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‎José Celestino Mutis , oráculo del Nuevo Reino de Granada‎

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EL TEXTO

: el autor

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E LA EDICIÓN DIGITAL

:

Fundación Ignacio Larramendi

Fecha de la edición digital: 2017 Lugar: Madrid (España)

DOI:

http://dx.doi.org/10.18558/FIL144

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MIGUEL ÁNGEL PUIG-SAMPER Instituto de Historia, CSIC

LOS PRIMEROS AÑOS DE JOSÉ CELESTINO MUTIS

José Celestino Bruno Mutis y Bosio nació en la ciudad de Cádiz el 6 de abril de 1732, en una casa de la Cuesta de Guar-diamarinas; era hijo de Julián Mutis de Almeida (1700-1775), un librero ilustrado de ascendencia italiana que tenía su nego-cio en la calle del Hondillo, y que llegó a ser perseguido por la Inquisición por ven-der libros prohibidos, y Gregoria Juana Bosio y Morales (1706-1774), gaditana, hija del también librero Damián Bosio, cuyo apellido también puede tener origen italiano.

Como ya indicamos José Antonio Amaya y yo mismo hace unos años, los padres de Mutis lo matricularon en el co-legio jesuita de San Francisco. Hay que recordar que algunos de los mejores coco-legios de la España de entonces pertenecían a los jesuitas, quienes regentaban en Madrid el Semi-nario de Nobles de San Isidro. Los profesores de la Compañía de Jesús enseñaban el griego y el latín para estimular el vigor y la flexibilidad intelectual de sus discípulos, y avivaban el gusto por la historia mediante la lectura de los clásicos de la antigüedad y ejemplos sacados de la vida de los miembros más destacados de la orden. El programa docente jesuita incluía también la geografía, con miras a desarrollar un pensamiento universal, y el cultivo de la lengua materna; tras concentrar la atención en las humani-dades durante los primeros cinco años de estudio, más tarde se trasladaba a las matemá-ticas y a la física, que formaban parte del programa de los dos últimos años. Finalmente, los estudiantes ingresaban al mundo científico con clases que se desarrollaban en torno a experiencias de laboratorio, en química, y con fenómenos eléctricos, por lo general.

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La promoción social de los Mutis Bosio era reciente y sus medios económicos limi-tados, así como sus perspectivas. Para los hijos, las vías de ascenso social fueron las clásicas del comercio, la instalación en las colonias y el sacerdocio. Antonio, el primo-génito, se estableció en Buenos Aires; Ventura, en Nueva España; y Manuel, en Nueva Granada, en 1760, desde los 15 años, al cuidado de José Celestino. Por otra parte, Fran-cisco José se ordenó jesuita y Julián Isaac, sacerdote secular. En estas condiciones, José Celestino fue el único en realizar estudios universitarios y el primero de la familia en ejercer una profesión liberal.

Mutis comenzó a estudiar medicina por voluntad paterna, siendo puesto bajo la tute-la de Pedro Virgili, director del Colegio de Cirugía de Cádiz, centro abierto a los estu-diantes en febrero de 1749. Según los Archivos de la Facultad de Medicina de Cádiz, Mutis ingresó como colegial en noviembre de 1749. El nuevo establecimiento buscaba elevar el nivel de la medicina y la cirugía españolas. Tanto su director como la mayoría de los profesores habían sido formados en Francia. El colegio se hallaba en la encruci-jada de las nuevas corrientes de la medicina antiescolástica y se caracterizaba por su apertura hacia corrientes renovadoras. Virgili consiguió enviar a los colegiales más bri-llantes a formarse en Francia, Holanda e Italia. El ambiente gaditano fue uno de los más ilustrados de su época, una era marcada por el reinado de Fernando VI, digno antecesor del más conocido Carlos III. El Colegio de Cirugía de San Fernando se fundó por Real Orden de 11 de noviembre de 1748 bajo la protección del marqués de la Ensenada; en 1751, abrió sus puertas el Colegio de Artillería y, en 1753, Jorge Juan fundó un obser-vatorio astronómico, dependiente de la Compañía de Guardias Marinas, para que los oficiales aprendiesen y dominasen la Astronomía, necesaria para la navegación. Por último, y conforme a las ordenanzas promulgadas por Fernando VI en 1752 sobre la creación de una sociedad de ciencias, Jorge Juan también fundó, en 1755, la Asamblea Amistosa y Literaria, cuyos miembros intercambiaban información sobre los nuevos inventos y sus aplicaciones, lo que se percibió como el inicio de una academia española de ciencias, que realmente no llegó a crearse hasta 1834. En aquella Asamblea ilustrada estaban representadas las matemáticas, la medicina, la cirugía, la historia, las antigüeda-des, las lenguas orientales y las bellas letras, en un momento en el que florecían un Ga-binete de Historia Natural, en Madrid, dirigido por Antonio de Ulloa y la Academia Médica Matritense, que jugaba un importante papel en la fundación del Jardín Botánico en Madrid, con José Hortega como principal protagonista.

En 1749 se creó un jardín en el Colegio de Cirugía de Cádiz, que en sentido estricto no era un jardín botánico, sino uno de plantas medicinales, dispuestas en el terreno se-gún el modelo de las clases seculares: pectorales, vulnerarias, purgativas, entre otras, similar por otra parte al primero que se formó poco después en Madrid en el soto de

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Migas Calientes. Por otra parte, la biblioteca del Colegio de Cirugía adquirió en 1752 las obras más importantes de Linneo, de modo que el joven Mutis tuvo a su alcance los

Fundamenta botanica, la Philosophia botanica, el Systema naturae y la Fauna Suecica.

La biblioteca también contenía autores modernos en diferentes ramas de las ciencias, la medicina y la cirugía, en donde Mutis pasó horas de estudio, conforme lo ordenaba el reglamento del colegio. El interés de Pedro Virgili por la botánica se revela en el reci-bimiento que reservó a Pehr Löfling, naturalista sueco discípulo de Linneo, introductor de sus teorías en España, quien había sido contratado por Fernando VI para investigar los recursos de la península y sus colonias colindantes con Portugal, y quien camino de Venezuela hizo escala en Cádiz y en el puerto de Santa María entre 1753 y 1754. Tras conocer el colegio y su jardín, el visitante le escribió a Linneo:

Don Pedro Virgili […] es hombre de luces y de un talento sobresaliente, muy amante de las ciencias y de los que las cultivan […]. Goza de una grande autoridad y es digno de los mayores elogios por su desinterés. Es lástima que no sea botánico […].

En 1755 Mutis inició sus prácticas en el Hospital de la Marina; es el año en el que Francisco Ruiz había asumido la cátedra de Botánica y el Colegio había abandonado la enseñanza tradicional de las plantas, es decir, la materia médica sin taxonomía. Francis-co Ruiz se había formado, en París, en Botánica e Historia Natural bajo la dirección de Antoine de Jussieu. Joseph de Béjar, becario en Leiden y Bolonia, sucedió a Francisco Ruiz y enseñó hasta 1770. Aunque la Botánica no se definió como disciplina indepen-diente de la materia médica hasta 1774, las teorías de Linneo eran propuestas a los estu-diantes por Domingo Castillejo, admirador de Tournefort, sucesor de Béjar y amigo de Mutis.

José Celestino Mutis reconoció a sus maestros y condiscípulos en los géneros

Vergi-lia, Ruizia, Bejaria y Castilleja. Mutis se encontró con la modernidad ilustrada en el

Colegio de Cirugía, donde recibió una formación profesional europea, a pesar de que tuvo que retirarse por enfermedad, el 24 de febrero de 1752 –«repetidas indisposiciones le imposibilitaban continuamente»–, sin llegar a alcanzar el nombramiento de cirujano de la Armada.

En 1750, Mutis se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla, siendo todavía becario del Colegio de Cirugía, centro este último habilitado para confe-rir diplomas de Cirugía y Filosofía sólo hasta 1758. Además de Medicina, en la Facul-tad de Medicina estudió Artes, Filosofía y, sin duda, Teología; también participó en la vida literaria de la ciudad y se interesó por la historia y la política. El viaje de Mutis a Sevilla parece haber obedecido a los proyectos de su mentor Pedro Virgili, quien desea-ba que su alumno se hiciera médico de la Facultad y cirujano del Colegio para obtener

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la completa formación de médico-cirujano, quizá el título más avanzado en las ciencias sanitarias de ese momento. Respecto al ambiente científico-médico de Sevilla, hay que apuntar que, tras una época gloriosa, entre 1738 y 1764, la Regia Sociedad de Medicina y Ciencias de Sevilla vivió un periodo de decadencia –de inacción lo calificará Mutis ante Carlos III en 1763–, al verse privada de ayuda financiera gubernamental, llegando casi a disolverse. Tan sólo en 1766 logró crear un jardín botánico que todavía en 1780 arrastraba una vida lánguida.

Después de tres años de estudios, Mutis regresó a su casa de Cádiz con su diploma de bachiller en Medicina. Conforme al plan de Virgili, debía examinarse ante el Real Protomedicato de Madrid, Consejo encargado de expedir licencia a los nuevos médicos. Para ello era necesario realizar al menos dos años de práctica al lado de un médico ya consagrado. Con este motivo inició sus prácticas a principios de 1755, más de año y medio después de su regreso de Sevilla, en el Hospital de la Marina, al lado de Pedro Fernández de Castilla, quien en un documento (1757) sobre la reválida de José Celes-tino Mutis, juró ante notario, en Sevilla, que Mutis había practicado con él por más de dos años.

JOSÉ CELESTINO MUTIS EN MADRID

En 1757, marchó a Madrid. Abandona su ciudad natal para dirigirse a la capital, asistir a los grandes y ganar notoriedad nacional. El 5 de julio obtuvo su grado de médico-cirujano del Protomedicato, en una ceremonia presidida por los importantes médicos José Amar, Gaspar Casal, Andrés Piquer y José Suñol. Al respecto Mutis comentará:

Deseando aquel héroe [Virgili], restaurador de la cirugía en España, dar un pú-blico testimonio de la ventajosa enseñanza de su […] colegio de Cádiz, me eligió con otros dos, graduados todos anteriormente en nuestras respectivas universida-des, para presentarnos al Real Protomedicato en concurrencia de […] cuatro conco-legas enviados por el reino a Holanda y Bolonia. El éxito feliz de tan empeñada empresa, de que salimos todos siete aprobados en ambas facultades de medicina y cirugía, sin ejemplar en aquel tribunal desde su erección, con universal aplauso de examinadores y protomédicos, sirvió de grande admiración, por el rigor de los exámenes […]. A consecuencia de actos tan aplaudidos ordenó aquel respetable tribunal se le dieran las gracias al director Virgili, autor original del pensamiento de reunir por primera vez ambas facultades en aquellos siete individuos, primicias de su colegio.

A partir de 1758, Mutis fue recibido en el Palacio Real, el mismo año en que a Pedro Virgili se le requiere en Madrid para asistir a la reina María Bárbara de Braganza en la enfermedad que ocasionará su muerte, el 27 de agosto de 1758. El 13 de abril, Virgili

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consejo encargado de expedir licencia a los nuevos barberos. Por Real Orden del 28 de mayo de 1758, confirmada por Real Cédula del 29 de junio, el Colegio de Virgili reci-bió autorización para otorgar el diploma de bachiller en Filosofía y el título de cirujano, cumpliéndose así el sueño del marqués de la Ensenada de ver elevados al rango univer-sitario los estudios de Medicina y Cirugía en el Colegio gaditano.

El 9 de octubre de 1757, Mutis fue nombrado médico sustituto de la única cátedra de Anatomía de Madrid, en el Hospital General, con una asignación de 50 ducados, en compañía de Francisco Padrós, con 150; Juan Gómez, con 100; y de Francisco Martínez del Sobral. El titular continuaba siendo Bernardo López de Araujo, sucesor de Martín Martínez, mencionado en la Encyclopédie de Diderot. Gómez y Martínez del Sobral habían sido condiscípulos de Mutis en Cádiz. El Hospital General, adscrito al Ministerio de Gracia y Justicia, dependía del Ejército desde la Real Orden del 24 de diciembre de 1748. En estas condiciones, Mutis se hallaba bien establecido en la Corte, alternaba con los médicos del rey, Andrés Piquer y José Suñol, y esperaba llegar a ser médico del mo-narca. Puede decirse que la formación médico-quirúrgica de Mutis, si bien se realizó en instituciones dependientes de la Marina, al comienzo de su vida profesional se vinculó a un centro hospitalario dependiente del Ejército. El Ejército y la Marina fueron las insti-tuciones a través de las cuales se difundió la ciencia moderna en España, como ya indi-caron en su momento José Luis Peset y Antonio Lafuente.

Cuando Mutis se estableció en la Corte, hacía dos años que había abierto allí sus puertas el Real Jardín Botánico de Migas Calientes, centro al que se anexó una cátedra de botánica en 1757. Sempere y Guarinos, en su Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III (Madrid, 1785-1789), discutió la exis-tencia de esta cátedra señalando que por aquel entonces el jardín era «más bien objeto de curiosidad que de enseñanza». Sea como fuere, la creación del jardín no supuso la adopción de la sistemática linneana.

El Jardín Botánico de Migas Calientes, como indicamos Pinar y Puig-Samper en nuestro estudio sobre este primer jardín botánico madrileño, creado para la enseñanza de la botánica tanto en su vertiente teórica como práctica, fue fundado en 1755 en la huerta del mismo nombre, situada frente al Soto de Migas Calientes, a la derecha del camino de El Pardo. Aunque su emplazamiento se encuentra más o menos precisado, lo cierto es que el jardín existía ya desde el siglo XVI, como heredad de un noble persona-je, y que pasó a manos del boticario de cámara Luis Riqueur en mayo de 1713, bajo las funciones de huerto frutal y cultivo de plantas medicinales, quien lo cedió al rey el 8 de junio de 1724, época a la que pertenecen los dos planos conocidos del jardín. Para su establecimiento, en 1747 se ordenó arrancar todas las plantas medicinales y trasladarlas al jardín de la Priora, dando así comienzo a las obras sobre el antiguo trazado. Se

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cons-truyó un nuevo invernáculo en 1766; se arrancaron más de 800 árboles, formándose 12 cuadros grandes y cuatro parterres; se cercó de cañas y estacas de pino todo el jardín y se cerraron los parterres con llave. Hileras de boj se plantaron a las márgenes de las ca-lles y se sustituyeron muchas de las plantas precedentes por aquéllas que Quer llevó de su jardín y las que se encontraban cerca de los Afligidos. La siembra del jardín, en la que intervino Quer con las plantas traídas de sus excursiones por la Península, se dio por terminada en 1778. En el índice impreso en 1772 aparecen unas 650 especies, más de la mitad españolas, cuyo número fue en aumento conforme a los catálogos manuscri-tos de 1775, 1776, 1777 y 1778, oscilando siempre entre las 1.200 y 1.500 especies. La situación del Jardín Botánico de Migas Calientes podría haber sido la siguiente. Visto desde Madrid quedaría emplazado a la derecha del camino de El Pardo, teniendo clara la localización del Soto y Prado de Migas Calientes a su izquierda, colindantes con la Huerta del Marqués de Guerra, futuro Palacio de la Moncloa. Zona que probablemente corresponda a la que, en el Dibujo del camino desde el puente de Segovia hasta la

pri-mera encina del Monte de El Pardo, de Francisco Pérez Cano (1743), aparece como

«Jardín del Boticario», frente a la esquina del Soto y con salida directa al río según el mismo plano.

Hacia 1755, el herbario contaba con cerca de 2.000 pliegos clasificados según Tour-nefort y, aunque hoy por hoy no se conoce el catálogo de la biblioteca original, puede asegurarse que para 1781 su colección ascendía a unos 250 volúmenes, cifra entonces considerable, y que sobrepasaba pocos años después los 1.000 ejemplares al incorporar-se a ella los 849 títulos sobre materia médica, historia natural y botánica que Quer tenía en propiedad. Con una imagen un tanto desprestigiada, se le ha achacado a Quer el des-conocimiento de las corrientes botánicas de su tiempo, idea que parece contraria al he-cho constatado de que poseía 166 volúmenes únicamente de botánica, entre los que se contaban no sólo la mayoría de los autores antiguos, sino también los clásicos en su época como son Ray, Morison, Magnol, por supuesto Tournefort y 12 de las obras de Linneo: Bibliotheca botanica (1736), Hortus Cliffortianus (1737), Flora Lapponica (1737), Classes palntarum (1738), Oratio de necessitate peregrinationum (1743), Flora

Suecica (1745), Flora Zeylanica (1747), Hortus Upsaliensis (1748), Materia medica

(1749), Amoenitates academicae ( 1751 ).

La opinión de Mutis sobre el Jardín Botánico de Migas Calientes y el Real Gabinete de Historia Natural –que calificó ante Carlos III, en 1763, de «sombras de jardín y gabi-nete»–, la Academia Medica Matritensis, la Sociedad Médica de Nuestra Señora de la Esperanza de Madrid y la Regia Sociedad de Medicina y Ciencias de Sevilla –cuya inacción condenaba– traduce el espíritu crítico del profesional gaditano, orgulloso de la dinámica científica de su patria chica. Mutis se declaraba copernicano y defendía a

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Newton, enseñaba la anatomía, practicaba la disección y hacía pública su preferencia por las teorías de Linneo, proponiendo crear en la Corte una Academia de Ciencias y un diario para «inundar a Madrid con las Luces del Norte».

Los estudios botánicos de Mutis continuaron con Miguel Barnades, médico y natu-ralista catalán, con quien mantuvo una relación que se prolongó durante los tres años de su permanencia en la Corte, durante los cuales «procuraba pulir mis conocimientos bo-tánicos en compañía del célebre doctor Barnades», Llama la atención su contacto con alguien que se hallaba hasta cierto punto al margen de la botánica oficial, en razón de su preferencia por el sistema linneano, mal visto en Migas Calientes hasta su llegada.

El sucesor de Quer, Miguel Barnades, publicó en 1767 Principios de Botánica, obra de la que había proyectado un segundo volumen destinado a exponer «todo lo que con-cierne al método de conocer clara, y distintamente las plantas, y nombrarlas con propie-dad: propondré el Systema de su distribución en clases, ó familias, y ordenes, que creo el más fácil, y adaptado al común de los principiantes». Desgraciadamente este texto se quedó en el tintero, dejándonos sin saber cuáles fueron sus preferencias reales. Queda clara la fabulosa labor que realizó Linneo entre los reformadores de la botánica, princi-palmente en materia nomenclatural, pero las reformas no pararon allí, otros muchos habían contribuido a «mejorar la ordenación de las plantas, dejando la artificial o Sys-tematica, y tanteando la más conforme á la Naturaleza, que también trazó Linneo en los que intituló Fragmentos del método natural», destacando, por ser los más recientes y dignos del mayor aprecio, Michel Adanson (1727-1806) y el botánico y médico alemán Oeder (1728-1791). Al primero y a su obra, Familles des plantes (1763), dirigió Barna-des su reconocimiento: «La ingenuidad sobre los defectos que reconoce este autor hasta en su proprio plan metodico, la exactitud con que cumple lo que promete, y la claridad en sus expresiones, pueden servir de modelo á los mas clásicos escritores de Botánica y la execución de sus consejos podría encaminar esta ciencia á un grado de certeza de que dista mucho por ahora». Por todo ello, quizá habría que matizar la catalogación de Bar-nades como estricto linneano, ya que claramente se mostraba favorable a la adopción de un método natural del que pudieran inferirse las cualidades medicinales de las plantas, razón de ser de la botánica.

EL NUEVO DESTINO DE MUTIS EN EL NUEVO REINO DE GRANADA

Por aquellos días, Ricardo Wall, ex embajador en Inglaterra y secretario de Estado des-de 1754, «des-destinó [a Mutis] para que pasara a Londres [a que se perfeccionara en medi-cina] bajo la real protección», Pero el advenimiento de Carlos III al trono de España cambió las cosas. La situación de Pedro Virgili se tornó incierta, como la de los médicos

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y cirujanos del difunto Fernando VI, ya que Carlos III no quería desprenderse de sus médicos franceses. En estas circunstancias, «sin pretensión» de Mutis, Virgili lo «pro-puso y eligió» como médico y cirujano de Pedro Messía de la Cerda, de su familia y comitiva, cargo que Mutis desempeñará durante una década. Teniente general de la Ma-rina, Messía de la Cerda fue nombrado virrey de la Nueva Granada el 13 de marzo de 1760. El 12 de junio de 1760, Pedro Virgili era jubilado, medida provisional, puesto que el 19 de septiembre Wall lo requería para que fundara el Colegio de Cirugía de Barcelo-na. Para esta fecha, hacía doce días que Mutis navegaba en el navío de guerra La Casti-lla rumbo a Cartagena de Indias, a «impulsos de una rara resolución».

Poco antes de la salida desde Cádiz, Mutis intercambiaba cartas con el científico francés Michel Adanson, al que había solicitado unos termómetros para hacer experi-mentos en su nuevo destino americano, una circunstancia que le permitió mantener una cierta correspondencia con el botánico galo al que años después solicitaba contactos con la Academia de Ciencias francesa. Asimismo, conoció por aquellos días al sabio sueco Clas Alströmer, uno de los principales discípulos de Linneo, que en esos días viajaba a España con varias intenciones, desde la recogida de información científica hasta la bús-queda de corresponsales y de los posibles materiales botánicos recolectados por Pehr Löfling en sus viajes por España y Venezuela, en el curso de los cuales había perdido la vida. En una carta fechada en Sevilla el 6 de septiembre de 1760, Alströmer comunica-ba a Linneo que había conocido a José Celestino Mutis, botánico que viajacomunica-ba a América en calidad de médico y que se declaraba profundo admirador de Linneo. Además reve-laba al maestro que Mutis viajaba llevando consigo las principales obras del sabio sue-co, como el Genera plantarum, el Species plantarum o los Fundamenta, obras a las que el propio Alströmer habría añadido otras, como la Philosophia botánica o el Iter

hispa-nicum de Löfling, procedentes de la biblioteca de otro eminente botánico de paso por

Cádiz, Fredick Logié, quien además se encargaría de llevar a Upsala una colección de semillas y plantas colectadas por Mutis en su viaje de Madrid a Cádiz en 1760. El final de la carta de Alströmer a Linneo revela el inicio de la correspondencia del científico gaditano con el fundador de la botánica moderna:

Nada animaría más a este señor Mutis que un recordatorio con algún consejo es-crito de puño y letra por el señor Arquiatra. A cambio, él informaría al señor Ar-quiatra de sus investigaciones y le haría llegar algunas colecciones.

Como sabemos, Linneo no tardó mucho en contactar con Mutis, ya que en febrero de 1761 le escribía la primera carta ofreciéndole ser su corresponsal, animándole a la exploración del territorio neogranadino, prometiéndole el honor de ser nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Upsala y de consagrarle el nombre de una

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planta, además de darle algunas noticias literarias como la edición de la Fauna Suecica o las futuras ediciones de Species plantarum o Systema Naturae.

Esta época de primera relación entre Mutis y Linneo fue de ilusión y desesperación, la primera por la posibilidad de dar a conocer a la comunidad científica europea los des-cubrimientos hechos al otro lado del mundo y la segunda por la pérdida continua de cartas. Tras una primera queja por este motivo en 1763, Linneo recibió al año siguiente una interesante carta de Mutis con una muestra de una quina americana, la famosa

Cin-chona, cuya primera descripción algo confusa debía Linneo a la información de

Char-les-Marie La Condamine unos años antes, en el curso de la expedición de la Academia francesa a Quito para medir el arco del meridiano, empresa en la que también habían participado los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Asimismo, hay constancia de envíos de insectos a Linneo por parte de Mutis, quien años atrás decía que le había re-mitido también una memoria sobre las hormigas americanas, lo que demuestra la ampli-tud de intereses del médico naturalista. Otras comunicaciones botánicas darían lugar a la publicación de la obra de Linneo Mantisa altera, de 1771, de cinco géneros y siete es-pecies, cuyas descripciones fueron enviadas por Mutis al sabio sueco, además de los envíos de dos importantes colecciones en 1773 y 1777.

El 29 de octubre llegaba José Celestino Mutis al puerto de Cartagena de Indias y po-cos días después, ya oficialmente como médico del virrey con un sueldo de 700 pesos anuales, iniciaba su marcha hacia Santafé de Bogotá, pasando por Barranquilla y nave-gando por el río Magdalena, visitando las ciudades de Mompox y Honda, antes de llegar el 24 de febrero de 1761 a la capital del Nuevo Reino de Granada, en un viaje en el que Mutis fue descubriendo la maravillosa variabilidad biológica, especialmente botánica, del nuevo territorio que le acogía para el resto de su vida. Los primeros momentos en la capital parece que no fueron fáciles para el sabio gaditano, ya que, además de sufrir el cambio de tiempo, tuvo que dedicarse en cuerpo y alma a su profesión de médico, no solo dedicado al virrey sino a gran parte de la población que requería sus servicios y le obligaba a ir de casa en casa, lo que le desviaba de su afición por el mundo de la natura-leza. Así en los primeros momentos de su estancia en Santafé de Bogotá a finales de febrero de 1761 escribía en su diario:

Aunque la naturaleza del país me prometió desde luego abundante materia para mis ejercicios botánicos, la novedad del nuevo médico, junto a la escasez de facul-tativos, cortó el vuelo de mis ideas. De día en día me vi empeñado en la asistencia de muchos enfermos (cuyas observaciones reservo aparte), y los más del mayor cuidado. Unos cuidados de tan grande importancia, con el trabajo material de pasar de casa en casa me quitaron todo aquel ocio que pide un estudio serio. (…) Hasta el 27 de mayo no hice otros progresos en la botánica que el reconocimiento de

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algu-nas plantas en los intervalos de mis fatigas, y las informaciones de los terrenos ve-cinos, para disponer a su tiempo mis salidas.

La desesperación de Mutis por no poder dedicarse a sus tareas predilectas en botáni-ca e historia natural eran patentes todavía en septiembre del mismo año, fecha en la que se quejaba en su diario:

Es imponderable la multitud de obstáculos que continuamente ocurren a inte-rrumpir mis tareas literarias en asuntos en historia natural. Apenas me queda tiem-po para ocuparme en estas materias, ni sirviéndome de tiem-poco desconsuelo la justa confianza con que sospecho frustrados mis proyectos. Pensaba yo desde España que a estas horas me hallaría caminando hacia Loja, con el fin de investigar la Qui-na. Dióme motivo a esta fundada conjetura la seguridad con que me prometió el Virrey que a pocos días de nuestra llegada me destinaría a esta empresa. El silencio que ha guardado S. Ex. conmigo sobre este punto y la necesidad que ha manifesta-do de mi persona, para la conservación de su salud, a Don Félix de Sala, me con-firman la desconfianza con que miro cerradas todas las puertas a la pretensión que pudiera yo entablar solicitando algunas salidas.

Persuadido justamente de esta imposibilidad e impedido de salir al campo de Santa Fe en busca de hierbas por las muchas aguas, me he determinado trabajar so-bre la Ornitología para disponer algunas noticias que remitir a Europa.

LOS INTENTOS DE MUTIS PARA CREAR UNA EXPEDICIÓN CIENTÍFICA Y SUS REPRESENTACIONES A LA CORTE

El primer intento de convencer al virrey de la conveniencia de investigar la historia na-tural del Nuevo Reino de Granada parece que llegó de Carl von Linné (nombre que adoptó Linneo tras su ennoblecimiento) por intermedio de Mutis. José Antonio Amaya nos recuerda el texto perdido de esta carta fechada en 1761:

Si su nobilísimo virrey se mostrara favorable a las cosas nuevas, erigiríamos en su honor una estatua más perdurable que todo su mandato.

El virrey no solo no se mostró favorable, sino que escribió a la corte solicitando el envío de expertos holandeses para este cometido y especialmente para examinar la ca-nela americana que se encontraba en el Nuevo Reino. Mutis, ante esta nueva situación en su relación con el virrey, intentó el apoyo del marqués de la Ensenada, quien le re-comendó dirigirse directamente al rey. En estos días se produjo también un aconteci-miento especial en la vida intelectual de Santafé de Bogotá, como fue la inauguración de la cátedra de matemáticas por el sabio Mutis, tal como él mismo relata en carta a un amigo:

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El día 13 de marzo de 62 fue el día destinado para este acto, al que concurrió públicamente el Virrey, con todas las personas de distinción de la ciudad, comuni-dades y colegios. El teatro fue el más lucido que hasta entonces hubo en Santa Fe. De los lucimientos del orador no puedo hablar y solamente le diré que, no debiendo agraviar a los sabios de aquella ciudad que ponderaban desmedidamente el mérito de la oración, deberé atribuir a fortuna todos los elogios que me hicieron.

La biografía de Mutis publicada en Annals of Botany en 1805 por un supuesto Pedro d’Oribe y Vargas, en realidad Pedro Fermín de Vargas (San Gil, Santander, Colombia, 1762 – ¿Nueva York, 1813?), doctor en Derecho por el Colegio Mayor de Nuestra Se-ñora del Rosario de Santafé, donde estudió entre 1776 y 1782, da noticias sobre esta cátedra y los conflictos que ocasionó:

A su arribo a Santafé de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, Mutis descubrió que el estado de la ciencia era allí aún más deplorable de lo que había supuesto. El fanatismo y los prejuicios de todo tipo se enseñoreaban, y los recintos universitarios se hallaban degradados por un grupo de clérigos torpes e ignorantes, de modo que el conocimiento y la luz se encontraban en pésimas condiciones para brillar. En estas circunstancias, es evidente que el nuevo hogar de Mutis era un de-sierto o poco menos para una inteligencia tan dinámica como la suya. Pese a todo, y gracias a la vivacidad de su espíritu, concibió un plan que, de tener éxito, trocaría su estancia en sumamente fructífera: se propuso despertar entre los estudiantes uni-versitarios el gusto por el conocimiento útil, introduciendo ciencias hasta ese mo-mento desconocidas en aquellas regiones, para formar de esta manera una genera-ción afín con su pensamiento. Consciente de que la matemática es el fundamento de la mayoría de las otras ramas del conocimiento humano, solicitó del Virrey au-torización para impartir una serie de lecciones de esta disciplina, que le fue gusto-samente otorgada. De este modo, inició sus clases en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario ante un nutrido público. Sin que se sepa exactamente el porqué, bien fuera por la novedad del tema, por la manera interesante y perspicaz como lo desarrolló, o en razón de la mente abierta de sus oyentes, quienes en modo alguno eran recalcitrantes a las Luces, quizá por una combinación de todos estos factores, el hecho fue que pronto las matemáticas se convirtieron en el objeto de estudio fa-vorito de la juventud americana, y Mutis en sujeto universalmente admirado, con-trario a lo que les sucedió a los viejos profesores, en particular a los clérigos en su conjunto, verdadera peste de España. Temerosos de que las Luces dejaran al des-cubierto su ignorancia, y aprehensivos de que el brillo de Mutis significara el ocaso definitivo de sus privilegios e influencia, se levantaron con peculiar furia contra la nueva doctrina y su profesor. Para desacreditarlo ante el sector más religioso de la comunidad, llegaron a insinuar que la ciencia matemática era un arte mágico, adi-vinatorio y diabólico, injustificado ante la ley y prohibido por la religión; que era imposible para el hombre medir la distancia de objetos remotos desde una posición particular, tal como la que media entre la Luna y el Sol tomada desde la Tierra, y que la predicción de eclipses y de otros fenómenos de la naturaleza sólo podían ser resultado de un pacto secreto con el demonio.

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Estas y otras calumnias de similar talante tuvieron efectos limitados, en la medi-da en que indujeron a varias personas piadosas, que no querían convertirse en pa-dres de hechiceros, a prohibir a sus hijos asistir a estas profanas lecciones; además expusieron a Mutis a las garras de la Inquisición. En estas condiciones, el daño que sufrió Mutis del primer ataque fue de naturaleza inmaterial, mientras que en el caso del segundo se encontraba protegido por el inquebrantable apoyo del Virrey. Así, a pesar de las maquinaciones de sus enemigos, Mutis logró un fuerte respaldo del sector menos parcializado de la comunidad, que logró silenciar a sus oponentes. Su triunfo fue completo, a partir del momento en que la Corona española sancionó las cátedras de filosofía, matemáticas e historia natural.

En la misma carta de mayo de 1763 ya se refería Mutis a que iba a iniciar una serie de peticiones a través de memoriales al rey con el apoyo del virrey, entre 1763 y 1764, en un momento en el que tocaba a su fin la Guerra de los Siete Años y había que mirar a la Naturaleza y el comercio. La expedición que Mutis proponía trataba de recoger mate-riales de historia natural para que en Madrid se crease un gabinete de historia natural y un jardín botánico en los que pudieran investigarse los tres reinos de la naturaleza y mostrar la riqueza del imperio a los súbditos, una exhibición de poder en el campo de la ciencia del que ya se mostraban orgullosos los ingleses o los franceses. Además, la bús-queda de elementos naturales para el comercio estaba fuertemente ligada a este proyec-to, que en la cabeza de Mutis ya indagaba sobre el té de Bogotá, la canela americana o las preciadas quinas. En cuanto al equipo solicitado, solo encontramos a cuatro agrega-dos, dos para el trabajo científico y dos para la pintura y dibujos, un objetivo este último que se priorizará veinte años después por la obsesión de Mutis en la representación bo-tánica al comprobar la dificultad de aplicar el método linneano en los trópicos, algo que le unía intelectualmente con su amigo Michel Adanson. En el segundo de los memoria-les explicaba además la amplitud de conocimientos que podrían generarse en una expe-dición del tipo planteado:

A cada paso se me iría proporcionando la oportunidad de ejecutar muchas im-portantes observaciones que podrían merecer algún lugar en la relación histórica de mi viaje bajo sus correspondientes títulos de medicina, física, geografía, astrono-mía y algunos otros ramos de las ciencias matemáticas. Un segundo catálogo de las observaciones meteorológicas y de las elevaciones del suelo por donde transita un viajero, de que resultan no pocas luces y conocimientos a las ciencias, no deberían faltar en una historia natural. Parece indubitable que mi dilatada peregrinación por tan remotos países, donde no han penetrado hasta ahora los hombres sabios, me fa-cilitaría frecuentísimas ocasiones de hacer muchos descubrimientos y observacio-nes dignas de ser comunicadas...

Mutis había conseguido subsistir con muy diversos recursos, pero una empresa de tal envergadura, sólo era realizable con el apoyo político y económico de la corona:

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Mis fuerzas, que son las de un particular que se sostiene por una profesión, que por lo mismo lo aparta y distrae del objeto de su proyectada expedición, solamente han alcanzado a los crecidos costos con que me he formado una grande colección de instrumentos y libros, esforzándome a gratificar moderadamente a todas aque-llas personas de que debía valerme en mis viajes para recoger y descubrir las pro-ducciones pertenecientes a mi historia. Me hallo ya no sólo exhausto, sino también empeñado y, por lo mismo, imposibilitado a continuar por estos medios, pues de-ben ser mayores los sufragios para tan grande empresa. Por lo que ahora nueva-mente imploro los de Vuestra Majestad, para continuarla.

No vamos a insistir aquí en el poco éxito momentáneo de su intento; ni en los espec-taculares logros posteriores, que llevaron a una de las aventuras científicas más impor-tante del período ilustrado español y americano. Tan sólo queremos señalar cómo, re-cién llegado a América Mutis como médico del virrey español, advirtió de la necesidad de que la corona se interesara en sacar adelante una política de mejora de la ciencia y la técnica españolas. Para ello se insertaba en una amplia corriente de escritores que, diri-giéndose al monarca, quieren educarle para convencerle de la necesidad de promover la ilustración en el terreno científico. Como ya indiqué en otro estudio con José Luis Peset, si los arbitristas barrocos habían dado en primer lugar consejos sociales, políticos y económicos, ahora en los ilustrados la solución científica y técnica pasa a lugar destaca-do. Personajes como Feijoo, Ensenada, Campomanes, Floridablanca o Jovellanos se dirigieron con frecuencia al monarca para convencerle de la. importancia de la promo-ción de la riqueza y de la poblapromo-ción a través de la ciencia y la técnica. Pinturas tales como la de Jean Ranc, que muestra a Carlos III niño aprendiendo botánica, son buena muestra del nuevo empeño. Hemos descubierto además la posibilidad de que José Ce-lestino Mutis entrara en la herencia de otro estilo literario, también muy frecuente en España y también encaminado a la persuasión de los monarcas, nos referimos a la utili-zación de emblemas como elemento suasorio de voluntades reales y principescas. Ini-ciado este género en el tratado de Alciato, es sin duda la obra Empresas políticas: ó idea de un príncipe político christiano representada en cien empresas, de Diego de Saavedra Faxardo, la que mejor representaba este estilo entre nosotros. Como uno más de los ar-bitristas barrocos, sus ideas se movían más bien en la edificación de una corona cristia-na distante de los consejos de Maquiavelo y que apoyaba sus reformas en novedades políticas y económicas. Si bien la ciencia tenía algún papel en sus escritos, es evidente que estaba escribiendo más un político que un científico cuando comentaba esas curio-sas imágenes y ecurio-sas crípticas leyendas que de tantas ediciones gozaron. A sus lectores dejaba claro que sus medidas se dirigían –entre otros destinos– al control de la naturale-za, a la que teme sin el control humano. «A algunos pareció que la naturaleza –escribe en su empresa LXXXIV «Plura consillo quam vi»– no había sido madre sino madrastra del hombre y que se había mostrado más liberal con los demás animales a los quales

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había dado más cierto instinto y conocimiento de su defensa y conservación. Pero estos no consideraron sus excelencias, su arbitrio y poder sobre las cosas …» Es evidente que el hombre, como dominador de la naturaleza, puede mejorarla y emplearla en su servi-cio; puede por sí buscar los medios de defensa, «y así aunque nació desnudo y sin ar-mas, las forja a su modo para la defensa y ofensa. La tierra (como se ve en esta Empre-sa) le da para labrarlas el hierro y el acero; el agua las bate; el ayre enciende el fuego; y éste las templa, obedientes los elementos a su disposición. Con un frágil leño oprime la soberbia del mar, y en el lino recoge los vientos que le sirvan de alas para transferirse de unas partes a otras. En el bronce encierra la actividad del fuego con que lanza rayos no menos horribles y fulminantes que los de Júpiter. Muchas cosas imposibles a la natura-leza facilita el ingenio; y pues éste con el poder de la naturanatura-leza templa los arneses y aguza los hierros de las lanzas, válgase más el Príncipe de la industria que de la fuerza; más del consejo que del brazo; más de la pluma que de la espada; porque intentarlo todo con el poder es loca empresa de gigantes, emulando montes sobre montes».

Es evidente que estas palabras pudieron impresionar a Mutis y a cuantos españoles veían otras vías –políticas, económicas o científicas– distintas a las violentas guerras imperiales que sangraban los campos de la metrópoli. Sin duda la del político barroco fue obra muy conocida y que el botánico gaditano no pudo ignorar. Por ello el hallazgo en los archivos del Real Jardín Botánico de Madrid, entre los papeles de Mutis, de 21 dibujos a lápiz con retoques, con figuras que muestran una clara literatura de emblemas, nos hizo pensar en que Mutis pudiera recurrir también a esta forma de vencer la resis-tencia regia. No se puede confirmar autoría; pues no están firmados, e incluso por des-gracia faltan las leyendas que hubieran ayudado de alguna manera a aclarar el significa-do de los dibujos. Sólo podemos afirmar que se conservaban entre los papeles del sabio naturalista y que la filigrana del papel empleado coincide con la de alguna de sus misi-vas o informes redactados y fechados en 1761-62. No parece mala fecha, pues confir-maría esa voluntad del sabio de llegar al monarca y sin duda iban a reforzar sus peticio-nes de ayuda para un mejor conocimiento y explotación de las riquezas naturales. Que-remos insistir en la importancia de las peticiones mutisianas y en la brillantez del len-guaje simbólico con que quiere ofrecerlas a la corona. Sean de su mano o de colabora-dores, parece evidente que pretendían ir acompañando la angustiosa petición que le vi-mos presentar ante la corona, de momento lejana e insensible a sus necesidades.

No hay mucha novedad en los emblemas mutisianos, pues era una literatura ya muy canonizada y en Saavedra ya eran muy frecuentes los símbolos tomados de la naturale-za, como era de esperar en una sociedad de carácter eminentemente agrícola y rural co-mo la española. Quizá aparece algún paisaje urbano interesante en los dibujos hallados, o se insiste más en los marítimos, pero en general son escenas rurales las que más

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abun-dan. Lo que sí es evidente –sin que la ciencia aparezca más representada– es que la na-turaleza tiene un papel mucho mayor en los dibujos ilustrados. Quizá el más rico en simbolismo, o el más cercano a los intereses que por esos años primeros de la década de los sesenta podemos suponer en Mutis, es el dibujo en el que un príncipe –de la más alta estirpe, pues lleva a su cuello el Toisón de Oro– reposa y se ensueña en un árbol –que se puede poner en paralelo con esa espada protegida por una rama de árbol, la justicia y la naturaleza– y que muestra muy bien los principales términos del mensaje. La corona española ya no deberá apoyarse sobre la guerra, sino sobre la naturaleza. Esta protege con sus leyes –que son divinas en último término– y con sus recursos al imperio español que de su conocimiento tan sólo puede obtener beneficios. Con estos dibujos el mensaje a la corona quedaba claro y se esperaba que lo que el texto escrito pedía –una decidida política de conocimiento, explotación y control de las riquezas americanas– pudiera el símbolo conseguirlo.

LA INVERSIÓN DE MUTIS EN LA MINERÍA NEOGRANADINA

Ante el silencio de la corona a los memoriales de José Celestino Mutis, este inició un curioso movimiento hacia la minería con el apoyo del virrey, especialmente hacia la explotación de las minas de plata, que según él estaban mal beneficiadas con los méto-dos tradicionales. El 29 de julio de 1765 Mutis suscribía el acta de constitución de una empresa para la explotación de la mina de san Antonio, en La Montuosa, en la provincia de Pamplona. Los socios en esta empresa eran Pedro Ugarte, un rico comerciante, José Antonio Quevedo, el propietario de la mina, Pedro Escobedo, caballero de la Orden de San Juan, Jaime Navarro y Manuel Romero, siendo los tres últimos miembros de la co-mitiva del virrey que había llegado a la corte neogranadina en 1760.

Pedro Fermín de Vargas comentaba en su biografía las desdichas de Mutis en su aventura minera:

Mutis siempre abrigó la idea –quizá erróneamente– de que las minas de oro y plata –en particular estas últimas– eran la principal fuente de riqueza, y sus conte-nidos, el principal producto de México y Perú. En el virreinato de Santafé, el oro se encuentra de modo casi exclusivo en la arena de los ríos, o bien en las partes bajas de los valles, conducido allí por las inundaciones que arrastraron el metal desde las laderas de las montañas. El beneficio de los granos dispersos de este metal no re-quería más virtud que la de la paciencia, ejercida de manera natural por los nativos. Con la plata el caso es distinto. Su manejo requiere ingenio, trabajo y considerables sumas de dinero, al encontrarse mineralizada con otras sustancias, a lo largo de ve-tas regulares, en las entrañas de las cordilleras. Mutis anhelaba convertir la plata en un nuevo producto de la riqueza nacional; concentró su atención en las minas de La

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tras encontrar en muchos relatos de la primera conquista de la Nueva Granada refe-rencias a las riquezas incomparables de algunas minas de plata que se malograron por negligencia o por falta de habilidad en su explotación. Durante varios años se entregó a esta empresa con incomparable paciencia y considerable inversión pecu-niaria. Sin embargo, el proyecto fracasó, dejándole por única ventaja los amplios conocimientos que adquirió sobre los productos de historia natural que encontró en aquellos distritos, y sobre los múltiples fenómenos geológicos que, de haber sido alguna vez publicados, hubieran arrojado gran luz sobre la formación de las cordi-lleras y los cambios graduales que sufrieron a lo largo del tiempo. Allí descubrió su

Psychotria emetica, de la cual envió descripción a Linneo.

Como es natural, las grandes pérdidas que nuestro naturalista sufrió en el labo-reo de las minas de La Montuosa lo convirtieron en objeto de atención generaliza-da, excepto para gentes de espíritu estrecho, incapaces de simpatizar con un hom-bre de buena voluntad trabajando bajo el doble peso de una fortuna arruinada y ex-pectativas frustradas. El Virrey, su amigo y protector, le ofreció un cargo guberna-mental o el despacho de un juez, para ayudarle a resarcir sus pérdidas. Sin embar-go, Mutis declinó la oferta, a pesar de su idoneidad para ejercer cualquiera de estos ministerios, en razón de que los consideraba incompatibles con sus inclinaciones.

Posteriormente, Mutis decidió tomar los hábitos y tras una estancia de algunos meses en la capital determinó, una vez más, probar fortuna en otras minas de plata, las denominadas de El Sapo, en la falda de la cadena montañosa ubicada al occi-dente de la gobernación de Mariquita, cerca de la ciudad de Ibagué. Como residen-cia ordinaria eligió un lugar verdaderamente romántico.

Su morada se asentaba sobre una pendiente que domina el maravilloso panorama de aquel extenso valle, a través del cual fluye el río Luisa en su tortuoso curso. Los bosques de palmas y todo el escenario rural del valle inferior brindan un espectácu-lo placentero y majestuoso, rodeado por una cadena de colinas que se elevan pro-gresivamente unas por encima de las otras hasta perderse entre las nubes. En aquel recóndito lugar nuestro filósofo disfrutó de las bondades de un aire puro y saluda-ble, cuya temperatura oscila entre la que impera en la cumbre de las montañas y la que predomina en el fondo del valle. Allí dividía su tiempo entre la administración de las minas y la investigación de varias ramas de la ciencia, haciendo interesantes observaciones en historia natural y sobre la economía de las hormigas, aunque la botánica constituyó el objeto peculiar de sus incansables indagaciones, lo cual no le impedía estar pendiente de las necesidades de los otros. Asistió con sus cuidados médicos a aquellos que vivían en las inmediaciones; congregábanse allí incluso personas que venían desde muy lejos para consultarlo. Sus prescripciones alcanza-ron tal éxito que palcanza-ronto se le consideró como la deidad tutelar de aquel distrito. Sus elevadas expectativas sobre las minas de El Sapo se frustraron, de la misma forma que aquellas que había acariciado respecto de las de La Montuosa, tras lo cual Mutis abandonó para siempre este proyecto. Es probable que en todo este asunto existiera una motivación adicional que, a modo de especulación, consistía en que Mutis deseaba amasar una fortuna que le asegurara independencia a su re-greso a Europa. Sin embargo, esta motivación había desaparecido. El excelente

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clima del país que habitaba, el gran aprecio del que gozaba entre sus habitantes y la reputación que adquirió entre ellos por sus virtudes y talentos, lo convencieron de establecerse por el resto de sus días en el reino de Santafé, en su plácida mansión de El Sapo, retirada de la capital y del bullicio del mundo.

La decepción por el fracaso minero desesperó a Mutis de tal manera que llegó a ex-presar en una carta que Linneo había sido su único asidero para no abandonar su pro-yecto naturalista:

Puedo decir que el inmortal Linneo (…) fue el instrumento de conservar yo tal afición, pues estuve a pique de renunciar a ella y regalar mis manuscritos a la Aca-demia de Estocolmo, luego que me vi burlado en el ministerio español, cuando re-presenté desde el año de 63 todas las ideas magníficas de jardín y gabinete, de que sólo me queda el gusto de haber sido el precursor.

Todavía en los años setenta Mutis enviaba a su discípulo Clemente Ruiz a Suecia para aprender minería y contactar directamente con Carl von Linné, al que entregó al-gunos de los tesoros vegetales que enviaba Mutis. La respuesta del sabio sueco fue de asombro y reconocimiento hacia José Celestino Mutis:

… una riqueza tal de plantas raras, aves, que me dejaron completamente pasma-do. Te felicito por tu nombre inmortal, que ningún tiempo futuro podrá borrar. En los últimos ocho días he examinado, al derecho y al revés, de día y de noche, estas cosas, y he saltado de alegría cuantas veces aparecían nuevas plantas, nunca vistas por mí.

Plantas. N.º 21. La llamaré Mutisia. Jamás he visto una planta más rara, su yerba es de clemátide, su flor de singenesia. ¿Quién había oído hablar de una flor com-puesta con tallo trepador, zarcilloso, pinado, en este orden natural? …

UN NUEVO OBJETIVO: LAS QUINAS DEL NUEVO REINO DE GRANADA

La primera noticia científica sobre el árbol de la quina llegada a Europa se debe al fran-cés Charles-Marie de la Condamine, miembro de la misión geodésica que en 1735 par-tió hacia el Perú con el objetivo básico de determinar el valor de un grado de meridiano terrestre en las cercanías de la línea equinoccial. A pesar de que hasta la publicación de «Sur l'arbre du quinquina» en las Mémoires de l' Académie de Sciences, en 1738, no hubo una descripción científica de esta especie con propiedades febrífugas, sus aplica-ciones terapéuticas fueron conocidas mucho antes por los europeos. También hay que recordar que el botánico de la expedición, Joseph Jussieu, realizó la descripción más exacta de las quinas de Loja en 1739, pero desgraciadamente su memoria permaneció inédita hasta 1936, tal como han indicado Lafuente y Estrella. El propio La Condamine examinó la historia de este árbol y sus propiedades en su Memoria, en la que recogió

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tanto algunas tradiciones locales como las noticias históricas que daban la explicación de su uso:

El uso de la Quina era conocido de los Americanos antes de serlo de los Españo-les, y según una carta manuscrita de Antonio Bolo, Mercader Genovés que había comerciado en estas regiones, citada por Dn. Sebastián Bado, los Naturales de aquel pais tuvieron por mucho tiempo oculto este específico a los Españoles. Lo que es muy creible en vista de la antipatía que aún conservan a sus Conquistadores. Asimismo, La Condamine indicaba que, según una antigua tradición, los americanos debieron su hallazgo al uso que de él hacían los «leones» para curarse una especie de fiebre intermitente utilizando la corteza del árbol. En cuanto a su primer uso por la con-desa de Chinchón –por el que más tarde Linneo designó al género como Cinchona– y su generalización, señalaba:

[…] la eficacia de este remedio no adquirió celebridad alguna, sino con el motivo de haber sanado con él a la Condesa de Chinchón, Virreina de Lima que padecía una terciana pertinaz de muchos meses […]. En 1638, un año antes que el Conde de Chinchón concluyera su Virreinato […] fue cuando este remedio, casi el único a quien con razón se le puede dar el nombre de específico, salió de su obscuridad.

Estas noticias sobre los orígenes del uso de la quina aparecieron reflejadas también, aunque con pequeñas variaciones, en los posteriores escritos quinológicos y señalada-mente en la Quinología, de Hipólito Ruiz, miembro destacado de la expedición botánica al virreinato del Perú, quien la publicó en 1792. Parece ser que, informado el corregidor de Loja de los padecimientos de la condesa, envió cortezas de quina al virrey, Jerónimo Fernández de Cabrera, para que probase su eficacia, lo que al parecer dio un óptimo resultado y originó que la propia condesa comenzase a repartir el específico para la cu-ración de los vecinos de Lima, por lo que el remedio comenzó a ser conocido como los «polvos de la condesa». Poco después la administración de la quina pasó a manos de los jesuitas, por lo que se conoció también como «polvos de los jesuitas», quienes lo lleva-ron a Roma y, más tarde, a Francia. En España fue el propio médico de los condes de Chinchón, el Dr. Juan de la Vega, quien la introdujo hacia 1640, iniciando su comercio en Sevilla. La Condamine indica cómo la falta de producción ordenada en Loja y el aniquilamiento de sus árboles dio origen a que se mezclara la corteza auténtica con otras sin valor terapéutico y esta circunstancia motivó que hacia 1690 la quina hubiera caído en el descrédito más absoluto en Europa.

LAS NOTICIAS DE SANTISTEVAN SOBRE LAS QUINAS Y SU POSIBLE ESTANCO

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dad de Loxa y demás territorios donde se cría, fechada en Santa Fe el 4 de junio de

1753 y firmada por Miguel de Santistevan, individuo que más tarde suministró al sabio Mutis las noticias y el material necesario para que Linneo describiera el género

Cincho-na. Esta Relación fue la respuesta al nombramiento como comisionado del teniente

co-ronel Miguel de Santistevan en 1752, un año después de que el marqués de la Ensenada se dirigiera a los virreyes del Perú, Santa Fe y Nueva España solicitando su dictamen sobre el estanco de la quina, ya que en el ánimo real estaba el cuidar de la salud de sus vasallos, beneficiar a los cosecheros de la quina y aumentar el erario. Hay que recordar que el propio La Condamine ya propuso este estanco cuando en su Descripción…, tras detallar las adulteraciones de la quina, sugirió: «No sería objeto indigno de la atención de S.M. Católica establecer unos sabios reglamentos para asegurar la buena fe de un comercio único y tan útil a la conservación del género humano»,

La Relación iba dirigida al marqués de Villar, virrey del Nuevo Reino de Granada, y en ella nos da las claves del renovado interés real por las quinas:

Excmo. Señor:

Habiendo V. Ex. tenido por conveniente al Real servicio, que yo pasase de esta Capital a la Ciudad de Loja, a establecer en ella el sucesivo envío de la Corteza de· Quina que manda S.M. hacer todos los años desde Cartagena a España; tuvo a bien encargarme entre otras cosas, que al tiempo de transitar por la Provincia de Quito, me informase de los Sitios y parajes en que se cría este admirable específico, y que notando las distancias a los respectivos Puertos de la Costa del mar del Sur: La ca-lidad de los caminos; los costos que podía tener por arrobas, los de su transporte por tierra, y agua hasta Portobelo; los derechos que paga al Rey y, finalmente, que considerando los perjuicios que podrían seguirse al Comercio particular de la Ciu-dad de Loja, al del Reyno del Perú, y al general de nuestra nación, dijese mi sentir sobre si convendría o no estancarla de cuenta de S.M.

El comisionado real señaló en su informe que, además de encontrarse la quina en las montañas de Cajamuna, seguramente se hallaría a lo largo de la cordillera andina, ya que hasta el momento él la había localizado en el Corregimiento de Piura, en Jaén, Rio-bamba, en la provincia de Chimbo, en la de Alausi, en las cercanías de Cuenca, en el camino de Quito a Santa Fe, en Popayán, etc. Respecto a su explotación y comercializa-ción, indicaba que en Loja estaba en manos de cinco o seis vecinos, que raramente la enviaban a Piura o Panamá, y casi siempre la intercambiaban por plata y productos de Castilla. En cuanto a su opinión sobre el estanco de la quina, Santistevan se mostró fir-me partidario por considerarlo conveniente a la salud pública, al interés real y al vecin-dario de Loja y su provincia. Proponía que al estancarse la quina se nombrase un Factor con dos Oficiales, que se encargarían de mantener la pureza de los envíos. Asimismo, asegura que al venderse por una sola mano en España se evitarían las adulteraciones y

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fraudes, lo que revalorizaría su precio y el crédito de sus virtudes curativas. En lo que se refiere al beneficio para los vecinos de Loja, opinaba que pagando a los vecinos un pre-cio de un real la libra tendrían asegurado un prepre-cio justo en plata. También tendría el estanco la ventaja de evitar el comercio de los extranjeros a través de Portobelo, donde parece ser que la vendían a precios muy bajos, lo que según el comisionado iba contra los intereses de S.M., quien a fin de cuentas era el propietario de los montes de donde se extraía el específico.

El cálculo económico que aparecía en la Relación es el siguiente: poner 75.000 li-bras en Portobelo costaría 17.912 pesos y 6 reales, que vendida en Cádiz a 4 pesos/libra, daría un beneficio anual para la Real Hacienda de unos 280.000 pesos, lo cual hacía recomendable el estanco. Por otro lado, para evitar el comercio particular, Santistevan recomendaba que se prohibiesen los cortes de árboles de quina fuera del territorio de Loja, en tanto que no se autorizara por la Corte, una vez que se hubieran demostrado las virtudes de las nuevas quinas. Asimismo, proponía que el tráfico se realizase exclusi-vamente por el puerto de Payta, desde el que se enviaría a Panamá y Portobelo, en los que se atendería su comercio por oficiales reales. Como ha indicado M. Luisa de An-drés, la situación no cambió con el informe de Santistevan y hubo que esperar a que por reales órdenes (de 28 de octubre de 1767 y 18 de junio de 1768) el presidente de la Au-diencia de Quito comisionase a Pedro Javier Valdivieso como Juez Privativo de Montes, encargado de prohibir los cortes y de los envíos de quina desde la Casa de S.M. en Ma-lacatos, Loxa, a la Real Botica, siguiendo la ruta de Guayaquil-Cartagena o la del Callao (única desde 1776), desde donde se enviaba a Cádiz.

EL DESCUBRIMIENTO DE LAS QUINAS DE SANTA FE

Uno de los sucesos que más preocupaciones dio al sabio Mutis y que vino a complicar aún más el asunto del comercio de las quinas, fue el descubrimiento de árboles de esta especie en las cercanías de Santa Fe. Lo cierto es que Miguel de Santistevan ya había indicado que había encontrado auténticas quinas en el camino de Quito a Santa Fe y parece ser que fue el que puso a José Celestino Mutis sobre la pista de las de los montes de Tena, cercanos a Bogotá, lugar en el que las encontró el sabio gaditano en compañía de Pedro de Ugarte en 1772. Según parece, al año siguiente el propio Mutis, acompaña-do del virrey Guirior, encontró la quina en el camino de Honda a Santa Fe, pero no que-daron informes oficiales sobre el hallazgo. Este hecho propició que el panameño Sebas-tián López Ruiz, escribano en el despacho virreinal, negara el descubrimiento de la qui-na de Santa Fe por Mutis en beneficio propio, ya que él sí informó oficialmente de su encuentro con las nuevas quinas:

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En mi primer tránsito de la villa de Honda a esta Capital por junio de 1774 co-nocí estos vegetales; los hay con abundancia como ya saben todos, desde la Cuesta o alto más acá del pueblo de Guaduas; y se presentan a la vista por uno y otro lado del camino hasta salir del monte llamado del Aserradero […].

A las objeciones interpuestas posteriormente sobre su falta de conocimientos botáni-cos, López Ruiz asegura en su Chronología de la Quina de Santafé de Bogotá que las primeras noticias sobre las quinas las obtuvo en Lima observando los herbarios de Jus-sieu sobre quinas de Loxa. Un hecho que López utiliza para asegurarse la prioridad del descubrimiento es la comprobación de las virtudes terapéuticas de las quinas de Santa Fe, que él experimentó en 1775, así como la confirmación de Joaquín Merisaldi Santis-tevan, en 1776, quien le aseguró que los árboles vistos en el camino a la capital eran quinas similares a las de Loxa. Y que, además, se encontraban en la Mesa de Juan Díaz, Guavabal y Hacienda de Tena, lo que más tarde comprobó López Ruiz.

A pesar de las amargas protestas de Mutis unos años más tarde, la prioridad del ha-llazgo de las quinas de Santa Fe fue otorgada en principio a Sebastián López Ruiz, quien había presentado oficialmente en agosto de 1776 dos muestras de quinas al virrey Manuel Antonio Flórez, quien ordenó que se remitiesen cuatro cajones con sus frutos, flores y hojas a la metrópoli. En 1778 fue reconocido el descubrimiento de López con su nombramiento como comisionado real para todos los asuntos relacionados con la quina y la canela de Santa Fe y Quito, con un sueldo de dos mil pesos. Además, consi-guió la protección de Casimiro Gómez Ortega, el organizador de las expediciones botá-nicas a América y profesor del Real Jardín Botánico, y el nombramiento de miembro de la Real Academia Médica Matritense y de la Real Sociedad Médica de París.

En las Instrucciones dadas por Gálvez a Sebastián López, en 1778, se le encargaba recoger quinas y enviar muestras de los dos tipos que había descrito, así como ponerse en contacto con Ruiz, Pavón y Dombey, que se hallaban en esos momentos recorriendo el Perú, para examinar detenidamente las virtudes de las quinas de Santa Fe en relación con las de Loxa. La mano de Gómez Ortega aparece claramente en estas instrucciones dadas por Gálvez, ya que en tanto que a Mutis no se le había concedido su proyecto de crear una expedición oficial al Nuevo Reino y perdía la prioridad del descubrimiento de las quinas de Santa Fe, a López Ruiz se le concedía el hallazgo y se le encomendaba también la tarea de formar una Flora del Reyno, según los principios de Linneo y de acuerdo a las instrucciones dadas a los expedicionarios del Perú, así como a las forma-das por el director del Real Gabinete de Historia Natural, Pedro Franco Dávila.

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EL PROYECTO DE ESTANCO DE MIGUEL GARCÍA CÁCERES

La normalización de los envíos de quina de Loxa y la formación de un mínimo estanco del específico se produjo hacia 1770 con el nombramiento de Pedro Javier Valdivieso como Juez Privativo de Montes. Los envíos numerados enviados desde ese momento se sucedieron sin interrupción hasta 1780, fecha a partir de la cual no aparecen numerados y hay bastante confusión en los envíos. Si nos fijamos en la tabla que ofrece María Lui-sa de Andrés sobre los envíos de quina a la Real Botica, observamos que la fecha exacta del último envío numerado es el 3 de abril de 1779. No parece una coincidencia que justo un poco antes se nombrase a Sebastián López Ruiz comisionado para el asunto de las quinas de Santa Fe y Quito, sabiendo que la opinión de éste era desfavorable hacia las quinas de Loxa. En la traducción de la descripción del árbol de la quina hecha por La Condamine en 1737, realizada por Sebastián López Ruiz en 1778, afirma que fue él el descubridor de la quina neogranadina, que ofreció a S.M. en 1776.

Dirigiéndose a Josef Gálvez, indicaba:

Esto ha sido a tiempo que los árboles de Loxa, y los de sus montañas inmediatas, se hallan casi aniquilados por los continuos acopios de Quina que de ellos se han hecho, sin atender los de aquel País a su conservación, ni arbitrar industria alguna para propagarlos. Puedo asegurar a V.E., y con los vecinos de las Provincias de Jaén de Bracamoros, y Cuenca le confirmaran sus respectivos Governadores, que de muchos años a esta parte se saca de los montes de ellas casi toda la Quina que consumen la América, y Europa; pues los de Loxa apenas dan abasto, y tal vez no alcanzan para la que anualmente se remite a esta Rl. Botica.

Aunque no podamos afirmar con rotundidad que fue por influencia de López Ruiz, lo cierto es que el 16 de marzo de 1779 el gobernador de la provincia de Jaén de Bra-camoros, Miguel García de Cáceres, presentaba un proyecto de estanco de la quina por orden del visitador general, quien le había exigido un informe sobre todo aquello que le pareciera conveniente acerca de su beneficio, calidades, cultivo, conservación y utilida-des para los vecinos de aquellos países y para la Real Hacienda,

[…] precaviendo el desorden a que están abandonados los montes y terrenos donde se fructifica este específico hasta dexarlos desolados, y ocurriendo igualmente al alivio de los que se exercitan en dicho beneficio dando el valor correspondiente a su preciosidad abatida por el desarreglo con que en todas partes se corta, y se con-trata […].

Además, según el expediente administrativo promovido por el fiscal de la Audiencia de Santa Fe, el antiguo informe de Santistevan había sido puesto en conocimiento de S.M. en mayo de 1773, y de este hecho dimanó la real cédula de 20 de enero de 1776 en

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oficiales reales de Cuenca, para informar de la calidad y cantidad de quina producida por la provincia de Guayaquil y demás parajes, orillas del Orinoco y provincia de Gua-yana, circunstancia que también explicaría el proyecto de Miguel García de Cáceres. En el informe de García de Cáceres aparece claramente señalado el problema de la cialización de la quina de Loxa. Por un lado, indica cómo los caprichos de los comer-ciantes en cuanto a las supuestas calidades de las quinas han sido variables en el tiempo, lo que ha originado que haya habido partidas almacenadas durante años en Guayaquil y Cuenca, que más tarde se iban vendiendo según se correspondían a las calidades exigi-das por los comerciantes. Hay que recordar que, sucesivamente, los comerciantes, tanto en los puertos americanos como en Cádiz, iban solicitando de los cosecheros el deno-minado canutillo, obtenido de las zonas delgadas y altas de los árboles de quina, o el cortezón, obtenido de los troncos de dichos árboles, según las modas del momento. Aparte de los caprichos que Cáceres ve en estas solicitudes, lo cierto es que este hecho venía en gran medida determinado por las sucesivas adulteraciones de los envíos a Eu-ropa, unas veces de canutillo y otras de cortezón, que hacían que luego se desestimasen. Particularmente, García de Cáceres criticó duramente, en el punto 43 de su informe, el desprecio que hacían los comerciantes del cortezón de quina, cuyos efectos favorables habían sido demostrados, por el aniquilamiento de los árboles que había provocado:

La circunstancia sola de no aprovecharse el cortezón, por el vano capricho de que no sirve sin otra razón que satisfaga, es uno de los considerables perjuicios que resultan a la Nación. Débese suponer que un árbol de Quina robusto y de regular estatura solo da cinco libras de Cascarilla delgada, unos darán más y otros darán menos, pero este cómputo hago yo por la relación de los peones. Suponemos tam-bién que este mismo árbol debe dar por lo menos diez libras de cortezón: demos que todos los árboles que se cortan sean robustos y de regular estatura y camine-mos sobre el pie de veinte mil arrobas de Cascarilla que se saquen todos los años: sale por preciso cálculo que es necesario derribar cien mil árboles corpulentos para acopiar veinte mil arrobas de Cascarilla delgada. Pero supongamos que corre el cortezón y se venda como la delgada, entonces con derribar treinta y cuatro mil ár-boles habrá suficiente y aún sobrante para el acopio de las veinte mil arrobas; con que para satisfacer el capricho de los Comerciantes de Europa se destrozaron mise-rablemente sesenta y seis mil árboles que pudieran estar en pie, si corriera como debe correr el cortezón.

Asimismo, critica aún más que la extracción se realice exclusivamente de la· quina conocida como de envés prieto, ya que entonces sería necesario derribar trescientos mil árboles para obtener las veinte mil arrobas necesarias anualmente, lo que provocaría el «asolamiento general de todos los montes de las Provincias que la producen». Algo si-milar ocurría con lo que hoy llamaríamos denominación de origen. Los comerciantes, boticarios y consumidores exigían quina de Loxa, sin saber que como indicarán conti-nuamente los informes, la quina extraída se correspondía a otros muchos parajes y sus

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calidades variaban en gran medida según se hubiera beneficiado y adulterado. García de Cáceres indica que la quina se extraía de Guaranda, Riobamba, Alausi, Cuenca, Loxa, Jaén, Puera, Guambos, Caxamuna, etc., y que probablemente se podría obtener de cual-quier punto de la zona tórrida de la cordillera de los Andes. García de Cáceres, tras ex-poner la escasez de quina en la propia Loxa -que no alcanzaba para el suministro de la Real Botica- y en otros puntos, solicitaba en su informe que se prohibiese el corte en Piura y Loxa, así como en otras provincias, ya que de momento se podrían enviar a Eu-ropa los acopios rezagados que quedaban en los almacenes de Guayaquil, Piura y Lima; más tarde podría iniciarse el comercio real con el abastecimiento de otros lugares como Jaén, Cuenca, Alausi, Riobamba y Chimbo. Asimismo, sugiere que se creen en los reinos de Santa Fe, Guayaquil y Lima-Piura, dos «Factorías», sujetas a una misma Di-rección General, que fueran las suministradoras de unas cantidades más o menos fijas que atendiesen, de cuenta de la Real Hacienda, al consumo anual de esos reinos y de Europa, a donde podría transportarse desde el puerto del Callao.

El cálculo de beneficios para la Real Hacienda que, finalmente, realiza Miguel Gar-cía de Cáceres es el siguiente: el valor de 16.000 arrobas de cascarilla asciende a una suma de 178.811 pesos y 2 reales. Si se regula el precio en Cádiz a 2 pesos por libra se producirían 800.000 pesos, de los que deducidos los costos quedarían 621.155 pesos y 6 reales. Si de esta cantidad se deducen imprevistos y algunos sueldos quedaría como renta fija para la Real Hacienda una cantidad de unos 600.000 pesos, lo que desde el punto de vista económico hacía recomendable el proyecto de Real Estanco de la quina.

EL EXPEDIENTE OFICIAL DE SANTA FE SOBRE EL ESTANCO DE LA QUINA

Casi coincidiendo con el informe de García de Cáceres, se ordenó a Sebastián López Ruiz, con fecha 18 de enero de 1779, que iniciase los acopios de quina de Santa Fe y se distribuyese de cuenta de la Real Hacienda en las provincias en las que no llegaba la de Cuenca y Quito, llevándose la cuenta e informes para regular el consumo. El 11 de sep-tiembre se ordenó que no se cortase ni sacase quina sin la intervención de López Ruiz, que se tomasen medidas y precauciones como si se tratase de un «formal estanco» y que no se vendiese quina sino a la Real Hacienda. Según sus propios datos envió en 1780 un cargamento de 650 arrobas de la nueva quina, que llegó a su destino en Cádiz en condi-ciones inmejorables, tras una escala en el puerto de La Habana.

La subida al poder del arzobispo Caballero y Góngora, como virrey del Nuevo Reino, cambió la suerte de los dos contendientes en el asunto de las quinas de Santa Fe. El nuevo virrey apoyó las consideraciones de José Celestino Mutis, en contra del descu-brimiento de las quinas por Sebastián López Ruiz, por lo que el panameño cayó en

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