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ORIENTACIONES DIDÁCTICAS Y DE EVALUACIÓN

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Academic year: 2022

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INTRODUCCIÓN

La argumentación está presente en la vida cotidiana de la humanidad. Aparece cada vez que en la interacción comunicativa se encuentran posturas opuestas respecto a un tema y alguien intenta convencer a otro de que su propia forma de pensar es razonable, por lo tanto creíble y, además, digna de adoptarse.

La importancia de estudiar el texto argumentativo radica en que puede capacitar al individuo para su interacción en las diversas situaciones en que la argumentación es esencial –debates, discusiones, conferencias, editoriales–, pero sobre todo porque este dispositivo discursivo le sirve como regulador del propio discurso y como base para resolver dificultades en las interacciones comunicativas en las que participa.

El texto argumentativo se relaciona con el texto persuasivo, ya que comparten la función apelativa del lenguaje; este último pretende lograr que una persona –o un grupo de personas– admita, por ejemplo, las ventajas de adquirir algún producto de consumo para la vida, o adopte una posición que tal vez le reportará beneficios. No obstante esta característica común, el texto persuasivo posee algunas diferencias que conviene identificar para lograr una mejor comprensión de los mecanismos que activa y, a partir de dicho conocimiento, tener la posibilidad de asumir una posición crítica ante todo texto oral o escrito que pretenda la manipulación personal o social.

Con la asignatura Análisis del Texto Argumentativo se propicia que los estudiantes de la licenciatura conozcan las principales características de la argumentación como proceso, como procedimiento y como producto; que sean capaces de identificar las diferencias entre este tipo de texto y el persuasivo; que analicen diversos tipos de argumentación, reconociendo los propósitos con que se crean, los elementos que los determinan, las estructuras textuales que involucran y el uso del lenguaje que exigen. Además, se pretende que los normalistas tomen conciencia de las posibilidades que tienen para comprender ambos tipos de texto, las mejoren y sean capaces de producirlos para satisfacer eficientemente diferentes necesidades comunicativas, así como para orientar su futura labor profesional con los estudiantes de secundaria.

Esta asignatura se ubica en el campo de formación específica, en el sexto semestre de la especialidad de Español, de la Licenciatura en Educación Secundaria. Cierra la líneatemática de análisis de textosy tiene como antecedentes: una asignatura en tercer semestre –Análisis de Textos–; dos asignaturas en cuarto semestre –Análisis del Texto Expositivo y Variación Lingüística–, y una en quinto semestre –Análisis del texto Narrativo y Poético.

ORIENTACIONES DIDÁCTICAS Y DE EVALUACIÓN

Es recomendable que el profesor de la asignatura diseñe estrategias didácticas que promuevan diversas formas individuales y colectivas de aprendizaje, enfocadas tanto a la comprensión de los contenidos como a la toma de conciencia de las estrategias que los mismos estudiantes utilizan para aprender.

Al abordar los textos de estudio se deberán tratar los cuatro componentes para la enseñanza del español: lectura, expresión oral, escritura y reflexión sobre la lengua.

Se sugiere utilizar diversas modalidades de lectura –guiada, comentada, compartida, independiente, audición– que propicien la aplicación de estrategias para la comprensión lectora: anticipaciones, predicciones, muestreos e inferencias, así como ejercicios de comprensión literal, específica y global, la identificación de palabras desconocidas e indagación de su significado; la elaboración de resúmenes orales y escritos, además de la expresión de comentarios acerca de lo leído al poner en relación el texto con las experiencias y conocimientos previos del lector.

Se procurará que los alumnos normalistas analicen textos completos en situaciones reales o verosímiles de aprendizaje que los lleven a reconocer las características de éstas y de las intenciones de los autores, a identifiquen las características estructurales y del lenguaje de los textos argumentativos, así como de los llamados persuasivos. Respecto a los primeros, también se promoverá la detección de argumentaciones inapropiadas debidas a la inclusión de elementos persuasivos que no corresponden a este género o a la omisión de información, entre otras causas.

En cuanto a los textos persuasivos, se tratará de que descubran los recursos utilizados para persuadir o disuadir.

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Para el desarrollo de las habilidades de la expresión oral, los temas a analizar deberán ser motivo de comentarios, discusiones, debates, exposiciones y conferencias.

En lo que toca a la escritura, el docente propiciará la producción de argumentos de diverso tipo, enfatizando la doble posición que el escritor debe asumir en sus producciones argumentativas. Es decir, los estudiantes normalistas requerirán argumentar y contraargumentar, colocarse en la posición de argumentador y en la posición contraria de la discusión para lograr el dominio de la complejidad que plantea la escritura del tipo de texto que se estudia. El profesor también tratará de orientar la escritura de los alumnos, a fin de que utilicen estrategias para la planeación, redacción, revisión y corrección de sus textos.

El desarrollo de las actividades de reflexión sobre la lengua se realizará a partir de los textos utilizados en los componentes anteriores, de manera que los futuros docentes identifiquen la función de los textos argumentativos y persuasivos, las situaciones e intenciones que definen esas formas de comunicación, así como la significación que comunican el léxico y la organización del lenguaje tanto en los textos orales que se produzcan o escuchen, como en los que escriban y lean.

La evaluación será formativa, tratando de proporcionar, en los estudiantes normalistas, la retroalimentación necesaria para que analicen en forma individual, en pequeños grupos o con todo el grupo, sus conocimientos y actuaciones lingüísticas orales o escritas. Es necesario que el profesor analice con su grupo las situaciones didácticas y de aprendizaje, de manera que docente y alumnos reconozcan las estrategias efectivas para el aprendizaje e identifiquen aquellas que no sean satisfactorias y las trasformen en otras más apropiadas.

Se recomienda el uso de carpetas en las que maestro y alumnos puedan incorporar trabajos escritos y observaciones realizadas a actividades de lectura, expresión oral y reflexión sobre la lengua. El análisis global –o específico de los documentos incorporados sobre alguno de los componentes– que se realice con las carpetas de evaluación, ofrece a los estudiantes elementos para la auto y coevaluación, que deberán traducirse en nuevas acciones para promover la mejoría en el uso de la argumentación en particular y del lenguaje en general. Se sugiere que dichos análisis se realicen en varios periodos del curso: al inicio, durante y al final.

ORGANIZACIÓN DE LOS CONTENIDOS

Los contenidos de la asignatura se clasifican en tres bloques: con dos temas los primeros y el tercero con uno.

La bibliografía para cada tema se conforma por textos básicos y complementarios. En los primeros se encuentran los conceptos esenciales del temario, mientras que en los segundos se ofrecen otras concepciones sobre dichos temas o se agrega información relacionada con ellos.

BLOQUE I

CARACTERÍSTICAS DE LOS TEXTOS ARGUMENTATIVOS

PROPÓSITOS

En el primer tema de este bloque se estudian, desde diferentes perspectivas, las características de los textos argumentativos, se explica su origen y se ofrecen diversas formas de conceptualizarlos.

También se analizan los elementos que en ellos intervienen y el papel que juegan en la acción comunicativa, así como la manera en que los distintos aspectos del lenguaje contribuyen a su conformación.

El segundo tema, referido a los tipos de argumentación, plantea conocimientos acerca de posibles formas de organizar los elementos en las estructuras textuales para promover tanto la comprensión como la creación de textos adecuados a diversas situaciones argumentativas. Con este fin se profundiza en el Modelo de Toulmin, uno de los más conocidos y de mayor adaptabilidad a diferentes requerimientos de argumentación, se presentan algunos ajustes del modelo, propuestos por diversos autores, y se incluyen algunas técnicas y estrategias argumentativas.

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En este tema también se establece la distinción entre texto argumentativo y persuasivo. Tratar el texto persuasivo de manera independiente servirá para analizar los discursos utilizados para seducir o apelar explotando fundamentalmente –aunque pueden incluir algunas argumentaciones– recursos relacionados con emociones y sentimientos, pero en los que la razón no es el elemento característico.

TEMARIO Y BIBLIOGRAFÍA

Tema 1. Textos argumentativos: origen, definición, elementos y funciones

• Alvarado, Maite y Alicia Yeannoteguy (2000), “La argumentación”, en La escritura y sus formas discursivas. Curso introductorio, Buenos Aires, Eudeba (Temas/comunicación), pp. 61-76.

• Van Eemeren, Frans H. et al. (2000),“Argumentación”, en Teun A. van Dijk (comp.), El discurso como estructura y proceso,Barclona, Gedisa, pp. 305-333.

• Rangel Hinojosa, Mónica (1999), El debate y la argumentación. Teoría, técnicas y estrategias, México, Trillas, pp. 13-47.

Tema 2. Tipos de argumentación y forma de organizar las ideas

• Rangel Hinojosa, Mónica (1999), El debate y la argumentación. Teoría, técnicas y estrategias, México, Trillas, pp. 49-120.

• Renkema, Jan (1999), “Argumentación”, en Introducción a los estudios sobre el discurso, María Luz Melon (trad.), Barcelona, Gedisa (Lingüística/Análisis del discurso. Serie Cla-de-ma), pp.

164-179.

BLOQUE II

TEXTOS ARGUMENTATIVOS ORALES

PROPÓSITOS

En este bloque se estudian los textos argumentativos orales a partir de su inclusión en la radio, uno de los medios donde presentan mayor uso, y se enfocan primordialmente los géneros de opinión y los textos publicitarios.

En el primer tema se abordan los textos de opinión, destacándose las características denotativas y connotativas que surgen, respectivamente, del contenido informativo del que se nutren, y de la interpretación que puede realizarse a partir de lo dicho.

El estudio particular de algunos ejemplos de textos orales –comentario, editorial, discusión, debate–

muestra las especificidades que los caracterizan, la persuasión y la argumentación que implican, así como la estructura, el contenido, la extensión y el lenguaje que los conforma.

La importancia de estudiar estos textos en el contexto de la radio radica en que, al conocer los recursos de que se vale la comunicación social para formar opinión en la audiencia, los estudiantes normalistas tienen la oportunidad de mejorar su comprensión, con el consecuente aprovechamiento de los recursos de expresión racional para servirse de ellos en su interacción comunicativa, así como de desarrollar la capacidad para adoptar una postura crítica ante las manifestaciones de comunicación social, obteniendo, a la vez, elementos para lograr estos propósitos en su posterior trabajo docente con los estudiantes de secundaria.

En el segundo tema, referido a los textos publicitarios, se propone el análisis de su definición, sus elementos, funciones y procesos fundamentales de la semántica que se utiliza para persuadir.

También se promueve el conocimiento de la estructura lingüística desde diversas perspectivas:

fonológica, retórica, morfosintáctica y léxicosemántica.

Con este estudio los normalistas tendrán la posibilidad de reconocer la construcción simbólica de la publicidad y el uso de los modalizadores lingüísticos que colocan en posiciones específicas a los participantes, elementos que contribuyen a la comprensión de las situaciones publicitarias tan

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presentes en la vida actual y que pueden ser determinantes de usos y costumbres de diverso tipo – productos, valores, deseos, impulsos– si al ser receptores de estos textos no se realizan análisis críticos adecuados. Con estas bases, la futura docencia en secundaria capacitará a los estudiantes de ese nivel para que también tomen decisiones pertinentes al enfrentar este tipo de textos.

TEMARIO Y BIBLIOGRAFÍA

Tema 1. El comentario, la editorial, la discusión, el debate

• Figueroa, Romeo (1996), “Los géneros interpretativos”, en ¿Qué onda con la radio?, México, Alhambra Mexicana, pp. 269-320.

Tema 2. Los textos publicitarios

• Paoli Bolio, Antonio (1988), “La comunicación publicitaria”, en Antonio Paoli Bolio y César González (comp.), Comunicación publicitaria, México, Trillas (Biblioteca básica de comunicación social), pp. 11-41.

• Del Castillo y Cuadra, Beatriz E. et al. (1988), “Introducción a la semiología de la publicidad”, en Antonio Paoli Bolio y César González (comp.), Comunicación Publicitaria, México, Trillas (Biblioteca básica de comunicación social), pp. 43-86.

• López Villamor, Cristina et al. (1997), “La publicidad: otra forma de persuasión”, en Jerigonza 3.

El texto argumentativo. 2º ciclo ESO. Área de Lengua Castellana y Literatura, Barcelona, Octaedro, pp. 37-62.

BLOQUE III

TEXTOS ARGUMENTATIVOS ESCRITOS

PROPÓSTOS

En este bloque se profundiza el estudio de algunos textos periodísticos orales revisados en el bloque II para enfocar las características que comparten y las que adoptan al ser escritos. Además, se analizan las características y funciones de otros textos publicitarios escritos –el anuncio, el afiche o cartel y el folleto– que se producen con el propósito de influir en la opinión de un receptor o en la opinión pública, mediante argumentos que se dirigen al intelecto y a los sentimientos de las personas. También se revisa el ensayo y la monografía, como ejemplos de los textos argumentativos que se utilizan en situaciones académicas.

En este bloque se destaca el análisis de los recursos lingüísticos: lexicales, gramaticales, estructurales, de estilo y pragmáticos; que sirven de base para su comprensión o producción enfatizando la doble posición que debe asumir el escritor: la del protagonista que argumenta y la supuesta posición del antagonista que objetaría o replicaría, para poder utilizar contra argumentos y lograr el efecto que pretende. Desde el punto de vista del lector, se subraya la importancia de identificar la temática, los elementos de crítica sobre la argumentación, la estructura y las relaciones conectivas o señales que el escritor utiliza en el texto para manifestar su opinión y que guían la interpretación de significados: comprender la lógica de la postura del argumentador para adoptar la propia, y su acuerdo o desacuerdo.

El aprendizaje de estos elementos proporciona a los normalistas las bases para comprender el texto como unidad de sentido y para realizar la producción escrita con esa misma característica. Estas bases también serán de utilidad para que comprendan y fundamenten el desarrollo de la tarea docente en la educación secundaria.

TEMARIO Y BIBLIOGRAFÍA Tema 1.

1. Ejemplos de textos argumentativos escritos

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2. Textos periodísticos: el artículo de opinión y el texto editorial.

3. Textos publicitarios: el anuncio, el afiche o cartel y el folleto.

4. Textos académicos: el ensayo y la monografía.

• González Reyna, Susana (1991), “El artículo editorial”, “El artículo de fondo”, “La columna”, “El ensayo” y “Apéndice. Ejemplos de géneros periodísticos”, en Géneros periodísticos 1. Periodismo de opinión y discurso, México, Trillas, pp. 59-70, 71-91, 93-106, 107-118 y 139-182.

• Kaufman, Ana María y María Elena Rodríguez (1993), “Caracterización lingüística de los textos escogidos”, La escuela y los textos, Buenos Aires, Santillana, pp. 29-56.

• Galdeano, Paula (s/f), Los conectores y la competencia textual, Buenos Aires, Alpha Centro de Comunicación y Cultura (tomado de Internet: www.centroalpha.com.ar).

• Fragnìere, Jean Pierre (1996), Así se escribe una monografía, Daniel Zadunaisky (trad.), Buenos Aires, FCE de Argentina (Popular, 521).

ORIENTACIONES PARA LA ELABORACIÓN DEL PROGRAMA DE LA ASIGNATURA

Para el diseño de los programas se recomienda mantener los temas básicos que figuran en el temario de la asignatura y designarles tiempo de trabajo de acuerdo con el horario disponible y el número de horas indicado en el mapa curricular.

Los aspectos gramaticales y ortográficos se integrarán al análisis textual; un tratamiento fuera del contexto en el que cumplen sus funciones específicas constituye una incongruencia respecto al enfoque actual para la enseñanza de la lengua.

Es primordial asegurar la vinculación entre lo analizado en el primer bloque con los textos específicos que se propongan en los siguientes dos, con el fin de que los estudiantes reconozcan y apliquen los conocimientos adquiridos.

La programación del segundo bloque se enfocará a los textos orales, por lo que se requiere incluir textos y actividades que permitan observar la importancia de la oralidad en múltiples momentos del desarrollo humano y, de manera específica, las características de textos argumentativos y persuasivos.

En la programación también es esencial tratar de abarcar las funciones que dichos textos cumplen.

Para el tercer bloque se programará lo relativo a los textos escritos. Tanto en la lectura como en la escritura se considerarán los temas y títulos que ofrezcan la oportunidad de que los estudiantes de la licenciatura analicen y recreen las características de los textos argumentativos y persuasivos que se utilicen como ejemplos.

La identificación y valoración de la creatividad en la escritura y la lectura será un aspecto de igual relevancia en los programas que se diseñen.

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MATERIAL

DE

APOYO

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CARACTERÍSTICAS DE LOS TEXTOS ARGUMENTATIVOS

Alvarado, Maite y Alicia Yeannoteguy

LA ARGUMENTACIÓN La perspectiva discursiva

Así como el eje que vertebra el discurso narrativo es le necesidad de poner orden en el mundo, de dar sentido a los sucesos de nuestra vida, el discurso argumentativo se basa en la necesidad de los seres humanos de persuadir a sus interlocutores o de llegar a un acuerdo con ellos respecto de cómo es el mundo. Cuando argumentamos, pretendemos convencer a nuestro interlocutor de que nuestras tesis, nuestras propuestas, son válidas y certeras.

Ahora bien, siempre que hablamos de

“discurso, estamos enfocando la relación que establece el lenguaje con determinadas prácticas sociales. Estamos hablando de una combinación de enunciados en una situación o contexto de enunciación concreto. El discurso no es el dominio de lingüista, ni es el dominio de la gramática, sino de las relaciones entre el lenguaje y el contexto; por lo tanto, el discurso se constituye como tal en la práctica social.

En la verdad y las formas jurídicas, Michel Coucault propone “considerar los hechos del discurso no sólo por su aspecto lingüístico sino como games, juegos estratégicos de acción y reacción, de pregunta y respuesta, de dominación y retracción, y también de lucha”.

Tendremos que describir, entonces, los ámbitos, las circunstancias, en los que estos

“games” se juegan, es decir, en el caso que nos ocupa, en qué contextos precisos se utiliza la argumentación.

Una primera y no exhaustiva enumeración de los campos de aplicación de la argumentación, que incluye el periodismo, la política, la publicidad, la justicia, nos acerca a una de las características fundamentales de este discurso: el dominio de la argumentación es el de lo plausible, lo verosímil, lo probable.

Su paradigma de racionalidad es el de los razonamientos cotidianos y el de las ciencias humanas, distinto del paradigma de las ciencias lógico-formales y de la demostración.

Los inicios

Todas las ciencias humanas tienen sus mitos fundadores. Los de la argumentación se remontan al siglo V a. C. Sicilia estaba gobernada por los tiranos Gerón y su sucesor, Gelón I, quienes llevaron a cabo expropiaciones masivas de terrenos para repartirlos entre soldados mercenarios. En el 467 a. C., una insurrección derrotó a la tiranía y los propietarios reclamaron sus tierras e iniciaron una serie de procesos, de juicios, para recuperarlas. En este momento, Corax y Tisias compusieron el primer “método razonado” para hablar ante el tribunal, en otras palabras, el primer tratado de argumentación, un resumen de los mejores argumentos para encarar los procesos y salir airosos. En lo judicial, entonces encontramos los primeros esfuerzos por sistematizar el discurso argumentativo.

Algunos de los problemas centrales de la teoría de la argumentación están presentes también en el relato sobre sus orígenes: Tisias era discípulo de Corax y ambos habían llegado a un acuerdo. Corax enseñaría sus técnicas a Tisias y éste le pagaría los honorarios a su maestro según los resultados que obtuviera: si Tisias ganaba su primer proceso, pagaba; si perdía, no pagaba nada. ¿Qué hizo Tisias cuando terminó sus estudios? Le inició un proceso a su maestro diciendo que no le debía nada. Si lo ganaba, según el veredicto de los jueces, no le debía nada. Si lo perdía, según el acuerdo con Corax, tampoco le debía nada. En ninguno de los dos casos tendría que pagar a su maestro. ¿Qué hace Corax? Corax retoma el discurso de Tisias palabra por palabra, pero invirtiéndolo, construye un contradiscurso, trabaja el argumento de Tisias a la inversa: si Tisias gana el proceso, según el contrato establecido previamente, tiene que pagar, y si pierde, de acuerdo con la ley, también tiene que pagar.

En este relato se ve funcionar una operación mayor de la argumentación: retomar otro discurso escenificando que todo lo que es hecho con palabras puede ser deshecho por palabras. En este caso, además se plantea la contradicción entre dos sistemas de normas heterogéneas: el del contrato privado, por un lado, de Corax y Tisias; y, por otro, las decisiones de índole legal, judiciales.

Precisamente, lo que la argumentación intenta es clarificar estas cuestiones, descubrir falacias, desembrollar este tipo de situaciones.

Otro momento muy importante en la historia del discurso argumentativo es la

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aparición de los sofistas, entre el siglo V y principios del IV a. C., que desarrollan en Atenas las enseñanzas de Corax y Tisias.

Protágoras, uno de los principales sofistas, trabaja un concepto clave. La antítesis, como idea fuerza de la argumentación, es decir, la técnica de la contradicción. Protágoras muestra así cómo un mismo argumento puede tratarse desde distintos puntos de vista y la relatividad, la opinabilidad de las cuestiones humanas.

Protágoras sostiene que la excelencia del decir tiene, en sí misma, una eficacia demostrativa capaz de transformar el discurso más débil en el más potente. En Grecia, se hacían competiciones retóricas, concursos de virtuosismo argumentativo, basados en el uso de las técnicas de Protágoras. Estos usos indignaban a los enemigos de los sofistas, en especial a Platón, que les reprochaba no buscar la verdad, sino limitarse a poner en dificultades al adversario haciendo evidentes las debilidades internas de su argumentación.

Platón condenaba la retórica de los sofistas, a la que entiende como un mero ejercicio formal de persuasión, que no repara en los temas sobre los que se aplica, dedicaba a “distraer” a la multitud mediante la seducción de su elegancia y de sus sonoridades.

Con Platón, la episteme (la ciencia) predomina sobre la doxa (la opinión); la certidumbre de la verdad sobre la mutabilidad de lo opinable. La posición antisofística de Platón actúa en el fondo de todas las críticas posteriores a la retórica, de todas las desconfianzas y prejuicios sobre los que se fundan las acepciones negativas del término:

es un artificio y por lo tanto un engaño, opuesta a lo sincero y espontáneo; por la persuasión (que es lo contrario de la violencia y la imposición), el más astuto manipula el consenso; está dirigida a las masas y, como el conocimiento requiere del diálogo, de la dialéctica, no sirve para conocer. Aún hoy, el término “retórica” mantiene una carga peyorativa (“esto es pura retórica”; “no me vengas con retórica”; “con la retórica no arreglamos nada”). Sin embargo, la retórica se está sacando de encima esta valoración negativa y está siendo revalorizada en las modernas teorías de la argumentación, a la par que se rescata a los sofistas por sus aportes.

Un resumen de la postura de los sofistas se encuentra en la famosa frase “El hombre es la medida de todas las cosas”; sólo existen verdades parciales, útiles para cada circunstancia.

Los sofistas refinan el arte de la oratoria, que después será sistematizado por

otros autores, desde Aristóteles en adelante. A este arte –que para Aristóteles es una tejné- se lo llama “retórica” y sistematiza los recursos para hablar en público y también para argumentar. La gran sistematización aristotélica de la retórica tiene, como eje principal, una teoría de la argumentación.

Resumiendo: el lenguaje y las técnicas argumentativas nacen ligados a las prácticas judiciales. Es la elaboración de formas racionales de prueba y demostración y también un arte de persuadir y convencer. Los campos en los que tradicionalmente se ha ejercido son:

el de la deliberación política (género deliberativo, qu discute sobre lo útil y lo dañoso), que evolucionó hasta la propagando ideológica; el del tribunal (género judicial, que trabaja sobre los conceptos de lo justo y lo injusto); el campo de la excelencia y la reprobación (género epidíctico discute sobre lo bello y lo feo); el de la demostración (género didáctico). El cristianismo agregó la exhortación religiosa y la época contemporánea, los géneros mediáticos y la publicidad.

Situación y conducta argumentativas.

¿Qué es lo que hacemos cuando argumentamos? ¿Para qué argumentamos?

Para convencer a otro de la justeza de nuestras proposiciones. Y lo hacemos hablando (o escribiendo), porque sólo el discurso es portador de razón. Argumentar es dirigir a otro (un interlocutor) un argumento, es decir, una buena “razón”, para hacerle admitir una conclusión e inducirlo a las conductas pertinentes. Es una operación que se apoya en un argumento, un enunciado aceptado, para llegar a otro enunciado menos aceptado, la conclusión. En el tránsito de uno a otro enunciado, se da el trabajo argumentativo.

Cuando se argumenta, lo que interviene es la racionalidad; si se utiliza la fuerza o la amenaza de fuerza (igual ocurre con la seducción), se abandona el campo de la argumentación. Paradójicamente, hay un argumento de fuerza que se llama “argumento de gran palo” (argumentum ad baculum), que consiste en apuntar a la cabeza del interlocutor y ordenarle: “Dame la plata o te vuelo la cabeza”. En la medida en que no admite réplica, es muy eficaz. Pero, aunque admite gradaciones, la amenaza no es un argumento en sí misma. La argumentación por la fuerza consiste en instaurar una elección cuyos términos son ambos desagradables, aunque

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uno es, con todo, más aceptable que el otro.

Pensemos en Galileo, cuyas opciones eran renegar de sus teorías o la hoguera de la Inquisición. Este tipo de situación es lo que se llama dilema. El dilema es un problema que no tiene verdadera resolución, en el sentido de que las dos soluciones posibles son malas.

En relación con este tema, Jürgen Habermas desarrolló el concepto de

“racionalidad comunicativa”. En su definición, es “la capacidad de aunar sin coacciones y generar consenso porque los interlocutores superan la subjetividad inicial de sus respectivos puntos de vista y, merced a una unidad de convicciones racionalmente motivadas, se asegura, a la vez, de la unidad del mundo objetivo y de la intersubjetividad del contexto en el que desarrollan sus vidas”.

El mundo, dice Habermas, cobra objetividad para una comunidad, por el hecho de ser reconocido y considerado como uno y el mismo mundo por sujetos capaces de lenguaje y acción. Es el “mundo de la vida” que intersubjetivamente comparte. Y el hablante hará manifestaciones racionales cuando la validez de su enunciado sea susceptible de crítica, cuando pueda ser rechazado o refutado por el auditorio. Aun si no se alcanza el consenso, en el fracaso queda manifiesta la racionalidad de lo enunciado: el fracaso puede ser explicado. Porque estamos en el terreno de la argumentación, en el terreno de lo probable, de lo opinable; no en el terreno de las verdades absolutas, de las leyes de la naturaleza o de las verdades científicas.

¿Cuáles son las manifestaciones racionales que nos pueden llevar a un consenso? Las tesis que pueden ser refutadas.

Esa es la única manifestación racional posible de la comunidad comunicativa: cuando plantea un enunciado susceptible de crítica, susceptible de ser rechazado.

La situación de argumentación, consta de un agente individual o colectivo, que actúa para modificar o reforzar las disposiciones de un sujeto con respecto a una tesis o conclusión. La tesis que defiende el argumentador está referida a un campo problemático (aquello de lo que se trata). El conjunto de medios, de razonamientos que el agente utiliza para defender su tesis, son los argumentos.

Puesto que no se argumenta frente a cualquiera, en cualquier momento ni en cualquier parte, podemos decir que existen condiciones de “propiedad” (en el sentido de

“apropiadas”) para la situación de argumentación:

1. Que el otro no comparta las convicciones de uno: debe haber un campo problemático, posible de controversia.

2. Que el otro sea capaz de creer aquello de lo que se lo quiere persuadir: este punto alude a las competencias del auditorio.

3. Que el otro sea capaz de creer con razón;

que sea capaz de pensar, sin las limitaciones de una enfermedad, o de la edad.

4. Que el que argumenta crea en lo que argumenta: por una razón utilitaria, pragmática, ya que la fuerza de su propia convicción se transmite al auditorio, que tiende a creerle; pero también, y fundamentalmente, porque en el campo argumentativo no entran –idealmente, conceptualmente, claro está- la fuerza ni la seducción. La mentira, el engaño, son recursos de la seducción.

Estas condiciones se relacionan con la importancia que tiene en toda argumentación el diagnóstico correcto del auditorio al que se intenta convencer o persuadir. Una construcción incorrecta del auditorio puede hacer fracasar la más fuerte de las argumentaciones. En relación con el término

“auditorio”, tal como se usa aquí, vale una aclaración. Toda la tradición que se ocupa del análisis de la argumentación, aun cuando los textos argumentativos sean escritos, habla de

“orador” y de “auditorio”. ¿Por qué? No sólo porque la argumentación, en sus orígenes, era oral, sino porque el escritor que argumenta, está de todas maneras, imaginando o representándose los términos de una discusión, está imaginando posibles objeciones a lo que él sostiene y, en ese sentido, la argumentación siempre tiene algo de diálogo, aunque sea en la cabeza del que está argumentando. Por eso hablamos de “orador”

y “auditorio”: hay una construcción imaginaria de un debate o de una discusión, que muchas veces se expresa, incluso, en el texto escrito.

La argumentación debe cumplir ciertas condiciones de legitimidad. En ciertas situaciones, atribuirse el privilegio de argumentar puede parecer escandaloso. Hay veces en las que uno siente que “no debe meterse en lo que no le importa”. En las estructuras o instituciones fuertemente jerarquizadas, como la militar o la eclesiástica, estas cuestiones son cruciales. La situación es argumentación se puede bloquear si no se cumplen las “condiciones de legitimidad”, ya sea porque el orador no es legítimo, o bien no

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es competente (por lo que el auditorio no se dejará convencer).

El proceso retórico

Hay diferentes etapas que conducen al discurso argumentado. Vamos a ver las operaciones que, para Aristóteles, genera la tejné r hetoriké (tejné, en griego, significa

“arte, industria, habilidad”). Este proceso consta de cinco momentos u operaciones. Vale aclarar que los que siguen son conceptos de las modernas teorías sobre la argumentación recuperan de la retórica clásica, especialmente de los aportes hechos por Aristóteles. Las cinco operaciones son 1) la inventio, que es encontrar qué decir, encontrar los argumentos;

2) la dispositio, que corresponde al ordenamiento de esos argumentos; 3) la elocutio, que consiste en agregar el adorno de las palabras y de las figuras; 4) la memoria, o memorización del discurso para ser pronunciado oralmente; y 5) la actio, que se refiere a la representación del discurso frente al auditorio.

Vamos a desarrollar solamente tres de esas etapas: la inventio, la dispositio y la elocutio. Las operaciones restantes no será tomadas en cuenta porque corresponden a la oratoria, es decir, al discurso argumentativo oral.

La inventio

La inventio (es una palabra latina que podría traducirse como “invención, aunque no tiene exactamente el mismo significado) corresponde a la generación de las ideas; por tratarse de argumentación, esas ideas son argumentos. Se trata, por lo tanto, de buscar qué decir para argumentar a favor de una tesis, de una posición. La inventio no remite tanto a una cuestión de invención, sino más bien a una búsqueda, a un descubrimiento, a un hallazgo. Es decir, tiene que ver con encontrar lo que conviene a los propósitos del orador. No se trata, entonces, de un acto de inspiración, sino de trabajo para obtener las herramientas necesarias para argumentar.

Estrictamente, es la búsqueda de los argumentos adecuados para hacer plausible una tesis.

De la inventio parte dos líneas: una lógica, que tiende a convencer, y una psicológica, que tiende a emocionar. Para convencer, se requieren pruebas. Pruebas que deben tener fuerza por sí mismas. En cambio, en la línea de lo psicológico, se tienen en consideración las características del auditorio, su humor, sus sentimientos o emociones, ya que se busca conmoverlo de algún modo. El orador debe hacer un diagnóstico lo más ajustado posible de su auditorio en función de decidir qué modalidades adoptará su argumentación para resultar eficaz frente a ese auditorio en particular. El orador debe, por lo tanto, representarse a su auditorio como el escritor se representa o construye a su lector.

Volviendo a las pruebas, éstas pueden ser de dos tipos: técnicas y extra-técnicas. Las extra-técnicas son aquellas sobre las cuales el orador, el autor o, más simplemente, quien argumenta, no puede operar, escapan a su poder. Lo único que se puede hacer con ellas es compaginarlas, presentarlas de diversas maneras. Estas pruebas son datos que están en el afuera, no son elaboraciones del orador.

Pensemos en el caso de las pruebas en el ámbito jurídico. Si son contrarias a su causa, el orador puede intentar esconderlas o correrlas a un lugar menos visible y, si son favorables, las hará resaltar. Barthes dice que estas pruebas son elementos constituidos del lenguaje social, que aparecen directamente en el discurso, sin ser transformadas por ninguna operación técnica del orador. Sólo pueden ser compaginadas, evitadas, escondidas o resaltadas, pero nada más.

En cambio, las pruebas intra-técnicas o técnicas propiamente dichas, si dependen del razonamiento, de las operaciones que lleve a cabo el orador, de su práctica, puesto que el material es transformado en fuerza persuasiva por una operación lógica. Estas pueden ser de dos tipo; podemos definirlas, a grandes rasgos, como inductivos y deductivas. Se trata de una inducción y de una deducción no científicas sino retóricas. La prueba inductiva es el ejemplo, que recurre a un hecho concreto, particular, que puede generalizarse. Las pruebas deductivas son los argumentos, y de ellos, el entimema es la pieza maestra. El entimema es un silogismo incompleto, un silogismo que elide su premisa mayor. Por eso, se dice que el entimema es una estructura elidida. Si alguien dice: “Vos también podés equivocarte, porque sos humano”, la premisa elidida es “todos los (seres) humanos se equivocan”. La razón de la elipsis de la premisa mayor es que la considera obvia. Se la considera como un presupuesto que suscita el

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consenso del auditorio, es algo sobre lo que todos están de acuerdo. Y si esto es así, para qué explicitarlo. La argumentación se edifica a partir de la presunción de que existen acuerdos básicos en el auditorio que funcionan como premisas.

Ahora bien, decíamos que la inventio no es tanto invención como búsqueda y descubrimiento. Pero, ¿dónde buscar los argumentos más eficaces? Hay un “lugar”, la Tónica, de donde pueden extraerse los argumentos. Roland Barthes concibe la búsqueda de los argumentos pertinentes para una causa como el recorrido de una región por parte de un cazador al acecho. Esta metáfora indica que el argumentador o el orador no puede crear sus argumentos de la nada, así como el cazador no crea su presa. Una batida correcta (es decir, un método correcto) dará lugar a una buena caza.

La Tópica (término derivado de topos:

lugar) es una red de formas vacías por la cual el orador pasca el tema. Del contacto del tema con cada agujero (cada lugar) de la red, surge una idea posible. Los lugares no son los argumentos mismos sino los compartimientos donde éstos se encuentra. Por asociación de ideas, por adiestramiento, se encontrarán los argumentos adecuados. Existía, en la Antigüedad, un ejercicio retórico que consistía en pasear un tema determinado por una serie de lugares: ¿quién?; ¿qué?, ¿por qué?,

¿dónde?, ¿cuándo? ¿cómo? Es fácil ver la semejanza entre esta práctica y la moderna del periodismo con las “cinco W”: who, what, when, where, why.

En el siglo XVIII, un tal Lamy propone una red compuesta por los siguientes lugares:

el género, la diferencia, la etimología, la definición, la enumeración de las partes, la comparación, los efectos. Supongamos que tenemos que escribir un texto sobre el tema

“literatura” y no sabemos por dónde empezar.

Si usamos la Tópica de Lamy, podremos plantearnos preguntas que sugieran cambios interesantes para nuestra argumentación.

Podemos preguntarnos por el “género”; ¿la literatura es arte, es discurso, es producción cultural? Si la catalogamos como arte, podemos preguntarnos en qué se diferencia de las otras artes. Veríamos qué nos sugiere la etimología del término y su relación con sus vecinos (letra, lector, literal, etc.) También podemos preguntarnos con qué es incompatible la literatura: ¿con el dinero, con la verdad?.

El problema con los lugares es que tienden a reificarse, a llenarse siempre con los

mismos contenidos, lo cual ha derivado en el uso peyorativo del término “lugar común” para designar el cliché, lo trillado, lo que ya (desde lo argumentativo) no descubre nada y, por lo tanto, no convence. Pero dentro de la retórica y de la teoría de la argumentación, los “lugares comunes” tienen un significado muy distinto.

Son, justamente, lugares comunes a todos los temas; lugares generales, utilizables en cualquier campo del saber. En cambio, los

“lugares propios” o específicos son aquellos aptos para buscar los argumentos específicos de disciplinas particulares.

Perelman y Olbrechts-Tyteca, en su Tratado de la Argumentación, exponen una red tópica cuyos lugares son:

- De la cantidad: algo vale más por razones cuantitativas. Por ejemplo, la defensa de lo popular se hace desde este lugar. Así, si tomamos el caso del arte, podemos oponer el arte popular a la vanguardia estética, puesto que el valor del arte popular descansa en que es producto de y para mayorías. En esta línea, también se puede oponer la defensa del régimen democrático a uno de elite.

También son del lugar de la cantidad los argumentos que apelan al sentido común. Si bien existe un refrán que dice que el sentido común es el menos común de los sentidos, es evidente que el “sentido común” presume un consenso mayoritario: El discurso publicitario acuden frecuentemente a este lugar: una película es buena porque la vieron multitudes o, incluso, porque su presupuesto es el mayor de la historia del cine. Una obra de teatro merece ser vista porque bate records de permanencia en cartel (pensemos en La lección de anatomía acá, en Buenos Aires, o en La ratonera de Ágatha Christie, en Londres).

- De la Cualidad: exalta el valor de lo único, de lo original, de lo distinto. Perelman y Olbrechts-Tyteca sostienen que se pueden definir las características de una sociedad a partir del tipo de argumentos que utiliza y, sobre todo, de los lugares de donde los extrae. La sociedad en la que aparece el romanticismo, por ejemplo, es una sociedad que exalta el valor del individuo, de lo único versus lo masivo, El monoteísmo (un solo Dios verdadero, varios son falsos dioses) se funda también en la valoración de lo único.

- Del orden: afirma bien la preeminencia de las causas, de los principios, o la del fin, los objetivos. “El fin justifica los medios” es un argumento extraído de este lugar; el pragmatismo versus el principismo. El sostén a ultranza de ciertos valores, aunque ello

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conlleve sacrificios (“la sangre derramada no será negociada”) indica, por el contrario, que se privilegian los principios a los objetivos, a los fines. El mérito que, en una sociedad competitiva, se otorga al “llegar primero”, a ser el primero en algo (libro de los Guiness), es también un argumento extraído del lugar del orden.

- De lo existente: este lugar propone que lo que existe, lo real, tiene más valor que lo posible, lo probable. El discurso contra las utopías es un discurso tomado de este lugar.

“Más vale pájaro en mano que cien volando”

y “más vale malo conocido que bueno por conocer” no necesitan comentario. En el campo de la filosofía, el empirismo se justifica en el lugar de lo existente. De igual modo lo hace la razonable preferencia por un resultado observable que por un proyecto que ni siquiera está en marcha.

- De la esencia: es el reconocimiento de un individuo que reúne en sí todas las características requeridas del tipo que representa. Otelo, por ejemplo, encarna el prototipo de celoso; Marylin Monroe o Brigitte Bardot encarnaron el sex-symbol femenino.

Superman encarna, desde la caricatura, al super-hombre del cual nos hablaba Nietzsche.

La dispositio

La dispositio (disposición) es el orden de las partes del discurso. Una pregunta que se hace Barthes es si la dispositio es un acto creativo o un orden preestablecido. Aristóteles concebía las operaciones involucradas en la retórica como una tejné, como un arte. En consonancia con esto, podemos afirmar que la dispositio es un acto creativo, productivo.

Precisamente, los golpes contra la retórica encuentran su justificación en la reificación de la dispositio concebida por una retórica del producto y no de la producción. Esa cosificación la transformó en un esquema inflexible, impermeable a los cambios. Pero, como dijo Pascal, citado por Perelman y Barthes: “Que no se diga que no he dicho nada nuevo; la disposición de los temas es nueva”.

Es decir, órdenes distintos implican nuevos sentidos o sentidos adicionales.

La dispositio clásica está integrada por cuatro fragmentos: la narratio y la confirmatio son de carácter demostrativo; están dirigidas a convencer e informar. En cambio, el exordio y

el epílogo son de carácter pasional e intentan emocionar y conmover al auditorio.

Tanto el exordio como el epílogo son fragmentos cuya función principal es establecer signos de comienzo y de clausura o fin del discurso. Sabemos que todo corte en el discurso es arbitrario. Podemos preguntarnos por qué empezar o terminar en tal o cual punto; podemos discutirlo y analizarlo, pero cualquier decisión seguirá siendo hasta cierto punto arbitraria. Los griegos disimulaban esta arbitrariedad con un pequeño fragmento anterior al exordio llamado proemio, mediante el cual iban preparando el ánimo del auditorio para lo que iba a escuchar y también, fundamentalmente, superaban ese momento que todos tenemos, el momento de romper el silencio.

Volviendo al exordio, éste tiene, a su vez, dos instancias. La primera es el captatio bewnevolentiae, cuya finalidad es captar la benevolencia del auditorio. Este punto es importante y conviene seguir a Aristóteles cuando enumera los distintos modos de captar la benevolencia del auditorio, que dependen de la relación entre la causa y la doxa. El esfuerzo argumentativo será “normal” si la causa se identifica con la doxa; deberá esforzarse en provocar el interés si la causa es “neutra”;

debe guiar al auditorio y a los jueces si la causa es “oscura”; si la causa es

“extraordinaria”, si es contra la doxa, el esfuerzo argumentativo también tendrá que ser extraordinario. Ejemplos de causas extraordinarias serían las argumentaciones a favor de la tortura, a favor de la esclavitud, o a favor del aborto (en este caso, para auditorios particulares, como podrían ser las asociaciones de madres de familia católicas, por ejemplo).

Como pueden verse, la relación de las causas con la doxa está determinada históricamente.

De hecho, hasta el siglo pasado, abogar por la esclavitud no era una causa “extraordinaria”.

La otra instancia del exordio clásico es la partitio, en la cual se anuncian las divisiones, las partes del discurso, el plan de la exposición. Quintiliano decía que una ventaja fundamental de la partitio era que nunca parece largo algo cuyo término se anuncia.

El otro fragmento de carácter pasional o emocional, el epílogo, es un signo de clausura. Habitualmente, es donde se retoman los argumentos, se cierran, se resumen, se concluyen –en el sentido de establecer conclusiones- los puntos de argumentación. El epílogo, en la pieza oratoria, se cierra, por lo general, con un golpe de efecto, un fragmento destinado a permanecer en la memoria del

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auditorio por su patetismo, su emotividad y su contundencia.

En cuanto a las partes demostrativas del discurso argumentativo, la narratio corresponde al relato de los hechos presentes en la causa. Este relato puede seguir un orden natural, cronológico, o artificial (podemos comenzar in media res). En cualquier caso, la narratio es una preparación para los argumentos que se han de exponer en la confirmatio. Debe ser breve, clara y verosímil.

La narratio está constituida por dos ejes: uno es el de los acontecimientos, de los hechos; es un eje diacrónico, cronológico. El otro eje, aspectual, durativo, es el que corresponde a las descripciones. La descripción implica la elección de una parcela de lo describible, puesto que es imposible describir todo. En esa selección hay presente una valoración y, en consecuencia, un acto argumentativo. En toda descripción se destaca algo y, claro está, se omite, quizás se oculta, otra cosa. El que argumenta contra la tortura, describirá, seguramente, los estragos de la tortura sobre el cuerpo de la víctima. El pacifista describirá ciudades y campos arrasados por la guerra y, con ello, estará argumentando a favor de la paz. Cuando describimos, lo hacemos en función de nuestras necesidades argumentativas.

La parte demostrativa de la dispositio se completa con la confirmatio o exposición de los argumentos. Como se ha dicho antes, el orden expositivo de los argumentos en sí mismo un argumento. O lo que es lo mismo:

tiene fuerza argumentativa. Según la retórica aristotélica, existen tres modelos u órdenes tradicionales para la confirmatio. Uno está dado por el orden creciente de los argumentos:

se comienza con los más débiles y se termina el discurso con los más fuertes. Este ordenamiento se ajusta a la idea de que lo último que se escucha es lo que impresiona más la mente. Pero existe un riesgo, que tiene que ver con la necesidad e captar el interés del auditorio: si se arranca con los argumentos más débiles, se puede causar una impresión desfavorable en quien escucha. Luego está el orden decreciente, en el cual se inicia la argumentación con los argumentos más fuertes para terminar con los más débiles. El riesgo aquí es inverso al anterior, ya que si fuera cierto que lo que queda impreso en la memoria es lo último, también la impresión que reciba el auditorio será desfavorable. El último orden es el homérico o nestoriano, llamado así porque, según el relato de Homero en La Ilíada, Néstor, un general griego, alineó sus tropas de modo que las más débiles

quedaran en el centro, rodeadas por las más fuertes. De acuerdo con este orden, es conveniente empezar con razones fuertes, continuar con las más débiles, y concluir con otras fuertes. La idea es que las razones o argumentos débiles queden escondidos.

Pero, como señalan Perelmany Olbrechts-Tyteca, estos modelos parecen presuponer que la fuerza de un argumento no se altera según su disposición en el discurso; y esto no es así. A menudo, un argumento parece fuerte respecto de otros argumentos preliminares que le dan fuerza. Deben ser las exigencias de la adecuación al auditorio las que guíen el orden del discurso.

La elocutio

La última operación que nos queda por tratar es la elocutio. La elocutio consiste en poner palabras a los argumentos, conferir una forma lingüística a las ideas. Por supuesto que esta definición no propicia la escisión entre contenido y forma, entre res y verba (escisión que, al esclerosarse, llevó a considerar el tema de los recursos de la lengua como un mero adorno, ropaje y ornamento de un contenido).

Sabemos que la forma determina el contenido y viceversa, que ambos aspectos se sobredeterminan en un proceso dialéctico. Si no fuera así, si el contenido fuera absolutamente estable, independiente de la forma, los términos que llamamos sinónimos serían verdaderamente intercambiables y, sin embargo, no lo son: hogar, casa, domicilio, morada no tienen el mismo significado. La consecuencia de la deformación a la que hicimos referencia fue una especie de frenesí clasificatorio, volcado en innumerables taxonomías que listaban –muchas veces, sin ninguna teoría que las justificara, acudiendo al solo orden alfabético- innumerables figuras de nombres difíciles: hipotiposis, antimetábole, sermocinatio, prosapódosis, etc. Este afán clasificatorio no consideró que las estructuras y figuras etilísticas han de ser estudiadas en relación con el objetivo que cumplen en la argumentación, teniendo siempre presente que el mismo contenido no es idéntico a sí mismo cuando se presenta en forma distinta.

Cicerón enumera cuatro virtudes de la expresión. La primera es que el discurso sea apto, es decir conveniente, apropiado, acorde con la situación y con las reglas. De esta primera virtud, se derivan las otras tres. La segunda es la corrección léxica y gramatical, la puritas o pureza de la lengua de los romanos,

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su integridad ideal. La tercera virtud es la claridad, para que el discurso sea comprensible. La cuarta es la belleza, cualidad no menor y que en muchos casos proviene del uso correcto de la lengua. Cuando hay un esfuerzo puesto en embellecer la expresión, ese esfuerzo suele aumentar la capacidad persuasiva y explicativa del discurso. Las figuras, como la metáfora, que es una figura de significado, son modos de expresión que salen de lo normal y que, al revelar relaciones distintas, originales, entre los hechos, llaman la atención e incrementan su fuerza persuasiva. “La guerra es la política por otros medios” es un ejemplo de lo que queremos decir cuando hablamos de las figuras como iluminadoras de aspectos o relaciones hasta entonces no advertidas entre hechos.

Entonces, una figura puede ser llamada argumentativa si genera un cambio de perspectiva en la cuestión planteada.

RESUMEN

El discurso argumentativo se basa en el deseo o la intención de persuadir o de consensuar opiniones. Por eso, su terreno es el de lo opinables, el de lo verosímil; y su eficacia descansa, en buena medida, en una ajustada construcción del auditorio al cual se dirige, tanto de sus emociones como de sus creencias u opiniones. La argumentación parte de la presunción de que existen acuerdos básicos en el auditorio que funcionan como premisas.

El proceso de elaboración del discurso argumentativo, tal como lo definió la retórica, consta de cinco etapas u operaciones, de las cuales el discurso escrito conservó solo tres:

inventio, dispositio y elocutio. La inventio es la búsqueda de los argumentos adecuados al auditorio y a la causa. Esa búsqueda se hace siguiendo un recorrido, una tópica, que varía con el género. La dispositio es tanto el orden del discurso como el acto de ordenarlo, de disponer los argumentos de acuerdo a una estructura más o menos flexible según los casos. La elocutio, por último, es la operación que consiste en poner en palabras los argumentos, recurriendo al auxilio de las figuras, que embellecen el discurso y aumentan su capacidad persuasiva.

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EL DEBATE Y LA ARGUMENTACIÓN

Mónica Rangel Hinojosa

¿Qué significa argumentar?

Argumentar es la práctica comunicativa tendiente a la consecución, mantenimiento y renovación de un consenso.

Entendemos por consenso el reconocimiento intersubjetivo dentro de una comunidad de pretensiones de validez, legitimidad, eficacia, veracidad o inteligibilidad. Estas pretensiones – susceptibles de crítica- se expresan por medio de emisiones lingüísticas. La argumentación como proceso social descansa sobre esta base de mutuo acuerdo.

Cuando una de estas pretensiones sea con respecto a normas sociales, morales, valores artísticos o estéticos se vuelve problemática, o en otras palabras cuestionable, se da consecuentemente la necesidad de buscar el consenso la opinión o convicción del grupo. En estos casos la fuerza de la argumentación se mide por la pertinencia (conveniencia y relevancia) de las razones que se ponen de manifiesto en el debate –a través de la palabra- y que son capaces de motivar la común aceptación comunitaria de ciertos postulados, puntos de vista, acciones u opiniones.

Un caso sencillo para reflexionar es la medida aplicada por la sociedad estadounidense en cuanto a la prohibición de fumar en los espacios públicos –aeropuertos y hospitales. En Estados Unidos, hoy día, el hecho de fumar es penado colectivamente en la mayoría de los lugares públicos como resultado de un cambio en la opinión de los ciudadanos estadounidenses con respecto a la salud. Ciertamente, esta medida no ha sido generalizada a otros países, como Francia o España, lo cuál está indicando que es particular en cierta sociedad en una época determinada.

Sólo cuando el grupo social lo requiere, entonces una emisión u acción, antes aceptada

o rechazada, se cuestiona y se pone en debate para decidir acerca de su pretensión de validez o eficacia.

Para comprender esta definición y su aplicación se recomienda revisar el proceso histórico y social de la práctica comunicativa del debate.

DE LOS GRIEGOS HASTA NUESTROS DÍAS

En la cultura griega y romana los ámbitos del mundo privado y público se apoyaban uno al otro. El sujeto público se sostenía en su mundo privado y a través de él.

La vida pública se llevaba a cabo en las plazas, en las academias o en el Senado, y su función se relacionaba directamente con la vida social, política y educativa de la comunidad, mientras que el espacio privado se reducía al círculo familiar.

La organización sociopolítica de Atenas, heredada posteriormente a Roma, se basa en el modelo de ciudad-estado y su eje de funcionamiento es la participación democrática del ciudadano. En ocasiones el vocablo democracia, cuyo significado literal es el gobierno de todos, aparece al ojo (post) moderno como una forma política donde, un efecto, los habitantes de una ciudad se involucran directamente en la vida política de su comunidad. No hay nada más lejos de la verdad: en realidad, desde esos tiempos hasta la actualidad el gobierno de todos es el gobierno de todos los que son elegibles y considerados como aptos para participar en la toma de decisiones que afectan, eso sí, a toda la comunidad.

En Grecia, la posición social del ciudadano se basa en la posición del oikosdéspota. Este nombre engloba las condiciones esenciales y necesarias que debía cumplir cualquier habitante para ser considerado ciudadano.

La palabra está compuesta por dos elementos: por una parte oikos, que se refiera a lo privado, y por otra désnota, que implica al amo, dueño o señor de una casa.

El oikosdéspota ejerce su dominio sobre la esfera familiar, el servicio de los esclavos y las mujeres; de ahí que acceder al mundo público, a la esfera de la participación ciudadana, requiere un patrimonio que se refleja en familia y bienes. Obviamente, en estas condiciones queda fuera gran parte de la población. El gobierno depende de la

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aristocracia, mejor conocida como el gobierno de los mejores ¿Quiénes son los mejores?

Éstos son los oikosdéspota, los dueños o señores de las tierras. La democracia es un proceso político que se da entre iguales, o sea entre todos esos oikosdéspotas atenienses.

Una vez aclarada la noción de democracia en el gobierno ateniense, es importante considerar el tipo de interacción comunicativa que se ejercía en torno a las decisiones sociopolíticas.

El tipo preferido de acción comunicativa para lograr un acuerdo colectivo era el debate, ya fuera porque unos pocos decidían, o bien debido a que estos pocos preferían el debate para decidir. Se pensaba que a través de una práctica argumentativa dentro de una dinámica de enfrentamiento era posible, idealmente hablando, seleccionar la mejor propuesta, proyecto o proposición. El interés fundamental de las partes involucradas consistía en obtener el mayor grado de adhesión hacia su postura y ganar el consenso del grupo.

En síntesis, la vida social y política griega y romana se fundamenta en la participación de los ciudadanos en igualdad de condiciones, allí donde se establecen acuerdos acerca del bien común. De esta tradición heredamos una práctica y un concepto, es decir, el debate y la argumentación.

En la historia de nuestra civilización hemos tenido momentos célebres por el papel que ha ejercido la práctica argumentativa para imponer ciertos modos de vida y creencias;

como ejemplo baste recordar las intervenciones entre Erasmo, Lutero y Santo Tomás. En este sentido, tanto el Concilio de Trento como las asambleas de los revolucionarios franceses significan algo más que una reunión entre jerarcas eclesiásticos o entre ciudadanos. En ambos casos, en la historia de la humanidad se conciben como una coyuntura de acción comunicativa en el terreno social, religioso y político.

Actualmente el debate, o práctica argumentativa, se ha modificado en su aparato externo, pero conserva como su objetivo esencial lograr el acuerdo y consenso del grupo mediante, idealmente, el mejor argumento.

Cuando hablamos del aparato externo nos referimos a los recursos visuales y de procedimiento que son necesarios para apoyar la propuesta argumentativa.

Seguramente las casullas usadas por los prelados de la iglesia durante el Concilio no

eran las mismas que solían vestir todos los días. Ni tampoco el apoyo por parte de ciertos príncipes durante las sesiones pesaba lo mismo, incluso la manera de difundir el acontecimiento seguramente se regía por ciertos protocolos que se diferenciaban de otros eventos eclesiásticos.

En fin, con la inclusión de recursos visuales y de procedimiento queremos enfatizar el papel que otros factores, ajenos a la argumentación, tienen dentro del proceso deliberativo grupal, como son: los protocolos para realizar el debate, el medio de comunicación que se elige, la forma de presentarse ante el público, la elección del modelador, y otros detalles que es importante tener en cuenta cuando se trata de analizar el hecho comunicativo.

Por ejemplo, cuando la sociedad estadounidense se reúne en torno a la televisión para presenciar el debate entre los dos candidatos a la presidencia, o entre dos miembros de fracciones opuestas, para convencer de la bondad o maldad de un

“tratado”, los televidentes no sólo escuchan ideas o propuestas, sino observan y calibran la calidad representativa de cada uno de ellos.

Esta calidad representativa es otro factor que pesa en la obtención de un consenso.

El ciudadano estadounidense televidente mide la validez de cada propuesta, la eficacia de las acciones pasadas o futuras, la legitimidad en que se fundamenta cada quien, la veracidad con que emite sus juicios e incluso la claridad de su expresión. Sin embargo, simultáneamente, percibe las imágenes, el modo de hablar y el comportamiento gestual que cada uno proyecta y que se codifican de acuerdo con registros socioculturales organizados en torno a región, etnia, grupos socioeconómico, edad, sexo y otros. En cada uno de los televidentes o radioescuchas la adhesión o rechazo hacia los candidatos está determinado, en gran parte, por los factores antes mencionados.

El conjunto de las imágenes proyectadas, de los registros sociolingüísticos y del comportamiento, en general, de cada participante en estos eventos de comunicación masiva provoca en el receptor una respuesta.

La reacción o respuesta depende estrechamente del mecanismo de la representación que se pone en marcha para lograr que cada televidente o radioescucha pueda proyectar sus propios ideales o metas en el candidato. Este mecanismo, en pocas palabras, busca deliberadamente la

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independiente del valor, viabilidad o eficacia de las propuestas como tales.

Cuanto más cercanas estén las opiniones o proyectos a los intereses o expectativas del oyente, la posibilidad de identificarse con uno u otro de los exponentes es mayor y, con ello, aumenta las posibilidades de aceptar las propuestas como viables, o las ideas como válidas o eficaces. En ocasiones, la aceptación es independiente del valor, viabilidad o eficacia de las propuestas como tales.

En el mecanismo de la representación se juega la identificación del receptor con lo que el candidato o participante proyecta, tanto a través de su imagen personal como en el registro sociolingüístico.

Ambos aspectos –imagen y registro- facilitan la ubicación del emisor dentro de cierto sector socioeconómico. Su comportamiento despierta ciertas expectativas de acción y pensamiento consideradas como deseables o indeseables para ciertos fines u objetivos.

En conclusión, para lograr la aceptación o rechazo de una audiencia no sólo cuentan los argumentos, sino también la posibilidad de que la audiencia se identifique con el emisor, y la capacidad de éste para representar los ideales deseados y proyectados en él.

Habría que preguntarle, por ejemplo, si el rechazo público a la postura de Ross Perot se debió tanto al acento sureño y nasal, como al ataque de su oponente. Al Gore. Después de la intervención argumentativa de Gore, la oposición de Perot al TLC parecía más una acción para proteger sus intereses familiares que una para defender los comunitarios. Ante esta acusación, los argumentos de Perot perdieron validez y su capacidad representativa se vio menguada, y seriamente cuestionada la legitimidad de su propuesta.

MÉXICO

Es interesante abordar el discurso político no únicamente desde la perspectiva de lo que se dice, sino también de aquello que se oculta, pero que se juega en el momento del rechazo o apoyo a una determinada opción o proyecto.

O, si no, ¿qué se jugó durante las elecciones presidenciales entre Cuauhtémoc Cárdenas, Fernández de Cevallos o incluso Zedillo? ¿Fue acaso la calidad, validez, eficacia

de sus propuestas? Si leemos con atención, ninguno de sus planes se diferenciaba sustancialmente de los demás, pero a nivel de representación, de historia previa, de imagen, de modo de hablar, de gesticular, correspondían claramente a registros socioculturales diferentes y generaban expectativas distintas. ¿Qué tendencia se impuso, mayoritariamente, en los momentos de elegir para presidente?

Es claro que, adicionalmente a los registros socioculturales correspondientes a cada candidato, también habría de pensar en esa función “presidencial” y lo “que” la acompaña a nivel imaginario.

LÍMITES Y ALCANCES El imaginario social

El límite y alcance de la actividad argumentativa depende estrechamente del mundo imaginario social, en donde lo volátil de la experiencia, lo impredecible de la percepción y la condición efímera de la palabra hablada convierten el debate no en la panacea, sino sólo en una de las alternativas sociales de acción comunicativa.

Mediante la opción argumentativa es posible lograr el acuerdo o consenso dentro de la comunidad o, al menos, propiciar en la audiencia una reacción más positiva o negativa con respecto a una determinada postura o acción pública o privada. Revisemos las declaraciones de un periódico local. ¿qué piensa?

CAP. 1. ¿QUÉ SIGNIFICA ARGUMENTAR?

1. Una cosa nos enseño anoche el debate entre el IFE y el PRD...

2. Y eso es que la mera verdad hay que tener mucho cuidado con los susodichos encuentros televisados.

1. Porque si bien es cierto que pueden ser un útil instrumento para la democratización del sistema, también

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es cierto que pueden tener un efecto contraproducente....

2. En pocas palabras, no todo lo que acontece en la sociedad puede estar sujeto a debate...

1. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si se sujetaran a confrontación los índices de la contaminación, el programa “Hoy no circula”, las reservas petroleras o la medición Producto Interno Bruto?...

2. Simple y llanamente, el país correría el riesgo de dar juego a la “imaginería”, que no siempre es el campo de la razón o, peor aún, se podría “politizar” todo cuanto se quisiera...

1. En esa circunstancia podrían ganar quienes tuvieran mejor imagen, oratoria y capacidad histriónica, sin que eso nos acercara a las verdades que el país reclama....

2. Eso y mucho más es el riesgo de endiosar los debates televisados.

(M. A. Kiavelo, El Norte, 31/5/94.)

La fragilidad de la práctica argumentativa no implica desecharla; muy por el contrario, gracias al conocimiento de sus debilidades, se impone la necesidad de preservar ese espacio comunicativo mediante condiciones donde el imaginario social tenga su peso específico sin menguar por eso la influencia del discurso racional.

A manera de reflexión corta podemos anotar que algunos factores, como la presentación personal y las conductas verbales y no verbales, incluyen en el imaginario social y afectan la elección de un candidato a cualquier puesto de decisión mayoritaria. La prueba de lo anterior es ya un lugar común después del famoso libro Cómo se vende un presidente, en el cual queda asentada la relación entre manejar la imagen y ser elegido para presidente de una de las naciones más poderosas.

A pesar de los cambios rápidos que la moda exige, los grupos sociales siempre se arreglan para generar mecanismos de distinción y pertinencia. A través de signos visuales y verbales, como son el modo de vestir, de hablar, de moverse e incluso de

mirar, se establecen criterios de inclusión o exclusión a un cierto sector social. Identificarse con un candidato o con una candidata implica elegir al representante del sistema de vida y creencias al cual se pertenece o se quiere pertenecer. Cuando la influencia y peso de la imagen es mayor que el proyecto que un aspirante sostiene, entonces la fragilidad del sistema de representación se evidencia y pronto queda al descubierto del fraude.

En muchas ocasiones, la televisión puede crear esa ficción de candidato ideal y también el debate puede hacer creer que la habilidad para argumentar es sinónimo de solidez y certeza. No siempre el mejor litigante tiene el argumento más válido, eficaz o legítimo.

Posturas relativistas

Otro problema relacionado con el anterior se refiere al peligro de eliminar en el proceso argumentativo toda referencia a la condición de verdad y a la realidad. Cuando esta referencia se pierde, es fácil caer en la tentación de considerarlo “colectivamente válido” como exclusivamente un hecho social y sin ninguna relación interna con la racionalidad de los argumentos. Esta actitud ha ocasionado actos sociales de represión y violencia, desde Hitler hasta el apartheid en África.

En términos de acción comunicativa y como consecuencia de esta postura relativista, el debate se convierte en un combate de gladiadores verbales donde lo único que parece importar es quién se impone, pero no quién tiene la razón.

El acuerdo y el consenso

También es importante estudiar las diferencias que se presentan entre lograr un acuerdo y llegar a un consenso. Los acuerdos pueden obtenerse sin que medie entre los participantes un sentimiento de “comunidad”.

Los acuerdos pueden efectuarse entre grupos que comparten un interés particular, pero no necesariamente creencias, costumbres o hábitos. Incluso pueden variar las razones y metas para aceptar la conciliación de intereses y estrategias acerca de una acción o proyecto conjunto.

El enfoque en este tipo de propósito generalmente responde a cuestiones de validez

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