Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad. Proverbio chino
Todos comprendemos que la complejidad de la persona humana y de la cultura actual es tal que ninguna de las orientaciones anteriores puede hacerle frente de manera adecuada. Creer que basta con reformar programas, hacer planes de estudio, aumentar reuniones, es caer en una ingenuidad bastante común. Por otro lado, pensar que incrementando experiencias, dinámicas de grupo, terapias psicológicas, dejando que cada cual se forme a sí mismo o gracias a sus amigos, constituye otra in-genuidad no menos dañina.
Educar a los jóvenes de hoy significa ante todo “entrar en su mundo”. Significa abandonar nuestro terreno seguro para ir hacia un lugar del que no tenemos el control y que tal vez tenga valores que
no compartimos. Como afirma Roger Schroeder, quiere decir “entrar en el jardín de otro, ser huéspedes en su casa”.[1] El punto de partida son ellos: su persona, su historia, sus aspiraciones, sus impedimentos para seguir los ideales que los atraen. Como bien nos recuerda Juan Pablo II: es el hombre concreto, el hombre de hoy, el camino primero y fundamental de la evangelización.[2]
En este sentido, la relación que se establezca entre el educador y el joven es el lugar privilegiado para poner en marcha o continuar un camino de crecimiento. Pero antes de centrarnos en este tópico, es preciso hacer dos premisas: una acerca de quien acompaña; la otra, de tipo más teórico, acerca de la necesidad de un cuadro antropológico que sirva de trasfondo a la praxis educativa.
El educador, la educadora
Hablando propiamente de un camino de crecimiento vocacional, doy por establecido que no existen confusiones ni yuxtaposiciones acerca de quién es el formador; es decir, está claro quién es el responsable directo de este camino. Lo doy por sentado, aunque la práctica a veces lo desmiente. Casi nunca es una sola persona la que interviene en este camino: un profesor de la escuela, los propios padres, los compañeros, el director espiritual, los demás hermanos y hermanas de la comunidad, el equipo formador, el provincial, el superior general, el obispo, etc. Esta multiplicidad de agentes constituye una
gran riqueza, siempre y cuando cada uno sepa respetar el papel del otro y las respectivas responsabilidades se definan claramente. Por el principio de subsidiariedad, la autoridad mayor debe intervenir únicamente cuando la autoridad menor esté impedida para hacerlo. De no ser así, el único que saldrá perjudicado de esta confusión de roles y de intromisiones es el joven a quien se acompaña: habla con todos pero nadie lo guía y conoce a profundidad.
Una vez aclarado esto, si tenemos la paciencia de leer algún plan de Formación, descubriremos que a la voz “formador” (o bien: rector, maestra, superiora… ), la larga lista de cualidades que se le exige es en verdad fuera de lo común. Cualquiera con un poco de realismo, dejaría ipso facto este servicio tan poco ambicionado. Así que trataré de no aumentar la lista. Me limitaré a indicar algunas actitudes previas y también unas de las tentaciones más comunes en que puede caer el educador. Uso el término “educador” como sinónimo de formador, aunque prefiero el primero. Educar, del latín ex-ducĕre, significa sacar desde dentro, hacer que algo escondido vea la luz. El educador ni pone ni quita nada de las personas; de la habilidad de él depende ayudarlas eficazmente para que conozcan su realidad, la tomen responsablemente en sus manos y la orienten hacia la meta que han elegido. El mayor trabajo es de ellas, no del educador. Él procura únicamente propiciar los medios adecuados para que suceda: plantea preguntas, desafía, consuela, acompaña, las deja solas cuando es necesario, ora por ellas… pero no sustituye su responsabilidad. No está en su poder “dar forma” o cambiar a nadie, y, si es honesto, lo descubrirá muy pronto.
Amar a los jóvenes por lo que son
Debemos amar a nuestros jóvenes primero por lo que son, antes que por aquello que los trasciende, es decir, por ser hijos de Dios.
Sin esta aceptación cordial de su identidad, muy poco puede hacerse. Ellos lo saben y lo sienten. El tono moralista que se preocupa de poner en guardia contra los peligros del mundo, las comparaciones peyorativas con los tiempos de oro de la juventud de antaño, delatan nuestra dificultad para aceptarlos. Cuando llegamos hasta ahí significa que hemos alcanzado la terminal. En realidad provocamos lo contrario de lo que pretendemos y la fractura entre ellos y nosotros se hace más profunda. Los jóvenes no se identifican ya con buena parte de los modelos que les proponemos y esgrimen agresivamente sus reivindicaciones, logrando con ello fortalecer un frágil sentido de identidad. No puedo olvidar la frase de un joven religioso: “No conseguirán hacernos como ellos”. Es una afirmación muy dura, pero dice hasta qué punto hemos llegado. Cuando a Daniel Pennac se le preguntó cuál era el secreto para ser un buen maestro escolar, él contestó: “El amor. Pero, atención: no se trata de volver sentimental la relación pedagógica. Lo que yo llamo amor es un coctel hecho de pasión por la materia que se enseña, gusto por transmitirla y una benévola lucidez hacia la juventud”.[3] Esto vale también para el formador. Él no puede imponer el amor a la verdad, pero sí puede comunicar el gozo que ésta le proporciona, la convicción que lo mueve, la fe que lo sostiene.
Más allá de las obras que realicemos, de las estructuras que tengamos, son ellos, los jóvenes, el don más grande que Dios nos concede hoy. Debemos estar agradecidos porque, como cualquier otro don, no lo merecemos.
Entendemos, sin embargo, que amarlos no significa dejarlos como están. Un amor que no cuestione, que no provoque un cambio, se reduciría a una benevolencia superficial y un tanto simplona. Si bien no son tan fáciles de cultivar, muy pronto nos daremos cuenta de que el amor y la gratitud no bastan. Habrá que echar mano de otros recursos, si queremos en verdad emprender un camino de ayuda eficaz.
Ser guías y orientadores
En el término e-ducar (dux es el que está al frente) está presente la idea de conducir hacia algún lugar o una meta. El que guía es un hermano, una hermana mayor que ya ha recorrido, siquiera en parte, el camino que indica a otros. Nadie se confiaría a un guía que no tuviese un mínimo de conocimiento de la montaña que está escalando. Es una afirmación bastante obvia, pero no lo es a la hora de concretarla. Para ello es preciso que el educador haya antes descubierto su propia interioridad. Tarea difícil pero absolutamente fundamental y que se desarrolla adueñándose de los propios procesos racionales, inconscientes, emocionales y operativos. Esta apropiación se fortalece claramente en la medida en que se guían a otros para que aprendan a discernir en sí mismos los procesos idénticos. “No se puede ser guía de un pueblo (de una comunidad o de una persona), sin esta introspección honda, de toma de conciencia, que marca un formidable salto cualitativo en la capacidad de dirigir a los hermanos; en efecto, podremos penetrar en la interioridad ajena en la medida en que hayamos tenido un mínimo de experiencia de la nuestra”.[4] Junto a tantos recursos de tipo intelectual, nunca debería faltar para los educadores la oportunidad de recorrer este camino de introspección y crecimiento personal. Sin ello, lo demás corre el riesgo de volverse poco creíble, poco incisivo.
Simbólicamente, el guía va adelante para que se sepa dónde pisar, pero camina de hecho lado a lado de quienes acompaña. En ocasiones también se queda atrás, como los guías de montaña, que dejan al más débil o al más lento adelante para que marque el ritmo a todo el grupo. Pero es imprescindible que el guía esté donde ha de estar. Sin su presencia discreta y cotidiana, es imposible que se llegue a cualquier sitio. No se puede guiar a manera de un mánager que dicta desde arriba las directrices a seguir, que se deja ver únicamente en las juntas de programación, que tiene la agenda tan llena de otros compromisos que para encontrarle se tiene que sacar una cita con meses de antelación. Cuando un guía ha perdido el contacto personal con quienes acompaña, no sólo ha perdido credibilidad, sino la posibilidad más importante de conocer y ayudar a las personas. Y los informes finales que se verá obligado a dar se parecerán a esos artículos de periodistas que sacan sus datos únicamente de agencias informativas, sin haber comprobado personalmente los hechos.
uno se le pide únicamente un tramo del sendero: unos lo precedieron, otros lo seguirán. Pero es importante que en su momento haga lo que le toque, sin culpar a los guías anteriores y sin dejar a los siguientes su propia responsabilidad. Esto no requiere simplemente la honestidad y la sabiduría de cada educador, sino también la sabiduría de toda la institución que ha de tener claro el mapa del itinerario completo, los pasos intermedios, la meta final. De lo contrario, dejará que cada uno se la arregle como pueda, o bien, le pedirá demasiado a uno y poco a otro, creando confusión y discordia en el itinerario educativo.
La presencia del guía es un punto de referencia imprescindible. Sobre todo hoy, cuando los modelos en quienes se inspira el mundo juvenil son más infantiles e inmaduros que los mismos jóvenes. Es triste observar cómo las figuras educadoras, empezando por los padres de familia y los maestros, tienden a abandonar su rol de adultos en favor de una identificación con los jóvenes que surte, a buen seguro, mayor confusión e inseguridad. Y los jóvenes, que han sido obligados a ser niños-adultos, a tomar las actitudes de los mayores antes de tiempo, lo único que tienen frente a sí son adultos-niños. ¿Cómo podrán, entonces, salir de sus crisis, de sus dudas, si lo único que encuentran es el reflejo de su propia imagen en adultos inacabados?
Giuliana Ukmar describe así la confusión en la que se deja sumido a un niño cuando se le priva de los necesarios e imprescindibles puntos de referencia, puntos que sólo los adultos pueden propiciar:
Imagínense que se despiertan de improviso durante la noche, y que se encuentran en medio de un cuarto completamente oscuro. Tienen los ojos abiertos, pero no logran distinguir el más mínimo resquicio de luz. ¿Qué hacen? Todos, obviamente, con pasos inciertos, con las manos extendidas, buscaríamos una pared donde encontrar aquello que buscamos. ¿Y si no lo halláramos?, ¿si nuestras manos quedaran extendidas en la oscuridad y nuestros pies no se toparan con algún obstáculo que diera la posibilidad de estimular el sentido de la orientación y aquietar la ansiedad, y las rodillas empezaran a castañear hasta volver difícil la misma respiración? Yo me imagino que entraríamos en una crisis de pánico y, dejada a un lado la prudencia, correríamos en todas las direcciones, quizá brotaría el llanto o estallaríamos en gritos con tal de que la pesadilla se acabara… Si consiguieron entrar emotivamente en este estado de ánimo, pueden entender a la perfección la situación psicológica del niño que crece sin reglas. Nunca puede toparse con paredes que le permitan construir un adecuado sentido de orientación para enfrentar la vida. Pueden entender su angustia, su insaciabilidad… Pedir, pedir, pedir cada vez más, en ocasiones las cosas más raras, representa –según el ejemplo anterior– correr sin encontrar una pared de referencia. Es paradójico, lo sé, pero el niño exige con el fin de vislumbrar cuándo, finalmente, obtendrá algún “¡No!” Éste sería el primer ladrillo del muro principal sobre el cual lograría construir su casa.
“¡No!” es una pequeña palabra, pero sólida y concreta como una peña… Sin embargo, lamentablemente, en muchos casos aun cuando algún “¡No!” logre llegar, sobrevive sólo el tiempo de un suspiro. Por cansancio, inseguridad y desacuerdo entre los padres, a la
segunda o a la tercera petición, este “No” se convierte en un “Sí”, y la situación no solamente regresa al punto de partida, sino a una etapa inferior.
Volviendo al ejemplo de la pesadilla, intentemos imaginar que nos hallamos ante una pared y que mientras la palpamos para ver cuán grande es, si es resistente y si hay una ventana… desaparece. Empezamos de nuevo a correr, nos topamos con otra pared pero también ésta se esfuma. Llegaremos al punto en que no confiaremos ni siquiera en nuestras percepciones y tendremos que golpear repetidas veces la cabeza contra las próximas paredes que se nos atraviesen antes de confiar en su existencia.
¡Precisamente así!, ¿qué confianza puede inspirar un padre que cambia de opinión, que muda continuamente las reglas, que se deja manipular por una nonada? Ninguna. He aquí que los próximos “¡No!” se desentendieron, se sabotearon, para descubrir de qué están hechos y si son duraderos.[5]
La dictadura del consenso nos lleva a menudo a abdicar de nuestro cometido. Tenemos miedo de ir contracorriente, de provocar críticas no sólo en quienes acompañamos, sino también en los superiores que a veces no ven bien los conflictos o la dimisión de algún candidato. En una ocasión le pedí a un grupo de jóvenes, a quienes daba clases en una institución religiosa, que me permitieran cambiar de horario de mi materia. Les expliqué la razón y les pedí su comprensión. De momento aceptaron. La vez siguiente recibí una decidida invitación de la responsable para que renunciara a mi solicitud, ya que algunas de ellas no estaban conformes. Le repetí que lo había pedido como un gesto de caridad… no hubo nada más que desistir y la motivación que me ofreció fue: “Aquí lo que cuenta es que ellas estén contentas”.
Otra función del guía es la de orientar hacia la meta. En la tradición bíblica del Oriente surgiría el nuevo sol que nace de lo alto, la estrella a cuya luz caminarían los que vivían en tierras de sombras. El Nuevo Testamento revelará que es Cristo la verdadera luz, el verdadero sol del mundo. Los templos habían de construirse situados hacia el este para que a la dirección del culto correspondiese la orientación de los corazones. De igual manera, el guía debe ayudar a los jóvenes a que dirijan cada vez más su mirada, su afecto y voluntad hacia la luz de Jesús. Aunque haya atajos, desbandadas o retrasos, la meta ha de ser clara y fija, porque sin meta tampoco existe camino para andar.
Ser mediadores
Quien indica la luz no es la luz. Éste, que podría ser un límite, es también un gran consuelo. El formador es un puente entre la voluntad de Dios y el joven a quien acompaña. No encarna la verdad, pero ha de ser su testigo con la mayor fidelidad que sea posible. Es cierto, sería poco sabio mirar al dedo y no a la dirección que indica, por otro lado, si el dedo está torcido, deberá cargar con su responsabilidad. Los jóvenes tienden siempre a desear mediaciones perfectas, casi como condición para obedecer: “Si no lo haces tú, ¿por qué me lo exiges a mí?” Si bien es comprensible, no deja de ser una pretensión un tanto infantil y pagana, y no es propio de ellos ser misericordiosos.
Debemos reconocer con gratitud que los jóvenes son el aguijón más eficaz, ya que nos empujan a ser cada vez más creíbles. Con la misma gratitud hemos de aceptar que cometemos errores. Ellos los ven antes y mejor que nosotros y no tardan en ponerlos de manifiesto. Con una actitud de sano realismo tenemos que acoger todas sus observaciones, reservándonos, sin embargo, el derecho y el deber de resolver nuestros problemas en otro ámbito que no sea el de la relación con ellos.
La tentación de sustituir a Dios es fuerte, así como la de hacernos responsables de lo que no nos toca. He constatado cómo a veces detrás de una apariencia de sincera humildad puede ocultarse inconscientemente una buena dosis de grandiosidad. He escuchado a menudo los sentimientos de culpabilidad de los/as formadores. Se consideran los responsables de casi todo lo que atañe a la vida de los/as jóvenes: de su perseverancia, crecimiento, errores, madurez, hasta de su alegría. Me decía uno de ellos: “Si no formamos a gente contenta, que crea en verdad, gente que esté de pie sola, hemos fracasado”. El deseo es más que encomiable, si permanece como un buen deseo. Si no, es la receta de la depresión aguda, pues creer que de uno depende que todo se cumpla cabalmente, no se relaciona en lo absoluto con la humildad.
El educador no es el Mago Merlín que con su varita mágica transforma los sapos en príncipes. No puede y no debe sustituirse la responsabilidad de quienes acompaña. Ellos tienen la libertad de rehusar aun la propuesta más santa y la medición más coherente que exista en el mundo. A Cristo no le fue mejor. Es precisamente el misterio de la libertad humana lo que justifica la presencia de las crisis y los fracasos. No existen caminos sin obstáculos o resistencias. Y a veces es el obstáculo lo que oculta providencialmente la clave para reactivar un proceso que parecía detenido.
No ser la luz y a la vez ser testigo de la luz es lo que le permite al educador la libertad necesaria para confrontar, para ser claro, para no tener miedo a la impopularidad y también para reconocer sus propios límites. Los jóvenes tienen el derecho de decir sin censuras, durante el coloquio personal, todo lo que creen oportuno, sin miedo a desilusionar ni a ser juzgados.
Tanto el educador como el joven no están para complacerse ni para destruirse mutuamente: ambos están para obedecer a una presencia, una voluntad, que les trasciende y que justifica la relación de ayuda. Si se pierde de vista esta certeza, se abre paso a cualquier deformación, desde la dictadura hasta la fusión afectiva.
Abdicar ante el deber de indicar la verdad en toda su entereza y belleza significa enviar el triste mensaje de que no existe nada por lo que valga la pena vivir y morir. Es un mensaje que los jóvenes no necesitan en lo absoluto, pese a que se muestren contentos a la hora de recibirlo. La verdad hace libre, pero incomoda. Así, la soledad del corazón y la presencia de críticas son una consecuencia casi fisiológica de la tarea educativa.
Virus que pueden atacar al educador
El educador no es una persona perfecta. Es un ser humano que conoce sus límites, ha llorado y orado por ellos y ha sabido integrarlos positivamente en su experiencia de fe. Si esta premisa está ausente o es apenas incipiente, será mejor que no se le encomiende esta
tarea. Pero si por lo menos ha avanzado un poco por este camino, ha de saber que no está exento de dificultades y de múltiples tentaciones. Las describiré como si fueran virus