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SAN MANUEL BUENO, MARTIR

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LA CASA DE LOS MALFENTI - Nº4 // EDICION: OTOÑO 2002

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Un cura, una muchacha, un hombre y un pobre bobo. Un lago, una montaña, la nieve y un pueblo. La fe y la razón. La vida y la muerte. Estos son los elementos y los protagonistas, los pilares sobre los que Miguel de Unamuno edifica una novela que es mucho más de lo que puede parecer a primera vista. Tras cada personaje se esconde una parte del propio escritor y cada uno de ellos es también buena muestra de un sector de la sociedad en la que vivió Unamuno, heredera de un siglo, el XIX, agonizante y perdido irremisiblemente en el huracán de los nuevos tiempos.

Con este libro nos acercamos a uno de los escritores más importantes de la lengua castellana, un hombre que asentó buena parte de su obra en la búsqueda del sentido de la existencia, en la respuesta a una pregunta: ¿quién soy yo mismo?

SAN MANUEL BUENO, MARTIR

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MIGUEL

DE

UNAMUNO

San Manuel Bueno, mártir es una historia, pero también es una confesión por escrito, el testimonio de que el hombre no puede por sí mismo responder a todas las preguntas que su inteligencia le plantea. De las preguntas surgen las dudas; de las dudas, la

búsqueda; de la búsqueda infructuosa, la desazón; y de la desazón, la agonía.

Miguel de Unamuno escribió esta obra en 1930, seis años antes de morir, de ahí que sea considerada como su testamento espiritual, además de una de sus obras maestras. Está inspirada

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en una leyenda, la del pueblo de Valverde de la Lucerna que se halla sumergido en el fondo del lago de Sanabria, en la provincia de Zamora y analiza la historia de un sacerdote que se replantea su fe.

No es un argumento novedoso porque Unamuno tuvo en cuenta una novela italiana: El santo (1905) de Antonio Fogarazzo apoyada en una

leyenda parecida a la del lago de Sanabria. Lo que sí resulta novedoso es el enfoque y el sentido “unamuniano” que tienen las afirmaciones del protagonista: “La verdad es algo terrible, algo mortal. La gente sencilla no podría vivir con ella. Yo estoy para hacer vivir las almas de mis feligreses, para hacer que se sueñen inmortales, no para matarles…”.

LOS PERSONAJES: DUDA, FE, RAZÓN E INOCENCIA

La novela se organiza alrededor de la lucha interior y del comportamiento de un sacerdote de pueblo, don Manuel, identificado como la personificación de la suprema paradoja unamuniana: el sentido trágico de la vida. La voluntad de vivir como creyente y la imposibilidad de creer. La vida se entiende como una continua lucha contra el destino humano, como una continua agonía a la que es preferible ganarle terreno en su propio campo, es decir, viviendo la vida de la mejor manera posible.

Junto a don Manuel, encontramos otros personajes que pueden parecer en principio el contrapunto al sacerdote, pero que luego terminan aproximándose a él para casi fundirse y ser absorbidos por el protagonista de la

novela. Angela, heredera de la fe y la tradición más firme, y su hermano Lázaro, el ateo convencido, el anticlerical.

Angela es, además, la narradora y más firme seguidora de las enseñanzas de don Manuel. Nos presenta la historia cargada de misterio y llena de sobreentendidos, haciendo al lector cómplice desde el principio de un secreto compartido. Acorde con el personaje, el lenguaje de Angela, la prosa de la narradora es sencilla, sin pretensiones, próxima incluso al lenguaje rural o arcaico, con lo que Unamuno se asegura de que todo el que se acerque al libro entienda el mensaje o al menos la historia que tiene mucho de evangelio, de testimonio.

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Teniendo en cuenta la importancia que para Unamuno tenía la etimología de los nombres, el de Angela que proviene del griego “mensajero”, nos pone en la pista de las funciones que este personaje desempeña en la novela. Pero es mucho más. Es testigo de la vida y existencia de don Manuel, refiere todo lo visto y oído. Es ayudante del sacerdote, incluso confesora, y en algún momento de la historia, Unamuno le otorga el papel matriarcal de hija-madre que tanta fuerza tiene en toda su obra.

Lázaro se nos presenta como el contrapunto del cura, defensor de una vida contraria a la religión, impulsor de las cuestiones sociales y enemigo del mundo rural que identifica con un entorno feudal y medieval. Unamuno lo escogió para recordar al Lázaro del Evangelio a quien Cristo resucita.

Su reacción inicial al conocer al sacerdote es de asombro desconfiado: “no es como los otros, pero es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar”. Planta cara públicamente a don Manuel, que ya para entonces aparece como una auténtica autoridad en el pueblo y, sin embargo, luego evoluciona y termina siendo el tesorero del secreto mejor guardado del cura.

Lázaro introduce en la historia la cuestión social al quererse hacer cargo de un sindicato en el pueblo y es ahí donde Unamuno aprovecha para apoyarse en la repuesta de don Manuel

y citar a Karl Marx asegurando que la religión es el opio del pueblo.

El cuarto personaje es Blasillo, el bobo del pueblo. Un símbolo para Unamuno que representa la inocencia, la fe ciega, la felicidad que se puede derivar de la ignorancia. Pero, además, Blasillo tiene un claro vínculo con la experiencia personal del escritor, con su hijo Raimundo que falleció a los seis años víctima de una hidrocefalia.

Se trata de un ser muy querido por el sacerdote que se convierte casi en su sombra y que repite hasta la saciedad lo que se puede considerar el drama auténtico de don Manuel y del propio Unamuno “¡Dios mío, Díos mío!, ¿por qué me has abandonado?”. El personaje, además, está cargado de simbolismo ya que, incluso comparte destino con el sacerdote.

LOS SIMBOLOS: LAGO, MONTAÑA, PUEBLO Y NIEVE. Si exceptuamos Paz en la guerra

(1897) ambientada en Bilbao, San Manuel Bueno, mártir es la única novela de Miguel de Unamuno ambientada en

un lugar, en un paisaje concreto, como nos dice en el prólogo “el lago de San Martín de Castañeda, en Sanabria, al pie de las ruinas de un convento de Bernardos y

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donde vive una leyenda de una ciudad, Valverde de Lucerna, que yace en el fondo de las aguas del lago”. Lo que en realidad hace el escritor es apoyarse en esos símbolos: lago, montaña y pueblo para desarrollar toda una trama dentro de la historia que leemos en sus páginas.

Se sirve del lago para situarnos en la intrahistoria del pueblo, los antepasados, la tradición y el pasado. Todo lo que el tiempo se ha ido llevando y que es preciso recordar para mantener viva la esencia colectiva. Para el pueblo, el lago azul refleja el cielo de la vida eterna prometida de la que ya gozan los muertos y los antepasados. Lázaro, en un momento de la historia llega a decirle a su hermana Angela: “creo que en el fondo del alma de nuestro

don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas”.

Junto al lago y reflejados en él aparecen otros símbolos: la montaña que representa la firme fe del pueblo, inamovible y duradera, se eleva hacia el cielo y se mira, como en un espejo, en el lago. Lleva ahí desde hace miles de años y todo el mundo espera que continúe en su sitio, sin cambios, sin fisuras.

La nieve es la fe que es como un milagro, o mejor, como un misterio que no se sabe de dónde procede, cae, como la gracia, inesperada y sin hacer distinciones entre ricos o pobres, jóvenes o viejos, listos o bobos.

¡HAY QUE VIVIR!

San Manuel bueno, mártir nos deja, a pesar de todo, un mensaje de vida en sus páginas. Unamuno no pretende amargar al lector, ni sumergirlo en un pozo de dudas. Al menos, no sólo pretende eso. También quiere enviar un código vital, un consejo al lector. Si no sirve la ilusión de la vida eterna transmitida por la tradición y la fe, al menos sugiere vivir de la mejor manera posible, coherentemente con el alma del ser humano.

El autor critica el tradicionalismo, el mundo rural, a los inquisidores y a los radicales conservadores, pero también desconfía de las teorías socialistas y de aquellos que se aferran en exceso a los aspectos más superficiales de la vida, olvidándose de la trascendencia, pasando por alto los valores que convierten al ser humano en hombre. En medio, la duda. Entre

unos y otros, el individuo, el propio Unamuno. Y ni él mismo se merece toda la confianza porque continuamente en su obra se pregunta: “¿quién soy yo mismo?, ¿quién es el que firma Miguel de Unamuno? Pues… uno de mis personajes, una de mis criaturas, uno de mis agonistas…”.

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Antonio Machado escribió de él poco después de su muerte, en 1938:

Es unamuno uno de los grandes pensadores existencialistas, que se adelanta a la filosofía de Heidegger; pero Unamuno llegó a conclusiones radicalmente opuestas: “La vida, desde su principio hasta su término, es lucha contra la fatalidad de vivir, lucha a muerte, agonía. Las virtudes humanas son tanto más altas cuanto más hondamente arrancan de esta suprema desesperación de la conciencia trágica y agónica del hombre”.

Su héroe fue don Quijote, el antipragmatista por excelencia, el héroe éticamente invicto e invencible que sabe, o cree saber, que toda victoria inmerecida es una derrota moral, y que, en último caso, más que la victoria importa el merecerla. La idea esencial quijotesca se hermana con el más hondo sentir de Unamuno: “vivid de tal suerte que el morir sea para vosotros una suprema injusticia”.

BREVE BIOGRAFIA DE MIGUEL DE UNAMUNO

Unamuno nació en Bilbao en 1864. Se sintió profundamente vasco y español, lo que le influyó en su sentido y uso de la lengua española. Fue el tercer hijo y primer varón del matrimonio de don Félix de Unamuno, comerciante, con su sobrina carnal, Salomé Jugo. Más tarde nacerán otros tres hijos. A los seis años, el futuro escritor pierde a su padre y queda a cargo de su abuela, Benita Unamuno, de quien él mismo diría, recibió el coraje de la vida civil, y de su madre, de quien recibió su religiosidad. Su casa es un hogar de mujeres que influyen en su comportamiento.

A los diez años asiste como testigo al asedio de su ciudad durante la segunda guerra carlista. A los dieciséis años se traslada a Madrid a estudiar Letras. Es un muchacho tímido que apenas sale por las noches, siempre acompañado del recuerdo de su novia, Concha, a quien conoce desde los ocho años. Obtiene la licenciatura en Letras con calificación de sobresaliente en 1883, a sus diecinueve años y al año siguiente se doctora con una tesis sobre la lengua vasca: “Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca”, en la que anticipa sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana. Poco después vuelve a Bilbao donde se da a conocer en el mundo literario de esta ciudad con una serie de artículos que muestran una tendencia política socialista.

El 31 de enero de 1891 se casa con Concha Lizarraga, de la que estaba enamorado desde niño. Padre de familia numerosa, se ve marcado en 1902 por la muerte de su tercer hijo, Raimundo, que sufre un ataque de meningitis del cual se le desarrollará una hidrocefalia.

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En esta época y arrastrada desde años atrás, sufre una profunda crisis religiosa. Asimismo, se da de baja del partido socialista en el que militaba desde 1894 y se separa paulatinamente de las ideas progresistas.

Es nombrado rector de la Universidad de Salamanca, escribe en prensa y, por desacuerdos con el Ministro de Instrucción Pública es destituido de su cargo en el rectorado en 1914. Vuelve a ser elegido por sus compañeros y sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que éste lo destituya nuevamente de sus cargos universitarios y lo destierre a

Fuerteventura en 1924. Unamuno se marcha a Francia y vuelve a Salamanca con la llegada de la república en 1931.

Pero en 1934 muere Concha, su amada esposa y será el principio del fin para el escritor. La caída de la república y la llegada de otras ideas al poder le llevará a ser puesto en arresto domiciliario desde octubre de 1936. En su hogar, junto a sus libros escribirá sus últimos poemas y sus últimas notas, antes de recibir a su vieja amiga, la muerte, el 31 de diciembre de 1936, sentado en la mesa camilla donde solía trabajar, leer y conversar con su esposa.

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