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8.- LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI. - 07. SIGLO XVI

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8.- LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI.

El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y

Germanías.

El Estado creado por los Reyes Católicos era una federación de reinos que sólo tenía en común los mismos monarcas. A partir de esta base aparecieron dos concepciones diferentes: la de los que quisieron establecer una monarquía autoritaria-absolutista, con tendencia a la centralización (lo que convertiría a Castilla en el eje del Estado por su supremacía demográfica, económica, etc); y la otra tendencia era la de los que querían mantener la monarquía no absolutista, pactista y federal. Su mayor fuerza estaba en los reinos de la periferia (Aragón, Portugal, etc).

Un primer intento para oponerse a la tendencia autoritaria-absolutista de la monarquía representada por Carlos V estalló en la misma Castilla. Fue la guerra de las comunidades o comuneros, en que la Junta de las ciudades sublevadas (Toledo, Segovia, Ávila, etc.) dirigida por la pequeña nobleza y la burguesía se opuso al absolutismo de los nobles extranjeros a los que Carlos V acababa de repartir los principales cargos. Entre las reclamaciones principales cabe destacar: la exclusión de los extranjeros de los cargos políticos, un mayor protagonismo de las Cortes y la reducción de impuestos y de los gastos de la Corte. La radicalización del conflicto acabó incorporando a los campesinos, que convirtieron la revuelta comunera en rebelión antiseñorial contra los abusos de la nobleza, por lo que ésta, que hasta entonces había permanecido al margen del conflicto, unió sus fuerzas a las del monarca para derrotar a los comuneros. La derrota de Villalar (1521) y la muerte de los principales jefes (Padilla, Bravo y Maldonado) representó el triunfo del absolutismo en Castilla y selló la alianza entre la alta nobleza y el monarca.

Por las mismas fechas se produjo otra guerra, con carácter social más definido: las Germanías de Valencia y Mallorca (1521-23), que enfrentó a la burguesía ciudadana contra la alta nobleza campesina que representaba a la monarquía de Carlos V. A diferencia del movimiento comunero catellano, la rebelión de las Germanías fue, desde el principio, un claro conflicto de estamentos entre burguesía y nobleza. También aquí se impuso el binomio monarquía-nobleza.

En suma, con la derrota de Villalar Castilla quedo bajo poder absoluto del monarca mientras que en el resto de los reinos se mantuvo la estructura federal que obligaba al monarca a respetar los fueros de cada territorio.

La monarquía hispánica de Felipe II. La unidad ibérica.

Bajo Felipe II se produce un cambio de orientación con respecto a su padre. Ya no se trataba de crear una Universitas Cristiana sino de mantener la supremacía de los Habsburgo a través de la potencia económico-militar de Castilla y de su Imperio colonial. Este imperio colonial llegó a su máxima extensión cuando Felipe II heredó el trono de Portugal y de sus colonias en el Índico.

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de Cateau-Cambrais (1559). Con ello Francia si no desaparecía si disminuía su amenaza sobre el imperio de los Habsburgo.

b.- La revolución de los Países Bajos y el definitivo choque en el Mediterráneo contra el imperio turco-otomano. Contra éste último, Felipe II, dirigiendo la Liga Santa formada con Venecia y el Papado, obtuvo un éxito espectacular en Lepanto (1571. La revolución de los Países Bajos planteó el enfrentamiento entre la mentalidad centralista-absolutista y la parlamentaria por una parte, y entre el espíritu católico de la Contrarreforma y el calvinismo por otra. La sublevación burguesa calvinista estalló en 1566 y los ejércitos imperiales no lograron dominar la resistencia holandesa.

c.- Los últimos veinte años del reinado (1580-1598). En este periodo Felipe II se vio envuelto en un triple enfrentamiento: contra Francia, contra los Países Bajos y contra Inglaterra que apoyaba a los calvinistas de los Países Bajos y atacaba con actos de piratería el comercio de América. El fracaso más espectacular lo sufrió frente a Inglaterra con el desastre de la Armada Invencible (1588) cuando pretendía invadir Inglaterra. No obstante, es en este período cuando Felipe II hereda Portugal, produciéndose la tan ansiada unión ibérica que fue uno de los vértices de la política exterior de los Reyes Católicos y que suponía la “restauración” del reino de los visigodos. En 1578, al morir sin descendencia el rey de Portugal, varios candidatos optaron al trono, entre los que el más importante era Felipe II, tío del fallecido. Los grupos dirigentes portugueses no veían mal la unión que beneficiaba a Portugal tanto como a Castilla. Pero la candidatura española no era bien aceptada por las clases populares. En consecuencia, en 1580 se decidió la invasión de Portugal, dirigida por el duque de Alba, que en pocas semanas alcanzó Lisboa, sin apenas resistencia.

Las Cortes portuguesas de 1581 reconocieron como rey a Felipe II, que permaneció en Lisboa durante tres años. La anexión se realizó respetando las leyes, las instituciones y la reserva de los principales cargos para los portugueses. Se creó un Consejo de Portugal. La anexión significaba la suma de dos inmensos imperios coloniales, y una enorme extensión de los dominios de Felipe II, cuyo peso basculaba de forma definitiva hacia el Atlántico. Se constituía, así, el mayor imperio territorial hasta entonces conocido.

En suma, el reinado de Felipe II constituye un período donde se combinan las luces y las sombras, pues aunque es incuestionable que la monarquía hispánica se convirtió en la gran potencia hegemónica de Europa, con un imperio colonial que alcanzó grandes dimensiones al unirse a ella la Corona de Portugal, lo cierto es que bajo su aparente grandeza política y económica iba creciendo el germen de su decadencia futura, que se manifestó en toda su magnitud en la centuria siguiente.

El modelo político de los Austrias.

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Este sistema, creado por los RRCC, fue perfeccionándose hasta alcanzar la siguiente estructura:

El Consejo de Estado, representaba el principio de unidad de la monarquía, por encima de los demás Consejos. Sus competencias incluían los asuntos más importantes y lo presidía el propio rey. Los Consejos territoriales (de Aragón, de Indias, de Italia, de Flandes, de Castilla, etc.) cuyo cometido eran los asuntos específicos de cada reino o territorio. Los Consejos técnicos tenían funciones sobre asuntos concretos, de Inquisición, de Guerra, de Hacienda, etc. En general, la función de estos Consejos era elevar informes (consultas) al monarca y resolver los asuntos de su jurisdicción, por delegación del rey. Dentro de este sistema adquirieron una gran importancia los secretarios de los Consejos que actuaban como puente entre el rey y el consejo al que pertenecían. El secretario personal del rey era, al mismo tiempo, secretario del Consejo de Estado.

Por otro lado, como era propio de una estructura federal, cada territorio mantenía unas instituciones propias: los virreyes que suplantaban al monarca en los territorios no castellanos, sobre todo a partir del momento en que Felipe II fija la Corte en Madrid; las Cortes que mantuvieron la misma estructura y funciones que en la Baja Edad Media, es decir las Cortes de Navarra y las de la Corona de Aragón, por la doctrina pactista imperante en estos reinos, fueron más reivindicativas que las de Castilla; las Audiencias que desempeñaron la función de tribunales superiores de justicia en sus respectivos territorios.

En cuanto a la administración local siguió la tendencia a la desaparición de cualquier resquicio democrático e incluso se impuso la venta de cargos municipales con el fin de recaudar nuevos impuestos. Con la misma finalidad recaudatoria se vendieron numerosos privilegios de villazgo. En la Corona de Aragón se extendió la insaculación como procedimiento para elegir los cargos.

No obstante, toda esta estructura giraban en torno al monarca quienes (en el caso de Carlos V y Felipe II) ejercieron el gobierno directamente.

En suma, esta estructura política, junto a la consolidación de un ejército permanente (los tercios), la aparición de un complejo equipo diplomático, la multiplicación del aparato burocrático y la reorganización de las finanzas para poder subvencionar todos los gastos; permitió a los Habsburgo, con todas sus debilidades, mantener una máquina de poder para imponer su autoridad.

Economía, sociedad y cultura en la España del siglo XVI. La

Inquisición.

En líneas generales, el siglo XVI es para todo el Occidente europeo una fase de expansión económica, caracterizada por la llamada revolución de los precios. En España, la expansión (fase A según terminología de los

especialistas) se apoya en la recuperación de la época de los Reyes Católicos

y comienza a manifestarse claramente a partir de 1516, para desarrollarse a lo largo de la centuria. La primera mitad del s. XVI (época de Carlos I) es un periodo de prosperidad, mientras que la segunda (reinado de Felipe II) registra ya síntomas de cansancio, con crisis periódicas.

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variedad en la oferta. Todo ello repercutió en un fuerte crecimiento del comercio internacional y un abaratamiento del crédito, debidos a la mayor abundancia de moneda circulante. La demanda americana actuó como un fuerte estímulo para la economía española, especialmente en Andalucía y Castilla; pero en una primera etapa los mecanismos de producción no pudieron adaptarse a la nueva demanda. El resultado fue una subida espectacular de los precios, que empezó en España y se extendió por toda Europa Occidental. Este fenómeno recibe el nombre de la revolución de los precios. Esta expansión quedó frenada y seguida de un periodo de decadencia que tendrá su máxima expresión en el siglo XVII. Las causas son múltiples pero tal vez la más importante fue que la política imperial de los reyes de España era muy cara. La corona tenía siempre grandes deudas. Sus acreedores eran, sobre todo, grandes banqueros extranjeros (alemanes y genoveses sobre todo). Estos acreedores cobraban los intereses o recuperaban las cantidades prestadas cuando llegaba a manos del rey un fuerte envío de oro o plata procedentes de América.

En cuanto a la sociedad española del siglo XVI es una sociedad fuertemente jerarquizada en la que las desigualdades sociales son muy marcadas. La nobleza goza de un prestigio social y de una posición económica preponderante. Cabe distinguir en ella varios estratos jerarquizados. En la cumbre se la pirámide social se sitúan los “Grandes”. Debajo están los caballeros y a continuación los hidalgos distinto al anterior por su menor grado de riqueza. Este grupo dio lugar a la imagen del hidalgo pobre divulgado por la literatura y que dista mucho de corresponder a la realidad de la época. El segundo orden privilegiado era el clero, donde también debemos distinguir varias categorías: alto clero (arzobispos y obispos), bajo clero y clero regular. Seguidamente, todos los que no pertenecían a los estamentos privilegiados eran considerados pecheros, o sea, obligados a contribuir en los impuestos directos. Ahora bien, este sector cubría realidades muy diversas, desde los ricos mercaderes de Burgos hasta los miserables braceros y jornaleros del campo. Por último, la sociedad del siglo XVI comprende una proporción relativamente importante de gente más o menos marginada que plantea problemas específicos: esclavos, moriscos, gitanos. Pero el verdadero problema social lo plantean dos categorías muy diferentes entre sí: los bandoleros, que en el reinado de Felipe II se convirtió en un problema de Estado que no encontró solución adecuada, y los vagos (mendigos, enfermos, desertores, desocupados, etc.). Esta circunstancia no es causa de la situación económica sino consecuencia.

En suma, el inicio de la decadencia española, especialmente castellana, conducen a una doble crisis social: los ricos prefieren invertir su dinero en tierras y rentas, descuidando las actividades productoras; los pobres no tienen más remedio que andar pidiendo por las calles o robar, a falta de otros modos de vivir.

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contrarreformista iniciado en el Concilio de Trento y caracterizada por el misticismo.

Esta tensión espiritual entre reforma y ortodoxia motivó el esplendoroso florecimiento científico, literario y artístico del Siglo de Oro, que arranca del humanismo de la época de los RRCC y se diluye a mediados del siglo XVII. En la primera fase a las disputas religiosas que aparecen motivadas por un deseo de perfección espiritual (erasmismo) se unen, en España, las envidias de las clases populares a los conversos, que dan origen a los “cristianos nuevos”, a los que se oponen los “cristianos viejos” cuya religiosidad se certifica con la “limpieza de sangre”. En la segunda fase, fracasado el intento de conciliación del erasmismo, la tendencia es única: la línea ortodoxa del catolicismo militante fijada en Trento, que se enfrenta con el protestantismo en los campos de batalla europeos. Este conflicto religioso impone silencio a los moderados y encumbra a los intransigentes, los cuales, a su vez, suelen excederse en su escrupulosa vigilancia y confunden inquietudes que nada tienen que ver con el dogma, con desviacionismos heréticos. Además, las ininterrumpidas guerras contra infieles y herejes motivaron que los españoles adquirieran una clara conciencia de superioridad espiritual, con el peligro de soberbia subsiguiente a toda conciencia de este tipo (nacionalcatolicismo franquista).

Para evitar la desviación del dogma y lograr el control ideológico de la sociedad los reyes se sirvieron de la Inquisición, así el Tribunal del Santo Oficio funcionó como una auténtica “policía” de ideas. Los niveles inferiores de la cultura religiosa vienen dados por los sermones o los libros de piedad, mientras los superiores se muestran en la teología de las universidades. Sobre ambos, la Inquisición censura las ideas en forma definitiva, incluso apelando a la entrega al brazo secular cuando hay que dar muerte. La persecución inquisitorial se dirigía hacia tres frentes principales: judaizantes y moriscos, protestantes y erasmistas y, en fin, contra brujería; sin embargo, como todas las cuestiones religiosas eran de su competencia, la Inquisición se convierte en un tremendo aparato de poder sobre las ideas, las ciencias, y las artes en España, puesto que disponía de otros instrumento de control: la censura de libros a través de los índices de libros prohibidos y expurgados. La Inquisición con sus procesos, prisiones, delaciones sin causas, extendió el temor y el miedo a toda la sociedad que frenó cualquier innovación, ciencia, avance que surgiera por temor a ser encausado. Así, finalmente, triunfó la idea (sobre todo en Felipe II) de la identidad entre ortodoxia católica y solidez española. A fines del s. XVI triunfó el unitarismo, tanto contra la pluralidad religiosa del mundo moderno como contra los vestigios de pluralidad heredados del mundo medieval.

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