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número 64, septiembre-diciembre, 2015

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Daniel Calderón

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número 64, septiembre-diciembre, 2015

Introducción

Daniel Calderón

Escuela Nacional de Antropología e Historia, Inah

Es probable que varios de los científicos sociales que realizan trabajo de campo hayan encontrado en su escenario de estudio a niños y niñas. Sin embargo, es frecuente que, la mayoría de las veces, pasen inadvertidos a los ojos de los investigadores durante sus estadías.

No obstante, en los recordatorios y en las reflexiones posteriores vuel-ven a aparecer y, en ese momento, quizás repensemos que ellos fueron o pudieron ser excelentes informantes, puesto que conocen los lugares re-cónditos, su familia, los problemas por los que pasan sus padres, sus propias ne cesidades, las de su hogar y las de su comunidad. Incluso, en ocasiones pueden llegar a fungir como informantes para sus padres, en tanto que pueden comunicarles sobre la labor que realizamos los científicos sociales.

Con lo anterior, en el texto de Eder y Corsaro [1999] Ethnographic

Stu-dies of Children and Youth se observa que en la década de los ochenta se empezó a constituir una nueva serie de planteamientos sobre los niños, en la que se dejó de pensar que sólo eran seres pasivos que absorbían e internalizaban la cultura, sino que eran parte de ella, contribuían a la reproducción y al cambio en la sociedad.

Y es que buena parte del quehacer antropológico estuvo basado en el adultocentrismo, perspectiva que ha dominado en los estudios durante varios años. En este pensamiento, la niñez se encuentra distanciada, olvi-dada y ha sido excluida en distintos círculos de la vida social. En térmi-nos  de un discurso construido, desde los adultos significa ser: “Un subalterno o hallarse en condición de subordinación, entendida en tér-minos de clase, casta, género, oficio o en este caso, en tértér-minos de gene-ración. Esto es importante pues explica por qué la teoría social dominante

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excluye sistemáticamente el pensamiento y la experiencia de los niños [Moscoso: 5]”.

En este mismo sentido, en el trabajo de L. Hirschfeld [2002] Why don´t

anthropologists like children?, se expone lo siguiente,

In the briefest terms, mainstream anthropology has marginalized children because it has marginalized the two things that children do especially well: children are strikingly adopt at acquiring adult culture and, less obviously, adept at creating their own cultures. Although it is uncontroversial that children acquire the wherewithal to participate in the cultures they inhabit, the processes by which this happens has drawn relatively limited attention —presumably because most anthropologists consider these processes unremarkable and uninformative to the field’s principal concerns [Hirschfel 2002: 611-612].1

El hecho de creer que al trabajar con los niños se perdía tiempo, no era redituable y resultaba incluso poco relevante, limitó durante mucho tiempo la visión de los antropólogos hacia este sector de la sociedad. Para tomar-los en cuenta, esperaron a que crecieran, aprendieran de sus padres, de su familia, de sus pares y en consecuencia de la sociedad. Dicho en otras palabras, esperaron a que los niños se transformaran en adultos para considerar sostener una conversación con ellos y acceder a su conocimiento sobre aspectos relevantes de su cultura.

En el siglo xx, con la llegada de la Convención sobre los Derechos del Niño, se tocó un punto clave en las políticas y el desarrollo del conoci-miento científico en este sector de la población, ya que a partir de ese momento los niños son concebidos como seres con valor moral y, por ende, cobró relevancia considerar sus opiniones y su participación en la sociedad.

De acuerdo con lo anterior y con el paso de los últimos años, los estu-dios con niños han ido en aumento. Sobre todo aquellos que se han acercado a este grupo poblacional; con la finalidad de generar una aproximación a

1 Traducción del autor: “En términos más breves, la antropología convencional ha

mar-ginado a los niños, porque ha marmar-ginado dos cosas que los niños hacen especialmente bien: los niños adoptan sorprendentemente la adquisición de cultura de los adultos y, menos evidente, adaptan y crean sus propias culturas. Aunque es indiscutible que los niños adquieren los medios para participar en las culturas donde que viven, los pro-cesos por los cuales esto sucede han propiciado una escasa atención, probablemente porque la mayoría de los antropólogos consideran estos procesos poco informativos para las principales preocupaciones del campo” [Hirschfel: 2002: 611-612].

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sus visiones, representaciones y opiniones, que años atrás no aparecían de forma recurrente en la literatura antropológica. Lo anterior ha permitido una mayor valorización y ha llamado cada vez más la atención por parte de los antropólogos hacia el trabajo, la crianza y los hechos cotidianos a los que se enfrentan los niños día con día.

En este número de la revista Cuicuilco, los autores se han aproximado a los niños para conocer sus representaciones y formas de vida, desde su peculiar punto de vista. Así tenemos el texto de Jerry J. Chacón, donde menciona que se debe incluir a los niños, desde sus propias visiones, en el análisis de la investigación antropológica y, desde luego, la vertiente en el ámbito de lo que la sociedad observa en torno a los niños.

Citlali Quecha pone en discusión el rol de crianza que las niñas han adoptado con sus hermanos en la Costa Chica de Oaxaca, debido a la migración que sus padres han realizado, sobre todo hacia Estados Unidos en busca de una mejor forma de vida. Continuando con el tema de crianza, Mariana García Palacios, Ana Carolina Hecht y Noelia Enriz, a través de sus experiencias etnográficas en comunidades indígenas de Argentina, plasman las experiencias formativas que los niños y las niñas experimen-tan para conformarse desde diferentes rubros, como la lengua —explicando una serie de categorías que muestran la diferencia en las “edades de paso”—, la religión y el juego.

Por otro lado, Martha Areli Ramírez Sánchez, en su artículo denomi-nado “Trabajo y ayuda mutua. Los niños y niñas de San Pedro Tlalcuapan”, nos adentra en una comunidad de origen nahua, donde la niñez no tiene las mimas concepciones “occidentales” debido a sus costumbres y formas de entender la vida, con las cuales a través del trabajo se construye al niño y se le da un cierto estatus.

Y Mercedes Martínez González, quien centra su investigación en la comunidad mixteca de Santiago Cacaloxtepec, en el estado de Oaxaca. La autora trabajó con los niños a partir de la realización de dibujos, los cuales representaron a las personas que trabajan en la labor del tejido de palma, las posturas, la vestimenta y un punto de identidad que tienen como tra-dición, ya que todos lo conocen.

Como consideración final, la antropología, no sólo en México sino en toda Latinoamérica, tiene una importante beta en los trabajos sobre la niñez y la infancia. Ellos pueden acercarnos a nuevas experiencias y datos y a una forma diferente de entender ciertos contextos que son estudia-dos habitualmente por los investigadores.

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RefeRencias

Eder, Donna y William Corsaro

1999 Ethnographic Studies of Children and Youth. Journal Of Contemporary

Ethnography, 28 (5): 520-531.

Freites Barros, Luisa Mercedes

2008 Convención internacional sobre los derechos del niño. Apuntes básicos.

Artículos Arbitrados, año 12 (42), julio-agosto-septiembre: 431-437.

Hirschfeld, Lawrence A.

2002 Why don’t Anthropologists Like Children. American Anthropologist, 104 (2): 611-627.

Moscoso, María Fernanda

s/f La mirada ausente: antropología e infancia. <http://www.uasb.edu.ec/ UserFiles/369/File/PDF/CentrodeReferencia/Temasdeanalisis2/nine-zadolescenciayjuventud/articulos/Moscoso.pdf>. Consultado el 13 de septiembre de 2012.

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