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MI HISTORIA DE VIDA La Profesión Docente: orígenes, continuidades y transformaciones

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MI HISTORIA DE VIDA

La Profesión Docente: orígenes, continuidades y transformaciones 1

No tengo claras las razones que me llevaron a tomar la decisión de formarme 2

para la docencia. Sí recuerdo que mi trayectoria en la escuela primaria y en el 3

liceo estuvo acompañada de momentos disfrutables. Fueron experiencias de 4

formación desafiantes en varios sentidos. Por un lado, las relaciones sociales 5

que implica la educación siempre me hicieron sentir acompañada con los otros, 6

compañeros de clase, maestros, profesores, adscriptos. Por otro, el acceso a 7

las fuentes de cultura me llevaron a descubrir mundos nuevos o conocidos pero 8

que presentaban nuevas imágenes, otras ideas, diferentes enfoques y variadas 9

configuraciones teóricas que no siempre me resultaba fácil comprender.

10

Muchas veces me he enfrentado a dificultades para acceder a algunos saberes 11

y he valorado que esos otros estuvieran allí conmigo para destrabar esas 12

situaciones. Hoy pienso que puede haber influido, en alguna medida, la opinión 13

familiar como aspiración o expresión de deseo, ya que en mi familia no había 14

maestros ni profesores. En fin, no lo puedo delimitar de otra manera. Es posible 15

que hayan sido todas estas circunstancias y otras que no reconozco.

16

Recuerdo sí que el período de formación de grado en la docencia, la formación 17

como maestra de primaria, significó un recorrido similar a los anteriores. El 18

clima de conflictividad política que se vivía en el país no fue obstáculo, sino una 19

provocación para participar de una movilización intelectual y académica que 20

atravesaba el instituto, dentro y fuera de las actividades propias de los cursos.

21

Mis años de formación (1968-1971) fueron previos a la última dictadura militar 22

en Uruguay (coincidente con el período de dictaduras latinoamericanas). Hoy 23

pienso que la intensidad de vida en esos años contribuyó a una profunda 24

concientización social, política y cultural que en ese momento no vi ni 25

consideré. Este escenario lo disfruté realmente y hoy considero que la 26

formación magisterial fue fermental para mí, en el sentido que lo plantea Vaz 27

Ferreira (filósofo uruguayo)1. Creo que fui tomando conciencia de ello un 28

tiempo después, ya que en esos tiempos las urgencias de un presente 29

1 Vaz Ferreira, C. (1957) Estudios pedagógicos. Montevideo, Cámara de Representantes de La República Oriental del Uruguay

(2)

2 vertiginoso me planteaban otros desafíos que iban desde lo sociopolítico, lo 30

acdadémico y lo personal como una dialéctica en velocidad incesante.

31

Considero que la potencialidad de estas experiencias tiene mucho que ver con 32

los profesores con quienes me encontré. Profesores que fueron y siguen 33

siendo referentes, por su generosidad intelectual, su humildad y respeto al 34

promover el diálogo con nosotros, sus estudiantes, así como también por su 35

rigor y exigencia académica. Como muchos estudiantes, yo los idealizaba, 36

aunque en diferentes circunstancias me demostraban su condición de 37

hombres. Recuerdo, que ya recibida estaba concursando por la efectividad 38

como maestra y en las oficinas de primaria me encontré con uno de ellos, mi 39

Profesor. Al verlo, lo saludé diciéndole: hola profesor. Él me respondió: como te 40

va compañera, porque aquí somos los dos maestros.

41

Lo que reivindico hasta hoy es que en el ejercicio de la docencia siempre sentí 42

la curiosidad epistemológica de continuar estudiando y pensando en lo que 43

hago o puedo hacer. Eso me enseñaron mis profesores: a dudar, a preguntar, a 44

indagar. Así empecé a pensar la práctica docente y tiene que ver con esos 45

profesores que me fueron abriendo horizontes. Tal vez me había apropiado de 46

la idea de ese hombre inconcluso y en devenir que había conocido a través de 47

las lecturas siempre presentes de pedagogos como Reina Reyes (uruguaya) y 48

Pablo Freire (brasileño), entre otras. Hoy le puedo atribuir un carácter 49

performativo que fue abriendo posibilidades a lo parcialmente inteligible en la 50

cotidianeidad. Esas experiencias fueron dando continuidad a un proceso que 51

me planteaba interrogantes y hacía duradera la acción educativa como sujeto 52

inacabado. Tal vez en ese momento lo pensara así, pero parece claro que es 53

la postura que fui asumiendo como eje de mi identidad profesional.

54

Mis primeras experiencias de trabajo en la escuela

Durante la experiencia laboral de este primer año creo que viví el vértigo de los 55

acontecimientos como un desafío detrás de otro, sin tener tiempo, ni tomar 56

distancia para reconocer el sentido de lo que estaba haciendo. En esta 57

rememoración podría reconocer este primer año como esa natalidad (Arendt:

58

2005) que nos involucra desde varios niveles o dimensiones.

59

Elegí mi primer cargo docente por los derechos obtenidos en el concurso de 60

oposición con el que los maestros uruguayos accedemos al campo laboral. Ese 61

(3)

3 año fui maestra de 1º año en una escuela de la zona rural en la ciudad de 62

Montevideo, la Escuela de Rincón del Cerro. Una escuela que tenía un horario 63

especial (12.30 a 16.30, media hora antes que el resto de las escuelas del 64

turno vespertino) en función del horario de dos líneas de ómnibus que eran las 65

únicas que llegaban al barrio. Esta particularidad hacía que el viaje en ómnibus 66

fuera una reunión escolar que constituía para mí otra natalidad. Los maestros, 67

con algunos niños, padres y vecinos de la zona hacíamos el viaje participando 68

de varias conversaciones. Todo esto lo fui aprendiendo a medida que pasaban 69

los días, porque al principio yo solo escuchaba, no me arriesgaba a decir una 70

palabra.

71

Llegué a la escuela en los días del trabajo administrativo del mes de marzo de 72

1973, después de un viaje de ómnibus en silencio pero en medio de una 73

conversación en la que se entrecuzaban saludos, experiencias, vivencias de 74

quienes se reencontraban. Los maestros, recién en el momento que llegamos a 75

la escuela me reconocieron como la nueva maestra, porque durante el viaje no 76

lo habían imaginado. Se acercaron y me comentaron que el viaje siempre era 77

tan conversado y entretenido porque era una manera de hacer educación 78

dentro y fuera de la escuela. Unos minutos después me recibía la directora, y a 79

modo de comunicado me dijo: para tí tengo un primero lento. Para mí iba a ser 80

otra natalidad porque si bien había oído hablar de esta forma de organizar los 81

grupos de primer año, no me había imaginado tener que asumir la 82

responsabilidad de tomar un grupo con esas características. Nuevas 83

interrogantes me abrazaban: ¿de qué manera tendría que pensar la práctica 84

educativa para ese grupo?; ¿qué experiencias conocidas podrían ser útiles y 85

cuáles no lo serían? Yo me imaginaba que no era un grupo de 1º año como los 86

que conocía. Pero esta no fue la única novedad, porque enseguida me informa 87

que mi salón sería el de la cortina. Yo no entendía nada hasta que lo vi. El 88

salón estaba ubicado en un escenario separado del patio interior de la escuela 89

por un cortinado. No recuerdo bien qué pasó durante esa tarde pero sí tengo 90

presente que las maestras de los otros dos primeros conversaron conmigo en 91

el viaje de regreso. Ambas tenían varios años de trabajo en la escuela y me 92

explicaron que el grupo se conformaba con niños que no habían cursado 93

educación inicial, niños que repetían el curso y niños que estaban 94

diagnosticados y esperaban lugar para ser derivados a educación especial. En 95

(4)

4 ese momento, más que como natalidad, la experiencia fue de sorpresa e 96

inmovilidad ¿qué podría hacer yo para que esos niños aprendieran algo en la 97

escuela?

98

Intentaba y reintentaba evocar las experiencias de la práctica docente en 1º 99

año pero no encontraba, ni en las actividades ni en los análisis de las mismas 100

que realizaban con nosotras (estudiantes practicantes) los maestros 101

adscriptores y la directora de práctica, ninguna explicación o indicio válido.

102

Todo era incertidumbre y nerviosismo. Por momentos me sentía sola pero 103

enseguida aparecían en mi pensamiento las maestras que se habían acercado, 104

que me iban a acompañar.

105

Regresé a casa con sensaciones de profunda contradicción. Por un lado, la 106

alegría que significaba el inicio del trabajo profesional y por otro, el abismo 107

incierto que me presentaba la realidad. Al llegar me esperaba mi primer hijo, de 108

meses de edad con un nerviosismo que expresaba su alegría al verme aunque 109

había estado la tarde con su abuela. En mi familia me preguntaban ¿cómo te 110

fue? ¿Qué pasó que no te veo contenta como cuando te fuiste? Y yo no sabía 111

que responder, pero en el mar de sentimientos encontrados les fui contando la 112

realidad en la que me encontraba como maestra. Fue en esos momentos, 113

como en tantos otros que el apoyo y acompañamiento de mi familia fue 114

realmente importante.

115

En los días siguientes releía materiales, me comunicaba con compañeras de la 116

carrera (algunas que también iban a trabajar en primer año) y así el impacto 117

inicial se fue acomodando y la experiencia comenzó a tener forma y contenido.

118

Un aspecto relevante en la construcción de esta experiencia educativa fue el 119

conocer y trabajar con los niños. Ellos fueron participando de su formación, a 120

sus ritmos, con sus posibilidades y sus limitaciones. El vínculo con sus familias 121

también fue un elemento sustantivo, en general eran padres, tíos, abuelos, 122

hermanos presentes en la escuela, una característica bastante particular de 123

esta escuela. Estas imágenes me han acompañado siempre, aquellas 124

aventuras en la escuela del rincón como la denominaba la comunidad.

125

Mi mayor lucha durante todo el año fue contra la discriminación que la 126

institución había instaurado sobre esos niños y que al igual que sus familias yo 127

sentía como una barrera casi insuperable. Hoy pienso que yo no era totalmente 128

consciente de la dimensión de injusticia que encerraba esa nominación 129

(5)

5

“primero lento”. Sí sentía la responsabilidad y compromiso de demostrarles a 130

esos niños que ellos estaban aprendiendo, a sus familias que sus hijos tenían 131

oportunidades educativas y a la institución que esos niños también tenían 132

derecho a la educación.

133

En ese momento, las dos compañeras de primer año fueron mis grandes 134

referentes, al igual que otras maestras de esa escuela. El cotidiano viaje en 135

ómnibus, a la ida y vuelta del horario escolar, se convirtieron en el escenario de 136

una comunidad educativa en marcha. Su carácter fermental salía de los muros 137

de la escuela. Yo les comentaba lo que estaba haciendo y cómo iban actuando 138

los niños, ellas hacían lo mismo. Así llegamos, tímidamente, a plantearnos 139

algunas actividades compartidas de las tres maestras de 1º año, pues a nivel 140

de dirección estas iniciativas se consideraban distorsionadoras del orden 141

escolar. Nos cambiábamos de clase, reagrupábamos a los niños, invitábamos a 142

padres y trabajábamos en el patio con los tres grupos juntos. Pensábamos en 143

las experiencias ausentes de aquellos niños que no habían cursado educación 144

inicial. Inventábamos nuevas prácticas teniendo en cuenta el diálogo con las 145

maestras de educación inicial, la experiencia de aquellos que la habían 146

cursado. Analizábamos algunas experiencias educativas que les esperarían en 147

el segundo año escolar. Recuerdo también que siempre participaba algún 148

maestro de otro grado en la conversación y nos hacía aportes que nos daban 149

otra mirada. El viaje parecía muy breve en esa dinámica de conversaciones.

150

Mirándolo desde la distancia, nunca me imaginé que un período tan breve de 151

trabajo profesional dejara en mí tantas huellas y me permitiera valorarlo como 152

un tiempo de transformaciones. Fue en esa escuela y con esos compañeros 153

que se puso en debate el sentido de mi vida profesional en lo que hoy 154

denominaría una comunidad educativa en ebullición.

155

Al año siguiente, no volví a esa escuela. Elegí otra más cerca de mi casa y la 156

experiencia fue muy distinta. Mi trabajo en 5º año estuvo atravesado por la 157

soledad y el control ideológico institucional. Fue un año muy difícil, lo que más 158

recuerdo fue la censura del director sobre unos materiales bibliográficos sobre 159

la esclavitud en el país. Ese acontecimiento fue una evidencia para tomar 160

conciencia del estado de vigilancia en el que estábamos trabajando en la 161

escuela. En esas condiciones, la resistencia se iba haciendo cada vez más 162

silenciosa y riesgosa. Las prácticas alternativas eran cuestionadas y 163

(6)

6 prohibidas. Algunos maestros, me decían: Vos sos joven y no te das cuenta, te 164

conviene no hacer cosas diferentes. Tenes que hacer como nosotras, pero 165

tampoco compartían lo que hacían. Ese año también tenía dos compañeras en 166

el mismo grado escolar. Y cada una estábamos en nuestro salón de clase sin 167

saber lo que acontecía en el otro. Yo no sabía que significaba no hacer cosas 168

diferentes ya que mis referentes estaban en la etapa de la formación en el 169

instituto y por tanto, eran formas legitimadas de pensar la práctica. Me volvía a 170

preguntar ¿y ahora, cómo tengo que pensar la práctica? ¿con qué referentes?

171

Este sí fue un año de mucha soledad profesional.

172

La educación en Uruguay comenzaba una de sus épocas más oscuras y 173

problemáticas. La censura, la prohibición, el control, la destitución y la 174

persecución fueron las condiciones que signaron la docencia y la actividad 175

humana en general durante más de diez años. El aislamiento y la desconfianza 176

social fueron sembrando el miedo a la libertad, enmudeciendo la experiencia 177

colectiva y creando formas de resistencia ocultas.

178

En este momento (el de esta escritura) relaciono esas reflexiones con algunas 179

formas de enfrentar y vivir la experiencia de inacabamiento que considero me 180

han acompañado en mi vida profesional. Me quedan dudas sobre las formas de 181

entenderlo de otros compañeros. Revisando mi postura reconozco que 182

generalmente he estado abierta a la participación en cursos, cursillos, 183

conferencias, sobre todo durante la formación y en los años iniciales del 184

ejercicio profesional. Más adelante fui adoptando una postura más selectiva.

185

Mis intereses no fueron siempre los mismos, se fueron delineando en relación a 186

algo de lo que iba ocurriendo y que me iba ocurriendo en el devenir de los años 187

de trabajo.

188

Otra manera de estar siendo docente fue para mí, el compartir la docencia con 189

otros docentes, valorando los aportes de su experiencia, escuchándolos y 190

también contando mi propia experiencia. En este sentido, me fui haciendo entre 191

continuidades y cambios, aún en tiempos en que muchos nos llamábamos a 192

silencio, especialmente en lo que refería a la educación de nuestros hijos a 193

quienes pretendíamos proteger.

194

En esta historia, prefiero omitir las referencias a ese período autoritario, injusto 195

y de sufrimiento de toda la sociedad uruguaya que también atravesó y afectó 196

profundamente la educación en todos sus niveles.

197

(7)

7 La experiencia profesional 12 años después.

Al retomar el país la vida democrática (año 1985), otros aires de esperanza 198

impulsaban múltiples experiencias. Otras voces se atrevían a pronunciar su 199

palabra, así nos fuimos reencontrando con nosotros y con los otros. Nos 200

convocaban intereses comunes y también diferentes, que habían tenido que 201

ser postergados de la agenda pública, abriendo intensos debates entre los 202

cuales estaba la cuestión de la educación del pueblo.

203

En ese momento, con el apoyo de mi familia decidí cursar la licenciatura de 204

educación en la Udelar. En el efervescente escenario universitario de la época, 205

la experiencia se configuró como una opción que me permitía pensar y 206

reflexionar de tantas cosas que habían quedado suspendidas en el tiempo. Una 207

experiencia de formación que me llevaba a rememorar mi formación de grado 208

también movilizadora y provocadora.

209

Esta formación tenía otros significados, la conversación con profesores, 210

autores, temáticas y compañeros de estudio y trabajo estaba atravesada por 211

experiencias reales desde el lugar del docente. Estas relaciones se ubican de 212

otra forma en mi cultura, mi pensamiento y en mi práctica. Tuve la oportunidad 213

de releer muchos textos que ya había leído en la formación de grado. Y en 214

estas circunstancias, les podía atribuir otros significados a través del diálogo 215

reflexivo con profesores, compañeros y conmigo misma. En esos diálogos, 216

lecturas compartidas y trabajos colectivos comencé a pensar la docencia a 217

nivel de la educación superior, que hasta ese momento no se me había 218

planteado como posibilidad.

219

Algunos compañeros se interesaron por la docencia en la propia universidad y 220

otros nos sentimos convocados por la formación para la docencia. Fue así, 221

después de algunos años de estudios universitarios que me incorporé a la 222

docencia en la educación superior (formación docente) y continué en forma 223

paralela con la enseñanza en la educación primaria.

224

Y de aquí en adelante, ya con 15 años de trabajo en educación, el escenario de 225

formación abierta, selectiva y plural fue tomando cada vez mayor presencia.

226

Nuevamente, algunos cursos, concursos, cambios de función en la educación, 227

producción escrita y presentación de trabajos en seminarios y congresos.

228

(8)

8 Desde ese entonces hasta ahora, estas actividades simultáneas han sido 229

experiencias de continuidad y profesionalidad.

230

Esos años abrieron un escenario de esperanzas y allí es donde voy a retomar 231

mi historia de vida profesional. Historia que no estuvo ajena de 232

contradicciones, esfuerzos, estudios, luchas y utopías alcanzadas y por 233

alcanzar. Experiencias de vida, cercanas y lejanas de la educación, pero no 234

desinteresadas de ella.

235

En esta coyuntura, iniciaba mis estudios de licenciatura en la Udelar y 236

simultáneamente me involucraba en un período de concursos para acceder a 237

otros cargos en la educación pública. Mi carrera profesional estuvo atravesada 238

por los concursos. El primer concurso, recién egresada del instituto normal, fue 239

para obtener la efectividad como maestra de clase, en aquellos años de 240

iniciación. Ahora la convocatoria era otra, significaba un cambio de función y 241

tenía que imaginarme en el lugar de la dirección escolar. ¿lo habré podido 242

hacer? Como para otros docentes, el concurso significaba para mí una 243

posibilidad de estudio, actualización y discusión con compañeros.

244

Estudiábamos y debatíamos de muchas cosas que entendíamos importante 245

para el cargo pero también para el concurso. Nos teníamos que autorregular en 246

esos tiempos compartidos, esa tarea colectiva nos convertía en compañeros y 247

amigos. Esas instancias me dieron otra vez la oportunidad de aprender mucho 248

con y de otros docentes. Aprender de su experiencia y de su formación exigía 249

una confianza mutua, un respeto basado en la solidaridad aunque sabíamos 250

que el concurso era una instancia competitiva. Nuevamente la solidaridad fue 251

el común denominador que nos permitía trabajar y estudiar para preparar el 252

concurso, sabiendo que a algunos les iba a ir mejor que a otros. Pensándolo 253

ahora creo que esas reuniones de los sábados, en una de nuestras casas, se 254

convirtieron en ese espacio de libertad en el que nos formábamos en y desde 255

la reflexión, el debate y la discusión académica.

256

Recuerdo que algunas veces nos alejábamos del concurso, nos sumergíamos 257

en conversaciones sobre la escuela, la familia o alguna situación personal 258

específica que aparecía y no la postergábamos. Así nos hicimos de grandes y 259

entrañables amigos además de compañeros. Nos convocaba y nos convoca la 260

esperanza de promover cambios en la educación, la cultura y la condición de 261

vida del pueblo, por eso seguimos siendo amigas.

262

(9)

9 Fue en estos años que, en la encrucijada académica en que me había 263

embarcado (concursos, licenciatura, dirección de escuela y profesora en la 264

formación para la docencia) puedo distinguir otras natalidades. Ese nuevo 265

comienzo implicó otros procesos de cambio en mi vida profesional.

266

La experiencia de la dirección escolar significó aprender a correr la mirada

Probablemente, el desafío de pensarme como docente en la dirección de un 267

centro educativo me permitía correr la mirada fuera del aula. Una mirada 268

diferente a la construía desde mi lugar de maestra en la clase o que surgía en 269

el intercambio con otros maestros de clase. En ese momento, también sentí 270

soledad. Me faltaba la compañía de los niños y, tal vez fue más intuitivo que 271

racional, me involucré en el trabajo de clase con los maestros. Intentaba ir a las 272

clases, conversar con los maestros sobre su proyecto de enseñanza y 273

coordinar actividades juntos. Esta era otra forma de pensar la práctica, 274

implicaba comprender el proyecto de enseñanza de cada maestro y encontrar 275

la forma de ubicarme en él. No era mi proyecto, me sentía extranjera en él.

276

Algunas veces, las actividades las proponía el maestro y otras veces yo. Estas 277

experiencias me dieron la oportunidad de recuperar el diálogo pedagógico con 278

los niños y con los maestros.

279

Recuerdo que algunos maestros aceptaban mi participación, compartieron su 280

proyecto y se dispusieron a conversar a partir de él. Otros, me dejaban ver su 281

desconfianza y yo no lo entendía o me negaba a hacerlo. Inventaban excusas 282

para justificar su negativa y yo lo sentía como una expulsión. Me pregunté 283

muchas veces sin llegar a respuestas que me conformaran demasiado. ¿Por 284

qué no quieren que esté en la clase?; ¿cuáles serán las razones por las que 285

creen que no puedo enseñar a sus alumnos?

286

Tuve que aprender que la figura jerárquica del director de la escuela estuvo 287

siempre asociada a la función de control y yo estaba en ese lugar. Era una 288

representación social instituida desde la organización del sistema educativo en 289

la cual yo no quería quedarme. Buscaba ocupar otro lugar para modificar esa 290

imagen legitimada históricamente. Ahora, al escribir sobre ese tiempo, lo veo 291

como un intento de ruptura, como una práctica de resistencia. En ese momento 292

lo asumía como la búsqueda de un lugar para mí, probablemente sin 293

(10)

10 conciencia de las transformaciones que generaba o podía generar en la 294

estructura institucional.

295

Mi práctica docente como directora de escuela implicó situarme en una tensión 296

permanente entre el afuera y el adentro del salón de clase, entre cuestiones de 297

enseñanza y cuestiones administrativas y sociales. De esto, sí recuerdo tener 298

conciencia porque se trataba de mi situación y en consecuencia, implicó tomar 299

algunas decisiones para iniciar los cambios que necesitaba. La función 300

pedagógica fue difícil de visualizar y también de concretar en la práctica. La 301

dirección era un escenario escolar que me exponía a demandas y exigencias 302

que me alejaban de los niños y los maestros.

303

El desafío fue inventar tiempos y espacios como parte de la lucha cotidiana. En 304

esos momentos, yo recordaba a una de mis directoras que con frecuencia 305

participaba de las actividades en mi clase y también en las de otros maestros.

306

Entonces me preguntaba ¿cómo hacía para escaparse de la soledad de la 307

dirección y las demandas del trabajo administrativo? Esta pregunta me 308

perseguía, no me abandonaba.

309

Me acordaba de los cursos que nos decían que teníamos que organizar una 310

agenda y distribuir el tiempo en varias actividades. Mi problema no era 311

planificarlo. Mi problema estaba en conquistar la confianza de los maestros 312

para participar en sus clases, para que me aceptaran como otra maestra y no 313

como quien tenía como única función la evaluación de su trabajo. Fue muy 314

difícil para mí, no encontraba la manera de movilizar sus representaciones y 315

habilitar otras imágenes. Yo los consideraba mis compañeros, pero ellos no lo 316

veían así. Para ellos implicaba deconstruir su autorrepresentación y habilitar 317

otra imagen de sí mismos. ¿Cuándo lo lograrían? ¿Cómo lo había logrado yo?

318

Para mí, desde este lugar incluía el desafío de encontrar formas para cumplirlo 319

sin descuidar otras tareas del cargo como dar respuestas a situaciones 320

coyunturales que eran más frecuentes de lo que yo me había imaginado. A 321

veces, me defendía de esas situaciones refugiándome en el salón de clase. Ahí 322

me daba cuenta que desde la clase se mira la escuela de un modo diferente y 323

empezaba a entender lo difícil que es ponerse en el lugar del otro. También 324

recordaba otros directores que sólo entraban a mi clase para pedir alguna 325

información y yo no quería parecerme a ellos.

326

(11)

11 Con el tiempo, algunos de estos desafíos pude ir enfrentando y llegué a 327

elaborar algunas alternativas a esa imagen sacralizada del director y su 328

autoridad como jerarquía. Esto me hace acordar lo que me decía un auxiliar de 329

servicio de la escuela:

330

Auxiliar - Usted es muy difícil de encontrar en la escuela, nunca está en la 331

dirección.

332

Yo - Pero estoy en la escuela.

333

Auxiliar - Sí, pero nunca se dónde está. Usted tiene que estar en la dirección.

334

A partir de estas y otras conversaciones fui aprendiendo que la docencia del 335

director significa estar en todos los lugares de la escuela y para eso, los demás 336

sujetos integrantes de la comunidad escolar tenían que saber dónde podría 337

estar. Esos primeros años de dirección fueron en una escuela con un edificio 338

de dos plantas, un anexo y un parque forestado de casi una manzana de 339

extensión. Por supuesto, encontrarme no era tarea fácil si no dejaba alguna 340

pista. Por eso, empecé a hacer visible mi agenda para los otros (maestros, 341

auxiliares, profesores especiales, subdirectora).

342

Entonces, después de ese primer tiempo en el que pienso estuve como de 343

incógnita en la escuela, pude pensarme en un lugar y en varios lugares de esa 344

escuela y que los demás lo supieran. Me di cuenta que tenía que dejar las 345

actividades que había coordinado para cada día anotadas en una libreta, que 346

siempre quedaba en el escritorio de la dirección. Poco a poco fui enseñando y 347

aprendiendo la práctica docente como directora, así como también los otros 348

también fueron enseñando y aprendiendo a entender esa práctica que se 349

quería diferenciar de lo cotidiano.

350

Una de las actividades que organizaba en esa escuela eran reuniones con los 351

maestros, experiencia de la que no participé siendo maestra. Algunas veces 352

por niveles, otras por grado, en otras oportunidades por el conocimiento que 353

tenían de algunas disciplinas y así se fueron reconociendo entre ellos también.

354

Por ejemplo, uno de los años la maestra de 2º año que era también profesora 355

de geografía había participado en un viaje al Pantanal con otros profesores de 356

secundaria. Ella, en uno de esos encuentros nos contó parte del viaje y una de 357

las maestras le propuso que fuera a su clase, 5º año, a enseñárselo a sus 358

alumnos. Y en ese momento se preguntó ¿qué les podría enseñar yo a tus 359

alumnos de 2º año cuando tú vayas a mi clase? Se generó un intercambio 360

(12)

12 diverso y empezaron a aparecer los saberes específicos que cada uno podía 361

aportar a los demás. En esa reunión los maestros propusieron planificar 362

proyectos que involucraban varias clases. Los planificaron y los empezaron a 363

desarrollar. Esto implicó informar a los niños, a los padres y organizar un 364

cronograma de cambio de clase que estaba en conocimiento de todos. Uno de 365

esos proyectos lo llamaron: Viajamos juntos. Así se abrió un diálogo entre la 366

escuela y la comunidad dando oportunidad para que algunos abuelos y 367

vecinos, invitados por los niños, contaron su viaje siendo niños cuando llegaron 368

a Uruguay. Otros maestros se organizaron alrededor de un proyecto que 369

titularon: La música y nosotros. El otro que recuerdo fue: Vamos a plantar 370

todos. Este enfoque de la práctica educativa les fue exigiendo reunirse y ya no 371

era yo quien convocaba a reunión. Los maestros proponían: este viernes nos 372

quedamos. Así fuimos inventando oportunidades para organizar espacios y 373

tiempos institucionales que fueran aceptados y valorados por todos. Tal vez, 374

de las mayores alegrías que recibía en ese entonces era cuando los niños me 375

pedían que volviera a su clase para seguir con el tema o la actividad que 376

habíamos iniciado. Me preguntaban ¿Hoy venis a la clase? Si les 377

respondíamos que no, decían: Ah, ¿entonces cuando vas? En otras 378

oportunidades fue la palabra de algún padre anunciaban su sorpresa ante los 379

cambios en la tarea escolar. Alguna vez me decían, por ejemplo: me contó (…) 380

que estuvo en la clase enseñándoles (…) y yo no sabía que la directora daba 381

clase a los niños. Mi hijo está contento, dice que le gusta que vaya a su clase.

382

Otros compañeros dicen: si, pero nos pone cosas difíciles, porque hay que 383

hacer cosas que no hacemos con la maestra. Estos comentarios también me 384

ayudaron a comprender que la figura del director en el imaginario de los niños 385

tiene mucho de ese saber tácito que la institución legitima.

386

A las maestras también les llegaban los mismos comentarios. Los padres lo 387

veían bien porque decían ya van conociendo a los maestros que van a tener 388

otros años. La dirección de esa escuela urbana en Montevideo, en la que 389

trabajé durante tres años, me exigió pensar la educación desde el diálogo 390

pedagógico entre educadores, padres y niños, diálogo interinstitucional entre 391

escuela, familia y comunidad, diálogo político pedagógico entre las macro 392

políticas educativas y las micro políticas institucionales. Fueron años de una 393

actividad muy intensa en la cual no visualizaba los cambios que esperaba, las 394

(13)

13 transformaciones que intentaba provocar y me desanimaba. Sentía que esa 395

cultura e identidad de la escuela era inamovible. Sin embargo, el último año en 396

esta escuela pude reconocer y reconocerme en una comunidad educativa de la 397

cual era parte y de la que no había visto evidencias. Ese año pude reconocer 398

que nuestra convivencia estaba atravesada por el respeto y la confianza en el 399

otro, que se habilitaban diálogos y debates profundos y plurales sobre muchas 400

temáticas, que esos diálogos eran promovidos por cualquiera de los que 401

participábamos en la comunidad escolar.

402

Estos cambios empezaron a aparecer cuando comenzamos a pensar lo que 403

íbamos a incluir en la memoria anual, que había dejado de ser una tarea 404

exclusiva de la dirección. Yo recogía los aportes en reuniones con maestros, 405

con profesores, con personal no docente de la escuela y con los padres. En 406

todos los colectivos se acordaba lo que se consideraba valioso para la 407

educación de los niños, lo que no lo era y por tanto se proyectaba como 408

temática a pensar para el siguiente año y sobre las aspiraciones no 409

concretadas que también se proyectaban. En esas reuniones iban surgiendo 410

ideas, valoraciones, reflexiones y aportes. Pero fueron los padres los que 411

señalaron la necesidad de hacer una mirada retrospectiva más abarcativa y se 412

preguntaron ¿y esto que se hizo este año, cuándo empezó? ¿cómo surgió?

413

Estas preguntas nos llevaron a respuestas de muchas voces. Voces que 414

referían a la comunidad escolar, que no nombraban jerarquías escolares ni del 415

sistema. Hablaban de vecinos que se habían acercado a la escuela para 416

participar y hasta recibimos felicitaciones en un programa de radio. Otra vecina 417

de la escuela, que todas las tardes escuchaba las bulliciosas conversaciones 418

de la salida de los escolares sintió curiosidad y empezó a conversar con los 419

niños. Así se fue enterando lo que estaba ocurriendo en la escuela, porque ella 420

no tenía familiares en edad escolar. Entonces, antes de fin de año llamó a un 421

periodista y le contó lo que sabía. Ese periodista dedicó parte de un programa 422

diario en la mañana, durante un tiempo, a difundir los proyectos escolares 423

contados por la vecina en conversación con los niños. Esa noticia también la 424

aportaron los padres y algunos días los niños escuchaban el programa en la 425

clase. Ahora, a la distancia, entiendo que habíamos instalado la cultura del 426

diálogo, la conversación crítica de la que participábamos los que estábamos en 427

la escuela y algunos que estaban fuera de ella.

428

(14)

14 Aunque también debo señalar, que para algunos (maestros y padres), seguían 429

siendo legítimas solamente las prácticas solitarias dentro del aula. Participaban 430

de los encuentros, reuniones e intercambios pero sin convicción ni 431

involucramiento. Estas posturas también eran respetadas, ellos eran 432

respetados por todos y también respetaban a quienes pensábamos diferente.

433

Mi posición como directora me exigía una vigilancia permanente para actuar de 434

acuerdo a principios éticos desde la alteridad.

435

La función como directora de escuela me habilitó otras miradas de lo educativo 436

a nivel humano, cultural e institucional. La oportunidad de trabajar 437

conjuntamente con los docentes dentro y fuera del salón de clase fueron 438

despertando otras expectativas. El diálogo no siempre era fluído y amable y en 439

esas situaciones resultaba difícil el involucramiento con lo que acontecía en las 440

salas de clase, en los espacio scomunes de la escuela o en las relaciones con 441

la comunidad. Como yo extrañaba la clase, el diálogo con los niños, las 442

reflexiones con otros docentes acerca de lo que se iba a enseñar, cómo sería 443

más conveniente hacerlo, me las ingeniaba para estar ahí, con ellos.

444

En algunas oportunidades ellos me pedían que fuera a ver cómo estaban 445

trabajando, cómo aprendían los niños, qué propuestas parecían resultar más 446

pertinentes, Y allí se iniciaban análisis pedagógicos y epistemológicos que 447

muchas veces nos llevaba a estudiar sobre esos temas (didácticos y 448

disciplinares). Lo cierto es que poco a poco fuimos encontrando nuestros 449

diálogos entre discursos. Yo desde la dirección, procurando compartir con otros 450

lo que algunos maestros estaban haciendo, trabajando con los niños y 451

promoviendo intercambios entre diferentes clases o a nivel institucional. Estas 452

acciones pedagógicas nos fueron permitiendo superar algunos miedos, 453

temores y desconfianzas. Los primeros en abrirse al diálogo fueron los niños, 454

pero también lo hicimos los maestros a quienes nos convocaba un compromiso 455

que nos hacía estudiar y conversar de las disciplinas y de la didáctica para dar 456

continuidad y consistencia a la propuesta. También estábamos abiertos a que 457

nuestra práctica fuera analizada por otro compañero docente.

458

La docencia en dos niveles educativos: primaria y formación docente.

(15)

15 La experiencia profesional en los años siguientes se distribuía en dos 459

escenarios: la escuela y el instituto de formación. En la escuela continuaba en 460

la función de dirección y en el instituto era profesora en la unidad curricular de 461

pedagogía. Yo desarrollaba dos prácticas y mis experiencias las atravesaban a 462

ambas. Una y la otra estaban en diálogo permanente.

463

Voy a narrar algunas situaciones de mi práctica docente como profesora de 464

pedagogía. Los estudiantes, adolescentes y adultos, eran los futuros maestros 465

y profesores porque yo trabajaba en ambos institutos. Desde que había 466

cambiado el plan de estudios (1985) el curso de pedagogía del primer año de 467

formación docente incluía una práctica preprofesional con enfoque 468

interdisciplinar. Se planificaba, acompañaba y analizaba desde tres campos del 469

conocimiento: pedagogía, psicología y sociología. Esta actividad, muy 470

esperada por los estudiantes porque era la vuelta a la escuela o el liceo, pero, 471

ocupando otro lugar. Se pensaba en forma conjunta por los profesores de esas 472

unidades curriculares. Conversábamos con los directores de las instituciones, 473

en ocasiones alguno de nosotros visitaba la institución antes que concurrieran 474

los estudiantes. Durante la práctica también concurríamos y a veces 475

coincidíamos dos, y eventualemente, los tres profesores del grupo. La práctica 476

no era continua pero comenzaba en los primeros meses del curso. Siempre 477

concurrían con algún propósito, aunque no lo pautábamos casi nada. Era una 478

mezcla de observación y participación en función de los acontecimientos, de lo 479

que cada maestro y director entendía conveniente para ese momento real de la 480

escuela. La potencialidad de esta experiencia de práctica no se restringía a la 481

vivencia en territorio sino que los estudiantes tenían que llevar registros, 482

anotaciones que después les servían para participar en las presentaciones y 483

coloquios que organizábamos en el instituto. La propuesta se proponía, 484

además de reconocer la complejidad de las situaciones educativas, evidenciar 485

relaciones entre la práctica y la teoría, entre una teoría y otras teorías (lo 486

interdisciplinar) pero en relación a realidades singulares y conocidas.

487

En una de las actividades de reflexión sobre estos primeros acercamientos a la 488

práctica invitamos a la directora del instituto. Estábamos tan entusiasmados, 489

profesores y estudiantes, con lo que había ocurrido que nos pareció importante 490

que la dirección también lo conociera. Fue así que los estudiantes tuvieron la 491

oportunidad de dialogar con ella sobre su práctica preprofesional y la relación 492

(16)

16 con su formación. Los trabajos elaborados fueron de diferentes niveles de 493

producción, pero encontramos que esas producciones eran fuentes de 494

información valiosas sobre los saberes aprendidos.

495

Estas dos actividades aparentemente muy diferentes (ser directora de escuela 496

y profesora en formación docente) me fueron mostrando sus vinculaciones, sus 497

implicancias y sus diálogos. Yo me iba convirtiendo en interlocutora de 498

diferentes discursos culturales y académicos que me ilustraban y me exigían 499

otros niveles de reflexión. Después de varias experiencias como estas, me fui 500

involucrando en esta dialéctica práctica-teoría y creo que cada vez incluía más 501

comentarios en mis clases sobre las realidades educativas que podían 502

contribuir a comprender el conocimiento teórico, pero seguía con los cursos de 503

pedagogía.

504

Me sitúo otra vez en la escuela. Cuando comenzaba el curso del año 1989, yo 505

estaba en la dirección de otra escuela, en el barrio Capurro y la inspectora me 506

informa que habían elegido la escuela para realizar la práctica del último año 507

de la carrera. Los estudiantes estarían adscriptos a un maestro de clase todo el 508

año y ellos serían los orientadores de la práctica. Por lo tanto, yo como 509

directora no tenía que intervenir directamente en su proceso de formación. Mi 510

responsabilidad estaba en definir cuáles serían los maestros adscriptores ya 511

que concurrirían 7 estudiantes y en la escuela trabajaban 12 maestros.

512

Ese mismo día les informé muy brevemente a todos en un comunicado escrito 513

en el que los convocaba a una reunión para el día siguiente al finalizar la 514

jornada. La ansiedad de muchos maestros hizo que al recreo ya empezáramos 515

a conversar y lo mismo al terminar el horario escolar. De todas formas la 516

reunión se concretó al día siguiente.

517

Maravillosamente, algunos se habían comunicado con maestros de otras 518

escuelas que habían participado de la experiencia el año anterior y aportaron 519

información. Las dudas fueron muchas, especialmente en lo que hace a las 520

tareas de asesoramiento. Al principio ninguno de los maestros quería aceptar, 521

tenían miedos. Dudaban y decían ¿podré aportar algo a estos estudiantes que 522

estan en su último año en la carrera? Entonces, les hice una propuesta para 523

trabajar cooperativamente, armar algunos lineamientos comunes e ir 524

acompañando el desarrollo de los mismos con encuentros para saber cómo iba 525

cada uno.

526

(17)

17 Fue así que cinco maestros se ofrecieron con entusiasmo, tres se negaron 527

planteando diferentes argumentaciones y quedaron cuatro con grandes dudas.

528

Así terminó la reunión y acordamos reunirnos nuevamente dos días después.

529

Para entonces yo había hablado con los cuatro compañeros y de común 530

acuerdo resolvimos quienes iban a ser los dos adscriptores que faltaban. A mí 531

me importaba que el colectivo no se fracturara ya que muchos tenían una 532

amistad de años y un prestigio social en la comunidad educativa que había de 533

mantener.

534

Resuelto quiénes iban a ser los adscriptores definimos algunas acciones que 535

teníamos que emprender todos para informar a los niños y las familias. A los 536

niños se les iba a informar en forma simultánea a la presentación del 537

practicante que iba a ser otro maestro para ellos. A los padres, se les 538

informaría en la primera reunión que se haría en la segunda semana de clase.

539

Muchos de ellos, se fueron enterando a través de sus hijos y en 540

conversaciones cotidianas con los maestros, pero para todos fue una 541

propuesta valiosa y lo plantearon en las reuniones.

542

Nosotros nos reuníamos todos los viernes al terminar la jornada y la mayoría 543

de las veces nos quedábamos todos, sin distinciones entre ser o no adscriptor.

544

Esta postura permitía que trabajáramos el proyecto educativo en forma integral, 545

incluyendo la práctica. En una de esas reuniones, en la que conversábamos 546

sobre lo que había ocurrido en la semana en cada clase y con lo que nos 547

habíamos propuesto enseñar, surgió la pregunta ¿tendrían que estar los 548

estudiantes en esta reunión? ¿qué les aportaría para su formación participar de 549

estas conversaciones, intercambio de materiales bibliográficos, de propuestas, 550

etc.? La respuesta fue unánime, todos acordamos que debían estar allí. Pero 551

sabíamos que, al igual que los maestros, la participación debería ser voluntaria.

552

En la reunión siguiente se integraron todas y en lo sucesivo, siempre varias de 553

ellas estaban presentes. Los aportes de los estudiantes nos movilizaban, 554

algunas veces nos hacían preguntas que no podíamos responder y teníamos 555

que decirles que tendríamos que estudiar para dar una respuesta adecuada.

556

Otras veces les devolvíamos la pregunta para que lo estudiaran ellas y trajeran 557

propuestas. A mí me entusiasmaba cada vez más la idea de trabajar con 558

estudiantes magisteriales en la escuela y fue tan así, que siempre buscaba 559

coordinar con las maestras para participar en alguna de sus actividades.

560

(18)

18 De esta manera pude ver esas prácticas de iniciación a la docencia como 561

objeto de reflexión. Nos permitía analizar conjuntamente el funcionamiento de 562

la clase, las respuestas de los niños, los problemas que se les presentaban y 563

cómo los resolvían, las diferentes intervenciones de los docentes en relación a 564

lo que iba aconteciendo.

565

Cuando nos reuníamos con mis amigas directoras, les contaba de esta 566

experiencia. Y poco a poco me fui acostumbrando a la idea, pero eran muchos 567

los miedos e inseguridades. ¿estaremos haciendo las cosas bien? ¿qué otras 568

experiencias deberían tener en esta práctica? Entre cuestionamientos y 569

decisiones se fue desarrollando el año y los estudiantes fueron evaluados de 570

acuerdo a las pautas del instituto. Otros directores estuvieron como tribunal en 571

parciales y examen conjuntamente con la maestra de clase y yo. Del mismo 572

modo yo fui a otras escuelas con la misma función. Yo diría que en la mayoría 573

de estas evaluaciones de su trabajo fueron muy bien valoradas las actividades 574

y la participación de todas ellas en la clase y a nivel de la escuela.

575

Yo creo que como colectivo escolar vivimos muchas transformaciones y podría 576

afirmar que hubieron varias cuestiones relevantes. Una de ellas refiere a la 577

necesidad colectiva de estudiar y manejar referentes comunes como resultado 578

de la negociación, otra es que la experiencia de la práctica llevó a un 579

distanciamiento de la tarea de enseñar para pensar en la tarea de enseñar.

580

Fuimos planteándonos obstáculos a superar, era como volver a aprender a 581

enseñar, volver a estudiar para enseñar a enseñar. Algunas veces nos 582

decíamos: yo creía que lo tenía tan claro, pero cuando lo tuve que explicar me 583

di cuenta que no era así, que tenía que volver a revisar la bibliografía que 584

servía para ese asunto.

585

Pasaron algunas semanas, no sé bien, tal vez meses y un día una de mis 586

amigas me llama y me cuenta que su escuela iba a ser de práctica el año 587

siguiente. Esta noticia me decidió a elegir una escuela de práctica para el 588

siguiente año y así seguiríamos enfrentando desafíos en cooperación.

589

La enseñanza de la didáctica y la escuela de práctica.

Al año siguiente, las cuatro estábamos trabajando en escuelas de práctica.

590

Tengo que decir que en ese entonces, muchos directores no querían trabajar 591

en escuelas de práctica porque tenían más tareas y exigencias que cumplir.

592

(19)

19 Bueno, y así comenzaron otras transformaciones en mi práctica profesional, 593

más en la escuela que en el instituto. El área de las escuelas de práctica me 594

atrapó y después que entré me quedé. Desde el comienzo fueron experiencias 595

movilizadoras, interpelantes, que exigían pensar otras prácticas y estos 596

desafíos me hacían sentirme yo misma. Esto es lo que yo quiero hacer y seguir 597

haciendo. El período que estuve en la dirección de la escuela de práctica fue 598

excepcional, disfrutable, riguroso y enriquecedor.

599

Desde ese lugar no se podía justificar una práctica en solitario. No, los 600

directores nos reuníamos entre nosotros, también con los maestros y por 601

supuesto con los practicantes (estudiantes magisteriales). En este período 602

conocí a Rita y Juan Pedro como practicantes de la escuela en que trabajaba.

603

También compartí este período de mi historia profesional con Graciela y con 604

Dafne.

605

Uno de los años, trabajamos con estudiantes de 3º año magisterial. Los 606

contenidos de didáctica y de la práctica se concentraban en ciencias naturales 607

y sociales. La escuela toda se revolucionó buscando bibliografía actualizada.

608

Los maestros y yo nos sentimos convocados por el trabajo compartido y 609

propusieron seleccionar campos del conocimiento para estudiarlos y planificar 610

la intervención docente en pequeños grupos. En la escuela empezó a circular 611

bibliografía, materiales didácticos, planificaciones y por sobre todas las cosas 612

se fue conformando una comunidad educativa con algunas líneas de trabajo 613

elaboradas por todos y que nos conformaban a todos. Yo creo, ahora que lo 614

estoy rememorando fueron pequeñas grandes transformaciones que la escuela 615

iba transitando y que trascendía las aulas. La relación con las familias se hizo 616

también más dinámica, padres que venían a averiguar qué era lo que estaban 617

haciendo en clase que su hijo/a se pasaba haciendo cosas para la practicante y 618

antes tenía que obligarlo a hacer los deberes. En otros casos planteaban que 619

esas cosas en su época escolar no se hacían y que les parecían divertidas 620

pero que ellos pensaban que también servía mandar muchas cuentas, lectura o 621

copia para aprender mejor.

622

Otra vez, la voz de alerta de los padres nos señala la necesidad de diálogo, de 623

comunicación. Es muy bueno que los padres escuchen a sus hijos, pero 624

también tienen que poder escuchar a los maestros de sus hijos. Bueno, estas 625

(20)

20 son experiencias institucionales, pero y la práctica preprofesional ¿qué 626

exigencias tiene? ¿cómo vamos a participar todos de ella?

627

Aquí se presentan otros dilemas, nuestra curiosidad por saber cómo lo hacen 628

otros hizo que se establecieran diálogos y encuentros con maestros de otras 629

escuelas de práctica. Cada uno que averiguaba algo lo traía al colectivo, pero 630

después de esas primeras semanas de búsqueda en los otros, tuvimos que 631

ponernos a pensar desde nosotros.

632

Yo como directora sabía que los estudiantes dividían su tiempo escolar entre la 633

estancia en la clase con un maestro orientador (maestro adscriptor), el trabajo 634

grupal en el taller y las actividades de análisis. Había que organizar, coordinar y 635

difundir los acuerdos para que pudieran funcionar. Todos sabíamos que 636

además de aprender a enseñar este o aquel conocimiento, en la experiencia de 637

práctica en la escuela se aprende la ética profesional, las responsabilidades y 638

compromisos con el otro (el grupo de niños y sus familias). O sea, lo que 639

implica ser docente. Entonces nos preguntábamos ¿qué aspectos de nuestro 640

quehacer educativo teníamos que mantener y cuáles era necesario modificar?

641

Mis preocupaciones iban en muchas direcciones y me exigían escuchar 642

muchas voces. Nos escuchábamos y a partir de ello pensábamos, decidíamos 643

y descartábamos prácticas, espacios, tiempos, materiales, etc. Este fue un 644

período en el cual me volví a interesar por hacer algunos cursos, participar en 645

congresos, seminarios y otras actividades académicas. La lectura era una 646

práctica cotidiana para mí y para todos, en la escuela. Llevaba libros y siempre 647

algún maestro (a veces los mismos) se llevaba alguno y cuando lo había leído 648

avisaba que en la próxima reunión docente haría una presentación. Los que no 649

eran lectores voluntarios, eran escuchas atentos. Por tanto, el aporte teórico 650

estaba presente.

651

Cuando le informábamos a la inspectora lo que estábamos leyendo y qué 652

pensábamos hacer, nos decía: Qué bueno, esto que ustedes hacen, no se 653

hace en otras escuelas. Estas distinciones, fueron situándonos en un lugar de 654

privilegio, según el imaginario colectivo. Empezamos a ser vistas como 655

escuelas de elite y en realidad, éramos grupos de maestros que habíamos 656

asumido el compromiso de la práctica a nuestra manera.

657

Volviendo a las cuestiones que nos inquietaban. La organización del taller fue 658

todo un tema didáctico de la educación superior. Planificábamos las directoras 659

(21)

21 un taller y luego de llevarlo a la práctica lo evaluábamos. Analizábamos qué fue 660

lo que funcionó como lo habíamos pensado, qué otras cosas ocurrieron y cuál 661

es su valor. Eran reuniones que voluntariamente las definíamos nosotras, el 662

sistema no las convocaba. Conseguíamos libros, los leíamos y compartíamos, 663

aunque muchas veces los descartábamos. Y así fuimos definiendo ciertos 664

criterios para la selección de referentes teóricos. No era todo lo que circulaba lo 665

que era coherente con lo que queríamos hacer. Las bibliotecas de las escuelas 666

se fueron enriqueciendo con nuevos materiales, pero el desafío era que 667

salieran de la biblioteca, que circularan entre los maestros. Recuerdo que 668

algunas veces colocaba los libros en el escritorio y, en el horario previo a la 669

entrada cuando nos reuníamos a medida que cada uno llegaba a la escuela, 670

los mirábamos y conversábamos. Algunos preguntaban algo, otros no. A veces 671

pedían para leerlos. En otras oportunidades fui directamente a cada maestro 672

con un libro, contándole lo que había encontrado que me parecía que le podía 673

servir. Otras veces los presentaba como la bibliografía que estaban manejando 674

los estudiantes en el instituto. Y así se fue generando una nueva cultura de 675

lectura, una cultura crítica y reflexiva. Los comentarios e intercambios se 676

producían entre algunos maestros, conmigo y con los practicantes.

677

Como directora tenía a cargo el taller, al principio participaban los practicantes 678

y yo. En un momento vimos la importancia de la participación del maestro y lo 679

integramos. Para nosotros el taller era un espacio de formación privilegiado, le 680

dábamos ese valor reflexivo y fermental que necesitaba la práctica docente.

681

Los estudiantes estudiaban, discutían y producían en el horario de taller, 682

orientados y acompañados por los directores y maestros. También hacíamos 683

taller después de realizar las actividades en la clase. Este taller lo llamábamos 684

Taller de análisis. Se analizaba la situación educativa y no solamente al 685

estudiante que había desarrollado la propuesta elaborada colectivamente.

686

Las voces de autoridad se distribuían turnos entre los estudiantes, 687

particularmente el que había estado a cargo de la clase, el o los maestros que 688

habían presenciado la actividad y el director. Desde el comienzo, 689

argumentábamos sobre el valor de hacer anotaciones en la clase para 690

compartir en el taller y todos teníamos nuestras anotaciones. Esos registros 691

funcionaban como apoyo a la memoria y muchas veces traían al taller la voz de 692

los niños, sus respuestas o sus preguntas, además de las del practicante.

693

(22)

22 La práctica y la participación de una profesora de física.

Ese año que estábamos trabajando en Ciencias Naturales, en una reunión de 694

directores la inspectora nos planteó la invitación para participar en una 695

investigación. La experiencia de investigación nos interesó a todos, no formaba 696

parte de nuestras prácticas cotidianas. Era una oportunidad para aprender a 697

investigar en didáctica. En realidad, se trataba de una profesora uruguaya de 698

física que estaba haciendo una maestría en didáctica en la Universidad de 699

Lobaina, Bélgica. Su tema, no recuerdo bien el título, pero tenía que ver con las 700

prácticas de enseñanza de la física de los maestros. La propuesta nos interesó 701

y comenzamos a asistir a reuniones semanales con esa profesora. Estudiamos 702

algunos temas relacionados con la fuerza de atracción de masas y sus 703

principios. Hicimos una actividad exploratoria de los niveles de 704

conceptualización de los niños de 6º año sobre el tema y a partir de esa 705

información planificamos una secuencia de intervención. Hasta allí, todo venía 706

muy participativo y cooperativo. Pero, había llegado el momento de resolver 707

quién desarrollaría la secuencia en su escuela porque las clases iban a ser 708

presenciadas por la profesora, los otros directores y la inspectora, además 709

serían filmadas.

710

Las directoras con más experiencia fueron las primeras en decir que si fuera en 711

otro campo de conocimiento no tenían problema, pero en física… Las 712

directoras menos experientes nos quedamos calladas. El silencio no resolvía la 713

situación. La inspectora rompió el silencio y dijo con voz suave mirándome a 714

los ojos: Creo que tú Nancy puedes hacerlo.

715

Esta inspectora, es aquella directora que iba con frecuencia a la clase a 716

trabajar con los niños y con quién yo me identificaba mucho. Ella me conocía y 717

yo a ella, nos conocíamos bastante las dos. Pienso que fue ese conocimiento 718

el que la impulsó a decirme que yo podía realizar la actividad. En ese 719

momento, las demás directoras adhirieron a la propuesta sin que yo hubiese 720

respondido. Lo cierto es que a mí la temática me interesaba, había estado 721

haciendo algunas pruebas en casa y también lo había hablado con las 722

maestras de la escuela para continuar con la enseñanza de estos temas.

723

Entonces, si bien fue sorpresivo, asumí el desafío con confianza. Eso sí, les 724

dije que tenía que organizar las actividades y necesitaba trabajar con los niños 725

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