P A U L G A U G U I N
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PREFACIO
Ha surgido una fantástica leyenda Gauguin, tergiversada en muchas repeticiones. Una leyenda mucho mejor conocida que sus notables cuadros, y por lo menos, en este país, dis-cutida por millares de personas que olvidan la reconocida categoría de mi padre como uno de los más grandes maes-tros de la pintura.
Esta conseja ha captado la fantasía popular en todas partes. Erase que se era un corredor de Bolsa de edad madu-ra, algo común y moderadamente próspero. Tenía esposa y tres hijos por quienes sentía gran afecto. Ni los suyos ni sus amigos tenían motivo para sospechar que abrigaba otra am-bición que la de terminar sus días como un próspero hombre de negocios y un buen padre de familia. Por aquel entonces, cierta noche, dejó de lado sus virtudes domésticas mientras dormía. Despertó hecho un monstruo inhumano. Su amor por la familia, sus ambiciones burguesas y su respetabilidad habían desaparecido. Lo poseía una fiebre ardiente de pintar. Huyó a París, sin tener nunca un recuerdo o una
preocupa-ción por su necesitada familia, dedicado a su recién adoptado arte, en sublime desafío a la tradición académica. Finalmente, hallando a la civilización demasiado tediosa para ser sopor-tada, se retiró a Tahití, donde vivió y amó y pintó y murió como un salvaje.
Es un lindo cuento. Es una pena contradecirlo, ya que ha entretenido a tantas almas crédulas. Pero, iay!, no es ver-dad. La decisión de mi padre de convertirse en pintor no fue una transformación tipo Jekyl y Hyde. Tengo un dibujo que hizo de mi madre allá por 1873, el año de su casamiento. En verdad, se había interesado por la pintura durante toda su vida, para mayor fastidio de mi madre, cuando él acostum-braba utilizar sus mejores manteles de hilo como lienzo o sus más finas enaguas como trapos para los colores. En 1882 renunció definitivamente al comercio, por el arte. Su deter-minación fue tomada luego de la debida consulta con mi madre. Ella convino en dejarlo ir, no porque tuviera fe en su genio, sino porque respetaba su pasión por el arte. Fue va-liente. Significaba esto que ella debía asumir la carga del mantenimiento y la educación de sus hijos. Mi padre la llamó sale bourgeoíse, pero la respetó profundamente toda su vida. Durante sus viajes nunca perdió completamente con-tacto con nosotros. A intervalos irregulares acostumbraba escribirnos, pidiendo noticias y enviándonos afectuosos sa-ludos. Una vez., incluso, nos envió desde Tahití un paquete de sus notables pinturas, que fueron examinadas con indife-rencia, si no con desdén, y arrojadas a un desván. El se sintió más bien molesto cuando mi madre, considerando estas telas como una contribución para el mantenimiento de sus hijos,
trató - ¡ay! en vano- de venderlas. Se vendieron unos pocos años más tarde, según creo, a precios ridículamente bajos.
Mi último recuerdo de él es singularmente vívido. Había ido a Copenhague a decirnos adiós antes de su último viaje a Tahití. Nunca pareció más tranquilo y tierno. Indudable-mente era muy feliz ante la perspectiva de retornar a su pa-raíso tropical. Como regalo de despedida me dio un retrato que le había hecho ese año Eug1nc Carriére. Un parecido excelente; todavía lo tengo.
Estaba en las Marquesas cuando fue completado este "Diario". Lo envió al señor André Fontainas con el pedido de publicarlo después de su muerte o, si ello no fuera posi-ble, de guardarlo como prueba de la estimación de Paul Gauguin. El señor Fontainas no encontró editor y el "Dia-rio" perlas e ne fas, pasó a poder de mi madre y de mi her-mano menor. Luego de la muerte de mi madre lo ofrezco a mi vez al público lector de habla inglesa. Sales bourgeois... quizás.
Por lo que he sido capaz de averiguar, este "Diario" es el ensayo suelto más largo de mi padre en el arte literario. "Noa-Noa" fue revisado por el señor Charles Morice a base de los manuscritos de mi padre y, mucho me temo, apenas conserva el espíritu de trabajo de su autor. Comparad su estilo con el de estos Escritos, o con los ensayos ocasionales sobre temas de arte con que mi padre colaboró en revistas francesas, y la diferencia resulta evidente. En lo que a mí respecta, al menos, estos Escritos constituyen el autorretrato esclarecedor de una personalidad única. Transfiguran y ha-cen vívidos los recuerdos de mi padre, recuerdos demasiado
confusos y escasos. Enfocan, para mí ajustadamente, su bondad, su humor, su espíritu rebelde, su clara visión, su odio inmoderado por la hipocresía y la impostura.
6 Ignoro lo que otros deducirán de ellos, y no me im-porta mayormente. Durante toda su vida mi padre ofendió a la respetable gente presumida, la ofendió deliberadamente y por la misma endiablada razón que lo impulsaba a colgar en la pared esas fotografías obscenas de que nos habla en este "Diario". ¿Qué más apropiado que continúe ofendiéndola luego de su muerte?
La otra clase de gente no se equivocará. No dejará de percibir que estos Escritos son la expresión espontánea del mismo espíritu libre, intrépido y sensible que habla en las telas de Paul Gauguin.
EMILE GAUGUIN Filadelfia
AL SEÑOR FONTAINAS TODO ESTO - TODO AQUELLO
Movido por un sentimiento inconsciente nacido de la soledad y del salvajismo -Cuentos inútiles de una criatura perversa, siempre amante de lo hermoso, que a veces reflexiona. La belleza que es personal -La única belleza que es humana.
PAUL GAUGUIN Esto no es un libro. Un libro, inclusive un mal libro, es un asunto serio. Una frase que pudiera ser excelente en el cuarto capítulo sería inconveniente en el segundo, y no todos conocen la treta.
Una novela... ¿dónde comienza y dónde termina? El in-teligente Camille Mauclair nos da esto como su forma defi-nitiva; el asunto queda resuelto hasta tanto un nuevo Mauclair venga y nos anuncie una nueva forma.
"¡Fiel a la vida!" ¿No basta la realidad para dispensarnos de escribir acerca de ella? Además, uno cambia. Hubo un
tiempo en que odiaba a George Sand. Ahora Georges Ohnet me la hace aparecer casi soportable. Las lavanderas y los porteros de los libros de Emilio Zola hablan un francés que me llena de cualquier cosa, salvo de entusiasmo. Cuando terminan de hablar, sin darse cuenta, Zola continúa en el mismo tono y en el mismo francés.
No tengo ganas de hablar mal de él. No soy escritor. Me gustaría escribir como pinto mis cuadros... es decir, siguien-do a mi fantasía, siguiensiguien-do a la luna y encontransiguien-do el título mucho después.
¡Memorias! Esto significa historia, fechas. Todo en ellas es interesante, excepto el autor. Y hay que decir quién es uno y de dónde viene. Confesarse a sí mismo a la manera de Juan Jacobo Rousseau es un asunto serio. Si os cuento que, del lado materno, desciendo de un Borgia de Aragón, virrey del Perú, diréis que no es verdad, que me estoy dando ínfulas. Pero si os digo que esta familia es una familia de basureros, me despreciaréis.
Si os digo que del lado paterno todos se llaman Gau-guin, diréis que eso es absolutamente infantil; si me explayo sobre el particular, con la idea de convenceros de que no soy un bastardo, sonreiréis escépticamente.
Lo mejor sería callarme, pero callarse exige un esfuerzo cuando a uno lo domina el deseo de hablar. Hay personas que tienen un fin en la vida, otras ninguno. Durante mucho tiempo la virtud estuvo adormecida en mí; lo sé todo sobre el particular, pero no me gusta. La vida es apenas algo más que la fracción de un segundo. ¡Tan poco tiempo para pre-parares para la eternidad!
Me gustaría ser un cerdo: sólo el hombre puede ser ridí-culo.
En otros tiempos los animales salvajes, los grandes, ru-gían; hoy están rellenos. Ayer pertenecía yo al siglo decimo-noveno; hoy pertenezco al vigésimo, y estoy seguro de que vosotros y yo no vamos a ver el vigesimoprimero. Siendo la vida lo que es, se sueña con la venganza... y hay que conten-tarse con soñar. Sin embargo, no soy de los que hablan mal de la vida. Se sufre, pero también se disfruta, y por breve que haya sido este goce, es lo que se recuerda. Me gustan los filósofos, salvo cuando me aburren o cuando son pedantes. También me gustan las mujeres, cuando son gordas y vicio-sas; su inteligencia me molesta; es demasiado espiritual para mí. He deseado siempre tener una amante gorda y nunca la he encontrado. Para mi mayor escarnio, están siempre en-cintas.
No significa esto que no sea yo sensible ala belleza, sino simplemente que mis sentidos no quieren saber nada de ello. Como notaréis, no conozco el amor. Decir "te amo", es algo que me rompería los dientes. Digo esto para mostraros que soy cualquier cosa menos un poeta. ¡Un poeta sin amor! Las mujeres, que son astutas, adivinan esto, y por esa razón las ahuyento.
No tengo quejas. Como Jesús, digo: "La carne es la car-ne, el espíritu es el espíritu". Gracias a ello, una pequeña cantidad de dinero satisface mi carne, y mi espíritu queda en paz.
Aquí me tenéis, pues, ofreciéndome al público como un animal, despojado de todo sentimiento, incapaz de vender
mi alma por cualquier Gretchen. No he sido un Werther, y no seré un Fausto. ¿Quién sabe? El sifilítico y el alcohólico serán quizás los hombres del futuro. Me parece como si la moral, como las ciencias y todo el resto, estuviera en camino hacia otra moral enteramente nueva, que será quizás la opuesta ala de hoy día. El matrimonio, la familia y muchísi-mas cosas buenas con que aturden mis oídos, parecen alejar-se en automóvil a toda velocidad.
¿Esperáis que concuerde con vosotros?
El con quién se acuesta uno no es asunto sin importan-cia.
En el matrimonio, de los dos, el cornudo más grande es el amante, a quien una pieza de teatro en el Palais Royal lla-ma "el más afortunado de los tres".
En Poirt Said compré algunas fotografías. El pecado cometido... ab ores. Las coloqué bien a la vista en mi domi-cilio, en una glorieta. Hombres, mujeres y niños se reían de ellas. Casi todos, en realidad; era cosa de un momento y na-die pensaba más en ello. Sólo la gente que se llama a sí mis-ma respetable dejó de venir a mi casa; sólo ellos pensaban acerca del asunto durante todo el año. Durante la confesión el obispo hizo toda clase de averiguaciones, y algunas de las monjas incluso empalidecieron más y más y se tornaron oje-rosas.
Pensad en esto y clavad alguna indecencia bien a la vista sobre vuestra puerta; desde ese momento en adelante esta-réis libres de toda gente respetable, la más insoportable que Dios ha creado.
*
Sé, todos saben, todos seguirán sabiendo, que dos más dos son cuatro. Hay un largo camino desde una convención, desde la simple intuición, hasta el verdadero entendimiento. Estoy de acuerdo y, como todo el mundo, digo: "dos más dos son cuatro"... Pero esto me irrita; trastorna completa-mente mi manera de pensar. Así, por ejemplo, vosotros que insistís en que dos más dos son cuatro, como si fuera una certeza que no podría ser de otra manera ¿por qué mantenéis también que Dios es el creador de todo? Aunque sólo fuera por un instante ¿no podría Dios haber dispuesto las cosas de manera diferente?
¡Extraña clase de Todopoderoso!
Todo esto a propósito de pedantes. Sabemos y no sa-bemos.
El Santo Sudario de Jesús subleva al señor Berthelot. Por supuesto, el docto químico Berthelot puede estar en lo cierto; pero, por supuesto el Papa... Vamos, mi encantador Berthelot ¿qué haría usted si fuera Papa, un hombre a quien besan los pies? Millares de imbéciles piden la bendición de todos estos Lourdes. Alguien debe ser Papa y un Papa debe bendecir y satisfacer a todos sus fieles. No todos son quími-cos. Personalmente no sé nada acerca de tales asuntos, y quizás si alguna vez tengo hemorroides comenzaré a pensar cómo obtener un trozo de este Santo Sudario para introdu-cirlo en mi cuerpo, convencido de que me curará.
*
Además, aun cuando no tenga lectores serios, el autor de un libro debe ser serio.
Tengo aquí, enfrente, algunos cocoteros y bananos; son todos verdes. Deseo deciros, para complacer a Signac, que pequeñas manchas de rojo (el color complementario) están dispersas entre el verde. A pesar de esto - y ello desagrada a Signac- me atrevo a jurar que en todo este verde se pueden observar manchones de azul. No confundáis; no es el cielo azul sino solamente la montaña a la distancia. ¿Qué puedo decir a todos estos cocoteros? Y sin embargo debo charlar; así, pues, escribo en lugar de hablar.
¡Mirad! Allí está la pequeña Vaitauni camino del río... Tiene los pechos más redondos y encantadores que podrías imaginar. Veo ese cuerpo dorado, casi desnudo, camino del agua fresca. Cuidado, querida criatura, el peludo gendarme, guardián de la moralidad pública, que es un fauno en secreto, te está observando. Cuando no desee mirar más, te acusará de una transgresión, en venganza por haber alterado sus sentidos y ultrajado así la moralidad pública. ¡Moralidad pú-blica! ¡Qué palabras!
¡Oh, buenos señores de la metrópoli, no tenéis idea de lo que es un gendarme en las colonias! Venid aquí y mirad vosotros mismos; veréis indecencias tales como no podríais haber imaginado.
Pero habiendo visto a la pequeña Vaitauni siento que mis sentidos comienzan a hervir. Me dirijo hacia el río en
busca de diversión. Ambos nos hemos reído, sin preocupar-nos acerca de las hojas de parra y...
Esto no es un libro.
Permitidme que os cuente algo que ocurrió hace años. Recordaréis que el general Boulanger estuvo escondido en Jersey. Justamente por aquella época -era invierno- estaba yo trabajando en Pouldu, sobre la costa desierta, al extremo de Finisterre, muy lejos de las granjas. Apareció un gendar-me con órdenes de observar la costa para impedir el su-puesto desembarco del general Boulanger disfrazado de pescador.
Fui astutamente interrogado y se me sonsacó tanto que, completamente intimidado, exclamé: "¿Me toma usted por casualidad por el general Boulanger?”
El: "Hemos visto cosas más extrañas que ésa". Yo: "¿Tiene usted su descripción?”
El: "¿Su descripción? Se me ocurre que es usted un po-co impúdipo-co. Será mejor que lo lleve po-conmigo".
Fui obligado a ir a Quimperlé para explicarme. El sar-gento de policía me probó, inmediatamente, que desde el momento que yo no era el general Boulanger, no tenía dere-cho a hacerme pasar por el general y burlarme de un gen-darme que cumplía con su deber.
"¡Qué! ¿Hacerme pasar por el general?”
"Tendrá que admitir que lo hizo", dijo el sargento, "ya que el gendarme lo tomó a usted por Boulanger".
Más que estupefacto, estaba yo lleno de admiración por tan magnífica inteligencia. Se diría que uno es engañado más fácilmente por los imbéciles. No necesito que se me diga que
estoy repitiendo la fábula del oso, de La Fontaine. Lo que digo tiene un sentido completamente diferente. Habiendo hecho mi servicio militar, he observado que los suboficiales, y aun algunos oficiales, llegan a enojarse cuando se les habla en francés, pensando, sin duda, que es un idioma creado para burlarse de la gente y humillarnos. Lo cual prueba que, a fin de vivir en este mundo, se debe estar especialmente atento contra la gente menuda. Se tiene muchas veces nece-sidad de alguien más humilde que uno. ¡No, eso no! Debo decir que a menudo se tienen razones para temer a alguien más humilde que uno mismo.
En la antesala, el adulón enfrenta al ministro.
Recomendado por cierta persona importante, un joven pidió un empleo a un ministro, y fue prontamente despedi-do; ¡pero su zapatero era el zapatero del ministro! ¡No se le rehusó nada!
Con una mujer que siente placer siento el doble de pla-cer.
El Censor: ¡pornografía! El Autor: ¡hipocritografia!
* Pregunta: ¿Sabe usted griego?
Respuesta: ¿Para qué? Sólo tengo que leer a Pierre Lou-ys. Pero si Pierre Louys escribe con excelente francés es jus-tamente porque sabe también el griego.
En cuanto a la moral, bien merecen ellos lo escrito por los jesuitas:
Digitus tertius, digirus diaboli.
¿Qué demonios somos: gallos o capones? ¿Debemos llegar hasta la postura artificial de huevos? Spiritus Sanctus!
*
El matrimonio está comenzando a hacer su aparición en este país; una tentativa para regularizar el estado de cosas. Los cristianos importados se dedican en cuerpo y alma a este singular negocio.
El gendarme ejerce las funciones de alcalde. Dos pare-jas, convertidas a la idea del matrimonio, y vestidas con ro-pas flamantes, escuchan la lectura de las leyes matrimoniales; una vez que han dado el "si” ya están casadas. Al salir, uno de los dos varones dice al otro: "¿Qué te parece si cambia-mos?" Y muy alegremente cada uno va con su nueva esposa a la iglesia, donde las campanas llenan el aire de alegría.
El obispo, con la elocuencia que caracteriza a los misio-neros, truena contra los adúlteros, y luego bendice a la nueva unión que en este santo lugar es ya el comienzo de un adul-terio.
Otro caso: al salir de la iglesia, el novio dice a la doncella de honor: "¡Qué hermosa es usted!". Y la novia dice al pa-drino de la boda: "¡Qué buen mozo es usted!" Muy pronto una pareja va por la derecha y otra por la izquierda, en lo espeso de la maleza, donde, cobijados por los bananos y ante
el Todopoderoso, dos matrimonios se celebran en lugar de uno. Monseñor está satisfecho y dice: "Estamos comenzan-do a civilizarlos...”
En una islita cuyo nombre y latitud he olvidado, un obispo ejerce su profesión de moralización cristiana. Dicen que es realmente lujurioso. A pesar de la austeridad de su corazón y de sus sentidos, ama a una colegiala; paternal-mente, con pureza. Por desgracia, el diablo se mete a veces en lo que no le importa, y un hermoso día nuestro obispo, caminando por el bosque, observa a su adorada criatura en el río, completamente desnuda, lavando su camisa:
A orillas del río, la joven Teresa Lava su camisa en la corriente. Está manchada por el accidente Que doce veces al año le ocurre.
"¡Hola!", dijo, "pero si está justo a punto...”
¡Ya lo creo que estaba a punto! Preguntad si no a los quince jóvenes vigorosos que esa misma tarde disfrutaron de sus abrazos. Se resistió al decimosexto.
La adorable criatura estaba casada con el pertiguero que vivía en el vallado. Prolija y activa, barría el dormitorio del obispo y cuidaba del incienso.
Durante el oficio divino el marido tenía la vela.
¡Cuán cruel es el mundo! Las malas lenguas comenzaron a menearse y yo, por mi parte, estaba profundamente con-vencido de la verdad de cuanto decían cuando una piadosa católica me hizo notar un día: "Ves" - y al mismo tiempo, sin
pestañar, vaciaba un vaso de ron-; "ves, chico, es un dispa-rate eso de que el obispo se acuesta con Teresa; simplemente la confiesa para tratar de aplacar su pasión".
Teresa era la haba reina. No tratéis de comprender. Oslo explicaré.
Para Epifanía monseñor dispuso que el chino hiciera una soberbia torta. La tajada de Teresa contenía una haba, de manera que se la nombró reina, siendo monseñor el rey. Desde ese día Teresa continuó siendo la reina, y el pertigue-ro, el marido de la reina.
Pero ¡ay!, la famosa haba envejeció, y nuestro lujurioso que era astuto, encontró una nueva haba a pocos kilómetros de distancia.
Imaginad una haba china, tan rolliza como sea posible. Cualquiera la hubiera comido.
Tú, pintor en busca de un tema gracioso, toma tus pin-celes e inmortaliza este cuadro: nuestro lujurioso, con sus galas episcopales, bien plantado en su montura, y su haba, cuyas curvas tanto delanteras como traseras bastarían para devolver la vida a un niño del coro del Papa. Y, además, una cuya camisa... comprendéis... es innecesario repetir. Cuatro veces bajó del caballo, y la alcancía de Picpus se aligeró en diez piastras.
Para vosotros son chismes... pero... Esto no es un libro.
Durante largo tiempo he querido escribir acerca de Van Gogh, y lo haré sin duda el día menos pensado, cuando esté en vena. Voy a deciros ahora algunas cosas, pocas y oportu-nas, acerca de él, o más bien acerca de nosotros, a fin de corregir un error que ha corrido en ciertos círculos.
Ocurre que han enloquecido varios hombres que estu-vieron mucho en mi compañía y que acostumbraban discutir conmigo.
Esto fue cierto con los dos hermanos Van Gogh, y al-gunas personas malignas, entre otras, me han atribuido in-fantilmente sus demencias. Algunos hombres tienen, indudablemente, mayor o menor influencia sobre sus ami-gos, pero hay una gran diferencia entre eso y provocar la locura. Mucho tiempo después de la catástrofe, Vincent me escribió desde el asilo particular en que estaba en tratamien-to. Decía: "Qué afortunado eres de estar en París. Es decir, donde uno halla los mejores doctores, y tú ciertamente debes consultar a un especialista para curar tu locura. ¿No estamos todos locos?" El consejo era bueno, y por eso no lo seguí; por espíritu de contradicción, digamos.
Los lectores del Mercure habrán observado en una carta de Vincent, publicada hace unos pocos años, la insistencia con que trató de hacerme ir a Arlés para fundar un estudio del cual sería yo director, según su idea. Trabajaba yo en aquella época en Pont-Aven, en Bretaña, y sea porque los estudios que había comenzado me retenían en ese lugar, o porque un vago instinto me advertía de algo anormal, me resistí largo tiempo, hasta que vino el día en que emprendí el
viaje, arrastrado finalmente por el sincero y amistoso entu-siasmo de Vincent.
Llegué a Arlés a altas horas de la noche, y esperé el alba en un pequeño café que permanecía abierto. El dueño me miró y exclamó: "¡Usted es el compañero, lo reconozco!”
Un autorretrato, que había enviado yo a Vincent, explica la exclamación del propietario. Al mostrarle mi retrato Vin-cent le había dicho que era un compañero suyo que vendría pronto. Fui a despertar a Vincent, ni demasiado temprano ni demasiado tarde. El día fue dedicado a establecerme, a mu-cha conversación y a pasear de manera que pudiera admirar la belleza de Arlés y las mujeres arlesianas, acerca de las cua-les, dicho sea de paso, no cobré gran entusiasmo.
Al día siguiente pusimos manos ala obra, él, continuan-do lo que ya había comenzacontinuan-do, y yo, comenzancontinuan-do algo nue-vo. Debo confesaros que nunca he tenido la facilidad mental que otros encuentran, sin dificultad alguna, en la punta de sus pinceles. Estos individuos descienden del tren, recogen su paleta y os despachan en seguida un efecto de luz. Cuan-do está seco, va al Luxemburgo y es firmaCuan-do Carolus-Duran.
No admiro la pintura, pero admiro al hombre. Es tan seguro, tan tranquilo. Yo, tan inseguro, tan intranquilo.
A donde quiera que voy necesito un cierto período de incubación, a fin de poder aprender cada vez la esencia de las plantas y de los árboles, de toda la naturaleza, que nunca desea ser comprendida o entregarse a sí misma.
Pasaron, pues, varias semanas antes de que yo estuviera en condiciones de captar indistintamente el agudo sabor de Arlés y de sus alrededores. Pero ello no impidió que
trabajá-ramos duro, especialmente Vincent. Entre dos seres tales como él y yo, uno un perfecto volcán, el otro hirviendo también, interiormente, se estaba preparando una especie de lucha. En primer lugar, por todas partes y en todo encontré un desorden que me chocaba. Su caja de colores apenas contenía todos esos tubos, amontonados y nunca cerrados. A pesar de ese desorden, de ese revoltijo, algo brillaba en sus telas y también en su conversación. Daudet, Goncourt, la Biblia inflamaban su cerebro holandés. Los muelles, los puentes, los barcos de Arlés, todo el Midi, ocuparon e[ lugar de Holanda para él. Incluso olvidó cómo escribir el holan-dés, y, según puede verse en las cartas a su hermano, nunca escribió sino en francés, admirable francés, con un sinfín de "puesto que" y "por cuanto".
A pesar de todos mis esfuerzos para desenmarañar de ese desordenado cerebro una lógica razonada en sus pensa-mientos críticos, no podía explicarme la absoluta contradic-ción entre sus cuadros y sus opiniones. Así, por ejemplo, tenía una admiración sin límites por Meissonier y un odio profundo por Ingres. Dégas era su desesperación y Cézanne un falsario. Lloraba al pensar en Monticelli.
Una cosa que le irritaba era deber admitir que yo tenía mucha inteligencia, aunque mi frente era demasiado peque-ña, signo de imbecilidad. Poseía junto con todo esto la más grande de las ternuras, o más bien el altruismo del Evangelio. Ya desde el primer mes vi que nuestras finanzas comu-nes iban tomando la misma apariencia de desorden. ¿Qué hacer? La situación era delicada. La caja era apenas modes-tamente llenada (por su hermano, empleado en lo de Goupil,
y por mí, mediante la venta de cuadros. Me vi obligado a hablar, a riesgo de herir su gran susceptibilidad. Encaré el asunto con muchas precauciones, y con un muy amable en-gatusamiento, de una clase muy ajena a mi naturaleza. Debo confesar que tuve éxito mucho más fácilmente de lo que hubiera supuesto.
Mantuvimos una caja: tanto para excursiones higiénicas por la noche, tanto para tabaco, tanto para gastos incidenta-les, incluso alquiler. Había una tira de papel encima y un lápiz, para que escribiéramos virtuosamente lo que cada uno tomaba de ese cajón. En otra caja estaba el resto del dinero, dividido en cuatro partes, para pagar cada semana por nues-tra comida. Abandonamos nuestro pequeño restaurante, y yo hice la comida en una cocina de gas, mientras Vincent com-praba las provisiones, sin ir muy lejos de casa. Una vez, sin embargo, quiso Vincent hacer una sopa. Cómo la preparó, no lo sé; casi diría que como sus colores en sus cuadros. De cualquier manera, no pudimos comerla. Y mi Vincent soltó la carcajada y exclamó: "Tarascon! La casquette au pére Daudet!" Sobre la pared, escribió con tiza:
Je suis Saint Esprit Je suis sain d 'esprit
¿Cuánto tiempo estuvimos juntos? No podría decirlo, lo he olvidado completamente. A pesar de la rapidez con que se aproximaba la catástrofe, a pesar de la fiebre de trabajo que me poseía, el tiempo me pareció un siglo.
Aunque el público no tenía sospechas de ello, dos hom-bres estaban realizando allí una tarea colosal que era útil a ambos. ¿Quizás a otros? Hay algunas cosas que producen frutos.
Vincent, en la época en que Negué a Arlés, estaba en plena corriente de la escuela neoimpresionista, y encontraba muchas dificultades, sufriendo como consecuencia de ello, lo que no se debía a que esta escuela, como todas las escuelas, era mala, sino a que la misma no correspondía a su naturale-za, que distaba mucho de ser sufrida, y que era tan indepen-diente.
Con todos esos amarillos sobre violados, todo este tra-bajo en colores complementarios, un tratra-bajo suyo desorde-nado, no realizaba nada sino las más suaves de las armonías, incompletas y monótonas. Faltaba en ellas el sonido de la trompeta.
Emprendí la tarea de ilustrarlo: fue una tarea fácil, por cuanto encontré un suelo rico y fértil. Como todas las natu-ralezas originales que están marcadas con la estampa de la personalidad, Vincent no tenía miedo a los demás, y no era testarudo.
Desde ese día mi Van Gogh hizo progresos asombro-sos; parecía adivinar todo lo que tenía en sí, y el resultado fue aquella serie de efectos de sol y más efectos de sol a ple-na luz.
¿Habéis visto el retrato del poeta?
La cara y el cabello son amarillo cromo 1. Las ropas son amarillo cromo 2.
La corbata es amarillo cromo 3 con un alfiler de corbata esmeralda, sobre un fondo amarillo cromo 4.
Esto me lo decía un pintor italiano, y agregaba: "Marde ; marde! Todo es amarillo. ¡Ya no sé más qué es la pintura!”
Sería ocioso entrar aquí en problemas de técnica. Esto es sólo para haceros saber que Van Gogh, sin perder una pizca de su originalidad, aprendió de mí una provechosa lección. Y cada día me lo agradecía. Es eso lo que quiere decir cuando escribe al señor Aurier expresándole que debe mucho a Paul Gauguin.
Cuando llegué a Arlés, Vincent estaba tratando de en-contrarse a sí mismo, mientras que yo, que era mucho más viejo, era un hombre maduro. Pero debo algo a Vincent, y es la conciencia de haberle sido útil, la confirmación de mis propias ideas originales acerca de la pintura. Y también, en momentos difíciles, el recuerdo que se guarda de otros más desgraciados que uno mismo.
Sonrío cuando leo la observación de que "el dibujo de Gauguin recuerda en algo al de Van Gogh".
En los últimos días de mi estada, Vincent se volvía ex-cesivamente brusco y ruidoso, y luego guardaba silencio. Durante varias noches lo sorprendí en el acto de levantarse y venir hacia mi cama. ¿A qué debo atribuir mi despertar justo en ese momento?
De todas maneras, bastaba que le dijera muy severa-mente: " ¡.Qué te pasa, Vincent?", para que volviera a su cama sin decir palabra y se durmiera profundamente.
Se me ocurrió la idea de hacer su retrato mientras él es-taba pintando la naturaleza muerta que tanto amaba: algunos
arados. Cuando el retrato estuvo terminado, me dijo: "Soy ciertamente yo, pero yo que me he vuelto loco".
Esa misma tarde fuimos al café. Tomó un ajenjo liviano. De repente me arrojó el vaso y su contenido. Evité el golpe; lo tomé en peso en mis brazos y salimos del café, atravesan-do la plaza Víctor Hugo. No muchos minutos más tarde Vincent se encontraba en su cama, donde a los pocos se-gundos dormía, para no despertar hasta el día siguiente.
Cuando despertó, me dijo muy tranquilamente: "Mi querido Gauguin, tengo un vago recuerdo de que ayer a la tarde te ofendí”.
Contestación: "Te perdono de buena gana y de todo co-razón, pero la escena de ayer puede repetirse, y si fuera gol-peado perdería el dominio de mí mismo y te estrangularía. Permíteme que escriba a tu hermano y le diga que regreso".
¡Dios mío, qué día!
Cuando llegó la tarde y hube engullido mi almuerzo, sentí que debía salir solo y tomar aire a lo largo de algunos senderos bordeados de laureles en flor. Había atravesado casi la plaza Víctor Hugo cuando oí detrás de mí unos pasos bien conocidos, cortos, rápidos, irregulares. Me di vuelta en el momento en que Vincent se abalanzaba sobre mí, con una navaja abierta en la mano. Mi mirada en ese momento debió tener gran poder, pues se detuvo y, agachando la cabeza, comenzó a correr hacia casa.
¿Fui negligente en esta oportunidad? ¿Deví desarmarlo y tratar de calmarlo? He interrogado a menudo a mi concien-cia acerca de esto, pero no he encontrado nunca nada qué reprocharme. El que quiera, que me arroje la primera piedra.
De un salto estuve en un buen hotel arlesiano, donde, luego de preguntar la hora, tomé una habitación y me fui a acostar.
Estaba tan agitado que no pude dormirme hasta alrede-dor de las tres de la mañana, y me desperté más bien tarde, más o menos a las siete y media.
A llegar a la plazoleta, vi una multitud reunida. Cerca de nuestra casa veíanse algunos gendarmes, y un pequeño caba-llero con sombrero hongo que era el inspector de policía.
Esto era lo ocurrido:
Van Gogh, de regreso a casa, se había cortado inmedia-tamente una oreja, junto a la cabeza Debió de llevarle algún tiempo parar el flujo de la sangre, pues al día siguiente una cantidad de toallas mojadas se encontraban desparramadas en las baldosas de las dos habitaciones de la planta baja. La sangre había manchado las dos habitaciones y la pequeña escalera que conducía a nuestro dormitorio.
Cuando estuvo en condiciones de salir, con la cabeza envuelta en una boina que se encasquetó lo más posible, fue directamente a cierta casa donde a falta de una camarada uno puede escoger una amistad, y entregó su oreja al encargado, cuidadosamente lavada y colocada en un sobre. "Aquí tiene un recuerdo mío", le dijo. Luego corrió hacia casa, donde se metió en cama para dormir. Se tomó sin embargo el trabajo de cerrar los postigos, y puso sobre una mesa, cerca de la ventana, una lámpara encendida.
Diez minutos más tarde toda la calle asignada a las mo-zas de fortuna estaba en conmoción, y éstas charlaban acerca de lo ocurrido.
No tenía la más mínima sospecha de todo esto cuando me presenté a la puerta de nuestra casa y el caballero del sombrero hongo me dijo abruptamente y en un tono más que severo: "¿Qué ha hecho usted a su camarada, señor?”
"No sé...”
"Oh, sí... usted lo sabe muy bien... está muerto".
Nunca podría desear a nadie un tal momento; me tomó un largo rato recobrar mi presencia de ánimo y refrenar los latidos de mi corazón.
Me sofocaban el enojo, la indignación y la pena, así co-mo la vergüenza por todas esas miradas que despedazaban mi persona. Contesté tartamudeando: “Muy bien, señor, subamos. Podemos explicarnos mejor allí”.
Vincent yacía en la cama, arrollado en las sábanas, en-corvado como el percutor de un arma; parecía sin vida. Sua-vemente, muy suaSua-vemente, toqué el cuerpo, cuyo calor mostraba que todavía estaba vivo. Fue para mí como reco-brar repentinamente todas mis energías, todo mi ánimo.
Dije entonces en voz baja al inspector de policía: "Ten-ga la amabilidad, señor, de despertar a este hombre con gran cuidado, y si pregunta por mí dígale que me ido de Arlés; mi vista podría resultarle fatal".
Debo reconocer que a partir de ese momento el ins-pector de policía fue tan razonable como era posible, e inte-ligentemente mandó llamar un médico y un coche de alquiler.
Una vez despierto, Vincent preguntó por su camarada, su pipa y su tabaco; incluso pensó en preguntar por la caja que estaba abajo y contenía nuestro dinero: ¡una sospecha,
diría yo! Pero yo había pasado ya por demasiados sufri-mientos para molestarme por esto.
Vincent fue llevado a un hospital, donde, ni bien llegó, su cerebro comenzó a desvariar nuevamente.
El resto lo saben todos aquellos que tienen algún interés en saberlo, y sería inútil hablar al respecto si no fuera por el gran sufrimiento de un hombre que, confinado en un mani-comio, recobraba lo suficiente su razón a intervalos men-suales para comprender su condición y pintar furiosamente los cuadros admirables que conocemos.
La última carta suya que recibí estaba fechada en Au-vers, cerca de Pontoisc. Me decía que había esperado recupe-rarse lo suficiente para reunírseme en Bretaña, pero que ahora se veía obligado a reconocer la imposibilidad de su cura: "Querido maestro" (única vez que haya usado esta pa-labra), "después de haberte conocido y causado sufrimiento, es mejor morir en un buen estado mental que en uno degra-dado".
Se pegó un tiro de revólver en el estómago, y murió unas horas más tarde, recostado en su cama y fumando su pipa, en completa posesión de sus facultades mentales, lleno de amor por su arte y sin odio para los demás.
En Les Monstres, Jean Dolent escribe: "Cuando Gau-guin dice ‘Vincent’, su voz es dulce". Sin saberlo, pero ha-biéndolo sospechado, Jean Dolent está en lo cierto.
Sabéis por qué...
Notas desparramadas, sin ilación, como sueños, como una vida compuesta de fragmentos; y porque otros la han compartido, el amor de cosas bellas vistas en casa de otros.
Cosas que son a veces infantiles cuando se escriben, fruto algunas de nuestra holganza; otras la clasificación de ideas queridas, aunque quizás tontas (desafío a una mala memo-ria), y algunas, rayos que penetran el centro vital de mi arte. Si un trabajo de arte fuera un trabajo de azar, todas estas notas serían inútiles.
Creo que el pensamiento que ha guiado mi trabajo, una parte de mi trabajo, está misteriosamente ligado con un mi-llar de otros pensamientos, algunos míos propios, otros aje-nos. Hay días de imaginación ociosa de los cuales recuerdo largos estudios, a menudo estériles, más a menudo perturba-dores: una nube negra acaba de oscurecer el horizonte; mi alma es dominada por la confusión, y soy incapaz de hacer algo. Si en otras horas de brillante luz solar y con una mente clara me dedico a tal y tal hecho, o visión, o a fragmentos de lectura, siento que debo hacer alguna breve crónica de ello, perpetuar su memoria.
A veces he ido muy lejos, mucho más lejos que los ballos del Partenón... hasta el Dadá de mi niñez, el buen ca-ballito mecedor.
Me he arrastrado entre las ninfas de Corot, he danzado en el sagrado bosque de Ville-d' Avray.
Esto no es un libro. *
Tengo un gallo de alas purpúreas, pescuezo dorado y cola negra. ¡Dios mío, qué hermoso es! Y me divierte.
Tengo una gallina gris plateada, con plumaje desordena-do; araña, picotea, destruye mis llores. No establece distin-gos. Es divertida, sin ser remilgada. El gallo le hace un signo con sus alas y sus pies y ella le ofrece inmediatamente su rabadilla. Lentamente, vigorosamente también, él trepa en-cima de ella.
¡Oh! ¡Pasa rápidamente! ¡.Fue la suerte favorable? No lo sé.
Los niños se ríen, yo me río. ¡Dios mío, qué idiotez! Soy tan pobre que no tengo nada qué poner en la olla. ¿Y si co-miera al gallo? Estoy hambriento. Estará demasiado duro. ¿La gallina, entonces? Pero en ese caso no podría divertirme más observando a mi gallo de alas purpúreas, pescuezo do-rado y cola negra trepando encima de mi gallina; los niños no se reirían más. Todavía estoy hambriento.
*
¡El diluvio! Una vez el mar enojado se elevó hasta los más altos picos. Y ahora el mar, aplacado, lame las rocas.
En otras palabras, vois-tu, ma fille, ayer trepabas, hoy desciendes. Desciendes pensando que subes.
*
Tengo una deuda con la sociedad. ¿Cuánto?
¿Cuánto me debe la sociedad? Mucho, demasiado.
¿Pagará algún día?
¡Nunca! (¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!). *
Una tranquila siesta en la veranda, todo en paz. Mis ojos ven el espacio, sin observarlo; y tengo la sensación de algo infinito, de lo que soy el comienzo.
En el horizonte, Moorea; el sol se te acerca. Sigue su marcha luctuosa; sin entenderlo, tengo la sensación de un movimiento que ha de seguir eternamente: una vida univer-sal que no será nunca extinguida.
Y he aquí la noche. Todo está tranquilo. Mis ojos cerra-dos, para ver, sin captarlo, el sueño de un espacia infinito que huye ante mí. Y tengo la dulce sensación del triste desfile de mis esperanzas.
*
Cenamos. Una larga mesa. A ambos lados, hileras de platos y copas. Colocados en este sentido esos platos, esas copas en perspectiva hacen parecer larga la mesa, muy larga. Pero esto es un banquete.
Stéphane Mallarmé preside; enfrente está Jean Moreas, el simbolista. Los invitados son simbolistas. Quizás son laca-yos también. Por allá, lejos, al final, está Clovis Lugnes (Mar-sella). Lejos, también, en el otro extremo, Barrés (París).
Estamos cenando; hay brindis. El presidente comienza; Moreas responde, Clovis Lugnes, rubicundo, cabellos largos,
exuberante, pronuncia un largo discurso, en verso, natural-mente.
Barrés, alto y delgado, afeitado, cita a Baudelaire de una manera seca, en prosa. Escuchamos. El mármol es frío.
Mi vecino, que es muy joven pero robusto (soberbios botones de diamantes resplandecen en su camisa de muchos pliegues) me pregunta en voz baja: "¿Se encuentra el señor Baudelaire entre nosotros esta noche?”
Me rasco la rodilla y contesto: "Sí, está aquí, allí, entre los poetas, Barres está hablando con él".
EL: "¡Oh! ¡Me gustaría tanto selle presentado!” *
En cierto lugar algún santo dice a uno de sus penitentes: "¡Guárdate del orgullo de la humildad!”
Carta de Strindberg:
Usted se ha propuesto que yo escriba el prefacio a su catálogo, en memoria del invierno de 1894-95, en que vivi-mos detrás del instituto, no lejos del Panteón, y bastante cerca del cementerio de Montparnasse.
De buen grado le habría dado este recuerdo para que lo llevara consigo a esa isla de Oceanía, adonde va usted en busca de espacio y escenario en armonía con su poderosa estatura; pero, desde el comienzo, me siento en una posición equívoca, y le respondo en seguida con un "no puedo", o, más brutalmente todavía, con un "no lo deseo".
Al mismo tiempo le debo a usted una explicación por mi negativa, que no proviene de falta de sentimiento amisto-so, o de una pluma perezosa, aunque me hubiera sido fácil cargar la culpa al mal que afecta a mis manos que, dicho sea de paso, no ha dado tiempo a la piel para crecer en las pal-mas.
Ahí va: no puedo entender su arte y no puedo quererlo. No comprendo su arte, que es ahora exclusivamente tahitia-no. Pero sé que esta confesión no lo asombrará ni le herirá, pues usted siempre me pareció fortificado especialmente por el odio de los demás: su personalidad se deleita en la antipa-tía que despierta, ansiosa como está de conservar su propia integridad. Y quizás esto es una buena cosa, pues en cuanto usted fuera aprobado y admirado, y tuviera partidarios, lo clasificarían ellos a usted, poniéndolo en su lugar y dando a su arte un nombre que, cinco años más tarde, la generación más joven estaría usando como un rótulo para designar un arte pasado de moda, un arte que harían cualquier cosa por tornar todavía más anacrónico.
He hecho ya muchos intentas serios para clasificarlo a usted, para introducirlo, como un eslabón en la cadena, de manera que pudiera yo entender la historia de su desarrollo, pero en vano.
Recuerdo mi primera estada en París, en 1876. La ciu-dad estaba triste, pues la nación lamentaba los aconteci-mientos que habían ocurrido y se mostraba ansiosa acerca del futuro; algo fermentaba.
En el círculo de artistas suecos no habíamos oído toda-vía el nombre de Zola, pues El Matadero no había sido
pu-blicado aún. Presencié una representación de Roma Vencida en el théátre Francais, en el cual Sarah Bernhardt, la nueva estrella, fue coronada como una segunda Rachel, y mis jóve-nes artistas me arrastraron a lo de Durand-Ruel a ver algo completamente nuevo en pintura. Un joven pintor, entonces desconocido, fue mi guía, y vimos algunas telas maravillosas, la mayoría firmadas por Monet y Manet. Pero como yo tenía otras casas que hacer en París que mirar cuadros (como se-cretario de la Biblioteca de Estocolmo era mi tarea buscar un viejo misal sueco en la biblioteca de Santa Genoveva), miré esta nueva pintura con tranquila indiferencia. Pero volví al día siguiente, no sé exactamente por qué, y descubrí que había "algo" en estas raras manifestaciones. Vi el bullir de una multitud sobre un muelle, pero no vi a la multitud mis-ma; vi el rápido paso de un tren a través de un paisaje de Normandía, el movimiento de ruedas en la calle, terribles retratos de personas excesivamente feas que no habían sabi-do posar tranquilamente. Muy impresionasabi-do por estas telas, envié a un diario de mi país una carta en la que trataba de explicar la sensación que yo pensaba habían tratado de pro-vocar los impresionistas. Mi artículo tuvo cierto éxito como ejemplo de incomprensibilidad.
Cuando volví por segunda ver a París, en 1883, Manet había muerto, pero su espíritu vivía en una escuela que con Bastien-Lepage luchaba por la hegemonía. Durante mi terce-ra estada en París, en 188.5, vi la exhibición de Manet. Este movimiento se había colocado ahora en primera fila; había producido su efecto y estaba ya clasificado. En la exposición Trienal, que se celebró ese mismo año, hubo una anarquía
total: todos los estilos, todos los colores, todos los temas; históricos, mitológicos y naturalistas. La gente ya no deseaba oír nada acerca de escuelas o tendencias. La libertad era aho-ra el grito de gueraho-ra. Taine había dicho que lo bello eaho-ra lo lindo, y .ola que el arte era un fragmento de la naturaleza visto a través de un temperamento.
Sin embargo, en medio de los últimos espasmos del naturalismo, un nombre era pronunciado por todos con admiración: el de Puvis de Chavannes. Se erguía completa-mente solo, como una contradicción, pintando con un alma crédula, aun cuando tomaba cota al pasar del gusto de sus contemporáneos por la alusión. (No poseemos todavía el término simbolismo, un nombre muy infortunado para una cosa tan vieja como es la alegoría).
Mis pensamientos se dirigieron hacia Puvis de Chavan-nes ayer a la tarde, cuando, al son tropical de la mandolina y de la guitarra, vi en las paredes de su estudio ese confuso montón de cuadros, inundados de luz, que me persiguió anoche en mis sueños. Vi árboles tales como ningún botáni-co pudo haber descubierto jamás, animales cuya existencia nunca sospechó Cuvier, y hombres a quien sólo usted pudo haber creado, un mar que quizás haya manado de un volcán, un cielo que ningún Dios podría habitar. "Señor", dije en mi sueño, "usted ha creado un nuevo paraíso y una nueva tierra, pero no gozo de m( mismo en medio de su creación. Está demasiado empapado de sol para mí, que gozo del juego de luz y sombra. En su paraíso habita una Eva que no es mi ideal; ¡pues yo, yo mismo, tengo el ideal de una o dos muje-res!" Esta mañana fui al Luxemburgo a echar un vistazo a
Chavannes, que seguía presente en mi mente. Contemplé con profunda compasión al pobre pescador, tan atentamente ocupado en la obtención de la pesca que le traerá el fiel amor de su esposa, que está recogiendo flores, y a su ocioso hijo. i Esto es hermoso! ¡Pero ahora estoy dando coces contra la corona de espinas, señor, y eso es lo que odio, como usted sabe! No quiero saber nada con ese lastimoso Dios que acepta golpes. Mi Dios es más bien aquel Vistsliputski que en el sol devora el corazón de los hombres.
¡No, Gauguin no ha sido creado de una costilla de Cha-vannes, ni mucho menos de una de Manes o de Bastien-Lepage!
¿Qué es él, pues? Es Gauguin, el salvaje, que odia a una civilización sollozante, una especie de Titán que, celoso del Creador, hace en sus horas de ocio su propia pequeña crea-ción; la criatura que despedaza sus juguetes para hacer otras con ellos, que abjura y desafía<á, prefiriendo ver los cielos rojos antes que verlas azules con la multitud.
Realmente me parece que desde que me he acalorado a medida que escribo, estoy comenzando atener una cierta comprensión del arte de Gauguin.
Se ha reprochado a un autor moderno de no pintar se-res reales, de crear simplemente sus personajes él mismo. ¡Simplemente!
Buen viaje, maestro; pero regrese a nosotros y venga y véame. Entonces, quizás, hablé aprendido a comprender mejor su arte, lo que me permitirá escribir un verdadero pre-facio para un nuevo catálogo en el hotel Drouot.
Porque yo también estoy comenzando a sentir una in-mensa necesidad de tornarme salvaje y de crear un mundo nuevo.
De Achille Delaroche:
ACERCA DEL PINTOR PAUL GAUGUIN, DESDE UN PUNTO DE VISTA ESTETICO
No sería apropiado que yo estudiara la pintura de Paul Gauguin en su aspecto técnico. Es cosa de los pintores, sus rivales. Pero aparte del hecho de que un artista es a menudo menos imparcialmente valorado por sus pares que por un intruso, me parece que hay un cierto interés en que los tra-bajadores de las artes vecinas lleguen a un entendimiento sobre las líneas principales de la estética general.
No es, pues, por ningún espíritu de diletantismo que exaltaré en esta simple charla, sobre fundamentos de fanta-sía, por supuesto, esta visión de color y dibujo que ha surgi-do tan idealmente, pero también con tantos signos significativos, de un método que es de interés para todos nosotros, soñadores y artistas por igual.
Hoy en día ya no hay duda de que artes diferentes (pin-tura, poesía, música), luego de haber seguido separadamente sus largos y gloriosos caminos, han sido presas de un
repen-tino malestar que les ha hecho quebrantar sus monótonas tradiciones de antigua reputación, demasiado estrechas en la actualidad, y se están extendiendo como para confundir sus ondas en una sola gran corriente e inundar los territorios adyacentes.
Sobre las ruinas de edificios venerables y de sus síntesis, se está levantando un mundo enteramente estético, un mun-do extraño, paramun-dojal, sin reglas definidas, sin clasificaciones, con límites fluctuantes c inexactos, pero más rico, intenso y poderoso debido a que es ilimitado y capaz de conmover a los seres humanos hasta en las más íntimas y secretas fibras de su espíritu.
Los estrictos guardianes del templo están muy afligidos, abrumados por este cataclismo e impotentes para hacer uso de los pequeños rótulos que gustaban pegar detrás de cada manifestación intelectual; ¿pero qué se puede hacer? ¿Mide uno la ola y delimita la tempestad? Hay quienes, revelando escasa aptitud para la espiritualidad, creen que pueden con-tenerla haciendo oír sus pobres e infantiles tonaditas, ¡como si lo ridículo ocupara algún lugar en el arte! Otros, triste-mente, invocan al Espíritu Galo, a la Raza Latina, a la Edu-cación Griega, etc., lo que no viene al caso, e imaginan que tienen demostrado por A mas B que esta evolución es ilegí-tima y que terminará en un aborto. Sin embargo, les han llegado desaires irrefutables de todos lados: del lirismo musi-cal de Wágner y su escuela, de las composiciones poéticas de las escritores simbolistas, de las telas cubiertas de maravillas por pintores recientes.
Entre estos últimos deje darse un lugar alto y único a Paul Gauguin, no sólo por su prioridad, sino también por la novedad de su arte. En ocasión de la reciente exhibición a que nos imitó, caminamos a través de los encantos de un país de hadas de luz, una luz tan deslumbradoramente inten-sa que parecía imposible, cuando inten-salimos, considerar de otra manera que como efectos de crepúsculo, en contraste, las telas de nuestros ordinarios hacedores de imágenes.
Gauguin es el pintor de naturalezas primitivas; las ama y posee su simplicidad y sugestión de lo hierático, su ingenui-dad algo desmañada y angular. Sus personajes comparten la espontaneidad no estudiada de la flora virgen. Era lógico, por lo tanto, que haya exaltado - para nuestra delicia visual-las riquezas de su vegetación tropical, donde una vida libre de Edén crece lozanamente bajo las estrellas felices. Son expresadas aquí con una encantadora magia de color, sin adornos inútiles, ni redundancia, ni italianismo.
Es sobrio, grandioso, imponente. i Y cómo abruma la vanidad de nuestras insípidas elegancias y de nuestras infan-tiles agitaciones la serenidad de estos nativos! Todo el miste-rio del infinito se mueve detrás de la ingenua perversidad de estos ojos suyos, abiertas a la frescura de las cosas.
Me es igual si estos cuadros son o no reproducciones exactas de la realidad exótica. Gauguin hace uso de este am-biente extraordinario a fin de dar a su sueño una morada local. ¡Y qué escenario más favorable que éste podía ser, impoluto como todavía está por las mentiras de nuestra civi-lización!
De estas figuras humanas, de esta flora en llamas, lo fantástico y lo maravilloso surge tan bien o mejor de lo que lo hacen de las quimeras y de los mitológicos atributos de otros. Estaba de moda, justamente entonces, romper a reír en presencia del escándalo de esos cuerpos realmente dema-siado simiescos y poco animados, y de esos paisajes vertica-les que carecen de la espaciosidad de una perspectiva suficiente. ¿Es posible deformar de esa manera la naturaleza? Y la gente invocaba arbitrariamente la euritmia de la escultu-ra griega y de la pintuescultu-ra italiana. Pero aparte del hecho de que sería fácil recordar el arte egipcio, japonés y gótico, que poco toman en cuenta las llamadas leyes irrevocables, la es-cuela holandesa, en la época en que el clasicismo estaba en pleno florecimiento, demostraba ciertamente que lo feo puede ser también lo estético. De manera que será bueno ignorar los prejuicios de nuestras academias, con sus líneas correctas, sus ambientes estereotipadas, su retórica del torso, si se desea tener una justa apreciación de este arte extraño.
Aunque el arte plástico, concordando en esto con el arte literario y con la metafísica, se adhirió alguna vez al estricto dominio de definición formal y objetiva: la conmemoración de las características del héroe o del burgués, la ilustración de cierto paisaje, el transformar en perceptibles y distintas las fuerzas naturales, esto ocurría, y no podía haber sido de otra manera, a través de un conjunto de líneas preconcebidas que expresaban esta categoría del ideal. Así, teníamos al Discó-bolo, a la Venus Genitrix, a los Apolos con sus armoniosos gestos, a las Madonnas de Rafael, etc., que pueblan nuestros museos y avergüenzan las incoherentes disertaciones de los
profesores de estética. Pero hoy en día, en que una vida de pensamiento más sutil ha penetrado las diferentes manifesta-ciones del espíritu creativo, el punto de vista anecdótico y especial cede lugar a lo significativo y general. Un torso gra-cioso, un rostro puro, un paisaje pintoresco nos parecen florecimientos magníficos y multiformes de una simple fuer-za, desconocida e indefinible en sí misma, pero cuyo senti-miento se afirma irresistible en nuestra conciencia. El artista nos interesará menas, por lo tanto, por una visión tiránica-mente impuesta y circunscripta, por armoniosa que sea, que por una fuerza de sugestión que es capaz de ayudar el vuelo de la imaginación o de servir como decoración a nuestros propios sueños, abriendo una nueva puerta sobre el infinito y el misterio de las cosas.
Hasta ahora, Gauguin mejor que nadie nos parece haber comprendido este papel de decoración sugestiva. Su método se caracteriza principalmente por un cercenamiento de ca-racterísticas particulares, por la síntesis de impresiones. Cada uno de sus cuadros es una idea general, aunque no hay en ellos suficiente observación de la realidad formal como para que la verosimilitud nos cause impresión. En ninguna obra de arte se encuentra una mejor exteriorización de la cons-tante concordancia entre el estado de ánimo y el paisaje, tan luminosamente formulada por Baudelaire. Si él nos repre-senta los celos es mediante una llamarada de colores de rosa y violado en que toda la naturaleza parece participar como consciente y tácitamente. Si de labios sedientos por lo des-conocido fluyen aguas misteriosas, será en una liza de extra-ños colores, en las ondas, sobre algún brebaje diabólico y
divino, no se sabe cuál. Aquí un huerto fantástico ofrece sus insidiosos capullos a los deseos de Eva, cuyos brazos se ex-tienden tímidamente para arrancar la flor del mal, mientras las trémulas alas rojas de la quimera revolotean alrededor de su frente. Está aquí el30 exuberante bosque de la vida y de la primavera; aparecen figuras errantes, lejos, en una calma afortunada que no sabe de preocupaciones; pavas reales fa-bulosos despliegan sus relucientes alas de zafiro y esmeralda; pero aparece el hacha fatal del leñador, golpeando las ramas, y detrás de él se eleva un débil filamento de humo, una ad-vertencia del destino transitorio de esta fiesta. Nuevamente aquí, en un paisaje legendario, se levanta el (dolo formidable, hierático, y el tributo de hojas se derrama en olas de color sobre su frente; niños idílicos cantan con sus flautas pastori-les la infinita felicidad del Edén, mientras a sus pies, tran-quilos, encantados, como genios del mal que vigilan, yacen los heráldicas perros rojos. Más lejos, una ventana de vidrios de colores, llena de flores abigarradas, fiares humanas y flo-res de plantas; con su divino niño en hombros, la aureolada aparición de una mujer ante quien otras dos estrechan sus manos en medio de los capullos, con los gestos de un sera-fín, exhalando místicas palabras surgidas como un cáliz mila-groso. Vegetación sobrenatural que reza, carne que florece sobre el umbral indeterminado de b consciente y de lo in-consciente.
Todas estas telas, y aun otras que ofrecen sugestiones similares, muestran suficientemente la íntima correlación de tema y de forma en Gauguin. Pero en citas la armonización magistral de colores es especialmente significativa, y
com-pleta el símbolo. Los tonos contrastan o se confunden uno con otro en gradaciones que cantan una como sinfonía, en múltiples y variados coros, y desempeñan un papel que es realmente de orquesta.
Considerado de esta manera, el color, que al igual que la música es vibración, alcanza a lo que es más general y por lo tanto más vago en su naturaleza: su fuerza íntima. Era com-pletamente lógico, por k) tanto, que en el actual estado de los sentimientos estéticos tomara poco a poco el lugar del dibujo, que, en su valor sugestivo, pasa a segundo lugar.
Aparece aquí definitivamente la meta hacia la cual están tendiendo las diferentes artes, el lugar en que quizás se en-contrarán: la ciudad futura de la vida espiritual, a ser edifica-da por ellas, de las cuales la poesía, como estado del alma, sería el gesto de mando, la música la atmósfera y la pintura la decoración maravillosa. En efecto, los experimentos disper-sos que se han intentado hasta ahora no tienen significado sino como los primeros bocetos, como si fuera la adivina-ción de esta era de construcadivina-ción ideal.
La humanidad siente más o menos obscuramente que su estado actual de indigente realidad cotidiana es sólo transito-ria; y la quiebra total de las viejas formas sociales es el indicio significativo de esta impaciencia por establecer, finalmente, luego de asegurar los instintos de la nutrición, el juego de-sinteresado de una vida cerebralmente sensitiva.
En su niñez, maravillándose del nuevo espejismo de las cosas, colocaba los encantados palacios donde habitan las hadas entre las intrincadas enredaderas de este mundo exte-rior. Luego vino el período de abstracción, en el que se
for-mularon los métodos científicos, ricos en clasificaciones, divisiones y categorías de toda clase. Cada objeto fue desar-mado, estudiado, pesado, analizado, definido. Orgulloso de su dialéctica, el espíritu humano llegó a considerarla sofisti-cadamente por sí misma y a creerla, como lo hizo Kant, la única realidad. Pero la ilusión duró poco. Eminentes pensa-dores arrojaron lejos de sí este vano instrumento, cuya este-rilidad es comparable a la de una máquina que funciona, a pesar de estar vacía. Los místicos, por su parte, al no encon-trar satisfacción de sentimiento en estos secos silogismos, se hablan retirado en el éxtasis como el camino más seguro y directo hacia la comprensión. Pero fuera de que ese estado es difícilmente accesible al común de las gentes, y es una intoxicación algo peligrosa, la pasividad contemplativa deja sin un objetivo a toda la parte activa de nuestras naturalezas.
El arte que cuenta hoy en día, el arte órfico, parece pues a punto de ocupar el lugar de las modalidades discursivas del pensamiento desacreditado y conducirnos a la hermosa con-quista, arte que amansa las bestias salvajes y mueve en ca-dencia armoniosa las criaturas informes del mar. I?I arte, en efecto, simboliza desde su creación a la naturaleza, y esta creación es equivalente a una idea, ya que crear es compren-der. Incluye pues en sí el eslabón de conexión entre lo cons-ciente y lo inconscons-ciente. Nos está permitido así esperar que por un proceso análogo al de la intuición de Schelling, que era un resplandor fugaz de la verdad, se formulará una espe-cie de agnosticismo estético, ampliando el supremo Olimpo de nuestros sueños, Dioses o Héroes.
La pintura es el arte que, entre todas, preparará el cami-no, resolviendo la antinomia entre los mundos sensible c intelectual. Y en presencia de un trabajo tal como el de Gau-guin, se comienza a concebir a aquellos verdaderamente ilu-minados, no a los idiotas maniáticos que conocemos hoy en día, los coleccionistas de chucherías tontas, proveedores de histeria y de fuegos artificiales, sino a los espíritus bellamente intelectuales que, con una fantasía libre, tejerán el tapiz de sus sueños. Allí los luminosos frescos de un Gauguin repre-sentarán el paisaje mural, en el cual las sinfonías de un Beethoven o de un Schumann cantarán sus misterios, mien-tras las sagradas palabras de los poetas cantarán solemne-mente la leyenda espiritual de la Odisea humana.
LOS CAMARONES ROSADOS
Invierno de 1886.
La nieve comienza a caer; es invierno. Quiero ahorraros la descripción: es simplemente la nieve. Los pobres están sufriendo. A menudo no comprenden esto los caseros.
En este día de diciembre, en la calle Lépic de nuestra buena ciudad de París, los transeúntes se dan más prisa que de costumbre, pues no tienen deseos de callejear. Entre ellos se encuentra un hombre fantásticamente vestido que, tiritan-do, se apresura para llegar a los bulevares exteriores. Está envuelto en un sobretodo de piel de oveja con una gorra que es sin duda de piel de conejo, y tiene una hirsuta barba peli-rroja. Parece un arriero.
No lo miréis por encima; por más frío que haga, no si-gáis vuestro camino sin observar cuidadosamente la mano blanca y graciosa y esos ojos azules que son tan claros e in-fantiles. Es algún pobre mendigo, seguramente.
Entra apresuradamente en una casa de comercio donde venden herrajes viejos, flechas de salvajes y cuadros al óleo baratos.
¡Pobre artista! ¡Pusiste un trozo de tu alma en ese cua-dro que has venido a vender!
Es una pequeña naturaleza muerta, camarones rosados sobre un pedazo de papel rosado.
"¿Puede usted darme algo por este cuadro para ayudar-me a pagar el alquiler?”
"¡Dios mío, amigo, mis negocios van mal también! ¡Me piden Millet baratos! Además -agrega el comerciante-, sus cuadros, sabe usted, no son muy alegres. Ahora está de mo-da el Renacimiento. Bueno, dicen que usted tiene talento y me gustaría ayudarlo. Venga, aquí tiene cinco francos".
Y la moneda redonda rueda sobre el mostrador. Van Gogh la toma sin murmurar, da las gracias al comerciante y sale. Recorre penosamente el camino de regreso a la calle Lépic. Cuando ha llegado casi a su alojamiento, una pobre mujer, que acaba de salir de Saint Lazare, sonríe al pintor, esperanzada en su amparo. La hermosa mano blanca sale del sobretodo. Van Gogh es un lector, está pensando en la niña Elisa, y su moneda de cinco francos pasa a ser propiedad de la desgraciada mujer. Rápidamente, como si se avergonzara de su caridad, huye con su estómago vacío.
Vendrá el día, lo veo como si ya hubiera llegado. Entro en la sala número 9 de la galería de subastas. Al llegar yo el martillero está vendiendo una colección de cuadros. "Cua-trocientos francos por `Los Camarones Rosados': ¡Cuatro-cientos cincuenta! ¡Quinientos! Vamos, señores, vale mucho
más que eso". Nadie dice nada. "¡Vendido! `Los Camarones Rosados', por Vincent Van Gogh".
*
Al igual que en otras partes, a 17 grados de latitud Sud hay generales, consejeros, jueces, funcionarios, gendarmes y un gobernador. Toda la crema de la sociedad. Y dice el go-bernador: "Veis, mis amigos, no hay nada que hacer en este país sino recoger pepitas".
Me visita un ahogado gordo, el fiscal, luego de haber interrogado a dos jóvenes ladrones. En mi choza hay toda clase de objetos que parecen extraordinarios porque son poco habituales aquí: impresos japoneses, fotografías de cuadros: Manet, Puvis de Chavannes, Dégas, Rembrandt, Rafael, Miguel Angel.
El fiscal, gordo, un aficionado que, según dicen, hace muy lindos bocetos a lápiz, mira a su alrededor y delante de un retrato de la esposa de Holbein, de la Galería de Dresden, me dice: "¿Es de una escultura, no?”
"No, es un cuadro de Ho1bein, escuela alemana". "Oh, bueno, es lo mismo. Me agrada. Es lindo". ¡Holbein!, ¡lindo!
Su carruaje está esperándole, y debe seguir viaje para merendar lindamente en el césped, a la vista del Orofena, rodeado por el lindo campo.
También el cura (un miembro de la clase educada) me sorprende mientras estoy pintando un paisaje.
“¡Ah, señor, usted está obteniendo una hermosa pers-pectiva ahí!”
Rossini acostumbraba decir: Je sais bien que je ne suis pas un Bach, mais je sais aussi que je ne suis pas un Offenbach”.
Dicen que soy campeón de billar, y soy francés. Los norteamericanos están furiosos y proponen que juegue una partida en los Estados Unidos. Acepto. Se apuestan sumas enormes.
Tomo el vapor para Nueva York; hay una tormenta es-pantosa; todos los pasajeros están aterrorizados. Luego de una cena perfecta bostezo y me voy a dormir.
La partida se juega en una sala grande, lujosa (lujo nor-teamericano). Mi adversario juega primero. Se anota ciento cincuenta. Los Estados Unidos se alegran.
Juego yo: tos, tic, tos, precisamente así, despacio, parejo. Los Estados Unidos desesperan. De repente nos ensordece una rápida sucesión de disparos de fusil. Mi corazón no se sobresalta; siempre lentamente, parejo, las bolas zigzaguean: tos, tic, tos. Doscientas, trescientas.
Los Estados Unidos son derrotados.
Todavía bostezo; lentamente, parejo, las bolas zigza-guean: tos, tic, tos.
Dicen que soy feliz. Quizás. *
El gran tigre real está solo conmigo en su jaula; des-preocupadamente exige una caricia y demuestra su agrado
mediante movimientos de su barba y de sus garras. Me quie-re. No me atrevo a golpearlo; estoy atemorizado y él se aprovecha de mi miedo. A pesar mío, tengo que soportar su desprecio.
Por la noche mi esposa busca mis caricias. Sabe que le temo y se aprovecha de mi miedo. Ambos, criaturas salvajes nosotros mismos, llevamos una vida llena de miedo y de baladronadas, de alegría y de pena, de fuerza y de debilidad. Por la noche, a la luz de las lámparas de aceite, medio sofo-cados por el hedor animal, observamos a la estúpida, a la cobarde multitud, siempre hambrienta de muerte y de carni-cería, que siente curiosidad por el vergonzoso espectáculo de cadenas y de esclavitud, del látigo, y del pinche, nunca sacia-da por los alaridos de las criaturas que los soportan.
A mi izquierda, el alojamiento de los animales adiestra-dos. La orquesta, a punto de comenzar, deja oír repentina-mente sonidos ásperos y discordantes. Dos pobres hombres, los reyes de la creación, se dan de puntapiés y puñetazos. Los monos adiestrados no se molestarían en imitarlos.
¡Una imagen de la vida y de la sociedad! *
A lo largo de senderos convergentes, figuras rústicas, vacías de pensamiento, buscan no sé qué.
Esto parece Pissarro.
Un pozo junto a la costa del mar: algunas personalida-des parisienses con vestidos a rayas, de colores alegres, se-dientas de ambición, buscan indudablemente en ese pozo
seco el agua que saciará su sed. Todo es confeti. Todo pare-ce de Signac.
Existen colores encantadores, que no sospechamos y que pueden adivinarse detrás del velo que ha tendido la mo-destia. Niñas concebidas en clamor, con manos que ciñen y acarician, invocando tiernos pensamientos.
Por Carriére, digo sin vacilar.
Uvas maduras desbordan un plato poco profundo: so-bre el mantel están mezcladas manzanas de color verde su-bido y de un rojizo violáceo. Las blancas son azules y las azules son blancas. i Un demonio de pintor, este Cézanne!
Cierta vez, mientras cruzaba el puente de las Artes en-contró a un camarada que se había hecho famoso.
" Hola, Cézanne, ¿adónde vas?”
" Como ves, voy a Montmartre, y tú al Instituto". Un joven húngaro me dijo que era alumno de Bonnat. "Felicitaciones", le respondí. "Su maestro acaba de ga-nar el premio en el concurso de sellos postales con su cuadro del Salón".
El cumplido llegó a destino; podéis imaginaros si te gustó a Bonnat. AL día siguiente el joven húngaro estaba decidido a pelarme.
LOS JARRONES ESMALTADOS
Allá, lejos, la campiña nipona está cubierta de nieve; los campesinos están todos en su casa.
Para evitaros entrar por la chimenea -pues las puertas están todas cerradas- os introduciré por el recurso único de un cuento, en medio de una familia nipona cuyos miembros son labriegos durante nueve meses al año y artistas los tres meses de invierno. Lo que habéis visto en una casa os dirá acerca de todas; pues son todas iguales, animadas por la misma vida, las mismas tareas, especialmente la misma ale-gría. El interior es a la vez un pequeño taller, un dormitorio, un refectorio, etc., pero apenas si recuerda a la cajita que tan bien describe Pierre Loti, nuestro gran, gran académico.
Tampoco encontraréis a la pequeña Crisantemo, la hermana de Rarahu (la doncella tahitiana), tan incapaces ambas de comprender el distinguido corazón de un joven gastado y hastiado. El joven japonés está gastado también, pero no esta todavía desilusionado. Además, no tiene a su lado a su hermano Yves a quien abrir su corazón.
En un hogar japonés todo es simple y sosegado, tanto la naturaleza como la imaginación. Producen frutos y viven de ellos, y la naturaleza es rica en frutos. Usted sabe todo esto muy bien, Loti, pero se debe saber gustarlo, olvidar que se es un oficial. ¡Demonios! ¡No se duerme con las charreteras puestas!
¡Ah! ¡Qué refinada fragancia tiene el té cuando se le be-be en una taza confeccionada por uno mismo y libremente decorada! Y esas adorables cestillas que todos hacen para recoger cerezas cuando vuelve el buen tiempo. Tejidas por hábiles dedos, los arabescos japoneses les dan una estampa propia.
Y esos maravillosos jarrones esmaltados que exigen una dedicación y un gusto tan pacientes. Todos los labriegos japoneses manufacturan sus propios jarrones para colocar en ellos sus flores cuando llega la primavera. ¡Labriego! Excepto la clase instruida, campesinos y gente de la ciudad son la misma cosa.
¿Queréis tomar parte en la operación? Para ellos será cosa de dos o tres meses, para vosotros y para mí sólo unos pocos minutos. No pondré a prueba vuestra paciencia con un largo relato (el cuento llenaría páginas). Eso no le gusta a los editores cuando el libro no ha de producir billetes de mil francos.
Además, esto no es un libró; no es nada, sino una charla inútil.
En primer lugar, el labriego nipón hace cuidadosamente su dibujo y su composición en un trozo de papel que, cuán-do está enrollacuán-do, tiene la misma superficie que el jarrón.