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Bresc, Henri, Guichard, Pierre, Mantran, Robert - Europa y El Islam en La Edad Media

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Academic year: 2021

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Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento in­ formático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Traducción castellana de Mercedes Trías (capítulos 1 y 2),

Marta Carrera (capítulos 3 y 4), Rafael Santamaría (capítulo 5) y Manuel Sánchez (Glosario), revisada por Manuel Sánchez Fotocomposición: Víctor Igual, S.L.

Cubierta: Joan Batallé

© 1982, 1983 y 2000: Armand Colin Editeur

© 2001 de la traducción castellana para España y América:

Ed i t o r i a l Cr í t i c a, S.L., Provenía, 260,08008 Barcelona ISBN: 84-8432-169-X

Depósito legal: B. 2.796-2001 Impreso en España

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PRÓLOGO

La aparición del Islam en la historia de la humanidad constituye un fenómeno de primer orden. Hoy es una potencia espiritual, económica y política que influye día tras día en el destino del mundo. Varios centenares de millones de creyentes se encomien­ dan, en ocasiones por medio de ritos divergentes, a la palabra de dios, revelada al pro­ feta Mahoma y transcrita por él en una «recitación», el Corán, cuya autoridad es re­ conocida por todos. Más de cuarenta estados, de los 170 que pertenecen a la ONU, se identifican con esta cultura. Pese a ello, su esplendor dista de haber sido continuo, pre­ visible y sencillo: los ocho o nueve siglos de su historia, que recorre el presente libro, constituyen el sorprendente testimonio de este fenómeno.

La revelación espiritual que interpretó el árabe Mahoma a principios del siglo vn debe su originalidad al hecho de haber aparecido en el punto de encuentro de los tres grandes conjuntos culturales y religiosos de los mundos de Occidente y Oriente Próxi­ mo: el mundo cristiano, en el que destacaba por su esplendor el Imperio bizantino, he­ redero, al menos parcialmente, del Imperio grecorromano de la Antigüedad y centro de confluencia de los saberes antiguos; el Imperio persa sasánida, donde el culto zoroás- trico y varios grupúsculos cristianos mantenían vivos el ideal monoteísta y la llama del pasado caldeo o iranio y, por último, las comunidades judías, dispersas desde los co­ mienzos de la era cristiana alrededor del Mediterráneo y en las ciudades, pero cuya cul­ tura y religión seguían dotadas de gran poder de seducción y esperanza. Este conjunto territorial, que se extiende desde la península griega o África del norte hasta el Indo y el borde de los desiertos asiáticos, se caracterizaba por unos suelos que sin duda adole­ cían de graves carencias en agua, madera y hierro, pero contenían riquezas indudables, como oasis exuberantes o cultivos en terrazas, rebaños y minas de oro. Hacía siglos que en su vida urbana se concentraba el grueso de las poblaciones sedentarias, que renun­ ciaron a sus tierras estériles en beneficio de las caravanas y los nómadas.

Sin embargo, estas semejanzas enmascaran notablemente las oposiciones políti­ cas y las rivalidades económicas. Es posible que la «explosión» musulmana se viera apuntalada por la evidente sencillez del mensaje profético, pero su éxito se debió en buena medida a contingencias coyunturales: la oposición secular entre «griegos» y «persas», la aspiración constante a la independencia de las viejas tierras de África del norte, o futuro Magreb, aún númida y escenario del Egipto eterno. Explotando estas tensiones, ganando a su causa a pueblos que iban arrebatando a los griegos, persas o godos, y que sometían a una autoridad muy leve y tolerante, los árabes crearon, en cien años, un imperio de tipo militar y fiscal cuyos únicos elementos unitarios eran el empleo preponderante de la lengua coránica y un culto inspirado en los judíos y cris­ tianos, pero que se abstuvieron de imponer.

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8 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

Será durante los tres primeros siglos de su existencia, de la muerte de Mahoma a mediados o finales del siglo x, cuando el Islam vivirá su apogeo. Su extensión territo­ rial es, sin lugar a dudas, el rasgo que antes salta a la vista. Entre 635 y 750, los com­ batientes del Islam redujeron a cenizas el Imperio persa, arrebataron a Bizancio Asia menor, Oriente Próximo y África del norte, y a los godos España y el Languedoc. A mediados del siglo viii, esta primera oleada fue contenida por los francos en la Galia del sur, por los griegos bajo las murallas de Constantinopla y por los chinos en Tran- soxiana. De hecho, si hablamos de «árabes» en esta ¿poca es por mera comodidad. La mayoría de los príncipes o jefes militares todavía proceden de esta etnia, pero los sol­ dados y el grueso de la población es bereber, española, egipcia, siria, turca o kurda; el gobierno de las ciudades está en gran parte en manos de los dhimmis, los «sometidos», «gentes del Libro» —léase «la Biblia»— , es decir, judíos y cristianos no conversos, y son sobre todo los judíos quienes controlan el comercio. De hecho, pronto no habrá uno sino tres «imperios» o califatos: uno, el de los omeyas, en Córdoba y de tenden­ cia liberal; el segundo, fatimí, en El Cairo y herético; el último, abasí, en Bagdad y apegado a una estricta ortodoxia. Pero es sin duda entre 750 y 1050, por este contacto con las tradiciones de los pueblos incorporados, cuando la civilización musulmana brilla con mayor esplendor: caravaneros y vendedores de esclavos, doctores de la fe y copistas de textos antiguos, acuñadores de monedas de oro y marinos consumados, los musulmanes son los amos del mar, el desierto y el pensamiento.

Hay que distinguir una segunda fase en la historia del mundo musulmán, entre 950 ó 1000 y 1200 ó 1250. Se produce un repliegue, primero territorial: se pierde prácticamente España y luego Córcega y después Sicilia; las costas de Asia menor, primero reconquistada por los griegos y más adelante recuperada por los turcos, deja­ rán de ser musulmanas; los «francos» se implantan brutalmente en numerosas regio­ nes del norte de África o de Siria y Palestina durante dos siglos; más al este, los tur­ cos islamizados empiezan a retroceder ante el avance de los nómadas mongoles, impíos. Aunque todavía tenga poderosos arrebatos defensivos tanto en España como en Jerusalén, y aunque su prestigio cultural parezca intacto, el Islam padece cada vez con mayor agudeza la presión cristiana; el oro africano escapa en parte a su control; los comerciantes italianos parecen ubicuos y el Mediterráneo ha dejado de ser un «mar árabe». Además, la situación económica se modifica: el gigantismo de las ciu­ dades mata el campo y los desgarros religiosos acaban arruinando a los pueblos alza­ dos en armas: uno tras otro, los tres califatos desaparecen.

La brutal conquista mongol que lleva a las tribus asiáticas hasta el Mediterráneo y Europa central asesta al Islam un golpe casi mortal, pues las hordas tártaras despre­ cian la civilización urbana tanto como la unicidad de la fe; entre 1250 y 1350, el Islam se retrae hacia el sur, África o el Indo, y pierde la hegemonía cultural durante siglos. Pese a todo, el vigor de este gran organismo herido no ha desaparecido, ya que la fe musulmana se extiende poderosamente en esas nuevas direcciones: el África negra o el mundo de las Indias. Aún más: después de 1350, los turcos otomanos franquean el Bósforo e inundan los Balcanes eslavos. Tras 1500, este nuevo Islam de semblante turco extenderá su control a una gran parte de las tierras musulmanas de África y las tierras cristianas del Danubio, pero se trata ya de un Islam sin brillo cultural ni vigor económico: es un «hombre enfermo» acechado por el expansionismo europeo.

Ro b e r t Fo s s i e r

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Capítulo 1

DEL MODELO HEGIRIO

AL REINO ÁRABE

(siglo VII - mediados del siglo VIII)*

El m undo islám ico de los p rim ero s siglos m edievales se define no tan to por una com unidad de estru ctu ra económ ica social o técnica sino más bien po r el p re ­ dom inio absoluto de un sistem a de v alores y de un m odelo político y cultural que arrolla los «conjuntos» qu e le han preced id o en el espacio geográfico oriental y m e d iterrán eo , q u e aniquila su re cu erd o y llega a reducir y en q u istar los restos de los mism os. P ero este m undo en elaboración y en construcción presen ta las m is­ mas características g enerales q u e los m undos bizantino y sasánida a los que susti­ tuye: sus econom ías y sociedades, cu an d o pueden ser o b jeto de estudio y p uede analizarse su evolución, no constituyen en tid ad es au tó n o m as cuyo sistem a políti­ co y cultural sería un m ero reflejo de las m ism as; la conquista m usulm ana no su p erp o n e sim plem ente un lenguaje .com ún a los m undos que unifica ni im pone sólo un código fiscal com o sím bolo de una dependencia efectiva. El E stad o , al igual que en la A n tig ü ed ad , es al m ism o tiem po un espejo de las desigualdades y un in stru m en to represivo que las codifica e inm oviliza; es tam bién el m o to r de la circulación de bienes y valores. E n función de este E stad o se establece una clase de privilegiados, casi de funcionarios, constituida en un principio por la to ­ talidad del p ueblo m usulm án q u e se ha lanzado a la conquista y, m ás ta rd e , por los grupos sectarios o las clientelas dinásticas; gracias al E stad o funciona una eco­ nom ía m o n etaria en la que la única función del m etal es refo rzar la je ra rq u ía m e­ dian te una im posición fija so b re la producción de las p eq u eñ as unidades cam p e­ sinas.

Al igual que el m undo an tig u o , del que la D ár al-lslám (conjunto de países m usulm anes) constituirá un reflejo no sólo de sus grandes rasgos sino incluso de sus m ás p eq u eñ o s detalles, el m u n d o nuevo se p resen ta com o una to talid ad ; to ­

* La transcripción de los términos árabes de este capítulo ha sido realizada por Julio Sanisó, catedrático de árabe de la Universidad de Barcelona.

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10 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

dos los elem en to s se re lacio n an y, en él, la adhesión es pro fu n d a y vital: la duda constituye el enem igo principal, y es un riesgo de an arq u ía social y de m aldición qu e aniquila la personalidad. P o d er, facciones, fam ilia y pensam iento religioso son los m o to res de la evolución social. La p ro p ied ad de los m edios de producción o el lugar que se ocupa en la circulación de bienes son factores secundarios ya q u e d ep e n d e n , en prim er lugar, del ejercicio de un p o d e r del E stad o que va siem ­ pre aco m p añ ad o de una adhesión ideológica total a una dinastía g o b ern an te, que constituye la g aran tía de la justicia, la arm onía y la salvación. El m odelo te o c rá ­ tico en carn ad o p o r el P ro feta ejercerá una mism a influencia sobre todas las ex p e­ riencias revolucionarias o conservadoras que surgirán en el futuro. S erán, no o b s­ ta n te , el p ensam iento antiguo y, sobre to d o , la gnosis los encargados de articular en program as políticos esta sed de unidad y de salvación así com o la esperanza apocalíptica. A nalizar las m utaciones del m undo islám ico e n tre los siglos viii y xi aplicando esquem as de conflicto e n tre burgueses y m ilitares «feudales» p u ed e, ev id en tem en te, llegar a aclarar ciertos aspectos de un a realidad que se ha ren o v a­ do re p e tid a m e n te , pero sin du d a tam bién co n trib u irá a oscurecer una originalidad y una p erm an en cia so rp ren d en tes.

Un Or i e n t e Pr ó x i m o d e s g a r r a d o a n t e u n a r e v o l u c i ó n r e l i g i o s a

E n el año 610, en el m o m en to en qu e com ienza la profecía islám ica, el O rie n ­ te P róxim o se en cu en tra dividido en dos grandes im perios, dos sociedades m o n ár­ quicas provistas de una aristocracia de E stad o y de un clero centralizado p ero caren tes de una unidad ideológica o religiosa: la m o n arq u ía y la dinastía se id en ­ tifican, en efecto, con un pueb lo d o m in an te y con una cu ltu ra hegem ónica. El O rie n te Próxim o bizantino so m ete, a la au to rid ad de los griegos y a la o rtodoxia establecida en el 451 en el concilio de C alcedonia, a to d a una serie de naciones antiguas sem ihelenizadas cuyas opciones religiosas, las «herejías», in ten tarán re ­ forzar la originalidad de los grupos nacionales b eb ien d o en el m anantial de las polém icas teológicas. La persecución m elkita (en nom b re del rey, el e m p e ra d o r b izantino) no fue siem pre uniform e, ni las opciones heréticas resu ltaro n , tal com o se ha visto, un sim ple reflejo de las p eculiaridades lingüísticas y de las tradiciones étnicas. E n E gipto, en d o n d e los m elkitas son poco num erosos y la opinión se aglutina en to rn o a la iglesia m onofisita, la lengua co p ta constituye un elem en to unificador eficaz así com o un signo de oposición a los griegos. H acia el 610 surge en este país un clima de te rro r tras el exilio del p atriarca B enjam ín y la apostasía forzosa de los obispos, sacerdotes y m onjes, obligados a a d o p ta r la solución im ­ p u esta p o r H eraclio (638) al pro b lem a cristológico, el «m onotelism o». Sirios y m esopotam ios, de lengua aram ea y siriaca, se en cu en tran po r el co n trario dividi­ dos en tres confesiones: los m elkitas son num erosos e n tre la aristocracia de Jeru - salén, d o n d e un solo p atriarca m an tien e la o rto d o x ia griega; los m onofisitas, q u e se identifican con la tendencia «jacobita» definida p o r Severo de A n tio q u ía y lu e­ go im p lan tad a p o r Jaco b o B arad ai, un p red icad o r itin e ra n te , se agrupan en to rn o al p atriarca de A n tio q u ía y su fuerza se apoya esencialm ente en una base m o n ás­ tica; ten em o s, finalm ente, el g rupo constituido p o r la cristiandad iraquí e irania cuyos obispos eligieron, desde el 484, la teología d e T e o d o ro de M opsuente y

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DEL MODELO HEGIRIO AL REINO ÁRABE II

estab leciero n , en el 485, un catholicos n esto rian o en C tesifón. C u an d o , hacia el año 491, el em p e ra d o r Z en ó n expulsó a todos los nesto rian o s del Im p erio , sólo logró refo rzar la posición de esta Iglesia sem ioficial p ara todos los cristianos del im perio p ersa. Si los jaco b itas d e Siria se sien ten en com unión con los coptos de E g ip to , se en c u e n tra n , p o r o tra p a rte , sep arad o s de los siriacos de M esopotam ia así com o de los arm enios, los cuales, p o r su p a rte , abrazan m ay o ritariam en te la Iglesia oficial; la m ism a sep aració n existe, p o r o tra p a rte , con respecto a los m o- n otelitas de A n tio q u ía, ag ru p ad o s en to rn o al m onasterio de San M arón.

El im perio sasánida tam p o co se en cu en tra sólidam ente unificado: adem ás de las divisiones «horizontales» e n tre la aristocracia persa y los pueblos vencidos y som etidos del Iraq y de A rm e n ia , el m u n d o iranio en sí m ism o sólo se ha co n v er­ tido de m an era ap a re n te a la o rto d o x ia zo ro astrian a. Si bien se han apagado los fuegos sagrados de las restan te s ram as h ered eras del antiguo m ensaje del A v e sta , el zorvanism o y o tro s m ovim ientos heréticos subsisten en el inconsciente o en el fervor p o p u lar, se enraizan en el seno de la co rte y agitan las m asas. El príncipe M ani había pred icad o , en el siglo m , un sincretism o y una m oral de la verdad ab so lu ta, de la división de los principios buenos y m alos, del rechazo de la carne y de cualquier o b ra de m u erte. E jecu tad o en el año 276, M ani dejó una am plia herencia ideológica que q u ed ó in erm e an te la represión. H acia el año 500, en tiem po del sháh K u badh, el filósofo M azdak arrastró al im perio a una g uerra d e ­ sastrosa: apo y ad o en un principio p o r el m ayor de los príncipes h ered ero s, p ro v o ­ có luego su caída y facilitó el acceso al p o d er del m ás joven de estos príncipes, C osroes II (Jusráw II). T o d o el n o rd este del im perio se escapa, así, a la religión zoroastriana: en to rn o a Balj (B actria), la B actriana y los antiguos países iran ia­ nos situados m ás allá del O xus o A m u D ary a, la F arg án a y la U shrusana en la m o n tañ a, los principados sogdianos de Sam arcanda y B ujára se convirtieron p ro ­ fun d am en te al budism o. En Balj se en cu en tran más de cien pagodas (viharas), así com o 3.000 m onjes y, sobre to d o , el «nuevo V ihara», en N aw bihar, cuyo prior será el an tep a sad o de la p o d ero sa fam ilia de visires B arm akíes, en tiem po de los califas cabbásíes.

E stas debilidades son, p o r consiguiente, estructurales: oposición larvada de enorm es m asas cam pesinas, sólidam ente apoyadas p o r una red de m onasterios y de p redicadores e rran tes; resistencia m oral y fiscal com binada en provincias e n te ­ ras; finalm ente, divisiones teológicas de los m edios políticos y religiosos de las cortes reales, los cuales se m o strab an siem pre dispuestos a buscar una solución de conjunto o a seguir una «herejía». D u ra n te los años 600-610 se añ ad e a esta situación el ag o tam ien to d e b id o a la g u erra en carnizada e n tre los dos im perios: ésta se desarrolla en b u en a p a rte con ayuda de gu errero s perten ecien tes a los dos principados árabes/vasallos, am bos cristianos, el de los gassáníes, situado en los confines de Siria, y el de los lajm íes de las riberas del É u frates. D e esta m anera los árab es, hasta en to n ces recluidos en la reserva de valores y principio de lib er­ tad que constituye el d e sie rto , se in tro d u cen de m anera gradual en el gran conflic­ to teológico y político de O rie n te .

E stos árab es son, fu n d am en tal y etim ológicam ente, nóm adas. Al sur se e n ­ cu en tran los árab es «puros» y al n o rte los «arabizados», todos ellos unidos y fe­ d erad o s p o r el cen tro carav an ero y religioso de La M eca, custodiado por la tribu de Q uraysh. A l n o rte en co n tram o s un m undo de p astores, con serv ad o r, aferrad o

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12 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

a los valores de la libertad q u e im pone la e stru ctu ra tribal o el estad o de guerra p e rm a n e n te e n tre los grupos; al su r se halla un m u n d o u rb a n o , aislado de la ev o ­ lución religiosa y cultural de los países sem íticos d eb id o a la b a rre ra del d esierto de A ra b ia , orgulloso de su tradición de libertad (se tra ta del único pueblo sem í­ tico au tó n o m o ) y provisto de estru ctu ras sociales y culturales arcaizantes (ciuda- d es-estad o , p an teo n e s locales). Las guerras, q u e lanzan nuevas fuerzas al asalto del Y em en , d etien en el proceso evolutivo del rein o yem ení de H im yar qu e av an ­ za hacia un im perio m ilitar y hacia un m onoteísm o ju d aizan te. Por o tra p a rte , se refuerza la solidaridad de los árab es m eridionales y septentrionales: en el 525 los e tío p es de A xum , em pujados p o r los bizantinos, conquistan Y em en y acaban con la m o n arq u ía him yarí; no o b sta n te , los supervivientes se alian con las tribus del n o rte y dan nueva fuerza a una confederación, ce n tra d a en La M eca, que acab ará con la ocupación etiópica en el 571. E sta resistencia cristalizó en to rn o al orgullo q ue los árab es sentían p o r su originalidad lingüística y cultural. A sim ism o valori­ zó un «hum anism o tribal», con su énfasis en el h o n o r y su ética de libertad y virilidad, au n q u e subrayó tam bién sus contradicciones con las exigencias de m o­ noteísm o.

M ahom a

Si las debilidades o la crisis, q u e se definen a posterioriy no p ueden constituir el único factor d eterm in an te d e la caída de los im perios del O rien te P róxim o, ello se d eb e a q u e el Islam se p re se n ta , an te to d o , com o una revolución. N o se tra ta de una revolución social, ya que el Islam no atribuye ningún valor especial a la po b reza, po r m ás q u e la expansión m usulm ana pu d o verse acom pañada, es­ p o rád icam en te, de venganzas y ajustes de cuentas. T am poco es una revolución «nacional» de pueblos m inoritarios som etidos a los grandes im perios. Se tra ta , en cam bio, de una revolución religiosa, lo cual im plica que afecta, a la vez, los planos político, intelectual y filosófico, y está cen trad a en una nueva apelación a la fun d am en tal unidad de lo divino y m arcada p o r la experiencia inefable d e la profecía, o sea de la relación directa con D ios. La llam ada desde La M eca a una m utación de valores y a una ru p tu ra con el paganism o que se está o rganizando hace surgir la ex trao rd in aria fuerza del m onoteísm o. El perío d o d u ra n te el cual M ahom a reside en M edina d a rá lugar, en cam bio, a una co rrien te profética que se disciplina y se canaliza hacia la creación de un E stad o , cuya estructuración no se term in ará nunca pero que constituirá el m odelo ideal incierto de su legitim i­ d a d , a m edida que se vea agitado p o r las fuerzas explosivas que surgen y son suscitadas po r la llam ada del P rofeta. E n veinte años se forja el conjunto de p rin ­ cipios en los que se apoya una cu ltu ra, una fe y una ley, fren te a un E stad o que siem pre se pone en tela de juicio.

P odem os ex trañ arn o s de la inm ensa adhesión del m undo cristiano de A sia y de Á frica o del conjunto de países dom inados p o r el o rd en zoroastríano-sasánida a una religión d efendida p o r un g ru p o , num éricam ente m uy m odesto, constituido p o r los árab es del H idjáz, q u e no se caracterizaban p o r una capacidad filosófica p articu lar ni p o r m an ten er relaciones estrechas y sostenidas con los grandes c e n ­ tros de cu ltu ra — A n tio q u ía, A lejan d ría, H a rrá n , C tesifón o D ju n d ish a p u r— en

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DEL MODELO HEGIRIO AL REINO ÁRABE 13

los que se había p roducido la fusión e n tre la h erencia clásica y las grandes co rrien ­ tes religiosas m onoteístas. El «escándalo» intelectual del nacim iento del Islam fu e­ ra de las áreas ya convertidas al m onoteísm o recu erd a, de hecho, el carácter ta m ­ bién subversivo y m arginal de la m ayoría de estas tendencias religiosas en sus o rí­ genes: el Islam red escu b re la radicalidad del judaism o o del cristianism o prim iti­ vos fren te a los p an teo n e s y a las construcciones filosóficas com plejas de su tiem ­ po. E n el Islam , la cultura sem ítica de expresión griega e n cu en tra, p o r vez prim e­ ra, su originalidad y su verdad: ab an d o n a las expresiones ex tran jeras que la a h o ­ gaban así com o las teologías filosóficas, p o r m ás q u e las recupere más tarde.

En el m om ento en que em pieza la predicación de M ahom a (M uham m ad) en La M eca, la A rab ia cen tral sigue ex p erim en tan d o la tensión provocada po r la invasión del Y em en p o r los etío p es cristianos, tal vez en represalia p o r las p erse­ cuciones de las que fueron o b jeto los cristianos árabes de los oasis a m anos de los príncipes yem eníes ju d aizan tes. El valor sim bólico de la victoria que o b tien e la coalición árab e en el A ñ o del E lefa n te (571) an te La M eca es enorm e. El san ­ tu ario abriga, en efecto, los ídolos ciánicos y tribales, reunidos, bajo la custodia de la tribu de Q uraysh, en el «recinto de A b rah am » , en torno a la K acba, el «cubo», la prim era casa, iiarto ru d im en taria, de Ism ael, el hijo de A b rah am . En ella cristaliza la relación con los orígenes m ism os del m onoteísm o y justifica la elaboración de una vía original, p ro p iam en te árab e al culto del D ios único a tra ­ vés de los h a n ífs, hom bres piadosos cuya fe en D ios contiene referencias explíci­ tas a A b rah am . P or o tra p a rte , d ad o el cará c te r de san tu ario federal, au n q u e in­ form al, que tiene la K acb a, La M eca esp era y desea la aparición de un pro feta capaz de estru c tu ra r un p an teó n je ra rq u iz a d o , para q u e p ueda consolidarse la he­ gem onía de las tribus y de los qurayshíes. El p o d er de estos últim os se e n co n trab a en auge deb id o a los cam bios sufridos por las vías com erciales: la decadencia de los tran sp o rtes m arítim os a través del m ar R ojo y la de las rutas caravaneras hacia el codo del E ufrates* deb id o a la g u erra e n tre persas y bizantinos, había estim u ­ lado el desarro llo de una nueva ru ta carav an era que pasaba po r los oasis del H id- jáz, e n tre el Y em en, p ro d u cto r de plantas arom áticas e im p o rtad o r de especias indias, y Siria. El en riq u ecim ien to y la irrupción de la econom ía m o n etaria a m e ­ nazaban el equilibrio tradicional de las estructuras ciánicas y de las relaciones e n ­ tre clanes; el din ero iba a sustituir a los valores del «hum anism o» tribal: virilidad, generosidad y solidaridad agnática. E sta es la razón p o r la cual el m ovim iento iniciado p o r la predicación de M ahom a tien e, por una p a rte , el carácter de rev o ­ lución debido a su adhesión radical a una nueva m oral fam iliar y, por o tra , cons­ tituye una restauración de los valores fu ndam entales del m onoteísm o q u e, a lo largo de la historia del O rie n te P róxim o, había m ostrado su creciente d ecadencia. C onstrucción de una fe «total» y, al m ism o tiem po, revolución árab e q u e logre el re to rn o triu n fan te del D ios único a los tem plos de los q u e había sido expulsado d eb id o al olvido del pacto fu n d am en tal de los hom bres con É l, po r paganism o o po r la com plejidad de las disquisiciones de los teólogos, em peñados en co nocer la natu raleza divina. M ahom a se sitúa, desde un principio, en la tradición de los grandes p ro fetas del judaism o y de las restan te s ram as de la revelación: los Shu3ayb, SSlih, HOd, los p ro fetas de M oab y de los pueblos árabes del n o rte d e ­ sem peñan un papel fu n d am en tal en el C orán y evocan la om nipotencia divina y la inm inencia del Juicio.

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14 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

D e la predicación a las armas

La ru p tu ra p rotagonizada p o r este m ercad er, rico, responsable en el seno de su com unidad (adm inistraba la reconstrucción de la K a 'b a ) y m onógam o, ha sido c o m p arad a con o tro s destinos místicos: se trata de una a v en tu ra q u e, en un p rin ­ cipio, tiene un carácter individual y cristaliza en predicación tras un largo perío d o de m editación. E n un principio el P ro feta p ro ced e, sin d u d a, a una b ú squeda p e r­ sonal de salvación: la revelación del 610 constituye, p a ra él, un m ensaje que co n ­ m ueve a un alm a exigente, un m ensaje espiritual, una llam ada a la justificación y al resp eto de los im perativos de la vieja m oral ciánica, au n q u e d ep u rad a de su orgullo y de su egoísm o. A l co n d en ar el m atrim onio consanguíneo y m aldecir el a sesinato de las niñas recién nacidas, M ahom a ten d ía a d estru ir la sociedad tribal p o r explosión dem ográfica o po r ru p tu ra de la solidaridad de clan. E n esta prim e­ ra e ta p a la revelación profética se deja a rra stra r p o r la p ropia evolución de la sociedad m ekí, sin tra ta r de rem o d elarla pero sin integrarse tam poco en ella. M ahom a se niega a vestirse com o un adivino (káhin) o a asum ir sus funciones; sus contactos con o tro s h a n ifsy incluso la com petencia con o tro pro feta (M asla- m a), el hecho de que se reú n an en to rn o a él «jóvenes y débiles» excluidos de la sociedad tribal, son un conjunto de hechos que cam bian g rad u alm en te su función: del m ensaje que afirm a la preem inencia del D ios de salvación, M ahom a pasa p ro ­ gresivam ente a la refo rm a política y social.

Los qurayshíes no se equivocan cu an d o le ofrecen el liderazgo de un m ovi­ m iento de reform a y le sugieren que sea, a la vez, el Licurgo y el H esíodo llam a­ do a estab lecer un nuevo p a n te ó n . El P ro feta acepta en un principio la tarea de fijar la genealogía de los dioses p ero p ro n to se echa atrás an te una doble presión: por una p arte es consciente de que D ios habla po r su boca y, p o r o tra , el rechazo de la idea po r sus prim eros conversos. Sólo le p ro teg e la m oral tribal de la soli­ d arid ad a p esar de las condenas qu e lanza contra el orgullo y la violencia de las fam ilias qurayshíes. In sertad o g rad u alm en te en la tradición m o n o teísta, su m en ­ saje se cristaliza p o r la adhesión de los prim eros fíeles, las «gentes de la C asa», sus p arien tes Jad íd ja, su única esposa, cA lí, a la vez sobrino y yerno, el liberto Z ay d , un v erd ad ero hijo ad optivo, m ás tard e algunos vecinos com o el om eya cU th m án y cU m ar ibn al-Jattáb , y finalm ente p ersonajes m ás hum ildes com o Bi- lál, el esclavo negro perseguido p o r su am o y rescatad o p o r M ahom a. El m ensaje pro fético , q u e d u ran te m ucho tiem po perm anece difuso, se integra en el rito de la oración cotidiana y constituye, hacia el 619, una p rim era com unidad de n a tu ra ­ leza particu lar, igualitaria y revolucionaria. A la m u erte de su tío A bú TAlib, que ha p ro teg id o al g rupo de creyentes sin sum arse a la nueva religión, el P ro feta decide una ru p tu ra sin p reced en tes: p ara escapar a la persecución se im pone la em igración y las m ujeres y niños p a rte n en dirección a la E tio p ía cristiana. E sto confirm a la existencia de lazos con el cristianism o en un m om ento en el que su r­ gen versículos coránicos que exaltan a la V irgen y recu erd an la concepción de Jesús p o r o b ra del E sp íritu , con lo q u e a d q u iere un lugar excepcional en la línea profética. M ahom a e n tab la contactos con los hantfs y con los clanes árab es de Y ath rib , la ciudad p o r excelencia en el m o m en to en q u e el P ro feta se establezca en ella ( M a d tn a , M edina). A llí se e n c u en tran tam bién varias tribus judías y se le ofrece el papel de árb itro . Su em igración (hidjra , ‘h ég ira’) hacia el refugio, el 24

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de sep tiem b re del 622, funda el Islam com o com unidad universal: es la «hégira», la em igración provisional, ru p tu ra y exilio v o luntario. E l Islam , religión de la d uda en la que nada p u ed e escap ar a la o m nipotencia divina, se afirm a p o r este acto original com o una religión del exilio q u e obliga a a b an d o n arlo to d o y a d e ­ p e n d e r únicam en te de la volu n tad divina.

La acogida p o r p a rte de los m ediníes, los deno m in ad o s «auxiliares», a los in­ m igrantes que han llevado a cabo la hégira (los m uh á d jirú n), seguida de la co n ­ versión a la fe m usulm ana, b astan te ráp id a, de los p rim eros, da lugar a la consti­ tución de la p rim era com u n id ad , la u m m a , p acto de solidaridad to tal, adhesión intim a y fam iliar a la som bra de lo divino o m n ip resen te; pues D ios está hab lan d o p o r boca de su P ro feta con m enos solem nidad en M edina que d u ra n te los p rim e­ ros tiem pos de la revelación. Se co m p ren d e m ejor, de esta m an era, la e x tra o rd i­ naria nostalgia que suscita en to d a la historia del Islam esta com unidad m usulm a­ na de la hégira, en la dár al-hidjra, ‘casa de la em igración’, expresión con la que se denom ina a M edina. C ad a siglo será testigo de las ten tativ as, incluso sectarias, de volver a la pu reza de las relaciones e n tre los h o m b res, y e n tre éstos y D ios, a esta sim plicidad del E stad o , sim ple caja com ún alim entada por las c o n trib u cio ­ nes voluntarías de cada ciu d ad an o o p o r el botín de g u erra obten id o en la lucha co n tra los infieles. Se tra ta de un p u eb lo arm ad o , al que se reú n e con facilidad, q u e vive en un a igualdad qu e trad u ce la igualdad fundam ental de la oración. E ste «m odelo» so sten d rá siem pre la m archa ofensiva del Islam en sus fro n teras, e s tre ­ ch am en te ligado a la «vocación» de las alm as p o r D ios, m enos p reo cu p ad o por la conversión que po r la co n q u ista, m enos p red icad o r q u e defensor activo de los derechos de D ios. Será el m odelo qu e an im ará todos los m ovim ientos de re to rn o a un Islam prim itivo, desde las secesiones járidjíes hasta las insurrecciones cárm a- tas, la «vocación» fatim í y, con el transcurso de los siglos, volverá a e n c o n tra r­ se en el m ahdism o sudanés del siglo x ix o en la Sanúsiyya de la Libia co n tem p o ­ rán ea.

M edina es tam bién el lab o rato rio en el q u e se definen las relaciones del Islam con las religiones m onoteístas: el co n tacto con el judaism o en esta ciudad resulta fructífero p ara el P ro feta, que a d o p ta sin reservas las costum bres judías, las prohibiciones alim en tarias, el ayuno (fijado en to n ces en el día 10 del m es de

m uharram ) y refu erza los lazos de su doctrin a con la religión de la ley. El Islam

escapa de esta m an era a la atracción de un cristianism o que resulta únicam ente m oralizante e incapaz de fu n d ar un E sta d o , m ientras que los elem en to s ju d aizan ­ tes se ponen in m ed iatam en te al servicio de la lucha m ilitar que la um m a ha em ­ p ren d id o en co n tra de los paganos de La M eca. É stos subrayan, al igual que la oración com u n itaria dirigida hacia Jeru sa lé n , la unidad de los m usulm anes «com ­ b atientes» de la fe y de la ley. N o o b sta n te , este hecho se produce d eb id o a un m alen ten d id o ex trao rd in ario : M ahom a se considera un p ro feta d e n tro de la línea que une a N o é, A b rah am y M oisés con Jesús; liga su m ensaje con las llam adas y la visión de D ios d e sus p red eceso res y afirm a in m ed iatam en te su carácter uni­ versal con lo que rom pe con la noción de «pueblo elegido». P ara los judíos o ju d aizan tes de M ed in a, M ahom a e ra únicam ente un p ro feta ára b e , d estin ad o a difundir en árab e y p ara los á rab es una especie de religión p aralela al judaism o. T ras un p erío d o de colaboración m ilitar eficaz se p roducirá la ru p tu ra en dos e ta ­ pas: expulsión de las tribus ju d ías en el 625 y, m ás ta rd e , aniquilación de los

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Q u ray za en el 627 tras h ab er sido acusados de traición. El profetism o de M ahom a a p ela , en to n ces, de m anera m ás estrech a al p erso n aje de A b rah am y al de su hijo Ism á^l y reafirm a el papel cen tral d e la K acba de L a M eca. Es el m o m en to en el que se m odifica la dirección d e la oración, qu e ap u n ta ah o ra a La M eca, y en el q u e el ayuno se endurece y ex tien d e a un m es lu n ar e n te ro de abstinencia de alim entos y continencia diurnas: se tra ta del m es d e ram adán (ram ad án ), qu e r e ­ cu erd a el aniversario d e la prim era profecía. F in alm en te, se ab an d o n an las p re s­ cripciones alim entarias au n q u e se conserven las interdicciones más tradicionales relativas al cerdo o a los anim ales m uertos. El h o rro r po r el consum o de la san ­ g re, de origen ju d ío e im plantado en M edina, m arcará igualm ente al m usulm án.

Los principales resultados de la hégira son, no o b sta n te , la m ilitarización de la com unidad y la vida basad a en el botín que o b tien e una u m m a hegem ónica y co m b atien te: en en ero del 624, sin resp etar las treguas sagradas establecidas en to rn o a la K acba d u ra n te tres m eses cada año, M ahom a inicia una cam paña de g uerrillas co n tra los m ekíes, atacan d o a las caravanas y llegando a cam biar la n a ­ turaleza m ism a de la g u erra. La «guerra elegante», cuya finalidad era h acer p ri­ sioneros y so m eter a las tribus bajo la apariencia de una d ependencia fam iliar, es sustituida por el P rofeta p o r una g u erra to tal, sin p ied ad , que p reten d e la d estru c­ ción de las estru ctu ras políticas o religiosas del m undo m ekí. La d e rro ta sufrida en el año 627 por el ejército qurayshí, bajo el m ando de los om eyas Jálid y cA m r, im plica el hundim iento m oral de la trib u . Sin ren u n ciar a su m ilitarización, el organism o m ediní insistirá, a p a rtir de este m o m en to , en el re to rn o a los valores fu n d am en tales del pueb lo árab e: tras la conversión al Islam de los generales o m e ­ yas se llega a un acuerdo e n tre La M eca y M edina, en el 628, que p erm ite que los m usulm anes de M edina ten g an , el año siguiente, la vía ab ierta p ara efectu ar la peregrinación a la K acba. M ahom a pro ced e entonces a una recuperación y sa- cralización de los ritos, restableciendo su significado d en tro de la historia de A b rah am : siete circunvalaciones en torno a la K acb a, siete carreras e n tre Safá y M arw a, detención para rezar en el m onte cA rafát, lapidación de Satán en el valle de M iná y, finalm ente, la Pascua, la «fiesta grande» que conm em ora, de m anera aún más exclusiva que las pascuas ju d ía y cristiana, el sacrificio fundam ental de A b rah am . La peregrinación pacífica del año 629 g arantiza a los qurayshíes, p o r consiguiente, que La M eca siga siendo el centro político y com ercial de A rab ia a p esar de la islam ización definitiva del san tu ario . P o r o tra p a rte , las expediciones m ediníes habían am pliado el ám bito de influencia m usulm ana q u e, lim itada en un principio a las tribus del H idjáz, se extendía ah o ra a am plias zonas del sur y de los confines siro-palestinos. E n el año 630 un* gran ejército de 10.000 m usulm a­ nes co m parece para realizar la peregrinación: el hadjdj se convierte en una e n tra ­ da victoriosa, se destruyen los ídolos y se restablece la unidad en tre la tribu de quraysh y el m ás ilustre de sus hijos. Al año siguiente se p rohíbe definitivam ente la peregrinación a los no-m usulm anes y se o p era una identificación en tre e(l Islam y el m arco sagrado que le precedió. N o o b stan te, la capital del E stado islám ico no será nunca La M eca: en tre el 630 y el 632, fecha de la m u erte del P ro feta, al igual que bajo los prim eros califas, la capitalidad se asociará sólidam ente con M e­ dina, que seguirá siendo el principio de legitim idad, el c en tro de insurrecciones eventuales de varios anticalifas y la residencia p redilecta de los parien tes m ás p ró ­ xim os del P ro feta, los d escendientes de cA li.

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El estad o m ediní se en carn a en el m o n u m en to p o r antonom asia del Islam p ri­ m itivo, la p rim era «m ezquita», el m asdjid de M edina: se trata de un «santuario» privilegiado (n o en vano el m undo e n te ro es el san tu ario de D ios) que d ará form a a un p ro to tip o de edificio cultual m usulm án, la m ezquita con p atio , lugar de o ra ­ ción y cen tro político en el q u e se reú n e la com unidad p ara trabajos y cerem onias colectivas. En un te rre n o ligeram ente irreg u lar, el P ro feta dispuso un gran patio cu ad rad o ro d ead o de una p ared de ladrillos con tres en trad as; un tejadillo, sus­ te n ta d o por colum nas rústicas form adas p o r troncos de p alm era, b o rd e a b a el m uro n o rte, que señ alab a la dirección de Jeru salén y, más ta rd e , después del 624, el m uro n o rte , la alquibla, dirigido hacia La M eca. F ortín de defensa, lugar de reunión política y m ilitar, espacio e n c e rra d o en sí m ism o al igual que la casa m u­ sulm ana, el san tu ario de M edina se en c u e n tra dom in ad o po r la sede del P ro feta, su alm im bar, y co m p ren d e su casa y un rosario de habitaciones dispuestas a lo lar­ go del m uro este. A la h o ra de la o ración la com unidad igualitaria de los m usul­ m anes se dispone en una serie de filas, paralelas al m uro de la alquibla, y sólo q u ed a aislado el im ám (im án ), el «guía» de este culto de alabanza y adoración. P ero , tras la m u erte de M ahom a, ¿quién m an ten d rá el contacto en tre el D ios tra s­ cen d en te y la com unidad de sus ad o rad o res? ¿C óm o llevar a cabo la unidad de los creyentes y resp o n d er a las nuevas p reg u n tas qu e se plan teen ? ¿C óm o se pod rá d esarro llar y d efen d er el m ensaje divino ya que ú nicam ente el P rofeta se e n co n ­ trab a en relación d irecta con D ios y d ab a testim onio de la voluntad divina m e­ d ian te sus juicios, sus hadices, así com o m ed ian te el ejem plo m ism o de su vida?

E l Estado recluido íntegram ente dentro de la m ezquita

El ejem plo de la m ezquita m u estra tan to la unidad de función en el seno de una organización única de la so cied ad -E stad o de los m usulm anes, com o el c o n ser­ vadurism o de un sistem a que rep ro d u cirá dócilm ente el m odelo de M edina en to d o el D ar al-Islám. P or todas p artes los m usulm anes construyen san tu ario s que conservan la form a cu ad rad a del p ro to tip o , su espacio prohibido y c e rra d o , la asim etría de su organización, así com o los g randes rasgos de su m obiliario: el alm im bar, estrech am en te relacionado con la oración del viernes a m ediodía, que expresa la solidaridad m ilitante del pueblo en arm as, es el lugar desde el que el p red icad o r, tam bién arm ad o y vestido ritu alm en te, proclam a la legitim idad de la dinastía que o cupa el p o d er; es la cerem o n ia d e la ju tb a , que une a la com unidad. U n nicho vacío, el m ih rá b , señala la «dirección espiritual» de la oración y está situado ju n to al púlpito del p red icad o r; en este m ihráb ha q uerido verse un resi­ duo de una capilla reservada al califa, p ero se tra ta de una hipótesis a descartar sin q u e ello im plique p e rd e r de vista el estrecho vínculo que une la m ezquita con el palacio, tan to si se tra ta del palacio califal com o el del g o b ern ad o r. D eb e ex­ cep tu arse el caso de Jeru salén , d o n d e la C úpula de la R oca constituye una rem i­ niscencia del lugar del sacrificio, consagrado ya p o r el tem plo de D avid, y la m ez­ q u ita al-A qsá es la últim a m ezq u ita, la del juicio y del fin de los tiem pos. En todos los dem ás casos, la m ezquita aljam a (djám ic) o m ezquita del viernes se e n ­

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c u e n tra ju n to al palacio, unida a él p o r un pasadizo q u e desem boca en el espacio c e rrad o llam ado m aqsúra, aislado de la p a rte pública, d o n d e reza el titu lar de la au to rid ad . C om o en M edina, estas m ezquitas asum en d u ra n te m ucho tiem po las funciones de lugar de reu n ió n del ejército, de hospital, de tribunal y de teso ro público: tal es el caso de D am asco, d o n d e el edículo del teso ro se alza sobre una colum na en un ángulo de la m ezquita de los O m eyas.

E n el año 632, a la m u erte del fu n d ad o r, se han establecido ya los grandes principios de un E stad o y de una sociedad. T en em o s, en prim er lugar, «los cinco pilares del Islam»: la profesión d e fe m o n o teísta, la oració n , el ayuno del R am a- d án , la peregrinación y, finalm ente, la lim osna legal del diezm o (za k á t, azaq u e), en g ran aje esencial del E stad o . P o r o tra p a rte , aparecen las «buenas costum bres», establecidas p o r el ejem plo del P ro feta y po r sus «dichos», los hadices, m anifes­ tación en to n o m en o r de la función profética, pro n u n ciad o s en M edina con m o ti­ vo d e la organización d e la vida secular. Los m últiples hadices serán jerarq u izad o s en la práctica consu etu d in aria de los m usulm anes y, m ás ta rd e , discutidos y o rg a ­ nizados en corpus por los prim eros do cto res d é la ley. E stos corpus constituirán la sunna o tradición, que sigue en im portancia al C o rán ( Qur*dn), recitación que co n tien e la revelación divina, en la enum eración de las fuentes del d erech o m u ­ sulm án. E n tre las buenas costum bres antes aludidas, una de ellas, el djihdd, «es­ fuerzo» m ilitar co n tra los paganos y co n tra los que desconocen los derechos de D ios, adq u irirá p ro n to una je ra rq u ía casi igual a la d e los C inco Pilares. O tra s tradiciones, m ás o m enos islam izadas, se re in tro d u c en en la vida religiosa y en la organización de la fam ilia: la circuncisión, por ejem p lo , la obligatoriedad del velo fem enino que el P ro feta sólo reco m en d ab a a las m ujeres de su casa y a las e sp o ­ sas de los creyentes; tam b ién , pese a h ab er sido c o n d en ad a p o r M ahom a, la en- dogam ia, que constituía un signo de nobleza en u n a sociedad basada en el linaje y era una g aran tía co n tra la dispersión de los patrim onios que podía tra e r consigo la legislación m ediní sobre la herencia (una p a rte p ara cada hijo, m edia p a rte p a ra cada hija); finalm ente la poligam ia, auto rizad a p o r los m últiples m atrim o ­ nios del P ro feta, uniones tan to políticas com o am orosas, que fue estrictam en te lim itada por la doctrina a cu atro esposas cuyos derech o s debían ser iguales y res­ petad o s, incluso en el plano de la sensualidad, cuyos valores son asum idos p o r el Islam .

La restauración de las costum bres de la aristocracia m ekí y su difusión com o m odelo en el conjunto de la D ár al-Islám es el signo d e un com prom iso en tre la sociedad igualitaria de los creyentes - s ie m p r e h o rizo n tal, teocrática y e n te ra m e n ­ te d ep en d ie n te de la voz de D ios en su adm inistración o su ju s tic ia - y la sociedad m ekí cuyos valores anclados en un pasado lejano, com o la pureza del linaje fam i­ liar, la je ra rq u ía tribal o la solidaridad agnática, constituyen un in stru m en to ex­ trao rd in a rio de p o d er p ero tam bién un riesgo de inestabilidad. E l sistem a tribal se im pone, en efecto, al ejército m usulm án y colonizará el E stad o om eya: se a p o ­ ya sobre una red eficaz de d ependencias y adhesiones y constituye una «república de prim os» basada en un principio aristocrático. A la m u erte del P ro feta, el Is­ lam , conducido p o r los g enerales om eyas, será el vehículo de transm isión del p o ­ d e r de las grandes fam ilias. E n todas partes se im p o n d rá un m odelo genealógico q u e redescubrirá las viejas costum bres agnáticas m ed iterrán eas patrilineales. La poligam ia, por su p a rte , funcionará com o un p o d ero so disolvente de las

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socieda-DEL MOsocieda-DELO HEGIRIO AL REINO ÁRABE 19 LOS OMEYAS (66 1 -75 0 ) Quraysh 4. Marwin l 683-685 AbO-h*Aa 5. *Abd al-Malik 685-70T

7^5

Umayya _ l __ •Abd al-Muttalib

Harb AbúTaNb «AbdAMah al-*AbbAs

•Affin Abú SufyAn1 •Ulhmin I 644 656

I M u eAwiya *AH + FAtima

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1

6. al-WaUd I 7.Sulaymán O.YazIdll 10 Hiahim 715-717 720-724

‘ Abd al-'A ilr 2. Yazld I I | M f > » 3 | 6 «Umarll 3. Mu «Awtya II I 717-720 683 706-715 _L 12. Yazld III 744 13. Ibráhlm 744 724-743 I 11. ai-Wadd ll 743-744 14. Marwin II 744-750

des vencidas, obligadas a e n tre g a r a sus m ujeres. La gu erra de conquista y el d e ­ recho fam iliar constituyen, p o r consiguiente, de m an era so rp ren d en tem en te p a ra ­ dójica y en b u en a p a rte e x trañ a a la profecía, una sociedad original cuya gestión im p o n d rá un con sid erab le esfuerzo de in terp re tació n y de reflexión. P ero desde el m om ento m ism o de su constitución, e incluso an tes de su triunfo sobre sus enemigos* la túnica sin costura del Islam m ediní se desgarra en «escuelas», divi­ didas en tem as com o los principios d e la devolución del p o d er, las relaciones e n ­ tre el libre arb itrio y la om n ip o ten cia divina, y el vínculo en tre la fe y la reflexión hum ana.

L a «fa m ilia » ante los poderes

El «asunto de fam ilia» que constituye la sucesión del P ro feta, con sus ep iso ­ dios trágicos, sus nim iedades y sus luchas de facciones, revela la debilidad fu n d a­ m ental del Islam d u ra n te m uchos siglos: la dificultad de definir la legitim idad del p o d er. E sta dificultad tra e consigo la elaboración de m últiples doctrinas políticas y, p o r ta n to , religiosas, siem pre p ro fu n d izad as, enriquecidas p o r ap o rtacio n es ex­ terio re s y que con frecuencia se en cu en tran al b o rd e de la h erejía, au n q u e sólo sea bajo form a de «exageración», algo m uy frecu en te en el Islam . A la m u erte del P ro feta, u n a solución co n serv ad o ra y eficaz p erm ite confiar el p o d e r a viejos

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m usulm anes resp etad o s y unidos po r lazos de m atrim onio a la fam ilia de M ah o ­ m a: A bú B akr y cU m ar que inician el período de las grandes conquistas. A l hacer estó , se descarta a o tro s parien tes m ás próxim os del P rofeta: su tío cA b b ás, cuyos descendientes d estacarán más ta rd e sus m éritos y derech o s y, sobre to d o , su so ­ b rino CA1!, el p rim er converso después de Jad id ja, crey en te escrupuloso y activo en to rn o al q u e cristaliza un p artid o cuando, a la m u erte de cU m ar, un tercer «lugarteniente» (Jalifa, ‘califa') se instala en el poder: se tra ta de cU th m án , un om eya apoyado por su clan y q u e em pieza a colonizar el E stado. E ste provoca la oposición de los creyentes a la antigua usanza, fieles a la vieja u m m a , o la de los testigos de la R evelación, los «recitadores» del C o rán : al o rd e n a r el estab leci­ m iento de una vulgata o versión única del libro de la R evelación, de la q u e se han censurado las m aldiciones lanzadas en un principio contra su clan, cU th m án se precipita hacia su pro p io asesinato que ten d rá lugar en 656.

cA li, po r consiguiente, llega m uy tard íam en te al p o d e r, en m edio de una a t­ m ósfera de intrigas y venganzas. A cusado por el g o b ern ad o r de Siria, M ucáw iya, de h ab er instigado el asesinato de su pariente cU th m án , CA1T contem poriza y p ie r­ de a sus partidarios. F orzado a una guerra civil e n tre sus hom bres, agrupados en K üfa, y el ejército de Siria, evita un choque sangriento al acep tar, en Siffín, so ­ m eterse a un arb itraje que estab lecerá su responsabilidad eventual en el asesin a­ to. E sta debilidad provoca, no o b sta n te , el furor de los que pro testan co n tra un juicio hum ano en un asu n to de esta índole. A p a rtir de este m om ento el Islam sufrirá una división en tres partidos: de e n tre los antiguos partidarios del yerno de M ahom a, algunos salen de la u m m a inicial; son los járidjíes, intransigentes y rigoristas, que denuncian a los im anes pecadores o a los creyentes relapsos y p re ­ conizan que la pureza de conciencia es el único cam ino posible. En to rn o a cA li sólo perm anece un grupo de creyentes, que p ro n to serán sectarios y que no lo­ gran p rotegerle del cuchillo de un járidjí. El hijo m ayor del califa asesinado re ­ nuncia a luchar, pero el m en o r, H usayn, se alza contra M ucáwiya y los om eyas: su m artirio en K arbalS3, en el año 680, provoca la creación de un «partido»

(shFa) pro-cA lt, el de los shFíes, legitim istas y m inoritarios, refugiados en una

atm ósfera de arrep en tim ien to trágico y teatral. E n cam bio, en to rn o a M ucáw iya, el v encedor, se reú n en los m o d erad o s, los o p o rtu n istas, los indiferentes y los am ­ biciosos que aceptan apo y ar este p o d er m ilitar reflejo de Q uraysh y de las tribus antiguas: han llegado los O m eyas.

E n co n ju n to , no o b sta n te , las doctrinas filosóficas y políticas que se elab o ran en el ám bito m usulm án, resultan b astan te desfavorables a los O m eyas: el escán ­ dalo de Siffln, la desposesión y el m artirio de la fam ilia de cA lí suscitan la refle­ xión sobre la validez del im am ato , sobre la responsabilidad del hom bre e incluso so b re la naturaleza del C orán o los atrib u to s divinos. La razón, específicam ente m usulm ana para estos tiem pos, reflejada en el kalám (teología dogm ática), afir­ m a la libertad hum ana co n tra la «coacción», d efendida im plícitam ente p o r los O m eyas, y contra la p redestinación. Los que insisten en la inaccesibilidad d e D ios y en su unidad form an una gran co rrien te de p en sam ien to , el «muctazilism o»: se tra ta de una organización clan d estin a, que lucha co n tra el antropom orfism o y co n tra la inm oralidad de los califas om eyas y d efiende la obligatoriedad de un «gobierno del bien» y de reb elarse co n tra los jefes injustos o im puros. E stas d o c­ trinas ab ren cam ino a la p ro p ag an d a de los descen d ien tes de cA bbás que se infil­

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tra n en el seno del m ovim iento m u ctazil. A lejados de los járidjies en el tem a de la condición del m usulm án p ecad o r, los m ifta zilíes se aproxim an a éstos en la idea de un im án ju sto y qu e p u ed a ser d estitu id o p o r los creyentes, m ientras que en el plano p ro p iam en te filosófico se en cu en tran m ás cercanos a los m edios shN es.

La elaboración del Islam es, p u es, p rin cip alm en te, una profundización, una reflexión racional so b re los elem en to s de la fe. Los contactos, los préstam os de o tras culturas y las polém icas resu ltan lim itados. D esde luego, el Islam q u ed a so ­ m etido a los ataq u es de los teólogos cristianos de las escuelas sirias com o Juan D am asceno y A bú Q u rra , pero la reflexión m usulm ana va fu n d am en talm en te d i­ rigida co n tra el escepticism o radical de los «libertinos», los zin d tq s, h ered ero s del dualism o iranio. El p roblem a del mal les m otiva m ucho m ás que el del logos h e ­ lénico del que hablan los cristianos de Siria. Las tesis m uctazilíes excluyen cual­ q u ier responsabilidad divina en la existencia del m al cuyo origen se en cu en tra únicam ente en el libre arb itrio h u m an o ; su d o ctrin a d e un «C orán creado» tiene com o finalidad d esech ar los argum entos de los adversarios del Islam que habían en co n trad o im perfecciones en el tex to sag rad o , que es palabra divina. E n esta a tm ósfera de profundización in telectu al, las opciones filosóficas im plican siem pre una aplicación política inm ediata. El Islam , religión y E stad o , im pone una res­ ponsabilidad a este respecto a cada m usulm án. La cristalización de los p artidos y, en p articu lar, el de los seguidores de cA lí, tra e consigo la introducción de id eo ­ logías q u e, en un principio, eran to ta lm e n te extrañas al Islam .

P or m ás que el m ovim iento de p artid ario s de cAli se m antiene d u ra n te m ucho tiem po com o una tendencia fam iliar, dirigida p o r los m iem bros m ás antiguos de este linaje, y com o un p artid o legal, surgen p ro n to sectarios que introducen o d esarrollan en él g érm enes de «exageración»: esperanzas m ileiíaristas que les co n ­ ducen a atrib u ir una función profética a los im anes y, en p articu lar, a esp e ra r la aparición del «bien guiado» (el m ahdi). El fracaso en las em presas llevadas a cabo p o r los im anes, reconocidos sucesivam ente com o m a h d ísy llevó al grupo a a d o p ta r la idea de la clandestinidad en esp era del re to rn o de un m a h d i salvador que sería descendiente de CA1T; de este m odo acab aro n reconociendo, en la cadena de los im anes ocultos, las encarnaciones de la divinidad, lo q u e les indujo a acep tar los tem as helenísticos de la m etem psicosis y a em p ezar a reflexionar sobre la gnosis del m undo cristiano. H acia el 760, en los m edios shN es de K üfa el profetism o y el m ilenarism o, pro teg id o s po r el recu erd o de los tiem pos de M edina y de La M eca, se prolongan en una pléyade de sectas siem pre en ebullición: partid ario s de cA lí y creyentes en su p ro b ab le re to rn o m esiánico; p artid ario s de su hijo M uham m ad ibn al-H anafiyya; p a rtid ario s de A bú H áshim ; devotos de la descen ­ dencia de H usayn; activistas reag ru p ad o s en to rn o a la ram a de H asan , d e n tro de la fam ilia de cAIt, y p a rtid ario s fervientes de una oposición m ilitar (los zay-

d(es). F ro n teras inciertas sep aran el «partido» legal de la shFa, en g arzad o con

frecuencia en revueltas violentas y efím eras, de los grupúsculos de carácter exage­ ra d am en te m ístico, q u e se ven finalm ente obligados a refugiarse en una clan d es­ tinidad im p o ten te. D e este m o d o , incluso an tes de h a b e r logrado alcanzar la m á ­ xim a cantidad posible de su cosecha, el Islam veía crecer la cizaña.

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2 2 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

L A COSECHA D EL ISLAM

E l g o b iern o d e los O m eyas se ela b o ra , p o r ta n to , en una atm ó sfera de conflic­ to p e rm a n e n te -p o lític o , ideológico, fa m ilia r - e n tre las distintas facciones que surgen en el seno del p u eb lo ára b e . E l m u n d o del Islam , qu e gracias a la co n q u is­ ta ad q u irirá dim ensiones sim ilares a las de los m ayores im perios de la A n tig ü e ­ d a d , p o d rá ser ad m in istrad o al descubrirse soluciones al triple p ro b lem a del p o ­ d e r en la co m u n id ad , d e las relaciones e n tre v en ced o res y vencidos y de la d efi­ nición de las doctrinas jurídicas. E l fracaso final d e la dinastía no d eb e m overnos a su b estim ar su capacidad creativ a, que llegó a ex p resar una síntesis e n tre e le ­ m entos co n trad icto rio s, e n tre el m ensaje igualitario y universalista y las re a lid a ­ des de una estru ctu ra je rárq u ica y de la existencia de clientelas d e n tro del p u eb lo árab e. Los O m eyas no son, e v id en tem en te, sim ples generales de la aristocracia qurayshí: siem p re serán considerados responsables d e la ru p tu ra con los p a rtid a ­ rios de CA1!, m ás prestigiosos, y se les acusará fácilm ente de inm oralidad y am o r al lujo; d eb en ten erse en c u en ta , no o b sta n te , las necesidades q u e les im puso la construcción de un cen tro d e p o d e r, d e una co rte y de servicios adm inistrativos privados q u e les sep araro n de un p ueblo a rm ad o , indócil y nostálgico. P o r o tra p a rte , siem p re tuvieron conciencia ta n to de sus d e b e re s con respecto a la co m u ­ nidad - d e b e r e s de ejem plo m o ral, gen ero sid ad y ju s tic ia - com o de su legitim i­ d ad incierta o , po r lo m enos, c o m p artid a con las restan te s ram as de la fam ilia. C on ellos la rep resió n de las insurrecciones no alcanzará jam ás la ferocidad de las represalias cabbasíes p osteriores: la jo rn a d a fatal de K arb alá3, en la q u e m urió H usayn, hijo y h e re d e ro de cA lt, es la única excepción.

D esde el Turquesíán hasta L ibia

La construcción del E sta d o m ediní y la difícil sucesión de M ahom a se sitúan sobre un trasfo n d o de exp an sió n , conquista y fundación de un im perio universal. Los acontecim ientos se suceden ráp id am en te: si las prim eras expediciones, en Vida del P ro feta y bajo A b ú B ak r, logran q u e las tribus se alíen con el Islam y se asocien a los prim eros conversos en u n a em p resa m ilitar com ún, los éxitos ex­ trao rd in a rio s de los generales qurayshíes traen consigo, m enos de seis años d e s­ pués d e la m u erte del P ro feta, la construcción de un nuevo im perio que tra sto rn a las fro n teras tradicionales del O rie n te Próxim o.

En el año 636 la b atalla de Q ádisiyya m arca la caída b ru tal de la dinastía sa- sánida: b astarán pocos años p ara qu e la dom inación m usulm ana llegue al Z ag ro s (642), al F ars y al Ju rásán (651). E n el o tro ex trem o del C reciente F értil la tom a de D am asco (635) y, tras la b atalla de Y arm ü k (636), la de Je ru salén , a b re n a la am bición d e los c o n q u istad o re s, casi sin resistencia, el cam ino de E g ip to , la alta M esopotam ia y A rm en ia (641). D e b e su b ray arse q u e fueron los m ekíes, aliados ta rd ía m e n te al Islam , y en particu lar los O m eyas qurayshíes, de fu erte tradición tribal y m ilitar, q uienes se hicieron cargo de las expediciones y, m ás ta rd e , d e la adm inistración de los territo rio s conquistados: M ucáw iya fue g o b ern ad o r de Siria desde el 637, m ien tras q u e Jálid y cA m r g o b ern aro n las provincias de Irán y E g ip ­ to. C rearo n las condiciones de una a u to n o m ía m uy am plia de los g o b ern ad o res

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DEL MODELO HEGIRIO AL REINO ÁRABE 23

locales, q u e se in crem en tó aún m ás d ad a la diversidad de pactos concluidos con las distintas poblaciones. La existencia de estas fuerzas tribales y d e estos m andos d escentralizados subraya la im p o rtan cia del consenso político y religioso so b re el q ue se apoya el E stad o m usulm án: u n a u nidad ideológica en la qu e ha hecho m ella, no o b sta n te , la d u ra lucha en to m o a la legitim idad del p o d er.

Lo esencial del im perio islám ico, E g ip to , Siria, Iraq e Irá n , ha sido ya c o n ­ quistad o en 656, cu an d o estalla la gran q u erella (fitna) e n tre CA1! y los h ered ero s de cU th m án . La expansión co n tin ú a en el Ju rá sá n y en el Sidjistán, alcanza las m arcas iranias del n o rd e ste , lim ítrofes con el país de los turcos, y las avanzadillas del im p erio chino. V iolentos en fre n ta m ie n to s trib ales acom pañan la reducción progresiva de estos viejos países iranios de la T ran so x an ia, m osaico de p rin cip a­ dos zo ro astrian o s o budistas q u e , en un principio, fueron som etidos a trib u to y, m ás ta rd e , suprim idos. El ejército de co n q u ista, p u ra m e n te ára b e , traslad a d o d e s­ de KQfa y B asra, se divide m uy p ro n to en p artid o s q u e se e n fren tan en to rn o al p roblem a del re p a rto del botín e n tre los g u errero s y la adm inistración central de los O m eyas: los B anü Q ay s, q u e se e n c o n tra b a n al fren te de un g rupo de tribus del H idjáz, llegan a ap o y ar a los adversarios de los O m eyas p ara pasar, después del 691, incluso a aliarse con estos últim os en co n tra d e los árab es de origen ye- m ení. M uy p ro n to todas estas tribus se llenan de «clientes» (mawálí): soldados de ocasión, antiguos esclavos iranios, p risioneros de g u erra. Su m anum isión viene aco m p añ ad a p o r un d e b e r de fidelidad y en treg a a la tribu de la que fo rm arán p arte en lo sucesivo, au n q u e d e n tro de una categoría inferior (m awlá indica la relación d e su b ordinación e n tre el señ o r y el su b o rd in ad o ). Son co n tin g en tes de

m aw álí, o sea, iranios arab izad o s, los que p articip an , después del p erío d o 705-

715, en la conquista de B u jára, de S am arcan d a, del Jw árizm y de los altos valles d e F argána que a b ren la vía de e n tra d a a la C hina. E n el añ o 731, 1.600 infantes

m awálíes y un m illar de conversos de S am arcan d a serán los que ayuden al ejército

regular á ra b e , form ado p ro b a b le m e n te p o r unos 40.000 ho m b res, a term in ar con la am enaza del já n turco de T urgesh. A h o ra la fro n tera está bien defen d id a y los chinos, que in ten tan una contraofensiva p ara re cu p erar el control de sus antiguos trib u tario s de la T ran so x an ia, son rechazados en el río T alas (751): es cterto , por o tra p a rte , que el Islam no parece p re p a ra d o p ara a d e n tra rse m ás en las tierra s del im perio chino. M ás allá de los lím ites qu e se han alcanzado, ta n to si se tra ta del país d e los turcos, del C áucaso o de las m o n tañ as situadas al sur del m ar C aspio, del A fganistán o de N u b ia, se en c u e n tra el «país de la guerra» y de las razzias o algazúas: E n él actú a n los «voluntarios de la fe» ju n to al ejército regular. Poco a poco, la sed en tarizació n de los á rab es y el m en o r papel que desem p eñ an los soldados oficiales d a rá un m ayor relieve a estos voluntarios, los gázis o g u e rri­ lleros. Su prestigio crecerá sin cesar y, en ép o ca cabbásí, verem os q u e los gázis de la fro n te ra irania acuden en ayuda del ejército tribal árab e que se en cu en tra en dificultades en el T a u ru s, fren te a Bizancio.

P or este lad o , al igual q u e en las islas del M ed iterrán eo o rien tal, la conquista había proseguido bien en un principio, p ero cu an d o surge la reivindicación de un im perio universal, ésta va unida a una fascinación acerca del papel sagrado que d esem p eñ a la nueva R o m a. Se cree qu e la tom a de C o n stan tin o p la a cab ará con ciertos secretos escatológicos y c o ro n a rá el triu n fo del Islam . El esfuerzo q u e lle­ van a cabo los O m eyas es inm enso: no o b sta n te , en tie rra , una vez ag o tad o el

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EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

LAS GRANDES EXPEDICIONES

I ■ 642 10 aAos después 632 Muerte del Profeta;;: 652 20 atos después — I 702 70 atos después 732 100 artos después ® Batata . Regiones de penetración o --- -- implantación dtticles en las --- que sólo se realizaron

. . ,.< A campanas esporádicas -?;,vFecha en que se fundó. ;: l 2/711 alcanzó o conquistó una

. ciudad (Hégira/Era cristiana)

.• Estepa desértica

•Donad :

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