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DATOS ACERCA DEL TITANIC

In document La última noche del Titanic (página 134-145)

—Jamás volverá a haber otro como él —dice Charles Burgess, el panadero, que debería de saberlo. Con sus 43 años de servicios en el Atlántico, los conoce todos: Olympic, Majestic, Mauretania y demás. Hoy, como trinchador en la cocina del Queen Elizabeth, Burgess es probablemente el último tripulante del Titanic en servicio activo.

—Igual al Olympic, sí, pero mucho más lujoso —dice—. Por ejemplo, el comedor. El Olympic ni siquiera tenía alfombra, pero en el

Titanic... uno se hundía hasta las rodillas. Luego, los muebles: tan pesados

que casi no podían moverse. Y las paredes revestidas de madera...

—Puede que los hagan más rápidos y mayores, pero en el Titanic había todo el cuidado, el esfuerzo que se puso en él. Era un barco precioso, una maravilla.

Las observaciones o reminiscencias de Burgess son típicas. El

Titanic había hechizado a los que lo construyeron y navegaron en él. Tanto

que con el paso de los años se hace más y más fabuloso. Muchos supervivientes insisten ahora en que era dos veces mayor que el Olympic, cuando en realidad eran barcos gemelos; sólo que el Titanic tenía 1.004 toneladas más. Otros recuerdan campos de golf, pistas de tenis reglamentarias, un rebaño de vacas de leche y otros detallitos que exceden incluso la tendencia al lujo de la White Star Line.

El Titanic era lo suficientemente impresionante sin embellecerlo en exceso. Su peso bruto, 46.328 toneladas; desplazaba 66.000 toneladas. Sus dimensiones, 882,5 pies de longitud, 92,5 de anchura, 60,5 desde el nivel de agua a la cubierta de botes, o bien 175 pies de altura desde la quilla al final de sus cuatro enormes chimeneas. En resumen, tenía una altura de once pisos y la longitud de cuatro manzanas de casas de ciudad.

El Titanic, con sus tres hélices tenía dos parejas de motores recíprocos de cuatro cilindros, moviendo cada pareja una hélice, y una turbina que movía la hélice central. Esta combinación le daba una fuerza

de 50.000 HP, pero podía llegar fácilmente a una potencia de 55.000 HP. A toda marcha lograba una velocidad de 24 a 25 nudos.

Tal vez lo más característico de su construcción era la disposición de compartimientos estancos. Tenía doble fondo y estaba dividido en dieciséis compartimientos. Estos estaban formados por quince mamparas que iban de un extremo a otro del barco. Pero, cosa curiosa, no eran muy altas. Las dos primeras y las cinco últimas llegaban sólo a la cubierta D, mientras que las ocho centrales llegaban hasta la E. Sin embargo, podía flotar con dos compartimientos inundados, y como nadie podía imaginar nada peor que una colisión en la intersección de dos compartimientos, se le calificó de «insumergible».

El «insumergible» Titanic fue botado en los astilleros de Harland & Wolff, de Belfast, en el 31 de mayo de 1911. Los diez meses subsiguientes se pasaron equipándolo. Terminó sus pruebas en 1.º de abril de 1912 y llegó a Southampton el día 3 de abril. Una semana más tarde, zarpó en dirección a Nueva York. He aquí una lista reconstruida de los principales acontecimientos de su viaje inaugural:

Eso en cuanto a hechos reales. De lo demás, casi todo es un misterio. Probablemente nada igualará jamás al Titanic en la cantidad de preguntas sin respuesta que dejó tras de sí. Por ejemplo:

«¿Cuántas vidas se perdieron?» Algunos dicen que 1.635; en la investigación americana, 1.517; la Cámara de Comercio británica dice que fueron 1.503; la investigación británica, 1.490. Las cifras de la Cámara de Comercio británica parecen las más convincentes, descontando al fogonero J. Coffy, que desertó en Queenstown.

«¿Cómo abandonaron el barco muchas personas?» Casi todas las mujeres supervivientes a las que se interrogó contestaron decididas: «En el último bote.» Está claro que todas esas mujeres no fueron en el mismo bote; no obstante, discutir este punto es como discutir la edad de una dama; simplemente, no se hace. Un cuidadoso estudio de las declaraciones en las investigaciones americanas e inglesas demuestra con toda claridad cómo fue abandonado el barco; pero aun ahí hay pruebas confusas. En la investigación británica, cada testigo tuvo que contestar cuánta gente fue arriada en su bote. Entonces se sumaron los mínimos. El resultado da un amplio margen de fantasía.

En resumen, en los botes fueron un 70 por 100 más hombres y un 45 por 100 menos mujeres de los que incluso la gran mayoría de supervivientes conservadores estimaban.

«¿A qué hora ocurrieron los diversos incidentes?» Todo el mundo concuerda en que el Titanic chocó con el iceberg a las 11,40 y se hundió a las 2,20; pero hay desacuerdo en casi todo lo que ocurrió en el lapso intermedio. Las horas dadas en este libro son las declaraciones honradas de ciertas personas íntimamente ligadas con la tragedia, pero están lejos de ser infalibles. Había demasiada tensión. Mrs. Louis Ogden, pasajera del

Carpathia, ofrece un buen ejemplo de ello. En cierto momento, mientras

ayudaba a instalar algunos supervivientes, se detuvo junto a su marido para preguntarle la hora. El reloj de Mr. Ogden se había parado, pero supuso que serían las 4,30 de la tarde. En realidad, eran las 9,30 de la mañana. Ambos estaban tan ocupados que habían perdido toda noción del tiempo.

«¿Qué decían las distintas personas?» No encontrarán en este libro conversaciones reconstruidas. Las palabras que mencionamos están exactamente tal como la gente recuerda haberlas dicho. Sin embargo, hay un margen para errores. Las mismas conversaciones están a veces repetidas con ligeras variaciones. Por ejemplo, hay, por lo menos, cuatro versiones de las conversaciones entre el capitán Rostron y el cuarto oficial Boxhall cuando el bote número 2 vino a ponerse al costado del Carpathia. La esencia es siempre la misma, pero las palabras varían ligeramente.

«¿Qué tocó la orquesta?» La leyenda quiere, por supuesto, que el barco y su orquesta se hundieran tocando Cerca de Ti, Señor. Muchos supervivientes siguen insistiendo todavía en que así ocurrió, y no hay motivo para que dudemos de su sinceridad. Otros afirman y sostienen que la orquesta tocó música de baile hasta el último instante. Un hombre dice que recuerda con toda claridad la orquesta en los últimos instantes, y que no tocaba nada. En esta maraña de evidencia contradictoria sobresale la

historia del radiotelegrafista Harold Bride. Era un observador entrenado para ello, meticulosamente exacto, y de los últimos a bordo. Recuerda claramente que cuando el mar cubrió la cubierta de botes la orquesta tocaba el himno episcopalista Otoño.

«¿Embarcó un hombre disfrazado de mujer?» Mientras recogía material para este libro, cuatro pasajeros de primera clase fueron específicamente señalados como el famoso hombre que escapó vestido de mujer. No hay la más pequeña prueba de que esos hombres fueran culpables y, en cambio, considerable número de pruebas de todo lo contrario. Por ejemplo, la investigación parece indicar que uno de ellos fue el blanco de las iras de un reportero vengativo al que se apartó cuando trataba de conseguir una entrevista. Otro, hombre famoso en política local, fue víctima de las maniobras de la oposición. Otro fue víctima de los chismes sociales; dio la casualidad de que abandonó el Titanic antes que su mujer. En busca de caza mayor, nadie hizo el menor caso del pasajero de tercera Daniel Buckley, que confesó libremente haberse echado un chal femenino sobre la cabeza. Pero se trataba solamente de un pobrecillo muchacho irlandés, muerto de pánico, por el que nadie se interesó.

Las respuestas a todas esas adivinanzas del Titanic no llegarán a saberse jamás con seguridad. Lo mejor que puede hacerse es pesar cuidadosamente las pruebas y emitir un fallo honrado. Algunos estarán todavía disconformes, y tal vez tengan razón. Sería un atrevido el que pretendiera erigirse en árbitro final de todo lo que ocurrió en aquella noche increíble en que el Titanic se hundió.

Capítulo XII

AGRADECIMIENTO

Este libro es, en realidad, la historia de la última noche de un pequeño pueblo. El Titanic era así de grande y tenía así de habitantes. Decir todo lo que ocurrió es imposible; reconstruir incluso parte de los hechos ha sido un trabajo en el que han tenido que ayudar centenares de personas.

Muchos de ellos estaban allí. Localicé 63 supervivientes, y la mayoría de ellos hablaron de buen grado. Son una mezcla estimulante de ricos y pobres, pasajeros y tripulación. Pero todos parecen poseer dos cosas en común. Primero, tienen un aspecto maravilloso. Es algo así como si habiendo salido bien librados de aquella terrible prueba, se sobrepusieran o se hubieran sobrepuesto fácilmente a todo lo demás, y ahora envejecen con una gracia plácida y amable. Segundo, son considerados. Parece como si, habiendo sido testigos del hombre en su momento de máxima generosidad, despreciaran cualquier resto de egoísmo que perdura en ellos.

Nada les parece demasiado esfuerzo. Nada les turba. Muchos de los supervivientes han contribuido más allá de las necesidades del libro, con el único fin de hacerme ver y sentir lo que fue aquello.

Por ejemplo, Mrs. Noël MacFie (entonces condesa de Rothes) cuenta como, estando en una cena con amigos un año después del desastre, experimentó de pronto una espantosa sensación de frío y de intenso terror que asociaba siempre con el Titanic. De momento no supo explicarse la razón. Luego se dio cuenta de que la orquesta estaba tocando Los cuentos

de Hoffman, la última pieza de música que tocaron después de la cena

aquel domingo.

Mrs. George Darby, entonces miss Elizabeth Nye, añade un detalle conmovedor al contar como, a medida que aumentaba el frío a primera hora de la noche de aquel domingo, ella y otros pasajeros de segunda clase se reunieron en el comedor para cantar himnos religiosos, terminando con

Y Mrs. Katherine Manning, entonces Kathy Gilnagh, resucita el humor despreocupado de la juventud de tercera clase al hablar de la alegre fiesta del entrepuente en aquella última noche. En un momento dado, un ratón cruzó la habitación; los muchachos lo persiguieron; las muchachas chillaron, excitadas..., y siguió la fiesta. Los preciosos ojos de Mrs. Man- ning resplandecen todavía al hablar de las gaitas, las risas, la suerte de ser una chiquilla hermosa viajando hacia América.

La mayoría de los supervivientes dan, en verdad, una visión de la vida a bordo que tiene cierta calidad casi fantasmal. Se nota cuando Mrs. G. J. Mecherle (entonces Mrs. Albert Caldwell) recuerda el jaleo de la salida de Southampton; cuando Victorine Perkins (entonces Chandowson) habla de los dieciséis baúles de los Ryerson; cuando Mr. Spencer Silverthome recuerda su agradable cena de domingo con los otros compañeros; cuando Marguerite Schwarzenbach (entonces Frolicher) describe una cena mucho más reposada en la cámara de sus padres. Había estado muy mareada y aquél era su primer y atrevido intento de volver a comer.

Los recuerdos de la tripulación tienen el mismo carácter nostálgico. Se siente cuando el fogonero George Kemish describe la áspera camaradería en las calderas, y cuando la masajista Maud Slocombe cuenta sus desesperados esfuerzos para dejar los baños turcos en perfecto orden. Por lo visto se encontró un bocadillo a medio comer o una botella de cerveza, vacía, en cada rincón.

—¡Los obreros eran hombres de Belfast! —explica alegremente.

La atmósfera creada por esas personas contribuye tanto como los hechos e incidentes que describen. Agradezco enormemente su ayuda.

Otros supervivientes merecen también todo mi agradecimiento por el modo de ir reconstruyendo minuciosamente sus pensamientos y sensaciones a medida que el barco se hundía. Jack Ryerson se esforzó por recordar lo que sentía mientras estaba junto al bote y su padre discutía para meterlo en el número 4. ¿Comprendía que su vida pendía de un hilo? No, ni se le había ocurrido. Era un auténtico muchacho de trece años.

El pequeño Washington Dodge recordaba sobre todo el ensordecedor estruendo del vapor que escapaba por las enormes chimeneas del Titanic. También éste era un auténtico niño de cinco años.

Las pasajeras de tercera Anna Kincaid (entonces Sjoblom), Celiney Decker (entonces Yasbeck) y Gus Cohen han proporcionado narraciones bastante más que interesantes. Han sido especialmente valiosas para crear

la atmósfera que prevalecía en el entrepuente..., el olvidado reverso de la historia.

También la tripulación ha proporcionado algo más que simples relatos de su experiencia. La profunda emoción en la voz del panadero Charles Burgess, cuando habla del Titanic, revela el intenso orgullo de los hombres que lo tripulaban. La amable cortesía de los mayordomos James Witter, F. Dent Ray y Leo James Hyland pone de manifiesto el servicio sin par de que gozaban los pasajeros. Y la perfección de hombres como el contramaestre George Thomas Rowe, el marinero A. Pugh, el panadero Walter Belford y el engrasador Walter Hurst confirman las palabras del fogonero Kemish presumiendo de que la tripulación era «la crema de Southampton».

A ellos y muchos otros supervivientes del Titanic, como Mrs. Jacques Futrelle, Mrs. A. C. Williams, Harry Giles y Herbert J. Pitman, hago constar mis más sinceras gracias; no sólo por los datos que me han proporcionado, sino por el tiempo y las molestias ocasionados.

Los parientes de pasajeros del Titanic se han mostrado igualmente cooperadores. Una carta recientemente prestada por el descendiente de un superviviente demuestra hasta qué extremo han llegado. Es una carta dirigida al propio superviviente, poco después del desastre. He dejado en blanco todos los nombres, pero el hecho de proporcionarme este dato demuestra un valor y una honradez que refutan efectivamente la acusación contenida en la carta.

«Querido...

»Tengo ante mí un informe según el cual trataste de abrirte paso a la fuerza para entrar en uno de los botes..., y que, cuando el comandante Butt te mandó retroceder, te metiste entre la gente, desapareciste, para regresar un instante después procedente de tu camarote vestido de mujer, con ropas que fueron identificadas como llevadas por tu esposa durante el viaje.

»No comprendo cómo puedes andar con la cabeza levantada y llamarte hombre entre los hombres, sabiendo que cada uno de tus alientos es una mentira.

Si tu conciencia sigue remordiéndote después de leer esta carta, es mejor que hables. No hay nada más cierto que el viejo refrán: «La confesión es buena para el alma.»

Además de prestarme cartas, muchos de los parientes me han proporcionado datos interesantísimos. Quiero dar especialmente las gracias a la hija del capitán Smith, Mrs. M. R. Cooke, por los deliciosos recuerdos de su valeroso padre; a Mrs. Sylvia Lightoller por su amabilidad al escribirme sobre su difunto marido, el comandante Charles Lightoller, que se distinguió brillantemente, en 1940, yendo en su barco personal a Dunquerque; a Mrs. Alfred Hess por prestarme los documentos de familia de mister y mistress Isidor Straus; a Mrs. Cynthia Fletcher por una copia de la carta escrita por su padre, Hugh Woolner, a bordo del Carpathia; a Mr. Fred G. Crosby y a su hijo John por ayudarme a obtener informes sobre el capitán Edward Gifford Crosby; y a Mrs. Víctor I. Minahan por los interesantes detalles sobre míster y mistress William Minahan y su hija Daisy.

Cuando no he podido encontrar supervivientes o parientes, he tenido que echar mano de material ya publicado. Los documentos oficiales de la investigación del Senado y del Tribunal de Investigación británico me han dado, por supuesto, varias páginas de interesantes declaraciones. Las memorias publicadas por Jack Thayer son una relación sincera y agrada- ble. El discurso impreso del doctor Washington Dodge para el Club Commonwealth, de San Francisco, es igualmente interesante. El libro de Lawrence Besley La pérdida del «S. S. Titanic» (ed. Houghton Mifflin, 1912), contiene una descripción clásica que vale la pena leer. El de Archibald Gracie La verdad sobre el «Titanic» (Mitchell Kennerley, 1913), es importante para situar la gente en los botes; el coronel Gracie era un detective infatigable. El del comandante Lightoller El «Titanic» y otros barcos (Ivor Nicholson & Watson, 1935), refleja una buena mezcla de humorismo y valentía. El de Shan Bullock, Un héroe del «Titanic»:

Thomas Andrews, constructor de buques (Norman-Remington, 1913), es

un trabajo de cariño en su esfuerzo por ir reuniendo las últimas horas de ese hombre maravilloso.

De vez en cuando han aparecido en revistas y periódicos buenos relatos de supervivientes; el aniversario del hundimiento es un maná para los editores de la ciudad. Como ejemplo, la historia de Jack Thayer en el

Evening Bulletin, de Filadelfia, el día 14 de abril de 1932. El fogonero

Louis Michelsen, con la interviú que concedió a la Gazette, de Cedar Rá- pida, el 15 de mayo de 1955; y el relato lleno de vida de Mrs. René Harris, aparecido el día 23 de abril de 1932 en la revista Liberty.

El Times de Nueva York hizo un buen trabajo, pero la mayoría de los periódicos de la ciudad fueron una fuente de errores. Trabajaron mucho mejor los periódicos de las ciudades relacionadas con algunos pasajeros; por ejemplo, en Milwaukeo los periódicos hablaron de los Crosby y los Minahan; en San Francisco, de los Dodge; la Gazette de Cedar Rapids, de los Douglas... En el extranjero, el Times de Londres fue exacto y aburrido. Más interesantes fueron los periódicos de Belfast, donde se había construido el Titanic, y los de Southampton, donde tantos miembros de la tripulación tenían su residencia. Estas eran ciudades marineras y sabían tratar estos temas.

Las revistas contemporáneas más populares..., Harper’s, Sphere,

Illustrated London News..., son un refrito de informaciones de prensa; pero

de vez en cuando sobresale una joya, como la descripción de Henry Sleeper Harper en el Harper’s del 27 de abril de 1912, o la de Mrs. Charlotte Collyer del día 26 de mayo de 1912 en Semi-Monthly Magazine.

Las publicaciones técnicas de la época son algo mejores; por ejemplo, la edición especial de 1911 en la revista inglesa Shipbuilder, en la que se dan todos los datos de la construcción del Titanic; datos similares aparecidos en el número del 26 de mayo de 1911 en la revista

Engineering, y en la del 1.º de julio de 1911 de Scientific American.

Los otros actores del drama, la gente del barco salvador Carpathia, han sido tan generosos en su cooperación como los del Titanic. Mr. Robert. H. Vaughan ha sido de gran valor ayudándome a reunir los detalles de aquella carrera alocada en la noche.

Mr. R. Purvis me ha ayudado recordando los nombres de varios oficiales del Carpathia. Mrs. Louis M. Ogden me ha proporcionado un verdadero tesoro de anécdotas, tanto más valiosas cuanto que fue una de las primeras personas que subió a cubierta. Mrs. Diego Suárez (entonces miss Evelyn Marshall) relata de forma vivida la escena de la llegada de los botes del Titanic.

No hay gran cosa publicada sobre el Carpathia, pero el libro del capitán sir Arthur H. Rostron, Regreso del mar (Macmillan, 1931), contiene una excelente narración. Su declaración en los Estados Unidos y en Inglaterra es también valiosa, y lo mismo puede decirse del informe del radiotelegrafista Harold Thomas Cottam.

Además de la gente del Titanic y del Carpathia, otras personas han contribuido con su ayuda a preparar este libro. El capitán Charles Victor Groves me ha ayudado a montar la historia del Californian, en el que

servía como tercer oficial. Charles Dienz, que a la sazón era maître del Ritz Carlton a bordo del Amerika, me ha explicado el funcionamiento de

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