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El Juego de Los Vinculos

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Academic year: 2021

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Pasos hacia un

pensamiento complejo

Subjetividad

Vínculos - Redes

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para Nat y Laura Mis tesoros

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êndice

Sujeto Encarnado: l’mites Ð Devenir- Incompletud . . . .4 Pensar la subjetividad . . . .30 Nuevos paradigmas en el campo de la subjetividad . .41 Din‡mica vincular: territorios creados en el juego . . .52 Subjetividad y Contexto Social: Figuras en mutaci—n .67 Del reloj a la red: met‡foras para ver el mundo . . . . .79 Reportaje: Suely Rolnik . . . .91 Notas . . . .102

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El sujeto encarnado:

Limites, devenir e incompletud

ÀDe que hablamos cuando hablamos del cuerpo? El discurso de la Modernidad, y el de la ciencia cl‡sica en particular, prescinde de la necesidad de dejar en claro quien es el que habla, desde quŽ lugar lo hace, con quŽ pro-p—sito y desde quŽ perspectiva. La mayor parte de las pu-blicaciones cient’ficas recurren a un estilo asŽptico e im-personal donde abundan los Òse sabeÓ o las afirmaciones genŽricas del tipo ÒLa neurolog’a actual nos dice (...)Ó o Òla ciencia actual confirma (...)Ó. A pesar de parecer aparente-mente claros, si reflexionamos un poco observamos que los sujetos de estas enunciaciones son entes abstractos Òla neurolog’aÓ o Òla cienciaÓ no hablan, solo Žste neur—logo, o aquŽl cient’fico pueden hacerlo. En suma, en el discurso de la Modernidad el lugar de la enunciaci—n es ocupado por un sujeto abstracto y universal y de esta manera se es-camotea la responsabilidad de quien habla por su propio decir.

Esta forma del discurso moderno, caracter’stico de la ciencia pero tambiŽn de la conversaci—n cotidiana, se ha instituido sobre un conjunto de supuestos subyacentes y se ha desarrollado a lo largo de varios siglos desde el Renaci-miento, pasando por la Revoluci—n Francesa hasta la actua-lidad. No se trata meramente de un Òforma de hablarÓ sino de una forma de pensar, de conocer , de sentir y de perci-bir el mundo.

En las œltimas dŽcadas los modelos cognitivos, los valo-res y las pr‡cticas de la Modernidad han entrado en una

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cri-sis que muchos consideran terminal. El pensamiento con-tempor‡neo se ha abocado a desenredar la compleja made-ja de conceptos, met‡foras, inferencias que han estructura-do la concepci—n Moderna del munestructura-do. Desde diversas perspectivas que incluyen la lingŸ’stica, la filosof’a del lenguaje, la teor’a de la categorizaci—n, la inteligencia arti-ficial, la psicolog’a cognitiva, la teor’a literaria , la cr’tica de arte, la filosof’a de la ciencia se ha cuestionado el dis-curso moderno respecto del sujeto, el conocimiento y la producci—n de sentido.

Este trabajo se inscribe en una perspectiva conceptual que rompe con los discursos de la modernidad1; exige co-mo punto de partida la especificaci—n del lugar desde el cual se habla. Este gesto no es un mero se–alamiento, ni una regla protocolar. Por el contrario, se trata de una afir-maci—n a la vez Žtica -porque indica la decisi—n del hablan-te de hacerse responsable de su discurso-, estŽtica -ya que reconoce la importancia del contenido de la forma y de los v’nculos espec’ficos que esta crea-, y pol’tica -porque pre-tende un lugar en el entramado relacional contempor‡neo. Desde el punto de vista epistemol—gico este se–alamien-to del lugar de la enunciaci—n se relaciona con la necesidad de cuestionar la distinci—n cl‡sica sujeto-objeto y su corre-lativa separaci—n cuerpo-mente. Esto es as’ porque las con-cepciones contempor‡neas sobre estas dicotom’as cl‡sicas han llegado a un punto de no retorno al cuestionar la su-puesta independencia de cada unos de los tŽrminos consti-tutivos de estas polaridades que en la modernidad han sido pensadas como separadas, disociadas, desconectadas. Al cuestionar la polaridad excluyente sujeto-objeto o su equi-valente cuerpo mente avanzamos hacia un nuevo espacio cognitivo. Ya no se trata de indicar nuevos lugares en el viejo mapa de la modernidad, sino que los desarrollos

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contempor‡neos exigen la construcci—n de un nuevo es-pacio cognitivo donde cuerpo~mente, sujeto~objeto, materia~energ’a son pares correlacionados y no oposi-ciones de tŽrminos independientes. S—lo en un nuevo es-pacio cognitivo podr‡n cobrar sentido las producciones te—ricas e instrumentales de este fin de siglo: la simulaci—n y la realidad virtual, las redes sociales y las tramas urbanas, el cuerpo emocional y la mente corporalizada.

Es hora ya de responder al interrogante que abre este tra-bajo: Àde quŽ hablamos cuando hablamos del cuerpo? Des-de una mirada que rompe con las dicotom’as cl‡sicas y que acepte dar cuenta del lugar de la enunciaci—n, lo primero que tenemos que darnos cuenta es de quŽ estamos hablan-do. Es decir, estamos traduciendo al lenguaje verbal nues-tra experiencia corporal. Esa experiencia corporal es in-conmensurable con el lenguaje: pertenece a otro orden. Sin embargo, y aunque resulte parad—jico, aœn cuando perte-nece a otro orden el lenguaje es parte2 de esa experiencia corporal. La inconmensurabilidad no implica incomunica-ci—n, lo que indica es la imposibilidad de una traducci—n completa entre el orden corporal y el del lenguaje. Entre ambos hay una articulaci—n, una posibilidad de traducci—n parcial, que nos permite hablar de la experiencia corporal (sabiendo siempre que hablar del dolor o del placer, o in-tentar describirlos m‡s precisamente es una tarea intermi-nable3). Pero ese ÒcuerpoÓ4 del que hablamos en el len-guaje no puede identificarse sin m‡s con el cuerpo que ex-perimentamos. Entre uno y otro ha mediado una transfor-maci—n ya que el lenguaje no es un medio inerte. Barnett Pearce ha se–alado este aspecto formativo del lenguaje y destacado nombrar algo es Òen un sentido muy real, con-vocarlo a ser como uno lo ha nombradoÓ.

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experiencia social e hist—rica, en un contexto espec’fico y est‡ atravesado por mœltiples imaginarios. Cuando yo ha-blo del ÒcuerpoÓ haha-blo como bioqu’mica, como epistem—-loga, como mujer, como madre, como argentina de fines del siglo XX, como cibernauta, como amante, y en muchos otros registros m‡s. Mi discurso tiene -en este caso- la for-ma del lenguaje escrito estructurado por la cadencia y la consistencia del castellano de Buenos Aires y un estilo aca-dŽmico (con ciertas liberalidades). Otras personas -y yo misma en otras circunstancias- producen sentido en rela-ci—n al cuerpo con y desde otros lenguajes como la pintu-ra, la escultupintu-ra, el video, el cine, la fotograf’a, la simula-ci—n computada, la danza, el ritual, y muchos otros. Otros lenguaje crear‡n otros ÒcuerposÓ, al igual que distintas perspectivas dentro de un lenguaje. Los diversos lengua-jes son inconmensurables entre si, y por lo tanto , no hay una traducci—n exacta, completa y mec‡nica de uno al otro, pero si un proceso de traducci—n parcial, metaf—rico y creativo, como ya hemos se–alado al hablar del lenguaje verbal y la experiencia corporal.

Las complejas relaciones entre los ÒcuerposÓ expresados a travŽs de los lenguaje humanos y el cuerpo m‡s all‡ de toda representaci—n ha sido uno de los temas claves de in-vestigaci—n de muchos pensadores en las œltimas dŽcadas. Los fil—sofos positivistas fueron pioneros en la distinci—n entre ÒcuerpoÓ y cuerpo. Sin embargo su concepci—n del lenguaje y el conocimiento, estaba atrapada en la met‡fora cognitiva de la Modernidad. Esta concepci—n los llev— a hacer del ÒcuerpoÓ una imagen especular -obtenida gra-cias a la iluminaci—n objetivista- de un supuesto cuerpo material, objetivo e independiente. En el pr—ximo apartado exploraremos la forma en que fue form‡ndose este Òcuer-po de la modernidadÓ, que los Òcuer-positivistas han ayudado a

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gestar, propagar y sostener. Consideraremos con especial atenci—n algunas de sus met‡foras constitutivas, tendremos en cuenta los instrumentos y las pr‡cticas que lo hicieron emerger y los procedimientos que lo sostienen. Luego ex-ploraremos las alternativas contempor‡neas que permiten abrir nuevos sentidos que abandonan la vieja dicotom’a cuerpo-mente y abren las puertas al pensamiento complejo para producir un abordaje que permita pensar una mente corporalizada y un cuerpo cognitivo emocional.

El ÒCuerpo de la ModernidadÓ:

La modernidad no descendi— del cielo en paraca’das, ni emergi— adulta del ocŽano. No cubri— con su manto de ra-cionalidad ÒpuraÓ a todo el planeta, ni atrap— de manera uniforme el imaginario de Occidente. A lo largo de varios siglos, en forma despareja e intermitente5 se fueron gene-rando, creciendo y desarrollando un conjunto de formas de pensar, de sentir, de expresarse, de relacionarse, de cons-truir, de viajar, de explorar , de amar, de valorar, de sufrir, de hacer la guerra y la paz, que hacia los siglos XVI y XVII constitu’a una forma de vida y pensamiento humano radi-calmente diferente de aquella que en Occidente dio en lla-marse Edad Media.

La mentalidad moderna no es un sistema homogŽneo. Por el contrario es el nombre genŽrico de una red comple-ja de ideas, conceptos, modos de abordaje, perspectivas in-telectuales, estilos cognitivos, modalidades de intelecci—n-acci—n, y aptitudes valorativas, sensibles y perceptivas que han caracterizado una Žpoca amplia. Por lo tanto debe ser incluida en una categor’a facetada, multidimensional, con bordes difusos, con infiltraciones de otros modos de pen-sar y ser en el mundo.

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La forma espec’fica de la mentalidad moderna no es idŽntica en Galileo que en Descartes o Newton o Leibniz. Aœn as’ es posible abstraer un prototipo, un modelo ejem-plar de aquello que entendemos por mentalidad moderna. Sin embargo, no debemos olvidar que se trata de un Òpro-totipo abstractoÓ que no tiene sentido por si mismo: no es un ’dolo para adorar, ni un demonio que destruir. Por lo tanto, cuando hablemos de la Òconcepci—n moderna del mundoÓ, y especialmente la Òconcepci—n moderna del cuerpoÓ, debemos tener en claro que estos ÒprototiposÓ son Òobjetos narrativosÓ. Esto no los hace menos impor-tantes, ni les quita validez. Al contrario, al hacernos cargo de que somos nosotros los que hablamos del cuerpo, que nuestra narraci—n depende de nuestro peculiar punto de vista y que no podemos acceder a la Òperspectiva de DiosÓ, ni pretender privilegios especiales para nuestro modo de entender el mundo y por lo tanto la corporalidad, abando-namos el campo de las certezas eternas y los fundamenta-lismos objetivistas o Deistas, y abrimos la puerta a la pre-gunta por la emergencia de la noci—n de ÒcuerpoÓ. Al rom-per con las ilusiones de una œnica mirada y una œnica na-rraci—n, nos damos cuenta que la pregunta -al igual que to-das las preguntas- por el ÒcuerpoÓ est‡ hist—rica y social-mente condicionada. Es preciso explorar la noci—n de Òcuerpo de la ModernidadÓ porque nos atraviesa y nos constituye y tambiŽn porque ha entrado en crisis y esto nos produce tanto malestar como nos impulsa hacia nuevas bœsquedas de sentido.

El material hist—rico que nos brinda Occidente a partir del Renacimiento hasta este siglo es tan rico que nos obli-ga a elegir s—lo algunas de las diversas perspectivas y na-rraciones que dan cuenta del vasto tema del ÒcuerpoÓ y las relaciones cuerpo-mente. En el marco de este trabajo, los

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elementos que hemos de utilizar para llevar a cabo nuestro proyecto son de distinta proveniencia:

1) Del campo del arte nos detendremos en el desarrollo de la perspectiva en el quattrocento.

2) Del ‡mbito de la historia de la ciencia prestaremos particular atenci—n al desarrollo de la matematizaci—n, la teor’a y pr‡ctica de la medici—n, y el an‡lisis de la modeli-zaci—n experimental.

3) Del ‡rea filos—fica focalizaremos nuestro interŽs en el Ògiro cartesianoÓ y en el divorcio entre esp’ritu y naturale-za, sujeto y objeto, cuerpo y mente.

He decidido construir esta narraci—n sobre estos tres ejes porque nos permitir‡n abordar el tema del cuerpo desde una perspectiva multidimensional, superando as’ los mo-delos de compartimentos estancos y elaborando una histo-ria que pueda ser navegada como un hipertexto.

La Òracionalizaci—n Ò visual: La perspectiva lineal Un elemento clave para componer una imagen de la Mo-dernidad es darse cuenta que desde su perspectiva concep-tual las coordenadas son fijas: s—lo se reconoce la legitimi-dad de una œnica mirada. En la pintura esta concepci—n se plasm— a travŽs de la Òperspectiva linealÓ . En la ciencia, la mentalidad moderna se expres— a travŽs de la estandariza-ci—n y reificaestandariza-ci—n de los sistemas de representaestandariza-ci—n mate-m‡ticos -la geometr’a anal’tica primero y luego el C‡lculo Infinitesimal- y el establecimiento del Òexperimento con-troladoÓ como modalidad clave de interrogaci—n a la natu-raleza. La pr‡cticas sociales ligadas al pasaje del

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Medioe-vo a la Modernidad est‡n relacionadas con la construcci—n, difusi—n e imposici—n de los patrones e instrumentos de medida ( el metro patr—n, el kilo patr—n etc.), la contabili-dad de doble entrada, el establecimiento de nuevos mode-los vinculares sistematizados -especialmente en las ciuda-des con la agremiaci—n- y un cambio radical en las relacio-nes de poder entre los distintos actores sociales y los mo-dos de fijaci—n de los nuevos estatus sociales.

Los conceptos y procedimientos que hoy nos resultan cotidianos, obvios, naturales, han sido el fruto de una do-lorosa revoluci—n intelectual y tecnol—gica, ligada a los procesos hist—rico-sociales que se produjeron en el pasaje del Medioevo a la Modernidad. Los hombres de Occiden-te atravesaron varios siglos de transformaciones de sus valores, de sus modos de representaci—n, de sus siste-mas vinculares, de sus estilos cognitivos, de sus perspec-tivas te—ricas y estŽticas. Estos cambios estuvieron indi-solublemente ligados con profundas modificaciones en las instituciones religiosas, profesionales, legales, pol’ticas y sociales que condujeron a un nuevo orden social: la Mo-dernidad. Este proceso tuvo lugar tanto en el imaginario como en el tejido social y pudo emerger a partir de un cam-bio de sensibilidad ligado a la aparici—n de nuevos modos de representaci—n y de nuevas formas de relaci—n social.

El desarrollo de la perspectiva lineal en la pintura fue an-terior al giro Copernicano que di— nacimiento a la Ciencia Moderna y a las Meditaciones Filos—ficas de Descartes que abrieron definitivamente las puertas para el establecimien-to de una mentalidad Moderna6.

Los hombres modernos creyeron que era posible Òence-rrarÓ el tiempo dentro de los relojes, ÒcapturarÓ el espacio dentro de un cuadro y el movimiento en un conjunto de Òleyes naturalesÓ necesarias y eternas. Los productos

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tec-nol—gicos, las teor’as cient’ficas, las obras de arte y las concepciones filos—ficas est‡n inextricablemente ligadas entre si y con las pr‡cticas sociales, los modos de sensibi-lidad y las vivencias de los sujetos.

La invenci—n de la perspectiva lineal en el Renacimiento gener— lo que hoy podr’amos denominar como la ilusi—n del realismo. La perspectiva asegura una geometrizaci—n de la representaci—n espacial sobre la base de principios y reglas claramente explicitados y sistem‡ticos que son co-herentes con una nueva manera de percibir y concebir a

la naturaleza, propia del Quattrocento.

A diferencia de la concepci—n moderna la noci—n medie-val del espacio era cualitativa, diferenciada. El universo te-n’a un centro absoluto, un arriba el Cielo -morada de los ‡ngeles, de Dios, de los astros perfectos- y un abajo, el In-fierno. El nuevo espacio renacentista, en cambio, ya no es cualitativo sino ilimitado e idŽntico en todas sus direccio-nes, un espacio sin cualidad pero representable por medio de la tŽcnica de la perspectiva lineal, y por sobre todo: un

espacio anterior e independiente de los objetos que

des-puŽs se situar‡n en Žl: un espacio abstracto. Este espa-cio no es un contexto ni un medio ambiente, sino un sopor-te inersopor-te, vac’o.

El cuadro renacentista pretende ser una ÒventanaÓ a tra-vŽs de la cual nos parece estar viendo el espacio. La super-ficie del cuadro est‡ formada por la intersecci—n entre el plano (el de la ventana) y los haces de una pir‡mide visual, que une un punto o centro visual con cada punto de la for-ma espacial a representar. En el cuadro renacentista la su-perficie material pict—rica, sobre la que aparecen las for-mas de las diversas figuras o cosas dibujadas o pintadas, es negada como superficie material y transformada en un mero Òplano figurativoÓ (...) (Panofsky, E. 1973). Este

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ges-to puede considerarse como parte de un movimienges-to que conducir‡ a la producci—n de una corporalidad abstracta, es decir a la paradoja de un cuerpo desencarnado, que ir‡ im-pregnando el imaginario moderno.

Ahora bien, la perspectiva lineal s—lo es posible cuando se pre-suponen dos hip—tesis fundamentales: a) que mira-mos con un œnico ojo inm—vil y b) que la intersecci—n pla-na de la pir‡mide visual puede considerarse como upla-na re-producci—n adecuada de nuestra imagen visual. Estos dos presupuestos implican un aventurada Òabstracci—nÓ, ya que como nos dice Panofsky Òla estructura de un espacio infi-nito, constante y homogŽneo es totalmente opuesta la del espacio psico-fisiol—gicoÓ. Es decir, que el espacio de la perspectiva y luego el espacio cartesiano son s—lo una de las formas de concebir el espacio y que ambas son reduc-ciones de la compleja experiencia espacial que tenemos los seres humanos. Esta abstracci—n y reducci—n de la expe-riencia es posible gracias a la transformaci—n del espacio como dimensi—n corporalmente significativa -sensible y vivencial- en un espacio matem‡tico estandarizado gracias a procedimientos normatizados7.

La maravillosa tŽcnica de la perspectiva lineal contribu-y— decisivamente a fomentar la ilusi—n realista. Su estricta estandarizaci—n llev— a crear la confusi—n entre Òmapa y te-rritorioÓ. La geometrizaci—n del espacio posibilit— la creen-cia en un espacio independiente. Estos giros conceptuales en cuanto al espacio fueron parte de las condiciones de po-sibilidad para la emergencia de una concepci—n mec‡nica del cuerpo. A su vez, jugaron un papel clave en la estruc-turaci—n de una teor’a del conocimiento objetivista y rea-lista que reciŽn en las œltimas dŽcadas ha comenzado a ver-se ver-seriamente amenazada.

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Mundo mec‡nico y cuerpos medibles

El gran problema de la Modernidad consiste en que sus cultores -pasados y presentes- sostienen que el espacio ma-tem‡tico (que en ese momento era s—lo el espacio Euclidia-no) es una re-presentaci—n realista del espacio f’sico. Es decir es la œnica representaci—n verdadera y valedera del espacio. Sin embargo, es importante aclarar que la nueva concepci—n del espacio no surgi— de golpe, no se impuso en un d’a y obviamente no se corresponde con ninguna in-tuici—n natural humana. Es el fruto de un largo proceso de geometrizaci—n del espacio en el que el arte llev— la delan-tera. Pierre Francastel considera la invenci—n de la pers-pectiva y la representaci—n del espacio durante el Quattro-cento como la manifestaci—n concreta de un cierto estado espec’fico de la civilizaci—n, de una determinada forma material e intelectual de la actividad humana. Una civili-zaci—n donde la Òmatematicivili-zaci—nÓ de la experiencia se ir‡ haciendo cada vez m‡s relevante y extendida. Una civilizaci—n donde la ciencia, la filosof’a y el arte fueron concebidos como sistemas de re-presentaci—n de la natura-leza segœn una peculiar —ptica especular. Es decir que des-de esta perspectiva el conocimiento es una imagen virtual de aquello que est‡ fuera del sujeto y es independiente de Žl (Parad—jicamente el sujeto de la modernidad no afecta ni es afectado por aquello que conoce, como un espejo: cuan-to menos ÒaporteÓ a la imagen mejor, tiene que limitarse a ser superficie reflectante. Debe tender a desaparecer al igual que la superficie del cuadro que ten’a que desapare-cer como tal para ser una Òventana al mundoÓ ).

La historiograf’a del arte, de las ciencias y de las ciuda-des atestiguan los mœltiples lazos que produjeron el entra-mado social que dar‡ origen al Renacimiento. En el siglo

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XIII una nueva matem‡tica venida del mundo ‡rabe se ex-tiende por Occidente debido -en buena parte- a que los hombres de esta Žpoca estaban sumamente comprometidos en el intercambio mercantil y en la eficacia comercial. Pa-ra los habitantes de las ciudades europeas de esa Žpoca Òcontar r‡pido y bien era una necesidad cotidiana.Ó (Paul Benoit, 1989). La vida ciudadana es el escenario en don-de el c‡lculo se va convirtiendo en un valor indispensa-ble para la vida: en el arte con los desarrollos de la pers-pectiva y la mœsica polif—nica, en la vida cotidiana merced al comercio, y tambiŽn para el nacimiento de las nuevas ciencias que como dijera magistralmente Galileo s—lo con-ciben un universo escrito por Dios en la naturaleza con ca-racteres matem‡ticos.

Del espacio sistem‡tico moderno al ideal de la medici—n ÒexactaÓ del mundo no hay m‡s que un paso. Pero no es conveniente considerar este proceso como una cuesti—n ne-tamente pr‡ctica. Por el contrario, se trata de un revoluci—n conceptual y de una transformaci—n mayœscula de la sensi-bilidad. Para poder apreciar cabalmente este fen—meno es imprescindible distinguir el sentido peculiar que se asign— a la medici—n en la modernidad. A diferencia de los grie-gos, para quienes la medida se relacionaba fundamen-talmente con un orden o armon’a interna de las cosas, Galileo concibi— la medida como una comparaci—n de un objeto como un patr—n externo, o unidad fija. Este œltimo procedimiento, que desde luego se conoc’a y utilizaba en ciertos ‡mbitos restringidos en la antigŸedad, era conside-rado como una forma de exteriorizaci—n de una Òmedida internaÓ m‡s profunda y m‡s rica. En cambio, a partir de Galileo s—lo las propiedades medibles segœn un patr—n ex-terno obtendr‡n el elevado rango de cualidades primarias ( la extensi—n, el movimiento, la inercia) y constituir‡n el

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œnico objeto de la ciencia. Esta cualidades primarias se tie-nen por propias de los cuerpos, anteriores a su medici—n e independientes del sujeto. Reencontramos aqu’ en la siste-matizaci—n y estandarizaci—n de los procesos de medici—n, los mismos resortes y las mismas consecuencias cognitivas que ve’amos en relaci—n a la perspectiva lineal: una vez m‡s los ÒcuerposÓ mismos desaparecen del horizonte cog-nitivo de la modernidad, para dejar s—lo un caparaz—n de propiedades mensurables. Los objetos pasan a ser Òmasas puntualesÓ, los choques se vuelven el‡sticos, el espacio y el tiempo devienen absolutos. Objetos inodoros, incoloros, ins’pidos: en fin Òobjetos abstractosÓ. El Òcuerpo de la mo-dernidadÓ es un cuerpo f’sico mensurable y estereotipado dentro de un eje de coordenadas. A imagen y semejanza del espacio se vuelve abstracto y mensurable. De ser una cria-tura de Dios en tr‡nsito hacia la vida eterna, pasa a ser una sustancia material en el espacio infinito regido por leyes de la naturaleza inmutables y eternas.

La perspectiva lineal, la matematizaci—n producto de una experiencia controlada y limitada a la medici—n de varia-bles que solo cambian de forma regular, nos conduce a la concepci—n de un mundo ÒdesencantadoÓ lavado de cua-lidad, gobernado œnicamente por leyes matem‡ticas res-tringidas al universo de variaciones lineales, dentro de un pensamiento causa-efecto regido por el principio de sim-plicidad. El mundo llamado ÒobjetivoÓ, es un mundo muy alejado de la experiencia humana, es un mundo inventado por un sujeto que se piensa a si mismo como Òobservador neutroÓ. Un universo surgido de los Òmodelos idealesÓ y luego ÒconfirmadoÓ por esa forma peculiar de relaci—n con la naturaleza llamada mŽtodo experimental.

El cuerpo que surge de este modo de experienciar y con-cebir el mundo es un cuerpo eviscerado, una c‡scara

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men-surable, un arquetipo de Òvalores normalesÓ, un conjunto de ÒaparatosÓ. Un cuerpo separado de la psiquis, de la emocionalidad, del conocimiento. Un cuerpo abstracto y desvitalizado.

Esta jerarquizaci—n de la media y la estabilidad que im-plican los procesos tŽcnicos (lŽase establecimiento de pa-trones e instrumentos estandarizados de medida) y pol’tico (lŽase regulaciones rigurosas y legales de los est‡ndares de medici—n) tambiŽn condujeron a el desarrollo de una nue-va concepci—n del conocimiento: el objetivismo. Los pro-cedimiento de estandarizaci—n, junto con la regimentaci—n experimental de la naturaleza, implican la posibilidad de prescindir del sujeto. El resultado del experimento no de-pende de quien lo haga. El experimentador es un sujeto abstracto, prescindible, intercambiable. Como la variable matem‡tica puede ser reemplazado por otro miembro cual-quiera del sistema.

La objetividad supone la capacidad de unos sujetos para abstraerse. Es decir, para suponer que ni su corporalidad -que incluye tanto su peculiaridad perceptiva como emocio-nal y su forma de acci—n en el mundo-, ni su subjetividad, ni los v’nculos que establece, influyen en el conocimiento del mundo. El cuerpo desde esta perspectiva conceptual es aquello que puede ser medido, as’ como el cuerpo de la perspectiva era aquel que puede ser representado.

El giro cartesiano y el cuerpo maqu’nico:

RenŽ Descartes puede considerarse el padre de una trilo-g’a fundamental: la fundamentaci—n met—dica-maqu’nica, la distinci—n radical cuerpo-mente, y la geometr’a anal’ti-ca. Esta œltima es la contribuci—n cartesiana a la geometri-zaci—n del espacio y al establecimiento de una civiligeometri-zaci—n

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regida por lo cuantitativo -ya que establece un sistema de transcripci—n entre la geometr’a y la aritmŽtica-. Le debe-mos a Descartes la idea de fundamentar el conocimiento en un mŽtodo, es decir en un procedimiento sistem‡tico a ÒimagenÓ de las matem‡ticas. Estos procesos regulares, re-glados, fijos, sistem‡ticos y previsible son los ingredien-tes fundamentales del maquinismo (que estaba poniŽndose de moda en la Francia de aquella Žpoca)

La dicotom’a cuerpo-mente es un producto casi inevita-ble si partimos de las premisas met—dicas de Descartes. En sus meditaciones este gran fil—sofo llega a a la conclusi—n de que Òpiensa luego existeÓ, en un movimiento que hace emerger al sujeto (aquel que piensa). Sin embargo, r‡pida-mente se da cuenta que al fundar la certeza en su propia ac-tividad pensante encuentra muy dif’cil darle entidad al mundo que percibe. En pos de este objetivo requiri— la co-laboraci—n de Dios, quien segœn Descartes no crear’a una criatura inteligente para enga–arla siempre. A partir de all’ sus meditaciones lo llevan a afirmar que aquellas cosas que perciba de una manera Òclara y distintaÓ deben ser necesa-riamente verdaderas. El paso siguiente de su mŽtodo lo lle-va a afirmar que los objetos matem‡ticos son los œnicos que cumplen este requisito. Concluye entonces que el uni-verso es un gran mecanismo regido por leyes tan rigurosas como las de la matem‡tica formado œnicamente por la sus-tancia extensa (part’culas materiales que ocupan el espa-cio), por sustancia pensante (el alma o psiquis humana a la que arrib— en su meditaci—n) y la sustancia Divina (garan-te epis(garan-temol—gica de la filosof’a car(garan-tesiana).

Esta revoluci—n cartesiana ha tenido -y tiene todav’a- im-plicancias fundamentales para el pensamiento de la corpo-ralidad. En primer lugar legitima filos—ficamente y expl’-cita una nueva forma de ver y relacionarse con el

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mun-do que hab’an abierto el arte -con la perspectiva- , la cien-cia -con el mŽtodo experimental y la cuantificaci—n-, y la vida ciudadana -con la difusi—n de las relaciones mercanti-les y las matem‡ticas en cada vez m‡s amplios sectores so-ciales. Esta nueva sensibilidad da alta prioridad a lo Òvisi-bleÓ -en tanto fuente de representaci—n sistem‡tica-; a lo reproducible -en tanto aporta una forma de eliminar incer-tidumbres-, a lo mec‡nico y previsible -en tanto permite la manipulaci—n.

Desde esta perspectiva, el cuerpo es un mecanismo: sustancia extensa regida por leyes inmutables, donde cada efecto es un producto necesario de una causa. La mente es concebida œnicamente con actividad racional, y como una sustancia independiente.

Aquello que en la filosof’a ha dado en llamarse Òproble-ma cuerpo-menteÓ no exist’a antes de este giro cartesiano y es un producto exclusivo que nace al calor de las premi-sas dualistas. Estas a su vez se originan en los procesos de estandarizaci—n sociales y tecnol—gicos, que permiten la generaci—n de procedimientos estables, normatizados, re-petibles y predecibles, que parecen ser independientes de los sujetos que los lleva a cabo.

El sujeto encarnado y la multidimensionalidad de la experiencia

Las meditaciones cartesianas est‡n signadas por un obje-tivo subliminal: la bœsqueda de certezas absolutas. La afir-maci—n de la duda, no es m‡s que el disparador de una bœsqueda met—dica de un fundamento s—lido para el cono-cimiento que permita apartar toda duda, y eliminar toda huella de incertidumbre. A diferencia de la Fe religiosa, que es punto de partida de todo creyente, los racionalistas

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s—lo encuentran la Fe tras un largo camino. Para ellos es la meta a la que hay que arribar. Por lo tanto, m‡s tarde o m‡s temprano, la Fe fundamentalista iguala a religiosos y Òra-cionalistasÓ.

La identidad formal entre el espacio f’sico y el espacio geomŽtrico euclidiano fue un art’culo de Fe durante varios siglos, la autoridad de Newton termin— de sellar la tarea de sus predecesores en relaci—n a este punto. El esp’ritu que se engendr— en el Renacimiento, que dijo sus primeras pa-labras con Galileo, lleg— a su madurez con Newton. Hacia fines del siglo XVIII Kant inform— a sus contempor‡neos que s—lo faltaban conocer algunos detalles de la de la F’si-ca del Universo . Un siglo despuŽs las geometr’as no eucli-dianas comenzaron a socavar los cimientos del mundo newtoniano y s—lo unas dŽcadas m‡s tarde la Teor’a de la Relatividad termin— la tarea de demolici—n del universo de las certezas . Es importante aclarar que la Relatividad no destruy— a la teor’a newtoniana, sino que como planteara claramente T. S. Kuhn, se trata de teor’as inconmensura-bles entre si, y ambas producen sentido en diferentes domi-nios.

Pocos a–os despuŽs del estruendo producido por la publi-caci—n de la Teor’a Especial la Relatividad (1905), Einstein publica la Teor’a General (1913). En una dŽcada m‡s el Principio de Indeterminaci—n de Heisenberg (elemento clave de la Teor’a Cu‡ntica, que dio sus primeros pasos con el siglo) terminar‡ de disolver los œltimos ladrillos del ba-samento de la ciencia cl‡sica.

La multiplicidad te—rica ser‡ parte del desarrollo de la f’-sica durante el resto del siglo: despuŽs de la Segunda Gue-rra Mundial comenzar‡n a desarrollarse los primeros mo-delos no lineales que har‡n eclosi—n en las tres œltimas dŽ-cadas anteriores al 2000. La Termodin‡mica no Lineal de

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Procesos Irreversibles , La Teor’a del Caos, as’ como los Modelos de Auto-organizaci—n y la Complejidad han abierto una brecha en el pensamiento cient’fico de los œlti-mos a–os. Todas estas teor’as tienen en comœn el trabajar con modelos matem‡ticos no lineales, con los que lidiar era muy dif’cil -cuando no imposible-, antes del desarro-llo de los potentes ordenadores digitales.

Como ya he se–alado, la ciencia de la Modernidad fue construida a partir del supuesto de una exterioridad e inde-pendencia del objeto representado y del sujeto cognitivo. El objeto era una abstracci—n matem‡tica, un conjunto de propiedades mensurable y luego modelizables. Los œnicos modelos matem‡ticos que acept— la ciencia cl‡sica eran los lineales. El sujeto era pensado como una superficie reflec-tante, capaz de formarse una imagen de la naturaleza ex-terna, anterior e independiente de Žl. Conocer era des-cribir y predecir. El sujeto no entraba en el cuadro que Žl mismo pintaba. Se hallaba siempre inm—vil, afuera, si-guiendo met—dicamente las leyes eternas de perspectiva. La linealidad es la trama subyacente de la modernidad: se encarna en la perspectiva pict—rica, en el c‡lculo infinitesi-mal, en el sistema contable, en la filosof’a positivista del conocimiento, en la concepci—n mec‡nica del cuerpo, en la ideolog’a del progreso y la Òsupervivencia del m‡s aptoÓ.

En la actualidad estamos comenzando a legitimar los mo-delos de pensamiento no lineales, tanto en la ciencia, como en el arte y en la vida de relaci—n. Sin embargo, no es sen-cillo hacer lugar a nuevas met‡foras para poder abrir nues-tro espacio cognitivo a nuevas narraciones. Todav’a tene-mos atado nuestro pensamiento al modelo tri-dimensional de la l—gica cl‡sica con sus principios de identidad, no con-tradicci—n y tercero excluido. El espacio cognitivo debe transformarse radicalmente para poder hacer lugar al

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pen-samiento no lineal. Este cambio es a la vez sutil y radical. Los modelos no lineales nos propones pasar del espacio cl‡sico de tres dimensiones a una multiplicidad de espacios autorreferentes, algunos en forma de bucles, otros a to-mando como base la cinta de Moebius, otros a partir de los procesos recursivos fractales.

El punto de partida para este cambio de nuestro paisaje cognitivo es la afirmaci—n de la corporalidad del sujeto. El darse cuenta de que nuestra peculiar fisiolog’a, nuestra ex-periencia biol—gica, nuestra sensibilidad diferencial son cruciales en relaci—n al conocimiento tiene una primera consecuencia: el Òtorcimiento del espacio cognitivoÓ. Esta afirmaci—n hace que el sujeto encarnado entre dentro del cuadro. Se rompe la perspectiva lineal que lo manten’a afuera, inm—vil y tuerto. El sujeto encarnado participa de una din‡mica creativa de si mismo y del mundo con el que est‡ en permanente inter-cambio. La segunda consecuencia se relaciona con la aceptaci—n de que la corporalidad im-plica que todo conocimiento humano se da desde una pers-pectiva determinada. El sujeto encarnado no puede estar en todos lados al mismo tiempo, y por lo tanto s—lo puede co-nocer en un contexto especificado, y su conocimiento se estructura en un lenguaje determinado. Es decir que habr‡ siempre un lugar espec’fico de la enunciaci—n. La terce-ra consecuencia es que no podemos conocer objetos inde-pendientes -sin relaci—n alguna- con nosotros. Desde esta mirada el conocimiento implica interacci—n, relaci—n, transformaci—n mutua, co-dependencia y co-evoluci—n. La cuarta consecuencia es que tendremos siempre un Òagu-jero cognitivoÓ, una zona ciega que no podremos ver. M‡s aœn habitualmente somos ciegos a esta ceguera. Si segui-mos con el ejemplo de la perspectiva lineal, es el sujeto el que cae en la mancha ciega cognitiva. Una descripci—n

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di-n‡mica permitir‡ una mirada multiperspectivista. Pero es-ta diversidad de enfoques es siempre limies-tada por nuestra corporalidad. Es decir, podemos componer -y de hecho es-to es lo que hacemos en nuestra experiencia cotidiana- una Òimaginer’aÓ m‡s compleja, que incluya distintas fuentes de informaci—n pero nunca infinitas fuentes. Solo podemos conocer lo que somos capaces de percibir y procesar con nuestro cuerpo. Un sujeto encarnado paga con la incomple-tud la posibilidad de conocer.

Al asumir esta posici—n nos damos cuenta que el Òcuer-poÓ del que estamos hablando no es el Òcuerpo de la mo-dernidadÓ, estamos comenzado a pensar en una multidi-mensionalidad de nuestra experiencia corporal. Es por eso que podemos empezar a pensar una nueva forma de la cor-poralidad: el Òcuerpo vivencialÓ o Òcuerpo experiencialÓ. No se trata ya de un cuerpo abstracto, dominado por la vi-si—n perspectiva y los las medidas estandarizadas externas. Ese cuerpo no desaparece totalmente, pero ya no es el œni-co imaginario œni-corporal. En la œni-contemporaneidad empeza-mos a poder pensar en un cuerpo multidimensional: un cuerpo a la vez material y energŽtico, racional y emocio-nal, sensible y mensurable, personal y vincular, real y vir-tual (Àun hiper-cuerpo?).

El Òcuerpo vivencialÓ a diferencia del Òcuerpo de la mo-dernidadÓ o Òcuerpo m‡quinaÓ no es un objeto abstracto, ni independiente de mi experiencia como sujeto encarnado. Esa experiencia que todos tenemos de nuestra propia cor-poralidad no es fija, ni inmutable. Todo lo contrario, senti-mos de una manera Òclara y distintaÓ que estasenti-mos en per-manentemente transformaci—n: de eso se trata estar vivo. El Òcuerpo vivencialÓ no alude a sustancia alguna, no tiene un referente fijo fuera de nuestra experiencia co-mo sujetos encarnados. Nuestro Òcuerpo vivencialÓ es

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an-te todo un l’mian-te fundanan-te y una trama constitutiva de un territorio aut—nomo y a la vez ligado inextrincablemente al entorno, con el que vive en permanente inter-cambio. Des-de esta perspectiva, el sujeto encarnado es un linaje espe-c’fico de transformaciones.

El torcimiento de nuestro espacio cognitivo, nos lleva a cuestionarnos las relaciones adentro~afuera, yo~otro, cuerpo~mente que ya no pueden ser de mutua exterioridad, sino de complementariedad abierta. La cŽlula es un buen ejemplo para pensar estas relaciones. La relaci—n de la cŽ-lula con el medio es de interpenetraci—n, la membrana ce-lular es un l’mite semi-permeable8: muchas molŽculas en-tran y salen de la cŽlula, en cambio otras no pueden hacer-lo. Pero cuidado, la cŽlula no es un recipiente contenedor. Al contrario, al ingresar una molŽcula dentro de ella pasa a formar parte de la organizaci—n celular. Las molŽculas no cobran vida porque la vida no es una propiedad de las mo-lŽculas en si. La vida se relaciona con la organizaci—n, con la red de relaciones y las propiedades emergentes de la in-teracci—n. Sin embargo el atravesar la membrana implica una transformaci—n de la red de relaciones y genera por lo tanto una transformaci—n de la identidad (que ya no puede pensarse en s’ y por s’ misma sino en un entramado rela-cional co-evolutivo)

As’ como en la cinta de Moebius el adentro y el afuera y el arriba y el abajo, tienen relaciones topol—gicas comple-tamente distintas a las del espacio cl‡sico, as’ tambiŽn las relaciones Òcuerpo~menteÓ, son radicalmente diferentes a las que nos propon’a la modernidad cuando pensamos el sujeto encarnado .

Desde la mirada cartesiana ÒcuerpoÓ y ÒmenteÓ dos sustancias independientes. Desde la met‡fora de la au-to-organizaci—n se trata de dos formas diferenciadas de

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la compleja experiencia del sujeto en un espacio cogni-tivo auto-referente. No s—lo ha dejado de tener sentido la distinci—n cl‡sica de dos sustancias separadas, sino que la noci—n misma de sustancia es la que se cuestiona. En el marco de las teor’as auto-organizativas, el concepto de sus-tancia no tiene sentido, ya que implica -entre otras cosas-que podemos conocer algo en si mismo, independiente de nosotros.

La noci—n de sustancia est‡ fuertemente emparentada con la de noci—n de identidad cl‡sica. Ambas son est‡ticas e inmutables. El antiguo axioma parmen’deo que reza que Òel ser es, y el no ser no esÓ. Desde una perspectiva de la auto-organizaci—n Òel ser es s—lo respecto de un no serÓ. Esto es as’ porque el conocimiento es un modo de relaci—n con el mundo del sujeto encarnado y sensible a las diferen-cias, que no puede conocer las cosas en si mismas, sino a travŽs de la relaci—n diferencial que establece con ellas.9

Esta es la paradoja de todos los sistemas de autoorgani-zaci—n: el ser y el no ser se definen mutuamente. Las pa-radojas son siempre sistemas de autorreferencia. La famo-sa paradoja de EpimŽnides, por ejemplo, dice que Žl, que era un Cretense, se paraba en las puertas de Creta y dec’a: todos los Cretenses son mentirosos. Si dec’a la verdad... ment’a, y si ment’a ...dec’a la verdad. Cualquier sistema de autoreferencia directa o cruzada desemboca en una parado-ja. Desde la l—gica cl‡sica, las paradojas son ofuscaciones de la raz—n porque violan los axiomas de la l—gica cl‡sica. Para pensadores como Von Foerster, en cambio, las para-dojas son dispositivos creativos. Para m’ las parapara-dojas son verdaderas compuertas evolutivas. Abren nuestra mente hacia nuevas dimensiones. Esto es as’ porque las paradojas nos se–alan que hemos llevado hasta el l’mite de un siste-ma conceptual, y que si siste-mantenemos las premisas de

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parti-da ya no podemos ir m‡s all‡. En los tŽrminos en que est‡ planteada la paradoja no hay soluci—n posible. S—lo nos queda una alternativa. Repensar el espacio cognitivo del que partimos y salirnos por la tangente o escapar por la compuerta evolutiva hacia un nuevo paisaje donde EpimŽ-nides es la excepci—n que confirma la regla, o es un mutan-te veraz, o un extranjero camuflado, o ....infinidad de nue-vos mundos posibles.

Desde esta mirada, nuestra corporalidad nos define como sistemas aut—nomos, con l’mites semipermeables, una ssibilidad diferencial, y en constante intercambio con el en-torno con el cual estamos ÒenredadosÓ en una red fluyente de relaciones que implican que estamos comprometidos en una din‡mica de transformaci—n en co-evoluci—n con el ambiente. Nuestra corporalidad determina un campo de afectaci—n y la clase de interacciones y de transfor-maciones posibles.

El mundo que conocemos, incluido nuestro Òcuerpo-~menteÓ en Žl, no es un mundo independiente de nuestro conocimiento, sino que es un mundo ÒenactuadoÓ. Es de-cir, un mundo co-creado en nuestra interacci—n con el am-biente. Un mundo que convocamos a ser en nuestra expe-riencia interactiva con eso que est‡ afuera pero no separa-do de nosotros.

La enacci—n es un concepto que surge al caer la noci—n moderna de representaci—n que est‡ ligada al modelo de la perspectiva lineal que supone una independencia sujeto-objeto y un conocimiento como imagen interna (especular) de un objeto externo. La enacci—n, por el contrario, no par-te de la suposici—n de un mundo independienpar-te y anpar-terior a la experiencia. Desde esta perspectiva sujeto y mundo se definen mutuamente. F. Varela, E. Rosh y E. Thompson han expresado estas ideas con una claridad meridiana al

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afirmar que el ÒŽnfasis en la mutua definici—n nos permite buscar una v’a mŽdia entre el Escila de la cognici—n como recuperaci—n de un mundo externo pre-dado (realismo) y el Caribdis de una cognici—n como proyecci—n de un mun-do interno pre-damun-do (idealismo). Ambos extremos se basan en el concepto central central de representaci—n: en el pri-mer caso la representaci—n se usa para recobrar lo exter-no, en el segundo se usa para proyectar lo interno. Nues-tra intenci—n es sortear esta geograf’a l—gica de Òinter-no/externoÓ estudiando la cognici—n sin pensar en tŽrmi-nos como la recuperaci—n o la proyecci—n, sino como ac-ci—n corporizada.Ó (Varela et al, 1992)

La enacci—n nos permite pensar la emergencia sincr—nica del sujeto y el mundo en la experiencia contextualizada, corporalizada e hist—rica. La enacci—n nos aleja de las me-t‡foras visuales y nos propone considerar una multiplica-dad de formas de percepci—n del sujeto encarnado en co-evoluci—n con su ambiente. El mundo vivencial no tiene una existencia independiente, no pertenece a una esfera trascendente, sino que como dice A. Machado: Òse hace ca-mino al andarÓ. Tampoco existe una mente o yo sustancial sede fija e inmutable de la experiencia.

Desde esta perspectiva no hay un problema cuerpo-men-te, porque no estamos pensando en tŽrminos de sustancias independientes. Un problema es un problema s—lo desde la perspectiva particular en la que ha surgido.Al cambiar el espacio cognitivo el problema se disuelve. Los modelos de auto-organizaci—n y enacci—n nos proponen participar de esta aventura multidimensional. Muchos de nuestros con-tempor‡neos, entre los que me incluyo, ya han empezado a disfrutar de estas navegaciones .

Al aceptar esta multidimensionalidad de la experiencia nos damos cuenta de que aquello que llam‡bamos

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Òcuer-poÓ o ÒmenteÓ es algo totalmente distinto a la concepci—n del sujeto encarnado. Esta expresi—n no alude a un refe-rente o realidad objetiva independiente sino que emerge al enfocar la multiplicidad experiencial corporalizada y est‡ atravesada por los mœltiples territorios que se crean a tra-vŽs de nuestro devenir vital.

El sujeto encarnado es el nombre de una categor’a hete-rogŽnea, facetada y con bordes difusos. Una categor’a no cl‡sica ya que los elementos que la forman no comparten un propiedad comœn sino que tienen entre s’ un Òparecido de familiaÓ. En el marco de este trabajo s—lo he podido mencionar algunos de los atravesamientos que considero cruciales para pensar al sujeto encarnado en la contempo-raneidad.

Cada lector compondr‡ su propia categor’a en relaci—n a su experiencia, a los atravesamientos te—ricos, estŽticos, Žticos, afectivos, er—ticos y emotivos que incluya su propio devenir como sujeto encarnado. En mi devenir personal se destacan de la trama abigarrada de experiencias la de ser amante y madre, los dolores de los partos de mis hijas y de mis ideas, el placer gigantesco de dar a luz, de crear, de nu-trir de crecer, el sufrimiento por los seres queridos y la de-leitaci—n por ellos, la pasi—n amorosa que me une a mi ma-rido y la pasi—n dolorosa que me separa de los torturado-res, el ritmo de mi respiraci—n y el de mis hormonas, el dis-frute que me produce el arte y el displacer del ruido o de la podredumbre.

En fin, como todos los sujetos encarnados, nuestras ca-tegor’as se desarrollan en la trama evolutiva de nuestra vi-da, est‡n inextricablemente ligadas a nuestra experiencia social y personal, a las tecnolog’as cognitivas, sociales , f’-sico-qu’micas, biol—gicas y comunicacionales con las que convivimos. El desaf’o de la contemporaneidad se

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relacio-na con la riqueza de perspectivas y por lo tanto de mundos posible en los que convivir pero tambiŽn nos exige el cernos responsables del lugar desde el cual elegimos ha-cerlo. El sujeto encarnado disfruta del poder de la creativi-dad y de la elecci—n pero debe hacerse cargo del mundo que ha co-creado.

Bibliograf’a citada:

Barnett Pearce, W.(1994) ÒNuevos modelos y met‡foras comunicacionales.Ó en ÒNuevos Paradigmas, Cultura y SubjetividadÓ, Buenos Aires, Editorial Paid—s 1994.

Francastel, P. (1950): ÒPintura y sociedadÓ , Madrid, Ed.C‡tedra 1984.

Panofsky, E. (1927) : ÒLa perspectiva como forma sim-b—licaÓ, Barcelona, Ed. Tusquets 1973.

Varela, F., Thompson, E. y Rosh (1991) : E. ÒDe cuer-po presenteÓ, Barcelona, Ed. Gedisa 1992.

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Pensar la Subjetividad10

Complejidad, v’nculos y emergencia

ÒHay que ir por el lado en que la raz—n gusta de estar en peligroÓ.

G. Bachelard Una provocativa maldici—n china reza as’: ÁQue vivas en una Žpoca muy interesante! Nosotros que estamos nave-gando Ðo chapoteando- en una de ellas, estamos en condi-ciones de comprender la iron’a de esas sabias palabras. Pe-ro tambiŽn, y abrevando en las mismas fuentes, podemos tomar la crisis por el lado de la oportunidad y sus desaf’os, y no dejar que nos abrume su faceta de riesgo.

El espacio conceptual de la modernidad se correspond’a con la geometr’a euclideana, que se so–aba como œnica y soberana. Las coordenadas cartesianas ofrec’an una grilla tranquilizadora, y la ciencia presentaba un universo mec‡-nico, manipulable y predecible. Un mundo domesticado y desencantado. El siglo XX despert— del sue–o absolutista con el desarrollo de las geometr’as no euclidianas, y fue conmovido por la proliferaci—n de nuevas y extra–as pers-pectivas. El XXI requiere imperiosamente de otros esce-narios donde sea posible desplegar la actividad subjetiva y la transformaci—n del mundo experiencial en un espacio multidimensional para poder comprender y actuar en este agitado e interesant’simo tiempo en que nos toca vivir. La l—gica de la simplicidad ha dejado de ser funcional y pre-cisamos herramientas que nos permitan pensar de una ma-nera no lineal, dar cuenta de las paradojas constitutivas de nuestro modo de experimentar(nos), acceder a un espacio cognitivo caracterizado por las formaciones de bucles

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donde, por un lado, el Sujeto construye al Objeto en su interacci—n con Žl y, por otro, el propio Sujeto es cons-truido en la interacci—n con el medioambiente natural y social. No nacemos ÒsujetosÓ sino que devenimos tales en y a travŽs del juego social.

Desde las perspectivas de la modernidad el Sujeto se pre-sentaba como una sustancia pura, independiente, incorp—-rea pero interior - a la vez y parad—jicamente-, al modo de un carozo que anida en el cuerpo pero que misteriosamen-te es radicalmenmisteriosamen-te ajeno a Žl. En la conmisteriosamen-temporaneidad es-tamos asistiendo a una Òrevoluci—n epistemol—gicaÓ que ha llevado a una puesta en cuesti—n radical del ÒMito Objeti-vistaÓ, y que como correlato necesario abri— la puerta pa-ra poner en tela de juicio el ÒMito del SujetoÓ. Desde una mirada que parte de la vincularidad y la interacci—n como formas b‡sicas de la experiencia humana, la subjetividad no puede ser un carozo, una estructura fija, un nœcleo esta-ble e independiente. Estamos dejando de pensar en tŽrmi-nos de sustancias, esencias o estructuras para acceder a la fluidez y variabilidad de la experiencia contempor‡nea que exige considerar la productividad, actividad, circulaci—n, creatividad.

La filosof’a de la escisi—n Ðcaracter’stica de pensamiento occidental- se basa en una l—gica de la pureza, la definici—n absoluta y la exclusi—n (El Ser Es). Desde esa mirada, la diversidad, la vaguedad, la heterogeneidad son inconcebi-bles (El no ser no es). La diferencia remite siempre a la identidad, como desviaci—n o degradaci—n del Òverdadero serÓ. Esta versi—n monista del mundo, admite tambiŽn una proliferaci—n dualista (materia/raz—n, cuerpo/mente, suje-to/objeto) a condici—n de mantener las fronteras infran-queables, los compartimentos estancos. Cada uno de los polos de las dicotom’as se define en y por s’ mismo, no se

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contamina con su contraparte, estamos frente a un dualis-mo excluyente. La interacci—n transformadora, la hibrida-ci—n, la interpenetrahibrida-ci—n, el v’nculo instituyente y constitu-yente no tienen cabida ni en los modelos de pensamiento monistas, ni en los dualistas.

Las teor’as psicol—gicas de la modernidad tambiŽn se han visto afectadas, arrastradas, e incluso han quedado em-pantanadas en sus posibilidades creativas por la pregnancia e influjo de la filosof’a de la escisi—n y las concepciones positivistas del conocimiento, incapaces de hacer lugar a una mirada interactiva de la experiencia humana del mun-do que hoy est‡ comenzamun-do a desplegarse, expandirse y proliferar.

Las concepciones interactivas son no-dualistas se carac-terizan por ser din‡micas, multidimensionales y complejas. Algunas de las nociones claves que las atraviesan son:

-V’nculos, Sistemas Abiertos y Organizaciones Complejas

-Din‡micas no lineales: Emergencia, Historia y Devenir

-Juegos productores: de sentido, de subjetividad, de mundo

-Acontecimiento, Azar e Irreversibilidad -Tensiones, Flujos y Circulaciones -Escenarios, Espacios de Posibilidad -Co-evoluci—n multidimensional

Todas ellas est‡n en el centro de las nuevas formas de pensar-sentir-actuar en un mundo sacudido por agitaciones diversas, en que parece que todo lo s—lido se desvanece en el aire en una vertiginosa transformaci—n. Desde una pers-pectiva centrada en la din‡mica vincular, el cambio como devenir, como transformaci—n, se ubica en el centro del

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es-pacio cognitivo. Estamos viviendo la Òdisoluci—nÓ de un mundo: el de la f’sica cl‡sica y el del sujeto moderno. Ya a comienzos del siglo XX se hicieron evidentes las fisuras del pensamiento atomista y esencialista. El quiebre de la certidumbre en las ciencias duras fue recibido con alboro-zo en el mundo de las humanidades, pero la satisfacci—n dio paso al temor y la inquietud cuando le lleg— el turno de ajustar las cuentas con el Sujeto. En relaci—n a este punto los humores y las actitudes fueron muy diferentes. ÀQuŽ es eso de poner en tela de juicio nuestra identidad, nuestro concepto de experiencia, nuestra independencia, nuestras caras creencias sobre nosotros mismos? ÀQuŽ cosa extra–a es esa de cuestionar la idea de una estructura ps’quica, de un carozo identitario, para pasar a pensar en tŽrminos de un escurridizo devenir estructurante o de linajes de transfor-maciones? Los murmullos se volvieron atronadores, y nue-vas barreras se levantaron: que el mundo cambie, vaya y pase, pero que nos arrastre junto con Žl, eso es harina de otro costal. No en vano solemos recordar s—lo una parte de la famosa frase de Her‡clito que sostiene que ÒNunca nos ba–amos dos veces en el mismo r’oÓ, pero se elude siste-m‡ticamente la continuaci—n del sabio pensador: Òy las al-mas se disuelven en las aguasÓ.

Todas la concepciones modernas, incluido el estructura-lismo, comparten la caracter’stica de basarse y sostener modelos ideales, arquet’picos. La diferencia radica exclu-sivamente en que los estructuralistas, en vez de tener una part’cula elemental, ubican el fundamento en una estructu-ra elemental, invariante, esencial y eterna. Estos modelos han sido muy eficaces al aplicarse en contextos relativa-mente estables y aislados. Los hombres modernos trabaja-ron con ah’nco para construir un mundo tal que sus produc-tos mec‡nicos resultasen funcionales: en el laboratorio, en

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la f‡brica, en las instituciones fue gener‡ndose un ‡mbito estabilizado a fuerza de estandarizar los par‡metros am-bientales y sociales. Aislamos las m‡quinas con grandes caparazones de metal y construimos edificios para alber-garlas, edificamos ciudades y asfaltamos la tierra, discipli-namos los cuerpos y estandarizamos la conducta, a travŽs una multiplicidad de tecnolog’as y dispositivos sociales Ðque suelen ser mucho m‡s ÒdurasÓ de lo que suele pensar-se habitualmente, a pesar de no pensar-ser materiales-. Munidos de un conocimiento que privilegia las explicaciones mec‡-nicas, los hombres modernos construyeron un mundo, don-de estaban incluidos ellos mismos, a imagen y semejanza del modelo ÒidealÓ que usaban para explicarlo. De esta ma-nera la experiencia del sujeto entr— dentro de la m‡quina estandarizadora, aunque Žste a veces presenta un poquito m‡s de resistencia que los electrones. La familia, la escue-la, la f‡brica, el ejŽrcito son las instituciones encargadas de llevar adelante este proceso de estandarizaci—n y domesti-caci—n del sujeto.

Los modelos te—ricos de la modernidad se han caracteri-zado por una restricci—n profunda a explorar lo diverso, a dar cuenta de lo diferente, lo creativo, lo no domesticable, lo que se inscribe como acontecimiento y no puede fosili-zarse en un modelo, o en una estructura, o en un pattern fi-jo.

Abrir nuestro pensamiento creando espacios paro lo in-formal Ðcomo Òno in-formalÓ y no como Òsin formaÓ- impli-ca dar lugar a los impli-cambios como verdaderas transformacio-nes y no como un despliegue de lo mismo, y es por lo tan-to una perspectiva tantan-to cognitiva como Žtica. En las cien-cias duras la tarea est‡ en pleno auge. Nuevas perspectivas est‡n en plena expansi—n gestando modelos no lineales, complejos y extra–os. El mundo Òde los ladrillitos

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elemen-tales Ò se ha desmoronado al ritmo de las trompetas cu‡n-ticas. Todo el universo f’sico es visto hoy como una inmen-sa Ò red de interacciones Ò donde nada puede definirse de manera absolutamente independiente, y en el que se ense-–orea el Òefecto mariposa Ò ( cuya versi—n popular dice que cuando una mariposa aletea en el Mar de la China puede ÒcausarÓ un tornado en New York) La transformaci—n con-ceptual que viene de la mano de una nueva met‡fora co-mo la del universo coco-mo red o entramado de relaciones, y los individuos como nodos de esa red, hoy excede larga-mente a la transformaci—n de la imagen del mundo pro-puesta por la f’sica, para abarcar desde la lingŸ’stica hasta las teor’as organizacionales, la psicolog’a y la econom’a, donde est‡ comenzando a tallar con fuerza. Desde la pers-pectiva cl‡sica las interacciones resultaban invisibles, ya que el tamiz metodol—gico-conceptual no permit’a captar-las. Aœn hoy tenemos grandes dificultades para incorporar el punto de vista implicado en la met‡fora de la red y la mayor’a de las personas siguen pens‡ndose como indivi-duos aislados (part’culas elementales ) y no como parte de mœltiples redes de interacciones: familiares, de amistad, la-borales, recreativas (participar en un club), pol’ticas ( mi-litar en un partido, votar, integrar una ONG), culturales ( pertenecer a una instituci—n cultural o educativa), infor-mativas (ser lectores o escritores o productores en o de un medio de comunicaci—n), sin olvidar las redes lingŸ’sticas y de comunicaci—n que son el tejido conectivo de nuestro mundo de interacciones.

ReciŽn en las œltimas dŽcadas, el giro epistemol—gico ha-cia la complejidad ha permitido que comenz‡ramos a dar cuenta de la multidimensionalidad que se abre cuando pasamos de las met‡foras mec‡nicas al pensamiento complejo, que toma en cuenta las interacciones

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din‡mi-cas y las transformaciones. Ha comenzado a gestarse una cultura que no piensa al universo como un reloj sino como ÒarchipiŽlagos de orden en un mar de caosÓ: la cultura de la complejidad. Los investigadores en ciencias ÒblandasÓ, los intelectuales ÒhumanistasÓ, los profesionales de las ‡reas sociales, tienen todav’a muchas dificultades para le-gitimar los nuevos puntos de vista ligados a la complejidad y las concepciones interactivas, puesto que no se ha sacu-dido el yugo metodol—gico impuesto por la epistemolog’a empir’sta-positivista. Para cortar el nudo gordiano es nece-sario destrabar tanto la creencia en un acceso privilegiado a una realidad externa, como la ilusi—n de una subjetividad desencarnada, puramente racional e individual.

El conocimiento, desde la perspectiva pos-positivista, no es el producto de un sujeto radicalmente separado de la na-turaleza sino el resultado de la interacci—n global del hom-bre con el mundo al que pertenece. El observador es hoy part’cipe y creador del conocimiento. El mundo en el que vivimos los humanos no es un mundo abstracto, un con-texto pasivo, sino nuestra propia creaci—n simb—lico-vi-vencial. Sin embargo, que nuestras ideas del mundo sean construcciones no quiere decir que el universo sea un Òob-jeto mentalÓ, sino que al conocer no podemos desconectar nuestras propias categor’as de conocimiento, nuestra cor-poralidad, nuestra historia, nuestras experiencias y nues-tras sensaciones. El mundo que construimos no depende s—lo de nosotros, sino que emerge en la interacci—n multi-dimensional de los seres humanos con su ambiente, del que somos inseparables.

Desde los enfoques de la complejidad, el sujeto no es meramente un individuo, es decir un ‡tomo social, ni una sumatoria de cŽlulas que forman una aparato mec‡nico, si-no que es una Òunidad heterogŽneaÓ y abierta al

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intercam-bio. El sujeto no es una sumatoria de capacidades, propie-dades o constituyentes elementales, es una organizaci—n emergente. El sujeto s—lo adviene como tal en la trama re-lacional de su sociedad.

Las propiedades ya no est‡n en las cosas sino ÒentreÓ las cosas, en el intercambio. Desde esta nueva mirada, tampoco el sujeto es un ser, una sustancia, una estructura o una cosa sino un devenir en las interacciones. Las nociones de historia y v’nculos son los pilares fundamentales para la construcci—n de una nueva perspectiva transformadora de nuestra experiencia del mundo y de nosotros mismos. Y es-te cambio no s—lo se da a nivel conceptual, sino que impli-ca tambiŽn abrirnos a una nueva sensibilidad y a otras for-mas de actuar y de conocer, a otra Žtica y otra estŽtica, ya que desde la mirada compleja estas dimensiones son inse-parables en el con-vivir humano.

Estamos pasando de las ciencias de la conservaci—n a las de la creaci—n, porque, aunque parezca parad—jico a prime-ra vista, la noci—n de historia est‡ estrechamente ligada a la de creatividad en un universo evolutivo complejo. Libera-das del determinismo cl‡sico, las teorizaciones actuales han dejado lugar a la diferencia como factor de creaci—n y cambio, de selecci—n de rumbos. La historia no es mera repetici—n, ni despliegue de lo ya contenido en el pasa-do. El ruido, el azar, el otro, lo distinto son las fuentes de novedad radical y v’as para el aumento de complejidad y no meros Òdefectos despreciablesÓ. Esta transformaci—n conceptual ha sido el producto del deplazamiento del foco conceptual desde los sistemas cerrados y cerca del equili-brio hacia los sistemas abiertos evolutivos en di‡logo mul-tiforme con su ambiente. Desde esta perspectiva concep-tual el sujeto no es lo dado biol—gicamente, ni un ÒpsiqueÓ pura, sino que el sujeto adviene y deviene en el

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intercam-bio en un medio social humano en un mundo complejo. Ahora bien, no debemos confundir el sujeto con la subjeti-vidad. Esta es la forma peculiar que adopta el v’nculo hu-mano-mundo en cada uno de nosotros, es el espacio de li-bertad y creatividad, el espacio de la Žtica. El sujeto no se caracteriza solamente por su subjetividad, sino por ser al mismo tiempo capaz de objetivar, es decir, de convenir, de acordar en el seno de la comunidad, de producir un imagi-nario comœn y por tanto de construir su realidad. Lo que los positivistas llamaban Òel mundo objetivoÓ es para las ciencias de la complejidad una construcci—n imaginaria compartida, un mundo simb—lico creado en la interacci—n multidimensional del sujeto con el mundo del que forma parte. El mundo en que vivimos es un mundo humano, un mundo simb—lico, un mundo construido en nuestra interacci—n con lo real, con lo que est‡ afuera del len-guaje, con el misterio que opone resistencia a nuestras creaciones y a la vez es la condici—n de posibilidad de las mismas.

El enfoque de la complejidad se asienta sobre un conjun-to de supuesconjun-tos e hip—tesis fundamentales, entre los que se destacan: a) Las partes de un sistema complejo s—lo son ÒpartesÓ por relaci—n a la organizaci—n global, que emerge de la interacci—n. b) La Unidad Global no puede explicar-se por sus componentes. El sistema preexplicar-senta interacciones facilitadoras, inhibidoras, y transformaciones internas que lo hacen no totalizable . c) El sistema complejo surge de la din‡mica de interacciones y la organizaci—n se conserva a travŽs de mœltiples ligaduras con el medio, del que se nu-tre y al que modifica, caracteriz‡ndose por poseer una au-tonom’a relativa. Las ligaduras con el medio son la con-dici—n de posibilidad para la libertad del sistema. La flexibilidad del sistema, su apertura regulada, le provee la

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posibilidad de cambiar o de mantenerse, en relaci—n a sus interacciones con su ambiente. d) El contexto no es un ‡m-bito separado e inerte, sino el lugar de los intercambios y a partir de all’ el universo entero puede ser considerado una inmensa Ò red de interacciones Ò, donde nada puede defi-nirse de manera absolutamente independiente e) En todas aquellas situaciones en que se produzcan interacciones, ya sean positivas (sinŽrgicas) o negativas (inhibidoras), o cuando intentemos pensar el cambio cualitativo, no tiene sentido preguntarse por la causa de un acontecimiento, ya que no hay independencia ni posibilidad de sumar efectos, sino transformaci—n. S—lo podemos preguntarnos por las condiciones de emergencia, por los factores co-producto-res que se relacionan con la aparici—n de la novedad. Este modo explicativo, apunta m‡s a la comprensi—n global que a la predicci—n exacta, y reconoce que ningœn an‡lisis pue-de agotar el fen—meno que es pensado pue-despue-de una perspec-tiva compleja.

La civilizaci—n que crey— en las certezas definitivas, en el conocimiento absoluto y el progreso permanente est‡ de-rrumb‡ndose y est‡n abriŽndose paso nuevos modos de pensar, de sentir, de actuar y vivir en el mundo. El sujeto complejo ha producido un giro ÒrecursivoÓ fundamental e irreversible. La transformaci—n de nuestra mirada, que es-tamos viviendo, implica pasar de la bœsqueda de certezas a la aceptaci—n de la incertidumbre, del destino fijado a la responsabilidad de la elecci—n, de las leyes de la historia a la funci—n historizante, de una œnica perspectiva privilegia-da al sesgo de la miraprivilegia-da. En el camino nos encontramos con nosotros mismos profundamente unidos al mundo en una interacci—n compleja y multidimensional. Ese re-en-cuento del sujeto con su mirada ha dejado al descubierto nuestras limitaciones y nuestras posibilidades, ha

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elimina-do las garant’as tranquilizaelimina-doras y nos ha abierto las puer-tas al vŽrtigo de la creaci—n ÀSabremos aceptar el desaf’o?

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Nuevos paradigmas en el campo

de la subjetividad11

Una de los cosas desagradables que suele suceder des-puŽs de una conferencia sobre Ò nuevos paradigmasÓ es que siempre hay alguien que dice: Ò yo siempre plantee esoÓ. Sin embargo, los pensadores que hablan de Ònuevos paradigmas Ò deber’an estar locos o ser estafadores, si s—-lo se tratara de s—-lo que Òsiempre dijimosÓ. A pesar de esto, es justo reconocer que en este campo difuso que se ha da-do en llamar los Ònuevos paradigmasÓ uno puede encontrar semejanzas y parecidos de familias con concepciones anti-guas. Las relaciones entre la estabilidad y el cambio son complejas y multiformes. Siguiendo esta perspectiva uno puede buscar antecedentes de los Ònuevos paradigmasÓ hasta en los Pitag—ricos y a su vez afirmar que se trata de algo genuinamente novedoso. Es por eso que d‡ndome cuenta que es imposible salir de esta paradoja, he decidido disfrutar de ella y utilizarla como recurso cognitivo. Culti-varŽ, entonces, la ÒantecedentitisÓ para buscar la novedad. Un tema crucial, que se relaciona con el campo de la sub-jetividad y las nuevas perspectivas contempor‡neas es la definici—n misma de conocimiento. La conceptualizaci—n cl‡sica podemos rastrearla hasta S—crates quien s—lo acep-taba como autŽntico conocimiento a aquellas afirmaciones que son verdaderas, pero no s—lo eso, sin que adem‡s est‡n absolutamente fundamentadas, y... como si esto fuera po-co: uno deb’a creer firmemente en ellas. S—crates nos dej— este regalito, Plat—n se encarg— de difundirlo y desde en-tonces cargamos con Žl.

Esta definici—n del conocimiento ha tenido muchos opo-sitores empezando por los escŽpticos. En este sentido no

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hay duda de que algunas afirmaciones de los Ònuevos pa-radigmasÓ tienen claros antecedentes. Sin embargo, en la contemporaneidad, trabajamos sobre otras problem‡tica. En particular, nos enfrentamos con la pretensi—n de trazar una l’nea de demarcaci—n entre la ciencia y otros saberes, que elimina del campo del conocimiento a todo aquello que no se adapte a los dictados positivistas sobre lo que de-be ser considerado ciencia. Es en ese escenario, donde su-bi— a escena Thomas Khun. Este f’sico, fil—sofo e histo-riador fue el que acu–— el tŽrmino ÒparadigmaÓ en su ex-traordinario texto ÒLa Estructura de las Revoluciones Cient’ficasÓ (1962). Por supuesto que su pensamiento no naci— en el vac’o, y si queremos despuntar el vicio de la ÒantecedentitisÓ podemos citar a muchos pensadores que varias dŽcadas antes que Khun, ya hab’an planteado algu-nas cuestiones relevantes sobre el problema del conoci-miento, que pon’an en jaque las pretensiones socr‡ticas. Uno de ellos, aunque a muchos los sorprenda, fue Karl Popper, que plante— que el conocimiento, incluido el co-nocimiento cient’fico, era una cuesti—n de conjeturas au-daces. Desgraciadamente, su audacia termin— con esa afir-maci—n. Luego de llegar a esta brillante hip—tesis, todo su trabajo se centr— en mostrar que la ciencia era un tipo de actividad superior, que contar’a con garant’as que otros modos de conocimiento no tendr’an, pues en la actividad cient’fica es posible eliminar las conjeturas falsas, de tal manera que vamos asint—ticamente a la verdad (aunque sin alcanzarla nunca). Con esta estratagema la cuesti—n de la verdad y el fundamento que hab’an salido por la puerta ... entraron nuevamente por la ventana.

Todas las corrientes positivistas est‡n siempre enredadas en una perspectiva del conocimiento que supone un objeto separado en tŽrminos absolutos de mundo al que conoce

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desde ÒafueraÓ; y del que suponen son capaces de formar-se una Òimagen o repreformar-sentaci—nÓ no deformada. Esta perspectiva representacionalista del conocimiento lleva en su seno, como caballo de Troya, la bomba de tiempo de la Òla verdad como correspondenciaÓ. Es decir, la idea de que el conocimiento es verdadero cuando la imagen in-terna es ÒfielÓ o se ÒcorrespondeÓ punto a punto con la rea-lidad externa. Estas concepciones que se han dado en lla-mar ÒobjetivistasÓ, ÒrepresentacionalistasÓ o ÒpositivistasÓ y que se caracterizan porque separan radicalmente al suje-to y al objesuje-to del conocimiensuje-to y suponen que Žste œltimo es una representaci—n objetiva del mundo externo, vienen experimentando una ca’da estrepitosa que ha llevado a pro-fundos cambios en los planteos epistemol—gicos contem-por‡neos, as’ como en las concepciones sobre el sujeto y su interacci—n con el mundo.

Desde la concepci—n positivista del conocimiento y del lenguaje el objeto est‡ all’ (afuera) y es Òen siÓ; y el sujeto es un mero espejo - por eso Rorty llamo a este punto de vista ÒLa filosof’a como el espejo de la naturalezaÓ. Ahora bien, desde esta perspectiva, Àcu‡l es el rol del sujeto? Lo œnico que el sujeto puede hacer es equivocarse, arruinar, degradar, distorsionar, porque cualquier interferencia de la subjetividad, es como una mancha o una rasgadura en un espejo, que produce deformaciones en la representaci—n haciendo que sea menos isom—rfica con el mundo. La subjetividad del sujeto en la modernidad s—lo fue pen-sada como una fuente de error, desde Bacon en adelan-te.

Lo parad—jico es que la Modernidad para muchos co-mienza cuando Descartes invent— al sujeto. Para, in-mediatamente, aplastarlo. Si uno hace una recapitulaci—n rapid’sima y ÒsalvajeÓ del movimiento cartesiano

Referencias

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