El ser humano es parte inseparable de esa totalidad que llamamos “Universo”, si bien una parte limitada en el espacio y el tiempo. Sin embargo, en una especie de ilusión óptica de su conciencia, se experimenta a sí mismo y a sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto. Esta ilusión es como una prisión que nos limita a nuestros deseos personales y al afecto hacia unas pocas personas que nos son próximas. Nuestra tarea debe consistir en liberarnos de esta prisión.
- Albert Einstein -
Sólo una mente silenciosa puede percibir Aquello sagrado que no tiene nombre ni medida.
UNO
Agarrar la maleta y meter cuatro cosas en ella para perderse durante siete días en un pequeño pueblo de la provincia de Cáceres en un retiro de silencio no tiene mucha explicación.
Es lo que me pedían cuerpo y alma desde hacía ya algún tiempo. Simplemente.
Me parecía un auténtico lujazo apagar todas las luces y sonidos que adornan la vida cotidiana de cualquier persona y desaparecer, desconectar y olvidar, entre otras muchas cosas, las muy estresantes presiones del trabajo.
Con 47 años a mis espaldas parece que es tiempo de empezar a hacer balance y echar un vistazo a lo aprendido en el camino recorrido hasta ahora, si es que he aprendido algo.
En una tarde de hace aproximadamente unos tres meses, rememoraba los momentos y experiencias vividas desde que terminé mis estudios de bachiller, nada más y nada menos que hace 30 años de eso. La reflexión me la provocó el siguiente parrafo de una biografía que acababa de leer y en donde el autor, ya en la vejez, hacia un recuento de deseos y necesidades a lo largo de su vida en una explosión de rebeldía contra la inevitable decadencia que, de forma evidente, ya hacía mella en él.
“Quería estudiar y encontrar trabajo, el mejor trabajo posible adecuado a lo que me gustaba hacer en la vida, y lo
conseguí. Gané dinero suficiente para llenar mi vida de bienes materiales y comodidades de toda clase. Tal y como planeé tuve hijos que crecieron sanos y fuertes tanto física como psicológicamente, estudiaron y recibieron una buena educación que les permitió también encontrar un buen trabajo, pronto fueron independientes economicamente. Me pude permitir el lujo de frecuentar buenos restaurantes, viajar, conocer mundos, culturas y enriquecerme con todo ello. Conseguí la pareja que tanto deseaba desde hacía mucho tiempo, tuve relaciones sexuales plenas y satisfactorias con frecuencia. La verdad es que me llevaba bien con todos, tuve unas buenas relaciones sociales y me consideraba querido y respetado. Durante la mayor parte de mi vida he disfrutado de una buena salud.
Sin embargo, a pesar de haber alcanzado en mi vida la mayor parte de las metas que me había fijado, hoy siento pánico ante la cercanía de la muerte, me encuentro vacío y desesperado.”
Si somos honestos hemos de reconocer que éstos son también, al menos parcialmente, los deseos y anhelos que marcan el rumbo de nuestras vidas. Podemos darle todos los nombres que se nos ocurran y colocarlo en la cultura, sociedad o momento de la historia que queramos, al fin y al cabo la realidad última, el análisis último de lo que ahí sucede, es que nuestra mente se convierte en un inacabable foco de deseos de toda índole que generan en nosotros constantes preocupaciones, frustraciones, tensiones, ansiedades, miedos, tristezas, depresiones y hasta, en ocasiones, profundo sufrimiento.
deseado es malo en sí mismo. El problema surge cuando cualquiera de esas cosas se convierte en el objetivo prioritario de nuestro actuar diario, en la motivación principal de nuestras vidas, y nos hace aferrarnos a los objetos de deseo que genera nuestra mente sin cesar. El apego genera sufrimiento en la ganancia y en la pérdida. Dicen que hay dos formas de ser desdichado: 1) no conseguir lo que se desea y 2) conseguir lo que se desea.
El problema no es conseguir cosas o alcanzar metas, el problema es el apego a lo conseguido. Apegarse supone covertirse en prisionero de lo obtenido. Si eso ocurre tendemos de forma espontánea a reaccionar constantemente ante la pérdida de lo que anhelamos. Esa pérdida va a llegar a nuestras vidas más tarde o más temprano porque todo sufre un constante proceso de desgaste. Aunque no lleguemos a
percibirlo con nuestros sentidos todo esta cambiando a cada segundo en un eterno proceso de degeneración y desaparición, y ésta pérdida nos genera sufrimiento en
cualquiera de sus muchos grados.
Visto así, la vida se convierte en una carrera de unos pocos años en una busqueda frenética del placer y una desesperada huída del dolor y el sufrimiento. Sin embargo hay otra actitud diferente a la de buscar y huir continuamente: la de quedarse quieto. Quedarse quieto y contemplar la realidad desde otro lugar de la mente.
“Solemos vivir contemplando el mundo únicamente a través de los mitos populares que nos han proporcionado. Los cantos empobrecidos de nuestra cultura se venden por doquier: el mito del materialismo y la posesividad, que nos dice que los bienes mundanos traen la felicidad; el mito de la
competitividad y el individualismo, que produce tanto aislamiento; el mito del logro y del éxito, que lleva a subir la escalera sólo para descubrir que estaba frente a la pared equivocada, el mito de la juventud, que produce una cultura de eterna adolescencia compuesta de imágenes publicitarias como modelo de realidad. Se trata de mitos de apego y separación.”
En oposición a esa visión de la realidad en la que todo se interpreta en clave dual, es decir, bueno o malo para uno mismo, existe otra concepción en donde uno es consciente de su realidad transitoria y encara la vida libre de deseos y metas que alcanzar.
Ante la perspectiva, nada alentadora, de experimentar la vida como un “salvése quién pueda” hay muchos autores de libros best-sellers que nos hablan de otra forma de manejarse con el mundo y con la vida, anunciando a bombo y platillo que hay una salida para todos nuestros males en forma de mágicas recetas. En este terreno la selva es enorme, hay mucha maleza y trampas de toda clase cuyo objetivo prioritario es obtener pingües beneficios al amparo de nuestra, en ocasiones, imperiosa necesidad de cambiar el rumbo de nuestras vidas y encontrar un sentido a todo esto más allá de lo que nos hacen creer nuestros sentidos.
Este tipo de cosas me recuerdan a los charlatanes del Oeste americano que iban de pueblo en pueblo vendiendo milagrosos remedios curalotodo en forma de repugnante brevaje. Para cuando el pueblo se había percatado del engaño e iban en masa en busca del sujeto para proceder a su emplumamiento (inicial baño de alquitran y posterior de plumas) el mismo había puesto pies en polvorosa con la saca
llena de las esperanzas puestas en él en forma de dólares.
En todo caso no es justo meter a todo el mundo en el mismo saco, ni en esto ni en nada. Generalizar alegremente puede hacernos perder ocasiones autenticamente valiosas, y ésta que os voy a relatar podría ser una de ellas. A unos les da por jugar al ajedrez, otros por la pesca y otros por recoger setas en temporada, cada uno hace con su tiempo libre lo que le pide el alma. A algunos nos da por hacernos preguntas y querer tener respuesta de alguien que dice tenerlas. En mi caso, y por las circunstancias que fueren, desde jóven me he planteado esa clase de cuestiones que, en ocasiones, me daban vueltas sin parar en la cabeza. Poco tengo ya que ver con ese adolescente que se interrogaba constantemente, he “muerto y nacido” varias veces desde entonces, sin embargo sigo haciendome muchas preguntas acerca de mi realidad cotidiana y de la no tan cotidiana.
“Mucha gente se siente atrapada en las rutinas de la vida cotidiana, que parecen privar de sentido a su vida. Algunos creen que la vida pasa de largo ante ellos, o que ya pasó. Otros se sienten gravemente limitados por las exigencias de su trabajo y de mantener una familia, o por su situación económica o vital. Algunos están consumidos por un estrés agudo, otros por un aburrimiento agudo. Unos se pierden en una actividad frenética; otros se pierden en el estancamiento. Mucha gente suspira por la libertad y expansión que la prosperidad promete. Otros ya disfrutan de la libertad relativa que conlleva esa prosperidad y descubren que eso no basta para dotar de sentido a su vida.”
“Y entonces, cuando creías que habías triunfado o que habías encontrado tu sitio, comienza el movimiento de retorno.
Puede que empiecen a morir personas muy próximas a ti. Tu cuerpo se debilita; tu esfera de influencia se encoge. En lugar de hacerte más, te vas haciendo menos, y el ego reacciona a ésto cada vez con más angustia o depresión. Tu mundo está empezando a contraerse y puede que descubras que ya no lo controlas. Y un buen día tu también desapareces, y queda un espacio vacío. Tu vida era una manera única en la que el Universo se experimentaba a sí mismo.”
Lo que a continuación voy a relatar es el dia a dia de un retiro en una Hospederia muy cercana a un pueblecito de la provincia de Cáceres, Robledillo de la Vera, en el que durante una semana realicé un retiro de silencio al abrigo de una autora incluída en la nómina de pensadores de la llamada Sabiduría Perenne, empeñados en ese camino de liberación. Fue una grandísima sorpresa para mi "toparme" con una coetánea española en plena y ferviente actividad, Consuelo Martin, autora de más de una quincena de libros, a cual de ellos más inspirador, y cuyo denominador común es el intento de enseñarnos a desarrollar el arte de la Contemplación desde el Silencio interior. Consuelo es experta en el llamado pensamiento no-dual y exponente de la tradición Vedanta Advaita hindú.
Vaya por delante que el presente relato sólo tiene la pretensión de contar cosas, en este caso más del mundo interior que de sucesos externos, pero me gustaría también transmitir la impresión de que a través de estas páginas mal redactadas asumo el papel de intermediario entre el homo
vulgaris (distinguido club al que por supuestísimo tambien
tengo el honor de pertenecer) y ese a veces jeroglifico mundo de la espiritualidad que tan a menudo aburre a los no acostumbrados con sólo leer unos cuántos párrafos. Quizás lo
que a veces se echa de menos entre tanta solemnidad espiritual es unas pequeñas gotas de humor, eso sí, con todo el respeto del mundo por todo y por todos. Faltaría más.
La aventura que ahora quiero contar casi en vivo y en directo se gestó a principios del presente año 2011, cuando en el deseo de profundizar lo que la filosofía hindú podía enseñarme, y después de mucho bucear por internet, tecleé en Google la palabra "no dual". Allí descubrí a Consuelo. Las no muchas reseñas que sobre ella leí atrajeron mi atención sobre su obra. No era una autora “mediática” y eso me gustaba. He podido comprobar repetidas veces a lo largo de mi vida la verdad de que "cuando el alumno esta preparado el maestro aparece", yo sustituiría la palabra maestro por enseñanza. Dicho de esta manera pudiera pensarse que Dios está detrás de Google, pero no voy a darle ese gustazo al millonario autor del inventito buscador y voy a decir que los designios de la providencia divina son insondables, ¿o eran inescrutables? ¿quizás inaprensibles? ¿incognoscibles?, bueno da igual, el caso es que, a pesar de tener la certeza de que no hay ninguna mano divina ahí fuera cometiendo desmanes de todo tipo como los que se han cometido en este planeta tengo también la sensación de que las cosas no ocurren por casualidad.
Cuestión bien distinta es la razón de haber llegado a teclear aquel día de enero de 2011 la palabra “no dual” en la pantalla de mi ordenador. Sólo eso ya sería motivo de otro relato de no-ficción que abarcaría cuarenta y tantos años de vida y no es cuestión de hacer nacer tan monstruoso engendro. Sólo añadiré que podría ser que el motivo de teclear aquello en aquel día y lugar sea el mismo por el que quizás tu, lector, estés leyendo estas palabras. La causalidad.
En todo caso alguien dijo que el mejor motivo para hacer algo era no tener motivo alguno, y a mi también me parece ésta la mejor razón. La corriente del océano me ha traido hasta esta orilla y el impulso, la inspiración y la intuición han hecho el resto.
También es de obligado cumplimento aclarar que el puzzle completo de estas penosas páginas fue culminado en casa, sobre todo porque el penúltimo día del retiro fué un poco... “especial”. Lo que en él ocurrió no estaba previsto en el guión e impedió en buena medida que el diario se completara en el lugar en donde todo sucedió. Pero como no hay mal que por bien no venga, dicho salto de guión ha permitido adornar la narración con citas y nuevas entradas que, en mi opinión, han enriquecido el relato hasta el punto de hacerlo algo más digerible de lo que en un principio hubiese sido. De muchas de las citas que incluí no se hace constar su autor por la simple razón de que lo desconozco, y la causa no es otra que la manía, adquirida por mi ya hace unos años, de anotar rapidamente aquellas ideas, frases, conceptos, etc., que llamaban poderosamente mi atención, y que había oído o leído en cualquier lugar. Lo importante es que en esas citas encontré los temas recurrentes que durante estos últimos años han estado dando vueltas a mi cabeza y que, casi podria decirse, constituyen mi pequeño “Manual de instrucciones de la vida”, ésa es la razón de que las haya volcado en este pequeño y modesto relato.
Por último ha de advertirse que esta crónica del retiro es más una exposición de las reflexiones que me generaba el aislamiento y el silencio impuestos que una descripción de sucesos externos. Las distintas entradas que a lo largo del día
iba insertando en el relato están indicadas por un asterisco para situar al lector en los cambios de los diferentes momentos y estados de ánimo del que suscribe. Una vez releído tranquilamente todo lo escrito por mi en esos días de diciembre, percibí que la narración comienza en un tono alegre y vital y conforme va transcurriendo el tiempo de retiro se va transformando en un relato totalmente reflexivo. No había nada premeditado en todo esto, mi única intención era sólo dejar la mente volar en total libertad para decidir la mejor manera de expresar cosas muy complicadas de describir.
No importa quién está detrás de este atrevido intento de hablar sobre cosas tan sutiles, impalpables y abstractas. El que ésto escribe se encuentra a gusto en el silencio y el anonimato aunque sólo sea por el hecho de querer distanciarme lo suficiente del personaje que, para bien y para mal, con sus luces y sus sombras, me ha tocado vivir. A mi, personalmente, la realización de este relato me sirvió de clarificación de ideas, siempre me gustó escribir y no tengo ni idea siquiera de si llego a ser algo inteligible, pero en mi contra diré que también me gusta cantar en la ducha cuando estoy solo, y lo hago fatal. Así que aunque solamente sea por eso, por el gusto de escribir, ya habrá merecido la pena.
VIERNES, 2 DE DICIEMBRE
La verdad es que seiscientos veinte kilometros son muchos kilometros para un día de coche pero no es la primera vez que me embarco en situaciones de este tipo. Hace ya unos años sin pensarlo mucho cojí un avión y me plante en Cork (Irlanda), con poco dinero y aún menos conocimientos de inglés. Previamente, vía internet, había alquilado un coche para recoger en el aeropuerto a fin de poder llegar a un Monasterio Dzogchen perdido en el más remoto sur de Irlanda, tan remoto que a pocos kilómetros del Monasterio se acababa la carretera. Lo curioso en este caso es que el coche reservado fué el más modesto (por barato) de los disponibles, sin embargo, ya en el aeropuerto irlandés, logré entender a la dependienta de Hertz, empresa de alquiler de vehículos, que no existía en ese momento disponibilidad del modelo escogido, así que me sería entregado otro de gama superior, sin coste alguno por supuesto. Je!, al llegar al parking de la empresa en el aeropuerto, el coche resultó ser la edición deportiva del Opel Astra con llantas de aleación, lunetas tintadas, asientos de cuero negro y dos bafles traseros que ya los quisiera para sí los ACDC (banda de rock duro en estado puro). Poco acostumbrado como estaba yo a los coches deportivos, cada vez que pisaba un poco el acelerador mi cabeza salía despedida hacia atras como si me hubieran dado un repentino latigazo o electroshock, así que sonriendo para mis adentros me visualicé a mi mismo entrando en el Monasterio Dzogchen (con el fin de realizar un retiro de meditación) arrastrando ruedas y los bafles vibrando a toda pastilla con la música de El Fary, aquello era la risa, aunque no sabía yo si los monjes al
verme y oirme no saldrian corriendo y se tirarían de cabeza al océano desde la posición privilegiada que ostentaba el monasterio sobre unos maravillosos y altísimos acantilados.
Pero la cosa no acabó ahí. Los lugareños que se cruzaban conmigo en la cada vez màs estrecha y destartalada carretera que conducía al monasterio me saludaban sin soltar el volante levantando el dedo índice. Tardé en darme cuenta que era el sistema de saludo típico de aquella comarca de Irlanda, y el descubrimiento lo realicé al esperar largo rato con paciencia budista a que un ganadero se apartara junto con su enorme vaca del medio de la carretera, al pasar junto a él lo saludé amablemente y él a cambio me respondió con la mejor de sus sonrisas levantando el dedo índice y formando junto con el pulgar una L inversa (o al menos así lo interpreté), así que a partir de ese descubrimiento me encantó ser yo el que, desde mi apabullante deportivo con matricula irlandesa, fuera saludando a mis "compatriotas" irlandeses. El asunto destilaba simpatía y buen humor por los cuatro costados... hasta que la cosa del tiempo empezó a ponerse también irlandesa, es decir nubarrones, chaparrón, relampagos y una niebla que no veía ni los limpiaparabrisas de mi coche y todo ello en lo que ya se había convertido en un camino de cabras con cabida para coche y medio con suerte. Así que la sonrisa se me congeló en la cara y fue sustituída por un gesto de total preocupación y tensión buscandole alguna gracia o algo positivo al asunto y.... al final lo encontré (no el monasterio sino el lado positivo): ya no tenía que preocuparme por estar muy atento y conducir en el lado izquierdo del coche por el lado izquierdo de la carretera, a esas alturas de la pelic... digo de la carretera ya no había lado izquierdo ni derecho sino un estrecho centro por el que circulaba bastante asustado y a una milla por hora con mi superdeportivo irlandés... y de esa manera tan poco triunfal
entré en el monasterio. Yo me imaginaba que la niebla tan densa se me había metido hasta dentro del coche y desde fuera sólo se me veían los ojos así que salí rapidamente de allí e hice a los monjes las reverencias acostumbradas con la mayor de las humildades. Lección aprendida.
Asi pues hoy, camino de Cáceres, pensaba en que ésta era otra de esas situaciones en las que una vez metido en harina te preguntas: "¿quien me habrá a mi mandado meterme en esto?" y la respuesta, "pues yo", me deja sin más argumentos para discutir conmigo y con la obligación moral de "tirar pa'lante" y no quedar en entredicho ante mi mismo. Así que en mi coche, muy normalito, por supuesto, me encontraba camino de Robledillo de la Vera, Cáceres, concretamente en dirección a la Hospedería del Silencio. En esta ocasión la experiencia a vivir se concreta en una semana de silencio asistiendo a unas jornadas sobre Contemplación dirigidas por Consuelo Martin. Los años y la experiencia me han llevado a no albergar expectativas sobre nada en la vida y aún menos en este tipo de situaciones donde no hay nada escrito.
Seiscientos veinte kilometros dan para pensar mucho, y digo seiscientos veinte kilómetros porque alguien muy estudiado dijo que el tiempo se puede medir en distancias. Así que me armé de paciencia y puse en marcha el CD del coche con música relajante que me creara un estado emocional acorde a la situación que esperaba encontrarme en mi destino. Lo que sucede es que todo eso está muy bien mientras uno no se detenga para comer y se vuelva a meter en el coche a la hora de la siesta. Así que cambié el tercio y puse música algo más alegre que me espabilara el alma, no quería llegar excesivamente tarde, algunos de los inscritos viajaban en microbus desde Madrid y estaba prevista su llegada a las seis
de la tarde.
En una rápida parada para repostar gasolina y tomar un café presencio la acalorada discusión a gritos de una pareja en el parking de la cafetería. Alguién dijo que la mayoría de los amores de pareja son sólo una versión escondida del amor a sí mismo a través del otro, y eso siempre está destinado al fracaso. Si siempre estamos esperando algo del otro la frustración es segura. Si simplemente dejamos ser al otro, sin querer poseerlo, el espacio de libertad que se genera hace engrandecer la figura de ambos. Lo demás es mezquindad, egoísmo disfrazado, miedo a la soledad, sometimiento a la pasión física, busqueda desesperada de ruido en nuestras vidas o muchas otras cosas que poco o nada tienen que ver con el verdadero amor y que terminan por construir una verdadera carcel de desinterés y apatia (o en su faceta más radical un auténtico y claustrofóbico infierno) con el que hay que acabar prontamente. Al fin y al cabo la elección en nuestro modo de entender la relación es simple: te quiero tal como eres o te quiero como yo quiero que seas.
El amor de pareja no escapa a la universal ley de impermanencia de todo lo existente, si no nos adaptamos a sus cambios acaba por morir. Una verdadera relación de amor es una relación de libertad en donde, incluso aunque con el tiempo muera la sexualidad, el amor surge con más vigor. El miedo a la pérdida genera celos, reproches, dependencia, chantaje emocional y sobre todo posesividad. Pero el amor tiene otros muchos ingredientes que hacen de él un hermoso lugar en el que habitar: reciprocidad altruista, agradecimiento, solidaridad, acompañamiento, respeto, tolerancia, generosidad, apoyo, comprensión, libertad, admiración... y sobre todo y más complicado: estar siempre dispuesto a dejar
marchar.
“Sólo el amor verdadero se alegra al ver que una persona querida es más feliz con otra. No es una tarea fácil, desde luego, pero si deseamos de verdad la felicidad de alguien, no podemos imponerle la manera de ser feliz.”
Al retomar nuevamente la carretera me anima el pensar que si Consuelo es la persona que creo que es, el asunto bien valdrá la paliza de coche. He leído varios libros de ella y la verdad es que su escritura es seductora, su campo de acción se mueve dentro del campo de la no-dualidad, filosofía ésta que ultimamente me tiene dedicado en cuerpo y alma. Actualmente tenemos en España la suerte de tener vivitos y coleando a varios autores de gran relevancia en la literatura espiritual, Ramiro Calle, Enrique Martinez Lozano, Monica Cavallé y Consuelo Martin entre otros. Al primero de ellos ya he tenido el inmenso placer de verlo y escucharlo en una charla dada en Madrid y la verdad es que no decepciona en absoluto, todo lo contrario. Ramiro Calle es un sabio, maestro de Yoga (con mayúsculas), con millones de kilometros en las plantas de sus pies a través de la India y alrededores. Puedes estar oyendole durante horas, no te cansas nunca. Antes aparecía más en televisión pero él mismo comentaba que no le interesan en absoluto la clase de programas donde le habían invitado ultimamente. No me imagino a Ramiro en espacios televisivos como “Sálvame” o “Dónde estás corazón”, por cierto, éste último ya no está en ningún lado, cosas de la audiencia.
Un cartel me anuncia pronto la entrada en la provincia de Cáceres, el paisaje me parece precioso. En relación a este asunto del paisaje recuerdo una (hoy) divertida manifestación
realizada por un hombre de pro, que demuestra cómo a veces las cosas de un muy lejano pasado nos sorprenden y nos arrancan una sonrisa al compararlo con nuestro actual ritmo de vida. La proclamación la realizó el ilustre pensador español Gaspar de Jovellanos, prolífico escritor y venerado político del Siglo XVIII, el cual declaró publicamente y en tono quejoso: “La
velocidad de las carrozas impide apreciar el paisaje”. Je!, no sé
qué pensaría de dicha proclamación pública D. Fernando Alonso, ilustre corredor de Formula 1 del Siglo XXI.
Gracias a la inestimable ayuda del GPS prestado por una compañera de trabajo llego a mi destino sobre las 5.15 de la tarde, si no hubiera sido por el cacharrito seguramente sería alguna hora más la que mediaría entre salida y llegada. El entorno es maravilloso, el paisaje de la Sierra de Lozar de la Vera es espectacular y hace de precioso marco de la Hospedería. El cielo, limpio y con unos colores muy vivos y brillantes, transmiten lo que uno espera encontrar en un sitio así: sensación de plenitud.
En cuanto salgo del coche aparcado en el parking de la hospedería sucede algo para mi insólito: un arcoíris emergía majestuoso a muy poquísima distancia de donde me encontraba. Tenía la sensación de que si caminaba un poco en dirección al arcoíris casi podría tocarlo con las manos. Una espontánea exclamación de asombro salió de mis labios aún a pesar de que ya me encontraba dentro del recinto de la Hospedería del Silencio. Aunque no soy muy amigo de fotos no pude contener el impulso de agarrar el movil para hacerle un par de fotos a tan increíble y asombróso fenómeno. A pesar de que en ese momento el lugar estaba aparentemente vacio de gente pude ver no muy lejos de mi a otra persona echando fotos en dirección al gigantesco arcoíris. “Je!”, pensé con algo
de sorna: “menuda entrada han puesto en la Hospedería
ecológica ésta”, “sabrangastao una pasta” ☺.
Sin embargo la cosa no acabó ahí. Otro aún más extraño fenómeno meteorológico me aguardaba. Minutos más tarde de la apabullante visión del arcoíris me encontraba paseando por los alrededores del edificio donde se ubicaba la Sala de Contemplación en la que, desde el exterior, se podía apreciar actividad, quizás la contemplación de las 5 a la que no había podido llegar a tiempo. No se movía una brizna de hierba de lo tranquilo que estaba el tiempo cuando de pronto, en cuestión de segundos, se levantó un vendaval fortísimo que hacía que las hojas volaran en todas direcciones a gran velocidad, incluso me tuve que colocar la capucha del anorak sobre la cabeza y situarme en dirección contraria a la del viento para evitar que tanto hojas como pequeñas ramas me dieran en la cara. Lo más extraño del asunto es que ese fenómeno duró muy poco tiempo, quizás uno o dos minutos, después todo volvió a quedar en absoluta calma. Se me quedó cara de interrogación. Si no es porque era el sitio que era hubiese pensado que habría algún bromista escondido en algún lugar cercano y con un ventilador gigante entre sus manos. En fin, cosas que pasan.
Finalmente entro en la Recepción de la Hospedería que se encuentra ubicada en el edificio construído frente a la puerta de entrada del recinto. No era una recepción al uso sino un sencillo y pequeño despacho donde una amable y sonriente chica me pone al corriente de las normas básicas y me indica donde estaba situada mi habitación abuhardillada. A continuación me presenta a mi compañero de apartamento que casualmente se encontraba en ese momento en la Sala de Contemplación. Al ir a saludarlo la chica me hace la indicación
de que estaba pisando con mis zapatos el suelo de la Sala, en donde debe andarse descalzo. Rapidamente pedí disculpas, soy un metepatas, nunca mejor dicho. La chica, cuyo nombre desconocía, me informa de que la cena es a las siete de la tarde en el comedor que está ubicado en la planta baja de ese mismo edificio.
Seguidamente cojo los bartulos del coche y me dirijo a mi apartamento. Ya empezaba a verse movimiento de gente andando, había acabado hacía ya algun tiempo la contemplación de las cinco de la tarde. Nadie saludaba ni decía absolutamente nada, pude comprobar que lo del silencio es verdad, se lleva a rajatabla en todos los lugares del recinto. Ya en el apartamento observé complacido que estaba construído todo en madera excepto el suelo de la planta baja, mi habitación se encontraba ubicada en el primer piso con una ventana lateral. La estancia me transmite mucha calidez. Sin embargo lo que me pareció más sorprendente en ese momento eran las maravillosas vistas que el apartamento tenía sobre la Sierra, las montañas están muy cerca y al pié de ellas se puede divisar iluminado el pueblo de Robledillo de la Vera. Una autentica preciosidad. Estaba anocheciendo y empezaban a aparecer las primeras estrellas. Me quedé embelasado. Todo el entorno me trae flashes de recuerdos pertenecientes a algún lugar similar en el que tengo la sensación de haber estado en mi infancia, pero ésto es sólo una impresión. La infancia tiene una particularidad por encima de otras etapas de la vida: es la única de la que no somos conscientes al vivirla y cuando la recordamos de adultos no sabemos qué parte fue real y cual nos viene dada a golpe de nostalgia. Por eso es mágica, porque es un terreno misterioso del que mantenemos intactas sensaciones que no sabemos explicar.
Una vez instalado me dirijo al comedor, hay un paseo de unos tres minutos andando, y aún hay apartamentos más lejos que el mio pero es una autentica delicia caminar por este lugar, el cielo es limpio y las vistas hacen del paseo un placer inigualable. Ya en el comedor, que es de tipo bufé libre, mi compañero de piso me informa, con gestos, de lo que debía hacer. Cojo una servilleta y me siento junto a él en una mesa cercana a los grandes ventanales. El único sonido que se oía era el de los platos al servirse la gente. Calculé que éramos aproximadamente unas cincuenta las personas que nos encontrábamos allí en ese momento, sin embargo no se oía una palabra. De vez en cuando aparecía un trabajador con indumentaria de cocina, por sus rasgos parecía inmigrante latino, reponiendo lo que faltaba en el expositor de los alimentos y platos cocinados.
Que quereis que os diga, no estoy acostumbrado a tanto silencio y la primera impresión es que en el comedor estábamos todos cabreados entre nosotros y que a las primeras de cambio en que alguien se pasase un pelo iba a liarse una tangana de tomo y lomo y de tal magnitud que iba a llevar palos hasta el cocinero en el sombrero ese largo que lleva puesto para trabajar. Ya me explicareis. Estamos cuatro a la misma mesa, no nos miramos a la cara, no nos dirigimos un “buenas tardes tenga usté” ni nada parecido, es como si les debiera algo a todos y yo aún no me hubiese enterado. Así que, ante la falta de elocuencia, me puse a mirar por los grandes ventanales en dirección a la preciosa nocturnidad del paisaje. En ese momento pensé: “Ya sé “pa” qué han puesto los ventanales tan grandes, “pa” tener algún sitio donde mirar”, porque aqui lo más complicado es ¿dónde miras?, si se supone que no puedes hablar con nadie entonces no puedes mirar a la cara de nadie, cuando miras a alguien cercano a la
cara es porque vas a decirle algo y si no le dices “ná” es porque llevas un cabreo del quince con él/ella. Así que dicho y hecho, a mirar por los ventanales que “pa eso estan”. Una vez acabada la comida la gente se levanta y se va sin decir ni mú, claro, de eso se trata, pero hay que acostumbrarse y te juro que no es fácil.
Mientras comía (y miraba al infinito y más allá) mi mente empezaba a pensar cosas que me explicasen qué lechugas hacía en este sitio cenando silenciosamente entre silenciosos.
“Dejar de creernos el personaje que nos ha tocado vivir y ser consciente de él, perder la condición de protagonistas y pasar a la situación de observadores de nosotros mismos y de todo lo que nos ocurre nos libera de la pesadísima carga del ego y sus exigencias. Hemos de dejar de luchar contra lo que sucede ahí fuera y empezar a fluir con ello, ya sea que nos parezca bueno o malo, a fin de cuentas la rueda de la vida nunca para de dar vueltas e inevitablemente lo malo acaba convirtiendose en bueno y lo bueno acaba convirtiendose en malo”.
Y sí. La cosa funciona. El personaje que me ha tocado vivir me ha traído hasta aqui y aqui estaré con todas las consecuencias, con toda la serenidad y tranquilidad de que sea capaz. No es la primera vez que me meto en berenjenales muy ajenos a mi mundo habitual. Tengo que recordar esa otra manera de entender la vida, esa otra extraña y a la vez atractiva actitud que puede resumirse en unas palabras puestas en boca de un gran maestro de la actualidad: “Las
cosas que ocurren en la vida nos parece buenas o malas, pero eso es sólo una interpretación de la realidad. Las cosas simplemente son, así que lo único inteligente que podemos
hacer es fluir y ocuparnos de ellas. Es la otra manera de entender la realidad”. Y éso es precisamente lo que me ha
traído hasta aqui, esa otra manera de entender la realidad.
Asi que... una experiencia nueva para mi. Ya veremos como estoy con este temita del silencio al final del retiro, no sé, todo esto mirado desde fuera podría acabar como el rosario de la Aurora o... ¿quien sabe?, puede ser, ya se verá.
Al finalizar la cena, una vez terminado el plato del postre me levanto para volver al apartamento, en ese momento me daban ganas de decir a la concurrencia en voz alta: “¿hace un parchís señores?, y si no un dominó, que yo no soy de manías, ¿eh?” ☺.
Una vez en el apartamento me preparo para la Contemplación de las 9, y a esa hora más o menos entro en la Sala. Tiene un ventanal enorme que ocupa toda la pared, en ese lugar sí que el silencio se hace imprescindible. Era de noche y todas las luces estaban apagadas, sólo quedaba encendida una vela roja que proporciona a toda la estancia un ambiente... mágico, misterioso, de recogimiento íntimo. Me encanta. Como no, las vistas sobre la montaña son de auténtico lujo. Creí reconocer en la primera fila la silueta de Consuelo, pero no estaba nada seguro de eso. Sea quién sea, esa persona se encontraba sentada en una silla de mimbre especial para la meditación, de esas habrá unas seis o siete, el resto son sillas normales con reposabrazos, también había gente sentada en el suelo en posición de meditación tradicional. Todos nos situamos mirando en dirección al gran ventanal. El ambiente es de gran recogimiento. Después de una hora de contemplación, nos retiramos a nuestros respectivos apartamentos. En silencio claro ¿hacia falta
decirlo?.
“Yo diría que la meditación es espiritual, pero no religiosa. Lo espiritual tiene que ver con la experiencia real, no con creencias. Lo espiritual tiene más que ver con el despertar de nuestra verdadera Identidad, no con la oración que ruega por el pequeño yo; más que ver con el disciplinar de la conciencia, y no con moralinas ni sermoncillos sobre el alcohol, el tabaco o el sexo.”
La moral son sólo otras gafas con las que ver la vida, por desgracia hay morales de muchas dioptrias. Cuando uno siente que juzgar a los demás y a uno mismo es una acción totalmente inútil decide arrojar fueras las gafas, dejar de ser una persona moral o inmoral y empezar a mirar las cosas de una forma “amoral” o si se quiere “supramoral”, es decir más allá de todo pretendida verdad moral eterna. En el fondo el único “pecado” es la ignorancia a la que nos dejamos arrastrar por el pensamiento.
Me dejo caer en la cama como si fuera una piscina, me encuentro agotado. Después de la paliza de kilómetros en la carretera no me quedan energías para nada. Mientras termino de escribir estas letras y me cubro con las dos mantas que habia sobre la cama para protegerme del intenso frio, rememoro algunas de las imagenes de lo vivido hoy. Observo en penumbra las vigas de madera en el techo y me hundo en el mundo de los sueños en cuestión de pocos segundos...
SÁBADO, 3 DE DICIEMBRE
Despertarse sin saber muy bien donde estoy durante dos o tres segundos es la primera sensación que tengo en este nuevo dia que aparece en blanco para escribir en él lo que se me ocurra...
La primera Contemplación del día comienza cada mañana a las siete. A través de la ventana de mi habitación aún veo las estrellas. Debo apresurarme para no llegar con la sesión iniciada. No se exige puntualidad, nadie te obliga a nada, tu te marcas el ritmo y la duraciòn pero no me gusta llegar tarde el primer día. Me abrigo bien, el frio de la noche es intenso. Antes de entrar en la Sala nos descalzamos y dejamos nuestros abrigos en las perchas de la entrada. En esa preparación nadie conoce a nadie y nadie dice nada. El picaporte de la puerta de la Sala esta deshabilitado para que no haga ruido alguno, sólo tengo que empujar la puerta. La estancia está llena de gente y no se oye una mosca así que, a pesar de intentar ser lo más sigiloso posible, me da la sensación de que el ruido de mis pisadas en el blando suelo suenan atronadoras. Me siento en la primera silla disponible a mi alcance.
Contemplación. Tan solo una palabra. Krishnamurti intentó escapar de las palabras porque, decía, nos atrapan en conceptos y a veces nos engañan y distraen del verdadero significado que se esconde detrás de ellas. Krishnamurti dejó de usar la palabra meditación, no le gustaba, argumentaba que inducía a entender algo que no llevaba al verdadero significado
que él quería transmitir. Se medita sobre algo. Sin embargo en la Contemplación no hay objeto alguno. Uno cierra los ojos (o no) y reposa en serena quietud, tranquilo, pacífico, sin alteración de ningún tipo. Para ello los pensamientos quedan muy lejos y apenas se oyen. Son sólo un sonido lejano más.
“La verdadera Contemplación se define como Profundo Silencio.”
Pero el objetivo inicial de la contemplación no es dejar de pensar inmediatamente. Sólo después de millones de kilómetros de vuelo puede un experimentado contemplativo o meditador dejar de pensar durante largos periodos de tiempo. Los novatos aprendices hemos de dejar que los pensamientos ocurran, sin más, no seguirlos, no darles cuerda, no engancharse en ellos, de esta manera al final “se aburren y se
van”. Seguidamente aparecerán otros y despues otros y otros.
No pasa nada. El objetivo principal es no dejarse seducir por los pensamientos y reposar en paz natural... al final los pensamientos desaparecen solos, sin intervención de nuestra voluntad. A buen seguro sobre todo esto nos hablará Consuelo.
“Si la capacidad de pensar es un don notable la
capacidad de no pensar es un prodigio.”
Mientras hago los preparativos para entrar en estado contemplativo observo la silueta de las cercanas montañas dibujada contra el cielo azúl oscuro de la noche, una autentica preciosidad. El espectaculo me atrae sobremanera y decido realizar la contemplación con los ojos abiertos. Disfruto de la maravilla del amanecer sobre las montañas, hay un pico de unos 2.400 metros, La Covacha se llama, y está nevado, mi
vista se fija en él y mi atención queda prendida de la belleza del amanecer sereno y pacífico, como el estado de mi mente en ese momento. Decido que las contemplaciones mañaneras las realizaré con los ojos abiertos aunque no es ésa la indicación, pero hay tres contemplaciones más en el día, así que no creo estar perdiendome algo, cosa que sí sentiría si dejo pasar ese amanecer con los ojos cerrados.
Cada mañana tenemos en el orden del día lo que a Consuelo le gusta llamar “investigación” pero en realidad no es otra cosa que lo que habitualmente entendemos por una charla. La de hoy tiene el titulo de “La puerta a la alegria del Contemplar”. A sus libros también les llama Consuelo “investigaciones”, mi impresión es que los denomina así para reducir protagonismo de su ego danzando por allí en medio, como si la cosa fuera comunitaria y ella pasara por allí casi por casualidad.
Abandonamos la Sala a las ocho de la mañana, hora en la que se abre el comedor para un abundante desayuno: fruta, café, leches (si, digo leches, algunas “mu” raras como de avena, de arroz, etc), cereales, tostadas de pan de centeno y de espeta (nada de pan de trigo), yogures de soja, etc. El silencio del desayuno no me parece tan aplastante como el de la cena del día anterior, quizás porque estamos recien salidos de la contemplación y aún llevo la calma “impregnada”. Pienso que al fin y al cabo el malestar que me genera el silencio reinante en el comedor no es más que el producto del ruído interior de mi propio ego removiendose inquieto.
Antes del comienzo de la investigación vuelvo a mi habitación. Algunos se dirigen a los senderos cercanos para dar paseos por los alrededores. Hay un bosque que tiene muy
buena pinta, habrá que echarle un vistazo, por supuesto. Después de una reconfortante ducha aparezco pronto por la Sala. A las diez en punto estamos todos sentados y en espera de que entre Consuelo.
Cinco minutos más tarde observo en la puerta la figura de una mujer mayor accediendo a la Sala, aparenta unos sesenta y cinco años, de pequeña estatura y muy delgada, lleva unas gafas de montura metálica y sencilla vestimenta. Camina despacio aunque con paso firme y decidido. Se dirige hacia su asiento situado en el extremo de la estancia y de espaldas al gran ventanal. Delante de la silla hay una mesa con un micrófono y un vaso de agua que llena la chica que ayer me entregó las llaves del apartamento en recepción. En ese momento Consuelo realiza un pequeño “ritual” que repite cada vez que se pone delante de nosotros para hacer una “investigación” o dirigir una Contemplación: cierra unos instantes los ojos, después los abre y durante unos momentos pasea su mirada detenidamente por la gente asistente en la Sala, su expresión en ese recorrido es de gran concentración, casi podría decirse que su acción es de re-conocimiento de todos los que allí nos encontramos. No sé muy bien cual es el objeto final de esos movimientos pero me dá la sensación de que interiormente le mete de lleno en lo que ha de decir.
Seguidamente comienza sin más preámbulos a hablar, no hay saludo, no hay introducción, nada. Habla y habla y habla... susurrando, es raro en ella oirle elevar la voz. Hace pausas largas. Sus gestos evidencian determinación. Se entretiene buscando las palabras más adecuadas. Se percibe en ella una mujer de mucha cultura y entendimiento. Enfatiza mucho lo que quiere subrayar y en ese empeño gesticula mucho. Me embeleso con el personaje y su poderosa oratoria.
Una mujer mayor de apariencia desprotegida, en el escenario se convierte en una ardiente defensora del Silencio Interior y de la actitud contemplativa como medio para alcanzar otro estado de conciencia muy distinto al habitual. No hay resquicio alguno para sentimentalismos de ninguna clase, sin embargo la conferenciante me parece una mujer adorable que está tratando de enseñarnos un mundo nuevo a los que allí estamos. Se apasiona cuando habla del Ser, de la Conciencia Total, del espejismo, de la impermanencia, del desapego, de la práctica contemplativa..., su rostro se transforma. Me parece muy bella interiormente.
En un momento dado, en uno de los gestos de su mano derecha, Consuelo golpea de forma involuntaria el vaso de agua y en un rápido movimiento agarra el vaso para evitar su caída al suelo arrojando sobre su cara y cuerpo una gran cantidad de agua, lo que le hace exclamar a ella y a nosotros una palabra de asombro. No se inmuta, se recobra prontamente, agradece el pañuelo que le ofrecen para secarse y continúa su charla en el punto exacto donde lo dejó. Su memoria está a la altura de la energía que despliega: recuerda con exactitud autores, libros, fechas, etc.
Después de una hora y media de hablar, Consuelo da paso a lo que ella llama el “dialogo”, que en realidad son preguntas que los intervinientes quieran hacerle (siempre su ego un paso detrás). Tras un largo silencio un señor levanta la mano, ella le da la palabra y cuando todo el mundo esperaba una pregunta de alto calado filosófico él le dice “no se te oye
bien”. Plashhhh. Usease, que después de una hora y media de
charla nadie ha tenido los santos de interrumpir a esta buena señora para decirle “oyes, acha, acercate un poco más al
Y lo entiendo. El aura de solemnidad que rodea a esta mujer apenas da lugar a concesiones de ese tipo, es de agradecer incluso que ese señor haya hecho mención a eso en el turno de preguntas y respuestas. Ella alega su tono de voz bajo y coge el microfono para acercarselo más. Asunto resuelto.
De forma muy timida empiezan a caer las primeras preguntas. Consuelo se entretiene en cada una de ellas una eternidad. Veo que es indiferente la pregunta que hagan, ella la responde y continúa en su habitual discurso que en la mayoría de las veces al rato ya poco tiene que ver con la pregunta inicial. Pero es igual, todos estamos encantados de oirla. Aunque Consuelo se vaya por los Cerros de Ubeda de la pregunta todo lo que dice tiene mucho sentido y sensibilidad. Lo mismo habla de Platón, que de Sankara, la Baghavad Gita, la conducta reactiva... cualquier pregunta es motivo para hablar de mil y una cosas a cual de ellas más interesante. Lo dicho: un pozo sin fondo. Consuelo acaba su charla susurrando “el que nada desea, nada le falta”. Maravilloso.
Han transcurrido dos horas y media casi sin enterarme. He tenido la oportunidad de escuchar por primera vez las voces de algunos de los participantes en el retiro. Incluso en ese corto periodo de tiempo de preguntas y respuestas he sentido empatía por algunos de ellos y lo que dicen.
A la una de la tarde se abre el comedor para el almuerzo. La comida es bio-vegetariana, es decir, que no voy a necesitar un palillo para quitarme un trozo de jamòn de jabugo que se me haya quedado enganchado entre los dientes. Los nombres de los platos son bastante raros para mi y hay alimentos que como por primera vez. No tengo problema alguno con eso, no soy exquisito con la comida. Se cocina sin sal ni ingredientes
refinados y la mayoría son biológicos. Se suele hacer una crema o puré como entrante y después un plato principal y ensalada, un postre y para terminar infusiones de varias clases. No está nada mal.
Tengo la sensación de que “ese ego removiendose” ante la total invasión de silencio en medio de la actividad del comedor parece algo más tranquilo. Al fin y al cabo el ego representa papeles que desempeñamos sin ser conscientes de ello. Nos identificamos con cosas como la nacionalidad, la
religión, la raza, la clase social o la filiación política. También contiene identificaciones personales, no sólo con las posesiones, sino también con apariencia externa, opiniones,
etc. Asumimos los mil y un papeles que la vida nos impone en todas sus étapas, tales como el de padre, hijo, pareja, nieto, abuelo, empresario, amigo, cliente, vecino o participante en un retiro de silencio, da igual. Al fin y al cabo ésos son sólo personajes que se van de la misma manera que han venido, sin apenas darnos cuenta. No somos nada de eso. No somos percepciones ni experiencias, pensamientos, lenguaje, puntos de vista ni emociones, no somos los recuerdos del pasado ni las expectativas de futuro. Todo se convierte en puro humo. Si me contemplo detrás de toda esa apariencia puedo sentir que mi identidad esencial es la conciencia misma, no lo que ocurre sobre ella. Mi inquietud en el comedor no es más que “mi ego
revolcandose en todos esos lodos”. “Lo único que hace falta para liberarse del ego es ser consciente de él”, y eso no es
nada fácil.
Después de una reparadora siesta vuelvo a la Sala para realizar la Contemplación de las cinco de la tarde, esta vez guiada por la propia Consuelo que, entre susurros, nos transporta a un estado de serenidad y paz interior. Observo
que puedo quedarme en un estado de quietud durante hora y media sin mucho problema, es más, parece que la mente me lo pide y el ambiente que se genera en la Sala es bastante propicio para ello. Genial. Sale uno con energías renovadas de la Contemplación.
En la cena de hoy percibo en mi que la tensión generada la noche anterior por el silencio ha bajado de grado. Incluso, en ese momento, me parecía casi una ventaja no tener que estar prestando atención a algo distinto a lo vivido en la Sala, es decir, el estado contemplativo. Así pues, me sirvo la comida en total silencio interior y mientras como miro el horizonte disfrutando plenamente de todo lo que los sentidos me van transmitiendo, sin interferencias de pensamiento alguno. Me voy del comedor con las manos en los bolsillos mirando hacia el techo y silbando, pero interiormente, claro.
Al llegar a mi habitación, me cepillo los dientes no sin cierto fastidio inicial por tener que perder el tiempo en ésa trivial tarea ya que deseo coger rapidamente este diario para plasmar rapidamente todo lo ocurrido. En medio de la prisa pienso que, para alguién que se ha “dado cuenta” de la existencia del espejismo, hasta la tarea cotidiana más aparentemente monótona jamás resulta aburrida o inconveniente ya que la eternidad aparece plena y nueva detrás de cada instante. Decido pues, a raiz de esa reflexión, recrearme en el cepillado de los dientes y disfrutar serenamente del momento. Ya llegará cuando tenga que llegar la siguiente “acción sin meta”.
¿Dónde estás?: Aquí. ¿Qué hora es?: Ahora. ¿Qué eres?: Este momento.
“Tenemos ciertas imágenes prefabricadas sobre estas cosas. Pero no es necesario estar en calma total para tener atención plena. Puedes estar atento en medio de un partido de futbol, en una discoteca, mientras resuelves problemas de cálculo trigonométrico o, incluso, en un arrebato de furia. Las actividades mentales y físicas no son impedimento alguno para la atención plena.”
En realidad la verdadera meditación comienza cuando uno se levanta del cojín y se enfrenta a los retos de nuestra ajetreada vida diaria. Alcanzar el grado de maestría supone no reaccionar a ninguno de los constantes estímulos externos que nos plantean nuestros diferentes escenarios: el del trabajo, el de la familia, el de la pareja, el de los amigos, incluso el de estar solos. Para la mayoría de nosotros, la calma y la atención se evaporan en cuestión de minutos, pero si logramos ser conscientes también de esa pérdida de calma y atención...
“...se verá a usted mismo torciendo la realidad con sus comentarios mentales, imágenes viciadas y opiniones personales, se volverá cada vez más sensible a las actitudes con las que se pierde de la verdadera realidad, terminará observando con atención hasta el nacimiento y extinción incesante de la respiración, contemplará la rápida sucesión de pensamientos y sensaciones y percibirá el ritmo vital que acompaña de fondo a la poderosa marcha del tiempo. En medio de este incesante movimiento ya no habrá un observador sino solamente el acto de la observación. En ese estado de percepción todo se ve en constante transformación. Percibirá entonces el Universo como un gran caudal de experiencias. Sus posesiones más queridas, su propia vida, se le irán de las manos. Pero esta impermanencia no será motivo de aflicción, al reconocerla quedará transformado, observará el
cambio eterno y su respuesta será una maravillosa alegria.”
En el aspecto exterior de un contemplativo que ha encontrado el camino de lo Eterno, aparentemente nada ha cambiado. Sin embargo, para aquel que ha roto las cadenas del tiempo, la libertad que se origina en su interior le hace expandir su conciencia de forma ilimitada e infinita, todas las experiencias son nuevas y cada instante se convierte en un “momento sin tiempo”, así lo denominó Aldous Huxley, escritor de primera fila cuya dedicación y obsesion en la última parte de su vida fué la ampliación de la conciencia. Su entrada en el mundo del misticismo se resume en sus propias palabras:
“El interés negativo se tornó positivo, no a resultas de un
solo suceso, sino más bien porque todo lo demás – el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones – terminaron por parecerme insuficientes. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven, al pensar en Shakespeare: ¿eso es todo?”
Mi “interés positivo” por otros estados de conciencia se generó hace muchos años y sin apenas darme cuenta de ello. A veces tengo la sensación de que la vida nos proporciona en cada momento la situación más útil para la evolución de nuestra conciencia. No tengo la impresión de haber llegado a un sitio como esta Hospedería del Silencio en busca de felicidad ni mágicas recetas de vida, sino por convencimiento propio de que “eso no es todo” y por indicios previos de la existencia de otros estados de conciencia alternativos a los de la percepción habitual de nuestra realidad cotidiana. “Una vez
que nuestras necesidades de supervivencia básicas están satisfechas, la calidad de nuestra experiencia de vida tiene mucho más que ver con nuestro estado de conciencia que con
las circunstancias externas.”
Curiosamente ahora, a años luz de mi ajetreada y ruidosa vida cotidiana, busco respuestas en el misterioso y siempre sobrecogedor territorio del Silencio Profundo.
DOMINGO, 4 DE DICIEMBRE
Despertar nuevamente al estado de vigilia habitual me lleva unos pocos instantes. Pongo los pies en el cálido suelo de madera y me dirijo a la ducha mientras oígo crujir, al ritmo de mis pisadas, los tablones que separan ambas plantas del apartamento. Mientras siento el agua cálida deslizandose desde mi cabeza a los pies pienso que el despertar al que habitualmente se hace referencia en la literatura oriental desde tiempo inmemorial es algo más complicado que realizar estos sencillos actos cotidianos, pero tampoco está muy lejos. El despertar interior conlleva vivenciar esos pequeños actos con plena conciencia, es decir, sin la distorsión que supone el pensamiento.
“El despertar se produce en el momento en que se separan el pensamiento y la conciencia.”
Hoy el desayuno ha estado presidido por un esplendido amanecer que llenaba la estancia de una luminosidad radiante. Mientras ejecuto lo más consciente posible los movimientos de mi cuerpo, me observo en el comedor como si estuviera fuera de mi mismo: la manera de mover las manos, la forma en cómo me levanto y ando para servirme la infusión, el modo en cómo agarro la taza con las manos y dirijo la mirada al exterior a través de los grandes ventanales... es como si estuviera observando a alguién actuar encima de un escenario. Al fin y al cabo siempre estamos representando personajes a lo largo del día: el de padre, hijo, trabajador, amigo, cliente en una tienda, espectador, etc., Aquí, en esta Hospedería, represento el
personaje de alguién en busca de respuestas, éste es otro papel como otro cualquiera, con sus actitudes, connotaciones, matices e implicaciones particulares.
El problema surge cuando nos identificamos en exceso con cualquiera de los personajes que nos toca representar. Cuanto más identificados estamos con nuestros papeles menos auténticas son nuestras relaciones, al fin y al cabo los personajes que representamos no son más que imágenes mentales, son papeles de actores en un juegos de egos, un juego aparentemente importantísimo, pero en realidad la importancia sólo existe para el efímero personaje que representamos en cada momento. Por eso no es sorprendente que haya tanto conflicto en las relaciones de cualquier clase, no existe auténtica relación, desprovista de cualquier artificiosidad del ego.
Una vez acomodado en la Sala, y conforme a la costumbre adquirida, he seguido con la mirada el andar decidido de Consuelo hasta alcanzar su lugar en la mesa que preside la estancia. Observo que, durante todo el tiempo que ella está hablando, se suceden diferentes expresiones en su cara. Unas veces parece dura y severa, otras veces inocente, en ocasiones aparece el dulce semblante de una madre protectora que nos da recomendaciones sobre como actuar en la escuela, la de la vida. Es extraño y divertido al mismo tiempo. Al final no hay una “cara” que prefiera a las otras sino que todas conforman el espejismo de estar viendo a alguién separado de mi mismo.
La “investigación” de hoy se titulaba “Abrir camino a la luz”. Al final de la charla alguien ha preguntado: “Siento profundamente que el silencio interior y la actitud
contemplativa hacen que el mundo pierda solidez, lo experimento como un estado de conciencia distinto al habitual, en ese estado alternativo de conciencia ¿hay niveles o es solamente estar o no estar?”, la respuesta de Consuelo ha llegado rápida y sin duda alguna: “Mirado desde “abajo” si puede decirse que hay niveles”, el interviniente repregunta: “¿y cual sería el último nivel?”, nueva respuesta rápida: “Comprender que no hay último nivel. Vivir en lo eterno no tiene limite alguno”. En ese momento, Consuelo ha cerrado los ojos y se ha quedado así durante unos segundos. Observo que el interviniente también tenía los ojos cerrados. Es como si entre ellos se hubiese establecido algún tipo de comunicación no verbal. El interviniente abre nuevamente los ojos y compruebo que los tiene bañados en lágrimas, pero no hay en él rastro de emoción negativa alguna sino todo lo contrario, la expresión de su rostro denota serenidad y paz interior.
Hay un relato que Ramiro Calle plasmó en uno de sus libros, del cual no recuerdo el titulo, creo que era El Faquir pero ahora no estoy muy seguro. Relata la historia de un acróbata funámbulo que, junto a su aprendiz, recorre pueblos y ciudades de la India realizando ejercicios muy complicados sobre el alambre a una gran altura del suelo, haciendo que peligrara su vida por el riesgo que entrañaban. Para el acróbata, su trabajo era también su filosofía de vida. El equilibrio sobre el alambre y la ausencia de pensamientos en los momentos de máximo riesgo eran parte de su labor diaria. La gente, asombrada por el riesgo y la habilidad del espectáculo, premiaban el esfuerzo del artista con gran cantidad de donativos. Cuando la función habia terminado, el maestro-acróbata, con la compañía de su aprendiz, dirigía sus pasos a los barrios más pobres de la ciudad y entraba en las casas de los más miserables entre los miserables, allí repartía
su dinero hasta quedarse sólo con lo necesario para sobrevivir. El aprendiz oía a su maestro susurrar unas palabras cuando salía de repartir su dinero en las casas de la gente pobre: soltar, soltar, soltar..., para él, esta sencilla acción se convertía en una forma de desapegarse.
Pero no sólo hay apegos materiales, los hay también afectivos e incluso espirituales, éstos últimos constituyen los apegos más sútiles y difíciles de detectar que existen ya que se encuentran agazapados tras la apariencia del pretendido fin sublime que se persigue con ellos. Hay que prestar atención y llegar a descubrir si algo nos impide volar libremente. Quizás, de forma inconsciente, nos encontremos atados a cosas de las que ni siquiera sospechábamos que pudieran ser objeto de apego. Hay que aprender a amar sin poseer, ofrecer sin esperar nada a cambio, actuar sin desear un resultado concreto sino sólo lo que ocurre. En el estado de conciencia que genera esa actitud de desprendimiento no existen las palabras fracaso, tristeza, depresión, victimismo, desengaño o frustración. Por el contrario, sólo queda en nosotros una extraordinaria e inmensa sensación de libertad plena. Para que pueda entrar esa plenitud en nosotros previamente hemos de habernos vaciado de absolutamente todo.
“Lo que causa el sufrimiento es el apego y el deseo de nuestra identidad separada; y lo que pone fin al sufrimiento es el camino contemplativo y de silencio que trasciende y hace desaparecer al pequeño yo y sus deseos.”
Sin poder identificar claramente la caúsa, hoy, a la hora de la comida, me he vuelto a sentir algo tenso, aunque de forma mucho más leve, entre tanto silencio. Había poca actividad en el comedor, como casi siempre, y el “estruendoso”
ruido del silencio se convertía para mi en un peso a veces dificil de llevar. He hallado mi particular “oasis” en la respiración.
“Para hacer frente al laberinto de pasiones que tan a menudo se desata en la vida no hace falta convertirse en monje Zen, dejarse el sueldo en terapeutas ni andar por ahí pinchando al jefe las ruedas de su coche. Se puede afrontar de forma sencilla, tomando consciencia de uno de nuestros actos más básicos: la respiración.”
He oído y leído muchas veces acerca de esta particular manera de “mandar a paseo los pensamientos”, sujetando fuertemente la atención a una cosa tan sencilla como es el respirar de forma consciente, y la verdad es que en un principio no hallé que dicho remedio cumpliera con el pretendido objetivo. Sin embargo, la perseverencia en el intento ha dado algún fruto en mi, y puedo comprobar que en situaciones no usuales, como la de hoy, la respiración se ha convertido en un auténtico remanso de paz. La hago lenta, relajada, consciente y muy sentida. Observo cómo, con cada inspiración, me lleno de energía y vitalidad y con cada expiración me vacio de todos los pensamientos que nublan mi “maravilloso firmamento interior”.
“La respiración no es algo que tu haces, sino algo que presencias mientras ocurre” “La atención en la respiración es la conciencia del tiempo presente”.
Una vez recuperada la normalidad, he podido disfrutar nuevamente de lo que estaba haciendo: servirme la ensalada, rociarla con aceite, cortar un trozo de pan, saborear cada bocado lentamente... y todo ello en consciente silencio, sin
necesidad alguna de evitar la mirada del compañero de mesa. Finalmente, descubro en mi una sonrisa.
- “Por favor, enseñamé” – ruega el alumno.
- “¿Has desayunado?” – pregunta el maestro Zen.
- “Si” – responde el alumno.
- “Entonces, lava tu taza”.
No hay ningún paraíso comparable a lavar la taza con plena conciencia...
Sentir cómo sobre tus manos se desliza el agua, percibir su humedad y su temperatura, experimentar cada movimiento como sagrado, estar tan dedicado en la tarea hasta el punto de olvidar quién eres, desaparecer del tiempo y sentir una calma serena, una paz inquebrantable, un fluir con la sencilla tarea de lavar... ése es el resultado de transformar nuestra percepción de la realidad a través de la plena conciencia en el sagrado instante presente.
No tiene importancia alguna lo que estemos haciendo, lo verdaderamente importante, lo que marcará la diferencia entre estar aletargado o autenticamente despierto y vivo es la manera en cómo hacemos las cosas.
Si nuestros actos surgen de la conciencia del instante presente, cualquier cosa que hagamos, hasta la acción más sencilla, rutinaria y humilde, como puede ser lavar una simple taza, dar un paseo o beber un vaso de agua, se transforman en algo mágico, maravilloso, misterioso, íntimo, sorprendente, sublime y a la vez silencioso... y fuente de una extraordinaria paz interior.