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8.- LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI.

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8.- LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI.

El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y

Germanías.

La política matrimonial diseñada por los RRCC determinó el matrimonio de su hija Juana con Felipe de Habsburgo, de cuya unión nacerá Carlos I, quién heredó por vía materna las Coronas de Aragón, Castilla y Navarra, así como las posesiones italianas, norteafricanas y las Indias. Por vía paterna los Países Bajos, el Franco Condado, el sur de la actual Alemania, Austria, el Tirol y los derechos a la corona imperial de su abuelo Maximiliano I. Dentro de este conjunto de estados heterogéneo, Carlos convirtió a Castilla en el centro de su política. No obstante, inicialmente fue percibido en la Península como un extranjero (había nacido en Gante) rodeado de colaboradores extranjeros y cuyo único interés aparente parecía obtener recursos para su candidatura imperial. Por ello Carlos hubo de enfrentarse a una gran oposición inicial de las Cortes, las cuales le exigían el respeto a sus leyes y que prescindiera de asesores extranjeros. Su partida en 1520 a Alemania tras ser elegido emperador, precipitó una serie de revueltas en Castilla, Valencia y Mallorca:

-La revuelta de las Comunidades (1520-22): o comuneros, en que una Junta de

ciudades sublevadas (Toledo, Segovia, Ávila, etc.) dirigida por la pequeña nobleza y la burguesía se opuso al nombramiento de los nobles extranjeros a los que Carlos V acababa de repartir los principales cargos. Entre las reclamaciones principales cabe destacar: prescindir de colaboradores extranjeros, acatar la voluntad del reino, limitar el poder real, reducción de impuestos, disminución del poder nobiliario... La radicalización del conflicto acabó incorporando a los campesinos, que convirtieron la revuelta comunera en rebelión antiseñorial contra los abusos de la nobleza, por lo que ésta, que hasta entonces había permanecido al margen del conflicto, unió sus fuerzas a las del monarca para derrotar a los comuneros. La derrota de Villalar (1521) y la muerte de los principales jefes (Padilla, Bravo y Maldonado) representó el triunfo del centralismo en Castilla y selló la alianza entre la alta nobleza y el monarca.

-La revuelta de las Germanías (1519-23): desatada en Valencia y Mallorca,

tuvo un componente social más evidente que la de las Comunidades, con la cual no tuvo conexión. Enfrentó a la burguesía ciudadana contra la alta nobleza campesina que representaba a la monarquía de Carlos V. La rebelión de las Germanías fue, desde el principio, un claro conflicto de estamentos entre burguesía y nobleza. También aquí se impuso el binomio monarquía-nobleza. Los hechos fueron los siguientes: las ciudades se negaron a someterse al representante del rey, y la revuelta se dirigió contra los señores feudales y sus siervos mudéjares. Los rebeldes exigían la abolición de la jurisdicción señorial y de los impuestos feudales y reivindicaban para los gremios el dominio de los municipios. Las tropas de las Germanías (hermandades armadas de los gremios para protegerse de los piratas berberiscos) incluían en sus filas artesanos, campesinos, trabajadores y miembros del bajo clero. La rebelión también fue sofocada y la monarquía nuevamente salió reforzada frente a las ciudades y las Cortes.

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Las Comunidades y las Germanías fueron antiseñoriales. Su aplastamiento significó la alianza de la monarquía y la nobleza y la marginación de la burguesía.

La monarquía hispánica de Felipe II. La unidad ibérica.

Bajo Felipe II (1556-1598) se produce un cambio de orientación con respecto a su padre. Ya no se trataba de crear una Universitas Cristiana sino de mantener la supremacía de los Habsburgo a través de la potencia económico-militar de Castilla (Monarquía hispánica) y de su Imperio colonial. Este imperio colonial llegó a su máxima extensión cuando Felipe II heredó el trono de Portugal (Unión Ibérica) y de sus colonias en el Índico.

Los dos hechos más relevantes de la política interior de Felipe II fueron: 1. La represión de los moriscos. Los moriscos de las Alpujarras se

rebelaron en 1568 y la rebelión se controló en 1570. Los moriscos fueron dispersados por Castilla y las Alpujarras repobladas por cristianos viejos. 2. Las alteraciones de Aragón. Fueron provocadas por el caso Antonio

Pérez.

Las etapas de la política exterior de Felipe II podrían ser las siguientes:

1. La política de Felipe II se inspiró en la Contrarreforma católica. El objetivo de Felipe II en el ámbito de la política exterior fue mantener la hegemonía y la ortodoxia católica en Europa.

2. Felipe II mantuvo guerras contra Francia a quien derrotó en San Quintín en 1557 y firmó la paz de Cateau-Cambrésis en 1559, que puso fin al enfrentamiento heredado de su padre.

3. Los turcos. Para frenar se expansión en el Mediterráneo Felipe II organizó una flota en alianza con Venecia y el Papado que derrotó a los turcos en Lepanto en 1571.

4. Los rebeldes flamencos. La revolución de los Países Bajos planteó el enfrentamiento entre la mentalidad centralista-absolutista y la parlamentaria por una parte, y entre el espíritu católico de la Contrarreforma y el calvinismo por otra. La rebelión en Flandes se inició en 1566. Las campañas militares exitosas del duque de Alba no sirvieron para someter a los Países Bajos, que acabaron divididos en dos: el Norte protestante (Unión de Utrecht, de facto independiente), y el Sur católico (Unión de Arrás).

5. Inglaterra. Isabel I de Inglaterra apoyó a los protestantes de los Países Bajos y fomentó la piratería en el Atlántico en contra de Castilla. Felipe II creó la Armada Invencible para invadir Inglaterra en 1588, pero naufragó frente a las costas inglesas.

6. En 1580 Felipe II hereda Portugal, produciéndose la tan ansiada unión ibérica que fue uno de los vértices de la política exterior de los Reyes Católicos. En 1578, al morir sin descendencia el rey de Portugal, varios candidatos optaron al trono, entre los que el más importante era Felipe II, tío del fallecido. En 1580 se invade Portugal sin apenas resistencia. Las Cortes portuguesas de Tomar (1581) reconocieron como rey a Felipe II. La anexión se realizó respetando las leyes, las instituciones y la reserva de los principales cargos para los portugueses. Se creó un Consejo de Portugal. La anexión significaba la suma de dos inmensos imperios coloniales, y una enorme extensión de los dominios de Felipe

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II, cuyo peso basculaba de forma definitiva hacia el Atlántico. Se constituía, así, el mayor imperio territorial hasta entonces conocido. En suma, el reinado de Felipe II constituye un período donde se combinan las luces y las sombras, pues aunque es incuestionable que la monarquía hispánica se convirtió en la gran potencia hegemónica de Europa, con un imperio colonial que alcanzó grandes dimensiones al unirse a ella la Corona de Portugal, lo cierto es que bajo su aparente grandeza política y económica iba creciendo el germen de su decadencia futura, que se manifestó en toda su magnitud en la centuria siguiente.

El modelo político de los Austrias. La unión de reinos.

Todas las monarquías modernas procuraron crear una estructura de gobierno que le permitiera imponer su autoridad. En España esta organización, esbozada por los Reyes Católicos, fue perfeccionada por los monarcas de la familia de los Habsburgo. El modelo político de los Austrias (ss XVI-XVII) se puede definir como una monarquía multinacional y descentralizada bajo la primacía de la Corona de Castilla. Las Coronas de Castilla, Navarra y Aragón siguieron en líneas generales el modelo heredado de los RRCC y mantuvieron, con escasas modificaciones, sus instituciones, Cortes y privilegios. Los reyes de la casa de Austria se rodearon de una Administración profesionalizada y amplia. A menudo esta Administración se superponía a las instituciones de cada reino y entraba en conflicto con ellas, aunque nunca llegó a reemplazarlas. En este sentido los Austrias potenciaron las instituciones heredadas de los RRCC, haciéndolas más complejas y lentas. El sistema desarrollado por los Austrias se denomina polisinodial, puesto que el gobierno descansaba sobre sínodos o Consejos. Este sistema, creado por los RRCC, fue perfeccionándose hasta alcanzar la siguiente estructura:

El Consejo de Estado, representaba el principio de unidad de la monarquía, por encima de los demás Consejos. Sus competencias incluían los asuntos más importantes y lo presidía el propio rey. Los Consejos territoriales (de Aragón, de Indias, de Italia, de Flandes, de Castilla, etc.) cuyo cometido eran los asuntos específicos de cada reino o territorio. Los Consejos técnicos tenían funciones sobre asuntos concretos, de Inquisición, de Guerra, de Hacienda, etc. En general, la función de estos Consejos era elevar informes (consultas) al monarca y resolver los asuntos de su jurisdicción, por delegación del rey. Dentro de este sistema adquirieron una gran importancia los secretarios de los Consejos que actuaban como puente entre el rey y el consejo al que pertenecían. El secretario personal del rey era, al mismo tiempo, secretario del Consejo de Estado.

Por otro lado, como era propio de una estructura federal, cada territorio mantenía unas instituciones propias: los virreyes que suplantaban al monarca en los territorios no castellanos, sobre todo a partir del momento en que Felipe II fija la Corte en Madrid; las Cortes que mantuvieron la misma estructura y funciones que en la Baja Edad Media, es decir las Cortes de Navarra y las de la Corona de Aragón, por la doctrina pactista imperante en estos reinos, fueron más reivindicativas que las de Castilla; las Audiencias que desempeñaron la función de tribunales superiores de justicia en sus respectivos territorios.

En cuanto a la administración local siguió la tendencia a la desaparición de cualquier resquicio democrático e incluso se impuso la venta de cargos

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municipales con el fin de recaudar nuevos impuestos. Con la misma finalidad recaudatoria se vendieron numerosos privilegios de villazgo. En la Corona de Aragón se extendió la insaculación como procedimiento para elegir los cargos.

No obstante, toda esta estructura giraban en torno al monarca quienes (en el caso de Carlos V y Felipe II) ejercieron el gobierno directamente.

En suma, esta estructura política, junto a la consolidación de un ejército permanente (los tercios), la aparición de un complejo equipo diplomático, la multiplicación del aparato burocrático y la reorganización de las finanzas para poder subvencionar todos los gastos; permitió a los Habsburgo, con todas sus debilidades, mantener una máquina de poder para imponer su autoridad.

Economía y sociedad en la España del siglo XVI.

En líneas generales, el siglo XVI es para todo el Occidente europeo una fase de expansión económica, caracterizada por la llamada revolución de los precios. En España, la expansión (fase A según terminología de los

especialistas) se apoya en la recuperación de la época de los Reyes Católicos

y comienza a manifestarse claramente a partir de 1516, para desarrollarse a lo largo de la centuria. La primera mitad del s. XVI (época de Carlos I) es un periodo de prosperidad, mientras que la segunda (reinado de Felipe II) registra ya síntomas de cansancio, con crisis periódicas.

Sobre este mundo en expansión económica moderada, actuó el estímulo que representaba la apertura de tres nuevas rutas comerciales hacia África, la India y América. Esto provocó: el aumento de las cantidades de oro y plata disponibles, una mayor demanda de toda clase de y la aparición de un mayor variedad en la oferta. Todo ello repercutió en un fuerte crecimiento del comercio internacional y un abaratamiento del crédito, debidos a la mayor abundancia de moneda circulante. La demanda americana actuó como un fuerte estímulo para la economía española, especialmente en Andalucía y Castilla; pero en una primera etapa los mecanismos de producción no pudieron adaptarse a la nueva demanda. El resultado fue una subida espectacular de los precios, que empezó en España y se extendió por toda Europa Occidental. Este fenómeno recibe el nombre de la revolución de los precios. Esta expansión quedó frenada y seguida de un periodo de decadencia que tendrá su máxima expresión en el siglo XVII. Las causas son múltiples pero tal vez la más importante fue que la política imperial de los reyes de España era muy cara. La corona tenía siempre grandes deudas. Sus acreedores eran, sobre todo, grandes banqueros extranjeros (alemanes y genoveses sobre todo). Estos acreedores cobraban los intereses o recuperaban las cantidades prestadas cuando llegaba a manos del rey un fuerte envío de oro o plata procedentes de América. Felipe II devalúo en varias ocasiones la moneda pero continúo sin poder hacer frente a la deuda llegando a la bancarrota en dos ocasiones.

En cuanto a la sociedad española del siglo XVI es una sociedad fuertemente jerarquizada en la que las desigualdades sociales son muy marcadas. La nobleza goza de un prestigio social y de una posición económica preponderante. Cabe distinguir en ella varios estratos jerarquizados. En la cumbre se la pirámide social se sitúan los “Grandes”. Debajo están los caballeros y a continuación los hidalgos distinto al anterior por su menor grado de riqueza. Este grupo dio lugar a la imagen del hidalgo pobre divulgado por la

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literatura y que dista mucho de corresponder a la realidad de la época. El segundo orden privilegiado era el clero, donde también debemos distinguir varias categorías: alto clero (arzobispos y obispos), bajo clero y clero regular. Seguidamente, todos los que no pertenecían a los estamentos privilegiados eran considerados pecheros, o sea, obligados a contribuir en los impuestos directos. Ahora bien, este sector cubría realidades muy diversas, desde los ricos mercaderes de Burgos hasta los miserables braceros y jornaleros del campo. Por último, la sociedad del siglo XVI comprende una proporción relativamente importante de gente más o menos marginada que plantea problemas específicos: esclavos, moriscos, gitanos. Pero el verdadero problema social lo plantean dos categorías muy diferentes entre sí: los bandoleros, que en el reinado de Felipe II se convirtió en un problema de Estado que no encontró solución adecuada, y los vagos (mendigos, enfermos, desertores, desocupados, etc.). Esta circunstancia no es causa de la situación económica sino consecuencia.

En suma, el inicio de la decadencia española, especialmente castellana, conducen a una doble crisis social: los ricos prefieren invertir su dinero en tierras y rentas, descuidando las actividades productoras; los pobres no tienen más remedio que andar pidiendo por las calles o robar, a falta de otros modos de vivir.

Cultura y mentalidades. La Inquisición.

Mientras por Europa, y por la Península Ibérica, se extiende y triunfa el movimiento cultural que se ha llamado Renacimiento, en España se produce una disputa entre la ortodoxia católica y el erasmismo europeísta. Podríamos dividir el desarrollo cultural del s. XVI en dos fases: una primera, coincidiendo con el reinado de Carlos I, donde se desarrolla la expansión del reformismo erasmista (Erasmo de Rotterdam) y la segunda, coincidiendo con el periodo de Felipe II, coincidente con el espíritu contrarreformista iniciado en el Concilio de Trento y caracterizada por el misticismo.

Esta tensión espiritual entre reforma y ortodoxia motivó el esplendoroso florecimiento científico, literario y artístico del Siglo de Oro, que arranca del humanismo de la época de los RRCC y se diluye a mediados del siglo XVII. En España el erasmismo influyó en escritores como Juan Luis Vives y los hermanos Valdés. Por lo que se refiere a la literatura esta se vio favorecida por la difusión de la imprenta y el incremento de la alfabetización. A lo largo del s. XVI el castellano escrito se difundió por toda la península gracias a la labor de filólogos como Antonio de Nebrija, autor de la primera Gramática castellana (1492). Entre los poetas destacaron el militar Garcilaso de la Vega y el religioso Fray Luis de León. La obra más importante en prosa fue el Lazarillo de Tormes (1554), de autor desconocido y género picaresco. La literatura religiosa alcanzó su apogeo a finales del siglo con Sta. Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz, mientras que en teatro podríamos destacar a Lope de Rueda.

En la primera fase a las disputas religiosas que aparecen motivadas por un deseo de perfección espiritual (erasmismo) se unen, en España, las envidias de las clases populares a los conversos, que dan origen a los “cristianos nuevos”, a los que se oponen los “cristianos viejos” cuya religiosidad se certifica con la “limpieza de sangre”.

En la segunda fase, fracasado el intento de conciliación del erasmismo, la tendencia es única: la línea ortodoxa del catolicismo militante fijada en

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Trento, que se enfrenta con el protestantismo en los campos de batalla europeos. Este conflicto religioso impone silencio a los moderados y encumbra a los intransigentes, los cuales, a su vez, suelen excederse en su escrupulosa vigilancia y confunden inquietudes que nada tienen que ver con el dogma, con desviacionismos heréticos. Además, las ininterrumpidas guerras contra infieles y herejes motivaron que los españoles adquirieran una clara conciencia de superioridad espiritual.

Para evitar la desviación del dogma y lograr el control ideológico de la sociedad los reyes se sirvieron de la Inquisición, así el Tribunal del Santo Oficio funcionó como una auténtica “policía” de ideas. Los niveles inferiores de la cultura religiosa vienen dados por los sermones o los libros de piedad, mientras los superiores se muestran en la teología de las universidades. Sobre ambos, la Inquisición censura las ideas en forma definitiva, incluso apelando a la entrega al brazo secular cuando hay que dar muerte. La persecución inquisitorial se dirigía hacia tres frentes principales: judaizantes y moriscos, protestantes y erasmistas y, en fin, contra brujería; sin embargo, como todas las cuestiones religiosas eran de su competencia, la Inquisición se convierte en un tremendo aparato de poder sobre las ideas, las ciencias, y las artes en España, puesto que disponía de otros instrumento de control: la censura de libros a través de los índices de libros prohibidos y expurgados. La Inquisición con sus procesos, prisiones, delaciones sin causas, extendió el temor y el miedo a toda la sociedad que frenó cualquier innovación, ciencia, avance que surgiera por temor a ser encausado. Así, finalmente, triunfó la idea (sobre todo en Felipe II) de la identidad entre ortodoxia católica y solidez española. A fines del s. XVI triunfó el unitarismo, tanto contra la pluralidad religiosa del mundo moderno como contra los vestigios de pluralidad heredados del mundo medieval.

En definitiva, en la España del s. XVI se planteó con toda crudeza el grave dilema que tanto había de influir en el desarrollo posterior de la cultura española: el enfrentamiento entre la ortodoxia católica defendida de forma fanática e intolerante y cuyo máximo representante fue la monarquía de los Habsburgo y la reforma religiosa europea que defendía la libertad de pensamiento que se difundió por los países reformados.

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