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En Zarag. EL SEÑOR DON CARLOS IF ?L - \ ^M

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(1)

?L -

O RACION FUN EBRE

QUE EN LAS SOLEMNES EXÉQÜIAS CELEBRADAS DE ÓRDEN DE LA FIDELÍSIMA CIUDAD DE BORJA

EN L A IGLESIA DEL CONVENTO DE S. FRANCÍSO EL DIA 2 9 DE MARZO DE I 8 1 9 />

CON ASISTENCIA DE SU M. I. CABILDO DE LAS R R . COMUNIDADES RELIGIOSAS!

DE LA OFICIALIDAD Y DEMAS TROPA DEL REGIMIENTO DE CABALLERIA DE MONTESA,

DE SU D I S T I N G U I D A N O B L E Z A ,

Y DE UN NUMEROSO PUEBLO

EN SUFRAGIO DE LOS REYES

E L S E Ñ O R D O N C A R L O S I F

Y D.^ M A R Í A L U IS A D E BORRON .

D I J O

E L P . F r. P A S C U A L G O N Z A L B O Lector de Filosofía en dicho convento.

S a le á lu z á expensas de la misma Ciudad,

\ ^M

CON LICENCIA:

En Zarag. Por Francisco Magallon.

(2)

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(3)

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D o m im s íjenedixit novissimis m agis quam p r in c i’- p io eju s. Job. 44.

¡ ( ^ u é grandes y funestos suce­

sos han sumergido en amargo dolor á nuestro católico M om ar­

ca! Reciente todavia la llaga que habia abierto en su corazón la temprana y deplorable muerte de su augusta Esposa, muere su amada Madre d on a m arta lu isa

DE BORBON : y su augusto Padre

GARLOS IV desciende en Ñapó­

les á la obscuridad del sepulcro, cuando todavia resonaban en Ro­

ma los lúgubres cánticos de las exequias de su amada Esposa.

¡0

triste y afligido Fe r n a n d ol

¿quién pues podrá llegar á cpni-

(4)

dolor? E l es sin duda tal, que hasta la misma vida os fuera aborrecible 5 si vuestra heroica constancia, y vuestra cristiana fortaleza no os hiciesen superior á la adversidad y los trabajos.

Tan justos motivos de sentimien­

to han comovido también á toda la nación que os ama ; y des­

pués de haber pagado el justo tributo de gratitud y de piedad á vuestra augusta Esposa, mez­

cla sus lágrimas y sus oracio­

nes con las de la Iglesia por vues­

tros augustos Padres, un tiem­

po objeto de nuestras delicias, y siempre de nuestra veneración y respeto.

Pero señores , dejemos á nues­

tro amado Soberano, suplicando al cielo conserve dilatados años

(5)

su' importante v id a , y fijemos nuestra atención en los augustos R eyes, por quienes ofrecemos al Señor estas religiosas exequias.

Mes y medio hará que os hable en esta misma cátedra de nues­

tra amada Reyna don a m a r iá

ISABEL DE BRAGANZA. SuS v irtu d e S

tuvieron mas parte en mi ora­

ción , que los sucesos políticos y temporales; porque apenas su­

bió al trono cuando tuvimos la nunca bien ponderada desgracia de perderla. Pero ¿cómo podre yo reunir en la corta estrechez de una oración todo cuanto se puede decir de garlos y de lu isa?

E n la imposibilidad pues de abra­

zarlo todo, espero... ¿y qué no podré esperar de vuestra bon­

d ad ?... espero no llevareis á mal el que pase en silencio muchas

(6)

6

de las cosas que vosotros sabéis.

Cuando considero pues, se­

ñores , los varios sucesos del rey- nado y de la vida de tan augus­

tos R eyes, unos próspei’os y fa­

vorables, otros adversos y aflic­

tivos, no puedo menos de reco­

nocer en sus Reales Personas una particular providencia del Señor, cual se manifestó en el justo de Idumea. Este era un Príncipe sobre quien el Señor babia der­

ramado sus bendiciones; pues so­

bre haberle dado un corazón rec­

to, le babia colmado de tales bie­

nes de fortuna que era un Prín­

cipe ilustre y distinguido sobre todos los orientales : Magnus ín­

ter onines orientales, Pero el mis­

mo Señor, que aflige muchas ve­

ces á sus escogidos, convierte to­

da su felicidad en amargura, par

(7)

ra qué su virtud se acrisólase ea los trabajos, y se hiciese mas y mas acreedor por su sufririiiento á la corona de inmortalidad que le tenia preparada, ün fuego pues terrible y espantoso reduce á cenizas sus ganados ; los Cal­

deos le arrebatan sus camellos:

los Sabeos matan sus criados : urt viento impetuoso derriba la casa en que se bailaban sus hijos y los sepulta bajo sus espantosas ruinas : toda su gloria se eclip­

sa : cáesele de la cabeza su co­

ro n a ; y llega á tan miserable estado, que sus amigos en siete dias y siete noches que estuvie­

ron á su lado no se atreviéroa a hablarle por la vehemencia de su dolor. Job sufre con pacien­

cia todo este tropel de calami­

dades : y el Señor en premio de

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su sufrimiento, después de ha­

berle concedido una familia la mas dilatada y mas virtuosa, le concede la muerte preciosa de los justos. Asi es como Dios ben­

dijo los últimos dias de este Príncipe mucho mas que los pri­

meros de su vida ; Dominus be- nedixit novissimis magis quam principio ejus.

A l oir esta pintura ¿quién no ve casi al vivo retratados á los augustos Monarcas por quie­

nes hoy ofrecemos al Señor el sacrificio de expiación? Porque

¿no fueron sus primeros dias lle­

nos de prosperidad y engrande- óimiento, y sus últimos llenos de tribulaciones y trabajos? ¿ Y no podemos pensar que el Señor los condujo por estos caminos á la posesión de su reyno?, Gonsi-

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aerémoslos pues bajo estos ^dos puntos ele vista, como Principes y Reyes en la prosperidad, y como Reyes afligidos con traba­

jos : en lo primero reconocere­

mos que el Señor se manifestó con ellos liberal y magnífico, y en lo segundo compasivo y mi­

sericordioso; y de consiguiente veremos que bendijo mucho mas sus últimos dias que los prime­

ros de su vida : Domimis be- nedixit novissimis magis quam principio ejus. Pero antes de dar principio digamos en sufragio de sus almas una Ave María.

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P R I M E R A P A R T E .

JDominus ben ed ixit novissimis m agis guam p rin c i­

p io eju s. Job. 4a.

jCuan diversos son los cami­

nos de la Providencia para con los hombres! A unos los condu­

ce por la pobreza y los trabajos hacia su último fin , y á otros por la prosperidad y la abun­

dancia , á unos los coloca en un estado obscuro, y á otros en un estado eminente ; á unos parece los ha criado para mandar , y á otros para obedecer. E l Señor pues se manifestó liberal y mag­

nífico por un tiempo con nues-r tros augustos Monarcas garlos y LUISA, dándoles cuanto hay en el mundo de mas grande y glorioso.

Ñapóles vio nacer á garlos,

y Parma á lu isa \ pero ni Na-

(11)

I I

poles ni Parma debían poseerlos por mucho tiempo. E l Señor les tenia preparado un destino mu­

cho mas grande j glorioso, que en el que habían nacido. Ñá­

peles al mismo tiempo que se regocijaba de ver las amables prendas del tierno Infante , su candor, su sencillez, su bella ín­

dole, su afabilidad y su agrado, expresaba su sentimiento de que no le hubiese cabido la suerte como segundo de ser sucesor en el trono de su augusto Padre: y Parma al mismo tiempo que ce­

lebraba el talento, el despejo y las demas gracias de que había dotado la naturaleza á su tierna Princesa, sentía anticipadamen­

te el dia en que se vería priva­

da de su amable presencia. Pe­

ro dejando en Eoma á la tier-

(12)

na Princesa, adonde fué trasla­

dada desde Parma por su au­

gusto Padre el Infante D. Felipe, dejando digo en Roma á dona MARIA LUISA dedicada toda al es­

tudio de la R eligión, de las cien­

cias y de las bellas artes, con­

virtamos nuestra atención á su augusto Esposo.

Desgraciado por un acciden­

te el primogénito de garlos i i i,

es declarado heredero de la co­

rona su hijo segundo nuestro di­

funto Soberano. ¡Qué dia aquel de tanto regocijo para Ñapóles!

Sus habitantes gustaban ya el mas dulce placer, presentándose á su imaginación la dulzura del gobierno que les esperaba. Pero

¡cuán vanas son las esperanzas de los hombres, y cuán incom­

prehensibles los caminos de la

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13

Providencia! La- España debia poseer á este Príncipe , que era las delicias de Ñapóles, y el mo­

tivo de sus esperanzas.

Muere Fe r n a n d o v i, y el sen­

sible dolor que ocasionó á nues­

tra nación su deplorable muerte hubiera sido inconsolable, si gar­

los su augusto hermano y padre de nuestro difunto Monarca no hubiera enjugado siis lágrimas.

CARLOS pues es proclamado R ey con no menos demostraciones de jú b ilo, que Salomen en Israel, porque asi como solo Salomón era digno de ocupar el trono que habia dejado David su pa­

dre, solo CARLOS III podia llenar el vacío que habia ocasionado la muerte de Fe r n a n d o. Asi que lo .que para las Sicilias fue mo­

tivo de la mas profunda triste-.

(14)

za y del dolor mas sensible 5 faé para la España del mayor rego­

cijo y alegría. Ñapóles lloraba la ausencia de un Soberano, que habia ganado el corazón de sus vasallos por su prudencia , por gu clemencia y por su piedad;

y la España se congratulaba y bendecia al Señor, porque le habia dado un digno sucesor de ríRNANDO, y un Príncipe que, habiendo sido fruto de las ora-, ciones de sus augustos padres á S. Pascual, manifestaba ya en la tierna edad de doce años las prendas que le caracterizaron en el trono.

Entre tanto pues que Carlos

cii, aquel Monarca tan experto en el arte diíicil de gobernar a los pueblos 5 se ocupaba en hacer feliz a nuestra España, entre

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-tanto que inmortalizaba su nom*

bre estableciendo y dotando ca­

sas de beneficencia para alivio y consuelo de la humanidad afli­

gida, el joven Príncipe se gran- geaba el amor de los que un dia debian ser subditos por su dulzura, por su agrado y por su piedad. Ya pues habla llegado á aquella edad que puede llamarse la primavera de la vida, cuando la España acordándose de los ríos de sangre, que una guerra es- trangera y civil al mismo tiem­

po habia hecho correr por tó­

elas sus provincias , manifestó los mas vivos deseos de que eli­

giese una Esposa, c[ue afianzan­

do la sucesión , la librase hasta del mas remoto peligro de ver renovadas aquellas terribles y esr pantosas escenas, cuya sola nie-r;

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moría horroriza: y el joven Prín­

cipe que ya no vivia sino para los que debían ser sus vasallos, satisface prontamente sus deseos.

DONA MARIA LUISA DE BORBON fu é

elegida para esposa de garlos..,.

¡Elección acertada! ¡enlace feliz!..

gritó entonces la España entre los mas vivos transportes de iu- mío. 1 con razón sin d u d a: por­

que ¿ qué no podia prometerse de una Princesa unida con el Príncipe con los lazos de la san­

gre, y á quien vela adornada con las prendas mas apreciahles? Su talento, su penetración, su ins­

trucción en las ciencias y bellas letras, y otras tantas gracias con que la babia enriquecido Ja na­

turaleza ¿ no debieron hacerla

■ concebir las mas lisongeras espe­

ranzas? porque acaso la claridad

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asi cuando la muerte arreBatóá sú venerado p ad re, manifestó. Lien con su dolor y con sus lagrimas que la magestad del trono no te­

nia ascendiente en su corazón en comparación del amor que le te­

nia. Toda la Nación le acompañó en su dolor, pues perdió en garlos

el Rey mas amante y mas amado de sus vasallos, el mas solícito del bien de sus pueblos, y el mas ce­

loso de la religión. Y o no temeré decir que Judá no manifestó ma­

yor sentimiento en la muerte del R ey Josías que la España en la de CARLOS; y que si el pueblo hebreq halló alivio en la elevación de Joa- caz, el de la España en la de g a r­

los IV fue tanto mas efectivo y cum plido, cuanto las esperanzas concebidas por los españoles de ver continuar sobre el trong l^, virtudes eminentes de garlos iií

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ig ise realizaron en su hijo , J las de los judíos sobre Joacaz que­

daron frustradas por haberse apartado luego este Príncipe de la religión de su piadoso Padre.

Y en verdad que la rectitud y bondad de su corazón afian­

zaban las esperanzas de ver con­

tinuado el glorioso reynado de su augusto padre. Porque ¿qué R ey se manifestó mas bondado­

so y mas clemente? La aflicción

¿no dio siempre un derecho á sus subditos para hablarle ? ¿no le vimos compasivo hasta con ios mismos delincuentes? ¿su bon^

dad no llegó casi á tocar en el extremo? Pero ¿ qué cosa mas honrosa, decia un gentil, que co­

meter faltas de bondad? ( i) Todo

( i ) Quid enlm honestius culpa benigiiitaüs ? P iia . ju u . 1. 7. c. a8.

(20)

exceso debe evitarse; pero en ía necesidad de escoger, ¿no vale mas pecar por exceso de indul­

gencia que por demasiada seve­

ridad? Augusto fué celebrado por tardo en castigar los delitos y pronto en recompensar el méri­

to; ( i) y hasta el mismo N e­

rón exclamo en el principio de su reynado que deseaba no sa­

ber leer ni escribir al verse pre­

cisado á firmar un decreto de muerte. (2) Si asi pensaban pues unos gentiles 5 ¿como nosotros no celebraremos la clemencia dé CARLOS, cuando el Evangelio no respira sino bondad y manse­

dumbre? La bondad de su cora­

zón no le permitía pensar que

O) postias Prineeps ad praím la velox.

Ovid. 1. I. de Ponto Eleg. 3.

_ O) Vellem nescire litteras. fO dígnam vocem&c»

Senee, I. a. de Clemantia c. i .

(21)

21 un Hombre pudiera abandonarse

á los últimos excesos sino arreba­

tado de una pasión que le pri­

vaba el conocimiento : y asi ú se veta obligado a castigar^ cas­

tigaba mas bien como tad re que como Monarca.

¿Y qué os diré ahora de su augusta Esposa? si fuera sola el objeto de mi oración , os dina cuanto pudierais desear ; pero siendo su Esposo el primer ob­

jeto , él es el que principalmen­

te debe llamar nuestra atención;

y así solo os diré por ahora ^ que colocada en el trono jamas se olvidó de su f e : que glorián­

dose de ser hija de la iglesia, manifestó siempre el mas pro­

fundo respeto á la suprema Ca­

beza y á sus sagrados Ministros:

que tiernamente devota de M a-

(22)

22

ria Sma, del Pilar mandó se ce­

lebrasen todos los dias seis M i­

sas j se cantase todos los Sába­

dos una Salve en su Santa Capi­

lla: que naturalmente compasi­

va con aquellos desgraciados se­

res de la humanidad, que ape­

nas nacen comienzan á padecer por el delito de sus padres no conocidos, estableció una Casa que será un eterno monumento de su beneficencia : que liberal y generosa repartió tales gracias, que nos dió motivo para decir^

que el trono solo la era apeteci­

ble en cuanto la ponía en pro­

porción de hacer beneficios: que afable y cariñosa... pero volva­

mos ya á nuestro difunto M o­

narca.

Su bondad le hacía procu­

rar por todos los medios la fe-

(23)

23

liciclad de sus vasallos, de suer­

te que yo no temeré decir, co­

mo Plinio de Trajano, (i) que su propia salud le era aborreci-^

ble sino estaba unida á la de sus pueblos, y que no podia su­

frir se dirigiesen votos al Cielo en su favor, sino eran útiles á loa mismos que los hacían. Mas no.

creáis, que cuando digo esto, tra­

to de ocultar, que mientras nues­

tro difunto Soberano se ocupaba, todo en fomentar la agiácultura y el comercio, las ciencias y las artes, un hombre tan sagaz co­

mo corrompido, después de ha­

ber sorprendido su sencillez, ha­

cia inútiles todos sus desvelos, y conducía á la nación hacia su ruina con su exaltada ambición

( i ) Tibí salus íua Invisa e s t, si non sit cum R ei- publícae salute conjimcta ; nihil pro re paterís opia-

ri, nisí expediat opiantibus... P iiu . Pauegir. T ra ja a ..

(24)

^insaciable codicia : porque ¿cd- mo podria yo ocultar lo que vo­

sotros sabéis, y ha sido publico á las naciones estrangeras? Pero degemos en descanso á los muer­

tos , ( 1 ) no manchemos nuestras manos inquietando sus cenizas, y no juzguemos á un R ey tan dig­

no de nuestros respetos, á un R e y , que si tubo algún defecto ( ¿poj'que acaso el trono eleva sobre la clase de hombre al que se sienta en el?) que si tubo, re­

pito, algún defecto, no fue se­

guramente consecuencia de una voluntad perversa, sino de aque­

lla sencillez columbina que no. le permitía pensar el que un hom­

bre tratase de hacer infeliz á su misma patria y á sus mismos pro-

(I) ...

Parca pías soeJerare manus. .Parce sepuUo.

...V irg . 1. 3,..

J

(25)

^5

. lectores. Borremos pues para si­

empre de nuestra memoria aque­

llos dias, que el, lo mismo que su augusta Esposa, borro con su pie­

dad y con sus lágrimas. E l hom­

bre sensato lejos de quejarse de los defectos de los príncipes se mueve á compasión, porque co­

noce que cuanto mas elevado se halla el hom bre, tantos mas son los peligros que los rodean, y tanto mas expuesta se halla su virtud. Las mas santas inclina­

ciones no son suficientes á po­

nerlos á salvo contra los tiros de los astutos aduladores , y nosotros seriamos tal vez menos fieles que ellos si nos hallásemos rodea­

dos de iguales peligros. Nuestras faltas por grandes que sean, se ocultan en la misma obscuridad de nuestra clase ; pero las de los

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príncipes, aunqiie sean peque­

ñas, aparecen siempre muy gran­

des por el mismo resplandor del trono en que se hallan sentados.

Olvidemos pues esto : y tan­

to con mas razón debemos olvi­

darlo, cuanto su piedad no nos permite dudar de la rectitud de sii corazón. Y en verdad ¿con qué fervor no se le vio siempre que asistió en su Real Capilla á la celebración de los divinos miste­

rios? ¿Guantas veces no se le vio con edificación del pueblo unir su voz á la de los cantores en aquella semaiia, en que la Igle­

sia celebra con magestuosa pom­

pa los misterios de la pasión y imierte de nuestro adorable R e­

dentor? ¿Cuantas no se le vio bajar de su carroza para condu­

cir en ella el Arca de la A lian -

(27)

^7

za 5 y cam inar á píe delante de ella como D a vid , sin conservar otra preeminencia de la magos­

tad que la de ser el prim ero.en tributar humildes homenages al R ey de los Reyes y Señor de los Señores ? ¿ Con qué espíritu de fé y de devoción no recibia los santos Sacramentos? ¿qué respe­

to no tubo, siempre á los Ungi^

dos del Señor? A quel lim o. Pre­

lado, gloria de la mitra y ho­

nor de la púrpura el Excmo. y Raim o. D. Pedro de Quevedo y

■ Quintano Obispo de Orense, este podría decir, si viviera, que su­

misión tan rendida tubo siem­

pre CARLOS á la Iglesia, y que respeto tan profundo á sus m i- iiistros : y él diria también quien era el que con larga mano le su­

ministraba ju s tesoros para so-

(28)

correr á sus fieles. Si\ garlos era el que conociendo el mérito de la limosna le franqueaba su bolr- sillo secreto, y quien al hacer­

lo solia decir „ comerciemos con un mercader del cielo, cc Pala­

bras verdaderamente dignas de un R ey tan piadoso como garlos,

palabras que manifiestan bien su viva fe y su compasiva miseri­

cordia.

¿Estrañaremos pues que sien­

do tan compasivo y tan benéfico mirase con horror la efusión de sangre? Por esto lejos de apete­

cer la gloria de las armas, solo pensaba en gobernar á los pue^

blos y hacerlos felices con la paz.

Y o señores tengo la mayor com­

placencia en no tener que cele­

brarle por sus conquistas; porque

¿á qué se reduce Ja gloria de un

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conquistador? ¿Se reduce a otrá cosa que á haber llevado á rey- nos pacíficos el horror y las ca­

lamidades de la gu erra, a haber arruinado tronos, reducido a ce­

nizas pueblos y provincias ente­

ras, convertido en espantosos de­

siertos los poblados 5 sacrificado millares y millones de víctimas inocentes, y cargado de cadenas á los que sobrevivieron á la rui­

na de su patria? Los soberbios monumentos erigidos para inmor­

talizar sus hazañas recordarán ja­

más otra cosa que lágrimas , de- bastacion y muerte? ¿El laurel con que adorno su cabeza no cre­

ció con el riego horroroso de la sangre vertida en las batallas?

¿Qué es en fin un conquistador que lo es por genio y por elec­

ción , sino un enemigo del género

(30)

humano que no se diferencia de un usurpador y asesino sino en el número y atrocidad de sus delitos, y en el número de los que le acompañan á cometerlos? G ra­

vadas pues estas verdades en el coraron del piadoso garlos ¡qué dulce fruición esperimentaba al ver á su gran familia disfrutar las delicias de la paz! ¡Qué pla­

cer el suyo al ver que sus tro­

pas no tenian sus armas sino pa­

ra la tranquilidad de su pueblo, y para hacer mas magestuosas las solemnidades de la Iglesia! Pero jqué golpes tan terribles le pre­

paraba el Señor , y también á su augusta Esposa! E l Señor se ha­

bía manifestado con ellos liberal y magnífico, proporcionándoles todas las glorias y-grandezas del mundo; mas ahora se les maní-

(31)

^ 3^

fiesta mas qué nunca benéfico f amoroso afligiéndolos con la ad-t- versidad y los trabajos : Domir ñus benedixit novissimis magis

quam principio ejus.

SEGUNDA PARTE*

Las aflicciones son las que conducen con mas seguridad á la íélicidad eterna. La horrible tempestad, que parecia iba á su=^

mergir su nave entre las olas, es la que reduce al verdadero co.-«

nocimiento al inobediente Joñas:

la necesidad es la que excita en el hijo pródigo el recuerdo y lo^

deseos de volver á la casa de su padre ; y las amarguras é igno^

minia del cautiverio son las que hacen suspirar á Júdá por las fiestas y -solemnidades - de Sioru

(32)

Según esto ¿cuan benéfico y mír sericordicsa no se manifestó el Señor con nuestros augustos Mo­

narcas ? porque ¡con qué traba­

jos los afligió! con la adversidad en la guerra, y con aflicciones personales.

Nuestro difunto Soberano, que jamas habia abrigado en su corazón proyectos ambiciosos, que jamas habia envidiado la gloria de los conquistadores, que siem­

pre habia mirado con horror la guerra, y que no aspiraba sino á perpetuar en su reyno la ama­

ble paz, se vé por fin obligado por la justicia, por la caridad, por la política, por todas las ra­

zones , á tomar las armas. Esa nación tan religiosa en otro tiem­

p o, y amante de sus reyes, como delincuente entonces y desenírer

(33)

,

33

nada, esa nación que supo cor­

romper la nuestra con su inmode­

rado lujo y con la perpetua varie­

dad de sus adornos 5 esa nación en que la fatal filosofía habia hecho tan rápidos progresos, llega por fin á cometer el crimen mas hor­

rendo 5 y cuya egecucion bacía lar­

go tiempo preparaban esos preten­

didos reformadores del género hu­

mano. La sangre pues inocente de LUIS X IV 5 y la de a n t o n i e- TA su augusta Esposa, vertida en el mas horroroso cadalso clama venganza como la de A b e l, y to­

da la Europa conmovida al golpe de la cuchilla regicida se arma para castigar tan atroz y mons­

truoso delito. C A ELO S, el pacífico

CAELOS unido con tantos lazos con el desgraciado l u i s, pone en movimiento sus tropas. ..

s

(34)

Los primeros sucesos de sus victoriosas armas corresponden á sus deseos : las tropas revoJucio- narias huyen despavoridas á la vista de nuestro egercito. Sus pla­

zas se rinden al valor de nues­

tros soldados : el terror y la vic­

toria acompañan á nuestros es­

tandartes__ pero fqué diferente aspecto llegan á tomar nuestras empresas militares! E l valor de­

sampara repentinamente á nues­

tros soldados, y apoderase de ellos el temor á vista de las le­

giones enem igas: los mismos cam­

pos sobre los que antes habíamos cantado la victoria son el teatro de nuestra ruina 5 y nuestras der­

rotas llegan casi á contarse por el numero de las batallas: nues­

tro suelo es ya pisado y concul­

cado por-nuestros enemigos 5 y

(35)

33

nuestras plazas, aun las mas fuen­

tes, no son ya suficientes á con­

tener el Ímpetu de su fu ro r: to­

da la anterior alegría de la Espa­

ña se convierte en temor y so­

bresalto, y el egército que siem­

pre se había portado con honor deseaba no sobrevivir á unas der­

rotas cuya causa no conocía.

A h ! ¡quién pudiera ahora ex­

presar los sentimientos de nues­

tros augustos Monarcas, y con es­

pecialidad los de CARLOS! ¡ qué tristeza, qué amargura se derra-*

mó en su corazón al ver la des­

graciada suerte de sus armas!

Considerábala como un castigo del cielo, reconocía que el Se­

ñor le había herido en su pue­

blo como á D avid, y deseoso de poner término á las calamidades de sus amados vasallos compra.

(36)

por decirlo asi, la paz á costa de sacrificios. Pero esta paz no debía ser duradera : el mar debía ser también testigo de nuestras desgracias como lo babia sido la tierra, pues que la justicia de Dios no se había dado toda­

vía por satisfecha. Una nación la mas temible por su marina que conocieron los siglos nos de­

clara repentinamente la guerra;

y el Señor, que favoreció á las veces á los enemigos de Israel en castigo de sus pecados, parece protege sus proyectos. ¡Qué re­

cuerdos estos tan tristes para la España! ¡qué sucesos tan funes­

tos siguieron á esta declaración!

Cinco navios apresados por nues­

tros enemigos son el triste resul­

tado del combate naval que dio el general D . Josef de Córdova,

(37)

Pero ¿qu^ poclémos pensar sirio que Dios quería purificar con trabajos á nuestros difuntos Re­

yes, y á la misma nación que gobernaban, cuando el mismo valor de nuestros marinos llegó á ocasionar nuestra ruina? Los grandes navios el Real Carlos y la Concepción se creen enemi­

gos en la obscuridad de la no­

che : el sentimiento de la pasada derrota excita vivamente en uno y en otro el honor, y da fuer­

za y energía á su valor : cada cual creyendo pelear contra su enemigo aspira á destruirle ; mo­

rir ó vencer es la resolución de los dos navios: los dos recurren por liltimo a la bala ro ja, y los dos dignos de mejor suerte pe­

recen en las aguas. ¿ Y quién po­

drá recordar sin dolor el desgra-

(38)

38

ciado como terrible combate de Traíalgar? allí fue donde nues­

tra marina, acompañada de la francesa, manifestó mas que nun­

ca su v a lo r, y allí fue también donde solo quedaron de ella unas tristes reliquias. Asi ¡ó gran Dios castigasteis nuestros pecados! pe­

ro no habiendo servido nuestras desgracias sino para aumentar el mimero de nuestros delitos, ¿có­

mo se habia de desarmar vues­

tro poderoso brazo? Asi también afligíais Señor á unos Monarcas, que habian cedido á las veces á los peligros de la prosperidad!

Pero ¡qué aflicciones personales les preparaba no tanto vuestra justicia 5 cuanto vuestra miseri­

cordia!

Estos Reyes que por tanto tiempo habian sido dueños de la

(39)

monarquía española 5 estos lieyes acostumbrados desde niños á re­

cibir los mas obsequiosos home- nages; estos Reyes cuyos deseos siempre pudieron verse cum pli­

dos, y cuya autoridad habia si­

do siempre respetada y obede­

cida , estos R eyes----¡O B ayona!

tu fuiste el teatro donde se re­

presentó la escena mas horrible;

tu viste violados los mas sagra­

dos derechos : tu viste vilipen­

diada la probidad y buena íe:

tu viste__a h ! garlos y lu isa, después de haber colocado su co­

rona sobre la cabeza de su hijo FERNANDO, se vcn allí converti­

dos de Reyes en esclavos. ¡Qué suerte pues tan diferente la suya de cuando se hallaban sobre el trono! Y o me figuro ver á gar­

los como á otro Manases en la

(40)

cautividad de Babilonia, volverse al Señor, adorarle en espíritu y verdad, bendecirle por los tra­

bajos con que le afligía, y humi­

llarse en su divina presencia. ¡ Y qué lleno de amargura no se ha­

llaría el corazón de lu isa ! Por­

que ¿qué mayor dolor que ver­

se rodeada de tropas enemigas una R e y n a , que colocada en el Trono no habia tenido al rede­

dor de sí sino ojos favorables y lenguas lisongeras ; verse con las cadenas de la esclavitud la que habia acostumbrado á ver á sus vasallos anticiparse á sus mismos deseos por complacerla ; verse obligada á obedecer la que siem­

pre habia acostumbrado á man­

dar; verse coartada en sus gas­

tos la que siempre pudo me­

dirlos por su voluntad ; verse

(41)

4

^ en fin separada de la amable presencia de Fer n a n d o , cuya inocencia y virtud habia ya lle­

gado á conocer? De esta suer­

te la hacía conocer el Señor la vanidad de las glorias y gi-an- dezas del siglo; de esta suerte tomaba satisfacción su divina jus­

ticia de aquellas flaquezas en las que tubo menos parte la mali­

cia que la sensibilidad de su co­

razón : de esta suerte la condu­

cía .su divina misericordia hacia su eterna felicidad.

Colocados pues nuestros di­

funtos Monarcas en una tierra, que no les recordaba sino vio­

lencias, traiciones, perfidias, ase­

sinatos, ¿cual sería su amargu­

ra aun en aquellos momentos en que parece se olvidaban de sus trabajos? Por esto cuando les es

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permitido huyen de una tierra regada con la sangre inocente de sus Reyes , de una tierra con­

taminada con los horribles crí­

menes que fueron el escándalo del mundo y lo serán de las fu­

turas generaciones, y de una tier­

ra en que se habia fraguado y consumado su ruina. Eneam í- nanse pues á Italia, y fijan en Roma su morada.

Os parecerá tal vez, señores, que se acabaron ya sus penas^

y que nada los afligiría ya ro­

tas las cadenas de su cautiverio, dueños de su libertad , y colo­

cados en la Capital del mundo que á porfía les brindaba con sus delicias. Pero si hubiésemos podido registrar sus corazones, j qué penetrados de dolor los hu­

biéramos visto! Porque acorda-

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ríanse de los días de su prospe­

43

ridad y engrandecimiento, y de su humillación y cautiverio; re­

flexionarían sobre las calamida­

des que sufrió la España, y so­

bre la causa de tan cruel guer­

r a ; ¿ y cómo estas reflexiones no habían de afligir su cora­

zón ? La imagen de nuestro ama­

do Soberano Fernando no se apartaría dia y noche de su imaginación , ni los trabajos, las tropelías y las humillaciones que habia suírido por un monstruo que debía haber venerado su virtud y respetado su augusto carácter; el sacrificio de tantos miles de fieles vasallos, que ha­

bían obedecido los mandatos y hasta los caprichos de un ambi­

cioso que los arruinaba , solo porque interponía su sagrado

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nombre , estaría siempre fijo en su memoria 5 y lo estaria tam­

bién la ruina de tantos pueblos y ciudades, que sufrieron con valor inimitable hasta los últi­

mos trabajos por su amor y fi­

delidad al Soberano : ¿ y cómo esto no habia de acibarar y lle­

nar de amargura aun sus mas inocentes placeres?

Pero no penséis que las tri­

bulaciones y trabajos inundan el corazón de nuestros Reyes en aquella fatal tristeza que con­

duce al hombre al despecho, si­

no en aquella tristeza útil y pro­

vechosa, de que habla el Apos­

to !, obradora de la penitencia.

Lejos pues de abatirse en los tra­

bajos 5 encuentran en ellos el mo­

tivo mas firme de su esperanza;

porque saben que si Jacob tiene

(45)

4 5 el dolor de ver la tánica de sur;

amado Josef teñida en sangre que creía suya, no es sino pa­

ra verle después gobernador de E gipto; que si la madre de M oy- ses baña con sus lágrimas la mis­

ma cuna en que le arroja al Ni- lo , es para verle en el palacio de Faraón, el Señor y vencedor de E gipto, el Caudillo y Legis­

lador de su pueblo ; que si Abrahan coloca sobre el A ra á su hijo y le pone el cuchi­

llo á la garganta, es para lle­

gar á ser padre de una familia mas numerosa que las arenas del mar y las estrellas del fir­

mamento; y que si el pueblo de Israel se vé entregado al de A m an, es para recobrar su li­

bertad. Por esto sufren con inal­

terable paciencia, reconociendo

(46)

SUS aflicciones como una señal nada equívoca del amoi' y mi­

sericordia del Señor.

¡Con qué espíritu pues se hu­

millaba en la presencia de Dios nuestra difunta Reyna en los úl­

timos dias de su vida! ¡con qué fé y con qué fervor le decía co­

mo el penitente David ,, yo Se­

ñor 5 repasaré todos los años de mi v id a , y confesaré mis culpas en la amargura de mi alma : jKe- cogitabo tibi omnes anuos me-- os in amaritiidine animce mece.

¡Qué consuelo tan grande expe­

rimentaba su alm a, rotas ya las cadenas que hablan aprisionado su corazón! N o , no eran pues los placeres y delicias deJ mun­

do , no las pompas y grandezas del siglo, las que ocupaban su corazón : su salvación eterna, esi

(47)

... 'i z

té era su único integres, y el úni­

co objeto de sus deseos. Por es­

to cuanto mas sé acerca al tér­

mino de su carrera, tanto mas se aumenta su fervor. La frecuen­

cia pues de los Sacramentos re­

cibidos con el mayor espíritu de fe y de devoción , sus oraciones, sus lágrimas, su com punción, su resignación en los trabajos de su última enfermedad le fran­

q u e a n ... si, no temarnos asegii^

r a r lo ... le franquean las puertas de la divina Clemencia ; por­

que si el Señor, como dice S.

Pablo, es rico en misericordias con todos los que le invocan : Dí- pes in omnes^ qui invocant lum \ si debemos pensar de Dios de un modo digno de su bon­

dad : Sentite de Deo in bonita-*

te\ ¿por qué no pensaremos

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’Reyna la muerte preciosa de los justos? Su particular Providen­

cia, afligiéndola con la adversi­

dad y los trabajos, y conducién­

dola á terminar la carrera de su vida al centro de la Iglesia y donde tiene su silla el que tiene las llaves de los Cielos, ¿no nos obligan á pensarlo asi? Preparad pues augusta R e y n a , preparad los caminos á vuestro augusto Es­

poso, que no tardará en seguiros.

Con efecto, señores: apenas se habian celebrado sus exequias con la mas solemne y magestuo- sa pom pa, apenas su augusto ca­

dáver habia sido depositado en la Basílica Vaticana, no se ha­

bian enjugado todavía las lágri­

mas del Príncipe de la Iglesia, del Sacro Colegio, de los Prín-

(49)

Jt

4 9 cipes romanos, y de toda la Ita­

lia ; cuando su augusto Esposo, disponiéndose para marchar á Roma á pagar el debido tribu­

to de su amor y de su piedad á las augustas cenizas de su ama­

da Esposa 5 es acometido de un dolor peligroso de costado. En­

tonces fue cuando nuestro augus­

to Monarca manifestó mas que nunca su viva íe , su fervorosa devoción , y su resignación cris­

tiana. ¡ Con qué fervor pues y con que consuelo de su alma recibe el Santo ,Viático y la Extrema­

unción ! E l mira estos Sacramen­

tos como misterios de paz y de misericordia ; y fortalecido con ellos camina con paz inalterable hacia el término de su vida, sin que ni la misma muerte le in­

tim ide, porque su fé le hace

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de una resurrección eterna y glo­

riosa. Entre los suspiros pues de su augusto Hermano R ey de las Sicilias, entre la aflicción de los Serenísimos Infantes, y entre las lágrimas de toda la Real Fam i­

lia , CARLOS muere adorando é invocando' á Dios con su cora­

zón 5 porque su lengua falta de fuerzas se habia negado á la fé que le animaba,

¿Qué deberemos pues pensar al ver que la fe y la Religión alentaron sus últimos suspiros?

Los gemidos de su corazón ha­

brán llegado en vano al trono de la Divina misericordia? Tan­

tas oraciones , tantos sacrificios ofrecidos al Altísimo por su al­

ma ¿no habrán acabado de pu­

rificarla? Recibidla pues ó gran

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Dios en vuestros eternos Taber­

náculos : reunid á los dos au­

gustos Esposos 5 y colocadlos al lado de los Luises, Fernandos é Isabeles. Vuestra particular Pro­

videncia con sus Reales Perso­

nas nos hace esperarlo asi de vuestra misericordia. Vos los con- dugisteis por el camino penoso de la adversidad y los trabajos, después de haberlos elevado al mas alto punto de grandeza ; y si Vos no afligís á los hombres sino para que su sufrimiento los haga dignos de vuestra miseri­

cordia ¿no nos dais motivo pa­

ra contarlos en el numero de vuestros escogidos ? Gozen pues eternamente de vuestra presen­

cia ; y colocados en vuestro rey- no sean los protecctores de es­

ta M onarquía, y de su amado

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