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JUEVES, 8 DE DICIEMBRE

In document Desde El Silencio (página 115-125)

“Bajo la bóveda azul del cielo, los rayos anaranjados de

la puesta de Sol a veces nos ofrecen tanta belleza que nos sentimos abrumados y nuestra mirada se queda congelada. El esplendor del momento nos deslumbra de tal modo que nuestras mentes compulsivamente inquietas hacen una pausa para evitar distraernos del aquí y ahora. Bañada en esta luz, parece abrirse una puerta a otra realidad que, aunque siempre está presente, raras veces llegamos a percibirla. En estos momentos tan expansivos logramos vislumbrar la eternidad del Ser mismo, volvemos a nuestro verdadero hogar...” (Russell E. Dicarlo)

Hoy es el último día del retiro. Ahora toca enfrentarse nuevamente con los demonios que nos acechan en el día a día e intentar salir triunfante de la batalla. Llevo impregnada en mi conciencia la innombrable experiencia vivida ayer. Por otro lado, estos días han sido una muy bella experiencia en todos los aspectos. Tanto el entorno como el silencio y poder escuchar cada dia a Consuelo han sido un auténtico lujazo. Consuelo me ha parecido una sabia intemporal que vive lo que dice y dice lo que vive.

No necesito recordar con la memoria todo lo aqui escuchado. “La acción correcta dimana de la comprensión” y no del estar recordando consignas sin parar, eso no es útil en ningún caso. Sólo cuando he actuado sin motivación alguna he sentido que mi acción se volvía contemplativa.

Ordeno la habitación, recojo mis cosas y las dejo preparadas para marchar inmediatamente después de la última charla de Consuelo, su titulo: “Vivir lo nuevo en cada instante”.

“Caminar por las calles o estar en tu casa, bucear en las profundidades del mar o escalar la más alta montaña, acariciar a tu hijo recién nacido o abrazar internamente a tu enemigo, abandonarte al placer o enfrentarte sin vacilación alguna al dolor y la muerte, siempre esta pasando algo... algo extraordinario.”

“Cada momento es único, no hay instantes vacíos.”

En este ultimo día, al acabar la Contemplación de la mañana, vuelvo a mirar a través de una pequeña ventana el mismo amanecer que ayer me “atrapó”.

Después de un frugal desayuno mantengo una pequeña conversación con la persona a la que dí el pequeño “sobresalto” en la cena del día anterior. Nos dirigimos al exterior del recinto para dar un pequeño paseo y poder hablar sin romper el silencio reinante en la Hospedería. Le pido perdón por el incidente de la cena y sin entrar en muchas profundidades intento explicarle lo sucedido ayer. Él se muestra totalmente comprensivo y resta importancia al incidente manifestando que en el momento de ocurrir supuso cuál era la causa de mi estado emocional. Le agradezco su amabilidad y nos despedimos con un apretón de manos.

Entro nuevamente en la Sala de Contemplación para vivenciar el último acto del guión previsto en esta semana tan intensa que a punto está de morir. Observo que durante todos estos días me he sentado en sitios distintos de la Sala, y en

cada ocasión he percibido de manera diferente las cercanas montañas dependiendo del sitio en el que me sentara. Era curioso pensar que tanto el observador como las montañas siempre eran los mismos pero las sensaciones cambiaban y mucho. Los factores que marcaban esas diferentes percepciones del grandioso escenario podían ser varios: los colores del día dependiendo de la hora en que me sentara, mi estado anímico (sobre todo al principio de la contemplación, después ese condicionante solía desaparecer), el ángulo de visión de la montaña, etc. No podía dejar de pensar que, a semejanza de mi cambiante percepción de las montañas, la vida me parecía cómica, trágica, maravillosa, tediosa, alegre, depresiva, etc. dependiendo también de muchos factores que también condicionan mi percepción de la misma. Y ninguno de ellos es real.

Tal como manifiesta hoy Consuelo, el contemplativo puede representar en su vida cotidiana el papel de principe o mendigo con la misma templanza y ecuanimidad porque acepta el personaje que le ha tocado vivir en cada momento. Nuestra percepción limitada y basada en juicios de toda clase está creando constantemente un tipo de realidad condicionada, al igual que sucedía con mi visión parcial de la montaña. Si se acallan esos juicios se hace el silencio en nuestro interior y la percepción se vuelve unitaria, consecuentemente la realidad estalla y cambia radicalmente. En ese estado, nuestra acción, por simple que parezca, resulta totalmente nueva a cada momento, como si se realizara por primera vez. Todo se ve con una mirada limpia y libre que se maravilla de todo lo que vive de instante en instante.

Sin embargo, habitualmente estamos acostumbrados a ver e interpretar la vida desde nuestros pensamientos y

emociones, y ésta es la peor atalaya posible. La mente produce olas. Una simple sensación puede desencadenar en la mente una explosión de pensamiento conceptual. De esta manera nos perdemos de la realidad y entramos de lleno en un mundo hecho a base de espejismos. En el paróxismo extremo de nuestra implicación en ese espejismo de la vida, en ocasiones hasta incluso nos sentimos con el deber y la obligación moral de tener cierto tipo de emociones conflictivas, como por ejemplo el duelo por la muerte de alguien cercano, en algunos casos extremos incluso para toda la vida. También consideramos legítimo albergar a veces emociones como los celos, la culpa o la ira, y esas emociones parecen estar incluidas en los guiones de situaciones que podemos ver de forma habitual en nuestro entorno. Sin embargo, estas emociones no generan otra cosa que confusión, caos, conflicto, separación, victimismo y sufrimientos de toda clase y condición.

Es claro que en nuestro vivir cotidiano tanto las emociones como los pensamientos tienen una función, mayormente adaptativa y de supervivencia, y que debemos aprender a manejarnos con ellos, al igual que aprendemos a conducir un coche con el fin de que no esté fuera de control y se convierta en algo peligroso para uno mismo y para los demás. Hemos de negociar con nuestros “demonios”. Debemos expresar nuestras emociones de forma total y poderosa y dirigir toda esa energía al exterior, no retenerla, para que desaparezca sin dejar huella. Pero la mejor gafa que uno pueda llevar para observar la realidad no es precisamente la de pensamientos y emociones, esos dos cristales están empañados y nos procuran una visión muy borrosa. De hecho, en este Camino, de lo que se trata finalmente es de tirar cualquier gafa que llevemos puesta y tener una visión limpia,

pura, sencilla, natural, desnuda, vacía, descondicionada, libre...

El río de los pensamientos y emociones muere en el océano de la silenciosa, plena e ilimitada consciencia.

Vuelve a caer una densa niebla en este último día de retiro, como si fuera la caída final del telón que anuncia el final de la obra.

Abandono la Sala antes de que acabe el turno de preguntas. Lo hago por última vez y sin despedirme de nadie, en realidad no conozco a nadie, todos siguen siendo tan perfectos desconocidos como el primer día. En esta despedida no ha habido lugar para sentimentalismos de clase alguna. Pero tengo la preclara sensación de que en todo esto hay “cosas” mucho más grandes que los sentimientos, mucho más grandes que nosotros y nuestra mente y todo lo que ella pueda albergar, por ello escapan a nuestra percepción ordinaria al igual que una criatura de los abismos marinos es incapaz de percibir las maravillas que hay en la superficie de la tierra.

Me subo al coche para iniciar el retorno a lo cotidiano. Mis movimientos son lentos, acompasados. Al motor le cuesta arrancar después de siete días de estar parado, y no me refiero sólo al del coche.

Tener algún tristeza en este momento me hubiera llevado a tener que admitir mi apego a lo vivido en estos días y, en consecuencia, a reconocer que no he aprendido mucho en este retiro. Sin embargo, conduciendo de vuelta a casa, prefería pensar que todo había sucedido en un ya “lejanísimo pasado”, por muy maravilloso que éste haya sido. Es cierto que

han sido unos preciosos días llenos de bellos momentos, pero son los mismos que puedo vivir mañana en la vorágine del trabajo o en cualquier otra situación si me coloco en la perspectiva correcta del actuar plenamente consciente, es decir, sin buscar logro alguno y sin apegos de ninguna clase, vivenciando cada instante libre del tiempo, experimentando intensamente la impermanencia y el cambio eternos.

“La búsqueda de lo exótico, lo raro, lo inusual, lo poco corriente, ha adoptado con frecuencia la forma de peregrinación, de un alejamiento del mundo, del viaje a Oriente, a otro país, o a una religión diferente. La gran lección de los verdaderos místicos – desde los monjes zen hasta los actuales psicólogos humanistas y transpersonales – es que lo sagrado se encuentra en lo corriente y que hay que hallarlo en la vida cotidiana, entre los vecinos, los amigos y la familia o en el propio jardín, y que viajar puede que sea una escapatoria para no afrontar lo sagrado. Mirar hacia cualquier otra parte en busca de milagros es, para mí, un signo inequívoco de ignorar que todo es un milagro.”

En este lugar he sentido la plenitud del Vacío, sería por tanto absurdo volver a mi vida cotidiana con la mente llena de cosas inútiles y quedar atrapado en las siempre cambiantes condiciones de la vida. “El Camino incluye nuestro trabajo,

nuestro amor, nuestras familias, etc. Lo personal y lo universal son uno”. Como aconsejó un sabio discípulo a otro “Si realmente quieres conocer a un maestro zen, habla con su mujer.”

No hay ningun porte digno que mantener, ninguna solemnidad que ostentar ni nada parecido. Muy al contrario, el humor forma parte de ese “arrojar todo nuestro equipaje”.

“A medida que maduramos, nos sentimos más cómodos con las paradojas, apreciamos más las ambigüedades de la vida, amamos nuestra fragilidad y transitoriedad. Desarrollamos un sentido de la ironía, la metáfora y el humor de la vida y la capacidad de abarcar el todo, con su aparente belleza y crueldad.”

Es evidente que no hay un final feliz para la vida. Si la muerte no nos envia una citación antes de tiempo, es ley inquebrantable pasar por las etapas de enfermedad, sufrimiento, decadencia y muerte. “Date por muerto, es lo

único inteligente que puedes hacer para escapar de la prisión de tu ego”. No nos queda otra opción que rendirnos a ese

hecho incontrovertible y encontrar la única salida posible: construir nuestra vida sobre una inalterable conciencia de la impermanencia de todas las cosas, incluidos nosotros mismos. Si logramos vivir desde el desapego que genera la conciencia de la impermanencia de todo lo que observamos en nuestro día a día, nos liberaremos de nuestros miedos, nos sentiremos ecuánimes y serenos ante cualquier adversidad, por terrible que nos pueda parecer, incluso cuando la propia muerte llame a nuestra puerta.

“La unica alternativa posible al terror ante la cercana muerte por el cáncer era la de ser consciente de la impermanencia y amar las cosas precisamente porque son efímeras. De este modo fui aprendiendo lentamente que – al contrario de lo que hasta entonces había pensado – el amor no consiste en retener sino, por el contrario, en liberar, en dejar ser.” – Ken Wilber.

Adquirir profunda conciencia de ella nos eleva un palmo del suelo.

“Las muchas cosas que ocurren, las muchas formas que

adopta la vida, son efímeras por naturaleza, son todas fugaces. Las cosas, los cuerpos, los egos, los sucesos, las situaciones, los pensamientos, las emociones, los deseos, las ambiciones, los temores, el drama... llegan fingiendo ser importantísimos, y antes de que te des cuenta se han ido, se han disuelto en la nada de donde vinieron”.

Esa conciencia nos libera, sea cual sea nuestra visión del mundo. Es decisión nuestra iniciar ese incierto viaje en busca de presuntos estados de conciencia más elevados donde, pretendidamente, la percepción de la realidad cambia sobremanera hasta convertirla en poco reconocible, acostumbrados como estamos a interpretarla únicamente a través de nuestros cinco sentidos. Yo doy buena fe de esa “otra percepción”, pero eso no tiene valor alguno, y lo comprendo. Cada uno debe decidir por sí mismo en primer lugar si hay cumbre, en segundo lugar si hay camino a esa cumbre y por último y en su caso emprender la “ascensión” sin mirar en ningún momento hacia arriba. Este Camino no está definido. En realidad, tal y como proclama el Tao Te Ching “El

Camino que puede expresarse no es el Camino.”

En este Camino, mirar a la cima marea y no tiene objeto alguno. No hay mapas ni porteadores, sólo las huellas dejadas por otros viajeros pueden servirnos a veces de guia en medio de la noche y lo desconocido.

“Penetrar en el silencio es un viaje, un soltarse en niveles progresivamente cada vez más profundos de serenidad, hasta

que desaparecemos en la espaciosidad.”

Este camino de ascensión lo inicia el “yo”, sin embargo no lo termina nadie porque ese “yo” acaba siendo trascendido, desaparece en el camino al darnos cuenta de que no es más que un concepto ilusorio. Finalmente, nos damos cuenta de que el Camino y la meta son uno, y es precisamente el lugar donde nos encontramos en cada momento.

Solo hay pura mirada, en un eterno Ahora en el que todo sucede.

Al final de ese Camino sin nombre sólo queda Conciencia... sencillamente Lo Que Es.

Todo lo que hay, es Conciencia. Conciencia es lo único que hay.

In document Desde El Silencio (página 115-125)

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