Título original: Chosen
© 2009 by Ignatius Press, San Francisco
© 2011 de la versión española realizada por CRISTINA SÁNCHEZ, by EDICIONES RIALP, S.A.
Alcalá, 290. 28027 Madrid
Realización ePub: produccioneditorial.com ISBN: 978-84-321-3841-6
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PRÓLOGO
El presente libro es una recopilación de relatos en primera persona, varios de los cuales han sido ya publicados en algunas revistas americanas. Esto hace posible la lectura independiente de los capítulos, cuya disposición es completamente arbitraria. Su editora original, Donna Steichen, es una periodista de investigación dedicada a temas y publicaciones católicas.
Hay, sin embargo, un elemento común en todos estos asombrosos relatos: Dios actúa sobre las personas, las colma de gracia y reclama obediencia y ejemplaridad ante los demás hombres: «vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2, 9).
El hombre está llamado a crecer y a superarse, a transformar la percepción de su poquedad en la coherencia y seguridad de los hijos de Dios. A veces esta llamada es lamentablemente silenciada. En otras ocasiones, es respondida de maneras muy diversas y en contextos muy dispares. Conversos indaga en la motivación y en la evolución personal de varios hombres y mujeres, americanos, asiáticos o europeos, más jóvenes y menos jóvenes, que relatan de modo autobiográfico cómo Cristo, incluso en las circunstancias más adversas, conquistó sus almas y les abrió las puertas a la felicidad de la fe.
Desde el principio el cristianismo fue consciente de la universalidad de su misión, y la fe en Cristo era un don que debía transmitirse a otras personas y a otras culturas. Así, mediante el ejemplo de amigos o familiares, el estudio y la búsqueda de la Verdad, este fenómeno de ascensión espiritual y transformación interna existe gracias a la fe, a la fidelidad a los mandamientos y al ejercicio de las virtudes, que perfeccionan al hombre y siguen el plan diseñado por Dios para hacer feliz al ser humano.
Steichen resalta así la relevancia del laicado en una época de relativismo moral y de desconfianza hacia todo tipo de instituciones, y persuade al lector para que confíe en las palabras de Cristo a Pedro: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18). Pero esta ardua misión de la Iglesia requiere una unión sólida y particularísima entre todos sus miembros y necesita el apoyo de los laicos para transmitir el mensaje de Cristo a un mundo secularizado y enfangado en el egoísmo y el orgullo. La actual corrosión del sistema de valores se origina en ese relativismo y anhela una mayor confianza en la autonomía de Dios y en la integridad del hombre.
La plenitud de la armonía moral y el deseo de enriquecer las disposiciones del alma son, en definitiva, las fuerzas fundamentales que mueven a los hombres. Desde la cátedra, la familia, la dirección de institutos de investigación, los medios de comunicación, el ministerio sacerdotal, la gestión financiera o el trabajo de una editorial, estas personas acogen el don de la fe y asumen distintas tareas apostólicas, respondiendo con obras a la llamada de Dios y compartiéndola con el mundo. Mientras, la Iglesia da gracias «porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15, 32).
1. MI ENCUENTRO CON DIOS EN CHINA
Steven W. Mosher
I give you the end of a golden string only roll it into a ball and it will take you to Heaven’s Gate Set in Jerusalem’s Wall [1]
(William Blake)
Aún conservo el recuerdo de mi primera confesión, grabado a fuego en mi memoria. Fue en 1991 y quedaban pocas semanas para Semana Santa, la fecha elegida para mi entrada en la Iglesia. Me entusiasmaba la posibilidad de recibir a mi Dios y Señor en la Sagrada Comunión, si bien mi alegría se veía algo contenida ante la dura prueba de la penitencia. Tenía que confesarme antes de poder comulgar, de modo que la cuerda de oro que acabaría llevándome a las puertas del cielo me hizo pasar primero por el confesionario.
Siguiendo una tendencia moderna y bastante desconcertante, mi profesor del Curso de Iniciación al Cristianismo para Adultos (RCIA) se refirió a este encuentro inminente como reconciliación. Sin embargo, lo que implica esta alentadora palabra con ese sonido que tiene de psicología popular, es que ha habido un enfrentamiento entre Dios y el hombre y que ambos necesitan sentarse uno junto al otro para solucionar sus diferencias. Pero esto no es del todo cierto. Este choque es real, por supuesto, pero se debe exclusivamente a la acción del hombre y hace que confesarlo sea una tarea exclusivamente humana. La horrible serpiente de mi ego comprendió en seguida que un encuentro entre Dios y el hombre nunca es un encuentro entre iguales, sino que por la propia naturaleza de las cosas se trata más bien de una caída y una humillación humanas de primer orden. Por eso se enrollaba sobre sí misma y se resistía, mientras yo casi podía oír su silbido de resentimiento.
Tampoco estaba muy acostumbrado a la idea de abrir mi alma a una audiencia humana; después de todo nunca nadie me había hecho responsable de nada. Ni mi madre, que pasaba mucho tiempo trabajando como enfermera, ni mi padre, que estaba demasiado ocupado luchando contra sus propios demonios y que rara vez estaba en casa los fines de semana. Aparte de unos cuantos incidentes del tipo de quién ha roto esto
ahora (que normalmente era yo), nunca me habían pedido que confesara nada. Ahora,
mi carne orgullosa temblaba ante la idea de avergonzarse frente a un hombre a quien seguramente, aunque fuera un alter Christus, le asquearían tanto la magnitud como la
cantidad de pecados que había acumulado durante cuarenta y tres años. Estaba seguro de que después de mi confesión, el padre O’Sullivan, el buen pastor irlandés que estaba al cargo de la parroquia de San Antonio, al sur de California, apartaría su mirada cada vez que se cruzara conmigo, mientras que yo ni siquiera sería capaz de levantarla en su presencia.
A mi mujer, católica de nacimiento y muy comprensiva en muchos aspectos, le aturdían mis dudas, ya que ella había acudido regularmente a la confesión desde que era niña. No es que ella no pensara en este tema, sino que más bien no lo apartaba de su cabeza. De hecho, era uno de los acontecimientos en torno a los cuales organizaba su vida. Igual que no pasaban meses sin que se bañara, tampoco pasaban meses sin que fuera a confesarse. Sin embargo, a mí me aterraba el simple hecho de pensar en mi primer baño. Me daba miedo que en éste, junto con las capas y capas de pecado incrustado, mi piel acabara yéndose detrás.
Mi esposa, que solía estar en gracia por los sacramentos, no tenía mucha idea de la inmundicia en la que este hijo pródigo se había revolcado. Mentiroso de mí, me había preocupado de contarle sólo una pequeña parte de mi vida pasada, mientras me preguntaba a mí mismo por qué tendría que avivar su imaginación con ese retrato tormentoso y muerto de mi pasado. Como siempre, me convencieron mis propios argumentos, así que guardé estos secretos para mí mismo.
Por fin llegó ese sábado por la mañana en el que tendría lugar mi primera confesión. Cuando estaba saliendo por la puerta, tambaleándome por el peso de esos defectos que sólo yo podía ver, mi mujer me preguntó alegremente: «¿Quieres que te prepare algo para comer?». Puedo ser extraordinariamente torpe cuando me distraen; así que me paré, en parte suponiendo que me iba a iluminar con algún nuevo matiz de la práctica católica: «Dime, ¿por qué necesito llevarme comida?». Y ella respondió con una frase clave: «Porque vas a pasarte allí todo el día». Antes de darme la vuelta para irme logré esbozar algo entre una mueca y una sonrisa, acompañado por el sonido de su risa.
Temía encontrarme con el padre O’Sullivan en el confesionario, pero la Providencia quiso que ese día hubiera dos sacerdotes confesando en San Antonio. Además de nuestro párroco, el padre O’Sullivan, había un sacerdote mayor, demacrado por la edad, llamado Monseñor Cluny, y en seguida me di cuenta de que éste era mi hombre. Había estado destinado durante treinta largos años en la prisión masculina de Chino, donde como capellán católico que era había podido escuchar las confesiones de innumerables asesinos y violadores convictos o de gente similar. Ningún mal que yo hubiera cometido podía sorprender a este confesor empedernido. Además, después de escuchar mi confesión volvería a cruzar los altos muros de la prisión y yo podría seguir mirando a la cara al padre O’Sullivan.
De modo que me senté con Monseñor Cluny —el padre O’Sullivan estaba ocupando el único confesionario, así que no me quedó más remedio que confesarme cara a cara— y le dije nervioso que aquella era mi primera confesión. Tenía alguna vaga noción de que tenía que ir repasando los diez mandamientos uno por uno, un proceso que, incluyendo todas las categorías y sub-categorías de pecado, podía hacer que se hiciera realidad la
broma que me había gastado mi mujer al salir de casa. En vez de eso le dije sin más: «He incumplido todos los mandamientos, padre. He pecado ante Dios y ante los hombres. Tengo tantas cosas sobre mi conciencia que ni siquiera sé por dónde empezar». Después de una pausa, que en estas personas suele indicar que están rezando, este santo varón dijo con toda delicadeza: «Entonces cuéntame qué pecado pesa más sobre tu conciencia». Ahora que ya tenía alguna pista sobre qué decir, me animé a contarle mi gran pecado. Monseñor Cluny escuchó, asintiendo con la cabeza, y después me dio la absolución por éste y por todos mis grandes, pequeños y medianos pecados pasados. Cuando hizo el signo de la cruz experimenté una inmensa sensación de libertad que, como no me la esperaba, cada vez me parecía más estimulante. Me había humillado ante Dios sometiéndome a su juicio, y juré ser leal a sus Leyes obligándome a obedecerlas escrupulosamente. Aun así, paradójicamente, al optar por estos compromisos me sentí libre. Dios rompía así las cadenas del egoísmo que yo mismo me había forjado, y me liberaba de la pequeña mazmorra de mi ego. Pronto volvería a encerrarme de nuevo, pero de momento sentía una increíble ligereza y una profunda sensación de paz que, según las circunstancias, no tenían ningún sentido.
Me sorprendió ver que estaba llorando y que, además, no me avergonzaba de ello en absoluto. Di las gracias al sacerdote y después me fui y continué llorando —discreta pero alegremente— hasta que llegué a casa. Cuando entré por la puerta aún me caían las lágrimas por la mejilla. Mi esposa echó un vistazo a mi cara empapada y vino corriendo a abrazarme. Ahora no era momento para bromas. «Oh, cariño, ¿tan malo ha sido?», preguntó mientras se echaba hacia atrás para mirarme con simpatía. Yo sacudí la cabeza y sonreí mientras lloraba: «No, ¡tan bueno ha sido!».
***
Siempre hay un momento en la vida en el que el camino se ve iluminado por una luz divina que perciben tanto los sentidos como el alma. Se le da a uno un extremo de la cuerda de oro y se le explica cómo puede llevársela a las puertas del cielo. Pero es decisión de cada uno el aferrarse a ella y seguirla o, después de un tiempo, acabar yendo por su cuenta, es decir, abandonarla sin más. La política de igualdad de oportunidades de Dios para mandar almas al cielo no pretende que todos obtengan los mismos resultados (a diferencia de algunas de nuestras versiones terrenales), sino que ofrece una auténtica y perfecta igualdad de oportunidades. No existe eso de la salvación de todos los hombres, como dirían los universalistas, o sólo la de los elegidos, como defiende el predeterminismo calvinista. Sólo existe la salvación de aquellos que optan por ella.
Yo, por mi parte, di varias veces con esa cuerda de oro cuando era un niño y la cogí, temblando, cuando tenía once años, cuando el hermano Jason predicaba sobre el fuego del infierno y la condenación en la pequeña iglesia de Nazarene a la que iba mi abuela. Pero el miedo pronto dio paso a sensaciones más inmediatas, y una pubertad temprana alentada por un fuerte estímulo paternal me llevó a perseguir a las chicas del barrio obrero en el que vivíamos. Más tarde me di cuenta con tristeza de que se trataba del
vicio del padre que pesaba sobre el hijo. En cuanto a la cuerda de oro que estaba enrollando, resultó ser todo un estorbo para este propósito en particular, así que la dejé de lado.
Volví a descubrirla cuando tenía casi dieciséis años, sorprendido por la presencia de una gran cruz que acababa de erigirse cerca del instituto al que iba. Rescaté el ovillo de la cuerda de oro del fango de lujuria, obstinación y despiste donde lo había dejado caer y me dirigí hacia la cruz, que resultó pertenecer a una iglesia luterana que acababan de construir. Acudí a esa iglesia durante mis años de instituto, cada vez con menos devoción hasta casi no darme cuenta de que había perdido de nuevo mi camino, mi señal, mi cuerda de oro. Años después, en la universidad, mientras cursaba mis estudios superiores de oceanografía biológica, me vi bajo la influencia de una enorme dosis de tendencias darwinistas. Como reacción y no muy convencido por ese argumento inverosímil de que la vida había surgido, se había multiplicado y había evolucionado hasta hacer seres suficientemente inteligentes como para preguntarse acerca de sus propios orígenes sólo por casualidad, volví a buscar la cuerda. La enrollé durante un tiempo como en una especie de moda agnóstica desordenada para después abandonarla por mis antiguos pasatiempos, lo que Pascal llamaba acertadamente lamer la tierra.
También dejé de lado mi intención de hacer un doctorado en oceanografía biológica, y en su lugar me decidí por uno en antropología cultural, sin darme del todo cuenta en ese momento de que lo único que había hecho era cambiar una forma de reduccionismo por otra. Resultó que había pasado de aquellos que creían que todo, desde los aminoácidos al altruismo, podía explicarse en términos de idoneidad reproductiva, a los que opinaban que las sociedades humanas e incluso la naturaleza humana, según decían, no eran más que constructos culturales. Era como si la mayoría de la gente participara involuntariamente en una especie de continuo baile de disfraces donde las máscaras no escondían su cara —porque no tenían ninguna— sino que estaban ahí para dar una apariencia humana a su plasticidad amorfa y dar a su grupo cierta apariencia de comunidad. Intelectualmente era algo así como huir de una tribu de caníbales maoríes y dar con una banda de cazadores de cabezas de Borneo que te recibía con los brazos abiertos. De un modo u otro, era difícil tener la cabeza bien amueblada.
Pronto descubrí que había antropólogos culturales que, en nombre del relativismo cultural, defendían todas y cada una de las prácticas culturales que cualquier grupo humano —por muy oscuro e insignificante que éste fuera— pudiera adoptar, independientemente de lo extrañas y pervertidas que éstas fueran. Estaban convencidos de que incluso aquellas culturas que habían fracasado y que vivían al margen de la existencia humana tenían lecciones importantes que enseñar al resto del mundo. Normalmente estas lecciones tenían algo que ver con el amor libre, el feminismo, el medio ambiente o cualquier otro sustituto de la religión que ha contaminado el pensamiento moderno. Un ejemplo perfecto de esto es Margaret Mead, que pretendía justificar su promiscuidad tratando de encontrar toda una cultura que llevara a cabo estas prácticas. Esta farsa, que se concretaba en Coming of Age in Samoa, se ajustaba tanto a las actitudes y a los apetitos sexuales de sus colegas universitarios que durante medio
siglo nadie le plantó cara[2]. También estaba la antropóloga Ruth Benedict, la amante lesbiana de Mead cuyas predilecciones personales la llevaron a convertirse en uno de los principales exponentes de la teoría del relativismo moral. Quería hacer irrelevante, si no anular por completo, toda actitud occidental tradicional con respecto a las malas conductas sexuales[3]. Incluso el canibalismo y el sacrificio humano tenían sus defensores, que defendían que estas prácticas permitían a las culturas vivir en armonía con su entorno al prevenir la superpoblación. Todos ellos estaban dispuestos a arremeter contra quien les criticara, pero no con argumentos razonados sino acusándolos de arrogantes y etnocéntricos. Su refutación a cualquier declaración universal cultural, de la monogamia al monoteísmo, seguía la misma fórmula: «¿nunca has oído hablar de (e insertas el nombre del grupo, por ejemplo los garondi), entre los que (e insertas el nombre de la práctica, por ejemplo la poligamia) es lo normal?», decían con toda pedantería.
Me avergüenza haber querido unirme a sus filas en alguna ocasión, porque ahora comprendo que la buena antropología no busca aquello que es peculiar o antinatural en las culturas del hombre, sino lo que es universal y honrado. En definitiva, busca aquello que ilumine la ley natural que nos ha legado nuestro Creador. Como dice San Agustín en sus Confesiones: «Tu ley está escrita en los corazones de los hombres, y ni la misma iniquidad puede borrarla». Pero yo aprendí esto mucho más tarde.
Cuando tenía treinta años volví a cruzarme otra vez con la cuerda de oro, esta vez en un escenario muy extraño. Apareció frente a mí, dorada y brillante, en medio del sufrimiento y la sangre que marcó el nacimiento de la política china del hijo único, invitándome a que siguiera adelante como si se tratara de una luz al final de un túnel.
***
Corría el año 1978 y el minúsculo dictador de China, Deng Xiaoping, empezaba a echar un vistazo cautelosamente a través del muro de bambú que había aislado durante tanto tiempo a la China comunista del resto del mundo. Ansioso por alimentarse de la abundancia de la tecnología, el capital y los mercados que veía florecer allí, accedió a llevar a cabo un intercambio de profesores con universidades de Estados Unidos[4]. Desde el principio se trató de un negocio desigual, no sólo en términos de cifras. Los miembros del Comité Americano de Comunicación Universitaria con la República Popular de China negociaron una lista mínima de cincuenta profesores americanos a los que se les permitiría entrar en China según las órdenes de Deng. Al mismo tiempo, cientos de académicos y agentes chinos —normalmente era imposible distinguir a unos de otros— empezaron a introducirse en Estados Unidos. No me sorprendió nada que Beijing me acusara después de espionaje, ya que un buen número de los supuestos
académicos que ellos enviaban se dedicaban en realidad a esa tarea.
Finalmente, el Comité decidió aceptarme como el primer científico social americano con permiso para investigar en la República Popular de China. Debía este honor tan inesperado a una cierta facilidad con el chino, que tuve la posibilidad de aprender durante
un año en la Universidad China de Hong Kong, y también a ciertos profesores ambiciosos de la Universidad de Stanford que me precedían y cuyas ideas acerca del gran experimento socialista del presidente Mao llevaba conmigo como si fueran retrovirus. Por aquel tiempo Mao y el maoísmo seguían siendo objetos de admiración, si no de veneración, en determinados círculos, fundamentalmente académicos.
Sería exagerado decir que fui a China para unirme a la Guardia Roja de Mao, como hizo Malcolm Muggeridge al ir a Moscú intentando ofrecer sus servicios a Stalin y ayudando así a construir el socialismo[5]. De todos modos sí tenía una buena disposición hacia el maoísmo, porque no tenía razón para dudar del criterio de algunos de mis profesores, a quienes pensaba unirme algún día y que habían sido una gran ayuda para el campesinado. Aun así, el hecho de que estos pedantes eminentes a cuyas clases había asistido y cuyos libros llenaban mis estanterías no hubieran visitado ningún pueblo de China ni hubieran hablado nunca con un campesino chino ya debería haberme hecho sospechar. Cuando por fin encontré una oportunidad para preguntarles, vi que San Gen, Ah Ming y otra gente del pueblo con la que hablé tenían una opinión completamente diferente del sistema comunista. Pero ésta es una historia que ya he contado con detalle en otro sitio[6]; baste con mencionar aquí que los aldeanos se referían al partido comunista chino como el da dizhu o el gran terrateniente, lo cual era un comentario muy crítico teniendo en cuenta que el presidente Mao, en su elaborada demonización de los enemigos de la clase, reservó un lugar especial en el infierno marxista para los
grandes terratenientes.
En marzo de 1979 establecí mi residencia en el pueblo de Xingcha, en el delta del río Pearl, en la provincia de Guangdong. Esta área comprendía también, además de varios pueblos de los alrededores, la brigada de producción de Xingcha, que contaba con ocho mil miembros. Esta brigada pertenecía a la comuna de Jun’an, y ella misma estaba dividida en «equipos de producción» más pequeños. Tal y como sugieren estos nombres, la producción agrícola se organizaba de acuerdo a líneas militares en las que los campesinos trabajaban diariamente en los campos colectivos a las órdenes de los equipos de la comuna. Tal y como le ocurrió a Muggeridge en Moscú, la realidad miserable de la vida en las comunas, con sus innumerables privaciones y su reglamentación omnipresente, me despertó rápidamente de las ilusiones que tenía cuando llegué. Los campesinos tenían exiguas comidas de arroz roto y verduras salteadas, y no fuentes rebosantes de cerdo, ternera y pescado, como yo creía; en realidad, éstas sólo se encontraban —y en gran abundancia— en los banquetes oficiales.
El secretario Ho me dio la bienvenida a Xingcha; él era quien, como residente oficial de alto rango del partido, dirigía eficazmente aquel lugar. Bajito y achaparrado, suplía su falta de estatura con una anchura extrema, de grandes hombros, brazos gruesos y vigorosos y rostro de aspecto fuerte. Sentado como estaba durante las reuniones oficiales tenía una figura imponente, pero al levantarse era poco más alto. A sus espaldas los campesinos se referían a él como el sapo. La primera vez que escuché ese apodo no paré de reírme, pues le definía completamente. Tenía una mirada vacía e inexpresiva, similar a la de un sapo cuando acecha a un insecto al que está a punto de devorar. He
podido ver esa misma mirada de vigilancia de reptil en las caras de muchos oficiales chinos, motivada por la necesidad de hacer cumplir políticas impopulares a una población desesperada.
El secretario Ho y yo forjamos pronto una amistad de conveniencia, unidos como estábamos por obligaciones recíprocas. Su trabajo era mantener vigilado al amigo
extranjero, tal y como se referían a mí en los círculos oficiales, informando de mis idas y
venidas a las autoridades más altas. Por mi parte él era la llave a todos los documentos oficiales, estadísticas y directrices que esperaba recoger para la institución Hoover de la Universidad de Stanford. Ésta era la tarea que me había encomendado explícitamente cierto profesor que supervisaba mi trabajo. Al darme gran parte de lo que le pedía, el secretario Ho era capaz de informar adecuadamente sobre mis actividades a los más altos mandatarios, mientras que yo podía obtener más y mejor información de la que podría haber conseguido si lo hubiera hecho por mi cuenta. De este modo los dos nos beneficiábamos.
Volvimos a coincidir en otra aventura cuando un día vino quejándose y diciendo: «La brigada de producción de Xingcha no tiene ni un solo camión para llevar los productos al mercado. Los camiones chinos están mal hechos y son difíciles de conseguir». Y después, mirándome pensativo, añadió: «Nos gustaría que compraras uno japonés en Hong Kong y nos lo dieras». Continuó diciendo que me adelantaría dinero en renminbi para el resto de mis gastos de investigación en China. De este modo, sugería él, podría utilizar el resto de mis fondos de investigación, guardados en dólares en una cuenta bancaria de Hong Kong, para comprar un camión allí y enviarlo por barco al país. Dado que en principio sería para mi uso personal, el impuesto estándar (un exagerado cien por cien del valor) no se aplicaría.
Me mostré de acuerdo con la proposición, aunque formalmente violaba tanto el intercambio externo como las leyes de importación de la República Popular de China. La verdad es que ninguna de las dos cosas me quitaba el sueño, una indiferencia que —lejos de otras prácticas privadas— no era producto del estado de confusión moral al que estaba habituado por esa época. La tasa de cambio en el mercado negro entre los
renminbi y el dólar americano, igual que entre los renmimbi y el dólar de Hong Kong,
era mucho más conocida y utilizada que la oficial. Sólo los turistas americanos inocentes que hacían visitas organizadas o profesores de escuela jubilados de Peoria o similar pensarían en ir al Banco Popular a cambiar dinero, regalando así la mitad del valor de su dinero al estado. E incluso pronto lo sabrían por sus mismos guías turísticos chinos, que deseaban sacar provecho económico del heishi o mercado negro. En cuanto a importar el camión para mi uso personal, es cierto que lo estuve usando durante algún tiempo antes de darle las llaves al secretario Ho, así que la ley se cumplió literalmente[7].
La noche del 7 de marzo de 1980, el secretario Ho se presentó con una directiva del partido —tachada como todas de secreta— que cambiaría radicalmente el rumbo de mi vida. «El Comité Central del partido comunista chino de la provincia de Guangdong ha adoptado una nueva política», dijo en un tono confidencial. Escudriñando con la vista pude leer algo acerca de «las medidas de control de la natalidad de la comuna de
Jun’an», como se llamaba la directiva, y vi que las autoridades de la provincia habían concluido que la población de esa zona estaba creciendo demasiado deprisa... y habían decidido poner un tope de un uno por ciento al crecimiento demográfico en 1980[8].
Las últimas palabras parecían saltar de la página: «un tope al crecimiento demográfico de un uno por ciento». Alcé la mirada hacia el secretario Ho con gesto interrogante: «Está muy claro qué te han ordenado hacer —dije—, pero, ¿cómo piensas hacerlo?».
«Es muy sencillo —dijo pacientemente, viendo que yo no tenía experiencia ante el enorme poder de persuasión de las dictaduras unipartidistas—. Hay unas ocho mil personas en mi brigada. A finales de año no puede haber más de ocho mil, y ochenta nacimientos. Lee el resto de la directiva. Esto es lo que nos han ordenado hacer las autoridades provinciales. No se permitirá que ninguna mujer tenga un segundo hijo a menos de cuatro años del primero, y se prohíbe estrictamente tener un tercer hijo. Por último, todas las mujeres que hayan tenido tres o más hijos antes del uno de noviembre serán esterilizadas». Ho permaneció impasible mientras recitaba las nuevas regulaciones, sin avergonzarse lo más mínimo. Por mi parte, lo que estaba a punto de ocurrir en el pueblo me estaba dando muy mala impresión.
«Lo que quiero decir —respondí yo—, es que ya es marzo. Casi todos los bebés que van a nacer en Xingcha en 1980 ya han sido concebidos...».
«Estamos poniendo en marcha un gaochao de control de la natalidad», me interrumpió. Un gaochao, o marea alta, era un tipo de tsunami político que, como su equivalente en el mar, surgía bruscamente y arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. «Iremos de casa en casa identificando a todas las mujeres que estén embarazadas de niños ilegales, y éstas tendrán que acudir a sesiones de estudio donde se les informará de que, por el bien de la comuna de Jun’an, tienen que abortar».
El gaochao comenzó a la mañana siguiente. Hacia el mediodía, el sapo y sus subordinados habían conseguido reunir a varias docenas de mujeres embarazadas, a quienes les insistieron en que debían poner fin a sus embarazos. Mientras algunas de ellas claudicaron tras uno o dos días de largas y pesadas sesiones de estudio, otras continuaron resistiéndose a sus zalamerías y amenazas. Al cuarto día por la mañana, las dieciocho que no habían cedido fueron arrestadas repentinamente y llevadas a un lugar secreto. Su crimen, según les contaron a los campesinos, fue que estaban embarazadas de niños ilegales.
Yo les seguí la pista y las encontré encerradas en una pequeña habitación en la sede central de la comuna. Las ventanas estaban cerradas y había un vigilante en la puerta, presumiblemente para impedir cualquier intento de fuga de este triste y terrible grupito. La idea me pareció ridícula, dado que todas estaban ya muy avanzadas y completamente abatidas y asustadas, y lo único que hacían era tenderse con desgana sobre unos pequeños bancos que eran el único lugar donde podían descansar. A medida que mis ojos se iban adaptando a la luz débil de aquel lugar —lo único que había era una bombilla desnuda de 25 vatios suspendida del techo por un cable—, pude ver sus caras apagadas y sus ojos dolidos, rojos por las lágrimas y la falta de sueño. Era como una escena sacada del purgatorio de Dante, donde el infierno estaba por llegar.
Un miembro de la comuna llamado Wei se presentó ante estas abatidas criaturas, azotándolas con su voz: «Estáis aquí porque aún tenéis que plantearos seriamente el control de la natalidad —le oí decir según entraba—, y continuaréis aquí hasta que lo hagáis».
La llegada inesperada del amigo extranjero de la comuna provocó que el camarada Wei hiciera una pausa, y cuando retomó su discurso lo hizo en un tono campechano y mencionando lo rica y poderosa que sería China si todo el mundo dejara de tener niños. Sin embargo, al cabo de unos minutos pareció concluir que mi presencia no era una amenaza, o quizá empezó a preocuparse de que, como amigo de China (que es como me habían descrito en un comunicado de Beijing), podría acusarle e informar de que no estaba llevando a cabo la nueva línea del partido con el rigor suficiente. Sea como fuere, cuando me senté allí en esa penumbra perpetua con mi grabadora encendida y mi cuaderno abierto, él volvió al ataque: «Ninguna de vosotras tiene elección en este asunto —dijo lenta y pausadamente—. Tenéis que daros cuenta de que vuestro embarazo afecta a todos los miembros de la comuna, y de hecho afecta incluso a todo el país». Después, calculando a ojo de cuánto tiempo estarían embarazadas, añadió: «las dos que estáis de ocho y nueve meses tendréis un aborto por cesárea; el resto de vosotras recibiréis una inyección que hará que abortéis».
Al oír estas palabras, varias de las mujeres se echaron a llorar y el camarada Wei, comprobando que sus palabras habían surtido el efecto deseado, permaneció sentado durante un rato. Otros oficiales se ocuparían pronto de estas mujeres, debilitándolas aún más con discursos que iban de las promesas a las amenazas. Pero fue el camarada Wei quien, hacia el final de este día tan cruel, dejó caer la bomba que haría que las embarazadas que estaban encarceladas allí abandonaran toda esperanza de resistencia. «No penséis —dijo lenta pero contundentemente— que vais a poder estar aquí sin más, comiendo del arroz del gobierno, hasta que deis a luz. No lo permitiremos. Si os pusierais de parto antes de darnos permiso para que abortéis, sencillamente os llevaremos sin más a la clínica para llevar a cabo el procedimiento. Volveréis a casa solas». Las mujeres recibieron esta sentencia de muerte con lloros y gritos ahogados, mientras la amenaza y su respuesta se grabaron a fuego en mi cabeza. Acepta un aborto o mataremos a tu bebé
en el parto, escribí atontadamente.
Me sentía muy indignado por el maltrato a estas mujeres jóvenes, pero fue una visita a la clínica médica de la comuna lo que me despertó al absoluto horror de la situación. Esta instalación de aspecto primitivo, con sus setenta camas, se había convertido precipitadamente en un abortorio a comienzos del gaochao, y ahora se usaba como campo de asesinato del gobierno. El médico responsable me dijo que casi todas las mujeres que había recluidas allí estaban sólo a una o dos semanas de llevar a término su embarazo, y me confirmó que sí, que primero estaban interrumpiendo los embarazos más avanzados. Era evidente que la promesa del camarada Wei de que ningún niño nacería vivo no era ninguna amenaza vacía.
Esta verdadera matanza de inocentes se hacía a modo de cadena de ensamblaje. En cuanto una mujer llegaba allí, le inyectaban un poderoso veneno en el útero. La mayoría
de los bebés morían dentro de las primeras veinticuatro horas de recibir esta inyección letal, y nacían muertos al día siguiente. Sin embargo, en embarazos más avanzados esta droga parecía ser menos efectiva y algunos bebés no morían según lo planeado o, si lo hacían, no había un parto después. En estos casos, los médicos abrían quirúrgicamente a la mujer y sacaban al bebé, ya muerto o muriéndose. Esto era a lo que se refería el camarada Wei cuando amenazaba a las mujeres con abortos por cesárea.
Mi visita a la clínica terminaba en la sala de operaciones, donde se llevaban a cabo todos estos abortos. Esta sala estaba hecha del mismo cemento gris que el resto del hospital, pero con enormes ventanas en las paredes. Había una mesa de operaciones bajita en el centro de la sala, que ya estaba ocupada cuando llegué. Una campesina bajita y robusta de veinte y pocos años estaba tumbada boca arriba, exponiendo su barriga abultada mientras una enfermera se la pintaba cuidadosamente con una solución antiséptica amarilla. De manera algo surrealista, una cara curiosa se asomaba de vez en cuando por las ventanas, pero cada vez que lo hacía la enfermera le espantaba con sus gritos. Después vino el médico, que hizo una serie de inyecciones rápidas en el abdomen de la mujer. Mientras esperaba a que la anestesia hiciera efecto me explicó que el día anterior habían puesto una inyección de veneno a la mujer y que, aunque se había comprobado que el feto había muerto, seguía sin haber contracciones uterinas. Ahora, según continuaba, ajeno a la mujer que yacía bajo sus gesticulaciones, se puso los guantes para sacar al feto, así y asá. Mientras tanto la mujer, con el cuerpo inmóvil, miraba fijamente al techo. Sólo sus manos, encallecidas por el trabajo y abriéndose y cerrándose con fuerza a los lados, daban una pista del estado de angustia en que se encontraba.
El médico hizo la primera incisión, y con el bisturí trazó una línea de sangre por toda la parte baja del abdomen. Me di la vuelta para irme pero me lo impidieron los lloros entrecortados de la mujer, así que me quedé y vi horrorizado cómo el médico sacaba un cuerpo diminuto y sin vida de aquel vientre seccionado. En la sala la luz parecía atenuarse, como si se hubiera transformado de repente en una antecámara del infierno.
Hasta este momento y con la estudiada crueldad de los hombres jóvenes —los principales beneficiados de la revolución sexual— había evitado por completo pensar acerca del tema del aborto. Ese desprecio estaba además sólidamente reforzado por una educación en Stanford, durante la cual me quedó perfectamente claro que el aborto era una cuestión femenina —de hecho, la cuestión femenina por excelencia—, y por tanto no era un tema sobre el que los hombres debieran reflexionar. La mayoría de las mujeres jóvenes que conocía creían que la anticoncepción, la esterilización, y sobre todo el aborto libre les habían liberado; un punto de vista que compartía en aquel momento y que ahora recuerdo avergonzado. Incluso cuando fallaba la anticoncepción, como solía pasar, esas chicas cándidas que acababan de perder la virginidad acudían inocentemente a las clínicas abortistas creyendo lo que les habían contado unas cuantas feministas estériles, esto es, que practicar un aborto era moralmente equivalente a cortarse las uñas de los pies y, por tanto, no más complicado físicamente que el hecho de que te sacaran una muela. Después estaba la cuestión de la población. Nos pidieron que leyéramos a Paul
Ehrlich y a Garrett Hardin, así que sabíamos —como puede saber un estudiante de segundo curso— que había demasiada gente en el mundo, que los recursos comunes estaban acabándose y que China en particular ya estaba peligrosamente superpoblada. En resumen, yo era un candidato a doctor de antropología por la Universidad de Stanford, un acólito académico en uno de los templos principales del humanismo secular americano. Durante mi estancia allí, a otros compañeros y a mí nos habían enseñado a corear determinadas consignas y a defender todas las causas de según qué sabios, oráculos y otros fraudes.
Sin embargo, ahora había presenciado un aborto real y con todo tipo de detalles truculentos. Aquel acto que había equiparado antes con una extracción de muelas se había vuelto un crimen capital que, además, no sólo dejaba una víctima muy muerta, sino también una madre gravemente herida. Me hice pro-vida en cuanto me di cuenta de nuestra humanidad común: un insignificante hijo de Adán y hermano mío, perfecto en todos los detalles de su anatomía, había sido asesinado por deseos del gobierno[9]. Se tratara o no de un caso de bomba poblacional, no podía evitar llorar su muerte. No podía evitar preguntarme dónde estaría enterrado su cuerpo y los cientos de cuerpos de los demás niños que compartieron su suerte. Descubrí que se estaba presionando duramente al enterrador local para que se mantuviera al paso de aquella corriente constante de cadáveres. Este hombre llegaba apresuradamente a la clínica todos los días antes del amanecer —le habían advertido de que llegara pronto para evitar que le vieran— empujando una pequeña carretilla. Abatido aún por la pena del día anterior, llenaba la carretilla de unos quince o veinte cuerpos y se dirigía hacia las colinas, perdiéndose en el horizonte. Allí, después de asegurarse de que ningún miembro de alguna familia le hubiera estado siguiendo, desolado, los enterraba a todos en una única tumba sin ningún tipo de señas. Pensé que quizás, en un futuro, los arqueólogos descubrirían esas fosas comunes y, horrorizados por esta cruel falta de respeto hacia la vida humana, se preguntarían qué tipo de deidad extraña y sanguinaria podría haber obligado al sacrificio de niños en una escala semejante. ¿Había algún modo de entender cómo el miedo a un fantasma de finales del siglo veinte llamado superpoblación podía empujar a una brutal dictadura china —uno de los Baales de nuestro tiempo— a enviar a la tumba a decenas de millones de sus propios ciudadanos indefensos? Yo creo que no.
La tragedia de los abortos por la que tuvieron que pasar las campesinas de Xingcha se vio además intensificada por un ritual silencioso que presencié durante el Qing Ming Jie, un festival sereno y alegre que tiene lugar a principios de abril. En este festival, en el que los chinos recuerdan a sus antepasados, tuve la oportunidad de visitar a una vecina que había pasado por uno de esos abortos por cesárea hacía un mes. La encontré cantando de pie frente a un manto alto en el que descansaban las lápidas ancestrales de la familia. Había ocho barras de incienso ardiendo en una urna llena de arena situada frente a las lápidas; una por cada uno de los antepasados, hombres y mujeres, de las cuatro generaciones anteriores. Sus cantos eran en realidad oraciones por el descanso de sus almas en el siguiente mundo, así como peticiones de paz y prosperidad para su familia y para ella. Pero, en vez de terminar este rito en el punto en el que yo esperaba que lo
hiciera, encendió un último palito de incienso. Observé perplejo cómo se agachaba para colocarlo en una copa diminuta, decorada con papel rojo, que había en una esquina de la habitación. Empezó a cantar de nuevo, pero esta vez no pude entender nada, porque interrumpía constantemente sus oraciones con lágrimas y sollozos. Una vez hubo recuperado la calma le pregunté acerca de esa última barra de incienso. Me explicó que había estado rezando por el no nacido, el niño que había perdido.
Al intentar asimilar lo que había visto —el asesinato de niños sanos y a término en el nacimiento; el envenenamiento de niños viables no nacidos en las últimas semanas de embarazo; los abortos realizados a las mujeres contra su voluntad en todas las etapas del embarazo; la anticoncepción y la esterilización forzada de mujeres cuya fecundidad había sido declarada un peligro para el estado— fui convenciéndome de que todo esto era una auténtica perversión. Por extraño que me parezca ahora —y por extraño que le parecerá al lector—, hubo una época en la que me resistía a concluir algo tan evidente, ya que mis facultades morales estaban atrofiadas como consecuencia de esa idea tan peligrosa de que lo bueno y lo malo eran meros constructos culturales. En el oscuro mundo intelectual en el que me movía no había distancias fijas ni puntos cardinales, sólo sombras grises más y menos oscuras que se perdían en un horizonte impreciso. El concepto de relativismo cultural arrojaba una luz demasiado tenue como para que pudiera siquiera atisbar el mal, pero fuera de esta penumbra los espectros fantasmales del pasado de China emergían abiertamente, como queriendo predecir los hechos que yo había presenciado allí.
Sin embargo, escuchar cómo algunos profesores de Stanford justificaban ese tipo de actos era algo completamente distinto. Sus penosos esfuerzos por explicar aquello que yo mismo había visto me hizo ver cómo esa visión relativista del mundo era perjudicial no sólo para la sensibilidad moral de cada uno sino también para el propio sentido común. En una ocasión, por ejemplo, cierto profesor dijo que «obligar a una mujer a abortar en el tercer trimestre no era peor que el hecho de que el gobierno de Reagan negara a las mujeres pobres la financiación pública para abortar», mostrando así una increíble y completa insensibilidad ante el sufrimiento de las mujeres chinas. Otros fallaron a la ética 101[10] argumentando que el noble fin —en su opinión— de controlar la población en China justificaba los medios, por muy infames y crueles que estos fueran, para reducir el número de bebés nacidos. Había incluso quienes rechazaban la idea de que el aborto forzado fuera una versión moderna de infanticidio que «en China ha estado castigada culturalmente durante mucho tiempo», como si esto avalara el asesinato de niños sanos y a término a manos del gobierno[11]. Sin embargo, lo que más me preocupaba era que esta ventisca de frías racionalizaciones en pro de una política innegablemente inhumana no tenía la más mínima compasión por los bebés chinos que estaban muriendo. ¿Qué tipo de gente era ésta? Para empezar era exactamente el tipo de personas cuya destreza intelectual siempre había admirado y cuyos puntos de vista había compartido sin reservas. Para mí resulta humillante que haya tenido que hacer falta un mal de proporciones verdaderamente herodianas y una evidente bancarrota moral de mis mentores para despertarme de mi sueño relativista. Pero sin la gracia de Dios,
manifestada en medio de la presencia sangrienta de cientos de inocentes —los niños chinos no nacidos—, seguramente yo también me habría perdido por caminos académicos.
El descubrimiento de que el Mal estaba suelto por el mundo —he de poner esta palabra en mayúsculas en este contexto— supuso para mí un verdadero golpe. Efectivamente era como si hubiera estado deambulando como un sonámbulo por un agradable sueño y hubiera abierto los ojos para encontrarme con que había estado revolcándome en la inmoralidad durante gran parte de mi vida adulta. Pero mis sentidos habían estado tan embotados por el relativismo que me había hecho completamente inmune a la mancha y al tufo que impregnaban no sólo mi propia vida sino la de la humanidad en general. Ahora, deshecho por el asesinato de millones de niños a órdenes del gobierno —porque las escenas que había presenciado estaban repitiéndose por toda China— el hedor en mi nariz era insoportable. Me preguntaba a mí mismo cómo podría Dios, si Él es Dios —es decir, si es infinitamente bueno, sabio y poderoso—, permitir tales iniquidades.
Mi dilema, por parafrasear a G. K. Chesterton, era el siguiente: si era cierto que un oficial del partido comunista podía experimentar algún tipo de felicidad al obligar a abortar a una mujer embarazada de un niño ilegal, entonces podría sacar dos conclusiones: o negar la existencia de Dios, como hacen todos los ateos, o negar la unión actual entre Dios y el hombre, como hacen todos los cristianos[12]. Los escépticos, empezando por Epicuro en la antigua Grecia, han discutido durante mucho tiempo acerca de si la existencia del mal demuestra la inexistencia de Dios. Los santos, entre ellos San Agustín de Hipona, han sostenido siempre que el mal es resultado del uso incorrecto del libre albedrío que nos dio Dios y que, aun así, incluso las malas acciones sirven a los propósitos de Dios de modos que escapan a nuestro entendimiento.
Al mismo tiempo reconozco que la idea de que el mundo entero estaba loco no dejaba de sorprenderme. En mis peores momentos durante la campaña del aborto me daba la sensación de no ser más que un desecho flotante en un mar infinito de azar y casualidad, arrastrado por olas que surgían de la nada y luego desaparecían sin dejar huella. No era capaz de vislumbrar una inteligencia dominante, ningún modelo más sublime de significado ni ningún propósito final en la vida, sólo un mundo de una brutalidad ciega y un vicio superficial inagotables. Así es como estaban las cosas. Tampoco me ayudaba nada estar anclado firmemente en el lado de los ateos y vivir incesablemente en el caos de sus creencias. Como ellos, yo comía, bebía, fornicaba y me preocupaba sólo de pasármelo bien. Todo ello hacía cada vez más difícil evitar convencerse de que el día de mañana todos estaríamos muertos, como los pobres simios desnudos y sin Dios que los ateos pensaban que éramos.
Y sin embargo, desde que era pequeño había sentido ya ese tirón de algo infinitamente más grande que yo mismo, algo que ahora me incitaba a seguir adelante y me invitaba a considerar si existiría algún bien que compensara el mal del que había sido testigo. Me imaginaba ese bien como un enorme contrapeso, una especie de amortiguador de miles de toneladas como los que los arquitectos cuelgan de los pisos más altos de los
rascacielos de cien pisos y que están diseñados para mantener estable el edificio, incluso ante los temblores de la tierra y los vientos huracanados. Al final me decidí a buscar el bien, creyendo —más por intuición que por ninguna otra cosa— que me llevaría a Dios a su debido tiempo, así que me marché del psiquiátrico del ateísmo y volví a coger la cuerda de oro. Esta vez comprendí por fin qué era lo que estaba en juego y lo agarré con mucha más fuerza todavía, decidido a seguirlo dondequiera que me llevara.
Al volver a Estados Unidos en 1983 me definía ya ante los demás como un agnóstico pro-vida. Con ello me refería a que, aunque estaba totalmente en contra del aborto, no tenía una creencia muy firme en un ser superior; de hecho, Él y yo aún no habíamos establecido un canal de comunicación regular. Mi vuelta coincidió con la publicación de mi libro sobre mi experiencia en China, al cual —con mis disculpas hacia Pearl Buck— titulé Broken Earth: The Rural Chinese. Se hicieron muchas reseñas de mi libro y se vendió bien, pero mis antiguos colegas de Stanford, que ya se sentían defraudados por las muestras gráficas de abortos forzados y el fracaso de las revoluciones maoístas, parecían estar cada vez más indignados. Al batallar con Stanford por mi doctorado —al final el presidente de la universidad se negó a darme el título alegando que no se fiaba de mí— surgieron varias cosas que me ayudarían en mi viaje a la fe.
Un día recibí la llamada de un sacerdote católico que se presentó a sí mismo como el padre Paul Marx. En ese momento no lo sabía, pero el padre Marx, un monje benedictino doctorado en sociología y con una gran pasión por los no nacidos, era con razón el mayor activista pro-vida de Estados Unidos. Con su voz suave y con una pizca de acento alemán fruto de su infancia en Minnesota, este sacerdote quería invitarme a hablar en su próxima conferencia pro-vida en Washington, D.C. Siento decir que la expresión pro-vida activó alarmas en mi cabeza. En Stanford me habían enseñado que los activistas pro-vida eran todos unos fanáticos que amaban los fetos y que a lo único que estaban dispuestos era a quemar clínicas abortistas, atacar a los que defendían el aborto y actos violentos de ese tipo. Estuve a punto de que tales calumnias, que pronto descubriría que eran falsas, me impidieran aceptar la invitación del padre Marx.
Lo que me hizo cambiar de opinión fue una visita al bastión del feminismo radical, la Organización Nacional de Mujeres (NOW). Al entrar por la puerta estaba convencido de que al oír que millones de sus hermanas en China estaban siendo esterilizadas y obligadas a abortar, recibirían la noticia con la gravedad y la determinación que se merecía. Me imaginaba que la organización emitiría comunicados de prensa condenando estas actividades, organizando manifestaciones de protesta y, probablemente, haciendo que el cielo estrellado de Beijing se iluminara con su furia infernal. Después de todo, en China se negaba a las mujeres lo que las líderes de este movimiento defendían como el derecho más sacrosanto de la mujer: el derecho a decidir.
Me reuní con dos de las líderes de más alto rango de la NOW con la intención de compartir con ellas los horrores de los que había sido testigo. El ambiente estuvo tenso desde el primer momento; mientras contaba todo, ninguna de las dos mostró ninguna simpatía por las mujeres de China, y ambas parecían mirar con desagrado las fotos de abortos forzosos que había traído como evidencia. No obstante me quedé perplejo al
escuchar su opinión en cuanto terminé de hablar. La más veterana de las dos dijo con una voz extraordinariamente fría que nunca olvidaré: «Personalmente, me opongo al aborto forzoso, pero China tiene un problema poblacional».
Y así fue. Me apartaron de su vista como harían más tarde en Stanford, rechazándome como un chivo expiatorio del antiguo Israel que en mi caso cargaba con los pecados de múltiples ejemplos de incorrección política. Había cuestionado el aborto, el control de la natalidad y la revolución maoísta, un trío de causas de izquierdas, y por ello fui expulsado a la selva académica y abandonado allí, aparentemente para pudrirme en la esperanza de que la desidia me obligara a buscar alguna otra profesión lejos de la universidad.
Decidí ir a Washington y hablar en la conferencia del padre Marx, se llamara o no pro-vida. Pensé que si el movimiento que decía estar a favor de la elección en realidad no estaba dispuesto a hacer honor a su nombre y defender la elección de las mujeres chinas a traer hijos al mundo, quizá el movimiento que se autodenominaba pro-vida sí lo haría. En la conferencia me sorprendió gratamente el encontrarme en compañía de cientos de personas verdaderamente importantes. Los pro-vida de carne y hueso —a diferencia de las caricaturas que hacían de ellos sus detractores pro-abortistas— demostraron ser personas amables y generosas que entregaban todo su tiempo y su dinero a la causa de los no nacidos, que salvo raras excepciones nunca serían capaces de agradecérselo, al menos en este mundo. Lo que me parecía fundamental era que rebosaban compasión por esa situación tan difícil por la que estaban pasando las madres chinas y sus bebés, y ofrecían su ayuda a ambos de distintas maneras. Esta gente tan agradable y equilibrada me pareció una de las mayores bendiciones de la vida, con una presencia tan brillante y tan vital que me hacía ver que había una vida mejor. Contrastaban con aquellas personalidades un tanto extrañas con las que me había encontrado en Stanford — engreídos, ensimismados, deseosos de honores y reconocimiento, y de gran inteligencia pese a su estrechez de miras—, que sólo proporcionaban un conocimiento borroso e incierto. Imagino que fue en ese momento cuando dejé de lamentar haber perdido el doctorado, porque fue entonces cuando entendí que estos títulos de educación avanzada no sólo no dan la sabiduría sino que además pueden incluso impedir ver verdades esenciales como la de lo sagrado de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. Darme cuenta de esto supuso para mí un paso más hacia mi conversión.
Fue en torno a esa época cuando tropecé con la obra de Santo Tomás de Aquino, que para mí fue como descubrir los manuscritos del mar Muerto. Igual que los rollos demostraban la veracidad de las Escrituras, la Summa de Santo Tomás de Aquino me enseñó el valor de razonar el camino personal hacia la fe, que es Dios. O, como escribiría más tarde Juan Pablo II en su encíclica de 1998 Fides et ratio, «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27, 8-9; 63, 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2)»[13].
Al rechazar a Dios, los humanistas seculares de Stanford habían cortado las dos alas a las que hacía referencia el Santo Padre. Esto se ve muy claramente en el caso de la fe, que ellos rechazaban y menospreciaban abiertamente tachándola de mito y superstición. Pero esa razón que ellos creían que les honraba no salía mucho mejor parada, porque le ponían tantas condiciones que hacían que resultara bastante improductiva. De mí se esperaba que creyera en una capacidad humana limitada para el conocimiento objetivo, en que era inútil buscar la verdad última, y en que la existencia de un Ser Supremo llevaba mucho tiempo negándose. Otros dogmas incluían la evolución materialista y el socialismo. Ante los grandes interrogantes que se planteaban en el departamento de antropología —¿quién es el hombre?, ¿quién es Dios?, ¿qué es el estado?— sólo nos quedaba pensar en clave menor. La mayoría de nuestras teorías eran esfuerzos intrascendentes por explicar fenómenos insignificantes en culturas en su mayoría moribundas. Pasábamos casi todo el tiempo grabando todo tipo de detalles exóticos de estas culturas, muchas de las cuales probablemente desaparecerían al cabo de pocas generaciones. Una profesión que ya no tenía salida, si es que alguna vez la había tenido.
Leer a Santo Tomás de Aquino me abrió los ojos, porque aquí estaba el fundamento filosófico que abarcaba no sólo toda la creación, sino incluso el mismo cielo, incluyendo pruebas de la existencia misma de Dios. Quizá se tratara sólo de mi propio esnobismo intelectual, pero me aliviaba muchísimo el hecho de no tener que hacer un salto de fe ciego como los que popularizó el monje apóstata Martín Lutero y su sola fide. Tenía mis dudas sobre si mis piernas temblorosas serían lo bastante fuertes como para llevarme a través del abismo que había entre Dios y yo. Por otra parte, si pudiera construir un puente al cielo con bases sólidas de razón, entonces quizá, y sólo quizá, tendría una oportunidad de conseguir llegar arriba del todo. Y fue Santo Tomás de Aquino y su bendita memoria quien me hizo contemplar esta posibilidad, enseñándome a través de los siglos que Dios habla al hombre a través de su razón y con la ayuda de su fe, y que por tanto uno podía leer, pensar y estudiar su propio camino hacia la Iglesia Católica. Y eso fue lo que hice.
En la economía de la gracia que contribuyó a ganar mi salvación, mi mujer, Vera, tuvo un papel fundamental y providencial. Llevando a su corazón la admonición de San Pablo de que la esposa que se santifica ha de santificar al que no lo hace, ella representaba todo lo que debe ser el amor: paciente y amable, desinteresado y entregado y —dado mi carácter— sufrido. Creo que ella intuía que hablarme de Dios en estos primeros años sería contraproducente, así que hizo algo mucho más eficaz: rezó por mí. Yo era insensible a estas oraciones y probablemente me habría opuesto a ellas si lo hubiera sabido, pero ella tuvo el acierto de no contármelo.
Más tarde, un día que estábamos caminando por una plaza enfrente de la antigua iglesia de la misión española en San Luis Obispo, California, las campanas del campanario empezaron a repicar de repente, llamando a todo el mundo a misa. Resultó que también estaban sonando para mí porque Vera, en ese tono suyo tan amable y cariñoso, sugirió que fuéramos juntos a la ceremonia. Creo recordar que acepté de buena gana ir a mi primera misa, pero mi actitud una vez dentro de la iglesia no se parecía nada
a la del típico feligrés. Me sentía más como un antropólogo presenciando un rito religioso ancestral que como alguien que estaba participando de los sagrados misterios del Dios vivo. Pero de improviso me encontré elevado por la Liturgia de la Palabra, mientras que la Liturgia Eucarística provocó en mí una inquietud que me sentiría incapaz de satisfacer de manera concreta durante varios años, en comunión con Cristo. La bendición final no se hizo esperar. Fue como si la canción que había cantado hacía mucho tiempo hubiera vuelto a mis labios, o como si de repente hubiera sido consciente de una profunda verdad que había conocido pero me había sido velada durante mucho tiempo. Comencé a acudir a misa regularmente, aunque no sería hasta varios años después cuando me uniría verdaderamente a la Iglesia.
Según iba aprendiendo más y más acerca de la fe católica descubrí que ninguna doctrina me conmovía tanto como la comunión de los santos. La idea de que, en nuestro peregrinaje, los caminantes debíamos tener ayuda de aquellos que se habían ido antes que nosotros, une nuestro mundo y el de más allá en una simetría maravillosa y positiva. En cuanto conocí esta verdad me pareció que se ajustaba perfectamente a mis propias circunstancias, donde la gran nube de testigos que San Pablo menciona en Hebreos (12, 2) llevaba en buena parte los rostros de los bebés chinos. Yo había hablado en nombre de estos millones de víctimas inocentes de la política inhumana de control de la natalidad del gobierno chino, tanto en libros como en artículos y entrevistas, tanto a tiempo como a destiempo. Sin escatimar en generosidad, esta multitud de intercesores celestiales había suplicado al Padre en mi nombre durante toda una década, o eso pensaba yo. Yo había intercedido por ellos de un modo humano y débil, pero ellos lo habían hecho por mí de un modo sobrenatural y poderoso, un acuerdo en el que yo salía especialmente beneficiado.
En 1988 ya estaba preparado para cruzar el Tíber, si es que esta expresión puede describir la vuelta a casa de un antiguo ateo y luterano a la Iglesia católica. Sin embargo, al tener que mudarme a Washington D.C. a mediados de año, mi entrada en la Iglesia se retrasó dos años más. Cada domingo en misa me apenaba ver cómo cientos de fieles, incluida Vera, recibían a Nuestro Señor en la comunión mientras yo permanecía anclado en el banco como si fuera un pecador impenitente. Y por supuesto que era un pecador, pero por aquella época era un pecador que había decidido arrepentirse.
En otoño de 1990, cuando nos reinstalamos en el sur de California, pude embarcarme por fin en el curso de nueve meses que me llevaría a entrar en la Iglesia. Nuestro pastor nos dijo a mí y a los otros catorce confirmandos de mi clase de Iniciación al Catecismo para Adultos que seríamos recibidos en la Iglesia en Semana Santa, siempre y cuando aprendiéramos lo esencial de la fe católica en los próximos meses. Sin embargo, unas cuantas clases con nuestro catequista, un voluntario laico, me convencieron de que esto no sería fácil por la sencilla razón de que la fe no se enseñaba. Era como si me hubiera matriculado en una asignatura de cálculo y hubiera descubierto que lo que enseñaba en realidad el profesor era numerología. Había cierto parecido superficial entre lo que nos enseñaba y la fe católica, pero ello escondía diferencias profundas y esenciales.
especialmente dos de ellas. Muy a principios del trimestre nuestro profesor se esmeró en dibujar un triángulo y un círculo en la pizarra. Mientras señalaba al triángulo, explicó que representaba la antigua noción de la Iglesia católica como un sistema rígido de jerarquías. En la cúspide estaba el Papa, seguido por debajo de cardenales, arzobispos, obispos, monseñores y sacerdotes y con nosotros, el laicado, ocupando el último peldaño. El profesor nos dijo con toda autoridad que el Concilio Vaticano II había arrojado esta visión de la Iglesia al cubo de la basura de la historia. Continuó diciendo que la visión postconciliar de la Iglesia considera que todos somos esencialmente iguales en nuestra práctica y nuestra comprensión de la fe, de modo que el círculo representaba mejor la imagen de la Iglesia que el triángulo. Sugirió además que no había ninguna diferencia fundamental entre los sacerdotes y el laicado, y que todos deberíamos dar prioridad a la conciencia.
Permanecí sentado casi en estado de shock. Mi catequista, elegido por mi sacerdote y aprobado por mi obispo, estaba rechazando una de las primeras enseñanzas que me habían llevado a la Iglesia Católica, la de que es una jerarquía eclesiástica instituida por Dios y guiada por el Espíritu Santo, que puede ser y de hecho es infalible en cuanto a las cuestiones morales de nuestro tiempo. Sin jerarquía no es posible tener un criterio firme que rechace determinadas lecturas de la Biblia, por muy equivocadas o idiosincráticas que éstas sean, siempre y cuando quien las haga sea un cristiano bautizado. Yo ya tenía mis sospechas al respecto y recordaba la noción de «sacerdocio de todos los creyentes» de la que hablaba ya Martín Lutero y que decía que todos los fieles tienen la autoridad divina de enseñar.
«No estoy uniéndome a la Iglesia para sentarme en círculo alrededor de una hoguera y cantar kumbaya, haciendo nuevos progresos en la fe y la moral cristianas al ritmo del Espíritu Santo», pensé para mí mismo. Se había acabado lo de maquillar mi propio código moral según pasaba el tiempo, condicionándolo a cada nueva situación de manera que yo siempre saliera beneficiado. Lo que yo quería era lo que nuestro catequista acababa de descartar como arcaico y pasado de moda: el magisterio. La jerarquía significaba autoridad, y la autoridad implicaba protección contra el error. Pero me callé por educación.
En otra ocasión se proyectó Shuah, una película de treinta y cinco minutos sobre la vida de Cristo. En ella Nuestro Señor era conocido con el apodo de «Shuah», un gracioso diminutivo derivado del arameo Yeshuah o Jesús. Un error muy destacado de la película era que representaba a Nuestro Señor no como la figura fuerte y dominante que era en realidad, sino como un personaje enclenque, cojo y que no pronunciaba bien. Yo gruñía para mis adentros al ver cómo el actor hacía sonidos sibilantes e iba tropezándose por el camino. ¿Cómo podría Jesús haber cautivado a multitudes de miles de personas, según recogen las Escrituras, si hubiera tenido una grave dificultad en el habla? ¿Cómo podría haber atravesado los caminos pedregosos del antiguo Israel, caminando durante tantas horas, si apenas podía cojear con su pie zambo? Esta vez no pude contenerme. En cuanto empezaron a salir los créditos en la pantalla me dirigí al catequista: «¿Por qué nos has enseñado esto?», le pregunté.
«Bueno —dijo, pausadamente—, porque queremos enfatizar la humanidad de Jesús». «Aquí nadie duda de la existencia de una figura histórica llamada Jesús —respondí, quizás con más picardía de la que quería—. Estamos aquí para descubrir si Él es Cristo, el Hijo del Dios vivo. Usted tiene que convencernos de su divinidad, no de su humanidad».
El colmo fue el libro de texto que usábamos para las clases, titulado sencillamente El
camino. A lo largo de todo este aburridísimo libro el autor arremetía duramente contra
asuntos de justicia social como la pobreza. Al haber estado en la República Popular de China no compartía su plena convicción de que los gobiernos, a diferencia de la fe, la caridad y las familias fuertes, podían solucionar fácilmente estos problemas. Al mismo tiempo, al referirse a cuestiones de moralidad personal parecía estar completamente fuera de su terreno. Al hablar de los diez mandamientos lo hacía de manera breve y poco convincente, y apenas mencionaba los graves problemas actuales en torno a la cultura de la vida, como era el caso del aborto, la anticoncepción, la esterilización, el divorcio, la eutanasia o la homosexualidad.
Llamé al padre Marx y le dije: «Padre, en las clases de catequesis estamos usando un libro que parece más apropiado para un trabajador social que para un converso católico. Necesito saber qué creen en realidad los católicos o de lo contrario no podré seguir adelante con esto». En el fondo tenía la vaga idea de estar jugándomela con la iglesia fundamentalista de un par de millas más arriba. Aunque el pastor no era depositario de toda la verdad, entendí que se oponía al aborto y al divorcio y predicaba sin miedo los diez mandamientos, no esa papilla que me estaban obligando a tragarme.
«No te precipites —me respondió el padre Marx—, te enviaré un catecismo de verdad».
Este auténtico catecismo llegó al mismo día siguiente y resultó no ser más que el tradicional Catecismo católico del padre John Hardon[14]. Aunque no lo sabría hasta más tarde, el padre Marx me había enviado lo que podría decirse, en aquel momento en que aún no existía el Catecismo de la Iglesia Católica, la mejor compilación contemporánea de las enseñanzas de la fe católica. Lo abrí inmediatamente y ahí mismo, al dorso, el padre Marx había escrito que rezaría por mí. Lo leí de principio a fin en los dos días siguientes. Junto con los evangelios, es el libro que más impacto ha tenido en mi vida, porque de él he aprendido mucho no sólo sobre la fe que profeso, sino también sobre el comportamiento que ésta implica. Recuerdo que al leerlo pensé que no todos los católicos habían perdido la cabeza.
Por supuesto, en el trato personal era más caritativo. No corregía lo que decía nuestro catequista, incluso cuando cometía algún error. Tampoco citaba nada del Catecismo
católico del padre Hardon, aunque lo llevaba conmigo y tenía que suprimir mi impulso
de sacarlo y decir: «Y ahora mira aquí…». En vez de eso me limitaba a hacer preguntas —muchas preguntas— acerca de la fe. También ampliaba algunas de las respuestas del catequista cuando éstas eran superficiales o, como solía pasar, equivocadas. Estaba aprendiendo que había mucho más espacio dentro de la Iglesia Católica del que parecía desde fuera, y que en algunas diócesis se permitía que el error conviviera con la verdad.