C ARÁCTER PERSONALISTA DE LA FE CRISTIANA
por Emmanuel Luis Romanillos Introducción
El tema más importante e imprescindible que se estudia y se exige a todos en las carreras eclesiásticas, en especial la teología, es indudablemente la fe. En el comienzo y a lo largo de este curso escolar, en todas las asignaturas a nosotros se nos exige mucha fe.
No necesariamente una fe que traslada montañas y las echa al mar. Se necesita más bien una fe por la que nosotros nos ponemos en las manos seguras del Dios revelador y aceptamos todo lo que Él diga a través de su Hijo Jesucristo y de la Iglesia, por Éste fun- dada.
La razón de la importancia y de la urgencia del tema de la fe se da en el hecho de que la fe es el camino, según el Concilio de Trento, de la salvación del hombre, desde la raíz de su persona, hecho para toda su vida terrena1. En todas partes se ha hablado con frecuencia de las crisis de la fe. Se han ofrecido varias solucio- nes para los diversos problemas y cuestiones acerca de la fe. Se han buscado los medios para llevar la fe y el Evangelio al hogar del hombre moderno. Los estudiosos han contribuido con sus propias ideas y descubrimientos en sus campos particulares para poder guiar e iluminar al hombre creyente en los momentos de crisis en la vida de fe. Los investigadores, “obrando en consonan- cia con las necesidades y cuestiones de nuestra época”2 y acomo- dándose a los signos de los tiempos, se dedican con más empeño a la tarea de profundizar los elementos constitutivos de la fe, inclu- so con la bendición del propio Pablo VI. El mismo Papa proclamó hace ocho años un “Año de la Fe”, inaugurándolo solemnemente el 29 de junio de 1967. Al término del dicho Año de la Fe, el Santo Padre expresó su gran preocupación en el ámbito de la fe:
“Somos conscientes de la inquietud que agita en rela- ción con la fe ciertos ambientes modernos, los cuales no se
1 SEBASTIÁN AGUILAR, F.: Antropología y teología de la fe cristiana, Salamanca 1973, p. 1.
2 REUSS, J. M.: La fe como acto complejo, en Creer hoy: Reflexiones para el servicio a la fe, Madrid 1967, P. 220.
sustraen a la influencia de un mundo en profunda muta- ción en el que tantas cosas se impugnan o discuten”3. Los teólogos de hoy han recurrido a las mismas fuentes de la Revelación y detalladamente han examinado las actitudes religio- sas básicas de los testigos auténticos de la fe, como Abraham, los patriarcas, los profetas, los apóstoles y la Virgen María. Varios libros y un sinnúmero de artículos aparecidos en las revistas han surgido para tratar sobre los aspectos y dimensiones del acto de la fe.
Este trabajo no trata de solucionar los diversos problemas en torno a la crisis de la fe. Ni pretende ofrecer una larga lista de las mejores definiciones de la misma. Solamente vamos a intentar explicar las características fundamentales de la fe cristiana desde el punto de vista bíblico y personalista. La exégesis moderna de la Sagrada Escritura nos informa sobre la afinidad y el interés del pensamiento hebreo con los modos personalistas de pensar y de actuar. Ya que los autores sagrados son testigos históricos de la fe bíblica, son fidedignos y transcendentales sus testimonios sobre su época. Ellos nos ofrecen unas imágenes del ambiente y de la mentalidad bíblicos con relación al modo personalista de entender el acto de fe4.
Ante todo, hay que resaltar la diversidad y la complejidad del acto personal de fe, pero sin olvidar la unidad esencial del mismo.
La fe cristiana consiste en varios aspectos y dimensiones. Posee una abundante riqueza de significado. No pocos teólogos quieren ver en la Revelación como un encuentro de la persona del creyen- te con su Dios personal, y en la fe cristiana como la aceptación y la apertura del creyente a Dios, que sale a su encuentro a través de Cristo5. Algunos autores destacan el carácter dialogal de la fe, en el cual los interlocutores íntimos —Dios y el hombre— entran en un diálogo interpersonal y amoroso6. Otros la consideran como el
3 Discurso del día 30 de junio de 1968, de Pablo VI en la clausura del Año de la Fe, en Ecclesia, 6 de julio de 1968, p. 5.
4 SCHNACKENBURG, R.: Perspectivas bíblicas de la fe, en Hacia una teología de la fe, Santander 1970. p. 45.
5 LATOURELLE, R.: La Revelación como palabra, testimonio y encuentro, en Seleccio- nes de Teología 3 (1962), p. 24.
6 MONDEN, L.: Causas de las dificultades en la vida de la fe, en Hacia una teología de la fe, Santander 1970, p. 245.
testimonio de una vida dedicada a los valores espirituales y cris- tianos7.
También hay autores que resaltan la actitud personal de com- promiso por parte del hombre, comprometer con Dios toda su existencia, y por parte de Dios, invitarle a su destino eterno, parti- cipando de su propia vida divina. Todo esto pertenece al carácter personalista de la fe (fides qua creditur).
Además de la fe como el contenido objetivo-doctrinal, bien expresado por la tradicional fides quae creditur, en este trabajo va- mos a tratar de otros dos aspectos subjetivos de la fe cristiana den- tro de su carácter personalista: a saber, la fe como la respuesta del hombre a la llamada de Dios, y la fe como la entrega personal del hombre al Dios que se revela8.
I.- La fe como la respuesta personal del hombre a la llamada de Dios
En la Historia de la Salvación, el Dios vivo ha intervenido personalmente, como un intruso que rompe las barreras humanas, y como nuestro Padre celestial que llamó a toda creatura a parti- cipar de su vida eterna. Esta actitud amorosa de Dios es una espe- cie de invitación personal, un género de toque secreto en lo pro- fundo del corazón humano. Todos los acontecimientos salvíficos en la Historia Salutis, pues, son una invitación de Dios al hombre, en la cual Él mismo se dirige personalmente a su creatura9. Y ¿a qué invita Dios? Dios invita al hombre a vivir en consonancia con su plan salvador. Dios quiere hablar íntimamente con el hombre.
Desea dialogar con él de persona a persona. Quiere dar su palabra de amor, de amistad y de benevolencia. Le llama a una participa- ción activa en sus proyectos salvíficos, dirigidos hacia él mismo.
Esta llamada de Dios nos atrae hacia la luz, la esperanza, la paz la
7 MOUROUX, J.: Naturaleza y estructura de la fe católica, ibid., p.
8 Estos dos aspectos personales de la fe, a mi entender, tienen mucha relevancia y rela- ción con nuestra vida como religiosos. La fe cristiana, como la vocación religiosa, es una actitud personal de respuesta al llamamiento divino, y a la vez una actitud de entrega total a Dios con plena confianza y obediencia a lo que nos revela por medio de su Higo Jesucristo. No cabe ninguna duda, pues, que hay elementos y puntos de vista según la visión personalista aplicables a la teología actual de la vocación reli- giosa. Cf. Constituciones de la Orden de Agustinos Recoletos n. 37.
9 SCHILLEBEECKX, E.: Revelación y teología, Salamanca 1968, p. 43.
libertad y el gozo10. Dios nos exige atención para que podamos escuchar su llamamiento urgente de salvación. Y a los que lo es- cuchan les concede una plena participación y convivencia en el gozo y la alegría que lo acompañan. Dios nunca cesa de reclamar al hombre, de dejarle que le encuentre en sus seres creados. Esa invitación personal de Dios es un llamamiento a todo hombre pa- ra que busque a Dios en la creación.
El Dios del Antiguo Testamento hizo resonar esta llamada, per- sonal y comunitaria a la vez, en el Pueblo escogido de Israel. Yah- véh insistió por medio de sus enviados en la vuelta del pueblo elegido al recto sendero y a la adoración del verdadero Señor del universo. Yahvéh hizo, por medio de Moisés, esta llamada a la tierra prometida al pueblo, esclavo de los egipcios. Yahvéh hizo más llamadas al pueblo —que se hallaba en sus viejas costumbres, en sus idolatrías, en sus infidelidades—, al verdadero arrepenti- miento y enmienda de vida por medio de sus profetas. Y siguió llamando a todos y a cada uno de los corazones, endurecidos por el pecado, del pueblo de Israel.
Dios, una vez más, pero esta vez para siempre, y como la rea- lización de su plan divino y el punto culminante de su revelación, intervino definitivamente en la Historia Salutis a través de su Hijo amado. Escuchemos al autor de la Epístola a los Hebreos: “…e estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos”11. En la Nueva Economía, Dios Padre llama al hombre a través de Jesucristo. Él se revela de una manera amorosa y anonadada en su Hijo. En la parábola del banquete nupcial12, Dios es el Rey que envía a sus siervos a llamar a los invitados a la boda de su Hijo.
Mas “estos invitados no quisieron venir”, como nos relata el evangelio. Sin embargo, el Rey insistió y mandó llamar a los po- bres y lisiados, ciegos y cojos, para que se llenara la sala del ban- quete de bodas. Este banquete representa la comunión con Dios y la participación de su vida divina, a las cuales todos estamos lla- mados en Cristo.
10 SCHLIER, H.: La llamada de Dios: Reflexión bíblica. en Hacia una teología de la fe, Santander 1970, pp. 67-75.
11 Heb 1, 2.
12 MT 22, 1-14; Lc 14, 16-24.
Cuando se habla de la fe bíblica, enseguida se nos viene a la memoria la historia del padre de los creyentes. Por su firme fe y convicción en las promesas de Yahvéh, Abraham mereció los elo- gios de los autores sagrados. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: “Así Abraham creyó en Dios y le fue reputado como justicia.
Tened, pues, entendido que los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham”13. Junto con otros ejemplos auténticos de la fe en el Antiguo Testamento, el autor de la Epístola a los Hebreos destaca a Abraham: “Movido por su fe, Abraham escuchó la lla- mada y obedeció y salió para el lugar que había de recibir en he- rencia y se echó a andar sin saber a dónde se dirigía”14. Al llamar Dios al Patriarca, diciendo: “Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré”15, el padre de los creyentes dio un sí rotundo e irrevocable a la gratuita manifesta- ción del amor divino, a los planes de Yahvéh, al mensaje salvífico de Dios. En una palabra: Creyó.
El Nuevo Testamento nos narra la actitud ejemplar de la Virgen María, a quien fue dirigido el mensaje y la promesa de salvación.
Delante del ángel, María se portó fiel, humilde y atenta a la pala- bra de Dios. No como Zacarías, el cual no dio crédito al mensaje del enviado de Dios. Mediante el ángel, Dios llama a María a par- ticipar activamente en la obra redentora. Y ella inmediatamente da su respuesta afirmativa. Un sí sin condiciones a la llamada sal- vífica. Y esa respuesta, tan sencilla pero tan llena de transcenden- cia y de significado para la humanidad pecadora, es “Hágase en mí según tu palabra”. Así, María es bienaventurada tanto por su fe en Dios como por su maternidad divina.
Consideradas las actitudes personales de los dos grandes per- sonajes de la Biblia, afirmamos ahora que el Dios revelador llama al hombre y éste responde con su sí. Es un sí vital y compromete- dor.
Es una apertura total y absoluta. El hombre llamado opta irrevocablemente por Dios. Porque, en palabras de Pablo VI:
“La fe es propiamente una respuesta al diálogo de Dios, a su palabra, a su revelación. Es el sí que permite al pensamiento divino penetrar en el nuestro. Es la adhesión
13 Gál 3. 6-7.
14 Heb 11, 8.
15 Gén 12, 1.
de nuestro espíritu, entendimiento y voluntad, a una ver- dad que no se justifica por la evidencia directa, como se dice, sino por la autoridad transcendente de un testimonio al que no sólo es razonable adherirse, sino íntimamente lógico, por la fuerza extraña y vital de su persuasión, que hace el acto en extremo personal y satisfactorio”16.
A toda esta providencia y mensaje de amor estamos obligados a formular una respuesta definitiva. Bien sea de aceptación, bien sea de rechazo. Hay un solo camino que elegir. Nos ofrece Dios dos alternativas: la vida de fe y de gracia o la vida de pecado.
Pensando en lo que nos concede al creer en Él, no podemos menos que aceptar la vida de fe. Esa promesa de la vida eterna no nos es posible negarla. Esa comunión plena con la vida trinitaria de Dios no se puede rechazar para siempre. Sin embargo, siempre cabe una lamentable posibilidad de un rechazo de la invitación a un encuentro, a un diálogo con Dios. Es que somos libres. Tenemos que dar una respuesta libre y sin coacción ninguna. Debemos obrar de acuerdo con la libertad, que el mismo Dios nos ha rega- lado. Y si el hombre libremente no acepta esa llamada generosa del Dios de amor, tiene que buscar a algún otro ser para poder llenar ese gran hueco en el alma, vaciado por la ausencia palpable de Dios.
Además de ser libre, nuestro sí a Dios debe ser también in- condicional. Hemos de formular una afirmación sin condiciones.
Nos exige nuestro Padre celestial una decisión final de aceptación a la unidad trinitaria de Dios. Debemos tomar una actitud funda- mental de apertura completa ante la autodonación gratuita del Padre a través del Hijo. Una apertura incondicionada de nuestro yo ante el tú divino. Una opción fundamental por Dios, que sale de su misterio y entra en comunicación con nosotros por propia iniciativa suya. Nuestra respuesta positiva da el primer paso hacia ese diálogo amistoso. Dejamos a Dios que penetre profundamente en nuestro ser y que intervenga personalmente en nuestra exis- tencia. Aceptamos su inhabitación en nuestra alma por medio de su gracia. Abrimos totalmente las puertas de nuestros corazones a
16 Alocución de Pablo VI en la audiencia general del 19 de abril de 1967, en Ecclesia ,17 de junio de 1967, p. 5. Cf. PABLO VI: Jesucristo, Iglesia y Fe, Salamanca 1968.
p. 399.
su acción salvadora. Le permitimos que ejerza y cumpla fructuo- samente sus funciones como Dios.
En la actual economía de la salvación, este sí a la vocación a la fe va directamente dirigida a la Palabra de Dios, a Cristo. Responder sí a Cristo, que nos revela al Padre y al Espíritu, equivale a res- ponder sí a Dios mismo. Y quien recibe a Cristo, recibe al Padre que le ha enviado; del mismo modo, el que rechaza a Cristo re- chaza a Dios17.
Dios Padre ha querido revelarnos la gloria y la esencia trans- cendente de su misterio trinitario. Por esto, mandó a su Hijo que se encarnara y que tomara la condición de esclavo, pasando por uno de tantos18. Este ofrecimiento gratuito de Dios, que se auto- rrevela por el Hijo, ha de ser aceptado por el hombre, quien recibe toda esta gracia salvadora. Es en este Dios encarnado donde se encuentra la culminación de la Revelación. Es en la Encarnación del Verbo de Dios cuando propiamente comienza la obra redento- ra en favor de la humanidad. De ahí que la fe cristiana, esa fe en Cristo, que es la aceptación del hecho salvífico de un Dios que rebosa de amor por ser el Amor mismo y que se ha encarnado y se ha hecho hombre por amor a los hombres, firmemente arraiga en la Encarnación y encuentra su plenitud vivificante en la Resurrec- ción. Aquí cedemos la palabra a Rahner:
“…donde este fenómeno de la autocomunicación de Dios, como oferta divina y como aceptación humana, libre y sin embargo producida por Dios, alcanza su punto cul- minante y su fase irreversible; donde el diálogo entre Dios y el hombre —diálogo que es el hombre “substancialmen- te” y no es mantenido sólo ocasionalmente por él—
desemboca en un sí absoluto por ambas partes y se mani- fiesta así; donde, por tanto, aparece el hombre como el sí de Dios a la humanidad, dicho de forma absoluta y acep- tado de forma absoluta; en ese punto se da precisamente lo que propiamente significa la fe cristiana en la encarna- ción del Logos divino”19.
17 Cf. Mt 10 40; Lc 10. 16.
18 Flp. 2, 7.
19 RAHNER, K.: Honestidad intelectual y fe cristiana, en Escritos de Teología, vol. 7.
Madrid 1967, p. 76.
Después de la Ascensión de este Logos hecho carne, la Iglesia visible continúa sus acciones salvadoras. Así es en la Iglesia don- de ahora se escucha el llamamiento constante de Dios a través de sus himnos y plegarias, de su doctrina y predicación, de las senci- llas fórmulas del catecismo, de sus sacramentos y sacramentales, de cada manifestación de amor y de alegría y de cada exhortación al amor y a la paz de sus miembros20. Y aún sigue escuchándose ese llamamiento incansable de Dios en los corazones endurecidos del hombre.
II.- La fe como la entrega personal del hombre a Dios
La respuesta del creyente trae consigo un compromiso perso- nal. Ya que se ha dejado penetrar por la gracia de Cristo, aceptan- do a Dios y su mensaje de amistad íntima, el hombre no puede hacer más que someter su inteligencia y su voluntad a Dios, que se ha entregado por él. Dios, como Padre bondadoso, se ha puesto en contacto con sus hijos por su don gratuito de la gracia y ha to- mado la iniciativa para establecer relaciones personales con él.
Dios se nos ha entregado en la persona de su Hijo, que murió en la cruz de una manera ignominiosa. La entrega de Cristo por nuestra causa pide una mayor entrega del hombre en la fe. Tene- mos, pues, que entregarnos del todo, mostrándonos realmente confiados y obedientes. La fe, por tanto, es una actitud de “sumi- sión, confianza total, expectación de la ayuda divina, firme apoyo en las seguridades que él ha dado de su amor y fidelidad”21. Pero esta actitud de entrega a Dios no es un aspecto marginal e insigni- ficante de la fe, sino que constituye el núcleo de la misma22.
La llamada de Dios a la comunión de vida trasciende la inteli- gencia humana. Nunca puede el hombre comprender totalmente el amor tan excesivo que Dios le tiene. Es un amor que afecta a toda la persona humana. Por lo tanto, nosotros, al responder a Dios, ponemos nuestra confianza en Él y nos entregamos incondi- cionalmente a Él. Esto afirma el Catecismo holandés: “Por la fe entregamos todo nuestro ser al que es mayor que nosotros…”23
20 SCHLIER, H.: a. c. p. 68.
21 DE LUBAC, H.: La fe cristiana. Madrid 1970. p. 149.
22 Cf. ALFARO, J.: La fe como entrega personal del hombre a Dios y como aceptación del mensaje cristiano, en Concilium 21 (1967). p. 60.
23 Nuevo Catecismo para Adultos, Barcelona 1969, p. 279.
Ya que la invitación divina abarca toda la persona del hombre en su inteligencia, en su voluntad y en su acción, su entrega ha de ser integral, sin condiciones, ni titubeos, ni dudas de fe. Debe sur- gir de lo más hondo de su ser. Renunciamos a nosotros mismos.
Nos desprendemos del hombre viejo y pecador. Y nos vestimos del hombre nuevo para salir al encuentro personal con Dios y pa- ra llenarnos de la nueva vida en Cristo. Porque la fe consiste en dos partes: una renuncia y una plenitud. De esta fe evangélica habla Mouroux:
“El hombre nuevo no puede nacer si antes no se sacrifi- ca el viejo. Y lo que en el hombre viejo hay que sacrificar solamente aparece claro cuando aparece el hombre nuevo.
Un arrancar y un echar raíz, un renunciar y un ser colma- do de riquezas: esta es la fe tal como la encontramos en el Evangelio”24.
Dos elementos constitutivos tiene la actitud de entrega. Pri- mero, la confianza. Nos fiamos plenamente de lo que Dios realiza en nosotros y de lo que nos habla en la Revelación. La fe es confiar plenamente en Cristo desde lo más profundo de nuestra persona- lidad; es darle entero crédito, valorando su palabra por encima de nuestros razonamientos y decisiones, y es aceptar lo que escapa a nuestra razón y se nos hace incomprensible25. Es negar nuestra propia seguridad y autosuficiencia en favor de la palabra divina.
Como escribe Ratzinger en su Introducción al cristianismo: “Creer cristianamente significa confiarse a la inteligencia que me lleva a mí y al mundo, considerarla como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno”26. Es dejarle a Dios que haga lo que quiera con nosotros. Fiados en su sabiduría, le permi- timos que actúe personalmente en nuestras vidas y realice los ac- tos necesarios para conseguir la salvación y la santificación con la ayuda de su gracia.
En segundo lugar, la fe como entrega incluye el espíritu de su- misión. Nos sometemos absolutamente a su voluntad externamen- te y de corazón. Nos comprometemos a vivir y a obrar de acuerdo con aquello a lo que nos ha llamado. Nos conformamos con lo que
24 MOUROUX, J.: a. c., p. 89.
25 Cf. JUANES, B.: El drama de vivir la fe en el hombre moderno, Buenos Aires 1973, pp. 67-68.
26 RATZINGER, J.: Introducción al cristianismo, Salamanca 1970, p. 52.
nos ordena por medio de Cristo y de su Iglesia. Recordamos la actitud de Abraham, que se sometió a Dios plenamente y se mar- chó sin saber a dónde iba, armado sólo con la palabra y las pro- mesas de Yahvéh. Igual que el padre de los creyentes, nosotros hemos de someter nuestro entendimiento y nuestra voluntad a la autoridad soberana. Nos ponemos al servicio del Creador, ha- ciéndonos dependientes de Él y disponibles a su voluntad infinita.
Cooperamos con Él para que su ayuda generosa nos trasforme en hombres de fe auténtica que se ha de reflejar en nuestra vida.
Los Padres del Concilio Vaticano II declaran que la fe consta de una donación libre de parte del hombre en confianza filial y de una sumisión amorosa a Dios. El texto conciliar dice así:
“Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente a lo que Dios revela”27. Para afirmar la actitud total de entrega completa del hombre a Dios, a Cristo, Pablo VI, justamente llamado el Papa de la fe, en- seña lo siguiente:
“La fe es una forma de pensamiento que debe ocupar profundamente nuestra mentalidad, nuestra psicología, nuestra personalidad. Ser creyente significa algo muy se- rio, algo verdaderamente nuestro, íntimo, personal, deci- sivo. Desde el día en que nuestra vida encontró a Cristo, se incorporó a Él; tiene una sola fisonomía, una sola ley dominante: ser cristiana, pese a la decadencia, pese a la traición, no sólo con Cristo, sino también con nosotros mismos, con nuestra conciencia, con nuestra vida”28. Sin duda, la Virgen María es la modelo principal en el mundo de la fe en cuanto a entrega personal. Al aceptar el mensaje del ángel, María se compromete inmediatamente y entrega todo su ser y su honor irrevocable para la salvación de los hombres. Esa es una entrega jamás igualada por ninguna otra persona humana. A partir de aquel momento histórico de la humanidad, María no
27 Constitución Dei Verbum n. 5.
28 Alocución de Pablo VI en la audiencia general del 28 de junio de 1967, en Ecclesia, 22 de julio de 1967, p. 17. Cf. PABLO VI.: Jesucristo, Iglesia y Fe, Salamanca 1968, p. 410.
vacilará jamás en su fe, ni retirará por un instante su entrega a Dios29. Al dar su fiat, ella rinde por entero su vida virginal, confia- da en realizar la invitación de amor y de salvación de Dios. Su actitud primordial es la de una obediencia y un abandono a la vo- luntad divina. No es una obediencia ciega: su entrega para Madre del Mesías surge de su propia decisión personal y libre. Es una obediencia que es consecuencia y realización auténticas del abso- luto fiarse de Dios30.
III.- El aspecto objetivo de la fe cristiana.
Entramos ahora en la problemática del carácter “realista” de la fe. La fe cristiana, por ser un sí a Dios en Cristo, incluye por ne- cesidad esencial un asentimiento a lo que Dios nos comunica y una aceptación sin condiciones de su palabra. Lo que Dios nos revela a través de Cristo y de la Iglesia compone el conjunto de verdades y dogmas revelados. Estos son el contenido objetivo de la fe, de !a palabra de Dios, a la cual hemos dado una respuesta y nos hemos entregado. La verdad comunicada por el Dios revela- dor constituye lo que en teología se denomina como fides quae cre- ditur. Lo que es creído forma parte del misterio de la fe. Él es obje- to de la inteligencia del creyente.
De este carácter doctrinal habla el Papa Pablo VI:
“La fe se refiere también a un complejo de doctrinas, de dogmas objetivos. La fe no es solamente el acto con el que creemos, es también la doctrina en la que creemos; es lo que habitualmente llamamos verdades reveladas, dogmas o misterios”31.
Pablo VI también distingue el doble aspecto de la fe, compa- rando el aspecto doctrinal con el personalista. Lo matiza de una manera clara y lo expresa con las siguientes frases:
“Ahora es conveniente recordar el doble significado de la palabra fe. Puede indicar el sentido religioso, subjetivo, interior, es decir, la actitud del espíritu para aceptar pen- samientos, principios, verdades religiosas; para nosotros
29 CASTÁN LACOMA, L.: Las Bienaventuranzas de María, Madrid 1972, p. 18.
30 JUANES, B.: o. c., pp. 56-57.
31 Alocución de Pablo VI en la audiencia general del 19 de abril de 1967, en Ecclesia, 17 de junio de 1967, p. 5. Cf. PABLO VI.: o. c., p. 400.
es esta virtud de la fe que recibimos mediante el bautis- mo; y en segundo lugar, la fe puede indicar las doctrinas religiosas, las cosas a las que se presta acto de fe, los ar- tículos del credo por ejemplo. Existe, pues, una fe personal, creyente, y una fe objetiva. creída”32.
Los dos aspectos de la fe no se contradicen, no son antagonis- tas, por ser uno el acto de fe. Existe una unidad esencial dentro del mismo acto. “El carácter doctrinal de la fe —observa De Lubac— no es enemigo de su carácter existencial: para no ser sue- ño ilusorio o repliegue antropocéntrico, este último supone siem- pre aquel otro”33. Y en otro lugar, afirma el mismo teólogo francés:
“Credo in y credo quod están unidos en un único y solo acto. No se podría disociar este acto para rechazar lo que de él es asentimiento a un hecho o a una doctrina, y no quedarse más con lo que en él es una actitud de homenaje o compromiso. Dicho de otra forma: la fe personal es al mismo tiempo —con toda necesidad— fe objetiva, creen- cia”34.
Leyendo la Sagrada Escritura, encontramos que no existe la posibilidad de hacer un acto de fe por parte del hombre sin creer en unas verdades reveladas, sin aceptar la palabra de Dios. Siem- pre ha habido algún objeto de la fe, incluso en las primeras comu- nidades cristianas. Basta con la lectura del pasaje acerca de la con- versión del eunuco etíope por Felipe, quien le pidió al interesado la profesión del símbolo: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”35. Y hay un buen número de símbolos de los concilios, de los Papas y de los santos. Con Semmelroth deducimos, pues, que
“este hecho claramente demuestra la necesidad de aceptar ciertas verdades divinamente reveladas para el acto y para el ejercicio de la fe”36. Por lo tanto, es imposible tener una actitud personalista de la fe a secas sin asentir en un contenido definido de dogmas y de verdades reveladas. Afirma Pablo VI con mucha firmeza lo si-
32 Alocución de Pablo VI en la audiencia general del 1 de junio de 1967, ibid., 24 de junio de 1967, p. 5 Cf. PABLO VI.: ibid.
33 LUBAC, H. DE.: o. c. p., 108.
34 Ibid., pp. 151-152.
35 He 8, 37.
36 SEMMELROTH, O.: La fe, regalo de Dios, en Hacia una teología de la fe, Santander 1970, p. 123.
guiente: “No creáis tener fe sin adheriros al contenido de la fe, al credo, al símbolo de la fe (es decir, a la síntesis esquemática de las verdades de fe)”37.
Se basa el asentimiento en las doctrinas de la Revelación, en la autoridad de Dios. Y se acepta el contenido de la Revelación como palabra del mismo Dios que se revela. Así, creemos lo que Él nos revela porque lo revela38.
En resumen, afirmamos que la fe no es un acto o una serie de actos, sino una actitud global de respuesta y de entrega personal en la que está empeñada y comprometida toda la personalidad humana. Además, es un a compleja actitud existencial de la per- sona que tiene como consecuencia una conversión completa del modo de vivir, una renovación definitiva, una opción fundamen- tal, que se manifiestan especialmente en las actitudes de sumisión confiada y amorosa y en una adhesión plena a la Revelación, a la Palabra de Dios hecha carne.
EMMANUEL LUIS ROMANILLOS
37 Alocución de Pablo VI en la audiencia general del 1 de junio de 1967, en Ecclesia, 24 de junio de 1967, p. 6.
38 ALFARO, J.: a. c., p. 64.