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LA CONTINUIDAD DIALÓGICO-FILOSÓFICA Y SU EXPRESIÓN EN LAS LECTURAS
INTERPRETATIVAS DE TEXTOS DE AUTOR.
PRIMERA PARTE.
I. SOBRE LA CONSTITUCIÓN DE MODOS Y MODELOS LECTOINTERPRETATIVOS EN EL CONTINUUM HISTÓRICO-FILOSÓFICO.
SEGUNDA Y TERCERA PARTES.
II. CONSTATACIÓN HISTÓRICO-FILOSÓFICA DE LOS MODOS ESTABLECIDOS.
III. CONCLUSIONES, SUPLEMENTO PROPEDÉUTICO, Y BIBLIOGRAFÍA.
Tesis doctoral presentada por
ENRIQUE ANTONIO CONESA GARCÍA
bajo la dirección de
JUAN ANTONIO ESTRADA DÍAZ.
Granada MMXI
Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada
Fecha de aprobación: 8-02-2008 Fecha de lectura: 25-11-2011
Universidad
de Granada
D.L.: GR 1146-2012
Conduciéndose nuestra inteligencia por medio de la palabra, aquel que la falsee traiciona a la sociedad pública.
Pues este es el único instrumento gracias al cual se comunican nuestras voluntades y nuestros pensamientos; es el intérprete de nuestra alma; si nos falta, no nos tenemos, no nos reconocemos.
Montaigne. Ensayos, tomo II, cap. XVIII, Del desmentir.
Pues la maldad jamás podrá conocerse al mismo tiempo a sí misma y a la virtud, y, en cambio, la virtud innata llegará, con los años y auxiliada por la educación, a adquirir un conocimiento simultáneo de sí misma y de la maldad.
Platón, República. XVII, 409e. Según M. Fernández-Galiano.
O bien
(…); la maldad, en efecto, jamás se conocerá a sí misma ni a la virtud; la virtud, en cambio, con el tiempo alcanzará el conocimiento simultáneo de sí misma y de la maldad.
Platón, República. XVII, 409e. Según C. Egger Lan.
A Enrique II, padre.
In memoriam suam.
La frecuencia con la que en nuestro trabajo aparecerán los términos que aquí se relacionan nos ha movido a ensayar estas acotaciones previas de los mismos. Con éstas pretendemos que sus significados queden desde un principio más circunscritos a los campos semánticos en los que nos moveremos a lo largo de las páginas que siguen. En ningún caso estas acotaciones suponen, como se comprobará en la lectura de nuestro trabajo, una alteración de los significados originales o normativos de tales términos. En todo caso pueden suponer una extensión o una aplicación de tales sentidos a nuestros intereses.
Diálogo, dialogal, dialógico .-
Por una serie de circunstancias pragmalingüísticas, que no haremos por dilucidar, contemplamos hoy tres registros distintos para el étimo ‘diálogo’ y sus derivados.
• El primero es el que se constituye desde el sentido que el prefijo ‘dia-’ determina en aquellos nombres que se significan como relativos a lo procesal. Así, por ejemplo, los nombres
‘diacronía’,‘dialéctica’; y también el término ‘diálogo’ y su derivado ‘dialógico’, significando en estos dos últimos casos el proceso por el cual el logos se desarrolla hacia su mayor o menor grado de complejidad a través (dia-) de su propia evolución. El término ‘continuum dialógico’ se ha constituido desde esta primera aplicación del prefijo al derivado del sustantivo ‘logos’.
• En el segundo registro el prefijo ‘dia-’ ha de leerse como referente a aquellos otros nombres que expresan discriminación o separación de una entidad con respecto a otras; como, por ejemplo, el término
‘diacrítico’, o el término ‘diálogo’ y su derivado ‘dialogal’ cuando se aplican al hecho comunicacional entre dos o más proferidores y receptores de mensajes; ya que para que se produzca un diálogo en este sentido es necesario que estos elementos, los que son, al tiempo, receptores y emisores de mensajes sean otros (no sean los mismos) y estén, además, separados por proferencias de distintos contenidos comunicacionales. Así, por ejemplo, el término ‘contenido dialogal’ o ‘momento dialogal’ responden a esta segunda aplicación del prefijo ‘dia-’ a este mismo sustantivo.
• Finalmente, si afirmamos que un elemento o una calidad dialogal o dialógica es propia del diálogo en su sentido comunicacional, o del diálogo en su sentido procesal, lo que estamos afirmando es que ese elemento es constitutivo del diálogo en cada una de las dos acepciones; en estos casos, pues, el sentido es el de la composición. Igualmente, al afirmar que un hecho comunicativo adolece o, por el contrario, está bien provisto de momentos dialogales o, en su caso, dialógicos será sobre esa tercera aplicación de ‘dia-’
a ‘logos’, la que expresa composición, que se ha constituido el término en cuestión. Así, en este sentido, algo será dialógico cuando su sustancia se afirma sobre el logos como facultad o como calidad; y algo será dialogal cuando su sustancia o su actividad se afirme sobre el hecho comunicacional.
No resulta extraño que los contenidos que dependen de tales posibles acepciones tiendan, pues, a confundirse, ya que en cada caso será la raíz lexical ‘lógica’ (desde su tercera acepción) de tales términos la determinante semántica de sus significados en un mayor grado.
Desde estas potenciales y distintas significaciones del término ‘diálogo’ y sus derivados según los distintos contextos, que son los que determinarán que sea una acepción la que se afirme sobre las otras, podemos articular distintas formas de proposiciones. Formas proposicionales estas que si bien parten de una raíz lexical común, la relativa al sustantivo ‘logos’, terminarán por predicar de una forma o de otra en función de que sea una de las tres posibles acepciones o aplicaciones del prefijo ‘dia-’ la que se haya impuesto sobre las otras.
Hemos necesitado hacer estas aclaraciones para justificar el mantenimiento en nuestro trabajo de expresiones como las siguientes: “(…) tal ‘ellos’, decíamos, queda dicho y escrito sobre la base de una praxis dialogal que se ha afirmado como condición de toda actividad dialógico-filosófica”; o “(…) provenientes de otras partes del Compendio <de la Metafísica aristotélica> en las que se escucha y es pregnante el tono dialogal y crítico, el registro dialógico-filosófico y hasta, y en un sentido postmoderno, la calidad hermenéutica con la que Aristóteles distingue su actividad colegial”; o “hasta el punto de haber aceptado Aristóteles el desafío dialógico-dialogal formulado por Platón en estas líneas de Sofista”; y otras. Expresiones que han de ser leídas teniendo desde la pregnancia significadora del contexto, que es la que habrá de esclarecer en cada caso el registro pertinente, y el alcance semántico de los términos y de las proposiciones que se articulan desde los mismos.
pregnancia .- Acabamos de usar este término (unas tres líneas más arriba) en un sentido que no se ajusta exactamente al establecido por el DRAE (22ª ed.: Cualidad de las formas visuales que captan la atención del observador por la simplicidad, equilibrio o estabilidad de su estructura). Sin embargo no creemos que hayamos forzado su sentido original-normativo al aceptar esta otra acepción con la cual significamos nuestra tendencia natural a la generalización y al establecimiento de formas dominantes en el discurso.
Irenäus Eibl-Eibesfeldt afirmó en su tratado de Etología que… “la tendencia a la pregnancia se manifiesta también en las facultades cognitivas superiores del hombre. El amor cognitivo por el orden se refleja incluso en el comportamiento verbal” [EIBL-EIBESFELTD, Irenaeus. Biología del comportamiento
nos estamos refiriendo es a aquellos rasgos que nos los presentan ligados a un orden temático o, en su caso, doctrinal prevalente o dominante (p. ej. tal texto, o tal lectura, se expresaa en términos de teología dogmática, o en términos de teodicea, o de filosofía moral utilitarista…).
Continuum dialógico-filosófico .- En primer lugar y en un sentido muy estricto habría de decirse, y escribirse, ‘lógico-filosófico’ y no ‘dialógico-filosófico’ ya que el sustantivo latino ‘continuum’
(continuo) ya nos exime del intento de expresar el carácter de proceso o transcurso que tiene la filosofía, que sería lo que justificaría la inclusión del prefijo ‘dia’, ocasionando en tal caso un innecesario efecto de redundancia (lo dialógico-filosófico supone ya el efecto de continuidad). La afirmación de que la práctica lectointerpretativa constituye la sustancia misma, en su dinamicidad y en su multipolaridad, de tal continuidad lógico-filosófica es afirmación fundamental de nuestra tesis. El término ‘continuum dialógico-filosófico’, o ‘continuo/continuidad dialógico-filosófico/a’ a veces sustituido por el término
‘continuo dialógico’, no obstante, puede aparecer en nuestro trabajo cuando se quiera subrayar ese efecto de continuidad haciendo énfasis en el carácter dialógico del mismo desde sus efectos dialógico- dialogales. Por otra parte el término lógico-filosófico podría interpretarse en relación exclusiva con la disciplina de la lógica (tanto con la lógica formal como con la ‘material’ en el sentido hegeliano), y por esta razón en muchas ocasiones se preferirá el término ‘continuum dialógico-filosófico’ al más estricto pero más restringido en cuanto a sus posibles acepciones ‘continuum lógico-filosófico’.
Meta-- .- Es el uso de este prefijo, tanto en Filosofía como en cualquiera otra disciplina científica o humanística, el que termina por establecer el significado del término resultante. Esto puede deberse a la ambivalencia con la que el mismo se ha presentado a lo largo de su recorrido lexical en un buen número de materias. Curiosamente en el Diccionario de la Lengua (DRALE-22ª ed.) se significa no como prefijo sino como ‘elemento de composición’, precisándose que puede significar ‘junto a’, ‘después de’, ‘entre’ o
‘con’. El uso filosófico por excelencia de tal elemento sería el que corresponde al término ‘metafísica’, y ya en este mismo existe una ambivalencia manifiesta (después de la posición ocupada por el tratado de Aristóteles sobre la physis, o más allá de la physis misma). Por otra parte el abuso del prefijo ‘meta’ ha terminado por desvirtuar sus ya de por sí ambiguos usos tradicionales. Así, hoy día se habla de una
‘metaética’ (desde G. E. Moore, 1903), una ‘metahistoria’ (desde H. White, 1973), y hasta de una
‘metalógica’ referible a una ‘metateoría’ (desde G. Hunter, 1971). Por este motivo —por la abundancia de sus posible acepciones— creemos conveniente acotar el siguiente término compuesto desde ‘meta’ (el término ‘metalectura’), ya que que va a aparecer con una relativa frecuencia en nuestro trabajo.
Metalectura .- En nuestro trabajo este término se refiere al momento en el que en un texto se da cuenta de una lectura de un texto de autor (lo que a veces se denomina como ámbito del ‘sugundo discurso’). Por ejemplo, el momento, figurado por Platón, en el que Sócrates se da a la lectura del Peri physeos de Anaxágoras. Momento este que es someramente descrito en Fedón desde 97c hasta 97d. De la misma forma, aquellos momentos en los que Sócrates, en Parménides, repasa ante Zenón y Parménides de Elea las líneas de un escrito original de Zenón en el que se da cuenta de algunas de las líneas doctrinales principales del pensamiento de Parménides; los pasajes de Metafísica-I en los que se hace una alusión directa a la obra de los que se dedicaron antes que nosotros al estudio de los entes y filosofaron sobre la verdad; aquellos otros en los que en Metafísica-XIII (capítulos cuarto y quinto) y Metafísica-I (capítulo noveno) Aristóteles se refiere a una tesis supuestamente defendida por Platón en Fedón, y tantos otros momentos más igualmente interesantes desde un punto de vista de metalectura (de lectura e interpretación de una lectura). Las reconvenciones de Orígenes, contenidas en el capítulo XLII del libro I de su Contra Celso, dirigidas a aquellos que se refieren sin el debido rigor a los textos sagrados; las desautorizaciones (o las porfías en este sentido desautorizador) ensayadas por el Aquinate a determinadas lecturas de textos de Aristóteles ejecutadas por el ‘gentil’ Averroes. Etc.
Lectivo .- El uso un tanto ambivalente que en ámbitos académicos se da a este término aconseja acotarlo en nuestro trabajo. En el mismo este término se significará en su relación con el término ‘lecto- interpretativo’ y será el contexto en el que aparezca el que terminará por precisar su significado más cumplido. En cualquier caso el significado original de tal término, que ha de referirse al sustantivo
‘lección’ relacionado a su vez, a través de ‘lectio’, con ‘lectum’ (supino de ‘legĕre’, leer) ya nos está dirigiendo hacia el ámbito de lo ‘lectoral’ y, por lo tanto, hacia la práctica de la lectura y de la interpretación. Por otra parte en los diccionarios normativos al uso, entre ellos el DRALE-23ª ed., hay términos que derivan directamente de ‘leer’ y de ‘lección’ —como por ejemplo, el antedicho término
‘lectoral’— que, aunque se significan de acuerdo o en relación con el hecho de la lectura, tales significaciones no se establecen en un sentido extenso sino restringiéndolas a ciertas prácticas eclesiales de la catolicidad. Así, por ejemplo, los términos ‘lectorado’ ‘lectoría’ y ‘lectoralía’, que se relacionan con un cargo o dignidad eclesial, o con la ‘orden menor’ del lectorado. El hecho de que para entender una
religiosa —en este caso a la confesión cristiano católica, que en el Diccionario suele ser referida con el término forzadamente antonomástico ‘Iglesia’— constituye un defecto clamoroso que se continúa ostentando en este Real Diccionario de la Lengua (no sabemos si determinado por su condición de ‘Real’, siendo esta institución refrendada como divina por tal ‘Iglesia’).
Por su parte el término ‘lector’, en sus acepciones 6ª, 7ª y 8ª , que serían las que más se acercan al ámbito de lo lectointerpretativo, se significa, respectivamente, como: “6. m. Católico seglar que ha recibido el primero de los dos ministerios establecidos por la Iglesia y cuyo oficio es proclamar la palabra de Dios en actos litúrgicos.7. m. Antiguamente, clérigo que se ocupaba de enseñar a los catecúmenos y neófitos los rudimentos de la religión católica, y de leer el lugar de la Escritura sobre el cual el obispo iba a predicar a los fieles.8. m. En centros de formación religiosa, hombre que tenía el cometido de enseñar filosofía, teología o moral”. Esta confusión entre acepciones eclesiales católicas y otras acepciones menos confesionales, como la 9ª de este mismo Diccionario, según la cual un lector es un
“Catedrático o maestro que enseñaba una facultad” nos obliga a ensayar desde nuestra parte [pertrechados de otros diccionarios y repertorios lexicográficos más acendrados, como, por ejemplo el Etimológico de Joan Corominas], un ejercicio de neologización desde el cual proponemos que: ‘lectivo’
también pueda entenderse como ‘relativo al ejercicio de la lectura’, y, por extensión y en su aplicación más interesante a nuestro trabajo, como ‘relativo al ejercicio de la lectura y la interpretación de un texto de autor’. En este sentido el término ‘metalectivo’, que aparecerá con una relativa frecuencia en nuestro trabajo, sobre todo junto al término ‘interés’ (‘interés metalectivo’), ha de entenderse referido al ámbito de lo interpretativo desde la consideración de un texto de autor en el que se da cuenta de una determinada lectura o interpretación por parte de un autor-lector de otra teoría o doctrina filosófica —propia o ajena, con una intención acreditativa o desacreditativa—, o de alguna de sus líneas de desarrollo teórico o doctrinal desde la atención a los textos en los que tal doctrina leída se expresa.
Lectointerpretativo .- Las ‘prácticas lectointerpretativas en la historia de la filosofía’ es el epítome del título de nuestro trabajo. En él este término se significa como sustantivo referible al acto por el cual lo que es leído es inmediatamente incorporado al bagaje epistémico del que lee desde una predisposición dialogal y dialógica (v. spr) a participar en una comunidad de intereses de conocimiento y, en su caso, de acción. Esta incorporación podrá efectuarse desde una perspectiva o posición de refutación tanto como desde una posición de acreditación o de identificación con lo que se lee, pero en ambos casos han de darse unas condiciones extralectivas para que tal práctica lectointerpretativa pueda ser considerada como correcta desde una perspectiva hermenéutica. A este fin dedicamos no pocas páginas en nuestro trabajo.
Comprensivo-comprehensivo.- Entre comprehensión y comprensión el Diccionario de la Lengua no hace más distinción que la de referir el término ‘comprehensión’ a la voz latina comprehensio, remitiendo a la voz ‘comprensión’ a efectos de definición. La única definición no tautológica que este repertorio propone para ‘comprensión’ es la de “Facultad, capacidad o perspicacia para entender y penetrar las cosas”. En nuestro trabajo nos valdremos del término más cercano a la etimología latina, esto es, del término ‘comprehensión’ para referirnos a un momento comprensivo-lectivo, esto es, a la comprensión de un término o de unas proposiciones que se expresan en un texto, mientra que nos valdremos del término
‘comprensión’ para referirnos a esa ‘facultad para entender y penetrar las cosas’ en sus sentidos más extenso.
Principios rectores (que determinan la calidad de la lectura y, en su caso, de la escritura de la lectura por parte del lector e intérprete).- Desde el inicio de la hermenéutica filosófica, es decir, desde Schleiermacher, está supuesta la estructura dialogal-conversacional que tiene el hecho hermenéutico o lecto-interpretativo. Esta suposición, cuya base puede rastrearse en algunos fragmentos de Heráclito y que se encuentra diáfana en Platón (Fedro), es la que justifica la inmersión en los diversos campos de la axiología (en los campos de la estética, de la ética, de la deontología, de las filosofías moral y política, de la religión…) a la hora de establecer los principios no estrictamente dialógicos, pero sí ideológicos en un sentido estricto, que pueden ilustrarnos sobre determinadas calidades de lectura, tanto en un sentido reufativo como desde un punto de vista acreditativo o identificativo. Existe el peligro de suponer, sin fundamentos, que solamente en los casos de determinados lectores ‘apasionados’, como Agustín, Pascal, Voltaire, o Nietzsche existen elementos de valoración que pueden informar ideológicamente la lectura de un texto, cuando, en realidad, esos elementos están siempre presentes y en cualquier lectura (incluso cuando el texto que se lee es de ‘ciencia estricta’).
La ecdótica/ lo ecdótico .- En algunas ocasiones nos ha resultado interesante presentar el entorno cultural y, en su caso, técnico y empresarial en el que determinadas lecturas o determinadas obras que van a ser leídas se pusieron al alcance del público. Así, por ejemplo, la noticia, contenida en Apología, de que en los días que rodearon al proceso abierto contra Sócrates en Atenas cualquiera podía adquirir ‘el libro de
Stephanus (Henrie Stienne) en su edición en tres tomos de la Platonis Opera quae extant omnia (Lausanne, 1578). Son también ecdóticas, por definición —DRALE, 22 ed: 2. f. Disciplina que estudia los fines y los medios de la edición de textos—, las referencias a la naturaleza del compendio de escritos que Andrónico de Rodas titulo como Metafísica; las vicisitudes por las que pasaron los manuscritos hegelianos de Jena y los de sus alumnos desde Jena a Berlín antes de que K.L. Michelet estableciera en 1833 el primer texto de las acroamáticas Lecciones sobre Historia de la Filosofía. Etc.
Pautas, modos y modelos lectivos o lecto-interpretativos .- En principio no vemos la necesidad de distinguir el significado normativo del término ‘pauta’ en su acepción de “norma que sirve para gobernarse en la ejecución de algo” (DRALE, 22ª ed.) del que tiene en nuestro trabajo. Será en cada caso la línea del contexto la que aclarará su significación precisa. Sí que nos parece más necesario advertir que cuando se dan unas conjunciones iteradas de pautas lectivas o, en su caso, lectointerpretativas podemos hablar ya de modos, es decir de conjunciones frecuentes de pautas lectivas o lectointerpretativas (por ejemplo los modi legendi que se actualizan en la lectiones practicadas al Liber Sententiarum de Petrus Lombardus a lo largo de todo el Medioevo). En el caso de que tales conjunciones de pautas lectivas o lectointerpretativas se estabilicen ya podríamos hablar de un modo lectivo o, en su caso, lectointerpretativo. Si ese modo llega a establecerse como un canon lectivo o lectointerpretativo, entonces estaremos ante un modelo. Los Commentarii Politicorum Aristotelis de Tomás de Aquino, o las propuestas de Giovanni Reale en torno a lo que este autor ha presentado como un ‘nuevo paradigma interpretativo’ de la literatura y la doctrina platónicas (1997/2003) son ejemplos eminentes de lo que consideramos un modelo lectointerpretativo.
LAS PRÁCTICAS LECTOINTERPRETATIVAS se resuelven en unos momentos de reflexión que partiendo más frecuentemente de textos de autor —también de textos por identificar, de transcripciones de distintos tipos de exposiciones, conferencias, testimonios, etc.— exponen la recepción crítica que el lector hace de tales textos. Esa exposición, que frecuentemente se expresa en un texto escrito, puede insertarse en una reflexión sobre temas de interés del lector, que habrán detener puntos e intereses comunes con el texto leído, o bien constituirá un ejercicio exento cuya principal justificación es la lectura del texto o de los textos en cuestión.
Estas prácticas han revestido formas variadas a lo largo de la historia de la filosofía. Las más conocidas son las siguientes:
El comentario de texto .- Esta es la práctica lectointerpretativa más genérica (de género: últimamente hay que hacer esta observación, ya que suele confundirse lo genérico con lo general) en el sentido de que puede incluir a todas las demás formas de lectura e interpretación de textos, que serían subgéneros de la misma. Su inicio en la historia de la filosofía coincide con el desarrollo de aquél género crítico sin nominar que se significaba con la preposición griega ‘peri’ (o con la latina ‘de’). Género este que, partiendo de la reflexión sobre un motivo (el más consolidado en la antigüedad histórica es el que trata sobre la naturaleza: peri physeos) puede incluir en su desarrollo referencias a anteriores tratamientos que se le han dado al mismo. Seguramente los commentarii más antiguos de los que podemos tener noticia son los que corresponden a las transcripciones latinas de las lecturas que practicó Filón de Alejandría a distintos textos provenientes de la Torá en las que son patentes los ecos de algunos de los escritos de Platón, Aristóteles y los estoicos (así, por ejemplo, en De opificio mundi, escrito en el que sus comentarios sobre pasajes del Génesis (1-8) se aproximan a algunas de las propuestas de Platón, al cual se cita nominalmente, en Timeo). Aunque, como acabamos de apuntar, ya en los discursos desarrollados por los pensadores antiguos anteriores al magisterio de Sócrates hay claros elementos de reflexión crítica hacia anteriores doctrinas desde los peri physeos o discursos ‘sobre la naturaleza’.
Éste, el de los commentarii, fue el género lectointerpretativo por excelencia durante el medioevo desde la constitución de las primeras escolásticas (desde Boecio, en el siglo VI). Ahora bien, el comentario de texto que se practicó bajo los regímenes de las escolásticas medievales se caracterizaba por el dominio de la doctrina del lector, normalmente apoyada por institutos eclesiales (órdenes religiosas y cabildos, cuando no directamente del papado), sobre los textos que se leían e interpretaban. Como en los casos ejemplares, y opuestos, de Tomás de Aquino y Buenaventura de Bagnorea. De ahí que las posibles calidades hermenéuticas que puedan advertirse en aquellos commentarii estén circunscritas a momentos muy localizados e inestables de las mismas.
La paráfrasis, las metáfrasis y las variationes.- La paráfrasis consiste en la recreación de una doctrina aceptando sus líneas directrices de desarrollo así como los significados conceptuales y los sentidos discursivos principales de la misma. Este tipo de ejercicio está muy ligado a la constitución de escuelas filosóficas, como la de Alejandro de Afrodisia, en las que se desarrollaba el pensamiento de alguna de las figuras más importantes de la antigüedad y en las que se aseguraba, mediante estos ejercicios, que el
expresa de los textos de autor y en llevar hasta sus últimos consecuentes predicativos esa aceptación confrontando los textos del autor o produciendo otros textos conforme a esos principios) y las variationes (ensayar posibles derivaciones de los sentidos de tal doctrina pero sin llegar a transgredir sus fundamentos) constituyeron tres prácticas lectointerpretativas muy frecuentadas en los ámbitos de las escolásticas medievales. No obstante la práctica lectointerpretativa por excelencia durante el medioevo fue la del commentarius.
En la pedagogía moderna este tipo de ejercicios –paráfrasis, metáfrasis, y variationes-- no cuentan con gran predicamento ya que se les supone, creemos que inopinadamente, perjudiciales para la incentivación de la capacidad crítica del estudiante de una materia. La confusión entre lo que es una paráfrasis, que no deja de ser un ejercicio crítico, con la perífrasis, es decir con la circunlocución, opera en el fondo de ese prejuicio moderno contra la paráfrasis.
Las glosas.- La glosa, en cuanto a su calidad crítica, no supuso ninguna aportación en relación con los anteriores tipos de prácticas lectointerpretativas ya referidos, ya que en ellas lo que se contenía, en sus orígenes históricos, no eran sino sucintas explicaciones a los textos a los que tales glosas se referían muy directamente. Explicaciones estas que las más de las veces no consistían más que en breves ejercicios parafrásticos o, en más ocasiones, metafrásticos realizados desde alguna línea o líneas —pocas— de los mismos. La originalidad de las mismas estriba más bien en el orden de su composición como anotaciones en los márgenes de los mismos textos, y en su posterior articulación como textos independientes de los mismos desde el momento en el que tales glosas empiezan a ser presentadas aparte de los textos mismos, como breves introducciones explicativas. El siguiente paso consistió en reunir tales explicaciones en cuerpos literarios independientes e interesantes por sí mismos (aunque siempre en relación con las doctrinas originales de los autores a los que se refeían). A Dídimo de Alejandría (s. I aC/dC), se le supone el primer compilador sistémico de escolios. Las glosas o escolios llegaron a un grado tal de desarrollo y autonomía que algunos autores llegaron a tener importancia y nombradía, en los medios académicos, como glosistas o escoliastas, aunque sacrificando sus nombres propios (el escoliasta de Aristarco, el de Apolonio, el de Platón en tal códice…). Este género evolucionó hasta la modernidad histórica con figuras como la de Ioannes Serranus, introductor,traductoryescoliasta,desdesupropiatraducción,de los pasajes que se suceden a lo largo de la edición del canon titulado como la PLATONIS OPERA QUAE EXTANT OMNIA (la original de Henricus Stephanus & Ioannes Serranus, publicada en la calvinista Lausanne de 1578).
Compilación esta que constituye la base referencial para los posteriores estudios de la obra platónica, ya que constituyó la base ecdótica desde la cual ImmanuelBekker estableció el canon definitivo desde 1816, actualizado por Ioannes Burnet en 1907.
Las actuales anotaciones a pie de página o al final de los capítulos o, en su caso, de los escritos en los que se ha tratado sobre algún tema pueden considerarse como las últimas variantes de estas glosas, si bien en nuestros días lo que abunda más es la ‘autoglosa’ (término cercano al que propuso Montaigne, en el cap. XIII del Libro II de sus Essais: “Da más quehacer interpretar las interpretaciones que dilucidar las cosas; y más libros se compusieron sobre los libros que sobre ningún otro asunto: no hacemos más que entreglosarnos unos a otros. El mundo hormiguea en comentadores; de autores hay gran carestía”).
Las actuales utilidades que brindan los procesadores de texto a los glosistas y comentaristas (‘autos’
o ‘heteros’), conforme a la edición de ‘textos electrónicos’, hacen posible ediciones electrónicas y on-line de versiones de textos —muchos de ellos ofrecidos ya por las Bibliotecas Universitarias y de posible adquisición en el mercado— en las que los escolios o glosas se destacan en los márgenes de los mismos, mucho más extensibles en la pantalla del ordenador que en los estrechos márgenes del papel impreso, y más cercanos visualmente al sector del texto que se esté escoliando. La introducción en estos textos
‘electrónicos’, de vínculos (‘links’) o ‘hipervínculos’ que pueden remitir a otras partes del mismo texto o a otro texto debidamente vinculado por el autor en el entorno de un software que lo permita, así como la posibilidad de contactar con los editores vía ‘e-mail’, participar en foros o en debates sobre temas suscitados en la lectura, etc., constituyen novedades que están determinando la constitución de una nueva forma de leer e interpretar los textos de autor desde que existe la posibilidad de contrastar una lectura propia con otra, o con otras, casi al tiempo que el lector da la suya por terminada. La existencia de plataformas como las moodles (en unos entornos conocidos también pos las siglas de LMS: Learning Management System), orientadas hacia la integración de la acción magisterial o ‘lectiva’ con un grupo de alumnos que se están formando desde la atención a unos contenidos específicos, vinculados a textos y a otros recursos didácticos, suponen también una novedad interesante en este mismo sentido.
Las traducciones.- El de la traducción constituye, talvez, el género lectointerpretativo por antonomasia en el sentido de que es el que ha ocupado con mayor denuedo y extensión a los receptores de las obras de autor desde cada una de las lenguas que en sus momentos históricos han sido consideradas como francas.
La restitución de textos originales vertidos al griego clásico desde traducciones al latín, que conocieron en
restituciones, como las realizadas por Stephanus, Bekker, Burnet, Schleiermacher, García Yebra, etc. da una idea de la importancia y la trascendencia de esta actividad lectointerpretativa que podemos relacionar con la anteriormente referida como ‘metáfrasis’. Solo que en esta ocasión de lo que se trata es de encontrar el término exacto o las más apropiadas inflexiones idiomáticas para reproducir el texto desde la lengua receptora. Pero lo más frecuente —aún siendo muy extensa la producción traductora en clave de restitución, sobre todo desde el siglo XIX— es la actividad traductora desde una lengua original a otra lengua receptora. Obras tan importantes y extensas como la de Orígenes de Alejandría, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, G. Vico, G.W.Fr. Hegel, y tantas otras más han estado supeditadas a sendos trabajos previos de traducción desde los que se efectuaban las correspondientes recepciones (la relación entre Tomás de Aquino y ‘su’ traductor oficial, su hermano de religión Guillermo de Moerbecke fue en este sentido ejemplar).
Las recensiones.- Una recensión, según consta expresamente en el Diccionario de la Lengua (segunda acepción), consiste en el “estudio y jerarquización de los testimonios de una tradición textual”.
En la divisa de la empresa editorial de Henricus Stephanus, el primer compilador sistémico y traductor al latín de la obra platónica en su integridad podía leerse “UT EGO INSERERER DEFRACTI SUNT RAMI”. La frase era recitada, en la filacteria de un grabado con el que se iluminaba el primer tomo de su PLATONIS OPERA (QUAE EXTANT OMNIA), de 1567, por un operario que contemplaba el trabajo recién hecho, consistente este en la aplicación de una serie de injertos a las ramas de un árbol frutal. Efectivamente, para aplicar injertos no hay otra que darse primero a una poda selectiva de ramas. Esas ramas ‘defractadas’
yacen en el grabado por tierra junto a las rodillas hincadas del horticultor que parece recogerse en una actitud cuasi religiosa ante el árbol de esta forma redivivo y vitalizado. Se trata de una representación iconográfico-literaria bastante cabal de la tradición recensionista. De esa tradición de podas e injertos de textos de autor que pudo iniciarse en los tiempos de Hipias el sofista, cuya erudición tenía algo de recensionista por su carácter selectivo y por su extensión (aunque no por su profundidad), y que se continúa hasta nuestros días a impulsos, sobre todo, de la actividad docente tanto en los medios universitarios como en enseñanzas medias (en las distintas modalidades de bachillerato vigentes en Europa). Así, por ejemplo, las antologías de textos de autor, o de autores, o de tradiciones filosóficas; las crestomatías disciplinares; y las recensiones propiamente dichas, alguna de ellas, como la realizadas por Andrónico de Rodas, H. Stephanus, I. Bekker, J. Burnet, H. Diels, G.S. Kirk & J.E. Raven (& M. Schofield), Egger Lan, A. Vallejo, T. Calvo, y tantos otros, que supusieron en su momento el despliegue de una actividad lectointerpretativa y ecdótica de una relevancia pareja, cuando no superior, a la edición de las obras originales. ¿Exageramos? No lo creemos así: el caso ejemplar de la edición del corpus platonicum por parte de Stephanus & Serranus, edición que se acompañaba de unas acabadísimas introducciones, de unas referencias a las fuentes, de unas explicaciones a base de escolios de los términos ‘mas oscuros’, y hasta de unas ocasionales acotaciones de interés filológico prueban que no estamos exagerando (y lo mismo podríamos decir de los complejos y acabadísimos trabajos de todos los recensionistas anteriormente citados.
Las disputationes (y las refutationes).- Las disputationes constituyen un género más propedéutico que lectointerpretativo. No obstante, para ser un buen disputador en los ámbitos claustrales y escolares, y universitarios, de los medios escolásticos era necesario estar versado en la doctrina que se iría a disputar frente a la propia (o a la que se le asignara como propia al disputador). Y ese era, precisamente, el cariz interpretativo de la disputación: Se trataba de asumir contenidos, sentidos, postulados y hasta sistemas de demostración o de contrastación de pareceres (la disputatio podía presentarse así como una ejercitación apodíctica, o como una extensión práctica de ciertas de formas de Retórica demostrativa basadas en la aplicación de ciertos modi logicae, como el ponendo, el tollendo, los dilemas lógios, y otras formas demostrativas) y hacerlos valer frente a otros que se le oponían. El género ‘adversus’ ('versus'), cultivado muy aplicadamente por Tomás de Aquino contra ‘gentiles’, es decir, contra los teólogos musulmanes, constituyó, no obstante, uno de los más importantes subgéneros de la producción crítica durante el medioevo. Género crítico éste que ya había sido iniciado en la Antigüedad por Orígenes (contra Celso), y continuado por Agustín (una importante cantidad de ‘replicas’ contra maniqueos, arrianos, donatistas, pelagianos…), hasta alcanzar su apogeo medieval con la producción del Aquinate.
Las actuales controversias filosóficas (entre H-G. Gadamer y J. Derrida; entre H-G. Gadamer y J.
Habermas; entre E. Dussel y R Rorty), y otras menos actuales, como las de Fr. Nietzsche contra sus fantasmas judeoplatónicos y otros ocasionales oponentes; Marx contra Feuerbach y los componentes de su ‘Sagrada Familia’, etc., tienen, pues, en este género más propedéutico que puramente lectointerpretativo de las disputationes un antecedente formal. Ha de entenderse que una refutatio no es sino una disputatio que ha conseguido culminar exitosamente su propósito disputador mostrando la inconsistencia a la invalidez de las proposiciones que sustentan la doctrina contra la que se ha disputado.
métodos o modos de lectura) que se conocieron hasta los inicios de la modernidad histórica con los nombres de lectio, enmendatio, enarratio, y iudicium. De las cuales solamente las enarrationes trascendieron más allá del Medioevo al ser acogidas y reformuladas por la tradición exegética reformadora desde Martin Lutero (sus Comentarios a los Salmos penitenciales, réplicas de las enarrationes in Psalmos agustinianas) y por otros autores de las primeras modernidades históricas como Fray Luis de León, que convirtió las enarrationes en expositiones, Erasmo (sus numerosos Enarratio Salmi: Algunos de ellos no tardaron en aparecer en el Index Librorum Prohibitorum), y tantos otros humanistas más o menos cercanos a lo que se dio en llamar ‘el espíritu de la Reforma’. Lo cierto es que el hecho de aplicar la rutina del comentario explicador (de la enarratio) a un texto bíblico sin contar con la tradición exegética anterior o decidiendo motu proprio qué sector de la Escrituras interesaban y desde qué perspectiva o interés iban a ser leídas las mismas (inmortalidad del alma, destino, salvación, creación del mundo, transmisión del pecado original…) eran ya signos que denotaban, por una parte, una resistencia a que las enarrationes, o las lecturas de las mismas (de aquellas que provenían de las primeras patrísticas) siguieran monopolizándose por los doctores autorizados por Roma; y por otra una tímida tendencia hacia el autonomismo crítico que sí caracterizará a una modernidad ya más avanzada. Ahora bien, sería un craso error afirmar que las lecturas de los reformadores eran más libres y podían ser más libremente contestadas por las feligresías que lo fueron lascatólicasolascontrarreformadoras.Lasenarrationesde Lutero(así como laslecturas de Lutero a las enarrationes de algunos antiguos padres, sobre todo de Agustín de Hipona) o los sermones de Calvino no tardaron en autoinvestirse de unas facultades de corrección proyectadas hacia otras lecturas que no en pocas ocasiones superaron en celo inquisitorial a las católicas. Recuérdese que fue una discusión teológica basada en una interpretación de las Sagradas Escrituras, a propósito del triteísmo, lo que condujo a Miguel Servet y Conesa a la hoguera prendida por Calvino en la Ginebra de 1553; como podrían recordarse tantos y tantos capítulos de intolerancia religiosa que caracterizaron a los primeros capítulos institucionalizadores de la Reforma en distintas monarquías y repúblicas centroeuropeas en el contexto histórico de las guerras (‘de religión’) que asolaron Europa desde las revueltas campesinas de 1525 hasta que con los armisticios y protocolos firmados en Osnabrück y Münster (Westfalia) se pone fin a las contiendas que habían enfrentado a los Estados reformadores o potencialmente reformadores frente a los contrarreformadores hasta 1648.
Por su parte una lectio no era sino una lectura literal correctamente articulada y entonada por parte de aquel que sabía de los contenidos que informaban el texto a leer, así como de las técnicas precisas para enfatizar la lectura del texto de autor o del texto sagrado. La circunstancia de que la mayoría de los textos considerados como sagrados, así como algunos ‘profanos’ que también podían considerarse interesantes, estuvieran escritos en griego o, sobre todo, en latín nos hace más comprensible la existencia de este ejercicio y de esta pericia encomendada a aquellos lectores que eran reconocidos como tales en las escuelas y que debían posteriormente a tal reconocimiento ejercer este arte frente a los que todavía no habían adquirido tales destrezas.
La enmendatio era una rutina propiamente dicha, una rutina de copistas: adornar, dilatar, reeditar el texto para hacerlo, en principio, más fácilmente comprensible o más acorde con el espíritu de una orden religiosa o de un determinado dicasterio emitido por las autoridades eclesiales. No constituye, desde luego, un género lectointerpretativo por sí mismo. En cualquier caso es tarea de un lector e intérprete especializado en determinados textos de autor o anónimos —aquí el grado de especialización filológica, en muchos casos complementado por conocimientos de paleografía— identificar como tales estas enmendationes y establecer las posibles distancias conceptuales existentes entre las mismas y los textos originales
En cuanto a los textos, resultantes también de un ejercicio lectointerpretativo, compuestos en clave de iudicium (los iudicii signum: ‘iudicium’: ‘juicio’), apuntaremos que esta competencia para explotar moralmente un determinado texto estaría cercana a la de identificar ese sentido tropológico que Orígenes había establecido como informador de los textos y, por lo tanto, como susceptibles de ser identificado en una lectura inteligente del mismo.
Las colaciones.- Finalmente (aunque la clasificación de los productos resultantes de la lectura e interpretación de textos ha de estar abierta a otras posibles soluciones), nos referiremos brevemente a este género difícil de presentar y clasificar, dado su origen más bien acrítico en unos casos o manifiestamente crítico en otros. Así, por ejemplo, suponen los especialistas en este tipo de literaturas religiosas altomedievales (véase el apartado de nuestra BIBLIOGRAFÍA dedicado a ‘tradiciones exegéticas y lecturas de textos inspirados y/o confesionales’) que las transcripciones de las actas de la Conferencia apostólica de Cartago, en el 484, hubieron de estar precedidas por sesiones de copias estenográficas que fueron posteriormente transcritas para adoptar la forma definitiva de una colación (posibles significados del término latino ‘colatio’ son los de ‘conferencia’, ‘encuentro’, ‘confrontación’, y ‘comparación’; el
intervenciones de los conferenciantes), en un segundo tiempo, precisamente el que corresponde a la confección de las actas, la reflexión sobre lo dicho y el interés del transcriptor por expresarlo de la mejor forma posible, que habría de ser una forma predeterminada por su propia apercepción de los contenidos y los sentidos de los discursos oídos y copiados, tienen ya la impronta de un ‘segundo discurso’ en el que la capacidad crítica y reflexiva ha de darse por supuesta, igualmente la capacidad para resolver satisfactoriamente semejante expediente. En otros casos aquellas primeras colaciones altomedievales, como las provenientes del cálamo del asceta y fundador de la Orden de la Abadía de San Víctor (415), Juan Casiano (360/365-435), revisten desde un principio la forma de una reflexión confrontativa de un alto grado de calidad crítica y reflexiva. Y esto hasta el punto de darse el tal Casiano en sus Colaciones a la reflexión sobre el género de la interpretación de los textos sagrados y proponer una ampliación de la ya consolidada división de las lecturas en literales o ‘históricas’, morales o tropológicas (enseñanzas por el ejemplo), y mística o alegórica, a una división más amplia que contempla un cuarto registro: el anagógico, es decir, el de ‘elevación’. La influencia de los catequistas alejandrinos, especialmente Clemente (2ª mitad del siglo II, y primera década del III dC), que se refiere a este estado contemplativo que refiere a ‘un orden ascendente’ en el libro VI (caps. 8 y 10) desus Stromata (Tapices, Tejidos) pudo influir en esa apreciación de Casiano, de la misma forma que pudo influir en la de su contemporáneo (de Casiano) Agustín de Hipona. Desde estas primeras referencias el género de las colaciones evolucionó hacia su posterior desarrollo ya plenamente integrado en la actividad crítica teológico-filosófica (las Colaciones de Bernardo de Chartres, en el s. XII, o las de Buenaventura de Bagnorea a finales del XIII).
Mas lo que resulta interesante de las colaciones es su calidad de reflexivas en tanto que, incluso cuando la colación ha sido el resultado de la transcripción de un texto estenográfico, como en las referidas actas del concilio de Cartago, el proceso mismo de pasar a un texto abierto lo que antes se había anotado mediante un código de acceso restringido implica ya un grado de reflexión hacia lo que se ha oído o creído oír, y de autocrítica. En el sentido de que dar cuenta de un discurso que no es propio siempre implica una relectura de lo dicho: es un caso de ‘discurso segundo’. En todos los demás casos el carácter crítico y reflexivo está garantizado por esa cierta calidad de informalidad y de una cierta provisionalidad que caracterizan a las colaciones. Hemos dado algún detalle más sobre este heteróclito género lectointerpretativo en nuestra nota a pie nº 14.
LA CONTINUIDAD DIALÓGICO-FILOSÓFICA Y SU EXPRESIÓN EN LAS LECTURAS INTERPRETATIVAS DE LOS TEXTOS DE AUTOR.
ÍNDICE 1
Abreviaturas 3
Algunas precisiones lexicográficas (sin numerar)
Proemio. 1 Objetivos, registros discursivos y órdenes epistémicos de este trabajo. Expresión
sinóptica de los mismos. 4
Proemio. 2. Sobre los momentos analítico-compositivos que todo ejercicio lectointerpretativo
conlleva. 11
Proemio. 3. Unas segundas precisiones sobre el objetivo práctico-propedéutico de nuestro trabajo. 17 Proemio. 4. Unas segundas precisiones sobre el objetivo más teórico de nuestro trabajo. 18 Proemio. 5. Sobre desviaciones y prejuicios inasumibles que podrían perjudicar nuestra
investigación. 22
Proemio. 6. Aproximación a las lecturas de Tomás de Aquino como ensayo de perfilar un modelo hermenéutico no lastrado por el prejuicio acientífico de la ‘desideologización’. 30 Proemio. 7. Dos preposiciones lectointerpretativas especialmente determinantes: rigorismo
analítico frente a relativismo alegórico. 32
SECCIÓN PRIMERA. SOBRE PRINCIPIOS RECTORES, Y SOBRE PAUTAS, MODOS Y
MODELOS LECTOINTERPRETATIVOS. d.
42 CAPÍTULO I. AUCTORITAS ET FIDELITAS: DOS CONDICIONES PARA EL EJERCICIO
LECTOINTERPRETATIVO QUE DETERMINAN SU CALIDAD. d.
42 S. I. I, 1.- Condiciones materiales y formales del ejercicio lecto-interpretativo. 42 S. I. I, 2.- Cumplimiento de estas condiciones en la antigüedad presocrática, socrática y platónica;
en otras hermenéuticas ‘antiguas’ y ‘medievales’; y en ciertas iniciativas críticas de la
contemporaneidad. 46
S. I. I,3.- Giambattista Vico: El sentido hermenéutico del verum ipsum factum. 57 CAPÍTULO II. DOS MODELOS HERMENÉUTICOS CONSOLIDADOS EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA: EL ALEGÓRICO Y EL FILOLÓGICO. LA CONSTITUCIÓN DEL MODELO ALEGÓRICO DESDE PLATÓN.
d.
62 S. I. II, 1.- La Academia Platónica: esoterismo, tradición oral y relegación del ejercicio
lectointerpretativo a un plano subsidiario. 62
S. I. II, 2.- El esoterismo, las enseñanzas no escritas y la tradición oral como condicionantes para el ejercicio lectointerpretativo en la Antigüedad, aunque no como aporías hermenéuticas en la actualidad.
69
S. I. II, 3.- El desafecto de Platón por lo verbal escrito como instancia no principal aunque sí definitoria de la doctrina platónica en torno al conocimiento. Su correcto planteamiento
hermenéutico. 77
S. I. II, 4.- Un apunte de conclusión relativa al modelo alegórico platónico. 88 CAPÍTULO III. DOS MODELOS HERMENÉUTICOS CONSOLIDADOS EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA: EL ALEGÓRICO Y EL FILOLÓGICO. EL MODELO FILOLÓGICO DESDE ARISTÓTELES.
d.
90 S. I. III,1.- Aristóteles ‘el lector’, y el Liceo colegio de lectores. 91 S. I. III, 2a.-.- Aristóteles ‘el lector’, y el Liceo colegio de lectores. Tres posiciones. Primera
posición. 96
S. I. III, 2b.- Aristóteles ‘el lector’, y el Liceo colegio de lectores. Tres posiciones. Segunda
posición. 98
S. I. III, 3.- Condiciones hermenéuticas de la antirretórica radical en Aristóteles. 103
CAPÍTULO IV. ACTUALIZACIONES DE LOS DOS MODELOS LECTO-
INTERPRETATIVOS (EL ALEGÓRICO Y EL FILOLÓGICO) A LO LARGO DE LA CONTINUIDAD DIALÓGICA FILOSÓFICA.
d.
109 S. I. IV, 1.- Sobre los antecedentes histórico-filosóficos de dos modelos lectointerpretativos en la
historia de la Filosofía. 109
S. I. IV, 2.- Desde las exégesis vetero y neotestamentaria a los primeros ensayos de lecturas
interpretativas de textos de autor autónomas. 110
S. I. IV, 3.- Desde la constitución de los dos modos lectointerpretativos más influyentes, el
‘alegórico’ y el ‘filológico’, una la valoración de Duns Scoto por Ch. S. Peirce. 114 S. I. IV, 4. Sobre los consecuentes histórico-filosóficos de la asunción de estos dos patrones lectointerpretativos en la historia de la Filosofía: el alegórico y el filológico. La vigencia de estos patrones hasta la modernidad histórica (Desde el Liceo hasta Hegel; desde Hegel hacia el Liceo).
119
S. I. IV, 5.- Desde los modos y modelos platónico-aristotélicos y los aristotélico-platónico-estoicos del Medioevo a la generación de los primeros comentarios modernos: la afirmación del
antidogmatismo como principio. 124
S. I. IV, 6.- Los dos modelos lectointerpretativos generados en la antigüedad tardía y durante el primer medioevo actualizados por los primeros lectores de la contemporaneidad histórica. 130 S. I. IV, 7.- Sobre unos segundos consecuentes histórico-filosóficos de la asunción de estos dos modelos lectointerpretativos, el alegórico y el filológico. La vigencia de estos modelos hasta la contemporaneidad histórica. La existencia de otros modos. Las lecturas voluntaristas o inspiradas. 133 S. I. IV, 8.- Más cerca de la contemporaneidad: los modelos asumidos por la Ilustración y el Enciclopedismo. Kant y Vico. La recepción de instancias voluntaristas en los textos de autor 137 S. I. IV, 9.- Del ‘conatismo’ de Vico al idealismo de Hegel: la historicidad como principio rector de estas concepciones filosóficas teleológicas e inmanentes, y su traslado al ejercicio lectointerpretativo.
142
S. I. IV, 10.- Hegel: El Espíritu en la Historia (Der Geist in der Geschichte), y la no resignación de
la Historia a la historiografía. 151
S. I. IV, 11.- Sobre la proximidad del ‘nosotros’ de Hegel y de Aristóteles: la iniciativa interpretativa (que no explicativa) de la Historia de la Filosofía y su expresión en textos de autor y en las lecturas de los textos de autor. La refracción platónica a las referencias literales o directas a los textos de autor.
161
S. I. IV, 12.- Los capítulos fiosófico-históricos en la historia de la filosofía como informadores de la práctica de la hermenéutica filosófica desde la reflexión hegeliana. 178 S. I. IV, 13.- La reflexión hacia el pasado social y la generación del discurso históriológico como
condición de la comprensión de los propios textos en el Liceo. 184
S. I. IV, 14.- .- La expresión del relativismo y de la negatividad en Hegel desde Aristóteles. La función superadora de la dialéctica y su expresión en los contextos lectointerpretativos desde Hegel
hacia Aristóteles. 188
S. I. IV, 15.- La apreciación y la significación del texto como referente al pasado histórico desde la
asunción de las premisas dialécticas hegelianas. 194
S. I. IV, 16.- Posibles elementos de metalectura en Hegel: su justa valoración hermenéutica. 203 página final de la 1ª Parte.- 211
• VM I: H-G. Gadamer. Verdad y Método I.
• VM II: H-G. Gadamer. Verdad y Método II.
• VM I-II: H-G. Gadamer. Verdad y Método I y II.
• Abreviaturas de las obras de Platón y Aristóteles: Ver tablas pp 449-451.
• Obras de Aristóteles (Aristotelis opera: Arist. op.).
• Notación de la obra de Aristóteles:
Ver última página de nuestro capítulo “II, 1c.- A propósito de una compilación de textos filosóficos llamada Metafísica hecha por Andrónico de Rodas (…)” en la que damos cuenta de la notación con la que se presenta la edición de Immanuel Bekker, de 1830-1871, la titulada CORPUS ARISTOTELICUM (ARISTOTELES GRAECE EX RECENSIONE IMMANUELIS BEKKERI).
En cuanto a los libros que componen este Compendio usaremos más frecuentemente la indexación latina (I, II,… XIV) que la griega (Alpha, Alpha minor,… Ni).
• Obras de Platón (Platonis Opera:
Plat. Op.) Siguiendo la edición oxoniense presentada por John Burnet en 1905, la titulada PLATONIS OPERA; RECOGNOVIT
BREVIQUE ADNOTATIONE CRITICA
INSTRUXIT Joannes Burnet (1905)
• Notación e indexación de la obra de Platón: Ver nuestra nota a pie 355.
• In Metaph.: Comentarios a Metafísica de Arist. (Alejandro de Afrodisia).
• s.: siglo.
• ss.: siglos.
• aC.: Antes de Cristo.
• dC.: Después de Cristo.
• aC/dC.: Antes y después de Cristo.
• aH.: Antes de la Hégira.
• dH.: Después de la Hégira.
• aH/dH.: Antes y después de la Hégira.
• BCG.: Biblioteca Clásica Gredos
• Bek.: Bekker (Immanuel).
• DL.: Diógenes Laercio
• DK.: Diels-Kranz
• GY.: García Yebra, Vicente
• KR.: Kirk-Raven (& Schofield).
• Steph.: Stephanus (& Serranus).
• MGY.: Metafísica (Arist.), trad. de García Yebra.
• MCT.: Metafísica (Arist.), trad. de Tomás Calvo.
• MRW.: Metafísica (Arist.), trad. de William Ross.
• TC.: Calvo Martínez, Tomás
• BBAC.- Biblia según la ed. de Autores Cristianos (BAC)
• BRV.: Biblia ed. Reina Valera.
• cit.: citado por.
• sic.: así, literalmente.
• ibídem.: de la misma forma, desde la misma fuente.
• loc. cit.: en el lugar antecitado.
• p.: página.
• pp.: páginas.
• pássim.: en toda la extensión de.
• cfr.: confrontar en.
• v. n. : véase en la nota.
• v. cp.: ver en capítulo.
• v. Ind.: véase en el ÍNDICE.
• v. esp.: ver especialmente.
• esp.: especialmente.
• op. cit.: obra citada.
• ed. cit.: edición citada.
• ref. n.: referencia en la nota
• vers. cit.: versión citada.
• trad.: traducción.