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FAMILIA, CULTURA MATERIAL Y FORMAS DE PODER EN LA ESPAÑA MODERNA

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FAMILIA, CULTURA MATERIAL

Y FORMAS DE PODER

EN LA ESPAÑA MODERNA

III Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Moderna.

Universidad de Valladolid 2 y 3 de julio del 2015

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III Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Moderna

FAMILIA, CULTURA MATERIAL

Y FORMAS DE PODER

EN LA ESPAÑA MODERNA

Valladolid 2 y 3 de julio del 2015

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ISBN: 978-84-938044-6-6 © Los autores

© De esta edición Fundación Española de Historia Moderna, Madrid, 2016. Editor: Máximo García Fernández.

Colaboradores: Francisco Fernández Izquierdo, Mª José López-Cózar Pita, Fundación Española de Historia Moderna.

[email protected]

Fotografía de cubierta: Biblioteca Histórica Santa Cruz, Universidad de Valladolid. Entidades colaboradoras en la convocatoria y celebración del Encuentro:

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III Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Moderna

Universidad de Valladolid - Fundación Española de Historia Moderna. 2015 565

Las nuevas apariencias del duque del Infantado: cultura

y poder de un grande de España

The new appearance of the Duke of Infantado: culture and power for

Grandee of Spain

AriannaGIORGI

Universidad de Murcia Resumen:

La implantación de la dinastía borbónica en el trono de España daba lugar a nuevas manifestaciones y hábitos culturales como también vestimentarios. El vestido a la francesa con el cual los Borbones reforman las apariencias, se estableció como la imagen de poder durante el siglo XVIII. Así, en este trabajo se pretende comprobar cómo estos cambios influyeron en la imagen y en la cultura, no sólo de la corte en general sino sobre todo del duque del Infantado.

Palabras Claves: Vestimenta, cultura material, Duque de Infantado, S.XVIII, España

Abstract:

The establishment of the Bourbon dynasty on the throne of Spain gave rise to new manifestations and cultural habits, as also the appaerences. The habit à la française that reform the male images, defined the new appearence of power during the 18th century.

So, this work pretends to check how these changes that influenced in the image and in the culture, not only for the Court in general but especially of the Duke of Infantado.

Keywords: Dress, Duke of Infantado, material culture, 18th century, Spain

La sociedad moderna se ha servido de las apariencias como portador de la autoridad y poder. No existe otra expresión que haya manifestado mejor sus valores y significados. Sobre todo la corte como enclave del poder moderno, explotó esta manifestación para afianzar y enfatizar su grandeza y prestigio. Tal vez, por eso, sea imposible desentrañar esta cultura sin comprender todas estas exteriorizaciones que la componían1. De hecho en el ámbito de esta institución se fraguó el culto a la imagen dentro del más amplio marco de la cultura de las apariencias2.

Núcleo de este sistema, era el monarca quien otorgaba poder y prestigio a sus favoritos. Amparados por la figura del soberano, estos cortesanos gozaban de esta distinción y dignidad que les enaltecía, determinando su comportamiento. La corte se constituía no solo por la persona del rey sino también por su sequito palatino3. Este último se componía tanto de servidores como de la aristocracia que acompañaba al

1 Juan Antonio Maravall, La cultura del Barroco, Barcelona, Ariel, 1986.

2 Daniel Roche, La culture des apparences: un histoire du vetêment XVIIe-XVIIIe siècle, París, Fayard,

1990.

3 En opinión de Gómez-Centurión, la “identificación de la corte con 'el rey y su casa'” era restrictiva:

Carlos Gómez-Centurión y Juan Antonio Sánchez Belén, La herencia de Borgoña: la hacienda de las

reales Casas durante el reinado de Felipe V, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales,

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monarca cuya función era glorificar la monarquía absoluta4. Por eso, los cortesanos se definían por ser expresión y “ethos del consumo de prestigio”5

.

De este modo, este trabajo se propone analizar las nuevas apariencias de la corte madrileña en la España de la primera mitad del siglo XVIII. En concreto, se pretende estudiar su dispositivo a partir de la entronización de Felipe V. Mediante las referencias del Archivo Histórico de Protocolos y de la Hacienda Real, nos proponemos estudiar la reforma de la imagen cortesana. Con la llegada del primer Borbón al trono español se implantó un nuevo protocolo que, más propio de un príncipe francés, se convirtió rápidamente en el nuevo código estético. A partir de la implantación de la dinastía borbónica en el trono de España se consolidaron nuevas manifestaciones y hábitos culturales, sobre todo vestimentarios. Entre estos, el vestido a la francesa con el cual los Borbones reformaban este dispositivo de las apariencias cortesanas y que se establecía como la imagen de poder durante el siglo XVIII6. La morfología de esta imagen remarcaba la distinción indumentaria de los nobles como reflejo de los nobles cortesanos. El habit à la français representaba la etiqueta palatina que determinaba provocar admiración en los espectadores, brindando una imagen maravillosa y magnífica de la majestad real”7

.

Se propone estudiar la recepción de este nuevo comportamiento vestimentario que definía este grupo de poder. Así, en este trabajo se pretende comprobar cómo estos cambios influyeron en la imagen y en la cultura, no sólo de la corte en general sino sobre todo del duque del Infantado.

1. Numerosos libros se han dedicado a estudiar el valor de la corte como fenómeno Historiográfico8. Se trata de una expresión cultural compleja que solo se puede abordar con la observación de sus características manifestaciones. Por eso, representa un “magnet for ambition and talent, the central arena where people struggled for power and prestige”9

.

Ya en 1675, también Núñez de Castro subrayaba este postulado cultural que se explicaba por ser no solo la sede cortesana sino por ser el conjunto de las personas que acompañaban al monarca. Sobre estas peculiaridades se definía el tratado político Solo

Madrid es Corte y el Cortesano en Madrid10. Como se deduce del mismo título, este

texto subrayaba esta condición de la Villa donde se forjaba la política del monarca y el poder de sus allegados. La capital española, de hecho, se caracterizaba por albergar la residencia palatina en su casco urbano y por ser escenario de la distinción aristocrática.

4

Jesús Cruz, “Del ‘Cortesano’ al ‘Hombre Fino’”, Bulletin of Spanish Studies, 86/2 (2009) pp. 145-174.

5 Alejandro Néstor García Martínez, El proceso de civilización en la Sociología de Norbert Elías,

Pamplona, EUNSA, 2006, p. 45.

6 La temática del poder simbólico y de las relaciones de igualdad entre miembros del mismo grupo

dominante ha sido tratada con esmero por Franco Rubio. Véase: Gloria Franco Rubio, “El ejercicio del poder en la España del siglo XVIII. Entre las prácticas culturales y las prácticas políticas”, Mélanges de

la Casa de Velázquez, 35 - 1(2005), pp. 51-78.

7 Amalia Descalzo Lorenzo y Carlos Gómez-Centurión, “El Real guardarropa y la introducción de la

moda francesa en la Corte de Felipe V”, en Carlos Gómez-Centurión y Juan Antonio Sánchez Belén (eds.), La herencia de Borgoña: la hacienda de las reales Casas durante el reinado de Felipe V, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998, p. 177.

8 Para un excelente repaso acerca de este debate se puede encontrar en: Pablo Vázquez Gestal, El espacio

del poder. La Corte en la Historiografía modernista española y europea, Valladolid, Universidad de

Valladolid, 2005.

9 Robert Smuts, “Cultural diversity and cultural change at the court of James I”, en Louis Peck (ed.), The

Mental World of the Jacobean Court, Cambridge, Cambridge U. P., 1991.

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III Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Moderna

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Tal y como recuerda Jesús Cruz se caracterizaba por ser no solo el “espacio urbano específico donde residía el rey o el príncipe soberano y como el conjunto de instituciones que integraban la monarquía, constituye el marco de referencia general”11

. Esta morfología definía la Corte moderna que se enfatizó sobre todo con la implantación de las monarquías absolutas que se configuraban alrededor de la figura nuclear del soberano quien otorgaba y vetaba los privilegios a través de un estricto protocolo estético. En razón de esto, el ethos cortesano se postulaba como una conducta de vida propia de este séquito que se manifestaba por medio de enaltecimiento de la monarquía absoluta. De este modo, los nobles palatinos expresaban su identidad a través de estas prerrogativas que determinaban el honor:

“El deber que de él [del honor] se deriva es la coacción para conservar la existencia de su portador, como una existencia distanciada socialmente. El honor es independiente, transfigura la existencia de sus portadores y no necesita ni puede recibir una fundamentación ulterior a través de algo que esté fuera de él”12

.

2. El absolutismo definió la monarquía de Luis XIV, quien ya se había impuesto durante el último cuarto del siglo XVII. Su supremacía imponía su distinción a través de la etiqueta y del ceremonial cortesano.

Dentro de este protocolo, este código determinaba la distinción y encarnaba las prerrogativas palatinas a través de los hábitos y del comportamiento indumentario. En efecto, la vestimenta ocupaba un lugar privilegiado en el ceremonial de Versalles, llegando a constituir la representación más directa del rango de su portador. Así, el traje no solo atestiguaba la calidad sino que favorecía y determinaba el ascenso social.

El vestido, de hecho, ya dominaba la escena cortesana y manifestaba su más alta expresión por medio de la ostentación que reflejaba “la elegancia en el porte y el buen gusto en el sentido de su madura tradición social, como condiciones para estar incluidos y promoverle en su sociedad, a través de las convenciones sociales y la competencia por el prestigio”13

. Esta distinción cortesana se representaba a través del habit à la francesa que, procediendo del uniforme militar, se componía de casaca –justacorps–, chupa –

veste– y calzón –coulotte–. Así, como este vestido había uniformado las apariencias

militares también determinaba la imagen de los cortesanos de Versalles. Sin embargo, este vestido se extendió también en España. A finales del siglo XVII ya se había extendido la costumbre de vestir la casaca militar en el ámbito cortesano. A imitación del protocolo francés, este atavío llegó a difundirse con “el poder contagioso de un bostezo”14

.

Famosa era la afición de Carlos II quien rechazaba el uso del traje español. Desde su infancia, el último Austria había mostrado sus preferencias respecto a los hábitos indumentarios, tal y como se muestra en Carlos II niño15. En este lienzo de Herrera Barnuevo, se muestra al joven rey que prefería el atuendo francés a la

11

Jesús Cruz, “Del ‘Cortesano’ al ‘Hombre Fino’”, Bulletin of Spanish Studies, 86/2 (2009) pp. 145-174.

12 Norbert Elías, La sociedad cortesana, 1982, México, Fundación de Cultura Económica, p. 140. 13 Ibidem, p. 155.

14 Amalia Descalzo Lorenzo y Carlos Gómez-Centurión, “El Real guardarropa y la introducción de la

moda francesa en la Corte de Felipe V”, en Carlos Gómez-Centurión y Juan Antonio Sánchez Belén (eds.), La herencia de Borgoña: la hacienda de las reales Casas durante el reinado de Felipe V, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998, pp. 197-204.

15 Este cuadro fechado entre 1667-1671 se encuentra en el Museo Lázaro Galdiano:

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tradicional golilla española. En concreto, Rodríguez de Ceballos identifica esta casaca con la que se conoce como chamberga16: o sea chaqueta con mangas y amplias vueltas que tomaba su nombre del Mariscal Fréderic Armand Schomberg17. Esta prenda se generalizó como el uniforme característico de la Coronelía de la Guardia de Su

Majestad, una tropa de la Guardia Real que pasó a conocerse popularmente como guardia chamberga18.

De este modo, también en el Alcázar madrileño se vestía este vestido con accesorios que enaltecían sus orígenes militares como: la peluca, la corbata, el espadín, las medias blancas y los zapatos con hebilla y tacón. Y con estos complementos se difundió con el nombre de vestido a la francesa o a la moda, debido a su larga aceptación.

3. Antes de finales del siglo XVII ya se había verificado un primer ensayo de moda Francesa en la corte española19. Por eso, no se puede decir que la subida al trono del Duque d’Anjou comportó transformaciones radicales.

Desde su llegada a Madrid, Felipe V se centró en frenar el “lujo desordenado de los reyes de la Casa de Austria”20

con el fin, no solo de contener los gastos económicos sino, de aportar la distinción francesa al Alcázar. También por eso, el nuevo monarca exigió ser tratado como un príncipe de Francia: en todo momento, impidió a los aristócratas españoles acercarse a su persona. Solo los servidores traídos de Versalles y en los cuales ponía su absoluta confianza podían atenderle, llegando a conformar la llamada “familia francesa”.

Esta conducta provocó la suspicacia de algunos nobles palatinos que defendían los valores y tradiciones de los Austrias. El más famoso de este grupo de detractores que se oponían a esta moda francesa era el hijo del Duque de Medina Sidonia. Heredero, Manuel Alonso de Pérez de Gúzman y Pimentel, del ducado de Medina Sidonia, no pudo heredar el título de grande de España, pues siempre había profesado una fuerte simpatía por la golilla; negarse a vestir el traje a la francesa para acudir a Corte, le costó los privilegios reales. Así, el Duque de Saint- Simón relataba esta ofensa al monarca francés:

“El Duque de Medina Sidonia no pudo conseguirlo de su hijo, que se abstuvo completamente de acudir a Palacio y en quien no pudo nada el ejemplo general. Ocurría esto en plena guerra, y el hijo del Duque siguió constantemente en ella al Rey, acampando a distancia, no encontrándose con él nunca, sirviendo como voluntario y acudiendo y distinguiéndose en todas partes. Muerto su padre y heredero él del Ducado de Medina-Sidonia, se trató de la cobertura. No había ni que pensar en presentarse en tal acto con golilla, y como no quiso hacerlo a la francesa, ha vivido doce o quince años así y ha muerto, poco antes de llegar yo a España, de

16 Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, “Retrato de Estado y Cuestión Política: Carlos II (en el centenario

de su muerte)”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, 12 (2000), pp. 93-110.

17

Véase: Elena Varela Merino, Los galicismos en el español de los siglos XVI y XVII, Madrid, CSIC, 2008, p. 838.

18 Virgilio Pinto Crespo y Valentina Fernández Vargas, El Madrid militar, Ministerio de Defensa,

Madrid, 2004-2006.

19

Juana Natividad de Diego y González y África Salmerón, Compendio de indumentaria española con un

preliminar de la historia del traje y el mobiliario en los principales pueblos de la Antigüedad, Valladolid,

Maxtor, 1915, p. 165

20 Luis Colomer, “Paz politica y rivalidad suntuaria. Francia y España en la isla de los Faisanes”, Arte y

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III Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Moderna

Universidad de Valladolid - Fundación Española de Historia Moderna. 2015 569 cerca de cincuenta años, sin haber gozado nunca de ninguna prerrogativa de la Grandeza, que en la Corte y fuera de ella están igualmente vedadas a quien no se ha cubierto”21.

En 1721 falleció sin poder disfrutar de la condición de Grande legada por su padre y pese a haberse casado con Luisa María de Silva Mendoza de Haro, hija del duque de Pastrana.

En la primera década del siglo XVIII, el vestido de casaca se había convertido en la imagen de representación del privilegio soberano y un símbolo de deferencia de los nobles palatinos. Por eso, también se constituyó un grupo de condescendientes quienes aceptaban este atuendo, puesto que otorgaba y vetaba prerrogativas. Entre estos se hallaba el Marqués de Villafranca, famoso por ser “español hasta los dientes, apegado hasta el máximo al traje, las costumbres y la etiqueta de España hasta el último detalle; intrépido, alto y fiero, severo, inflado de honor, de valor, de probidad, de virtud; un personaje a la antigua”22

. Aun así, para asegurar su posición, cedía ante esta nueva etiqueta tal y como relata la princesa de los Ursinos:

“El Marqués de Villafranca que mandaba las galeras de España a Candia con la golilla puesta, la quitará esta vez; pero le cuesta dos o tres horas por día estudiar el nuevo personaje que va a hacer y toda su familia (hombres y mujeres) está ocupada en enseñarle a mover los brazos, ponerse la corbata y llevar el sombrero, en el que su propia hija ha cosido con pluma”23.

Por último, destacaba la figura del Marqués de Villena entre los partidarios de este vestido, quien se vanagloriaba de no haber vestido nunca el vestido español con la golilla. Siempre el Duque de Saint-Simon contaba que Juan Manuel Fernández Pacheco de Zúñiga, había ostentado este atavío con anterioridad a la llegada de los Borbones y en concreto en 1688 cuando “la circunspección, respeto, literatura, y grabedad de los Ministros (que) consistia en ponerse un zapato corto, y estrecho, una media mui tirada, calzon, y ropilla mui ajustada, y una golilla de cartón que abrazando todo el cuello les hiciesse mui tiesa la cabeza”24

. Así reforzó esta conducta en 1701 cuando era Virrey de Navarra y se presentó vestido a la francesa ante la Cámara de Castilla: “aunque savia entonces ser Aleman, como aora franzes, consideraba que la golilla no era circunstancia ni para ser buen vasallo, i ministro”25.

4. Hasta ahora se ha comprobado como el vestido a la moda francesa se había impuesto como etiqueta del Alcázar de Madrid. El traje que se componía de casaca chupa y calzón se había consolidado como vestido cortesano. Los nobles palatinos comenzaron a vestirlo como cortesía al nuevo monarca, esperando consolidar la posición alcanzada a finales del siglo XVII. El advenimiento de Felipe V, de hecho, había hecho tambalear los cimientos del protocolo cortesano ya que determinó también la llegada de servidores franceses que habían desplazado a los españoles. Por eso, este vestido se había convertido en paradigma de las prerrogativas reales ya que encarnaba el prestigio borbónico y de la corte versallesca.

21 Louis Rouvroy, Duc de Saint Simon, Mémoires de Saint-Simon, Paris, Édition Cheruel, 1856, pp.

136-140.

22 Alfred Morel Fatio, “El traje de golilla y el traje militar”, La España Moderna. Revista de España,

LXIX (1894), pp. 871-872.

23 Duque de la Tremoille, L., Mémoires des Ursins et la succesion d’Espagne. Fragments de sa

correspondences, Nantes-París, 1902-1907, p. 3.

24 Ministerio de Asuntos Exteriores [MAE], CP, E, 168, f. 96. 25 MAE, CP, E, 168, f. 96.

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Servidores y nobles adoptaron este atuendo que otorgaba y vetaba prerrogativas de grandeza de las cuales también se sirvió Juan de Dios de Silva de Haro y Mendoza, VI Duque de Pastrana, VII Duque de Lerma y X Duque del Infantado. Sucedió a su padre Gregorio a la hora de encabezar el linaje dinástico de su familia y casó con María Teresa de los Ríos Zapata y Guzmán que, hija del conde de Fernán Núñez, había desempeñado el cargo de dama de honor de la primera esposa de Felipe V.

A pesar de haber nacido bajo el reinado de los Austrias, su vinculación a la nueva dinastía francesa y su monarca se ratificó en numerosas ocasiones. En 1700, el nuevo soberano se alojó en su palacio de Guadalajara cuando entró en España y volvió a hospedarse en su morada en numerosas ocasiones durante la Guerra de Sucesión. No obstante el duque mantuvo una actitud dubitativa ante los posibles vencedores: el nieto de Luis XIV o el Archiduque Carlos. Así ni siguió a las tropas francesas ni se unió a las habsbúrgicas, retirándose en el Convento de San Francisco de Mondéjar. Este desprecio le valió el arresto en la Alhambra de Granada en 1707. En efecto, Juan de Dios de Silva de Haro no pudo jactarse del trato cercano que había distinguido su padre como Gentilhombre de cámara y primer ministro de Felipe IV.

Aún así, como noble palatino y descendiente de la casa nobiliaria creada por los Reyes Católicos en 1475, este aristócrata vistió el vestido a la moda francés de casaca, chupa y calzón. Esto se refleja en el inventario de sus bienes donde resaltaba la única presencia de tres prendas españolas26. Se trataba de tres de abrigo, en concreto, capas: “una de grana, otra de paño color musco y forrada en sargueta, y la última, de droguete verdoso con botón de lo mismo”. Esto porque, como se puede apreciar en el gráfico nº 1, su guardarropa se componía de prendas, vestidos y accesorios franceses, entre los cuales predominaban las medias negras de seda27.

Gráfico 1.Inventario de bienes del Duque del Infantado (1737)

Fuente: AHPM, Prot. 14916

Con ocho incidencias, las medias representaban el bien indumentario que más peso tenía en su armario, casi alcanzado sólo por siete calzones: “tres pares de calzones de

26 Archivo Histórico de Protocolos de Madrid [AHPM], Prot. 14916, fol. 67

27 Acerca de las telas y tejidos, véase: Rosa Davila Corona, Duran Pujol, Máximo García Fernández,

Diccionario Histórico de Telas y Tejidos. Castellano-Catalán, Salamanca, Junta de Castilla y León/ Caja

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terciopelo negro y otros tres de damasco y otro de paño negro”. Las pelucas “de todo género” y las casacas, en cambio, llegaban a las seis referencias. A pesar de estar exento de tasación económica, se puede deducir cuál es la calidad de estas prendas superiores y en especial modo de “una casaca de carro de oro musco forrado en segri del mismo color” como también de la “de paño como aplomado forrado en raso liso”. Las otras, en cambio, tenían una apariencia más común o de luto28. No parecían menos importantes los vestidos que con cuatro piezas superaban la nueva prenda abrigo, el redingot.

De este, el duque del Infantado poseía tres ejemplares, todos de paño y de color oscuro, siendo el más pretencioso el “de paño pardomonte de Segovia forrado en Satina”. Los vestidos aparecían más numerosos pero no ofrecían una gran ostentación estética puesto que dos estaban confeccionados de paño negro. Los dos restantes, en cambio, se caracterizaban por estar formados de chupeta, casaquilla y calzones y se completaban de botines iguales. De hecho, ambos atuendos eran de color de perla. Así, con “una chupa y un calzón de lanilla”, se cerraba el inventario de los bienes indumentarios hallados en la casa de Arganza (Madrid) a la muerte del duque. La descripción poco detallada de estas prendas y vestidos no resta importancia a las apariencias que Juan de Dios de Silva ostentaba en su vida diaria. El esmero y el prestigio que el duque reservaba a su imagen se desprendía de la presencia de los tres redingots, abrigos que acababan de adoptarse en Francia y que definía su apariencia notable29.

Si comparamos este inventario con el general de la casa del Infantado que se realizó en 1743, se puede apreciar que ningún cambio sustancial alteró la composición de este armario. Sólo se añadieron 3 bandoleras y dos batas, “una v de gregoriana acolchada y otra de lienzo pintado”. De este modo se puede observar como las apariencias francesas dominaban la imagen del Duque del Infantado. Sería erróneo considerar esta influencia con que el duque pudiera adquirir importancia y asegurar su futuro, ya que se había apartado de la corte voluntariamente, decidiendo no tomar partido a los conflictos de la Guerra de Sucesión. En efecto, cuando se realizó el último inventario y relación relativa a su casa, Juan de Dios llevaba más de dos décadas apartado de la vida cortesana. Aun así, había elegido que las apariencias francesas debían definir su imagen tal y como se puede observar en el gráfico nº 2.

28 Máximo García Fernández, “Tejidos con ‘denominación extranjera’ en el vestido castellano,

1500-1800”, Cuaderno Dieciochista, 5 (2004), pp. 97-121.

29 Máximo García Fernández, Cultura material y vida cotidiana moderna: escenarios, Madrid, Silex,

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Gráfico 2. Comparación de las prendas francesas y españolas en el inventario del Duque del Infantado (1737)

Fuente: AHPM, Prot. 14916

Conclusión

Durante el Antiguo Régimen se utilizaron las apariencias como símbolo de majestuosidad del monarca. Imagen y representación de esta grandeza era su Corte que manifestaba el privilegio por medio de estas apariencias.

A imitación de la Corte francesa, también el Alcázar madrileño ostentaba el vestido de casaca, chupa y calzón como muestra de distinción. Este traje reflejaba la condición y los privilegios cortesanos, tal y como han revelado las referencias notariales que subrayan el honor desprendido por esta etiqueta palatina. Así, se han estudiado las nuevas apariencias francesas como seña de identidad del monarca.

Se ha analizado sobre todo esta imagen vestimentaria en los nobles palatinos y en concreto en el Duque del Infantado y Pastrana, quien se definía por un guardarropa en el que abundaban estas nuevas prendas galas. Esta distinción le garantizaba valor social y le vinculaba directamente con la figura de Felipe V. Inspirado en la corte de Versalles, el armario de este noble se caracterizaba por numerosos vestidos de casacas militares completos en sus accesorios característicos. Aun así, se define sobre todo su cultura material, aquí representaba por el más novedoso redingot que será la prenda exterior por excelencia a finales de siglo XVIII.

Prendas francesas Prendas españolas

Casacas 6 19% Capas 3 100% Vestidos 4 13% - - -Redingotes 3 9% - - -Calzones 4 13% - - -Pelucas 6 19% - - -Medias 8 26% - - -Chupa y calzón 1 1% - -

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