CLÁSICA
P ROY E C TO CO N S I D E R A D O
L I T E R A T U R A
1
LA LITERATURA GRIEGA 11
Características de la literatura y la cultura griegas ... 13
La literatura clásica griega 16 Los períodos ... 21
La épica ... 23
La Ilíada y la Odisea ... 24
Homero y la cuestión homérica ... 27
La poesía épico-didáctica y Hesíodo ... 29
La lírica ... 31
Poesía y poetas elegíacos ... 32
La lírica 35 La poesía yámbica y Arquíloco de Paros ... 36
El lirismo eólico o lesbio ... 37
La tragedia 37 La lírica coral o dórica ... 41
Píndaro ... 43
La poesía dramática: origen, carácter y desarrollo ... 45
Esquilo (525-456 a.C.) ... 49
La comedia 51 Sófocles (496-406 a.C.) ... 52
Eurípides (480-406 a.C.) ... 53
La comedia: orígenes períodos, comediógrafos ... 55 La prosa ... 58 La historiografía ... 58 La filosofía ... 61 Desarrollo de la oratoria ... 63 La oratoria 65 El helenismo o período alejandrino ... 67
El período greco-romano ... 70
ANTOLOGÍA ... 73
Homero: Ilíada 75\ Odisea 81\ Píndaro: Encomio de Teóxeno de Ténedos 86\ Sófocles: Edipo Rey 87\ Eurípides: Hipólito 93\ Herodoto: Los nueve libros de la Historia 99\ Platón: Fedro 101\
2
LA LITERATURA LATINA 105
Orígenes y rasgos esenciales ... 107
Los períodos ... 109
La literatura clásica romana 109 Período arcaico (240-280 a.C.) ... 113
Período clásico (80, a.C.-14 d.C.). Época de Cicerón ... 117
Plenitud del período clásico: Época de Augusto ... 121
Período posclásico (14-117 d.C.) ... 125
Período de la decadencia (117-565 d.C.) ... 129
ANTOLOGÍA ... 131
Catulo: Combatiendo a la muerte 133\ Los besos, 134\ Cayo Julio César: Comentarios a la guerra de las Galias 135\ Marco Tulio Cicerón: Primera Catilinaria 139\ Virgilio: Eneida 142\ Horacio: A Delio 148\ Ovidio: Narciso 150\ Séneca: De la vida bienaventurada 153\ San Agustín: Confesiones 155 Bibliografía ... 159
Características de la literatura
y la cultura griegas
Grecia desempeña un papel capital en el
desarrollo de la cultura occidental. Los griegos
sobresalieron en las artes
(orden-claridad-armo-nía son los rasgos básicos del arte griego clásico;
se favoreció especialmente la escultura y la
arquitectura) y en las ciencias; se puede decir
que crearon la democracia, aunque también
sufrieron la tiranía: pensemos que Grecia, en
realidad, estaba formada por un conglomerado
de ciudades-estado que frecuentemente
lucha-ban entre sí: los sistemas políticos, por tanto,
variaban de una a otra.
La religión tuvo una importancia capital en
su cultura. Los mitos griegos son un intento de
explicación del universo y del hombre y, en
oca-siones, son un reflejo de su historia. Poseían
varios dioses, cada uno con una o varias
funcio-nes que podían coincidir con las de otra
divini-dad. Del caos inicial, según la mitología griega,
salieron los titanes y Cronos, al que destronó su
hijo Zeus, que se convirtió en el dios supremo;
su mujer, Hera, es la diosa del hogar y del
matri-monio; Atenea, diosa de la sabiduría y de la
guerra, protectora del trabajo humano, de las
artes manuales, y patrona de Atenas, que en su
honor edificó el Partenón; Poseidón es el dios
del mar; Ares, dios de la guerra; Afrodita, la
diosa del amor y la belleza; Hermes, el
mensaje-ro de Zeus; Hefesto, el dios del fuego, el
forja-dor de armas y protector de las artes manuales,
como Atenea; Deméter, protectora de las
cose-chas y relacionada con unos ritos religiosos -los
misterios de Eleusis-; Dionisios, dios del vino,
núcleo de un culto religioso y relacionado con
los misterios de Eleusis; Hades, dios del mundo
subterráneo y del reino de los muertos; Apolo,
dios de la luz, de la música, de la verdad, era
también el dios de la profecía y en su santuario
de Delfos se le consultaba; en ocasiones se le
considera también dios del sol -como Helios-;
Artemisa es su hermana, diosa de la luna y de la
caza.
LA LITERATURA CLÁSICA GRIEGA
Se dice que algo -o alguien- es clásico cuando es arque-tipo o modelo que establece pauta, norma, canon; así la cultura clásica griega con respecto al mundo occi-dental contemporáneo.
No hay actividad en el Occidente de hoy, sea artística, política, filosófica o científica, que no sea deudora de aquella civilización que floreció en Grecia entre los siglos VI-Va. de C. Particularmente en el terreno del arte, los cánones establecidos por los griegos antiguos han servido como puntos de referencia respecto a los cuales, en su acatamiento e imitación, o en su violación y cuestionamiento, se ha definido el quehacer artístico de todas las épocas.
Creada por una civilización mediterránea inundada de luz, donde los contornos de las cosas y las perspec-tivas son claros y precisos; por una civilización emi-nentemente racional y volcada a la ciencia, cuna, ade-más, de la noción de democracia, forma de vida que, aunque sobre bases esclavistas, practicó con pasión,
todas esas circunstancias marcan su literatura, cuyas características más sobresalientes son:
- Épica, drama y lírica coral por igual toman sus asuntos del pasado remoto de la Edad Heroica o
del inagotable manantial de temas trágicos y humorísticos que es la mitología.
- Él carácter oratorio y, a menudo, difícil de mucha de la literatura griega se debe a su natu-raleza popular, es decir, a que era concebida para ser declamada o representada al aire libre, ante grandes multitudes. También a que tuvieron que superar la dificultad de decir ciertas cosas por primera vez.
- La métrica se apoya en la existencia de sílabas largas y cortas, lo que le presta una elasticidad y musicalidad tales, que resultan inaccesibles para las lenguas actuales.
- Crearon un estilo prosístico conocido como
ático. He aquí sus principales rasgos:
•Esquiva la sensiblería. Busca evocar las pasiones primarias.
• Se refiere sólo a lo esencial, prescindiendo de todo cuanto exceda al inmediato propósito infor-mativo.
• Se dirije primordialmente al intelecto, y sólo a través de él a la emotividad.
• Resiste la tentación de buscar exclusivamen-te efectos verbales.
Al decir de C.M. Bowra, la literatura griega no es senti-mental ni fantasiosa ni siente curiosidad por lo indefi-nido, pero no carece de pasión, imaginación y misterio.
La literatura griega se incluye dentro de las
literaturas clásicas, es decir, capaz de dar
expre-sión a los deseos, aspiraciones y temores de los
hombres, de forma que perdure más allá de sus
límites cronológicos. Con su arte -que los
grie-gos quisieron eterno- pretendían comprender el
mundo que los rodeaba e, incluso, influir en él y
en los hombres.
Para el griego, como señala Gili y Gaya: «el
objeto artístico está aquí, visible, mensurable,
corpóreo. Los dioses tienen formas humanas;
los héroes que luchan destacan su
individuali-dad entre los combatientes; las pasiones no se
prolongan en profundidades metafísicas, si no
es encarando la personalidad efímera del
Hom-bre contra el Destino infinito; el lirismo busca
fines concretos. Lo abarcable es la ley del arte
griego, y por esto cifra la belleza en el equilibrio,
la proporción, la armonía, cualidades que el
corazón y el entendimiento reconocen con
pla-cer».
Los períodos
La fecunda existencia de la literatura griega
puede dividirse en cuatro períodos
fundamen-tales de rasgos muy marcados. El arcaico (siglos
XVI
a.C). En esta etapa predomina la poesía
épica, y surge y se desarrolla la lírica. El clásico
(siglos
Vy
IVa.C.). Estos dos siglos se definen
por la personalidad de Pericles y Alejandro
Magno. En ellos se origina el teatro, y alcanzan
su definición mejor la historia, la filosofía y la
oratoria. El alejandrino (siglos
III-
Ia.C.). Este
período es testigo de la difusión del helenismo
a través de las ciudades orientales, en especial
Alejandría, y se caracteriza por el auge de las
disciplinas científicas y eruditas. El grecoromano
(siglos
I-
Vde la era cristiana) es el momento
pos-trero de una dilatada trayectoria, y Grecia se
convierte en esta etapa en modelo determinante
de la vida de la Roma imperial.
La épica
Los orígenes de la temprana poesía griega
permanecen en la sombra, pero es indudable la
existencia de una larga tradición que
desembo-ca en la grandeza de los textos homéricos, obras
que estabecen el carácter de la epopeya y
prefi-guran la materia poética de sucesivas formas
literarias. Conviene señalar que tanto la Ilíada
como la Odisea, que reflejan dos momentos
cul-minantes del ciclo épico troyano, tienen una
base real, y que durante siglos se comunicaron
oralmente, hasta que Pisístrato ordenó -hacia el
año 540 a.C.- que se fijase su texto en forma
escrita.
La Ilíada y la Odisea
(Obras escritas hacia el siglo IX-VIII a.C.)
Se afirma que la Ilíada es un relato militar y
que la Odisea es como una novela de aventuras.
También que la primera nos adentra en un
mundo heroico, épico, en tanto la segunda nos
revela la intimidad de la vida griega, y en
oca-siones el mundo épico parece ser contemplado
con cierta ironía. En ambas obras, junto a los
héroes humanos, intervienen frecuentemente
los dioses.
La Ilíada refiere un episodio de la guerra de
Troya (Ilión), ciudad que sufrió un sitio de diez
años: la cólera de Aquiles con Agamenón y su
decisión de retirarse del combate con gran
per-juicio para los griegos. Esto acarrea la
interven-ción y muerte de Patroclo a manos de Héctor,
troyano. Deseoso de vengar la desaparición de
su amigo, Aquiles vuelve a tomar las armas,
mata a Héctor y escucha las súplicas de Príamo,
rey de Troya y padre de Héctor. Tan sencillo
argumento se enriquece con una serie de
por-menores de índole bélica y momentos en que la
comprensión de la naturaleza humana que tiene
el poeta dibuja escenas de una intensidad y
belleza excepcionales, como la separación de
Héctor y Andrómaca.
Dividida en veinticuatro cantos, la Odisea nos
cuenta las aventuras de Ulises (en griego
Odys-seus). Tras la toma de Troya, Ulises embarca
para regresar a Ítaca, su patria, y recorre los
mares y las islas desconocidos, viéndose
envuelto en toda clase de aventuras, incluso el
descenso a los infiernos. En su larga ausencia,
Penélope, la esposa fiel, es cortejada por
innu-merables y ambiciosos pretendientes, a quienes
daba largas valiéndose de su labor: prometía
una elección al término de su tejido, un tejido
que hilaba durante el día y deshacía en la noche.
Al regresar a su patria, Odiseo, ayudado por su
hijo Telémaco, se venga con justicia de aquéllos
que asediaron a Penélope y quisieron
despojar-lo de sus bienes.
Homero y la cuestión homérica
Al igual que los orígenes de la épica griega, la
figura de Homero se desdibuja en la sombra y el
misterio. Las escasas noticias que tenemos de su
existencia no dejan de estar marcadas por la
leyenda. Ciego, peregrino y pobre, se piensa que
sus días transcurrieron hacia el año 900 antes de
la era cristiana. Quizá una ciudad del Asia
Menor fue su cuna, aunque ese honor se lo
dis-putaron siete ciudades, entre ellas Rodas y
Ate-nas. A Homero también se atribuye la
paterni-dad de treinta y tres himnos: los himnos homéricos.
En la antigüedad nadie dudó que Homero
compusiese la Ilíada y la Odisea. Fueron los
eru-ditos alejandrinos los que plantearon que
ambos poemas no eran obras de un mismo
autor, por lo que se les llamó «separadores». Sin
embargo, el gramático Aristarco sostuvo que la
Ilíada era fruto de juventud y la Odisea obra de
la madurez y ancianidad del gran ciego.
Un estricto filólogo alemán, Augusto Wolff,
renovó en el siglo
XVIIIla discusión, sosteniendo
que los textos homéricos eran producto de la
fusión de poemas independientes que, a través
de la repetición de los rapsodas, devinieron en lo
que son en la actualidad. A partir de las tesis de
Wolff, de la visión romántica del pueblo como
creador coral y de tantos otros matices de
inte-pretación, mucho se ha especulado sobre este
tema.
Los estudios definitivos de Ramón
Menén-dez Pidal acerca del romancero ponen fin a este
debate, a la vez que trazan la pauta para el cabal
entendimiento de la epopeya tradicional. Las
obras fueron escritas por uno o varios autores,
que contaron con toda una tradición anterior.
La poesía épico-didáctica y Hesíodo
La austera Grecia continental fue el paisaje
donde surgió la poesía épico-didáctica, que
expresa la urgencia de fijar los conocimientos y
la experiencia, y derivar de ellos una enseñanza.
El máximo representante de este último
género fue Hesíodo, que vivió en algún lugar de
Beocia unos ochocientos años antes de nuestra
era.
A Hesíodo se deben dos grandes poemas:
la Teogonía, o «linaje de los dioses», y Los
traba-jos y los días. El primero cuenta el origen del
mundo y relaciona los dioses y sus atributos. El
segundo es un texto rico en recomendaciones y
noticias sobre los trabajos agrícolas, la
navega-ción, la conducta y las virtudes del hombre y la
religión.
La lírica
No resulta exagerada la afirmación de que la
lírica griega sintetiza tres artes que son
determi-nantes en esta civilización: la poesía, la música y
la danza. Vinculada al canto desde sus orígenes
hasta el auge de los tiempos alejandrinos, la
expresión lírica se designa según el instrumento
musical rector, como: citarodia, de utilizar la
cíta-ra o licíta-ra, y aulodia, si se vale de la flauta. La
líri-ca, y en general toda la poesía griega -así como
la romana-, se basa en la cantidad; sus versos se
componen de pies (formados por sílabas breves
y largas). Los hay de distintos tipos.
El más importante de los tempranos líricos
griegos fue Terpandro (siglo
VIIa.C.), que
Poesía y poetas elegíacos
La elegía es una composición en estrofas de
dos versos, un hexámetro (6 pies: dáctilos (- vv)
y espondeos (– –)); y un pentámetro (de 5 pies),
y es una de las dos expresiones del lirismo jonio.
Compuestas para ser declamadas, con la
impronta de la versificación épica, las elegías se
ocupaban de la política, la guerra, el amor y de
temas morales.
Entre los grandes elegíacos griegos es preciso
citar en primer término a Calinos de Éfeso (siglo
VII
a.C.), creador de la elegía política, aunque la
gloria de Tirteo (siglo
VII) -que exaltó el
patriotis-mo y las virtudes marciales- es más rotunda.
Mimnerno, (siglo
VIIa.C.) cuya obra sólo se
melan-cólica ternura. El sabio legislador ateniense Solón
(siglo
VIIa.C.) cultivó en sus Exhortaciones a los
atenienses y sus Exhortaciones a sí mismo la
refle-xión político patriótica, e introdujo en sus versos
de sentencioso carácter una preocupación ética
que Jenófanes (556-475 a.C.) haría suya.
Aristo-crático y pesimista, Teognis (siglo
VIIa.C.)
expu-so en tonos expu-sombríos su concepción de la vida y
la sociedad.
LA LÍRICA
El nombre del género denota su origen musical: pro-viene de lira, el instrumento con que, en la antigüedad griega, se acompañaba a las canciones breves. Al inde-pendizarse de la apoyatura en un instrumento musi-cal, se convirtió en rasgo peculiar suyo la intencionali-dad y sistematiciintencionali-dad en la explotación de los recursos de musicalidad del lenguaje simultáneamente con los que le son inherentes (lenguaje tropológico). Así, se ha convertido en el vehículo idóneo de expresión de las emociones, sentimientos y vivencias espirituales de todo tipo suscitados en el ánimo del poeta fundamen-talmente por dos circunstancias: el amor y la muerte. Ello explica que durante muchos siglos el poeta prefi-riera el verso, con su métrica y su rima, a la prosa, y que aún hoy conserva, como uno de sus recursos más pre-ciados, el ritmo del verso libre.
La poesía yámbica
y Arquíloco de Paros
Con una ligereza ausente del hexámetro y el
dístico (dos versos desemejantes), el pie
llama-do yambo (- v) era más favorable al tema satírico
y orgiástico.
Oriundo de Paros, aventurero turbulento,
Arquiloco (siglo
VIIa.C.) es el máximo
represen-tante de esta poesía, siendo célebres las sátiras
que compuso contra el padre de la mujer que
amaba y también contra ésta. Gran parte de su
obra se ha perdido.
El lirismo eólico o lesbio
Poesía llena de exaltación y amplio espectro
temático, se caracteriza por su sensualidad. Es
originaria de la isla de Lesbos, utilizó el
dialec-to que allí se hablaba y era interpretada por un
cantante único.
LA TRAGEDIA
Primera manifestación de la literatura teatral o dra-mática en Grecia. Tiene su origen en la Canción del
macho cabrío (de donde proviene su etimología: tragós,
macho cabrio; ode, canción), ditirambo que se entona-ba durante las fiestas dionisíacas. Tespis, Esquilo, Sófocles y Eurípides enriquecieron progresivamente su representación. Se da en ella la presencia simultá-nea de los motivos objetivos -los hechos, la acción- y subjetivos -ideas y sentimientos de los personajes- que caracterizan a la épica y la lírica, respectivamente,
pero en la representación de una acción real en la que el protagonista se debate víctima de un destino inese-apable -moira o ananké-. Aristóteles siente la pauta de las »tres unidades» -de lugar, de tiempo y de acción-que regiría durante siglos la representación teatral. De tono elevado y solemne, sus personajes son siempre de encumbrada categoría, cuando no héroes o semi-dioses. Su acción sencilla y grandiosa a un tiempo, culmina en un desenlace terrible o catástrofe. La trage-dia del barroco y el neoclásico -Shakespeare, Racine-sustituye con las pasiones de los personajes la función de la moira o ananké en la tragedia griega.
Las tres figuras cumbre de esta modalidad
son Alceo, Safo y Anacreonte. Alceo (siglo
VI),
creó la estrofa alcaica (la estrofa alcaica está
for-mada por 3 yambos (- v), un anapesto (vv -) y
un yambo). Y se ocupó de temas
político-milita-res, eróticos y festivos. Safo (siglo
VIa.C.) es la
gran poetisa de la antigüedad. Autora de
epita-lamios, himnos y odas -se la considera creadora
de la estrofa sáfica-, cantó con elegante
vehe-mencia y profundidad psicológica al amor. La
leyenda que se creó en torno a su figura
prego-na que se privó de la vida arrojándose a las olas.
Anacreonte (560-478 a.C.) es el poeta de los
pla-ceres y la alegría. De sus cinco libros sólo se
con-servan fragmentos. Su nombre en una colección
de versos que sin duda son muy posteriores a
su tiempo, cimentó su fama y originó la poesía
anacreóntica.
Aquilio dando muerte a la amazona Pentesilea, según el relato de la “Etiópi-da” de Arctino de Mileto, continuación la narración homérica de la “Ilía“Etiópi-da”.
La lírica coral o dórica
Surgida en el seno de los dorios, pueblo
origi-nario del norte de Grecia, siempre utilizó su
dia-lecto. Los poemas eran interpretados por un coro,
y se dividían en tres partes: estrofa, antiestrofa y
epodo. De gran variedad, fue germen de varios
géneros: los nomos (canto litúrgico, como los
compuestos por Terpandro); peán (canto en
honor de Apolo y más tarde en honor de
cual-quier dios); ditirambo (composición dedicada a
Dionisos); encomio (canto en honor de algún
personaje); epitalamio (canto en celebración de
una boda); trenos (lamento por alguna
desgra-cia) y epinicio (canto de victoria).
Entre los poetas que cultivaron este género
sobresalen Estesícoro (siglo
VIIaC.), Simónides
de Ceos (s. V a.C.), Alcman (s.
VIIa.C.)
Baquíli-des (505-430? a.C.), sobrino de SimóniBaquíli-des, pero
el más grande de todos es Píndaro.
Píndaro
Nacido en Tebas (520?-442 a.C.), educado en
Atenas, disputado por reyes y poderosos, la
glo-ria fue el signo de su vida. Autor de diecisiete
libros, la fatalidad sólo ha conservado cuatro: sus
epinicios, que celebran el triunfo de los
vencedo-res en las festividades panhelénicas, y que se
dividen en Olímpicas Píticas, Nemeas e Ístmicas. En
sus poesías hay también comentarios religiosos,
políticos y morales.
Píndaro es notable por la altura y dignidad
de su pensamiento religioso. La audacia
estilís-tica, la imaginación incontenible, la abstracción,
la sutileza y su fidelidad a los preceptos
tradi-cionales de su arte le caracterizan.
Muchas de las odas de Píndaro celebran victorias deportivas logradas en carreras de carro:
El aurica, escultura en bronce de
La poesía dramática: origen, carácter
y desarrollo
La poesía dramática griega tiene su origen en
las festividades consagradas a Dionisos, y es
resultante de los ditirambos entonados en esas
celebraciones. En estas ceremonias, que pronto
adquirieron el carácter de espectáculo, el
direc-tor del coro (corifeo) dialogaba con los
integran-tes del grupo de cantores y danzanintegran-tes. El
tiem-po determinó que este desarrollo pasara del
tono religioso a la realidad dramática,
surgien-do la tragedia.
Las representaciones se realizaban al aire
libre, junto al templo tutelar, en la plaza pública,
y eran presenciadas desde las graderías
semicir-culares que dominaban la escena.
Se considera a Tespis -que vivió hacia el año
550 a.C.- el primer gran organizador de una
representación. Tespis sentó las bases del diálogo,
añadiendo al binomio corifeo-coro, el protagonista:
centro de la acción. A partir de este aporte, el
nuevo género evolucionó con rapidez y se hizo
más complejo, abordando temas de la tradición
heroica y legendaria, y perdiendo sus rasgos
iniciales hasta llegar a nosotros en la compleja
plenitud que ejemplifican las tragedias de
Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Para los griegos, la evocación de unos temas
que conocían de manera perfecta no era lo
esen-cial. Por el contrario, lo que los espectadores
iban a buscar era la dignidad de la concepción y
el tratamiento escénico, factóres a los que
con-tribuían el uso de la máscara -que insinuaba
unos rasgos conservados por la memoria- y el
coturno que elevaba la estatura, haciéndola más
afín a la de los dioses, los reyes y los héroes.
El destino es, para los griegos, una fuerza que
escapa incluso al dominio de los dioses. Esa
ananké es el aliento de la tragedia, residiendo la
enfren-tamiento a su destino proceso que precipita el
nudo trágico. La tragedia griega, además de su
sentido de espectáculo, tiene un fin purificador
que es producto de la intensidad dramática de
la misma.
La representación se inicia con una o varias
intervenciones de los actores, el prólogo; después
entra el coro, llamándose a su canto inicial párodo.
El hecho escénico continúa hasta su
culmina-ción siguiendo este esquema. Es significativo
señalar que en la tragedia los personajes se
expresaban en el dialecto ático, mientras que los
coros utilizaban el dórico.
Anualmente, los poetas griegos presentaban
una trilogía (grupo de tres tragedias) a un
con-curso convocado con motivo de las festividades
mayores. En épocas posteriores estas trilogías
devinieron en tetralogías, pues incluyeron una
comedia o un drama satírico
.
Una de las nueve Musas de Atenas. Relieve del siglo I a. C.
Esquilo
Ateniense de alto linaje (525-456 a.C.), soldado
en la época más brillante de las armas griegas,
Esquilo es el verdadero creador de la tragedia.
Sabemos que escribió casi noventa piezas, pero
sólo se conservan siete: la trilogía La Orestíada
(Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides) y
cua-tro obras completas en sí mismas aunque
tam-bién integraban distintas trilogías: Prometeo
encadenado, Las suplicantes, Los siete contra Tebas y
Los persas. La producción esquiliana se
caracte-riza por la religiosidad, la grandeza, la dignidad
y el coraje de sus personajes, y ha sido trazada
más con un sentido coral que detallístico.
Esqui-lo, introduciendo un segundo actor,
independi-zó el diálogo del coro; y con un profundo
senti-do de las leyes escénicas incorporó numerosos
recursos que en el uso de las máscaras, en la
decoración y maquinaria, etc., dieron plenitud
propia al espectáculo. Convencido de la
existen-cia de un ineludible orden moral superior a la
voluntad de la criatura, sus piezas nos
comuni-can un final sentido de la justicia.
LA COMEDIA
Modalidad de representación escénica aparecida con posterioridad a la tragedia. Su nombre deriva de las raíces griegas come, aldea y ode, canción. Canción de aldea, pues, burlesca y satírica que los mozos tiznados con las heces del vino cantaban mientras danzaban durante las festividades dionisíacas. Al canto inicial se agregó el bufón, y de la carreta itinerante se pasó al escenario. Sus temas ironizaban y satirizaban a jueces, filósofos y gobernantes en un estilo familiar y parco en adornos, preferentemente en prosa. En los personajes se manifiestan destacadamente las costumbres, vicios y virtudes de la vida corriente, lo que era recibido con gran regocijo por el público. Sus situaciones son siem-pre cómicas y el final siemsiem-pre feliz; la acción más com-pleja que en la tragedia, pero menos grandiosa.
Sófocles (496-406 a.C.)
Amigo de Pericles y Herodoto, activo
partici-pante en la vida púlblica, Sófocles fue el hombre
que «hizo descender la tragedia del cielo a la
tie-rra». Considerado el más perfecto de los poetas
clásicos de la antigüedad, convirtió el diálogo
en trílogo, disminuyó el papel del coro,
enri-queció la psicología de los personajes y utilizó
con brillantez la ironía dra
mática. Sófocles
com-puso más de cien obras, aunque sólo han llegado a
nosotros siete, las que forman el ciclo de Edipo:
Edipo rey, Edipo en Colona y Antígona, y Electra, Ayax,
Filoctetes y Las Traquinias.
Eurípides (480-406 a.C.)
No es equivocado considerar a este hombre,
que recibió una educación esmerada, nuestro
contemporáneo: es el más moderno de los
trági-cos. Amigo de filósofos y profundo conocedor
del alma humana, Eurípides desnuda a sus
per-sonajes y los hace vivir no ya como peones del
destino, sino como criaturas envueltas en el
tor-bellino de las pasiones. En su producción, la
importancia del coro se reduce a lo
imprescindi-ble y la acción gana la riqueza de la complejidad
de lo cotidiano cuando alcanza sus límites. La
crudeza, el efectismo, la sinceridad de
Eurípi-des, le valieron duras críticas por parte de sus
contemporáneos, pero el tiempo dio razón a sus
concepciones trágicas. Compuso noventa y dos
obras, pero sólo perduran: Medea, Hipólito, Las
bacantes, Alceste, Ion, Ifigenia en Aulide, Ifigenia en
Táuride, Hécuba, Andrámaca, Las troyanas, Helena,
Electra, Orestes, Las fenicias, Las suplicantes,
Hércules furioso y Las heráclidas.
Sobre la actuación de los tres grandes
trági-cos, es ilustrativo citar la opinión de Sófocles:
«Esquilo pinta más grandes a los hombres de lo
que pueden ser, yo los pinto como deberían ser
y Eurípides los pinta como son».
La comedia: orígenes, períodos,
comediógrafos
La comedia es de origen rural y se vincula a
las celebraciones dionisíacas que ponían fin a la
vendimia. Epircano de Siracusa dio rango
lite-rario al género en Sicilia entre los siglos
Vy
VI, y
posteriormente la comedia se impuso en
Ate-nas, donde adquirió todo su esplendor.
Al considerar el proceso de la comedia
pode-mos fijar dos períodos históricos: el de la comedia
antigua y el de la comedia nueva.
La comedia antigua (en la época de
Aristófa-nes) no se recata en su burla y ataque a hombres
e instituciones: es esencialmente un vehículo de
violenta crítica social y política, que puede
lle-gar hasta la grosería. Su agresividad es tan
mar-cada, que el retrato de quienes son objeto de su
sátira comienza por la autenticidad de los
nom-bres. El más importante de los comediógrafos
de este período es Aristófanes.
Autor precoz, enemigo declarado de la
democracia, conservador intransigente que
soñaba con las glorias y la vida de un pasado
irrecobrable, Aristófanes (450?-385) es un
satíri-co eminente, capaz de llegar hasta el mal gusto,
pero que a pesar de su exageración y sarcasmo
supremos, supera sus defectos por su sentido de
la observación y su comicidad. De las cuarenta
y cuatro comedias que escribió tan sólo
conoce-mos once: Las nubes, Lisístrata, Las avispas, Las
ranas, Las aves, Las Tesmofortazusas, Los Acarneos,
La paz, La riqueza y La asamblea de mujeres (critica
la guerra, a los políticos, a las mujeres, las clases
sociales, etc.).
La coniedia nueva florece entre los años 330 y
270 a.C., y es consecuencia de la prohibición por
parte del gobierno de cualquier ataque o
refe-rencia a figuras púlblicas. Esto hizo que los
autores se dedicasen a los problemas y vicios
genéricos, lo que condujo a la comedia a ganar
en matices, fineza y hondura psicológica.
Menandro (342-292 a.C.) es el gran
comedió-grafo de esta época. A lo largo de su armoniosa
vida compuso casi un centenar de obras que
ilustran su absoluto y generoso conocimiento
del hombre, y que constituyen un ejemplo
excepcional del arte de trasladar la realidad al
ámbito de la escena. Los personajes del género
son ahora el esclavo astuto, el joven licencioso,
la alcahueta, el soldado fanfarrón, etc.
La prosa
La aparición de la prosa entre los griegos es
tardía, como en otras muchas literaturas,
datan-do las primeras noticias sobre su existencia del
siglo VII a.C., época en que comienza a
difun-dirse la escritura. Si bien sus inicios se sitúan en
Jonia, la prosa griega alcanza su perfección en
Atenas.
La historia, la oratoria y la filosofía son
ejem-plos del nivel que llegó a adquirir.
La historiografía
S
e llama a los primitivos historiadores
grie-gos logógrafos (de logrie-gos, argumento, discusión), y
sus escritos son crónicas familiares, urbanas y
religiosas. Pueblo de viajeros y navegantes, los
griegos sintieron pasión por las relaciones de
viajes, que se conocen como periplos.
Herodoto (484-425 a.C.) es el primer gran
his-toriador griego y se le considera el «padre de la
historia». Fue contemporáneo de Eurípides y
Sófocles. Su obra Historias, dividida en nueve
libros en honor de las musas, se considera que
es la primera historia universal y, por la
ampli-tud de sus temas, es fuente esencial para el
conocimiento de Grecia, Asia Menor, Egipto y
las tierras que están entre el Indo y el
Medite-rráneo aunque sus páginas abunden en noticias
que no admitiría una concepción científica del
género.
General en la guerra del Peloponeso, que
his-torió con maestría en su Guerra del Peloponeso
(inconclusa), Tucídides (460-402 a.C.) fue un
profundo conocedor de los hombres y los
hechos, y su obra se caracteriza por el rigor a la
hora de organizar su información, lo ajustado
de la interpretación psicológica de
personalida-des y la precisión de acontecimientos, su
impar-cialidad y la brillantez de su estilo, que sería
imi-tado por los latinos y, posteriormente, por los
occidentales.
Discípulo de Sócrates, servidor de Ciro en
Persia, Jenofonte (425?-345 a.C.), que se hizo
cargo del ejército griego tras la derrota en
Cuxa-na, y regresaba a Grecia, narró el asunto en su
Anábasis. Siglos después un escritor francés,
Saint-John Perse (seudónimo de Alexis Léger,
1887-1975), escribiría un largo poema sobre la
fundación de una ciudad con el mismo
títu-lo: Anábasis. Jenofonte fue contemporáneo
de Platón. Superficial, elegante, ameno, fue
modelo para muchos historiadores. Su obra
es copiosa. Escribió una Apología de Sócrates,
La Ciropedia donde novela la vida del rey persa
Ciro y las Historias griegas, que prolongan la
labor de Tucídides, mas sin alcanzar su
dimen-sión, etc. El estilo de Jenofonte recibió el nombre
de aticismo.
La filosofía
La riqueza del pensamiento filosófico griego
es pilar de la cultura y civilización del
Occiden-te, e influyó de manera decisiva en el destino y
desarrollo de la prosa ática. La exposición
filo-sófica griega se caracteriza por su profundidad
y belleza literarias. Es imposible comprender a
este pueblo admirable sin estar familiarizado
con sus filósofos.
Los filósofos griegos se preocuparon,
duran-te el periodo cosmológico, por el principio de
todas las cosas (escuela de Mileto,
aproximada-mente hacia el 600 a.C.); por la concepción de la
realidad (escuela pitagórica y, posteriormente,
la escuela eleática: Jenófanes (556-475 a.C.),
Par-ménides (540-470 a.C.), Zenón (490-? a.C.) y
Heráclito (540-475 a.C.); por otra parte, la
escue-la pluralista considera que escue-la realidad está
com-puesta por múltiples elementos que se mezclan,
sin desaparecer, en un movimiento continuo:
Empédocles (s.
Va.C.), Anaxágoras (500-428
a.C.), Demócrito (s.
Va.C.). La filosofía, en una
etapa posterior, se centra en el hombre: Sócrates
(469-399 a.C.), Platón (427-347 a.C.), Aristóteles
(384-322 a.C.). La teoría platónica del
conoci-miento, basada en la existencia de arquetipos
ideales de los objetos de la realidad tendría
notable influencia en corrientes estéticas
surgi-das en el Renacimiento; la Retórica de
Aristóte-les, donde se formula la primera teoría del
len-guaje metafórico, es obra de consulta obligada
aún en nuestros días. La filosofía posterior,
lla-mada post-aristotélica o helenística, se
caracteri-za, fundamentalmente, por una búsqueda de la
felicidad (escepticismo, epicureísmo y
estoicis-mo); esta última corriente de pensamiento
influiría en los pensadores romanos: Epicteto
(50-125 d.C.), Marco Aurelio (121-181 d.C.) y
Lucio Anneo Séneca (4-65 d.C.).
Desarrollo de la oratoria
El carácter y las instituciones del pueblo
grie-go, su amor e inclinación al arte de la palabra,
favorecieron, singularmente en Atenas, el
desa-rrollo de la oratoria. El discurso era necesario
para el brillante intercambio de ideas,
impres-cindible para participar en la vida oficial y,
cuando las leyes se hicieron más complejas en
correspondencia con la evolución social, para el
litigio ante los tribunales, naciendo en esa
cir-cunstancia la oratoria forense. La oratoria
forma-ba parte de la educación de la juventud, y
Anti-fonte (640-558 a.C.) inauguró la primera escuela
de Retórica. Su ejemplo proliferó en Grecia y
pasó posteriormente a Roma. Entre los grandes
oradores griegos se encuentran Solón (640-558
a.C.), Pisístrato (600-527 a.C.), tirano ateniense
que mandó recopilar la Odisea y la Ilíada,
Temís-tocles (525-460 a.C.), Pericles (499-429 a.C.). Se
habla del siglo V como del siglo de Pericles: fue
la época más brillante de Grecia. Lisias (458-378
a.C.), Isócrates (436-338), Isco, amigo de Filipo
de Macedonia; pero el más admirable fue
Demóstenes (384-322 a.C.). Huérfano y
despoja-do de su patrimonio, con serias dificultades en
el momento de hablar, se propuso con voluntad
indoblegable prepararse para, llegado el
momen-to, defender su causa ante los tribunales. Su
constancia le valió el triunfo. Demóstenes es un
eminente orador político, como demuestran sus
Filípicas, contra Filipo de Macedonia y su
inten-ción de avanzar sobre Grecia
Pero su obra maestra y las más admirable
pieza oratoria de todos los tiempos es su
dis-curso De la corona.
LA ORATORIA
Cuando con la invención de la escritura todos los géneros literarios se hacen escritos, hay uno que, por su propia naturaleza, sigue siendo oral: la oratoria. Ésta comparte con los demás géneros el carácter artís-tico, pero es entre todos ellos el que tiene un propósito más utilitario. Si según la clasificación realizada por Karl Bühler de las funciones del lenguaje, la lírica se corresponde con la función expresiva y la épica y el drama con la denotativa, la oratoria se correspondería con la función apelativa.: su razón de existir es influir sobre el receptor del mensaje; moverlo, persuadirlo o disuadirlo. Digamos enseguida que esta correspon-dencia entre géneros literarios y funciones del lengua-je no tiene un carácter absoluto y tajante, sino de pre-valencia, de mayor peso de una función dentro de un género, en el que siempre estarán presentes, en menor medida, las otras funciones. Atendiendo a la temática que aborda, aparecen los subgéneros: oratoria política, forense, académica y sagrada.
La retórica suele dividir el discurso oratorio en cuatro partes: el exordio que prepara el ánimo del oyente; la proposición donde se presenta de manera clara y breve el asunto sobre el que ha de tratar el
dis-curso; la confirmación, la parte argumental donde se prueba la proposición; y el epílogo o recapitulación de las razones expuestas.
Entre los grandes oradores clásicos se cuentan los griegos Pericles, Demóstenes y Licurgo; y los romanos Catón, Cicerón y Julio César.
El helenismo o período alejandrino
Las victorias de Alejandro Magno (356-323
a,.C.) extendieron por el Oriente Medio la
civili-zación griega: Pérgamo, Éfeso, Antioquía,
Rodas y Alejandría son los centros de la nueva
cultura, que recibe el nombre de helenística y
florece en Alejandría bajo los Tolomeos. Se trata
del período helenístico. Este período se
caracte-riza, culturalmente, por el esplendor de la
eru-dición, la historia, la filología y las ciencias. Pero
esta difusión es paralela a un descenso en la
ten-sión creadora en la propia Grecia: es el inicio de
la decadencia (pérdida de autonomía en las
ciu-dades-estado, falta de preocupación por los
pro-blemas de la polis, etc.). En el arte se rompen las
normas clásicas, se produce un desequilibrio,
una búsqueda de lo complicado.
Alejandría fue un centro y foco cultural
bri-llante. Su Biblioteca y su Museo preservaron
para la posteridad el conocimiento de la Grecia
clásica. Éstos son los tiempos de filólogos
nota-bles como Calímaco (310-240 a.C.) y Aristarco
(217-145 a.C.). Aunque con una intensidad
menor que la de los tiempos áureos, se cultivó la
poesía épica. Su más destacado exponente es
Apolonio de Rodas (295-215 a.C.), autor de la
Argonáutica. La tragedia no se dilató en esta
etapa, pero sí la comedia nueva. Calímaco, que
dirigió la Biblioteca, compuso un Católogo de
escritores griegos y cultivó la poesía lírica con
delicadeza y estilo magnífico, siendo su más
popular composición A la cabellera de Berenice.
Pero es la poesía pastoril el género de este
tiem-po. Su gran cultivador fue Teócrito (310-250
a.C.), autor de los Idilios. Teócrito influirá en las
Bucólicas de Virgilio y, mediante éste, en la
lite-ratura universal. Esta poesía perduraría a través
de los siglos. Los historiadores abundaron en
este período, siendo el más distinguido Polibio
(210-120 a.C.) que compuso numerosas Historias
plenas de justeza y conocimiento.
El período greco-romano
En este tiempo las historias de Grecia y Roma
comienzan a confundirse y concertarse hasta el
surgimiento de la gran literatura latina. El
grie-go es la lengua dominante y servirá para la
difu-sión del cristianismo. Escriben en griego autores
de Sicilia como Diodoro, o de Siria, como
Lucia-no. Las figuras señeras de esta época son los
his-toriadores: Diodoro de Sicilia (siglo 1 a.C.),
enci-clopedista; Estrabón (58-25), autor de una
copiosa Geografía, y Flavio Josefo (37-97), a
quien se deben los libros de las Guerras de los
judíos. Pero sin lugar a dudas es Plutarco
(48-122) con las Vidas paralelas quien ha cautivado a
la posteridad con sus páginas, fascinantes
trata-dos de conducta ejemplificatrata-dos a través de las
jornadas simétricas de personalidades griegas y
romanas. Junto a Plutarco es preciso citar a
Luciano de Samosata (siglo II d.c.), el último
clásico, cuya producción fue copiosa y nos legó
unos brillantes Diálogos satíricos. Completan
esta nómina: Arriano (poeta del siglo 1 a.C.,
tra-dujo las Geórgicas de Virgilio); Appiano (II a.C.);
Pausanias (nació en el año 150 d.c.) cuya
Descripción de Grecia sigue siendo un texto
bási-co para el bási-conocimiento arqueológibási-co y artístibási-co
de este pueblo. En este período la filosofía
deviene casi religión y está dominada por el
pensamiento de Epicteto (50-125), esclavo
libe-rado que cultivó el estoicismo; Marco Aurelio
(121-181), emperador romano de origen
espa-ñol, estoico, autor de unos Pensamientos en
grie-go, y Plotino (205-172 a.c.).
En esta época se desarrolla la llamada novela
griega: Leucipo y Clitofonte de Aquiles Tacio (II
a.C.), las Etiópicas de Heliodoro (
IIId.c.). Este
fenómeno había de servir de modelo a la
poste-rior «novela bizantina»; Longo (s.
III?) escribió
HOMERO
Ilíada
CANTO XIX
Aquiles renuncia a la cólera
La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y hablóle de este modo:
¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Vulcano, tan excelen-te y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros.
La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor sin atre-verse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cóle-ra; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en
las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas pala-bras:
¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como nin-gún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta la vida- y corrompan todo el cadáver.,
Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procu-raré apartar los importunos enjambres de moscas que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría igual o más fresco que ahora. Tú convoca ajunta a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor,.
Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patro-clo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las neves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros dis-tribuían los víveres, fueron entonces a la junta; porque
Aquiles se presentaba después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las graves heridas- y se sentaron delante de todos. Aga-menón rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncí-nea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congrega-do, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una doncella. Así la hubiese muerto Artemi-sa en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aque-os se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, pues-to que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen; y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.
Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgá-ronse de que el magnánimo Pelida renunciara a la cólera.
HOMERO
RAPSODIA IX
Encuentro con Polifemo
Odisea (fragmento)
Y tan luego como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi tocando el mar una excelsa gruta, a la cual daban sombra algunos laureles: en ella reposaban muchos hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta cerca labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y enci-nas de elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie, y apartado de todos ocupaba su ánimo en cosas inicuas.
Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hom-bres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada de las demás cumbres. Entonces ordené a mis fieles compañeros que se queda-sen a guardar la nave, escogí los doce mejores y juntos echamos a andar, con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que me había dado Marón, vástago de Evan-getes y sacerdote de Apolo, el dios tutelar de Ismaro, por-que, respetándole, lo salvamos con su mujer e hijos, que
vivían en un espeso bosque consagrado a Febo Apolo. Hízome Marón ricos dones, pues me regaló siete talones de oro bien labrado, una crátera de plata y doce ánforas de un vino dulce y puro, bebida de dioses, que no cono-cían sus siervos ni sus esclavas, sino tan sólo él, su espo-sa y una despensera. Cuando bebían este rojo licor, dulce como la miel, echaban una copa del mismo en veinte de agua, y de la crátera salía un olor tan suave y divinal que no sin pena se hubiese renunciado a saborearlo. De este vino llevaba un gran odre completamente lleno y además viandas de un zurrón, pues ya desde el primer instante se figuró mi ánimo generoso que se nos presentaría un hom-bre dotado de extraordinaria fuerza, salvaje e ignorante de la justicia y de las leyes.
Pronto llegamos a la gruta; mas no dimos con él, por-que estaba apacentando las pingües ovejas. Entramos y nos pusimos a contemplar con admiración y una por una todas las cosas: había zarzos cargados de quesos; los esta-blos rebosaban de corderos y cabritos, hallándose ence-rrados separadamente los mayores, los medianos y los recentales, y goteaba el suero de todas las vasijas, tarros y barreños, de que se servía para ordeñar.
Los compañeros empezaron a suplicarme que nos apoderásemos de algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando prestamente de los establos los cabritos y los corderos, y conduciéndolos a la velera nave, surcára-mos de nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persua-dir -mucho mejor hubiera sido seguir su consejo- con el
propósito de ver a aquél y probar si me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida no había de ser-les grata a mis compañeros.
Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio a los dio-ses, tomamos algunos quesos, comimos y le aguardamos, sentados en la gruta, hasta que volvió con el ganado. Traía una carga de leña seca para preparar su comida y descargóla dentro de la cueva con tal estruendo que noso-tros, llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente en lo más hondo de la misma. Luego metió en el espacioso antro todas las pingües ovejas que tenía para ordeñar, dejando a la puerta, dentro del recinto de las altas pare-des, los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido mover del suelo veintidós sólidos carros de cuatro ruedas: ¡tan inmenso era el peñasco que colocó a la entrada! Sentóse en seguida, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. A la hora, haciendo cuajar la mitad de la blanca leche, la amontonó en canastillos de mimbre y ver-tió la restante en unos vasos para bebérsela y así le servi-ría de cena. Acabadas con prontitud tales faenas, encen-dió fuego, y al vernos nos hizo estas preguntas:
Polifemo - ¡Oh, forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde
llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el mar a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras?
Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su voz grave y su aspecto monstruoso. Mas con todo eso, le respondí de esta manera:
Odiseo. -Somos aqueos a quienes extraviaron, al salir
de Troya vientos de toda clase, que nos llevan por el gran abismo del mar, deseosos de volver a nuestra patria, lle-gamos aquí por otra ruta, por otros caminos, porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus. Nos preciamos de ser guerreros de Agamenón Atrida, cuya gloria es inmensa debajo del cielo - ¡tan grande ciudad ha destruido y a tan-tos hombres ha hecho perecer!-, y venimos a abrazar tus rodillas por si quisieras presentarnos los dones de la hos-pitalidad o hacernos algún otro regalo, como es costum-bre entre los huéspedes. Respeta, pues a los dioses, varón excelente, que nosotros somos ahora tus suplicantes. Y a suplicantes y forasteros los venga Zeus hospitalario, el cual acompaña a los venerandos huéspedes.
PÍNDARO
ENCOMIO DE TEÓXENO DE TÉNEDOS
En su justo momento debiste los frutos de amor cose-char, oh corazón, en el tiempo de tu juventud.
Mas quien, mirando los rayos que destellan en los ojos de Teóxeno, no siente el oleaje del deseo amoroso en su alma, tiene forjado de bronce o de hierro su negro cora-zón, en la llama de una frígida fragua, desamparado de Afrodita, la de vivaces párpados.
O acaso se tortura de modo brutal en afán de riquezas o tras el femenino impudor acarrea su alma con traba-jo servil toda su ruta. Pero yo, como devorado por esa pasión, como la cera de las santas abejas, me derrito, cuando veo
la frescura de la adolescencia en los miembros de los muchachos
Así ahora habitan en Ténedos la Persuasión y la Gra-cia, que acompañan al hijo de Agesilao.
SÓFOCLES
Edipo rey (Final)
EDIPO.-No habría sido asesino de mi padre, ni esposo de la que me dio el ser.
Ahora soy un maldito de los dioses, hijo de madre impura y esposo de mi madre.
Y si hay un infortunio que sea mayor que otro, a Edipo en suerte ése ha tocado.
CORIFEO.-No puedo yo decirte que obraras cuer-damente, pues te sería mejor no ser que vivir ciego.
EDIPO.-No me enseñes que no es lo mejor esto que he hecho ni me des más consejos. Porque no sé con qué ojos mirando hubiera contemplado a mi padre, cuando, muriendo, llegase a la mansión de Hades, ni tampoco a mi madre desdichada, pues con ambos he realizado crí-menes que no se pagan con la horca. ¿Y acaso era desea-ble la vista de mis hijos, nacidos cual nacieron? No con mis ojos; ni la ciudad, ni sus murallas, ni las estatuas de los dioses; de todas estas cosas yo, el más noble de los hijos de Tebas, me he privado a mi mismo al decir yo mismo que todos se apartaran del impío, del que los dio-ses han declarado impuro y de la raza de Layo. Tras dejar ver en mi esta mancha, ¿podría mirarlos de frente con mis
ojos? Jamás; y si pudiera cerrarse la fuente del oir, que fluye en los oídos, no hubiera yo dejado de cerrar a ella mi cuerpo a fin de convertirme en ciego y sordo; pues es dulce que el pensamiento viva apartado de los males. ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibiste? ¿Por qué no me mataste al punto, a fin de no mostrar ante los hombres de quién había nacido? ¡Oh Pólibo y Corinto, y el que decían viejo palacio de mis padres, cuál me criasteis: una bella apa-riencia que ocultaba, como una cicatriz cerrada en falso, cosas infaustas! Ahora soy un impuro hijo de impuros. ¡Oh encrucijada, valle oculto, encinar, angostura del cami-no que bebisteis la sangre de mi padre, la mía, de mis manos! ¿Recordáis acaso qué cosas hice ante vosotros y cuáles hice luego aquí viniendo? ¡Oh boda, boda, me diste el ser y luego me diste hijos a mí y diste a luz padres, hermanos, hijos, sangre de familia, desposadas, mujeres, madres y cuantas cosas más vergonzosas tienen lugar entre los hombres! Mas no está bien decir lo que no lo está hacer; llevadme afuera, por los dioses, y escondedme o matadme o arrojadme a la mar, allí donde no volváis a verme. Acercaos, dignaos tocar a un hombre desgraciado; prestadme oído, no temáis, pues mis desgracias ninguno de los hombres, salvo yo, puede sufrirías.
CORIFEO. -Con oportunidad respecto a lo que pides, aquí llega Creonte para obrar y resolver, pues él sólo ha quedado cual guardián del país en tu lugar.
EDIPO. -¡Ay! ¿Qué palabras le diré? ¿Qué podré hacer para inspirarle confianza? Porque antes he resultado injusto en todo contra él.
CREONTE. -Edipo, no he venido a mofarme de ti, ni tampoco a injuriarte por tus faltas. Pero si no tenéis res-peto a los hijos de los hombres, reverenciad al menos la llama del rey Helios, que todo lo alimenta; no dejéis ver así, al descubierto, a este ser impuro, pues ni la tierra, ni la lluvia sagrada, ni la luz le sufren. Metedle presto en el palacio; pues sólo la familia puede, sin faltar a la piedad, ver y escuchar los males de los suyos.
EDIPO. -Por los dioses, puesto que me has quitado mi temor viniendo, tú el más noble, a mí, el más vil, con-cédeme una gracia; pues es en tu favor, no en el mio.
CREONTE -¿Qué quiere obtener de mí?
EDIPO. -Échame pronto del país, donde no pueda hablarme ninguno de los hombres.
CREONTE. -Lo hubiera hecho ya, sábelo bien, si no quisiera preguntar al dios qué debe hacerse.
EDIPO. -Ya se nos dijo su respuesta: que pereciese el parricida, yo, el hombre impuro.
CREONTE. -Así se dijo; sin embargo, en esta situa-ción, es preferible preguntarle qué hay que hacer.
EDIPO. -Así, ¿vais a pedirle una respuesta sobre un infortunado como yo?
CREONTE. -Si; tú ahora creerás al dios, seguramen-te.
EDIPO. -Si; y te encomiendo y te suplico que entie-rres en la forma que quieras a la que está en la casa; pues con justicia puedes disponer el entierro de los tuyos. En cuanto a mí, jamás esta ciudad, cuna de mi familia, me cuente entre sus habitantes; deja que viva en las monta-ñas, donde está el Citerón que llaman mío, que mi madre y mi padre me destinaron en vida cual mi tumba, para que muera según la voluntad de los que quisieron darme muerte. Mas, sin embargo, estoy seguro de esto: de que jamás pudo darme la muerte ni una enfermedad ni otra cosa alguna; pues habría muerto y no me habría salvado para una suerte tan cruel. Mas ea, cúmplase mi destino, sea cualquiera. De mis hijos varones no te cuides, Creon-te; son hombres, de forma que no carecerán, dondequiera que estén, de recursos de vida. Cuidame, en cambio, de mis pobres niñas; jamás mi mesa, en la comida, ha estado sin ellas; y cuanto yo tocaba, de ello tenían su parte. Déja-me que las toque con mis manos y llore mi desdicha. ¡Ea, rey, ea, noble de nacimiento! Si las toco con las manos, creeré tenerlas, como cuando veía. ¿Qué digo?
¿No escucho mis niñas queridas que lloran y Creonte, por piedad, envió las más queridas de entre mis hijos? ¿Digo verdad?
(Entran las niñas)
CREONTE. -La dices; yo he dispuesto esto así, cono-ciendo el placer que tendrías, el que tuviste siempre.
EDIPO. -Que seas feliz y que en este camino te guar-de un dios mejor que el que me guardó a mí. ¿Dónguar-de estáis, hijas mías? Llegaos a mí, venid a estas mis manos hermanas vuestras, que os han hecho el presente de que veáis así estos ojos, antes brillantes, del padre que os dio el ser; del que, mis hijas, sin verlo ni saberlo, he resultado padre vuestro e hijo de vuestra madre. Mi llanto es por vosotras -no puedo veros-; pienso en el resto de vuestra vida amarga, la que los hombres os harán vivir. ¿A qué reunión con las otras mujeres, a qué fiestas iréis de donde no volváis llenas de lágrimas en lugar de enteraros y ver? Y cuando os llegue el tiempo de la boda, ¿quién será él? ¿Quién va a desafiar tales infamias, ruina para mis hijos y los vuestros? Pues ¿qué desgracia falta? Vuestro padre dio muerte al suyo; y tuvo hijos de aquélla que le dio a luz y os engendró en aquélla de la que él nació. Tales infamias os echarán en cara: ¿quién será el que se case con voso-tras? No existe, hijas; sino que, sin duda, os espera morir solteras y sin boda. ¡Hijo de Meneceo, puesto que eres el solo padre que les queda, pues nosotros, sus padres, hemos muerto, no dejes que marchen al azar como men-digas, sin marido, ellas que son de tu familia! ¡No las iguales a mi miseria! ¡Compadécete de ellas al verlas aún niñas sin ayuda de nadie salvo tú! ¡Dime que sí, Creonte generoso, ofreciéndome tu mano! A vosotras, mis niñas, si tuvierais ya discernimiento, yo os daría muchos conse-jos; pero ahora, haced conmigo esta plegaria: vivir donde
el azar os lleve y encontrar mejor vida que el padre que os dio el ser.
CREONTE. -Ya son bastantes lágrimas; entra den-tro.
EDIPO. -Fuerza es obedecer, aunque no lo deseo. CREONTE. -Todo es bueno en su tiempo.
EDIPO. -¿Sabes a qué precio entraré? CREONTE. -Dilo, y entonces lo sabré. EDIPO. -Al del destierro.
CREONTE. -Me pides algo que depende del dios. EDIPO. -Yo soy el más odiado por los dioses.
CREONTE. -Bien; lo conseguirás. EDIPO. -¿Dices que sí?
CREONTE. -Lo que no pienso no acostumbro decir-lo.
EDIPO. -Llévame ya.
CREONTE. -Echa a andar; suelta a las niñas. EDIPO. -No me las quites.
CREONTE. -No quieras tener poder en todo; pues que las cosas en que lo tuviste no te han seguido a lo largo de la vida.
CORO. -Habitantes de Tebas, mirad: éste es Edipo.
Descifrador de enigmas y hombre el más poderoso, todos a su fortuna miraban con envidia.
¡ Ved ahora a qué ola llegado ha de infortunio! No juzguéis, pues, dichoso a otro mortal alguno que no haya aun cantemplado aquel último día en tanto no termine su vida sin dolor.
EURÍPIDES
Hipólito (Primera parte)
(Escena en el monte)
AFRODITA. -Soy Afrodita, diosa del amor, poderosa e ilustre entre los hombres y en el cielo; de cuantos moran entre los confines del Mar Negro y las columnas que sos-tiene Atlas, viendo la luz del sol, honro a los que reveren-cian mi poder y abato a cuantos me miran con desprecio. Sucede así a la raza de los dioses: se alegran si los hom-bres los veneran.
Voy a hacer ver muy pronto la verdad de mis palabras; el hijo de Teseo y de la Amazona, Hipólito, nieto del noble rey Piteo, él solo entre los ciudadanos de Trozén dice que soy la más infame de las diosas: rechaza el lecho y no acepta la boda. Y, en cambio, reverencia a la hermana de Febo, a Artemis, la hija de Zeus, y la cree la más grande de las diosas. En los bosques frondosos, en compañía siempre de la diosa virgen, con los rápidos perros persi-gue a la carrera a las bestias salvajes, fiel a una amistad que es desigual para un mortal. Por esto no la quiero mal. ¿Por qué he de hacerlo? En cambio, por sus faltas contra mi castigaré a Hipólito este día; he adelantado ya mucho