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LA MUJER EN LA REVOLUCION Cf-IINA

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ELOY MONTERO

LA MUJER EN LA REVOLUCION

Cf-IINA

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La Mujer en la Revolución China

por el Académico de número

Excmo. señor don Eloy Montero

En una villa de Pekín vivía hasta hace poco tiempo una mujer cuyo nombre era casi desconocido para el pueblo chino, pero que empezó muy pronto a ejercer una influencia casi decisiva sobre Pekín y sobre todo en Mao Tse Tung. Esta mujer venía a ser algo así como una "emi- nencia gris" del célebre político que hoy hace temblar a gran parte del mundo. Este hombre extraordinario ha escrito recientemente un libro cuya edición asciende a treinta millones de ejemplares; este libro que se llama "Pensamientos" está escrito por Mao Tse Tung, lo cual parece un absurdo en nuestro tiempo y sobre todo en nuestra cultura y civi- lización. Este libro tiene que ser leído obligatoriamente por todos los chinos de modo constante y por decirlo así a todas horas. La mujer a quien aludimos se llama Chiang Chingo A esta eminencia llamado Mao le van conociendo todos los chinos con el nombre "el sol roj o de nues- tros corazones", "el maestro de toda la Humanidad", "el genio como jamás se ha conocido", "el poeta sublime".

Hemos de tener en cuenta, porque es conveniente saberlo, que el nombre de la mujer, o sea, el de Chiang Ching, sólo se pronuncia en los documentos estrictamente oficiales. Desde que esta mujer ascendió a las altas cumbres de la política, un ambiente de terror y de espanto la cir- cunda, produciendo un verdadero pánico la pronunciación de las dos sílabas. El nombre primitivo de Chiang Ching, que es la mujer a la que venimos refiriéndonos, era el de "Nube Azul"; nombre en verdad delicado y hasta teñido de poesía. Ahora se ha transformado para los setecientos millones de chinos del Imperio de Mao y sobre todo para los enemigos de su esposo en el seno del partido de Mao, viniendo

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a ser como una nube llena de espanto y de amenazas que en cualquier momento puede circundar a un hombre y reducirlo a cenizas.

Es Chiang Ching quien más grita y más escándalo forma donde- quiera que se encuentre y la que tiene en realidad en sus manos al mismo Mao Tse Tung, arremolinando a las masas en medio de las calles de Pekín, de Shanghai y en cualquier otro sitio donde deje su huella sus pies llenos de fuego y de maldad.

Las consignas que diariamente se hacen son infinítas y señalan en las mismas quién debe ser acusado en periódicos y murales de las fa- chadas de los edificios públicos; son obra de la misma mujer y la que señala las personas que deben ir a dormir el sueño eterno, sin duda después de producir tormentos inenarrables.

No nos olvidemos de una verdad, que a mi juício influye honda- mente en este orden de cosas. Los chinos en gran parte no están bauti- zados, mientras que el otro pueblo antagónico llamado el bolchevique está bautizado en su mayoría, por lo cual puede hacer muy bien las veces de un escudo luciferiano que contenga a Dios Nuestro Señor en su

J

ustísima Ira.

y

es ella también la que manda y acusa implacablemente a los ene- migos de su marido, cuyos nombres aparecen en los periódicos, murales y fachadas de las viviendas y de los edificios públicos.

Esta mujer ha fustigado con dureza física a varias personas de toda clase y cargos, v. gr.: artistas, ministros y funcionarios de toda índole, negando a hacer lo mismo con el presidente de la República Liu Chao Chi a pesar de haber sido este hombre uno de los más antiguos y va- lientes luchadores de la China. Y no bastando todo esto a muchos de los así tratados, se les ponía sobre la cabeza un gorro rematado por

<los orejas de asno con un letrero infamante sobre el pecho recorriendo de este modo las calles de Pekín en medio de la purga sangrienta de aquel pueblo.

A esto hay que añadir que aquellos desgraciados individuos eran al mismo tiempo borrados inexorablemente de la existencia pública, que·

dando reducidos a cero o la nada como si se hubiese terminado total- mente su vida.

En muchos casos se empujaba a las desgraciadas víctimas al suicidio o al envío de un campo de concentración que era todavía peor, pues equivalía a la muerte lenta.

Chiang Ching era amiga de la mujer del Presidente de la República Liu Chao-Ching, la cual en un viaje que hizo a Indonesia ofreció comprar a Chiang Ching un collar en concepto de regalo. La esposa

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de Mao Tse Tung hubo de contestarla que una verdadera comunista no usaba joyas. A pesar de lo cual su amiga compró el collar ofrecién- doselo como recuerdo a Chiang Ching; y desde entonces el odio de Chiang ha sido y es inextinguible.

La persecución contra el Presidente de la República y en contra de los artistas e intelectuales ya se extendió al hijo de la esposa del Pre- sidente de la República obligando a la esposa a acusar a su marido de "reaccionario" y "burgués". Y cuando desesperada intentó suicidarse la esposa del presidente de la República, Chiang Ching hizo publicar este comunicado: "Intentando, sin éxito, darse la muerte, la señora Wan Kwangmei, mujer del presidente Liu Chao-Chi, se ha roto sus dos pier- nas de perra". Todo Pekín pudo enterarse de lo ocurrido, y más en concreto de que la víctima se había arrojado por una ventana víctima del odio de la esposa de Mao Tse Tung.

En las manifestaciones la señora Chiang se sienta con descoco al lado del jefe del gobierno Chu En Lai. Es miembro del Comité Central del Partido, que es el organismo más elevado de toda la China Roja y segundo jefe de "los guardias rojos", que es la organización de que se valió Mao para aplastar a sus adversarios.

Los occidentales se preguntan unos a otros de dónde ha surgido esta mujer, o sea la señora Chiang, y cuál es la finalidad que persigue y la influencia que ejerce sobre el mismo Mao desde que apareció como un fantasma entre las sombras pálidas de aquellos hombres que inspiran miedo y terror.

Esta mujer no es precisamente una segunda Mesalina ni tampoco una mujer atractiva como lo era la Pompadour, es una mujer de edad mediana, más bien baja, que hasta hace poco tiempo vestía como visten nuestras mujeres de occidente, bien distinta por lo tanto de la que habi- tualmente llevaba Mao, la cual jamás cambió la indumentaria de los primeros días de la revolución, cuando China se debatía en plena guerra civil, bien distinta por lo visto de aquellos millones de colegas y pai- sanas suyas que llevaban por toda indumentaria una modesta chaqueta y un no menos modesto pantalón. Esta mujer, contradictoria consigo misma, que ha prohibido las obras y la propaganda de los grandes mú- sicos como Beethoven y Bach como si fuesen los exponentes del espíritu revolucionario y burgués, quiere infiltrar el mismo espíritu de los terri- bles comunistas.

Chiang Ching, antiguamente llamada la "Nube Azul", es la mujer que ocupa el cuarto lugar entre las mujeres de Mao, es veinte años más joven que el mismo Mao Tse Tung.

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La primera mujer de Mao carece de historia y de vida anecdotaria y fue una mujer sencilla a la que su padre obligó a casarse con Mao Tse Tung, siguiendo la costumbre china y cuando era una adolescente.

Claro es que al poco tiempo el revolucionario Mao se divorció y de esta manera logró librarse.

La segunda mujer de Mao Tse Tung fue Yang K'ai-hui, hija de su profesor Yang, con el que había dado clase en la Universidad Nacional de Pekín y a la que había colocado como un simple auxiliar en la Biblioteca de la misma Universidad.

Mao conoció a su segunda mujer cuando estudiaba en la Escuela Normal de Changsha, hacia el año 1915, fecha en que conoció también a Chen Tu-Hsiu, el actual secretario del Partido Comunista y enemigo formal de Mao.

Ambos contrajeron matrimonio en el año 1920, cuando Mao se reveló como gran figura política en el partido comunista, especialmente en la ciudad de Changsha, que para él guardaba muchos recuerdos de estudiante.

El matrimonio de Mao y K'ai-hui se hizo a prueba. La esposa com- partía la misma religión que tenia su marido, y cuando poco después el mismo Mao se enroló en el partido comunista, la esposa siguió la misma suerte, acompañando a Mao en todas las vicisitudes de su vida, en una época turbulenta y difícil.

Los esposos tuvieron dos hijos; es de notar que Mao recuerda y revela a su esposa dos veces en sus propios relatos. K'ai-hui cayó en manos de uno de los señores de la guerra, bandoleros que controlaban provincias enteras al servicio del Kuomintang y en cuyas manos fue decapitada.

Muchos se han preguntado si Mao sintió la muerte de K'ai-hui. En general coinciden sus amigos en que Mao no era propiamente un sentimental; sin embargo, parece que todavía conserva un recuerdo de K'ai-hui en el corazón de Mao cuando hablan los amigos de esta segunda mujer, siendo esta una de las razones por lo que su esposa actual se lanzó por el camino de la política para superar ese recuerdo.

y esto es lo que ha producido el odio de la señora Chiang precisamente hacia todo lo femenino.

La tercera mujer llamada Ho-Tze-kien era una antigua maestra de escuela que había estudiado en la misma Escuela Normal de Changsha, donde había pasado parte de su juventud el propio Mao. Ellos se casa- ron aproximadamente dos años después de la muerte de la segunda esposa, llamada Yang K'ai-hui. Ella también era más joven que él, pues

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apenas contaba unos diecisiete años, siendo también una comunista ver- daderamente entusiasta. Mao tuvo cinco hijos de su matrimonio con Ho Tze-kien, tres de los cuales desaparecieron con las personas encargadas de su custodia. De ellos no ha vuelta a saberse nada. Bien sabemos que el espíritu paternal y familiar no es precisamente una virtud comu- nista. La maestra fue una de las treinta mujeres que pudieron resistir a los seguidores de la larga marcha, sobreviviendo también a las propias intrigas y conspiraciones de toda índole.

En esta época apareció otra mujer, la esposa de Chu En Lai, que era una terrible funcionaria del partido comunista, la cual custodiaba la línea antirrevolucionaria de Mao. Sus discusiones y reyertas con la esposa de Mao alcanzaron un punto verdaderamente extraordinario.

La mujer de Mao resultó gravemente herida en un bombardeo, pero fue considerado por ella como un servicio a la causa comunista, asegu- rándole al mismo tiempo la fidelidad de su marido, cuya inestabilidad sentimental era sobradamente de todos conocida, si bien el mismo Mao hacía propaganda de una vida sumamente austera. Con Mao se refugió esta mujer en las llamadas montañas de Yunan, donde existia una inci- piente república soviética china.

De este modo, aquella fidelidad que ella misma pregonaba cuando estaba a bien con su marido, sufrió una gran decepción. Proyectó Mao una Academia de Arte precisamente para propagar la doctrina comunis- ta, y el mismo Mao llegó a veces a intervenir como actor, conociendo allí a su cuarta mujer, llamada Lang Piangmla, que era una famosa actriz de cine de Shanghai; en el año 1937 se vio obligada a renunciar a su carrera artística, volviendo otra vez a las montañas de Yunan para desquitarse del fracaso suyo en el terreno político.

Cuando Mao conoció a la cuarta mujer estaba ya a punto de divor- ciarse para casarse con una j oven de dieciséis años, de origen campesino e hija de uno de sus generales. Sus guerrilleros no parecían conformes en que Mao abandonara a la mujer que había compartido con él pena- lidades y luchas, teniendo Mao que aceptar la condición que le impu- sieron, o sea que su nueva esposa con la que se casó en 1939 no ocuparía ningún cargo político destacado, cumpliendo durante algún tiempo esta condición, al menos visiblemente.

Sin embargo, no olvidó la ofensa que a ella se le había hecho, siendo éste el origen de una persecución contra muchos de los que entonces combatían al lado de su esposo y que hoy son jefes militares y ministros, trabajando en la sombra y a escondidas. Es sabido que Mao padece de accesos terribles de ira, todos los cuales tuvo que soportar en grado

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extraordinario aquella mujer. Del matrimonio nació una niña a la que pusieron simbólicamente el nombre de "Felicidad".

Cuando en el año 1951 se intensificó la propaganda comunista, la antigua actriz, o sea Chiang Ching, no tuvo inconveniente alguno en asistir impávida a la ejecución de millares de chinos, a la humillación y persecución de sus rivales, ni a la eliminación de los que habían pretendido tener un talento superior al suyo.

Esto constituía un espectáculo que agradaba a la fracasada actriz.

Es curioso que la influencia de la mujer, o sea de Chiang Ching, haya sido constante. Y esto a pesar de lo que tantas veces se ha afirmado acerca de su relegamíento.

Tres grandes revoluciones han alterado radicalmente la estructura política y social del Estado chino.

La primera fue la que abolió la sociedad feudal a la sazón en China, revolución que tuvo lugar en el año 221 (a. de J. C.); la segunda fue la del doctor Sun Yan Tse, en el año 1911, que implantó la República de China; y la tercera, la revolución comunista iniciada con la con- quista del poder de Mao en el año 1949.

En las dos últimas revoluciones, en 1911 y 1949, ejercieron gran influencia dos mujeres, una con su excesiva debilidad y otra porel odio que despertaba en mucha gente.

Entre las mujeres que ejercieron influencia en tiempo de las revo- luciones chinas, merece ser citada la famosa Venus china, campesina que vivió en el siglo v (a. de J. C.), habiendo sido causa de la des- trucción del reino de Soochow, actual provincia de Kiansu. La belleza de esta Venus china influyó sobre Kiangsu; los caprichos de esta dama sirvieron para arruinar el mismo Estado chino. Mientras que los dos amantes paseaban tranquilamente por las aguas de los ríos que discu- rrían por la China entre coros femeninos exhibiendo sus desnudeces, el primer ministro traicionaba el país. y el descontento de los dignatarios de los súbditos chinos contribuyó a formar un fermento de verdadera rebelión. Una vez muerto el marido de de Hsi Shih, ella se arrojó a un canal buscando el suicidio. Otra mujer llamada Mo Hsi provocó el derrumbamiento de la dinastía de Hsi. Otra mujer llamada Ta Chi, des- trozó a Shang, Emperador de Chou Hsin. Y la concubina de Yu, que fue emperador de Chu, fue la causa de la ruina de éste.

Yang Kuei-Fei fue la concubina del emperador Ming Huang, céle- bre por su belleza y por su afición a los frutos dulces del "Lichis".

"Anilla de Jade" (éste era su nombre poético) provocó la rebelión de su amante, que era un oficial de la guardia, el cual llegó hasta aliarse

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con los tártaros, iniciando una guerra que costó treinta millones de vidas, denominado con el nombre famoso "Gran Desastre". Una vez conseguido el destronamiento del emperador, Yang fue ahorcada por la soldadesca en un peral del jardín cantado por el poeta llamado Po Chu-i,

El siglo XIX estuvo en realidad dominado por mujeres que fueron al mismo tiempo concubinas del emperador, las cuales mujeres intriga- ban constantemente dentro de las paredes domésticas del mismo. Entre las mujeres de aquel tiempo destacó Yehonala, que fue la última go- bernadora del imperio fundado por Chi-Shi Hueng-ti,

Esta mujer era soberbia y orgullosa y no se le puede negar que tenía su atractivo y que ejercía influencia sobre las personas que la trataban, lo mismo que Chiang Chingo

Era mujer que cantaba bien, por lo que conquistó muy pronto a su esposo, siendo definitivo el papel que desempeñó en la revolución.

El papel de esta mujer, que era la llamada "Emperatriz Occidental", fue importantísimo, pues no vaciló en destronar a su marido, el último emperador, Hsien Feng, que fue realmente al que ella misma rodeó de concubinas y de eunucos, prohibiendo la entrada en los harenes, donde reinaba la inmoralidad y el escándalo.

Esta Emperatriz Occidental logró imponerse a la esposa sin hijos del emperador, llamada Tzu An. A la muerte de Hsien Feng se hizo proclamar regente. Pero el imperio comenzaba a agonizar, teniendo gran culpa de ello la misma Emperatriz Oriental, que había contribuido a la decadencia del mismo emperador y a la aniquilación del emperador llamado Hsien Feng.

Ya sabemos que Tzu An murió después a consecuencia de haber tomado unos dulces que la envió la Emperatriz Occidental. Sus esfuerzos para recuperar el poder eran tan fuertes como grotescos, y casi siempre eran sangrientos; altos funcionarios, concubinas rivales en potencia y eunucos, todos cayeron unos tras otros bajo su puño de hierro.

Debemos hacer constar que en época más reciente han ejercido una gran influencia en los movimientos revolucionarios y en las orientacio- nes del mismo emperador varias mujeres; así, por ejemplo, la esposa de Chang Kai Check, presidente de la China Nacionalista, el cual, como sabemos, se halla refugiado en la Isla de Formosa, habiendo sido ella la que acompañó y la que animó a Chang Kai Check en las campañas para la rebelión en el Sudeste.

Esta mujer trabajó mucho para desterrar el vicio arraigadísimo en China de las drogas y especialmente del opio en diferentes provincias.

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Bien podemos afirmar que el nivel moral tan elevado que va alcan- zando la China Nacionalista ha sido debido a la influencia, al menos en gran parte, ejercida por esta mujer realmente extraordinaria que ms- piró el Movimiento de Vida Nueva.

La antigua alumna del Colegio Wellesley, de Massachussets es aSI- mismo una combatiente de primera clase, pues ella fue la que en un momento crítico para Chang Kai Check protegió a éste, defendiéndole, animándole y trabaj and o hasta conseguir su libertad.

Más tarde intervino en las contiendas diplomáticas desempeñando un papel verdaderamente notable. Hoyes la compañera de Chang Kai Check.

El problema es saber qué papel desempeñará en el futuro esta mujer.

Mao Tse Tung debe, al menos en parte, a esta mujer el gran apoyo que ha encontrado en el Ejército, gracias al cual ha podído salir airoso y triunfante.

Una tormenta de odio agita a las masas campesinas contra esta mujer, cuya crueldad nos recuerda la de Tsu Hsi, que fue la última emperatriz de China.

Estimamos que son interesantes estos conocimientos que deseamos contribuyan al conocimiento de la China Roja en nuestros días.

Por lo demás, si Dios me da su gracia y salud, continuaremos el estudio de esta materia, en realidad apasionante.

Si ello es asi, si yo pudiera conseguir de Dios algunos rayos de luz, continuaría el estudio y la investigación de esta materia para ofrecerlo gustoso a mis ilustres compañeros de academia, cumpliendo con ellos un verdadero deber.

Madrid, 20 de enero de 1968.

Cierto que en el alma rusa hay un fondo de religiosidad innegable;

pero cierto también que, al lado de ésta, duermen viejas supersticiones, prontas a surgir fuertes y pujantes en circunstancias favorables.

Clérigos de Bizancio propagaron el Cristianismo por Rusia en el siglo x, especialmente; pero se convencieron pronto de que era suma- mente difícil, por no decir imposible, el desarraigar bruscamente del alma de aquellos pueblos groseros todo resto y recuerdo de los cultos y tradiciones idolátricas y suprimir las viejas costumbres paganas, ha.

ciendo desaparecer de un golpe las tendencias supersticiosas, que cons- tituían la esencia del alma rusa.

Por eso los discretos evangelizadores hubieron de limitarse, en un

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principio, a conservar las cnergias religiosas del pueblo, purificándolas a fuerza de tiempo y de constancia, y 'poniéndolas al servicio de la nueva fe. Por eso reemplazaron los antiguos y groseros sacrificios paganos por ceremonias puras y cristianas, y sustituyeron el culto de los idolos y de los fetiches por la devoción a los iconos y por la veneración a las reliquias de los santos.

Pero era muy densa la ignorancia y muy viejo el fondo materialista de los rusos, para que la iglesia ruso-bizantina lograra un éxito com- pleto; y bien puede decirse que después de muchos siglos, a fines del XIX,

Rusia era sólo medio cristiana, como dice el escritor Brian-Chaninov (1).

Se interesaba poco por las cuestiones doctrinales y dogmáticas; no bus- caba en su religión normas y lecciones de vida interior y de perfeccio- namiento moral, sino, ante todo y sobre todo, emociones fuertes de carácter religioso.

Lo que la retenía en su fe antigua, lo que la fascinaba, lo que la atraía, era la parte externa de su culto fastuoso, los oficios, los cantos, los ritos, las mitras de oro y cuajadas de perlas, las casullas rebosantes de esmeraldas, los incensarios y los cálices preciosos, los cirios iluminan- do los templos, las iconóstasis cuajadas de pinturas bellísimas de santos, todo lo que hablaba a los sentidos y despertaba en su alma una sacu- dida emotiva intensa; pero en su intimidad seguia quizá lo mismo, sin haber sido transformada en sus entrañas por la fe pura y práctica de Cristo: en los recovecos de su alma sobrevivían las supersticiones primitivas.

El pueblo ruso asistia frecuentemente a la iglesia, seguia con fervor y entusiasmo los oficios, se acercaba a comulgar, guardaba fiestas y cuaresmas, tenía siempre en sus labios el grito sagrado "Cristo ha resu- citado", vibraba de emoción en la semana de Pascua; pero al propio tiempo tenia una fe cándida y medrosa en el poder de los espíritus y de los demonios, que moraban en el fondo de las aguas cristalinas, en lo más profundo de la selva y del bosque de pinos y abedules y en el rincón más oscuro de las casas.

Hoy mismo, según afirma elescritor citado, siguen creyendo los sim- ples aldeanos en el demovóí, especie de espíritu doméstico, que de tiempo en tiempo da señales de vida, golpeando en los muros y en el techo, y en el liechi, divinidad pequeña de los bosques, que se divierte con amedrentar a los viajeros y transeúntes y a las bellas jóvenes que van a buscar setas.

(1) Brian Chaninov, La tragedie moscouite, pág. 5.

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Hay algunas provincias donde se conservan huellas de amrmsmo y de los cultos agricolas paralelamente a los dogmas y creencias en la Trinidad con las tres Hipóstasis.

y

la mat-syra-zémlia (madre terrestre húmeda) es para la ardiente imaginación del campesino un ser de carne y hueso, que gime bajo el enorme peso que soporta desde hace tantos siglos; y los vientos, por- teadores del agua y de la nieve, son espíritus que unas veces están sujetos a un muro gigantesco y otras se pasean con libertad sobre la tierra; y la alondra lleva más allá de los mares las famosas nueve llaves, que cierran y aprisionan el invierno y abren a la primavera sus puertas.

y

los árboles del bosque, sobre todo el abedul, hacen todavía de fetiches en ciertos rincones de la inmensa Rusia, y los muertos son objeto de toda clase de brujerías y supersticiones, y rondan en torno de las casas de los vivientes y les martirizan, presentándose ante ellos bajo las for- mas más extrañas y quiméricas (2).

En resumen: el pueblo ruso no ha recibido una educación sólida y fuertemente cristiana; por ello, tiene mucho de pagano, si bien con matices propios. De ahí la efervescencia de tantas sectas religiosas.

Célebre y típico es el caso del famoso Rasputín.

Allá en aquel palacio de Tsarkoie-Selo, que vio salir de una de sus habitaciones al último de los zares, cerca de las habitaciones que ocu- paba la zarina, hay un cuarto en que nos enseñó la intérprete los recuerdos del famoso staretz. Allí está su retrato, el que todos conoce- mos, con las botas altas rusas y la blusa lujosa ceñida a la cintura, con el brillo hipnótico en sus ojos, que se clavan en la pupila de quien los mira. Allí están sus cartas, escritas con caracteres vulgares, con una letra propia del antiguo mujik del pueblo de Prokoskoie, en la provincia de Tobols'(.

Imposible nos parece que aquel hombre sin letras, sin cultura, sin delicadeza, sin formas sociales, aquel Grigori Efimovitch, que llegó a ser el gran pontífice de la secta de los khlyst, el propagandista del culto del knut, fascinase a tantas mujeres infelices flagelantes, infiltrándolas su perversión sexual; que electrizase a la desgraciada Virubova y que llegara a dominar a la propia zarina, la cual sólo tiene una eximente, el inmenso amor a su hemofílico hijo, el zarevitch, que le hizo creer en supersticiones groseras.

La intérprete, que nos mostraba el Palacio de Verano de los zares, fue consideraday justa (1). Reconoció la sugestión de Rasputín sobre Ale-

(2) Brian Chaninov, obra y lugar citados.

O) E. Montero, Lo que vi en Rusia, 1934.

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jandra Feodorovna, pero afirmando que las relaciones entre ambos se habían mantenido siempre dentro de los límites de la honestidad.

Allí cerca, en un sitio olvidado del inmenso jardín de Tsarkoie-Selo, quedarían quizá restos de las cenizas de aquel hechicero, que tanto mal hizo a la Corte y que murió, ¿quién lo dijera?, a manos de un cortesano, el Príncipe Yusupov.

Sólo en medio del pueblo ruso, cuyo espíritu está lleno de supers- ticiones groseras, se concibe que un hombre de la categoría moral y cultural de Rasputín llegase a ser el árbitro de los destinos de un imperio de 160 millones de súbditos.

La Iglesia ortodoxa, hay que reconocerlo noblemente, no supo o no pudo desempeñar en Rusia el papel de educadora y de guía de los espíritus, que le estaba encomendado.

De esta suerte el pueblo ruso, sin guías y sin maestros, sin luz espiritual en su alma, entregado sólo al esplendor sensible de un culto externo y fastuoso, siguió conservando viejas tradiciones y creencias supersticiosas, que desfiguraron su fe cristiana y que abrieron su espí- ritu a los pavores y a las amarguras e inquietudes, que lo desgarran dolorosamente.

Pueblo formado de una amalgama de razas diferentes, luchando siempre contra las condiciones hostiles de su existencia, contra el clima riguroso de la estepa, contra la inclemencia del desierto y la reciedum- bre del bosque, contra los poderes opresores, contra el látigo y las cárceles, ha visto desarrollarse en su espíritu un combate eterno y pa- voroso.

Para resistir esa lucha de titán precisa un estimulante; lo busca con ansiedad en torno suyo y lo encuentra solo, ya en el sufrimiento y en la mortificación, ya en la blasfemia y en el crimen, ya en un fatalismo absurdo y aniquilante y en un renunciamiento completo de sí mismo.

De ahí su manía de viajar, que le convierte en un peregrino eterno de la inmensa estepa rusa, cuyos límites no alcanza ni concibe, buscando siempre lo que nunca encuentra, la paz del alma.

"Esos peregrinos -dice Iván Bunine (3) -vagabundean de una región a otra, a través de la vieja Rusia, por los bosques y por las landas, azotados por el viento de las estepas.

"Y todo este mundo ostenta sus harapos, sus llagas y sus úlceras y canta ... voceando la historia de Lázaro el leproso y de Alejo, el

(3) Ivan Bunine,Bouche clase.

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hombre de Dios, que en su sed de indigencia y de martirio dejó la casa paterna para ir no se sabe dónde".

Pero al lado de esos peregrinos, de que habla Iván Bunine, hay otros diferentes: los que en tiempos antiguos alegraron su alma con crímenes, con violaciones, con raptos y con robos; criminales arrepentidos, que iban a lavar su pecado en algún monasterio célebre, donde se guardan las reliquias milagrosas de algún santo.

Allí, en el lugar sagrado, se curaban espiritualmente, volvían luego a su casa y reincidían, porque el ruso nunca sabe lo que va a hacer al minuto siguiente y el alma rusa desconoce siempre de cuánto sea capaz ...

Y, como dice Brian-Chaninov, había veces en que bandidos empe- dernidos se sentían tocados por la gracia y se quedaban en los monas- terios hasta el final de su vida o se retiraban a la soledad de una ermita, en alguna pequeña Tebaida perdida en medio de la selva. Era el perpetuo batallar del alma rusa, con sus desgarramientos y con sus perpetuos conflictos interiores.

Por eso la característica del sentimiento religioso ruso es el remor- dimiento y algo inexplicable de paganismo primitivo.

En esa lucha íntima, intensa y profunda del hombre con sus incli- naciones, con sus instintos y con sus veleidades, llega un momento, des- pués de la caída, en que el remordimiento cruel, el miedo, el terror puramente físico e infantil a los castigos del Cielo, llena el alma rusa hasta desbordar ...

Entonces el pecador corre a postrarse de hinoj os ante los santos iconos, o a tocar el ataúd en que duerme un taumaturgo, esperando escapar de esa manera a la cólera de Dios ... ; pero pasa esa crisis interior y el mismo hombre se transforma en un rebelde y en un monstruo, que llega a blasfemar de la Divinidad misma, ante la cual se había postrado poco antes, y comete crímenes horrendos, porque siente la necesidad fatal de negar lo más cierto y evidente y de llegar a lo imposible y absurdo.

Así se explica el gesto feroz de aquel campesino, de que nos habla Dostoievsky, que disparó fríamente sobre la misma Hostia consagrada.

Y por eso el propio Máximo Gorki no vacila en afirmar que la crueldad es la característica del alma rusa.

No olvidemos que los rusos, bajo cualquier forma de gobierno, han estado siempre dispuestos a predicar una cruzada, a cumplir una misión, según ellos providencial, a asegurar el triunfo de una fe, a librar a los

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ere} entesJel yugo del infiel, Tal vez ese mesianismo ocultase la necesidad de "dorar sus cadenas, idealizando un yugo humillante" (4).

Por eso el mismo zar, que desterraba a las estepas siberianas a sus súbditos rebeldes, y que no concedía ninguna libertad a las minorías de su imperio, se presentaba en Turquía como un protector de los cristianos para abatir al sultán, que, lo mismo que él, derivaba su poder absoluto de una idéntica fusión de ambas potestades, espiritual y temporal.

Cuando Nicolás I iba a ocupar los principados danubianos, lanzaba un manifiesto notable, de fecha 28 de junio de 1859:

"Es conocido de nuestros fieles y queridos súbditos, que desde tiem- po inmemorial nuestros gloriosos predecesores han hecho voto de defen- der la fe ortodoxa."

"No buscamos conquistas; Rusia no las necesita", añadía. Era lo mismo que repetía Dostoievski en 1878: "Preguntad al pueblo, pregun- tad a los soldados por qué se levantan, por qué parten y qué es lo que esperan de la guerra actual. Todos os contestarán, como un solo hom- bre, que van a servir a Cristo y a liberar a sus hermanos oprimidos;

ni uno solo de ellos piensa en la conquista" (5).

En los orígenes de la Gran Guerra aparece también ese mesianismo ruso. Por eso en 1909 el embajador de Rusia en París, Nelidov, decía:

"En cumplimiento de la gran misión histórica a que Rusia está predes- tinada por la Providencia ...", etc.

y el ministro de Negocios Extranjeros, Sasonov, decía a los embajado- res de Francia y de Inglaterra: "El pueblo no debe seguir ignorando que puede contar con sus aliados para el cumplimiento de su misión nacional. Inglaterra y Francia deben declarar en voz alta que el día de la paz aceptarán la anexión de Constantinopla a Rusia" (6).

El sueño de esta nación era "colgar el escudo de Oleg en los muros de Santa Sofía"; por eso, cuando tuvo lugar la evacuación de Gallípoli en enero de 1916, todos los rusos decían: "La cuestión está terminada;

no obtendremos jamás Constantinopla ... ; ¿a qué, entonces, seguir la guerra?"

Vino la Revolución de febrero de 1917, y todavía Constantinopla era la que provocaba la caída de Miliukov: el pueblo ruso no quería derramar más sangre.

Cuando se convencieron de la imposibilidad de apoderarse de Cons-

(4) H. Rollin, La Revolución rusa, tomo II, pág. 324.

(5) F. Dostoievski, Diario de un escritor, tomo III, pág. 168.

(6) Paleologue, La Rusia de los Zares, tomo 1, págs. 290-312.

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tantinopla, los mesianistas hallaron otra misión, inspirada en la opinión de Carlos Marx y de Bismarck.

"Rusia no tiene que hacer nada en Occidente; de ahí no puede sacar más que el nihilismo y otras enfermedades. Su misión está en Asia. Allí representa la civilización" (7).

Con el bolchevismo tomó formas nuevas el mesianismo de Rusia.

y el mesianismo rojo es más intenso que el ortodoxo. Es más nuevo y está compuesto de diferentes tendencias.

El célebre escritor Merejkovski decía en 1905: "La revolución rusa, como toda gran revolución social, es una religión inconsciente, porque en todo movimiento revolucionario está contenido un principio de uni- versalidad, un sueño de unión universal de la humanidad en alguna verdad universal; es decir, en definitiva, un principio religioso" (8).

y esa transformación del mesianismo ortodoxo es, como dice Rollin, una consecuencia de la reforma religiosa de Pedro el Grande; de los contactos con Europa; de la disolución del imperio otomano; de la constitución en estados independientes de Serbia, Rumania, Bulgaria y Grecia; de la impotencia del zarismo para llegar a Santa Sofía. El mesianismo antiguo ha muerto por haber ligado su suerte a la del régimen, porque, una vez derrotado el zarismo, no tenía razón de ser.

No se olvide que el zar era el jefe de la iglesia ortodoxa desde Pedro el Grande. Sólo renacería aquel mesianismo si el espíritu religioso se transformase radicalmente en Rusia, cosa no imposible por los fracasos del Poder bolchevista.

Mientras tanto, había que llenar el vacío que dejaba la desaparición del mesianismo antiguo, y se llenó con la mística de Carlos Marx. Lenin había sustituido al zar; y el marxismo debía también sustituir a la ortodoxia, para ocultar las ambiciones sempiternas de Rusia y facilitar su realización.

Los antiguos veían en el cristianismo estancado de Bizancio la única fe capaz de transformar y de regenerar el mundo; y los revolucionarios, desde Bakunin hasta los bolchevistas de hoy, han juzgado que el colec- tivismo del muiik es la base de la organización futura, y que la revolu- ción de los siervos de otros tiempos es la revolución que dará al Uní- Verso una nueva fase de evolución radical.

Por eso ambos mesianismos tienen una base común, y por eso (7) A. Rambaud, Historia de Rusia, pág. 814.

(8) D. Merejkovski, El alma de Dostoievski, pág. 52.

(16)

podía decir Michelet: "Ayer nos decía (Rusia): "Soy el Cristianismo".

Mañana nos dirá: "Soy el Socialismo" (9).

Bakunin gritaba en 1869: "Si los obreros de Occidente tardan demasiado, serán los campesinos rusos los que les den el ejemplo ..."

"Los estudiantes de las Universidades rusas quieren una revolución social, tal como la imaginación de Occidente, moderada por la civili- zación, apenas osa representarse. Un poco más de tiempo, dos años, un año tal vez, y se verá una revolución, que sobrepasará, sin duda, todo lo que se ha conocido hasta aquí en materia de revoluciones".

Desde entonces ha seguido en todo su vigor el mesianismo revolu- cionario ruso.

"La revolución rusa es universal. Cuando vosotros, los europeos, lo comprendáis, os lanzaréis a apagar el incendio. Tened cuidado: no nos apagaréis; os inflamaréis también vosotros... Para derribar estas dos masas seculares, la autocracia y la ortodoxia, será necesario un terre- moto tan violento, que todos los antiguos comercios parlamentarios se derrumbarán como castillos de naipes".

Así hablaba Merejkosvki, que añade: "Abajo, donde es negra la noche, se encuentran innumerables hermanos ignorados, el pueblo uni- versal de los trabajadores, el gran ejército de la Ciudad futura. Cree- mos que más pronto o más tarde oirán la voz del trueno de la revolu- ción rusa, el resonar de la trompeta del Arcángel sobre el viej o cemen- terio europeo, anunciando la resurrección de los muertos. Se acerca el día, puede decirse que ha llegado ya, en que todos los que están en las tumbas oigan la voz del Libertador, y, al oírla, resuciten" (10).

La semilla ha arraigado en los espíritus rudos e incultos de los obreros; el mesianismo se ha concretado en las tesis de la Tercera In- ternacional y arraigado en las juventudes de las Facultades obreras, viveros de toda clase de extremismos.

La profecía del monje Filoteo sigue en pie. Moscú quiere ser la tercera y última Roma.

Es lo que hace pocos años decía Dostoievsky: "Acaba de resplan- decer en el Oriente, con brillo hasta aquí desconocido, la tercera idea universal; la idea eslava, idea recién nacida, que tal vez ofrezca una tercera posibilidad de regular el destino de los hombres y de los pue- blos europeos" (11).

Y esa fe, mezcla de orgullo nacional y de orgullo revolucionario,

(9) Michelet, Polonia y Rusia, pág. 133.

(lO) Merejkovski, El Zar y la Revolución, págs. 12·14.

(11) F. Dostoievski, "Diario de un escritor", tomo lII, pág. 16.

(17)

ha sido utilizada por los bolcheviques para galvanizar el Ejército Rojo, el encargado "de reunir los elementos esenciales de la herencia de 10&

Zares; trigos de Ukrania, carbón del Donetz y petróleos de Bakú."

Ya veremos si ese nuevo mesianismo rojo está también condenado a la misma suerte que el viejo mesianismo ortodoxo.

Todo esto está tomado de mi obra La Rusia que yo Vl y creemos conveniente ponerlo en este lugar, ya que en las palabras citadas se ve la crueldad del pueblo chino y el espíritu religioso de un pueblo a quien llamaron hombres eminentes "pueblo teóforo".

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