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Formar en Estos Tiempos Difíciles - Virginia Isingrini

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Formar en estos tiempos difíciles Itinerario pedagógicos a partir del coloquio

personal

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Derechos de autor

Portada: DG Ma. del Carmen Gómez Noguez

“AL SERVICIO DE LA VERDAD EN LA CARIDAD” Paulinos, Provincia México.

Primera edición, 2011

D.R. © 2008, EDICIONES PAULINAS S.A. DE C.V.

Versión electrónica: Centro Paulino Provincial de Comunicación e Informática Av. Taxqueña 1792 - Deleg. Coyoacán - 04250 México, D.F.

www.sanpablo.com.mx

Hecho en México Made in Mexico

ISBN: 978-607-714-007-8

Published: 2011

Tag(s): formacion formación acompañamiento acompañar guiar orientar ayudar pedagogía pedagogia educar

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INTRODUCCIÓN

Han transcurrido poco más de diez años desde que salió Para ser formador no basta el amor,[1] un libro que bus—caba ofrecer una síntesis de las experiencias y convicciones alcanzadas en el ámbito de la formación hasta aquel momento. El tiempo es un juez implacable. Errores, desatinos, aciertos… ha habido de todo, y con la sabiduría que nace siempre después de haber vivido, descubro que muchas de aquellas convicciones se han reafirmado y otras se han modificado, afortunadamente. Han cambiado sobre todo los acercamientos pedagógicos al complejo mundo de la formación de las nuevas generaciones que, sobra decirlo, viven profundas transformaciones.

También yo puedo identificarme con el ciego del Evangelio que, después de una primera intervención de Jesús, sólo pudo ver a las personas como árboles que caminaban. Retomaré más adelante esta metáfora, baste por ahora con decir que mi itinerario como formadora se parece bastante a la experiencia de aquel ciego. No sé si lo que veo ahora sean personas, sé, con todo, que procuro no confundirlas con árboles.

Llegué a la conclusión de que era tiempo de ofrecer una nueva síntesis, con el deseo de ayudar a quienes, por razones distintas, viven (o padecen) la aventura formativa y educativa. Si bien esta síntesis se enfoca principalmente en la formación de los candidatos y candidatas a la vida religiosa y sacerdotal, he constatado que puede también extenderse al espectro más amplio de la juventud en general. Es el caso de los ejemplos concretos descritos a lo largo del libro. No existen, por así decirlo, dos tipos de juventud: una buena y otra mala. El tejido humano de los jóvenes es el mismo en cualquier lugar. Y, con las debidas salvedades, el camino a recorrer para enfrentarlo es muy parecido.

Debo decir que el sentimiento que me anima es el gozo. No ignoro las dificultades, a veces dramáticas, que sacuden hoy la realidad juvenil. Era necesario que el libro partiera precisamente de ellas, pero no con la actitud de quien escarba entre la basura para terminar llorando sobre los bonitos tiempos de antaño. Cada época tiene sus crisis; cada crisis puede ser un momento de gracia donde Dios actúe. La mirada hace la diferencia.

Reconozco con gratitud que a lo largo de estos años la esperanza no sólo no ha mermado, sino que se ha ido fortaleciendo. No tendría sentido alguno indicar caminos educativos, como hará la segunda parte del libro (del capítulo “De dónde partir” al capítulo “Hacia dónde”), sin esperanza. Sería como vender humo. El futuro es posible si aceptamos y amamos el presente. El hoy es el momento mejor que nos ha tocado vivir, porque es el único.

Este libro no pretende responder a todo, sólo quiere ofrecer algunas sugerencias, pistas de re—flexión y trabajo, para ayudar a las personas que están en un camino de formación. Se dirige especialmente a los guías, a aquellos que se han entregado al servicio de acompañar a las nuevas generaciones. Pero la verdadera razón de estas páginas son ellos y ellas, es decir, aquellos jóvenes que han aceptado con audacia el don del llamado del Señor, y también aquellos que parecen sordos a su voz. No están solos: alguien camina, sufre, ama, canta y ora con ellos.

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[1]

. Virginia Isingrini, Para ser formador no basta el amor. El coloquio formativo en la vida consagrada y sacerdotal, San Pablo, México, 1999.

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Capítulo 1 UNA MIRADA A NUESTRO TIEMPO

El camino a través de la floresta es largo

cuando no se ama a la persona a quien se va a visitar. Proverbio mongo

“Los jóvenes de hoy no son como los de otras épocas; aquéllos eran respetuosos con sus mayores, generosos y honrados, pero los contemporáneos están invadidos por la disolución, son de ánimo blando, resbaladizo, fáciles de prender en los engaños… , amancebados, jugadores y despilfarradores”, estas afirmaciones parecerían escritas hoy, pero son de Salustio,[1] es decir, del año 43 a.C. No brillan de optimismo y nos hacen caer en la cuenta de que no somos tan originales como creemos.

Antes de adentrarnos en el análisis de la realidad personal de los jóvenes, quisiera evidenciar algunos fenómenos que han afectado de manera especial a las instituciones religiosas.

La primera se refiere a la paulatina disminución de los nuevos ingresos, tanto para la vida consagrada como la sacerdotal.[2] Descontando África y algunas zonas de Asia, hay una tendencia generalizada a la baja. Obviamente no faltan excepciones, pero escasean datos confiables acerca de la perseverancia ahí donde los aumentos han sido notables. América Latina, denominada por muchos años como el continente de la esperanza, ya no puede alardear de tal definición. Sin hablar de las deserciones después de la primera profesión o de la ordenación sacerdotal. Todo esto ha generado una fractura entre la generación de los años sesenta, es decir, entre la faja más numerosa y productiva de las instituciones, y las nuevas generaciones más limitadas en número y en fuerzas. Esta fractura se ha reflejado en la dificultad creciente para mantener las obras o las parroquias de antaño. Y no sólo por la falta de vocaciones, sino también por un rechazo más o menos abierto de los jóvenes hacia actividades y un estilo de vida que perciben en general como obsoletos.

Como era de esperarse, una crisis de tal magnitud tuvo consecuencias diversas: culpabilidad, análisis, búsqueda de nuevas experiencias… Me decía desconsoladamente una superiora: “Cuando teníamos los noviciados llenos no hablábamos tanto de formación, ni nos preocupábamos de preparar formadoras, ahora que están casi vacíos invertimos fuerzas en algo que se está muriendo”. Como dice el proverbio: “quien tiene pan no tiene dientes”. Ante esta situación las reacciones han sido principalmente de dos tipos: una que ha puesto en tela de juicio las instituciones y su estilo formativo, y otra que ha cuestionado a los jóvenes.

Era inevitable que se cerrara el pozo después de que el niño se había ahogado. Debe admitirse con realismo que las crisis son providenciales. Los templos se han de vaciar

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para que empecemos a preguntarnos por qué estaban llenos. Quizá sea así como se pondrá en marcha aquel humilde camino de conversión que tanta falta nos hace. Esta crisis ha suscitado preguntas muy importantes acerca del estilo de vida de los consagrados y de los cristianos en general; ha puesto en discusión opciones que parecían incuestionables; ha generado una búsqueda sincera de una forma nueva de acercarse al dolor de los hermanos. Se habla de “renombrar los votos”, de “refundación de la vida consagrada”, de “volver a partir de Cristo”, sólo por citar algunos de los tópicos más recurrentes. Es obvio que todo este fermento no tiene en la disminución de las vocaciones su única causa, pero ésta ha jugado un papel crucial. No faltan tampoco aquellos que invierten los términos de la cuestión y atribuyen a estos cambios la culpa de la pérdida de atractivo que ejercía la vida consagrada.[3] Según esta interpretación, la prueba radicaría en que instituciones de estilo muy conservador y tradicionalista han visto aumentar sus filas. Para decirlo con una frase que escuché de un formador: “Estábamos mejor antes, cuando no nos planteábamos muchas preguntas”. Claro está que cualquier discusión que atañe al tipo y a la calidad de la vida cristiana y consagrada es una cuestión que concierne al corazón de la Iglesia. Por eso suscita tanta animosidad y es tan importante. No hay que temerle.

Otros tipos de reflexiones se enfocan más bien en las transformaciones que se han producido en el tejido humano y cultural de las nuevas generaciones. En ese sentido, se habla a menudo de debilidad o de fragilidad vocacional y humana,[4] encerrando en estas palabras toda una serie de dificultades que se viven en la actualidad. A este fenómeno se le dan en general dos explicaciones: una que enfatiza los condicionamientos generados por la cultura (baste pensar en la modificación de la estructura familiar, el consumismo, la globalización, la difusión de los nuevos medios de comunicación, etc.); otra que procura describir los cambios intrapsíquicos que se han producido en los jóvenes, cambios que dieron vida a los nuevos modelos culturales.

Es difícil sacar una buena foto a un auto de Fórmula Uno rebasando a un adversario. Y cuando se consigue, el auto ya está muy lejos de donde nos encontramos. Es la misma sensación que se experimenta cuando se intenta describir nuestro tiempo: corre tan velozmente que no bien hemos tomado la foto y ya hace falta desplazarse para sacar otra.

No es mi intención presentar un panorama exhaustivo de la realidad vocacional y juvenil, pues corro el riesgo de verme frustrada como el fotógrafo del ejemplo anterior.[5] Prefiero describir algunos de sus rasgos a partir de las consecuencias que se producen en la vida de los jóvenes. Para ello recurriré a algunas antinomias entre las más frecuentes y que, en la mayoría de los casos, desembocan en conflictos dolorosos tanto para las personas como para las comunidades y las familias. Mi punto de vista se aboca principalmente a la dimensión intrapsíquica de los jóvenes y, de paso, también de los menos jóvenes, ya que estas dinámicas nos atañen a todos. Las horas y los años que he pasado escuchándolos y acompañándolos constituyen un material sumamente precioso

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del que no podría prescindir.[6]

Por otro lado, no puede pasarse por alto el influjo de los grandes cambios culturales y sociales que se han producido en la actualidad. Todos somos hijos e hijas de nuestro tiempo. Resulta siempre difícil definir cuánto han determinado estos cambios una transformación psíquica en las personas y cuánto, a su vez, ésta ha influido sobre la sociedad. Existe un ir y venir entre el individuo y la sociedad, entre la dimensión personal y comunitaria que hace más complejo el esfuerzo por comprender. Así que, aun hablando de las dinámicas intrapsíquicas, no puede ignorarse el peso del ambiente y viceversa. Es lo que intentaré hacer observando a los jóvenes únicamente a través de la ventana por donde miro, y espero que sea una buena ventana. Las numerosas confrontaciones y acercamientos que he podido tener a lo largo de estos años con otras realidades geográficas me alientan en ese sentido.

Describir no significa condenar, mucho menos resolver, pero es necesario para definir el rumbo del camino pedagógico.

Autonomía vs dependencia

Cada ser humano tiene el deseo sagrado de tomar decisiones autónomas, decidir su destino o ser único. Descubre, simultáneamente, que no puede vivir solo, que necesita la ayuda y el afecto de los demás. Se produce así una inevitable tensión entre estas dos fuerzas vitales: ser para sí y ser para otro.[7] De la manera en que se afronte esta tensión va a depender la madurez de cada persona. El niño recién nacido, por ejemplo, la resuelve a expensas de los demás. Todo mundo parece estar a las órdenes de este pequeño rey. Pero si lo abandonan no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. En la medida en que aumenta su capacidad para conseguir solo lo que quiere, debe encontrar otras estrategias para mantener su poder. Ya no se trata tan sólo de sobrevivir, sino de tener el amor de los demás. Sin este amor el niño no puede construir una identidad estable y segura. Trata entonces de manipular su entorno con tal de recibir aquella estima de sí sin la cual no podría subsistir. Los demás funcionan como espejos que le reflejan su valor. De esa forma, el otro se vuelve una parte de la estructura psicológica del niño, al punto que si es abandonado, su yo se desmorona. Logrará superar esta fase cuando comprenda –durante la adolescencia o la juventud– que se puede ser independiente sin necesidad de usar ni destruir a los demás. Podrá buscar su cariño sin verse derrumbado si lo pierde. Podrá incluso llegar a dar la vida por amor al otro, logrando así la plena madurez humana.

Pero este paso hacia la madurez se ve hoy muy amenazado. El giro antropológico de la modernidad ha puesto al hombre en el centro del universo. Su creciente capacidad de dominar el mundo, el ambiente, la técnica, las enfermedades, sus mismos poderes psíquicos y mentales, han producido un cambio de tal magnitud del que con dificultad logramos captar el peso. Este desplazamiento de una cosmovisión medieval que ponía en el centro a Dios y a la religión (por ejemplo, se pensaba que la Biblia decía la verdad

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sobre cualquier realidad, aun científica y terrenal), hacia una exaltación de la autonomía del hombre respecto de cualquier otro poder, ha provocado aquella fractura que tan dolorosamente estamos viviendo hoy. De aquí nace el imperialismo de la subjetividad, la falta de proyectos a largo término, la exaltación del presente.

Los jóvenes nacen y se nutren de este clima fragmentado, inestable, que empuja a seguir los propios impulsos e ideas como si fueran la verdad absoluta. Se observa una creciente aversión hacia las normas, hacia cualquier tipo de autoridad que sea impuesta desde fuera: “¿Y por qué debería hacerlo?”, nos preguntan casi desconcertados ante la propuesta de verdades que hasta ayer eran intocables.

Esto ha repercutido en una dificultad creciente para aceptar aquella dependencia que exige, por ejemplo, obediencia. No cabe duda de que éste es uno de los aspectos más cuestionados por jóvenes y menos jóvenes. “Ya no se obedece”, “cada cual hace lo que le entra en gana”, “ni siquiera avisan… ”, son frases que hemos escuchado de sobra. Un cierto conjunto de reglas que se había conformado a lo largo de los siglos –sobre todo su significado– parece estar caducando irremediablemente. Ante la exigencia de dar cuenta de lo que se hace, de dejarse guiar por otros, reaccionan como si se pusiera en tela de juicio su capacidad de ser artífices de la propia vida: “¡Ya no somos niños”!, “¿crees que no soy capaz de hacer las cosas por mí mismo?” Se tiene la impresión de que algunos de ellos pasan por la formación como si fuera un túnel del que desean salir tan pronto sea posible. Al cabo, después de los votos o de la ordenación vendrá la tan deseada libertad.

Estas reivindicaciones de autonomía podrían hacernos creer que nuestros jóvenes realmente son capaces de conducir con éxito la propia vida, que saben mantenerse en pie solos y que nuestra ayuda es del todo superflua. Viéndolo bien no es así, o no siempre es así. La fragilidad psicológica por la que están marcados los lleva a crear otras relaciones dependientes en busca de un apoyo, de un sostén del que en el fondo no logran prescindir. No cabe duda de que mucho han influido las transformaciones que se han dado dentro de la familia. Esta institución, en las embestidas de las crisis económicas y sociales, ha tenido que modificar roles ancestrales, ha perdido de vista valores y tradiciones que le habían asegurado una identidad estable. La figura del padre, y por ende de la autoridad, casi ha desaparecido, dejando lugar a una madre cada vez más invasora. [8]

Asistimos a dos fenómenos aparentemente opuestos y que conducen, a fin de cuentas, a resultados muy parecidos. Por un lado las relaciones familiares se han vuelto más inestables a causa del aumento de los divorcios, de las uniones libres, de las migraciones en busca de trabajos más remunerados. Muchos jóvenes han crecido en ambientes con un alto índice de violencia y de adicciones; no han conocido a ninguno o sólo a uno de sus padres. Padecen fuertes carencias afectivas y, a menudo, tienen una notable dificultad para definirse en la propia identidad. El manejo de los impulsos es deficiente desembocando en comportamientos violentos y antisociales. El encuentro con una comunidad religiosa, con un grupo juvenil, ha constituido para algunos de ellos la primera experiencia de acogida y de relaciones cálidas y estables.

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estrechos y posesivos. Son en general familias que pertenecen a la clase media, que han conquistado un cierto lugar en la sociedad dejando atrás experiencias de pobreza y soledad. Los hijos han crecido dentro de una abundancia material y afectiva que los ha adormecido. Lo tienen todo y no buscan nada. Su existencia gira alrededor de la escuela o el trabajo, la diversión, los amigos y el shopping compulsivo. Vestirse a la moda e ir al reventón el fin de semana es su máxima aspiración en la vida. Han nacido para comprar. Alardean de mucha autonomía porque tienen dinero en el bolsillo y tiempo libre para gastarlo como deseen, pero permanecen en la familia mientras sea posible, disfrutando de todos los beneficios que les ofrece: un hogar seguro, comida en abundancia, ropa lavada y planchada. Cuando ingresan a una institución religiosa no logran romper fácilmente el cordón umbilical y ni la familia los deja vivir en paz. Tienden a pedir a la comunidad lo mismo que, sin saber, exigían en su hogar: que se les ayude a ser lo más independiente posible.

Obviamente en medio de estos dos fenómenos hay toda una serie de situaciones mucho más benévolas, pero estos extremos ayudan a entender un buen número de dificultades que los y las jóvenes viven una vez insertados en una comunidad. Entre muchas, quisiera subrayar dos que describen bien a ésta, que podríamos denominar: una autonomía sumamente dependiente.

Erotización de la amistad

La amistad es una de las categorías fundamentales en la que los jóvenes encierran la mayoría de sus relaciones significativas: querer ser amigos, tener amigos es uno de sus deseos claves. Sin embargo, en esta categoría concentran una multiplicidad de experiencias, de sensaciones, que poco o nada tiene que ver con el concepto clásico de amistad. La filía era, según los griegos, aquel tipo de amor que surge “fuera del mismo compañerismo, cuando dos o más compañeros descubren que tienen algo en común, algunas ideas o intereses o simplemente algunos gustos que los demás no comparten y que hasta aquel momento cada uno pensaba que era su propio y único tesoro, o su cruz. La típica expresión para iniciar una amistad puede ser algo así: “¿Cómo, tú también? Yo pensaba ser el único”.[9] De aquí que los amigos prefieren mirar en la misma dirección que mirarse a los ojos. Los enamorados buscan la intimidad, los amigos encuentran la soledad en torno a ellos, pero desearían reducirla; se alegrarían de encontrar a un tercero. De todos los amores, la amistad es la más selectiva y la menos celosa, la menos posesiva. Claro está que la amistad puede desembocar en el eros; es mucho menos frecuente que éste acabe en la amistad.

Cuando hablo de eros y de erotismo no me refiero a la expresión directa de la genitalidad, a ésta los griegos la llamaban venus. No se excluye de antemano que la genitalidad haga sentir su fuerza, pero el eros se distingue más bien por la adoración del otro, por esta atracción a la que comúnmente llamamos enamoramiento. El enamorado está dispuesto a hacer cualquier cosa por la amada, siente en sí un fuego que le devora, un ansia de entregarse por completo, un frenesí de poseer y ser poseído que suena casi a

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una voz divina.[10]

En el mundo juvenil, sin excluir a jóvenes religiosos/as y a seminaristas, la experiencia de la amistad tiende cada vez más a matizarse de erotismo. El amigo o la amiga debe ser exclusivo, si no deja de ser tal. Es alguien al que se quiere contar todo lo que se vive y siente, que debe estar enterado de nuestro pasado, de nuestros traumas más dolorosos, que debe permitir una comunicación lo más continua e inmediata posible. Con él o ella se quiere salir, platicar, comer, divertirse cuantas veces se pueda. Las manifestaciones de afecto tienden a ser cada vez más inmediatas y explícitas, sin censuras, so pena de no ser auténticas, por ejemplo: decir que se le quiere y escuchar lo mismo para sí; dar rienda suelta a cualquier reacción emocional ya que el otro, si es un amigo, las deberá aceptar a como dé lugar; recurrir al cuerpo y no a la palabra para expresar lo que se siente. El contacto físico ya no es un tabú y a veces se le ve como el último bastión que ha de derribarse para sellar definitivamente una relación que se percibe como redentora, casi celestial. Se llega en ocasiones a la petición explícita de tener una amistad especial con alguien, pretendiendo con eso su fidelidad incondicional.

Ahora bien, este fenómeno no se da únicamente entre hombres y mujeres, sino también entre personas del mismo sexo. Me atrevo a decir, por lo menos a partir de mi experiencia, que es precisamente ésta última la realidad que está a la alza. El joven necesita a otro joven, el hermano necesita a otro hermano (o también a alguien externo a la comunidad), la hermana necesita a otra hermana, que le garantice este apoyo afectivo a trescientos sesenta grados. Y allí donde se convierte la autonomía personal en un absoluto, es más fácil exponerse a estas situaciones porque se trata en general de una autonomía defensiva e inconsistente. No sorprende que se pase, casi sin percatarse, del eros a venus y que se abra así el paso a experiencias de tipo homosexual.[11] En estas relaciones los celos son de casa. Surgen rencillas, venganzas más o menos abiertas, rupturas, hasta llegar al rechazo definitivo del que antes era tan buen amigo. La situación se vuelve más grave cuando no es el simple afecto lo que se busca, sino un sostén de la propia identidad, como le acontece al niño pequeño que se fusiona con las figuras de referencia.

Cuando existen relaciones de este tipo, el papel del educador o educadora resulta en general marginal porque quien guía en verdad es el amigo o la amiga. La autoridad afectiva lleva casi siempre la delantera con respecto a la autoridad establecida.

Atrapados en la red

Es el caso de decirlo: la profecía de George Orwell en 1984 se ha vuelto una realidad. [12]

El ojo del Gran Hermano nos sigue y persigue dondequiera, el límite entre lo privado y lo público es cada vez más borroso. El Internet y el celular son el prototipo de esta clase de comunicación que se ha vuelto imprescindible y muy invasiva. Más allá de sus obvias ventajas, queda la impresión de una red que también funge de sucedáneo a una incapacidad para estar solos y para entablar relaciones estables y profundas. El navegar

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en Internet, formar parte de los innumerables chat rooms, de las redes sociales, parece amordazar la soledad y la escasa autoestima. Ahí se pueden exhibir las propias fotos y videos, los logros y necesidades, compartiendo con una comunidad virtual lo más íntimo y profundo de la vida. Es como si no se pudiera prescindir de un espejo, de alguien que desde fuera comenta o simplemente confirma las propias experiencias, que es lo que le pasa al niño cuando vive todavía en la etapa de la dependencia narcisista.[13] Y cuanto más amplia es la red de amigos tanto más se tiene la impresión de ser alguien, de sentirse comprendidos y apoyados. Es cada vez más difícil para el o la joven vivir sin este reflejo de las redes sociales, demostrando así su incapacidad para encontrar dentro de sí la fuente del propio valor e identidad. Las horas gastadas en el ciberespacio lo atestiguan de sobra.

A la rapidez con la que se entablan amistades no siempre corresponde una auténtica profundidad en la relación. Y así como fue sencillo encontrar nuevos amigos, así de fácil se pierden, dejando a las personas a merced de desilusiones y depresiones.

De la búsqueda de la amistad a la adicción, y de ahí a la pornografía on line, el paso es a veces demasiado breve. Se empieza casi jugando y paulatinamente se entra a una dependencia de la que es difícil salir. El fenómeno está aumentando de manera exponencial.[14] En los motores de búsqueda, la voz “sexualidad” y similares es el tópico más solicitado. Se calcula, por ejemplo, que, sólo en Estados Unidos, en el lapso de un mes hay alrededor de nueve millones de visitadores en los cinco sitios con orientación sexual más frecuentados. La red permite el anonimato en las interacciones, razón por la cual la comunicación adquiere semblantes muy distintos a los que tiene en la vida real. Los/as cibernautas se sienten protegidos y, al mismo tiempo, libres de cualquier control. Y es precisamente este clima de anonimato y privacidad el que puede atraer también a religiosos/as y sacerdotes. Aun los sitios más inocuos y populares tienen aquí o allá alguna ventanita que, una vez abierta, nos invade de imágenes e invitaciones de todo tipo. La curiosidad inicial puede desembocar en una auténtica dependencia sexual, sobre todo si encuentra el terreno favorable en este sentido.[15]

En efecto, estas consecuencias no son el fruto inmediato del recurso de Internet. Todo depende de quién lo usa y de cómo lo usa. También un libro podría provocar las mismas sensaciones, pero hay que reconocer que la inmediatez de las imágenes y de los sonidos cautivan mucho más que una página impresa. Y precisamente de eso se trata. Las nuevas generaciones son más vulnerables ante estos estímulos y, cuando los dioses se van, los semidioses están listos para tomar su lugar. Sin darse cuenta buscan en estos instrumentos una respuesta a un deseo profundo y legítimo de sentirse valiosos, amados y rodeados de afecto. Claro está que esta respuesta es a menudo más aparente que real. La realidad virtual es muy atractiva pero no deja de ser virtual. A la hora de encarar la vida cotidiana se sienten desilusionados y sin muchas razones para luchar. El riesgo del enajenamiento en un mundo de emociones sin objeto real está a la vuelta de la esquina.

A veces se desatan verdaderas compulsiones, impulsos irrefrenables, para escuchar una llamada, recibir un correo, conectarse con un chat room, ver pornografía. Se vuelven

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una manera de acallar la ansiedad, de recobrar un sentido de seguridad y amparo. Y así, el que tanto alardea de su capacidad de dirigir autónomamente su vida y no necesitar reglas y controles, acaba embrollándose en una red mucho más asfixiante, aunque placentera. Puede prescindir casi con desfachatez de la opinión de su madre o de un superior, pero no puede salir sin antes haber mandado unos sms a sus amigos más cercanos. No avisará ni siquiera a la comunidad o a los padres de las decisiones tomadas, pero su programa de vida estará en Facebook o en su blog. Y si no queda otro remedio, más vale ponerse los audífonos y desconectarse del fastidio del mundo. Todo esto, si sabemos escuchar, nos habla de un vacío que se intenta llenar o aturdir con cualquier cosa.

Lo que cautiva de estas experiencias también es la sensación de valía personal y de libertad que proporcionan. Realmente se sienten dueños de su vida ya que escogen y hacen las actividades que más les gustan. Tener, por ejemplo, un celular en el bolsillo, manejar una laptop en las horas de clases, almacenar en un ipod toda la música preferida, se ha vuelto casi un símbolo de inmortalidad. En estos aparatos se concentran el saber, el conjunto de personas a las que se quieren, la posibilidad de comunicarse con todos y en cualquier momento, el sentirse alguien exitoso e importante. Una estima de sí, carente y frágil, que busque ahí una manera para fortalecerse se expondría, obviamente, a amargas desilusiones. Pero la sensación ejerce un poder demasiado impresionante para ser sustituida por la realidad.

Lo que resulta todavía difícil de vislumbrar son los reflejos que estos nuevos medios de comunicación tendrán sobre la manera de relacionarse con el mundo interior, con los demás y, finalmente, con Dios. Que lo deseemos o no, tampoco la experiencia de fe podrá quedar ajena a estas mediaciones tecnológicas.

En general, los jóvenes no perciben esto como una dificultad y el marco de valores que se les presenta resulta a veces demasiado lejano como para provocar una reflexión. Lo que sí entienden con claridad es que se les acepta de mala gana y por ello tienden a ocultar lo que viven en lugar de buscar una confrontación.

Agresividad vs pasividad

El instinto hacia la vida, la relación y el amor es tan antiguo como el instinto de muerte y destrucción. Caín y Abel son un buen ejemplo. Y como para la dicotomía anterior, no se trata de inventar nada: son parte de nuestra realidad humana. Si en el hombre no existiese esa fuerza que lo empuja a agredir las situaciones, es muy probable que no habría descubierto cómo prender el primer fuego ni habría matado a un oso para defenderse o alimentarse. Y como todos los instintos humanos, la agresividad no es producto del ambiente, pero éste puede provocar cambios en los cánones culturales, en las modalidades en que se expresa y en las valoraciones éticas de éstas.

Si el sexo ya no es un tabú, sí lo es la agresividad. Nos resulta difícil acercarnos a un mundo que se nos escapa de las manos y al que tememos. No faltan en las primeras

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planas de los periódicos noticias de estudiantes que sin razones aparentes abren fuego sobre compañeros y maestros; de adolescentes que aburridos de la vida se divierten lanzando piedras desde los puentes de las carreteras; de niños que se suicidan por una mala calificación; de noviecillos que planean fríamente la matanza de sus propios padres para -quedarse con la herencia… Se nos eriza la piel, lanzamos anatemas contra una cultura enloquecida, elevamos ruegos al Señor, pero no vamos más allá. Creemos un tanto ingenuamente que son desgracias del “mundo de afuera” y que nuestras comunidades y familias están exentas. Y es verdad: afortunadamente tragedias de tal magnitud son raras. Pero estos hechos tan graves son el síntoma, no la enfermedad. Detrás de ellos se oculta un malestar oscuro, de cuyos tentáculos no es fácil sustraerse, sobre todo para las nuevas generaciones. Difícilmente se le afronta con seriedad. Se habla con desmesura de los problemas afectivos de los jóvenes, pero no se habla de la agresividad que, a menudo, se oculta también detrás de estas otras dificultades.

Quisiera ahora focalizar algunas situaciones que ayudan un poco a desentrañar esta realidad tan compleja.

Emociones congeladas o sin barreras

En nombre de la libertad y de la espontaneidad han caído tabúes y censuras ancestrales. Es arduo escapar del bombardeo cotidiano que nos empuja a desa-tar impulsos y emociones en su estado puro. No hay quien dude de que se siente uno liberado cuando puede sacar lo que tiene dentro, pero esta nueva religión de la autenticidad no asegura que traiga a largo plazo un beneficio para sí y, mucho menos, para los demás. Para averiguarlo, basta mirar lo que hace un niño. Porque de esto se trata: de volver a la infancia y hacer de ella el modelo de la vida adulta. En la niñez, lo que cuenta es la gratificación inmediata que se logra principalmente a través de la fantasía y de la acción impulsiva. Se encargará la realidad de advertirle que no es el rey del mundo y que debe hacer las cuentas con los demás antes de conseguir lo que sea posible conseguir. Todo esto comporta una inevitable frustración, y la frustración suscita rabia.

Entre los impulsos es el más difícil de manejar, porque si bien su expresión directa puede ser sumamente liberatoria, trae como consecuencia las reacciones negativas de los demás. El miedo a perder al otro es algo terrible. Dependiendo del grado de madurez psicológica que alcance la persona, este dilema entre sacar la agresividad y ocultarla encuentra diversas salidas. En sus fases más primitivas, la rabia tiende a brotar sin barreras, hasta llegar a la destrucción de las cosas o de las personas. O a veces trata simplemente de ignorarlas creando entre el niño y los demás una espesa capa de hielo. En ambos casos se reduce al otro a un objeto que tiene importancia en la medida en que responde o no a los propios deseos.

Pero cuando los demás dejan de ser objetos y se les empieza a ver como personas, la agresividad debe buscar maneras más aceptables para no romper los lazos de amor y estima. Es aquí donde puede volverse sumamente pasiva, adquiriendo semblantes pacíficos pero contradictorios. Se agrede al otro callando, postergando, olvidando

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detalles, haciéndolo sufrir (el lobo con piel de oveja). O bien, castigándose a sí mismo como el villano del cuento, el que no debió perder la paciencia y no debió ofender o lastimar. Esta segunda solución puede ser el inicio de una depresión más o menos grave.

En el mundo juvenil se observa tanto la presencia de comportamientos impulsivos como de situaciones depresivas, donde prevalece el autocastigo y la muerte de la esperanza. Algunos movimientos, relacionados principalmente con la escucha de un cierto tipo de música (gothic, heavy metal, punk, dark, emos, etc.), con la manera de vestirse y peinarse (colores oscuros, maquillajes tétricos, metales, punzones), tienen una clara connotación agresiva. Los temas de la muerte, del suicidio, de la destrucción se tratan de forma cada vez más abierta, rayando a veces en la morbosidad, en lo enfermizo.

El control deficiente de la agresividad lleva a comportamientos que a veces nos resulta difícil interpretar de ese modo. Muchas de las dificultades que se dan en el área de la sexualidad muy poco tienen que ver con el amor o el afecto. Son más bien descargas incontroladas que quieren aniquilar al otro o a sí mismo. En nuestros tiempos, la sexualidad se vive con fuertes tintes agresivos, como un peligro potencial del que hay que defenderse: tener un hijo es un riesgo; el sida, una amenaza, una pareja fija, una prisión. Hoy los jóvenes van a la cama como si fueran a la guerra: espermicidas, condones, píldoras del día antes y del día después… El sexo se ha vuelto más sinónimo de muerte que de vida.

También las adicciones y los trastornos alimenticios, cada vez más frecuentes, tienen en la agresividad una de sus causas más importantes. Quizás en un comienzo sean hechos esporádicos: exagerar con la bebida en una fiesta puede parecer algo normal, pero no hay que ser superficiales. Cuando el alcohol o la comida se vuelven imprescindibles para divertirse, algo anda mal. Luego nos topamos con problemas de obesidad o de bulimia; con gente que hace de las dietas la razón de su vida; con muchachos que gastan considerables cantidades de tiempo y de dinero para comer y beber lo que se les antoje, sin tener ningún cuidado por su salud. Este comer a tiempo y a destiempo suena más bien a autoagresión. Recordemos que el síntoma no es la enfermedad. Debemos tener la valentía de escuchar el grito que se oculta detrás del malestar. Cuando se pierde el contacto con el propio mundo emocional es muy fácil que éste busque salidas secundarias.[16]

Todos estos fenómenos nos hablan de rasgos depresivos ocultos que van lamentablemente aumentando, sin advertirlo. Se empieza con una cierta pasividad, un cierto descontento hacia todo y todos. Falta vida y empuje. Impresiona la aparente tranquilidad de las nuevas generaciones. En 1968 los alumnos no tardaban en salirse de las aulas, en levantar pancartas, en subirse a las bancas gritando su protesta si un maestro no les caía bien. Ahora nos matan sin gritos, con su rostro aburrido y algo compasivo. Prefieren mil veces tumbarse en el sofá viendo una película o escuchando música que salir a jugar un buen partido.

Y como contrapartida añoran emociones fuertes, experiencias nuevas, casi a decirnos que la cotidianidad es un peso, un aburrimiento. La novedad puede funcionar como

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paliativo y como racionalización, sobre todo si es de tipo religioso. Es preciso cambiar de servicio apostólico, hacer el mayor número de experiencias, ir a otra comunidad. Como me decía una religiosa: “Siempre estamos mejor ahí donde no estamos”. Pero la verdad es que tardamos en descubrir que nada nos satisface. El tedio hacia la vida se abre paso solapadamente y basta una decepción, una situación inesperada y desafiante para hacer explotar la bomba de tiempo de la depresión. Luego, el paso de los años hace el resto.

Un cierto estilo de educación moralista y de formación religiosa tienden a reprimir cualquier atisbo de agresividad y empeora lo que acabamos de describir. No se censura sólo la manifestación externa de la rabia, sino también el simple hecho de sentirla. Levantar un poco la voz, perder un tanto la paciencia, decir un “no” decidido, puede parecer un menoscabo de la santidad. Y si la cultura mundana nos obliga a ser felices, la cultura religiosa puede obligarnos a ser perennemente amables y complacientes. Si luego añadimos un tono de voz casi angelical, mucho mejor. De aquí que a la agresividad no le quedan muchas alternativas: o se congela abriendo paso a otros tipos de compensaciones, o explota de manera violenta contra lo que esté a la mano.

Lenguaje lógico y digital

Aunque parezca paradójico, junto a la pura emocionalidad encontramos hoy un lenguaje fuertemente técnico, que no admite mucha imaginación. Nuestros sobrinos nos miran con lástima cuando nos observan mandando un sms o luchando con un touch screen. Ellos nacieron con el mouse en la mano. Se mueven como anguilas en el mundo de la tecnología, llegan al extremo de no saber expresar su interioridad si no tienen enfrente un teclado o una pantalla. Pero la técnica no permite muchas emociones, tiene una lógica inquebrantable. Si damos el comando incorrecto, saldrá un mensaje que repetirá hasta el infinito que estamos equivocados. Su lenguaje es fijo y uno tiene que adaptarse a ello, nunca el contrario. No hay manera de llegar a componendas: al fin no queda más que la obediencia servil.

Si en un aspecto esto permite mucha eficiencia y rapidez en la comunicación, por otro difícilmente logra vehicular la riqueza emocional que se tiene dentro. Puede incluso crearse poco a poco una fractura entre los dos mundos. Se delega a dos paréntesis y un asterisco ((*)) un abrazo, un beso, sin lograr hablar con el que se tiene delante de sí. Mensajes breves, extremadamente contraídos al punto de formar casi un nuevo idioma, dejan poco espacio a la fantasía, al calor de un encuentro, a la fuerza del lenguaje verbal. [17]

La costumbre de sacar fotos y videos en los momentos que consideran más significativos –sin excluir violencia y sexo– habla de una profunda dificultad para estar con la realidad en cuanto tal. Se posterga el disfrute inmediato y se delega a un instrumento digital la tarea de suscitar todas las veces que se quiera aquello que no se supo gozar o sufrir en el momento en que se dio. Y cuanto más se comparte la pseudoemoción (Youtube y otros), parece adquirir un matiz de mayor atracción y significación. Aumenta el placer vicario y se pierde el contacto con la vida a tal punto que

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sin una imagen digitalizada el acceso a la emoción queda vedado. La comunicación se despersonaliza y la nostalgia de un encuentro que apacigüe el deseo de amor y de valía personal se vuelve cada vez más aguda.

La palabra hablada ha sido desde siempre el puente por excelencia entre la propia interioridad y el mundo del otro, entre la emocionalidad y la acción. Mientras que hoy parece ser más importante sentir o ver que hablar. De esa forma, el lenguaje pierde su función de control, y su pobreza, tanto hablada como escrita, se hace cada día más manifiesta. “El desarrollo del lenguaje de los adolescentes, en el que se inspiran muchos adultos para hablar, está encaminado hacia la afasia: la ausencia de palabra”.[18] Debemos admitir con tristeza que una buena parte de nuestros jóvenes son incapaces de hablar en forma articulada y estructurada. Sin comentar lo que ocurre con las faltas de ortografía o de sintaxis. La educación escolar ha dado una mano a esta tendencia. Muchas pruebas académicas se rigen sobre un sistema computarizado, dando largo espacio a respuestas que no exigen casi ninguna participación de tipo afectivo y mucho menos oral. La relación personal con el educador o la educadora, su capacidad de transmitir experiencias, ideas y emociones, va cediendo el lugar a la primacía de los medios audiovisuales (power point, videos, etc.). La comunicación, tanto verbal como gestual y simbólica, es cada vez más relegada a un papel subsidiario y casi obsoleto.

Cabe preguntarse: una vez que el puente de la palabra se derrumba o es muy frágil, ¿qué ocurrirá con todo lo que atañe a la emoción, al sentimiento? Es de imaginar que irá aumentando su presión como la lava ardiente de un volcán en espera de hacer erupción. El mundo emotivo saldrá violentamente a través de acciones que intentarán negarlo, como cuando uno grita para demostrar que no está enojado o bebe mucho vino para convencerse de que no está ansioso. Así no sólo tendremos jóvenes impulsivos e inestables, sino también jóvenes que han perdido el contacto con toda la riqueza que llevan dentro; jóvenes aparentemente áridos y vacíos.

Omnipotencia vs devaluación

También esta dicotomía es parte del desarrollo normal de cualquier niño. Para construir un sentido estable y consistente de sí mismo, necesita primero sentirse el centro del universo. Esta inflación del propio yo le permite hacer frente a su vulnerabilidad y no dejarse sumir en la autodestrucción. Padres y familiares a través de sus cariños, de cumplidos y cuanto más, se encargan de reflejarle esta grandiosidad. Sin ella le será más difícil asentar las bases de aquella autoestima tan necesaria para enfrentar con seguridad las tareas de la vida. Paradójicamente, el niño se siente alguien importante gracias a todo lo que recibe desde fuera. Cuando empiece a despegarse de esas fuentes externas de identidad y aventurarse hacia una autonomía más madura, deberá renunciar en parte a su omnipotencia. A la vez, el sentido de fragilidad y vulnerabilidad personal se hará más consciente. Las salidas que le quedan son dos: aprender a integrar sus partes débiles conservando la estima de sí, o volver atrás, en busca del paraíso perdido.

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Esta segunda opción es una tentación bastante recurrente en nuestros días. Ya sea porque tantos adelantos de la técnica pueden hacernos creer que somos en verdad omnipotentes; ya sea porque parece ser un buen antídoto contra la fragilidad personal. Y si hay una palabra que ha sido exiliada del vocabulario moderno es precisamente “debilidad”, con todos sus sinónimos: infelicidad, dolor, fealdad, enfermedad… Estamos todos más o menos condenados a ser felices, a ser gente cool, gente diferente. “¡Sí se puede!”, lo gritamos en los estadios, en las escuelas, en las familias. El postulado inquebrantable que se oculta detrás de estos eslogan es: “Cualquier cosa es posible con tal de que la quieras”. Todos pueden y deben llegar a lo más alto, si no, se habrán de contentar con ser un don Nadie, un fracasado. La mediocridad es el gran pecado mortal de nuestros días. Poco importa si para alcanzar el Olimpo se tiene que destruir al otro: con o contra los demás, se ha de llegar. Y si nadie está exento de esta tentación, no cabe duda de que las nuevas generaciones tienen menos armas para encararla.

El futuro se ha desdibujado en favor de un presente cuyo imperialismo es sofocante. Todo se tiene que conseguir de inmediato según dice un refrán popular: “Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees”. La vida se parece cada vez más a una estrella fugaz: un fulgor y luego la nada. Pero es preciso que el fulgor sea intenso, aunque efímero. Y es lo efímero, lo caduco, es decir, el límite humano, lo que tarde o temprano toma su revancha. La otra cara de la omnipotencia es la devaluación de sí, la autodestrucción. Es imposible cumplir con el imperativo de ser felices. Ante todo porque es sumamente difícil mantenerse en la cumbre; segundo, porque más a menudo no sólo no se consigue llegar, sino que ni siquiera se sube la ladera. Caer en la cuenta de que así es, podría ser el comienzo de la vida, o bien, de la muerte. Lo más común es oscilar entre el narcisismo y la depresión, entre la reconquista orgullosa de lo que se perdió y la rendición completa. Un buen número de nuestros jóvenes están asidos a este columpio y pagan un precio muy caro: desesperanza, sentido de inutilidad, fanfarronería, culto de sí mismos. Pese a que han recibido mucho más que las generaciones anteriores, se sienten poco preparados ante las tareas de la vida. Disfrazan su inseguridad tras una constante búsqueda de títulos académicos, de nuevas experiencias, de mejores oportunidades y, cuando no lo consiguen, fácilmente culpan a los padres o a los superiores que no comprenden las necesidades de nuestro tiempo.

Entre muchos, quisiera llamar la atención acerca de un fenómeno que encuentra sus raíces en esta etapa de desarrollo inacabada. Se trata de lo que los psicólogos llaman bisexualidad psíquica. Vale la pena detenernos un poco y explicarla.

Bisexualidad psíquica

Estamos hablando de una fase normal de la niñez que debería llevar a la conquista de una identidad definida y estable. El niño y la niña no distinguen en un principio entre los dos sexos. Ambos se van identificando ante todo con la madre, ya que es la figura que en general está más presente. Pero ambos deberán volverse hacia el padre, para identificarse con aquellos aspectos que únicamente la figura masculina puede ofrecer. A partir de ahí,

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la niña deberá retornar a la primera identificación con la madre para integrar la figura paterna y plasmar así una identidad femenina armónica y completa. Y el niño, a su vez, en la identificación con el padre no deberá perder por el camino cuanto recibió de la madre, pero deberá hacerlo a partir de su identidad masculina. Sin mujeres no habría masculinidad, y sin hombres no habría femineidad, pues, unas y otros se necesitan mutuamente para revelarse como tales.

Durante la infancia, la diferencia sexual se vive de forma negativa, ya que se percibe sobre todo lo que no se tiene respecto al sexo opuesto. El camino a recorrer es llegar a integrar esta diferencia de forma positiva, viéndola no como amenaza, ni como pérdida, sino como complementariedad (integración madura de la bisexualidad psíquica). Sabemos que la adolescencia es el momento crucial para averiguar si este proceso se ha llevado a cabo de forma correcta o no. Sin embargo, a raíz de los últimos cambios sociales, esta etapa ha vivido unas importantes transformaciones. Empieza más pronto y termina más tarde. La niñez se ha contraído dejando lugar a un tiempo indefinido que llega a veces hasta los 30 años. Precisamente esta adolescencia inacabada vuelve más lento y difícil el paso a la madurez psíquica. Además, el papel del padre y de la madre, del varón y de la mujer, han conocido una cierta yuxtaposición. “Hemos pasado de la rebelión contra el padre a la inexistencia de éste. Por otra parte, muchas madres se las arreglan psicológicamente para negarle al padre un lugar relevante; y cuando éste consigue ocuparlo, suele hacerlo desempeñando un papel maternal y femenino”:[19] es el así llamado “papá-clueca” que imita a la madre o que, en el mejor de los casos, se contenta con ser un hermano mayor, un amigo. Los modelos de referencia terminan así desdibujándose en nombre de la monosexualidad.

De esa forma, existe también el riesgo de quedar en una situación indefinida que permite jugar, según convenga, el rol masculino y el femenino. Esto demostraría que las fantasías de omnipotencia y de inmortalidad infantiles están todavía muy activas[20] y que la bisexualidad psíquica, en ese caso, ha fracasado.

Basta fijarse en el modo de vestirse, de peinarse, de portarse de las nuevas generaciones. Aretes y pelo largo para los varones, pantalones y pelo corto para la mujeres. Obviamente se trata de símbolos, pero los símbolos son vitales. Los muchachos parecen haber renunciado a la agresividad, al machismo, en nombre de una aparente pasividad y sumisión. Dejan que sean las muchachas quienes los cortejen y conquisten, y ellas exhiben con orgullo su dominio y su toma de iniciativa. El sexo fuerte se ha vuelto débil, y el débil fuerte. Existen mujeres que creen que no necesitan a un marido, un padre, un novio, un amigo, porque pueden sacar de sí mismas, o del mundo femenino, lo mismo que les darían ellos. De igual manera, hay hombres que no sienten la falta de una esposa, una madre, una novia, una amiga porque creen que la masculinidad es capaz de jugar todos estos roles. La carencia de figuras masculinas y femeninas claras dentro de la familia y de la sociedad conduce a replegarse sobre sí mismo y a buscar indirectamente en el semejante homosexuado o, indirectamente, en la pareja heterosexual, aquella imagen parental que se echa de menos. “No es de extrañar que la negación del otro sexo conduzca no sólo al empobrecimiento de las relaciones entre hombres y mujeres, sino

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también a la soledad y, en último término, a la homosexualidad.”[21]

El mito de Narciso es antiguo: al no aceptar la debilidad de Eco, la ninfa que lo amaba, se ve obligado a amarse a sí mismo y, por lo tanto, a perecer ahogado en el río que refleja su imagen. En realidad Narciso no rechaza a Eco, sino el propio límite. Éste es el drama que ocultan estos sueños de omnipotencia. Definirse, aceptar lo que se es, significa renunciar a muchas otras posibilidades, pero es la única libertad posible. Ilusionarse de que se pueden jugar varios papeles al mismo tiempo alimenta una grandiosidad vacía.[22] Uno cree que se basta a sí mismo y que el otro no es más que el reflejo de la propia imagen. Cualquier experiencia es posible, aun cuando contradiga la que se hizo el día anterior: de lunes a viernes soy Napoleón, el fin de semana soy la Madre Teresa de Calcuta. Y así como puedo asumir las actitudes fustigadoras de Savonarola, puedo al mismo tiempo ser más libertino que Enrique VIII. Esto es precisamente lo que hace el adolescente: juega distintos papeles porque todavía no se ha definido en su identidad. Se mete en diferentes zapatos para ver cuáles le quedan, y entre más zapatos se mida, tanto más se ilusiona de tener una personalidad fuerte. Y hasta que no se haya superado esta etapa de omnipotencia, todas las decisiones importantes de la vida se postergan hasta que sea posible, o bien, se abandonan con la misma facilidad con la que se cambia uno de ropa.

Este rasgo que describe las generaciones actuales adquiere matices propios dentro del camino de formación a la vida consagrada o sacerdotal. La opción por el celibato o por la castidad consagrada podría en ocasiones ocultar una búsqueda inconsciente de omnipotencia adolescencial que no se ha resuelto aún. Podría volverse una manera de alejar las dudas acerca de la propia identidad sexual al tratar de convivir con gente del mismo sexo; una fuga de la figura femenina (o masculina, según el caso), percibida como demasiado invasora y dominante; un miedo a la responsabilidad en las relaciones ya que, por lo menos en apariencia, el amor/amistad con personas del mismo sexo no lleva a ningún tipo de compromiso o de consecuencias indeseadas.

Reflejos sobre la moral y la fe

Podemos afirmar, sin miedo a ser desmentidos, que las nuevas generaciones tienen una experiencia de fe mucho más problemática que las generaciones anteriores. Están marcadas por la desconfianza hacia todo lo que sabe a absolutismos, a reglas indiscutibles, a obediencia ciega. Quieren asumir aquello que les convenza, que sea razonable y atractivo. No existe nada más humillante para ellas que hacer algo únicamente porque se debe o porque lo dice una autoridad. Lo que verdaderamente cuenta es que sea algo que nazca desde dentro. De ahí que cualquier comportamiento es correcto si uno siente que así es, sin importar lo que digan los demás. Ser impermeables a la opinión ajena se convierte así en el sello definitivo de la propia moralidad.

La Iglesia, con su conjunto de instituciones y de ritos, parece quedarse a kilómetros de distancia de las preferencias de los jóvenes. Admiran sus valores, pero se reconocen cada

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vez menos en sus modalidades de vida. Se trata de valores que ellos perciben de forma más bien genérica, un tanto global y confusa. Son sensibles a la solidaridad, a la marginación, a la ecología, pero apenas sí logran comprometerse en acciones solidarias. Se indignan ante una guerra; aborrecen la policía antimotines, sobre todo si provoca muertes o encarcelamientos; pero aprueban la contracepción, el aborto voluntario y el sexo libre.

Su experiencia de Dios tiene matices más bien intimistas y emocionales. Jesús es el mejor amigo, el compañero de viaje. Y como buen amigo y compañero que es, está dispuesto a escuchar sus dramas, sus conquistas, se queda a su lado pero nunca cuestiona nada. Si lo hiciera, dejaría de ser un buen amigo.

No aman a un Dios justo y juez. Prefieren verlo como un ser bueno y poderoso, que puede conseguir lo que no logra su compromiso personal. Creen que siempre está dispuesto a perdonar, sin importar el error cometido. Todo les está permitido cuando experimentan la sensación interior de sentirse aceptados por Él. No tienen la menor preocupación de confrontarla con alguna norma o valor exterior, mucho menos con una mediación humana. A Dios se llega de manera directa, en el ámbito de una conciencia que se construye a menudo sobre el único criterio de la felicidad o del gusto personal.

Su formación religiosa es en general pobre. En la mayoría de los casos se reduce al catecismo infantil antes de los sacramentos. Tienden a hacer una mezcla de creencias, sin distinguir de dónde provienen. Lo importante es que responda a su exigencia interior de tener un sistema de valores para su uso y consumo. Son proclives al pensamiento mágico, a buscar experiencias o técnicas que proporcionen resultados inmediatos, sin mucho pedir a la responsabilidad personal: medios para controlar los poderes de la mente, entrar en sintonía con la energía del cosmos, lograr la paz y la serenidad interior.

Todo esto podría hacernos suponer que la fe está desapareciendo del mundo juvenil, pero son muchos los signos que lo desmienten. Su búsqueda incansable de sentido, su deseo de encontrar a Dios, aunque sea de forma confusa, están ahí para decirnos que su fe no ha desaparecido pero sí se ha transformado.

Esto trae consigo un inevitable choque y conflicto a la hora de responder a un llamado que ellos dicen sentir con fuerza, a la hora de insertarse en una institución religiosa cuyas estructuras no pueden, o no quieren, cambiar de la noche a la mañana.

Trampas en las que es fácil caer

Hemos descrito las cuatro antinomias, y sus reflejos sobre la vida de fe, forzosamente por separado. En realidad se entrecruzan y refuerzan mutuamente. Así que una dificultad sexual puede ocultar un conflicto de identidad, o una reivindicación agresiva de la propia autonomía; un exceso de amigos y de vida social podría delatar una incapacidad para vivir a profundidad cualquier relación; la adicción a la web puede volverse el sucedáneo de aquella familia unida que nunca se tuvo o de un Dios al que no se logra encontrar de otro modo.

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Por si hiciera falta, todo esto confirma la complejidad de la realidad actual. Ante esta situación no es difícil ver el resurgimiento de respuestas antiguas, en el desesperado intento de poner un freno a un terreno que sentimos desmoronarse bajo los pies.

Vuelta al pasado

Asistimos hoy al regreso de estilos educativos fuertemente centralizados, nostálgicos de los tiempos en los que todo era más sencillo, que proponen formas de vida cristiana y consagrada muy tradicionales y estrictas. En estos estilos prevalece la preocupación de controlar y de poner reglas claras. Por ejemplo, se limita el acceso a Internet a ciertas horas, como a decir que, si se hace en el lapso de tiempo permitido, cualquier cosa es buena. Se prohíbe el uso de celulares, la lectura de ciertos periódicos y la visión de determinadas películas, platicar a solas con personas del otro sexo, etc. El tipo de comportamiento exterior se vuelve crucial, tanto para evaluar la idoneidad de las personas como para orientar las intervenciones educativas. La insistencia sobre la ortodoxia y el rigor académico, por ejemplo en los estudios teológicos de los seminarios, revela esta ansia de tener bajo control cualquier posible desviación; como si asegurando tal rigor, la formación estuviera garantizada. La obediencia se vuelve la virtud fundamental, que todo lo justifica y exige.

No sorprende demasiado que estilos de este tipo tengan hoy cierto éxito. Jóvenes con fuertes inseguridades, temerosos ante las responsabilidades, pueden encontrar en una estructura externa muy rígida aquello de lo que carece su interioridad. Por desgracia, un exceso de formalidad y de funcionalidad exterior puede fungir de pantalla a una doble vida o a mucha fragilidad personal. No se puede hacer a un hombre bueno por ley. Pero la insistencia sobre la ley, sobre lo que siempre se ha hecho, da la impresión de tener las riendas de la formación y ampara de dudas y preguntas. Dentro de la incertidumbre y del caos que se viven hoy, asirse a la balsa del pasado parece la única posibilidad de subsistir.

La autoformación, o bien, el bricolaje educativo

El miedo creciente de perder popularidad puede hacernos ceder ante la tendencia tan generaliza—da del dejar hacer. Entonces se abren paso formas muy democráticas de gestión de la formación: todo debe decidirse juntos, fruto del consenso y no de una autoridad exterior; cada cual tiene el derecho de decir lo que le parezca bien, y no basta eso, sino que se han de sacar a flote sentimientos, emociones, partes de la propia historia, etc. Abundan las dinámicas de grupo y el superior o el educador (si todavía existe y conserva aún este apelativo) no es más que un regulador del tráfico o uno entre tantos. También proliferan las experiencias (por ejemplo, de tipo apostólico, o bien, de participación en cursos, reuniones, que pueden pedir el traslado hasta a otras naciones) porque se cree que experimentando más, ampliando las relaciones, las personas crecerán desde diferentes puntos de vista. Inevitablemente viajar, cambiar de lugar, es una consecuencia casi fisiológica.

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Este estilo educativo se fundamenta en la convicción de que todas las personas nacen libres y capaces de crecer solas. Basta con dejarles el espacio para hacerlo. No tiene en cuenta que la libertad es también fruto de educación y de responsabilidad. Nadie puede distinguir entre el bien y el mal si alguien no se lo ha enseñado; si alguien no lo ha alentado a cumplir una acción buena o le ha impedido hacer una acción mala. Lo sabemos muy bien, sin un valor por alcanzar, la libertad es una palabra hueca. El bricolaje educativo permite que el o la joven se tope contra un muro cada vez que quiera, sin advertirle en ningún momento que sería mejor que no lo intentara, sin ofrecerle aquel acervo de experiencias que distingue al adulto del niño. Dentro de este clima existe una alergia instintiva hacia las correcciones, las reglas y el control, pues no harían más que aumentar la inmadurez y el infantilismo. Todo esto impediría además la libertad y la espontaneidad, elementos claves para verificar el éxito de la formación.

Los jóvenes que ingresan a una institución religiosa parecen estar a sus anchas en este tipo de ambientes porque reflejan el que tenían en sus familias o en la escuela. Lamentablemente basta con tener la paciencia de esperar algunos años para ver los frutos de esta tendencia: desorientación, personalismos, exceso de autonomía, dificultades para acoplarse a la vida comunitaria, al ministerio y, finalmente, a la vida matrimonial en el caso de que abandonen la vocación religiosa.

También pueden descubrirse las dos trampas que acabamos de describir dentro de una misma institución tanto religiosa como familiar: en ciertos aspectos existe rigurosidad, en otros se deja correr, o bien, se alternan momentos de rigidez con algunos de mayor familiaridad: durante un periodo hay un superior duro, luego sigue otro blando; la mamá lo perdona todo y el papá es el ogro que castiga cualquier falta.

Tentación gnóstica

De buena fe, todos hemos caído en esta trampa. Estamos convencidos de que a través de la razón es como se llega a conocer la verdad, se alcanza la madurez y también la salvación. Esta certeza se tradujo en el campo educativo en la prioridad dada a los estudios, a la preparación académica, a la proclamación clara de los valores que están en la base de la vida cristiana, de la consagración y del sacerdocio. Y racionalidad parecía ser la palabra que equivocadamente recogía en sí la dimensión espiritual y teologal, contraponiéndose a todo lo corporal e instintivo. Como si la razón, el intelecto –en definitiva lo abstracto–, fueran divinos; y los instintos y los afectos, proclives al mal, por apegarse a la materia.[23]

El prejuicio gnóstico considera suficiente el saber. Lo importante es que nosotros expliquemos bien la teoría, la verdad, las reglas y los valores. Creemos que, una vez proclamados, las personas los acogerán sin falta, los traducirán en vida y se llenarán de gozo por ellos. Y si esto no sucede no quedan más que dos explicaciones: o los hemos presentado mal o la gente no quiere entenderlos. Ambas razones justifican una serie de respuestas, de soluciones, que conocemos de memoria: volvemos a explicar, subrayar, recordar, decir… con la esperanza de que por fin comprendan y se conviertan.

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Aumentamos los aportes de tipo académico y espiritual: cursos, retiros, programas perfectamente estudiados y elaborados, libros y cuanto más.

Afortunada y providencialmente, la vida diaria nos demuestra cuán grande es la distancia entre lo que se sabe y lo que se consigue realizar. Conocer la meta, o incluso el camino para alcanzarla, no se traduce automáticamente en realidad. Al contrario, podría convertirse en un obstáculo cuando se cree que la meta coincide exactamente con lo que se sabe de ella. Lo cual significaría reducir el cielo a la medida de nuestro cerebro, como bien hacía la famosa doña Práxedes, del Manzoni.[24]

Podría, incluso, traducirse en un sentido de superioridad si se identificase la conversión, el camino de crecimiento, con la cantidad de nociones que se tienen al respecto. Y nada nos haría más impermeables a una auténtica conversión que confundirla con nuestras ideas.

La experiencia nos ha demostrado que estas tendencias no están a la altura del problema. Entendemos que no basta condenar o absolver; no sirven los sermones moralistas, tampoco es suficiente prohibir o imponer ciertas normas. La dureza o la transigencia atestiguan únicamente nuestra incapacidad para responder al desafío. Y ellos/as lo han entendido antes que nosotros. Saben que tienen la sartén por el mango. En lugar de buscar culpables es mejor buscar soluciones. ¿Qué hacer, entonces?

Hay que partir de su petición pero cambiando tanto sus parámetros como los nuestros. No son fuertes, son frágiles. No son tan autónomos como parece; están, por el contrario, deseosos de una mano amiga que los sostenga. Eso hemos de darles. Debemos ofrecerles acogida, comprensión sin juzgarlos. Nadie podría aceptar el peso de una renuncia, de una corrección, sin antes haber experimentado un mínimo

de seguridad. Debemos hacernos sus compañeros de viaje, compañeros que conocen sus dolencias y aprecian sus valores. Dentro de esta relación inteligente y misericordiosa es posible que paulatinamente se abra paso a la pregunta central de cada itinerario formativo: “¿Y entonces, qué tengo que hacer?”, la misma pregunta que planteó la gente a Pedro y a los demás apóstoles ante el anuncio del Evangelio (Hch 2, 37; cfr. Lc 3, 10).

Los siguientes capítulos buscan ser una respuesta a estas interrogantes, quieren sobre todo indicar un camino centrado especialmente en el encuentro, en el diálogo con quienes desean responder al llamado del Señor, con quienes desean crecer y madurar. Es evidente que la tarea educadora no se agota solamente aquí, pero es un aspecto esencial y, a veces, demasiado descuidado.

[1]

.  Conjuración de Catilina, XIII, 2-3, XIV, pp. 5-6. [2]

.  Véase el interesante trabajo estadístico realizado a partir del Anuario Pontificio por el p. Ángel Padilla: I religiosi ieri, oggi e domani, Rogate, Roma, 2007, citado en Testimoni, 12/2007, pp. 9-11. El autor analiza la situación numérica de 205 institutos masculinos desde 1965 hasta 2005.

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[3]

.  Véase, entre muchas, la postura del p. Luis Oviedo, en Testimoni, 20/2006, p. 3. [4]

.  Cfr., el amplio análisis de don Francesco Cereda, consejero para la formación de los padres salesianos, en http://www.sdb.org/SELECT/Corpus/385_orientfragvoc.txt

[5]

.  Indico sólo algunos artículos que ofrecen, además de una buena lectura de la situación juvenil, una amplia documentación en las notas a pie de página para quienes quisieran profundizar más en el tema: J. L. Moral, “Modernidad y postmodernidad: cambios de valores en la juventud”, en Misión joven, 2004/330-331, pp. 63-88; V. Orlando, M. Pollo y D. Sigalini, “I giovani del Terzo Millenio”, dossier de Note di Pastorale giovanile, 2000/3, pp. 5-46; T. Anatrella, El mundo de los jóvenes: ¿Quiénes son? ¿Qué buscan? (tomado de las actas del Congreso Internacional sobre las Jornadas Mundiales de la juventud, organizado por el Pontificio Consejo para los laicos) en:

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/laity/Colonia2005/rc_pc_laity_doc_20030805_p-anatrella-gmg_sp.html

[6]

. Todos los ejemplos concernientes a personas o instituciones, citados en este libro, han sido despojados de cualquier referencia que permitiera su identificación.

[7]

.  Cfr. F. Imoda, Sviluppo umano. Psicologia e mistero, Piemme, Casale Monferrato, 1993, pp. 333-334.

[8]

.  Cfr. T. Anatrella, “Las consecuencias psicológicas de la disfunción del sentido de la paternidad en la sociedad actual”, en http://www.alafa.org/fetvita1999/anatre.htm

[9]

.  C. S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid, 1993, p. 77. [10]

.  Ibid., pp. 104-107. [11]

.  El padre Gianluigi Pasquale, ofmcap., después de haber participado en un seminario de estudio para formadores sobre “Discernimiento y acompañamiento vocacional para la persona homosexual” (llevado a cabo en el Pontificio Ateneo Antonianum en Roma, del 19 al 20 de febrero de 1998), y comentando el Documento final del Congreso sobre las Vocaciones al Sacerdocio y la Vida Consagrada en Europa (Nuove vocazioni in Europa, Roma, 5-10 de mayo de 1997), afirma: “Hago notar que en todo el documento –comprendiendo la parte de análisis de la realidad, la parte explicativa y la parte doctrinal–, se cita únicamente la voz “homosexualidad” como elemento particular en la dinámica afectiva (núm. 37). Lo cual significa que este

Referencias

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