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LOS JARRONES ESMALTADOS

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Allá, lejos, la campiña nipona está cubierta de nieve; los campesinos están todos en su casa.

Para evitaros entrar por la chimenea -pues las puertas están todas cerradas- os introduciré por el recurso único de un cuento, en medio de una familia nipona cuyos miembros son labriegos durante nueve meses al año y artistas los tres meses de invierno. Lo que habéis visto en una casa os dirá acerca de todas; pues son todas iguales, animadas por la misma vida, las mismas tareas, especialmente la misma ale- gría. El interior es a la vez un pequeño taller, un dormitorio, un refectorio, etc., pero apenas si recuerda a la cajita que tan bien describe Pierre Loti, nuestro gran, gran académico.

Tampoco encontraréis a la pequeña Crisantemo, la hermana de Rarahu (la doncella tahitiana), tan incapaces ambas de comprender el distinguido corazón de un joven gastado y hastiado. El joven japonés está gastado también, pero no esta todavía desilusionado. Además, no tiene a su lado a su hermano Yves a quien abrir su corazón.

En un hogar japonés todo es simple y sosegado, tanto la naturaleza como la imaginación. Producen frutos y viven de ellos, y la naturaleza es rica en frutos. Usted sabe todo esto muy bien, Loti, pero se debe saber gustarlo, olvidar que se es un oficial. ¡Demonios! ¡No se duerme con las charreteras puestas!

¡Ah! ¡Qué refinada fragancia tiene el té cuando se le be- be en una taza confeccionada por uno mismo y libremente decorada! Y esas adorables cestillas que todos hacen para recoger cerezas cuando vuelve el buen tiempo. Tejidas por hábiles dedos, los arabescos japoneses les dan una estampa propia.

Y esos maravillosos jarrones esmaltados que exigen una dedicación y un gusto tan pacientes. Todos los labriegos japoneses manufacturan sus propios jarrones para colocar en ellos sus flores cuando llega la primavera. ¡Labriego! Excepto la clase instruida, campesinos y gente de la ciudad son la misma cosa.

¿Queréis tomar parte en la operación? Para ellos será cosa de dos o tres meses, para vosotros y para mí sólo unos pocos minutos. No pondré a prueba vuestra paciencia con un largo relato (el cuento llenaría páginas). Eso no le gusta a los editores cuando el libro no ha de producir billetes de mil francos.

Además, esto no es un libró; no es nada, sino una charla inútil.

En primer lugar, el labriego nipón hace cuidadosamente su dibujo y su composición en un trozo de papel que, cuán- do está enrollado, tiene la misma superficie que el jarrón.

Sabe dibujar, pero no exactamente como lo hacemos noso- tros, del natural. En la escuela se enseña a todos los niños un esquema general establecido según los modelos de los maestros. Pájaros volando o en reposo, casas, árboles, toda la naturaleza, en fin, tiene una forma invariable que el niño aprende perfectamente. Sólo no se le enseña composición y se le da toda clase de estímulo a la imaginación.

Tenemos aquí, pues, a nuestro dueño de casa japonés instalado frente a un jarrón de cobre, con su dibujo a la vista, a su lado.

Toda su existencia de herramientas: pinzas, tijeras, alambre achatado de cobre. Con gran habilidad y exactitud da a su alambre de cobre, colocado sobre la superficie del jarrón, todas las formas del dibujo que está delante de él; luego, suelda con bórax los contornos en cobre, colocándo- los, por supuesto, de manera que correspondan con el dibujo en el papel. Una vez completada esta operación, no sin ex- tremo cuidado y con la mayor habilidad, resulta juego de niños llenar con pastas de cerámica de diferentes colores todos estos espacios vacíos. Sin embargo, requiere reflexión, y un sentido muy especial de las infinitas variedades de la armonía, no prestándose atención a los colores complemen- tarios.

Terminada su obra de arte, el artista se convierte en há- bil alfarero. Sólo le resta cocer su jarrón. Puede comprar su horno de tierra incombustible a cualquier comerciante; los labriegos siempre los tienen de diferentes tamaños. Hay una puertita para poner y sacar el medidor de calor. Ahora entran en escena las mujeres y los niños; rodean el horno y su con-

tenido con carbón de leña que arde lentamente, muy lenta- mente. Todos soplan alternativamente el fuego con un aba- nico, y hay algunas diversiones inocentes. A su reverencia, el sacerdote, no le gustan estos Nohs, que son sin palabras y consisten exclusivamente en gestos, un pasatiempo en el que todos sobresalen.

Las prendas son dijes y peines, rápidamente ofrecidos y rápidamente perdidos. Se acaloran, el abanico se torna más y más activo; el trabajo infernal está casi completo en la retor- ta. Esta parranda disimulada se acompaña con canciones y risas. Pronto no resta nada por perder, y los contendientes terminan por quedar tan hermosamente desnudos como cuando nacieron. ¡Ni siquiera una hoja de parra! No tenien- do nada qué dar, se dan a sí mismos, y os aseguro que ni el escribano ni su señoría el alcalde regularizan estos amores del momento que no podrían ser eternos.

Es tarde y todo se está enfriando, lentamente, muy len- tamente: la gente joven y el terrible horno. El descanso su- cede al trabajo bien hecho.

Por la mañana todo está en calma, y en uno de esos co- fres japoneses, con incrustaciones de nácar, el jarrón hace su primera aparición. No está terminado todavía, pero ya quie- ren echarle una mirada. Retrocediendo unos pasos, acercán- dose, el artista examina su trabajo.

Si regaña, los niños consideran que el jarrón es muy feo; si está de buen humor y les da golosinas, el más pequeño de todos, el bebé, dice: “Si”, y permanece silencioso. El de más edad, lleno de admiración, dice: "¡Papá, qué hermoso es!" Por supuesto, lo dice en japonés.

Trabaja día tras día para terminar el jarrón, puliéndolo cuidadosamente.

Durante la primavera salen en parejas, alegres y felices, vagando por los bosques en flor, donde, en medio de per- fumes afrodisíacos, los sentidos recobran su vigor. ¡Hacen ramilletes que combinarán tan bien con sus jarrones esmal- tados!

P.D. -Conté esto una vez a alguien a quien consideraba inteligente. Cuando hube terminado me dijo: "¡Pero tus ja- poneses son vulgares puercos!”

Sí, pero en el puerco todo es bueno. *

A este respecto Remy de Gourmont dice (en el Mercu- re): "Es verdaderamente un espectáculo único en la historia esta furiosa preocupación por la moralidad sexual que, ante nuestros ojos indiferentes, destruye la sensibilidad de tantos hombres bondadosos y de tantas mujeres amables".

El niño judío va a las Tullerías a jugar. Lo lleva su no- driza.

El niño judío está muy cansado de jugar con su globo rojo.

El niño judío observa a un pequeño cristiano que está también muy casando de jugar con su soberbio caballo de madera. Se acerca y, mirando desdeñosamente al caballo de madera, dice: "Tu caballito es muy feo". Luego juega con su globo con chillidos de alegría.

El niño cristiano llora; luego, suspirando tímidamente, dice: "¿Quieres cambiar?”

El niño judío regresa triunfalmente a su casa con el ca- ballo de madera, y su padre exclama: "¡Esta criatura es un amor! ¡Exactamente como yo! ¡Irá lejos!”

No aconsejes ni reprendas a nadie que haya venido a pedirte un favor, especialmente si no se lo haces.

Cuidado con pisar un pie a un idiota erudito. Su morde- dura es incurable.

*

Ocurrió en los días de Tamerlán, creo que en el año X, antes o después de Cristo. ¿Qué importa cuándo? La preci- sión a menudo destruye un sueño, quita toda vida a una fá- bula. Por allá, en dirección al sol naciente, por cuyo motivo el país es llamado el Levante, se encontraban reunidos en una fragante arboleda algunos jóvenes de piel cetrina, cuyo cabello era largo, al contrario de la costumbre de la soldades- ca, indicando así su futura profesión.

Estaban escuchando, ignoro si respetuosamente o no, a Vehbi Zunbul Zadi, el pintor y dador de preceptos. Si tenéis curiosidad por saber qué pudo haber dicho este artista en esos bárbaros tiempos, escuchad.

Dijo: "Usad siempre colores del mismo origen. El índi- go hace siempre la mejor base; se torna amarillo cuando se lo trata con extracto de nitro, y rojo con vinagre. Los farma- céuticos siempre lo tienen. Manteneos estrictamente fieles a estos tres colores; con paciencia conoceréis entonces cómo

componer todos los matices. Que el fondo del papel aclare vuestros colores y provea el blanco, pero nunca lo dejéis completamente liso. Lienzos y carne pueden ser pintados sólo por quien conoce el secreto del arte. ¡.Quién os dice que la carne es color bermellón claro y que los lienzos tienen sombras grises? Poned una tela blanca junto a un repollo o a un ramo de flores y ved si se tiñe de gris.

"Descartad el negro y esa mixtura de blanco y negro que llaman gris. Nada es negro y nada es gris. Lo que parece gris es una composición de tintes pálidos que un ojo experimen- tado percibe. El pintor no tiene la misma tarea que el albañil, la de edificar una casa, con el compás y la regla en la mano, según el plano provisto por el arquitecto. Está bien que el joven tenga un modelo, pero dejadle bajar el telón sobre él cuando está pintado. Es mejor pintar de memoria, porque vuestra inteligencia y vuestra alma triunfarán sobre el ojo del aficionado. Cuando queréis contar los pelos de un asno, des- cubrir cuántos tiene en cada oreja y determinar el lugar de cada uno, vais al establo.

"¿Quién os ha dicho que debéis buscar contrastes en los colores?

"¿Qué más dulce para un artista que hacer perceptible en un ramo de flores el matiz de cada una? Aunque dos flo- res se parezcan ¿pueden ser idénticas, hoja por hoja?

"Buscad la armonía y no el contraste, lo que concuerda y no lo que choca. Es el ojo de la ignorancia el que asigna un color fijo e invariable a cada objeto; como ya os he dicho, tened cuidado con este obstáculo. Practicad pintando un objeto en conjunción con, o matizado por -es decir, cerca de

o medio atrás de- otros objetos de colores similares o dife- rentes. De esta manera gustaréis por vuestra propia variedad y veracidad; pasad de lo oscuro a lo claro, de lo claro a lo oscuro. El ojo busca renovarse mediante vuestro trabajo; dadle alimento para su goce, no excrementos. Sólo el pintor de letreros copia el trabajo de otros. Si reproducís lo que otros han hecho no sois sino hacedores de remiendos; em- botáis vuestra sensibilidad e inmovilizáis vuestro colorido. Dejad que todo en torno a vosotros respire la calma y la paz del alma. Evitad, pues, el movimiento en una pose. Cada una de vuestras figuras debe estar en una posición estática. Cuando Umra representó la muerte de Ocrai, no elevó el sable del verdugo, ni asignó al Khakhan un gesto amenaza- dor, ni doblegó a la madre del reo en convulsiones. El sultán, sentado en su trono, arruga su frente con ceño irritado, el verdugo, de pie, mira a Ocrai como a una víctima que le inspira piedad; la madre, reclinada contra el pilar, revela su pena sin esperanzas en ese abandono de su fuera y de su cuerpo. Se puede por lo tanto, sin cansancio, pasar una hora ante esta escena, tanto más trágica en su alma que si, luego de pasado el primer momento, actitudes imposibles de mantener nos hubieran hecho sonreír con una burla diverti- da.

"Estudiad la silueta de cada objeto; la claridad de los contornos es el atributo de la mano que no está debilitada por ninguna vacilación de la voluntad.

"¿Por qué embellecer las cosas arbitraria y deliberada- mente? Desaparece así el verdadero sabor de cada persona, flor, hombre o árbol, todo se borra en la misma nota de lin-

deza que produce náuseas al conocedor. No significa esto que debáis desterrar el tema gracioso, sino que es preferible reproducirlo tal como lo veis antes que verter vuestro color y vuestro dibujo en el molde de una teoría preparada de ante- mano en vuestro cerebro".

Se oyeron algunos murmullos en la arboleda; si el viento no se los hubiera llevado, podrían haberse escuchado pala- bras tal malsonantes como Naturalista, Académico y otras por el estilo. Pero el viento se las llevó mientras Zadi ar- queaba las cejas y calificaba a sus alumnos de anarquistas; luego continuó:

"No retoquéis demasiado vuestro trabajo. Una impre- sión no es lo suficientemente durable para que su primera frescura sobreviva a una prolongada búsqueda de infinitos detalles; de esta manera dejáis enfriar la lava y transformáis sangre hirviente en piedra. Aunque fuera un rubí, arrojadlo lejos de vosotros.

"No os diré qué pincel debéis preferir, qué papel debéis usar, o en qué posición debéis colocaros. Esta es la clase de preguntas que hacen niñitas de cabellos largos e inteligencia corta, que colocan nuestro arte al mismo nivel que el de bordar chinelas y hacer sabrosas tortas".

Zadi se retiró gravemente.

Alegre e impetuosamente, los jóvenes se alejaron. Todo esto ocurrió en el año X.

* Juicios contemporáneos:

Una dama petulante1 (experimentada, demasiado expe- rimentada) decía a mi prometida: "¡Por supuesto, mi niña, te casas con un individuo honesto, pero cuán estúpido es, cuán estúpido, es!”

Poco tiempo después decía un joven pintor recién de- sembarcado: "¿Sabes?, Gauguin es un rudo marino. Es muy hábil para construir barquitos con su equipo de velas bien arregladas. Quizás Fulana lo pula".

¡He aquí algo para salvarlo a uno del pecado de orgullo! Poco tiempo después escribió otro joven precoz: "Pio- nero ardiente, con la cabeza llena de ideas, cavé y no encon- tré nada, en vista de lo cual, Gauguin, que era más hábil que yo, recogió todos los tesoros".

En lo referente a este buscador, un amante del arte ha dicho: "Bosqueja un dibujo, luego bosqueja su bosquejo, y así sigue hasta el momento en que, como el avestruz, con su cabeza en la arena, decide que no se parece más al original. ¡Entonces firma!”

Para vengarse de Gauguin, este joven encantador, que era mantenido por un crédulo Mecenas, escribió a un amigo de Gauguin: "Mi estimado y afectuoso amigo: Gauguin os ha dicho cornudo".

A lo que el amigo, justamente convencido de que era una calumnia, respondió: "¡Adivine de nuevo!”

Y nuestro joven encantador, para vengarse de este in- crédulo amigo, que era también pintor, escribió en una carta que le estaba dirigida: "Señor Z, arrendador de propiedad".

1 Una mujer que me había asustado y a quien yo, un José no me había atrevido a comprender.

En vista de lo cual, el amigo escribió de vuelta, a El Cairo: "Señor Zero, arrendatario".

Esto os enseñará a no tener relaciones con gente impú- dica.

Pero no almaceno estas cosas. El camino se torna más y más duro; uno envejece. El recuerdo del mal se desvanece en humo. El terciopelo tendido sobre nuestra conciencia oculta las espinas y suaviza su pinchazo.

La gloria es poca cosa si está tan pobremente construida que se desmorona al primer suspiro. Además, la gente que realmente cuenta la evita. La soledad es tan buena, el olvido restaura tanto nuestra seriedad cuando, conscientes del pe- cado, deseamos la liberación, aun mientras tememos al des- conocido Más allá.

"Gigante, eres mortal". Esto es bastante para humillar- nos.

El problema que se trata de resolver -fácil al comienzo- es una esfinge en la muerte.

Un puñado de moneditas arrojadas a todos los vientos por un Creso, de las cuales, luego de una lucha, el más fuerte o el más hábil recoge una insignificante porción, vanaglo- riándose de su victoria. Su orgullo se desploma rápidamente cuando trata de conseguir algo en la cigarrería con la mone- dita que ha ganado con tanta dificultad.

Me decía un vecino: "Por supuesto, hay algo en la filo- sofía de ese caballero; si hay mucho de bueno en ella tanto mejor; pero en lo qué a mí respecta, que soy sólo un tonto, digo que eso se reduce a muy poco".

"Es un individuo enteramente honesto, sin duda", dijo ella, "¡Pero cuán estúpido es!”

Esto no es un libro. *

En un camino de herradura, ambos de azul con franjas plateadas, dos buenos señores caminan tambaleándose, pues la línea curva es ciertamente la más corta; el vino del gobier- no afloja los miembros y espesa la lengua. Sería exactamente como en la canción si no estuviéramos en las Marquesas. A la vista de una linda carita dorada el sargento de policía ex- clama: "¡Es mía!" A lo que responde en seguida el gendarme: "¡Sargento, en eso se equivoca usted!”

Y la alegre carita también responde, sin desconcertarse en lo más mínimo: "El primero paga dos piastras, el segundo sólo una".

Esta vez el gendarme, en vista de que la pequeña es tan realista como si estuviera en París, responde: "Sargento, ¡us- ted tiene razón!”

"No, no, señor gendarme, usted dispara primero: exac- tamente como el inglés".

Pero un gendarme no podría ir delante de su sargento: el estar en las Marquesas no cambia las cosas. Y estas damas conocen el asunto. Los misioneros les dicen: "El pecado debe tener su excusa". El dinero es la excusa.

Leyendo el Journal des Voyages un hombre sueña con abandonar París y una civilización que le atormenta; toma un tren y, en Marsella, un barco, un suntuoso vapor.

Una vez a abordo y a los pocos días, comienza a cono- cer este mundo colonial del que no ha tenido sospechas.

"¡Oh, las delicias de vivir en un regimiento, bajo una fé- rula, con la seguridad del rancho y la posible aureola de una palma" (Remy de Gourmont).

Brillantes banquetes todos los días; largas mesas con platos suculentos; un funcionario preside cada mesa.

"¡Camarero! ¿Qué es esto? ¿Piensa usted que estoy acostumbrado a comer esta clase de alimento? El gobierno paga aquí, y quiero algo por mi dinero".

En casa el empleado cena con higos que valen unos céntimos, y algunos rábanos. Los domingos, ensalada, con pan empapado en vinagre y sazonado con ajo. A bordo es diferente; se está de licencia y cuando el gobierno paga la cuenta nos gusta engullir y rezongar al mismo tiempo.

*

Al otro lado del océano, un barco acaba de tocar tierra, un islote que no figura en el mapa. Hay tres habitantes, sin embargo, un gobernador, un empleado del comisario de policía y un tratante en tabacos y sellos de correo. ¡Ya!

¡Ah!, lectores, pensáis que sería agradable encontrar un rincón tranquilo al abrigo de gente malvada. Ni siquiera la isla del Doctor Moreau, ni siquiera el planeta Marte ofrece esto, como lo acabamos de descubrir desde que los marcia- nos, para vengar a los boers, descendieron sobre Londres y provocaron el pánico entre esos valientes ingleses.

Al arribar a Tahití, los viajeros que regresan abandonan el barco. Los que llegan por primera vez deben ser inspec- cionados; allí está el gobernador (el sombrero de copa es indescriptible) y toda la gentuza. Cuchicheos... Finalmente, pero muy graciosamente, preguntan: "¿Tiene usted dinero?”

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