EL HOMBRE SE HA CONVERTIDO EN
UN
SER DE DOLOR, POR
LA IGNORANCIA QUE TIENE DE SU PROPIO SER.
ES DESALENTADOR COMPROBAR, EL DESCONOCIMIENTO QUE TE-
NEMOS DE NOSOTROS MISMOS,
Y ES PATÉTICO LO QUE PADECEMOS
POR NO SABER... QUIÉNES SOMOS.
SI EL HOMBRE ACEPTARA QUE ES SOLAMETE UNA
PERSONALIDAD,
ESTARÍA
INCOMPLETA
SU
TOTAL
CONSTITUCIÓN.
¿OUÉ HAY EN LA PERSONALIDAD, ADEMÁS DE LAS
MÚLTIPLES CARACTERÍSTICAS Y TALENTOS EN MAYOR O MENOS
GRADO...? - EGOÍSMO Y VANIDAD.
¿QUE ES LO QUE DESAPARECE CUANDO EL HOMBRE YA
SABE QUlEN ES...? - EL
EGOÍSMO,
PRODUCTO DE LA
INSEGURIDAD EN QUE VIVIMOS POR IGNORAR QUIENES
SOMOS, Y CURIOSAMENTE LA SABIDURÍA REEMPLAZA A LA
VANIDAD.
CUANDO LLEGUES A CONOCER ¡QUIEN ERES TU! YA NO
HABRÁ MISTERIOS PARA TI. LA VIDA DEJARÁ DE PARECERTE
INSOPORTABLE Y LAS GENTES INCOMPRENSIBLES.
ESTEBAN MAYO
CONTRAPORTADA:
Vivir poco o mucho es cosa del Creador, pero vivir bien
o mal es cosa nuestra.
La mejor forma de vivir... es tener un gran deber que cumplir.
Los deberes que impone la existencia no terminan en tanto haya
vida.
¿Qué sabe el hombre de la vida y de la muerte?
Todos llegan al mundo llorando, y los que hay vivido bien se van con
una sonrisa.
El destino no está sujeto a la ciega fatalidad; si así fueres,
el hombre no habría sido dotado de inteligencia, de voluntad y de
consciencia.
La ignorancia es el más grande de los pecados de la humanidad.
El hombre no es malo cuando es consciente, es malo por ignorante...
por inconsciente.
Ningún problema por difícil que sea, será superior a nuestra fuerza y
competencia para resolverlo.
Los errores no serán causas perdidas, si son aceptados como
lecciones.
El remordimiento es señal inequívoca del juicio severo al que nos
sometemos ante nuestra consciencia como único juez.
Ella espera que lancemos con sincero e íntimo dolor el "yo me acuso",
para que podamos recuperar la paz interna.
¡¡QUIÉN ERES TÚ!!!!
Esteban Mayo y Carmen Covarrubias
Editorial Mayo
Gutemberg 39, Col. Anzures Cód. Post. 11590 545-13-43 545-11-86Diseño y Portada: Ernesto Molina y Vedia Tipografía y Formación: MEX-SUR EDITORIAL, S.A. DE C.V., California 98-A, Col. Parque San Andrés, Coyoacán, 04040 México, D.F., Tel. 689-17-40
Título original: ¡Debemos Perdonar a Dios! ©Reservados todos los derechos.
Se hace constar que en el registro público del derecho de autor quedó registrada esta obra bajo el número 5005/77.
Este libro no puede reproducirse, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de los editores.
Prólogo Editorial
Inicialmente esta obra se intituló ¡Debemos Perdonar a Dios! Con este nombre se imprimieron cuatro ediciones desde fines de 1977 hasta principios de 1978, las cuales se agotaron de inmediato, y durante los siguientes años se suspendió su impresión para poder ampliar la tesis que sustentan sus autores sobre ¡La Inteligencia!
El dejar establecido que el hombre es un ser inteligente, fue una gran responsabilidad para los autores de este libro, así como dar las claves para que se manifieste en él esta grandiosa facultad sin necesidad de tener una cultura especial. Se explayaron de tantas maneras en el desarrollo de su tesis sobre la inteligencia, como lo requirió el rebatir la tradicional creencia de atribuirle esta facultad solamente a unos cuantos.
Fue así como el tiempo, el esfuerzo y la dedicación empleados en este fin les parecían insuficientes para revisar, complementar y dar por terminada su obra.
Al haber dado a conocer las primeras ediciones con el nombre ¡Debemos Perdonar a Dios!, sus autores han tenido la intención de sacudir nuestras consciencias para que reconozcamos nuestros errores y dejemos de culparlo.
Quienes captaron este mensaje lo encontraron.subyugante, al grado que para algunos sacerdotes fue tema de sus sermones.
pero otros en cambio, objetaron el título por parecerles irreverente, sin haber leído el contenido del libro.
Si ¡Debemos Perdonar a Dios! satisfizo a la mayoría, en cambio, algunos críticos consideraron que pudo haber sido mejor si se hubiera abundado más en determinados conceptos que despertaron su interés. Estas observaciones motivaron a sus autores, no sólo a explayarse en esos temas en particular, sino que lograron exponer con mayor amplitud la realidad espiritual del hombre para poderle decir... ¡Quién eres tú! Con este nombre vuelve a la circulación su obra, para evitar las controversias innecesarias que el título anterior provocó.
El maestro Esteban Mayo ha impartido durante más de doce años cursos y conferencias sobre los profundos temas del hombre y de la vida, pero si él no los hubiese asociado a Dios, no habría podido justificar la clave inteligente que rige la vida en el Universo y menos aún, el vínculo que existe entre el Creador y la criatura humana.
Cada vez que el Sr. Mayo sustenta una conferencia, el pú-blico lo rodea en demanda de consejos u orientaciones, y ante la imposibilidad de atender en forma eficaz cada una de las deman-das, decidió escribir este libro con el fin de que en sus páginas encuentren las claves que les permitan resolver sus problemas, así como mejorar sus relaciones en la convivencia. La obra fue escrita en estrecha colaboración con su madre, la Sra. Carmen Covarrubias Robles. Ella participa de sus mismos ideales y am-bos han fusionado sus conceptos en una feliz combinación, al grado que no se podría definir cuál ha sido la aportación de cada uno.
se auxilian de múltiples datos de otros autores para realizar sus obras, pero en el caso de ¡Quién eres tú!, tanto el maestro Mayo como su colaboradora, incursionaron en el Conocimiento Universal que está al alcance de todo aquél que logre penetrar a los amplios dominios de la Consciencia.
Esta editora ha puesto en circulación las subsecuentes ediciones revisadas y aumentadas, convencida que a ningún escritor le sería suficiente toda su existencia para abarcar el infinito tema de la vida, pero reconoce que los autores de ¡Quién eres Tú! pudieron establecer en su obra, que el hombre está presente en la vida !como un ser inteligente!
Comentarios
Comentarios que apoyan la tesis que sustentan los autores en esta obra sobre la Inteligencia.
En el siglo XVIII el filósofo, idealista y matemático Gottfried Wilhelm Leibnitz, hizo la siguiente afirmación: "La Inteligencia es un esfuerzo evolutivo de la consciencia".
El 5 de junio de 1982, en el diario "El Universal" de la ciudad de México, apareció la siguiente nota a cargo de Francois Cavanna, titular del premio Interallie.
La inteligencia es algo tan abstracto que no se puede con-fundir con el talento, dicen en Francia. La polémica sobre el papel de la inteligencia, está cobrando nuevo impulso en ose país. Un grupo de intelectuales franceses no han vacilado en ponerse en evidencia, para echar por tierra la confiabilidad de los tests de inteligencia como prueba de supremacía cerebral. Escuelas, empresas e inclusive la ciencia, han sido víctimas de medir la capacidad del individuo a través de una serie de juegos con pretensiones científicas. El coeficiente intelectual que hasta ahora ha servido para determinar la inteligencia natural del hombre, en ningún caso es sinónimo de br i l la nt ez, a la hora de hacer descubrimientos.
intelec-tuales que han sentido inquietud por este tema. Los autores de esta obra coinciden con ellos en que la inteligencia no es talento y por otra parte concuerdan con Leibnitz, al dejar establecido que la inteligencia se manifiesta en el hombre mediante un proceso de evolución que no es necesariamente intelectual, pero sí demanda del esfuerzo de la expansión de la consciencia.
INTRODUCCIÓN
Compartir el dolor de quienes nos han confiado sus penas, nos ha dado la oportunidad de penetrar a ese mundo insospechado de inadaptabilidad, de confusiones e incomprensión que existe entre las gentes que desconocen la alegría de vivir, por los conflictos a los que se enfrentan en la diaria convivencia. Esa necesidad que tiene el ser humano de compartir un techo y el pan de cada día, con los seres de su misma sangre o de su afecto, y sin embargo, les es tan difícil encontrar la forma de vivir en armonía, que no sólo ensombrecen su existencia, sino que provocan el sufrimiento inútil y en ocasiones, hasta atraen la adversidad.
A todas estas personas que confiaron en nosotros, agradecemos el conocimiento que nos dejaron sus dolorosos experiencias, y a ellas se debió la decisión que tomamos de meditar muy profundamente en el hombre y en la vida, para enviarles un mensaje de confianza en sí mismos, para que disfruten del privilegio que tenemos de vivir.
También agradezco a mis alumnos y al público que me escucha a través de la radio y la televisión, el estímulo que me dieron con sus opiniones sobre el libro, las que considero fueron sinceras.
a la venta en tiendas o librerías, las personas interesadas en leerla acudían personalmente a mi salón de conferencias para adquirirla, y en ocasiones observé que algunas regresaban por volúmenes adicionales para obsequiarlos, convencidas del bien que harían a quienes los leyeran; éstos, a su vez, también los regalaban con el mismo fin.
Fue así como las primeras ediciones de este libro se con-virtieron en una cadena de ayuda a un amigo o familiar y que nos dio el placer de vender, en varias ocasiones, ejemplares que se enviaron al extranjero.
El continuo peregrinar de las personas que iban en busca del libro desde los distintos puntos de la ciudad e inclusive del país, nos conmovió, así como la opinión de algunos críticos que, como se menciona en el prólogo, nos motivó a revisarlo y ampliar sus temas, para volver a lanzarlo con mayor contenido y llevando el reto de hacerle frente a la vida, confiados en la capacidad que tenemos de encontrar las claves inteligentes para saber vivir.
También agradecemos la inestimable colaboración que nos brindaron el señor Raúl Gómez Ugalde y la señorita Margarita Pérez Gavilán, no sólo por la revisión literaria de esta obra, sino también, por el interés que compartieron con nosotros en el mensaje que lleva este libro, para lo cual nos ayudaban pa-cientemente a buscar, aquella palabra que en ocasiones es difícil encontrar, para expresar mejor una idea.
ji Quién eres tú!!
En esta hora gris la soledad me envuelve como bruma, sólo me distrae el movimiento de las hojas secas que circundan mi cabaña y el ruido que hacen al ser arrastradas por el viento, es el único indicio de vida que percibo en torno mío, a pesar de que ya están muertas.
Al ver las hojas inertes en el suelo me comparo con ellas, yo también me siento desprendido del árbol que me nutría con su savia, desde que se fue para siempre la mujer que compartió los afanes y vicisitudes de mi vida.
El vacío que ha dejado la ausencia de mi amada compañera, me mantiene aferrado a mis recuerdos; ellos son los únicos que están activos en este hogar que parece estar abandonado, desde que ella vive solamente en mi memoria.
Mi presencia no logra dar la sensación de que alguien habita esta cabaña; ahora vivo como el náufrago que de pronto se en-cuentra asido a un madero, sin poder dar señales de que existe.
Años atrás construimos este hogar para cobijar nuestro futuro, ese tiempo que se llena de esperanzas e impaciencia por ver
realizados nuestros anhelos, pero como ya no espero nada. . . he perdido la ilusión. Sin embargo, la indiferencia me lleva a pesar mío, a ese pasado colmado de los anhelos que hacen estimulante la vida. Uno de ellos fue el arribo de nuestro primer hijo; su espera se nos hizo interminable desde que estuvo dispuesta la cuna para recibirlo.
Poco tiempo después nació otro miembro de la familia, me-diando una diferencia tan corta en sus edades, que a poco igualó a su hermano en estatura y destreza.
La presencia de mis hijos transformó nuestro hogar con sus voces y gritos. Su incansable actividad le daba vida a este apartado lugar que ahora está tan desolado, como si la tierra les negara su vitalidad a los árboles que circundan mi cabaña.
Después de pasar la mayor parte del tiempo en compañía de la madre, mis hijos esperaban impacientes el momento en que yo volvía del trabajo, para lucir ante mí sus habilidades sobre las cosas nuevas que les había enseñado. La sorpresa que yo demostraba por sus progresos era un estímulo, tanto para ellos, como para mi esposa.
La creatividad de los niños fue desarrollada con tanta paciencia por la madre, que su genialidad nos mantenía entretenidos durante el tiempo destinado a descansar. La sana competencia que se establecía entre todos, hacía difícil suspender nuestras diversiones para irnos a dormir, pero mi esposa abandonaba la actitud de compañera de juegos para imponer su autoridad de madre, ya que solamente al ver reflejada la firmeza en su rostro y en su voz, nos resignábamos a suspender los pasatiempos que nos hacían amables los atardeceres, sin tener necesidad de salir de casa para distraernos.
Por las mañanas, la enérgica y cariñosa voz de mi esposa nos hacía abandonar el lecho para emprender las labores que requiere un hogar; el nuestro se mantenía confortable porque todo estaba en orden.
Recuerdo cómo era hermoso cada amanecer; disfrutábamos diariamente de la fragancia del bosque y del canto de los pájaros. Al desplazar la luz a la obscuridad, ellos daban la bienvenida al sol, aun cuando alguna nube se interpusiera al paso de sus rayos.
En cada uno de nosotros se podía apreciar el vigor de un cuerpo sano y libre de las tensiones que producen los problemas cotidianos. Era placentero el atender diligentes las tareas que mi esposa nos designaba, antes de tomar el apetitoso desayuno pre-parado amorosamente por ella. Ese momento lo disfrutábamos, no obstante que era corto el tiempo que permanecíamos en la mesa. Mis hijos partían presurosos a la escuela, y yo a luchar por el bienestar de mi familia.
Nuestra vida se deslizaba sin tropiezos, como si no estuviera expuesta a esos imprevistos que alteran inexorablemente la exis-tencia, aun de las gentes más apacibles. Era como el ensueño en que viven los niños confiados en que nada los pueda dañar. . . seguramente por eso, al sorprendernos la fatalidad, yo fui el más desorientado.
Mi esposa mantuvo su entereza en los días interminables de zozobra, para tratar de contagiarme un optimismo que estaba muy lejos de sentir; solamente sostenía su ánimo activo para que yo no cayera en la desesperanza, pero el esfuerzo que hizo fue minando su vitalidad. Ella decaía en el intento de levantar mi fortaleza, no obstante que era mayor su dolor, tanto por el
cambio bruta! de nuestra vida, como por la rebelde actitud que adopté al ser atropellado en mis derechos de padre.
La impotencia de negarme a cumplir la orden de que fueran a la guerra los seres que eran la razón de nuestra vida, me derrotó sin haber podido defenderme de la agresión más artera por la que puede pasar un hombre, cuando recibe la orden contundente de mandar a sus propios hijos al matadero. La inconformidad me cegó al grado de no darme cuenta que mi esposa se desmejoraba, y desde el momento en que la perdí, he sido el único habitante de este solitario lugar.
Mis dos hijos estaban llenos de vigor y con grandes posibili-dades en su porvenir, pero una orden superior cortó ese futuro, como si el derecho que tienen los jóvenes de vivir dependiera del arbitrio de los que nos gobiernan. Nosotros elegimos a nuestros dirigentes, y una vez en el poder disponen hasta de la vida de los seres que hemos procreado, sin tomar en cuenta que los preparamos para la vida, y no para una muerte prematura que nunca se podrá justificar. Es irónico el resultado de una guerra aun para los que no perdemos nada físico, pero en lo moral quedamos tan lastimados, que es difícil volver a ser lo que fuimos.
AI ver crecer a mis hijos, yo mismo me proyecté en las metas que alcanzaban, sobre todo en aquéllas que no pude realizar debido a que las circunstancias me fueron adversas en la época de mi formación de adolescente. Pero en el caso de ellos, tenía planeado que nada impidiera cristalizar sus aspiraciones, y para lograrlo me propuse ser el baluarte en donde se estrellaran las adversidades.
Fueron tiempos felices aquellos en que mi familia se concre-taba sólo al círculo del hogar, pero olvidé que pertenecemos a
una comunidad involucrada en un solo destino, inconforme y egoísta que no logramos superar. Ese es el mundo de ahora, la comunicación nos mantiene tan cerca, que nos hemos contaminado unos a otros de la agresividad o de la indiferencia, así como de los modismos ajenos que nos hacen perder nuestra propia personalidad.
Ahora me parece que media una eternidad entre esas horas que se han ido y las que vivo actualmente, esa época feliz pasó con la premura con que se lleva el tiempo las cosas buenas de la vida. En cambio, lo que nos atormenta, se queda a formar parte de un presente sin esperanza, y sólo nos queda el recurso de evocar los buenos tiempos.
En esta hora gris no puedo escapar a la cita con mis reminis-cencias, que acuden puntuales a mi memoria para seguir viviendo, como si tuvieran cuerpos las imágenes de mis hijos y de mi amada compañera. Se agolpan en tropel los ajetreos de sus vidas y mi participación como guía y compañero. Ahora que la luz languidece, solamente me consuela saber que las tinieblas de la noche pondrán fin a un día menos de los que aún me quedan por vivir en esta insoportable soledad.
Viene a mi memoria una mañana en que el sol entraba a raudales por las ventanas, acompañado del perfume de los cedros y eucaliptos. Los pájaros con sus trinos hacían más algarabía que en otras ocasiones, como si quisieran darle más realce al aniversario que celebrábamos despreocupadamente, a pesar de que nuestro país participaba en una guerra desde hacía varios meses.
Sobre un mantel de lino se hallaban dispuestos sencillos ali-mentos, transformados en manjares por las hábiles manos de mi
esposa. El aspecto atrayente de los platillos, el arreglo de la mesa, y el desbordante júbilo con que disfrutaban mis hijos de ese desayuno especial, le dio un ambiente de fiesta a la cabaña.
Aquella ocasión fue la última en que disfrutamos de la unidad familiar, como si fuéramos uno solo, pero el ambiente festivo fue interrumpido por la llegada del cartero. Éste me hizo entrega de un sobre oficial, en la misma forma en que se reparte la propaganda de un producto de consumo.
El corazón me dio un vuelco al recibir la misiva, y los dedos me temblaron al rasgar el sobre. Ese simple papel, disponía que el mayor de mis hijos se presentara para alistarse en el grupo que partiría a los campos de combate.
Con gusto hubiera dado mi vida para evitar que se enteraran del mandato militar, si éste hubiera quedado sin efecto.
Esas pocas palabras impresas en un papel, derrumbaron nuestros planes que estaban a punto de convertirse en realidad, separaron a dos hermanos que no habían dejado de compartir un solo día sus juegos, sus estudios y trabajos. Arrancaron un hijo a una madre que se había consagrado a su formación para hacer de él un hombre de bien; pero ahora esa orden oficial, lo destinaba a pelear contra supuestos enemigos que tendría que matar, aun cuando apenas comenzaban a disfrutar del término de sus estudios.
Este simple papel destruyó nuestros planes al desmembrar mi familia. Hasta ese día habíamos sido felices al cumplir cada uno con su deber, con el amor y respeto por nosotros mismos y por los demás, pero en estas circunstancias era necesario que mis hijos aprendieran a odiar para no matar a sangre fría.
Nuestros gobernantes lanzan a los jóvenes a la vorágine de un odio nunca antes sentido, para que consideren a sus semejantes como enemigos mortales, por los convencionalismos de la guerra.
Mis hijos desconocían la agresión; en su vida sencilla no habían tenido oportunidad de practicarla. Su madre les enseñó a zanjar cualquier dificultad por medio de la razón, y también a dar primero lo que deseaban recibir de los demás.
Este sistema era un hábito para ellos, pero desgraciadamente una orden oficial, derrumbaría sus costumbres y principios.
No tuve que darles ninguna explicación sobre lo que decía la carta; mi semblante fue más elocuente que las palabras que pudiera haber dicho. En todos aprecié la angustia aun cuando desconocían el contenido del sobre; pero desde ese momento el sol que antes brillaba se cubrió de nubes negras para mí, y creo que los miembros de mi familia presintieron la tormenta que nos amenazaba.
Fue así como un simple papel, con una cuantas líneas lacónicas y frías, puso fin a nuestras ilusiones y modificó nuestras vidas.
Por las noches oía el aullar del viento, ese rumor que aumenta el dolor de los que sufren; así como también, cuando el viento se lamenta prolonga la agonía de los que mueren o de los que esperan. El viento tiene tantas voces. . . una de ellas acaricia, cuando lleva la humedad del mar al convertirse en brisa; pero esa voz ya no la podré percibir aun cuando la sienta sobre mi piel; he quedado insensible de tanto dolor.
Las pocas horas de sueño que lograba conciliar ya no fueron tranquilas. El despertar era terrible. Apenas entreabría los ojos vivía de inmediato la realidad, como si en el espacio estuviera suspendida una leyenda con enormes letras que dijera: ¡tu hijo no volverá de la guerra!
Desde que llegó el sobre oficial hubiera jurado que le habían agregado más horas al día, también parecía que nuestros organismos ya no necesitaban alimentarse. Nos sentábamos a la mesa por costumbre, pero retirábamos los platos sin haber terminado su contenido. La esperanza de ver nuevamente al que partió conservaba nuestras energías, como si la ilusión fuera un elixir de vida.
Pasado algún tiempo el cartero nos llevó nuevamente otro sobre oficial que nos arrebató al otro hijo, quien se resistía a partir para no aumentar nuestra pena.
Este golpe fue un reto a la poca entereza que tratábamos de conservar. Fue el derrumbe de la fe y de la esperanza; todo quedó suspendido en el tiempo, ese tiempo que ya no vuelve, y el espacio de la cabaña fue demasiado grande ahora que estábamos solos.
Desde entonces dejamos de contar las horas; ya no hubo amanecer ni anochecer, perdimos la noción de la hora en que vivíamos. Lo mismo era la noche que el día, lo mismo era vivir que dejar de existir. . . todo estaba vacío en nuestro derredor.
Así nos parecía a mi esposa y a mí. Sin embargo, al traer a mi memoria su presencia, me doy cuenta de que ella seguía llenando la cabaña con silenciosa ternura.
Mis hijos ya no regresaron . . . al poco tiempo después ella partió al lugar donde cesan las angustias.
Ahora la cabaña se siente vacía, y cuando la noche se acerca parece estar deshabitada. . . sólo me distrae el ver caer las hojas una a una, en la misma forma en que se extinguen los días que me quedan de vida; porque así como el árbol sin hojas parece que ya no vive, también desde que ya no espero nada, siento en mi interior que estoy muriendo.
A la ilusión le confiamos nuestros anhelos y en ella vivimos el mañana, pero cuando ella muere, algo se escapa de nuestro ser y ese algo es tan valioso, que sin su apoyo la existencia se convierte en un pesado fardo que nos cuesta trabajo sostener.
Ahora sólo el crepitar del fuego le da vida a la cabaña con la danza de las llamas. Bajo este techo únicamente viven mis recuerdos aferrados a mí para poder subsistir, como sobrevive la esperanza, ese mágico estado que hace vibrar al ser humano cuando espera que llegue lo que ha planeado.
Ensimismado como estoy en mis cavilaciones, me sobresalta un ruido diferente del que hacen las hojas al moverse. Me cuesta trabajo definir si no me he confundido, pero un segundo golpe me saca de dudas. Alguien llama a mi puerta, es extraño, nadie ha tocado en ella desde hace mucho tiempo. Intrigado la abro y veo a un hombre que amable me saluda, pero yo no puedo articular palabra; me siento como si hubiera despertado de un largo sueño. Mi silencio no le inmuta; al apreciar mi sorpresa con naturalidad me dice:
No tengo dónde pasar la noche
Me han bastado unos segundos para captar en su mirada una profunda dulzura que me identifica con él; es más, en ese momento tengo la sensación de que estuve aguardándolo. Es inexplicable mi actitud: he rehusado la compañía de mis amigos porque me ofendía su compasión, y por eso nadie ha vuelto a llamar a mi puerta.
Su equipaje es digno de mencionarse: lleva un morral, un hacha y un libro bajo el brazo, como si apenas lo hubiese cerrado al faltarle la luz para continuar su lectura.
Lo invito a que se desprenda de sus pertenencias y tome asiento cerca del fuego para reconfortar su cuerpo, que ha estado expuesto a las inclemencias de la intemperie.
Con naturalidad acepta mis indicaciones, y tiende sus manos hacia las llamas, tan cerca, que parece que las acariciara; pero una vez que las ha calentado, se frota como si en esa forma distribuyera el calor por todo su cuerpo, para acomodarse con placidez en la butaca.
Su mirada se pierde como si el fuego lo hubiera hipnotizado, al grado que su actitud me contagia, y sin decir palabra se establece una comunicación entre el caminante, las llamas y yo.
La magia del momento se interrumpe cuando el hombre se levanta para alimentar la chimenea, y en tanto acomoda los leños, lentamente dice:
— El fuego es luz, es vida, es amor; en torno a una fogata los hombres se identifican y se armonizan en un estado de quietud.
Las palabras que dijo fueron pronunciadas en un tono que hacía tiempo no escuchaba; sus vibraciones han llenado el vacío que dejó la voz de mi esposa. Una sensación indefinida me recuerda su manera de hablar, pero no me atrevo a interrogarlo ni a tratar de establecer el diálogo, para no romper la fascinación que de pronto me invade. Este hombre encarna la paz, esa paz que no es de soledad, brota de su interior.
La danza de las llamas me induce a meditar; él ha dicho que el fuego identifica a los hombres y los armoniza en un estado de quietud y es verdad: en derredor de una fogata se olvidan las pasiones, los conflictos. Todos los humanos por igual, frente a un haz de leños encendidos sucumbimos al hechizo que produce el movimiento del fuego, y al contemplarlo nos invade de serenidad, mágico estado que yo desearía alcanzar, fuera del influjo de las lenguas luminosas que danzan en el hogar.
y de la compañía de este hombre que me contagia su tranquilidad. Sumido en mis reflexiones no me percato que los leños se consumieron ya, y que ha llegado la hora de cumplir con mi deber de anfitrión.
Al levantarme para preparar lo que vamos a comer, lo sustraigo de la somnolencia en que ha caído. Seguramente el cansancio y el hipnótico vaivén de las llamas, contribuyeron a que cerrara sus ojos, pero al abrirlos aprovecho la ocasión para invitarlo a compartir mis alimentos.
Es interesante observar que su mirada apacible tiene una vitalidad juvenil que contrasta con su aspecto. Su elevada estatura, la barba cerrada y crecida, le dan una apariencia de patriarca, pero sus ojos delatan un vigor y entusiasmo que no corresponden a la edad que aparenta.
Con premura se levanta y se ofrece a prestarme ayuda; la acepto complacido y entre los dos preparamos una sencilla comida, mientras tanto charlamos de nuestras escasas experiencias en la preparación de platillos.
Hasta el momento de sentarnos a la mesa me atrevo a inquirir algo acerca de su persona, y con una timidez que desconozco en mí, le hago una pregunta que más que curiosidad es un cumplido.
- ¿Es usted de estos rumbos . . .?
- Yo voy -me contesta—, por todas las rutas que me llevan sin derrotero fijo; no escojo el camino, el que me sale al paso lo sigo confiado.
Su respuesta me desconcierta, pero él sigue diciendo:
— Sólo tengo mi libro y mi hacha; uno me da el alimento del alma y con la otra trabajo para ganarme el alimento del cuerpo.
Por su contestación aprecio que estoy frente a un hombre fuera de lo común. No atino a decirle nada y tampoco es correcto quedarme callado, por lo que me dispongo a romper el silencio que empieza a hacerse embarazoso, pero en ese momento se levanta de la mesa para ir en busca de su libro. El volumen se ve maltratado bajo la luz, seguramente por su constante uso.
Contempla el tomo largamente, como si nunca antes lo hubiera visto y lo empieza a hojear en tanto me dice:
— Con la lectura de este libro aprendí a Perdonar a Dios y con mi hacha depuse el resentimiento que sentía por los -hombres.
Caigo en tan grande asombro que, incrédulo, sólo acierto a decir sus mismas palabras.
— /.Perdonar a Dios .. ,?
Mi huésped parece no escucharme; sigue contemplando su li-bro, pero en realidad está reflexionando y yo escandalizado vuelvo a interrogarlo:
—Que. . . ¿debemos perdonar a Dios?
—Así es —me dice—, debemos perdonar a Dios si es que as-piramos a verlo de frente y a no confundir Su poder.
No cabe duda que me encuentro ante una persona singular. Incisivamente lo observo con el propósito de descubrir su verdadera identidad, pero no encuentro nada nuevo en él, por lo que persiste la primera impresión que me causó. La paz y el amor que irradia son los mismos que aprecié cuando lo vi ante la puerta. Como no me convence lo que afirma, no quiero que dé por hecho que con mi silencio acepto lo que dice, y aun cuando me
doy cuenta de que cada vez que habla me desconcierta más, decido preguntarle:
— ¿En qué forma confundimos el Poder de Dios?
Mirándome fijamente me contesta de inmediato: — Cuando le hacemos esta pregunta:
¿Por qué. . . Señor. . . por qué?
Vuelvo a sorprenderme, aunque de inmediato trato de buscar en mi pasado si en alguna ocasión formulé esa pregunta. . . del fondo de mi alma brota un dolor agudo que trae a mi memoria el momento en que desesperado hice la misma interrogante, al no encontrar la razón del por qué fui designado para sufrir la pérdida de mis seres queridos. Este recuerdo me conmueve al grado que necesito serenarme para rebatirle su descabellada idea, y con tono cortés, pero firme, le digo:
— No me parece razón suficiente la inconformidad que sen-timos por nuestras penas, para pretender algo tan inusitado respecto de Dios, ni aun cuando consideremos injustos Sus designios. Es más, hasta podemos rebelarnos contra Él, pero tener que perdonarlo me parece un desatino.
Al oír mis palabras mi visitante señaló:
— Por qué no busca en su memoria y recuerda si cuando ya estuvo resignado, pronunció esta frase que estamos tan acostumbrados a decir: ¡Es la voluntad de Dios!
— ¡Es cierto! -le contesté alterado—, cuando la inconformidad nos abruma, nos acogemos a Su mandato para descargar un
poco la presión de nuestra pena; pero eso no justifica que debamos perdonar a Dios. . .
Mientras prepara su respuesta, mi huésped emboza una sonrisa que hasta ese instante le conozco, y sus ojos adquieren un brillo que denota una alegría contrastante con mi actitud hostil; después toca su libro con reverencia, como si su contacto pudiera inspirarlo y al fin, pausadamente dice:
— El llegar a comprender que ¡Debemos Perdonar a Dios! me tomó largo tiempo. Esto se debió a que fui un rebelde que renegué de la vida, de los hombres, y en forma especial de Dios. . . Como aprecio en usted curiosidad, esto me alienta a disertar sobre mis vivencias, ellas requieren de una amplia ex- plicación y la quietud en que nos encontramos esta noche es propicia para comentarlas, si cuento con su interés.
Depongo mi hostilidad y lo invito a disfrutar del calor de la chimenea; una vez acomodados en las butacas y frente al fuego, nos disponemos a iniciar un prolongado diálogo, que puede ser amable o llevarnos a una discusión enojosa, porque no es fácil
coincidir en un tema tan delicado, como es hacerle un juicio a Dios para perdonarlo. En fin, . . si no tiene argumentos bien fundados, tendré que discutir con él, pero como también ha mencionado su inconformidad con la vida y con los hombres, seguramente surgirá algo interesante de esta charla.
El tiempo que se toma mi huésped en ordenar sus ideas me produce impaciencia. Me doy cuenta que tengo hambre de que me hablen, pero no de condolencias ni de guerras; tampoco de problemas mundiales ni de cambios en la política. Todo eso me tiene hastiado en tal forma, que he preferido aislarme para no oír tanta palabrería insustancial sobre problemas que no podemos resolver, pero sí tenemos que soportar.
Con impotencia observamos que los que tienen el poder, ad-ministran el mundo a su antojo con los hilos de la astucia y la ambición; pero a nosotros solamente nos queda el recurso de murmurar, para dar salida al descontento que sentimos por la forma en que nos gobiernan.
Este hombre por lo menos habla de cosas distintas, y como su forma de expresarse es apacible, me produce un bienestar que hace tiempo no había sentido.
Después que hubo reflexionado, mi visitante reinició el diálogo eligiendo cuidadosamente sus palabras:
-El desconocimiento que tiene el hombre de sí mismo, es una de las causas de su inseguridad interna y de la confusión en que vive. Como tenemos muy poca información de nosotros mismos, y más de la necesaria sobre la violencia, la injusticia y la maldad que proliferan en el mundo, no debe extrañarnos que
esa desconfianza y desorientación en que vivimos, se deba a que ignoramos cuál es la realidad del hombre, y cuál es la finalidad de la vida.
Si en lugar de estar al tanto de las múltiples cosas inútiles que enajenan una parte muy importante de nuestro tiempo, interés y atención, empleáramos ésta en la búsqueda de nuestro Yo Superior, llegaríamos sin lugar a dudas a encontrar la fuente del conocimiento que está latente en cada ser, y aun cuando se requiera una especial dedicación para este fin, no quedaremos defraudados en nuestros esfuerzos al descubrir que somos criaturas de conscíencia... ¡Eso es el hombre en su realidad espiritual!
Después de reflexionar, prosiguió mi huésped:
-Como el hombre es una criatura de consciencia, tiene los medios para desarrollar la sensibilidad, mediante el hábito de prever los efectos que sus actos van a ocasionar en los demás.
No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti
Esta regla de oro se practica por medio del sentido de la equidad que tiene toda persona que es sensible, y por lo mismo consciente.
Si desde niños estimularan nuestra sensibilidad, nos percata-ríamos de nuestros errores, para no adquirir el hábito de
los de manera desaprensiva, como si el hombre fuera irremisi-blemente insensible.
Cuando el niño se acostumbra a ser indiferente, bloquea los canales de la sensibilidad y la percepción que tiene su consciencia; además, inhibe su intuición e inspiración que va a necesitar cuando sea adulto.
La falta de normas de conducta en un hogar, atrofia la sen-sibilidad de los niños, por lo menguada que está ya la de los padres. Prueba de ello es que éstos no se inmutan ante las faltas que cometen los menores, cuando están de buen humor o distraídos; pero en cambio, si se encuentran alterados, los corrigen en forma tan violenta y exagerada, que no sólo no sacan ningún provecho educativo; por el contrario, desorientan a los pequeños en tal forma, que no alcanzan ellos a discernir el por qué en ocasiones les toleran sus berrinches sin llamarles la atención, y en otras los castigan con tanto rigor, que en lugar de ser un correctivo, da la impresión de un colérico desquite.
La gente es irresponsable cuando atrofia su sensibilidad.
Los buenos hábitos son la base del correcto desarrollo del ser humano, y para adquirirlos tenemos que estimular nuestra sensibilidad, ese delicado y sutil nivel de consciencia que está latente en nuestro ser, y nos hace percibir hasta los más ínfimos detalles al hacernos conscientes.
Los mayores deberíamos conscientizar a los pequeños sobre las consecuencias que acarrean sus errores, y aun cuando resulte Una tarea ardua, es necesario sensibilizar y responsabilizar al
niño de los actos que comete, para que no adquiera el hábito de culpar a los demás. Es tan nociva la costumbre que tiene un menor de acusar a otro de la falta que él cometió, que ni siquiera se inmuta cuando miente. Como su insensibilidad no lo delata, tampoco le impresionará el castigo que le imponen al que señaló como culpable.
El ser humano desde que nace, trae consigo una buena dosis de egoísmo, y en la medida en que lo desarrolle, se irá atrofiando su sensibilidad.
Si yo hubiera tenido desde niño la más ligera idea de que todo acto está sujeto a un efecto, es decir, si me hubiese hecho consciente de las consecuencias que tienen los impulsos arbitrarios, no hubiera sido tan desaprensivo. Precisamente mi falta de sensibilidad, motivó que se convirtiera en un infierno una gran parte de mi vida.
Al llegar a este punto de su relato, mi interlocutor se quedó pensativo, y después de haber reflexionado, continuó:
-- Fui tan consentido por mi madre, que aun desde niño, imponía mi capricho como ley, y al llegar a la
adolescencia, esa etapa en la que se decide el futuro del adulto, mi conducta era incontrolable.
Como en alguna forma mi madre se sintió culpable de la ilegitimidad de mi nacimiento, me sobreprotegía,
seguramente para compensar el hecho de no tener padre. Esto motivó que mi educación careciera de la disciplina que establece los principios de respeto a los mayores, y a los derechos ajenos.
Vivía a plenitud, sin darles tregua a mis arranques emotivos. Si en alguna ocasión estaba quieto, me sentía irritado y de inmediato urdía actividades que provocaban molestias a quienes me rodeaban.
Las costumbres que imponemos a nuestras vidas desde niños, crean los hábitos, y éstos son tan
determinantes, que operan como impulsos automatizados. Son esos actos que se ejecutan sin pensar, en forma inconsciente, por eso son tan peligrosos o benéficos, de acuerdo a la buena ó mala índole que los motiva.
Mi adolescencia la viví sin freno que pusiera término a mi licenciosa conducta, y ya siendo un joven totalmente desarrollado, no sólo no se advirtieron en mí mejores maneras de comportamiento, sino que por el contrario, los malos hábitos crecieron conmigo en una proporción mayor a mi edad y estatura.
En una ocasión estaba solo y tranquilo en un lugar de juerga. Allí esperaba encontrar amigos para divertirme con ellos ó a su costa, como era mi costumbre. De pronto se apagaron las luces y todo fue confusión. Fui golpeado no sé por quién, y a mi vez empecé a tirar golpes a ciegas todo el tiempo que estuvimos en la obscuridad, hasta que me deslumbró la luz cuando fue encendida nuevamente. Al acostumbrar mis ojos a la claridad, pude ver junto a mí a un joven que me era
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conocido, con una herida en el pecho, y mi navaja estaba tirada junto a él.
No me explico en qué momento perdí mi arma; era costumbre que la portáramos los de mi grupo. Durante la riña no tuve la sensación de haberla tenido en la mano; en cambio, me dolían los nudillos de tanto golpear, pero como el arma era de mi propiedad, no pude desmentir a los que afirmaron que yo lo había herido de muerte, debido a los antecedentes que me condenaban.
Ellos fueron testigos que acosaba con frecuencia al que ahora estaba tendido en el suelo, incitándolo a pelear, aun cuando sabía de antemano que no aceptaría mi reto por un impedimento que sufría. Por otra parte, él nunca portaba ni una vara con qué defenderse, y esto quedó asentado en el juicio que me siguieron.
Mi supuesta alevosía quedó comprobada, no por los hechos ocurridos esa noche; fueron las declaraciones de algunas de las víctimas de mi conducta arbitraria, las que influyeron para que el juez ya no dudara en imponerme la pena más severa que marcaba el código para sentenciar mi caso.
El juicio que me siguieron fue tan rápido, que sin darme cuenta cayó sobre mí, la condena más larga y cruel que se puede aplicar a un joven que empieza a vivir.
Una vez preso, mi fama de traicionero y engreído se extendió por el penal en menos tiempo del que yo hubiera necesitado para recorrerlo físicamente. Tuve que enfrentarme al juicio de los presos, que es peor que encarar el que dicta un juez. No obstante que ellos son delincuentes, tienen también su código, que
Aplican a los de nuevo ingreso. La traición la califican como la peor característica que pueda tener el interno, por lo que relegan a éste a la indiferencia más cruel y le dan el peor de los tratos, además de vigilarlo en forma constante para evitar sus posibles denuncias; esta situación es más insoportable que el propio cautiverio.
Así, mi caso fue de nuevo juzgado por ellos, y me enfrenté a convivir con mis segundos jueces, que se convirtieron en los verdugos más severos y bestiales.
Es increíble que en a Tierra pueda existir el infierno, delimitado por esas altas bardas con púas. La banqueta que lo circunda ya es otra cosa, y aún más, cruzar la calle es como encontrarnos en el paraíso; pero esto no lo apreciamos, hasta que perdemos la libertad.
La vida en presidio empeoró mi manera de ser. Me llené de tanto odio, que no cabía dentro de mí; sólo pude optar por mostrarme soberbio, para disimular el miedo que tenía a la cantidad de maleantes con los que iba a convivir, y por razón natural no logré tener ni un solo amigo que hiciera más tolerable mi situación.
En ese hacinamiento me sentí como un ser desierto, pero ¡qué digo! Cualquier desierto es un edén comparado con el reclusorio, aun cuando supiera que allá moriría de hambre y sed.
Vivir apiñados en la cárcel es como estar en un nido de víboras venenosas; todas levantan la cabeza para
morder y desgraciadamente no se puede trepar por los muros para escapar, como lo hacen las arañas… Son más afortunados esos
bichos cuando suben al techo, y desde arriba pueden contemplar la masa humana que se revuelve en el cieno de sus pasiones contenidas, en el constante fluir de sus nefastos pensamientos y en el hedor de sus humores.
En mi encierro tuve cientos de horas para pensar en vengarme de los que me acusaron. Para mí todos eran culpables. De algunos conocía sus alcances, y de otros ya no dudaba de su maldad. El grupo que participó en la riña fue numeroso, y para mi desgracia todos estuvieron en mi contra.
El cuadro que se presentó ante sus ojos cuando encendieron la luz, fue convincente; pero también me acusaron por verse libre de sospechas y molestias. Jamás apareció el que apagó la luz, ni tampoco el que había iniciado el pleito; nadie declaró que me encontraba sentado, tranquilo y absorto en mis pensamientos. Yo mismo no sé si alguien se percató de mi pasividad y no quiso declararlo para no comprometerse. En cambio, reiteradamente fui señalado culpable por mi intemperancia y tendencia al mal vivir.
Mi plan de venganza se extendía también contra mis compañeros de prisión. A ellos los odiaba aún más. Compar-" tiamos la misma situación desesperante, y sin embargo eran más crueles que los de afuera. Aquéllos desconocían el infierno al que me condenaron con sus acusaciones, pero éstos lo vivían conmigo. Sin embargo, eran ellos mismos los que me hacían más insoportable el cautiverio.
El cumplimiento de una condena en presidio, implica perder la libertad que es un derecho que tiene más valor, tal vez, que la vida; la propia vida se devalúa a tal grado en un penal, que el individuo se reduce a una condición despreciable.
Quizás por esta razón, al perder la libertad, se desencadena en la mayoría de la gente el demonio que todo ser lleva dentro. Es común que el delincuente reaccione en contra del castigo que le impone la justicia. Unos pueden ser inocentes; otros esgrimen argumentos que los justifiquen, o bien encuentran fácil culpar a alguien de aquellos actos que nacieron de su propio impulso.
En estas condiciones, una cueva de fieras es más amable; cundo han saciado su hambre, dejan de atacar. En cambio en la prisión, los hombres no cesan de hacerlo; en esos lugares el hambre es de libertad.
En las interminables noches de insomnio, cuando no hay descanso para el alma, ni encuentra postura el cuerpo, recordaba que en mi niñez me hablaron de un Dios que está en el cielo y cuida a los niños cuando son buenos, o los castiga si se portan mal.
En la adolescencia me olvidé de Dios; ya no tuve el temor que me infundieron para que me portara bien, y fue así como perdí la idea de Su existencia, no obstante que nunca lo negué cuando alguien lo mencionaba.
También en la infancia me hablaron de la consciencia, como el juez implacable que nos acusa internamente. Esa manera de darle a conocer al niño esa facultad, limita el concepto que nos formamos de ella, y se conserva quizás de por vida, una aversión instintiva hacia la facultad espiritual más grandiosa que se posee.
Es común que por la forma de hablarnos de la consciencia, cuando vivimos de manera caótica o complicada la rehuimos, así como en el vivir cómodo y disipado. . . simplemente la igno-ramos..
Voy a continuar narrándole a usted mi estancia en el penal. Considero que por mi edad y por el hábito que tenía de imponer mi capricho a los que me rodeaban, no me doblegó ni siquiera el hecho de verme reducido a ser un delincuente. Por el contrario, ante mis compañeros de cautiverio, la soberbia era el escudo tras del que pretendía ocultar mi desolación, al verme privado de la libertad de ir y venir a mi antojo, para final-mente acudir al hogar, en el que tenía reservado ese sitio que tanto añoraba entonces, descansar el cuerpo del ajetreo del día con el sueño: ese estado en que momentáneamente cesan las angustias e inquietudes cuando nuestro interior está tranquilo.
Al hablarnos en la infancia del poder de Dios, creamos fan-tasías en torno a Su existencia, y éstas nos persiguen aun en la mayoría de edad. De ahí parte lo equivocados que estamos, al creer que estará a nuestra disposición cuando lo necesitemos, y es así que transcurrimos por la vida, con la confusión de un Dios que no sentimos, y menos sabemos cómo encontrarlo...
Al llegar mi huésped a este punto de su relato, consideré que había ido demasiado lejos en un asunto tan delicado. Inclusive, aún resentido como yo estaba con la vida, con los hombres y hasta con Dios, no soporté que hablara de Él a la ligera, como imaginé que lo estaba haciendo; así que sin más reservas lo interrumpí:
— Mucho se habla de Dios y de la consciencia, y usted ha dicho que vamos por la vida con la creencia de un Dios que no sabemos cómo encontrar, pero. . . ¿no le parece que una cosa es hablar por hablar, y otra muy distinta sería sacar de la ignorancia a los que no hemos tenido el privilegio de encontrarlo, y menos aún de sentirlo, para experimentar la relación que existe entre Dios y el hombre?
Al oírme hablar alterado, me contestó el caminante con voz apacible y mirada comprensiva:
Nadie puede resolverle esta cuestión, que debe ser realizada y sentida en forma individual. Los caminos para llegar a Dios son infinitos, pero hay que descubrir la clave que lo identifique con su esencia.
Al oír su contestación, le dije con ironía:
Y dígame... ¿se encuentra usted entre los afortunados que lo han logrado?
-Sí -contestó—.
Pronunció un sí tan rotundo, que me vi obligado a verlo de frente y a los ojos; sólo de esa manera podía percibir mejor su afirmación. Al hacerlo, no aprecié la menor vacilación ni sombra de mentira en su mirada. En cambio, sentí esa verdad que habla por sí sola y por lo tanto no admite dudas; es increíble que los ojos puedan decir tanto, cuando su lenguaje proviene de lo más profundo del ser.
Yo quise confundirlo con mi pregunta, y el desorientado fui yo con su lacónica respuesta.
Se hizo un silencio embarazoso que no me atreví a romper; tengo que confesar que estaba avergonzado por haberle juzgado a la ligera, en la creencia de que no iba a tener una contestación satisfactoria. Por otra parte, parece increíble que con tan pocas palabras y con la veracidad de su mirada, me hubiese convencido.
No pude disimular mi torpeza, pero mi visitante, con ese co-nocimiento que parece tener de las reacciones del hombre y del terreno que pisa, volvió a iniciar el diálogo.
-Tiene que ocurrirle al individuo algo muy especial, para que se sacudan las más íntimas fibras de su ser y lo enfrenten a
lo desconocido, a lo inclemente de las adversidades que cree im-posible superar. Así, empieza a templar su espíritu, esa fuerza interna en la que está lo más valioso del ser humano.
La impotencia que embarga al hombre ante su derrota interna, hará que se considere muy poca cosa frente a una situación irreparable que se le ha planteado, y una vez en ese estado de in-fortunio sentirá que el alma sangra por dentro, con un dolor agudo que no le permite respirar a plenitud.
Existen tantas otras formas de sufrir... yo hablo de ese su-frimiento que nos acorrala como a una bestia cuando está rendida ante la impotencia que le impide defender sus derechos, porque éstos han sido vejados, atropellados. Son esas situaciones en las que el hombre se siente tan desamparado ante sus verdugos, que su inocencia no le sirve para nada; quizá le sería más provechoso ser un criminal empedernido; así, se identificaría más con ellos y quizás fueran entonces más humanos con él.
En estas situaciones es muy difícil quedar libre de sentir un ocho que no consuma lo poco bueno que aún quede del indivi-duo; pero si logra vencerlo, se convertirá en otro hombre que en nada se parecerá al que fue. . . la condición es salir a flote de las adversidades que en apariencia se ensañan con él, pero después de esa lucha cruenta ya sabrá muchas cosas que ignoraba, y que no las hubiera podido aprender ni con los mejores maestros.
Créame: la verdadera vida es lucha... contra nosotros mismos, contra lo desconocido e imprevisto, y contra la fatalidad, cuyo cauce está fuera de nuestra jurisdicción.
Pero también le digo que vale la pena librar esas batallas, para conocer la verdadera vida, la que da la experiencia en el dolor, en ese infortunio que llega sin previo aviso y nos obliga a fortalecernos, para vencer una a una las barreras que se levantan en el transcurso de la lucha que libramos; inclusive en contra nuestra, cuando no reconocemos que las causas que producen los efectos provienen de nuestras acciones, y que estos efectos son más tarde los que nos atormentan y no sabemos a quién atribuirlos, en tanto no aceptemos la culpa que nos corresponde en ello.
Estas luchas nos harán fuertes, nobles; nos harán sabios y llegará la buena vida, pero no la que ciertas gentes consideran como buena porque todo les ha sido fácil desde que nacieron; cosa que envidian las mayorías cuando ven que estos viven despreocupadamente, pues también para ellas es suerte todo lo que venga con facilidad.
Le aseguro que ese tipo de suerte será tan adversa para el que la tiene, que si la fatalidad lo sorprende cuando ha pasado lo que pudiésemos considerar la mayor parte de su existencia, el hábito de vivir sin luchar será su propio mausoleo en vida. Pero aún más, el ocaso de una de esas vidas que se han deslizado en el ocio, tendrá muy poco de positivo en su haber y así no habrá valido la pena vivir.
Solamente cuando el hombre ha vencido los obstáculos y superado los sufrimientos sin amargura, estará capacitado para aceptar con sabiduría, que éstos fueron los instrumentos para que pudiera extraer de sí mismo, por imperiosa necesidad, la fortaleza que ignoraba poseer. En esa lucha se rompe la dura corteza que cubre los auténticos valores,como ocurre con el diamante, al que hay que tallar con tesón para sacarle los destellos que le darían el valor que finalmente tendrá.
Algo más voy a agregar: para mi próxima estancia en la Tierra, yo no quiero llegar al mundo en la opulencia; deseo nacer en la pobreza y conocer las carencias desde que empiece a vivir; para que pueda extraer de mi interior, la fuerza para enfrentarme a la vida y ser yo mismo el que descubra los horizontes insospechados que ella ofrece para hacerlo todo, desde poner la primera piedra, hasta terminar el edificio de una existencia, porque no encontré al nacer, las cosas hechas.
Las lidias de la vida, deben considerarse como el entrenamiento de un deporte que se practica constantemente, para llegar a saborear el placer que siente el deportista cuando supera las marcas, que justifican que ha valido la pena entrenarse en su difícil labor.
Ahora bien, si en mi caso no hubiera mediado la circunstancia tan especial que me convirtió en supuesto asesino, yo habría sido un parásito, por haberme iniciado en la vida con la falsa creencia de que era superior, sólo por apoyarme en el egoísmo y la vanidad que se desarrolló en mí desde pequeño.
Seguramente de no haber ocurrido ese brutal y repentino cambio en mi existencia, ésta no hubiera tenido el menor sentido. Lo que en un principio consideré la peor de mis desgracias, fue la base de donde partí para estructurar, con gran esfuerzo, lo que posteriormente sería el objetivo de mi vida.
Con el pretexto de alimentar el fuego de la chimenea, el ca-minante se tomó el tiempo necesario para reflexionar, y sin apresurarse, continuó:
Es razonable que piense usted que mi manera de vivir no es nada envidiable; por otra parte, como mi apariencia deja mucho que desear, le puede parecer extraño que un hombre se conforme con tan poco sin quejarse de su suerte; puede usted decir que aún es más raro que haya luchado tanto para no tener nada, y que es increíble que me sienta satisfecho y en paz, al poseer únicamente mi hacha y mi libro...
Juzgué necesario hacerle una aclaración a mi huésped, aun cuando no fuera halagadora para él; pero como estábamos hablando con la franqueza que impone la verdad, tuve que ser sincero:
-En efecto —le dije—, usted es un enigma para mí; no he podido definirlo aún. Lo más notable que advierto en su persona es la paz interna y la seguridad poco común que irradia, a pesar de su actual situación. El no tener familia y carecer de un techo, sería suficiente para sufrir una desolación que no se advierte en su ánimo, y su aspecto humilde se desvanece, precisamente ante esa confianza que demuestra en sí mismo.
La aclaración que le estoy haciendo, justifica que la apariencia de un individuo o sus condiciones económicas, no son
mentos suficientes para clasificarlo, y esto nos demuestra que lo valioso de una persona no está en lo que se aprecia de ella a simple vista. En la presente ocasión, éste es el caso, por eso me siento tan complacido en su compañía.
Agradezco el cumplido —respondió—, pero la fortuna es mía. No es común encontrar personas dispuestas a disertar sobre los temas profundos y humanos que vamos a tratar. El objeto de esta plática es ocuparnos del hombre y de la vida, pero como no llegaríamos a nada trascendente sin asociarlos a Dios, tendremos que hablar tanto de ella como del Creador; además, se aclarará a quién debemos perdonar. Ahora bien, como aún nos falta mucho, me va a permitir que prosiga.
Antes de continuar con lo que nos ocupa, tengo que relatarle la historia de mi libro. Es difícil relacionarlo conmigo si se toma en cuenta mi manera anterior de ser, y en estas condiciones resulta extraño que yo hubiera tenido tanto interés en estudiarlo.
He repasado tantas veces este libro, que ya debería estar gra-bado en mi memoria, pero tuvo que pasar un largo tiempo para que empezara a familiarizarme con sus elevados conceptos.
Es obvio lo difícil que era para mí entender temas tan ele-vados, dado que nunca tuve la afición de leer, y menos aún textos que estaban fuera del alcance de mi escasa cultura y de mi capacidad de comprensión.
A pesar de que dediqué cada momento libre a la lectura del libro, sólo a través de grandes esfuerzos y paciencia logré entender sus conceptos más sencillos. Lo que me llevó más tiempo aceptar como verdad, fue la forma en que se lleva a cabo el proceso de la evolución del hombre a través de sucesivas existencias, para lograr un desarrollo espiritual, el cual justifica, que la vida tiene una finalidad.
Por otra parte, hay una curiosa circunstancia:-las mismas
pa-labras que he leído y releído tantas veces, me han venido
dicien-do cosas distintas al paso de los años.
Los conceptos de mi libro no fueron fáciles de comprender,
particularmente en las primeras veces que los leí; sólo con gran
paciencia e interés pude ir captando algo del idealismo y
filoso-fía del autor.
Como los conceptos de mi libro no estaban a mi alcance,
únicamente un milagro pudo iluminar mi entendimiento, y este
prodigio lo motivó el amor a mi madre.
Ahora me siento obligado a compartir lo que pude entender
con gran esfuerzo, cuando tengo la oportunidad de que alguien
se interesa en escucharme, porque necesita apoyarse en algo
para seguir viviendo. Esto es lo valioso de mi libro: me ha
en-señado a identificarme con el dolor de mis semejantes, y cuando
un caso parece irremediable, ya no me es difícil acudir a la
ins-piración; le aseguro que nunca he regresado, sin haber
encontra-do la forma de motivar a una persona que se halle desesperada,
para que logre encontrar por ella misma la solución de su
pro-blema, o bien, si ya no tiene interés por la vida, despertárselo
nuevamente.
Lo estimulante de mi libro, es que nos hace ver que siempre
hay más y más que descubrir en el milagro de la vida. Como ella
se renueva día a día con la aparición del Sol, sólo se requiere de
creatividad para que el hombre encuentre nuevas formas de
vi-vir, tomando en cuenta que no carece ni de las capacidades, ni
de las posibilidades que le ofrece esa vida que ya no quiere vivir.
He pasado por alto decirle que mi mala conducta
ensombre-ció la vida de mi madre. Cuando la policía me detuvo, ella
esta-ba muy enferma, y su padecimiento se agravó al saberme preso
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y más tarde condenado a un largo cautiverio. Su calvario fue prolongado no por sus dolencias, sino por saberme privado de la libertad.
Desde la noche del crimen perdí el contacto con ella, y al recordarla, hacía mil conjeturas sobre su silencio. Por fin, una mañana me avisaron que alguien me visitaba. Al llegar al salón tic las entrevistas vi un cuerpo femenino de espaldas. Como hacía tanto tiempo que sólo abrigaba resentimientos de odio, me extrañó el ritmo acelerado de mi corazón, al sentir dentro de mí algo desconocido que nunca antes percibí.
Es curioso que en la vida cómoda que nos brinda nuestra madre, en ocasiones los hijos no logramos darnos cuenta de cuánto amor sentimos por ella, y nos percatamos solamente cuando la desgracia nos separa de su lado. Hasta que estuve en la prisión, supe todo lo que representaba mi madre para mí, y quise hacerle saber, por primera vez, lo mucho que la amaba. Mi ilusión fue fugaz; al volverse la persona que me aguardaba, sentí que el piso se hundía...no era mi madre...no pude articular palabra. Mi visitante al notar mi desaliento, se resistió a decirme el objeto de su visita, pero al fin tuvo que darme la noticia... y con voz temblorosa me dijo:
"Desde que te apresaron se puso peor...pensamos que no Iba a soportar el golpe, pero se aferró a la vida aun sin tener ya resistencia; no quería irse sin verte. Cuando llegaron sus últimos momentos, me dijo que te avisara de su partida y que te enviaba mi bendición; además, que te hiciera entrega de este libro para que lo leas, aun cuando al principio no entiendas lo que dice. Me recomendó que te explicara la necesidad que vas a tener de enterarte de su contenido, para que puedas situarte nuevamente en
la vida".
Puso el libro en mis manos. Yo lo recibí llorando, y aún
conserva las manchas que dejaron mis lágrimas en su cubierta; además luce desgastado, como testimonio de que cumplí su último deseo.
Como al principio leía en forma mecánica, sentí que de-fraudaba a mi madre, y para estimular la concentración, me aferré a la idea de que ella permanecía a mi lado el tiempo que dedicaba a la lectura, y hasta la fecha aún conservo esa grata sensación.
El hecho de no separarme de mi libro, motivó que yo fuera objeto de ataques y de burlas de mis compañeros; ellos estaban decididos a destruirlo simplemente por maldad, pero a base de peleas lograba protegerlo. Siempre fui castigado en forma severa por los celadores; a éstos no les interesaba aclarar el motivo de la pelea, y a sus ojos siempre era yo el culpable.
No era fácil dedicarme a leer y al mismo tiempo defender el libro, pero me ingenié para forrarlo con papel resistente y así logré que soportara los estrujones; además, por las noches, dormía con él bajo mi brazo.
En una ocasión, la casualidad vino en mi ayuda; busqué un lugar apartado para leer tranquilo, y cuando apenas iniciaba la lectura fui agredido por varios compañeros que querían enterarse de lo que trataba mi libro; imaginaban que sólo la porno-grafía podría atraerme tanto. Yo no quise mostrarles sus páginas para desengañarlos; era seguro que al tener el volumen al alcance de sus manos me lo arrebatarían y al verse defraudados, lo harían pedazos.
En esa ocasión no pude defenderme, por proteger el libro. Fueron muchos los que esta vez me atacaron, y salí mal herido. Por fortuna, me enviaron a la enfermería, que hubiera resultado un paraíso de no ser por mis agudos dolores.
camino, ese precisamente fue
el que me llevó a mi objetivo.
sufrí en la rodilla. Al limpiar la sangre me dijo que en mi habían muchos duendecillos que iban a restaurar presurosos mi piel dañada, para que pronto encontrara alivio; como la imaginación del niño es pródiga en fantasías, dejé de llorar al visualizar un ejército de pequeños seres, ocupándose de mí en
es-llevó a mi objet ivo.
Disculpe que me haya apartado
el entusiasmo de hablar de estas
cosas,
Es curioso ver como los mayores egoísmo y van i dad, en lugar de
Desde niño carecí de confianza debido a la imposición de mis caprichos, y de adulto sufrí el complejo que es el más común de la gente; creerse más de lo que se es, y apreciarse en menos de lo que uno vale. En mi casa me consideraba lo más importante, pero en el medio hostil de la calle, ante los que mostraban seguridad en sí mismos, me sentía muy poca cosa, aun cuando aparentaba una ridícula autosuficiencia.
Debe disculparme; sin querer me alejé otra vez del relato sobre mis heridas...
Mi madre nunca imaginó el alcance que tendría la lección que me dio sobre los mágicos duendes que habitaban mi cuerpo, pero yo pude comprobarlo al relacionar lo que me dijo, con lo que decía mi libro. Así fue como pude entender que esos duendes pudiesen reparar mi piel, porque tenían consciencia de su misión.
Interrumpí a mi huésped para protestar; lo que estaba narrando era una cosa absurda. No estaba atento a su plática para que me hablara de duendes... por lo tanto le dije:
No creo que haya en el cuerpo humano ningún tipo de seres conscientizados de su deber; eso ya es demasiada fantasía. Yo sí estoy de acuerdo en que hablemos, pero de cosas reales, por lo que me extraña que haya tomado nuestra conversación este giro.