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Magdalenas por el Cau por el C ca

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Academic year: 2022

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Colección Trabajos de Investigación Felipe Martínez

Margarita Calle Juan Manuel Martínez

Trayectos expresivos de la memoria

Magdalenas

por el Cauca

Magdalenas

por el Cauca

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Trayectos expresivos de la memoria

Magdalenas

por el Cauca

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Facultad de Bellas Artes y Humanidades Colección Trabajos de Investigación

Trayectos expresivos de la memoria

Felipe Martínez Margarita Calle Juan Manuel Martínez

Magdalenas

por el Cauca

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© Magdalenas por el Cauca. Trayectos expresivos de la memoria

© Felipe Martínez, Margarita Calle, Juan Manuel Martínez

© Universidad Tecnológica de Pereira, Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión

© Editorial Universidad Tecnológica de Pereira Primera edición, 2021

Proyecto de investigación: “Mediaciones estéticas y expresividades de la memoria”, código 1-17-3

ISBN 978-958-722-524-2 eISBN 978-958-722-525-9

Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión Editorial Universidad Tecnológica de Pereira Pereira, Colombia

Coordinador editorial: Luis Miguel Vargas Valencia [email protected]

Teléfono (6) 313 7381 - Edificio 9, Biblioteca Central “Jorge Roa Martínez”

Cra. 27 No. 10-02 Los Álamos, Pereira, Colombia www.utp.edu.co

Diseño y diagramación: Margarita Calle Cubierta: Fotografía Rodrigo Grajales Impresión y acabados

Panamericana Formas e Impresos S.A.

Reservados todos los derechos Martínez, Felipe

Magdalenas por el Cauca : Trayectos expresivos de la

memoria / Felipe Martínez, Margarita Calle y Juan Manuel Martínez. -- Pereira : Universidad Tecnológica de Pereira, 2021.

160 páginas : ilustrado. – (Colección Trabajos de investigación).

ISBN 978-958-722-524-2

1. Arte – Colombia 2. Artes de representación 3. Desapariciones forzadas – Colombia 4. Conflicto armado – Colombia 5. Artistas colombianos de representación 6. Violencia política - Colombia CDD. 790.2092

Performance La Llorona, parque principal de Trujillo, Valle, 2012.

Fotografía: Rodrigo Grajales

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Trayectos

Presentación

Trayectos expresivos de la memoria 16 Magdalenas por el Cauca:

trayectos de un proyecto 29

Y el río sigue su tránsito… 140 Perfil de los artistas del colectivo

Magdalenas por el Cauca 152

Referencias bibliográficas 158

Hay textura, color, sentimientos, recuerdos, afectos, hay una casa, un pueblo, un barrio, sonidos, música, nace en uno una nación desconocida y los seres silenciados se levantan y los ves que atraviesan el pasillo y te miran a los ojos.

Yorlady Ruiz

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El proyecto artístico Mag- dalenas por el Cauca

reúne una serie de iniciativas de carácter relacional y performativo, realizadas por los artistas Ga- briel Posada y Yorlady Ruiz, en algunos terri- torios del Valle del Cauca y Risaralda. Desde su creación en 2008, el proyecto ha contado con la participación de otros artistas, organi- zaciones de la sociedad civil, grupos comuni- tarios, asociaciones de víctimas, realizadores audiovisuales, investigadores y periodistas, quienes con su lectura y reflexión han con- tribuido a visibilizar los procesos, a extender su resonancia y a posibilitar su duración en el tiempo.

El Grupo de Investigación Arte y Cultura, del Departamento de Humanidades, Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la Universi- dad Tecnológica de Pereira, ha seguido de cer- ca esta iniciativa, dando cuenta de su impacto en diferentes publicaciones, espacios acadé- micos y expositivos. Por eso, recogemos la experiencia en esta publicación, como parte del proyecto “Mediaciones estéticas y expre- sividades de la memoria”, financiado por la Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión, con el apoyo de la Maestría en Estética y Creación de la misma Universidad.

El equipo de investigadores agradece a los artistas Yorlady Ruiz y Gabriel Posada por el aporte, compromiso y continuidad de su tra- bajo. Asimismo, al fotógrafo Rodrigo Grajales por aportar con su trabajo a la configuración del archivo visual que aparece en este libro.

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Si supieras que afuera de la casa, atado a la orilla del puerto quebrado, hay un río quemante

como las aceras.

Que cuando toca la tierra

es como un desierto al derrumbarse y trae hierba encendida

para que ascienda por las paredes, aunque te des a creer

que el muro perturbado por las enredaderas es milagro de la humedad

y no de la ceniza del agua.

Si supieras

que el río no es de agua y no trae barcos ni maderos,

sólo pequeñas algas crecidas en el pecho de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre y que es como nosotros

o como todo lo que tarde o temprano tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,

pero yo alguna vez lo he visto hace parte de las cosas que cuando se están yendo parece que se quedan.

Andrea Cote. Puerto calcinado (2003)

[ Atado a la orilla ]

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[ 17 ] En el contexto de larga duración de las di- námicas del conflicto armado en Colombia, los ríos ocupan un papel central y paradójico.

Por una parte, representan un recurso esen- cial para poblaciones enteras, ubicadas en los bordes de sus caudales, que los tienen como principal medio de sustento, transporte e in- teracción. Por otro lado, ese mismo caudal esconde y arrastra en su corriente aquellos cuerpos anónimos, ajusticiados, que los gru- pos armados han decidido condenar a su des- aparición, a que su muerte no tenga un duelo, a permanecer como incertidumbre y ausencia en la espera inconclusa de sus familiares.

De este modo, los ríos se han convertido en testigos silenciosos de años de barbarie y

Trayectos expresivos de la

memoria

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violencia. Su cauce conserva los indicios del accionar de los grupos armados que durante décadas sembraron el terror en distintas zo- nas geográficas del país. De allí su considera- ción como metáfora que concita la muerte, la desolación, la pérdida, la desaparición.

Fueron, justamente, estas consideraciones las que les sirvieron a los artistas Gabriel Po- sada y Yorlady Ruiz para apuntalar el proyecto Magdalenas por el Cauca: una iniciativa de ca- rácter colaborativo y relacional, propuesta en 2008, que se ha extendido en el tiempo, que ha penetrado distintos territorios de la geo- grafía nacional y algunos contextos interna- cionales, inscribiendo en cada acción, en cada estrategia configuradora, una clara referencia a la memoria del conflicto armado en Colom- bia, al grito de dolor, al llanto sembrado por las masacres y los ajusticiamientos colectivos, a la duración de la espera sostenida que represen-

ta la desaparición forzada, a la necesidad del duelo, al lugar de las mujeres víctimas de ve- jámenes y de rupturas afectivas irreparables;

en fin, un referente que, como señala la artista Yorlady Ruiz (2019), les ha posibilitado “crear un dibujo del territorio, mirando a los ojos, acompañando las diversas manifestaciones de ternura y de dolor frente a la pérdida; reco- nociendo el lugar de las personas, para poder construir memoria en conjunto.”

El contexto donde ha tenido lugar el pro- yecto cobija las poblaciones de la ribera del río Cauca, entre los departamentos de Risaralda y Valle del Cauca, particularmente, aquellos municipios y veredas cuyos habitantes perma- necen en una constante condición de espera, provocada por la pérdida o la desaparición for- zada de sus familiares.

Los integrantes de este colectivo artístico, Yorlady Ruiz y Gabriel Posada, suman un poco

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[ 21 ] [ 20 ]

más de doce años recorriendo estos espacios geográficos, interactuando con los familiares de las víctimas, acompañando los procesos de organizaciones como AFAVIT (Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo), en Trujillo (Valle del Cauca), los habitantes de Beltrán en el remanso del río Cauca, en Marsella (Risa- ralda), el Espacio Humanitario del Puente de los Nayeros, en Buenaventura (Valle del Cau- ca), entre otros. En este tiempo, han logrado consolidar uno de los procesos artísticos de mayor relevancia en el país, en relación con la tematización de los efectos e implicaciones de la violencia política y la desaparición forzada.

En un ejercicio procesual de largo aliento, los dos artistas se han propuesto construir con las comunidades de estos territorios geográfi- cos una serie de intervenciones efímeras, con- figuradas como acciones de duelo, en las que se involucra el río como metáfora de la vida y

de la muerte. En este proceso han participa- do, de manera directa, un número importante de mujeres, testigos de actos atroces, como la Masacre de Trujillo en el Valle del Cauca, la cual, según el Grupo de Memoria Histórica (2008), sumó 342 asesinatos comprobados, perpetrados por el Estado, el paramilitarismo y el narcotráfico, entre 1989 y 1994. Fueron ellas las que se comprometieron más a fondo con la ruta propuesta para desarrollar el proyecto de intervención in situ y, por esta vía, reconstruir sus historias, aportar testimonios de la expe- riencia vivida y apropiar recursos simbólicos y expresivos para ennoblecer la memoria de sus muertos, como un acto de resistencia frente al olvido que concita la desaparición forzada.

De este modo, las siluetas de las Magda- lenas deslizándose a través del río, hasta per- derse en el horizonte, las ofrendas construidas colaborativamente, acompañadas por la luz

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vivificadora del fuego y dejadas a su suerte en el impetuoso caudal del río Cauca, se consti- tuyen en imágenes potentes, de gran recorda- ción, claves para insistir en la necesidad de la verdad y en la urgencia de la reparación.

El llanto y el clamor de los familiares des- aparecidos se actualiza en cada una de las madres que aún espera. Y aunque, tal vez, ya no les asiste la esperanza de encontrar a sus familiares con vida, sí conservan la necesidad de saber qué pasó con ellos, antes de que sus cuerpos se sumergieran, para siempre, en el cauce del río. Antes de que se convirtieran en un recuerdo amargo y constante en sus vidas cotidianas.

La acciones artísticas que propicia este co- lectivo se sitúan entre lo dicho y lo no dicho de la experiencia de la desaparición forzada; en- tre el adentro y el afuera del testimonio; en el intersticio que se configura en aquello que por

su contundencia gestual, la palabra no alcan- za a nombrar. Su capacidad expresiva se ubica en lo que cualquier relato objetivo establecerá como silencio e indeterminación.

En este caso, uno de los rasgos predomi- nantes de estas obras es, justamente, hacer visible la ausencia del testimonio directo de las víctimas, la inviabilidad del duelo o la ne- cesidad de hacerlo posible de otro modo, re- curriendo a formas de conmemoración frente a la ausencia real del cuerpo de las víctimas.

Las obras configuran, también, vínculos entre místicas paganas, espectralidades que acompañan y piden permiso a las ánimas de los difuntos para recordar y conmemorar a los desaparecidos, rituales de limpieza y ofrendas que buscan reconciliar los elementos natura- les del mundo: el fuego, con la tierra, con el agua, con el aire.

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Tres dispositivos emergen de los procesos desarrollados por el colectivo Magdalenas por el Cauca: primero, la construcción de una ar- queología de la memoria, configurada por una serie de acciones colectivas, que indagan por los lugares del recuerdo para visibilizarlos en una suma de inscripciones, cuerpos y formas sensibles que alteran los espacios y los tiem- pos en los que discurre la experiencia de los acontecimientos violentos. Segundo, la confi- guración de una iconografía de lo ritual como acción colectiva y espacio de reelaboración de los síntomas y las huellas de la perturbación causada por las acciones sacrificiales del cuer- po y del tejido cohesionador de las comunida- des. Tercero y último, la explicitación y activa- ción de un régimen ampliado de lo sensible, como mediación, que compromete colectivos de víctimas y personas de la sociedad civil con acciones, gestos y comportamientos en los

que se va configurando una nueva relación con lo emotivo, esto es, otras formas de mirar, de escuchar, de decir y de visibilizar el vínculo afectivo con nuestro presente.

De este modo, frente a un complejo esce- nario de transicionalidad política, en el que los discursos oficiales y hegemónicos invitan a la supuesta superación de un pasado que en rea- lidad no pasa, que es todavía presente, que no deja de acontecer, en el sentido más literal y con las implicaciones más dramáticas a las que pueda hacerse referencia, estas expresiones permiten un constante y laborioso ejercicio de actualización de la memoria colectiva, que implica recorrer de nuevo el río como escena- rio de muerte para confrontar el pasado, para seguir interrogándolo, para configurar otras formas de realización del duelo.

Esto que pareciera una obviedad no lo es tanto: para que los nombres y las ausencias

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de los desaparecidos puedan mantenerse la- tentes en el recuerdo, es necesario hacerlos visibles, no solo nombrarlos. Es como si, para dimensionar su vacío, se hiciera necesario tra- ducirlos en materia o, por lo menos, crear una conformación expresiva que esté en capaci- dad de mostrar la magnitud de su ausencia.

Al cumplirse 12 años de trayectoria crea- tiva del proyecto Magdalenas por el Cauca, desde el Grupo de investigación Arte y Cultu- ra de la Facultad de Bellas Artes y Humanida- des de la Universidad Tecnológica de Pereira, consideramos relevante propiciar un diálogo con sus creadores, con el fin de recuperar la memoria del proyecto y conectar el sentido de las acciones que hoy ocupan a los artistas que proyectaron esta iniciativa. Todo lo ante- rior como parte del proyecto de investigación

“Mediaciones estéticas y expresividades de la memoria”, desarrollado por los autores de

este libro, entre 2017 y 2019, con el apoyo de la Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión de la Universidad Tecnológica de Pereira.

Resulta clave, en esta oportunidad, reco- nocer el valor que comportan estos procesos creativos para el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, en la medida en que apun- tan a configurar un espacio de convergencia, más allá del lugar que ocupan Yorlady Ruiz y Gabriel Posada en este campo de actuaciones estéticas, culturales y políticas. Ese “más allá”

cobija su relación con un momento histórico, con un sistema de pensamiento, con una no- ción de arte, de espacio y de tiempo, que son dominantes en la época y que marcan las ten- siones más fuertes de su trabajo, en la medida que ponen de presente el lugar de la memoria como posibilidad para crear y reflexionar los acontecimientos que comprometen nuestra

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humanidad usurpada, saqueada, reducida, sobre todo cuando a esa humanidad se la liga con la violencia y el dolor físico y moral que de- bilita la condición misma del ser en su plexo de emociones.

Yorlady Ruiz (2019), les ha posibilitado

“crear un dibujo del territorio, mirando a los ojos, acompañando las diversas manifestacio- nes de ternura y de dolor frente a la pérdida;

reconociendo el lugar de las personas, para poder construir memoria en conjunto.”

Magdalenas por el Cauca

Trayectos

de un proyecto

[ Diálogo con los artistas Yorlady Ruiz y Gabriel Posada ]

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1.

Todo proyecto creativo se gesta en un campo problemático que pone en tensión lo que los artistas aspiran a realizar, al- gunos presupuestos conceptuales y ex- presivos y la realidad de los contextos, incluidos los actores sociales y culturales que comprometen la experiencia; ¿cómo y con qué expectativas nace el proyecto

Magdalenas por el Cauca?

Gabriel Posada: Magdalenas por el Cauca nació, realmente, hace más de cincuenta años, a orillas del río, como lo escribí al concursar para una Residencia del Ministerio de Cultura en 2008, evocando la razón de ser de la pro- puesta: Llevo en mí el secreto de un niño, una

imagen, una persona muerta que flota por el río Cauca. Lo vi un día, terminando la década del 60, como a las siete de la mañana, desde el puerto de La Virginia, Risaralda, al acompa- ñar a mi padre a pescar. Lo vi, lo viví, lo sentí.

En muchas de nuestras reiteradas idas a pes- car, desde esa mañana, a través de ese primer muerto coronado de “sirenas”, viví la muerte constantemente como una presencia natural, casi como una verde planta que recorre el río y lleva en su cauce premoniciones de crecien- tes. Luego vi un segundo muerto, hinchado y morado; luego un tercero, como una suerte de navío de aves negras que hervía de moscas.

Parecían cocuyos encendidos, inmensamente solitarios, profundamente abandonados en las aguas sin Dios y sin Ley. Admito que estaba hipnotizado con el negro aletear de gallinazos en desfile, reflejando un narciso cadavérico sin voz y sin llanto, sacrificado al olvido.

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Es por eso que una de las primeras accio- nes derivadas de esa preocupación que surge en la visión de un niño absorto, tuvo lugar el 2 de noviembre de 2008, Día de los Muertos.

Al finalizar la Residencia Artística del Ministe- rio de Cultura realizamos una intervención efí- mera sobre las aguas del río Cauca. Pinté tres rostros de mujeres en telas de 6x4 metros, ins- taladas sobre balsas de guadua de 9x5 metros, junto a tres pinturas con detalles corporales femeninos en soportes de costales de plásti- co y cabuya, en un formato de 5x4. Posterior a ello, hubo dos instalaciones más que aludían al mito de La Llorona y al mito de la crucifixión ante la podredumbre en el río.

Quince días antes, Yorlady había realizado un performance alusivo a La Llorona; en la ac- ción aparece ataviada con un vestido que yo había pintado, con fragmentos de sangre y rostros femeninos en alusión a los desmem-

bramientos a los que son sometidas las vícti- mas arrojadas al río.

Yorlady Ruiz: La obra lleva implícito el nombre de María Magdalena porque a partir de ella configuro la piel y el grito de nuestras mujeres en un acto mediado, inicialmente, por los recuerdos de Gabriel y a través de los recorridos realizados por ambos, entre agosto y octubre de 2008, cuando caminamos apro- ximadamente 70 kilómetros desde la vereda Beltrán, en Marsella (Risaralda), hasta la vere- da Cauca, en Cartago (Valle del Cauca). En ese trayecto fuimos escuchando y rayando una cartografía constante de hallazgos simbólicos, relatos míticos y fantasmales franqueados por sus habitantes humildes, en medio de mean- dros, olvidos y naufragios conspirados por la crueldad del hombre. Estos diálogos íntimos fueron el detonante para encontrar la textura, los soportes y el imaginario que se le imprimió

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Balsa y balseros, Magdalenas por el Cauca, Vereda Cauca (Guayabito), Cartago, Valle, 2008.

Fotografías: Gabriel Posada

a la obra. Comprobamos que al hablar con la gente se valora su memoria, se reflexiona so- bre la percepción de la vida y la muerte. Lo esencial es que se promueve la palabra y el diálogo; se exorciza el llanto, se dignifica la vida. En esto, Magdalenas por el Cauca es fiel a un trabajo colectivo, comprometido con el presente.

Magdalenas por el Cauca, 2008. Fotografía: Rodrigo Grajales

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[ 37 ] [ 36 ]

2. En su desarrollo, el proyecto ha ido deri- vando en múltiples procesos creativos que cobijan: acciones performativas, proyectos colaborativos, exposiciones, realizaciones audiovisuales y publicaciones; ¿podríamos nombrar las acciones y proyectos desarro- llados durante estos 12 años, producto de la propuesta inicial?

Gabriel Posada: La primera exposición partió desde el puente Anacaro, en la pobla- ción de Cartago (Valle del Cauca), siguiendo el rumbo incierto que toman tantos desapareci- dos de nuestro país. Fue una exposición-pro- cesión lenta y conmovedora, como una oración en el vacío. Las obras fueron acompa- ñadas por balseros hasta La Virginia (Risaral- da) y allí, no sin nostalgia, las abandonamos.

El cauce del río les dio a ellas un destino que hoy desconocemos.

La espera (2009-2014)

Yorlady Ruiz: Nuestros primeros inten- tos de hacer obra representan la intensidad orgánica, vivencial, psicológica y alucinante que logramos en la puesta en escena final del proyecto. Ese 2 de noviembre de 2008 resultó ser la poiesis inicial para consolidar una obra de carácter efímero en la memoria del arte colombiano, resistiendo el paso del tiempo y acumulando narrativas in situ con comunida- des afectadas directamente por el conflicto armado; comunidades que creíamos distantes de nuestro entorno de confort en la ciudad.

Pocos días después, Gabriel, en un acto de agradecimiento espiritual, visitó la tumba de su padre en el cementerio San Camilo de Pe- reira. Allí se percató, por azar, de la existencia de un lote con más de 300 tumbas demarca- das con las letras NN. En ese momento, nació la idea de realizar La espera: un acto simbólico,

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una oración en el Día de la Mujer, el 8 de marzo de 2009. En el contexto, instalamos una pin- tura de 3x2,5 metros, pintada por Gabriel. La imagen fue realizada sobre tela estampada de medio luto y en ella aparece la representación de una mujer portando la foto de otra mujer quien, a su vez, porta la foto de un familiar desaparecido. Esta instalación nos permitió traer las Magdalenas a la ciudad, visibilizándo- las en la realidad de la urbe y en la ritualidad de estos “campos santos” que revelan, una vez más, la fosa común en que se ha convertido el territorio colombiano.

En contraste con este registro, cuatro años después, el día de La Soledad, es decir, el Sába- do Santo, regresamos a este mismo cemente- rio, al lote sin cruces abandonado. Era el 19 de abril de 2014. Allí realizamos el performance Soledad(es), una acción que se extendió por las principales calles de Pereira. De nuevo, como

en La Llorona, a través de todo el recorrido lle- vé una pintura de mi rostro, hecha por Gabriel Posada, con la frase escrita: “25.000 soledades forzadas hoy en Colombia”. Para cada acción que involucra hechos relacionados con la vio- lencia que se vive en el territorio, consultamos las cifras y datos disponibles en los entes res- ponsables de acopiar y suministrar esta infor- mación. En Colombia, las cifras sobre despa- recidos cambian de un organismo a otro. Para entonces, mientras el Sistema de Información de Desaparecidos de Medicina Legal reporta- ba cerca de 21 mil casos, la Fiscalía registraba unos 26 mil; en tanto que la Unidad Nacional de Reparación a Víctimas contaba con unas 31 mil denuncias por desaparición forzada.

Los abrazos del río, (2009)

Gabriel Posada: El 3 de noviembre de 2008 Magdalenas por el Cauca fue ampliamente vi-

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sibilizada en un artículo periodístico de Iván Noguera para el periódico El Tiempo (https://

www.eltiempo.com/archivo/documento/

CMS-4638929). Esto sirvió para que el director de cine colombo-belga, Nicolás Rincón Gille, nos invitara a formar parte del guion cinema- tográfico para el documental “Los abrazos del

río”. El 30 de marzo de 2009 navegué, por se- gunda vez, el mismo trayecto entre Cartago y La Virginia con una nueva Magdalena que pin- té, a partir de una fotografía de Rodrigo Graja- les. Ese lunes, mientras esperábamos la obra en el puente Anacaro para filmarla, Nicolás quiso hacer unas tomas de apoyo sobre el le-

La Espera, cementerio San Camilo Pereira, 2009. Fotografía: Jaime Grajales Performance Soledad (es), cementerio San Camilo, Pereira, 2014.

Fotogtafía: Gabriel Posada

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cho del río, en las que aparecieran los gallina- zos. A la voz de alerta de su sonidista Vincent Nouaille, empezaron a filmar unas de estas aves que se divisaban en el horizonte. Justo en el momento del contrapicado, al pasar por debajo del puente, se percataron que lo que estaban filmando era un cadáver. Estupefacto, Nicolás llamó desde su celular al 123 de la Po- licía del Valle, para denunciar lo que habíamos visto. La respuesta fue: “muchas gracias por avisar”, lo que no se tradujo en la presencia de representantes de la Ley en ese espacio. “El río se está volviendo menos mágico y más cruel”, sentenció luego Nicolás en un comentario al periódico La Tarde de Pereira, el 7 de abril de 2009.

El documental “Los abrazos del río” se es- trenó a finales de 2010 en Buenos Aires y reco- rrió varios festivales del mundo. Cabe anotar que obtuvo dos galardones: Primer premio en

el Festival de los Tres Continentes de Nantes, Francia en 2011 y Premio Fuera de Frontera, en el Festival Documental de Clermont-Ferrand, también en Francia en 2012. En una entrevis- ta hecha por el Journal Europa, la periodista Anne Leconte le preguntó a Nicolás si había visto cadáveres en el río durante el rodaje y el

Los abrazos del río, documental de Nicolás Rincón Gille, 2009.

Fotografía: Gabriel Posada

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[ 45 ] [ 44 ]

cineasta respondió: ”Sí, decidí no mostrar ca- dáveres por pudor. Mostrando cuerpos habría reproducido la misma violencia que denuncio;

no es la meta. Muchas veces la imaginación es más fuerte que las imágenes crudas.”

Trujillo

(2010)

Gabriel Posada: Este dolor de nuestra re- pública simbolizada en la angustia ritual de María Magdalena, que llora sobre las aguas del río Cauca, lo llevamos a su punto más con- movedor cuando la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (AFAVIT) nos invitó a mostrar nuestro trabajo y juntos acompaña- mos su X Peregrinación en abril de 2010. Vein- te años después de la curva más violenta de la masacre de Trujillo, por primera vez, su pere- grinación llegaba al río Cauca en busca de sus desaparecidos. Para esta ocasión realizamos siete obras que nos permitieron afirmar que,

en ese momento, conocimos a las “verdaderas Magdalenas por el Cauca”: Rosa Elena, a quien había pintado en la primera versión de Mag- dalenas, a partir de una fotografía de Jesús Abad Colorado. Viéndola en aquella ocasión, con su pelo canoso, decidí pintarla de nuevo, en un acto de reconocimiento, para mostrar el inexorable paso del tiempo, representado en la espera de justicia de una madre ante la ima- gen de su hijo asesinado.

La historia de Rosa Elena empezó a repe- tirse en la historia de varias familias de Trujillo:

Agustín, quien era ebanista y hermano de Ro- salba Lozano, fue asesinado en 1990 y desapa- recido en las aguas del Cauca. Su hermano An- tonio y su padre lo buscaron infructuosamente por toda la cuenca del río, llegando incluso hasta Beltrán; nunca lo encontraron.

María Calderón, la madre de Agustín, mu- rió de pena moral, tres meses después del ase-

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sinato. Durante esos meses de duelo, no dejó de servirle a Agustín su desayuno, su almuerzo y su comida, como un ritual cotidiano de espe- ra. A Rosalba la pintamos en un ejercicio parti- cipativo, con toda la comunidad.

Los jardines del Parque Monumento en Trujillo son encantadores, como encantadora era su jardinera ese año, Consuelo Valencia, quien perdió a dos de sus hijos, ambos meno- res de edad, asesinados en 1990. Sus cuerpos también fueron arrojados al Cauca. Su esposo, después de ser torturado en el batallón Palacé de Buga, murió por las secuelas de la tortura y la pena moral que le infringieron.

Por las calles de Trujillo camina lenta la so- ledad de Evangelina López, con su hermosa sombrilla de colores, esperando justicia por la desaparición de una hija de 10 años y la muerte de su hijo, asesinado a patadas por la Policía a plena luz del día, en la plaza principal

del pueblo. La imagen de Evangelina la pinté para el afiche promocional de Magdalenas por el Cauca en 2010. En esta ocasión, incorporé en el fondo los colores de El grito de Edvard Munch.

Desde la muerte de su hijo Alberto Londo- ño en 1990, doña Carmen guardó un silencio profundo y rebelde. A ella la pintamos gracias a una fotografía que su amigo Jesús Abad Co- lorado había hecho en 2008, para el Centro Nacional de Memoria Histórica.

Orlando Naranjo, es uno de los pocos so- brevivientes de la Masacre de Trujillo. Con él fueron detenidas varias personas en un retén del Ejército Nacional. Orlando tenía 16 años en 1990 y aún no sabe por qué lo detuvieron ni por qué lo dejaron libre, ya que el resto de sus compañeros de cautiverio fueron desapareci- dos en las aguas del Cauca. Cada pueblo tiene su artista y Orlando es uno de ellos. Él realizó

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una de las obras que navegaron por el río ese año, obra dedicada a la memoria de todas las mujeres asesinadas y violentadas.

Finalmente, con una idea que tenía de realizar el rostro escultórico de una Magda- lena que insinuara la pintura prerrafaelista La Ophelia muerta de John Everett Millais, reali- zamos una obra en relieve tridimensional so- bre una balsa en guadua de 12x8 metros. La pieza escultórica la dedicamos a Alba Isabel Giraldo, sobrina del padre Tiberio Fernández Mafla, asesinados ambos en abril de 1990. En el pecho de la figura pusimos la pintura del sa- cerdote y en el vestido blanco los retratos de 25 desaparecidos de Trujillo en 1990, en las aguas del Cauca.

En esa oportunidad, el grupo de Magda- lenas por el Cauca estuvo conformado por la artista Yorlady Ruiz López, el fotógrafo Rodri- go Grajales, el cronista Juan Miguel Álvarez,

Magdalenas por el Cauca, Rosalba Lozano, 2010.

Fotografía: Rodrigo Grajales

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quien realizó un reportaje para el periódico El Espectador, miembros de AFAVIT, el escultor Juan Salazar Sierra y yo.

Land Art (2013)

Gabriel Posada: El 7 de febrero de 2013 fue asesinada Alba Mery Chilito Peñafiel, lideresa social, jardinera, amiga y matriarca de la Aso- ciación de Familiares de Trujillo. Después de dejar a su nieto en la escuela del pueblo, tres balas, disparadas por la espalda, segaron su vida, a la entrada del Parque Recreacional de Trujillo, donde atendía un kiosco de comidas.

Alba Mery Chilito tenía 68 años y había perdi- do a su hija y a su yerno en la Masacre de Tru- jillo. Murió después de 23 años de espera, sin recibir la reparación del Estado.

Ante la consternación, rabia y tristeza que provocó en nosotros el asesinato de Chilito, solicité permiso a la junta directiva de AFAVIT

Magdalenas por el Cauca, La Ofelia de Trujillo, Alba Isabel Giraldo, 2010.

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Land Art

Parque monumento Trujillo, Valle, 2013.

Fotografías: Gabriel Posada

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para intervenir un terreno de 30x20 metros del Parque Monumento, desde el cual se divisa gran parte del municipio de Trujillo. En un acto solidario, el grupo juvenil de AFAVIT, liderado por María Concepción López y Daniela Ospina, me acompañaron en esta acción. Primero, se cortó y se limpió el rastrojo1 del terreno; luego,

cuadriculamos el espacio con hilo para dibujar parte de su rostro con hojas secas, chamizos y palos cortados del parque, intervenidos con pintura negra.

La participación de la comunidad en esta acción fue totalmente voluntaria. A ella se sumó un grupo de estudiantes de la Univer- sidad Santo Tomás de Bogotá, quienes se encontraba en Trujillo realizando un trabajo académico y se aprestaban para acompañar la XIII Peregrinación de la Asociación, en la que Yorlady Ruiz, junto al grupo infantil “Yimmy García Peña” de AFAVIT, realizó el performan- ce Ofrenda, en la inauguración del “Sendero de la Memoria” en el Parque Monumento. Era el 31 de agosto de 2013.

1. Aquí empleamos el término “rastrojo” de manera irónica, dado que es el nombre con el cual se conoce la principal banda paramilitar que actúa en la región, “presuntamente” respon- sable del asesinato de Chilito y las amenazas constantes a los líderes de AFAVIT.

Performance Ofrenda, Sendero de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2013. Fotografía: Gabriel Posada

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sinato de 326 personas. Muchas de estas per- sonas fueron desaparecidas en el río.

La lectura de esta estadística oficial nos hizo pensar en una obra que uniera las pobla- ciones afectadas: Trujillo por sus desapare- cidos y Beltrán por el rescate de las víctimas llegadas a su orilla. Así nació la obra 327 alum- bramientos por las huellas del olvido, pensada como una acción in situ de carácter colaborati- vo. Para el proyecto nos propusimos construir 327 balsas en pequeño formato 50x30 centí- metros, con el fin de hacerlas navegar, duran- te los últimos 100 metros, por la quebrada La Nona, la misma que nace en Marsella y pasa muy cerca al cementerio, hasta desembocar en el Cauca, en el remanso de Beltrán. El pro- pósito era simbolizar el regreso de las almas de las personas en estado de “No Identificación”

al lugar donde fueron rescatados sus cuerpos para reclamar, con sus fuegos fatuos, el pron- 327 alumbramientos por las huellas del

olvido (2013)

Gabriel Posada: Esta comunión de tres años con AFAVIT y comunidades cercanas a sus luchas, nos ubicó en el constante devenir del país político. En reiteradas ocasiones, el entonces presidente Juan Manuel Santos se refirió al imperativo de rescatar el nombre de las personas en estado de no identificación, de cementerios oficiales y clandestinos. En 2011, gracias a la Ley 1408, donde se dictan medidas para localizar e identificar a estas personas, Medicina Legal practicó 482 necropsias en el Cementerio de Marsella, Risaralda. El saldo fue este: 155 pudieron ser identificadas y 327 continuaron en estado de “No Identificación”.

En su mayoría, estos cuerpos habían sido res- catados del río Cauca, en la vereda Beltrán, entre 1989 y 1992, época en la que ocurrió la Masacre de Trujillo, en la que se reportó el ase-

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Galería de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2013. Elaboración de balsas para la obra 327 alumbramientos por las huellas del olvido.

Fotografía: Gabriel Posada

Ofrenda para balsa, 327 alumbramientos por las huellas del olvido, pintura Juliana Bedoya, 2013. Fotografía: Gabriel Posada

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to reconocimiento. A través de esta acción, se invocaba cada presencia para que su recuerdo no fuera una huella más en el olvido.

Luego de participar sin éxito en varias con- vocatorias artísticas del Ministerio de Cultura y el Instituto de Cultura de Pereira, el docu- mentalista Wilmer Soto, quien en febrero

Performance Cineris, Yorlady Ruiz para la obra 327 alumbramientos por las huellas del olvido, 2013. Fotografía: Rodrigo Grajales 327 alumbramientos por las huellas del olvido, 2013.

Quebrada La Nona, Beltrán (Marsella), Risaralda. Fotografía: Rodrigo Grajales

de 2012 había filmado para Señal Colombia la serie “Rastro púrpura” y había narrado la historia de Magdalenas por el Cauca y su resi- liencia con AFAVIT, conoció el nuevo proyecto (327 alumbramientos por las huellas del olvido) y se interesó en su contenido para realizar un documental. La obra se complementó con un

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performance de Yorlady, quien escribió dos puestas en escena: la primera, Animera, en la cual pide permiso a las almas del cementerio para llevarlas al río y la otra, Cineris (la voz de la ceniza), en la que recibe sus almas en el Cau- ca. Las acciones tuvieron como eje de sentido la expresión “Aequat omnes cinis”: la ceniza iguala a todos.

El 27 de noviembre de 2013 se realizó la obra y fue la ocasión para hacer el documen- tal 327 huellas del olvido de Wilmer Soto. El proyecto contó con recursos de la ANTV, a través del canal de televisión comunitario de Marsella. La filmación duró 15 días. Se trató de un proceso articulado con las comunidades de los dos municipios, que puso a prueba nuestra experiencia en el desarrollo de proyectos cola- borativos de carácter relacional.

Con una tarjeta postal y la creación del evento en las redes sociales convocamos a la

ciudadanía para que se solidarizara con la obra a través del envío de ofrendas, cartas, poe- mas, mensajes. El proyecto se socializó en la Casa de la Cultura de Marsella, en la Casa de la Mujer “Stella Brand” de Pereira, en la Galería de la Memoria en Trujillo y en Beltrán, de ma- nera paralela al proceso de construcción de las balsas. Como resultado de esta convocatoria recibimos 160 ofrendas, las cuales fueron dis- puestas en cada una de las balsas, junto a las fotografías de los 88 desaparecidos de Trujillo.

En 2014, la obra 327 alumbramientos por las huellas del olvido, obtuvo el Premio Nacional a Nuevas Prácticas Artísticas, otorgado por el Ministerio de Cultura.

Yorlady Ruiz: Pedir permiso en el cemen- terio desde un acto performativo significó mi- rar el fantasma, percibir el ánima, ese extraño encuentro que luego configuró mis estudios de maestría y me ayudó a comprender que en

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Un jardín para Chilito (2014)

Gabriel Posada: Gracias a la obtención de un Estímulo de la II Convocatoria Nacional de Propuestas Artísticas y Culturales de Memo- ria del Centro Nacional de Memoria Histórica, realizamos un jardín vertical de 4x3 metros, en memoria de Alba Mery Chilito. La obra se creó en uno de los muros exteriores de la Galería de la Memoria de AFAVIT; en este espacio recrea- mos los rasgos más destacados del rostro de Alba Mery, a partir de un sembrado de plantas.

Yorlady Ruiz: Para la elaboración del pro- yecto Chilito un jardín hecho memoria planeé tres talleres de construcción simbólica que buscaron relacionar las memorias del cuerpo con la siembra del rostro de Alba Mery Chilito Peñafiel. Aludimos al cuerpo, ya que es allí y a partir de allí donde se guardan los recuerdos, donde se efectúan los procesos vitales, socia- les y culturales. Asumimos, además, el cuerpo Colombia el duelo está atravesado de increí-

bles historias por las que se tramitan recuer- dos y ausencias. La acción se construyó, par- ticipativamente, con la memoria de familiares y comunidades afectadas de Trujillo, Marsella y Pereira, re-simbolizando sus duelos y digni- ficando a los ausentes a través de una mani- festación crítica y alegórica con las almas de sus familiares desaparecidos. Con este gesto queríamos señalar y visibilizar otras formas de expresión que comprometen la vida, la histo- ria del río y la ausencia.

En su realización, en el contexto del río, Cineris fue un ritual de fuego, desplegado a la manera de novenario. Allí ofrendé a los galli- nazos nueve ojos de res que mirarían el cielo en el alumbramiento, mientras se elevaban las cenizas en memoria de los desaparecidos.

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como una polisemia que traduce, en sus ma- neras, todo el acontecer político que lo circun- da, que es vida, da vida y puede quitar la vida.

En este breve contexto se insertó “La expedi- ción a la memoria del cuerpo” que permitió diálogos íntimos, familiares y sociales, a partir de la creación de una corpografía del dibujo del cuerpo, expandido entre recuerdos perso- nales, familiares y sociales. Se trató de una ex- pedición que promovió el reconocimiento del ser diferencial, político y cultural.

En la configuración del jardín vertical de Chilito, realizamos un ejercicio de interpreta- ción y traducción entre el cuerpo y la natura- leza de las plantas que íbamos a sembrar. En este trabajo estuvo asesorándonos el ingenie- ro forestal y ambientalista Martín Camilo Pé- rez; fue así como asimilamos los pies con las raíces de las plantas, recuperando el sentido de las raíces ancestrales, a partir de la pregun-

Taller Un jardín para Chilito, Galería de la Memoria AFAVIT,

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ta motivadora: ¿de dónde vengo? Igualmente, realizamos la analogía entre el tronco como cuerpo de la planta y estructura familiar, des- de la pegunta motivadora: ¿qué hago? Para fi- nalizar, comparamos la cabeza con las ramas, las hojas y las flores, para instalar la pregunta motivadora: ¿qué pienso?, ¿qué creo?

De esta manera, en los tres talleres realiza- dos entre el 4 de octubre y el 1 de noviembre de 2014, las raíces se enlazaron con las histo- rias de vida, con los orígenes y las costumbres;

para el tronco, se propuso una cura con las plantas y los recuerdos; y, en la cabeza y bra- zos, se pusieron, como las ramas de un árbol, las esperanzas y los sueños.

Todos estos árboles-cuerpo encarnaron la experiencia afectiva de una colectividad. Así, el 24 de noviembre los integrantes de AFAVIT participaron activamente en la siembra del jardín vertical con el rostro de su compañera

Jardín vertical Un jardín para Chilito, performance Animera, Parque Monumento de AFAVIT, Valle, 2014. Fotografía: Gabriel Posada

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asesinada, Alba Mery Chilito. Por ella y por la vida, la hicimos planta, flor y polen, su rostro es un jardín desde entonces. Su rostro fue un jardín el 8 de diciembre de 2014, día de su in- auguración, y estuvo vivo hasta mediados de 2015, cuando su mantenimiento y riego se suspendió.

Suplicio-Sacrificio (2015)

Gabriel Posada: Los sinuosos caminos que nos han llevado a conocer varios municipios del Valle del río Cauca y su memoria nos des- viaron por Tuluá hacia el Distrito Especial de Buenaventura, en diciembre de 2015. La ca- rretera hacia el puerto, en medio de avisos del programa de infraestructura vial del gobierno nacional, “EN MARCHA”, ubicados a lado y lado de la vía, contrastaban con los rastros de casas humildes, semidestruidas, retenes del Ejército Nacional, trancones vehiculares y un

paisaje alterado por el hombre, en su afán de abrir caminos más cortos desde la Costa hacia el interior del país.

El río Dagua, a mano izquierda de la vía, iba cambiando de color mientras le restamos ki- lómetros a la llegada. A cielo abierto, decenas de retroexcavadoras contaminan su cauce con sus garras de ambición y cianuro. Llegamos al barrio Lleras, a casa de una amiga; un barrio ubicado al lado de La Playita y que nuestra amiga Luz Estella conoce bien por su trabajo como líder comunal. Ella nos paseó por todos sus alrededores y junto a Yorlady montaron un taller de máscaras dirigido a los niños de la co- munidad Puente de los Nayeros. Sus habitan- tes iban a cumplir un año de resistencia contra los violentos. Algunas de sus casas (palafitos) fueron utilizadas como casas de tortura (casas de pique) y desaparición forzada por los gru- pos paramilitares que operan en la zona.

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Desde el 13 de abril de 2014, Puente de los Nayeros fue declarado Espacio Humanitario, tras medidas cautelares de la Comisión Intera- mericana de Derechos Humanos, para que el Estado garantizara la presencia permanente de la Fuerza Pública y la protección de las 302 familias que habitan el lugar.

El taller de máscaras se realizó en la casa comunal del Espacio Humanitario, en medio de un ambiente jovial y de intensa alegría.

Habíamos convocado 50 niños y llegaron el doble. Los participantes crearon un espacio de confianza y cooperación que posibilitó que el ejercicio fluyera. Yorlady se vistió con el traje de “Animera”, que había utilizado en el cementerio de Marsella y empezó a caminar rumbo a la orilla del mar con una romería de niños detrás, desplazándose sobre rastros de sitios cruzados por la violencia. Yo hice el re- gistro de la acción.

En el Espacio Humanitario Puente de los Nayeros escuchamos los testimonios sobre las prácticas de tortura y asesinatos selecti- vos, perpetrados desde finales de 1999 por el Bloque Calima de las Autodefensas, dirigi- do por José Everth Veloza García alias “HH”, paradójicamente oriundo de Trujillo. En esos años, la motosierra fue el arma predilecta, utilizada no solo para desmembrar personas, sino, también, como arma psicológica, para advertir a los vecinos, que escuchaban su so- nido ensordecedor y los gritos de sus víctimas.

Luego, terminaron utilizando el machete ante la evidencia que dejaba el ruido de la motosie- rra. Allí, nos señalaron un sitio donde cientos de personas fueron arrojadas después de las torturas; un pequeño islote, a escasos 1000 metros de la orilla de sus casas, llamado por los pobladores “La isla de la Calavera” y por la oficialidad del puerto como “La isla de los pá-

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jaros”. Un sitio que, a pesar de las denuncias de la comunidad, nunca fue objeto de ninguna inspección.

En esa orilla, conversando con los pesca- dores y mirando hacia la Isla de la Calavera, coincidimos con Yorlady en una nueva obra in- volucrando a los pobladores del sector. En ese contexto nació, en efecto, la idea de realizar el proyecto Suplicio-Sacrificio, en la cual involu- cramos algunas referencias del arte universal.

En la obra de Arnold Bocklin, vimos a Caronte llevar un cadáver hacia la isla de los muertos.

Vi de nuevo una imagen de mi pasado, cuando mi papá llevó a casa una imagen enmarcada de La lamentación sobre Cristo muerto de An- drea Mantegna; asocié este Cristo sobre la mesa de sacrificio con las prácticas que tenían lugar en las casas de pique. Asimismo, imagi- né cómo los pescadores sacaban los cuerpos hacia la playa, envueltos en una sábana blan-

ca, como los representa Beatriz González en su obra Auras anónimas, y la acción compasiva que representa Miguel Ángel en La Piedad.

De regreso a Pereira, Yorlady realizó unas fotografías ilustrativas para proyectar la obra;

el lugar que tomaría mi cuerpo en la mesa de inmolar y el contexto de la acción ritual, en la que participarían las mujeres familiares de víctimas. Ellas ungirían con achiote mi cuerpo, dejando el registro de sus huellas dactilares sobre mi piel. La obra se planeó para ser rea- lizada en Buenaventura el 3 de abril de 2015, fecha que coincidía con la celebración católica del Viernes Santo, día de la muerte de Cristo, en el ocaso de la tarde, como dicta la tradición cristiana.

Regresé en los primeros días de febrero a Buenaventura para presentar el proyecto a la comunidad. Este ejercicio de socialización se realizó casa por casa, hasta cubrir todos los

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pobladores del Espacio Humanitario y obte- ner el consentimiento de la comunidad para desarrollar la obra. Finalmente, se dispuso una casa para la escenificación y diferentes miem- bros de la comunidad participaron aportando los elementos necesarios para materializar la obra: un vecino prestó la mesa, nuestra amiga

Luz Estella llevó la sábana blanca e Hilario Rei- na, un pescador de la zona, dispuso su potrillo (canoa) y fue nuestro Caronte. Para la acción, Yorlady se transfiguró en la imagen de La Pie- dad.

A las 4:30 de la tarde dimos inicio a la ac- ción. Ya en el escenario, dispuse mi cuerpo

Suplicio-Sacrificio, Puente de los Nayeros, Buenaventura, Valle, 2015.

Fotografía comunitaria

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sobre la mesa y una procesión de mujeres fueron llegando a ungirlo, plasmando sus hue- llas, cantando sus tradicionales alabaos, esos cánticos sublimes que entonan las mujeres en su necesidad de comunicación con sus muer- tos. No eran solo las mujeres del vecindario, también llegaron personas de otros barrios de Buenaventura para participar de este momen- to. El impacto emocional de este ritual fue muy conmovedor; tuve que irme mentalmen- te de allí, aislar la escucha, para mantener mi presencia en el lugar.

Los hermanos Reina sacaron mi cuerpo (el

“cadáver”) envuelto en la sábana, para depo- sitarlo, primero en los brazos de La Piedad y, posteriormente, montarlo al bote que lo trans- portaría a la isla donde reposan los despojos de tantas víctimas de la violencia paramilitar de Buenaventura. El bote con el cuerpo rodeó la isla y regresó al barrio sobre las 5:20 de la

Suplicio-Sacrificio, Puente de los Nayeros, Buenaventura, Valle, 2015.

Fotografía comunitaria

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tarde. El registro fotográfico de la acción fue realizado por la propia comunidad con nuestra cámara, que rodó de mano en mano y de ojo en ojo. En una embarcación se transportaban aproximadamente 60 personas que acompa- ñaron el cortejo.

Este mismo año la resonancia internacio- nal de Magdalenas por el Cauca nos permitió llegar a la Ex Esma en Buenos Aires, espacio destinado a la resignificación de la memoria, en el que funcionó un centro clandestino de detención, tortura y exterminio durante la úl- tima dictadura de ese país.

Revelaciones (2016)

Yorlady Ruiz: En 2016, el realizador audio- visual Wilmer Soto se interesó por la acción Suplicio-Sacrificio y filmó para Señal Colombia una versión documental llamada “Los visitan- tes”, en la que dos artistas de Pereira viajan a

Buenaventura, conocen al artista Yeison Rias- cos y juntos colaboran en la realización de dos proyectos: la obra Suplicio-Sacrificio en Buena- ventura y Revelaciones en Pereira. Este último proyecto se creó en homenaje a la memoria de los 12 jóvenes secuestrados por paramilita- res en el barrio Punta del Este, el 19 de abril de 2005, los cuales fueron hallados sin vida el 21 de abril, a 5 kilómetros del aeropuerto de Buenaventura, en la vía al río Dagua. Se econ- traron amordazados y con signos de tortura.

La exposición de Revelaciones se realizó en la Textilería, espacio del Teatro El Paso en Pereira, el 26 de noviembre de 2016. La obra estaba integrada por 12 telas, creadas a la ma- nera de frotagge corporal, a partir del cuerpo del modelo Michelino Valencia y el relato del artista Yeison Riascos sobre los doce jóvenes asesinados.

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La figura fantasmagórica del desaparecido se revela, como en la fotografía, sobre man- tos blancos, que evocan la forma de sudarios, en un ejercicio que nos confronta con la cor- poralidad, apenas insinuada, del ausente y el impacto de los cuerpos violentados, asesina- dos. La obra se complementa con un video de 2 minutos, el cual documenta el proceso de la obra.

Suturas de Paz, 2016

Gabriel Posada: Ante la inminente firma de los Acuerdos de Paz con la guerrilla de las Farc, el colectivo Magdalenas por el Cauca convocó a un acto público que buscaba seña- lar la urgencia de este pacto. En esta acción participativa se invitó a la comunidad, a través de diferentes medios, para la construcción de dos banderas blancas con 400 pañuelos, 250 de ellos escritos a mano por mí, con mensajes

Revelaciones, Buenaventura, Valle, 2016. Fotografía: Gabriel Posada Exposición, La Textilería, Pereira.

Fotografía: Geraldine Arredondo

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recibidos a través de las redes sociales, de di- ferentes partes del país y del extranjero, alusi- vos a los muertos y desaparecidos dejados por la guerra en Colombia. Los pañuelos simboli- zaban el llanto, el duelo ante la pérdida. Todo esto tuvo lugar a un mes del Plebiscito, convo- cado por el gobierno nacional, para refrendar los Acuerdos de Paz, en el cual ganó el “NO”

por un estrecho margen. En este Plebiscito se le preguntó a la ciudadanía del país: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflic- to y construir una paz estable y duradera?”.

El 2 de noviembre de 2016, fecha en la que se conmemora el Día de los Muertos, nos reu- nimos en la Plaza de Bolívar de Pereira, para coser dos banderas blancas de 5x2.5 metros con los pañuelos que ya habíamos preparado.

La acción se realizó entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde, y en ella participaron aso- ciaciones de víctimas, colectivos de Derechos

Humanos, trabajadores de la Personería del Municipio, miembros de AFAVIT, alumnos de diferentes instituciones educativas y ciudada- nos de Pereira. Las banderas fueron izadas a media asta, en los mástiles extremos que pre- siden la escultura del Bolívar Desnudo en la Plaza de Bolívar de Pereira y permanecieron allí hasta mayo de 2017.

Yorlady Ruiz: Suturar bajo el cálido sol promovió una conversación a manera de an- tiguo costurero, como cuando las mujeres se reunían para el bordado y la voz les era per- mitida. Asir un mensaje a otro fue hermanar la palabra y promover, sobre todo, un diálogo sobre lo desconocido, ese anhelado cese del conflicto colombiano.

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Suturas de Paz, Plaza de Bolívar, Pereira, 2016.

Fotografía: Yorlady Ruiz

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3.

Uno de los aspectos más significativos

del proceso creativo de Magdalenas por el

Cauca es el haber logrado constituir formas

de interacción con familiares de víctimas, con organizaciones que han agenciado un ejercicio de rememoración y reivindicación de justicia frente a los hechos de la violen- cia política. Estos vínculos han permitido también que los procesos creativos lleva- dos a cabo por el colectivo hayan tenido lugar en los espacios geográficos y sociales donde no solo han ocurrido los aconteci- mientos, sino donde tienen lugar estas ini- ciativas y sus procesos de construcción de memoria histórica. Teniendo en cuenta lo anterior ¿cómo se ha construido el vínculo con comunidades como las de Trujillo (Valle del Cauca) y cómo han alimentado y soste- nido esta interacción a través del tiempo?

Yorlady Ruiz: El 18 de julio de 2009 asistí a la IX Peregrinación de Trujillo y dejé un sono- viso de nuestra obra en la oficina de la Asocia- ción de Familiares de las Víctimas de Trujillo, AFAVIT. Mes y medio después, la hermana Maritze Trigos nos citó a Gabriel y a mí a una reunión con la junta directiva de AFAVIT, para que contáramos nuestra experiencia y su posible participación en una nueva expo- sición-procesión de Magdalenas por el Cauca.

Nuestro corazón palpitó muy fuerte durante las dos horas y media del viaje desde Pereira hasta Trujillo. La metáfora del dolor, que ve- níamos realizando y que nos perseguía como una sombra, ahora se nos aparecía cara a cara en los rostros de las matriarcas de Trujillo.

El imperativo en la metodología del ejerci- cio para empezar a crear la obra era el invo- lucrar a la comunidad en un proceso artístico que los llevaría a hacer partícipes activos de su

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propia memoria. Lo primero que se hizo fue convocar a 15 adultos, familiares de víctimas, para que nos ayudaran a pintar los retratos de los seres queridos que irían en el vestido de Ofelia. Se les pidió que llevaran un costal de fibra plástica, que, eventualmente, nos servi- ría al abrirlo como soporte para pintar o para realizar unas flores.

El 28 de febrero de 2010 realizamos el pri- mer taller. Previamente, Gabriel dibujó los pri- meros 15 rostros para el vestido sobre papel craft de 1.20 x 0.80 metros. Después de hacer una pequeña introducción a los asistentes so- bre lo que significaba la Ofelia de Trujillo, em- pezaron a calcar los bosquejos sobre la tela plástica, ayudados de papel carbón. Posterior- mente, los animamos a que pintaran con vini- lo gris oscuro; Gabriel asumía la parte final del proceso, haciendo correcciones o detallando los rasgos de gestos y fisuras de los retratos.

En esta etapa, hubo un diálogo más íntimo con el familiar, el amigo, el tío, el hermano o la hermana de la persona desaparecida a la que estábamos pintando.

Gabriel Posada: Antes del primer taller había tenido la posibilidad de acceder a unas copias de las fotografías de las víctimas, la gran mayoría muy difusas, pues eran copias de copias, lo que las hacía más propicias para ser representadas a través del trazo del carbonci- llo. Ya comportaba cierto estado de soledad.

En el proceso de creación de los retratos, me abandoné al diálogo solitario con una imagen que no sabía a quién pertenecía: me devolví de nuevo a mi infancia, a la esquina de mi casa, a otro charco de sangre y sobre este, el cuer- po de un amigo, en torno de carros y juguetes flotando, con su mirada perdida. También vi a mi hermano estampando camisetas de Lenin, a mi hermana Martha saliendo del país asedia-

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da por la las dificultades económicas. Me en- contré con Teresa, la más linda de la cuadra, jugando a la Rayuela. Vi a Yiyo, un amigo, des- pidiéndose, en un largo adiós, antes de que lo desaparecieran en Pereira. Me encontré con los ojos de mi amiga Martha Cecilia buscan-

do a su sobrino que no aparecía y vi de nuevo el río y a Narciso escapando tras el viento…

la corriente creciendo, ampliando a su paso nuestra devastadora historia de duelos y mar- tirios. Todos estos recuerdos en mí y ellos, en los rostros de otros: ¿cómo fue su vida?, ¿qué

Taller para la creación de la Ofelia de Trujillo, Alba Isabel Giraldo, Galería

de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2010. Fotografía: Rodrigo Grajales Taller Galería de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2010.

Fotografía: Rodrigo Grajales

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hacían?, ¿en qué momento especial se habían tomado esa foto? Para lo que fuera, habían dejado un registro que fue guardado cuidado- samente por una madre, una novia o una hija.

Yo tenía en mis manos la huella de ese regis- tro y, a partir de él, creaba otro, que actuaría como resonancia y memoria de alguien que ya no estaba más que en el recuerdo.

Mientras pintábamos los retratos les con- fesé mis divagaciones ociosas; mi experiencia urbanizada por miles de códigos consumistas y arribistas. Nada de esto me permitió acer- carme a ellos. Finalmente, los pude conocer a través de la voz de sus más cercanos, personas humildes en su gran mayoría: recolectores de café, de mora, jornaleros, ebanistas, motoris- tas, tenderos, todos ellos llenos de sueños, los mismos que ahora vagan por la mente de mu- chos de nosotros, como si iluminaran un cielo roto, lleno de vanas estrellas.

Al grupo de Magdalenas por el Cauca le faltaba un escultor para La Ofelia. Fueron las manos amorosas del artista Juan Salazar Sie- rra las que le darían forma a la cabeza y manos de Alba Isabel Giraldo. El trabajo fue realiza- do sobre un bloque de icopor, delicadamente tallado, recreando las historias que le trans- mitíamos sobre los familiares que pintaron a sus seres queridos para el vestido y revisitando constantemente el retrato de Alba Isabel que le habíamos proporcionado. En comunidad, como le gustaba al padre Tiberio, pintamos su cuerpo con los brazos abiertos.

Yorlady Ruiz: Los talleres realizados con la comunidad de Trujillo fueron ocho en total y los terminamos el 4 de abril de 2009. Allí cono- cimos a las niñas Viviana Andrea Garzón de 11 años y Luisa Alejandra Garzón de 9. En uno de los talleres pintamos a su madre, Fanny Zorai- da Ruiz, asesinada y desaparecida junto a una

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Los relatos de Trujillo son desgarradores porque, como se señala en la portada del pri- mer gran informe de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconci- liación, la Masacre de Trujillo es “Una Tragedia que no Cesa”.

Las imágenes y las historias se fueron cru- zando en nuestros talleres. Hijos, hijas, her- manas, hermanos, esposas, madres, sobrinos, amigos continuaron su duelo en la realización de las pinturas que, finalmente, recorrieron las calles de Trujillo, en la Peregrinación del 17 de abril de 2010. En el peregrinaje cruzamos el Parque Monumento, sus osarios, el muro “La sombra del amor” (obra-monumento realiza- da por el artista kurdo Hoshyar Rasheed), el mausoleo del padre Tiberio Fernández, para llegar a la orilla del río Cauca, en la población de Riofrío. Allí, con diferentes congregaciones religiosas, en una sola voz se bendijeron sus

Taller Galería de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2010.

Fotografía: Rodrigo Grajales

amiga 6 años atrás. En la foto que nos com- partieron, aparece la madre cuando fue reina del pueblo. “¿Por qué les da miedo hablar? A nosotras nos mataron a mi mamá y los niños estamos listos a hablar”, fueron las palabras que Viviana Andrea pronunció en la inaugura- ción de la Galería de la Memoria en 2009.

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aguas, en un acto simbólico donde participa- ron casi cuatrocientas personas venidas de varias regiones de Colombia, estudiantes de diferentes universidades, profesionales, reli- giosos, sacerdotes, campesinos, afros, orga- nizaciones de derechos humanos y organiza- ciones sociales, niñas, niños, jóvenes, adultos, artistas, poetas, escritores e investigadores.

De esta forma, podemos decir que Magda- lenas por el Cauca continúa en Trujillo. La po- tencia del gesto artístico, realizado de manera participativa, tiene un peso simbólico y comu- nitario que le confiere la duración necesaria para permanecer en el tiempo: ya no es una memoria individual, es una memoria colectiva representada en retratos que, a la vez, narran nuestra propia vulnerabilidad y nos hablan del dolor colectivo.

Esta obra configura la reiteración del ges- to expresivo como oportunidad de denuncia y

del gesto artístico como sustrato del dolor aje- no para reconocer el propio. De allí, el impacto de la experiencia en Trujillo para las siguientes propuestas de obra. Cada nuevo proyecto ha significado la continuación del ejercicio artís- tico, no directamente en Trujillo, pero sí insis- tiendo en temas que aún continúan sin resol- verse en el país, como la desaparición forzada, el respeto y defensa de los derechos humanos, el derecho a la vida y la búsqueda incesante de la verdad. El vínculo con la comunidad y la re- sonancia de los proyectos colectivos realiza- dos han sido la mejor estrategia para perma- necer en este territorio.

De acuerdo con la Hermana Maritze Tri- gos2, lideresa de AFAVIT,

La obra 327 Alumbramientos por las hue- llas del olvido (2013) se convirtió en un desafío para AFAVIT, para exigir al Es- tado colombiano la identificación de los

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desaparecidos que se encuentran en el cementerio de Marsella (Risaralda). El Colectivo de Abogados José Alvear Res- trepo, con su gran compromiso en exigir justicia, inició este proceso de búsqueda de los desaparecidos. Desde 2016, con la Fiscalía y Equipo Forense, se tomaron 33 pruebas a madres de desaparecidos en Trujillo, para el ADN; en el 2018, se to- maron nuevas pruebas, hasta lograr 60.

El lunes 21 de mayo de 2018, en una se- gunda etapa de búsqueda, en el cemen- terio de Marsella, se hicieron las prime- ras exhumaciones con el compromiso de seguir explorando otros sitios en Trujillo.

Esta obra representa un ¡Acto de digni- dad y justicia, por el derecho de las vícti- mas a una sepultura digna!

4.

A partir de los distintos procesos lleva-

dos a cabo por el Colectivo Magdalenas

por el Cauca, ¿cómo definirían el sentido

de su proyecto artístico frente a la violencia política y el conflicto armado vivido en las distintas zonas geográficas del país donde han trabajado?

Gabriel Posada: Colombia es un país cen- tralista, clasista y conservador, marcado por una violencia que tiene origen en el despojo de la tierra por la fuerza. El Estado es incapaz de garantizar el cumplimiento de la ley y ase- gurar unas condiciones de vida dignas para las comunidades. Por otro lado, la concentración de población en grandes núcleos urbanos ha terminado por conformar dos realidades: la urbana y la rural. La una excluye a la otra. En una, se toman las decisiones y, en la otra, se sufren sus consecuencias.

2. Comunicación personal del Colectivo de Magdalenas por el Cauca con la hermana Maritze Trigos, promotora de AFAVIT).

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En ese contexto, los ríos se han convertido en los lugares adonde van a parar los “deshe- chos”, llenándolos de podredumbre. Los ca- dáveres arrojados al río no son otra cosa que el reflejo de un país que piensa en la muerte como un mecanismo de asepsia social e ideo- lógica. Pensando en limpiar sus crímenes con el agua de los ríos, nuestra sociedad ha termi- nado por convertirlos en prueba de nuestra in- dolencia, en testimonio de nuestra vergüenza.

Yorlady Ruiz: En las grandes urbes hay un país desdibujado. Se desconocen los ríos, los valles, las montañas. Somos un país que siempre mira para otro lado, al espejo de sus fachadas, que da la espalda a la realidad de los territorios lejanos. Este letargo es el germen de los hechos de violencia que son ignorados en los medios de comunicación, en las ofici- nas donde se toman las decisiones. Se trata de una violencia estructural y sistemática que

se ha encargado de promover odios, desigual- dad, pobreza y muerte. De ese trasfondo polí- tico nace nuestro trabajo artístico. Nos hemos preocupado por crear un dibujo del territorio, mirando a los ojos, acompañando las diversas manifestaciones de ternura y de dolor frente a la pérdida; buscamos reconocer el lugar de las personas, para poder construir memoria en conjunto.

De esta manera, cada obra nuestra es proyectada como un ejercicio colectivo, que moviliza pensamiento desde lo simbólico y activa la voz de la comunidad desde lenguajes diversos. Por eso, las acciones van más allá de la pancarta y la arenga. La metáfora simbólica y expresiva que agencia el arte, permite otra traducción de lo que les ha sucedido a las vícti- mas; en esta línea, es altamente provocadora y permite que emerjan otros discursos de la realidad.

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5. ¿Qué implicaciones tiene para ustedes

como artistas abordar la violencia y el con- flicto desde la interacción directa con las asociaciones de familiares de víctimas y el trabajo en los contextos geográficos y so- ciales en los que ocurrieron hechos de vio- lencia política?

Yorlady Ruiz: Nuestro imperativo ético ha sido la responsabilidad con cada una de las personas y de los lugares donde se ha po- dido construir obra, respeto por la vida y el sufrimiento ajenos. Generalmente, trabajar en un territorio implica empaparse de la vida del otro, de su universo cotidiano. La mayoría de personas que hacen parte de las asociacio- nes de víctimas o comunidades en resistencia están en riesgo constante y eso implica tener mucho compromiso frente a su seguridad. A pesar de ello, son aguerridos y mantienen un coraje pleno en la defensa de su dignidad. En situaciones muy complejas, difícilmente se amedrentan; siempre mantienen la fuerza so- lidaria. Frente a ello, la pregunta constante es

¿cómo hacer una obra donde las personas no se pongan en riesgo? En este sentido, la obra representa un filo, delinea un límite muy del- gado que nos sirve para mantener nuestra mi-

Taller Galería de la Memoria de AFAVIT, Trujillo, Valle, 2010.

Fotografía: Rodrigo Grajales

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