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El reflejo del gigante en el agua - una historia ambiental del río Bogotá, 1950-2003

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1 El reflejo del gigante en el agua:

Una historia ambiental del río Bogotá, 1950-2003

Autor: Martín Vélez Pardo

Asesora: Claudia Leal Programa: Historia Universidad de los Andes

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2 Agradecimientos

Mi mayor agradecimiento es para Claudia Leal, un referente intelectual y una asesora excelente. No solo le debo muchos de los aciertos que puedan haberse materializado aquí, sino también varias lecciones que van más allá de la escritura de esta monografía. Además agradezco de manera especial a los profesores Luis Alejandro Camacho y Manuel Salvador Rodríguez, del departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de los Andes, y a la profesora Muriel Laurent, del departamento de Historia, por sus valiosas contribuciones y su tiempo.

Finalmente, agradezco con cariño a mis padres, a quienes estará siempre dedicado todo lo medianamente valioso que salga de mí.

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Contenidos

Prólogo

P. 5

Capítulo 1

El salto y el declive: de los “lugares deliciosos” al río moribundo, 1800-2010 P. 11

Capítulo 2

El agua envenenada y el gigante de vista corta: la contaminación como problema sanitario, 1950-1970 P. 20

Capítulo 3

Las nuevas prioridades y el letargo del gigante: la contaminación como problema ambiental, 1970-1985. P. 34

Capítulo 4

Las manos al agua y la incipiente materialización de los proyectos: 1985-2003 P. 54

Epílogo

P. 68

Referencias

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El ingreso al lugar de embarque en las inmediaciones de la intersección del río Bogotá con la calle 80 es acompañado por la policía ambiental, que facilita el acceso a una hacienda que no ve con buenos ojos la llegada de los navegantes, quizá temerosos porque se difundan las imágenes de los pastos regados con aguas putrefactas del río, alimentando un hato lechero de los que surten las industrias lácteas sabaneras que procesan la leche ofrecida por en tiendas y supermercados de la ciudad.

[...] Justo frente a la pista del aeropuerto de El Dorado, un tapón de buchón de agua, una planta acuática que prolifera en el río Bogotá, nutriéndose de los contaminantes de las aguas, impide el paso de las embarcaciones.[...] La pestilencia del río que a estas alturas ha recibido las descargas de los tributarios río Frío y río Juan Amarillo [o Salitre], va en aumento.

[A la altura de Fontibón] duele ver los niños de comunidades marginales […] jugar en las orillas del río mal oliente en compañía de cerdos que se alimentan de basuras arrojadas en la ronda y al mismo cauce.

Aguas abajo, a la altura de Patio Bonito, otra comunidad marginada, y después de recibir la descarga de residuales domésticos y de algunas industrias que hacen sus vertimientos al río Fucha, la escena se repite, niños y animales se hacinan en cambuches de latas y maderas, envenenándose lentamente con los vapores tóxicos que emite el río, agravado allí por los vertimientos de un gran colector de aguas negras de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado.

[En la desembocadura del río Tunjuelo en el río Bogotá] el agua se torna cada vez más densa y una gran mancha tornasolada permite presumir un gran contenido de aceites en el agua, quizá procedentes de estaciones de servicios o de otras industrias procesadoras de grasas que hacen sus vertimientos sin tratar al río. Navegando literalmente por un río de excrementos y condones, los vapores que emanan del río son por demás insoportables y deben estar cargados de sustancias altamente peligrosas para la salud humana.

La exuberancia de los pastos y hortalizas que crecen en estas riberas se debe […] al alto contenido de nutrientes en las aguas, [pero] el riesgo para la salud está en los tóxicos que igualmente están presentes en [ellas]. [E]l Salto de Tequendama, a escasos kilómetros del desembarque de esta segunda jornada de navegación, otrora considerado como una maravilla […], ha sido reducido a un pequeño y maloliente chorro, por la acción de bombeo de las aguas del río Bogotá al embalse del Muña para producir el suficiente caudal que demanda la generación de los 1200 megavatios de las centrales hidroeléctricas emplazadas en la cuenca baja del río [...]. La acción de bombeo de las aguas putrefactas acabó con la belleza natural del embalse del Muña, que hasta hace 30 años servía de club náutico y lugar de torneos depesca y regatas. Los 30.000 habitantes del vecino municipio de Sibaté se ven amenazados continuamente por nubes de zancudos e invasiones de ratas que llegan desde el embalse convertido en una enorme lagua de oxidación de 800 hectáreas.1

1 Estos fragmentos provienen de la bitácora del recorrido realizado por miembros de la fundación Al Verde Vivo por la

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Prólogo

A comienzos del siglo XIX escribía Francisco José de Caldas:

Las márgenes del [río] Bogotá, desde que entra en la garganta del Tequendama, están hermoseadas con arbustos y también con árboles corpulentos. Las vistosas beffarias resinosas y urcus, las melastomas, la cuphea, esmaltan estos lugares deliciosos, que ponen a la sombra el roble, las aralias y otros muchos árboles.2

Dos siglos y una historia compleja salvan el abismo que separa los “lugares deliciosos” de Caldas del río que hoy llega convertido en cadáver a las compuertas de la represa del Muña en Alicachín, antes del salto del Tequendama. Se trata de la historia de un gigante que creció junto al agua, llegando por ductos de desagüe a quebradas y riachuelos, tendiendo durante décadas sus redes de desechos sobre los ríos menores de la Sabana, brazos del mítico Funza de los muiscas, que hoy llamamos río Bogotá, hasta convertir la gran arteria en una enorme corriente de vertimientos. Como producto de este acercamiento, al gigante se le hizo inevitable ver en el agua del río el reflejo de su crecimiento desordenado, de su negligencia y de sus visiones contradictorias sobre la naturaleza, pero también de su desarrollo, de sus transformaciones y de sus necesidades físicas.

Así puede esbozarse el acercamiento entre un río milenario y el entorno urbano y rural, el gigante de esta historia, que circunscribe su cuenca hidrográfica, y que en los últimos cien años ha sumado cerca de nueve millones de personas, una quinta parte de la población colombiana. Es la historia del río Bogotá, y también la de quienes hemos vivido en su cuenca, comprendida entre su nacimiento en el páramo de Guacheneque, en el municipio de Villapinzón, y su desembocadura en el río Magdalena a la altura de Girardot, 380 kilómetros después. Estas páginas exploran la manera como se ha escrito, se ha pensado y se ha legislado sobre el río entre 1950 y los primeros años del siglo XXI, y hacen énfasis en el problema de su contaminación, concentrándose especialmente en las cuencas alta y media; es decir, entre su nacimiento y el Salto del Tequendama, donde el río deja la Sabana de Bogotá.

2 Eduardo Posada (compilador), Obras de Caldas, Biblioteca de Historia Nacional. Vol. IX, Imprenta Nacional. Bogotá, 1912. pág.

508, citado en EAAB (Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá), El agua en la historia de Bogotá, Bogotá: Villegas Editores, 2003. Tomo III, p. 119.

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La relación entre el río Bogotá y los habitantes de su cuenca hidrográfica en el último siglo ha sido estrecha y ambivalente. Por un lado, hemos sacado provecho de él para obtener agua potable, servicios de alcantarillado, recreación, irrigación de cultivos y electricidad. Por otro, se ha contaminado hasta convertir varios de sus tramos en agua desprovista de oxígeno, con altas concentraciones de bacterias y residuos tóxicos, e incapaz de sostener la que antes fue su fauna nativa. La forma como ha sido percibido este problema aporta un panorama interesante de los cambios en las ideas sobre el medio ambiente, así como una perspectiva particular del desarrollo de Bogotá y la Sabana en la segunda mitad del siglo XX.

La preocupación por el estado del río comienza desde la década de 1950, aunque es bastante tímida hasta los años setenta. En ese período se habla de la contaminación como una amenaza a la salud pública y a la economía agrícola que toma sus aguas para riego y para el consumo de animales productivos. Luego, la conciencia del problema se expande y se complejiza cuando, en los años setenta, se consolida una nueva concepción del medio ambiente, cristalizada en los planteamientos de la Cumbre de la Tierra de Estocolmo de 1972. Esta visión tendrá repercusiones en la legislación colombiana, y en el caso del río Bogotá en particular, ya que, si bien el discurso del río como problema sanitario no desaparece, a partir de entonces comienza a hablarse también de los efectos ecológicos de su contaminación. La nueva forma de tratar el caso se enmarca en una discusión más general sobre la relación de los seres humanos con la naturaleza; sobre la responsabilidad de estos por mantener un equilibrio ecológico, que va más allá de la solución de un problema de aguas negras. A esta interpretación me referiré como la concepción ambiental del problema.

A pesar del crecimiento de estas preocupaciones, no es sino hasta los años noventa que comienzan a materializarse los primeros esfuerzos para descontaminar el río Bogotá. Es entonces cuando, a la par con la creación del Ministerio del Medio Ambiente, se construyen plantas de tratamiento de aguas residuales en distintos municipios de la cuenca del río, y comienza a construirse la planta del Salitre, en Bogotá. Sin embargo, el efecto de estas plantas de tratamiento sobre el estado del río ha sido mínimo, y su descontaminación sigue siendo hoy, en 2015, un problema sin perspectivas cercanas de solución, lo que muestra que la aceptación e incluso el predominio de una concepción ambiental de la contaminación del río no han garantizado acciones inmediatas ni efectivas -a mediano o largo plazo- para su saneamiento.

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Incluso los primeros abanderados del movimiento ambiental global, Estados Unidos y Europa, han enfrentado situaciones similares a la del río Bogotá. Por ejemplo en Alemania, pionero en estudios de ecología riparia a nivel mundial, apenas en la década de 1980 se comenzaron a implementar estrategias efectivas para la descontaminación del Rin, uno de los ríos más importantes y para entonces más contaminados de Europa. Asimismo, el caso de ríos como el Columbia o el Colorado, en el oeste de los Estados Unidos, ilustra la forma como ríos que por muchos años fueron exaltados como proveedores de agua y electricidad se convirtieron en foco de preocupaciones debido a su nivel de contaminación, especialmente a partir de los años setenta. Pero la similitud entre estos casos y el del río Bogotá no se agota en la tardanza para la descontaminación: tanto científicos y organizaciones ambientales como periodistas fueron los encargados de mantener una discusión viva sobre el problema de la contaminación, comenzando en los años cincuenta y los setenta, según el caso.3

No obstante, muchos de los encuentros entre ríos y ciudades de los países más desarrollados son hoy historias de éxito. No solamente muchos ríos se encuentran hoy recuperados, sino que hacen parte fundamental de la vida de las comunidades urbanas y rurales que los rodean, sin que medien el asco o el miedo a la enfermedad. Esto todavía está lejos de ser cierto para el río Bogotá, y por eso, aunque uno de mis objetivos es mostrar que la relación entre el río y los habitantes de su cuenca no se reduce solo al asco, este trabajo se centra en el problema de su contaminación y, sobre todo, en la forma como el gigante lo ha concebido y tratado en un período de medio siglo.

Hoy se reconoce que tanto los ríos como las comunidades asentadas en sus márgenes son dinámicos, cambiantes, y no se reduce el problema de la contaminación a juicios y condenas morales, ni su recuento histórico se limita a una denuncia. Esta visión compleja de la relación entre los seres humanos y los ríos es característica de la historia ambiental contemporánea, en la que se inscribe este trabajo.

Nacida hace cuatro décadas en Estados Unidos, la historia ambiental ha ganado un gran impulso en los últimos veinte años, extendiéndose gradualmente al resto del mundo. El historiador estadounidense John McNeill la define como la historia de la relación entre

3 Sobre el caso del Rin, ver: Thomas Lekan, “Saving the Rhine. Water, Ecology, and Heimat in post-World War II Germany,

en Christof Mauch y Thomas Zeller (eds.). Rivers in History. University of Pittsburgh, 2008. pp. 110-136. Sobre los casos del Columbia y el Colorado, ver la introducción del mismo libro, de Christof Mauch y Thomas Zeller.

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sociedades humanas y el resto de la naturaleza del que ellas han dependido. Es decir, hacer historia ambiental es escribir historia “como si la naturaleza existiera”, reconociendo que el mundo natural no es solamente el telón de fondo de los acontecimientos humanos, sino que evoluciona por sí misma así como por las acciones humanas.4 Una de las particularidades de la historia ambiental, según el compatriota de McNeill y también historiador Paul Sutter, es su carácter eminentemente híbrido: al reconocerse al medio natural como parte integral de la vida social, esta conecta preocupaciones sobre la historia del medio ambiente con preguntas de historia social, de historia económica, de historia cultural, de geografía y conformación del territorio, de historia urbana, de historia del derecho, e incluso de historia intelectual. Esto se debe, según Sutter, a que el medio natural es parte integral de las acciones de los seres humanos.5

En Colombia, la historia ambiental ha ido constituyendo gradualmente su nicho en los últimos quince años. Entre las primeras contribuciones al tema en el país se destacan la colección de ensayos El campo de la historia ambiental. Perspectivas para su desarrollo en Colombia, de Alberto Flórez Malagón, y la primera compilación de ensayos titulada Naturaleza en disputa. Ensayos de historia ambiental de Colombia, 1850-1995, editada y presentada por Germán Palacio, en el año 2001.6 Cuatro años después, en 2005, se publicó el primer libro sobre historia ambiental de Bogotá: Historia ambiental de Bogotá, siglo XX, de Jair Preciado, Robert Leal y Cecilia Almanza, de la Universidad Distrital. En este se exponen de manera muy general los principales problemas ambientales que ha afrontado la ciudad en el último siglo, incluyendo las inundaciones y la contaminación del río Bogotá. El libro trata la contaminación sobre todo vinculada al proceso de crecimiento urbano de la capital, pero dedica poco al tema de los proyectos de descontaminación.7

Desde esas primeras obras, la historia ambiental colombiana ha ido creciendo y se ha aproximado con varios trabajos a la historia de los ríos de la Sabana, y al río Bogotá en particular. El recurso bibliográfico más importante que se ha escrito hasta ahora sobre la historia de este

4 John Robert McNeill. “The State of the Field of Environmental History”, Annual Review of Environment and Resources. Vol. 35

(2010). 345- 374.

5 Paul Sutter. “The World with Us: The State of American Environmental History”, The Journal of American History. Vol. 100

(2013). Pp. 95-96.

6 Alberto Guillermo Flórez Malagón. Ambiente y desarrollo –Ensayos III-. El campo de la historia ambiental. Perspectivas para su desarrollo

en Colombia. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Instituto de Estudios Ambientales para el Desarrollo, 2000. Germán Palacio (ed.). Naturaleza en disputa, ensayos de historia ambiental de Colombia, 1850-1995. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2001.

7 Jair Preciado Beltrán, Robert Orlando Leal Pulido y Cecilia Almanza Castañeda. Historia ambiental de Bogotá, siglo XX: elementos

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último es un artículo de Camilo Guío y Germán Palacio, publicado en Historia Ambiental de Bogotá y la Sabana, con el título de “Bogotá: el tortuoso y catastrófico (des)encuentro entre el río y la ciudad”, del año 2008.8 En él, Guío y Palacio relatan de manera general el acercamiento entre el río y la ciudad de Bogotá entre principios del siglo XIX y comienzos del silgo XXI. Los autores introducen de forma breve algunos de los principales proyectos de descontaminación del río, una labor que retomé y traté de ampliar en este trabajo.

Por su parte, Stefania Gallini Laura Felacio, Angélica Agredo y Stephanie Garcés realizaron una exhibición virtual publicada por el portal Environment and Society en 2014, con el título de “The City’s Currents: A History of Water in 20th-Century Bogotá”, en la que dedican sendos apartes a la contaminación hídrica, al uso y aprovisionamiento de agua, y a la higiene, entre otros. La exhibición cuenta con muy buenos recursos visuales y un buen soporte de fuentes, pero centra su atención sobre todo en la primera mitad del siglo XX, tratando de manera un poco más general los últimos cincuenta años, en los que se concentran estas páginas.9

También sobre la relación entre los habitantes de la ciudad y sus aguas cabe destacar los trabajos de Julián Alejandro Osorio y de Fabio Vladimir Sánchez, quienes muestran, en trabajos diferentes, la forma como el río Tunjuelo es clave para entender dinámicas sociales y ambientales del sur de Bogotá. Además, como muestra el libro de Osorio, para entender las causas de la contaminación en la cuenca media, así como el efecto de las medidas de descontaminación del río Bogotá, se hace necesario tener en cuenta la situación de sus principales afluentes, en especial los ríos urbanos como el Fucha, el Salitre y el Tunjuelo.10

Por otro lado, el tema de los ríos de la Sabana también pone en conjunción las preocupaciones de la historia urbana con las de la historia ambiental. Así, un libro insignia de la historia urbana de Bogotá, Historia de Bogotá. Siglo XX, de Fabio Zambrano, también hace alusión a los usos que se le han dado al río Bogotá, y discute sus problemas de contaminación y el deterioro ambiental de los ecosistemas de la Sabana. Por su parte, la tesis de Rocío del Pilar

8Camilo Guío y Germán Palacio Castañeda, “Bogotá: el tortuoso y catastrófico (des)encuentro entre el río y la ciudad”, en

Germán Palacio Castañeda (ed.), Historia ambiental de Bogotá y la Sabana, 1850-2005, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

9 Stefania Gallini, Laura Felacio, Angélica Agredo, Stephanie Garcés. The City’s Currents: A History of Water in 20th-Century

Bogotá”, en Environment and Society. Disponible en: http://www.environmentandsociety.org/exhibitions/water-bogota/waste-and-water-pollution

10 Fabio Vladimir Sánchez Calderón, “Segregación socio-espacial y cambio ambiental en Bogotá. Siglo XX: el caso del río

Tunjuelo”. Bogotá: Actas del XII Coloquio Internacional de Geocrítica, 2012. Consultado en

http://www.ub.edu/geocrit/coloquio2012/actas/07-F-Sanchez.pdf. Julián Alejandro Osorio Osorio. El río Tunjuelo en la historia de Bogotá, 1900-1990. Bogotá: Alcaldía Mayor de Bogotá, D.C., 2007.

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Garzón sobre la historia de los diálogos alrededor de la construcción del alcantarillado de Bogotá entre finales del siglo XIX y principios del XX, o el artículo de Laura Cristina Felacio sobre la Empresa Municipal del Acueducto entre 1911 y 1924, ponen en conjunción preocupaciones por la historia urbana con problemas de carácter ambiental.11

Finalmente, los tres tomos de El agua en la historia de Bogotá, publicado por Villegas Editores y la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá en 2003, son un referente clave, pues reúnen de gran cantidad de información y de documentos sobre el tema del agua en Bogotá, en general, varios de ellos sobre la contaminación del río Bogotá, en particular, sin mayor tratamiento analítico.12 Todas las aproximaciones mencionadas, de una forma u otra, han abierto el terreno a un trabajo como este, y por eso les estoy en deuda.

11 Fabio Zambrano Pantoja. Historia de Bogotá. Siglo XX. Bogotá: Villegas Editores, Alcaldía Mayor de Bogotá, 2007. Rocío del

Pilar Garzón Vargas. Aguas y salubridad: diálogos ingenieriles y médicos en la consolidación del alcantarillado en Bogotá. Finales del siglo XIX y principios del XX. Bogotá:Universidad de los Andes, 2007 (Tesis de Maestría en Historia). Laura Cristina Felacio Jiménez. “La Empresa Municipal del Acueducto de Bogotá: Creación, logros y limitaciones, 1911–1924” (Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 38, no. 1 (2011): pp. 109–40.

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Capítulo 1

El salto y el declive: de los “lugares deliciosos” al río moribundo, 1800-2010

Desde décadas antes de que la contaminación se volviera una preocupación, el río Bogotá comenzó a aprovecharse para tres propósitos: la recreación, la generación de energía eléctrica, y la provisión de agua potable. Para tratar estos puntos conviene entender un poco la geografía del río. La cuenca del río Bogotá se divide en tres: una cuenca alta, definida entre Guacheneque y el puente del Común, en Chía; una cuenca media, entre Chía y la represa del Muña, justo antes del Salto del Tequendama, y una cuenca baja, en el resto del trayecto del río, entre el Tequendama y el río Magdalena a la altura de Girardot. En total, desciende de cerca de 3.300 a menos de 300 metros sobre el nivel del mar, y sus tres cuencas cubren un área de 589.143 hectáreas;

aproximadamente un tercio del área del departamento de Cundinamarca.13

Mapa: Cuenca del río Bogotá en 2013. Elaborado por Juan Sebastián Moreno.

13Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, CAR. Plan de ordenación y manejo de la cuenca hidrográfica del río Bogotá.

Bogotá: CAR, 2006, consultado en

http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/adminverblobawa?tabla=T_NORMA_ARCHIVO&p_NORMFIL_ID=305&f_NO RMFIL_FILE=X&inputfileext=NORMFIL_FILENAMEel 3 de mayo de 2015.

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El río de los peces y los paseos

Aunque esta historia se centra en la relación entre el río y el gigante en la segunda mitad del siglo XX, vale la pena remontarse un poco más en el tiempo, para presentar una de las facetas del río Bogotá: fuente de admiración y lugar de recreación. Uno de los lugares más emblemáticos del río, tanto por su belleza como por su cercanía a la capital, fue el Salto del Tequendama. Los cerca de 150 metros de caída, que marcan el paso de la cuenca media a la cuenca baja del Bogotá, maravillaron a gran cantidad de viajeros nacionales y extranjeros durante varios siglos, y hasta entrado el siglo XX seguía siendo un destino popular para los paseos de los habitantes de la Sabana. A mediados del siglo XIX decía el periodista y escritor Juan Francisco Ortiz sobre el salto: “Como la catarata dista apenas cuatro leguas de la capital, es el paseo favorito de los bogotanos. Ella también ha sido visitada por muchos extranjeros”. Entre los ilustres visitantes del lugar, Ortiz menciona al barón Alexander von Humboldt, en 1801; a Simón Bolívar, en 1826; a Pedro Bonaparte, primo de Napoleón III, en 1832; al barón de Lita, en 1842, y a varios más.14

En 1928 la popularidad de la catarata no parecía haber disminuido: en ese año abrió sus puertas el Hotel del Salto, situado de frente a la garganta del Tequendama. Se trataba de un hotel de lujo, que sirvió para ambientar fiestas de la élite bogotana hasta mediados de los años cincuenta, cuando dejó de funcionar como hotel, en parte debido a los olores cada vez más fuertes que traía el Bogotá.15 A finales de los años treinta eran también importantes los paseos de olla de familias de la Sabana al salto y a municipios de la cuenca baja del río como Santandercito, Apulo, Tena, Tocaima o Girardot, donde era frecuente la variedad de platos típicos como la sopa de cangrejo, o el pescado capitán frito. El río Bogotá producía cangrejos suficientes para satisfacer el gusto gastronómico de todos los pueblos turísticos de la sabana y sus alrededores”.16

14 Juan Francisco Ortiz. “El Tequendama”, década de 1860. Consultado en:

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/cosii/cosii22a.htmel 6 de febrero de 2015.

15 Carol Malaver, “Con ecología renace el hotel del Salto del Tequendama”, El Tiempo, Bogotá, 23 de agosto de 2012.

Consultado en: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12154063 el 28 de marzo de 2015.

16 Sobre los paseos de olla: “Ni el más contaminado, ni estará listo en el 89”. El Tiempo, Bogotá. 6 de agosto de 1988. Citado en

EAAB (Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá), El agua en la historia de Bogotá, Bogotá: Villegas Editores, 2003. Tomo III. p. 117. Sobre el Hotel del Salto: http://www.unisabanaradio.tv/noticias_detalle.php?id=1319&idh=5 consultado el 28 de marzo de 2015.

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Paseo al Salto del Tequendama. Foto de Henry Barbosa, 1895. Archivo Henry Barbosa. Tomada de:

http://losdesveladosliterarios.blogspot.com/2013_03_01_archive.html

Salto de Tequendama. Foto de Gumercindo Cuéllar, probablemente de 1929. Biblioteca Luis Ángel Arango. Tomada de: http://www.banrepcultural.org/agua/galeria-gumercindo-cuellar.html

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Paseante en Salto del Tequendama. Autor desconocido, 1943. Tomada de:

http://losdesveladosliterarios.blogspot.com/2013_03_01_archive.html

En la década de 1950, la cara del río era todavía muy distinta a la que se ve hoy cerca de la capital. Francisco Leal Buitrago, profesor retirado de la Universidad de los Andes, recuerda cómo entre 1956 y 1957, durante su entrenamiento en la Escuela Militar –ubicada en la calle 80 con carrera 50-, fue por lo menos en tres ocasiones distintas a bañarse en el río Bogotá. Desde el viernes, con los demás miembros de su compañía, atravesaban varias fincas a la altura de la calle 80, hasta las márgenes del río. El sábado y el domingo tenían que bañarse en él, a las 6 a.m., antes de comenzar los ejercicios. No había ni rastro del olor pestilente de hoy. “El agua era bastante cristalina, y helada”, recuerda Leal. “Si el día era soleado, cuando uno nadaba hacia el fondo del río podía ver cantidad de peces. También veía usted cangrejos en la orilla del río”.

Leal recuerda además cómo el pez capitán, nativo del Bogotá y otros cuerpos de agua de

la Sabana, era el más popular, el de mejor sabor, y se conseguía muy fácilmente. 17 Además,

cuenta que un par de ocasiones les tocó cocinar con agua hervida del río: “no era ningún problema”, dice. Según Leal, los problemas de contaminación del río se empezaron a ventilar

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con más fuerza a finales de la década de los setenta, cuando, entre otras cosas, se inauguró la autopista a Medellín, que cruzaba el río Bogotá sobre la calle ochenta. Su percepción es que antes de ese momento se hablaba poco sobre la contaminación del río en la ciudad.

Claudio Cano, miembro del cabildo indígena de Cota, nació, como Leal, en los años treinta. En una entrevista realizada por la Universidad Nacional y el IDEAM en 2007, Cano recordaba: “hace 50 años yo tomaba agua del río Bogotá pero ahora es una alcantarilla. En esa época pescábamos allí el capitán, que desapareció hace mucho tiempo”. También relata sobre la cantidad de especies que se veían entonces:

El río tenía épocas de crecidas y tiempo de bajas; había unos sitios como remansos donde a uno le daba el agua a la rodilla. Cerca al río había juncos y allí era el asilo de las tinguas. Había gran cantidad de patos, pájaros y garzas pero hasta ellos se fueron buscando un mejor hábitat.18

Además, menciona que la tierra era muy fértil y se usaba para la siembra de maíz, papa, arracacha, habas, y hierbas utilizadas para remedios como la mejorana, la manzanilla y la caléndula. La relación con el río era bastante estrecha, según la descripción de Cano.

Así, el río de los años cincuenta, en el que nadaron Cano y Leal, era todavía un espacio de recreación y de pesca, así como un elemento cotidiano de la vida de algunos habitantes de la cuenca media, la que hoy se encuentra más contaminada.

El río como recurso: agua y energía para el gigante

Acercarse a los usos que se han dado al agua del río Bogotá muestra una faceta de la relación del río con los habitantes de su cuenca que va más allá del problema de la contaminación y las inundaciones; una relación de dependencia mutua. A estos procesos subyace una concepción del río como recurso, algo que convivirá de forma simultánea con la concepción del río como problema sanitario y, subsecuentemente, como problema ambiental, pero que parece quedar opacado de manera sistemática en la mayoría de las referencias que hoy se hacen sobre el Bogotá.

18 Entrevista a Claudio Cano, realizada por el Instituto de Estudios Ambientales –IDEA- de la Universidad Nacional de

Colombia. 2007. Disponible en http://www.virtual.unal.edu.co/cursos/IDEA/2007225/lecciones/capitulo2/21-elementosatener4.htm, consultada el 21 de abril de 2015.

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El siglo XX fue el de las grandes transformaciones en la Sabana de Bogotá. Después de más de tres siglos de una relativa estabilidad demográfica, seguida de un crecimiento tímido en la segunda mitad del siglo XIX, Bogotá y la Sabana cambiaron de forma radical. No solo la capital pasó de contar con una población de alrededor de cien mil habitantes en 1900 a sumar cerca de siete millones de personas cien años después; también la población y los cascos urbanos de los municipios sabaneros crecieron de forma significativa. Esta tendencia vino acompañada, además, de un proceso de tecnificación gradual de las actividades agropecuarias, así como de la industrialización de la región.

Pero con la población también crecen las necesidades: abastecer de energía, agua, alimentos, y vías de drenaje para las aguas residuales a un entorno urbano y semi-urbano de cientos de miles y luego millones de personas –a comienzos de la década de 1960 la ciudad ya contaba con más de un millón de habitantes-, con un crecimiento acelerado, no es una tarea obvia. Fue en ese contexto en que el río Bogotá se convirtió en crucial para el gigante, al prestar su corriente para la generación de potencia eléctrica, para el desagüe de la Sabana, tanto como para proveer a sus habitantes de agua para la irrigación de cultivos, y para el consumo humano y animal.

Desde mediados de siglo, Bogotá tuvo luz y energía eléctrica para la demanda de sus habitantes gracias a la corriente del río Bogotá. En 1955, la capacidad total instalada de generación eléctrica para Bogotá y su red de distribución era de 80,4 megavatios-año. De esos, más del 70 por ciento, provenían del sistema de generación del río –concretamente, de la estación generadora de El Salto I. Una década más tarde, de los 244 megavatios de capacidad instalada, el 77 por ciento, eran generados por el sistema de presas y generadores del río –al que se habían sumado las centrales de Laguneta en 1957 y El Salto II en 1963. Ya en 1975, de 633,7 megavatios de capacidad total instalada, más del 87 por ciento venía del río, al que se habían conectado las estaciones de El Colegio en 1967, con 300 megavatios de generación, y de Canoas en 1971, con 50 megavatios.19

19 Los datos de capacidad total instalada, por su parte, fueron tomados de Fabio Zambrano Pantoja y Julián Vargas Lesmes.

Historia de Bogotá. Bogotá: Villegas Editores, 2007. p. 206. Los datos de generación del río Bogotá provienen de Instituto de Patrimonio Cultural. La energía en Bogotá. 111 años de historia. Bogotá: 2007. p. 107 Consultado en

http://www.patrimoniocultural.gov.co/servicios/nuestras-publicaciones/2-publicaciones/117-la-energia-en-bogota-111-anos-de-historia.html el 25 de marzo de 2015.

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Se ve no solamente que el río Bogotá cobra gran importancia para la generación de energía de la capital en la segunda mitad del siglo XX, sino que esta importancia crece de forma progresiva entre las décadas de 1950 y 1970, pasando de constituir el 70 a cerca del 90 por ciento del origen de la generación hidroeléctrica de Bogotá, en menos de veinte años. Con la entrada en operación de la represa del Guavio en los años ochenta, el porcentaje de energía proveniente del río Bogotá disminuyó. Sin embargo, hasta hoy se mantiene como parte fundamental del abastecimiento de energía de la capital, y de más de 50 municipios, sumando, luego del período referido, dos nuevas grandes centrales de generación: La Guaca y Paraíso.20

A pesar de ser la fuente de agua más importante de la Sabana, el río Bogotá no fue utilizado para abastecer de agua potable a los habitantes de Bogotá hasta mediados del siglo XX. Fueron los ríos del centro de la ciudad, el San Francisco y el San Agustín, y luego el Tunjuelo, los que fueron usados para el servicio de acueducto durante la colonia y buena parte del período republicano, si bien es cierto que los tres hacen parte de la cuenca del río Bogotá, llevando sus aguas hacia él. Fue precisamente sobre el Tunjuelo que se completó, a finales de la década de 1930, la planta de potabilización de Vitelma. Luego, esta se complementó con la Planta de San Diego, construida entre 1942 y 1943, en la que se filtraban y se purificaban las aguas de los ríos San Francisco y San Agustín. Con ella, el suministro de agua potable de Bogotá llegó a los 100.000 metros cúbicos diarios, ya que esta proporcionaba 20.000 y Vitelma 80.000. 21

Pero el acierto de las plantas de Vitelma y San Diego se hizo rápidamente insuficiente -para una ciudad que crecía a un ritmo sin precedentes. El ingeniero Francisco Wiesner, quien se convertiría luego en el primer director de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, EAAB, escribía en 1949 sobre la necesidad de aumentar las tarifas al servicio de aguas, y así contar con la financiación suficiente para ensanchar el acueducto, especialmente para satisfacer la demanda de los barrios del norte y del sector industrial del occidente de la ciudad.22

Entre los años cuarenta y cincuenta se registraron varios episodios de desabastecimiento de agua potable en la capital colombiana. Esto llevó a que, a comienzos de la década de 1950, se encargaran los primeros estudios para explorar el río Bogotá como fuente hídrica. Fue entonces cuando se encargó al experto norteamericano John Savage un estudio para aprovechar el río en

20 Sobre el Guavio: Instituto de Patrimonio Cultural. La energía en Bogotá... pp. 119-120. Sobre Paraíso y La Guaca:

http://institutodeestudiosurbanos.info/endatos/0100/0110/0112-hidro/01121182.htm consultado el 25 de marzo de 2015.

21 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. pp. 46 y 80-82. 22 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. p. 107.

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su cuenca alta, y posteriormente a las compañías Buck, Seifert & Jost, en 1951, y The Pitometer en 1952.23

Con base en los resultados de estos estudios, se emitió el Decreto 2675 del 15 de octubre de 1953, encabezado como “Por el cual se provee a la construcción del Acueducto del Río Bogotá y se dictarán otras disposiciones”. Así se oficializaban las obras de la ampliación del acueducto que buscaban captar las aguas del río Bogotá en cercanías a la desembocadura del Neusa, su tributario, para llevar agua a la ciudad y a otras partes de la Sabana. En particular, el artículo 5 del mismo decreto le cedía al municipio de Bogotá un caudal de 6 metros cúbicos por segundo del agua del río Bogotá en ese punto.24

En 1958 se inauguró el Acueducto de Tibitoc, llamado entonces “Acueducto del río Bogotá”. Con 259.000 metros cúbicos diarios de agua (o 3 metros cúbicos por segundo), esta nueva fuente casi triplicó el abastecimiento que antes recaía en las plantas de Vitelma y San Diego, y suplía una demanda que había desbordado la capacidad de abastecimiento previa. En julio del año siguiente, las obras del Acueducto consistían en la regularización del río Bogotá mediante la represa del Neusa -construida por el Banco de la República con aporte de 4 millones de pesos del acueducto, con una capacidad de embalse de 100 millones de metros cúbicos-, en la captación de aguas del río Bogotá, haciendo uso de una presa construida abajo en su confluencia con el río Neusa, y en la Presedimentación –proceso para remover sólidos del agua- en un lago artificial de 500.000 metros cúbicos de capacidad. 25

A finales del mismo año entró en operación la planta de potabilización de Tibitoc. Así, en 1959 se podía proveer más de 320.000 metros cúbicos por día (por Vitelma, San Diego y Tibitoc), suficiente para abastecer a 1’400.000 habitantes. Entonces, la planta de Tibitoc era la mayor del país, con capacidad inicial de 210.000 metros cúbicos diarios. Además, para la conducción del agua de Tibitoc a Bogotá se construyó una enorme tubería de 60 pulgadas de diámetro, con una longitud de 38 kilómetros entre Tibitoc y Usaquén. 26 Ya eran proyectos de una escala sin precedentes los que mediaban entre el río y el gigante.

23 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. pp. 129 y 132-133. 24 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. pp. 135-136. 25 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. p.169. 26 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. pp. 170-171.

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Pero en menos de una década, este nuevo acueducto también se quedaría corto para suplir la demanda de la ciudad de Bogotá y municipios aledaños, por lo que se realizó el proyecto de Tibitoc II para su ensanche.27 Sin embargo, para entonces ya se veía la necesidad de buscar una fuente de agua complementaria al río Bogotá, y en el páramo de Chingaza se encontró el candidato perfecto. Los primeros estudios para el nuevo acueducto de Chingaza comenzaron en 1966, pero las obras no estuvieron terminadas hasta 1985, cuando esta nueva etapa del acueducto fue culminada. Desde entonces, cerca del 70 por ciento de Bogotá consume agua proveniente de Chingaza, mientras que el 30 por ciento restante lo hace del río Bogotá. Es curioso pensar que es allí mismo a donde vuelve esta agua, en condiciones muy distintas a las de su extracción.28

Tibitoc nos remite a la situación que concierne a los próximos capítulos, pues la contaminación de la cuenca alta del río es un problema considerable en la potabilización del agua del río Bogotá. Por ejemplo, durante 110 días del año 2012 tuvo que cerrarse por períodos de más de diez horas la bocatoma de la dársena de pre-sedimentación que toma el agua directamente del río para llevarla a Tibitoc, porque presentaba condiciones que no la hacían apta para potabilización; es decir, porque llegaba contaminada al lugar.29 Cuando se cierra Tibitoc, se recurre a la planta Wiesner, en el embalse de San Rafael –al que llega el agua de Chingaza-, pero incluso Wiesner ha tenido recientemente problemas con la calidad del agua que recibe. Ante este panorama riesgoso, la opción más sensata, según expertos, es garantizar que la calidad del agua del río Bogotá a la altura de Tibitoc sea la adecuada para potabilización.30

Tanto la generación hidroeléctrica como la extracción de agua para potabilización siguen siendo dos de los puntos centrales de la relación entre los habitantes de la Sabana y el río incluso hoy, pero el tema de la contaminación ha tomado precedencia, incluso sobre el de las inundaciones, y es el pilar fundamental de este trabajo.

27 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. p.190. 28 EAAB, El agua en la historia... Tomo II. p. 225.

29 D. Bravo, “Foro Visión Prospectiva del Saneamiento y Recurso Hídrico en la Cuenca del Río Bogotá y la Integralidad del

Territorio”, en Foro Recurso Hídrico, Asociación Colombiana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental, y Universidad de los Andes. Bogotá, 2012. Nicolás Rodríguez Jeangros Modelación de la calidad del agua del río Bogotá en la cuenca alta incorporando incertidumbre. Tramo Villapinzón-Tibitoc (Tesis de Maestría, Universidad de los Andes, mayo de 2013). p. 5.

30 Luis Alejandro Camacho, Introducción a la Modelación de la Calidad del Agua Superficial, 2013, Curso de Maestría: Modelación de la

Calidad del Agua Superficial, Universidad de los Andes. Citado en Nicolás Rodríguez Jeangros Modelación de la calidad del agua del río Bogotá... p. 5.

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Capítulo 2

El agua envenenada y el gigante de vista corta: la contaminación como problema sanitario, 1950-1970

Los niveles de contaminación del río Bogotá han crecido de manera significativa –aunque interrumpida- desde la década de 1950. Sin embargo, algo también ha cambiado desde entonces: la forma de concebir el problema de la contaminación, y por ende el papel mismo del río. Este capítulo aborda una de las primeras: la forma como el gigante comenzó a ver su reflejo en las aguas del Bogotá, al advertir algunas amenazas que suponía su contaminación al desarrollo económico y a la salud de sus habitantes. Así, explora la percepción del problema de la contaminación en varios medios escritos, entre la década de 1950 y comienzos de la de 1970.

Crece el gigante

La contaminación del río Bogotá no es un proceso reciente. Trazar su evolución desde los comienzos es difícil, pues, desde tiempos coloniales, tres de sus tributarios, los ríos San Francisco, Arzobispo y San Agustín, servían como cloaca a la ciudad de Santa Fe. Además, desde la construcción del alcantarillado moderno en la capital a comienzos del siglo XX, se les sumaron a estos los ríos Salitre y Tunjuelo, dos de los mayores tributarios del Bogotá, con una carga de materia orgánica de crecientes proporciones.31 Sumados a los vertimientos domésticos urbanos, además, se encontraban aquellos provenientes de una industria de rápido crecimiento, y de procesos agroindustriales de la Sabana. Aunque se encuentran quejas sobre la suciedad de los ríos urbanos capitalinos desde el siglo XIX, es apenas entrado el siglo XX en que el problema se extiende propiamente al Bogotá.

Para entender esta situación es necesario seguir un proceso doble: el acelerado crecimiento de la ciudad y el subsecuente crecimiento de su infraestructura de alcantarillado. Sería forzado hablar de un “gigante” para referirse a los cerca de cien mil habitantes de la Bogotá de 1910 y tal vez incluso para los 237 mil de 1930. Sin embargo, ya antes de 1950 se está hablando del hogar de más de medio millón, y en 1964 de más de millón y medio –y creciendo- de personas que iban al baño, preparaban alimentos y lavaban su ropa, por no sumar los desechos líquidos

31 Jair Preciado Beltrán, Robert Orlando Leal Pulido y Cecilia Almanza Castañeda. Historia ambiental de Bogotá, siglo XX: elementos

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que producía la rápida industrialización de la ciudad.32 Además, el crecimiento de nuevos barrios se concentraba sobre todo en sectores y localidades del occidente –en la vecindad del Bogotá- como Fontibón, Suba, Engativá, Kennedy y Puente Aranda.33 Por su parte, el acelerado crecimiento urbano hizo necesaria una gran ampliación del sistema de recolección de aguas residuales –también llamadas servidas, o negras-, lo que conllevó vertimientos sin precedentes a los que históricamente aliviaron el problema de quitar de vista lo indeseable: los ríos.

Los efectos del crecimiento de la ciudad en el estado del río Bogotá fueron graduales. Desde 1905 nos acercamos un poco al río degradado que nos aleja de la descripción de Caldas. Entonces, el médico Josué Gómez describía cómo una gran carga de “inmundicias” era recogida por los ríos San Francisco y San Agustín, del centro bogotano, llevándola luego al río Bogotá. Sobre esta “masa nada despreciable”, decía Gómez: “en su curso tortuoso atraviesa prados, envenena suelos, acaba con la raza pecuaria, y a la larga confunde muy abajo sus aguas con las del río Funza”, que luego las lanzaría al salto del Tequendama, “donde son sacudidas por su propio peso, mezcladas con el oxígeno del aire, y vueltas a su constitución primitiva, a fuerza de choques contra las rocas de aquella insigne catarata”. Gómez mencionaba también al río Bogotá en el panorama de la contaminación de los ríos urbanos, aunque, por el tamaño de la ciudad, probablemente el caudal contaminante se disolviera hasta hacerse imperceptible en el torrente del río, y gracias a la acción limpiadora del Salto.34

Sin embargo, en la década de 1940 el sacerdote y botánico Enrique Pérez Arbeláez había advertido sobre el deterioro general de parte de la cuenca media del río, especialmente cerca a la llegada al Tequendama. Sin embargo, su preocupación se centraba en la deforestación de la zona, y en el reemplazo de especies nativas como el roble por especies foráneas como el pino. Entre otras cosas, Pérez Arbeláez proponía la creación de un parque lineal, para contrarrestar la creciente indiferencia de los habitantes de la Sabana frente a su principal cuerpo de agua, pero la propuesta no tuvo eco.35

32 Jair Preciado Beltrán, Robert Orlando Leal Pulido y Cecilia Almanza Castañeda. Historia ambiental... p. 138. 33 Jair Preciado Beltrán. Historia ambiental... p. 137.

34 Josué Gómez. Las epidemias de Bogotá. Citado en Camilo Guío y Germán Palacio Castañeda, “Bogotá: el tortuoso y

catastrófico (des)encuentro entre el río y la ciudad”, en Germán Palacio Castañeda (ed.), Historia ambiental de Bogotá y la Sabana, 1850-2005, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, p. 224.

35 Enrique Pérez Arbeláez, Paisajes - tierra y trabajos. Bogotá: Minerva, 1949, P. 187, citado en Camilo Guío y Germán Palacio

Castañeda, “Bogotá: el tortuoso y catastrófico (des)encuentro entre el río y la ciudad”, en Germán Palacio Castañeda (ed.), Historia ambiental de Bogotá y la Sabana, 1850-2005, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, p. 224.

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Es con los años cincuenta que aparecen las primeras referencias a la contaminación del río como un problema: al comenzar la década se realizó el primer estudio comparativo de la calidad del agua del Bogotá entre el puente del Común (en Chía) y Alicachín, cerca al Tequendama. El contraste entre los dos puntos permitía evidenciar la carga de contaminantes que la ciudad de Bogotá vertía al río antes de llegar al salto, a través de los niveles de oxígeno disuelto. Los resultados del informe de Forero mostraban una caída importante en los niveles de oxígeno del agua entre Chía y Alicachín, atestiguando ya un efecto perceptible de la disposición de aguas de la ciudad sobre el río.36

Vale la pena aclarar el punto anterior. El contacto de los cuerpos de agua con la atmósfera hace que entre ambos circule permanentemente cierta cantidad de oxígeno: el agua absorbe una pequeña parte del oxígeno atmosférico –que se disuelve en ella-, y simultáneamente libera una cantidad del mismo de nuevo a la atmósfera. Si las condiciones de presión atmosférica, temperatura y composición química de los cuerpos de agua no cambian, el oxígeno disuelto alcanza un nivel estable. Este oxígeno es fundamental para la vida de la mayor parte de las especies acuáticas, y un nivel alto del elemento disuelto es un buen indicio de calidad en el agua.

Cuando en el agua hay gran carga de materia orgánica, crecen las poblaciones de bacterias que se alimentan de ella, consumiendo para degradarla, precisamente, oxígeno. Por lo mismo, la caída en los niveles de oxígeno disuelto del río que mostraba el estudio de Forero, puede verse como prueba de un deterioro incipiente de la cuenca media del Bogotá.

El cambio del río habla tanto de la magnitud como del orden del crecimiento del gigante. Ya en 1950 las dimensiones de la ciudad habían hecho obsoletos los sistemas de recolección de aguas residuales domésticas e industriales articulados a los ríos del centro. A la situación se le sumaban dos agravantes: por un lado, dos terceras partes del área urbana de la capital no contaban con servicio de alcantarillado al comienzo de la década; por otro, la infraestructura existente se encontraba en pésimo estado: cerca del 40 por ciento del alcantarillado del centro de la ciudad se encontraba en condiciones que lo hacían prácticamente inservible.37

Debido a la urgencia por disponer de las aguas residuales, el gobierno local introdujo a un nuevo actor para tratar el problema: a partir de 1956, el manejo del acueducto y alcantarillado

36 Camilo Guío y Germán Palacio Castañeda, “Bogotá: el tortuoso y catastrófico (des)encuentro entre el río y la ciudad”, en

Germán Palacio Castañeda (ed.), Historia ambiental de Bogotá y la Sabana, 1850-2005, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, p. 225.

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de la capital quedó en manos de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, EAAB, constituida el año anterior a partir del acuerdo 105 de 1955 del Concejo de Bogotá, que destinaba un empréstito del Banco Central Hipotecario para financiar nuevos ensanches del acueducto y del alcantarillado existentes en la ciudad. De los $72’900.000 acordados, $20’000.000 serían destinados al manejo de las aguas negras de la ciudad.38

Para entonces se refería a las obras de ensanche, modernización y ampliación de cobertura del manejo de aguas residuales como el Nuevo Alcantarillado de Bogotá. A finales de 1958 ya se habían realizado obras importantes del ensanche de la red, como la construcción del canal del río Salitre, de colectores e interceptores de aguas servidas entre la carrera 19 con avenida 39 hasta la calle 50 con carrera 27, del interceptor oriental hasta la calle 54 por la avenida Ciudad de Quito, de colectores en las calles 54 y 76, de parte del alcantarillado de los barrios San Fernando y Simón Bolívar, del alcantarillado del barrio La Providencia, de parte del alcantarillado de los barrios Fátima y Carmen, y de parte del desagüe del barrio Boyacá. Todos estos colectores e interceptores representaban nuevas fuentes de vertimiento a los tributarios urbanos del río Bogotá.39

Antes de que el proyecto del Nuevo Alcantarillado para la ciudad se materializara, ya existían voces que alertaban sobre las consecuencias del vertimiento de las aguas negras de la ciudad sobre el río. Una de ellas fue la del ingeniero Jorge Forero Vélez, quien en un artículo de la revista Anales de ingeniería titulado “El proyecto de alcantarillado para Bogotá” y publicado en 1952, escribía advirtiendo sobre los peligros de aguas negras corriendo por “zanjones inmundos”, como se refería a los ríos Salitre y San Francisco, a la quebrada La Albina, entre otros. Según Forero, estos “zanjones” de aguas servidas eran una vergüenza para cualquier ciudad que “presumiese de civilizada”, refiriéndose tanto a su repugnancia como a sus implicaciones para la salud de la población:

Con esas aguas pestilentes y saturadas de toda clase de virus y bacterias patógenas, se van a regar las hortalizas de muchísimos cultivos situados al occidente de la ciudad y [...] con esos mismos líquidos cloacales se abastecen numerosos hatos lecheros para todas sus necesidades.40

38 EAAB, El agua en la historia... Tomo II, p. 159. 39 EAAB, El agua en la historia... Tomo II, pp. 168-169.

40 Jorge Forero Vélez. “El proyecto de alcantarillado para Bogotá”. Anales de Ingeniería. Vol. VII, núm. 634. Segundo semestre

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El contraste con los “lugares deliciosos” que describía Caldas un siglo y medio atrás es evidente. Por otro lado, Forero Vélez ya había presentado datos sobre la carga de contaminación que en 1952 se estaba vertiendo al río Bogotá a través de los ríos Fucha, en el sur, y Salitre, en el norte. Según estos, el río Salitre drenaba las aguas de más de 250.000 habitantes de la ciudad. Por su parte, el Fucha con un caudal final similar al del Salitre, recogía las de más de 388.000 personas. Además, Forero reportaba datos significativos sobre el problema: en más de doscientos análisis de las aguas del río Bogotá a su paso por la ciudad, se encontró una concentración nula de oxígeno disuelto, es decir, de 0 ppm (partes por millón), mientras que el ideal en la Sabana es de alrededor de 6 ppm.41

Los datos presentados por Forero son uno de los primeros testimonios de un problema ya palpable, y retratan en su punto medio un par de décadas cruciales: entre 1940 y 1960 el volumen de los vertimientos de aguas residuales de Bogotá casi se cuadruplicó (ver tabla 1). Pero los números netos dicen más que la magnitud del aumento: calculando el caudal promedio de aguas negras recogidas por el alcantarillado, se ve que la ciudad pasó de verter poco más de medio metro cúbico –es decir, quinientos litros- por segundo a los afluentes del río Bogotá en 1940, a liberar más de dos metros cúbicos por segundo en los mismos. Si se tiene en cuenta que el caudal promedio del río Bogotá al llegar a Chía, al norte de la capital, es de 10 metros cúbicos por segundo, puede intuirse mejor cómo iba creciendo la huella del crecimiento del gigante en el río.

Año 1940 1945 1950 1955 1958 1960

Vertimientos totales en millones de metros

cúbicos 18 20 27 37 45 64

Vertimiento promedio en metros cúbicos por

segundo 0,57 0,63 0,86 1,17 1,43 2,03

Tabla 1. Vertimientos de aguas colectadas por el alcantarillado de Bogotá en diferentes años. Datos tomados de: Jair Preciado Beltrán, Robert Orlando Leal Pulido y Cecilia Almanza Castañeda. Historia ambiental... p. 151.

La CAR

Otro de los actores importantes de esta historia aparece –o mejor, se conforma- en 1961: con la ley 3 de ese año se crea la Corporación Autónoma Regional de la Sabana de Bogotá y de los

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Valles de Ubaté y Chiquinquirá, o CAR. Según el artículo 2, la finalidad principal de la corporación sería la de

(...) promover y encauzar el desarrollo económico de la región comprendida bajo su jurisdicción, atendiendo a la conservación, defensa, coordinación y administración de todos sus recursos naturales, a fin de asegurar su mejor utilización técnica y un efectivo adelanto urbanístico, agropecuario, minero, sanitario e industrial con miras al beneficio común, para que, en tal forma, alcance para el pueblo en ella establecido los máximos niveles de vida.

Además, se decretaba una jurisdicción que comprendía “toda la hoya hidrográfica del río Bogotá desde su nacimiento hasta el Salto de Tequendama”, y toda la hoya hidrográfica de los ríos Ubaté y Suárez, entre Cundinamarca y Boyacá.42 Así se constituye la primera entidad encargada expresamente de tratar los problemas asociados al río Bogotá.

El Bogotá en prensa: un problema económico y de salud pública

Por esta misma época pueden verse los primeros artículos de prensa referidos a la contaminación del río, que dan una idea de la percepción del problema, más que del estado fisicoquímico mismo del Bogotá. La presencia de los problemas del río en El Tiempo, el periódico de mayor circulación en el país, fue bastante débil entre los años cincuenta y comienzos de los setenta, a juzgar por el número de artículos encontrados en la colección digitalizada del mismo diario: de la década de 1950 hay 2.521 periódicos digitalizados, y no aparece ningún artículo entre ellos bajo la búsqueda de los términos “Río Bogotá contaminación”, “Río Bogotá aguas negras”, “Río Funza”, “Río Bogotá Sabana”, “Bogotá aguas negras”. Con los mismos términos de búsqueda, en los años sesenta apenas aparecen dos artículos, entre 2.904, que hablan de la contaminación del río. En los setenta, si bien solo hay 2.534 periódicos digitalizados, entre ellos se cuentan siete en los que se habla de la contaminación del río, según los mismos criterios de búsqueda. Lo anterior muestra la escasa presencia del río Bogotá en el diario más importante de Colombia, incluso durante los años sesenta, cuando ya la contaminación del río se había hecho perceptible en varios lugares –según lo atestiguado por Forero Vélez una década atrás-, y cuando

42 Colombia, 1961. Ley 3 de 1961, de enero 19, por la cual se crea la Corporación Autónoma Regional de la Sabana de Bogotá

y de los Valles de Ubaté y Chiquinquirá. Diario Oficial No. 30.437. 31 de enero de 1961. Consultado en

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más de un millón de bogotanos vertían sus aguas negras, de la mano del Nuevo Alcantarillado, a los tributarios del Bogotá.43

Sin embargo, los dos artículos alusivos encontrados en los sesenta dan un indicio sobre

lo que se decía del estado del río para entonces. Aunque se publicaron con cuatro años de separación, en 1963 y 1967, en ambos se habla de la contaminación del Bogotá de forma similar: un río Bogotá contaminado es tanto un problema para la salud pública de los habitantes de la Sabana, como una amenaza para su economía agrícola.

El primero de los artículos, de 1963, se titula “La Sabana Insalubre”.44 En él se cita –sin referencias- un estudio de la CAR de 1962, sobre la insalubridad de “las gentes campesinas” de la Sabana, “como consecuencia de las aguas negras que riegan muchos de los cultivos que sobre su suelo se levantan, los pastos que se nutren de sus ganados y los peces de sus ríos y arroyos”. Además, se refiere a un estudio publicado también en 1962 en la revista Bosques y Maderas bajo el título de “Los recursos naturales y las aguas negras”, en el que se dice que el río Bogotá “se ha convertido en un canal que lleva por año 645 millones de metros cúbicos de gérmenes no solo para las gentes sino para los ganados, los peces y muchísimos vegetales indispensables”. Es decir, compromete la salud de las personas, así como la vida de varias especies productivas de la Sabana.

La cita anterior menciona los efectos de la contaminación en animales y plantas, pero

únicamente habla de especies con importancia económica; es decir, de organismos requeridos

para satisfacer necesidades de la población, y para mantener activa la economía. En particular sobre las vacas, especie central en la economía de la Sabana, se dice también en Bosques y Maderas: “las vacas que dan leche a Bogotá beben, en lugar de agua, un cultivo denso de carbunco, carbón, rabia, tuberculosis, diarreas, fiebre aftosa y otras muchas enfermedades”. Es decir, el río Bogotá estaba amenazando la fuente de leche de la ciudad.

43El Tiempo es el único periódico colombiano con una base de datos digitalizada de acceso público que se remonta al período

que estudio. A pesar de que no todos los ejemplares están digitalizados, se cuenta con una proporción considerable, que permite esta comparación estadística del número de artículos sobre el río en diferentes décadas. Habría sido óptima una búsqueda sistemática de artículos en otros medios importantes, pero, al no contar con bases digitalizadas, se trata de una labor que excede las ambiciones de esta investigación.

44 “La Sabana insalubre”, El Tiempo, Bogotá, 26 de agosto, 1963, p. 4. Consultado en

http://news.google.com/newspapers?nid=1706&dat=19630826&id=IR0hAAAAIBAJ&sjid=6GMEAAAAIBAJ&pg=2214,4 445858 el 15 de diciembre de 2014.

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Manuel María Paz, Puente del Común sobre el río Funza o Bogotá, Provincia de Bogotá, 1853. Imagen de

http://www.wdl.org/es/item/9106/

El grabado “Puente del Común sobre el río Funza o Bogotá, Provincia de Bogotá”, elaborado en 1853 para la Comisión Corográfica por el cartógrafo y pintor Manuel María Paz, constituye un testimonio temprano –para esta historia- de la importancia de las vacas y los caballos en la Sabana. En la ilustración puede verse a un campesino frente a sus animales, junto al río Bogotá a la altura del puente del común. 45 Al ubicarse tanto al centro de la economía campesina como en el de la dieta de los bogotanos, el ganado cobraba gran importancia en el contacto entre la Sabana y la ciudad de Bogotá; es decir, era un mediador de la relación entre el gigante y el río, y lograba atraer algo de atención hacia el problema de la contaminación del río para un momento en que la ciudad todavía no llegaba geográficamente a su orilla, y en que la contaminación no había llegado a los extremos que vendrían después. La segunda mitad del siglo XIX vio un auge en la importación de nuevas especies bovinas a la Sabana, entre ellas Jersey, Normando, Herford y Durham. Ya para 1910 la Sabana era una de las principales zonas ganaderas del país, y entre 1915 y 1924 se convirtió en una región especializada en la producción

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lechera. Así, para el momento del artículo, se entiende la importancia que tenía la ganadería en la cuenca del Bogotá.46

Cuatro años después, en 1967, “la Sabana para Bogotá” llamaba la atención sobre puntos parecidos: refiriéndose al estudio de un plan de desarrollo de la Sabana emprendido por la CAR y el Distrito, dice –cursivas mías-: “La Sabana es la única solución a los problemas de todo orden que contempla una capital cuyos recursos en dinero son insuficientes, y cuyos recursos naturales –sabaneros- no han sido aprovechados como fuera deseable”. Uno de los principales obstáculos para este aprovechamiento, sugiere el artículo, era la contaminación del río Bogotá. 47

Ambos artículos discutían estrategias para mitigar los efectos de la contaminación, con lo que aportan más datos sobre su perspectiva del problema. “La Sabana insalubre” (de 1963) se refiere a la posible constitución de una empresa purificadora de aguas negras, cuyos planos ya reposaban para entonces “en la Biblioteca de Planificación de Palacio” y “cuyos rendimientos económicos serían del mayor volumen”. A esto añade que “de igual volumen sería el beneficio humano y social para esta población que reside en la Sabana, cuyo ambiente antes saludable está degradado, ahora, por los agentes malignos de numerosas infecciones, desconocidas hasta hace poco tiempo”. El énfasis es claro: la purificación de las aguas negras implicaría un beneficio para la salud de la población. Es decir, la contaminación era, además de sus efectos económicos, un problema de salud pública; un problema sanitario.

Además de caracterizar el problema, el artículo del año 1963 también menciona cómo las aguas negras llegaban al río “sin recibir tratamiento de ninguna clase”, sugiriendo la construcción de alguna facilidad de tratamiento de las aguas residuales. El llamado a este tipo de iniciativas de descontaminación será una constante en los años siguientes. Asimismo, los reportes sobre el problema del río Bogotá no dejarán de lado los dos pilares de argumentación que señala “la Sabana insalubre”, pero incorporarán otros puntos importantes en las décadas subsiguientes, como se verá más adelante.

Por su parte, “La sabana para Bogotá” (del 67) anunciaba el plan de la CAR para la “construcción de un gran canal de aguas negras, derivación del [río] Bogotá, para limpiar el río

46 Adelaida Sourdís Nájera. “Ganadería: la industria que construyó al país”. En

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revistas/credencial/febrero2012/ganaderia, consultado el 8 de abril de 2015.

47 “La Sabana para Bogotá”, El Tiempo, Bogotá, 24 de noviembre, 1967. Consultado en

http://news.google.com/newspapers?nid=1706&dat=19671124&id=tp0cAAAAIBAJ&sjid=KmgEAAAAIBAJ&pg=3539,39 11026 el 15 de diciembre de 2014.

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29 envenenado hoy por los vertederos de las fábricas desde Zipaquirá hasta el sur, y por las alcantarillas de la capital y todos los pueblos sabaneros.” (Cursivas mías) Esta, además del estudio citado por el artículo de 1962, constituye evidencia de que la contaminación del río Bogotá fue, desde los inicios de la Corporación, un tema de discusión para esta. Adicionalmente habla la necesidad de un planteamiento racional del crecimiento urbano, lo cual se repetirá varias veces en las décadas siguientes, con distintos matices, en distintas fuentes que tratan del río Bogotá.

El Funza domado

Se ha dicho que la contaminación del Bogotá era un tema marginal en la prensa de la época debido a la escasa presencia estadística del tema en El Tiempo, pero hay otra circunstancia que lo ilustra todavía mejor: se podía escribir del Bogotá sin hablar de contaminación. Esto fue lo precisamente lo que hizo el abogado y profesor universitario Andrés Samper –padre del presidente Ernesto Samper (1994-1998)- en su columna del 26 de febrero de 1968 del mismo diariotitulada “Bagatelas”.48 En esta, no se lee nada similar a denuncia o a preocupación por el estado del río, a pesar de escribirse apenas unos años después de las líneas que se referían a él como portador de 645 millones de metros cúbicos anuales de gérmenes. En palabras de Samper:

[El río Bogotá] nos brinda pesca y recreaciones en embalses que ya navegan motobotes y veleros. Se ha puesto a servir a la capital de la República, a las muchas poblaciones que le son circunvecinas y al ideal de la interconexión eléctrica nacional al mover, infatigable, las numerosas turbinas que ahora producen kilovatios por miles en las 8 plantas que se han escalonado para atrapar sus aguas en forma sucesiva, sin dejarlo descansar.

Dice, además, sobre el río:

(...)Si era bobo, se nos puso constructivamente bravo. Albergaba insospechadas cantidades de energía. Zumba, en estos días, en los motores de la industria, que se cuentan por millares. Está presente en infinidad de consultorios médicos y dentales (...) Alumbra hospitales y clínicas, casas, escuelas, colegios y universidades

En estas ideas se ve un río útil, una fuerza enorme y domada, que ha cedido a las presiones del trabajo humano –es decir, a las obras de ingeniería- para entregarse al servicio de la ciudad de Bogotá y de las poblaciones de la Sabana. Pero la contaminación de la que se hablaba en el mismo

48 Andrés Samper, “Bagatelas”, El Tiempo, Bogotá, 26 de febrero,1968, consultado en

http://news.google.com/newspapers?nid=1706&dat=19680226&id=vtseAAAAIBAJ&sjid=MWgEAAAAIBAJ&pg=3817,38 33747 el 15 de diciembre de 2014

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periódico ya cinco años antes no se lee en ninguna parte del artículo. Es más, se confiere la imagen de un río con el que se ha salvado toda forma de conflicto: dice Samper (cursivas mías): “(...) El río “Funza” o “Bogotá” es, en definitiva, un caudal del cual puede ahora sí afirmarse que se empieza a comportar”. Cabe notar la expresión “en definitiva”, que sugiere un camino inequívoco a la solución permanente de los problemas relacionados con el río.

Se ve, pues, que para la misma época, se mostraban simultáneamente al menos dos caras del río: el río problema, y el río recurso. Podría pensarse que el artículo de Samper se ubica en la antípoda de los artículos de la misma década que alertan sobre la contaminación del río y sus efectos en la Sabana. Sin embargo, ambas pueden verse como manifestaciones del proceso que Germán Palacio llama “naturaleza modernizada”: una concepción según la cual los recursos naturales se valoran en la medida en que contribuyen a ideales de progreso o desarrollo económico.49

En este sentido, tanto el artículo de Samper como los dos artículos sobre la contaminación conciben al río Bogotá ya como parte de un contexto urbano, o al menos cada vez más urbanizado. El marco desde el que se escriben permite dos frentes de consideración del problema: tanto el de preocupación por los efectos del río contaminado sobre la economía y la salud, como el que exalta las obras de ingeniería para “amansarlo”. Ambos hacen parte de un mismo proyecto; de una misma preocupación: adecuar al río Bogotá, integrarlo efectivamente a un contexto urbano, en el caso de la ciudad y los municipios, y agrícola, en el caso de los cultivos.

Lejos con las aguas negras

Entre los recursos que mejor permiten entender cómo se pensaba históricamente un problema están las propuestas de solución que se daban para el mismo. En el caso del río Bogotá, uno de los primeros estudios técnicos en proponer solución al problema de su contaminación fue el Estudio Hidráulico del Río Bogotá encargado por la CAR, y publicado en 1970.50 El interés principal del estudio era una evaluación de los niveles del río en distintas circunstancias, para evitar inundaciones, pero también cubría, de manera secundaria, lo que debía hacerse con las aguas negras que llegaban al mismo.

49 Germán Palacio (ed.). Naturaleza en disputa: ensayos de historia ambiental de Colombia, 1850-1995, Bogotá: Unibiblos, 2001.

Introducción.

50 Apron y Duque Ltda. Estudio hidráulico del río Bogotá. Trayecto Juan Amarillo- Alicachín. Bogotá: Empresa de Acueducto y

Referencias

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