Colombia Antes de La Independencia

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««Página 04»». Título original:

Colombia Before Independence Economy, society, and politics under Bourbon rule

Traducción:

Hernando Valencia Goelkel Nicolás Suescún

««Página 05»». Colombia

antes de la Independencia Economía, sociedad y política bajo el dominio borbón

ANTHONY MCFARLANE

BANCO DE LA REPÚBLICA / EL ÁNCORA EDITORES

««Página 06»».

Primera edición en español: Banco de la República El Áncora Editores Bogotá, 1997

ISBN 958-96201-0-8

Portada:

diseño de Camila Cesarino Costa Ilustración:

Río Bogotá, dibujo de C. Austin, grabado de J. Harris (detalle) Mapas:

Marco Fidel Robayo Derechos reservados: © 1997. Anthony McFarlane Cambridge University" Press

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Isanco de la República El Áncora Editores Bogotá, Colombia

Composición y fotomecánica: Servigraaphic Ltda. Separación de color: Elograf

Impreso en los talleres de Formas e Impresos Panamericana. Impreso en Colombia

Printed in Colombia

««Página 07»». CONTENIDO

TABLAS, FIGURAS Y MAPAS página 9 ABREVIATURAS Y EQUIVALENCIAS página 11 AGRADECIMIENTOS página 15 INTRODUCCIÓN página 17 1. FUNDACIONES página 27 PARTE I

. -ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN LA NUEVA

GRANADA DEL SIGLO XVIII página 59 2. RECURSOS Y REGIONES página 61

3. LAS FRONTERAS MINERAS Y LA ECONOMÍA DEL ORO página 117 PARTE II

LA ECONOMÍA DEL COLONIALISMO BORBÓNICO:

IA NUEVA GRANADA Y LA ECONOMÍA ATLÁNTICA página 153 4. LA NUEVA GRANADA Y EL SISTEMA

MERCANTIL ESPAÑOL, 1700-1778 página 155 5. COMERCIO Y ECONOMÍA EN LA ÉPOCA

DEL COMERCIO LIBRE IMPERIAL, 1778-1796 página 195 6. LOS COMERCIANTES Y EL MONOPOLIO página 250

««Página 08»». PARTE III

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LAS POLÍTICAS DEL COLONIALISMO BORBÓN:

RECONSTRUYENDO EL ESTADO COLONIAL página 281 7. RENOVACIÓN: EL ESTABLECIMIENTO DEL VIRREINATO página 283 8. INNOVACIÓN: LA VISITA GENERAL Y SU IMPACTO página 314

PARTE IV

GOBIERNO Y POLÍTICA página 343 9. EL PODER, LA POLÍTICA Y LA PROTESTA página 345 10. CIENCIA Y SEDICIÓN página 405

PARTE V

LA CRISIS DEL ORDEN COLONIAL página 437 11. LA GUERRA Y EL DEBILITAMIENTO

DEL ORDEN COLONIAL página 439 12. LA CAÍDA DEL GOBIERNO REAL página 479 EPÍLOGO página 512

APÉNDICE A página 521 APÉNDICE B página 532 APÉNDICE C página 536 BIBLIOGRAFÍA página 545 INDICE ONOMÁSTICO página 565

««Página 09»».

TABLAS, FIGURAS Y MAPAS TABLAS

2.1 Estructura ocupacional de Cartagena de Indias, 1779-80 página 79 2.2 Estructura ocupacional de Santa Fe de Bogotá, 1783 página 95

3.1 Producción de oro en las regiones mineras de la Nueva Granada, según los quintos, 1700-1799 página 131

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5.1 El comercio entre Inglaterra y España, 1784-1793 página 203 5.2 Exportaciones de Cartagena a España 1784-1793 página233 11.1 Barcos e importaciones de España, a Cartagena, 1796-1801 página 442

Figuras

3.1 Distribución regional de la producción de oro, según los quintos, 1735-64 página 134

3.2 Distribución regional de la producción

de oro, según los quintos, 1765-99 página 134 3.3 Valor del oro amonedado en las casas

de moneda de Bogotá y de Popayán, 1700-1810 página 135 .3.4 Chocó: Promedio anual de producción

de oro según los quintos, 1724-1803 página 138

««Página 10»».

3.5 Popayán: Promedio anual de producción

de oro según los quintos, 1700-1804 página 139 3.6 Antioquia: Promedios anuales del oro

registrado para su fundición, 1700-1809 página 140

MAPAS

1.1 Relieve de la Nueva Granada página 26 2.1 Distribución de la población en la

Nueva Granada, 1778-80 página 63 2.2 La región de la Costa Caribe página 76 2.3 La región de la Cordillera Oriental página 87 2.4 La región del Valle del Cauca página 104 3.1 El Chocó página 122

3.2 Antioquia página 123 ««Página 11»».

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ABREVIATURAS Y EQUIVALENCIAS

ARCHIVOS

AGI Archivo General de Indias, Sevilla

AHNM Archivo Histórico Nacional, Madrid AHNC Archivo Histórico de Colombia (Archivo General de la Nación)

ACC Archivo Central del Cauca, Popayán AHA Archivo Histórico de Antioquia, Medellín ACM Archivo del Cabildo, Medellín

BNC Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá BL British Library, Londres

REVISTAS

ACHSC Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura AEA Anuario de Estudios Americanos

BHA Boletín de Historia y Antigüedades

HAHR Hispanic American Historical Review JLAS Journal of Latin American Studies

MONEDAS Y MEDIDAS

castellano: medida de peso del oro con un valor aproximado de 2.5 pesos de plata.

peso de oro: 2 pesos de plata, aproximadamente.

marco: medida de peso del oro equivalente a unos 230 gramos y con un valor aproximado de 4 pesos de plata.

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doblón: oro acuñado en monedas de 2 escudos y con un valor aproximado de 4 pesos de plata

peso: plata acuñada en monedas de 8 reales real: 34 maravedíes carga: 130 kilos quintal: 50 kilos tercio: 50 kilos fanega: 55 kilos arroba: 12.5 kilos

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libra: 1/2 kilo

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Para Angela

««Página 15»».

AGRADECIMIENTOS

Mi trabajo sobre Colombia se ha beneficiado a lo largo de los años con la ayuda y el consejo de una serie de personas, a quienes aprovecho la oportunidad para darles las gracias. El profesor John Lynch me suministró una invaluable orientación durante mis primeros años de investigación, al permitirme desarrollar un interés en la historia colonial de la América española y, bajo su supervisión, completar la tesis doctoral que inició mi trabajo en la historia colombiana. También me beneficié de su apoyo cuando era investigador en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres, así como de la amistad y el interés del profesor David Rock, colega entonces en el Instituto.

Amigos y compañeros historiadores en España y en Colombia han hecho mucho porque mis períodos de investigación en los archivos resulten fructuosos y agradables. Gracias especiales a Hermes y a Gilma Tovar, historiadores de la Universidad Nacional de Bogotá, por la generosidad y la amistad que me han demostrado a lo largo de los años y de las que mucho he disfrutado en Bogotá, Sevilla y Sigüenza. Mi otra gran deuda en Colombia es con Margarita Garrido y con el desaparecido Germán Colmenares. Sus invitaciones para enseñar en la Universidad del Valle me permitieron beneficiarme de su pericia en la historia colombiana, mientras disfrutaba simultáneamente la espléndida hospitalidad que ellos y sus familias me ofrecieron sin reparos. El personal de los archivos en Colombia y en España ha sido sin excepción cortés y servicial. Estoy particularmente agradecido con la señora Pilar Moreno de Ángel y con el doctor Jorge Palacios quienes, como directores del Archivo Nacional

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en Bogotá, hicieron mucho por agilizar mi investigación y hacerla grata.

Quisiera también ampliar mis agradecimientos a los que me han ayudado durante la redacción de este libro. Simon Collier me alentó a proseguir y me daba amables pero oportunos recordatorios de la necesidad de terminar. En la Universidad de Warwick Rachel Parkin, Rebecca Earle y especialmente Caroline Williams contribuyeron a elaborar y presentar los cuadros en el texto, ayuda que aprecio muy particularmente. Mi colega el doctor Guy Thomson leyó pacientemente el borrador del libro y me hizo comentarios alentadores, y el profesor John TePaske, muy bondadosamente, me permitió referirme a los datos sobre el tesoro real en la

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Nueva Granada compilados por él y por el profesor Alvaro Jara a partir de los documentos del Archivo General de Indias. El apoyo financiero del programa de becas internacionales de la Fundación Ford me ayudó a comenzar mi investigación en Colombia, y aportes subsiguientes de la Universidad de Warwick, la Academia Británica y el Banco de España suministraron a intervalos cruciales los medios para mantener y ampliar mi interés en la historia colombiana.

««Página 17»». INTRODUCCIÓN

Esta es una historia de Colombia durante el último siglo de gobierno español, cuando el territorio de la moderna república de Colombia estaba en el centro del virreinato español de la Nueva Granada. En gran parte basada en investigaciones de archivos españoles y colombianos, está diseñada primordialmente como un aporte a la historiografía de la América española durante el período borbónico, entre 1700 y 1810. Sin embargo, como no existe una historia general de Colombia en ese período, el presente estudio ofrece también una síntesis que combina los resultados de la investigación en archivos con las pruebas y las interpretaciones que se hallan en las obras especializadas de otros historiadores de la Colombia colonial.

La elección de la región y del período abarcados en este estudio se explica fácilmente. Aparte de su interés intrínseco, Colombia, o Nueva Granada, como se la denominaba durante el régimen español, es una región que merece más atención por parte de los historiadores de América Latina. Pues si bien era una colonia de segunda categoría que no competía en tamaño o en riqueza con los virreinatos del Perú 1 Nueva España, la Nueva Granada era independiente de los grandes sistemas económicos coloniales, centrados en torno a la minería en las virreinatos más antiguos, y surge como un territorio separado y distinto, con una personalidad propia. Desde el siglo XVI el país tenía su propio sector de minería, su propia conexión con el sistema de comercio español en el Atlántico y una sociedad cada vez más diferenciada dentro de la cual la población indígena era sustituida en gran parte por mestizos. Durante el siglo XVIII, la Nueva Granada se convirtió también en el núcleo del primer virreinato nuevo creado

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desde el siglo XVI, y presenció una de las grandes rebeliones populares del período colonial tardío. Así, a comienzos del siglo XIX se convirtió en un gran escenario para los experimentos y conflictos políticos resultantes de la ruptura con España en 1810 y, después de 1819, le suministró a Bolívar una base para librar las guerras de liberación contra los bastiones supervivientes del poder realista en el continente.

El período cubierto aquí, entre 1700 y 1810, tiene especial interés ya que abarca una fase distintiva en la historia de España y de su imperio, delimitada por dos grandes coyunturas políticas. Abierto con la crisis desencadenada con la accesión

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de la dinastía borbónica al trono en 1700, y cerrado con otra crisis causada por su colapso en 1810, éste fue un período durante el cual la monarquía borbónica trató de reconstruir el dominio español sobre su imperio, tanto política como económicamente. En efecto, se dice que el resurgente imperialismo español se hizo tan vigoroso a fines del siglo XVIII que intentó una verdadera "segunda conquista de América", y era tan perturbador de los intereses establecidos que preparó las condiciones para el movimiento que más tarde habría de llevar a la independencia hispanoamericana.1

Nuestra imagen general de la historia de América Latina en el siglo XVIII es entonces la de regiones coloniales expuestas a un floreciente imperialismo borbón que, al racionalizar el sistema colonial, político y económico, con menosprecio de los intereses coloniales, creó un contexto para el colapso eventual de la autoridad imperial. ¿Cabe dentro de este cuadro la Nueva Granada? Sabemos que ésta era una región que, como otras de la América española, se veía afectada directamente por aquellas medidas borbónicas diseñadas para cambiar las relaciones económicas y políticas con la madre patria; sabernos también que la reforma colonial de los borbones suscitó tensiones y resistencias, muy en especial durante la

revolu-««Página 19»».

ción comunera de 1781. En efecto, los historiadores de la Colombia colonial suponen invariablemente que el cambio político y económico durante el período borbón creó tensiones que prepararon el camino hacia la independencia, bien al inducirlas o al crear tiranteces en la contextura social y económica del país.2 Pero,

precisamente, ¿fue la-Colombia colonial tardía afectada por la resurrección del imperialismo español durante el siglo XVIII? ¿La reforma administrativa de los borbones trastornó el orden colonial en la Nueva Granada, al darle a Madrid un control más estrecho sobre el gobierno territorial, y forzó a su pueblo a contribuir con una porción mayor de sus recursos a las necesidades de la metrópoli? ¿La reforma económica de los borbones cambió el carácter de la economía colonial, haciendo que contribuyera más a España con perjuicio para los intereses coloniales? ¿Y cuáles, precisamente, fueron las repercusiones de las reformas borbónicas sobre las actitudes políticas y el comportamiento de la colonia? ¿Cómo respondieron los colonizados a las nuevas exigencias metropolitanas,

cuál fue el carácter de esa respuesta? ¿Podemos detectar en el comportamiento político colonial alguna alteración de la cultura política fue involucre ideas y principios nuevos, tal vez señalando la emergencia de una conciencia proto-nacional que más tarde saldría a la luz en los movimientos de independencia? Al plantear tales preguntas, este libro mostrará que, durante todo el siglo XVIII, los esfuerzos de la monarquía borbónica para reforzar el control sobre la Nueva Granada y para incentivar la explotación de los recursos de la región afrontaron 1 El mejor resumen de esta posición es John Lynch, The Spanish American Revolutions, 1808-1826 (2a. ed. Londres, 1986), cap. I.

2 Este argumento es expuesto vigorosamente por Indalecio Liévano Aguirre, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia (3a. ed., Bogotá, 1968).

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constantemente dificultades. Al comenzar el siglo, los ministros borbones hallaron que el gobierno y el comercio de la colonia se hallaban en considerable confusión. Bajo el régimen de los Habsburgos la región había sido completamente hispanizada, pero un gobierno laxo, caracterizado por las prácticas corruptas y la colusión de funcionarios españoles con los

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intereses provinciales, había alterado seriamente la capacidad de Madrid para imponer su voluntad. Los lazos económicos de la Nueva Granada con España también se habían vuelto muy débiles. El comercio a través del monopolio español poco había hecho por fomentar exportaciones distintas al oro, y durante la transición del régimen habsburgo al borbón una porción sustancial de los pequeños mercados de la Nueva Granada para importaciones europeas había sido usurpada por intrusos extranjeros que recurrían al contrabando. La Nueva Granada era además un territorio extenso, diverso y poco integrado, donde la división del poder entre los gobernadores provinciales frenaba la imposición de un mando central originado en España, y donde las realidades geográficas inhibían la construcción de líneas claras de comercio y comunicación con España.

Poner a la colonia bajo un más estrecho control español era algo que, sin embargo, estaba más allá de la capacidad de los primeros gobiernos borbones. Pues si bien la reforma se inició temprano en la Nueva Granada, sus avances eran esporádicos y se aplicaba con ineficiencia. Reacciones pragmáticas a problemas generales del comercio y la defensa coloniales eran seguidas por cambios de política y largos períodos de inacción. El primer experimento de gobierno virreinal tuvo corta vida, y la reforma complementaria del sistema de comercio colonial poco hizo para cambiar las relaciones de la colonia con el poder metropolitano. La reimplantación y la consolidación del virrenato a mediados del siglo le dieron a la corona una autoridad más sólida sobre la Nueva Granada, y la reforma simultánea del sistema comercial produjo un flujo más continuado de comercio trasatlántico. Sin embargo, ni los virreyes ni los comerciantes españoles alteraron sustancialmente la posición de la colonia dentro del imperio. Los virreyes le dieron una imagen más vigorosa a la autoridad real, pero el gobierno de la Nueva Granada seguía dominado por un establecimiento pequeño y conservador donde los funcionarios veteranos se entendían con los intereses locales a fin de disfrutar de las prerrogativas y de los atributos del cargo. El

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desarrollo comercial de la Nueva Granada estaba también dominado por intereses establecidos, los cuales, hechos a las prácticas restric6i\-as del monopolio comercial español, trataban no de ampliar el comercio sino más bien de mantener su influencia sobre los canales comerciales existentes.

Durante el reinado de Carlos III, la política española hacia la Nueva Granada fue formulada por primera vez dentro de una estrategia coherente para controlar las colonias y encauzar su potencial económico y fiscal. Sin embargo, en cuanto Madrid efectuó un esfuerzo concertado para vigorizar el Estado colonial en la

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Nueva Granada, se encontró con una poderosa reacción en defensa de la autonomía local. Esta reacción, encarnada en la revolución comunera de 1781, no sólo reveló la continua debilidad del gobierno colonial, sino que desalentó el empeño de Madrid por trazar planes para la reestructuración de la Nueva Granada. Y si la rebelión melló el filo de la reforma política, el programa de Carlos III para la reforma económica imperial, construido alrededor del concepto de "comercio libre" dentro del imperio, también fracasó en su empeño de convertir a la Nueva Granada en un satélite productivo de España. El comercio con la metrópoli se amplió, pero obstáculos de vieja data para comercializar y controlar los recursos de la Nueva Granada significaban que el régimen de "comercio libre" tenía un impacto limitado tanto en el carácter del comercio colonial como en la organización de la vida económica de la región.

Parece así que el cuadro de Colombia a fines de la Colonia como una sociedad donde la explotación metropolitana y la opresión indujeron grandes cambios económicos y generaron irreparables desgarrones políticos está considerablemente adulterado. De hecho, las fuerzas del cambio político derivaron más de demostraciones de la debilidad de España que de alardes de autoridad. Primero, la diseminación por parte de funcionarios españoles de las ideas de mejoramiento social y económico, del tipo que el "despotismo ilustrado" de los borbones introdujo para avanzar el desarrollo de la nación

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española, se combinó con el auge del republicanismo en América del Norte y Europa para inducir un cambio en los valores culturales y en la perspectiva política de la pequeña minoría criolla educada de la Nueva Granadas, A fines del siglo XVIII, la política borbónica acentuó el resentimiento criollo hacia el gobierno colonial al excluir a los criollos de posiciones de poder e influencia que ellos consideraban debían compartir por derecho de nacimiento y de educación. Al mismo tiempo, la transmisión de nuevas ideas políticas y económicas por medio de funcionarios oficiales, libros y periódicos les dio un instrumento a los criollos educados para criticar el régimen colonial y para exhibir una identidad más recia. Los principios de la ciencia contemporánea y de la economía política también los estimularon para identificar y clasificar el carácter y los recursos de su tierra, lo que a su vez hizo que los criollos percibieran su país bajo una nueva luz. Por medio de la discusión y del intercambio de información, gradualmente llegaron a concebir una comunidad con una identidad y unos intereses que trascendían los límites estrechos y localizados de las regiones distintivas de la Nueva Granada. Pero si una alternativa al gobierno español se imaginó primero entre la pequeña intelectualidad criolla, la prescindencia del orden colonial sólo se hizo posible cuando el poder metropolitano se desmoronó en su centro. Al final fue la crisis imperial, más que las reacciones contra el absolutismo de los borbones o la clarividencia de precursores iluminados, la que creó las condiciones para la emancipación política en Colombia.

Estas observaciones y argumentaciones, que forman los hilos principales de este libro, están elaboradas en detalle en cinco secciones separadas. La parte I pinta

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los contornos de la economía y de la sociedad en la Nueva Granada durante el período colonial. Al caracterizar las estructuras sociales y económicas del país, algunos historiadores colombianos han hecho énfasis en variaciones en los modos de producción. Luis Eduardo Nieto Arteta, por ejemplo, distingue entre sectores "coloniales" y "anticoloniales", relacionados

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con diferentes patrones de colonización y tenencia de la tierra. Más recientemente, Salomón Kalmanowitz ha analizado la economía colonial en términos de las relaciones sociales desarrolladas entre colonos e indios, terratenientes y campesinos mestizos y propietarios de esclavos y esclavos.3 Son explicaciones y

enfoques explicativos valiosos, pero para efectos de este análisis, centrado en la situación de la Nueva Granada dentro del imperio español, prefiero un enfoque diferente, uno más cercano al usado por Ospina Vásquez en su historia económica de Colombia.4 Este método caracteriza la economía colonial por

regiones, partiendo del supuesto de que cada región tiene su propia estructura peculiar, basada en la historia de la interacción de españoles y nativos después de la conquista y moldeada por variaciones locales de geografía, clima, recursos y acceso a los circuitos del comercio de ultramar. Así, los capítulos de la parte 1 describen el desarrollo social y económico de la Nueva Granada durante el siglo XVIII al recalcar el patrón de regiones subyacente a las divisiones administrativas, recorriendo los contornos provinciales de la vida económica y social y trazando tendencias en la producción de oro, la más valiosa mercancía comercial del territorio.

Este retrato de las formas y dinámicas de la economía colonial colombiana está complementado, en la parte II, por un recuento dallado del comercio de ultramar del territorio. Este tiene tres acciones. La primera es un análisis de la política comercial de los barbones y de sus efectos sobre el movimiento de la navegación y el comercio durante el siglo XVIII; la segunda muestra cómo la Mansión del comercio afectó la explotación de los recursos y el desarrollo de la economía; un capítulo final de esta sección analiza el carácter. la evolución y la influencia de la comunidad mercantil

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que manejaba el comercio de ultramar de la colonia, centrado especialmente en los comerciantes peninsulares que dominaban la actividad en Cartagena de Indias, el puerto principal de la Nueva Granada.

Los ensayos sobre la historia económica de la Nueva Granada en el siglo XVIII están seguidos de un análisis de la historia política y administrativa durante el 3 Luis Eduardo Nieto Arteta, Economía y cultura en la historia de Colombia (sexta. ed., Bogotá, 1975), cap. I; Salomón Kalmanowitz, Economía y nación: una breve historia de Colombia (2a. ed., Bogotá, 1986), parte I.

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último período colonial. La parte III examina las etapas principales en la evolución de las políticas administrativas y fiscales españolas durante el siglo XVIII, desde el primer experimento de gobierno virreinal en 1719-23, pasando por el reestablecimiento del virreinato de la Nueva Granada en 1739, hasta la "revolución en el gobierno" planeada por Carlos III y sus ministros durante los decenios de 1770 y 1780. La discusión del cambio político y de sus implicaciones institucionales y financieras tiene su paralelo en la parte IV, mediante el análisis de las estructuras de gobierno, las características de la cultura política colonial y las repercusiones políticas de los cambios en las instituciones y en la ideología de la monarquía española durante los finales del siglo XVIII.

La parte V concluye el estudio con el examen de los efectos de la guerra internacional y de la crisis metropolitana en la vida económica y política de la Nueva Granada al comenzar el nuevo siglo, y con una explicación de las condiciones que hicieron posible un movimiento de autogobierno durante los años de crisis imperial entre 1808 y 1810. Un breve epílogo insinúa entonces cómo las estructuras subyacentes de la sociedad y de la economía establecida durante el dominio español continuaron moldeando el desarrollo del país al menos durante los primeros cincuenta años de su existencia como república independiente.

Antes de proseguir, una definición. Al referirme a la Colombia del siglo XVIII prefiero usar el nombre español de "Nueva Granada" en lugar del estorboso y anacrónico de "Colombia colonial". De hecho, Nueva Granada fue un título puesto a varias entidades administrativas de diferente escala y propósito durante el período de

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gobierno español. Cuando fue utilizado por primera vez por Gonzalo Jiménez de Quesada a mediados del siglo XVI, el Nuevo Reino de Granada abarcaba las tierras chibchas que había conquistado, e inicialmente no iba más allá de las prolongaciones de Santa Fe de Bogotá y Tunja. El nombre tomó una significación más amplia tras el establecimiento de la audiencia de la Nueva Granada y de la arquidiócesis de la Nueva Granada a mediados del siglo XVI. La jurisdicción de la audiencia abarcaba el centro y el norte de Colombia, mientras que la mitad sur del país, en la enorme provincia de Popayán, caía bajo la jurisdicción de la audiencia de Quito. La arquidiócesis, por el otro lado, vinculaba a la Nueva Granada con las diócesis de Popayán, Santa Marta, Cartagena y Mérida. Por último, durante el siglo XVIII, la Nueva Granada quedó relacionada con una entidad política mucho más grande, el virreinato de la Nueva Granada, que incorporaba un área enorme bajo su jurisdicción, la que comprendía las audiencias de Quito y Nueva Granada y la capitanía general de Venezuela. Para evitar confusiones el lector debe anotar que mi uso del término Nueva Granada sigue la práctica común entre los historiadores colombianos, y se refiere sólo al territorio de la moderna Colombia.

««Página 26»». Mapa 1.1

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Relieve de la Nueva Granada ««Página 27»».

1 FUNDACIONES

Para trazar los orígenes de la sociedad colonial española que más tarde se convirtió en república de Colombia debemos volver a los decenios iniciales del siglo XVI, cuando los españoles merodeaban en la costa comprendida entre el cabo de la Vela y el istmo de Panamá en busca de oro y de esclavos.5 Los

experimentos para constituir establecimientos permanentes en estas costas de tierra firme comenzaron temprano. Alonso de Ojeda fundó la primera colonia en territorio colombiano en San Sebastián de Urabá, en 1510, después de que sus excursiones a la región de Cartagena fueran repelidas por tribus locales beligerantes. Una mayor hostilidad de los indios, provocada por las renovadas incursiones españolas en busca de esclavos, obligó a un nuevo movimiento hacia occidente, a Darién, donde los españoles fundaron una nueva base en Santa María de la Antigua. Una vez más, la colonia fue de corta vida. Azotados por las enfermedades, los indios locales se volvieron incapaces de sostener a la comunidad parasitaria europea y en 1524 fue abandonado el lugar. Una vez más los españoles se movieron hacia occidente, esta vez a Panamá, la cual, con el nombre de Castilla del Oro, se convirtió en un nuevo foco de la actividad española.6 Luego, en 1526, otros

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españoles crearon una base muy distinta en territorio colombiano, en el extremo oriental de la costa del Caribe, y al fundar a Santa Marta abrieron el camino para la que habría de ser una frontera crucial en la conquista del interior de Colombia. Inicialmente, Santa Marta presenció el mismo tipo de explotación destructora que los españoles habían practicado en Castilla del Oro. Las comunidades indias eran saqueadas en busca de oro, abastecimientos y esclavos; si presentaban resistencia quemaban sus casas y sus campos. Estas tácticas de tierra arrasada no tardaron en despoblar el área y, mientras los indios sobrevivientes huían a las montañas vecinas de la Sierra Nevada, el establecimiento español se iba extinguiendo. Sin embargo, Santa Marta perduró y se convirtió en una plataforma para las expediciones al interior desde comienzos del decenio de 1530, con incursiones más allá de la Sierra Nevada en busca de nuevas fuentes de botín.7

5 . La mejor fuente de información sobre estos primeros años, en la que se basa este relato, es Carl O. Sauer, The Early Spanish Main (Berkeley & Los Angeles, 1966), pp. 104-19, 161-77

6 Ibid., pp. 218-37, 247. También Mario Góngora, Los grupos de conquistadores en Tierra Firme, 1509-1530 (Santiago de Chile, 1962), pp. 16-38.

7 . Juan Friede, "La conquista del territorio y el poblamiento", en Manual de historia de Colombia (2a. ed., Bogotá, 1982), Vol. I, pp. 130-6. Sobre la historia de Santa Marta más avanzado el siglo XVI y durante el siglo XVII, ver Trinidad Miranda Vásquez, La gobernación de Santa Marta, 1570-1670 (Sevilla, 1976).

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En el mismo decenio los españoles obtuvieron otra base permanente en la costa cuando, en 1533, Pedro de Heredia fundó la ciudad de Cartagena de Indias. Este establecimiento no tardó en atraer a centenares de aventureros y extendió rápidamente su influencia hacia occidente, a la región del río Sinú y de Urabá, y hacia el sudoeste, hasta la parte baja de los ríos Cauca y San Jorge. El oro hallado en las tumbas indias del Sinú actuó como un imán, atrayendo a los españoles a saquear la región con total indiferencia a la vida y la cultura indias. Más adelante la rapiña española le abrió paso a una explotación más sistemática de la tierra y sus habitantes. A partir de 1540 se establecieron ganaderías en las vecindades de Cartagena, y los indios sobrevivientes eran congregados en encomiendas con el fin de que suministraran los tributos requeridos para sostener los establecimientos de los invasores. Como Santa Marta, Cartagena lanzó expediciones tierra adentro,

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buscando en el interior nuevas fuentes de oro indio.8 Y así, durante las décadas de

1520 y 1530 los españoles habían sentado los cimientos de una región importante en la sociedad colonial de Colombia: la de la costa del Caribe, centrada en Cartagena y Santa Marta.

Al establecer bases en el litoral caribe, los españoles no se limitaron a echar raíces permanentes en la costa de Colombia; también crearon estaciones para conquistar y colonizar desde ellas el interior colombiano. Después de años de reconocimiento, incursiones y establecimientos en pequeña escala, la penetración al interior de Colombia se logró finalmente a finales de los años treintas y cuarentas del siglo, después del descubrimiento del Perú por Pizarro. Al comienzo su conquista del Estado inca amenazó con amenguar la actividad española en Colombia, mientras la promesa de ricas recompensas atraía a los españoles hacia el Perú. Pero el logro de Pizarro también espoleó a los españoles en la búsqueda de nuevas civilizaciones en las tierras entre Colombia y el Perú, y un decenio después de la conquista peruana bandadas de aventureros europeos entraron al interior de Colombia y crearon "el reino de la Nueva Granada".

PATRONES DE CONQUISTA

Los conquistadores españoles entraron al interior de Colombia por varias rutas. Una provenía del sur, emanada de las zonas de conquista abiertas por Pizarro en los reinos incas de Perú y Quito. Este movimiento fue impulsado por expediciones bajo el mando de Sebastián de Belalcázar, quien llevó a sus hombres desde Quito hasta el valle del Cauca. En 1536 Belalcázar fundó Cali y Popayán, bases desde las cuales los colonizadores españoles habrían de librar una lucha violenta y prolongada contra las comunidades indias circundantes.

8 Carmen Gómez Pérez, Pedro de Heredia y Cartagena de Indias (Sevilla, 1984), especialmente pp. 1-91.

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Luego lanzó expediciones hacia el norte, en busca del legendario El Dorado. Una de esas entradas al norte siguió el cauce del río Cauca hacia las cordilleras occidental y central de los Andes colombianos, lo que preparó el camino para la creación de una cadena de establecimientos que ligaban el valle del Cauca a los establecimientos españoles en las tierras ricas en oro de Antioquia. La otra entrada fue a lo largo del río Magdalena hacia la Cordillera Oriental. En 1538 Belalcázar al fin llegó a tierra de los chibchas, tan sólo para encontrarse con que otras dos expediciones, de Santa Marta y Venezuela, habían llegado antes que él.9

La primera expedición en encontrar la tierra de los chibchas llegó en 1537, enviada desde Santa Marta bajo el mando de Gonzalo Jiménez de Quesada; poco después la siguió la entrada de Belalcázar desde el sur, así como una expedición conducida por Nicolás de Federman que entró a las montañas colombianas a partir de Venezuela.10 Después de lograr un compromiso con los otros jefes,

Jiménez de Quesada tomó control de la región chibcha. Estableció el Nuevo Reino de Granada y, a mediados de 1539, fundó la ciudad de Santa Fe de Bogotá como su capital. Bogotá se volvió entonces un nuevo foco para la conquista y la colonización dentro de Colombia, a medida que expediciones conquistadoras se diseminaban por las regiones vecinas. Hacia el norte, el establecimiento español se extendió a Vélez, Tunja y Pamplona; al occidente, los españoles cruzaron el río Magdalena y fundaron ciudades como Ibagué, Mariquita y Honda. Al oriente descendieron de las cumbres de los Andes hasta los bordes del llano, estableciendo plazas fuertes en Medina de las Torres, Santiago de las Atalayas y San Juan de los Llanos. Hacia el sur desbrozaron un camino por las montañas del Quindío, abriendo así contacto con los

estableci-««Página 31»».

mientos recién nacidos de la región del Cauca, un área que a su vez se comunicaba con las zonas de conquista en Quito.11 A finales del siglo XVI dos

corrientes de exploración y de conquista habían convergido en el centro montañoso de Colombia. Con el descubrimiento de estas tierras, ricas en oro y en indios, vinieron la exploración, ocupación y explotación de las áreas circundantes, llenando el espacio que yacía entre las bases españolas en el Caribe y las conquistas españolas en el imperio inca. Había nacido así una trama nueva y distintiva de colonización, formada desde el disperso archipiélago de establecimientos creados en las tierras que se extendían hacia el sur, desde la costa caribe hasta lo más profundo del interior.

9 Silvia Padilla, M. I. López Arellano y A. González, La encomienda en Popayán. Tres estudios (Sevilla, 1977), pp. 1-19.

10 Juan Friede, Invasión al país de los chibchas, conquista del Nuevo Reino de Granada y fundación de Santa Fe de Bogotá (Bogotá, 1966); un excelente sumario reciente es Jorge Orlando Melo, Historia de Colombia: La Dominación Española (2a. ed., Bogotá, 1978), Vol. I, pp. 145-55.

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Esta red de centros urbanos incipientes, desde la cual los españoles buscaban dominar las tierras circundantes, no constituyó de inmediato un dominio colonial coherente. Antes de la llegada de los españoles no había un Estado indígena con un comando comparable al de los imperios azteca e inca. En consecuencia, los conquistadores del norte de los Andes no podían apropiarse un poderoso imperio indígena tributario, como Cortés y Pizarro lo habían hecho en México y Perú. En cambio, la conquista y la colonización españolas dividieron el territorio colombiano en regiones de colonización diferenciadas y a veces competidoras, cada una asociada con el radio de acción del grupo que la había conquistado. En el norte, los gobiernos de Cartagena y Santa Marta constituían dos de esas regiones; en el centro del país, el Nuevo Reino de Granada estaba aparte, como otra entidad distinta; por último, las regiones sur y occidental de Colombia cabían dentro de la enorme gobernación de Popayán, la que formaba una región separada del Nuevo Reino. En efecto, durante algunos años pareció que Popayán se haría independiente tanto del Perú como de la Nueva Granada. Cuando Antioquia se volvió una provincia autónoma en 1563, esta posibilidad desapareció, pero Popayán siguió siendo una sociedad de muchas maneras separada de

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la Nueva Granada y distinta a ella. Era una región donde la conquista había sido mucho más lenta que en el Nuevo Reino, porque la prolongada resistencia de las naciones indias en la Cordillera Central impedía que los colonizadores españoles explotaran recursos de tierra y trabajo al mando de los encomenderos.12 Durante

la mayor parte del período colonial, la provincia de Popayán estuvo bajo la jurisdicción de la audiencia de Quito más que de la audiencia de la Nueva Granada. La Colombia posterior a la conquista era, así, una entidad fragmentada, geográfica, social y administrativamente. Las fundaciones españolas estaban muy dispersas y cada una tendía a convertirse en una célula aparte, cuyos habitantes trataban de delimitar su propio territorio contra los competidores, a fin de monopolizar sus recursos. Esta tendencia a la creación de unidades locales autónomas estaba además acentuada por las dificultades de comunicación y por lo abrupto del terreno.

MEDIO AMBIENTE Y COLONIZACIÓN

El contexto geográfico dentro del cual tomó forma la sociedad colonial española se aprecia rápidamente con una ojeada al mapa 1.1, que muestra los principales contornos de la geografía del territorio. Más de mil kilómetros separan a Cartagena, en la costa caribe, de Pasto, en los límites con Ecuador, y entre estos dos puntos yacen varias regiones físicas y climáticas distintas. En el centro del territorio hay un gran cuerpo de montañas, formadas por el extremo norte de los Andes. De una sola cadena en el sur se despliegan en tres cordilleras que echan

12 Germán Colmenares, Historia económica y social de Colombia, vol. II: Popayán, una sociedad esclavista, 1680-1809 (Bogotá, 1979), pp. 11-23.

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cuñas altas, casi paralelas en el centro del país, separadas por los largos corredores longitudinales trazados por el curso de los ríos Cauca y Magdalena. Las cordilleras llegan a alturas impresionantes, con un promedio de 2.000 metros en occidente, 3.000

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en el centro y casi 3.300 en el oriente, con muchos picos que pasan de los 4.500 metros. El resto del país lo constituyen tres grandes zonas de tierras bajas, flanqueadas a lo largo de las montañas. Una está en occidente, en la costa del Pacífico, donde los ríos de la Cordillera Occidental se deslizan hacia el océano a través de una áspera faja de llanuras en su mayor parte cubierta por densos bosques pluviales. La otra está al oriente del centro de los Andes, donde los altos picos y las cuencas intramontañosas de la Cordillera Oriental se deslizan a otra región mucho más grande de tierras bajas. Aquí las masivas, dilatadas llanuras de los llanos colombianos se forman en torno a los muchos ríos que fluyen de la Cordillera Oriental hasta las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Por último, al norte del país yace otra gran región de llanuras, rota sólo por una aparición final aislada de montañas altas en la Sierra Nevada de Santa Marta. Esta es la región costera del Caribe, un área enorme atravesada por varios sistemas fluviales que bajan de la cordillera hacia el mar.

La proximidad al ecuador significa que la mayor parte del territorio es tropical, pero las diferencias de altura producen agudas variaciones regionales y locales en el clima. Se destacan cuatro principales zonas climáticas. La primera y más extensa está formada por las tierras bajas tropicales, que los españoles llamaban tierra caliente; puede definirse como la que incluye todas las áreas a alturas por debajo de los 1.000 metros, con una temperatura promedio anual superior a 24 grados centígrados. Algunas de las tierras bajas tropicales albergaban sustanciales poblaciones nativas en el tiempo de la conquista. Ejemplos notables son los fértiles bolsones de tierra en la zona costera entre Santa Marta y el río Sinú y los trozos de tierra caliente en la parte central de los valles del Cauca y Magdalena, donde los suelos eran fértiles y la lluvia moderada. Pero la mayor parte de las tierras bajas tropicales estaban muy poco pobladas, antes y después de la llegada de los españoles. En la costa occidental, al borde del Pacífico, las altas temperaturas de la tierra caliente se combinaban con fuertes lluvias y los suelos pobres y pantanosos de

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la región estaban cubiertos por una densa capa de bosque primitivo. Al oriente, los llanos ofrecían pocos halagos para establecerse en ellos. Los pastos y los bosques de las llanuras, inundados recurrentemente, eran inapropiados para la agricultura con arado y sostenían tan sólo a grupos nómades de cazadores y recolectores. Esas, entonces, eran regiones que tentaban a pocos colonizadores españoles, la mayoría de los cuales prefería zonas montañosas donde la altura aliviaba el calor de los trópicos y donde se encontraban en tierras fértiles grandes

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poblaciones nativas.

Una zona así se encontró en el área climática de la tierra templada, donde el suelo se levanta entre 1.000 y 2.000 metros y la temperatura media baja a alrededor de 17 grados y medio. Allí, en las vertientes y en los valles templados de las cordilleras, donde cereales y cosechas nativas podían complementarse con azúcar, tabaco y algodón, los españoles encontraron tierras fértiles y bien pobladas. La otra zona climática que los atraía era el país más frío, la tierra fría, que está entre los 2.000 y los 3.000 metros. Aquí, especialmente en la Cordillera Oriental entre Bogotá y Tunja, y en las alturas sureñas alrededor de Pasto, los españoles encontraron un medio que era ideal para una agricultura mixta de maíz, papas y cereales europeos como trigo y cebada. Más allá, por encima de los 3.000 metros, se extendían grandes zonas que los españoles, como los indios, ignoraban. Eran las tierras más frías y casi incultivables del páramo, yermos envueltos en niebla que se extienden hasta los límites bajos de la línea de nieve, entre 4.000 y 5.000 metros. Fue así entonces, en la tierra fría y en la tierra templada del interior montañoso, entre las cordilleras y en las vertientes de los ríos Magdalena y Cauca, donde los españoles fundaron la mayor parte de sus establecimientos coloniales. En estos escenarios no sólo encontraban un medio tolerante con los europeos, sino también sociedades indígenas grandes y adelantadas. Sobre esta base, la sociedad colonial puso sus fundaciones más firmes.

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LAS SOCIEDADES INDÍGENAS EN EL TIEMPO DE LA CONQUISTA

Los invasores españoles encontraron muchas culturas nativas diferentes dentro del territorio de la Colombia moderna. Ninguna sobrevivió intacta al encuentro, y algunas desaparecieron completamente. En Colombia, como en otras partes de América, el contacto con los españoles parece haber sido más mortal para los indios en las tierras bajas tropicales. Cuando los españoles llegaron por primera vez al litoral caribe, a comienzos del siglo XVI, el hinterland de la costa estaba poblado por varios grupos distintos, muchos de los cuales habrían de desaparecer ante la arremetida de la guerra, la enfermedad y la explotación. Los Taironas, que habitaban las faldas de la Sierra Nevada y las llanuras adyacentes en la península de la Guajira, eran la más desarrollada de estas culturas. Vivían en establecimientos nucleados, densamente poblados, y subsistían con el cultivo del maíz, la yuca, pimentones y otros vegetales; cultivaban algodón como material para la ropa, y eran probablemente el pueblo más avanzado técnicamente en la Colombia de la preconquista. Empleaban irrigación en su agricultura, eran expertos en cerámica y en aurifería, y aunque casi todo lo construían de madera usaban piedra para los edificios públicos y para los elaborados caminos que unían sus establecimientos.13 Al oeste de la región tairona los españoles encontraron

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otros grupos sobre los que también supieron imponerse. La más notable de estas sociedades costeñas era el pueblo Sinú, que ocupaba la parte media del río Sinú y sus llanuras vecinas. Como los Taironas, vivían en comunidades estratificadas con sistemas de mando permanentes, usaban irrigación en su agricultura y crearon magníficos artefactos con el oro obtenido en el comercio con las

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tribus del interior.14 Entre los taironas y los sinúes había otras agrupaciones

nativas más pequeñas, con su propio lenguaje distintivo y formas de organización social. Eran también agricultores sedentarios que vivían del maíz y de la yuca, los dos grandes productos tropicales, complementados con pesca y caza abundantes halladas en el área costeña. El litoral caribe estaba entonces relativamente bien poblado antes de la conquista y su arco de establecimientos, alargándose por la costa y hacia el interior por los grandes ríos, primero había de ser una barrera y después como un trampolín para la invasión española.15

El interior montañoso de los Andes era el principal objetivo de esa invasión. Allí los españoles encontraron culturas indígenas florecientes, particularmente en las cuencas altas de la Cordillera Oriental. Durante la evolución del cultivo del maíz en el pasado distante, las cuencas intermontañosas, los estrechos valles y las mesetas altas y frescas habían atraído migración de los establecimientos ribereños en las tierras bajas de la costa. Como el maíz requiere un patrón particular de distribución estacional de la temperatura y de la lluvia para su cultivo más productivo, los campesinos nativos se habían desplazado al interior, moviéndose a lo largo de los valles de los ríos Magdalena y Cauca y hacia las faldas montañosas en busca de la combinación óptima de factores físicos y meteorológicos. El terreno y el clima benignos de las cuencas altas suministraban precisamente esa combinación, y los indios que se asentaron en esta área desarrollaron concentraciones relativamente densas de población, basados en una agricultura intensiva y variada. En la región formada por la alta desembocadura de los ríos Bogotá y Sogamoso, situada entre 2.500 y 3.000 metros, estaba emergiendo una vibrante civilización nativa en el momento de las invasiones europeas. Grupos tribales se habían juntado dentro de la laxa federación de los "reinos"

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chibchas, soportando una jerarquía de caciques, guerreros y sacerdotes y conduciendo un activo e intensivo intercambio de productos agrícolas, textiles, sal y oro, tanto entre ellos mismos como con grupos indios en otras regiones del país.16

Gobernación de Santa Marta (Bogotá, 1951).

14 B. LeRoy Gordon, Human Geography and Ecology in the Sinú Country of Colombia (Berkeley, California, 1957).

15 Para una relación sumaria de los pueblos de la costa, ver Melo, Historia, pp. 44-48.

16 Relaciones detalladas de la sociedad y economía chibchas se encuentran en

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Hacia el oeste y el sudoeste, en el valle del Cauca y la Cordillera Central, había muchas otras agrupaciones indias cuyos orígenes, culturas y relaciones están todavía lejos de ser entendidos. Ninguno de estos grupos era comparable a los chibchas en complejidad social y política, pero agrupados formaban un elemento muy significativo de la población de la preconquista en territorio colombiano. La mayoría de estos grupos indios vivía en comunidades agrícolas basadas en el cultivo del maíz complementado con la caza y la pesca, con producciones artesanales especializadas de textiles de algodón, un comercio activo y una notable pericia en el trabajo del oro y de otros metales, especialmente entre el pueblo quimbaya. Las instituciones políticas y sociales variaban considerablemente, pero muchas eran comunidades grandes, relativamente complejas, con miles de habitantes organizados bajo gobiernos hereditarios y sistemas de tributación. No hay certeza sobre el origen de estos grupos. Algunos historiadores creen que estos pueblos eran de origen caribe, debido a la práctica, aparentemente diseminada, del canibalismo ritual, tal como la describen los españoles. Otros, con la evidencia de patrones lingüísticos, sostienen que eran descendientes de los pueblos chibchas que se habían fundido con grupos de otros orígenes. Sea como fuere, al enfrentarse a los españoles estas culturas diversas, a veces competitivas, habrían de montar una fiera y prolongada resistencia en contra de los invasores.17

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En el valle del Magdalena y las faldas circundantes los españoles encontraron otras numerosas sociedades indias, la mayoría probablemente descendiente de caribes que habían migrado a lo largo del gran río y de sus afluentes. Esos pueblos —los sondaguas, los carares, los muzos, los colimas y los pijaos— eran agricultores sedentarios. Subsistían de la explotación del maíz y la yuca, vivían en comunidades tribales organizadas en familias extendidas sin ningún grado alto de especialización o jerarquía, y a veces ocupaban territorios que estaban apenas sumariamente demarcados de los de sus vecinos. Hacia el sur, en los altos del Magdalena, este patrón variaba. Allí los pueblos conocidos como timanás, yalcones y páez vivían en comunidades más grandes, más estratificadas, basadas en el cultivo del maíz y la papa y con características culturales y lingüísticas que sugieren una antigua afiliación con los chibchas más que con la cultura caribe. Todavía más al sur, en las altiplanicies donde la Colombia moderna limita con el Ecuador, había otros grupos, algunos de origen posiblemente caribe, otros relacionados lejanamente con los chibchas, y todos los cuales representaban

1978), pp. 22-199, y en A.L. Kroeber, "The Chibcha", en Julian H. Steward (ed.), Handbook of South American Indians, 7 vols. (New York, 1963), vol. 2, pp. 887-909.

17 Sobre las culturas indígenas de la región caucana ver Gregorio Hernández de Alba, "The Highland Tribes of Southern Colombia", en Steward, Handdbook of South American Indians, vol. 2, pp. 915-60; ver también su "Sub-Andean Tribes of the Cauca Valley", en ibid., vol. 4, pp. 297-327. Sobre el comercio, minería y orfebrería de los indios del Cauca, ver Herman Trimborn, Señorío y barbarie en el Valle del Cauca (Madrid, 1949), 167-92.

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culturas distintivas. De éstos, los pastos y los quillacingas eran probablemente los más grandes.18 Tenían una agricultura avanzada, basada en el cultivo de maíz y

papas, y algunos habrían de sobrevivir como poblaciones campesinas sustanciales después de la conquista española.

Las sociedades nativas fueron rápida y severamente empobrecidas en el siglo después de la conquista. Es imposible evaluar precisamente la escala y el ritmo de la decadencia porque los cálculos sobre la población india de la época varían enormemente. Algunos historiadores creen que la población nativa de Colombia no pasaba de

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850.000 habitantes cuando los españoles llegaron.19 Otros estiman que ascendía

a los tres millones y posiblemente pasaba de cuatro.20 De hecho, un cálculo

reciente indica una población superior al millón de habitantes en la sola región de la Cordillera Oriental, con otro millón en el valle del Cauca, por lo menos medio millón en la costa del Caribe y con poblaciones entre 300.000 y 400.000 para el alto y medio valle del Magdalena y sus faldas centrales, y para la región sureña del altiplano en torno a Pasto.21 En vista de estos cálculos, la escala de

decadencia demográfica durante el siglo después de la conquista es aterradora. La mayoría de las comunidades indias habrían de experimentar reducciones catastróficas, y algunas sufrieron la completa extinción.

CONTORNOS DE LA ECONOMÍA COLONIAL

La reducción y destrucción de las sociedades indígenas, súbitas y violentas en algunas áreas y más graduales en otras, tenían su paralelo en la emergencia de nuevas formas de organización social y económica diseñadas para atender las necesidades y aspiraciones de los españoles. Emergieron dos patrones básicos. Uno era una economía rural donde la agricultura de arado se combinaba con la cría de ganado para suplir las necesidades básicas de los colonizadores españoles; el otro era una economía minera que extraía oro, esencial para el comercio con Europa. Estas economías se establecieron dentro del mismo patrón general que emplearon los españoles en las

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Américas. Para establecerse en un área, fundaban pueblos desde donde buscaban dominar y explotar a la población nativa local. Estos pueblos no eran 18 . Melo, Historia, pp. 51-4.

19 Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos de historia social colombiana (Bogotá, 1968), p. 91

20 Hermes Tovar Pinzón, "Estado actual de los estudios de demografía histórica en Colombia", ACHSC, vol. 5 (1970), pp. 63-103. Para un reciente comentario sobre este debate, y un énfasis en el efecto particularmente destructivo del acarreo de la carga por parte de los indios, ver Thomas Gomez, L'envers de L'Eldorado. Economie Colonial et Travail Indigène dans la Colombie du XVIème Siècle (Toulouse, 1984), pp. 309-24.

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centros comerciales naturales, hacia donde los productos de los hinterlands rurales fluían a cambio de manufacturas; eran, más bien, bases de poder desde donde obligaban a los indios a suministrar bienes y trabajo para mantener las comunidades de colonizadores.22

Los españoles se sentían atraídos ante todo a áreas con población nativa sustancial, pues éstas tenían trabajo indio que podía ser movilizado para atender las necesidades de los colonizadores por medio de la encomienda y de la mita urbana.23 Por eso la región chibcha, con su densa población, sus tierras bien

cultivadas y su fuerza laboral disciplinada, se volvió pronto el área medular para la ocupación española del interior, centrada en Bogotá y Tunja.24 En el sur, los

españoles se asentaron en el valle del alto Cauca, con fortines en Popayán y Cali; al occidente entraron a la Cordillera Central y fundaron la provincia de Antioquia. Las comunidades indias en esas regiones rara vez eran comparables con los chibchas en su complejidad social y económica; sin embargo, tenían poblaciones relativamente grandes, sistemas agrícolas bien organizados y, más importante, tradiciones de minería de oro y de orfebrería, todo lo cual estaban ansiosos de explotar los españoles, Así, las comunidades

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indígenas más grandes no tardaron en ser sometidas para satisfacer las dos necesidades primarias de los españoles: establecer una colonización permanente basada en el control de las sociedades agrícolas nativas, y explotar los depósitos de metales preciosos.

El desarrollo de la minería desempeñó un papel de particular importancia en conformar la economía colonial. La búsqueda de oro en la región había comenzado a principios del siglo XVI, cuando los españoles llevaron a tierra firme la sed de oro que había dominado sus actividades en las islas del Caribe. Así, después de establecerse en Santa María la Antigua, en el Darién, se lanzaron a buscar oro en los ríos y arroyos locales. En 1512 una expedición al mando de Balboa hizo una primera incursión en las regiones productoras del interior de Colombia, partiendo desde el golfo de Urabá en busca de las tierras de Dabeiba, un gran cacique que se decía rico en oro. Sin embargo, no pudieron encontrar las 22 Para más comentarios sobre el papel de los primeros pueblos españoles en América, ver Richard Morse, ""Some Characteristics of Latin American Urban History", American Historical Review, vol. 67 (1962), pp. 317-38.

23 Sobre el desarrollo de sociedades de asentamientos coloniales sobre la base de estas instituciones en dos partes importantes de Nueva Granada, ver Germán Colmenares, Encomienda y población en la Provincia de Pamplona, 1549-1650, (Bogotá, 1969), y La Provincia de Tunja en el Nuevo Reino de Granada. Ensayo de historia social, 1519-1800 (2a. ed. Tunja, 1984).

24 Un relato sobre la explotación española de indios en las regiones de Santa Fe de Bogotá y Tunja, y de los esfuerzos reales para controlarla, se encuentra en Esperanza Gálvez Piñal, La visita de Monzón y Prieto de Orellana al Nuevo Reino de Granada (Sevilla, 1974). Sobre los métodos punitivos para extraer oro de los indios, ver pp. 7-30, 105-8.

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fuentes y durante otra generación se concentraron en saquear los depósitos de ornamentos hallados entre los pueblos nativos a lo largo de las playas de Tierra Firme.25

En esos primeros años, la búsqueda del oro se relacionaba más con el pillaje que con la minería. En la década de 1530 Pedro de Heredia y sus compatriotas exploraron y atacaron la región del Sinú, entre Cartagena y Darién, depredando las tumbas indígenas en busca de adornos póstumos. Después del robo de tumbas en el litoral caribe se vieron atraídos hacia el interior en busca de botín, y en particular hacia la Cordillera Central.26 Desde 1536 varias expediciones,

embriagadas por las mismas historias sobre Dabeiba que habían seducido a Balboa mucho años atrás, echaron camino hacia Urabá, donde los hombres de la costa habrían de hallar competidores del sur. Cuando Juan de Vadillo llegó al alto Cauca en 1538, encontró una expedición enviada por Sebastián de Belalcázar desde Quito y que, bajo el mando de Jorge Robledo, había descubierto ya oros aluviales

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en el alto Cauca y estaba ampliando su búsqueda a la región vecina. Entretanto, Jiménez de Quesada estaba entrando en las cuencas altas de la Cordillera Oriental, un área que ofrecía la perspectiva de ricas reservas de metales preciosos.27 Fue en esta coyuntura cuando el pillaje empezó a ser suplantado por

la minería, llevando al desarrollo de una industria extractora que fue crucial para la formación de la economía colonial de la Nueva Granada. El saqueo de las cabalgadas, las incursiones típicas de los primeros años en la costa, estaba ahora dándole vía gradualmente a una explotación más sistemática de los recursos minerales en el interior, propiciando el comienzo del primer gran ciclo de la minería neogranadina.

La conquista de los chibchas produjo un impresionante botín en oro, pero a largo plazo el Reino de la Nueva Granada fundado por Quesada resultó ser más rico en tierra y en gente que en minas de oro o plata. Aunque había algunos yacimientos de oro y ricas reservas de esmeraldas en las minas de Somondoco y Muzo, las sabanas de la Cordillera Oriental tenían relativamente pocas fuentes de oro. Los únicos depósitos sustanciales se encontraron a centenares de kilómetros al norte de Bogotá donde, aproximadamente desde 1552, los mineros pusieron en marcha operaciones en las regiones de Vélez y Pamplona. Los primeros vecinos de Bogotá y Tunja también penetraron más al interior, al occidente del río Magdalena. Hacia mediados del siglo fundaron los pueblos de Ibagué, Mariquita, Victoria y Remedios, cada uno de los cuales se convirtió en un foco para la minería del oro 25 Sauer, Early Spanish Main, pp.220-9.

26 Melo, Historia, p. 113-21.

27 Robert C. West, Colonial Placer Mining in Colombia (Baton Rouge, Louisiana, 1953), pp. 5-8.

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entre los afluentes occidentales del Magdalena. Estas zonas mineras, junto con las de Pamplona, formaron el eje de la primera economía colonial al suministrarles oro a los pueblos de la Nueva Granada durante el siglo XVI. Pero los depósitos más ricos estaban mucho más allá, en el sur y en el occidente de Colombia. Allí, a lo largo del río Cauca, importantes distritos mineros se desarrollaron en Cáceres y Santa Fe de Antioquia en el norte, alrededor

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de Arma, Anserma y Cartago en el sur, y en la cabecera del Cauca, cerca de Popayán. A esos campos mineros se añadieron otros durante la segunda mitad del siglo XVI, cuando los españoles del alto valle del Cauca se abrieron camino hacia las tierras bajas del Pacífico, donde encontraron los ríos ricos en oro del bajo Chocó. Fue principalmente en estos distritos donde en el siglo XVI se consolidó la bonanza del oro en la Nueva Granada.28

La carrera del oro fue un fenómeno de la segunda mitad del siglo, cuando la minería de venas y aluviones empezó a tomar ímpetu en varias regiones del país.29 Hasta la mitad del siglo, mucho del oro de la Nueva Granada procedía de

escondites indios tornados principalmente de las tumbas sinúes y de los chibchas. Entonces, alrededor de 1560, distritos mineros en Pamplona y en las vertientes occidentales del Magdalena se convirtieron en la fuente primaria de oro, extraído en su mayoría por españoles de Bogotá. La producción de oro en el sur y en el oeste también proseguía durante esos años, pero era menos estable y menos valiosa, en parte debido a la escasez de trabajo indio. A partir aproximadamente de 1580 esa escasez empezó también a afectar a los distritos controlados desde Bogotá, mientras la fuerza laboral india descendía dramáticamente. Sin embargo, la producción de oro se recuperó de esta crisis temporal mientras nuevas minas entraban en operación después de 1580. Estas estaban principalmente en Cáceres y Zaragoza, donde los depósitos eran tan ricos que los mineros podían comprar esclavos negros para trabajarlos. La producción ascendió a niveles sin precedentes, llegando a su ápice en el decenio final del siglo XVI. La bonanza terminó hacia 1620. La producción de oro de la Nueva Granada comenzó entonces a descender o a estabilizarse, y no se recuperó hasta cuando se abrieron nuevos depósitos a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII. Para

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ese tiempo, sin embargo, se habían trazado los circuitos principales del comercio interno y externo del territorio. La Nueva Granada se había convertido en una región distintiva del imperio, por fuera de la órbita hacia el sur del gran espacio peruano basado en la plata, y con sus propias conexiones comerciales con 28 Esta relación sobre la primera minería está tomada de dos fuentes: Germán

Colmenares, Historia económica y social de Colombia, 1537-1719 (Bogotá, 1973), vol. I, pp. 188-95, y West, Colonial Placer Mining, pp. 9-34.

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España.30

Más allá de las movedizas fronteras de la economía minera se desarrollaba otro tipo de sociedad colonial, con el empleo del trabajo indio para la agricultura. Durante los años de la bonanza minera, los encomenderos de la Nueva Granada y Popayán explotaban el comercio con productos indios para obtener oro de las zonas mineras.31 Los colonizadores españoles crearon también grandes

propiedades en las áreas centrales de la conquista, en el Caribe alrededor de Cartagena, en el Reino de la Nueva Granada alrededor de Bogotá y Tunja, en la vecindad de Santa Fe de Antioquia y en el alto valle del Cauca en torno a Popayán y más allá, hacia Pasto. Estas propiedades eran usadas por sus dueños para cultivar productos europeos y para criar ganado para la venta en los mercados de la ciudad y en las áreas mineras.32 Antes de terminar el siglo XVI, propiedades de

este tipo estaban reemplazando a la encomienda como fuente principal de riqueza, a medida que aquella se debilitaba por el descenso en el número de indios.33 Sin embargo, a comienzos del siglo XVII la prosperidad de la agricultura

disminuyó cuando la decadencia de la minería impidió el crecimiento de los mercados domésticos.

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A medida que los blancos y los mestizos pobres encontraban cada vez más difícil vivir en la desfalleciente economía de los encomenderos y los mineros, desertaban hacia áreas rurales donde fundaban establecimientos agrícolas que más tarde habrían de convertirse en parroquias españolas. Tal, por ejemplo, fue el origen de ciertas áreas en las regiones de San Gil y Socorro, al norte de Tunja, y en las de Medellín, en Antioquia, que habrían de volverse mucho más importantes en el siglo XVIII.

Las tendencias a la ruralización y a una mayor autosuficiencia doméstica en la Nueva Granada durante el siglo XVII sugieren que la región se volvió más pobre a medida que se reducía la minería de oro, pero no significan necesariamente que la colonia hubiera visto una retirada generalizada a la decadencia económica. Las jeremiadas de los funcionarios reales pueden exagerar la escala de la depresión en la Nueva Granada, ya que primordialmente estaban preocupados por explicar el descenso en los ingresos y por consiguiente les inquietaba el desempeño de los impuestos en la producción de oro. Disminuida como incontestablemente lo 30 El concepto de un espacio peruano es desarrollado por Carlos Sempat Assadourian, "Integración y desintegración regional en el espacio colonial. Un enfoque histórico", en su colección de ensayos, El sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico (Lima, 1982), pp. 109-34.

31 Gómez, L'envers de L'Eldorado. pp. 81-9, 279-87.

32 Para una discusión general sobre la formación de grandes propiedades en la Nueva Granada, ver Juan Friede, "Proceso de formación de la propiedad territorial en la América intertropical", Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Latinoamerikas, vol. 2 (1965), pp. 75-87.

33 Para una discusión completa de la decadencia de la encomienda, ver Julián B. Ruiz, Encomienda y Mita en la Nueva Granada en el siglo XVIII (Sevilla, 1975), pp. 125-218.

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estaba, la producción de oro continuaba animando el intercambio regional de alimentos y manufacturas básicas. En efecto, el comercio regional se estimuló después de 1620 con el establecimiento de una casa de moneda en Santa Fe de Bogotá, y con la introducción de una moneda de plata que facilitaba el comercio interno al impulsar la circulación del dinero y limitar los efectos deflacionarios de las exportaciones de oro.34

La información sobre el comercio dentro de la Nueva Granada es escasa, pero la competencia por el recaudo de ingresos en los puertos fluviales sugiere que el comercio interno en productos domésticos era razonablemente boyante.35

Comerciantes y terratenientes en los distritos de Santa Fe y Tunja, Neiva y Popayán continuaban lucrándose

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con la venta de trigo, ganado y productos del azúcar en las regiones mineras de Antioquia, Popayán y el valle del alto Magdalena, donde el flujo de oro con que se pagaban consolidaba los fundamentos de una agricultura comercial establecida a fines del siglo XVI.36 Había también signos de que la colonia estaba desarrollando

un sector manufacturero rudimentario. En el decenio final del siglo XVI, el presidente de la audiencia de Santa Fe llamó a los corregidores bajo su jurisdicción para que organizaran el trabajo indio en talleres para producir telas de lana, faldas de lana rústica, cobijas y sombreros.37 En 1610 había seis obrajes de

éstos en la ciudad de Tunja, y durante el siglo XVII la ciudad se convirtió en el núcleo de un comercio floreciente, conducido con otras regiones de la Nueva Granada y con la vecina Venezuela.38 El crecimiento del comercio interregional se

reforzó aún más durante finales del siglo XVII con el desarrollo de comunidades agrarias en las regiones de San Gil y Socorro, las que producían textiles de algodón crudo tanto para su propio uso como para mercados en otras áreas de la Nueva Granada. Así, durante el siglo XVII la Nueva Granada pasó por una larga 34 Sobre el establecimiento de la casa de moneda y la introducción de moneda de plata, ver Juan Friede, Documentos sobre la fundación de la Casa de Moneda en Santa Fe de Bogotá (Bogotá, 1963).

35 Sobre estos ingresos, ver Colmenares, Historia económica, vol. I, pp. 277-9.

36 Ibid., p. 286.

37 Ibid., p. 135.

38 Un informe hecho en 1761 recordaba que Tunja había sido "en el siglo pasado y en parte del presente siglo el depósito de mercancías, no sólo por la abundancia de productos y bienes de toda clase sino también debido al vigor y a la constancia de su comercio; los mercaderes y hacendados de Maracaibo y Mérida comerciaban

anualmente con la provincia de Tunja para abastecerse de mulas, cobijas, sombreros, lienzos, camisas y otros llamados bienes domésticos, algunos para sus haciendas y otros para aprovechar su intercambio por cacao en las ciudades de La Grita, Cúcuta, Salazar de las Palmas y San Faustino, efectuando este comercio en pesos fuertes, de los cuales había gran cantidad..." AHNC, Aduanas (Cartas), tomo 8, folio 428. Para mayor información sobre la economía de Tunja en el siglo XVII, ver Luis Torres de Mendoza, Colección de documentos inéditos, 42 vols. (Madrid 1864-84), vol. 9, p. 418; también Vicente Cortés Alonso, "Tunja y sus vecinos", Revista de Indias, vol. 25 (1965), pp. 196-202.

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