Enrique Lihn
Poesías, cuentos, algún ensayo
Y algo más
Recopilación de cosas sueltas Por Tiago.
PORQUE ESCRIBÍ
A Cristina y Angélica
Ahora que quizás, en un año de calma, piense: la poesía me sirvió para esto: no pude ser feliz, ello me fue negado, pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto; una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies. Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos -¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco con toda su crueldad innecesaria-.
Escribí, mi escritura fue como la maleza de flores ácimas pero flores en fin, el pan de cada día de las tierras eriazas: una caparazón de espinas y raíces. De la vida tomé todas estas palabras como un niño oropel, guijarros junto al río: las cosas de una magia, perfectamente inútiles pero que siempre vuelven a renovar su encanto. La especie de locura con que vuela un anciano detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo. Me condené escribiendo a que todos dudaran de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero). Todos los que sirvieron y los que fueron servidos digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte codo a codo, robarle unos cuantos secretos. En su origen el río es una veta de agua -allí, por un momento, siquiera, en esa altura- luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida. Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma: línea de la rompiente en que un verso se espuma yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer con obscena atención a unos cuantos psicólogos, pero escribí y el crimen fue menor,
porque de la palabra que se ajusta al abismo surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados. Porque escribí no estuve en casa del verdugo ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses ni me hice desear como escribiente ni la pobreza me pareció atroz ni el poder una cosa deseable ni me lavé ni me ensucié las manos ni fueron vírgenes mis mejores amigas ni tuve como amigo a un fariseo ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta, porque escribí porque escribí estoy vivo.
Álbum
Otro es el que manipula nuestros actos cuando ellos nos empujan a la derrota, un tahúr
en cuyas manos somos una carta marcada, la última y el miedo y el recuerdo de un crimen.
Pero ni aun siquiera el personaje de una vieja novela de aventuras: los juegos del azar son todavía juegos y la violencia, en cualquier caso, redime.
Quien nos reduce a sombras en la sala de juego
es una sombra él mismo menos libre que otras,
una condensación de absurdos personajes algo como el horror de un álbum de familia.
Celeste hija de la tierra
No es lo mismo estar solo que estar solo en una habitación de la que acabas de salir
como el tiempo: pausada, fugaz, continuamente
en busca de mi ausencia, porque entonces empiezo a comprender que soy un muerto y es la palabra, espejo del silencio
secreto revelado por fin.
Tendría que empezar a ser de nuevo para aceptar el mundo como si no fuese solamente lo único que conservo de ti, tendría que olvidarme
como se olvida lo más negro de un sueño, soplar en mi conciencia hasta apagar mi imagen,
cerrar los ojos frente a los espejos,
deshacerme y hacerme, soñar siempre con otro,
morirme de mí mismo
para no recordarte a cada instante como el ciego recuerda la luz y el condenado a muerte
la vida, toda ella, en un abrir y cerrar de ojos,
porque estás más adentro de mí que yo mismo
o existo porque existes
o yo no sé quién soy desde que sé quien eres.
No es lo mismo estar solo que estar sin ti, conmigo
con lo que permanece de mí si tú me dejas:
alguien, no, quizás algo: el aspecto de un hombre, su retrato
que el viento de otro mundo dispersa en el espacio
lleno de tu fantasma desgarrador y dulce. Monstruo mío, amor mío,
dondequiera que estés, con quienquiera que yazgas
abre por un instante los ojos en mi nombre
e, iluminada por tu despertar, dime, como si yo fuese la noche, qué debo hacer para volver a odiarte, para no amar el odio que te tengo. Es inútil
buscar a tu enemigo en el infierno suyo y de esta ciudad, allí donde la música agoniza
larga, ruidosamente en el silencio y beber en su vaso para verte con su mirada azul, roja de odio, el vino que refleja su secreta agonía, la que en su corazón en ruinas danza a la luz de una luna tan desnuda como ella
con la misma afrentosa lascivia de la luna
que no se muestra al sol, pero acepta su fuego,
por los siete pecados capitales no eres tú o eres otra;
alguien, quizá yo mismo, entonces toca mi frente y me despierto como el fuego en la noche,
en toda mi pureza,
con tu nombre verídico en los labios.
La pieza oscura
La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera
amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de
precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabíamos no
ignorábamos qué causa; juego de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente
dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o
para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda--símbolo de la vida--la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un
cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso. Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de
dos en dos, con las orejas rojas--símbolos del pudor que
saborea su ofensa--rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la
invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí,
largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos;
creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de
Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar--olor a
naftalina en la pelusa del fruto--.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiéndose unas con otras a modo de nidos como celdas, de
celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en
las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin
conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
como en la época de su
aparición en el mito, como en su edad de madera recién
carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar
hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se
enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas
espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del
molino, con alas de
gorriones--símbolos del salvaje orden libre-con todo él por único objeto desbordante
y la vida-símbolo de la rueda-se adelantaba a pasar
tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad
acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido
de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad,
la crueldad del corazón en el fruto del amor, la corrupción
del fruto y luego . . . el carozo sangriento, afiebrado y seco. ¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a
el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del
molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí
estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas--los hombres a un extremo, las
mujeres al
otro--en un ordotro--en perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la rueda
antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un
mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado al compás de la rueda, a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño que
cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad ni llegaré a cumplirla como él de una sola vez y para siempre.
EL HOMBRE Y SU SUEÑO (cuento)
En algún punto de la ciudad, de esta ciudad demasiado grande para que dos seres que se amen se encuentren si se han perdido de vista alguna vez, un hombre de mi edad vela, mientras todos duermen. Su vigilia no tiene nada de común con la vigilia a la que nos condena la súbita desaparición de nuestra amada, la angustia que precede a un día de decisiones irrevocables o la persistencia de un pensamiento que se resiste a tomar forma. No es tampoco el efecto de una digestión trabajosa, ni del desorden físico que sucede a un largo período de disipaciones. Es una vigilia no registrada hasta ahora en los anales médicos; una enfermedad incurable; una espléndida llaga destinada a no cicatrizar.
-El sueño -me dijo un día mi amigo- es nuestro doble: una especie de hermano gemelo al que, de no mediar un acto de voluntad sobrehumana, permaneceremos unidos durante toda nuestra vida. Hasta ahora, nadie, que yo sepa, ha intentado desprenderse de él. La operación es más que peligrosa, y los dolores que sin duda provoca, o son superiores a nuestra
capacidad para soportarlos, o las ventajas que aquélla nos ofrece, si es llevada a cabo felizmente, no alcanzan a compensarnos de ellos.
-Si es así -murmuré, pues mi facilidad de palabra en ese entonces era escasa-, ¿qué motivos tienes, no ya para desear esa separación que consideras imposible, sino para detenerte en un pensamiento tan superfluo; tú, que eres por naturaleza inclinado a la acción, que nunca te has propuesto nada que no pudieses realizar en el acto?
En los labios de mi amigo se dibujó una sonrisa a la vez dulce y amarga, no exenta de cierto misterio turbador.
-Escucha -me dijo, extendiendo ambos brazos sobre la mesa, las palmas de las manos vueltas hacia mí-. Sabes de más que un carácter como el mío no cambia de la noche a la mañana.
Estas dos últimas palabras me estremecieron visiblemente. -¿Entonces?
-Cada 1111 años, un hombre, entre millones de semejantes suyos, puede intentar disociarse de su propio sueño, sea asimilándolo a su vigilia, sea dotándolo de los atributos necesarios para que la naturaleza lo confunda con uno de sus hijos. Ese hombre del que hablo es el único capaz de exponer objetivamente las ventajas de la vigilia absoluta. Te hablaré de dichas ventajas...
-Amigo mío -le dije, con una voz turbada por la emoción-. A no dudar, tu inteligencia es infinitamente superior a la mía. Igual cosa puede decirse de tu cultura científica y humanística; mientras tú dominas más lenguas muertas y vivas de las que puedo enumerar, yo apenas logro expresarme en mi lengua materna. No en vano has enceguecido sobre los libros cuando yo vagaba de un lado para otro entre las cuatro paredes de esta habitación o en los suburbios de esta ciudad maldita. Con todo, me atreveré, para tu bien, a formular la opinión en que tengo las palabras que has dicho y las que estás por decir. Amigo mío, te extravías. El hilo demasiado extenso y fino de tu pensamiento, debe ser cortado antes de que te conduzca a regiones de las que no regresarás. Recuerda que nuestros deseos deben estar en proporción a nuestra
capacidad para saciarlos, y que, si se extralimitan, nos conducen a la rima. No te sientas llamado a desempeñar un papel que ignoras si otro, antes que tú, ha desempeñado.
Las últimas frases de mi discurso fueron dichas en alta voz, de una manera delirante. Ya serenado, posé mi vista en el rostro de mi compañero, esperando sorprender en él una expresión aprobatoria o, al menos, inquieta.
Nada de eso; la más profunda quietud y seguridad interiores se reflejaban en sus rasgos.
Pero, a partir de esa noche, mi amigo guardó silencio durante muchos días.
En la actualidad desempeño un sinnúmero de pequeños oficios. Ninguno de ellos por sí mismo me permitiría vivir, y las rentas que me proporcionan en conjunto apenas cubren mis necesidades, por lo demás ínfimas. Creo, sin embargo, en la necesidad de que el ciudadano se
especialice, para beneficio suyo y de la colectividad. Aunque esta ciudad en que habito me es casi desconocida y, en consecuencia, puedo decir que no la amo, he intentado varias veces serle útil mediante el aprendizaje de una profesión bien definida. Mis esfuerzos no han sido recompensados. En primer lugar, soy demasiado viejo para entrar como aprendiz en los talleres artesanos y, en segundo lugar, mi casi absoluta falta de capacidad para concentrarme en una actividad dirigida, hace de mí una presa poco codiciable por los maestros.
Después de todo, no me quejo de mi suerte. De mi incapacidad obtengo algunas ventajas. Llevo una vida agitada y caótica, como mis pensamientos. Me desplazo, de escenario en escenario, a una velocidad incomparable. Mis ocupaciones se diferencian entre ellas tanto como mi rostro de sí mismo, según las emociones que me embargan. Durante quince días he hecho de ayunador en una feria de los arrabales; he sido incorporado al ejército y expulsado de él cada vez que la ciudad se ha visto en peligro de caer en manos de sus enemigos. No por indisciplina, sino por falta de instintos miliares. Un hombre de ciencia me hace entrar todas las mañanas en su laboratorio. Me examina con minuciosidad, incansablemente. Encuentra que mi organismo ofrece curiosas anomalías e inexplicables lagunas. "Tu vida -me ha dicho- no está en tu cuerpo, sino en alguna otra parte. Un hombre cualquiera no podría vivir sin los órganos que en ti no se han desarrollado suficientemente." En las noches frecuento las alfarerías subterráneas, donde ancianas bellísimas y pobremente vestidas se dedican a la fabricación de complicadas figurillas de barro perfumado. Yo les hablo del mundo exterior, del que ellas tienen una confusa noción, que coincide en todo con la idea que he logrado formarme de él. Entre las alfareras soy admirado por mi habilidad para modelar y pintarrajear toda clase de animalillos fantásticos, que me reportan algunas monedas. Eventualmente, soy aguatero o hago pequeños papeles mímicos en los circos ambulantes. Mi sentido musical hace de mí un flautista muy solicitado para las bodas y bautizos.
Por las tardes, cuando no tengo nada que hacer y la melancolía empieza a apoderarse de mí, me deslizo hacia los barrios inferiores. Allí comparto mis alimentos con algún
vagabundo. Cuando las circunstancias no me deparan compañeros pacíficos, es tanto mi miedo a la soledad, que no desdeño las posibilidades de atraerme las simpatías de los ladrones y los asesinos. Entre éstos y aquéllos he hecho algunas amistades, poco durables, por cierto, pero profundas. Cuando he visto sus cadáveres suspendidos por el cuello a lo largo de las calles de la ciudad, no he podido dejar de sollozar. En general, sólo evito encontrarme con los mendigos ciegos, que están siempre demasiado ávidos de mi palabra y que parecen sentir por mí una especie de sórdida ternura.
No es que no tenga dificultades con la gente: más de alguien me ha abofeteado cuando le he propuesto que durmiese conmigo. Es inútil que trate de explicarles el sentido de mi invitación. Sé que las costumbres de un pueblo poco numeroso en relación a la inmensidad de sus dominios, condenan, justificadamente, el vicio solitario, la esterilidad y, con mayor razón, las inversiones sexuales. Ni siquiera la gerontofilia, vicio muy común en regiones menos civilizadas y que, dada mi noción defectuosa del tiempo, comprendo a la perfección, hace estragos entre nosotros. Las bellas alfareras han sido recluidas en sus subterráneos para evitar a la juventud los dolores de un amor imposible, y los ancianos públicos desarrollan su actividad patriarcal en recintos a los que no se llega sino con una recomendación especialísima o en cumplimiento de misiones oficiales. Estoy perfectamente enterado de todo esto, y agradezco, en el fondo, a mis amigos que se limiten a vapulearme con ocasión de esas invitaciones que les hago en los momentos de mayor intimidad. Si ellos perteneciesen a las clases privilegiadas, mucho más prejuiciosas, mi reputación estaría ahora por los suelos y, con seguridad, se me hubiese recluído.
Pero si por una parte es encomiable el silencio que guardan los delincuentes respecto de mis palabras comprometedoras, por otra, hasta a mí mismo, que soy su beneficiado, me parece digno de censura. Ese silencio, más que el efecto de una libertad y profundidad de pensamiento, lo es de una ciega y perniciosa relajación de las costumbres. Prueba de ello es que, sin comprender la pureza de mis intenciones, éstas, que despojadas de dicha pureza me parecerían abominables, les parecen a ellos, a lo más, inconvenientes.
En algún punto de la ciudad hay, sin embargo, un hombre: mi semejante, que no enrojecería ni me maldeciría si intentase arrastrarlo, al atardecer, por la escalera de caracol que conduce a mi desnudo y estrecho aposento. Durante sus años de formación y mis años de progresiva lucidez mental, él y yo vivimos tan estrechamente unidos y separados como Narciso y su imagen reflejada en la superficie de un espejo. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, mi amigo permanecía inmóvil, el rostro entre las manos, siguiendo el infinito hilo de su
pensamiento a través de un laberinto que se hubiera creído circular. Entonces, una gran laxitud me embargaba. Como no tuviese problemas que resolver a corto plazo, me tendía yo en nuestro lecho común, los brazos cruzados bajo mi pequeña cabeza, o me deslizaba por la habitación como una sombra, deteniéndome de tarde en tarde a sus espaldas. Llegada la noche, como no lo retuvieran sus intereses en el centro de la ciudad, se tendía mi amigo junto a mí y, como a dos líneas paralelas, nos reunía el sueño en lo infinito. Era el momento en que el universo se coloreaba para mí y la sangre comenzaba a circular acompasadamente por mis venas. Como a un prisionero al que de súbito se le abren las puertas de su celda y al que un ángel le indica la salida con un dedo de fuego, todo me parecía conducir a una región sin sombra. A través de mis párpados entornados examinaba yo el rostro de mi compañero, y el amargo rictus de sus labios no menoscababa el placer que me proporcionaba su presencia. Entre él y yo se extendía un espacio intensivo, no mensurable en su invisibilidad, pero que, como una lámina transparente, nos hacía insensibles el uno al otro. Sus más secretos pensamientos me eran, por el contrario, revelados. No en lo que tenían de claro y distinto, no en su orden y extensión formales, sino en su profundidad y en su vida. Distinguía en ellos, con una mirada certera, lo esencial de lo superfluo, y gustaba de ordenarlos como un ajedrecista consumado ordena las piezas de un juego de principiantes, hasta situarlas en su justa peligrosidad. Sé que mi proceder no era del gusto de mi amigo; pero me era imposible
escatimarle los beneficios del que yo creía un impulso generoso. Cuando he reflexionado en las razones que mi compañero de lecho ha podido tener para abandonarme, la más plausible de todas me sigue pareciendo la de que, en su excesiva sensibilidad, no pudiese reposar a sus anchas junto a un ser estragado por una vigilia clarividente. Más de una vez despertó en el momento en que mi poder adivinatorio respecto de él se intensificaba al máximo. Esto no significa, de ningún modo, que yo lo juzgase menos piadosamente que de costumbre. Jamás he juzgado a nadie; con mayor razón mi amigo, objeto de mi más absoluta comprensión, ha escapado a mis dictámenes; caso de que éstos pasen a formar parte, en lo sucesivo, de mi bagaje mental.
-¿Estás despierto verdaderamente? -me preguntaba mi amigo, envolviéndome en una mirada penetrante. Yo no sabía, de buenas a primeras, qué contestarle. Despierto ejercía él sobre mí un poder superior a mis fuerzas para soportarlo. Su lucidez era mucho mayor de la que era yo capaz de concebir mientras duraba su reposo.
Sin mentirle, podía yo articular un sí desprovisto de toda convicción. Despierto él, el sueño o el letargo se apoderaban de mi cuerpo y de mi alma como el alba de la noche.
-Escucha, entonces... -su voz adquiría un tono apremiante, patético-, ¿Sabes tú en qué se diferencia un hombre dormido de otro despierto?
-Tal vez...
-En que el despierto sabe quién es, y el dormido no lo sabe.
Un silencio. Mi amigo acercaba su rostro al mío, la mirada brillante y, casi tiernamente, como una madre que interroga la lección a su hijo, murmuraba:
-¿Quién eres tú?
Mi turbación se hacía en ese momento indescriptible. Pero, con todo, intentaba contestar su pregunta:
-Yo soy... tú.
De antemano sabía que esta respuesta, que en labios de una muchacha enciende a su amante, no tendría para él el menor encanto. También yo la formulaba a desgano, y estaba lejos de querer conmoverlo con ella. Nunca mi afecto por él parecía más débil en su
fundamento. Llegaba casi a odiar su superioridad sobre mí. Cuando, desilusionado, cerraba nuevamente los ojos, más para evitar mi vista que para conciliar un sueño que le era difícil reanudar, yo sonreía con alivio, como si me hubiesen quitado un gran peso de encima.
Ayer tuve ocasión de recordar un suceso ocurrido hace algunos años y al que mi memoria fuera infiel. Le he pedido a un copista, que se divierte en sus ratos de ocio con mi facilidad para asociar palabras, que lo anote en un trocito de pergamino, y me he propuesto hacérmelo leer cada vez que empiece a olvidárseme. Es posible que esté por fin en posesión de la verdad; aunque no veo el beneficio que ella pueda reportarme. Mi amigo me ha
abandonado por una razón demasiado sencilla para que yo la hubiese descubierto. En una oportunidad me adelanté a sus deseos, realizándolos por mi cuenta y riesgo. Deseaba demostrarle que sus sentimientos respecto de cierta muchacha no debían ser sino de una naturaleza puramente animal. Yo estaba seguro de que ella no merecía otra cosa. El no era de mi opinión; aunque no nos explayamos sobre nuestras diferencias, él por pudor y yo por temor
de malquistármelo, ambos las conocíamos de sobra. Es más, la mucha cautela con que procedí a sus espaldas no impidió, ésa fue al menos mi impresión, que él siguiera el desarrollo de una tesis que luego no tuve el ánimo de desarrollarle oralmente. Triunfé, sin embargo, en esa oportunidad, cuando creía haberlo echado todo a rodar. Mi amigo olvidó su pasión al comprobar que el objeto de ella estaba muy por debajo de la idea que se había formado a su respecto. La muchacha se me entregó sin conocerme y en circunstancias que la delataron como a un monstruo de obscenidad.
La escena revivió en mí con fuerza al divisar a mi amante de unos minutos entre las columnas que sustentan la entrada del templo. Del interior de éste emergía una de esas procesiones que nos atraen la burla de los paganos: "Un ejército de viejas para le defensa de Dios". Los ecos de un cántico desgarrador llegaban hasta mí, mezclados al griterío de una muchedumbre electrizada por el resplandor de las antorchas. No era de noche; sin embargo, como desde hace algunos días un inexplicable malestar me impide entregarme a mis
ocupaciones habituales, vagaba yo al acecho de una oportunidad de distraer mis pensamientos y la encontré en la figura de esa muchacha que a primera vista me resultó difícil distinguir de sus compañeras, como ella jóvenes y vestidas, según lo exigía la ocasión, de rigurosa púrpura; las manos enlazadas, formando un ángulo en el regazo, y el rostro piadosamente inclinado, me hicieron pensar en la inmensurable riqueza de hipocresía que se esconde en cada mujer. Imposible distinguir, respecto de ella, dónde termina la realidad y empieza la ficción. Sólo yo era capaz, en ese momento, de no caer en la trampa de la apariencia y reconstituir la desnudez de una cortesana bajo los hábitos de una virgen entregada al éxtasis religioso.
Me acerqué más a ella, pues mis ojos debilitados por la falta de sueño podían
engañarme. Por otra parte, debo reconocerlo, su hermosura volvió, como antaño, a turbar mis sentidos. Comprendí, a pesar mío, que en mi relación con ella el mero deseo sexual no había dejado de jugar un papel de importancia. Acaso el propósito de desengañar a mi amigo -me dije- haya sido la justificación de un acto menos generoso en su fundamento. Recordé, con un progresivo sentimiento de culpabilidad, los preliminares de una escena de la que no me pude sustraer como mero espectador y testigo, y a la que una fuerza ciega terminara por
arrastrarme, recompensándome en goces lo que había perdido en dignidad moral.
Dicha escena tuvo lugar en un cementerio público, al atardecer de un día radiante. En contradicción con la vitalidad exacerbada de un paisaje inundado de perfumes vegetales, la muerte había determinado que se cavase allí la tumba de un hombre respetable. La ceremonia se prolongó largo rato, como si el propio cadáver y sus portadores hubiesen acordado apoyar mis propósitos. Yo me había deslizado entre el grupo familiar que, alrededor de la fosa recién abierta, esperaba el resto de la comitiva al que se le confiara el ataúd. Nadie reparó en mi presencia a causa de la tristeza, salvo la hija del difunto, víctima del asedio de mi mirada. Este es el momento de referirnos a ciertos poderes de que estoy dotado y que ejerzo, en especial, sobre las mujeres. No obstante mis ojos sean pequeños y estén demasiado hundidos en sus órbitas para escapar a un observador de la fealdad humana, es muy grande el influjo que tienen sobre las naturalezas sensibles. Como ciertos animales salvajes, puedo provocar en mis víctimas una especie de consentimiento letárgico por el solo hecho de mantenerlas, durante unos instantes, en mi campo visual. En esa oportunidad la sumisión de la elegida me ahorró trabajo. Desde el primer momento depuso toda resistencia y pareció ansiosa de encontrarse a solas conmigo. Su rostro, humedecido por las lágrimas, se contrajo en un gesto lascivo y su mentón temblaba flojamente. Así fue cómo, una vez que el sepulturero terminó su tarea al compás de cánticos rituales; apenas el cortejo se desbandó en dirección a la ciudad; próxima ya la noche, ella y yo, aprovechando el desorden y olvido generales, nos escabullimos hacia una cripta, ocasionalmente abierta. En un abrir y cerrar de ojos ambos estuvimos desnudos, bajo la débil claridad de una lamparilla de aceite. Mi sexo hipertrofiado, del ancho de un cuerno de buey, no me impidió entrar en ella holgadamente. Adheridos el uno al otro, con una fuerza convulsiva y poderosa, rodamos haciendo círculos en el suelo y golpeándonos en las aristas de los catafalcos. Yo había pedido todo dominio sobre mí mismo. Dejó de preocuparme la
posibilidad de que los gritos de mi compañera hiriesen los oídos de los guardianes del
cementerio. Ignoro cómo pudimos salir de éste, después de una sesión que se prolongó hasta el amanecer, sin que se nos detuviera. La puerta principal debe haber estado cerrada con llave, y sólo provisto de largas sogas es posible escapar por el extremo opuesto a ella, limitado por un abismo profundo.
La procesión se desplazaba ya a algunas cuadras del templo. Me le incorporé y acompasé mis pasos a los de mi amante. Marchábamos juntos, pero pasó mucho rato, acaso horas, antes de que notase mi presencia. Tanta era su abstracción o mi insignificancia. Por último, como me apoyase en su brazo para no resbalar -apenas me sostenía sobre mis pies-, fijó en mí una mirada en que el fastidio, la indulgencia y, finalmente, la indiferencia más absoluta se sucedieron a una velocidad vertiginosa. Decididamente, no me había reconocido. Herido en mi orgullo, demostré, una vez más, mi inescrupulosidad. A los oídos de mi
compañera deslicé un sinnúmero de frases soeces en las que se mezclaban, por iguales partes, los recuerdos comunes y las exigencias que en su nombre me permitía hacerle para el porvenir.
El silencio con que respondió a mis palabras era el efecto de un desprecio tan
profundo, que le impedía devolvérmelas. Puede que mi voz no llegase hasta ella, interceptada por el rumor de la procesión e impotente para sobreponérsele. De hecho mi compañera siguió su marcha sin que en su rostro se alterase un rasgo. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi imaginación excesiva había podido jugarme una mala pasada. Acaso nunca poseí yo a esa muchacha, digno modelo de los artistas de la corte. En mi juventud resolvía con tal facilidad las situaciones en que me hallaba, que hoy en día sospecho no todas fueron igualmente reales.
Imbuido en estos pensamientos que me llenaban de espanto, e incapaz de seguir una marcha tal vez interminable, tomé asiento en la primera piedra que encontré en el camino. Pronto la procesión desapareció de mi vista, mientras la noche se apoderaba,
vertiginosamente, del espacio. Las luces de la ciudad se encendieron y apagaron, en tanto yo recuperaba mis fuerzas. Algunas continuaron encendidas, pero la tiniebla me impedía calcular la distancia a que me hallaba de ellas. "En una de esas habitaciones iluminadas -pensé-, mi amigo se entrega a los placeres y dolores de una vigilia sin término. Ha conseguido su
propósito. Ha cortado la maravillosa flor de su conciencia del tallo que la hundía en lo obscuro; pero la flor languidece, sin alimento, y mi amigo comprende, demasiado tarde, el alcance de su acto. El vencedor es a su vez vencido por la magnitud de su triunfo, y la bella columna, elevada en arenas movedizas, se hunde bajo su propio peso. Unos momentos más y su desaparición será completa."
Elegí, al azar, una de las ventanas iluminadas. Reuniendo todas mis fuerzas, me puse en camino hacia ella. Al cabo de unos segundos corría desbocadamente, como un animal de regreso a su redil. Privado, durante mucho tiempo, de esa luz interior en que los seres
humanos se reflejan y revelan sus propios pensamientos y deseos, ella resplandecía ahora en mí con tal poder, que amenazaba consumirme. Pasé revista mentalmente a todos mis actos pretéritos, y no pude sino expresar, a gritos, el disgusto que me producían. Como si otra persona los hubiera cometido con el propósito de envilecerme. Las últimas palabras que mi amigo me confiara sonaban y resonaban en mis oídos: "Todo lo que la vigilia nos permite conquistar, nos lo arrebata el sueño. Una ley insidiosa exige que la altura a que nos hemos remontado libremente esté en proporción a la profundidad a donde nos precipita con las manos atadas... Es necesario infringir esta ley. Es necesario que el sueño y la vigilia se confundan o se separen definitivamente..."
En mi ansiedad, elegí bien. Una a una se extinguieron las luces de la ciudad, menos esa hacia la que me dirigía. Temblando, subí la escalera que conduce a mi habitación, naturalmente desierta. La lámpara, bajo la cual paso largas veladas de meditación y estudio, ardía para sí misma, en medio de una soledad dolorosa. Soy olvidadizo, y la dueña de casa me ha amenazado varias veces con la expulsión por hechos como éste. Un pensionista no se puede permitir el lujo de dejar encendida la luz de su pieza.
Esta mañana desperté en una posición absurda. El sueño se vengó de mi obsesión por vencerlo, sorprendiéndome en el momento en que me dirigía al lecho. No estaba totalmente de pie, pero el gesto de mi mano sobre el respaldo de la silla indicaba a las claras mi intención de sustituir a ésta por aquél. En compensación, creo que nunca he estado más próximo al triunfo. Hay un punto en que el instinto y la razón, el sentimiento y el pensamiento, el sueño y la vigilia se asocian en un abrazo radiante. Mi vida no ha sido sino un largo y penoso intento de
encontrarlo. Quienes como yo comprenden que sólo la exacerbación de la conciencia nos permitirá atravesar inmunes esta época de pesadillas aprobarán el sentido y el giro de mi aventura. Estas líneas son el primer testimonio "escrito" de ellas. Las redacté en el instante,
llamado en lenguaje profano, del despertar. Ignoro si al término del sueño o al principio de la vigilia o, como lo espero, entre ambos estados. Hecho que podré comprobar cuando pueda hallarlas y releerlas; pues, lamentablemente y misteriosamente, se han extraviado en una habitación en la que eran lo único visible.
Tigre de Pascua
Hace veinte años yo era profesor de inglés. A mi hermano, el Tigre -de filosofía-, lo mataron a culatazos en el 73. Luego tuve un taxi; ahora nada. Con esto lo digo todo.
¡Tigre, a cada cual de acuerdo con sus necesidades! ¿Tan poco necesitados estábamos nosotros?
Sobrevivo, pues, en una de esas poblaciones de nombre paradójico (La Triunfadora), donde nunca antes me habría soñado poniendo los pies. Cuidadosa, cuidadosamente.
Las experiencias me sirven para ordenar una cosa, una imagen, un pensamiento, serán las que se llaman vitales. En la de sobrevivir, no se capitaliza. Puro trabajo. Se parte una y otra vez de cero. Por eso hay quienes prefieren a la sobrevida, una vida peligrosa. Así, antes, el Tigre -héroe de elección- y, ahora, los cogoteros. Son demasiados, por otro lado, quienes mendigan. Y trabajamos los cesantes encubiertos. Por dignidad o por debilidad, según como se mire la cosa. Pero la cesantía encubierta es el disfraz de la mendicidad. En suma, mendigos somos casi todos. Hasta los aficionados al cogoteo que quitan en lugar de pedir, pero sin profesionalismo.
Desde aquí veo a unos y otros ir y venir. Todos los caminos llevan al Paseo Ahumada, nuestra Roma. Aquí (por donde alguna vez tendrá que pasar el Papa) se cumple eso de que siempre hay Pascua en diciembre. Nos entregaron la calle para vigilarnos mejor. Que no se diga que no hay trabajo para todos en las fiestas de guardar, carajo. No hay tigre, hermano, que se resista a la tentación de parecer un gato si le permiten olfatear, en las calles de Bagdad, las puertas de todas las carnicerías.
Entre los que venden cualquier cosa -cuchillos a cien pesos- reconocí, denantes, a los hermanos Cárcamo. Me perdonaron la vida una noche. No sé si por caridad o por desprecio. ¡Hijos de puta! Desde entonces me miran, fijamente, sin verme. Me niegan con esa mirada vacía el derecho territorial sobre el suelo que cubro con mis pies. ¡Tanto fue lo que tuve que deshonrarme, Tigre, para no morir como tú, con gloria!
Está también la gente de paz como esa familia gorda de apellido Soto, como la pensión. Malos, pero muchos. Ocupan una buena lonja del Paseo. Para no tener que correr, compran productos "naturales", lejos de Santiago. Si se los requisan no tienen que pagárselos a los distribuidores. Por lo demás, los pacos no le codician una piedra pómez, un mojón de luche, un cachorro o una de esas muñecas horribles que ellos mismos tejen en su media agua. Hasta tienen un permiso municipal. A lo menos el Soto viejo que reparte la mercadería entre los suyos o la reingresa a la casa matriz en caso de peligro. Están también los payasos Cuevas. Y cuatro locas que reproducen una escena de la ópera Carmen, haciendo fonomímica. Todo está, literalmente, botado en las calles. Un mosquerío de gente que entra y sale de las tiendas, transfigurado, en las tardes, por las luces de colores. País de mierda. Los reflejos
En este cuadro los viejos de Pascua, que se repiten menesterosamente en la calle... sin comentarios. Con trineos hechos de catres de guagua y de restos de bicicletas. Con ciervos de sacos harineros, enarbolando unos cuernos que parecen racimos de manos llenas de sabañones. Los que no son viejos de verdad merecerían serlo por lo desbaratados que están, con sus barbas y pelucas de algodón. Algunos a medio filo. Con una guagua en brazos o un cabro chico en las rodillas. Mientras el socio les toma una polaroid caída, de cuando en vez.
Sé, por los otros, que olemos mal. A viejo curado, de población. Tú, Tigre, no ibas a oler nunca así, mientras te mataban.
Así es que, en recuerdo tuyo, me estoy quitando toda esta mierda de encima. Hasta las barbas, que son de verdad. Arranquen a perderse, cabros del carajo. Y usted, señora ¿no ha visto nunca a un mendigo de Pascua, todo desnudo?
¡Vengan a ver a un gato, señoras y señores, que tira para tigre! ¡Vengan a ver a un tigre al que van a reventar estos cobardes, a culatazos!
De "La República Independiente de Miranda", Editorial Sudamericana, Bs. Aires 1989
ENTRE CAÍN Y ABEL
Desde que mis padres inventaron la muerte y yo el crimen, no ha pasado una
eternidad: ha pasado, en poco tiempo, cientos de años. Vivo a empavorecida distancia de las ruinas del paraíso. Este se convirtió, obvio es decirlo, en el lugar que no hay. Pero el espacio mismo que ocupaba existe para mi fascinación y mi desgracia. Vivo en la calle 108 con Broadway Avenue. En uno de estos colectivos untados por el ala del cuervo, mordisqueados por el fuego, rotos, inmundos, ominosos. Sin agua, ascensor ni calefacción. Con tablas o plástico en lugar de vidrios. Escondrijo de ratas, gatos y drogadictos. Las murallas de adentro y de afuera son las páginas de un libro de blasfemias que se escribe y reescribe como un palimpsesto, noche y noche. Pues yo uso el lápiz o el bolígrafo. Sólo escribo cartas que no envío. A ella.
Desde la trivial infidelidad de mi madre a Dios -alharaca de la Biblia (libro que aquí todo el mundo manosea) con el hombre único -no había otro a su lado y no era de palo-, descreo de todo. Salvo del amor imposible y, lógicamente, del crimen. Roo este hueso, el único objeto que conservo de mi pasado: el célebre hueso maxilar inferior de un asno que me fue devuelto, con la recomendación implícita de emplearlo otra vez, a la salida de la cárcel.
Está sobre mis libros, en la mesita de luz, en el escritorio que recogí de la calle, en una silla de basura, en mi cama de tres patas, en el inodoro. Lo llevo colgado del cinto cuando bajo al drugstore o voy al Olimphia. A mi padre lo tengo grabado entre ceja y ceja, en medio de la frente. Retrato en forma de cicatriz. Cicatriz en forma de coño de su madre.
El viejo murió, según espero, de muerte natural. Un cataclismo para quien nunca parece haberse resignado a no ser inmortal. Me perdí ese misterio, ese espectáculo. Ella me habría impedido disfrutarlo, dócil a la voluntad (ahora rota o nula) del agonizante que me había arrojado a un exilio en segundo grado: no ya del Paraíso sino de sus extramuros. Y al trabajo.
Por ese entonces, para mal de su roña, yo era un becario de la Universidad de
Columbia. Aprendía el inglés, me distraía de mi desesperación frecuentando, con una Biblia en el bolsillo, los bares y prostíbulos, si así pueden llamarse a esas sucursales en el Village de
Sodoma y Gomorra, en las cuales existe un margen de gratuidad, hasta de inocencia.
Pero los años convierten la herejía en una costumbre y la promiscuidad en un pito, en una voladura rastrera y fallida.
La única que ha sobrevivido intacta a la edad, la culpa y la monserga, es Nuestra Señora de la Manzana, mi amada madre, mi amor querido, mi locura, la serpiente, la muerte.
En las fotografías recientes que me envía, más bellas que las de Avedón, no desmerece, en el tiempo, de los retratos que le hizo en distintas épocas Hans Memling.
La eternidad no ha pasado para ella, como si el Esposo Absoluto hubiera condensado la culpa en el tentado, desplazándola de la tentadora. Conmovido distraídamente por ella o limitado en sus juicios por las razones y los estatutos de la serpiente. Por el Código Viperino.
En el reverso de esas postales leo, releo, repito a ciegas: "Ven, mi corazón te llama". Tu madre que te quiere. O "Esta noche vi llover, vi gente correr y no estabas tú". Tu madre que te quiere. O "Voy por la vereda tropical, la noche plena de quietud...etcétera". Tu madre que te quiere.
Puedo sostener que el deseo no necesita de la excitación. Por mi parte podría caer fácilmente, si es que no me encuentro ya en el fondo de ese pozo, en el incesto platónico.
En realidad, no espero nada sexualmente de esa mujer. Lo he encontrado todo o casi todo en ese borde de los nueve círculos del infierno que nos está permitido frecuentar mientras nos creemos vivos.
Quisiera parirla, amamantarla, educarla. Sólo esas serenidades podrían elevarse por encima de los placeres malditos, pero me están vedadas. Porque no soy el Andrógino Perfecto sino un vulgar asesino. Gastado por esos placeres ya no podría, lisa y llanamente, conocerla en el sentido bíblico de la palabra. O eso sólo sería un episodio decepcionante. Porque la emoción que me colma cuando toco, constantemente, los recuerdos, letras, retratos o fotografías de esa joven, es metafísica.
Mi cerebro, entonces, se esponja y la sangre se agolpa en él, dejándome el resto del cuerpo exangüe. A la manera de la savia de una planta que se concentra en el despliegue de una flor concentrada, a su vez, en el acto de no pensar, en el placer monstruoso de abrirse.
Esto es, más o menos, lo que me ocurre. Al filo de esta ocurrencia, la tentación de reunirme con ese fantasma, de materializarlo, salvando así la distancia que me separa de Ella -vive en una isla del Caribe-, es total.
UN razonamiento la acompaña. Si de un incesto platónico se trata, ¿qué agregaría la felicidad de curar mi amor con su presencia y su figura a la desgracia de la separación?
Ultima astucia de la serpiente: "Puedes vivir toda tu vida con tu madre. Es lo que hace un hijo soltero de buen corazón y costumbres sanas".
Pero yo, Caín González de la Sota, no me muevo de aquí. Aunque atraído por ella como la polilla por la luz, mi ser prefiere a su proximidad un estado de constante
desfallecimiento, de evaporación. Ni tan cerca que te quemes. Congelado.
No hice mi master en Nueva York, perdí el doctorado, la Academia. Desistí, por quiebra moral, de los negocios: Importadora de Frutos Tropicales de Caín y Abel and Company. Me fui empobreciendo hasta la miseria, acepté el werfare. Envejezco de una manera ruin. No he publicado nunca un libro. Mis hijos no quieren saber nada de mí.
Se supone que el arrepentimiento y la tentación me han enloquecido. Que mi existencia es un suicidio diferido y consumado a la vez, de día en día.
Es así pero de otra manera. En alguna parte soy una celebridad; he escrito libros que todos leen sin saberlo, impresos en el aire. Me retiene en esta ciudad -la de mi ruina- contra el amor fulminante una elaborada forma de la muerte: el despreciable pero invicto decurso y discurso de la literatura. A la manera de Borges.
De "La República Independiente de Miranda", Editorial Sudamericana, Bs. Aires 1989
Nada tiene que ver el dolor...
Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la muerte -la niña de sus ojos- un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa tramitación Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado ojalá previamente de sí mismo esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que aprender para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las matemáticas a especialistas de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir una mera obviedad con el apoyo de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje ... / desconocido ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a interpretar el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna inasible forma de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a cada uno de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas Cuando en la primera polución
-mucho más mística que la primera comunión- pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico de esa creatura que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti carnalmente
... / en el tiempo de los demás sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la muerte el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor
... / escrito silenciosamente en el muro o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que -otra palabra- se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la ... / casa es la muerte y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud que se besan a sí mismos
De todas las desesperaciones...
De todas las desesperaciones, la de la muerte tiene que ser la peor ella y el miedo a morir, cruz y raya
cuando ya se puede pronosticar el día y la hora
Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la desesperación ... / de la muerte sean normalmente inseparables como la uña y la carne
Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche de
... / su casa y del hospital
sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado en el infierno se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor
... / por ellas, condenadamente bellas exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura
que lo recibieran en esas casas como huésped estable
me parece ver cómo al final de esas conversaciones imposibles era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos
en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del amanecer de vuelta a su anticasa
La Calva
La llamamos la Calva, creemos asistir todos desde el colegio a su parca lección o desde más allá cuando nacemos y ella, medio escondida de la teta materna nos da la suya
nadie recuerda esa comunión con la noche nadie recuerda una palabra suya
la jauría se escapa por todas las ventanas de la sala vacía en que la Calva aburre al niño de su teta
y además ella es muda como el cine de antaño pero no gesticula para darse a entender
ni se acompaña del piano de un viejo saltimbanqui Simplemente está allí donde todos la miran sin verla, una ceguera que imita a la mirada Presencia, en todo caso, a la Calva le sobra En vivo y en directo, es el horror de espectar -palco la calle- un accidente de tráfico
con sus cadáveres instantáneos y extrañamente irreversibles A esa calva que hace la ronda de la noche
servicio militar obligatorio
forzada al uniforme o a las gafas oscuras extrínsecamente asociada al degüello a la desaparición
Los mendigos también han llegado a lo último de sí mismos pabilos parpadeantes
serían sus representantes efímeros y el travesti parado en una esquina como un guerrero de la mala muerte Una calva furiosa sobreactúa por ella la presencia sobrante de esta desconocida su banalización mejor rentada
aparece en la radio y en la prensa en la televisión que le pone colores de irrealidad. La Calva es la vedette
de estos medios que luchan salvo error o excepción por llenar este mundo de fantasmas vivientes
esos que se electrizan cuando cae un avión y mueren todos sus pasajeros, cuando el corresponsal
de guerra capta al vuelo lo peor de una masacre y muere él mismo
La llamamos la Calva para disminuirla con un feroz apodo y no ...*
Así es como abandonamos en un ...* a nuestra dama y señor de compañía el poderoso andrógino perfecto que invisible camina a nuestro lado toda, toda la vida lo aceptemos o no y aceptarlo sería lo mejor
No es ella ni él, ni un monstruo ni un demonio puede domesticarnos si lo dejamos, actúa su presencia netamente interior
porque la llevamos en la sangre lo respiramos como el aire y la luz
ella está en la placenta de la madre arrullando al nonato como la nodriza más íntima
Él si lo deja puede hacernos ver la nuestra en su cara que se ríe más allá
de la desgracia, pero sin ninguna ironía saldado el doloroso
precio de la existencia, del río, de la carne más que los accidentes del camino La buena muerte dice el dolor es el ser Y el ser este deseo de ser que ella podría extenuar si la dejaran, llenar de cabecera la esporádica ausencia de los médicos y hacer ver al enfermo de extrema gravedad la ingravidez de un feroz peso relativo que significa casualmente existir ...* Ilegible en el original
ESTACIÓN TERMINAL Esta será ya lo veo tu última imagen:
nuestra despedida en el poema en la estación terminal.
No sé por dónde empezarla para que no se me escape nada, y las gentes las cosas apelotonadas aquí tienen algo de
agobiadoramente comparable a los restos que se enfrían frases enteras o adjetivos de una pequeña obra maestra sobre la cual pesara, hasta perderla, esta impaciencia, nuestro cansancio mi inarticulación la ferocidad del egoísmo
por el cual cuando me empiezan a doler los pies prefiero la cama a cualquier otra cosa incluyendo a la poesía que voy a decirlo todo esta noche eres tú,
y, entretanto, no insistas en que un gordinflón de cuarenta años duerma apoyado en tu hombro, para retenerlo otro poco. A la estación le sobran escenas como éstas,
la cara triste de la revolución que me sonría por la tuya
una moral una paciencia y hasta lo que llamas tu amor, nada podría de todo eso brotar en esta tierra caliente removida por los huracanes
sobre la que pasa y repasa este mundo con sus pies,
y se acumulan los restos a la espera de mis adjetivos, obscenos bultos un mar de papeles, etc., algo, en fin, como para renunciar a este tipo de viajes.
Me parece llegar a la edad más ingrata, me parece recordar el momento presente: no eres tú la muchacha que conocí hace un año ni te marchaste en circunstancias que prefiero olvidar. Por el contrario, ¿no hicimos el amor?
Una y mil veces, se diría, y para el caso es lo mismo:
te reemplazaron hasta en eso como una sombra borrara a otra, y tu virginidad: el colmo del absurdo
no te defiende ahora de parecer agotada. En realidad recuerdo que nos despedimos aquí,
pero no puedo precisar, con este sueño, cómo ocurrió la despedida, en qué sentido tus manos me revuelven el pelo
y yo arrastro tu equipaje una caja de latón o me insinúas que te regale un pullover.
A los ojos de la gente que no distingo de mis ojos sino para mirarles desde una especie de ultratumba somos una pareja un poco desafiante
y acostumbrada a esto en su Estación Terminal un blanco y una negra
contra la que, en cualquier momento, alguien arroja una sonrisa estúpida
el comienzo de una pedrada La cara triste de la revolución
y yo la tomo entre mis manos de egoísta consumado
Tanto como los párpados me pesan quienes se sientan en el suelo a esperar una guagua hasta la hora del juicio
en que el viejo carcamal logra ponerse en movimiento y los riegue lentamente por el interior de la República. Tu última imagen quizá con tus yollitos en el pelo,
esta falta de sentimientos profundos en que me encuentro parecida a la pobreza por la que en cambio tú
no sientes nada o bien una despreocupada afinidad, la risa de juntar unos medios con tus alumnos,
el espejo que se guarda debajo de la almohada para soñar con quién se quiera y tus visitas a la abandonada
que por penas de amor se llena de hijos.
Ya no estoy en edad de soportarme en este trance
ni los bolsillos vacíos ni la efusión sentimental son cosas de mi agrado, hasta leyendo mis propios versos más o menos románticos bostezo y se me dormiría la mano si tuviera que escribirlos.
Cuántos años aquí, pero, en fin, tú eres joven: " de otro, serás de otro como antes de mis besos ". Yo prefiero al lirismo la observación exacta
el problema de lengua que me planteas y que no logro resolver te escribiré. La Estación Terminal un libro abierto perezosamente en que las frases ondulan
como si mis ojos fueran un paraje de turistas desacostumbrados a estos inconvenientes, nada que se parezca a una mancha gloriosa,
ya lo dije, de vez en cuando, una observación estúpida: piedrecillas que se desprenden de este yacimiento humano,
incongruentes, con el saludo de Ho Chi Min transmitido por los altoparlantes institutrices de esas que no dejan en paz a los niños a ninguna hora de la noche,
y sin embargo, tú duermes con tranquilidad
quizá la clave de todo esto
un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia. La Habana, Cuba, 1968
La musiquilla de las pobres esferas
Puede que sea cosa de ir tocando la musiquilla de las pobres esferas. Me cae mal esa Alquimia del Verbo, poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio lo que tú dices claro es cosa muerta. Bien si hablas por hablar, "a lo divino", mal si no pasas todas las fronteras. ¿Nunca fue la palabra un instrumento? Digan, al fin y al cabo, lo que quieran: en la profundidad de la ignorancia suena una musiquilla verdadera; sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas, gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza; y el poeta más loco que sagrado pero con una locura con su cuerda capaz de darle cuerda a la alegría, capaz de darle cuerda a la tristeza. No se dirige a nadie el corazón pero la que habla sola es la cabeza; no se habla de la vida desde un púlpito ni se hace poesía en bibliotecas. Después de todo, ¿para qué leernos? La musiquilla de las pobres esferas suena por donde sopla el viento amargo que nos devuelve, poco a poco, a la tierra, el mismo que nos puso un día en pie pero bien al alcance de la huesa. Y en ningún caso en lo alto del coro, Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando en escuchar la musiquilla eterna.
HOY MURIO CARLOS FAZ
PORQUE un joven ha muerto
pido que me demuestren, una vez más, el valor de la vida, antes de que este cielo de octubre me haga bajar los ojos
hacia una tierra en ruinas
y el canto de los pájaros y el canto de los niños se confundan en un mismo lamento en lo alto del coro
y las flores de octubre sean los incensarios que me envuelven con su perfume húmedo y oscuro.
Tú y yo lo conocíamos,
no tenía el deseo de morir ni la necesidad, ni el deber de morir,
era como nosotros o mejor que nosotros:
un hombre entre los hombres, alguien que día a día hizo lo suyo:
reflejar el mundo,
amar a la mujer, intimar con el hombre, dar cuerda a su reloj,
transfigurar el mundo. Obsérvense sus cuadros;
he aquí los espejos que retienen el aire del ausente, su imagen en imágenes, lo que de él permanece despierto en su vigilia absoluta
de objeto, en su fácil vigilia;
allí todo está en orden, en un orden secreto que no iirita, en un orden que asombra: caprichoso y exacto, hostil y vivo, vivo,
delicado,
luminoso como una sola estrella.
Cámara de tortura
Su ayuda es mi sueldo
Su sueldo es la cuadratura de mí círculo,
que saco con los dedos para mantener su agilidad
Su calculadora es mi mano a la que le falta un dedo con el que me prevengo de los errores de cálculo
Su limosna es el capital con que me pongo cuando se la pido
Su aparición en el Paseo Ahumada
es mi estreno en sociedad Su sociedad es secreta en lo que toca a mi tribu
Su seguridad personal es mi falta de decisión Su pañuelo en el bolsillo es mi bandera blanca
Su corbata es mi nudo gordiano
Su terno de Falabella es mi telón de fondo Su zapato derecho es mi zapato izquierdo
doce años después
La línea de su pantalón es el límite que yo no podría franquear aunque me disfrazara de usted después de empelotarlo a la fuerza
Su ascensión por la escalinata del Banco de Chile es mi sueño de Jacob por el que baja un án gel rubio y de alas pintadas a pagar, cuerpo a cuerpo, todas mis deudas
Su chequera es mi saco de papeles cuando me pego una volada Su firma es mi entretención de analfabeto
Su dos más dos son cuatro es mi dos menos dos
Su ir y venir es mi laberinto en que yo rumiante me pierdo perseguido por una mosca
Su oficina es el entretelón en que se puede condenar a muerte mi nombre y su traspaso a otro cadáver
que lo lleve en un país amigo Su consultorio es mi cámara de tortura
Su cámara de tortura es el único hotel en que puedo ser recibido a cualquier hora sin previo aviso de su parte
Su orden es mi canto
Su lapicera eléctrica es lo que hace de mí un autor copioso un maldito iluminado
o el cojonudo que muere pollo, según quien sea yo en ese momento Su mala leche es mi sangre
Su patada en el culo es mi ascensión a los cielos que son lo que son y no lo que Dios quiere
Su tranquilidad es mi muerte por la espalda Su libertad es mi perpetua
Su paz es la mía
siempre y cuando yo goce de ella eternamente y usted de por vida Su vida real es el fin de mi imaginación
cuando me pego una volada Su mujer es en tal caso mi gatita despanzurrada Su mondadientes es ahora mi tenedor
Su tenedor es mi cuchara
Su cuchillo es mi tentación de degollarlo
cuando me mamo un cogollo Su policial es el guardián de mi impropiedad
Su ovejero es mi degollador a la puerta de su casa como si yo no fuera una maldita oveja extraviada
Su metralleta es mi novia con la que tiro en sueños
Su casco es el molde en el que vaciaron la cabeza de mi hijo cuando nazca Su retreta es mi marcha nupcial
Su basural es mi panteón
... mientras no se lleven los cadáveres.
(De El paseo Ahumada, 1983)
Pena de extrañamiento
No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito Me dejo atar, fascinado por ella
a los recuerdos del presente:
cosas que no tuvieron, por definición, un futuro pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que son, talvez, las últimas elaboraciones del deseo, los caprichos lábiles que preanuncian la vejez.
En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el saldo de su negocio -un stock de fotografías
antiguas-ofreciéndolas a gritos
... en medio de la risotada de todos: "Antepasados instantáneos", por unos centavos
Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción
...ante el puente de Brooklyn como si Manhattan, que se enorgullece
... de volatilizar el pasado conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo
fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que la voz gutural hace irrisión, y el martillo.
No me voy de esta ciudad sin haber amado aquí a la mujer que conocí y no conocí ni haber agotado
... la vida conyugal reflotando en el negocio de plantas o antigüedades.
La isla dispone de fantasmas artificiales con que llenar los huecos de la contra-historia Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ésta se perite en relación a la nada el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries del Soho
...directement angeliques: esas muchachas caídas de la luna a la nieve vestidas de pierrot y sus acompañantes andróginos
fueron y no fueron mis amigos de juventud Se congelan lágrimas que son de frío
pero que memorizan, asimismo, a John Lennon Reconozco la nieve de antaño, que cae
sobre Blecker Street en este día acrónico
mientras se hace de noche a la velocidad simultánea del vuelo de un murciélago y pasan películas de mi tiempo en mi barrio.
Como si me retuviera algún negocio en la ciudad veo a Cary Grant e Irene Dunne
que acaban de morir en una vieja comedia
víctimas del capricho de uno de los primeros automóviles deportivos ... ( la máquina del glamour )
Sigo sus apariciones y desapariciones
-una cita de Meliès en la magia blanca y sonora de
Hollywood-la sorpresa de esta pareja se espejea en ellos- los transparentes- por gracia del celuloide. Como mis propios fantasmas, esos figurines inverosímiles
evocan, de manera en sí misma realista, alguna época acrónica de lo imaginario Son los antepasados instantáneos de los deseos que provocan
desde su absoluta lejanía en blanco y negro El beso final no ocurre en la pantalla
sino entre la pantalla y la media luz de la sala
un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el pasado: labios incompatibles que ninguna comedia puede reunir.
Lo que me ata a la ciudad es todavía más irreal que ese beso blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante
( el placer del ojo en el paraíso de la visión artificial ) Haciendo el reconocimiento de cómo es lo que no es ...hic el nunc, en el Blecker Cinema Esta ciudad no existe para mí y yo no existo para ella
allí, en ese punto en que los tiempos convergen bajo la especie de la Duración Existe para mí, en cambio, en la medida en que logro destemporizarla
...desalojarla
por unos contrasegundos, de la convención que marca el reloj con sus pasitos de gato en la rutina del living
Trabajo que Hércules no se soñaba
...en franca competencia con la Meditación Trascendental
Si yo lo consiguiera, sentiría apoyarse desaprensivamente en mi brazo ( el de Cary Grant ) la mano enguantada
pronta a desaparecer, de una muerta:
...Irene Dunne -frisson nouveau- y entre la pantalla y la media luz de la sala ( borrado ya del tiempo el día de mi partida:
...dos de enero de mil novecientos ochenta y uno ) Se tocarían ( no ) como para cualesquiera de los espectadores
-gatos descongelados en el invierno de Nueva York-pasado, presente y futuro
en una unidad de medida que reúna esos tiempos incompatibles para ellos y para mí, pero no para ellos: los veros vecinos de Washington Square.
A diferencia mía ellos permanecerán, de hecho, en la ciudad, con el aval de sus antepasados ...a quienes, a lo mejor, pusieron en subasta por unos centavos y que yo mismo adquirí en una barraca.
De una memoria de la que mi memoria se hace cargo
en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomará el avión para hacer, en los meros hechos, de algunas
...calles cuyos nombres ya no recuerdo y de ciertos rincones que nadie volverá a ver
recuerdos sin objeto ni sujeto
Eso en lo que concierte a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de esos rincones ...y esas calles
tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre sí diez millones de habitantes
seguirá aquí, delegado por la memoria que llega a la aberración y toma entonces no sólo la forma de mi sombra:
mi existencia hecha de algo que se le parezca
Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no podría llenar con las anotaciones de mi diarios de viajes
No me proporcionará los estímulos a los que
...necesite responder cuando me pregunten en mi pueblo por la Megalópolis
Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped del mesonero coadyuvando a que mi vida sea
una versión del discours sur le peu de realité Porque la realidad estará allí donde ese
en tanto miseria sonora de estos versos y más allá del lenguaje y de la vida que me sustraiga mañana
...cuando como un cuerpo sin la mitad de su alma despojado del terror que fascina, habite
en cualesquiera de esas medio-ciudades,
...defectuosas copias de Manhattan y, por lo tanto, ruinas -nuestros nidos- antes, después y durante su construcción algunos de mis puntos de destino
...cuando me vaya y no me vaya de aquí.
(De Pena de extrañamiento, 1986 )
El Vaciadero
No se renueva el personal de esta calle:
el elenco de la prostitución gasta su último centavo en maquillaje bajo una luz polvorienta que se le pega
...a la cara
Una doble hilera de caries, dentadura de casas desmoronadas Es la escenografía de esta
... Danza Macabra
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad.
Es una cara conocida llena de costurones con lívidas cicatrices
bajo unos centavos de polvo,
y que emerge de todas las grietas de la ciudad,
en este barrio más antiguo que el Barrio de los Alquimistas como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose
en los dos sexos de su cuello andrógino blandamente fálico y untado de baba vaginal el busto de un boxeador que muestra las tetas en el marco de un socavón.
No avanza ni retrocede el río en ese tramo
...descolorido y bullente alrededor de la compuerta El mecanismo de un reloj descompuesto
...cuelga como la tripa de un pescado de la mesita de noche
entre los rizos de una peluca rosada
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan alrededor del detritus como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin se pudre para siempre. (De A partir de Manhattan, 1979 )
La pieza oscura
La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera amenazado una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de precocidad juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabíamos no
ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre
vengada a dientes y uñas o, para una muchacha dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda -símbolo de la la rueda que se atasca
como si no volara, entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas -símbolos del pudor que saborea su
rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la invención de la rueda en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a
...desmentirnos ... con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar -olor a naftalina en la pelusa del fruto-.
Esas eran nuestras armas victoriosas y
las suyas vencidas confundiéndose unas con otras ...a modo de nidos como celdas,
...de celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas,
...como en la época de su aparición en el mito, ...como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales; El tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor
...cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda
del molino, con alas de gorriones -símbolos del salvaje orden
con todo él por único objeto desbordante ...y la vida -símbolo de la
se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo,
...tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad, la crueldad
del corazón en el fruto del amor, la corrupción del fruto y luego... el carozo ...sangriento,
...afiebrado
...y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos?
... Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa,
...en las inmediaciones del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa