APRENDIZAJE Y ENSEÑANZA DE LA FILOSOFIA
DAR CLASE CON LA BOCA CERRADA (DON FINKEL)
En el presente ensayo me dedico a exponer las ideas principales en las que se basa un innovador y moderno método de enseñanza de la filosofía en las aulas. Don Finkel y su libro "Dar clase con la boca cerrada" han contribuido a la historia de la educación de una manera notable, proponiendo un sistema de enseñanza en el que el profesor pasa a un segundo plano y da protagonismo a los que realmente son importantes: los alumnos. Esta nueva forma de enfocar las clases pretende acabar con los métodos más tradicionales de impartir clases en los que se despersonalizaba a los alumnos y en los que probablemente no se daba un aprendizaje significativo. ¿Qué diferencias hay entre las clases magistrales y este nuevo proyecto educativo? ¿Es realmente un método efectivo? ¿Se ha llevado a la práctica? y en tal caso; ¿Qué resultados ha tenido? ¿Hay otros métodos similares con los que podamos compararlo y que también rompan con los sistemas más tradicionales? A lo largo de este ensayo iremos respondiendo a estos interrogantes y veremos los pilares de este nuevo método así como sus ventajas frente a los sistemas anteriores.
Hasta el presente, las clases siempre se han impartido más o menos de la misma manera: Un profesor en pie y los alumnos sentados y dirigiendo sus miradas a éste. Normalmente se seguía un manual o algún otro recurso, pero la clase siempre era magistral y unidireccional; esto es, que el profesor llevaba la voz cantante y transmitía las ideas principales a los alumnos, que pasivos en sus sillas, recibían la información de forma impersonal. Con impersonal me refiero a que en ningún momento el alumno participa activamente de los conocimientos que el profesor pretende que se aprendan, sino más bien, junto con el resto de sus compañeros, se sienta y se limita a escuchar en silencio. Después de una serie de lecciones magistrales de este tipo, los estudiantes son llevados a examen, un examen individual en el que tienen que exponer todos los conceptos aprendidos y comprendidos en clase para una posterior evaluación.
Este método es bien conocido por todos, como también son conocidas sus desventajas. Desde mi punto de vista, este tipo de clases son más instructivas que educativas, me recuerda más a una clase de soldados uniformados que a un grupo de niños
que tienen que comprender valores y desarrollar un pensamiento crítico. Al fin y al cabo, este ha sido siempre el propósito de la educación, o al menos debería serlo; conseguir que los estudiantes acaben formando ideas por sí mismos y tengan armas intelectuales para enfrentarse a un mundo que necesita de constantes cambios y reflexión. Estas finalidades, estos objetivos no parecen ser los mismos que los de la educación más tradicional, que parece cosificar al alumnado más que educarlo como seres individuales y librepensadores.
Sin embargo, no queda aquí la problemática de la educación, aún daremos un paso más teniendo en cuenta que nuestra especialidad es la filosofía y es una materia bastante excéntrica o "rarita". Las clases magistrales a la antigua podían dar un buen servicio a la hora de impartir clases de matemáticas o lenguaje, materias que parecen tener un corpus de conocimiento más definido y definible que el de la filosofía. Las matemáticas o el lenguaje son materias compuestas por fórmulas bastante universales bajo las cuales, una vez aprendidas, se puede operar. La filosofía es una materia que invita a la reflexión, invita a la creación de ideas propias y a la defensa de las mismas, es una materia que ofrece una visión más amplia del mundo y lo cuestiona a cada paso, y como tal, es una materia que necesita del diálogo y de la comparación de ideas en núcleos sociales, ya sean reducidos o amplios. Es decir, la filosofía necesita de una conversación con un compañero de diálogo y de una lectura y posterior intercambio de ideas para el desarrollo de un pensamiento crítico y una defensa del mismo, objetivo principal de esta materia. En este sentido, la educación tradicional parece no dar la talla a la hora de alcanzar estos objetivos y es necesario replantear la manera de enseñar filosofía en las aulas en pro de conseguirlos.
Es aquí, ante la incapacidad del sistema tradicional para la enseñanza de la filosofía, donde comienzan a surgir nuevas formas de impartir clases. Entre otros podemos destacar el de la pedagogía narrativa, que consiste en dar clases pero contando historias, "storytelling", anécdotas a través de las cuales los alumnos se sienten identificados ya que versan sobre aspectos cotidianos bastante frecuentes. El alumno así es capaz de comprender la filosofía desde un punto de vista más mundano, más a la mano, ya que los conceptos a aprender pueden fusionarse fácilmente con sus experiencias en el día a día. Una vez salen de las aulas, los alumnos se enfrentan a situaciones en las que ponen en práctica las reflexiones llevadas a cabo con sus compañeros acerca de situaciones similares. Bien es
cierto que no deja de ser una clase basada en lo narrativo y que el profesor no deja de ser una autoridad, pero parece que los resultados distan mucho de ser los de la educación más tradicional.
Otro método innovador en la educación para la filosofía es el de las clases basadas en debates. En este tipo de clases los alumnos se sientan, a poder ser en círculo para poder mantener conversaciones con el resto de compañeros, y reflexionan sobre algún tema de filosofía. Hay un constante intercambio de opiniones y defensa de las mismas, eso sí, siempre con un moderador que sirva de guía para asegurarse de que el diálogo no se salga del tema en cuestión. Normalmente en estas clases se da una lectura previa, ordenada por el profesor que, en este caso, tampoco deja de ser una autoridad, y durante el debate se intenta hablar de los temas más fundamentales de dicha lectura. El profesor se asegura de que se saquen todos los temas principales, los conceptos clave y de que se comprendan. El verdadero objetivo de este método es que los alumnos lleguen por sí mismos a las conclusiones que se exponen en la lectura, siempre con un mediador que, habitualmente suele ser el profesor. Es un método enriquecedor, ya que no sólo hace que los alumnos aprendan la materia sino que además les invita a reflexionar e intercambiar opiniones, poniéndoles en el aprieto de tener que defenderlas en la medida de lo posible, o aprender a renunciar a ellas en caso de estar equivocados. Así, los alumnos llegan por sí mismos a, y por tanto se apropian de, las ideas más fundamentales sobre la lectura, ya que como bien diría Dewey en su libro Democracia y Educación:
"[...] ningún pensamiento, ninguna idea, pueden ser transmitidos como idea de una persona a otra"[...] "Sólo esforzándose de primera mano con las condiciones del problema, buscando y encontrando su propia solución, esa persona logrará pensar"
Es aquí donde entramos en materia, ya que Don Finkel en su libro "Dar clase con la boca cerrada" también da importancia a esta reflexión de Dewey y trata de exponer un método más innovador para la enseñanza de la filosofía. Como bien podemos deducir del título, el propósito de Finkel es crear un sistema de clases basado, casi en su totalidad, en los propios alumnos, apartando al profesor que debe mantenerse en silencio a lo largo de toda la clase. En los dos métodos anteriormente expuestos, podemos ver que la figura del profesor es una figura de autoridad, y parece que para Finkel esto es un problema en el
sentido de que limita las posibles conclusiones a las que los alumnos serían capaces de llegar en caso de apartar esa autoridad a un silencio absoluto.
Las clases de filosofía en el aula según Finkel se llevarían a cabo de la siguiente manera: El profesor sugiere una lectura para un seminario. Los alumnos, llegado el día del seminario, se sientan en círculo, y aunque el profesor está presente, se mantiene en silencio en todo momento. Los alumnos comienzan a comentar la lectura sugerida y, después de haber destacado las ideas principales y los conceptos clave del texto, comienzan a reflexionar sobre ellas e intercambian opiniones. Pese a que el profesor esté presente en el aula, sólo se preocupa de que se esté llevando a cabo la tarea de reflexionar sobre la lectura, pero en ningún momento interviene para juzgar ninguna reflexión o intervención de otro alumno, simplemente se dedica a escuchar, y algo mucho más importante, también aprende con ellos. Así, los alumnos no sienten la presión de una autoridad que les marque el camino reflexivo a seguir sino que simplemente dan rienda suelta a sus opiniones y reflexiones.
Las ventajas de este método son bastante evidentes; los alumnos no aprenden las ideas que el profesor pretende enseñar, sino que aprenden sus propias ideas, y al compararlas con las del resto de compañeros, ponen a prueba su veracidad o su fiabilidad y pueden decidir seguir sosteniéndolas o renunciar a ellas. Es muy importante destacar que no hay un moderador o guía ( ni siquiera el profesor) ya que así se puede llevar el tema hasta sus últimas consecuencias. Pese a que algún alumno saque algún tema que se desvía del problema principal de la discusión, en general se suele volver al cauce, y si no, surgen ideas nuevas y frescas que quizás antes no se hayan valorado y tengan tanta importancia como las que el profesor en primera instancia pretendiera exponer. He aquí la importancia de este tipo de discusión libre, una discusión sobre un tema de filosofía sin alguien que extralimite las ideas potenciales de los alumnos, de los cuales hasta los profesores mismos pueden y deben aprender.
Es importante comprender que la idea imperante en el método de Finkel, es la idea de Dewey, según la cual no podemos aprender una idea de otro, sino que debemos llegar por nosotros mismos, enfrentándonos nosotros mismos al problema. No se aprende si no es mediante la reflexión propia sobre un problema, sólo así se llega a comprender el problema y la posible solución. La filosofía en concreto no es más que un corpus de esas reflexiones,
reflexiones que otros han hecho sobre los mismos problemas de siempre. Es necesario contemplar esas ideas, pero también poner en marcha nuestro propio mecanismo reflexivo para formar ideas propias y desarrollar el pensamiento crítico.
Como alumno, yo mismo he podido experimentar tanto las clases magistrales al estilo más tradicional como las clases con "la boca cerrada". En las clases magistrales siempre he tenido la sensación de ser un alumno "X" más. A menudo se convierten en monólogos tediosos del profesor acerca de temas que quizás no sean los más interesantes sobre una materia. En las clases de Finkel, sin embargo, se puede hablar prácticamente de todo. No es necesario ni presupuesto un conocimiento previo sobre el tema a discutir, sólo la simple lectura del texto y la posterior reflexión sobre él. Pero lo que problablemente sea más destacable del método de Finkel es que en el aula se está llevando a cabo la tarea filosófica por excelencia; la tarea de conversar y reflexionar. Esa es probablemente la principal actividad filosófica que en las clases magistrales nunca se da. El diálogo platónico es la base de la filosofía hasta nuestro tiempo, el hecho de conversar y contrastar opiniones para comprender mejor algo y formarnos una idea propia del mundo y desarrollar un arma valiosísima: El pensamiento crítico, el criterio.
Como hemos podido ver hasta ahora, se ha dado un gran salto desde las clases magistrales hasta este nuevo método que sin duda, debería ser aplicado en las aulas para enseñar filosofía y sobre todo para practicarla. Siempre es necesario en las clases un profesor que proponga un temario y una serie de lecturas para el aprendizaje de esta, pero no parece que sea tan relevante la necesidad de tener una figura autoritaria en el aula. Por lo visto y experimentado, las clases de filosofía con el método de Finkel funcionan, hacen que los alumnos aprendan a reflexionar y a hablar, a compartir opiniones y a contrastar ideas, una forma mucho mejor de aprender y de que se forme un aprendizaje significativo. Las clases magistrales y la pasividad del alumnado deberían dejarse atrás frente a una manera activa de enseñar filosofía y de hacerla, puesto que es la única forma de comprender el verdadero valor de esta.
Desde mi punto de vista, los resultados de dar clase con "la boca cerrada" distan mucho de ser los de las clases magistrales, donde el alumno tenía más facilidad para distraerse y no se le involucraba en el ejercicio de la materia. Aquí prácticamente se siente
en la obligación de participar, y al hacer de la materia una especie de tertulia amistosa, la motivación del estudiante por la filosofía está más que garantizada. De esta manera aprenderá a "usar la cabeza" en beneficio propio y ajeno, y sabrá enfrentarse a situaciones de su vida cotidiana con más entereza y juicio.