigo de Mr. Cavendish... Mrs. John C. Hogeboom, un abrigo de piel sobre el camisón... Mrs. Ada Clark sólo el camisón. Mrs. Washington Dodge no se molestó en ponerse medias bajo sus botas altísimas, abotonadas, que se le caían abiertas porque no se había entretenido tampoco en abrochárselas. Mrs. Astor parecía salida de una vitrina vestida con un traje claro, Mrs, James J. Brown... una pintoresca millonaria de Denver, igualmente elegante con un dos piezas de terciopelo negro cuyo único adorno eran las solapas de seda blanco y negro.

El automovilismo, tal como se practicaba en 1912, afectaba el vestido de muchas damas... Mrs. C. E. Henry Stengel llevaba un velo fuertemente sujeto sobre su sombrero florido; madame de Villiers un largo abrigo de lana, de forma deportiva, sobre su camisón y zapatos de noche.

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El joven Alfred von Drachstedt, un muchacho de veinte años, de Colonia, se decidió por unos pantalones y un jersey, abandonando un equipo completamente nuevo, por valor de 2.133 dólares que incluía varios bastones y una pluma estilográfica, que seguramente consideraba como el colmo de la distinción.

La segunda clase lucía un desarreglo algo, menos elegante. Mr. y Mrs. Albert Caldwell, de regreso de Siam donde enseñaban en el colegio cristiano de Bangkok, habían comprado ropa nueva en Londres, pero esa noche vistieron con lo más viejo que tenían. Su niño Alden estaba envuelto en una manta. Miss Elizabeth Nye llevaba una sencilla falda, chaqueta y zapatillas. Mrs. Charlotte Collyer, no se molestó en hacerse el moño, sino que se ató el cabello con una cinta. Su hija Marjory, de ocho años, llevaba una manta del barco sobre los hombros. Mr. Collyer no se molestó en vestirse porque esperaba regresar al momento... incluso dejó el reloj sobre la almohada.

La escena en tercera era algo confusa y desconcertante porque la White Star Line separaba puritanamente los hombres de las mujeres situándolos en los extremos opuestos del Titanic. Ahora, muchos de ellos, los que dormían cerca de la proa, se precipitaron a popa en busca de las mujeres.

Katherine Gilnagh, una vivaracha irlandesa de dieciséis años escasos, oyó una llamada a su puerta. Era el muchacho que la había mirado aquel día mientras tocaban la gaita en cubierta. Le dijo que se levantara, que algo andaba mal en el barco. Anna Sjoblom, una finlandesa de dieciocho años que se dirigía al noroeste del Pacífico, despertó cuando un chico danés vino a despertar a su compañera de camarote. También dio a Anna un salvavidas e insistió para que les siguiera. Pero estaba demasiado mareada para que le importara. Por fin, oyó tanto jaleo que se decidió a subir aun cuando se encontraba malísima. Alfred Wicklund, un antiguo amigo de escuela, la ayudó rápidamente a ponerse el salvavidas.

Entre esos muchachos, Olaus Abelseth estaba especialmente preocupado. Era un noruego de veintiséis años que se dirigía a una finca de South Dakota y un viejo amigo de la familia le había encomendado una hija de dieciséis años para la acompañara hasta Minneapolis. Mientras avanzaba por el corredor de servicio de la cubierta E, Minneápolis le pareció a una distancia enorme.

Abelseth encontró a la joven en el vestíbulo de entrepuente de la cubierta E. Entonces, junto con su cuñado, un primo y otra muchacha,

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