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e.Lectura N° 4

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Academic year: 2020

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Álvaro Andrés Hamburger Fernández

Capítulo 4

LA ÉTICA CÍVICA,

MARCO ÉTICO GENERAL DE LA EMPRESA MODERNA

La ética cívica busca construir un proyecto de sociedad que nos tenga en cuenta a todos, que no margine a nadie, que no posibilite ningún tipo de exclusión y que incluya de verdad a todos los miembros de la sociedad (Conill, 1998: 70).

1. La ética cívica como expresión de una sociedad pluralista

Es un hecho que las empresas forman parte de un contexto social concreto. Se da, por tanto, una relación estrecha entre la empresa y la sociedad en la que se encuentra inserta. Es más, de alguna manera el mundo empresarial refleja y encarna la mayoría de los valores y prácticas sociales vigentes. Por eso es importante responder la pregunta: ¿cuál es el tipo de sociedad en el que actúa la empresa de hoy? La respuesta a este interrogante, sin duda, aportará elementos valiosos que nos ayudarán a comprender mejor el fenómeno empresarial.

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específicas de una sociedad plural que, en el tema que nos ocupa, termina generando el marco ético de la empresa actual: la ética cívica.

La ética cívica es la ética propia de las sociedades pluralistas en las que ya no hay “verdades absolutas” y se impone, por tanto, el “derecho a la diferencia”, en virtud del cual cada persona puede elegir libremente en quién creer, cómo vivir y qué hacer. Al hacer un análisis de la propuesta ética de Adela Cortina, pionera de la ética cívica, Álvaro Hamburger (2004: 1), afirma:

Según Adela Cortina el mundo moderno es pluralista: conviven personas y grupos con diferentes concepciones de hombre y de mundo, distintos ideales, diversas religiones, múltiples ideales políticos, etc. A partir de estas condiciones estas personas o grupos aspiran a organizar sus propias vidas de manera autónoma buscando la felicidad personal y el bienestar social. Las sociedades pluralistas son sociedades abiertas: reconocen la mayoría de edad de sus ciudadanos, su capacidad para discernir entre lo bueno y lo malo: el pluralismo social conlleva y exige un pluralismo moral. En las sociedades totalitarias y cerradas, anteriores a las pluralistas, nunca se dio el pluralismo moral, puesto que en éstas:

 Se impone a todos los miembros o "súbditos" una visión de mundo unívoca,

 Se impone un código de comportamiento y deberes único, que se exige a "rajatabla" (quienes no lo cumplen son discriminados, rechazados, coaccionados). Figura 4.1.

El que la sociedad actual sea pluralista no implica que sea una sociedad individualista y anarquizada en la que cada cual haga "lo que le de la gana" sin tener en cuenta a los demás (esto no sería sociedad sino barbarie). Las sociedades pluralistas exigen un núcleo mínimo de instituciones y valores compartidos por los socios que la conforman. Estos mínimos no anulan las diferencias, antes bien, las hacen posibles y las potencian. Surge así la propuesta “adeliana” de una ética de mínimos consensuados y compartidos, asumida con carácter normativo como base de la convivencia civilizada. Esto posibilita una sociedad rica en matices y al mismo tiempo unida gracias a un acuerdo mínimo (Hamburger, 2004: 2).

La moral mínima es una moral civil o cívica. Es una moral laica o neutra frente a las religiones (no indiferente u hostil frente a ellas). Esta ética cívica es necesaria, pero no suficiente: una vez de acuerdo todos en unos mínimos básicos, cada uno tiene derecho a aspirar a la propia felicidad y perfección por los caminos que ofrecen las religiones e ideologías libremente asumidas.

Las morales que sólo se basan en sus ideales religiosos o laicos sin tener en cuenta otras formas de ser y de pensar son morales de máximos (propias de las sociedades totalitarias y cerradas) Cuando en una sociedad se ha constituido una moral mínima o ética cívica, las morales de máximos no son rechazadas o excluidas; por el contrario, son aconsejables: sólo se les pide que (Cortina, 1986: 45-46):

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 Acepte la autonomía moral de todas las personas para decidir su propia realización.

 Defienda el derecho a la igualdad de todos ante la ley y el justo reparto de posibilidades.

 Más allá de la estricta justicia proponga como virtud fundamental la solidaridad entre todos, especialmente los más débiles y necesitados.

Figura 4.1: Comparación entre las sociedades totalitarias y cerradas y las sociedades pluralistas

Sociedades totalitarias y cerradas Sociedades pluralistas

Una moral cívica consensuada necesita poner en marcha "el uso libre de la razón" (Kant, 1987: 56) La moral cívica es una moral racional. Esto implica comunicación y diálogo. El diálogo ético es el método para llegar a construir una moral cívica: dialogar éticamente significa (Cortina, 1986: 49):

 Poner en común los problemas éticos,

 Dar razón con los demás de las conductas que creemos justas,

 Estar abiertos siempre a la posibilidad de llegar a acuerdos fundamentales que nos permitan solucionar pacíficamente los conflictos.

Este método implica poner en marcha la llamada "razón comunicativa o dialógica" (Habermas, 1987a y Apel, 1991). Todo ello posibilita la construcción de una "sociedad política democrática": surge así una "democracia participativa y radical". Más adelante volveremos sobre estos tópicos.

Visión del mundo unívoca

Código de

comportamiento y deberes único

Un solo ideal religioso o laico

Imposición de un solo ideal político

ÉTICA DE MÁXIMOS

Convivencia en la pluralidad Cosmovisiones y

antropologías diversas

Pluralidad ideológica Diversas religiones Múltiples ideales

políticos

ÉTICA DE MÍNIMOS (ÉTICA CÍVICA)

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1.1. Las raíces de la ética cívica: la ética discursiva o dialógica

Según José Sanabria (1998: 2), la vida actual se ve envuelta en problemas -teóricos y prácticos- que llevan a la necesidad de una ética que regule la actividad humana porque el hombre no debe actuar como si lo impulsara “la ley de la selva”. Indudablemente, afirma, es verdad lo que dijera Kant (1975) acerca de que hay una disposición moral inscrita en el género humano; ya quedó dicho que las acciones humanas necesariamente son éticas: o son buenas o son malas.

En la antigüedad, prosigue Sanabria, la ética aristotélica -ética eudemónica- tuvo un gran influjo en la cultura. Para el estagirita la felicidad está en la vida virtuosa. La felicidad -afirma- es: "una actividad del alma conforme a la virtud perfecta". Añade que la razón debe dirigir todos los actos humanos y en esto consiste esencialmente la vida virtuosa. Por lo cual el hombre obtiene su perfección a través de la actividad conforme a la virtud. Entonces la vida humana consiste en "vivir según la razón". La ética aristotélica, corregida por Tomás de Aquino, se transformó en ética cristiana, o ética de las virtudes, fundada teológicamente. Pero con el paso del tiempo la ética se alejó del cristianismo y apareció una ética normativa laica -o ética secular-, es decir, opuesta a la ética de las virtudes, una ética independiente de toda referencia a la religión y a Dios. Esto aconteció en la época moderna -siglo XVIII, según algunos- Y fueron surgiendo diferentes éticas: ética utilitarista, ética kantiana, ética hegeliana, ética contractualista de colaboración, ética consecuencialista, ética discursiva, ética de la intención, ética de la responsabilidad solidaria, ética postmoderna -ética light- ética de la compasión, y otras más (1998:3).

En la cita precedente, José Sanabria propone una evolución de la ética en cuya más alta escala se encuentra, entre otras, la ética discursiva (Figura 4.2). Precisamente de este tipo de ética nos ocuparemos enseguida, pues la ética cívica es una ética discursiva o dialógica. ¿Qué es la ética discursiva? Veamos.

Empecemos por afirmar que, como se sabe, los fundadores de la ética discursiva son Jürgen Habermas y Karl Otto Apel. Digamos también que la ética discursiva recibe otros nombres. Se le ha llamado ética dialógica, porque se pretendió que el principio moral es un principio dialógico; ética de la responsabilidad solidaria, porque desemboca en la responsabilidad de Max Weber y en el "socialismo pragmático" que en la solidaridad manifiesta la actitud racional del "Iogos" humano esencialmente dialógico y, finalmente, ética comunicativa, porque se funda en normas de acuerdo con la teoría de la comunicación. El nombre más común es el de ética discursiva, porque recurre a una racionalidad ya no estratégica sino consensual-comunicativa mediante el uso del lenguaje y de la reflexión a través de la racionalidad discursiva (Sanabria, 1998: 4-5)

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Figura 4.2: Evolución de las corrientes éticas, según José Sanabria

Al exponer su ética discursiva Habermas afirma que la ética kantiana es deontológica, cognitivista, formalista y universalista. Termina sosteniendo que la ética discursiva, como la ética kantiana, es también deontológica, cognitivista, formalista y universalista. Sin embargo, a su ética le agrega un nuevo elemento: se trata de una ética procedimental (Sanabria, 1998: 6-7). La Tabla 4.1 presenta una comparación entre estos dos tipos de ética.

Ética aristotélica

(Ética eudemó-

nica)

Ética tomista (Ética cristiana o de las virtudes)

Ética normati-va laica (Ética secular)

Ética utilitarista

Ética discursiva

Ética de la compasión

Ética postmoderna -Ética light -Ética de la responsabilidad solidaria

Ética de la intención Ética consecuencialista Ética contractualista de colaboración

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Tabla 4.1: Comparación entre la ética kantiana y la ética discursiva

Ética kantiana Ética discursiva

Es Deontológica. Kant pretendió limitarse estrictamente al conjunto de los juicios normativos capaces de fundamentación. Por ello tuvo que partir de un concepto estricto de moral. Mientras las éticas clásicas es referían a todas las cuestiones de la "vida buena", la ética kantiana sólo se refiere a los problemas relativos a la acción correcta o justa. Los juicios morales explican el modo de resolver los conflictos de acción mediante un acuerdo racionalmente motivado. Pero también pueden justificar acciones a la luz de principios que se deben reconocer ya que el fenómeno básico que la teoría moral tiene que enfrentar y explicar es la validez deóntica -el deber ser- de normas de acción y de mandatos. Así la ética kantiana es deóntica. (Habermas, 1991: 100)

Es Deontológica. No confunde la verdad de los enunciados con la justicia y con la rectitud de las normas. Se ocupa de la vertiente normativa del fenómeno moral. No se trata del deontologismo formal Kantiano o ética de la intención, que no toma en cuenta las consecuencias del diálogo interpersonal. Por el contrario, si los problemas éticos, socialmente relevantes, tienen soluciones concretas, en situaciones diferentes, se tienen que alcanzar mediante discursos prácticos de sujetos iguales y corresponsables. El fenómeno fundamental que la teoría moral tiene que afrontar y explicar es precisamente la validez deóntica -el deber- ser de mandatos y normas de acción. La validez normativa es una pretensión de validez análoga a la de la verdad.

Es Cognitivista. La validez normativa es como una pretensión de validez análoga a la verdad. En este caso se trata de una ética cognitivista que tiene que poder responder a la cuestión de cómo fundamentar los enunciados normativos. Kant escogió la forma de un imperativo caterórico: “Actúa solamente según la máxima de que al mismo tiempo puedas querer que tu acción se convierta en una ley universal". Pero el imperativo es un principio de justificación que considera válidas las normas de acción susceptibles de universalización.

Es Cognitivista. Porque tiene que poder decir cómo se fundamentan los enunciados normativos -juicios morales-. Es decir que la ética discursiva tiene que responder a la antigua pregunta: ¿cómo podemos fundamentar las normas morales? Se trata, por tanto, de la verdad de las normas morales. "Lo suyo es -apunta A. Cortina- explicar el valor prescriptivo de las normas".

Es Formalista. Si el imperativo categórico selecciona y distingue como válidas las normas de acción universalizables, entonces lo que, en sentido moral, está justificado, debe poder ser querido por todos los seres racionales. Por lo que la ética es formalista.

Es formalista. Porque procede de una reflexión formal de las condiciones de posibilidad de la vida buena concreta. Estas condiciones se deben establecer mediante consenso -acuerdo unánime- y que posteriormente formarán instituciones concretas en debate público en el que se oirá la voz de todos los implicados.

Es Universalista. La ética kantiana afirma que este principio moral (u otro semejante) no sólo expresa las intuiciones de una determinada cultura o de una determinada época, sino que debe tener validez general.

Es Universalista. El procedimiento de la argumentación moral está en lugar del imperativo categórico. A partir de este procedimiento se puede establecer el principio "D": "sólo pueden pretender validez aquellas normas que puedan tener el asentimiento de todos los afectados como participantes en un discurso práctico". El imperativo categórico queda así rebajado a un principio de universalización "U" que en los principios prácticos desempeña el papel de una argumentación: "en el caso de normas válidas los resultados y consecuencias laterales que, para la aceptación de los intereses de cada uno, previsiblemente se sigan de la observancia general de la norma tienen que poder ser aceptados sin coacción alguna por todos"

Es procedimental. Porque en vez de buscar los contenidos de las normas morales y jurídicas, se limita a buscar los procedimientos para declararlas válidas, o correctas. El consenso surge de un diálogo sincero en el que el otro es respetado como persona, como valioso en sí mismo -fin en sí mismo- con el que se buscan intereses universalizables de racionalidad comunicativa. Y sólo pueden pretender validez las normas que encuentran (o podrían encontrar) aceptación por parte de todos los afectados como participantes en un discurso práctico. Se trata de establecer el "punto de vista moral" mencionado, para poder juzgar imparcialmente las cuestiones morales. Entonces "en las argumentaciones los participantes han de partir de que en principio todos los afectados participan como iguales y libres en una búsqueda cooperativa de la verdad en la que no puede admitirse otra coerción que la resultante de los mejores argumentos” (Habermas, 1991: 100)

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En síntesis, la idea fundamental de Habermas, con su ética del discurso, es reformular la teoría moral de Kant en la cuestión de la justificación de las normas mediante la teoría de la acción comunicativa. Por lo mismo las características de la ética kantiana permanecen, de una manera o de otra, en la ética del discurso. Ésta, la ética del discurso, a su vez, entronca con la ética cívica de Adela Cortina, aunque ella no sigue literalmente la doctrina de Habermas y Apel, sino que aporta elementos propios. Veamos.

1.2. La ética civil o ética de mínimos

Adela Cortina, en España, retoma la ética del discurso de Habermas y Apel, pero ella habla con frecuencia más bien de ética civil y de ética de mínimos. ¿Qué es la ética civil? Cortina responde: “La ética civil es, en principio, la ética de los ciudadanos, es decir, la moral que los ciudadanos de una sociedad pluralista han de encarnar para que en ella sea posible la convivencia pacífica, dentro del respeto y la tolerancia por las concepciones del mundo" (1995: 8).

A esta ética civil a veces se le llama "ética laica" para contraponerla a la “ética religiosa”, como si el hecho de fe fuera contrario al hecho de razón. En tal caso la ética civil sería una ética racional en tanto que la creencia quedaría en un nivel irracional. Parece, pues, que la ética civil se limita a un conjunto de principios morales para una convivencia pacífica -convivencia democrática- en nuestra sociedades pluralistas independientemente de políticas, de credos religiosos e ideologías. Es la ética de los ciudadanos, que se comprometen a no interferir en los proyectos de vida y en la actuación de los demás ciudadanos -principio de no interferencia-. De este principio emanarían un conjunto de normas que se basan en dos ejes: libertad e igualdad. De ahí surgen, todos los derechos. Tanto es así que algunos piensan que el contenido esencial de la ética civil es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El respeto a tales derechos en relación a las condiciones indispensables para el ejercicio de la libertad, es un deber de justicia exigible a cualquier ciudadano de una sociedad pluralista (Sanabria, 1998: 9).

Existe una relación estrecha entre ética civil y pluralismo. Por lo cual en la ética civil se omite tratar, por ejemplo, de la vida buena porque le parece que la palabra bueno pertenece a la religión. Por ejemplo, Aristóteles creía que la amistad es importante para una vida feliz. La ética civil no se ocupa de estos temas porque su campo es lo exigible a todo ciudadano. Y la amistad no se puede exigir a nadie. La ética civil tampoco se atreve a dar juicios sobre los deberes en relación a la propia persona porque sólo le corresponde buscar las condiciones de la convivencia democrática. Por consiguiente, la vida privada se queda en la libertad de cada quién y nada tiene que ver con los demás. Más aún, en los deberes para con los demás no debe ir más allá de la justicia; le basta exigir que nadie cause mal a los demás porque prescribir acciones positivas que excedan lo anterior es estar en un ambiente más bien religioso (Cortina, 1993: 202).

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cualquier ciudadano en una sociedad pluralista. Se trata de procurar un "mínimo decente", unos mínimos básicos, es decir "condiciones de justicia". Lo demás: la felicidad, el bienestar,, etc. el ciudadano verá cómo se las arregla para lograrlo. Quede, por ejemplo, para la religión, el fenómeno moral llamado felicidad, siempre que se mantengan universalmente exigibles unos principios básicos, unos deberes innegociables, unos "mínimos decentes" que permitan a los ciudadanos convivir, si no en condiciones de felicidad sí, al menos, en condiciones de justicia. De aquí que hoy es común en ética la distinción entre lo bueno y lo justo, entre lo mínimo y lo máximo: los mínimos de justicia son lo racional y los máximos de bienaventuranza pertenecen a las religiones (Cortina, 1993: 203).

Así se distingue una ética universalista -de mínimos- y una ética particularista -de máximos-. Y en unas sociedades pluralistas y multiculturales se ha de buscar, al menos, un consenso máximo en los mínimos, y un acuerdo mínimo en los máximos, tanto más que la moral racional de mínimos es común a todos los humanos. En este sentido un partidario de la ética civil asegura que ella indica el grado de maduración ética de la sociedad, y dice: “La ética civil pretende ser la moral correlativa al estado avanzado de la sociedad democrática del presente. Por lo demás en ella se decanta lo mejor de los paradigmas morales de Occidente" (Vidal, 1991:516).

Según Cortina (1995), no hay oposición entre ética de mínimos y ética de máximos, porque la ética mínima es laica y para orientar el interés personal y comunitario no remite expresamente a Dios, pero tampoco lo niega expresamente. Al reconocer la existencia de ciertos valores mínimos comunes a todos los humanos, los comparte con ellos en un pluralismo no impositivo sino dialogado y argumentado. Por eso, entre los partidarios de una ética de mínimos y los partidarios de la ética de máximos no hay 'competencia' alguna. Entre las religiones y la ética cívica no hay contradicción, como se empeñan en mantener laicistas y fideístas, llevados por su afán de entender las relaciones humanas como juegos donde lo que gana el uno lo pierde el otro. Es éste, por el contrario, un 'juego' en el que todos pueden cooperar potenciando los mínimos ya compartidos, para que 'ganemos' los hombres -mujeres y varones- en el camino de la justicia y de la liberación. Lo cual no significa que quienes tengan propuestas de máximos las silencien, sino todo lo contrario, que sigan haciéndolas, pero no desde la imposición, sino desde el lugar apropiado para ofrecer el amor, que es el diálogo y la vivencia personal. Porque así como la universalidad de los mínimos de justicia es una universalidad exigible, la de los máximos de felicidad es una universalidad ofertable.

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Tabla 4.2: Comparación entre la ética de máximos y la ética de mínimos

Ética de máximos Ética de mínimos

Las éticas de máximos son éticas de la felicidad, de lo bueno, y pretenden ofrecer ideales de vida buena. Cuando algo se tiene por bueno, por felicitante, no se puede exigir que todo ser racional también lo tenga por bueno, porque se trata de una opción completamente subjetiva. Se puede aconsejar a seguirlo, se puede invitar a tenerlo como ejemplo, pero nunca se tiene que imponer. Por lo que las éticas de máximos son éticas religiosas. En este sentido insiste Cortina:

Mientras en una sociedad pluralista los ideales de felicidad pueden ser distintos y resultaría irracional la conducta de quienes se empeñaran en exigir a todos sus conciudadanos que se atengan al que ellos tienen por adecuado, no sucede lo mismo con las convicciones de justicia. Cuando tenemos algo por justo, nos sentimos impelidos a intersubjetivarlo, a exigir que los demás también lo tengan por justo, porque ciertamente existe una gran diferencia entre los juicios “esto es justo”, y '”esto nos conviene”, pero también entre los juicios “esto es justo” y “esto da la felicidad”. Si digo “esto me conviene”, estoy expresando simplemente mi preferencia individual por algo, y si digo “esto nos conviene” amplío la preferencia a un grupo, mientras cuando afirmo “esto es justo” estoy confiriéndole un peso de objetividad que queda más allá de las preferencias personales y grupales: estoy apelando a modelos intersubjetivos que sobrepasan con mucho el subjetivismo individual o grupal. Decir que “esto hace feliz” es, por contra, bastante más arriesgado, porque ¿quién se atreverá a decir que esto es lo que hace felices a todos los seres humanos, aunque parte de ellos se niegue a aceptarlos? (Cortina, 1994: 55-56)

Si esto es así resultaría que en concreto el cristianismo estaría de más porque cualquier religión, más aún, desde la increencia se puede vivir racionalmente una mínima ética cívica pública. Cortina (1995: 118) sale al paso de esta dificultad y afirma que el cristianismo no es, ni nunca fue, una ética de mínimos de justicia, sino una religión de máximos de felicidad. Al cristianismo le parecen totalmente irrenunciables los mínimos de justicia y se alegra profundamente de que formen parte de la conciencia moral social de nuestro tiempo; pero la religión cristiana contiene mucho más que los mínimos de justicia.

Es posible y necesario ser creyente y ciudadano. Fe y razón son dos niveles distintos de exigencia, de autonomía, y ninguno de ellos puede pretender absorber al otro: ni la religión puede suplantar a la moral cívica, "ni la moral civil puede pretender ser un equivalente funcional de la religión. Una ética cívica no entra en competencia con la religión, porque no intenta ofrecer una concepción del hombre y de la historia desde la que iluminar la totalidad de la vida. Es más bien, si la expresión vale, una instancia media, en la que muchas instancias últimas pueden coincidir y de hecho coinciden" (Cortina, 1995: 81-82).

¿Y la autoridad? Cortina (1994: 63-65) reconoce que de hecho en el seno de cada grupo muy bien puede existir un tipo de magisterio aceptado y que tenga una autoridad especial en él. Y puesto que en una sociedad hay diferentes esferas y dentro de cada una de ellas se da un tipo especial de organización, siempre que acepten el marco de conjunto, la existencia de magisterios internos en cada esfera es perfectamente democrático. Por lo que atentan contra las posibilidades de convivencia de una moral cívica tanto quienes se empeñan en negar a las iglesias su derecho a expresar su opinión en materia moral, como quienes desde una iglesia piensan que sólo ella está facultada para orientar moralmente y que las demás iglesias o grupos sociales se deberían someter a tales directivas. Y concluye que en una sociedad pluralista no hay un magisterio único, ni religioso ni laico".

Sabemos que las morales religiosas son de máximos para el bien y para la autorrealización y que las morales racionales son de mínimos referidos a normas universalizables que con el tiempo se han concretado en los derechos humanos de la primera, segunda y tercera generación. “La humanidad, a través de la historia, ha aprendido tales derechos y sería inmoral renunciar a ellos pues son transmisibles generacionalmente” (Cortina, 1986; Habermas, 1981). Las éticas de mínimos son éticas de justicia y pretenden aclarar qué requisitos se deben cumplir universalmente pues si, por ejemplo, yo tengo por justo algo, no sólo expreso un sentimiento puramente subjetivo, o de grupo, en relación a mi cultura o a mis circunstancias, sino que pretendo que lo tenga por justo cualquier ente racional que quiera pensar moralmente, es decir que se coloque en condiciones de imparcialidad y de universabilidad. En condicionamientos y circunstancias hay que actuar con éticas de razón. Hay que dar a cada uno lo que le corresponde. No se trata de hacerlo feliz, sino de darle el mínimo exigible -el mínimo decente-. Él buscará la felicidad como quiera o como pueda, pues la sociedad no puede quitarle sus decisiones de ser feliz de tal o cual manera ni tiene la obligación de satisfacerle todos su deseos.

Una sociedad que se empeña en hacer felices a sus ciudadanos según un modelo de lo que es la vida feliz es una sociedad totalitaria, aunque el modelo sea el de la mayoría, porque los ideales de felicidad son bien diversos y nadie tiene derecho -tampoco la sociedad, por supuesto- a imponer el suyo a los demás" (Cortina, 1995: 558-559).

La ética mínima -la ética del discurso- se aplica a la vida política. Ya Habermas propuso una filosofía política (1986, 1987b y 1988). En ella afirma que los problemas prácticos, políticos, etc., se han convertido en problemas técnicos -técnica social-. Ahora la política se ha hecho disciplina social. El proceso culmina en el positivismo lógico donde aparece clara la ruptura entre ser y deber. Los juicios axiológicos no decidibles científicamente, por lo mismo los fines, los intereses, los valores, que tanto afectan a la organización político-social, son una cuestión de decisión y no de demostración. La política, en lugar de orientarse a la solución de problemas éticos sometidos a la racionalidad discursiva, se ve impelida a ocuparse de cuestiones propias de la racionalidad técnica. Se trata de la tecnificación de la política (1984: 52 y 72).

Habermas ha procurado fundamentar la razón político-moral y rescatarla de la racionalidad instrumental. Para ello elaboró la teoría de la acción comunicativa y la ética del discurso donde campean las ideas de libertad y de igualdad.

En la ética de mínimos la tarea moral es formar un ethos democrático entre el discurso ético que se tiene que centrar en una reconstrucción normativa del mundo de la vida moral como dominio público. La vivencia de "mínimos morales" hace posible construir juntos una sociedad más justa. En una ciudad pluralista los valores compartidos son: autonomía individual y democracia. La verdadera democracia es aquella que se vive en una sociedad pluralista en la que se respetan los valores de libertad, igualdad y solidaridad. Estos valores se defienden desde una actitud dialógica en la que se toman verdaderamente en serio. La convivencia tranquila de los ciudadanos es la verdadera "tarea moral" de todos mediante una voluntad de entendimiento que se pone a disposición de la construcción de un mundo humano en el que la dignidad, la justicia y el diálogo surgen como las grandes líneas en las que se diseña el proyecto de una ética cívica (Cortina, 1994: 4-9).

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2. La ética cívica como contexto de la ética de la empresa

Como ya se ha dicho, la ética cívica es la disciplina filosofía que busca la perfección de los grupos sociales. Es una ética que está por encima de credos, razas, ideologías, sexo y condición social, por eso supone un consenso entre los ciudadanos que conforman todos estos grupos. Al ser ella el más alto nivel moral alcanzado por las sociedades democráticas y pluralistas de nuestro tiempo, se convierte en un referente obligado para cualquier actividad que se desarrolle en dichas sociedades. La actividad empresarial, por lo mismo, está llamada a asumir los tres principales logros alcanzados por la ética cívica, a saber:

 Un marco deontológico universalista basado en la comunicación  El acatamiento, el respeto y la aplicación de los derechos humanos  El descubrimiento de que cada hombre es un interlocutor válido.

Así las cosas, la ética de la empresa consistiría “en el descubrimiento y la aplicación de los valores y normas compartidos por una sociedad pluralista (valores que componen una ética cívica) al ámbito peculiar de la empresa” (Tortosa, 1993: 81).

Según T. Tuleja (1987: 249-251), la ética de la empresa debe verse reflejada en, al menos, los siguientes aspectos:

 En la conducta de los miembros de la empresa  En declaraciones éticas corporativas explícitas

 En la generación de recursos para que las personas puedan decidir  En la creación de códigos éticos empresariales.

Los códigos éticos empresariales constituyen un aspecto nuclear de la ética de la empresa. Precisamente, al tratamiento de ellos estará dedicada una gran parte del segundo volumen de esta Serie. Mientras tanto recordemos que, según D. Melé (1991: 131) los códigos éticos empresariales suelen girar en torno a cuatro conceptos:

 Equidad (salarios del ejecutivo, mérito corporativo, precio del producto)

 Derechos (proceso de audiencia justo, protección de la salud del empleado, derecho a la intimidad, igualdad de oportunidades, no discriminación por razón de sexo o raza)

 Honestidad (seguridad de información comercial de la compañía, regalos impropios, sobornos) y

 Ejercicio del poder corporativo (seguridad en el lugar de trabajo, seguridad del producto, seguridad del medio ambiente, cierre y reducción de plantilla).

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Pero dejemos estos asuntos para su momento y volvamos al tema que nos ocupa: el de la ética cívica y su relación con la ética de la empresa. Para poder establecer dicha relación examinaremos a continuación las principales características de la ética cívica. Éstas son básicamente cuatro: nacimiento, componentes, contenidos y funciones (Figura 4.3)

Figura 4.3: Características de la ética cívica

ÉTICA CÍVICA

2. 1. Nacimiento de la ética cívica

La ética cívica es relativamente joven: nace en la Modernidad (siglos XVI y XVII) bajo el siguiente lema:

NACIMIENTO

COMPONENTES

CONTENIDOS

FUNCIONES

 Garantizar una convivencia enriquecedora

 Criticar la violación de los mínimos éticos y

 Diseñar las instituciones y organizaciones de la sociedad, como es el caso de las empresas

 Los valores de libertad, igualdad y solidaridad  Los derechos humanos  La tolerancia activa y  El diálogo

 Una ética de mínimos  Una ética de ciudadanos y  Una ética de la modernidad  Modernidad (siglos XVI y XVII)  Presupone los pluralismos social

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Todos los hombres podemos convivir a pesar de nuestras diferencias de credos, razas, condición social y sexual, nacionalidad, ideología, nivel educativo y cultura, entre otros, siempre y cuando tengamos unos valores y unas normas mínimas comúnmente aceptadas.

Como ya hemos explicado, antes de que surgiera la ética cívica predominaba una ética religiosa (ética de máximos) que partía de la idea de que quien mejor podía poner las bases del comportamiento moral del hombre era Dios. Dios (y no el hombre) era la fuente de la moral. La ética religiosa le apuntaba a dos frentes: al cumplimiento de deberes y virtudes para alcanzar la perfección individual (ética individual), y al cumplimiento de deberes y virtudes en las relaciones sociales (ética social)

En la Modernidad surge el pluralismo social, en virtud de éste ya no se pueden imponer las ideas, las confesiones religiosas ni las verdades; ahora cada cual puede "tomar partido". Este pluralismo se caracteriza por "la unidad dentro de la diversidad". No significa que con él todos puedan hacer lo que les plazca o que todo esté permitido, sino que, una vez acordado un marco de valores aceptado por todos, cada cual puede optar por lo que mejor le parezca para su propia realización.

De esta manera, el pluralismo social abona el terreno para el surgimiento del pluralismo moral que, a su vez, posibilita el nacimiento de la ética cívica, la cual se constituye en el marco general para la aparición de la ética médica, de la ética ecológica y de la ética de la empresa, entre otras.

2.1. Principales componentes de la ética cívica

Según Adela Cortina (2000: 38-39), para que una determinada sociedad pueda implementar y desarrollar una ética cívica se necesitan tres componentes: una ética de mínimos, una ética de ciudadanos y una ética de la modernidad. Veamos que es lo que afirma la citada autora en cuanto a cada uno de estos tres aspectos.

1) Una ética de mínimos. Hay dos tipos de sociedades: las sociedades totalitarias en las cuales un grupo impone sus criterios (religiosos, ideológicos, morales...) a la mayoría. Aquí no se permiten las diferencias y quienes piensen distinto del grupo que impone sus normas son discriminados, perseguidos, expulsados y, en algunos casos, eliminados. En estas sociedades se impone una ética de máximos a partir de la cual el grupo que detenta el poder impone un ideal de felicidad a todos los demás grupos.

El otro tipo es el de las sociedades pluralistas. En éstas conviven diversas personas y grupos que se proponen distintas éticas de máximos, pero ninguno intenta imponer su ética a los demás; a lo sumo invitan a compartirla con el diálogo y el testimonio.

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3) Una ética de la modernidad. La modernidad se caracteriza por el libre pensamiento. Nadie puede imponer a otro sus concepciones. No hay verdades eternas y dogmas ni instituciones que posean la verdad absoluta, a menos que se ganen tal distinción a pulso y a fuerza de arrastrar con el propio ejemplo. En la ética moderna predomina la autonomía (autos= el mismo, nomos= ley), es decir, cada uno "se dicta su propia ley"; cada uno debe decidir en qué pensar, en quién creer y qué hacer con su vida.

El que mejor definió el espíritu de la modernidad fue Emanuel Kant, quien en su obra "¿Qué es la Ilustración?", afirmó: "Atrévete a servirte de tu propia razón". Esto es lo que se conoce como "la mayoría de edad de la humanidad".

2.2. Contenidos mínimos de la ética cívica

Siguiendo a la autora que venimos citando (Cortina, 2000: 39-42), es posible afirmar que una ética cívica debe estar estructura sobre los siguientes pilares: los valores de libertad, igualdad y solidaridad, los derechos humanos, la tolerancia activa y el diálogo. Veamos:

1) Los valores de libertad, igualdad y solidaridad. La ética cívica nace de la convicción de que los hombres somos ciudadanos capaces de tomar decisiones de un modo moralmente autónomo, es decir, libre y, por tanto, de tener un conocimiento suficientemente acabado de lo que consideramos bueno y de cómo organizar la convivencia sin necesidad de recurrir a autoridades impuestas.

La igualdad en este contexto significa lograr para todos iguales oportunidades de desarrollar sus capacidades, corrigiendo las desigualdades naturales y sociales, y ausencia de dominación de unos hombres por otros, ya que todos son iguales. Recordemos que libertad e igualdad fueron los dos primeros valores que acogió como suyos la Revolución Francesa de 1789, de la que surgió la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Estos dos valores, junto con la solidaridad (o fraternidad) constituyen el contenido fundamental de la ética cívica.

2) Los derechos humanos. No son "derechos legales", son "derechos morales" porque aunque fundamentan el derecho positivo, no forman parte de él, sino que pertenecen al ámbito de la moralidad (en éste, contrario a lo que ocurre en el ámbito legal, el incumplimiento de lo que debe ser no viene castigado con sanciones externas al sujeto y prefiguradas legalmente)

3) La tolerancia activa. La tolerancia pasiva es una predisposición a “no meterme en lo que no me importa” por comodidad, por no complicarme la vida. La tolerancia activa, en cambio, es una predisposición a respetar los proyectos ajenos aunque no los comparta.

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peculiaridades, y la forma de hacerlo será a través de diálogos en los que cada uno exprese tales peculiaridades desde la unidad que supone saberse al menos mínimamente entendido y máximamente respetado.

2.3. Funciones de una ética cívica

Por todo lo dicho, Cortina (2000: 44-45) concluye que los mínimos éticos son los que nos permiten, además de llevar adelante una convivencia enriquecedora, realizar otras dos tareas:

1) Criticar por inmoral el comportamiento de personas e instituciones que violan tales mínimos, y

2) Diseñar desde un esfuerzo conjunto las instituciones y organizaciones de nuestra sociedad, como es el caso de las empresas. Porque ¿cómo es posible criticar determinadas actuaciones o crear organizaciones legitimadas socialmente, si no hay convicciones morales compartidas desde las cuales hacerlo?

En efecto -afirma Cortina- en lo que se refiere a las críticas, es innegable que en nuestra sociedad se producen fuertes críticas de inmoralidad contra determinadas conductas, como puede ser en política la corrupción y el tráfico de influencias; en el mundo empresarial, la adulteración de productos, la publicidad engañosa, la baja calidad; en el mundo financiero, la falta de transparencia, los malos manejos, la falta de compasión por el débil. ¿Qué sentido tiene criticar si partimos de la base de que no hay convicciones morales comunes? ¿No me puede responder aquel a quien critico que esa es mi convicción moral, pero que él tiene otras, igualmente respetables?

No parece, pues, que todo sea tan opinable y subjetivo como algunos quieren suponer, sino que sí existen en moral exigencias y valores comunes, sobre la base de los cuales es posible argumentar y llegar a acuerdos.

Naturalmente -concluye- se puede aducir que estas críticas no son morales, sino legales: que un Estado de Derecho se mueve dentro de los límites de un marco legal, y que lo que está prohibido es lo que ese marco de leyes prohíbe. De modo que, aunque los ciudadanos no compartan ninguna convicción moral, no tienen más remedio que atenerse a las leyes que todos han convenido en aceptar, porque, en caso contrario, serán sancionados por la autoridad competente. Si esto fuera cierto, a la hora de tomar decisiones, políticos, empresarios, médicos, docentes y los restantes cuerpos sociales, tendrían bastante con atender a dos frentes normativos, que pondrían límite a conductas deshonestas: el Derecho, es decir, la legalidad vigente, válida para todos, puesto que todos son miembros de un Estado de Derecho, y además, la Religión para los creyentes.

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Religión no bastan para actuar moralmente bien, se necesita ese otro modo de saber práctico que se llama ética ( En la Tabla 4:3 se realiza una comparación entre Religión, Derecho y Moral).

Tabla 4.3: Comparación entre religión, derecho y moral

RELIGIÓN DERECHO MORAL

QUIÉN PROMULGA EL MANDATO

DIOS, A TRAVÉS DE REVELACIÓN Y

MAGISTERIO

EL CUERPO LEGISLATIVO LEGITIMADO PARA

ELLO

LA PERSONA MISMA

DESTINATARIOS DEL MANDATO

TODOS LOS HOMBRES LOS MIEMBROS DE LA COMUNIDAD POLÍTICA

LA PERSONA DE CADA HOMBRE

ANTE QUIÉN SE RESPONDE

ANTE DIOS ANTE LOS TRIBUNALES

ANTE SÍ MISMO

DE QUIÉN SE PUEDE ESPERAR OBEDIENCIA

DE LOS CREYENTES DE LOS OBLIGADOS POR EL PACTO

POLÍTICO

DE TODASLAS PERSONAS

Fuente: Cortina, 2000: 46

3. Implicaciones mutuas entre ética cívica y ética de la empresa

Ya casi terminando este capítulo, es preciso preguntarse ¿cómo se relacionan la ética cívica y la ética de la empresa? ¿se da influencia de una sobre otra? ¿qué elementos son comunes a ambas?. Indudablemente existen unos valores compartidos por estos dos tipos de ética (Figura 4:4), pues ambas tienen un escenario común: la sociedad pluralista y abierta de inicios del siglo XXI. Según Cortina, por ejemplo, “no es posible una ética empresarial sin una ética cívica, pero tampoco es posible una ética cívica sin una ética empresarial” (2000:42-44). Expliquemos brevemente ambos aspectos.

No es posible una ética empresarial sin una ética cívica. Los valores de libertad, igualdad y solidaridad, concretados en los derechos humanos, el valor de la tolerancia activa, así como la imposibilidad de proponer a otros el propio ideal de vida si no es a través del diálogo y el testimonio, componen por el momento el caudal de la ética cívica en las sociedades con democracia liberal como la nuestra.

Esto no significa tanto que todas las personas que viven en estas sociedades están de acuerdo en unos valores y derechos, como que las instituciones y organizaciones de tales sociedades cobran su sentido de protegerlos y defenderlos. Por eso todas ellas han de impregnarse de los mencionados valores, respetar y promocionar los derechos morales, e incorporarlos a su quehacer cotidiano, ya que, en caso contrario, quedan moralmente deslegitimadas. Podemos, pues, decir que precisamente porque la ética de las instituciones cívicas ha alcanzado el nivel descrito, es posible una ética de la empresa como la que venimos proponiendo desde el inicio del semestre.

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política, educación...). Pero como cada organización debe encarnar valores y respetar derechos propios de la especificidad de su actividad, es necesario que nos preguntemos: ¿cuáles son los rasgos peculiares de la actividad empresarial? Una vez que hayamos identificado esos rasgos sabremos cómo se aplican específicamente los principios de la ética cívica en la empresa.

Recordemos entonces -dice Cortina- que la meta de la actividad empresarial es la satisfacción de necesidades humanas a través de la puesta en marcha de un capital, del que es parte esencial el capital humano -los recursos humanos-, es decir, las capacidades de cuantos cooperan en la empresa. Por tanto, el bien interno de la actividad empresarial consiste en lograr satisfacer esas necesidades y, de forma inseparable, en desarrollar al máximo las capacidades de sus colaboradores, metas ambas que no podrá alcanzar si no es promocionando valores de libertad, igualdad y solidaridad desde el modo específico en que la empresa puede y debe hacerlo.

Es en este sentido -prosigue- en el que la recién nacida ética de la empresa tiene por valores irrenunciables los siguientes: la calidad en los productos y en la gestión, la honradez en el servicio, el mutuo respeto en las relaciones internas y externas de la empresa, la cooperación por la que conjuntamente se aspira a la calidad, la solidaridad al alza, que consiste en explotar al máximo las propias capacidades de modo que el conjunto de personas pueda beneficiarse de ellas, la creatividad, la iniciativa y el espíritu de riesgo.

Si las empresas no asumen este estilo, estos valores irrenunciables, no podrán sobrevivir en estos tiempos. Si quienes desarrollan actividades empresariales (ética de la empresa), sanitarias (ética de la salud), políticas (ética política) o docentes (ética de la educación) no están dispuestos a vivir según los valores que les son propios, es decir, específicos de su ámbito y de su quehacer, entonces tampoco será posible al cabo mantener en alza la moral de la sociedad en su conjunto.

No es posible una ética cívica sin una ética empresarial. En la vida cotidiana escuchamos críticas constantes a la inmoralidad de políticos, periodistas, empresarios, profesores, etcétera, críticas que nos llevan a decir en último término que es imposible ser político, periodista, empresario o educador y a la vez comportarse de una manera éticamente correcta. Ahora bien, si esto fuera cierto, entonces tendríamos que reconocer que es imposible participar en cualquiera de las organizaciones y actividades ciudadanas sin ser inmoral, con lo cual sucedería: a) que la vida humana se asienta sobre la inmoralidad constante, ya que todos vivimos en esas organizaciones, y b) que no habría ninguna ética cívica, porque mal puede haberla si la estructura de todos los sectores los hace necesariamente inmorales.

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Figura 4.4: Valores compartidos por las éticas cívica y empresarial

E

T

I

C

A

C

Í

V

I

C

A

E

T

I

C

A

E

M

P

R

E

S

A

R

I

A

L

 Valoración del pluralismo

 Acogida al universalismo

 Acatamiento de los derechos humanos (libertad, igualdad y

solidaridad)

 Promoción de la comunicación y el diálogo

 Respeto a la diferencia

 Búsqueda de la equidad y la honestidad

 Propensión por una ética de mínimos consensuados

 Respeto mutuo en las relaciones y tolerancia

activa

 Cumplimiento de las normas acordadas

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LECTURA COMPLEMENTARIA

Retos de la humanidad: solidaridad y convivencia democrática (Tomado de: Pérez, Teodoro, 2002: 15-22)

Un mundo que exige cambios

Como seres lenguajeantes y culturales, los humanos somos animales sociales por naturaleza: la única posibilidad que se nos ofrece para trascender la corporalidad de homo sapiens con la que nacemos es la cohabitación con otros que ya viven en un determinado entorno natural y artificial, y que han construido un mundo específico constituido por sus tradiciones, formas de representación, sistemas de coordinación de acciones y particulares dinámicas emocionales, al que accedemos mediante interacciones constantes y recurrentes como proceso de socialización. Estamos sujetos a vivir la vida en compañía de otros, lo que en términos generales significa vivir en sociedad.

La convivencia -vivir con otros- se nos presenta, entonces, o como un hecho dado histórica y culturalmente al que simplemente nos adscribimos y padecemos, o como una construcción que nos reta a hacernos protagonistas de nuestra propia vida para constituirnos en arquitectos del mundo que nos gustaría vivir. Qué hagamos de nuestra vida al respecto es una decisión que corresponde a cada uno tomar.

La sociedad que nos ha correspondido vivir a los colombianos es una que se halla inmersa en la tradición patriarcal de occidente, en la que el sentido de la existencia está animado por la apropiación, el control y la competencia como formas paradigmáticas de relación, al punto que han sido exaltadas a la condición de principales valores y virtudes de la vida social. Las consecuencias están a la vista: Hoy los desarrollos científicos y tecnológicos nos permiten vivir prácticamente en cualquier condición ambiental por extrema que sea, con la paradoja de que somos incapaces de convivir respetuosa y solidariamente con los otros miembros de la especie y con nuestro entorno. Son constantes del mundo actual la multiplicación de los conflictos bélicos por motivos étnicos, culturales, religiosos, económicos y políticos; la brecha del bienestar entre países pobres y ricos se amplía en la medida en que más riqueza se produce (según cifras de la ONU, el 15% de la población consume el 86% de los recursos, las tres mayores fortunas personales del globo son equivalentes al PIB de los 48 países más pobres, y en medio de una riqueza jamás vista, anualmente mueren de inanición 30 millones de personas); y el excesivo afán consumista está llevando a la depredación irreversible de la vida en el planeta.

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realización de nuestra naturaleza social en un modo de vida consensual que se caracterice por el pluralismo y el respeto como aceptación del derecho y la legitimidad de la existencia plural de los otros, y por la solidaridad y la cooperación en la asunción de la interconexión e interdependencia del curso común en el devenir de todos los sistemas vivientes, sea en la actualidad el principal reto de la humanidad (Capra, 1999).

Múltiples discursos filosóficos, éticos y pedagógicos se han erigido e implementado en la búsqueda de estos objetivos, pero los tozudos hechos nos evidencian que el sistema de relaciones patriarcales predominante en el mundo se ha reducido escasamente e inclusive en no pocas sociedades ha incrementado su distanciamiento del tan anhelado desarrollo social que las diferentes discursividades disciplinarias y prácticas sociopolíticas dicen perseguir.

En el caso concreto de Colombia, la situación que actualmente se vive es heredera de una historia de 500 años, caracterizada por múltiples expresiones de barbarie, guerras fratricidas, división radical de clases y abismales inequidades en la distribución de la riqueza, en los que no ha sido posible consolidar una institucionalidad y una cultura democráticas, con las consecuencias de que el cotidiano transcurrir de varias esferas de la vida social evidencia una profundización y perversión de los sistemas de relaciones que predominan en la cultura patriarcal, presentándose las siguientes manifestaciones:

 Falta de aprecio y de respeto por la vida humana, la cual es suprimida y negociada por el terrorismo, el sicariato y por sectores de los cuerpos armados del Estado.  Marginación, explotación salvaje e inequidad en el acceso al bienestar de vastos

sectores de la población.

 Intolerancia política e ideológica, que ha llevado a la supresión física de quienes en el terreno de las ideas se ofrecen a liderar propuestas y opciones de reivindicación de los inermes y desposeídos.

 Afán desmedido de lucro individual, que se traduce en abierta corrupción a todos los niveles en las empresas públicas y privadas, y en el desempeño de actividades ilícitas y criminales aceptadas en amplias esferas sociales como medio legítimo de enriquecimiento.

 Desorden y anarquía social por la inobservancia generalizada de las mínimas reglas de conducta para la convivencia ciudadana, que lleva a la búsqueda permanente del atajo facilista para obtener fines privados, a la transgresión de las normas cívicas y a la violación de derechos.

 Insensibilidad frente a la tragedia y el dolor ajenos, que reduce lo social al estrecho ámbito de los intereses individualistas.

 Debilidad estructural del Estado para ejercer de mediador y regulador de las relaciones e intereses privados y colectivos, lo cual lleva a la impunidad, a la aparición de Estados privados en el contexto nacional y al manejo de los bienes públicos por parte de los gobernantes de manera arrogante y excluyente, como si fueran sus propietarios y no sus administradores temporales; y

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actividades privadas.

Solidaridad y convivencia democrática, retos históricos

La construcción de una sociedad centrada en la libertad, la equidad, el pluralismo y la solidaridad ha sido un interés prioritario de múltiples pensadores, políticos y científicos desde hace varios siglos. Las ideas y prácticas democráticas en la Grecia Antigua se constituyeron en la praxis fundante de esta nueva forma de organización social y de relaciones humanas; las revoluciones francesa y norteamericana inauguraron políticamente en la época moderna las constituciones que legitimaron la voluntad popular como la fuente del poder, de la estructura democrática del estado y de las formas representativas de gobierno; y desde el siglo XIX el tema de la formación para la convivencia pacífica y respetuosa en el altruismo y la generosidad se convirtió en una de las mayores preocupaciones de los pedagogos y educadores.

En el logro de este propósito se ha fundamentado ampliamente, desde Tocqueville en las primeras décadas del siglo XIX, que el sistema democrático es la vía más expedita para garantizar la solidaridad, la justicia y la equidad entre los intereses individuales y colectivos. Hoy se acepta que la construcción de la democracia exige el cumplimiento de unos mínimos criterios y requisitos, consistentes en la concertación de principios generales de acción legítima y de reglas de juego que sean de conocimiento público; en la posibilidad de que todos aquellos que se vean afectados por un determinado asunto tengan ocasión de participar en las decisiones que los comprometen; en la consagración de mecanismos a través de los cuales se puedan hacer valer los derechos reconocidos a los individuos y se hagan cumplir los compromisos públicamente adquiridos; y en la existencia de medios a través de los cuales los individuos manifiesten su inconformidad, ejecuten su derecho a disentir y sean efectivamente escuchados.

Este último principio, referido al reconocimiento del otro como diferente y por ende a la aceptación del pluralismo, es uno de los signos claves de la convivencia democrática, pues si bien la democracia está definida por los espacios en donde se generan consensos y acuerdos, lo que posibilita la convivencia no es la hegemonía unificante de las mayorías, sino el respeto a la disensión, el derecho a pensar, a vivir distinto y a desarrollar como legítima esa diferencia. Nuestra Colombia cambiaría substancialmente si cada compatriota fuera capaz de aceptar la dignidad de lo que es distinto, si respetara lo que no se le parece, más allá de la simple coexistencia que tolera mientras cambia al otro o le saca provecho pecuniario, o que le permite vivir bajo la condición de que permanezca invisible y no le plantee trato.

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para mí el o los otros.

Ahora bien, la convivencia democrática no se constituye por el sistema de normas, por el régimen político republicano instituido ni por los discursos libertarios que circulen en la sociedad. Esas son condiciones necesarias pero no suficientes. La democracia es ante todo una manera de vivir, un ethos, una cultura que se realiza en las múltiples y recurrentes interacciones de la cotidianidad de las personas, que las lleva a convivir con los otros en el respeto, la aceptación y la solidaridad como forma natural y espontánea de relación. No obstante, en nuestro mundo encontramos una amplia proliferación de enunciados democráticos en espacios institucionales y de la vida cotidiana que aparecen como el norte orientador de los actores que los formulan, discursos que con frecuencia resultan contradictorios con las prácticas sociales de sus autores, quienes en ellas realizan y evidencian un ethos autoritario, hegemónico y excluyente como el trasfondo efectivo desde donde operan.

Con el propósito de construir la convivencia democrática se han generado múltiples discursos sociopedagógicos y otras tantas prácticas educativas desde diversas corrientes del pensamiento, casi todos centrados en la creencia de que los seres humanos orientamos nuestra conducta por la opción racional, por las argumentaciones lógicamente más sólidas y fundamentadas y/o por la referencia a principios axiológicos o valores que nos indican cuáles son las acciones correctas que debemos seguir. Es una visión que magnifica la dimensión racional, y que en ese reduccionismo desconoce o minimiza la importancia de otros dispositivos gatilladores de las acciones humanas y de la configuración de predisposiciones conductuales, en especial los referidos al campo de las emociones y de los estados de ánimo. Las consecuencias que ha traído este camino saltan a la vista: las personas pueden haberse ilustrado en conocimientos éticos y en valores, inclusive pueden ser buenos expositores conceptuales de dichos tópicos, pero su afectividad, sus sentimientos y deseos usualmente andan en contravía de lo que teóricamente saben, y se comportan en consecuencia. Las pedagogías de la ilustración olvidan una verdad axiomática: Las personas sólo hacemos lo que queremos hacer, y cuando hacemos cosas que no nos gustan, lo hacemos porque queremos sus consecuencias. En el caso de la educación, es común encontrar dos paradojas referidas al cambio cultural que los proyectos educativos se proponen: La primera consiste en que se quiere cambiar el mundo pero en diferido, esto es, educando a los alumnos para que sean ellos quienes lo cambien. La segunda es corolario de la primera: el nuevo mundo se presenta como una utopía de largo plazo y se queda en el decir, pues en el quehacer los educadores reproducen lo que ansían transformar.

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por cada parte antagonista como posiciones recalcitrantes y perversas del opositor, y por tanto como amenazas a la propia seguridad e integridad. Los enfrentamientos entre miradas diferentes se convierten en guerra de certidumbres que ciegan a los opositores y que los conducen a intentar cambiar a los otros, a neutralizarlos manteniéndolos a prudente distancia o a suprimirlos quitándoles la vida. Los discursos sobre pluralismo, aceptación de la diferencia y ”tolerancia” quedan circunscritos al ámbito del decir, pues en el hacer se impone la visión objetivista de la realidad que niega la legitimidad y validez de las distintas miradas y proposiciones.

Inocuidad de los proyectos de cambio cultural

En la búsqueda de relaciones humanas democráticas y solidarias se han construido infinidad de proyectos educativos, sociales y políticos de todo tipo -algunos sustentados sobre sólidas bases teóricas y gran fortaleza argumentativa, otros con un carácter más empírico- que han requerido más o menos recursos y que se han ejecutado con diferente rigor metodológico, pero cuya evaluación, en la inmensa mayoría de los casos, apenas puede dar cuenta del cumplimiento puntual de las acciones planeadas, de los recursos invertidos, del número de pobladores beneficiados (que participó) y del seguimiento del cronograma. Del impacto en la generación de cambios efectivos en el sistema de relaciones cotidianas que se proponían fracturar y reconstituir como afectación de la cultura, es poco o nada lo que pueden decir. Se hace aparente, entonces, que los proyectos sociales, educativos y políticos de cambio cultural que se construyen y ejecutan dentro de la perspectiva de trabajar con realidades objetivas, de enriquecer las bases de conocimientos de las personas como la principal finalidad y metodología formativa, y del divorcio entre discursos y prácticas cotidianas, se revelan impotentes e inocuos para avanzar efectivamente en el acercamiento a la utopía del mundo solidario y democrático.

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CASOS DE ÉTICA EMPRESARIAL

Merck and Company y la “ceguera de los ríos”

(Tomado de: Velásquez, Manuel, 2000: 2-5)

La ceguera de los ríos es una enfermedad dolorosa que afecta a unos 18 millones de personas empobrecidas que viven en los poblados alejados, en las márgenes de los ríos de las regiones cálidas de África y América Latina. La enfermedad es causada por un diminuto gusano parásito que se transmite de una persona a otra mediante la picadura del jején, un insecto que se cría en las aguas de los ríos. Los pequeños gusanos excavan penetrando en la piel de una persona, donde alcanzan una longitud de hasta 60 cm, enrollados en el interior de desagradables nódulos redondos de entre 12 y 25 mm de diámetro. En el interior de los nódulos, los gusanos se reproducen liberando millones de larvas microscópicas llamadas microfilarias que se mueven debajo de la piel, decolorándola a medida que migran, al tiempo que causan lesiones y un escozor tan intenso que a veces los pacientes se suicidan. Eventualmente, las microfilarias invaden los ojos y, poco a poco, dejan ciega a la víctima.

La aspersión de pesticidas para erradicar la mosca no sirvió de nada cuando el insecto desarrolló inmunidad contra estos productos. Es más, los únicos fármacos disponibles para tratar el parásito en humanos han sido tan caros, tienen tales efectos secundarios graves, y requieren tan largas estancias hospitalarias, que los tratamientos no pueden ser aplicados en las desamparadas víctimas que viven en los poblados apartados. En muchas regiones, la gente ha abandonado las orillas de los ríos, dejando deshabitadas grandes extensiones de tierra fértil. Muchos de estos pueblos, sin embargo, regresan después, porque las tierras distantes resultan difíciles para el cultivo. La mayoría de los pobladores en las cercanías de los ríos llegan a acostumbrarse a los nódulos, al escozor torturante y la eventual ceguera, como una parte inevitable de la vida.

En 1979, el doctor William Campbell, un científico que trabajaba en investigación para Merck and Company, empresa farmacéutica estadounidense, descubrió que el Ivermectin, uno de los medicamentos para animales más vendidos de la empresa, podía matar el parásito que causa la ceguera de los ríos. Un análisis más profundo señaló que el Ivermectin podía proporcionar una cura segura, sencilla y de bajo costo para esta enfermedad. Campbell y su equipo de investigadores solicitaron al presidente de Merck, el doctor P. Roy Vagelos, que les permitiera desarrollar la versión humana del fármaco que hasta entonces había sido utilizado solamente para tratar animales.

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