0*Texto basado en la ponencia expuesta en el1er. Encuentro Nacional Comunitarios.cl 15 de noviembre de 2008. Valparaíso, Chile.
Diversidad y Exclusión: Notas sobre la experiencia migratoria y los nudos de la identidad en la clínica analítica.*
Margarita Humphreys Ostertag - Antonia Lara Edwards
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Hablar en un “encuentro comunitario” nos exigió pensar que la noción misma de “lo comunitario” ha hecho un tránsito interesante, y ha dejado de estar meramente asociada a aquella “mala franja” llamada “marginalidad”. La marginalidad no es más que un relato autorizado de las grandes hegemonías. El cordón que sostiene el imperio. Somos de la idea que hoy, más que nunca, en que los sistemas del micro poder imperan silenciosamente en la construcción de subjetividades, es necesario pensar y repensar formas, prácticas que resistan de maneras novedosas a la hegemonía.
Una manera de resistencia, como lo diría Julia Kristeva, es la re-vuelta. Lo que significa (de manera general) re-volverse, darse una vuelta por el propio “origen” (ya sea de clase, género o institución) para emanciparse de él.
Para poder llevar a cabo esa práctica un principio importante es la comunidad. El filósofo italiano Roberto Espósito nos alienta con la siguiente idea: comunidad es lo opuesto a la inmunidad.
construcciones y desplazamientos de una cierta identidad nacional o cultural y las formas de la sexualidad.
De esta forma, realizamos una práctica clínica que está al borde de la práctica institucionalizada (ya sea bajo el imperio académico o bajo los reglamentos instituidos de “la formación”) y que trabaja con el principio que interroga la totalidad, el significado o la causa a priori.
Tal vez por esto es que nos entendemos cuando hablamos en plural: decimos los inmigrantes, las subjetividades, las sexualidades, identidades. Porque son formas de la pluralidad que recorren de manera muy particular la ciudad, construyendo una especie de mapa (el trayecto es también el mapa) al que nosotras escuchamos de manera advertida.
Clínicamente estas personas dan cuenta de lo que hay (en el mejor de los casos) pero también de lo que no encuentran. De lo que les es “negado” o imposibilitado sólo por que [éstas] han sido asignadas con cierto valor a un cierto campo de significado que las deja condicionalmente dentro del cuerpo social, pero más bien “fuera”.
Lo que el sociólogo franco-argelino, Abdelmalek Sayad (1998) abre con la pregunta ¿Qué es un inmigrante? es un campo de subjetividades tensionadas en la experiencia de dislocamiento (lo que tiene que ver con el lugar) y provisoriedad (que tiene que ver con el tiempo).
Con el movimiento de desplazamiento del lugar, hasta ese momento significado como propio, para entrar en el campo del Otro, operan dislocaciones del lugar subjetivo, social, cultural. Tomándonos de la noción de inquietante extrañeza, que Freud usa para referirse a Lo Ominoso (Freud, S., 1919) diremos que con éste movimiento no sólo se inaugura la condición de extranjero, de extraño para otro (semejantes) sino, al mismo tiempo, de extranjero de sí.
Sayad enfatiza cómo se establece un cierto pacto o acuerdo implícito entre los tres socios de la migración: la sociedad de salida, la de llegada y el propio migrante, para mantener un estado siempre de suspensión, provisorio de residencia en el territorio.
La condición de extranjero entonces, abre un campo de subjetividades dislocadas con respecto a la lengua, la cultura y lo jurídico, entre otros, donde son justamente las nociones de lo propio y de lo extraño las que “(se) han salido de su lugar”.
Este estar dentro-fuera (tal como se “representa” en la Banda de Möbius) constituye uno de los dramas, si uno lo mira microscópicamente, pues se reporta como permanente imposibilidad de hacer, como una imposibilidad en la acción. Por ejemplo, la condición legal de “extranjero” autoriza la residencia en un territorio en el cual no se es nacional y al mismo tiempo excluye de alguno de los derechos ciudadanos, como el derecho a voto, y muchas veces de derechos laborales, entre otros. Este estatuto legal tiene efectos sobre la experiencia subjetiva, en tanto condiciona la posibilidad de pertenencia y apropiación subjetiva del lugar de llegada, a quedar en estado provisorio.
Lo relevante aquí es cómo, en ocasiones, grupos de inmigrantes, en algunas ciudades, constituyen comunidad, se visibilizan como tal en la ciudad y emprenden acciones y discurso en torno, la mayoría de las veces, a conseguir derechos políticos y ciudadanos. Hannah Arendt (en la Condición Humana, 1958) decía que la acción (un hacer en el espacio público y un discurso en lo público) le devuelve al sujeto la capacidad de crear. La creación de un pensamiento que done algo nuevo. Este pensamiento como don, sólo podría darse (según Arendt) en pluralidad. Ésta emerge de la resistencia (re-vuelta) al gesto blanqueador del “despeje” (aquí cito a Zalaquett) que insiste en la referencia universal y única.
Volvemos entonces al punto en que nuestra práctica clínica (como política) se sostiene en tanto se revela ante la unidad de significado a priori (¿uno de los orígenes del totalitarismo?), dando paso a la pluralidad / particularidad; por ejemplo, bajo la forma clínica delcaso por caso.
Elcaso por caso, psicoanalíticamente hablando es la posibilidad de separarse, interrogar incluso resistir a la técnica: Tomando una de las ideas de la autora mencionada, la técnica (como la ciencia) nos convierte –dice- “en criaturas irreflexivas” (Arendt, 1958)
Entonces, la cuestión es sostener la práctica caso a caso (atender a las necesidades del caso y la particularidad), lo cual implica prácticamente sostener clínicamente la diferencia.
La historia con la diferencia es de larga data.
La locura, por ejemplo, es una imagen de la modernidad sobre la cual circulan las maneras en que la racionalidad le otorga cuerpo y contundencia a este sujeto, moderno y unificado.
Es como si los relatos de la diferencia confluyeran en un gran relato sobre la desigualdad y en micro prácticas excluyentes.
Por otra parte, el estado nación, por ejemplo, se constituye en valores tales como unidad, igualdad, equidad para todos los ciudadanos. Esta visión que busca homogenizar, en la mayoría de los casos, se traduce en una política de exclusión donde se establecen estrategias y procedimientos tendientes a borrar e invisibilizar las diferencias, tanto nacional como extranjera.
Lo que las diferencias étnicas, sexuales, culturales y todas las formas de “extranjería interior” vienen a resistir y subvertir son estas imágenes hegemónicas de totalidad, unidad, homogeneidad. Así, en el caso de “ser chileno” como una identidad total y compacta, como si hubiera un Ser chileno del cual apropiarse y por el cual ser apropiado. La cuestión es, al mismo tiempo, cómo trabajar con las diferencias desde un discurso que no sea de la igualdad. O sea,
Advertimos que, tampoco se trata de hacer una apología al hibridismo o al fraccionamiento infinito, sino de reconocimiento de formaciones identitarias quizá no referidas a la totalidad y a la unidad. Identidades quizá móviles, fraccionarias, parciales, ya no como una enfermedad o un déficit, sino más bien a modo de precipitado evanescente, performativo, de un cierto recorrido subjetivo.
esos otros relatos de la diferencia a los cuales es preciso escuchar en su propia vacilación, evitando reificarlos, (esto es, materializarlos / sustancializarlos). Continúo: aglutinarlos, organizarlos, estandarizarlos en el gesto apriorístico que los signa finalmente como “los otros…, las otras…., los diferentes… los que están fuera”
Para nosotras la tensión se establece entre esos relatos de la diversidad, que están siempre al borde (de quedar fuera) pero que constituyen -a la vez- lo que, estando fuera participa del fundamento más íntimo de la producción de subjetividades actuales. De ahí que la extranjería más radical sea siempre “la propia”.
Una vez escuché la frase “Todos somos extranjeros en algún lugar del mundo”.
La cuestión de la extranjería se reveló para mi como el concepto clave para entender y trabajar lo que clínicamente se revela como lo inhóspito, lo sintomático, lo que se reporta como malestar y como pregunta: “no estoy donde debiera estar” “no soy lo que debiera ser” Incluso poniendo en duda ese “deber” la vacilación persiste como “no soy aquello que quiero ser”, “no voy a donde quiero ir”.
O sea, la provisoriedad en la subjetividad. La inquietante extrañeza de sí.
Alguien puede tener la experiencia que es extranjero en su familia, que es extranjero respecto de su sexo, pero también de su deseo, de su proyecto.
Desde esta perspectiva, mantener (e incluso promover) la vacilación del discurso en la clínica permite ajustarse al tránsito – trayecto y movimiento en que el sujeto se produce. Esta producción, que tiene además condiciones, histórico - materiales que lo determinan, tiene la característica de ser sumamente nómade, particular y discontinua. Mantener la vigencia de esas tres condiciones es para nosotras una posibilidad de trabajar con el malestar, que en la cultura, se reviste en distintas formas de inmunidad, de exclusión de la diferencia y de obturación de la diversidad.
Finalmente, actuar en la diversidad y por tanto vérselas con la diferencia, es un problema que cruza planos de constitución subjetiva y acción política. Dos planos aparentemente disociados pero que, con la consigna de que hacer clínica es un gesto político, pasan a ser dos bordes que de alguna manera se encuentran.
Margarita Humphreys Ostertag - Antonia Lara Edwards
Bibliografía
Arendt, H. (1958).La Condición Humana. Madrid: Paidós, 2002
Freud, S. (1919). Lo Ominoso. Obras completas, Volumen XVII, Buenos Aires: Amorrortu, 1988.
Kristeva J. (2001)La revuelta íntima. Literatura y Psicoanálisis. Buenos Aires: EUDEBA.