colección
NEUROÉTICA PRÁCTICA
ÉTICA
APLICADA
Neuroética práctica
Una ética desde el cerebro
Desclée De Brouwer
ColecciónHenao, 6 – 48009 www.edesclee.com [email protected] ISBN: 978-84-330-2464-0 Depósito Legal: BI-3342/2010 Impresión: RGM, S.A. – Bilbao Impreso en España – Printed in Spain
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vivas imágenes moran todavía en los recónditos pliegues de nuestro cerebro.
Agradecimientos. . . 13
Introducción . . . 15
Referencias bibliográficas. . . 20
Capítulo 1. De la Bioética a la Neuroética. . . 23
1. Origen, contexto médico y legitimación social de la Bioética . . . 23
2. Ramas principales de la Bioética . . . 29
2.1. Ética clínica . . . 32
2.2. Ética sanitaria . . . 34
2.3. Ética bio-médica . . . 35
2.4. Ética de la reproducción humana . . . 37
2.5. Gen-ética. . . 39
2.6. Eco-ética . . . 42
2.7. Zoo-ética . . . 44
2.8. Tánato-ética . . . 46
3. El inicio de la Neuroética: hacia una ética del cerebro. . . 49
3.1. Primeros debates neuroéticos en los comités de bioética . . . 49
3.2. Presentación internacional de la Neuroética . . . 52
Capítulo 2. Modelos y problemas de Neuroética . . 61
1. Antecedentes históricos . . . 61
2. Ética de la Neurociencia y Neurociencia de la Ética . . . 66
3. Ética social basada en el cerebro . . . 69
4. La Neuroética como rama de la Bioética. . . 72
5. Hacia una Neuroética Filosófica . . . 76
6. Mapa temático de la Neuroética . . . 82
7. Debates éticos desde perspectivas neurocientíficas. . . 87
7.1. Cerebro – Mente . . . 90
7.2. Libertad – Determinismo . . . 94
7.3. Deontologismo – Consecuencialismo . . . 100
8. Referencias bibliográficas. . . 105
Capítulo 3. Estado vegetativo y consciencia: implicaciones morales. . . 109
1. En torno al estado vegetativo . . . 111
2. Diagnóstico de la consciencia . . . 115
3. Presupuestos antropológicos: grados de consciencia . . . 122
4. Implicaciones morales . . . 130
5. Aplicación de los principios de Bioética . . . 137
5.1. Estado de no consciencia (ENC) . . . 138
5.2. Estado de mínima consciencia (EMC) . . . 140
5.3. Estado de plena consciencia (EPC). . . 142
6. Referencias bibliográficas. . . 144
Capítulo 4. Muerte cerebral: debates éticos . . . 149
1. Contexto social y clarificación conceptual . . . 149
2. Cuestiones médicas . . . 155
3. Límites morales de la definición de muerte cerebral (perspectiva kantiana) . . . 159
4. Extensión moral de la muerte cerebral
(perspectiva utilitarista) . . . 166
5. Preguntas abiertas por la Neuroética Práctica. . . 176
5.1. Diferentes niveles de discusión ética . . . 177
5.2. ¿Un nuevo dualismo antropológico? . . . 179
5.3. ¿Están cerebralmente muertos los pacientes en estado vegetativo? . . . 181
Este libro es fruto de la beca que el Ministerio de Educación de España me concedió con la subvención del Programa Nacional de Movilidad de Recursos Humanos de Investigación, en el marco del Plan Nacional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación Tecnológica (I+D+i) 2008-2011, en su Modalidad A (estancias de movilidad de profesores e investigadores españoles en centros extran-jeros de enseñanza superior e investigación: Proext-MICINN). He podido disfrutar de una estancia de 11 meses como “Academic Visi-tor” durante el curso 2009-2010 en The Oxford Centre for Neuroethics, que forma parte de The Oxford Uehiro Centre for Practical Ethics (Faculty of Philosophy, Oxford University), dirigido por el médico-filósofo australiano Julian Savulescu. Agradezco al Ministerio español que valorase positivamente mi proyecto “Implicaciones morales y filosóficas de la Neuroética”, del que este trabajo constituye la realiza-ción de una de sus partes. Quiero mostrar mi reconocimiento al direc-tor de este prestigioso centro internacional, Julian Savulescu, por aco-germe amablemente en tan activo y estimulante ámbito académico. Deseo, por último, mencionar al filósofo –también australiano– Neil Levy, uno de los más relevantes neuroéticos del mundo anglosajón,
con quien tuve el privilegio de compartir despacho durante meses en el referido centro de investigación, recibiendo de él valiosa orienta-ción bibliográfica e intelectual.
Enrique Bonete Perales The Oxford Centre for Neuroethics
¿Qué es el cerebro? ¿Cómo funciona? ¿Cuál es el papel que des-empeña en la existencia humana? ¿Y en el proceso de morir? ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes del diagnóstico de muerte encefálica? ¿Actuamos libremente o es la actividad cerebral la que nos impulsa en una determinada dirección? ¿Podemos seguir hablando de “el alma” o tal concepto ha quedado ya obsoleto tras las investigaciones neuro-científicas? ¿Qué grado de consciencia experimentan los pacientes en estado vegetativo? ¿Es posible intervenir directamente en el cerebro para tratar determinadas enfermedades mentales? ¿Tienen alguna res-ponsabilidad moral quienes padecen disfunciones cerebrales? ¿Soy “yo” algo más que mi propio cerebro? ¿Son las creaciones de la mente humana mero producto de la actividad cerebral? ¿Qué significa “ser consciente”? ¿Pensamos y obramos moralmente condicionados por el funcionamiento del cerebro? ¿Es lícito intervenir directamente en el cerebro para mejorar nuestras capacidades cognitivas? ¿Es correcto suministrar sensaciones de felicidad con la estimulación eléctrica en el sistema nervioso central? ¿Debemos utilizar los fármacos que afectan a funciones cerebrales con el fin de mejorar las capacidades cognitivas de sujetos sin deficiencias o enfermedades mentales? ¿Es posible
orga-nizar las sociedades a la luz de los hallazgos neurocientíficos? ¿De qué modo modificará nuestro marco ético-filosófico una mejor compren-sión de las bases cerebrales de la cognición moral? ¿Minarán los avan-ces neurocientíficos nuestras nociones de racionalidad, libre voluntad o responsabilidad?
El elenco de preguntas recogidas a modo de muestra carece de tajante respuesta. No obstante, lo que sí resulta evidente es que las respuestas a las anteriores cuestiones, y otras semejantes derivadas de las ciencias del cerebro (Neurociencias), moldearán poco a poco nues-tras concepciones de la vida moral y social. A nadie se le escapa que conceptos éticos fundamentales de la tradición filosófica están siendo revisados a la luz de recientes estudios en torno a las bases cerebrales del pensamiento y de la acción. Las preguntas en torno a nuestro cere-bro son tan lejanas en el tiempo como agravadas por los recientes des-cubrimientos en las Neurociencias. Si algunos filósofos y médicos, desde la Grecia antigua hasta mediados del siglo XX, especularon y lanzaron todo tipo de hipótesis –tan atrevidas como sensatas– sobre este extraño y misterioso órgano situado en la cavidad craneal, los años noventa del pasado siglo y la primera década de este tercer mile-nio nos presentan resultados neurocientíficos que suscitan apasiona-dos e inquietantes problemas filosóficos, especialmente éticos. En este marco de intriga, incertidumbre, riesgos, preguntas, posibilidades, amenazas, dilemas y desafíos radicales suscitados por la Neurociencia se está desarrollando el campo nuevo de investigación y reflexión, denominado con acierto, y para largo tiempo, “Neuroética”.
Pero, ¿qué es en realidad la Neuroética?, ¿de qué trata?, ¿cuáles son sus objetivos, métodos y preocupaciones principales que la origi-naron? ¿En qué contexto socio-cultural y científico surgió? ¿De quién procede el término? ¿Cuáles son los problemas morales fundamenta-les que ha de analizar con esmero? ¿Es la Neuroética una rama más de
la Bioética, o posee un campo de investigación y reflexión particular? ¿Qué estatuto científico y filosófico manifiesta? ¿Qué necesidad social legitima el surgimiento y el desarrollo de este nuevo campo del saber? ¿Cuáles son las principales ciencias que ofrecen soporte epistemológi-co a la Neuroética? ¿Qué científiepistemológi-cos y filósofos son los más destacados en el surgimiento y ampliación de esta nueva disciplina? ¿Qué cues-tiones morales procura iluminar, tratadas durante años por la Bioética o totalmente nuevas? ¿Qué problemas filosóficos replantea que la Bio-ética no ha suscitado? ¿Qué implicaciones sociales constata y acelera más allá de las generadas por los debates bioéticos?
Las Neurociencias están generando multitud de preguntas que, a mi juicio, y en aras de la claridad, cabría situar por bloques y de modo ordenado en lo que considero los tres niveles principales de la “Neu-ro-ética”. Algunas preguntas versan sobre destacadas cuestiones
prácti-co-morales que los neurocientíficos presentan a la tarea médica e
inves-tigadora. Otras están apuntando la necesidad de revisar a fondo clási-cos debates ético-filosóficlási-cos a la luz de los recientes hallazgos en torno al funcionamiento del cerebro. Y nos encontramos igualmente con inte-rrogantes que nos indican que las Neurociencias van a incidir en el cambio de determinadas pautas socio-culturales referidas al ámbito legal, educativo, económico e incluso religioso, transformaciones sociales que se acentuarán en un futuro no lejano según vayan perfec-cionándose los métodos para conocer el cerebro humano. Lo cual me impulsa a dividir la Neuroética en tres partes que, aun estando inevi-tablemente unidas, conviene desarrollar con cierta autonomía. Se podrían denominar Neuroética Práctica (I), Neuroética Filosófica (II), y Neuroética Social (III). Estas tres líneas de reflexión se alimentan entre sí. Pero por exigencias expositivas, didácticas y comerciales (todo hay que decirlo) se ha de procurar distinguirlas a fin de contri-buir a una mayor clarificación de las aplicaciones prácticas (que intere-sarán sobre todo a los expertos en medicina, enfermería, y bioética),
de los debates teóricos (que los filósofos en general, los dedicados a la ética y psicólogos morales, deben conocer, si no quieren quedar al margen del nuevo marco científico que nos envuelve), y de las
impli-caciones sociales de la nueva disciplina para economistas, políticos,
juristas, educadores, e incluso teólogos –y público en general– a quie-nes les conviene poseer información en torno a las cuestioquie-nes centra-les de lo que se está denominando Neuroderecho, Neuroeconomía, Neuroeducación y Neuroteología.
Por otra parte, una lectura reposada de los volúmenes –y artículos– más significativos publicados durante estos últimos diez años, y que presentan de modo panorámico los problemas de la Neuroética (1-16)1,
me ha confirmado en lo acertado que es distinguir tres partes en esta nueva disciplina. La práctico-moral se acerca a cuestiones nucleares de la Bioética, especialmente a las que mantienen relación con el funciona-miento, trastorno y mejora de la actividad cerebral; la parte teórico-ética coincide con algunos problemas tratados desde hace años por la Neuro-filosofía, aunque ahora versa de modo prioritario sobre los más propios de la Filosofía Moral; y la socio-cultural requiere apertura a otras ciencias humanas afectadas por la Neurociencia.
El presente volumen se centra en lo que denomino Neuroética
Práctica. Existe una opinión generalizada –como se verá en su
momen-to– según la cual en el seno de la Bioética, gracias a los avances neuro-científicos aplicables a problemas biomédicos y clínicos, se halla el marco intelectual y el punto de arranque de los problemas morales que la Neurociencia empezó a generar. En otro estudio expondré los problemas fundamentales de la Neuroética Filosófica. A mi juicio, constituye una novedad respecto de las cuestiones bioéticas. Me pare-ce que será en el ámbito filosófico donde la Neuroética tendrá 1. A partir de ahora, los números entre paréntesis indican las referencias bibliográficas recogidas y ordenadas alfabéticamente al final de cada capítulo.
res repercusiones en un futuro no muy lejano, y de ahí incidirá, sin duda, tanto en la orientación de cuestiones prácticas como en la trans-formación de la sociedad. Convendría esquematizar igualmente las implicaciones culturales que presenta esta nueva disciplina (en el derecho, la economía, la educación e incluso en la religión), tarea principal de la Neuroética Social que los expertos en dichas áreas debe-rían de investigar.
El punto de partida de las Neurociencias –e igualmente de la Neuroética– es que “somos nuestro cerebro” (17). Es evidente la conexión entre el cerebro y el yo. Aquellos comportamientos que rea-lizamos, las experiencias subjetivas que vivimos, son el resultado del funcionamiento de este órgano. Si nuestra identidad personal depen-de depen-de modo esencial depen-de depen-determinados rasgos psicológicos (recuerdos, carácter, proyectos, creencias, convicciones…), igualmente podría afirmarse que todo ello proviene del modo en que funciona nuestro complejo sistema nervioso. Las ciencias del cerebro cada vez más están penetrando en los “misterios” de este maravillo órgano, indagando cómo se desarrolla, trabaja y se va apagando. Los conocimientos que se adquieren investigando el cerebro comportan implicaciones mora-les, filosóficas y sociales infinitamente superiores a las que puede ori-ginar, por ejemplo, la investigación en torno al corazón o el hígado. Si en la actividad cerebral reside nuestra vida mental, nuestras creaciones espirituales, conocer el cerebro significa saber cada vez más cómo somos y quiénes somos, una de las metas genuinas de la filosofía des-de los griegos. La pregunta “¿qué es el hombre?” concentraba para Kant, en el siglo XVIII, el objeto principal del pensamiento crítico. Hoy no es posible responder a esta cuestión sin conocer qué es el cere-bro, qué sucede en su interior cuando aprendemos, pensamos, decidi-mos, sentidecidi-mos, creedecidi-mos, amamos… morimos. Los problemas más antiguos del filosofar han de ser analizados en nuestro tiempo, inevi-tablemente, desde el nuevo paradigma cultural que van construyendo
las Neurociencias. Junto a ello, las repercusiones morales del proceso de investigación como de sus resultados prácticos, teóricos y sociales. Constituye esta perspectiva moral el centro de interés de la Neuroéti-ca, que ha de desarrollarse de modo paralelo al progreso en las cien-cias del cerebro (como aconteció con la Bioética, a raíz del despliegue de las ciencias de la vida).
Referencias bibliográficas
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13. Marcus, S.J. (ed.), (2002), Neuroethics. Mapping the field, The Dana Foundation, Nueva York.
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15. Racine, E. (2010), Pragmatic Neuroethics, The MITT Press, Cambridge (Mass.).
16. Roskies, A. (2002), “Neuroethics for the New Millennium”,
Neuron 35, pp. 21-23.
17. Roskies, A. (2009), “What’s ‘Neu’ in Neuroethics?”, The
Oxford Handbook of Philosophy and Neuroscience, Oxford
De la Bioética a la Neuroética
1. Origen, contexto médico y legitimación social de la Bioética
Es ya lugar común afirmar que quien primero utilizó el término de “bio-ética” para referirse a una nueva disciplina fue Van Renselaer Potter, un biólogo centrado en la investigación oncológica (45). En 1971 publicó en EE.UU. el ya célebre libro Bioethics: A Bridge to the
Future. He aquí el objetivo principal que le atribuye este cancerólogo
norteamericano a la Bioética: “Una nueva disciplina que combina conocimiento biológico con un conocimiento de los sistemas de valo-res humanos”. La pretensión principal que inspiraba tal obra no era otra que la de superar lo que por aquellos años vino en llamarse “las dos culturas” –la científica y la humanística–. Su extrema separación era más que evidente. Sólo a través de una armónica combinación –o puente, como indica el título– entre el conocimiento científico de los sistemas vivos (sintetizado en el concepto de “biós”) y el conocimien-to filosófico de los valores (representado con el concepconocimien-to de “ética”), podría ser superada tan lamentable ruptura cultural. Nació la Bioética con vocación de contribuir a que las investigaciones científicas, espe-cialmente aquellas centradas en el origen y desarrollo de la vida (tam-bién las referidas al medio ambiente y a la supervivencia de la especie
humana) no abandonasen las bases humanistas, filosóficas y éticas, dado que sólo éstas posibilitaban la orientación de los fines y las fun-ciones sociales que aquellas investigafun-ciones debían perseguir. La con-cepción de la Bioética que manejaba en sus inicios el oncólogo Potter era ciertamente amplia (41). El sentido ambientalista e incluso evolu-cionista formaba parte de su principal objetivo: la supervivencia de la especie humana junto a la reivindicación de la cultura humanista. Tanto la vida del hombre como la creación de la cultura peligraban debido a un desarrollo científico-técnico tan desbocado en las socie-dades avanzadas como amenazante para el futuro de la humanidad.
Se ha de constatar también que en aquellas fechas en las que el científico Potter difundió el término en la portada de su libro, el ginecólogo holandés André Hellegers, de la Universidad de George-town (dirigida por los jesuitas), se sirvió del mismo término para denominar al prestigioso centro de investigación por él fundado el 1 de julio de 1971: “Joseph and Rose Kennedy Institute for the Study of
Human Reproduction and Bioethics”. Si la obra de Potter mostraba un
enfoque teórico y globalizador, la línea de investigación que promo-vió este Instituto (primer centro universitario dedicado a la Bioética en U.S.A.) con diversos teólogos morales a la cabeza, estaba centrada especialmente en los conflictos de valores que surgen ineludiblemen-te cuando aplicamos las nuevas ineludiblemen-tecnologías al origen, desarrollo y fin de la vida en general (vegetal, animal), como de la vida humana en particular. Y esta línea ha sido la predominante en la Bioética desde sus orígenes. Si Potter contribuyó a la difusión del término, cabe afirmar que fue Hellegers quien fomentó su estudio a través de este centro interdisciplinar. Durante los cuarenta años que han transcu-rrido desde la fundación del mencionado centro de investigación dedicado a la reproducción humana y a la Bioética, es claro que el legado de Hellegers ha sido el dominante (16). Esta disciplina se ha desarrollado más como una ética aplicada (elaborada por filósofos y
teólogos de la moral, médicos, expertos de la genética, biólogos e investigadores de las diversas ramas de la vida) que como una ética
global edificada al modo de puente entre la ciencia y la filosofía, tal
como pretendía Potter ya en su célebre libro de 1971, pero también en posteriores escritos (42). Sin entrar en mayores precisiones, cabe afirmar que la Bioética en sus orígenes (fusionando el proyecto de Potter con el de Hellegers) fue considerada como una disciplina pre-ocupada por el análisis de los conflictos éticos emergentes gracias al desarrollo y complejidad de las ciencias de la vida (ecología, investi-gación biológica, experimentación animal, reproducción humana, investigación clínica…), que incluye todo lo referente al comienzo y final de la existencia.
Según lo dicho, a través de la Bioética como nueva disciplina se manifestaba una generalizada tendencia intelectual a poner en tela de juicio diversos avances en las técnicas biomédicas que resultaban paradigmáticos del conflicto entre las ciencias de la vida y las cuestio-nes éticas, o entre la cultura tecnológica y la cultura humanista. Mas la discusión en torno a los orígenes, métodos y objetivos de esta nue-va disciplina no ha llegado aún a su fin. La interdisciplinariedad es rasgo clave de este nuevo campo del saber y del obrar. Su status epis-temológico no está del todo claro, y los contenidos sobre los que ha de versar tal disciplina tampoco, pues continuamente se replantean en la misma medida en que se suscitan nuevos dilemas morales, gra-cias a los avances técnicos y mejores conocimientos aplicables al ori-gen y desarrollo de la vida humana (33, 34). Es por ello necesario revisar los diversos contextos que explican el origen y el despliegue social de esta nueva disciplina a fin de comprender mejor los proble-mas clave que ha de tratar, así como constatar la diversidad de conte-nidos que le corresponde estudiar, siempre desde un ángulo interdis-ciplinar. Es evidente que no es posible exponer con detalle el origen y desarrollo de la Bioética, sólo me interesa señalar en lo que sigue
aquellos rasgos que nos sirven para enmarcar el contexto que poten-ció su legitimapoten-ción social en orden a justificar mejor la conveniencia teórica y práctica de elaborar lo que ha venido en llamarse, desde hace aproximadamente una década, “Neuro-ética”, a cuyos objetivos y problemas fundamentales, en su conexión con la Bioética, se dedica este libro introductorio.
A nadie se le escapa que los problemas morales suscitados en la profesión médica constituyeron una de las razones que explica la excelente acogida social de la Bioética. Los valores y deberes propios de la profesión médica se remontan al célebre Juramento de Hipócrates en el que se explicita el servicio al enfermo, la discreción y la fideli-dad como valores propios del ejercicio médico. Y por otro lado, se señalan normas o principios generales como el de no-maleficencia (“sobre todo no dañar”), la prohibición del aborto y de la eutanasia (que equivale al principio de la defensa de la vida). Estos elementos éticos del antiguo Juramento (24, 26, 39) han sido actualizados por diversas Academias y Sociedades médicas, siendo recogidos en códi-gos deontológicos de especial relevancia (Código internacional de ética
médica de la Asociación Médica Mundial de 1949; Declaración Inter-nacional de Helsinki de 1964, ampliada en sucesivas ocasiones –Tokio,
Venecia, Hong Kong–). La Ética bio-médica y la Ética clínica (más tarde señalaré sus diferencias) constituyen la concienciación y autorre-gulación profesional de los deberes morales –también de las virtudes– que los médicos y el personal sanitario han de seguir en su relación profesional y humana con los pacientes y enfermos. Sin embargo, no sólo los deberes y virtudes de los médicos han de ser sacados a la luz, también sus derechos y los de quienes padecen enfermedades y expe-rimentan la debilidad; lo cual explica que la Asociación Médica
Mun-dial (AMM) y la Organización MunMun-dial de la Salud (OMS) vinculen
la deontología médica con la Declaración de los derechos humanos de 1948.
No hay que olvidar que durante la segunda guerra mundial los experimentos con humanos llevados a término por los médicos nazis (protegidos por los poderes políticos) ocasionaron una de las mayores crisis de la ciencia y profesión médica, tal como se manifestó durante el célebre juicio de Nuremberg (51). No sorprendió que en medio del debate suscitado por las revelaciones impactantes de los médicos se acordase proclamar lo que se conoció como el Código ético de
Nurem-berg de 1947 en el que se concentraron 10 principios que habrían de
regular las experimentaciones e investigaciones médicas con huma-nos. Por ejemplo, el referido al célebre consentimiento informado del sujeto se convertirá desde entonces en el punto de partida de cual-quier experimentación. Las posteriores declaraciones en materia de investigación médica con seres humanos se remitirán a dicho código post-bélico. Los peligros que amenazan a los enfermos y pacientes al combinarse el poder del Estado con una lógica tecno-médica, alejada de toda consideración moral del ejercicio profesional, son alarmantes. Así pues, nos encontramos con una ética médica objetivada en las declaraciones internacionales que contextualizan el surgimiento de la Bioética. Y a través de esta línea, la medicina ha llegado a ser una de las tendencias científicas más sensibles al componente ético de la nue-va disciplina y, por ende, se ha convertido en el sector intelectual más crítico con el desarrollo tecnológico y bio-médico que pretenda apli-carse sin límites morales.
Se podría afirmar, en términos generales, que la profesión sanita-ria ha devenido más técnica que ética, y que los avances en la investi-gación biomédica se orientan cada vez más a fines que no son clara-mente terapéuticos, sino de otro tenor, conectados con intereses parti-culares o económicos (por ejemplo: transferencia de embriones en mujeres menopáusicas, selección de sexo, u otros rasgos, por diagnós-tico prenatal…). Es una lógica empresarial y tecnocientífica (domi-nio, eficacia, rentabilidad, utilidad) la que parece guiar la profesión
médica e investigadora antes que una lógica moral preocupada por la promoción de la dignidad de la vida humana y de la persona. Durante estos años en los que la Bioética se iba desarrollando como disciplina, la profesión médica se interrogaba con mayor insistencia respecto de si todo lo que es técnicamente posible es éticamente aceptable. La sen-sación de que el poder técnico aplicado a la génesis de la vida –como a su declive– es cada vez mayor, ha ido suscitando el convencimiento de que necesario es limitar, por razones estrictamente morales, tal poder, de lo contrario puede introducirse la biomedicina en sendas de peli-groso recorrido. Esta misma inquietud moral se suscitó igualmente durante la última década con los avances de las ciencias del cerebro, siendo la nueva Neuroética como disciplina –según iremos compro-bando– su máxima expresión.
El debate durante estos cuarenta años de Bioética ha estado pre-sente, de forma reiterada, en los medios de comunicación debido al impacto que los avances biomédicos producen en la ciudadanía, en la clase política y también en los legisladores. Las posiciones son diver-sas: hay quienes propugnan un respeto escrupuloso al a priori de lo que debe ser considerado la “naturaleza humana”, también quienes aceptan “bienes humanos” que no deben ser trastocados, sin olvidar aquellos que promulgan potenciar al máximo el desarrollo de la cien-cia sin límites externos a su propio dinamismo. En cualquier caso, la Bioética ha sido una disciplina que ha crecido en este caldo de cultivo mediático en el que los nuevos avances biomédicos han suscitado dilemas morales ante los cuales las reacciones son tan diversas como opuestas y contradictorias. Este marco mediático ha contribuido a la legitimación social de una disciplina que de modo racional y ponde-rado ha de analizar los presupuestos y sobre todo las implicaciones éticas y culturales de determinados avances biomédicos, y reciente-mente los progresos en las ciencias del cerebro, a los que se aludirá en los próximos capítulos.
2. Ramas principales de la Bioética
A la luz de lo apuntado, y teniendo de fondo diversos trabajos de investigación y manuales de Bioética publicados durante estos últimos años (17, 18, 27, 28, 36, 54, 56) podrían sintetizarse los diferentes con-tenidos y objetivos que históricamente ha tratado esta reciente disciplina en ocho destacables ramas procedentes de un tronco común: Ética clíni-ca, Ética sanitaria, Ética bio-médiclíni-ca, Ética de la reproducción humana, Gen-ética, Eco-ética, Zoo-ética y Tánato-ética. A ellas hay que añadir, a mi juicio, la reciente Neuroética. Según no pocos de sus promotores y creadores se presenta esta última con promesas de especial fecundidad para un futuro próximo. Algunas de sus implicaciones morales, filosófi-cas y sociales han de ser analizadas. Este libro se centrará en destacadas implicaciones prácticas y médicas de esta nueva disciplina.
Hoy sigue la Bioética elaborándose cada vez con mayor extensión de contenidos, lo que dificulta su dominio conceptual, temático y metodológico. El abanico de líneas de investigación y reflexión moral es tan amplio, variado y complejo (transcurridos los cuarenta años desde la creación del término “bioética”, pero alrededor de cien desde el des-pegue de las ciencias de la vida, especialmente la Genética) que, a mi modo de ver, estamos llegando ya al momento más adecuado para que la Bioética comience a dividirse en diferentes sub-disciplinas con mayor autonomía. Bien es verdad que la mayoría de las que propongo –como sucede con los árboles frondosos– se entremezclan y se conectan de tal modo que algunos problemas y dilemas éticos resulta difícil tratarlos con total separación. Sin embargo, a dichas ramas, aun procedentes de unas mismas raíces culturales y científicas (la profesión médica y la investigación en las ciencias de la vida, según lo señalado) que han dado origen a este grueso tronco que llamamos hoy “Bio-ética”, se ha de pro-curar otorgarles, en aras de la claridad y operatividad conceptual, mayor autonomía epistémica. De este modo llegarán a ser, en términos
mora-les, más fecundas, sacando a la luz presupuestos e implicaciones que no son del todo idénticas en cada una de las partes de la Bioética.
Como sucede con todo árbol sano, algunas ramificaciones son más gruesas y florecientes que otras (por manejar presupuestos antropoló-gicos y principios éticos de mayor peso cultural) y los frutos (es decir, los resultados prácticos y morales) no son necesariamente de igual tamaño y calidad. Por consiguiente, dada la multiplicidad de investi-gaciones y avances biomédicos, genéticos, terapéuticos, técnicos…y sus implicaciones socio-morales, conviene deslindar y acotar los obje-tivos, los contenidos y los métodos de las diversas ramas. De este modo, podremos ser más precisos en la iluminación de los dilemas y en la toma de decisiones éticas que, teniendo en cuenta lo que está en juego cuando tratamos de la vida (y de la muerte), comportan conse-cuencias sociales trascendentes para el futuro de la especie humana (y otras especies) en este maravilloso planeta. Los presupuestos éticos y antropológicos –así como sus implicaciones morales y sociales– no pueden ser los mismos si estamos tratando, por ejemplo, de los oríge-nes de la vida humana que si es el proceso de morir con sus dimensio-nes morales lo que hemos de estudiar; ni son equivalentes los proble-mas que se suscitan en la relación médico-paciente que los originados al analizar las intervenciones técnicas o farmacológicas en el cerebro humano. Es claro que no se puede ofrecer una ruptura drástica entre las ramas que surgen del tronco de la Bioética; sólo busco mostrar bre-vemente esta diversidad temática con la intención de señalar la necesa-ria relevancia académica y social de la Neuroética como nueva y joven rama que brota de un fecundo tronco, pero que aporta (siguiendo con el símil del árbol) sus propias flores y frutos con sabor distintivo.
Estas diversas líneas de estudio suelen ser tratadas con mayor o menor detalle no sólo en los numerosos manuales de Bioética (algu-nos reseñados ya), sino igualmente en las Enciclopedias dedicadas a
esta disciplina (29, 46), así como en los Diccionarios de Ética que ofrecen términos referentes a la mayoría de los contenidos principales de los estudios bioéticos (10). Cada una de las ramas que propongo engloba a su vez muy diversas temáticas que requieren de precisos conocimientos biológicos, fisiológicos, genéticos, neurológicos, médi-cos, sociológimédi-cos, jurídicos y, por supuesto, étimédi-cos, que no resulta del todo sencillo dominar con cierto rigor. La interdisciplinariedad es inevitable. Este abanico de líneas de investigación comporta una rela-ción directa con el “biós”, con la vida en sentido amplio. Mas los diver-sos contenidos del término “vida”, que impulsan cada una de estas ramas, han de ser tratados sacando a la luz los presupuestos
antropológi-cos sobre los cuales se edifican los principios étiantropológi-cos y los criterios
morales que han de orientar la práctica de los agentes que intervienen en los graves retos que el origen, evolución, desarrollo y final de la vida nos plantean. Han de ser analizadas también las implicaciones
sociales (reales y posibles) que los avances técnicos, científicos y
médi-cos están originando en nuestra cultura a fin de suscitar la convenien-cia o no de limitar tales avances cuando lo que esenconvenien-cialmente peligra es la dignidad de la persona, especialmente la de aquellos seres huma-nos que, dada su debilidad, no pueden ni siquiera manifestar sus deseos o intereses.
Si bien es oportuno distinguir, por ejemplo, entre “vida huma-na”, “organismo humano”, “miembro de la especie humahuma-na”, “ser humano”, “individuo”, “sujeto moral”, “persona”, “personalidad”, etc., tal clarificación conceptual y antropológica no comporta la mis-ma relevancia en las diversas ramis-mas de la Bioética. No es lo mismo tratar los dilemas morales propios del inicio de la vida (óvulos fecunda-dos, embriones congelafecunda-dos, nasciturus, células madre embrionarias, clo-nación terapéutica, cloclo-nación reproductiva, manipulación genética…), que los originados a través de la relación entre paciente competente y personal sanitario. Ni es posible entrar en los problemas morales que
surgen durante el proceso de investigación biomédica del mismo modo que se han de enfocar los derechos de los animales o la defensa de la naturaleza. E igualmente, aun manteniendo conexión con algu-nos de los anteriores, de modo distinto se han de tratar aquellos pro-blemas referidos a las dimensiones morales del proceso humano de morir (testamento vital, comunicación de la “verdad” al enfermo ter-minal, suicidio médico asistido, eutanasia voluntaria-activa-direc-ta…), que los generados por los avances de las neurociencias que la nueva Neuroética revisa desde sus presupuestos e incidencias morales (por ejemplo: estado vegetativo, muerte cerebral, mejoramiento cog-nitivo, intervenciones en el cerebro). Es tal la diversidad de campos epistémicos, conceptuales, antropológicos y morales implicados en tan complejos problemas, que conviene, por razones de rigor y cohe-rencia, distinguir las ramas que se derivan del tronco de la Bioética. Así será posible mostrar con mayor brillo el surgimiento reciente y la necesidad de la Neuroética como rama de la Bioética, al menos en sus inicios, aunque por su impacto filosófico y cultural va más allá de los objetivos tradicionales que ésta ya clásica disciplina ha ido cumplien-do desde los años setenta. Veamos, pues, algunos de los contenicumplien-dos principales que históricamente ha ido tratando la Bioética como área de conocimiento tan pretendidamente uniforme como inevitable-mente interdisciplinar, mostrando breveinevitable-mente el núcleo de cada rama, hasta desembocar en la más reciente, en la Neuroética.
2.1. Ética clínica
Se centra sobre todo en la dimensión moral del ejercicio profesio-nal de la medicina y enfermería en las que el núcleo ético no es otro que las decisiones tomadas durante la relación interpersonal sanita-rios-pacientes (25), dos agentes inevitablemente desiguales (el que “conoce” la enfermedad y el que “padece” los síntomas y dolores).
Mas esta asimetría no puede justificar que el sujeto débil deje de ser tratado como persona moral competente. La ética clínica (del térmi-no griego cline=cama) desarrolla las dimensiones morales presentes en el tratamiento de la persona enferma por parte de quienes conciben su tarea profesional como un servicio a los ciudadanos que padecen dolores y sufrimientos. El personal sanitario es quien de modo excelso y más directo ha de llevar a término el derecho a la salud. Tal derecho implica que alguien tiene el deber de curar y cuidar a quien se le ha quebrado la salud, uno de los bienes humanos básicos. En este marco se desarrollaron los cuatro célebres principios (autonomía, beneficen-cia, no maleficenbeneficen-cia, justicia), que en sentido estricto deberían ser contemplados como los principios de la Ética clínica (4, 5) y no de la Bioética en general. Numerosos son los dilemas morales en el origen de la vida que no se prestan a ser analizados y atrapados desde la jerar-quización y combinación de estos cuatro principios.
Desde la perspectiva clínica, las éticas que podrían ser desarrolla-das con especial fecundidad serían tanto la ética de los deberes (deon-tológica), como la ética de las virtudes (aretológica). Ambas nos indi-carían la excelencia moral que se espera de quienes ejercen la profe-sión médica y sanitaria. No convendría olvidar tampoco en este mar-co de la ética clínica aquella línea de mar-comportamiento que –por influencia de una determinada corriente feminista– se ha aplicado especialmente al campo de la enfermería: ética del cuidado. Es ésta particularmente sensible al modo humanitario de cuidar a quienes son, por su escasa salud, seres “dependientes” (9): padecen graves enfermedades o el envejecimiento natural. El ser humano, dada su estructura antropológica, ineludiblemente ha de sufrir con el paso de los años procesos degenerativos en su cuerpo y mente que le llevan a una necesaria relación profesional y afectiva con el personal sanitario. Esta rama es la más antigua y, como se apuntó, aquella que ha contri-buido de modo especial a la legitimación social de la Bioética como
disciplina. Sin embargo, se ha de reconocer que la Ética clínica, con los cuatro principios señalados y con las virtudes morales inherentes a la profesión médica (fidelidad, abnegación, compasión, humildad intelectual, prudencia…), se sitúa en un plano interpersonal, genui-namente moral, en el cual los procesos de comunicación y de diálogo entre sujetos competentes favorecen modelos de comportamiento de mayor o menor excelencia moral.
2.2. Ética sanitaria
En sentido estricto cabe denominar de este modo la rama de la Bioética que considera del todo necesario encuadrar los problemas sanitarios en un marco más amplio que el de la estricta relación médi-co-enfermo: la relación entre las instituciones y organizaciones sanita-rias con modelos sociales y políticos normativos. Viene a ser una parte de lo que hace algunas décadas se denominaba ética social, y que hoy se suele encuadrar en la ética de la empresa. Los problemas de salud suscitados en las sociedades desarrolladas, además de estar asignados a un Ministerio en la mayoría de las democracias, difícilmente dejan de ser tratados como resultado de determinadas políticas de bienestar que presuponen a su vez modelos de justicia distributiva. Cada vez se ha de justificar con más precisos argumentos éticos las tomas de decisio-nes sanitarias, así como las líneas de investigación médica, dado que las enfermedades y los enfermos son innumerables y los recursos eco-nómicos, técnicos y sanitarios ciertamente escasos, incluso en las socie-dades avanzadas. Podríamos decir que de los cuatro principios arriba mencionados, es sin duda el de justicia (con sus múltiples variantes, pero especialmente la referida a la distribución de bienes y recursos) aquél que ha de ser aplicado en el marco de la ética sanitaria. Así pues, conviene, por los complejos problemas políticos, económicos, sociales que se suscitan, considerar esta Ética sanitaria como una de las ramas
de la Bioética. El condicionamiento institucional en el que se pueden encuadrar no pocos dilemas médicos plantea problemas distintos de aquellos referidos a las relaciones interpersonales médicos-enfermos. La Ética sanitaria se sitúa, pues, en el marco organizacional y econó-mico desde los cuales, con criterios de justicia, se han de gestionar los escasos recursos técnicos, terapéuticos, hospitalarios y farmacéuticos existentes en una determinada sociedad (1, 3).
En este marco institucional el tipo de ética más idóneo (además de las éticas de justicia, según lo indicado) sería el que han desarrolla-do los teóricos del contractualismo, liberalismo, comunitarismo, libertarismo, comunismo o estatalismo. Es decir, teorías todas ellas que, además de polemizar entre sí por sus diferentes concepciones de la justicia y de la sociedad, son de carácter político, organizativo y estructural más que interpersonal (el propio de la Ética clínica en sen-tido estricto). Los problemas morales que se suscitan en la relación personal sanitario-enfermo, aunque pueden ser reflejo de un marco social y político más amplio, han de ser iluminados con unas catego-rías y enfoques bien diversos a aquellos que, por su grado de incidencia social y económica, requieren de otra metodología y de otros princi-pios más políticos y económicos que interpersonales.
2.3. Ética bio-médica
Esta rama de la Bioética está sin duda conectada con las anterio-res. En cualquier proceso de investigación y experimentación médica se presupone un determinado tipo de relación personal sanitario-enfermo, por un lado, y también una visión de las funciones sociales y humanitarias (sin olvidar los intereses económicos y políticos) que inspiran diferentes instituciones científicas. Como antes se indicó, el marco en el que se potenció la legitimación social de la Bioética nos remitía a las experimentaciones que los médicos nazis realizaron con
miles de pacientes y de hombres sanos –por supuesto, sin su consenti-miento– a fin de averiguar las respuestas del cuerpo humano a diver-sos tratamientos e intervenciones.
Pues bien, se puede afirmar que fue en el marco de la investiga-ción biomédica en el que se propusieron tres de los cuatro principios éticos anteriormente señalados (autonomía, beneficencia y justicia). Y más en concreto, el trasfondo histórico en el que surgieron tan céle-bres principios hay que situarlo en 1974, cuando el Congreso de los Estados Unidos aprobó la ley conocida como National Research Act, que daba cauce a la creación de una comisión que se tendría que encargar de analizar las cuestiones éticas surgidas por la investigación científica en la biomedicina y en otras ciencias de la conducta. Una de las funciones principales de esta comisión era la de presentar unos principios generales con capacidad para orientar futuras investigacio-nes biomédicas. La comisión elaboró el ya clásico Informe Belmont, publicado en 1978, en el que se ofrecía una breve presentación de tres principios fundamentales: el respeto a las personas (que se concretó más tarde en el principio del respeto a las “decisiones autónomas”); la beneficencia (posteriormente se convino en separarlo del principio de no maleficencia); y, por último, la justicia, que puede tener una dimensión interpersonal (justicia conmutativa) o social (justicia dis-tributiva).
Aun siendo el Informe Belmont el origen de los célebres principios que se consideran –con excesiva generalidad– los más propios de la Bioética (no puedo entrar aquí en una exposición pormenorizada y crítica de los mismos), conviene de todos modos perfilar como rama específica la Ética bio-médica, centrada en el establecimiento de las bases morales de la investigación científica, experimentación humana y su aplicación tecnológica al ámbito de la medicina (2). Es evidente que toda experimentación comporta tanto elementos individuales
como sociales e institucionales. Y esos diversos ámbitos de decisión y grados de responsabilidad han de ser analizados por esta rama, que ni se ciñe a la relación personal médico-enfermo, ni a los fines organiza-tivos de las instituciones sanitarias. Requiere de una reflexión sobre las funciones de la ciencia y de la técnica, así como del esclarecimien-to de principios éticos que promuevan la dignidad de las personas afectadas directamente por las experimentaciones, y más reciente-mente en el marco de las investigaciones con seres humanos que pro-mueven las ciencias del cerebro. Igualmente se ha de analizar quiénes pueden ser los posibles beneficiarios y perjudicados por aquellos expe-rimentos. El núcleo de la Ética bio-médica se encuentra, pues, en el estudio de las dimensiones morales del proceso de investigación, experimentación y aplicación de descubrimientos, mientras que el de la Ética clínica en el fomento de deberes y criterios morales que han de regular las relaciones humanas médico-paciente.
2.4. Ética de la reproducción humana
Si bien esta rama de la Bioética guarda estrecha relación con la Gen-ética (implicaciones morales de las intervenciones en el patrimo-nio genético del ser humano) –de la que pronto hablaremos– y presu-pone los criterios orientativos que he enunciado al sintetizar el objeti-vo principal de la Ética clínica y de la Ética bio-médica, puede ser dis-tinguida claramente de éstas. Se centra en las dimensiones morales que suscitan las diversas técnicas de reproducción humana o “procreación asistida” al intentar resolver los problemas de esterilidad o subfertilidad de las parejas. Entre las técnicas más desarrolladas que generan debates morales cabe destacar: inseminación artificial, fecundación in vitro, transferencia intrauterina de gametos, transferencia del embrión al útero, congelación de embriones, maternidad subrogada (o alquiler de úteros)… También encontramos los siguientes campos de reflexión
propios de esta rama: el análisis de los valores morales y sociales que origina este nuevo poder tecnológico, la alteración de las nociones comunes de paternidad y maternidad (y por ende, la identidad del propio sujeto venido al mundo a través de estas nuevas técnicas), los conflictos ético-jurídicos entre un supuesto “derecho a la procreación” y el derecho del niño a un marco familiar que facilite su desarrollo personal, el complejo problema del status del embrión, la licitud o ili-citud moral del aborto o de la “píldora del día después”.
Junto a ello ha de estudiar la Ética de la reproducción humana problemas morales como los derivados de la procedencia de gametos y de embriones, o respecto de quiénes pueden ser los beneficiarios de estas nuevas técnicas de reproducción asistida, el anonimato de los donantes, el derecho de los niños a conocer la identidad de sus padres biológicos, los fines sociales o económicos de estas técnicas y su conexión con otros modelos de reproducción que suscitan debates morales: la clonación (en el sentido de crear copias genéticas de una persona adulta), partenogénesis (estimulación química o mecánica de óvulos para lograr el desarrollo de un nuevo ser), la ectogénesis (desa-rrollo embrionario en una placenta artificial), la selección de sexos, experimentación con embriones humanos con fines no terapéuticos, la hibridación de la especie humana con otras especies… Es tal la diversidad de las nuevas técnicas de reproducción, los supuestos antropológicos y ético-sociales en cada una de ellas, así como las implicaciones morales y sociales de su generalizada difusión, que necesario es mantener la conveniencia de esta rama de la Bioética (37, 52). Los célebres cuatro principios que el ejercicio de la medicina ha perfilado –y a los que ya me he referido– no son suficientes para ilu-minar la variedad de matices que entran en juego en esta problemáti-ca. Se necesitan otros supuestos y criterios morales. No estamos sólo ante la relación interpersonal médico-paciente, hay que incluir ade-más “el otro” que se va a gestar –o se está gestando– en el seno de una
mujer (o en contextos artificiales sustitutorios), sin olvidar los efectos sociales y antropológico-sexuales que estas técnicas están generando. En las complejas dimensiones morales de estas técnicas se ha de cen-trar esta rama de la Bioética que tanto han cultivado los teólogos de la moral (téngase en cuenta que el originario término “bioética” acom-pañaba al de “reproducción humana” en el nombre del primer Insti-tuto norteamericano, fundado por Hellegers, y que ha marcado hasta hoy el más significativo legado de la Bioética como disciplina aplicada al origen de la vida).
2.5. Gen-Ética
Las intervenciones en el patrimonio genético del ser humano son cada vez más potentes (31). Esta rama de la Bioética está vinculada al surgimiento y despliegue de la ciencia genética. Si bien es verdad que mantiene no escasa conexión con la Ética de la reproducción huma-na, comporta un campo propio de estudio y esclarecimiento moral. El avance principal de la Genética (desde las célebres leyes de Mendel) consistió en explicar la base física, la sustancia química o la base mole-cular gracias a las cuales los caracteres biológicos se conservan, se transmiten y se heredan. Este grave interrogante se pudo responder cuando varios científicos durante los años cuarenta identificaron el ácido desoxirribonucleico o ADN. A partir de entonces fue posible el minucioso estudio de la naturaleza, composición y estructura del material hereditario, así como el conocimiento de los mecanismos moleculares de la acción génica (código genético). Esto fue alrededor de los años setenta, cuando estaba iniciándose el nombre y el conteni-do principal de la Bioética. Sin embargo, en años posteriores se empe-zaron a aplicar las nuevas técnicas moleculares (fragmentación, hibri-dación, etc.) al análisis genético, que se han perfeccionado hasta ins-taurar métodos más precisos.
No cabe duda de que el punto clave del verdadero desarrollo de la Genética y el origen de sus implicaciones éticas se encuentra en el descubrimiento de que los genes están hechos de ADN; lo que ha supuesto un cambio de paradigma, según los expertos, no sólo en la ciencia genética, sino en toda la biología. Derivado de ello se desenca-denaron dilemas éticos nuevos para la humanidad. La investigación en torno a las características y desciframiento del código genético, así como el desarrollo de la trascripción del mensaje genético contenido en la molécula de ADN, dan lugar a lo que se ha denominado Biología Molecular, que ha posibilitado un sin fin de manipulaciones genéti-cas. Bien es verdad que el término “manipulación” no ha de implicar en principio un sentido peyorativo o de condena moral. Hoy es posi-ble manejar u operar con instrumentos los genes, lo que no significa siempre atentados contra la dignidad humana. Y este punto es capital para comprender las repercusiones morales de la manipulación gené-tica. Aunque es claro que el peligro potencial de la Genética se ha hecho real en la misma medida en que los científicos han podido “tocar” los genes. Esta ingeniería genética molecular se ha desarrolla-do a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, paralela-mente al surgimiento de la Bioética. Cabe decir por ello que su inte-gración plena en la disciplina ha sido más bien posterior a su inicio en 1971, si bien ya se tenía conocimiento en tales fechas de las líneas de investigación genética que a la larga podrían ocasionar dilemas mora-les. Ha sido durante los años noventa cuando esta ingeniería ha llega-do a ser tan rutinaria que más que una ciencia se ha convertillega-do en una técnica (la tecnología molecular) que suscita nuevos problemas éticos y que han de ser estudiados por la Gen-Ética (55).
Son múltiples los campos en los que dicha ciencia puede afectar al ser humano en tanto que sujeto directo y pasivo de la investigación. Dado que la manipulación puede producirse durante la utilización de algunas técnicas de reproducción asistida, la Gen-Ética se relaciona
con la Ética de la reproducción humana; mas sería un error pensar que sus respectivos objetivos y los problemas morales que suscitan se sitúan en un mismo campo. Creo del todo necesario reivindicar, a pesar de algunas coincidencias, la rama de la Gen-Ética como diferen-te de cualquier otra. Requiere métodos y argumentaciones específicas con cierto grado de autonomía, y por ello con mayor fuerza ilumina-dora de los dilemas morales que los avances genéticos provocan (recientemente, por ejemplo, en todo lo referido a los neurotrans-plantes y la transferencia génica en el cerebro humano, cuyas repercu-siones morales y sociales la Neuroética Práctica ha de aclarar).
Tantos son y tan diversos los grados de manipulación de la gené-tica humana (del ADN, de las células, de los embriones, de indivi-duos a través de la eugenesia positiva y negativa, e incluso de las poblaciones), y se suscita tal cantidad de interrogantes y problemas morales, que conviene construir un campo de reflexión específico que analice globalmente los diferentes tipos de intervención técnica en la genética y su mayor o menor licitud moral desde principios éticos que inspiren este nuevo “poder”. Aunque ha de tener en cuenta los princi-pios y los modelos éticos a los que antes me he referido, se necesita incorporar nuevos criterios morales en ocasiones de difícil armoniza-ción: la defensa de la diversidad genética humana, la dignidad del “individuo”, el derecho de acceso a los servicios genéticos de diagnosis y prognosis, la coordinación de la investigación, el intercambio inter-nacional de información genética, el control del uso comercial de la información genética, información y educación en torno a las enfer-medades genéticas, el desarrollo de asesores genéticos, la confidencia-lidad de la información genética…Y sobre todo, se ha de plantear si es lícito y está suficientemente justificado financiar determinadas líneas de investigación genética, o mejor será controlar cualquier manipula-ción en los genes (50).
2.6. Eco-ética
Por lo que estamos viendo, la Bioética comporta un campo de reflexión mucho más amplio que la relación médico-enfermo o las investigaciones bio-médicas, que contribuyeron conjuntamente a la difusión y legitimación social de esta nueva disciplina. Indicamos en su momento que la concepción de la Bioética que manejaba quien fue el padre del término, Potter, incluía también todo lo referente a la vida en general, y no sólo a la vida humana, por la constatación de los múltiples peligros que amenazaban a comienzos de los años setenta –hoy agravados– la preservación de la salud del planeta. Y en concre-to, Potter contemplaba que la Bioética debía incluir en su campo las inquietudes principales de lo que posteriormente se ha ido denomi-nando Ética ecológica o, más recientemente, “Eco-ética”. Esta disci-plina ha adquirido ya un significativo grado de independencia de la Bioética, lo que ha contribuido a su mayor aceptación académica, desarrollo conceptual, precisión ético-política, y relevancia social (22, 23, 57). La Ética ecológica (Eco-ética) nos ha mostrado a las claras que si no se toman decisiones éticas, políticas y económicas sensibles al impacto medioambiental de la intervención del hombre en la natu-raleza, peligra la continuidad de las futuras generaciones humanas en nuestro planeta, así como la de toda vida (animal y vegetal). Las nue-vas tecnologías industriales y energéticas han de fomentar una mayor defensa del equilibrio natural, de lo contrario la humanidad está cavando su propia tumba. Así pues, las consecuencias a medio y largo plazo en la transformación de los ecosistemas han de suscitar en el hombre mayor grado de responsabilidad.
Justamente fue a comienzos de los setenta (fecha de inicio de la Bioética) cuando el prestigioso Club de Roma alertaba en su célebre obra Los límites del crecimiento sobre la urgencia de limitar el desarro-llo y la explotación que estaban promoviendo las industrias de los
países más desarrollados del mundo. La constatación de que los recur-sos del planeta son limitados y de que se han de establecer controles para evitar que un desarrollo industrial acelerado destruya toda vida, forma parte ya de una conciencia social agudamente sensible a estas amenazas y peligros. Esta tesis (que fue proclamada solemnemente en 1972 tanto por el Club de Roma como por la Conferencia de las
Nacio-nes Unidas sobre el Desarrollo y el Medio Ambiente celebrada en
Esto-colmo) ya la incluía el biólogo Potter en su célebre libro Bioethics: A
Bridge to the Future y consideraba que la Bioética tenía que potenciar
el “puente” entre el desarrollo científico-técnico y los controles ético-humanistas en aras de la preservación de la vida en el planeta. Las amenazas a la vida se han multiplicado desde aquellos lejanos años: la explosión demográfica, la deforestación y desertización, la pérdida de la biodiversidad, el cambio climático, la lluvia ácida, el agujero de ozono, la contaminación de las aguas (58).
No es posible entrar en más detalles sobre la evolución y los modelos diversos de la Eco-ética, sólo interesa recalcar que se ha con-vertido en la rama de la Bioética con mayor autonomía adquirida y que más preciso campo de reflexión ha elaborado durante estos últi-mos treinta años. La independencia respecto de la Bioética no ha sido total. El mismo Potter publicó a finales de los ochenta otro importan-te libro en el que, ya desde el título, defendía la conveniencia de enfo-car los problemas bioéticos desde una perspectiva que englobase todas las amenazas a la vida; la propuesta de integrar los conflictos ecológi-cos constituía una de las piezas de su Global Bioethics (42). La multi-plicación de los análisis económicos, políticos, jurídicos, teológicos y éticos en torno a los graves retos de la destrucción de la naturaleza ha sido espectacular en estos últimos veinte años. La mayoría de los estu-dios se centran en campos acotados en los que ya no se percibe con claridad la antigua conexión con la Bioética.
Es tal la diversidad y complejidad de los problemas medioam-bientales que la Éco-ética se construye hoy como un ámbito de estu-dio específico. Aunque procedente del tronco de la Bioética, ha desa-rrollado una frondosa rama que da frutos éticos de gran alcance, con repercusiones en numerosos contextos sociales (política, derecho, educación, economía…). Y además, ha suscitado sugerentes y fecun-dos modelos de reflexión ética que procuran tanto extraer lo más valioso de los clásicos, como potenciar la elaboración de nuevos modelos y principios éticos que atrapen con mayor coherencia y ner-vio la complejidad de los problemas ecológicos y medioambientales.
Sin minusvalorar la conveniencia de conectar ciertas reflexiones propias de la Eco-ética con la Bioética, es claro que los problemas de aquélla son de otro tenor. Conviene elaborar un modo de pensar que penetre en los específicos dilemas que se originan al intervenir el hombre en el medio ambiente, morada de nuestra existencia y de otras especies animales. La Eco-ética ha mostrado una significativa capacidad de desarrollo académico y relevancia social que deseable sería también para las diversas ramas de la Bioética que estoy conside-rando.
2.7. Zoo-ética
Si bien la mayoría de los promotores de una Eco-ética han desa-rrollado una potente reflexión en torno a la vida animal, resalta igual-mente la autonomía que está adquiriendo esta nueva rama de la Bioé-tica, que podría denominarse “Zoo-ética”. Los problemas morales que suscita no pueden ser tratados sólo con los instrumentos de la Eco-ética, teniendo en cuenta los supuestos antropológicos (identi-dad del ser humano) y jurídicos (qué son los derechos) que afloran cuando intentamos pensar la relación moral entre “animal” y “huma-no”. El estudio de los criterios desde los cuales podemos mantener las
semejanzas y diferencias de los animales superiores respecto de los seres humanos, así como el esclarecimiento y justificación racional de nuestros deberes para con aquéllos, la denuncia moral de la utiliza-ción de animales para la investigautiliza-ción o la posibilidad de justificar éticamente unos derechos propios de los animales (53, 47), constitu-yen algunos de los problemas ético-antropológicos que centran la atención de los zoo-éticos, tal como lo refleja la nada despreciable cantidad de monografías y ensayos dedicados a este particular.
Un aspecto relevante de esta corriente de la Bioética es justamen-te el injustamen-tento de acercar los modelos éticos clásicos (por ejemplo, el teleologista de Aristóteles, el emotivista de Hume, el deontologista de Kant o el utilitarista de Bentham y Stuart Mill) al problema de la rela-ción de los hombres con los animales, a fin de comprobar en qué medida tales modelos teóricos son viables o necesitamos un nuevo tipo de ética, con nuevas categorías, o con una profunda revisión de los conceptos antropológico-morales que subyacen a los citados modelos. Por otra parte, el antropocentrismo ético (la defensa de que sólo el hombre es sujeto y objeto de consideración moral) y el
especis-mo ético (la justificación de discriminaciones especis-morales en función de
la especie), constituyen dos de los principales supuestos sobre los que se levanta la ética occidental, y que han de ser, según los estudiosos de la Zoo-ética, discutidos y replanteados a fin de construir una ética que integre los intereses y derechos de los animales en los proyectos humanos. La crítica a la utilización de los animales como meros medios de nuestros intereses es clara en la construcción de este nuevo tipo de ética, máxime cuando cabe discutir también qué clase de inte-reses humanos son justificables si implican el maltratado de los ani-males para actividades de ocio, experimentos, decoración, e incluso para fines alimentarios. Según algunos zoo-éticos, como Singer, el vegetarianismo tendría que llegar a ser un deber moral con el que evi-tar la explotación animal.
Otro problema ético-atropológico de la Zoo-ética es la defensa de los animales superiores, que ha llegado a constituir el denominado
Proyecto Gran Simio (11). Se trata de un movimiento internacional
que propugna la extensión a los gorilas, chimpancés y orangutanes de los tres derechos fundamentales especialmente relevantes para el ser humano (derecho a la vida, a la libertad individual y a no ser tortura-do). La justificación de este proyecto ha fomentado una apasionante discusión filosófica sobre la “animalidad” y “humanidad”, sobre los prejuicios que condicionan nuestra visión de los animales, así como sobre las comparaciones entre los simios y los humanos discapacita-dos y, cómo no, la insuficiencia de la identidad biológica como base de la declaración de los derechos humanos.
2.8. Tánato-ética
Los objetivos y las preocupaciones de la Bioética de Potter y de Hellegers, tal como quedaron apuntados al inicio de estas reflexiones, dejaron en segundo término todo lo referente a la muerte y al morir humano. Ambos investigadores, al señalar el “biós” como ingrediente de la nueva disciplina, estaban ya acentuando desde sus inicios que es la vida –y los problemas morales que originan las técnicas de manipu-lación e investigación– el núcleo de la nueva disciplina; si bien se incluye, a modo de apéndice, el “final de la vida” como aspecto que ha de ser estudiado por la Bioética, especialmente en la línea de Helle-gers y no tanto en la de Potter. Sin embargo, el morir humano merece ser tratado como objetivo específico tanto de la reflexión ética (así se nos revela en la historia de la filosofía desde Platón a Levinas) como del ámbito de la práctica moral: los médicos, los pacientes, la familia y el resto de los agentes implicados directa o indirectamente en el pro-ceso de morir (cada vez más medicalizado, hospitalizado y tecnifica-do) han de seguir pautas y criterios morales establecidos
racionalmen-te en una sociedad en la que, a pesar de los avances científicos y técni-cos, la muerte constituye todavía un tabú que impide ser afrontada con serenidad e integrada en la existencia cotidiana (6). A mi juicio, la Tánato-ética tendrá que construirse como ramificación específica de la Bioética a fin de contribuir a la asimilación personal de una de las realidades que mayor impacto produce en la existencia humana, entre otras razones por la huida colectiva e irracional de la muerte que se experimenta en las sociedades más avanzadas y que, a su pesar, la Bio-ética contribuye en ocasiones a la difusión cultural del temor a morir. Se podría afirmar que la Tánato-ética, como rama de la Bioética, resulta en cierto modo respaldada por el impacto mediático que gene-ran determinadas situaciones de enfermos terminales o de quienes sufren graves enfermedades degenerativas. Se discute en los medios de comunicación si se justifica la ayuda médica al suicidio o la eutanasia voluntaria-activa-directa en circunstancias en las que se pone en tela de juicio la dignidad del proceso de morir e incluso la dignidad del propio sujeto muriente. Gracias a los casos difundidos por los medios se suscitan reflexiones y polémicas en foros políticos, jurídicos, médi-cos, científimédi-cos, teológicos y éticos. Ello nos indica la necesidad de construir un marco conceptual y reflexivo con principios éticos y cri-terios morales capaces de orientar la práctica de aquellos profesionales que se encuentran en situaciones en las que el dolor, el sufrimiento, la desesperación y el desconsuelo de pacientes crónicos o terminales constituyen el contexto laboral cotidiano.
Si no se diversifica en ramas, la Bioética hoy será incapaz de abar-car con igual rigor tanto los dilemas morales que se suscitan en el
ori-gen de la vida humana como los referidos a su declive y final. El
con-texto mediático potenció la vigencia social de la Bioética, que llega hasta nuestros hogares como una de las disciplinas médico-filosóficas de mayor relevancia cultural e incidencia político-jurídica.
Igualmen-te está hoy la Tánato-ética apuntando la necesidad de encontrar algún asidero ético y antropológico que facilite el debate e ilumine los valo-res que entran en conflicto cuando nos hallamos ante el hospitalizado y tecnificado proceso de morir (35, 43, 44).
¿Cuál sería el objetivo general de esta disciplina?: establecer prin-cipios éticos y criterios morales para orientar a los profesionales sanita-rios, a la familia, e incluso al propio enfermo, en las decisiones que se han de tomar durante el proceso de morir. Además, ha de entrar tam-bién en objetivos más filosóficos: reflexionar, apoyándose en la histo-ria del pensamiento occidental, sobre el significado ético de la realidad mortal del hombre. Esta revisión de la historia de la ética desde un punto de vista tanatológico constituirá, sin duda, el marco que nos ofrezca los conceptos morales, los razonamientos filosóficos y los para-digmas antropológicos desde los que hoy podemos pensar y valorar el significado del morir humano, a pesar de los cambios culturales y tec-nológicos producidos durante la última centuria. Por consiguiente, la Tánato-ética estará compuesta de dos partes complementarias. La pri-mera será teórica y consistirá en un análisis de las implicaciones éticas de la realidad mortal del hombre; es decir, el impacto que genera en el pensamiento ético y en la vida el hecho antropológico de “ser morta-les”. Mientras que la segunda parte será más bien de carácter práctico. Se centrará en las dimensiones éticas que rodean el hecho del “morir humano”: actitudes morales del propio enfermo, personal sanitario y familiares, repercusiones prácticas de la definición cerebral de la muerte, eutanasia, testamento vital, cuidados paliativos de los mori-bundos, derecho a conocer la verdad de la propia enfermedad, etapas psicológico-morales que atraviesa el enfermo terminal, suicidio, due-lo, etc. Mas todo eldue-lo, insisto, enmarcado en reflexiones filosóficas de carácter ético-antropológico y elaborado con un rigor conceptual que disipe en gran medida las confusiones terminológicas y ambigüedades semánticas que surgen durante el esfuerzo intelectual de entablar un