Raza y política en Hispanoamérica
Tomás Pérez Vejo y Pablo Yankelevich (coords.).
Ciudad de México: Iberoamericana, El Colegio de México y Bonilla Artiga Editores, 2018 (1ª edición 2017). 388 págs.
El conjunto de trabajos presentados en esta compilación realizada por Tomás Pérez Vejo y Pablo Yankelevich, que en total suman diez, incluyendo dos capítulos de los compiladores, es un apronte serio y actualizado del ya muy referido –aunque nunca agotado– tema de la construcción nacional en las diversas repúblicas americanas. El elemento novedoso en este caso es la sistemática inserción de la discusión sobre la “raza” que guía cada uno de estos trabajos, en un esfuerzo por hacer converger los idearios de identidad nacional que emergieron en América tras las independencias y las conflictivas relaciones político-sociales evidenciadas en estos espacios, a las que, con cada vez más fuerza y honestidad, definimos como racializadas.
Para los compiladores, proponer el análisis de estas dinámicas nacio-raciales en los siglos XIX y XX aparece como necesario ya que, según indican, “no es que la raza formase parte de la política, sino que era el fundamento de la política misma” (p.12). Partiendo, así, de esta premisa, los diez autores convocados ensayan y demuestran cómo es que las ideologías racialistas que se gestaron en América desde la conquista o desde el siglo XVIII ilustrado, calaron profundamente y configuraron de manera compleja las propuestas romántico-nacionalistas, liberales y cientificistas de los siglos XIX y XX –a lo menos–, hasta mediados del siglo pasado.
Pablo Yankelevich nos habla del México post Revolución de 1910; y, final-mente, Jeffrey Lesser realiza un análisis de larga duración sobre Brasil entre los siglos XVI y XXI.
Como es posible apreciar, las temporalidades se sitúan especialmente, aunque no exclusivamente, en el cambio del siglo XIX al XX, y es ahí donde acontece el nodo del conflicto racialista que irá desgajando cada autor, llevando sus análisis hacia atrás, a modo de una “genealogía del racismo” (Foucault, 1992), y hacia adelante, con la intención de demostrarnos que en todos, o casi todos los casos, dichos entramados ideológicos y conflictos sociopolíticos están lejos de haber sido superados.
Entre el análisis de la construcción social colonial, con el desigual aporte demográfico entre españoles y portugueses –extensivamente considerados como criollos o blancos–, indígenas y africanos, y sus resultados mixturados anclados en el concepto acuoso de las castas, más los crecientes aportes de otras migraciones desde fines de la colonia y sobre todo inicios de las repúblicas, llegando a grados de alta inmigración en algunas zonas durante las primeras décadas del siglo XX, los autores van recorriendo las políticas estatales, los discursos oficiales, y todo el entramado ideológico que emerge de una literatura nacionalista, jurídica, ensayística educativa y científica, en muchos casos potentemente influenciada por las corrientes en boga europeas. Francia se establece como uno de los principales afluentes de imaginarios raciales, no obstante autores ingleses e italianos y, en menor caso, alemanes, españoles y estadounidenses entran también en el juego.
El gran aporte del conjunto de trabajos expuestos en esta compilación es demostrar que los idearios de “blanquitud” y “homogeneidad racial” son pilares fundamentales de los mitos fundacionales de las naciones estudiadas, y que la presencia de indígenas y de afrodescendientes se estableció, desde el inicio de las repúblicas independientes, como problemático para las élites. Las opciones para solucionar estos “problemas” nacionales fueron variadas, desde la propuesta discursiva de no nombrar a los indeseados (la conocida invisibilización de las poblaciones negras en Argentina, por ejemplo); la opción por aceptar el mestizaje indo-europeo y establecerlo como la fuente de la nacionalidad (el caso emblemático de México); propiciar la inmigración blanca-europea para “mejorar” la raza y “civilizar” estas naciones atrasadas a raíz de los residuos coloniales –que eran tanto las prácticas tradicionales religiosas o económicas, como las gentes y sus colores oscuros–; hasta ges-tionar masacres y genocidios a poblaciones indígenas o afrodescendientes bajo pretextos de sedición política y riesgos de alzamientos antinacionales.
idea de “hispanidad”, en Goode, o el “indigenismo” visto en Stavenhagen, a la solución racial por blanqueamiento revisado por Yankelevich, Lesser y Piqueras, vemos una larga y paradójica trayectoria de ideas, discusiones y prácticas, que no siempre decantaron en una efectiva “mejora” de las con-diciones sociales de los habitantes de dichos países ni en la consolidación de las tan ansiadas civilización y unidad nacional.
La raza, y todos los autores concuerdan en ello, fue un concepto variable, diverso y conflictivo, compuesto de distintos niveles de aplicabilidad y utilizado para defender los más distantes argumentos. De una construcción filosófico-histórica, de herencia herderiana, base del sentimiento de arraigo nacional a la tierra de origen, se podía pasar a una percepción biológica que tenía un sinfín de exponentes pseudocientíficos no americanos,1 además de varias
aristas, entre ellas, la determinante influencia del clima en la constitución de los individuos racializados y la jerarquía inherente a cada raza, que hacía a las más inferiores ser incapaces de civilizarse.
De estas dos posturas emergieron algunas que intentaban hacer el nexo culturalista, de la mano de antropólogos americanos, abogando por las poten-cialidades de las “razas inferiores” que, a fuerza de educación e interacción con las capas más “adelantadas”, podrían, poco a poco, salir de su salvajismo y convertirse con el tiempo en personas civilizadas. Los más pesimistas no veían solución en dichas expectativas, pues ni “indios” ni “negros” podrían salir de la barbarie en que la naturaleza los había situado, solo era posible avanzar en la “carrera” de la civilización agregando el componente blanco a la mixtura nacional.
En este punto, las derivas de las acciones eugenésicas que toman cada una de las repúblicas analizadas van por tres caminos principales, los cuales no se eluden, sino que se complementan en cada caso con diferentes grados: inmigración europea y blanqueamiento, mestizaje indo-blanco (siempre se deja fuera al negro, excepto, relativamente, en Brasil) y genocidio de las po-blaciones no deseadas. Las políticas estatales frente a estas opciones variaron en cada caso, y es aquello lo que los autores van deslindando y describiendo en su propia complejidad.
Referente a la elección de estos espacios geográficos analizados, a saber México, Argentina, Colombia, Cuba, Guatemala, Bolivia, Puerto Rico, Re-pública Dominicana, El Salvador, Costa Rica y, finalmente, Brasil (este último caso sorprende, pues no se lo espera en un libro que indica en su título que se hablará de “Hispanoamérica”), aparecen como pertinentes, especialmente
1 Linneo, Buffon, Gobineau, Lombroso, Le Bon, Taine, Gobineau, Galton y Spencer, aparecen
teniendo en cuenta los paradigmáticos casos de México y su indigenismo, de Argentina y su (supuesto) blanqueamiento producto de la masiva inmigración europea, y de Brasil y su crisol de culturas y razas, tres repúblicas que contaban con enormes espacios geográficos “desiertos” o “vírgenes” –según decían las élites decimonónicas y del siglo XX, disponibles para poblar y civilizar, y que optaron por políticas raciales diferentes, tanto prácticas como discursivas, no siempre efectivamente aplicadas ni con los resultados esperados.
Sin ir en desmedro de los trabajos expuestos, ya que todos y cada uno conforman una muestra de gran envergadura, por el uso profuso de diversas fuentes y de amplia bibliografía nacional de cada país trabajado, podemos indicar que una muestra de otros espacios nacionales, en comparación o en sí mismos, podrían haber sido beneficiosos para complejizar el análisis en su conjunto: espacios como Perú y Chile, que se mencionan al pasar como ejemplos en un par de trabajos, o Venezuela y Ecuador, que ni siquiera se aluden, y otros espacios geográficamente menores, que no por eso dejaron de ser racialmente conflictivos. Sería interesante, asimismo, establecer el nexo con los casos de Canadá, Estados Unidos y el Caribe no hispano, para completar el cuadro americano.
En un recuento general, también es posible observar que en la mayor parte de los trabajos se da una revisión de las propuestas de diversos pen-sadores de la nación en cada uno de estos países aludidos y su incidencia en el imaginario político,2 los cuales tenían como parte constitutiva de
sus análisis las variantes raciales y el problema de las razas como medio u obstáculo para construir la unidad y gestionar el progreso de sus pueblos. En la revisión de estos pensamientos, que se circunscriben normalmente al diagnóstico nacional de cada espacio republicano, la mayor parte de los investigadores reconoce y analiza la influencia de las tendencias filosóficas y científicas europeas, en muchos casos como fundantes de las opiniones de los pensadores americanos. Herder, Linneo, Le Bon y Spencer serán los más referidos en relación con los temas de nación y genealogía, los determinismos raciales y evolucionismo social. No obstante, también se citan autores de las teorías positivistas y eugenésicas de fin del siglo XIX e inicios del XX, que
2 Se mencionan y revisan propuestas tan diversas y divergentes de José A. Saco, Fernando
permearon una amplia gama de áreas, desde la educación, la literatura, el derecho, la antropología hasta la criminología.
Esta potente influencia de Europa en América, repasada a través de casi todos los textos, si bien está claramente expuesta, demostrándose nexos indiscutibles y justificándose éstos al indicar las temporadas en Europa que pasaron muchos de estos intelectuales o científicos, o bien, porque los auto-res americanos de la época refieren de forma explícita a dichos intelectuales europeos, deja fuera la posibilidad de revisar los intercambios intelectuales intraamericanos y, a su vez, el plantear que muchas de las ideas sobre raza y nación hayan sido, eventualmente, gestadas en América y expandidas hacia Europa (Anderson, 2006).3 Aquellos son espacios reflexivos a los cuales los
autores no llegan y, prácticamente, siquiera soslayan, excepto en los casos de Saade Granados, cuando cuenta sobre varias conferencias eugenésicas americanas, celebradas en las décadas de 1920 y 1930, o a los trabajos comparativos de Piqueras, de Casaús Arzú y de Funes, que se aproximan parcialmente a estas influencias interamericanas.
Por último, el espiritualismo, y la teosofía especialmente, están brevemente aludidos en las propuestas de Casaús Arzú, Saade Granados, Funes y Joshua Goode; sin embargo, no existe una justa evaluación de la incidencia de estas doctrinas y agrupaciones en la configuración del racialismo de los últimos años del siglo XIX y las primeras tres décadas de XX.4 Es sabido que muchos
de los políticos, pensadores y artistas de ese entonces se afiliaron a grupos teosóficos, los cuales gestionaban una paradojal relación con la noción de raza. Agregar el elemento espiritualista permitiría adicionar, además, una línea de reflexión que se continúa desde esa “extraña deriva” de la ilustración, como fue el romanticismo –según palabras de Pérez Vejo y Yankelevich–, y, por otra parte, hubiera permitido hacer ingresar a la discusión a las mujeres pensadoras, que están absolutamente ausentes de los análisis. Los únicos referentes a lo “femenino” se realizan en el trabajo de Funes, cuando hace alusión en varias ocasiones a la retórica de la feminización de las razas in-feriores a principios del siglo XX en los escritos por ella analizados; y en el trabajo de Saade Granados, cuando refiere al I Congreso Obrero en Bogotá (1919) que reunió tanto a mujeres como a hombres dirigentes campesinos
3 Por muy polémicas que hayan sido sus propuestas, Benedict Anderson sigue plenamente
vigente, y es quien reconoce el nacimiento del nacionalismo moderno en América.
4 La Sociedad Teosófica fue fundada en Nueva York el año 1875 por quince teósofos,
y obreros, y nombra a las principales mujeres representantes; sin embargo, no es más que una mención.
Respecto de los influjos teóricos y bibliográficos de los cuales se surten los autores de esta compilación, se sitúan principalmente en la revisión de bibliografía de antropología, sociología e historia social y política, utilizando una diversidad de autores, tanto locales como extranjeros, que refieren a cuestiones nacionales y raciales de cada uno de los países trabajados y, en algunos casos, a problemáticas que abarcan espacios regionales mayores y hasta continentales. Más allá de estas particularidades y variedad bibliográ-fica, la influencia de los reconocidos Tzvetan Todorov, Peter Wade, Michel Foucault y Mónica Quijada se deja ver, ya que son autores a los cuales se hace referencia en varios trabajos.
Con todo, podemos considerar que Raza y política en Hispanoamérica rebasa sus objetivos en dos sentidos: primero, da cuenta contundentemente de buena parte de las problemáticas nacionales, de los ensayos de “solucio-nes” raciales y de las ideologías y prácticas ejecutadas dentro de las políticas gubernamentales en los once países revisados, además de los discursos ilustra-dos, liberales y positivistas en los cuales se enmarcaban tanto las propuestas de políticos como la opinión pública, que circulaban a través de la prensa, literatura especializada, decretos y leyes, censos y otros medios escritos.
Segundo, expone las paradojas, transferencias, diversas aplicaciones y, finalmente, la importancia fundamental de la noción de “raza” en los siglos XIX y XX. La problematización en torno a esta noción en particular, y a todo el conjunto de discursos y prácticas racializadas que se entretejen con una retórica de la diferencia –genealógica, biológica, cultural, religiosa, espiritual y lingüística–, ejemplifica y demuestra con creces la importancia de la raza en América, y nos comprueba que la raza no era una de las problemáticas de la construcción nacional en los dos siglos recién pasados, sino que fue la cuestión entorno a la cual giraba el problema de la concreción de la unidad nacional y el avance en la carrera de la civilización.
Montserrat Arre Marfull5
5 Chilena. Licenciada y Magister en Historia, Universidad de Chile. Doctora en Ciencias