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FLORISEL DE NIQUEA (X: PARTES I-Il) FLORISEL DE NIQUEA (I-II) (x libro amadisiano) de Feliciano de Silva (1532)

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8 FLORISEL DE NIQUEA

(I-II) (x libro amadisiano)

de Feliciano de Silva (1532)

por

Javier Martín Lalanda y Gema Montero

TESTIMONIOS [1] Valladolid, Nicolás Tierri, 1532 (10 de julio) [->] [2] Sevilla, Juan Cromberger, 1536

[3] Sevilla, Jacome Cromberger, 1546 (25 de octubre) [4] Lisboa, Marcos Borges, 1566 (20 de abril)

[5] Zaragoza, Domingo de Portonaris, 1584 [6] Zaragoza, Domingo de Portonaris, 1588

TEXTOS

1. La p r i n c e s a Arlanda declara

su amor a don Florisel

T

a n t o f a t i g a r o n a la princesa los amores de don Florisel que, a cabo de cuatro días que juntos caminaron mostrando por los continentes parte de lo que en el coracón tenía, una tarde ya que avía anochecido, ella tomó por la mano a don Florisel, diziendo quererle hablar algunas cosas que le cumplían, le apartó por debaxo de unos hermosos álamos que en una hermosa ribera esta-van, los cuales el regozijo que en los cui-dados de ambos acrescentava su encen-dido fuego. Como allí llegaron algo apartados de Silvia y su compañía, la princesa más governada por aquel a quién su libertad avía dado que por la razón de su grandeza y honestidad, con otro nuevo fuego que sus fazes con la vergüenca abrasava no pudiendo ser

re-sistida por parte del que su coracón abrasava, comencó a dezir ansí:

-Como la cierva herida de la cruel saeta con aquella mortal yerba que por mayor melezina por instinto a las fuentes de las aguas es guiada, donde lo que por principal remedio es causa de más pres-to acabar la vida, assí yo con semejante peligro herida de aquella cruel frecha con que las nuevas de tu fama llagaron mi coracón, con la fuerca de la yerba que el amor con semejante llaga suele poner, corrompiendo y inficionando la fuerca de mi honestidad, ya que en las fuentes de mis ojos con llorar no hallé melezina sino para más acrescentarlo con rabiosas bascas, a ti soy venida con el esfuerco que mi hermosura me puso para con ella encendiendo en ti seme-jante fuego que el mío, por cuya razón las mortales llamas de ambos con con-formidad de las voluntades apagadas fuessen. ¡Ay de mí! Que aquella libertad

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54 A N T O L O G Í A DE LIBROS DE CABALLERÍAS CASTELLANOS

que la hermosura puede tener para tra-her a los brutos ulicornios por su razón movidos hasta padecer la muerte sin hornamento de ninguna razón que para ellos los gane, yo la traigo siendo d'ella domada para sojuzgar aquél que por la vía de la razón antes por rigor que por piedad d'ella devía de ser sojuzgado. Mira con cuanta confianca de tu virtud y mi hermosura soy venida, y no quieras que lo que por tanto precio de mí ho-nestidad comprado con sacrificio de crueldad de tu parte, y essecutada con mis proprias manos con la mía me da el galardón, que más el corrompimiento de mi honestidad, que lo que se deve al verdadero amor que yo tengo, sea paga-do; aunque esto sería la razón de lo que se deve de aver yo corrompido aquellas leyes que más a ser requeridas que a re-querir las altas donzellas me obligavan; de lo cual te certefico yo ser una de las tales, mas no quiero que sepas mi nom-bre, no porque él no goze también como yo del sacrificio de mi honestidad, mas porque la grandeza de mi real sangre d'él sea reservada. ¡Ay de mí! Que aque-lla ave que en las riveras con sus canta-res su muerte solenniza tiene más virtud por instinto, pues canta con razón por poder la vida sin ningún vituperio, y yo por librarla de la muerte para ponerla en él con lágrimas, pido lo contrario. Mira cuánta es la fuerca que sin fuerca con te-nerla me fuerca, que propuestas todas las razones contrarias de mi deseo por parte de la honestidad y grandeza a ti soy venida con dos crueles condiciones, de las cuales de la una ya tengo la sen-tencia contraria que es de aun corrompi-do las puertas de mi honestidad, la otra está en juizio en tus manos; y la execu-ción en las mías para con tu respuesta rescebir la vida o la muerte, la vida para amatar las muertes que contino paso; la muerte para que todas ellas y más mi vida la resciba con la fama de tu

cruel-dad en tu desamor y vituperio mío. Ago-ra que has sabido mi demanda, quiero saber yo si conforma con tus obras aque-lla forma que no sólo el mundo, mas los cielos matizados tienes.

Don Florisel muy maravillado fue de se ver ansí requerir por una tan hermosa donzella, la cual su hermosura antes a ser requerida obligava que a requerir, mas como él no tuviesse sobre sí en aquella parte ninguna libertad para satis-fazer el deseo más de en el lugar donde puesto estava, como los que ciegos del cruel amor aman que no se hallan sino allí donde ya están convertidos, y en otra parte no como ya no son en sí sino en aquella que aman; pues teniendo Silvia a don Florisel d'esta suerte, por una parte movido a gran piedad de la princesa, y por otra vencido de su libertad enajena-da, a la princesa respondió:

-¡Ay, hermosa donzella! ¿Cómo venís vos a buscar el que ya no es ni en sí se halla, de lo cual en nombre que puesto traigo os deviera dar testimonio de mí en-ajenado señorío a buscar remedio en quien no tiene descanso, en quien no <lo> hallo gloria, en quien la tiene pues-ta toda en sus pensamientos, y en lugar d'ella el cuerpo la pena salvo si para to-mar consuelo con mi mal el vuestro me busca? ¡Ay de mí! Que la razón de vues-tra hermosura os dará lugar a conoscer la poca libertad de mi poder, pues me de-mandáis lo que yo a vos deviera de pe-dir si fuera yo mío y no ageno. ¡Ay que no me siento sino para sentir lo que sen-tís! Y más siento lo que siento que vos no podes sentir, para no poner culpa aquél que no la tiene, pues no es y no la tuvo en la tener de todo su mal por la razón y causa que para tener lo tengo. O que las fuentes de las aguas, que vos en vuestros ojos buscávades para remedio de la en-herbolada herida, contino yo las traigo en mis ojos saliendo de aquel mar tem-pestuoso que ansí hiere la tormenta de su

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braveza mis entrañas y coracón, como el espantable y no tan furioso mar en las ro-cas de sus marinas riberas con sus im-mortales ondas. ¡Ay! que el unicornio que vos ciezís que os havía de buscar por ra-zón de vuestra hermosura, assí es la ver-dad si no estuviera ya muerto aviándose mirado en el espejo y hermosura de la mi Silvia, dándole la muerte los engañosos cacadores y ministros del cruel amor. ¡Ay, hermosa donzella, cuan mal un fuego con otro se amata, antes por razón se en-ciende, qué os puedo dezir sino que con-tino a él si hecho ceniza pensando tor-narme d'él a sacar con la virtud del fénix, y cada vez más sin mí me hallo sin que otra mayor virtud d'él he sacado, que de-xando de ser yo me hallo en aquella sil-va por razón de mis llamas envestido, donde me avéis de buscar y buscar el re-medio vuestro y mío que en su poder está, que ella tiene tan lleno mi coracón de su figura y pensamientos que todas estas riberas y campos hallo estrechos se-gún se siente apretado. Ved cómo podrá caber cosa donde cosa motiva aya, por-que a poder en él vuestras encendidas centellas obrar, no pienso que menos fuerca hiziessen que los grandes tiros de artillería que con la demasiada carga y contrariedad de los elementos son en muchos partes quebrados. ¡Ay, que todo está cargado de Silvia! No puede venir otro fuego con que no muera antes que consentirlo, y perdonadme por Dios, que más siento vuestro mal que el mío, por quien no soy mío ni puedo en essa par-te ser vuestro, que ageno soy en toda lo demás que tengo libertad. Hazed de mí a vuestra voluntad, que a serviros está obligada, e yo con ella hasta la muerte, por el cargo que siento que os soy don-de no ay ningún don-descarga si don-de la vida sola no perdiéndola en vuestro servicio en mi libertad.

La princesa que tal respuesta oyó con bascas iguales a muerte, torciendo sus

manos con muchas lágrimas, comencó a dezir:

-¡Ay, cuan bien empleado ha sido en mí el castigo de mi deshonestidad! ¡Ay, honra, cómo ninguno te ofendió que no quedasses d'él satisfecha! Si bien co-rrumpí las leyes de mi honestidad y grandeza bien me han dado el pago de mi locura. ¡Ay, amor no sé por qué tú siempre acostumbras los tales galardo-nes, qué ley ay para que este cavallero ame a quien no le ama, sino la que para llamar yo a él! ¡O, que todos tus engaños son claros si no nos quisiésemos dexar engañar de nuestro deseo, mas guiados por lo que desseamos que por lo que ai-caneamos y conoscemos, que no quere-mos conoscer! ¡Ay de mi grandeza sin su-perior abaxada a tributo del tributario de la tributaria pastora y de mi presump-ción, que con tanta desautoridad me ha trahído, con semejante engaño, como las codornizes a la red, y de mi delicadez que con tanto trabajo me esforcó a res-cebirlo mayor, mi honestidad a ser per-dida, mi hermosura a tomar exemplo de la soberbia que pensando vencer, a ser vencida vino! ¡Ay, Cavallero de la

Pasto-ra que tu nombre con Pasto-razón te da dis-culpa de mi dis-culpa! ¡O, cuan bien fue en subir mi nombre, pues me havía de po-ner tal renombre.

Y diziendo esto cayó en tierra amor-tecida, y don Florisel movido a grand lástima la tomó en sus bracos, y flechán-dole del agua del río en el rostro tornó a sí con un gran sospiro diziendo:

-¡Ay, que en más tengo el precio con que quise yo por mi libertad, que haver-la perdido! Vamos de aquí, que yo me daré el castigo de mi locura, y a ti el de tu crueldad, con jamás te dexar de dezir mi gran dolor, para mi descanso y mayor fatiga tuya, que es la mayor que el que aborresce puede rescebir de la que es amado.

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56 A N T O L O G Í A DE LIBROS DE CABALLERÍAS CASTELLANOS

Y con esto limpiando sus lágrimas la más triste muger que jamás nació, tornó por donde havía dexado su compaña. (I, cap. xii).

2. Peligros en los que se vieron

los príncipes a su llegada al reino de Apolonio

L

OS a r r e b a t a d o s cursos celestiales que con su immortal movimiento los tiempos según la orden de sus cons-telaciones sobre el universo disponen conforme a la disposición de la virtud de sus estrellas y luminarias, ansí el tiempo rebuelven que despertados los cavallos del dios Nentuno, acompañados de los exércitos del dios Eolo por cima de los poderosos mares, assí discurran con su poderosa fuerca para hazer la a las vo-luntades de los que navegan en las pro-fundas aguas assí levantan que con las ensalmadas nuves comunicavan la pre-sunción de su arrebatada braveza; tanto ya que los soberanos príncipes dos días avían caminado con su gloriosa presa, y el que los seguía huvo en su seguimien-to con vienseguimien-to tan contrario a los unos cuanto para los otros próspera, traer a sus manos lo que con tanto trabajo pen-savan perder por no los poder seguir. Assí los pone en tanto peligro al presen-te peligro del mar a punto de se perder los unos y los otros pone tanto que más ya en oraciones pensavan salvar las al-mas que con remedios, por parescerles faltar los cuerpos; y sobre todo los dos príncipes rescibían con las infantas ma-yor dolor porque no sólo el peligro los amenacava con el de los furiosos mares, más con la fuere a que el tiempo les ha-zla para por ella tornarlos a donde la aví-an hecho; que taví-an forcosos los aires con-tra su voluntad eran, que presto los buelve hasta ponerlos a vista de la tierra de Apolonia, donde con semejante

peli-gro la flota de don Lucidor hallan que trabajando por no dar en tierra procuran el peligro de las infladas velas tenerse contra la fuerca de las arrebatadas aguas con mañosa fuerca en la fuerca de los poderosos vientos sostenidos y d'ellos combatidos, ansí que todos procura van el remedio donde tenían el principal pe-ligro, que como la flota fuera del puerto vieron, luego lo que podía ser cuidaron y grave pena sintieron, viéndose en tan-tos peligros, mas procurando primero sa-lir d'él que de la mano divina rescibían, con traer príncipe humano, se esforzaron y aparejaron armados de todas sus ar-mas, mandando que a las infantas que, como muertas con la nueva navegación y tiempo ivan, el hecho les encubriesen por no darles tanta pena, cuanto gloria don Lucidor rescibió cuando le dixeron que las naos a vista tenían, el cual gran-des gracias a Dios por ello dava con tan-to gozo que nada el peligro del mar te-nía con él, que en su honrra le parescía aver aparejado. Y luego manda que ade-recen para los combatir que ya entre su flota estavan; más la fuerca del tiempo les era contraria a lo poder hazer; mas ya los dos príncipes con los suyos apareja-dos estavan a pasar por la muerte antes que venir a manos de don Lucidor, que, como ya fuesse tarde, amansando el viento, manda llegar su flota contra las dos naos y aquí comiencan a las cercar de todas partes, y por temor que no pe-resciessen las infantas, don Lucidor y don Brian mandan que con tiros de arti-llería no les tiren, por temor de flechar-las al fondo, que valió muchos a los príncipes, porque ellas con las suyas ha-zían mucho daño. Más ya que tanto se cercaron en una nao en que venía el Du-que de Normadía con otras naos con la de los príncipes afierran que, como a po-der llegar a menos llegassen, don Fala-ges dixo:

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-Padezca la vida con fuerca de la vo-luntad para no la rescebir en ella.

Y con esto mete mano a su espada y da tal golpe a un sobrino del duque que entrar quería en su nao, que la cabeca hecha dos paites con el yelmo lo derriba en el mar. Y mira a don Florisel que lo mismo al duque avía hecho, y hazen ta-les maravillas cada uno por su parte de la nao que bien sin affrenta resistían la en-trada, puesto que llovían sobre ellos tan-to número de saetas que quitavan la luz del sol y sus escudos d'ellas. andavan lle-nos. Mas ellos no hazían sino matar y de-rribar. Y en esto, don Lucidor, toma por fuerca la otra nao en fortaleza de don Brian y entrado supo todo lo hecho; y mucho quisiera poder llegar a la otra nao de los príncipes, mas no podía con las naos que a ella estavan aferradas que no le hizo daño, según como se querían vencer viendo su muerte, que las cosas se hazían, no parescían de hombres mor-tales. Don Lucidor quería morir viendo que no los podían entrar por solos dos cavalleros de los cuales él y don Brian es-tavan maravillados viendo su bondad, mas pareciéndolos que ya no se podían escapar que no muriessen o fuessen prendidos de cansados, como era la ver-dad, vieron venir que con la tormenta aquella parte avía sido laucada una flota de más de doscientas naos, la cual de-lante todos venía una una nao con reales vanderas. Y cuidando si por ventura en ella vendría el príncipe Brimartes, don Lucidor fue muy ledo. Mas cuando cerca la flota llegó y la nao delantera viendo como combatían, aquella nao tantos, to-dos lo d'ellas venían armato-dos y a punto que, como la nao delantera llegasse, pre-guntando un cavallero de gran cuerpo que en ella venía que porqué de tantos aquella nao era combatida, un cavallero responde que porque en ella iva don Flo-risel de Niquea que a Helena, infanta de Apolonia y a Timbria, infanta de Boecia,

llevava contra voluntad de su abuelo y padres, y que ya estava a punto de pagar lo que avía hecho contra don Lucidor que presente estava en la flota, que como el gran cavallero esto oyesse, de cosa ja-más holgó que de aver le traído la Fortu-na a mayor que jamás la pudo esperar, y luego dize a grandes bozes a ellos

-¡Y salga el príncipe griego de muer-te para quitar la obligación hasta ella de-vida!

Y con esto manda aferrar su nao con una de las que los príncipes combatían. Y de sí luego visto, por toda su flota ha-zen lo mismo con la flota de los prínci-pes don Lucidor y don Brian, y hazen gran daño en ella que, como muchos fuessen y traían infinitos arcos, era tanta la luvia de saetas que presto gran daño en los franceses hizieron, no dexándolo de rescebir; y el gran cavallero hazía ta-les cosas que igualavan a las de los prín-cipes, los cuales viendo tal ayuda y al tal tiempo que perdidos estavan ver lo que hazían, no se pueden creer sus maravi-llas; pues assí peleando y haziendo de sí grandes cosas, don Lucidor y don Brian tanto no pudieron suffrir la fuerca y mu-chedumbre de los contrarios que presto no se venciessen y pusiessen en huida, lo cual visto por el gran cavallero, vien-do que más de la mitad se avían de los enemigos muertos, mandó hazer señas que no los sigan diziendo:

-No se haga más fuerca de aquella que para escusarla á sido menester.

Y luego endereca para la nao de los dos príncipes, no viendo con quien pe-lear, porque ya don Lucidor y don Brian muy desesperados se avían ido, viendo su perdimiento; que, como el gran cava-Uerero a la nao llega, halla tintos de la sangre que avían derramado los dos ex-celentes príncipes, y ello veía fuera de star assí bañado d'ella, y manda aferrar su nao con la suya d'ellos, que tanto de-seo de saber quién fuese tenían, cuanto

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58 A N T O L O G Í A DE LIBROS DE CABALLERÍAS CASTELLANOS

el que de aver escapado de tal peligro los obligava. Y como el gran cavallero en la nao saltase, vio a las infantas que ya sabiendo su fortuna, que hasta que la vieron no supieron parte de lo que pas-sava, muy alegres dando a Dios por ello gracias, ya que los príncipes así mismo los yelmos para lo rescebir avían quitado el suyo, maravillado de verlos dize:

Ni ya don Florisel quedará sin paga de su deuda, ni don Falanges de sus ser-vicios, ni a la straxerea sin pagar la obli-gación que en ambas partes devía; y más que a ellos assí por ti, ni Helena y Tim-bria podrán dexar de rescebir este servi-cio que podemos dezir.

Cuando ella esto dixo y fue conocida el gozo de todos escapar del príncipe don Falanges, que, como la conoce, ante ella de inojos se pone diziendo:

-¡O, diosa de mi adoración, grandes gracias a tu excelente magestad! Pues tu divino acatamiento meresciessen mis sa-crificios el socorro, no sólo de la vida, mas de tu resplandeciente vista, porque

a tu excelencia suplico las manos, al tu vasallo dadas seas.

Y con esto abracándolo ella gelas be-sas; e don Florisel le dize:

-Mi señora, parésceme que la vuestra merced siempre quiere guardar el privi-legio de vuestra grandeza en pagar los servicios con doblada paga en las mer-cedes qtie a pagarse pudieron obligar, por que os suplico me deis vuestras ma-nos, pues como donzella las deve mi boca, lo que como cavallero mi persona d'ellaa á rescebido.

-Soberano príncipe, -dixo ella abra-cándole-, la fortaleza de las vuestras, jun-to con vuestra grandeza y bondad, os dexa sin deuda de toda parte y la pone para hazeros todo servicio que, como ca-vallero, yo os quise pagar y, como don-zella, hazer mercedes que a las vuestras rescebidas se devían cuando, como ca-vallero, las pude de vos como donzella rescebir; y no como sola donzella, mas como tenido estávades por tal donzella como yo. (I, cap. lxiv, ff. 117v-118v).

9 FLORISEL DE NIQUEA (m)

(xi libro amadisiano) de Feliciano de Silva

(1535) por

Javier Martín Lalanda

TESTIMONIOS [1] Medina del Campo, ¿Pierres Tovans?, 1535

[2] Sevilla, Herederos de Juan Cromberger, 1546 (6 de marzo) [-»] [3] Sevilla, Jacome Cromberger, 1551 (9 de mayo)

BIBLIOGRAFÍA: Eisenberg-Marín, n° 1468. EDICIÓN: Javier Martín Lalanda (ed.), Alcalá de Hena-res, Centro de Estudios Cervantinos, 1999- ESTUDIOS: Cravens (1976), Martín Lalanda (2001) y

Referencias

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