Para comprender la dominación étnico-racial. Lecturas de
teoría social
To understand the ethnic and racial domination. Readings in Social Theory
Recibido: 18 de mayo 2014 Aceptado: 25 de julio 2014
Jorge Daniel Vásquez*
Resumen
Se plantea la complejidad de un marco epistémico para la comprensión de la dominación racial en los procesos de conformación del Estado moderno. Haciendo una lectura sintética entre varias posiciones provenientes de la teoría social contemporánea se trata de esbozar los argumentos que permitirían establecer una analítica del racismo en sociedades jerarquizadas en base a la diferencia étnico-racial. Finalmente, se enmarca la reflexión dentro de la relevancia que ocupa tal problemática en el análisis de América Latina.
Palabras clave
RAZA. RACISMO. ETNICIDAD. ESTADO.
Abstract
This article consideres the complexity of an epistemic framework for understanding racial domination in the processes of formation of the modern state. Doing a synthetic reading among various main points from contemporary social theory, it outlines the arguments that allow establishing an analytical about racism in hierarchical societies based on ethnic and racial difference. Finally, it makes a reflection about the relevance of such issues on an analysis of Latin America.
Key words
RACE. RACISM. ETHNICITY. STATE
Introducción
El presente artículo constituye una lectura entre diferentes vertientes que contribuyen a la construcción de un marco epistémico para la comprensión de la dominación étnico-racial en la formación del Estado moderno. Para cada una de estas vertientes nos referiremos a trabajos académicos que abordan nuestro problema desde entradas metodológicas diversas, para señalar el paso del análisis genealógico del racismo al análisis de la formación del Estado
* Docente en la Universidad Central del Ecuador. Investigador asociado en FLACSO-Ecuador. Correo
en tanto entidad atravesada históricamente por la dominación a partir de la raza y la etnicidad. En cada apartado dialogamos de forma especial con un autor e inicialmente nos referiremos a la idea central de una obra en particular, para luego pasar al argumento que permite la formación de referentes críticos en relación a las otras lecturas.
De cierta manera, las secciones de este trabajo pudieron haberse identificado también por sus autores, esto es: I. Foucault, II. Balibar, III. Stavenhagen, IV. Laó-Montes; sin embargo, se ha preferido escoger a forma de título un enunciado que encierre la propuesta conceptual que se desprende de su análisis precisamente con el propósito de visibilizar la complejidad del marco epistémico orientado a la comprensión del problema de la dominación racial. Si bien es cierto que los autores no tienen como objeto de estudio sistemático el problema del racismo (lo que se puede decir especialmente de Foucault) consideramos que en esto precisamente radica la importancia de la literatura que se revisa en este trabajo: ofrecer una aproximación diversa a la comprensión del racismo como un problema que se puede abordar desde diferentes perspectivas de la teoría social. Por lo tanto, los textos referidos son una muestra de esta pretensión.
Cada apartado inicia con una entrada directa al texto que ha sido escogido por la perspectiva de análisis teórico que abre (sea este genealógico, histórico, analítico) para luego ceder el paso a las categorías y argumentos que emergen de su lectura.
Genealogía del Racismo
Empezaremos diciendo que el texto de Michel Foucault (1996) que en español conocemos como Genealogía del Racismo tiene por título en francés Il faut défendre la societé. Si hacemos un ejercicio por recapitular las ideas principales del texto, diríamos que la evolución de los referentes de la filosofía-jurídica, la construcción del poder soberano (concentrado en el monarca) y la constitución de una forma de poder que deriva de la biología evolucionista, se han sostenido en diferentes tecnologías de poder durante los siglos XVII, XVIII y XIX.
El imperativo “¡Hay que defender la sociedad!” aparece cuando Foucault ubica el paso de un discurso político amparado en la idea de “defensa contra el enemigo” a un “defender la sociedad” de todos los peligros biológicos que amenazan una determinada raza. Así, el racismo es ejercido por una sociedad contra sí misma a modo de un racismo interno que atraviesa las mismas formas de normalización. Se trata de un “desdoblamiento” de una raza en una super-raza y en la producción de una sub-raza.
El poder soberano sería instaurado a partir de la guerra y consistirá fundamentalmente en “hacer morir y dejar vivir”. Este mismo poder soberano que se encarna en la monarquía se mantiene cuando los revolucionarios asumen el poder sobre las naciones. Éstos últimos, al debilitar a la clase noble, ratifican un poder soberano ahora sin la figura del rey. Esto significa que, la racionalidad política se expande del control sobre los cuerpos concretos a la dominación de un “cuerpo más amplio” que adquiere el nombre de “población” (Foucault, 1996, pp. 27-40). La forma de administración de las poblaciones se desarrolla desde los múltiples ejercicios por el poder político, que se expande en la traducción de este “cuerpo” a los instrumentos de dominación sostenido en el discurso biológico darwinista del XIX.
Ahora, si asumimos el texto de Foucault como una “genealogía del racismo” propiamente habría que concentrarse en que, si bien la idea de raza es anterior al siglo XIX (como el mismo Foucault menciona al referirse a la clasificación taxonómica de la Ilustración –piénsese en la Antropología en sentido pragmático o la Geografía física de Kant), el racismo es necesariamente la forma de articular un poder político que se traduce en la formación del Estado nacional. El argumento que, llegado a este punto, Foucault plantea es la convergencia de un discurso científico con una racionalidad política que se construye con base en la “mejoría de la raza”, tomando como ejemplar el caso del nazismo. Para Foucault el nazismo es la expresión más letal del biopoder como capacidad administrativa de un Estado: lograr que todo un pueblo exponga su vida por una causa, que no es la de destruir al enemigo, sino la de posicionar una determinada raza sobre otra. Sin embargo, el nazismo también representa una expresión del poder soberano mediante el cual, el Estado desconoce la mediación política con los grupos poblacionales en pos del cumplimiento de una determinada voluntad.
Uno de los puntos más interesantes del análisis foucaultiano es el reconocimiento del racismo al interior de los regímenes socialistas (Foucault, 1996, pp. 193-214). Según el autor, el antisemitismo también permeó a los movimientos revolucionarios puesto que elementos de racismo se ligaron a la lucha de clases contra los grupos judíos burgueses. Esto es importante para comprender el racismo como una estructura que va más allá de la guerra de razas. Si el paradigma bélico se traslada a la política (y ésta es su continuación) se debe a la configuración de lo que podríamos reconocer como el establecimiento de una “diferencia racial”. Para Foucault, el racismo tiene dos funciones:
otro debe morir" de un modo nuevo y compatible con el ejercicio del biopoder. El racismo, en efecto, permitirá establecer una relación entre mi vida y la muerte del otro que no es de tipo guerrero, sino de tipo biológico. (Foucault, 1996, p. 206)
Ante este reconocimiento de dos funciones en el racismo cabe preguntarse por las implicaciones que conlleva el hecho de que Foucault tenga un marco francés de interpretación. En primer lugar, la misma función del racismo como censura, que desde el ámbito biológico hace de la población una mezcla de razas, desconoce el asentamiento político de tal consideración en las colonias francesas; es decir, si Foucault quisiera hacer un marco más amplio de su reflexión, lo cual permitiría verdaderamente comprender el racismo como estructura global, tendría que asumir desde una perspectiva política-epistémica que las condiciones materiales tanto para el surgimiento del poder soberano, como para la administración biopolítica de poblaciones, se encuentran en los terrenos colonizados y en las excolonias. Foucault tendría que ir más allá de reconocer, como de hecho lo hace, que “el racismo se desarrolló en primer lugar con la colonización, es decir, con el genocidio colonizador” pues, nuestro autor podría haber hallado un ejemplo letal del funcionamiento del racismo mucho antes que el nazismo y los regímenes socialistas a quienes Foucault identifica como herederos del discurso biológico del siglo XIX. Al parecer, el racismo se manifestaría en el momento que los Estados europeos deciden aplicar una política de “hacer vivir y dejar morir” a todos los otros llegados a su continente; en lugar de concebir el racismo como una articulación a nivel global.
¿Por qué para Foucault el análisis del racismo no requiere del estudio de la condición colonial? Podríamos responder diciendo que el racismo no es una construcción geo-política. Es precisamente la geo-política administrada por el Imperio lo que no cabe en el marco francocéntrico de Foucault. Ahora, la utilización política de la raza data de los tiempos de la colonización pues desde el siglo XVII (en la forma como se iba configurando el sistema mundo –y no sólo en la evolución de los regímenes políticos europeos), el racismo venía cumpliendo la función de asegurar el operar homicida de los grupos de poder. En otras palabras, el racismo como tecnología de poder es anterior al siglo XIX, por lo que una
Genealogía del racismo implicaría considerar cómo el racismo se transforma en tanto estructura
que atraviesa la formación de los Estados a nivel global. A esto nos referiremos a continuación.
Raza, clase y nación
articulación de la dominación. La interpretación de Wallerstein, precisamente por su análisis a nivel de la conformación del sistema-mundo, se remonta a África y otros escenarios. A continuación nos centraremos en los aportes de Balibar.
Para Balibar el racismo es un “fenómeno social total” pues se inscribe en prácticas, discursos y representaciones: “El racismo es una relación social y no un delirio de sujetos racistas”. A esto hay que añadir en el análisis que la pretensión consiste en “preservar el yo” construido desde un nacionalismo. Si como plantea el autor, el nacionalismo es un constructo político que se basa en una idea de comunidad, la deconstrucción del racismo implica la deconstrucción de la modernidad como comunidad o su formulación como comunidad política; es decir, la crítica en clave política apunta a develar la composición racista del Estado. No se trata de la descomposición de la comunidad de los blancos sino de asumir el racismo como una estructura que forma parte del capitalismo. El mismo Balibar aporta en este punto al poner a debate el racismo institucional y el racismo sociológico, el racismo de exterminio y el racismo de discriminación. Cualquiera de estas formas de racismo adquiere formas modulares (racismo antisemita, racismo colonial-imperial, racismo interno) (Wallerstein & Balibar, 1991, pp. 63-102).
En relación a lo anterior, se podría decir que su análisis se mueve en dos niveles. Primero, en la relación del racismo con la formación del nacionalismo como una manera de vincularlo con la construcción de la sociedad moderna. Ahora, al plantear el carácter global del racismo, el autor llega a la necesidad de criticar la modernidad para criticar el racismo pues ambos están intrínsecamente relacionados. De acuerdo al segundo aspecto señalado, es necesario entrar en una dimensión epistémica en la que Balibar no se adentra a profundidad, aunque lo aborde parcialmente desde las variables políticas que relacionan la visión genética (y sus variantes científicas) con las dimensiones de poder que estructuran la hegemonía.
Balibar esboza su análisis de la intersección entre raza y clase desde el momento en que da cuenta del funcionamiento de la categoría inmigración. Esta categoría bien podría ser comprendida como un sustituto de la noción de raza. De este modo, la inmigración es un lugar desde el cual comprender el neo-racismo, pues tiene como aspecto central la posibilidad de desarrollar un pensamiento interrelacional como un segundo momento al reconocimiento de las diferencias culturales.
El análisis de Balibar se enriquece al tratar el caso de la colonización como una producción de una exterioridad racial con relación a los pueblos colonizados. El argumento parte de situar la diferencia no como un estado de cosas preestablecido (diríamos una naturaleza que los haría esencialmente diferentes) sino como la creación de lo que podríamos denominar fronteras espaciales y simbólicas al interior de las sociedades colonizadas. Por lo tanto, no es la raza lo que articula las diferencias sino las diferentes maneras en las que se ha configurado el racismo históricamente. Esto también permite referirnos, en términos similares del análisis, al racismo interno en Francia.
Siguiendo el análisis de la colonización, podemos decir que en Balibar existe, aún sin nombrarlo, un reconocimiento tanto del colonialismo interno como de la colonialidad. Esto dado que, como señala el autor, el establecimiento del racismo interno es esencial a la configuración de los Estados europeos y se reproduce actualmente no en los lugares de las colonias sino en las propias sociedades imperialistas. Este racismo interno ha perdurado en las sociedades poscoloniales por los procesos de estructuración jerarquizada en la formación de la clase trabajadora, adquiriendo la forma de un colonialismo interno, a la vez que ha perpetuado el hecho que al interior de las excolonias sean precisamente los parámetros establecidos desde la diferencia racial lo que contribuya a la jerarquización de las sociedades. Es decir, aunque Balibar no lo mencione, su crítica del nacionalismo es una crítica del Estado etnocrático que a su vez hace del racismo uno de los ejes articuladores de la conciencia moderna.
El análisis de la conciencia moderna es lo que obliga a mantener presente la correlación entre raza y clase. El principal lugar epistemológico en el que se mantiene esta relación es la representación histórica. Así, no se trata de pensar cómo el racismo desplaza la categoría de clase sino comprender cómo esta relación ayuda a la deconstrucción de una mentalidad amparada en la naturalización de las diferencias de clase. Podríamos decir que para Balibar todos los fenómenos tienen una explicación histórica, razón por la cual, las naturalizaciones (de cualquier tendencia política) desvían la atención del análisis de las estructuras mentales y prácticas. Por lo tanto, en pleno sentido histórico la lógica de la dominación de clase se relaciona con una lógica de dominación racial (i.e. las castas en la India, el elitismo criollo en Latinoamérica, la White-saxon-protestant class en Estados Unidos). La misma historia de las subjetividades tiene que ubicar a los sujetos en localizaciones de clase y a la vez en las localizaciones étnico-raciales.
Formación histórica étnico-racial
o nacionales que los distinguen de grupos similares y crean conciencia entre sus miembros. El concepto pueblo se utiliza también para designar a las minorías.
Estas definiciones no son del todo demarcativas, más aún cuando es sumamente complicada la determinación del número de naciones y pueblos. Sin embargo, para el análisis de los tres conceptos (Estado, naciones, pueblos) la categoría raza adquiere importancia cultural dentro del análisis precisamente cuando una determinada sociedad otorga un rol relevante a la diferencia racial.
En realidad lo que conocemos como el mundo se encuentra formado por un número pequeño de Estados pero con un casi indeterminable número de pueblos. Lo que lleva a preguntarnos sobre la forma en que se ha viabilizado la construcción de los Estados en tanto proyectos políticos. Un primer aspecto sería decir que el nacionalismo cumplió un rol imprescindible en esta formación en tanto fue inicialmente asumido como una ideología que precede al Estado-Nación. Los discursos de identificación después de la desintegración de los imperios jugaron un rol importante en este punto. Sin embargo, el nacionalismo aparece en sentido contrario cuando el Estado ejerce el poder amparado en un discurso nacionalista. Se podría entonces decir que el nacionalismo aparece entonces como un instrumento del poder estatal.
Lo anterior está profundamente ligado con el problema étnico pues el nacionalismo fue clave para la construcción de una “lealtad étnica subnacional”, que encuentra en el Estado la encarnación de la nación. Por lo tanto, los grupos étnicos (con sus afinidades de lengua, religión, raza) se definen por la diferencia con otros grupos y con el Estado. Lo que no se puede dejar por fuera es que esta relación de diferencia estuviera atravesada por conflictos puesto que, la construcción del nacionalismo, implicó la reproducción de relaciones de explotación en base a relaciones étnicas. Las causas de los conflictos étnicos no son inherentes a las subjetividades de dichos pueblos, sino que son expresión de las contradicciones que existieron en la formación de las sociedades poscoloniales (Stavenhagen, 2001, pp. 79-89).
Este conflicto se acentúa con los modelos de modernización implementados en América Latina en los años 50 y 60 del siglo XX; en los cuales se asume el modelo cultural para el desarrollo económico de occidente como un modelo aplicable para América Latina. En este proceso de modernización se consolida la formación de un Estado nacional que, lejos de ser la síntesis de diferentes etnias, se convierte en la generalización de un grupo étnico. Así, la industrialización de América Latina estaría tropezando constantemente con un conflicto irresuelto desde su propia formación como Estado.
ciudadanías y residencias en otros países) (Stavenhagen, 2001, pp. 59-67). En cada una de estas situaciones es importante reconocer que un grupo étnico sólo existe en relación con una sociedad más amplia que, en palabras de Stavenhagen: “lo rechazó en otros tiempos y a la cual ha quedado integrado hoy”.
En cuanto a la situación de las comunidades étnicas dentro de los Estados modernos es posible identificar tres situaciones. Un Estado poliétnico etnocrático (una etnia gobierna sobre otras etnias), un Estado con política de asimilación (sirve la parábola de la etnofagia por parte de algunos grupos), y un Estado de colonialismo interno (en el que la estratificación étnica se atribuye a factores subjetivos y en el que el conflicto étnico se naturaliza). Desde la visión del conflicto, en las tres situaciones mencionadas las minorías son consideradas como una amenaza para el Estado-Nación (Stavenhagen, 2001, pp. 69-77).
El rol que los intelectuales han jugado en esta configuración de un Estado (en posibilidad de estas tres situaciones) ha sido clave para la legitimación del poder político desde una posición elitista (Stavenhagen, 2001, pp. 80-87). El discurso intelectual de inicios del siglo XX asumía la construcción nacional como una necesidad ante las amenazas imperialistas y justificaba la existía de una conciencia nacional que contribuyera a la creación de un sistema administrativo y económico.
En la actualidad, los conflictos étnicos al interior de los Estados constituyen problemas estructurales de la misma forma-Estado. El reconocimiento de Estados multinacionales y pluriétnicos implicaría, para alejarnos del asimilacionismo, la posibilidad de replantearse los fundamentos sobre los que se ha construido un nacionalismo liberal. Se trata de una disputa al nivel de la racionalidad política que sostiene las actuales estructuras estatales que, si bien han reconocido las luchas de los grupos étnicos traduciendo sus demandas en derechos, aún queda la tarea por deconstruir la colonialidad.
Analítica de lo étnico-racial
Rita Laura Segato (2010), en su trabajo Los cauces profundos de la raza latinoamericana: una
relectura del mestizaje afronta las dificultades que tiene recurrir a la noción de raza como un
instrumento que permite la ruptura con el mestizaje. Este mestizaje etnocida se ancla en una colonialidad del poder (Quijano, 2005) que ha condicionado las formaciones históricas de los pueblos, pero que, no ha logrado erradicar la emergencia constante de prácticas decoloniales. Precisamente, con miras a la tarea de una descolonización es que se requiere una analítica que vaya más allá de la problematización entre los conceptos de raza y etnicidad, sino que comprenda la complejidad política que adquiere “hablar de formaciones étnico-raciales” como lo plantea Agustín Laó-Montes.
Para Laó-Montes en Hacia una Analítica de Formaciones Étnico-Raciales, Racismos y Política
Racial1 es importante comprender la tarea analítica de los temas raciales desde su carácter
global. Del mismo modo que la colonialidad del poder se ha construido en la articulación
1 El autor retoma esta idea en el capítulo segundo del manuscrito inédito titulado, Contrapunteos diaspóricos.
global de la economía colonial con la economía imperial en base a la diferenciación de la raza y el establecimiento de formas de producción propiamente coloniales, para el autor es importante llegar al análisis de un sistema racial global. Se trata entonces de analizar el tejido de relaciones que define “la categoría raza, las formas jerarquizadas de clasificación racial, y los regímenes de dominación racista que le acompañan, [éstos] son pilares fundamentales de la colonialidad del poder.”
Ahora, consideramos que el análisis de las transformaciones sociales que derivaron en la formación de los Estados nacionales en América Latina implica reconocer al menos dos niveles críticos que, desde diversos aspectos socio-históricos, permitan enmarcar la reflexión desde el campo de los paradigmas explicativos de las transiciones en la organización de las sociedades latinoamericanas. Lo anterior para atender a la explicación de algunos procesos concretos en los que la diferencia racial ocupa un lugar importante pues forma parte de la configuración de un nuevo sistema-mundo.
Si bien sabemos que en América Latina ni el mercado ni el Estado estuvieron plenamente constituidos en el siglo XIX, el vínculo fundamental en la conformación del Estado es el lazo colonial y no la mercancía sin más. Así, la cuestión política implica la sustitución del lazo colonial por un vínculo articulador de las diferencias que vaya más allá de la administración de los nichos heterogéneos ejercida por instituciones coloniales.
Lo anterior encuentra un marco analítico desde lo que Laó-Montes señala como la producción de los occidentalismo periféricos; es decir, los Estados nacionales se constituyen también a partir de la invención de las élites latinoamericanas desde un discurso mestizo que es ambiguo en su identificación el imaginario estadounidense o europeo (i.e. Sarmiento, Rodó). Por lo tanto, la formación de los Estados nacionales se genera a partir de la ruptura de un lazo colonial que da origen a una consolidación erudita de la diferencia racial. En este contexto surgen las estrategias de blanqueamiento y mestizaje como plenamente articuladas.
Otro aspecto importante de analizar en la formación de los Estados nacionales son las condiciones que diferencian, para Laó-Montes, las que en el momento colonial se constituyeron como sociedades de servidumbre (e.g. Guatemala) de las que se constituyeron como sociedades de dominación (e.g. la esclavitud en Cuba). Un ejemplo en este sentido puede ser el caso de Ecuador, en el cual la analítica se encamina hacia la formación del campesinado que contribuyó a la construcción del Estado nacional. Esto a su vez implica una crítica a nivel paradigmático, en tanto las interrogantes dejan de centrarse únicamente en el modo de producción específico de la hacienda colonial, para también vislumbrar el papel que jugó la raza, al interior de los grupos protagonistas de la lucha política y en la recomposición de alianzas realizadas en medio de la heterogeneidad de los contextos coloniales (Coronel, 2010).
padre y marido heterosexual. A este sujeto el autor lo denomina sujeto imperial y en él se intersectan raza, clase, género y sexualidad. Yo añadiría, a esta descripción del autor una diferencia etárea que también forma parte de esta definición del sujeto imperial en relación a los subalternos. La intersección podría incluir la diferencia de edad (concebida como la objetivación de un estado de vida que por el transcurso del tiempo vivido permite que los sujetos se doten de ciertas características –razón, autonomía, capacidad de manejar la libertad), y que hace del no-adulto un sujeto subalterno. Es decir, el sujeto imperial que Laó-Montes describe es también un adulto. Inicialmente se podría asumir que al atribuir la condición de padre y marido al sujeto imperial estamos hablando de un adulto; sin embargo, consideramos preciso hacer la mención de la condición de adultez no sólo por alargar una lista que nos lleve a expandir los calificativos que derivan de un razonamiento eurocéntrico, sino porque precisamente, en la concepción eurocéntrica de la historia, los no-adultos son privados de razón, les corresponde el lugar de la inmadurez. Los pueblos que para Hegel estaban “por fuera de la historia” eran calificados como inmaduros, incluso físicamente. El sujeto occidental, como encarnación de los “pueblos con historia” es un adulto; mientras que el sujeto de los “pueblos sin historia” es un no-adulto, por lo tanto, inmaduro e insensato. Tal forma de pensar, que podría adquirir el nombre de adultocentrismo, también se arraiga en expresiones de colonialidad.
Así como Laura Segato (2010) describe el caso de jóvenes afrodescendientes que son aniquilados por la “policía de gatillo fácil” en Brasil, se puede hacer alusión a que no se trata únicamente de una actuación en base a prejuicios racistas, sino a prejuicios adultocéntricos. Categorías de peligrosidad y sospecha hacia las personas jóvenes (y más aún si son jóvenes afrodescendientes) son expresiones de una colonialidad que ha construido también al sujeto adulto-blanco (o adulto-mestizo) con ciertos rasgos de integridad personal, que le sería negada a los que no caben en la descripción del sujeto imperial.
Por lo tanto, las formas de racialización adquieren una configuración específica cuando los cuerpos también se distinguen por el demarcamiento de una diferencia entre cuerpo-adulto y cuerpo-joven. Pero entrar en esta problemática, en el semio-capitalismo contemporáneo, implica entrar en el terreno que surge por las relaciones entre cuerpo e imagen.
A modo de cierre
históricas más allá de la interseccionalidad. Partiendo de que se podría empezar a desmembrar aquellas categorías que se articulan en ese “todo” (i.e. raza, género, generación, clase, oficio, lengua) habría que pensar cuáles son las dinámicas sociales de larga duración a las cuales se subordinan la producción de otras formas de nombrar los procesos históricos desde los que se ha perpetuado la desigualdad. En esta línea puede inscribirse el concepto formaciones raciales, dejando abierta la posibilidad de formular no una explicación paralela al desarrollo del capitalismo, sino una mayor profundidad en comprender el origen del capitalismo tal como lo conocemos desde la época colonial hasta la globalización contemporánea.
Referencias bibliográficas
Coronel, V. (2010). A Revolution in Stages: Subaltern Politics, Nation-State Formation, and the Origins
of Social Rights in Ecuador 1834-1943. (Tesis Doctoral en Historia sin publicar). New
York University, New York.
Foucault, M. (1996). Genealogía del Racismo. Buenos Aires, Argentina: Altamira.
Laó-Montes, A. Contrapunteos diaspóricos. Cartografías Políticas de Nuestra Afroamérica. Inédito.
Quijano, A. (2005). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La Colonialidad del saber (216-271). La Habana, Cuba: Ciencias Sociales.
Segato, R. L. (2010). Los cauces profundos de la raza latinoamericana: una relectura del mestizaje. Crítica y Emancipación, 2 (3), 11-44.
Stavenhagen, R. (2001). La cuestión étnica. México: El Colegio de México.