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Panigua, Javier - La Europa Revolucionaria 1789-1848

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(1)

La Europa

Revolucionaria

b

(17891848)

Javier Paniagua

(2)

&

E

ntre 1789 y 1848 Europa se transfor­

ma. La Revolución Francesa y los proce­

sos posteriores - e l Imperio Napoleónico,

la Restauración y los ciclos revolucionarios

de 1 8 2 0 ,1 8 3 0 y 1 8 4 8 - , acompañados de

profundos cambios económicos y sociales,

configuran la sociedad europea basada en

los principios liberales, impulsores de la

proclamación de constituciones. El Roman­

ticismo, el surgimiento de los movimientos

nacionalistas y el inicio de las ideas socia­

listas son algunos de los factores que esta­

blecen los fundamentos del mundo con­

temporáneo, que intenta superar la estruc­

tura feudal del Antiguo Régimen propug­

nando la igualdad, la libertad y la fraterni­

dad de todos los ciudadanos.

JAVIER PANIAGUA, profesor e investigador de

Historia Social, ha sido Jefe de Formación

del Profesorado del ICE de la Universidad

de Valencia, Director General de Enseñan­

za de la Generalitat Valenciana y Director

del centro de la UNED de Alcira (Valencia).

Es autor de numerosos trabajos sobre el

movimiento obrero español.

I i i ISBN 84-207-3442-X 9 7 8 8 4 2 0 7 3 4 4 2 2 15 4 4 0 4 4

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Colección: Biblioteca Básica Serie: Historia

Diseño: Narcís Fernández Maquetación: Pablo Rico

Ayudante de edición: Estrella Molina y Olga Escobar

Coordinación científica: Joaquim Prats i Cuevas (Catedrático de Instituto y Profesor de Historia de la Universidad de Barcelona)

Coordinación editorial: Juan Diego Pérez González Enrique Posse Andrada

Reservados todos los derechos. De conform idad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del C ód igo Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorización.

© del texto, Javier Paniagua, 1989

© de la edición española, Grupo Anaya, S. A .. 1989 Telém aco, 43. 28027 Madrid

Primera edición, septiembre 1989 Segunda edición, corregida, julio 1992 I.S .B .N .: 84-207-3442-X

Depósito legal: M -18.639-1992

Impreso por O R Y M U , S. A . C/ Ruiz de Alda, 1 Polígono de la Estación. Pinto (Madrid)

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Contenido

D e súbdito a ciudadan o, de pueblo

a nación

4

1

La Revolución francesa:

el nacimiento de una nueva era

6

2

El Congreso de Viena:

intento de restauración

del viejo orden

28

3

El mundo de las ideas:

del liberalismo al socialismo

34

4

El ciclo revolucionario:

1820-1830

54

5

El ciclo revolucionario:

1848, «añ o de las revoluciones

democráticas»

80

Datos para una historia

90

G losario

92

Indice alfabético

94

(5)

Los h isto ria d o re s han discutido las causas y las conse­ cuencias de la R e­ volución Francesa. Entre las explica­ ciones destacan la difusión de las ideas de la Ilustración, la crisis económica de aquellos años, la in­ capacidad política p ara encauzar las protestas sociales, la m a la g e stió n , etc... Desde los pri­ m eros m om en tos d e lo s a c o n t e c i­ m ie n to s a lg u n o s protagonistas y es­ pectadores señala­ ron que éstos supo­ nían la derrota de la s o c ie d a d fe u d a l, con sus privilegios de clase, y el ascen­ so de los burgueses, t e s i s q u e se h a m a n te n id o h a sta n u e s t r o s d í a s . O tros han cuestio­ nado esta interpre­ tación argumentan­ do que la burguesía y la aristocracia no

4

eran antagónicas.

De súbdito a ciudadano, de pueblo a nación

Un viajero que recorriera los polvorientos caminos euro­ peos unos meses antes de julio de 1789 no observaría nada especialmente significativo. Los tres estamentos feudales — clérigos, nobles y ciudadanos— mantenían su situación. Los monarcas absolutos, influidos por el despotismo ilustrado, impulsaron el crecimiento econ ó­ mico de sus pueblos y acrecentaron el poder burocráti­ co del Estado.

Pero una tempestad se avecinaba. El llamado Tercer Estado, amalgama de burgueses, comerciantes, campe­ sinos, artesanos y obreros, rechazaba las condiciones p o ­ líticas que le imponían todo tipo de deberes sin ningún derecho. La oportunidad de rechazar este esquema so­ cial surgió cuando el rey de Francia, Luis X V I, co n vo ­ có los Estados Generales del Reino, a la manera de sus antecesores. Ello marcaría el comienzo de una nueva era. La Revolución que siguió representa el inicio del mundo contem poráneo y, a la postre, el cambio de la humanidad entera: de súbditos, los hombres y mujeres pasaron a ser ciudadanos.

Muchos sucesos acontecieron desde el 14 de julio de 1789. El proceso no fue uniforme, y aquella fraterni­ dad proclamada por la Revolución no se convirtió en un abrazo permanente de Repúblicas hermanas. La pro­ pia Revolución pasó por períodos contradictorios, y uno de sus generales — Bonaparte — , proclamándose em ­ perador a la manera de los antiguos romanos, extendió su poder por toda Europa. Los europeos, al tiempo que luchaban contra el ejército napoleónico, despertaban su propia conciencia nacionalista y proclamaban constitu­ ciones basadas en la D e c la r a c ió n U n iv e r s a l d e lo s D e ­

r e c h o s d e l H o m b r e .

Después de W aterloo muchos reyes y nobles pensa­ ron que todo había sido un mal sueño; en 1815 inten­ taron volver a los viejos tiempos, pero ya nada era igual. Las nuevas ideas y la fuerza de los pujantes naciona­ lismos, tanto de los pueblos oprimidos com o de los di­ vididos en pequeños Estados, no podían ser conteni­ das. Las revoluciones de 1820, 1830 y 1848 consoli­ daron el triunfo de la burguesía, la ideología liberal y el pensamiento científico, al tiempo que la industrialización se abría camino desde Inglaterra, país que no necesitó

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d e l tr a u m a r e v o lu c io n a r io p a r a a fr o n t a r las r e f o r m a s f líticas a d e c u a d a s a lo s n u e v o s t ie m p o s , q u e in t r o d u r o n e n e l v o c a b u la r io d e lo s p u e b lo s t é r m in o s ta le s m o « f á b r ic a » , « f e r r o c a r r il», « s o c i o l o g í a » , «n a c io n a lis m « s o c i a l i s m o » , « h u e l g a » . . . D e s d e e n t o n c e s , n u e v a s fu z a s s o c ia le s — lo s t r a b a ja d o r e s in d u s t r ia le s — lu c h a r t a m b ié n p o r m a n ife s t a r su p r e s e n c ia . 50-je .

D e súbditos

'o -

a ciudadanos

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(7)

Los Sans-culottes, llam ados así por el pantalón que utili­ zaban, en sustitu­ c ió n d e l c a lz ó n , iban con gorro rojo, sable y pica. Prota­ gonizaron m a s c a ­ radas, motines e in­ surrecciones por las 6 calles de París.

La Revolución francesa:

el nacimiento de una nueva era

El 14 de julio de 1789, a media tarde, el pueblo de Pa­ rís se lanzó jubiloso a la calle y se extendió por doquier una gran noticia: «L a Bastilla ha sido tom ada». La ca­ beza del gobernador de la fortaleza era paseada com o trofeo del triunfo sobre aquella prisión del Estado, sím­ bolo del despotismo y la represión del poder real. En aquellos momentos sólo había en ella siete reclusos: un joven aristócrata pendenciero, dos locos y cuatro falsi­ ficadores. La guarnición la formaban 82 excombatien­ tes y 32 soldados suizos y, pese a disponer de cañones, no tenían suficientes provisiones para resistir un asedio. Los asaltantes eran una amalgama de carpinteros, eba­ nistas, cerrajeros, zapateros, tenderos, comerciantes y asalariados cuyas edades oscilaban entre más de seten­ ta y dos y menos de diez años.

Aquel acontecimiento fijó el inicio de una nueva era, y al mismo tiempo, el comienzo del fin del Antiguo R é ­ gimen, basado en el poder de un monarca absoluto y que sólo concedía todos los derechos a las 350.000 per­ sonas que componían la nobleza en Francia. Existían, sin duda, grandes diferencias entre ellos: unos pocos re­ sidían en la Corte de Versalles, donde llevaban una vi­ da de extraordinario lujo, mientras que la mayoría vivía en las distintas provincias francesas a costa de los dere­ chos feudales que pagaban los campesinos.

El clero, al que pertenecían unas 120.000 personas, también basaba su poder en el dominio de la tierra, de la que recibían un impuesto especial: el diezmo. Su com ­ posición era muy desigual: obispos, abades y canóni­ gos procedían de la nobleza, mientras que párrocos y vicarios, integrantes del bajo clero, a duras penas sub­ sistían con sus escasas rentas.

El resto de los ciudadanos, más de 25 millones, for­ maban el llamado Tercer Estado: burgueses, obreros, artesanos y campesinos. La burguesía había consegui­ do acumular riquezas mediante el comercio, la banca o una industria todavía de carácter artesanal. Tenía plena conciencia de su dinamismo económ ico y de su escasa representación política. En cambio, los artesanos y obre­ ros aún carecían de independencia, tanto ideológica

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co-mo política, y apoyaban los co-movimientos burgueses. Las malas cosechas y el consiguiente encarecimiento del trigo les ocasionaban dificultades para obtener su principal ali­ mento, el pan, y ello les llevaba a salir a la calle y pro­ nunciarse contra una monarquía a la que consideraban corrupta. En efecto, todos los testimonios coinciden en que ni el rey de Francia, Luis X VI, de aspecto rechon­ cho y bonachón, ni su esposa. María Antonieta, des­ pertaban el entusiasmo de las clases populares.

Los gobiernos de Luis X V I no habían podido atajar la bancarrota de la Hacienda del Estado, a pesar de los esfuerzos del ministro Necker, y echaban mano de nue­ vos impuestos, con la subsiguiente protesta de las pro­ vincias. Precisamente, la quiebra financiera fue lo que obligó a convocar, el 8 de agosto de 1788, los Estados Generales de Francia, que no se reunían desde 1614.

El fin del Antiguo Régimen

El 14 de julio de 1789 el pueblo de París asaltó la ve­ tusta fortaleza de La Bastilla, inicián­ dose el proceso re­ v o lu c io n a rio que conducirá al fin del Antiguo Régimen.

(9)

C om ienza la

R evolución

El Tercer Estado era un conglom era­ do poco h om ogé­ n e o : b u r g u e s e s , obreros y cam pesi­ nos. T odos tenían algo en común: h a ­ bía que aca bar con el sistema feudal. Para unos, la lucha era un medio para salir de la miseria, para otros, era un m odo de hacerse con el poder.

Una Asamblea Constituyente en un París tumultuoso Los representantes, elegidos a razón de cuatro diputa­ dos por cada una de las 300 jurisdicciones — uno por la nobleza, otro por el clero y dos por el Tercer Estado — , llegaron a París con sus cuadernos de quejas bajo el bra­ zo («L es cahiers de doléa n ces»); en ellos se reflejaba el malestar de los pueblos y ciudades, insistiendo en la si­ tuación de los bienes comunales, los impuestos, la jus­ ticia o las cargas de los derechos señoriales.

Las sesiones fueron inauguradas el 5 de mayo de 1789 por el monarca, en el palacio de Versalies. Luis X V I y sus colaboradores pretendieron que los Es­ tados Generales funcionaran a la vieja usanza, con los tres estamentos (nobleza, clero y burguesía) separados, pero el Tercer Estado, que representaba el 96 por 100 de la población de Francia, deseaba una reunión con­ junta, e intentó en vano que acudieran a ella la nobleza

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y el clero. El 17 de junio se constituyeron en Asamblea Nacional. El rey les impidió el acceso a la sala de deba­ tes. y por tal causa hubieron de reunirse en una gran sala, el J e u d e P a u m e — Juego de Pelota— ; el 20 de junio juraron no separarse hasta elaborar una Constitu­ ción. Mientras, la camarilla de la Corte, aferrada a la tradición, forzó la destitución del ministro Necker, que intentaba llegar a un acuerdo con los asambleístas, y con­ centró tropas en Versalles. La Revolución había c o ­ menzado.

Impulsados por el hambre y las privaciones, tras pa­ decer dos años de malas cosechas, los ciudadanos de París, conocedores de estas intenciones, buscaron ar­ mas en la noche del 12 al 13 de julio. Hallaron unos 30.000 fusiles en el Hotel des Invalides, que utilizaron para asaltar la Bastilla. En el Ayuntamiento de París, un Comité Permanente improvisó una milicia, que consti­ tuyó el inicio de la Guardia Nacional, mandada por el general La Fayette.

Al monarca no le quedó más remedio que aceptar los hechos y volvió a utilizar los servicios de Necker. En­ tre tanto, cada uno de los 60 distritos de la capital eligió a dos representantes, form ando una Asamblea

perma-C om ienza la

Revolución

El abate Sieyés pu­ b l i c ó un f o l le t o «¿Qué es el Tercer Estado?» en el que se pedía una repre­ sentación contraria a la de los estamen­ tos del Antiguo R é­ gimen. La Revolu­ ción Francesa creó las elecciones polí­ ticas contem porá­ neas, basad as en el voto personal y se­ creto de aquellos ciudadanos que te­ nían derecho al su­ fragio.

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Los D erechos

del H om bre

El espíritu de esta caricatura. L o s tres e sta d o s fo r ja n una nueva c o n stitu ció n ,

pronto se reveló in­ viable ante las pro­ fundas diferencias que separaban al pueblo de sus cla­ ses dirigentes.

nente de la Comuna de París. El hecho se propagó por toda Francia, y las administraciones provinciales fueron ocupadas por los nuevos dirigentes burgueses. También los campesinos, que constituían el 85 por 100 de la p o ­ blación, aprovecharon las circunstancias para manifes­ tarse y reclamar la abolición de los derechos señoriales y otros tributos. Muchos aristócratas fueron sitiados en sus mansiones, y se quemaron los archivos señoriales para destruir los documentos justificativos de aquellas cargas. En la noche del 3 al 4 de agosto de 1789 los nobles y el clero, presionados por los acontecimientos, renunciaron a sus privilegios: diezmos, derechos de ca­ za, exenciones fiscales y derechos señoriales. El 26 de agosto los diputados de la Asamblea aprobaron por v o ­ tación la D e c la r a c ió n d e lo s D e r e c h o s d e l H o m b r e y d e l

C iu d a d a n o , símbolo de los nuevos tiempos y acta de

defunción del Antiguo Régimen. Allí se establecía la igualdad y la libertad de los hombres, el derecho invio­ lable y sagrado de la propiedad, la separación de p o d e­ res y la soberanía popular, en una línea semejante a la que se había promulgado en 1776 en los Estados Uni­ dos con ocasión de su independencia.

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Un rey acorralado

La presión popular obligó a Luis X V I a sancionar las re­ soluciones de la Asamblea, al tiempo que muchos pari­ sinos asaltaban el palacio de Versalles. La familia real se instaló en el de las Tullerías en París, próximo al lu­ gar donde realizaba sus trabajos la Asamblea, que du­ rante 1790 y 1791 intentaba consolidar un régimen de monarquía constitucional.

Pero el monarca no aceptaba fácilmente el recorte de su poder absoluto y conspiraba enviando emisarios a otros reyes europeos para que acudieran en su ayuda, y él mismo optó por huir al extranjero, a fin de ponerse al frente de un ejército contrarrevolucionario. En plena huida, el mesonero Drouet, de Sainte-Menehould, le reconoció al darle el monarca una moneda con su efi­ gie. La familia real fue apresada en Varennes, a cinco leguas de París, el 22 de junio de 1790, pero se consi­ deró que el rey había sido secuestrado y que no era res­ ponsable, a pesar de que había firmado un manifiesto crítico contra la Asamblea el 20 de junio.

El 13 de septiembre de 1791 se votó la Constitución, la primera de Europa que se había redactado teniendo com o referencia la D e c la r a c ió n d e D e r e c h o s . Sin em ­ bargo, sus preceptos eran bastante moderados: un sis­ tema de elección restringida, que sólo permitía votar a los varones mayores de veinticinco años que pagaran una contribución directa equivalente a tres jornadas de

La huida

del rey

Con trajes de bue­ nos burgueses, Luis XVI, M aría Anto- nieta y sus hijos hu­ yeron de París el 21 de junio de 1791, p ara reunirse en Metz con el ejército contrarrevoluciona­ rio, comandado por Bouillé. Reconoci­ dos, tuvieron que regresar a las Tulle- ría s fla n q u e a d o s por la G uardia N a ­ cional y en medio de un gran silencio del pueblo, tal c o ­ mo se había orde- n a d o : « E l q u e aplauda al rey será ap alead o, el que le silbe, ah orcad o.» 11

(13)

La

Constitución

trabajo. Se establecía la inviolabilidad del soberano con la divisa de «rey de los franceses por la gracia de Dios y de la ley constitucional del Estado». Era, por tanto, máximo representante de la nación y jefe del Ejército, aunque correspondía a la Asamblea declarar la guerra y firmar la paz. Con su rúbrica, el rey debía sancionar las leyes emanadas de aquélla, pero tenía cierta capa­ cidad de veto por un tiempo máximo de cuatro años. Gobernaba con los ministros y nombraba a los altos fun­ cionarios. Los jueces gozaban de independencia respec­ to de los demás poderes para ejercer su función.

Francia fue dividida en 83 departamentos, subdividi­ dos a su vez en distritos, cantones y municipios, con un Consejo General de 36 miembros, elegidos por cuatro años, y un procurador que representaba a la monarquía. París formaba una unidad propia, con 48 secciones, cu­ yos representantes constituían el Consejo General de la Comuna de París.

Los antiguos impuestos fueron sustituidos por contri­ buciones directas de carácter territorial y personal. Sólo se mantuvieron algunos impuestos indirectos sobre el Correo, Timbre o lotería. Quedaron suprimidas igual­ mente las tasas interiores y de peaje, que dificultaban la libre circulación de las mercancías, y un decreto so­ bre la libertad de cultivo permitió las cosechas de nue­ vos productos.

Los bienes del clero se pusieron a la venta, com o re­ curso de urgencia para solucionar la crisis financiera,

12

La m ayoría del cle­ ro y los aristócratas formaron el bando de los contrarrevo­ lucionarios, debido a la supresión de sus bienes por p ar­ te del nuevo siste­ ma político. El con­ flicto de clases sur­ gía en paralelo al conflicto político.

m

m

(14)

agravada ante la imposibilidad de recaudar los nuevos impuestos: el catastro de las tierras no estaba hecho y los municipios tendían a autoabastecerse. Sin embargo, la aprobación en la Asamblea Nacional de la Constitu­ ción Civil del Clero dio lugar a múltiples tensiones. Las circunscripciones eclesiásticas tenían que adaptarse a la nueva división administrativa y adecuarse al signo de los tiempos, y por ello párrocos y obispos debían ser ele­ gidos en asambleas. Luis X VI, tras muchas dudas, rati­ ficó la ley el 24 de agosto de 1790, pero los eclesiásti­ cos se dividieron en ju r a m e n t a d o s — partidarios de la Constitución— y r e fr a c ta r io s — contrarios a ella— . El pa­ pa Pío V I condenó esta ley en marzo de 1791, dejando al rey en una difícil situación.

En resumen: las necesidades de libertad de los nue­ vos intereses económ icos burgueses requerían una le­ gislación adecuada y unos cauces políticos propios, don­ de las proclamas de libertad no alcanzaban todavía el derecho de huelga y de asociación, prohibidos por la ley Chapelier, de junio de 1791.

El monarca, a pesar de todo, juró la Constitución, y la Asamblea Constituyente se disolvió con el grito de «¡Viva el rey!».

Constitución

Ante la resistencia de los estamentos privilegiados a ser relegados a la con­ dición de «ciudada­ nos», la represión llenó las cárceles de sospechosos de «re­ fractarios» a la R e­ volución.

(15)

14

La N ación

Soberana

La G uardia N a c io ­ nal, creada por la Asam blea Constitu­ yente, se convirtió en la alternativa al ejército del Antiguo Régimen, y sostén de los principios re­ v o lu c io n a rio s . El m arqués de La Fa- yette (1757-1834) fue su primer jefe. Sobre estas líneas, v o lu n t a r io de la G uardia N acional.

El rey muere ajusticiado

en nombre de la nación francesa

Un año después de aquel 14 de julio los miembros de la Asamblea, junto a los representantes de los Departa­ mentos, celebraron en el Cam po de Marte de París el aniversario de la toma de la Bastilla. Allí, La Fayette juró, en nombre de la Guardia Nacional, fidelidad a la Nación Soberana, y lo mismo hizo Luis X V I. Francia había dejado de ser patrimonio de un monarca para for­ mar parte de una entidad colectiva, cuyos habitantes d e­ jaban de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. La Nación, com o fuerza integradora y política, sería a partir de entonces un elemento de reivindicación popular en Europa y en el mundo.

Las tropas francesas, que luchaban contra las monar­ quías europeas contrarias a la Revolución, lo hacían en nombre de una patria en peligro, y pese a la desorgani­ zación de! ejército, privado de muchos oficiales, los v o ­ luntarios suplieron las múltiples deficiencias con entu­ siasmo, conscientes de su papel de defensores de una Francia que proclama «la libertad, la igualdad y la fra­ ternidad» de sus ciudadanos.

Suprimido el poder absoluto del rey y los privilegios de los nobles y el clero, la nueva Asamblea comenzó a funcionar en octubre de 1791. con sus 745 diputados electos. Pero la unidad de la Nación no se demostraba ya por la fidelidad política; distintas alternativas ideoló­ gicas empezaban a circular entre los representantes del pueblo. Los partidarios de cada tendencia se agrupa­ ban en c lu b s , según la afinidad de sus miembros: esta­ ban naciendo los partidos com o cauce de las opiniones y expectativas de los ciudadanos; los términos iz q u ie r ­

d a y d e r e c h a comenzaron a adquirir su significado.

Los grupos más importantes eran los girondinos y los jacobinos. Los primeros, llamados así por proceder de la región de la Gironda, al sur del país, representaban a la pequeña burguesía ilustrada, partidaria de la des­ centralización política y administrativa y de extender los principios revolucionarios por el mundo. Tenían en Brissot, en el matrimonio Roland y en Vergniaud a sus principales líderes. A su izquierda, los jacobinos, o m on­ tañeses (así denominados por sentarse en la parte más alta de la A sam blea), eran una mezcolanza de grupos

(16)

B atalla de Jemap- pes entre el ejército francés y las fuerzas imperiales austría­ cas. Las victorias revolucionarias em ­ pezaron a multipli­ carse después del inesperado éxito de Valm y, en 1792. •ocíales diversos; entre los más conocidos estaban Ro-

bespierre, Marat, Danton y Saint-Just, que cubrían des­ de las posiciones más moderadas a las más radicales, defendidas éstas, en parte, por los c o r d e lie r s , donde se

iqrupaban muchos artesanos y obreros.

Fuera de estos círculos, y sin representación política, estaban los partidarios de volver al viejo orden, princi­ palmente los e m ig r a d o s , nobles en su mayoría, que huían al extranjero y desde allí conspiraban para resta­ blecer la monarquía absoluta, com o el conde de Artois, hermano de Luis X VI. Sus bienes fueron confiscados. Si se les detenía, eran condenados a morir en la guillo- lina. En algunos casos contaron con el apoyo del cam ­ pesinado, com o ocurrió en marzo de 1793, en los d e­ partamentos de la V en dée, sublevados contra el inten­ to de reclutar soldados para defender las fronteras. P e ­ ro en el fondo de estas revueltas estaba la política de reparto de las tierras comunales, que perjudicaba a los campesinos pobres, incapaces de adquirir ningún lote.

La N ación

Soberana

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La fuerza radical la constituían los s a n s - c u lo tte s (los «sin calzones»), amalgama de los sectores más humil­ des de la sociedad: artesanos, tenderos, obreros, mar­ ginados de las grandes ciudades, quienes con frecuen­ cia se identificaban con los discursos de Marat.

En esta situación, la guerra contra el exterior y la R e ­ volución estuvieron estrechamente ligadas. La nación se identificó con los revolucionarios. Las clases popu ­ lares veían al rey cada vez más vinculado a los em igra­ dos, y al Antiguo Régimen. De ahí que cuando el duque de Brunswik, general de los ejércitos contrarre­ volucionarios. emitió un manifiesto amenazador para to­ dos aquellos que osaran vituperar la persona del m o­ narca, el ánimo de los parisienses se encrespó, mien­ tras voluntarios de otras ciudades acudían a la capital para defender a la patria. En aquellas circunstancias los marselleses hicieron popular la C a n c ió n d e l E jé r c it o d e l

R h in (conocida después com o L a M a r s e lle s a ) , que com ­

pusiera un ingeniero, Rouget de Lille, expresión del sen­ timiento nacionalista y adoptada com o himno de la R e ­ pública francesa.

En m arzo de 1973 estalla una de las i n s u r r e c c i o n e s c a m p e s in a s m ás sangrientas contra la Convención, la Vendée, en protesta por las levas forzo­ s a s , d irig id a por monárquicos y esti­ m ulada por el clero católico.

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El 10 de agosto de 1792 el pueblo de París asaltó el palacio de las Tullerías y constituyó la Comuna, un g o ­ bierno revolucionario paralelo controlado por los jaco­ binos, que presionó a la Asamblea para que tomara me­ didas contra los sospechosos de boicotear la Revolución. Miles de detenidos fueron ajusticiados en la guillotina, acusados de connivencia con los ejércitos contrarrevo­ lucionarios. La Asamblea suspendió las funciones del rey y lo destituyó. Fueron convocadas nuevas eleccio­ nes por sufragio universal y nació la Convención N a ­ cional, a imitación de la norteamericana. Girondinos y jacobinos mantenían un equilibrio de fuerzas.

La victoria de Valmy sobre los prusianos el 20 de sep­ tiembre de 1792 el mismo día en que se inauguró la Convención, dio fuerza a los revolucionarios para abo­ lir la monarquía, proclamar la república e iniciar el pro­ ceso contra el «ciudadano C apeto». Luis X V I. com o sa­ boteador de la Revolución. El 21 de enero de 1793 su cabeza caía en la guillotina, y meses más tarde, el 16 de octubre, su esposa, María Antonieta. sufrió la mis­ ma suerte. La ejecución del rey provocó enfrentamien­ tos entre girondinos y jacobinos.

El rey

en la guillotina

El médico francés J o s é G u i l l o t i n (1738-1814), funda­ dor de la Academ ia de Medicina, pro­ puso a la A sam blea Legislativa el ins­ trumento que lleva su nom bre a fin de disminuir los sufri­ mientos de los con­ denados a muerte, decapitados hasta entonces mediante un hacha o m ando­ ble. Los primeros ensayos se hacen en 1792 en cad áve­ res de animales.

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El Terror

Desde el Terror al Directorio

La situación se deterioraba día a día: una gran coalición de potencias europeas contra Francia amenazaba la es­ tabilidad política; las masas populares exigían la reduc­ ción de precios de los productos de primera necesidad; entre los voluntarios del ejército se produjeron actos de indisciplina (Dumouriez. el general victorioso en Valmy, se volvió contra el gobierno para restablecer la m o­ narquía, después de ser derrotado en Bélgica en marzo de 1973); las provincias reclamaban mayor autonomía y los campesinos de la región de la V en d ée se

suble-18

El ciudadano Ro- bespierre fue el re­ presentante más ra­ dical del partido j a ­ cobino, que llegó al poder a finales de 1792. S u gobierno fu e d e n o m i n a d o con justicia del «te­ rror», y la devasta­ dora cuchilla de la guillotina ap enas tuvo reposo duran­ te este período.

varón .

En tales circunstancias, con una Francia asediada y con dificultades para encontrar los alimentos indis­ pensables. el ciudadano Robespierre (denom inado e l

in c o r r u p t ib le ) , uno de los líderes jacobinos, encauzó

la situación a través del Com ité de Salvación Pública, que, junto al Comité de Seguridad General, constituían el verdadero gobierno de Francia. Es el período con o­ cido com o «el Terror» a causa de los numerosos ajusti­ ciamientos en la guillotina. Robespierre se desembara­ zó de izquierdistas, com o Hébert y Roux, líderes de los

e n r a g é s o exaltados, que exigían el derecho al trabajo,

instrucción gratuita y pensiones para los ancianos. De la misma manera, se eliminó a los partidarios m o ­ derados de Danton y a los girondinos, acusados de traidores.

Revolucionarios com o Maximiliano Robespierre inten­ taron que sus ideales no se concretaran sólo en un cam ­ bio político, y abarcaron otros muchos aspectos de la vida, creyendo así iniciar una nueva etapa de la histo­ ria. Tras abolir la monarquía, establecieron que el año I. primero de la República, debía comenzar el 22 de septiembre de 1792, y los meses cambiaron de nom ­ bre; Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvio­ so, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Messidor, Ther- midor y Fructidor. La religión fue racionalizada con el culto al Ser Supremo; Robespierre era partidario de la educación libre, al estilo de Rousseau, y creía en la exis­ tencia del alma y en Dios. Un decreto del 18 de Floreal proclamaba la fiesta del Ser Suprem o y de la Naturale­ za, y cuando aquel puritano, convencido de su papel de salvador de la patria, fue elegido presidente de la

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Convención, acudió al acto con un ramo de flores y de espigas en sus manos.

La guerra y la falta de alimentos constituyeron los pro­ blemas principales del gobierno revolucionario. Había que controlar la producción de grano y equipar a los soldados. Un millón de hombres fueron movilizados para formar un ejército popular, cuyos miembros elegían a sus jefes, y en el que la disciplina era elogiada com o un principio básico. «Am ad la disciplina, que hace vencer», decía Saint-Just. La Convención, para mantener el orden, decretó la pena de muerte contra ladrones y desertores.

H am bre

y guerra

El funcionamiento continuo de la gui­ llo tin a d efin ió el modelo político del p eríod o con ocid o com o «el Terror».

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La nueva

Constitución

En el plano político, el equilibrio de fuer­ zas representado en esta caricatura se inclinó claramente, durante el mandato jacobino, a favor de los elementos popu­ lares representados p o r lo s s a n s - c u - lo tte s.

Ai mismo tiempo, los revolucionarios quisieron satis­ facer las reivindicaciones de los campesinos: los dere­ chos feudales quedaron suprimidos en su totalidad, sin ningún tipo de indemnización, y muchas tierras de los nobles emigrados fueron parceladas y repartidas entre los agricultores.

S e elaboró una nueva Constitución, que fue votada el 24 de junio de 1793; su declaración de derechos era más avanzada que la de 1789. La Asamblea habría de ser elegida por sufragio directo, y el Consejo Ejecutivo — lo que llamaríamos gobierno— era designado por aquélla. La educación pasó a considerarse com o un d e ­ recho de todos los ciudadanos, y se aceptó el reconoci­ miento de la asistencia a los pobres. Un plebiscito p o ­ pular la aprobó el 10 de agosto, aniversario de la caída de la monarquía. Sin embargo, su aplicación quedó aplazada, depositada en el a r c a santa, hasta estar la R e ­ volución a salvo y lograrse la paz.

A los catorce meses de la llegada de los jacobinos al poder, Francia había conseguido desembarazarse de sus principales problemas y reforzar su nacionalismo p opu ­ lar: rechazadas las invasiones extranjeras, el ejército pasó a la ofensiva y ocupó Bélgica. Aquella alianza de las cla­ ses medias y los s a n s - c u lo tte s funcionó a la perfección durante un año y sentó las bases de un Estado centrali­ zado y democrático.

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Pero finalmente, una coalición de diputados m o d e­ rados y radicales, que habían sido marginados y a los que unió el m iedo a la guillotina, derrotó a Robespierre y a sus seguidores, que fueron detenidos el 9 de Ther- midor y condenados a la pena capital. Parece que las últimas palabras de Robespierre fueron: «L a República está perdida, los bandidos están en el poder». Esta reac­ ción thermidoriana, que propició un período de diez años (1794-1804) de inestabilidad política y social, cul­ minó con la coronación de Napoleón com o emperador.

En 1795, III año de la República, se elaboró una nue­ va Constitución, más moderada, en la que desaparecía el sufragio universal y se hacía una explícita alusión al derecho de propiedad (según el artículo 5 .° , «L a pro­ piedad es el derecho de gozar y disponer de los bienes, de las rentas, del fruto del trabajo y de las industrias») y a un concepto restringido de la igualdad («L a igual­ dad consiste en que la ley sea igual para tod os»). Se

La m uerte de

Robespierre

El mismo procedi­ miento de elim ina­ ción física em plea­ do por los jacobinos fue utilizado contra ellos para desban­ c a r le s del p o d er: Robespierre y otros líderes ja c o b in o s murieron en la gu i­ llotina. 21

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El D irectorio

El ejército francés descansa en Syene (Egipto) durante su cam paña por este país, en la que des­ tacó un joven gen e­ ral que pronto a d ­ quiriría prestigio in­ ternacional: N a p o ­ león Bonaparte.

establecieron dos Cámaras: el Consejo de Ancianos y el Consejo de los Quinientos, renovadas en un tercio cada año. El Directorio ejercía el poder ejecutivo, con cinco miembros nombrados por los Ancianos, y con la obligación de cambiar uno de ellos cada año.

En aquellos años, el poder de los s a n s - c u lo tte s pari­ sienses íue disminuyendo, al tiempo que la escasez de los bienes de primera necesidad incrementaba los pre­ cios. El hambre y la miseria se extendieron por los ba­ rrios de las principales ciudades. Estallaban frecuente­ mente reyertas en las grandes colas que se formaban para comprar el pan, la carne o el carbón. Los nuevos poderes trataban de controlar la situación mediante una policía eficaz, que procuraba desbaratar cualquier nue­ va conspiración. Proliferaron las sublevaciones al grito de «Pan y Constitución de 1793». En 1796, Babeuf pro­ tagonizó la de mayor renombre y trascendencia, la de «L o s Iguales»: querían establecer una sociedad iguali­ taria; el intento llevó a la guillotina a sus principales di­ rigentes. También los realistas y los jacobinos em pren­ dieron conjuras para conquistar el poder, mientras un joven general, Napoleón Bonaparte, cosechaba triun­ fos militares en Italia y en Egipto y asentaba, en cierto m odo, la estabilidad de la República.

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Napoleón, cónsul y emperador

Nacido en Córcega en los tiempos en que la isla había pasado de G énova a Francia, Napoleón había de repre­ sentar a partir de entonces un papel importantísimo en la historia de Europa. Napoleón Bonaparte es el sím­ bolo de muchas cosas y ha sido analizado com o proto­ tipo de la ambición personal para alcanzar el poder. En efecto, aquel hombre de corta estatura y ancho de es­ paldas, a quien el pueblo llamaba «le petit tondu» (el esquilado) por su peculiar peinado, tenía un afán des­ medido por convertirse en el centro del mundo. Se creía destinado a salvar a Francia, a la manera de los em pe­ radores romanos, que imponían su ley a los pueblos bár­ baros. C om o todos en su época, sentía gran admiración por el protagonismo histórico de la antigua Rom a y lo que aquélla supuso para la humanidad: la supremacía sobre la barbarie, que después consiguió prevalecer du­ rante muchos siglos, con la invasión de los pueblos de más allá de las fronteras del Imperio. La Revolución, en cierta medida, volvía a recuperar el sentido racional de las cosas contra la arbitrariedad de los señores feu­ dales y los monarcas autocráticos.

Consideraba necesario un poder fuerte para defen ­ derse de los reyes absolutistas enem igos de Francia, y al mismo tiempo, para encauzar a un pueblo tantos años sometido a normas y formas de poder autoritarios, que

N apoleón

B onaparte

El pintor neoclásico Proudhon im aginó el triunfo de N a p o ­ león com o una vic­ toria de la ideología ilustrada de finales del xviil. El ascenso del general corso a las m ás altas ins­ tancias del poder significaba el triun­ fo de este m o v i­ miento, que debía reconducir el tam ­ baleante rum bo de la Revolución fran­

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N apoleón

Bonaparte

no podía fácilmente asimilar la camaradería que supo­ nía la difusión del nombre de «ciudadano» a todas las personas con uso de razón. Napoleón se coronó a sí mis­ mo em perador y estableció una corte fastuosa, al tiem­ po que sus tropas, bien pertrechadas, iban derrotando a las europeas, pretendiendo liberar a los pueblos por medio de los principios que habían configurado la R e ­ volución Francesa. Paradójicamente, ocupaban después los tronos de países vencidos, com o ocurrió con José Bonaparte en España.

T o d o había comenzado el 18 de Brumario (19 de no­ viembre de 1799), con la desaparición del Directorio, al que resultaba difícil mantener la autoridad del ejecu­ tivo. Una mayoría del Consejo de Ancianos y el de los Quinientos confió el poder a tres «cónsules»: Bonapar­ te, Sieyés y Ducos. Se redactó una nueva Constitución — la del año VIII — . El legislativo quedó muy fracciona­ do con el establecimiento de cuatro asambleas: sus pro­ yectos debían emanar de la iniciativa del primer cónsul, que tenía el auténtico poder ejecutivo, con una dura­ ción de diez años.

La instauración del C onsulado, en no­ viembre de 1799, con N apoleón co­ mo primer cónsul, tan sólo significó un paréntesis en la c a ­ rrera de B onaparte hacia el trono im ­ perial, com o si de un n u e v o C é s a r Augusto se tratara. 24

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El Consulado le sirvió a Napoleón para reforzar sus planes de hacerse con el control del gobierno; duró des­ de enero de 1800 hasta el 18 de mayo de 1804. m o­ mento en el que decidió coronarse emperador. Sólo te­ nía treinta y cinco años y ya se le consideraba un genio de la estrategia militar.

Su pretensión era tranquilizar los ánimos de la socie­ dad francesa, cansada de tantas vicisitudes y convulsio­ nada por la inestabilidad y la debilidad de sus sucesivos gobiernos, tal vez com o reacción frente a lo que supu­ so una monarquía absoluta habituada a la arbitrariedad y a decidir sin contar con ninguna otra instancia. Las Asambleas Legislativas o Convenciones surgidas durante la Revolución pretendían ser la expresión de la volun­ tad popular y habían intentado que los gobiernos actua­ ran según los dictados de aquéllas. Ahora, Napoleón imponía una autoridad que recordaba en muchos as­ pectos a la de los antiguos soberanos. Sin embargo, el em perador respetó numerosas conquistas revoluciona­ rias y elaboró un nuevo C ódigo Civil, que después ins­ piró las nuevas recopilaciones legislativas de derechos y deberes en numerosos países europeos. Igualmente, contribuyó a la creación de la enseñanza pública, ins­ taurando los liceos para la enseñanza secundaria, con­ trolada por el Estado, que serían la base para la

forma-N apoleón

Bonaparte

El pintor Louis D a ­ vid recreó la coro­ nación de Napoleón y Josefina, una ce­ rem onia fastuosa que d aba a B o n a­ parte una aureola de nu e v o C é s a r , con poderes y a m ­ biciones muy simi­ lares a los otorga­ dos a los em pera­ dores rom anos.

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N apoleón

B onaparte

26

Busto de Beetho- ven, el genial músi­ co alem án que h a ­ bía enaltecido en su sinfonía H e ro ic a al e m p e ra d o r B o n a ­ parte, y que luego volvió la espalda a los nuevos signos del imperio y acabó por a p o y a r a los enemigos tradicio­ nales de N apoleón.

ción de una elite que contribuyera al engrandecimiento de la nación.

A l principio, Bonaparte adquirió fama y prestigio por toda Europa. Beethoven. y com o él muchos jóvenes ale­ manes, recibió con agrado a una figura que considera­ ba representativa de los ideales revolucionarios, y le d e ­ dicó una de sus nueve sinfonías, la H e r o ic a , pero, al parecer, le decepcionó que se coronase em perador y tachó la primera dedicatoria, sustituyéndola por « A la memoria de un gran hom bre», todo un símbolo de la trayectoria de aquel imperio.

La guerra, que se extendió más allá de sus fronteras, significaba también, al margen de la gloria, heridos, muertos, campos y ciudades arrasados. Para que el resto del continente respetara a Francia había que derrotar y someter a sus monarquías absolutas y aislar a Inglate­ rra, que mantenía el dominio de los mares e impedía la salida de los productos franceses; el almirante Nel- son había vencido a la flota franco-española en Trafal- gar (1805). En los primeros años parecía que los prin­ cipales planes de Napoleón se cumplían, al conseguir victorias resonantes en Austerlitz (1805), Jena (1806) o Wagran (1809), pero el esfuerzo militar causaba al país innumerables gastos y fuertes pérdidas humanas, cal­ culadas en más de medio millón de muertos. Su poder em pezó a declinar precisamente en España, con la d e ­ rrota de la batalla de Bailén y el hostigamiento de gru­ pos «guerrilleros» — vocablo que adquirió difusión in­ ternacional desde entonces— que no pudieron ser aniquilados. La campaña de Rusia debilitó profunda­ mente al emperador. Sus tropas se vieron acosadas por la nieve, el hambre y las enfermedades. La retirada des­ de Moscú — iniciada el 19 de octubre de 1812— es uno de los episodios más trágicos de la historia contem po­ ránea. De los 650.000 soldados que la iniciaron sólo unos 100.000 sobrevivieron.

En 1813, los principales países europeos (Inglaterra, Prusia. Rusia y Austria) formaron una coalición. Des­ pués de la batalla de Leipzig conocida com o la «batalla de las naciones» por la cantidad de soldados de distin­ tas nacionalidades que intervinieron, los acontecimien­ tos se precipitaron, y aunque su resultado fue incierto, el ejército napoleónico sufrió numerosas bajas. Los alia­

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dos entraron en París el 30 de marzo de 1814: el em ­ perador fue sustituido por un gobierno provisional, pre­ sidido por Talleyrand, en nombre de Luis XVIII. N a p o ­ león abdicó en Fontainebleau, asignándosele la isla de Elba com o residencia, y Francia vio reducidas sus fron­ teras a las que tenía en 1792.

Sin embargo, aún haría Bonaparte otro intento de re­ cuperar el poder. En 1815 escapó de Elba y regresó a París, aclamado por muchos franceses, mientras el rey Borbón huía del país. Napoleón se mantuvo al frente de la nación durante cien días. La derrota infligida a su ejército por las tropas inglesas y prusianas, mandadas por el general británico Wellington, en W aterloo, aca­ bó definitivamente con su carrera. De nuevo, renunció al trono el 22 de junio y partió al destierro de la isla de Santa Elena, donde murió, al parecer envenenado, el 5 de m ayo de 1821.

N apoleón

B onaparte

La victoria de Aus- terlitz fue uno de los m ayores éxitos del triu n fa d o r B o n a ­ parte. Pero las con­ tin uas c a m p a ñ a s militares ocasiona­ ban innum erables pérdidas hum anas: la retirada de Rusia es la otra cara de una m oneda de d o­ lor y gloria. 27

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El Congreso de Viena, intento

de restauración del viejo orden

Las cuatro potencias vencedoras sobre Napoleón (Ru­ sia, Prusia, Austria e Inglaterra), a las que se uniría la nueva Francia, intentaron establecer un acuerdo que condujera al equilibrio de poder en Europa dentro de los principios de legitimidad, es decir, llegaron al con­ vencimiento de que los distintos reinos habían de ser g o ­ bernados por las monarquías tradicionales y mantener sus territorios históricos. Las ideas revolucionarias d e ­ berían ser extirpadas radicalmente y no reaparecer nunca más, y lo ocurrido en Francia sería sólo un episodio re­ legado al recuerdo, triste testimonio de a lo que las tur­ bas populares pueden llegar si no están sujetas a los sagrados principios de la tradición y el respeto a los so­ beranos, a la usanza del Antiguo Régimen.

Reunidos en Viena, pretendieron la vuelta al viejo or­ den, condenando las ideas de la Ilustración com o pro­ pias de francmasones y apoyando las tradicionales costumbres políticas y sociales. El alma del Congreso, celebrado entre septiembre de 1814 y junio de 1815, fue el canciller austríaco Metternich — conocido com o «la roca del orden» — , quien elaboró prácticamente to-Las potencias que

rem odelaron Euro­ pa en el Congreso de Viena intentaron resolver dos im por­ tantes problem as: desm antelar el Im ­ perio napoleónico c o n s i g u i e n d o el equilibrio entre los estados más fuertes y, así, una paz du­ radera, y restaurar los principios de la so c ie d a d eu ro pea d e s tru id o s p o r la R ev o lu c ió n F r a n ­ cesa. 28

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das las cláusulas de la nueva realidad política, que su­ maron un total de 121 artículos.

Cabe destacar a otros dos personajes importantes. Uno fue el inglés Castlereagh. ministro de Asuntos Ex­ teriores, quien pretendía atraerse a Francia y reducir la influencia rusa. El otro era el zar Alejandro I de Rusia, cuyo ejército participó activamente en la derrota de Napoleón. Había accedido al trono en 1801, al ser ase­ sinado el zar Pablo, su padre, víctima de una cons­ piración palaciega. El novelista Pushkin lo calificó de «enigm ático». Mantenía la creencia de que Dios le te­ nía destinado a salvar al mundo y que la paz había de estar asentada sobre los principios del cristianismo.

En el Congreso de Viena se concentraron más de 200 diplomáticos de las naciones europeas, de los principa­ dos italianos, de las ciudades libres alemanas, los caba­ lleros teutones o de la Orden de Malta, así com o otras muchas asociaciones que deseaban participar en la es­ tructura que se estaba fraguando, haciendo valer sus d e­ rechos históricos.

El C ongreso

de Viena

El Congreso de Vie­ na (caricaturizado aquí), pese al exce­ sivo protagonism o del can ciller a u s ­ tríaco Metternich y del zar Alejan dro I, logró un principio de a c u e r d o p a r a instaurar un nuevo y restaurado Anti­

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El C on greso

de Viena

El príncipe de Met- ternich destacó por su defensa del Anti­ guo Régim en. De joven fue diplomáti­ co y enem igo de la Francia revolucio­ naria. En 1809 fue nom brado ministro de Asuntos exterio­ res defendiendo un equilibrio europeo que evitase el pre­ dominio de una p o­ tencia y permitiese la pervivencia del Imperio Austríaco. Tuvo un papel pre­ ponderante en el Congreso de Viena (1 8 1 4 -1 8 1 5 ) que puso fin al imperio napoleónico, consi­ guiendo la restau­ ración del dominio austríaco en Italia y Alem ania y frenar el expansionism o de Rusia y Prusia con la idea de un equilibrio europeo.

Los palacios de los aristócratas servían de local a las recepciones. Beethoven puso su música al servicio del nuevo orden con el estreno de la ópera F id e lio , en un ambiente de competencia entre los príncipes para mos­ trar el mayor esplendor posible.

Pese a estas frivolidades, las distintas reuniones g e ­ nerales que se celebraron dispusieron la remodelación del mapa de Europa. Una serie de comités abordaron temas colaterales, com o la navegación por los grandes ríos o la abolición del comercio de esclavos.

Las conclusiones del Congreso condicionaron la p o ­ lítica continental durante varios años:

— E l I m p e r io A u s t r í a c o se anexionó el reino de Lom- bardía-Venecia y las antiguas provincias Iliónicas, man­ teniendo una presencia importante en Italia, a la vez que una fuerte influencia en la Confederación Germánica, que agrupaba a los 39 Estados alemanes.

— G r a n B r e t a ñ a consiguió el dominio sobre el mar a través de puntos estratégicos com o Malta o las islas J ó ­ nicas en el Mediterráneo, Heligoland en el mar del Norte, El Cabo en Sudáfrica, Ceilán en el Indico, y otras islas en las Antillas.

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R u s ia extendió sus fronteras 400 kilómetros hacia

el oeste, con la constitución de un reino polaco bajo su protectorado, al tiempo que ocupaba Finlandia, antes en manos de Suecia, a quien ahora se le agregó N o ­ ruega, tras separarse de Dinamarca.

— P r u s ia obtuvo otras tierras de Polonia y una zona de Sajonia, así com o diversos territorios del Rhin. — F r a n c ia , que logró formar parte de las potencias con capacidad de decisión, se vio reducida a sus antiguas fronteras y obligada a pagar una indemnización, mien­ tras nacían pequeños países a su alrededor, com o los Países Bajos, la Confederación Helvética y el reino de Piam onte-Cerdeña.

— Ita lia se fragmentó en siete Estados, al margen del territorio incorporado a Austria, nación que instaló sus propias dinastías en los principados de Parma, Módena y el Gran Ducado de Toscana.

— A le m a n ia , con la Confederación de príncipes ale­ manes, quedó sometida a las fuerzas contrapuestas, de Prusia y Austria, que acabarían enfrentándose. Una Die­ ta germánica constituía el único órgano común de to­ dos los Estados, pero sin verdadero poder decisorio.

I KUECIA CUALANDIA EUROPA EN 1815 Confederación Germánica Imperio Austríaco Reino de Prusia MOfiEA

El C ongreso

de Viena

He aquí el m ap a de Europa en 1815. La d e l i m i t a c i ó n de áreas de influencia en el viejo continen­ te daba una clara ventaja a Inglaterra en su intento por lo­ grar la hegem onía mundial, que a p o ­ y a rá su creciente p o d e río c o lo n ia l. Tan sólo Rusia, en el este, podía dispu­ tar a los británicos su control del mun­ do, mientras que el resto de las nacio­ nes europeas no s a ­ lían de una condi­ ción de potencias secundarias, ya fue­ se por su dispersión política (A lem ania e Italia) o por sus c r i s i s i n t e r n a s (Francia y España). 31

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La Santa

A lian za

L a s c o n c lu sio n e s d el C o n g r e s o de Viena (abajo) repre­ sentaron el último intento del viejo o r­ den por perpetuarse en el nuevo siglo

XIX. N o obstante, el intento resultó limi­ tado en sus am bi­ ciones iniciales y sin futuro a medio plazo.

U n a A li a n z a « S a n t a »

En septiembre de 1815 se reunieron en París el zar Alejandro 1, el em perador de Austria. Francisco 1. y Fe­ derico II de Prusia. Firmaron, bajo la advocación de la Santísima Trinidad, un acuerdo bautizado com o Santa Alianza, según los principios apuntados en Viena y d e ­ fendidos principalmente por el zar en una extraña com ­ binación entre diplomacia y religión. Su propósito era controlar los intereses de las grandes potencias y evitar la aparición de brotes revolucionarios. Inglaterra, repre­ sentada por Castlereagh, no quiso participar en un tra­ tado que no contenía ninguna disposición concreta, ale­ gando que el rey Jorge III no estaba en pleno uso de sus facultades mentales, pero sí lo hizo en otra poste­ rior, la Cuádruple, en compañía de las demás poten­ cias. Los Estados firmantes se comprometían a mante­ ner la situación política establecida en el Congreso de Viena, al tiempo que constituían una fuerza de interven­ ción para acudir a aquellos países que rompieran la le­ gitimidad histórica.

De acuerdo con el artículo 6 .°:

«... las altas partes contratantes han venido en renovar en épo­ cas determinadas reuniones consagradas a los grandes inte­ reses comunes y al examen de las medidas que serán juzga­ das más saludables para el reposo y la prosperidad de los pue­ blos y para el mantenimiento de la paz en Europa.»

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Representaba algo más que una alianza militar, en cuanto intentaba extender los principios del despotismo ilustrado, pero cuando ya habían sido superados por la Revolución Francesa, que proclamó la soberanía del pueblo por encima de la voluntad de los monarcas.

El sistema no había de durar mucho tiempo. La riva­ lidad entre los aliados hizo que los compromisos per­ dieran su eficacia. Escasos fueron los resultados de los cuatro encuentros siguientes, celebrados entre 1818 y 1822. En el primero, el de Aquisgrán, Francia logró que las tropas de ocupación se retiraran, al tiempo que se incorporó al directorio de las potencias, convirtiéndola en Quíntuple Alianza. En los siguientes (Troppau, 1820; Laibach, 1821, y Verona, 1822) afloraron las diferen­ cias entre Inglaterra y Francia respecto a Austria, Pru- sia y especialmente Rusia, al tiempo que el Imperio austríaco temía la expansión rusa en los Balcanes. Los distintos focos liberales surgidos en diversos puntos de Europa fueron reprimidos no por fuerzas conjuntas, si­ no por el interés de cada Estado en los territorios afec­ tados. Austria actuó en las sublevaciones de Italia y Alemania, mientras un ejército francés, los Cien Mil H i­ jos de San Luis, entró en España para restablecer el absolutismo (en la figura de Fernando VII) y abolir la Constitución de 1812.

La Santa

A lianza

La falta de proyec­ ción de los acuer­ dos de Viena vino dada por la fuerza de las nuevas ideo­ logías y la adhesión de la burguesía a los principios políti­ cos que antes había com batido. Pronto los s a lo n e s y las reuniones sociales se convirtieron en cenáculos políticos de nuevos conspira­ dores liberales. 33

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El escritor y filó­ sofo Jean-Jacques Rousseau (según un retrato de Quintín La Tour). Producto de la cultura enci­ clopedista ilustrada d e l s i g l o X V I I I , Rousseau acabaría por ser reconocido c o m o p e n s a d o r esencial por los re­ v o lu c io n a rio s del

XIX. En la página

opuesta, la Virtud visita la tumba del filósofo francés.

El mundo de las ideas: del liberalismo

al socialismo

El liberalismo no es una doctrina muy elaborada, carac­ terizada por una filosofía concreta. Supone más bien una mentalidad general, fruto de la confluencia de distintas corrientes de pensamiento, que destacan la capacidad de respuesta individual por encima de los principios in­ mutables establecidos por la tradición o las costumbres. Es el fruto de un largo proceso, iniciado en las civiliza­ ciones grecorromanas, que fue creciendo y extendién­ dose a lo largo de la Edad Media y la Moderna, con la conquista de fórmulas racionales para entender el mun­ do y rechazando argumentos de autoridad no co m ­ probados.

Los descubrimientos científicos producidos a partir del siglo XVI, la filosofía empirista y las ideas políticas de la Ilustración constituyen elementos fundamentales para com prender la formación del liberalismo, desarrollados a partir de la independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa.

La ideología liberal corre pareja con el ascenso de la burguesía en Europa, que se consolida con la Revolu­ ción Industrial, y con ella creará su concepción del mun­ do y la defensa de sus intereses, concretados en la sal­ vaguardia de los derechos individuales. Libertad, por tanto, para fabricar, comerciar y ampliar los mercados. Libertad para elegir el gobierno apropiado a los intere­ ses de cada uno y votar las leyes deseadas. Libertad para pensar y expresarse sin censura. El Estado será siem­ pre el valedor de la libertad, y su objetivo consistirá en velar por los derechos de las personas, sin intervenir en las relaciones económicas o sociales.

Pero en el liberalismo encontramos diversos matices acerca de cóm o ha de ser entendida y practicada dicha libertad. De ahí que se hable de liberalismo económ ico, político, moral, religioso, etc., y, dentro de ellos, dis­ tintas posturas, desde las más radicales a las más m o­ deradas, configuran un panorama ideológico variado, pero que tiene com o punto de partida la D e c la r a c ió n

d e D e r e c h o s d e l H o m b r e y la potestad de todos los se­

res humanos a ser iguales ante la ley e intervenir en al­ gún grado en las cuestiones de gobierno.

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El liberalism o

En la Inglaterra del primer tercio del si­ glo xix, el miedo a la Revolución caló profundamente en­ tre su clase dirigen­ te, que veía de esta fo rm a tan p e c u ­ liar el avance de las ideas liberales y democráticas.

Fue en la Inglaterra del siglo XIX. el país más desa­ rrollado industrialmente en la época, donde estas ideas adquirieron su mayor consistencia teórica. Son una bue­ na muestra economistas com o Adam Smith. Malthus o Ricardo, y pensadores de la talla de Bentham y Stuart Mili. T odos ellos, junto a los franceses Benjamín Cons- tant y Alexis Tocqueville, establecieron los principios fundamentales del liberalismo político y económ ico moderno.

Tras la derrota de N apoleón, las fuerzas que intenta­ ron la vuelta al Antiguo Régimen reaccionaron contra todo lo que les recordara la Revolución, considerada co ­ mo fuente de todos los males acaecidos, al querer tras­ tocar el sentido tradicional de las sociedades. Pensaban que había sido un castigo de la Providencia ante unas doctrinas y una experiencia que alteraban el orden na­ tural. El francés Joseph Maistre, teórico del tradiciona­ lismo de aquella época, escribía:

«El hombre puede plantar un pepino, hacer crecer un árbol, perfeccionarlo mediante injertos y podarlo de cien modos dis­ tintos. pero jamás ha podido imaginar que pueda crear un ár­ bol. ¿Cómo ha podido entonces imaginarse que tuviera p o ­ der para crear una Constitución?»

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Sin embargo, para los liberales — denominación que se utilizaba al principio en tono despectivo— , sólo a tra­ vés del descubrimiento progresivo de la verdad con el concurso de la razón puede el hombre alcanzar una so­ ciedad más justa. En este sentido, el parlamentarismo liberal representa la confianza en el diálogo y en la con­ frontación organizada de opiniones. Los Congresos o las Asambleas de diputados discuten distintos aspectos de la realidad hasta lograr el acuerdo o consenso, se­ gún la relación de fuerzas políticas existentes. Esto lleva a un rechazo de los dogmas impuestos por cualquier Iglesia o por la tradición y a un reconocimiento del rela­ tivismo de todas las verdades. Por tanto, el poder ha­ brá de estar limitado, siendo lo más adecuado dividirlo y establecer la separación entre ejecutivo — gobierno— , legislativo — Parlam ento— y judicial — los tribunales de justicia— , tal com o ya señalara Montesquieu.

La ideología liberal adquiere carácter revolucionario durante la primera mitad del siglo XIX. a medida que se convierte en la bandera reivindicativa frente a las fuerzas del Antiguo Régimen. Por tanto, en aquellos años fue un movimiento subversivo (1815-1848), pro­ tagonizado por burgueses, profesionales liberales (abo­ gados. médicos, funcionarios), comerciantes y también por muchos obreros. Juntos lucharon en las barricadas

El liberalism o

La pujanza indus­ trial de Inglaterra d a b a a este país una condición de « l a b o r a t o r i o d e pruebas» del proce­ so re v o lu c io n a rio de la época indus­ trial. La formación de partidos y sindi­ catos obreros en­ contró en Inglaterra su m ejo r terren o para fructificar, al abrigo de las nue­ vas factorías y ciu­ dades industriales. 37

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El liberalism o

El crecimiento eco­ nómico que el libe­ ralismo p ropugna­ ba derivó en una di­ visión social entre los poseedores de los medios econó­ micos, por un lado, V, por otro, la fuer­ za del trabajo, com ­ puesta por el prole­ tariado industrial, agrupado en los su­ burbios de las gran­ d es c iu d a d e s . El conflicto entre cla ­ ses sociales enfren­ tadas era tan inmi­ nente com o inevita­ ble.

para derrotar a los reaccionarios, que querían mante­ ner el viejo orden social y económ ico, ajenos al empuje de las nuevas fuerzas productivas que estaba generan­ do la creciente industrialización y las transformaciones en la agricultura.

Sin embargo, para aquellos liberales era fundamen­ tal no compartir el poder que arrebataban a los monar­ cas absolutos; en muchos casos limitaron la capacidad de voto o de elección únicamente a los dotados de un cierto nivel económ ico o una alta formación intelectual. Entendían que tan sólo en ellos podía recaer la sobera­ nía popular, pues eran quienes hacían progresar la na­ ción. El resto de la población habría de limitarse, según ellos, a trabajar y disfrutar de la riqueza que habían crea­ do los hombres de empresa o los propietarios agrícolas. Este punto encerraba una contradicción: si se predi­ caba la libertad para todos, resultaban injustificables las trabas y exclusiones que sufría una inmensa mayoría de los ciudadanos. Así, conform e avance el siglo XIX, ten­ dencias más radicales exigirán el sufragio universal. S o ­ cialistas y anarquistas ponían en evidencia las con­ tradicciones del liberalismo; la falsa libertad por ellos proclamada, falsa porque sólo podían disfrutarla los p o ­ seedores de algún medio de producción, mientras los obreros se veían en la obligación de vender su fuerza de trabajo sin otras contrapartidas. Aun así, a principios del siglo XIX. el pensamiento liberal constituyó una ideolo­ gía revolucionaria frente a la legitimación de lo tradicio­ nal propugnada por la Restauración.

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