A P E D A Z O S
P í a S p í a (Pudahuel,1988) Profesora. Una nadie que retorna a la tierra para ver crecer el bosque extinto, poseída de voces, amateur y practicante de la crianza, la escritura, los hilos y el dibujo. Hembra humana en búsqueda constante de la vida.
“Tú sabes que aunque no escriba, escribo todo el tiempo.”
MALÚ URRIOLA
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LAS CUATRO VIEJAS DEL APOCALIPSIS
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n cuarteto de presencias rodea mi cuerpo, percibo las sombras desde un ángulo desconocido, desde un sentido inédito. No siento dolor. Comentan, susu- rran, cuchichean. No las puedo ver.Mi cabeza se ha reventado contra el cemento, mis ojos se han desvanecido y mi cuello se ha pulverizado, me es imposible levantar el rostro, pero las oigo parlotear y las creo conocidas.
- Yo te dije que no, que debimos pro- curar hacerlo mejor, si era muy difícil de querer, quién se la iba a poder con ella, dura, porfi ada y peleadora de chiquitita.
- No era la época. Mi niñita debió na- cer en unas décadas más, no es su culpa.
- ¿Y de quién iba a serla, eñora? Ob- vio que es su culpa y suya también, por no decirle dónde debía estar. Tanto derechos y derechos, si al fi nal igual no más a una la miran por lo que tiene entre las piernas.
- Yo le dije que no se descuidara, tan-
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to que le recé a la sor Teresa para que sa- liera bonita.
- Si bonita salió, es que quiso echarse a perder, es que tanto libro que leía, pa- recía que mientras más hojas daba vuelta más fea se ponía.
- Los libros no tienen la culpa, no deje ver su ignorancia, fue esa moda que le dio de dejarse crecer el bigote, tantas ve- ces que le dije.
- Es que la iban a querer por lo que era, decía, aonde háyase visto, si al marido hay que tenerle la comida, la ropa y el poto calentito, eso es sabido.
- No se ponga ordinaria, mamita, que ya no tiene alzheimer para andar hablan- do tantas barbaridades.
- La verdad no más es, mijita.
Mis piernas son un recuerdo, intento moverlas pero es imposible, fue muy alta la caída, al menos logré lo que quería, es- toy tranquila, no quería seguir sufriendo, aunque lo estaría más si no tuviese que escuchar a esas mujeres discutir como si me conocieran de toda la vidas como si hablaran de mí, como si me apuntaran y...
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estoy segura que conozco esas voces. No, no creo, debe ser la gente que estaba abajo,
¿y el ruido de las micros?
- Tanta mala fortuna, si para ser cho- ra no hay que enamorarse y tan enamora que me salió.
- Sí, de chiquitita le escribía cartas y hacía dibujos a sus amores platónicos.
- Pobre alma enamorada.
- Por amor no más podía ser su fi nal.
- Puro cuento era ese de dárselas de chorita y revolucionaria.
- ¿Feminista no era?
- Le duraba hasta que la miraban bo- nito, ligerito le temblaban las piernas.
- Era pesa con los feos no más, más cuentera la chiquilla.
- Ay no sean tan malas, si ya ese tal Demetrio le rompió el corazón, para qué vamos a seguir en la dureza.
- Nadie le mandó a creer, si a los hom- bres no hay que creerles. Más tonta ella.
Dicen que el amor mueve al mundo, pero a mí, la chorita de la que hablan, me mueve la rabia. Cuando oí ese afán por en- cubrir al Demetrio, por responsabilizarme
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a mí de la desgracia, el alma se me salió del cuerpo y vi a ese cuarteto de viejas cagüi- neras que ya habían traído un fogón y una banca para tomar mate y pelarme en mi presencia, al calorcito de mi cuerpo suici- da desgarrado. Me puse de pie incluso sin pies y aplaudieron.
- Ay, niña, que saliste difícil.
- Ya no sabíamos qué decir pa enojarte.
Son mi madre, mis tías y mi abue- la. Todas muertas. Más bien sus extraño fragmentos traslucidos que regurgitan sus voces. ¿Dónde vine a parar yo, por Dios?,
¿este es el cielo o el infi erno?
- El cielo po, mijita, el cielo de las mujeres.
¿Cómo de las mujeres? No era que eso era un invento para decirnos quiénes somos y cómo debemos ser no más, de qué se trata todo esto.
- Ay, niña, es que las cosas han esta- do muy revolucionadas por acá, ya nadie se habla con nadie, los cielos se dividieron.
Tú puedes elegir en qué cielo quieres es- tar, pero como somos tus parientes más cercanas, te trajimos para acá.
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- Las almas liberadas del cuerpo arrastran las guerras de la vida terrenal. Si allá hay guerra allá abajo, acá se arma la grande.
Ni acá se libran del materialismo his- tórico, refl exiono mirando sus refl ejos chupar la bombilla del mate a mi alrede- dor, con suaves contornos brillante casi transparentes y caigo en cuenta del espa- cio insondable que nos contiene.
- No te vayan a escuchar acá de eso, niña.
- Marx está funado en este cielo.
- La tierra pesa, niña, la tierra tira, aún hay viejas que lamentan los cercos.
- Las brujas siguen ardiendo las lágri- mas de los bosques.
¿Y no hay un Dios que ordene la cosa?
No sé si lo pienso o lo digo, me cuesta acos- tumbrarme a mi nuevo estado, porque los límites del cuerpo parecen no existir y el mareo que me produce el indefi nido mur- mullo de palabras y pensamientos que lle- gan a mi corporeidad inexistente no facili- ta la tarea.
- Pero si abajo se dijo hace tiempo
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que Dios no existe.
- Me extraña de ti tan curta.
No entiendo nada y las voces conti- núan cacareando, recuerdo a mis hijos, tan pequeños aún, dónde irán a parar muer- tos, parece que no podré tenerlos conmigo de nuevo si a este cielo vienen puras muje- res. Mis brazos vacíos parecen retornar a mí alma llenándola de su ausencia eterna en angustia.
- ¿Y ahora pensaí en ellos? Si cuando te tiraste, puro pensabai en el otro.
- Pobres criaturas sin madre.
- Si para parir hay que desearlo, no decías y bueno qué pasó con tu deseo po, al fi nal los dejaste huachos.
- No sean malos con la niña, sí quiso, pero ya no podía, si a veces el dolor es muy grande y se come la vida, eso es sabido.
Me duele. Sigue doliendo. Las luces antropomórfi cas me cofunden, sus voces se mezclan al dirigirse a mí interpelándo- me cuando aún no me acostumbro a mi propio fulgor.
- Tan chorita que te creía, cabrita, si hasta casi nos convenciste, pero yo siem-
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pre tuve mis dudas, siempre supe que erai como todas.
- Tanto que te dije que usaras el cere- bro, pero no, tú pensando con el corazón en la mano no más.
- Todas las lesas detrás de tantos títu- los y ese nuevo mundo que se les abrió con el trabajo, están más cagas que antes.
- Les salió mejor el remedio.
- Ahora tienen habitación propia y no pueden estar ellas porque pasan puro trabajando.
- No, si es por eso que te mataste, criatura, si nadie aguanta, no hay cuerpo ni mente.
- Yo al fi nal compadezco a las de tu tiempo, porque es cierto que ahora hay más máquinas, pero nadie aguanta con tanto patrón que nos han dejado.
- Yo pensaba que el Deme era valien- te y se la podría contigo.
- Yo te dije que no parieras, si no po- días con todo. O eres intelectual o madre, no se puede tanto po, ya ves cómo terminaste.
- Yo te anduve siguiendo todo este tiem- po : Que cumple con la producción, María
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Antonieta; que dejaste hecho el almuerzo, To- ñita; que tengo una tarea, mamita.
- Y un cumpleaños y no sé hacer la cama.
- Y, al fi nal, nunca te viste el dolor de muelas.
Al escucharlas parafrasear a mis hijos, entre risas y burlas, algo que se me rompe dentro y lamento la caída a ese abismo. Me veo llorando en el metro, llegando tarde al trabajo; llorando en la ofi cina sin cabeza para los números; llorando con mis niños enfermos o dejándolos en la sala cuna; llo- rando sobre la pesa cuando descubrí que había subido veinte kilos en un año; tam- bién lloré cuando el Deme se fue con ella y me quedé sola y lloré cuando descubrí que no podía tener pena, porque la pena es un lujo y las mujeres no podemos tener pena, porque te llaman del colegio y te llaman de los bancos y eres mala madre y te em- bargan y la gente te mira porque cómo es posible que no puedas salir adelante, que la resiliencia y la cacha de la espada.
Quiero llorar de nuevo y devolverme desecha para mi casa y abrazar a mis niños
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dolidos, pero la ametralladora de fonemas persiste y me contengo, quizás si la vida allá abajo se simplifi cara y se soltaran las amarras del dolor. si este prometido paraí- so es a imagen de esa vida, no queda más que reconsiderar mis convicciones.
- Si me hubiese hecho caso, Toñita, si las cosas para nosotras no cambian.
- Es que andar creyendo eso de que conquistando el terreno de los hombres íbamos a ser libres.
- Aonde si ellos son más esclavos, anda a ver al hombre libre.
- Cada uno con sus yugos mejor.
Sí, eso es, eso es lo tenemos que hacer romper todas cadenas y que...
- Quédate callá, María Antonieta, y tómate el mate, no vengai con esos cuen- tos revolucionarios ahora cuando acabai de matarte.
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NOTIFICACIÓN DE MEDIANOCHE
“Me consuela sentir que te abraza la tierra”
Miguel Hernández
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erca de la medianoche, después de re- cibir la notifi cación del me gusta que me pusiste en la foto que me tomaste hace cinco años, tu presencia intangible se me- tió entre mis sábanas y mis piernas y la abracé, como si salieras desde dentro mío, como si me nacieras en cada pedazo de la piel que te compartí.Me quedé apretándote entre mis pe- chos con tus ojos tristes prendidos o des- cubriendo mi pubis desnuda bajo tus la- bios graciosos. Mi teléfono siguió vibrando sobre el velador mientras yo te besaba las mejillas invisibles breve e interminable- mente.
Palpitaban mis labios con toda la ter- nura que me nacía al encontrarme con tus ojos tristes contentos, con tus tristes ojos
encendidos, con tus tristes ojos ilusiona- dos. Reviví esos besos que te perpetuaban a mi lado, hasta que las noches se hacían días y nos dormíamos entre esos besos suaves, besos torpes y besos cortos con olor a mañana de tus mejillas ásperas que raspaban las mías.
Me levanté desvelada, buscando cal- ma con un vaso de agua y el viento, que entró frío al abrir la ventana. Lamenté las decisiones que nos alejaron y volví a la cama para contarte que te daría los besos de una vida esta noche.
Imaginé que tú también me recorda- bas mientras yo te tenía en mí, entre mí, sobre mí, desde mí, saliéndome de la piel, brotando de la vibración de mi deseo, de los ruidos que emergían de ti al descubrir mi humedad y que me invadieron con un eco abrasador mientras me sofocan las ansias de abrir mi cuerpo para que no me salgas de la piel sino para que te quedes dentro.
Anoche dormiste dentro, aquí, en cada fragmento de sábana que roce en tu nom- bre y esos fragmentos del tiempo en que te
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viví, con todos los rostros de nuestra vida rodando por mi cama, se disiparon en tu sensación y tu perfume perdido y al revi- virlos son un instante, una minúscula par- tícula que lo contiene todo, todas las cari- cias revividas en un segundo multiplicado por mis ganas. Me visitaste y dejé dormir a mis pequeños pies en tu empeine, añoran- do ese calce perfecto de nuestros dedos, sintiéndote respirar en mi cuello, entran- do y saliendo por tus pulmones me aferré a tu honda cintura, como hice frente otras tempestades, me sujeté a tus latidos que se unieron a los míos y me quedé así, pensán- dote frente a frente, invisible, recorriendo la noche con tus manos de uñas mal cor- tadas que se me incrustaban cuando te abrías espacio en mi interior, en la carne viva que te devoraba con tu cadera clava- da en mi cadera al enredarse y revolverse nuestros pelos indomables para anidarnos mientras surgías desde mí, latiendo entre mis piernas, fl uyendo bajo mi ombligo, lle- nando todos mis canales.
Desperté para contestar el celular que no había dejado de vibrar, me despedí de
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tu recuerdo y escuché del otro lado a tu hermana decirme que te habían atropella- do cruzando la calle porque ibas mirando el celular cerca de la medianoche.
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LOLY DONORS
“ Ella baila pogo porque siente mucho odio”
Ricky Espinoza
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a Loly era la negra chica de su colegio cuico, era una panky del barrio alto, lo más tuja que han conocido sus amigos. La Loly es mi prima lejana y la sexta Sailor Scouts, a quienes conocí por sus relatos antes de verlas, cuando su boca me tradu- cía las maravillas de la televisión por ca- ble. La Loly viajaba a Miami- onda Miami:Cocacola, Mcdonals y el chicle reventán- dose en la cima del centro comercial- y me regalaba su vieja ropa americana y yo me creía la más ondera del pasaje con sus poleras fl uors y las calzas con cuadritos.
Esperaba ansiosa- ¿dónde están esas pla- taformas blancas, azules o negras?- la bol- sa con ropa regalada que aún venía con su olor, hasta sus calzones olían a ella, olían
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bien rico esos calzones. Alguna vez, sen- tada en su cama, conversando de los no amores, le robé un pañuelo y lo escondí bajo mi polera, ensordeciendo mi corazón culposo, se lo robé en nombre de las do- nors negras que algunas niñas no tuvimos, de seguro no se dio ni cuenta y yo lo usé como diez años y lo lucía fascinada mien- tras mis amigas me decían “¡ay ,qué her- moso tu pañuelo, me muero!”
La Loly, mi prima, era linda, relinda y regia, regia de Plaza Italia pa abajo, rasca en su colegio cuico feo. En mi resentimiento innato, me caía mal a los doce cuando me la empecé a topar en las tokatas, a ella con sus amigos panks tan regios, que pronto me venderían su mercancía contracultu- ral autogestionada a regañadientes. Me saludaba con euforia, ver a su prima chi- ca la entusiasmada, pero yo ya era amarga como un pomelo, como un membrillo sin sal, amarga aunque le sonreía con su ropa regalada.
Amarga y media rara, porque su ropa, aunque me encantaba, me llegaba luego de varias temporadas y nunca encontré unas
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Donors entre ellas, ¡qué hacía con ellas, por Dios!, si de seguro tenía, tuve que afe- rrarme a mis suaves Donors de cuneta, amarga y más amarga cuando la superé en estatura y jamás volví a entrar en sus pan- talones, el chauchero pelado y las nocio- nes estéticas familiares me sentenciaron:
fui condenada a la rareza. Mis padres eran los únicos que sostenían con ferviente se- guridad que los pantalones a la cadera de- formaban el cuerpo. Gracias a ellos, ahora soy traumada y deforme de igual mane- ra. Me abracé a mi amargura tirándome de cabeza a los fardos en la feria cuando mis compañeras de colegio arribista iban a Foster o al Éfesis y bailaban con Música Libre mientras yo las molestaba para que no se me notaran la amargura bajo la ropa negra y los pantalones negros- a la cintu- ra- y las zapatillas negras baratas, porque negra el alma y negro el cuerpo, y cuando hubo plata para comprarme las sckechers que lucía Brit, y que destronaron a las su- blimes donors negras, ya estaban pasadas de moda y yo ya tenía fama de rara, de amarga, de negra, no podía volver a esa
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reino y fui más rara, cuando dejé de bailar la música latina tropical que me encanta- ba y saqué el poster de mi Ricky amado y guardé los shores desfl ecados con el que gocé la bomba, el caramelo y la botella y los cambié por nuevos rituales que le die- ron sentido a mi amargura, que me permi- tían ignorar con fundamentos a las baila- rinas de axé con sus mochilitas de Winnie de Pooh.
La Loly mi prima, vive en el barrio alto y tiene el corazón roto, es la negra chicha del barrio alto, nos encontramos un par de veces antes de la fi la de visita cuando estaba terminando la media y no la quise mirar a los ojos, mientras me pa- saba la torta para mi padre que estaba de cumpleaños, torta que fue prontamente partida y rota por sus custodios y que nos comimos en ese infi erno. La miré a los ojos mientras depositaba orgullosa su regalo en mis manos, no me dio sus Donors, no le di mi sonrisa, solo unas “gracias” forzadas y sínicas. Pudo ser incluso cuando pasaron de moda. Ahí en ese instante insolado que se extiende en la fi la, mi resentimiento se
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agudizaba al pensar que su papá estaba afuera y el mío adentro, que a mi madre la embargaron mientras que la de ella tripli- có sus propiedades, hurgando en el mismo hoyo: robo, malversación, corrupción y más robo.
No tuvo piedad el destino de esas dos primas que jugaron a ser las guardianas del universo en un viejo entretecho. Las dejó a cada una donde siempre estuvieron. La Loly pudo salvar un poco mi alma muerta de espanto, antes de que se apagaran los 90 y los chinos se llevarán las promesas de la alegría que nunca llega. Solo Dios sabe dónde fue a parar ese precioso tesoro que inspiraron las Spice en cualquier portada de sus tres discos.
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JACK
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oy, mientras caminaba por el paso so- bre nivel para llegar a verlo pensaba en ti y en la primera vez que me enamoré y ahí estaba él, diez años más viejo, carco- mida la piel por la cerveza o quizás por las pastas que siguió fumando. Mis propias ensoñaciones palpitaban al ritmo de tu muerte, de eso que nunca puedes soste- ner y que irremediablemente se pierde en la perpetua nada que somos, cada amor y pasión intenso y esos cuerpos que se van, a los que es inevitable frenar desnudos en un antiguo auto estacionado, toqueteán- dose en todas las plazas maipucinas, de día, de noche, no importa porque estaba esa mano áspera de quien vive de cual- quier cosa para dormir en cualquier parte.Así soñaba yo con sostenerlo a él, esos años de escuela, yo no era una cuica, culta y miembro de ninguna aristocracia nacio- nal, menos internacional, era una niña que quería vivir de verdad pero que observaba
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impertérrita desde el umbral de la adoles- cencia lo que le ofrecía el marchito mun- do, así y todo, creía y quise creer.
Debo confesar que él fue lo más cer- cano que pude encontrar de ti, Jack, des- de la pantalla del cine transmutaste a un colorín desteñido perdido en la ciudad que calentándose con un humito recibía mis cartas llenas de stickers bajo el Mue- lle Vergara con los labios morados de vino y esos besos pegajosos que nos encontra- ban fugitivos de mi familia. Aún a pesar de mi falta de todo, de experiencia en pri- mer lugar, me confesaba para bien o para mal, sincera o falsamente, que las extensas jornadas estivales se las pasaba esperando que yo llegara para que “valiera cada día”, entre tanta gente de mierda, como me de- cía, aludiendo a los pijes fl emáticos que se paseaban por la Avenida del Mar a media- do de los dos miles.
Sí, tanto tú como él amaron bajo vigas húmedas, envueltos por olor a sal y gua- renes curiosos, escondiendo en un rincón, lejos de la vista de la cámara o de los curio- sos, los calcetines tiesos y los dientes ver-
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des para acariciar sin pudor, aunque con completa ternura la piel pulcra de la mu- chacha que viene de allá, de más arriba, de una casa por lo menos, en mi caso. Al me- nos tú tuviste una litera, en donde revivir- la, él en cambio trasnochaba sin techo ni carpa. De noches la miseria es menos gla- morosa más aún fuera de la pantalla, nadie le presta un smokin a un adolescente con la piel partida por el sol, por muy bonito que dibuje.
Luego de cerrar la puerta y verlo ba- jar de mi pequeño departamento, ya casi bordeando los treinta, siento la desazón que sentí al verte desaparecer bajo el mar.
Mi Jack no vuelve porque no existe eso de lo que me enamoré más que en mí. Ni los besos que por fi n no encontraron freno en mi cuerpo adulto me devolvieron la ilu- sión que conocí en esa mano tras el vidrio empañado, en los incipientes latidos de mi vulva frente las primeras imágenes de pa- sión y deseo que atravesaron mis pueriles pupilas.
Quizás he sido injusta con Rose, no se puede salvar a ningún errante de su desti-
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no ni con el destello de sus rojos cabellos ni con todas las canciones de amor ni con diez años de distancia desde el último en- cuentro. Cerré la puerta cuando desapare- ció por la escalera, me despedí de mi Jack, y me he dormido sola sobre las ruinas de la vida, esperando que el naufragio me lleve a la verdadera existencia que nos ha sido usurpada.
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ÁNDATE PERQUIN CULIAO
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o lo maté. No me arrepiento. La balas me detuvieron en la calle donde salí a buscarlo, “párate ahí, maraca culia, dónde creí que vay”, me gritó y sus patadas gol- pearon mi cabeza.En la calle, mis piernas sangraron in- contables noches, interminables tardes con mi vientre lleno de moretones, maña- nas perpetuas agonizando el miedo a que llegara.
Yo lo mate. No me arrepiento. La reja cerrada con llave. Las ocho sin pan, espe- rando que llegue, mis hijos con hambre y él con los bolsillos llenos.
No podía ver ni a mi abuela, ningún vecino se atrevía a hablarme.
Mi hijo mayor empezaba a copiarle, ya veía venir el maraca en sus labios in- fantiles.
Yo lo mate. No me arrepiento. Soy libre en este hoyo con olor a pichi, entre estas paredes, esas ventanas ínfi mas son
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el aire que necesito, el que él me negó al enamorarme. El odiado, el nefasto, el pér- fi do, ahora puedo hablar con usted, seño.
No me arrepiento cuando subo las escale- ras entre la basura con el pan con paté aún en la garganta.
Yo lo maté. No me arrepiento. Lo de- seaba, yo lo deseaba, su vieja lo deseaba, el barrio lo deseaba, era un maldito, la calle lo buscaba, era asesino, si no era yo otro lo haría y yo lo maté y no me arrepiento.
Ahora puedo pensar. Voy a la escuela.
No me arrepiento.
Él puso su pistola en su pecho, me desafi ó, desconfi aba de mi odio, tiritaba cuando se lo llevaba la muerte, no pensé que lo haría, él no creyó que lo haría, vi en sus ojos el miedo cuando escuchó el tiro, me agarró la mano, yo sentí cómo la bala le partía el corazón y nos sentí iguales.
“Me mataste, maraca” dijo y salió des- esperado a la calle. Quise llorar, debía llo- rar, pero reía. Él caía en medio de la calle que me estaba prohibida y su cuerpo se vaciaba de sangre y yo reía.
A veces sueño que estoy afuera y que
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él llega y quiero estar acá. Otras veces lo escucho y lo echo “sal de acá, perquin mal- dito, si tú me dijiste que te matara, déjame tranquila si estay muerto.”
Y, no, no me arrepiento, está mal qui- tarle la vida a un hombre, pero era él o yo, seño, era él o mis hijos si hasta su mamá me quería más a mí. Ella me visita.
Cuando me leyó en los ojos las ganas de matarlo no le creyó a mis ganas, nunca supo de mis ganas si yo lo dejaba que me culiara pa que no me pegara, qué sabía él de mis ganas, de mí no sabía nada, se fue cuando abrimos esa casa para irnos a vi- vir juntos, le cambió la mirada y sus ma- nos se volvieron duras contra mi cuerpo, mi cuerpo que creía suyo, mi cuerpo cela- do, encerrado, aislado, marchito, podrido, usado, maltratado, cuando me dijo “yo sé que querí puro matarme”, quise matarlo y le dije que sí, que quería matarlo, porque vivo nunca me dejaría vivir, “mátame”, gri- tó levantándose de la silla en donde espe- raba que le sirviera la comida, “mátame”
y me puso la pistola que siempre andaba trayendo en su pecho con mi mano suje-
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tando el gatillo.
No me arrepiento. Ni su mamita lo lloró, me pidió que no me entregara. Ni la policía investigó el caso, pero él permane- cía muerto en mi casa, su espectro pútrido me atormentaba.
“Ándate, conchetumadre” le decía pa que se fuera, “pégame ahora bastardo cu- liao, perro maldito, pégame ahora”, pero no se iba así que me vine para acá yo, nun- ca pensé que me seguiría pa’capa'entro, pero me sigue, me paquea más que las pacas, el muy bastardo, aun así, me siento libre sin sus manos en mi cuello y no me arrepiento.
Más cárcel allá afuera con él que acá adentro.
No, yo no me arrepiento.
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LAGO ENLOQUECIDO
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a noche plateada me mojaba el rostro con suavidad, los truenos me estre- mecían y la quietud del lago bajo el cielo purpura intensifi caba el fuego del distante volcán. Armamos nuestra precaria carpa a unos pasos del agua. El viaje había durado lo que dura el sol en el cielo. Ella, mi ami- ga, envolvió con su mano lo que traíamos para fumar, advirtiendo su dudosa proce- dencia. Lo fumamos echadas sobre nues- tras espaldas en el silencio y decidimos salir a recibir el espectáculo inmenso del paisaje.Rápidamente, su rostro se hizo dis- tinto. Su nariz creció y se encorvó más de la cuenta y sus ojos se profundizaron, mostrando su pardo centro más verdoso e inquietante. Su hermosa sonrisa se volvió desconocida y dejé de escucharla, anona- dada por la extraña fi gura que se puso ante mí: sus gestos, su boca, su expresión se me hizo desconocida y comencé a dudar de
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cuánto confi aba en ella, cuánto nos cono- cíamos, cuánto podía dar de mí, qué era yo para ella, qué hacíamos ahí juntas en me- dio de la nada hipnotizadas por el humo que aún nos poseía y por la frialdad de los colores nocturnos.
- ¡El volcán va a explotar!- la escuché gritar entrando a la carpa y me alteré.
No, defi nitivamente esa especie de cuervo humanizado en la que ya se había convertido, no era la valiente guerrera que me acompañaba a clases cada día, la im- placable, la brutal y certera. Entramos a la carpa y la oí desvariar sobre la lava del volcán y sobre la urgencia de irnos inme- diatamente, antes de ser absorbidas por el magma ardiente.
Temí por mi integridad mientras guardábamos nuestras pocas prendas en las mochilas. Ella continuaba revelando sus alucinaciones y yo intentaba recordar cada uno de los objetos con los que debía volver a mi hogar. Agitadas, nos convenci- mos de lo imperante que era salir de ese lugar.
Ella huía del volcán y yo huía de ella.
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Una vez listas, salimos para desarmar la carpa, decididas a renunciar a nuestra aventura estival. Cuando tomé el borde del parante, me cogió la mano y me di cuenta de que era una locura, cómo pensábamos volver, bajo esa tormenta sureña si había- mos caminado varias horas para armar la carpa en la soledad del bosque. Respira- mos hondo y nos metimos dentro.
“La conozco, es mi amiga, no pasará nada”, me repetía mientras nos calmába- mos abrazadas. A esas alturas, mi ansiedad era desmedida y el llanto me ahogaba. In- quieta y confundida, ella intentaba conso- larme convenciéndose a sí misma de paso.
Durante la noche, un ruido me sobre- salto. Escuché mi nombre susurrado por el viento y unos pasos que me buscaban. Se lo comenté y entre sus sueños respondió:
- Son los pitos que nos fumamos.
Y volvió dormir. Yo respiré hondo y traté de cerrar los ojos asustada por ese nuevo signo de demencia. ¡Estaba escu- chando voces!, me asusté, sin poder des- cansar. De esa manera, decidí que ese viaje debía llegar a su fi n y que a primera
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hora nos devolveríamos a la cuidad y a su normalidad bulliciosa.
A la mañana siguiente, recibí un men- saje de otra amiga, que vivía hace un tiem- po en el pueblo cercano. Me escribió di- ciendo que supo que andaba por el lago y que había salido a buscarme por la noche por cada una de las carpas, pero que no había logrado dar conmigo.
El cielo azul espantó nuestras pesadi- llas y nos reímos recordando nuestra psi- cosis compartida mientras preparábamos unos panes y enterrábamos los benditos pitos en la arena junto al lago enloquecido.
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MI PRIMER BESO
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n el patio de tierra, el que estaba ocul- to a un costado del módulo donde se ubicaban los sextos y los séptimos básico, el segundo desde la entrada, estaba de pie dispuesta a comenzar el espectáculo. Unas espantosas ligustrinas, tupidas aunque se- cas, daban al refugio el carácter de secreto y peligroso.En medio de ese coliseo formado por otros niños y niñas vestidos de un horren- do uniforme verde paco, estaba yo y las que fueron mis velludas piernas fl acas. Mi escuálido y alargado cuerpo se posiciona- ba en medio de la arena decidida a enfren- tar el sacrifi cio con dignidad, oliendo el aliento agrío y denso, propio de las tardes, de mi contrincante.
El ruido de los gritos y las palmas ace- leraban mi corazón a tal nivel que tembla- ba por dentro. Mi temblor era impercep- tible o eso intentaba creer con la lengua seca y dudosa de mis propios perfumes.
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Me sentía ridícula con mi casi metro se- senta de altura, mis once años, mi cabeza llena de pinches y mi actitud de ganadora, sobrecogida por la inminente embestida de mi rival.
Una extraña y nueva sensación pun- zaban en mi entrepierna, despertando en medio de mi incomodad un corazón que no sabía que existía y que se abría en mi bajo vientre agudo y fl amante.
Billy, así se llamaba la fi era que debía domar y ese escandaloso momento era el escenario más grotesco que nunca imagi- né para mi primer beso.
Llevábamos dos días pololeando, to- mados de la mano y compartiendo los tri- zados pupitres de la escuela municipal a la que asistíamos. Pero esa tarde de miér- coles, el destino dispuso que mi felicidad no podía continuar porque un grupo de harpías, que solían ser mis amigas, habían decidido llevar mi dictamen hasta el fi nal:
- ¿Y cuándo se van a dar un beso de verdad?
A mi pesar, el último recreo fue la hora señaladay lugar, ese recóndito y pol-
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voriento pedazo de patio.
Los gritos y los aplausos no merma- ban. Cerré los ojos, arrugando los parpa- dos y la frente, pero los abrí en el último momento, cuando Billy acercaba su len- gua abierta a mi virgen boca. Me lamió los labios, como invitándome a recibir su hu- medad, pero el cuerpo se me hizo piedra al verlo tan cerca de mí convertido en un confuso cícople desesperado que insistía con su lengua sobre mis rígidos labios. Esa lombriz curiosa e inclaudicable comenzó asquearme en ese eterno acoso que me pa- reció aún más repelente con la imagen de las harpías y sus invitados de fondo calla- dos y expectantes.
No pude más que largarme a llorar antes de acabar con mi reputación de niña precozmente desarrollada y ser desecha- da sin derecho a reclamo de las amistades que deseaba entablar. Mi rápido precipitar en los caminos de deseo no me dejó otra salida que esconderme para llorar con ga- nas en el primer baño que encontré en mi camino.
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DECIDIR POR LA MUERTE
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a chola vivía en el tejado de la casa de mi abuela, el tejado de esas típicas casas rojas de dos pisos hermanadas de a ocho que repartió el dictador local a los pobres de las periferias de la ciudad, no era tan chicas como las que sus sucesores de- mocráticos otorgaron en la década de los noventas en las nuevas poblaciones, ahora llamadas villas, que proliferaron en anti- guos terrenos agrícolas. Hoy, en muchas de esas villas, la pasta base mata en vida a las niñas que fueron paridas y paren en el hacinamiento. Mi abuela apenas caminaba entre murallas de su anhelado hogar, tenía ochenta años cuando conoció a la cholita, hace unos veinte había podido, por fi n, ha- bitar en una casa con suelo. Había parido doce veces y le dolían las rodillas porque se descalcifi có en los embarazos y porque mi abuelo siempre le pegaba en las pier- nas cuando se curaba, a pesar de eso, se las arreglaba para arrastrar los pies y dejarle40
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a la cholita un plato de sobras para que no pasara hambre. La chola paría sin parar. A veces los gatitos se morían porque ella se iba y no tenían qué comer. Un par de ve- ces se los comió a penas nacidos. Nadie le decía que era mala madre, ella decidía por la muerte, porque en los tejados del barrio no había tantos ratones ni tantas abuelas como para decidir por la vida.
Paula despertó aturdida, no sabía dónde estaba. Le dolía la cabeza horrenda- mente, de ese dolor que no te deja pensar con palabras y solo te embriaga con emo- ciones revueltas, pequeños destellos pla- gados de imágenes la abrumaban. No tenía explicaciones. Desbordada por el miedo, quiso levantarse, pero sus manos estaban engrilladas a los bordes de la cama del hos- pital, el hedor la asedió, antes de que co- menzara a recordar.
En la primera imagen que se le cru- zó, se veía con Violeta y Jazmín, tendidas sobre la cama, tapadas con el cubrecama rosado. Era una imagen borrosa, como cuando los lentes de las cámaras capturan instantes bajo la lluvia. Esta lluvia eran sus
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lágrimas, las últimas antes de descansar.
El segundo recuerdo no tuvo la forma de una imagen, más bien fue un dolor en el vientre, el olor a gas y a las pastillas que se tomaron para dormir.
Para las pequeñas, todo fue un juego, estaban acostumbradas a los remedios, las bronquitis que ocasionan los autos e in- dustrias de la ciudad, las había familiari- zado con los fármacos.
- Nos iremos volando del mundo, despacio las tres - les contó un cuento y después susurró una canción para ayudar- las en su vuelo. Sentía alivio, esas últimas palabras emitidas, <<las tres>>, la con- solaban. Siempre juntas las tres, como si bajo sus brazos el amor pudiera crear un pequeño rincón dentro del espacio para verlas sonreír y poder sentir sus mejillas redondas junto a las suyas apretadas una contra la otro dándose una suavidad ti- biecita llena de cariño para siempre y sin miedos.
Yo sabía que me iba a matar, muchas veces lo había intentado, después de pegar- me porque no me demostraba entusiasma-
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da cuando él me penetraba a media noche aunque yo estuviera durmiendo. Después de una paliza, la enfermera del hospital me lo dijo <<la próxima vez, te va a dejar la cara morada y después te va a matar>>.
La siguiente vez estuve una semana sin sa- lir para que nadie viera mi ojo ¿Qué más tenía que esperar? Aún quiero una muer- te tranquila, morirme soñando, morirme dormida. A veces hasta me imagino que ella, la muerte, viene a buscarme frente al mar a esa hora en que los rayos acarician cálidamente la piel y el agua brilla suave- cito bailando al son del cantar de las gavio- tas. Hay días en que estoy muy angustiada y, todavía, se me aparece arrancándome de mi deseo, impidiéndome ese encuentro ineludible. Por eso me fui. Él me lo había advertido, hace tiempo: no me iba a matar tan fácilmente, yo no me merecía eso, me puso un cuchillo en el cuello y me dijo que me iba a torturar primero. Le tengo mie- do a la tortura, yo no quiero una muerte ni una vida de torturas. Algunas personas la prefi eren, cumple con su rol en la pro- ducción y no les importa la no- vida que
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simulan vivir. Mi vida ni siquiera era una no-vida en ese tiempo, ahora quizá sí. Él encerraba a la Paula para pegarme, siem- pre la encerraba para pegarme, amenazar- me, culparme de todo lo que vivía en ese idilio prometido de felicidad permanente al que hui con él a los catorce años creyén- dole mi salvador.
Le tenía miedo. Tantos años juntos.
No sé cómo comenzó todo, pero, aunque no me crean, era un túnel sin salida, era lo único que tenía y al menos tenía una fa- milia.
Todos queremos una familia.
Paula se incorporó de la camilla, pero, la detuvo una esposa aferrada a los bordes de metal.
- ¿Dónde están mis hijas?.
Supo que no se habían ido a la muer- te cantando y soñando, que seguían a este lado del mundo, pero dónde. Entró su mamá. A pesar de la rabia que le tenía, por haberla abandonado con su padre, sabién- dose desamparada le suplicó por sus hijas.
Entonces lo supo: estaban bien, vivas: con
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él.Frío.
Se fueron con él.
Lo decidí, no miré hacia atrás y no me arrepiento. Un día estaba trabajando en la máquina de mi patio, a pesar de todas las necesidades, no me dejaba moverme de la casa, no me acuerdo por qué, pero me em- pezó a insultar, cerré el portón porque me daba vergüenza que mis vecinos escucha- ran cómo me trataba y me empujó, me caí sobre mi hija, me levanté como pude y co- rrí, antes de que me pegara más, fui donde una vecina, le pedí su teléfono para llamar a los pacos, ella me preguntaba, «qué te pasó», yo le decía que no le podía contar, sentía tanta vergüenza. Insistí llamando una y otra vez a los pacos, pero nadie lle- gó. Estaba sola, no tenía amigos, no tenía familia, volví por Paula y escuche como le decía «ella te pegó y se fue». Sentí odio, in- tenté abrazar a mi hija y me miró asustada diciendo «mamá por qué me pegaste».
Luego de eso, lo decidí porque estaba muriendo de a poco, incluso dudaba de po- der estar muriendo. La muerte de Paula en agonía, tal como la mía, eran inevitables,
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no sabía que no era yo ni ninguna acción voluntaria que ideara para salvarme, mi propio cuerpo estaba maldecido hace mu- chos años, incluso antes de que naciera mi abuela. Muchas intentan huir, yo lo inten- té, pero la marca es tan fuerte que cuesta sacarla de debajo de la piel y los huesos, de las costumbres y el cariño, aun de lo bueno que nos queda, cuesta arrancarla.
Tantas historias pensé mientras espe- raba afuera del hospital fumando un ciga- rro o en la sala de audiencias en el tribu- nal. Siempre quise volver por ella, pero le tenía tanto miedo a su papá.
Los ratis, los pacos, las otras presas, que nadie sepa tu delito, las peores hem- bras son las que matan a sus hijos, lo peor de lo humano. Las miradas de las personas que no intentan preguntar, sabes que mur- muran, desde el rincón donde duermen las mata guaguas siempre se escuchan los insultos y amenazas, escalera arriba, escalera abajo, nadie puede ser tan mala.
Ella misma lo pensaba antes y tiritaba en su celda angustiada porque su secreto, en cualquier momento, podía ser revelado, las
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náuseas por el olor a encierro, ese tiempo que parece haberse apagado.
Cómo no temer al agua caliente, a las voces que aúllan que te van a apuñalar si se sabe algo mientras los pasos retumban desde el amanecer y hasta las cuatro de la tarde atrás de las rejas reforzadas del módulo dos. El módulo de aislamiento o seguridad. Nada lo justifi ca. Aunque otras hayan comido de ese mismo plato antes de estar en el encierro. No puedes decidir por la vida, estás sola, no puedes decidir por la muerte.
Esconder el secreto, porque fuera como fuera siempre es tu culpa.
Y ahora ellas, Jazmín y Violeta, tam- bién serán criadas desconociendo del do- lor del que provienen.
Dicen que por la sangre nos bailan las historias de nuestras abuelas, alimentan- do a los gatos del tejado, la historia de esa madre huyendo de quien la maltrataba a cambio de protección, aguantando día a día aquello que les pareció un mal menor o esa madre intentando llevárselas de este mundo para que no sigan bailando la mis-
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ma canción por las venas cada vez que nace una persona con vagina. Violeta y Jazmín quizás nunca recuerden ese juego con el que su madre amante intentó aliviarles el dolor, quizás con qué cuentos cubrirán las caricias, el miedo y la angustia con las que las cobijó aquella noche mientras el aire se desvanecía de la habitación.
No podemos decidir ni por la vida ni por la muerte.
Así es el amor, tienes un hogar, una familia, «deberías estar agradecida de que alguien te quiera», le dijo un día su tía cuando decidió confesarle algunos de los malos tratos.
- Intenté huir, mamá, como tú, pero yo no soy como tú, no podía dejarlas como lo hiciste conmigo. ejercí el comercio se- xual, dos semanas, no pude más, lo hice para irme de su lado, pero no pude y vol- ví... me sacó fotos íntimas para burlarse de eso... para amenazarme de divulgar mi historia, él sabía de mis miedo y abando- nos, me decía, «eres igual que tu madre, que no sabe ni quién es tú papá, quién va a querer estar con una cabra chica como
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tú, con dos guaguas, que no terminó ni el colegio, que es puta... que nadie quiere...»
Volví porque no tenía dónde ir ni cómo so- brevivir. El último año fue el peor. Si hu- bieras estado.
Paula no dejaba de llorar, cuando le conté que en el servicio de menores me di- jeron que no se preocupara, que hiciera su vida, que las niñas ya no la recordaban, que no la necesitaban. Han pasado dos años desde aquella noche, la acompaño, intento ir a dejarle lo que necesita, escucharla. No me perdona, lo sé, siempre dice que quizá si hubiese estado ahí nada de esto le habría pasado. La escucho en silencio, sé que no dependía de mí ni de ella, yo hui de lo que nunca decidí y no me odiaré por esa fuga.
Ya no.
Los actos de amor no necesitan ser ex- plicados. El amor a una misma es el peor crimen de una mujer, el peor crimen de las personas, si nos quisiéramos no acep- taríamos ser empleados por nadie ni por nada. Si nos quisiéramos, nos cuidaríamos y construiríamos una realidad para ser fe-
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lices, no nos conformaríamos con los es- casos refugios efímeros que erigimos para sentirnos parte del mundo. Ni siquiera es aceptado el amor a una misma que, colma- da de dolor, invita a simplemente desapa- recer de este mundo.
Detrás de cada horror, hay algo que decir. Juan camina con Jazmín y con Vio- leta, las va a dejar al colegio, nadie sospe- cha que puso un puñal en el cuello a su madre, que la violó más de una vez, que no la dejaba salir, que la amenazaba e in- sultaba, y los que lo saben, los que tienen en la pantalla del servicio de menores sus antecedentes de agresor, tampoco cuestio- na lo bien que las cría porque es un buen trabajador y a las niñas no les falta nada, a nadie le importa cómo, despojado de su humanidad, se erigió como amo y dueño de una mujer protegido en la institución de la familia y su resguardada intimidad («la ropa sucia se limpia en casa, mi hi- jita», me decía mi abuelita) para socavar la frustración de un mundo obra de otros hombres y que condiciona a todos los que hemos sido paridos a no poder construir
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nada, por miedo, porque la vida se pasa en el intento de adaptarse a la situación de vida, a la miseria de los sentimientos y los materiales. Hay muchos Juanes andando por ahí tomando a sus hijas de las manos en los parques escondiendo su frustración en los bolsillos.
Mientras mi cigarro se consumía en la espera, me recordé mirando el vacío por la ventana antes de tomar las maletas y de- jarla con su padre. Él, que me llevó emba- razada de catorce años para cuidarme del violador que siempre encubrí, tampoco la crio, pero no lo supe hasta ahora. Todo el tiempo que estuvimos juntos, me torturó recordándome que no sabía quién era el padre de mi hija. De la hija que dejé. La que me condena. Cuando escuché su nombre y su historia aquella tarde por la televisión, supe que esa historia la que se encerra- ba en la cárcel era la mía y la de muchas.
Tuve que volver, nunca olvidé que la parí a esta tierra. Intento estar acá para acallar a los monstruos que nos devoran. Pienso en la distancia que mantuvimos, en lo que fui y lo que fue ella, en nuestras ansias de
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vida, en nuestras ansias de muerte, en las peticiones de quienes quieren decidir por la muerte silenciosa en tantos hospitales, en tantas calles, cárceles y casas, en los vientres que no quieren seguir pariendo, pero paren, en las niñas que se fuman la pena molida sobre una pipa en las som- bras de cualquier esquina, la muerte que puede liberar. No por nada algunas se van con una sonrisa en el rostro mirando a la cholita la gata de mi abuelita que anda en distintos tejados de Santiago.
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AHORA SOMOS NOSOTROS
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n el campo, cuando era chica, pasó un candidato por el pueblo, nos dijo que todo estaría bien que él iba a barrer con los políticos y, en cuanto salió elegido, se los llevó a todos por comunista y la gen- te era pobre, más pobre que uno, no sabía na de comunismo, quería los votos no más, viejo miserable, yo me acuerdo, nunca voy a olvidarme- me dice mi abuela cuando in- terrumpen el noticiero para transmitir la repetición de la teleserie.- Sabe, de lo que yo me acuerdo, vieji- ta, me acuerdo de cuando, con mi mamita y la tía Marta, íbamos a pelear los votos, se abrían las urnas y las viejas se gritaban por cada raya objetable, se agarraban en serio, hasta susto me daba a ratos.
Le acaricio sus manos viejas sobre la mesa, tibias y ásperas y, en seguida, tam- bién recuerdo la sensación de sentirse ob- servada afuera, en los pasillos de las escue- las con la impresión de vivir algo peligroso
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cuando la mano de mi mami me apretaba frente a los milicos que se paseaban mi- rando todo, controlando todo, vigilando todo. Y también recuerdo que afuera, más allá de los colegios repletos, aprovechá- bamos de comprarle pañuelitos pal pipí y agüita con gas pala calor a la cólera de la feria, que era yunta de mi vieja, porque iba a cada evento con sus cositas. “Tan tra- bajadora que es la Inesita, comprémosle una agüita” se justifi caba mi madre y nos acercábamos corriendo para escuchar las historias de esa mujer.
Esa tarde en particular, nos dio el vuelto contando que el viernes pasado, cuando andaba yendo a buscar la mer- cadería, el guanaco la había mojado toda por ir pasando cerca de la protesta de las viejas de los campamentos que viajaron anegadas una hora y media desde sus ca- sas de cartón, barro y plástico a las alame- das donde caminaba ella junto al hombre libre que retornaba al trabajo o corría al trabajo apresurado por el tictac recorta- dor de sueldos, cargando en una bolsita lo sufi ciente para energizar al cuerpo- y los
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de sus descendientes y herederos- para mañana volver al trabajo y poder cumplir con el sueño de la casa propia, pa que no le mojen más a la vieja cuando sale a ale- gar, y dejar la pieza prestada decorada con el desteñido sticker del candidato, el que apuntó al asesino po, con su dedo en la tele en directo, a todo Chile en directo, de ese mismo por el que yo estaba peleando los votos, con mi mamita y mi tía muerta, desechada porque su enfermedad que ya no era tratable en este hospital que le co- rresponde, ”lo sentimos tanto, si pudiera acceder a otro, tal vez, quizás ... pero no se puede, pa que la vamos a ilusionar. “
La tía y mi vieja que venían pelean- do los votos, campaña tras campaña, aga- rraditas del brazo, por cada candidato del pueblo: en los setenta contra los momios luego de ir a provocarlos a sus protestas para agarrarse a combos e incansables en la década siguiente, batallando por el de- recho a voto conmigo en su guata. Por la democracia me ahogaron los gases.
- Yo por eso no creo en los políticos, porque yo me acuerdo, yo me acuerdo
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cuando los fueron a buscar al campo, pa votar y después para llevárselos- la tetera hierve y la cortina de tiras plásticas bai- la cuando pasa mi abuela de la cocina al comedor sujetando el hierro caliente con una toalla para no quemarse las manos.
- Yo me acuerdo, mijita, no le crea a los políticos, esos nunca dicen la verdad, es que el dinero corrompe a todos, si hasta el alma más noble se ensucia con el dinero.
La imagen de la María Isabel ilumi- na la pantalla, con su largo pelo rubio, su rostro anguloso y su clavícula resaltando su cuello que sostiene la expresión de su rostro noble.
- Cómase todo el pancito, está en los huesos, a los hombres no le gustan las cabras fl acas- aprovecha de provocarme, pero no le respondo esta vez.- Está buena esta novela, está que termina. Esa señora es candidata ahora, por ella fue votar tu mami.
Apunta en la televisión a una mujer de rostro fi no que llora mostrando sus per- fectos dientes blancos, impecables dientes blancos. Sala el té de mi abuela sus llanto
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que solloza su propia tragedia, porque la trama representa su vida de pobre en la tele de los ricos, con la cara de los ricos, esa cara tan bonita de los ricos que hace más identifi cable la miseria, más trágica la tragedia, porque la boca desdentada de mi vieja, sus piernas llenas de cicatrices y su polar despintado, no conmueve tanto como cuando es protagonizada por una belleza estilizada. La viejita llora y le sobo la espalda para acompañarla cuando llega mi madre con su bandera contando que marcó por esa señora que encarna el do- lor de mi abuela y que se disfraza de ella y de tantas, esperando que no sea igual que los mismos de siempre, es que no hay que confi ar en los políticos, son los partidos los que están contaminados.
Hierve la tetera de nuevo. Le sirvo el tecito a mi madre. La teleserie termina y cambiamos el canal. Mi vieja celebra, va ganado su candidata, esa que no era polí- tica pero ahora sí, aunque no es política a pesar de que haga lo mismo que los políti- cos, es que de seguro ella no le dará pues-
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tos a sus nueros y a sus sobrinos, porque tiene ética, porque como no es política.
- Coronel era el viejo miserable, iba a barrer con los políticos, si yo me acuer- do, fue tan malo con la gente, mijita, era chiquitita, pero yo lo recuerdo- escucho repetir a mi abuela como cada año de elec- ciones mientras sorbe el té caliente.
- Había que apoyar a los indepen- dientes, me alegro que haya ganado mi candidata, ella es como nosotros- celebra cansada mi madre, ya no pelea los votos, desde que la dejó su hermana. De pronto, siento sus ojos mirándome de costado y presiento su alusión- Después no tení na que andar reclamando tú, oye.
Su voz me amenaza, la siento mirarme con ojos acusadores, con los mismos que la han visto marcar tantas líneas para que no sea como antes. En cada década, una raya para que no sea como antes y no se cansará de marcarlas cada vez que alguien le promete que esta vez no será como an- tes, porque ahora somos nosotros, no son los mismos de antes.
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ESCAPAR POR LA VENTANA
“Si represento para ti la imagen de una vida libre y salvaje, déjame ser salvaje y libre”
Manuel Rojas
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í, siento que vienes llegando y temo porque sé que no te quedarás. Temo porque te espero y dudo de mis certezas y de mi fuerza para dejarte ir mañana tem- prano quizás para siempre. Temo porque habitas mis momentos míos en donde sé que debo desocuparme y quisiera renun- ciar a recrearte en mis recuerdos, porque te alimento y veo crecer, temo que eso me devore y te lleves lo poco que tengo. Por- que me da placer cerrar los ojos y mirarte cerca mío en la oscuridad.Temo porque tengo la convicción de que este no es nuestro efímero momento.
Cuando niña escribí muchos cuentos de amor y no puedo evitar hacer narra- ciones de cada uno de mis momentos. No
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creas que esto es especial- aunque puede ser que mi afi rmación provenga de la ne- gación constante que me bombardea-.
- El apego dubitativo- me dijo una amiga una noche mientras apoyaba mi ca- beza en sus muslos y me acariciaba el pelo.
Hoy en la mañana, desperté y fui a la cocina por una manzana, una mariposa in- tentaba huir del caos que emano por donde me muevo chocando reiteradamente con- tra la ventana, era grande y brillante, sus movimientos eran torpes, pensé en soste- nerla entre mis manos, cuántas posibilida- des tengo de sostener una mariposa entre mis manos, hubiese sido fácil de atrapar , me supe tan humana por mi deseo prima- rio de poseerla, con mis torpes movimien- tos que seguramente la hubiese dañado y simplemente le abrí la ventana para que si- guiera su camino, habitó mi espacio e hizo de esa mañana algo distinto. Se fue apre- suradamente y creo que no miró atrás ni se enteró de cómo la miré prendida unos momentos antes de acordarme de lo que estaba haciendo cuando la sorprendí en su inútil intento de fuga. Si se hubiese dado
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la vuelta, le hubiera deseado buena suerte.
Me imaginé que las larvas de polillas que a veces pillo por el techo son de mariposas y que un día llegaré a mi casa y hallaré todo lleno de mariposas gracias a mi desorden.
Pero mi pensamiento más profundo fue otro. Me acordé del queltehue de Ma- nuel Rojas, ese tal Pancho que habitaba su patio porque le recordaba el arrojo del viajero, al ímpetu del joven, la libertad que alcanzo a degustar - o quizá simplemente a oler- antes de que la madurez lo ataviara a las responsabilidades de un padre viu- do. Me sumergí en las representaciones de la libertad o de las cosas que deseamos porque consideramos bellas pero que que- remos que se queden para siempre. Yo misma me he pintado la piel con represen- taciones de imágenes que me consuelan para encontrarme cuando me pierdo en las horas de hacer y hacer para sobrevivir, para recordarme que puedo crear situa- ciones para romper con mi transitar por un mundo rígido, frío e indiferente, que parece gritarnos en cada esquina lo que debemos hacer. Hacer y hacer cosas para
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perpetuarlo, porque "las cosas siempre han sido así, siempre ha habido alguien que manda y uno que obedece", como me decía mi mamá cuando era adolescente y creía que podía simplemente desobede- cer. Ojalá hubiese seguido creyendo eso.
Supongo que estaría muy lejos de acá. Ese alzheimer de historia que intento no me posea, como el deber lo indica, para saber que ese dictamen del que me habla mi ma- dre no es nada más que el olvido de nues- tra historia de oprimidos. De ahí el valor de los testimonios.
Ahora que escucho que llegas y temo darte lo nada que tengo, lo poco que he dejado para mí en tantos intentos de ha- cerme feliz. Te escucho y pienso en el agua estancada, en mi abuela seca de estar siempre ahí en una vida para que mi abue- lo volviese y para nunca hallar ningún sen- tido, quizá ni siquiera animarse a buscarlo, porque así es la vida, porque eres mujer, porque eres pobre y debemos trabajar, criar, envejecer y dejar que las cosas sigan siempre igual.
" Qué más vas a hacer, tienes que tra-
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bajar", parece que escucho decir cuando me quedo dormida camino a alguno de mis trabajos.
Para ser sincera, temí desde que supe sentada frente a ti, esa noche de primave- ra, que quería besarte. Temí porque supe que deseaba algo más que ese instante, que desde el momento en que me dormí cansada de los besos, y antes, ya sabía que quería más, que tendría más mientras tú quisieras y que sabría latente esa sensa- ción de sentir que eres como esa mariposa que chocaba una y otra vez contra la ven- tana de mi cocina, huyendo del caos que emano, de lo humana que soy al querer poseerte.
Te abriré la puerta, puede que sea la última vez, supongo que eso es lo que quiero, quiero tener el valor de abrirte la ventana o de ser yo esa mariposa
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A PEDAZOS FUE DIAGRAMADO, DISEÑADO, ENCUADERNAD O E IMPRESO P OR
LABORATORIO ARTÍFICE
EN COLABORACIÓN CON LA AUTORA DURANTE OCTUBRE DE 2021 CON CUIDADO Y CARIÑO PARA TODOS QUIENES DECIDEN LEERLO A DOS AÑOS DE LA PRIMAVERA DE FUEGO QUE CUESTIONÓ LOS ALCANCES DEL CAPITALISMO EN LA SOCIEDAD.