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Villas, S. - Las Claves de La Revolución Industrial 1733-1914

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Siró Villas Tinoco

Las Claves de la

Revolución

Industrial

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SIRO VILLAS TINOCO

Profesor titular de Historia Moderna

de la Universidad de Málaga

Pies de ilustración

JOSÉ MARÍA VALVERDE

Universidad de Barcelona

LAS CLAVES

DELA

REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

1733-1914

Planeta

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Colección

LAS CLAVES DE LA HISTORIA

Dirección editorial: Juan Capdevila

Asesora: M." de los Ángeles Pérez Samper

Maquetación: Roger Hebrard

Primera edición: octubre de 1990 Derechos exclusivos para todo el mundo: © Editorial Planeta, S. A., 1990

Córcega. 273-279, 08008 Barcelona (España) Depósito Legal: B. 29.259-1990

ISBN 84-320-9212-6

Printed in Spain / Impreso en España

Carlos Divo impresor, S. A., Polígono Can Font de la Pa-rera, parcela 7, 08430 La Roca del Vallés (Barcelona)

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, pue­ de ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de graba­ ción o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

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INTRODUCCIÓN

Minero de Yorkshire.

Grabado inglés de 1814.

Originalmente, la máquina de vapor surgió consumiendo una parte del propio carbón de la mina para achicar el agua de los pozos; cuando pasó a moverse por sí misma, tirando de unos vagones, comenzó la gran revolución en las comunicaciones, empequeñeciendo el mundo. Al mismo tiempo, el vapor se convertiría en el corazón de la industria: «¡oh, siglo del vapor y del buen tono!», decía del siglo xix cierto poetastro español.

E

sta obra pretende ofrecer una visión descriptiva y explicativa, aunque necesariamente sintética, de una serie de fenómenos técnicos y económicos —que presentaron una especial incidencia en el ámbito de la producción textil y siderúrgica, así como en el cam­ po de la utilización de nuevas fuentes de energía aplicada a la industria— y que constituyen una parte importantí­ sima de los sucesos que conforman la historia tecnológi­ ca de la Humanidad. Comúnmente son conocidos bajo el apelativo genérico de Revolución Industrial y, en reali­ dad, puede afirmarse que se trata de la primera de las transformaciones trascendentales que tuvieron lugar en el transcurso de la Época Moderna, y que han conforma­ do muy directamente el mundo tecnológico actual.

Durante las dos últimas centurias, miles de estudios y monografías han disputado científicamente acerca del significado exacto que habría que conceder al término

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Revolución Industrial. En ellos se ha tratado de precisar su contenido semántico: las formas con que se manifestó en los diversos países, europeos y americanos, así como la diferente cronología en cada una de dichas naciones; se ha intentado determinar el ámbito productivo de su desarrollo: el alcance de sus logros; el inicio y final del proceso y de cada una de sus fases; la interpretación so­ cial, económica y política del fenómeno; las razones pro­ fundas y las causas inmediatas; los condicionantes de su éxito o fracaso relativos, etc.

Precisamente por la insuperable dificultad de resumir todos los debates, de explicitar todos los posicionamien- tos científicos y metodológicos, de analizar y valorar to­ das las relaciones causales existentes, es imprescindible definir y precisar el alcance que nosotros concedemos en este estudio al término «Revolución Industrial».

Inicialmente, el sustantivo «revolución» se utilizó en el ámbito de la astronomía, aplicado a los giros astrales en sus órbitas celestes. Posteriormente, tras la crisis del Antiguo Régimen, esta palabra adquirió un contenido decididamente peyorativo, aplicándose (con unas conno­ taciones claras y profundamente ideológicas) para desig­ nar las rupturas traumáticas surgidas en el seno de las sociedades políticas. Ya en el siglo xix, comenzó a apare­ cer unida a los intentos de definir y explicar las transfor­ maciones económicas y sociales que iban resultando evi­ dentes en los diversos países europeos. En la actualidad, en una acepción plenamente aceptada, el sustantivo «re­ volución» lo identificamos con una «evolución rápida», con unas «transformaciones aceleradas» o con un «cam­ bio súbito y profundo». Esencialmente lo aplicamos cuando es preciso referirse a modificaciones sustanciales que tienen lugar en un breve lapso y que alcanzan una cierta duración o, incluso, determinada perennidad tem­ poral.

Por su parte, el adjetivo «Industrial» se nos presenta con un cierto sentido de contraposición al calificativo «artesanal», y se refiere a la transformación mecánica de la materia prima en productos elaborados, a través de un proceso o procesos que dependen de energías obtenidas de fuentes inanimadas. Aunque igualmente se trate de bienes conseguidos mediante la actividad humana, pre­ sentan la connotación de una procedencia fabril y meca­ nizada, muy alejada, en fondo y forma, de la simple transformación directa de la materia prima, que caracte­ rizaba la producción manufacturera y agremiada de épo­ cas pretéritas. En otras palabras, existe un hálito de mo­ dernidad, dinamismo y progreso, contrapuesto a tradi­ ción, serenidad y continuidad.

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Para nosotros, la Revolución Industrial ha sido un es­ tadio evolutivo en la historia tecnológica de la Humani­ dad. Pero no un momento cualquiera, sino aquella fase en la que se consolidó, de forma progresivamente acele­ rada, continua y trascendente, el cambio de la produc­ ción desde los métodos artesanales a los fabriles, con todo lo que ello implica de transformaciones sociales, económicas y políticas.

Triunfo del vapor y de la electricidad. Litografía

publicada en «The lliustrated London News», en 1897. Biblioteca Guildhall, Londres.

El vapor multiplicó la energía que se podía obtener a partir de la combustión y flexihilizó su aplicación: la corriente eléctrica hizo posible el desplazamiento de la energía sin mover nada que la transportara, para ser utilizada en el punto conveniente, bajo especie de motor o de alumbrado.

La Revolución Industrial implica la búsqueda, el des­ cubrimiento, la adopción y el desarrollo racionalizado de nuevos procesos de fabricación, de nuevas formas de división del trabajo y de profundos cambios en las rela­ ciones laborales. Asimismo, supone el dominio pleno de antiguas y de renovadas fuentes de energía, al mismo tiempo que conlleva la obtención, transformación y apli­ cación de materiales anteriormente conocidos, pero pro­ ducidos ahora en mayores cantidades, con mejoras sus­ tanciales de su calidad y a precios más asequibles y com­ petitivos, lo que posibilita su aplicación extensiva.

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La pila de Volta. Deutsche

Museum, Munich.

Galvani hizo que la electricidad atmosférica contrajera las patas de una rana muerta: Franklin encauzó el rayo por un cable; las máquinas por frotamiento giratorio dieron

emocionantes calambres a los románticos: pero la pila de Volta domesticaba la electricidad con una fuente autónoma y manejable, capaz de enviar su corriente por cables, por ejemplo, para hacer sonar un timbre.

Por lo que se refiere a sus coordenadas espaciotempo- rales, aun admitiendo la existencia de unos innegables antecedentes medievales y un epigonismo en la época contemporánea, estimamos que la fase crítica del proce­ so habría tenido lugar en el Reino Unido de Gran Breta­ ña, en un lapso comprendido entre las décadas iniciales del siglo xvill y la primera mitad del xix, sin que sea im­ prescindible (ni quizá conveniente) fijar estrictamente unas fechas de inicio y terminación, precisamente por­ que entendemos que se trata de una etapa definida den­ tro de un proceso evolutivo tecnológico general y, por tanto, que afecta con cronologías distintas para los dife­ rentes países y regiones, en función de su grado de evo­ lución económica, técnica, política y social.

Si tomamos en consideración el proceso general evo­ lutivo de las ciencias y las técnicas en su devenir históri­ co total, no cabe la menor duda de que éste presenta un perfil de tendencia claramente positiva, cuyo momento inicial lo podríamos situar en el hacha de sílex, y el final (éste tan sólo por el momento) en la conquista espacial o en la investigación sobre la inteligencia artificial.

Pese a lo anterior, las transformaciones sociales —cualquiera que sea la facies o aspecto a que hagamos referencia— no han tenido lugar de forma linealmente progresiva, de modo que cada momento histórico supon­ ga la superación positiva del inmediato anterior, sin du­ das. pausas ni retrocesos. Igualmente, conviene tener presente —porque lo evidente a veces se nos escapa por su misma obviedad— que el «tempo histórico», es decir, el ritmo de sucesión de los acontecimientos sociales (es­ pecialmente en lo que se refiere a la invención y la técni­ ca) se acelera progresivamente desde el más remoto pa­ sado a la más rabiosa actualidad.

Por este motivo, las diversas culturas prehistóricas (que se diferencian por las novedades de su utillaje y por los rasgos pecualiarizadores distintivos de sus técnicas) es factible datarlas por milenios, en tanto que las innova­ ciones acontecidas durante los primeros estadios históri­ cos (lo que denominamos habitualmente Historia Anti­ gua y Medieval) se suceden con ritmo secular. Desde el Renacimiento, y muy especialmente en los momentos fi­ nales de la Edad Moderna y los albores de la Época Con­ temporánea, los acontecimientos se precipitan y las no­ vedades importantes — definitorias por sí mismas del es­ tado evolutivo de un proceso— pueden contarse por dé­ cadas.

Es un lugar común que, en la actualidad, la tecnología utilizada en el electrodoméstico o microordenador que se pone hoy a la venta habrá sido plenamente superada

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mucho antes de que finalice la vida útil del mecanismo al que está aplicada.

Dado que estas transformaciones no tienen lugar en ámbitos teóricos o ideales, sino en el seno de sociedades muy vivas y reales, en grupos humanos de convivencia estructurada mediante patrones de actuación conveni­ dos, y consagrados por la tradición y aceptados por los distintos intereses en juego, el ritmo de la renovación técnica, de las invenciones y la aplicación de sus resulta­ dos, hay que comprenderlas dentro del marco cronológi­ co y social en el que tienen lugar, a fin de poder com­ prender su importancia intrínseca y su interés relativo, sus implicaciones económicas y el previsible impacto so­ cial.

Alejandro Volta presentando su pila a Napoleón. Grabado

publicado en el «Supplément ¡Ilustré du Petlt Journal». 22 de diciembre de 1901.

El joven Napoleón observa la nueva fuerza que dominará el mundo: la corriente de la pila de Volta se muestra capaz de descomponer el agua en sus dos componentes, con posterior síntesis espectacular en nube de vapor. Una reacción química podía producir energía sin necesidad de combustión: un planteamiento inédito hasta entonces, en que todo parecía venir del fuego.

Se hace preciso saber qué fuerzas políticas, económi- cas y sociales las propician, cuáles las financian y las de­ fienden y qué resistencias van a producir, por su inci­ dencia negativa en un estatus específico, una forma de vivir determinada y consolidada o una tradición ideológi­ ca muy arraigada.

Desde el principio del hombre, la innovación es el re­ sultado de una búsqueda interesada, tenaz, intensa y i ostosa, y siempre, la respuesta a un reto, cuando no a una situación límite. Muy difícilmente una invención tanto si se trata de un proceso complejo como, simple­ mente, de un nuevo utillaje— es consecuencia de un he­ cho fortuito o de una feliz casualidad. Con total seguri­ dad se tratará del final de un largo camino que ha reque­ rido un arduo trabajo, una costosa inversión (en tiempo v <> dinero) y a la que han dedicado su atención una serie

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El telégrafo. Grabado francés

del siglo XVIII. Biblioteca Nacional, París.

Para informar rápidamente se estableció en Francia el telégrafo óptico, en que una línea de «repetidores», movidos a mano, transmitían una señal a través de campos y montañas. La corriente eléctrica sustituiría este engorroso procedimiento por una transmisión instantánea por cable —al principio, con un código de interrupciones más o menos largas: el alfabeto Morse—.

de personas, que han trabajado en ello individual o co­ lectivamente.

Cuestión muy diferente es que la totalidad del grupo social afectado por una transformación sea consciente —o esté convencido— de la necesidad de unos cambios, o de la precisión de hallar nuevas soluciones. El interés por la innovación no siempre es sentido, ni compartido, por todo el mundo. Por el contrario, resulta muy conve­ niente recordar el enorme peso, la importancia muchas veces determinante de la tradición en los hábitos sociales (no sólo técnicos y productivos) de cualquier época pre­ térita.

Igualmente es importante hacer notar que los desfases tecnológicos que en la actualidad se evidencian entre las diversas naciones también estaban presentes en los pasa­ dos siglos. Pero entonces esa situación de aparente o real desventaja no conllevaba un sentimiento de inferioridad nacional o dependencia tecnológica tal y como ahora es percibido. A tal efecto, cabe recordar el hecho de que los viajeros de la Ilustración que visitaban la España del

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glo xvill recibían invariablemente una negativa a sus más o menos desinteresados intentos por introducir cual­ quier tipo de novedad. Las respuestas habituales del tipo así lo hacían mis padres» o «así se ha hecho siempre» eran «razones» más que suficientes para negarse a acep­ tar la evidencia de nuevas formas o procedimientos que. evitando la rutina consagrada por la costumbre, les pu­ diese llevar a la obtención de beneficios apreciables en los procesos de producción agraria o artesanal.

Algunos historiadores han puesto especial énfasis en mostrar cómo la prospección técnica se acentúa en épo­ cas de crisis, propiciando la aparición de individuos espe­ ciales (del «héroe») que asumen el reto, encaran el pro­ blema y obtienen el triunfo.

Parecería, pues, que el caldo de cultivo indispensable para la aparición del genio inventivo es la existencia de una necesidad imperiosa, socialmente sentida (lo social entendido «amplio sensu») en tanto que la desaparición 0 eliminación de las urgencias ralentizaría la búsqueda de nuevas soluciones, quizá por una aplicación incons­ ciente de la «ley del mínimo esfuerzo» o porque los apo­ yos —tanto privados como institucionales— se debilita­ rían o desaparecerían ante la ausencia de unos retos es­ pecíficos. Bajo este mismo punto de vista, la difusión de las innovaciones se aceleraría en las coyunturas favora­ bles, no teniendo que existir necesariamente una rela-1 ion causal ni secuencial directa entre los dos procesos.

Por su parte, los economistas se inclinan por analizar y explicar el fenómeno de la innovación —dentro de la Involución Industrial — desde una óptica de continuidad en el seno del proceso económico general, resaltando las pcrvivencias del mismo de tal forma que, mientras la in­ vención, el hallazgo, lo que significa la respuesta a una necesidad tiene tan sólo un valor relativo, la extensión de

los beneficios obtenidos es, por su aplicación práctica, lo que confiere auténtica importancia a la innovación tec­ nológica.

listos beneficios tienden a incorporarse muy rápida­ mente al sistema, retroalimentándolo y propiciando un proceso de evolución positiva que se acelera ininterrum­ pidamente, hasta que condicionamientos extrínsecos al mismo vengan a frenarlo o modificarlo.

Para comprender ambos posicionamientos intelectua- I. quizá resulte interesante recordar que, mientras los historiadores, por lo general, tratan de comprender los fe­ nómenos económicos (y dentro de éstos, la innovación t.s nica) en un contexto de evolución general de la socie­ dad, los economistas (o historiadores de la Economía) p isjguen, más específicamente, comprender y explicar

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J. M. W. TURNER: \e w

Castle-upon-Tyne. 1823.

Museo Británico, Londres.

Ya en tiempos de Shakespeare se escribieron quejas por los humos y neblinas de los fuegos, agravados cuando se empezó a usar el carbón para calentarse: entonces, con las grandes fábricas textiles movidas por enormes máquinas de vapor, empieza el problema de la

contaminación atmosférica, hoy tan grave, unida a la suciedad de ciertos barrios

—así lo describe üickens en

Tiempos difíciles—.

la evolución general de los factores materiales, formando I parte, naturalmente, de un contexto social amplio, pero de forma menos inmediata y determinante. Mientras los primeros entienden la evolución técnica como una cues- ¡ tión más a tener presente en el análisis de las transfor­ maciones del sistema social, los segundos lo estudian como un elemento que incide especialmente en los as­ pectos económicos de tal sociedad.

Finalmente, es imprescindible indicar que, cuando en el texto se hace mención a términos tales como «causas» y «efectos» (y, más aún, al ponerlos en relación entre sí) no nos referimos a inferencias de tipo mecanicista bajo la posible fórmula: «a un problema específico, una solu- I ción adecuada». Estas secuencias pueden aparecer (y de I hecho algunas veces así se nos presentan) cuando se ana- I lizan, fuera de contexto, cuestiones o aspectos puntuales 1 de unos problemas muy específicos.

Pero cuando en el curso de esta obra empleamos con- 1 ceptos como «crisis económica», «evolución general» o 1 «necesidad social», utilizamos estos términos como he- I rramientas intelectuales que nos permiten explicar los I fenómenos que se describen. Y en ese contexto nos esta- 1 mos refiriendo a un conjunto, o unos conjuntos, de cau­ salidades y de factores generales muy diversificados: téc­ nicos, económicos, políticos, legales, institucionales e ideológicos, que conforman una situación histórica de­ terminada.

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LOS PRECED EN TES

E

n el devenir histórico de las sociedades humanas (por lo que se refiere al campo de la ciencia y de las técnicas) han tenido lugar, sin duda alguna, acontecimientos que cabría designar, sin hipérbole, como «revolucionarios». Se trata de hitos fundamenta­ les que se han constituido en factores de progreso social y entre los que se podrían destacar los siguientes: a) el inmenso salto cualitativo que llevó al hombre prehistóri­ co desde los útiles de piedra, primeramente tallada y pos­ teriormente pulimentada, hasta los utensilios de cobre;

b) la evolución de la primitiva metalurgia del Calcolítico hasta alcanzar el dominio de las técnicas de aleación para la obtención del bronce, y c) la concatenación fun­ damental de experiencias que deparó el conocimiento, obtención y utilización práctica del hierro.

Entrando en procesos sociales más complejos, resul­ tan determinantes cuestiones com o la transformación de hordas, simplemente recolectoras y depredadoras, en so­ ciedades organizadas que cultivaban los productos que les servirían de sustento. O, también, el tema capital de la aparición de la escritura, que permitió los registros contables de la producción agraria y que facilitó la im­ plantación de las aportaciones fiscales, cuestiones ambas que desembocaron en los primeros rudimentos del Esta­ do. Evoluciones y avances, todos ellos de suma impor­ tancia, que fueron conformando muy lentamente a tra­ vés de sucesivos milenios las civilizaciones mesopotámi- ca, egipcia y europeas primitivas.

No obstante, son acontecimientos más cercanos en el tiempo, más próximos en su esencia técnica y más direc­ tamente relacionados con las transformaciones aconteci­ das en el siglo xvm los que reconoceremos como prece­ dentes mediatos. Innovaciones que tuvieron lugar en circunstancias sociales análogas, más o menos homolo- gables a las sucedidas durante la Revolución Industrial propiamente dicha.

Hacia el año 1000 de nuestra era se produjo un ciclo tecnológico muy activo, propiciado por unas condiciones de base, en parte bastante similares a las de centurias posteriores. Para esa época la mayor parte de Europa ya

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había dejado de ser un campo de correrías para tribus nómadas o para comunidades más estables pero forzadas al nomadismo por ese «anticiclón» de pueblos que ha sido históricamente el Asia central.

El asentamiento, con carácter de continuidad en tiem­ po y espacio, de los diversos pueblos; la consolidación del fenómeno de urbanización occidental; el auge de las ciu­ dades, propiciado por su especialización funcional y por la conquista de sus libertades cívicas; la estabilidad polí­ tica de los distintos reinos; el inicio de consolidación de las dinastías familiares en los tronos; el feudalismo como fórmula política más adecuada a los tiempos que corrían y el nacimiento y progresiva consolidación de la noción —que no de la praxis— de «Estado», propician las con­ diciones de base para la búsqueda de soluciones técnicas para los problemas generados por una insuficiente pro­ ducción de bienes, destinados a hacer frente a una de­ manda estable y progresivamente acrecentada.

Ciertos especialistas en historia medieval, elevando a nivel conceptual muchas realidades empíricas del perío­ do que estudian, nos hablan de la aparición de una ex­ plosión demográfica; del auge de un período de protoca- pitalismo; de una división social más especializada del trabajo; de la existencia de un proletariado (explotable a voluntad de los patronos) y de su reacción ante las into­ lerables condiciones de subsistencia. Incluso se

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na una degradación del medio ambiente, debida a la so­ breexplotación incontrolada de los recursos naturales, situación forzada por el desmedido afán de lucro de unas clases capitalistas, avasalladoras de frágiles equilibrios ecológicos.

Con independencia de que sea factible constatar un cierto grado de anacronismo en los términos utilizados (y de una más que posible exageración en su aplicación formal), no cabe duda de que una serie de invenciones vinieron a transformar muy seriamente las condiciones de producción entre los siglos X y xiv.

Durante el Medioevo, por primera vez consciente y continuadamente, se sustituyó la fuerza del trabajo de los hombres por el movimiento de las máquinas, se bus­ caron y obtuvieron nuevas fuentes de energía, o se trató de aprovechar y rentabilizar al máximo las anteriormen­ te existentes y conocidas.

Ciertos nobles dotados de espíritu emprendedor —y perentoriamente necesitados de aumentar sus ingresos económicos— que actuaban a título particular y los be­ nedictinos, una colectividad religiosa cuya regla básica les obliga a obedecer una secuencia temporal estricta de oración y trabajo, apostaron decididamente por las in­ venciones e innovaciones como fórmula adecuada para obtener incrementos sustanciales de sus beneficios mate­ riales, así como para aumentar la producción y satisfacer

Arado de bueyes sajón.

Manuscrito de Julius A. Siglo VIII. Museo Británico, Londres.

El arado con ruedas —la

charrue francesa— permitía

arar en profundidad con tiros de bueyes tan poderosos como éste: él arado romano, usado en España, era más superficial. A fines de la Edad Media se inventó la vertedera, que voltea la tierra llevando a la superficie una capa más profunda. Se tardaría mucho en conocer el efecto de las bacterias en la fertilización de la tierra agrícola.

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una demanda creciente, que muy pronto pudiera dege­ nerar en pauperismo, caso de no ser satisfecha adecuada­ mente. Al mismo tiempo, la mecanización de las tareas rutinarias permitiría una independencia y autosuficien­ cia de las comunidades religiosas aludidas, dotándolas de mayor tiempo disponible para la oración y el recogi­ miento espiritual.

Así, de acuerdo con representaciones gráficas y testi­ monios literarios de la época, a finales del siglo X y debi­ do al progreso introducido en las piedras de molturar, los molinos harineros, conocidos y utilizados desde muy antiguo, se aplican a la fabricación de cerveza. Como avance importante para la producción agraria, base de la alimentación por muchos siglos, aparece el arado de tren delantero, provisto de una sola cuchilla y de su corres­ pondiente reja, que permite un mejor laboreo de los te­ rrenos y, como consecuencia, una mayor producción de cereales.

Por esta misma época empieza a representarse la ba­ llesta de gancho, avance mecánico que llevará aparejada una mayor efectividad en el combate, y se perfecciona el sistema de producción de plata —por fusión de plomo con una mena cuprífera — , lo que implica un mejor aprovechamiento del mineral que proporcionaba los me­ dios de pago internacionales, oro y plata, durante una época de moneda-mercancía que prácticamente desco­ nocía otras formas generalizadas para la liberación de deudas.

Durante el transcurso del siglo X! empieza a generali­ zarse la tranformación del movimiento circular (de las ruedas manuales o hidráulicas) en un movimiento verti­ cal a través del mecanismo de la leva, que había sido ya conocida pero escasamente utilizada desde la época ro­ mana. Mediante este artilugio el movimiento rotatorio se transforma en un recorrido de vaivén, aplicándose a los trabajos de batanado, majado de esparto, molido del mineral de hierro y, posteriormente, a los martillos pilo­ nes de la siderurgia. Inmediatamente esta fuerza de pre­ sión vertical se utiliza en la manufactura del cáñamo y en las tenerías, con el fin de machacar la corteza de roble y obtener tanino para el proceso de curtido de pieles.

Mayor importancia técnica, aunque mucho menos in­ terés práctico, presentaban las instalaciones destinadas a la generación de la energía mareomotriz, también obte­ nida por vez primera en esta centuria. Dado que el siste­ ma estaba totalmente condicionado por las atracciones solares y lunares (que afectan a la potencia e intensidad de las mareas), el aprovechamiento de esta energía im­ plicaba unos condicionamientos determinantes de

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fuera de unos puntos muy específicos. Por el contrario, en esta misma centuria se multiplican los aprovecha­ mientos de los cursos de agua para mover las ruedas hi­ dráulicas, ya aplicables a múltiples actividades produc­ tivas.

Durante el siglo xil aparece en Europa el molino de viento, invención de enorme incidencia para todos aque­ llos pueblos que se asentaban en amplias extensiones geográficas en las que los ríos carecían de una regulari- d.id en su curso y de un caudal y una potencia suficientes i '.ira proporcionar energía hidráulica en cantidades apro­ vechables.

Éste es el caso específico de la cuenca mediterránea, tuyas comunidades ribereñas por primera vez pueden Tronerarse de su dependencia de la tracción animal para diversos usos artesanales. Por la misma época, la utiliza- ■ ion de las colleras —atalajes menos rígidos y apoyados obre el esqueletaje del animal y que no se aplican direc- l.imente sobre su cuello— permite multiplicar el

rendi-Tnbajo en el campo. Códice

griego de Opiano. Siglo XI. Biblioteca Marciana, Venecia.

«... y el yugo al cuello atados / los bueyes van rompiendo los sembrados», escribía en el siglo xvi Fray Luis de León, al describir el otoño en su oda Al licenciado Juan de Cria!. Pero para entonces ya se había descubierto en otros países que el yugo no debía atarse al cuello sino a la testuz, donde el buey puede aplicar toda su fuerza sin estrangularse.

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Molino de trigo. Miniatura

del Salterio de Luttrell. Siglo XIV. Museo Británico, Londres.

El molino para trigo era originalmente movido por agua; un molino «corriente y moliente», se decía

legalmente para indicar que estaba en buen uso, en expresión hoy malentendida. Aquí vemos cómo el embalse de un molino sirve también para la pesca, aguas arriba. En este modelo, el agua cae sobre la rueda, con mejor resultado energético que en los modelos en que el agua pasaba por debajo.

miento de los animales de tiro, pudiéndose emplear va­ rios de ellos enganchados en reata. El progresivo conoci­ miento y la mayor facilidad de utilización de la energía eólica propicia la aparición de embarcaciones movidas a vela, cada vez en mayor medida independientes de la fuerza del remo.

Independientemente de lo anterior, el dominio de la técnica para cambiar el plano del movimiento y el traba­ jo de las muelas permite ampliar la utilización de los molinos para la caña de azúcar, para amolar, así como ubicar las ruedas bajo los puentes para aprovechar mejor las corrientes de agua sin necesidad de ataguías. El apro­ vechamiento energético de los cursos de agua se multi­ plica sin cesar, hasta el punto de que las presas y repre­ sas empiezan a obstaculizar seriamente el uso de los ríos como vías de comunicación, al tiempo que la concentra­ ción de buen número de máquinas hidráulicas trata de obtener una fuerza de trabajo considerablemente am­ pliada y, naturalmente, unos ingresos económicos m ul­ tiplicados.

En otro orden de cosas, consta documentalmente la existencia de granjas experimentales, con intencionali­ dad didáctica y divulgativa, donde junto a la experimen­ tación agraria se buscan mejoras pecuarias específicas mediante el cruce de ejemplares seleccionados de gana­ do ovino.

A partir de 1200, la evolución de la capacidad humana para producir innovaciones parece acrecentarse, al

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I'ii que su habilidad para buscar nuevas aplicaciones se multiplica extraordinariamente. No se trata únicamente (aunque ello de por sí ya sería importante) de un amplio dominio tecnológico, sino que implica nuevos retos inte­ lectuales, satisfactoriamente resueltos por el ingenio hu­ mano.

Lis agujas metálicas para el cardado de la lana, así como los botones, que facilitan la mejor utilización de

las prendas de vestir, se suman al telar horizontal —de antiguo conocido— que es ahora compartido por dos operarios, trabajando de forma simultánea, con lo que el nivel de la producción se acrecienta de forma sustancial. I I molinillo, para el torcido de los hilos de seda, así < orno la difusión del torno para hilar, son nuevas incor­ poraciones mecánicas que modifican cuantitativamente l.i producción de los textiles.

Los molinos para la fabricación de papel (con marti­ llos de levas o del tipo «apoyado», para la molturación de los trapos que forman la pulpa o asta); los tornos de po­ lcas y de pedales, que facilitan la elevación de fardos pe­ ídos; la sierra hidráulica; el gato elevador; la carretilla; el torno de pértiga; el molino para triturar la semilla de mostaza y de amapola; el perfeccionamiento de las

esclu-Labores de hilado y costura.

Miniatura del «Ovidio moralizado» de Chrétien Legouais. Siglo XIV. Biblioteca municipal, Rouán.

Hilar era la actividad básica de la mujer, en todos los momentos en que sus manos no tuvieran que estar ocupadas en otra cosa. Todavía hoy día hay pueblos —así. indios americanos en los que las mujeres, mientras caminan por el campo, van haciendo girar el huso colgado de una mano. Y en inglés la palabra spinster. «hiladora», ha quedado como sinónimo de «solterona»: hilar era lo menos que podía hacer una mujer.

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Sitio de Ascalón, en 1153.

Miniatura de «Les passages faits Outremer par les français contre les tures et autres sarrasins et maures outremarins», de S. Mam! rot. 1490. Biblioteca Nacional, París.

Con notable anacronismo y bastante poca precisión, esta imagen de fines de siglo xv representa la artillería que no existía en los tiempos del episodio aquí ilustrado —de mediados del siglo xu—. Lo cierto es que las técnicas de matar han solido ir por delante de las técnicas que ayudan a la vida humana: para la primacía, también en

sas para los canales o el arado con vertedera móvil, así como el timón de codaste que permite, por primera vez en Occidente, una gran fiabilidad en la dirección de las embarcaciones, han de ser considerados como avances importantísimos en el haber de este siglo. Pero, sin dis­ minuir su importancia, no se trata más que de lógicas y previsibles consecuencias y prolongaciones de los logros obtenidos en las dos centurias precedentes.

Sin embargo, hay otros campos de la técnica en los que los avances implican un cambio sustantivo en los in­ tereses en juego y en los conocimientos teóricos de base. El mecanismo de escape para la medición del tiempo; los intentos por lograr el movimiento perpetuo mediante el magnetismo; las lentes pulidas para los anteojos; la arba- lestrilla; los cuadrantes perfeccionados y el mecanismo de reloj, deben ser considerados como cuestiones de otro nivel intelectual. Cada uno por sí mismo y el conjunto de todos ellos implican una mutación esencial del

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Icelo, con un avance sustancial de los intereses científi- i os que, por primera vez, van a propiciar un maridaje entre ciencia y técnica que, desgraciadamente, se perde­ rá durante centurias para reaparecer, ya muy tardíamen­ te, en el siglo xix.

El siglo XIV verá la culminación de este proceso evolu- I ivo, al tiempo que aparecen las precondiciones para un retroceso generalizado, propiciado por catástrofes telúri- is y epidémicas. Junto a una mejora sustancial de las representaciones cartográficas y en los aparatos de medi- ción estelar (que permiten una representación visual del t nnoc i miento de las posiciones relativas del Sol y de los planetas) aparecen avances significativos en la artillería (cañones y balas metálicas para los mismos) así como en los procesos de hilado (tornos con aletas).

También en este siglo se empiezan a construir los re­ lojes de arena y se obtienen progresos considerables en la producción del cristal blanco para aplicaciones ópti- * as. No obstante, los hitos tecnológicos del siglo son la aparición del horno alto, así como los relojes horarios y

gastos, de la investigación militar, se suele aducir la excusa de que luego revertirá en usos pacíficos, lo que no siempre es verdad.

Cuadrante árabe. Museo

Arqueológico, Madrid.

El problema en determinar la posición en alta mar no se llegaría a resolver satisfactoriamente hasta el siglo xvm. La referencia a la altura del sol fue muy vaga mientras no se pudo saber con exactitud cuándo era mediodía, por más que se complicaran y perfeccionaran los astrolabios. con toda la sabiduría astronómica aportada por los árabes.

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GIOTTO: Fresco del signo

de escorpión (detalle).

Renovado por Giovanni Miretto. Palacio della Raggione, Padua.

Martillar el hierro al rojo en el yunque: ése era el procedimiento clásico para obtener un metal útil. En la silenciosa aldea medieval, el ruido del martillo ponía el primer toque de modernidad técnica, junto con la campana, que por iniciativa monástica en el trabajo benedictino, establecía la primera coordinación común en el empleo del tiempo.

astronómicos, que implican un altísimo grado de evolu­ ción intelectual en aquellas contadas personas que con­ ciben y realizan estas maravillas científicas y técnicas.

Cabe detenerse un momento en la evolución de la si­ derurgia hasta la aparición del horno alto, no sólo por sus consecuencias productivas sino porque conlleva la aplicación de ingeniosos mecanismos, anteriormente co­ nocidos, pero que ahora encuentran aplicaciones prácti­ cas determinantes del progreso de la producción del hie­ rro y el acero.

El proceso de obtención del hierro pasaba por las for­ jas o fargas, donde se obtenía un lingote de metal deno­ minado «flor», que contenía la masa metálica muy m ez­ clada con múltiples impurezas que había que eliminar mediante sucesivos calentamientos y repetidos marti­ lleos, percusiones que terminaban por separar el metal aprovechable de los residuos adheridos. La aplicación de la fuerza hidráulica al molturado de los residuos facilita la carga y el fundido de la mena.

Pero existe otra fase del proceso en la que la utiliza­ ción de la energía hidráulica, transformada y multiplica­ da por levas y bielas, y aplicada a los fuelles y martinetes, permitió obtener una mayor temperatura, hasta el punto esencial de lograr la licuefacción del hierro. Esto, junto

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< <>n un batido de la fundición, más rítmico, continuo y l'oderoso, permitió que las fases sucesivas y repetitivas se 11 ansformaran en una operación casi continua.

A partir de la fecha trágica de 1348, cuando cristalizan en una pandemia europea un sinfín de contratiempos iiue venían asolando el continente desde los inicios de la t enturia, la Peste Negra desata un sinfín de calamidades de tipo económico y social.

1.a población fue diezmada drásticamente y, conse­ cuentemente, los precarios equilibrios precedentes se rompieron trágicamente. La sociedad medieval, enfren- l.ida a situaciones límite que trascendían su simple y po­ bre comprensión de un orden y una justicia universales, se replegó sobre sí misma y dio la espalda al dinamismo v a los valores sociales que habían sido proclives a la in­ novación y al cambio. El panorama ideológico se empo­ breció y, como lógica consecuencia, la evolución técnica se frenó con la consecuente pérdida posterior, hasta el extremo de que resultaba imposible encontrar artesanos que. no ya continuasen progresando, sino que simple­ mente fuesen capaces de mantener en funcionamiento los ingenios mecánicos construidos en las centurias an­ teriores.

Ante el desarrollo de los acontecimientos precedente­ mente descritos, ¿es factible sostener la tesis de que efec­ tivamente existió una Revolución Industrial en el Me­ dioevo?

Quienes se pronuncian afirmativamente hacen resal­ tar una serie de argumentos, algunos de ellos de dudable entidad, entre los que fundamentalmente cabe destacar tres aspectos diferenciados: a) el aprovechamiento, ma- ximalista y racional, de la energía hidráulica: b) el pro­ greso tecnológico en la construcción de engranajes y en

las técnicas de transformación de movimientos, que per­ mite su aplicación casi indiscriminada a la mayoría de los procesos evolutivos, y c) la concentración de potencia en los montajes múltiples de ruedas hidráulicas que, en algunos casos, superaron con creces los rendimientos posteriormente obtenidos por las primitivas máquinas de vapor.

La rueda hidráulica horizontal aparece ya en dibujos de la época romana y consiste, fundamentalmente, en una rueda de paletas, parcialmente sumergida en posi­ ción horizonal en el agua de un río, cuya corriente ha sido desviada al efecto. El chorro que se dirige a las pale­ tas (y que debe ser lo más potente y caudaloso posible) las hace girar sobre su eje vertical, cuyo extremo, situa­ do sobre la superficie, contiene la muela móvil del moli­ no harinero. Es la más sencilla de las máquinas

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hidráuli-Historia Je Ilayad y Riyad.

Miniatura del siglo XIII. Ilililioteca Vaticana.

1.a noria es una rueda que no sirve para mover máquinas sino para elevar agua, en unos casos por la fuerza de un animal que la hace girar con la ayuda de un engranaje; en otros casos, por la fuerza de la misma corriente, que eleva así una parte de su propia agua para usos de riego en huertas y jardines.

cas, pero la potencia total obtenible es inferior a un ca­ ballo de vapor y su rendimiento escasísimo, entre un 5 y un 15 % de la energía absorbida.

Las ruedas verticales pueden presentar dos tipos de alimentación: inferior o superior. En el primer caso, el más común y conocido, las palas se disponían de forma radial entre el cubo o eje de la rueda y una circunferen­ cia exterior que daba rigidez al conjunto. El agua, al chocar contra las paletas que están parcialmente sumer­ gidas en el líquido, imprimía un movimiento de rotación a la rueda que ésta transmitía por mediación del eje ho­ rizontal hasta el lugar de su aprovechamiento, situado a orillas del río. Naturalmente, las características de la co­ rriente, su regularidad, caudal y velocidad, influían po­ derosamente en el rendimiento, que podía alcanzar por término medio entre 2 y 3 caballos de fuerza útil, con un rendimiento energético del 20 al 30 %.

Las ruedas hidráulicas de alimentación superior pre­ sentaban una mayor complejidad técnica y ciertas difi­ cultades para su construcción, requiriendo además unas condiciones específicas para obtener el máximo aprove­ chamiento en la caída del líquido impulsor. La realiza­ ción de la circunferencia de la rueda había de ser más ro­ busta, puesto que debía admitir unos canjilones sobre los que caía el agua desde una cierta altura y se descarga­ ban al llegar a la parte interior del giro. En esta rueda, el peso del agua contenida en los canjilones era el que im­ primía el movimiento de rotación al conjunto que, por lo demás, se comportaba en el resto del proceso como la

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descrita anteriormente. Se puede observar fácilmente que esta rueda es prácticamente una noria pero con fun­ ción de producir energía en vez de consumirla para ele­ var el agua. Las potencias medias oscilaban entre 5 y 7 i aballos, aunque llegaron a construirse piezas muy espe­ ciales que desarrollaban hasta 40 caballos. El rendimien­ to era muy superior al de los dos modelos anteriormente mencionados y oscilaba entre el 50 y el 70 %.

Hasta la aparición de la turbina, ya en el siglo xix, las i uedas hidráulicas eran la forma más barata, sencilla, ro­ busta y fiable de obtener energía cinética de origen no animal.

Desde la época romana eran conocidos los engranajes que en un principio permitían transformar la dirección y el sentido de rotación de un eje, desde el plano vertical al horizontal y viceversa. Pero su verdadera utilidad y am­ plio campo de utilización factible comenzaron a demos­ trarse desde el momento en que empezaron a ser utiliza­ dos para aumentar o reducir la velocidad de rotación, con lo que sus aplicaciones se ampliaron extraordinaria­ mente. La mayoría de estos mecanismos eran de madera, por lo que se hacía necesario llegar a un completo domi­ nio de las técnicas metalúrgicas para poder fundir las complicadas ruedas dentadas, las coronas y los

engrana-Vendimia y prensado de la uva. Fragmento del mes de

octubre. Hacia 1405. Castillo de Buonconsiglio, Trento.

Con un mecanismo de tornillo y palanca se manejaba esta prensa para uvas, aportando la fuerza de un par de ayudantes. Cierto es que este adelanto técnico no suprimió la costumbre de pisar la uva, que requiere mucha energía humana, pero que tiene sus insustituibles virtudes en cuanto al gusto.

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jes, que permitieron construir los relojes astrales a los que anteriormente se ha hecho referencia.

Cuestión de suma importancia supone la transforma­ ción del movimiento rotatorio en un movimiento lineal y, con posterioridad, en otro de vaivén o doble sentido. El primer efecto se obtiene con cierta facilidad a través de un juego de levas, mecanismo que presenta una gran simplicidad. Sobre un eje vertical se adosa una cuña (leva) sobresaliente en un punto, protuberancia que es accionada por otro resalte (una segunda leva), dispuesta sobre el borde exterior de una rueda dotada de movi­ miento circular. De esta forma, a cada giro de la circun­ ferencia el contacto entre ambas levas (que se produce en un punto determinado del recorrido circular) hace que se eleve el eje, bajando bruscamente el conjunto cuando ambos resaltes dejan de estar en contacto por es­ caparse la cuña solidaria a la rueda en el momento de completar ésta cada revolución.

El progresivo dominio de la técnica y la superior habi­ lidad para obtener formas de ensamblaje, más fuertes y fiables, facilita la utilización del balancín y la biela para obtener movimientos horizontales de doble efecto, ele­ vando considerablemente los pobres rendimientos obte­ nidos mediante las levas anteriormente descritas.

La biela no deja de ser una inteligente evolución del sistema anterior, aunque precisa un mayor desarrollo conceptual para diseñarla y construirla. Al extremo de un eje, dotado de un movimiento de rotación, se dispone un brazo, en ángulo recto, que describe una circunferen­ cia de radio mayor al del eje móvil. Sobre este brazo y ar­ ticulado libremente, se sitúa una pletina o segundo bra­ zo que es donde se produce la transformación del movi­ miento. En efecto, una de las cabezas de este segundo brazo acompañará al primero en su movimiento de rota­ ción, en tanto que el otro extremo del mismo obtendrá un movimiento de vaivén. Naturalmente, se precisa que ninguna de las articulaciones estén fijadas rígidamente, sino que, por el contrario, pueda hacer un libre juego mediante pernos o ensambladuras.

Resueltos los problemas esenciales para la captación de la energía, así como el de la transmisión y transfor­ mación del movimiento generado, la siguiente cuestión a enfrentar era el aumento de la potencia obtenida me­ diante máquinas más perfeccionadas. Muy pronto la pro­ liferación de ruedas, yuxtapuestas sobre un mismo eje solidario y dispuestas en los ríos adecuados, se observa por toda Europa. Pero la misma multiplicidad de instala­ ciones suscita problemas sociales y económicos más que técnicos. Por ello, esta cuestión había de afrontarse des­

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de una perspectiva más racional: a través del diseño de sistemas de ruedas hidráulicas que, trabajando conjunta y solidariamente, aprovechasen al máximo el caudal dis­ ponible en una situación dada.

Estos tres argumentos parecen inclinar la balanza ha- cia una respuesta afirmativa a la pregunta de si tuvo lu­ gar o no una Revolución Industrial medieval.

Evidentemente, en la Edad Media se obtuvo un apro­ vechamiento energético superior al de cualquier otro pe­ ríodo histórico anterior y, sin la menor duda, su impacto sobre la producción hubo de ser considerable, tanto cuantitativa como cualitativamente.

Pero existen otras consideraciones que hay que tener igualmente presentes. Por una parte se aduce que las he­ rencias y transferencias tecnológicas desde la romanidad restan importancia a los logros medievales, ya que éstos serían una simple evolución de la situación heredada. In­ ventos que no habían tenido desarrollo en su tiempo his­ tórico por falta de incentivos económicos, dada la abun­ dancia de mano de obra esclava. La argumentación no

Escena de la vida laboral en París. Siglo XIII. Miniatura

de la «Historia de St. Denis». Biblioteca Nacional, París.

Un gran río permitía instalar varios molinos harineros en batería. Los molinos eran propiedad de señores que obligaban a sus vasallos a utilizarlos en exclusiva, cobrando la «maquila» en especie: un ejemplo de cómo la técnica está siempre en relación con la propiedad y con el poder, lo cual en un sentido estimula pero en otro sentido la frena, por miedo a nuevas revoluciones

producir?®^

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Taller de fabricación de moneda. Miniatura de «De

origine monetarum», de Nicolás de Oresme. Siglo XV. Biblioteca Nacional, París.

Al principio, la acuñación de monedas se hacía martillando sobre el metal precioso

— más blando— hasta darle la forma del troquel —de metal más duro—. Luego las «cecas» o casas de moneda emplearon martillos movidos por la fuerza de una corriente de agua —en Segovia se conservan restos de una—.

resulta muy consistente, puesto que se trata de una con­ sideración de tono menor ya que nos referimos a esta­ dios de un proceso evolutivo continuado en el tiempo, y que las innovaciones y modificaciones se producen cuan­ do son socialmente necesarias.

Más importancia tiene la evidencia de una solución de continuidad en el progreso en la evolución: la ruptura del proceso acumulativo. La cesura que se produce du­ rante la crisis de los siglos xiv y xv hace retroceder el co­ nocimiento técnico y los aprovechamientos prácticos.

b i í m ^ u m t u S c m r a a f i ó m e Kt A U t p n

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Sopesados los argumentos expuestos, nos parece que l.i respuesta ha de ser negativa en conjunto. Existió un ,iv,mee considerable, que no puede ser desconocido ni menospreciado. Pero no llegó a producirse la Revolución Industrial Medieval. Taxativamente no, si entendemos que tal revolución ha de presentar una continuidad que mnduzca indefectiblemente hacia la consecución de . imbios estructurales.

Y posiblemente no pudo tener lugar tal fenómeno por­ que la estructura socioeconómica medieval no estaba ca­ pacitada para soportar la tensión dinámica que ineludi­ blemente comporta una Revolución Industrial, la inercia de una situación en perpetuo crecimiento acumulativo.

Pero los problemas aparecidos a mitad del siglo XIV,

graves y de duración secular, no supusieron la paraliza­ ción absoluta de la vida material, ni solventaron las ne­ cesidades humanas, ni borraron la memoria colectiva, ni eliminaron completamente las tradiciones culturales.

Hacia la mitad de la centuria siguiente, un nuevo pa­ norama se presenta sobre la faz de Europa, especialmen­ te en los países mediterráneos y en algunos otros rinco­ nes específicos continentales.

La reconstrucción del tejido demográfico —tras las pandemias pestilenciales— propiciada igualmente por el cese de conflictos generalizados (las guerras de los Cien Años, de las Dos Rosas, conflictos dinásticos en Castilla y Aragón, etc.) conllevan nuevas necesidades materiales y nuevos retos a afrontar para hacer frente a una demanda creciente y generalizada.

La ampliación de los horizontes geográficos conocidos (descubrimientos y asentamientos africanos, americanos v asiáticos) implica nuevas necesidades técnicas en el te­ rreno de la orientación astronómica, la construcción na­ val y la cartografía.

El sitio de Orleans: Miniatura

del siglo XV. Biblioteca Nacional, París.

La pólvora, llegada de Oriente, significó una revolución de alcance político, derribando con la artillería los viejos castillos, que hubieron de ser sustituidos, bajo las grandes monarquías europeas, por nuevos sistemas de fortificaciones inclinadas, con grandes espacios en terraplén abierto para barrer al enemigo. Como respuesta, a finales del siglo xvm se inventó la bala hueca, el obús explosivo, aniquilador de vidas y edificios.

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Sitio de Maestricht por las tropas de Alejandro Famesio.

Siglo XVI. El Escorial, Madrid.

Para el combate en campo abierto, las armas de fuego tardaron en ser tan eficaces como las ballestas, por lo engorroso del proceso de carga. Todavía los «tercios» españoles, como su nombre indica, tendrían sólo una tercera parte de los arcabuceros, necesitando ante ellos un cuadro de picas que frenase a la caballería enemiga para poder disparar eficazmente contra ella.

La multiplicación de los intercambios comerciales precisaba ineludiblemente de unos medios de pago que, mayoritariamente, estaban representados por la mone­ da-mercancía en oro y plata, lo cual suponía la necesidad de profundizar las minas donde se obtenía la materia pri­ ma imprescindible para la acuñación.

En fin, una nueva concepción ideológica del mundo, que hemos convenido en llamar Renacimiento, vuelve a propiciar un estado de situación comparable al que en los siglos xj-x iii llevó a la evolución tecnológica descrita en las páginas precedentes.

La obligada profundización de las perforaciones mine­ ras, la evolución de la poliorcética, el crecimiento cuan­ titativo y cualitativo de la artillería y la transformación de la ingeniería militar y civil suscitaban problemas y proponían soluciones teóricas que la técnica debía afron­ tar en el plano empírico de las realizaciones prácticas.

La imprenta se presenta como el invento idóneo para lograr una amplísima difusión del saber, anteriormente limitado por la supeditación a las difíciles, raras y costo­ sas copias manuscritas.

Así, los genios de los siglos anteriores como Villard de Honnecourt, Cuy de Vigevano, Robert Grosseteste,

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ter de Hemley, Pierre de Maricourt, Pietro de Crescenci, Richard Wallingford o Giovanni Dondi, tras una cesura de duración secular, aparecen continuados por nombres como Kyeser, Bruneleschi, Paolo Ucello, Piero delta Francesca, Taccoio, Sanmichelli, Francesco de Marchi, Georg Bauer «Agrícola», Vannoccio Biringuccio, Valtu- rio, Donatello, Benvenuto Cellini, Giovanni Battista Al- berti, Francesco di Giorgio Martini, Domenico Fontana, Leonardo da Vinci, Albert Durero, Bellarmato, Jacques Besson, Zonca, Ramelli, etc.

Toda una pléyade de nombres importantes, algunos de ellos simplemente conocidos, otros bastante famosos, incluso alguno genial, se nos presentan generalmente vinculados a grandes obras de arte (arquitectura, pintu­ ra, escultura y orfebrería), pero que en realidad fueron

Imprenta Gutenherg.

Miniatura de un manuscrito francés del siglo XVI. Biblioteca Nacional, París.

Partiendo de la boga alemana de los grabados de madera para ilustrar códices baratos y numerosos, Gutenberg inventó la imprenta, con tipos móviles de una aleación metálica que durante mucho tiempo no fue mejorada, con una tinta especial y con la ya clásica prensa de tornillo. La nueva técnica cambió la mentalidad cultural, como luego pasaría con los medios de reproducción del sonido y con los medios audiovisuales.

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mentes polifacéticas que brillaron en diversos campos del ingenio humano.

Las obras De re aediñcatoria (1485), Trattato dell'arte delta seta (1487), De inventoribus rerum (1499), fíerg-büchlein (1505), Líber de arte distillandi de composltis

(1512), La pirotechnia (1540), De Re Metallica (1556),

Trattato dell'architettura militare (1599), Las diferentes máquinas artificiales (1588), Nuevo teatro de máquinas y edificios (1607), describen multitud de ingenios mecáni­ cos como grúas rotatorias y cabrestantes; bombas aspi­ rantes e impelentes; esclusas de puertas móviles, tanto verticales como horizontales; tornos para torcer los hilos de seda cruda; máquinas de forjar, tejer y cardar; siste­ mas para mejorar la dirección y conducción de carretas; suspensiones para los transportes de personas y métodos para construir mecanismos autopropulsantes mediante

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la aplicación de la energía humana. Planifican la deseca­ ción de regiones pantanosas, la canalización de cursos de agua irregulares, así como la unión de rutas navegables interiores, al tiempo que ordenan las instalaciones por­ tuarias de acuerdo con las necesidades de las nuevas em­ barcaciones. Diseñan novedosos tipos de fortificaciones para resistir el asedio de la artillería y sistematizan la búsqueda y construcción de los cada vez más necesarios yacimientos minerales, al tiempo que racionalizan el tra­ bajo de los metales, la fundición de cañones, etc.

No todos estos procesos, ingenios, artificios o modifi­ caciones descritas en los libros mencionados tuvieron una realidad empírica. Sabido es que muchas de las ideas de Leonardo da Vinci sólo fueron anticipaciones imposi­ bles de realizar en su época. Pero es mucho menos cono­ cido que el genio leonardesco no estaba tan solo, tan

CORNELIS ANTHONISZ:

Naves portuguesas del primer cuarto de siglo XVI en el puerto de Niza.

La galera de remos conservó una gran utilidad militar en el Mediterráneo hasta el siglo xvii —como saben los lectores de Cervantes—, también por depender poco del viento. Mientras, las nuevas naves transoceánicas, a la vez que se hacían más rápidas por su perfil y su velamen, aumentaban su artillería y su fuego de arcabuces para la lucha de cerca —como también atestigua «el manco de Le panto»—.

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Reloj gótico. Siglo XV.

La sincronización en el trabajo, viejo descubrimiento de la monástica benedictina, está en la base de la posterior industrialización, porque no habría tenido sentido la máquina sin el sistema de la factoría en grupo. El reloj —se ha dicho— es la primera y más importante de las máquinas, aunque no trabaje.

desconectado de su tiempo, como algunos de sus exége- tas han pretendido. Está demostrado que sus geniales pensamientos estaban basados en precedentes inmedia­ tos y que sus ideas eran comprendidas en su entorno in­ telectual por una élite de contemporáneos del polifacéti­ co personaje. Su genialidad reside en su intento de racio­ nalización, en su capacidad para inventar un método para analizar, comprender, sistematizar y explicar a ni­ vel conceptual procesos que la naturaleza le mostraba y que, en principio, se hallaban fuera de la comprensión del común de los mortales.

Pero, a los fines generales de esta obra, resulta más in­ teresante describir la evolución de las técnicas y de los inventos que tuvieron mayor relación con los intereses de la vida cotidiana para la sociedad de los siglos xvi y xvn, de cara a enlazar, sin solución de continuidad, con la centuria en que se produjo la Revolución Industrial propiamente dicha.

La navegación constituía el interés más inmediato para la sociedad renacentista, por lo que no es extraño que el ingenio humano se volcara en el intento de dar solución a los complejos problemas de las expediciones por lugares ignotos y peligrosos. Así, la evolución de las propias embarcaciones, de los instrumentos de medida y situación, y de las técnicas y condiciones de navegación, se presentan como el campo de experimentación más ló­ gico de aquel momento.

Las embarcaciones de carga, lentas y pesadas, del tipo de las cocas, naos y carracas, así como las bajas galeras mediterráneas y las manejables carabelas de los descu­ brimientos, todas ellas embarcaciones altamente espe­ cializadas, fueron transformándose en los galeones (típi­ cos de la «Carrera de Indias» y, por extensión, de los via­ jes transoceánicos) y, posteriormente, en los fluits o fili- botes, embarcaciones que dieron a las Provincias Unidas el monopolio de los fletes marítimos a finales del si­ glo xvi e inicios del xvu.

Los portulanos de líneas estrelladas y primorosos di­ bujos más o menos fantásticos se convirtieron en cartas planas o cilindricas, con meridianos y paralelos, en tanto que los cuadrantes y astrolabios medievales se simplifi­ caban, vulgarizándose su uso, o se sustituían por las ar- balestrillas o «bastón de Job» que, junto a las tablas de declinación solares y magnéticas y las correderas, permi­ tían la navegación «a estima» hasta el siglo xvn, en que se consiguió una verdadera navegación loxodrómica, siempre en espera de un cronómetro lo suficientemente perfeccionado como para que permitiese conocer la lon­ gitud y no tan sólo la latitud.

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