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Vida Sin Límites-clifford Goldstein

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Academic year: 2021

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Colección: Semillas de Esperanza Título: Vida sin limites Autor: Clifford Goldstein Traductor: Juan Fernando Sánchez

Diseño y desarrollo del proyecto: Equipo de Editorial Safeliz

Copyright by © Editorial Safeliz, S. L.

Pradillo, 6 • Pol. Ind. La Mina E-28770 • Colmenar Viejo, Madrid (España) Tel.: [+34] 91 845 98 77 • Fax: [+34] 91 845 98 65

[email protected] • www.safeliz.com Diciembre 2007: Ia edición

ISBN: 978-84-7208-262-5 Depósito legal: M-52334-2007

Impresión: Talleres Gráficos Peñalara • E-28940 Fuenlabrada, Madrid (España) IMPRESO EN LA UNIÓN EUROPEA

PRINTED IN THE EUROPEAN UNION

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro (texto, imágenes

o diseño) en ningún idioma, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico,

por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del 'Copyright'.

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índice general

PRESENTACIÓN 7

1. El cerebro de Einstein 9 2. HI Principio de Clifford 17 3. Una cebra en la cocina 23 <\. ¿De dónde procede todo? 31 5. El meollo del asunto 43

(>. Dilema moral 49

7. "Typhoid Mary" 53 8. El Factor Enrique YIII 63

El Gran Conflicto 77 10. El Dios crucificado 101

11. Misteriosa acción a distancia 111

12. ¿[Jamando a las puertas del cielo? 119

I t. ¿Tú eres Jesús? 147 14. Asuntos de familia 169 I '>. El fin de todo el discurso 189

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Presentación

'¡'oda la historia formulándonos las grandes preguntas y parece que nun-ca es suficiente... anun-caso porque es más común plantearlas en clave retó-rica que hacerlo realmente interpelados por ellas. Mucha y buena filo-sofía se ha hecho en torno a ellas, pero la praxis que había de contrastarla no ha evidenciado de igual modo la utilidad de la misma. Así, la his-toria humana se convierte en una insistente reiteración de las pregun-I as por temor a darles respuesta. Se formulan una y otra vez, pero se hace ¡)iira huir de aquello a lo que inevitablemente remiten...

Bueno, esto es así en general, pero hay valiosas excepciones. La presen-te obra de Clijford Goldspresen-tein lo acredita. Muéstralo valioso que es se-guir haciéndonos esas preguntas, siempre y cuando estemos realmente dis-puestos a responderlas. Y lo más grande de todo, más que las preguntas

mismas, es que las respuestas existen y son esperanzadoras: la vida tie-ne sentido y además depende de ti que carezca de límites.

En este libro revelador, Clijford Goldstein, autor de numerosas obras difundidas entre millones de personas, enfrenta las más trascendenta-les cuestiones de la existencia y ofrece respuestas que pueden cambiar el modo en que contemplas y vives tu vida. Con una fascinante combina-ción de fe y lógica, Goldstein busca la verdad en asuntos tales como el significado de la vida, nuestro origen, las leyes que nos protegen del do-lor, y por qué podemos creer en un futuro digno de ser vivido.

VlDA SIN LÍMITES te embarcará en un viaje más significativo y esti-mnlante de lo que jamás hubieras imaginado.

Los EDITORES

NOTA: M i e n t r a s no se i n d i q u e lo contrario, ia v e r s i ó n bíblica e m p l e a d a será la Reina-Valera I W 5 . Otras versiones utilizadas son: " R V 9 0 " (Reina-Valera 1990) y "BJ" (Biblia de Jerusalén).

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El cerebro de Einstein

odos querían tener algo de Albert Einstein (una entrevista, una cita, una firma, un recuerdo..., lo que fuera), y esa ob-sesión por él no se extinguió ni siquiera una vez fallecido. Tan in-tensa era la manía por todo lo relacionado con este hombre que, en-i re su muerte y su enten-ierro, el cerebro de Een-insteen-in fue extraído de su cabeza como se saca una nuez de su cáscara. El cerebro que había do-minado la física durante casi medio siglo, ahora desaparecía como una de las partículas subatómicas que tanto le fascinaran.

Corrió el rumor de que alguien disecó el órgano y lo guardó en un garaje de Saskatchewan (Canadá), junto a unos palos de hockey y va-rios balones desinflados. La verdad, sin embargo, era que, tras efec-iuarle la autopsia a Einstein en 1955 (había muerto de un aneuris-ma aórtico), el médico encargado de ella, el doctor Thoaneuris-mas Harvey, ubrió el cráneo del cadáver y extrajo el cerebro, aparentemente con fines de investigación médica. El único problema fue que el doctor se llevó el cerebro y nunca lo devolvió (al parecer, además, el

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oftal-V I D A SIN LÍMI TES

mólogo de Einstein se apropió de sus ojos, a los cuales sacaba por ahí de cuando en cuando para exhibirlos en las fiestas).

«Harvey se guardó el cerebro», escribió un periodista sobre el destino del cerebro de Einstein, «no en el hospital sino en su casa, y cuando dejó Princeton simplemente se lo llevó con él. Los años pasaron. No aparecían ni estudios ni hallazgos. Pese a ello, no se emprendió ninguna acción le-gal contra Harvey, ya que en los tribunales no había precedentes relativos a la recuperación de un cerebro en tales circunstancias. Y entonces Harvey desapareció de la escena... Cuando, ocasionalmente, daba una entrevista - e n periódicos locales en 1956, 1979 y 1988— siempre repetía que le que-daba aproximadamente "un año para concluir su estudio sobre el espéci-men"».1

Tras retener "el espécimen" durante cuarenta años, haciendo poco más que repartir pequeñas porciones del mismo entre unas cuantas personas selectas, el doctor Harvey -cuyo ejercicio profesional se vino abajo tras difundirse lo que había hecho (ser ladrón de cadáve-res no era lo que se dice un gran paso en su carrera médica)- tomó una decisión. Ya octogenario y quizá sintiéndose culpable, optó por devolver el cerebro a la familia, que es como decir a una nieta de Einstein residente en Berkeley (California). El periodista Michael Paterniti, que tenía amistad con el doctor Harvey, se ofreció a llevar-le desde la costa este hasta la nieta de Einstein, y así fue como salie-ron en un viaje a través del país en un Buick Skylark con el cerebro de Einstein sumergido en formaldehído y flotando en una tartera ubi-cada en el maletero.

Paterniti escribió un libro, Transportando a Mr. Albert, en el cual relataba uno de los viajes por carretera más atípicos en la historia de Estados Unidos: un médico viejo y culpable, un periodista talento-so y, por supuesto, el cerebro de Albert Einstein chorreando en el ma-letero por espacio de unas tres mil millas (unos 4.800 kilómetros), lo que, como puede imaginarse, suscitaba jocosos comentarios por el camino.

La escena más llamativa, sin embargo, llegó hacia el final del via-je, cuando los dos hombres conocieron a la perpleja nieta de Einstein, Evelyn. Aunque ella sabía que los hombres llegarían con el cerebro

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EL CEREBRO DE EINSTEIN

I|I su famoso abuelo, no estaba en absoluto segura de lo que se es-I ii i .il >.i i|ue hiciera con él. En un momento dado, Evelyn Einstein y l'iiiri n i ti estaban sentados en el asiento delantero del Skylark cuan-do el abrió la tapa para mostrarle el cerebro de su abuelo Albert.

• I rvanto la tapa, descorro una franja de tela húmeda, y ante nosotros se desparraman unos doce fragmentos del cerebro, del tamaño de pelotas (',<>11, procedentes de la corteza cerebral y del lóbulo frontal», escribió Paterniti. «El olor de formaldehído nos golpea como si se tratase de una bofetada [...]. Las piezas están selladas con celoidina... porciones cerebra-les de color hígado, rosáceo, ribeteadas con cera dorada. Saco algunas del i imtcnedor de plástico y le entrego unas cuantas a Evelyn. Parecen muy lihindas y pesan más o menos lo mismo que las piedrecitas de una playa».

II la y Paterniti se pasaron las piezas entre sí durante un rato más, i i monees Evelyn, que recordaba a su abuelo muy bien, alzó la vis-i vis-i Itac vis-ia Paternvis-itvis-i y le dvis-ijo: «¿Tanto jaleo por esto?» Un momento des-|nu s, acarició otro fragmento y comentó: «Podría hacerse usted un Imilito collar con él».2

I negó, tranquila y silenciosamente, volvieron a ubicar las piezas en II (artera y cerraron la tapa sobre el cerebro de Einstein.

I .1 realidad de la materia

I Vjemos de lado lo extraño de la escena (estar sentado en un co-i lco-ie con la nco-ieta de Albert Eco-insteco-in, pasándose mutuamente partes ili su cerebro como si fueran joyas robadas). En lugar de ello, con-sideremos el hecho de que lo que sostenían en su manos era el lu-|t,u literal (y queremos decir literal) donde la física newtoniana, que II* valia tres siglos reinando, fue destronada. Dentro de esos "fragmen-ii i', del cerebro, del tamaño de pelotas golf", los fundamentos de la li'.ii .i nuclear habían sido formulados. En algún punto de allí mis-mo, en esas "porciones cerebrales de color hígado, rosáceo, ribete-H las con cera dorada", emergió la fórmula E=mc2, un concepto que

> ,imbió el mundo. Esos pedazos de materia (no ya gris sino rosa) sa-. ,II on a la luz las teorías de la relatividad general y especial, las cua-les mostraron que el tiempo y el espacio no eran absolutos sino que

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V I D A SIN LÍMI TES

cambian en función de la cantidad de materia implicada y la velo-cidad del observador. En resumen, esas fracciones de materia que aquellas personas sostenían en sus manos mientras permanecían en los asientos delanteros del Buick Skylark en una calle de Berkeley (California), habían creado algunas de las más valiosas y fascinantes ideas de la historia de la humanidad.

Aunque el simbolismo de la escena presenta muchas posibilidades, una es: ¿Podría Einstein, y todo su genio, sus ideas, sus pasiones (Albert era una especie de Casanova), estar limitado a esa materia ce-rebral, a esos relieves y grietas compuestas de neuronas y fibra? O, incluso, ¿podría restringirse a su estructura física completa (cerebro y resto del cuerpo) ?

¿Es eso, al fin y al cabo, todo lo que Albert era?

En definitiva, ¿qué somos realmente cualquiera de nosotros, seres puramente físicos, que viven por leyes físicas solamente, y que exu-dan emociones, ideas, arte y creatividad así como el estómago segre-ga ácido péptico y el hísegre-gado bilis? ¿Somos acaso cada uno de nosotros, incluyendo todo lo que hacemos, pensamos y creamos, nada más que fenómenos puramente físicos, meros movimientos de átomos, sín-tesis de proteínas, el enlace o la activación de la enzima adenilato ci-clasa, la secuencia de las hormonas corticotropina, melanotropina y beta-lipotropina? ¿Es el asunto de con quién nos casaremos una mera cuestión de diferentes confluencias entre vectores físicos? ¿Podría, en condiciones ideales, explicarse, expresarse y predecirse todo lo referente a cada uno de nosotros —nuestros pensamientos, deseos y elecciones- del mismo modo que podemos hacerlo con los movi-mientos de los astros?

La respuesta depende de una cuestión esencial, relativa a nuestros orígenes: ¿Cómo llegamos aquí, y por qué? Si somos producto de fuerzas puramente físicas, dentro de un universo puramente físico, sin que exista nada más aparte de materia y movimiento, y nada mayor que la materia y el movimiento, entonces, ¿cómo podríamos ser otra cosa que materia y movimiento? ¿Podría jamás el todo ser

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EL CEREBRO DE EINSTEIN

algo más que la suma de sus partes? Por supuesto que no, replicaría más de uno. Así, desde este punto de vista, somos procesos físicos totalmente determinados por la actividad física previa, lo que signi-fica que no tenemos más libre albedrío que una marioneta o un or-denador con un programa informático en marcha.

La sentencia

Un joven se hallaba delante del juez, quien le acababa de senten-ciar a diez años de prisión. Cuando se le preguntó si tenía algo que decir, el criminal dijo:

-Sí, así es.

-Adelante, pues - l e respondió el magistrado, asintiendo con la cabeza.

-Señor juez -dijo el otro, aproximándose a él-, ¿cómo puede us-ted, en conciencia, condenarme a prisión? No es justo.

El juez dejó caer sus gafas de leer hasta la punta de su nariz, bajó la vista hacia el acusado y preguntó:

-¿No lo es? -¡No!

-Bueno, expliqúese.

-No lo es -dijo el hombre, acercándose aún más- porque desde el momento en que nací, mi familia, mis genes, mi formación, mi ambiente, mis amigos... todo me predestinó a una vida por los

ca-minos del delito, sin elección por mi parte. Las cosas no podrían ha-ber sido de otra manera para mí. No soy más responsable de mis ac-tos de lo que lo es el agua por fluir corriente abajo. No tuve elección para ninguna de las cosas que hice.

El juez se quedó deliberando en silencio. Tras unos momentos, se inclinó hacia delante y, mirando directamente a la cara del joven, le dijo:

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V I D A SIN LÍMI TES

-Bueno, hijo, te voy a decir por qué voy a sentenciarte a diez años de prisión. Desde el momento en que nací, mi familia, mis genes, mi formación, mi ambiente... todo lo que me ocurrió en la vida me ha forzado, sin elección por mi parte, a condenarte a estos diez años. Luego el juez echó mano del martillo, golpeó la mesa con él, y un agente de policía se llevó al prisionero.

Robots orgánicos

¿Estamos, entonces, como ese juez y ese delincuente, tan total-mente cautivos de las fuerzas físicas que todo lo que decidimos, des-de qué tomamos para des-desayunar hasta a quién amamos, no son real-mente elecciones libres sino el resultado inevitable de lo que ocurrió antes? Por mucho que pudiera parecer otra cosa, ¿están nuestras "li-bres elecciones" predeterminadas como nuestro ADN? «Todo lo que pasa», escribió Arthur Schopenhauer, «desde lo más grande has-ta lo más pequeño, pasa necesariamente».3 Si asumimos este

enfo-que materialista de la realidad, es difícil creer algo diferente. Por otra parte, si la idea de que nuestra existencia no es sino el movimiento al azar de átomos no racionales, resulta más o menos tan acertada como la de que el amor no es nada sino secreciones hormo-nales, entonces nuestros orígenes deben venir de algo más grande que las leyes físicas, de algo más que movimiento y materia. Habría de haber un poder más grande que las leyes físicas y mecánicas que ri-gen el universo, algo que creó no sólo esas leyes sino junto con ellas nuestra libertad, nuestra creatividad y nuestra capacidad de amar, as-pectos de nuestra existencia que no parecen estar definidos sólo por las leyes de la naturaleza.

¿Y quién más, o qué otro ente, podría ser ese poder sino Dios, el Creador? Cuando la Biblia dice que la humanidad fue hecha «a ima-gen de Dios» (Génesis 9: 6), esto podría significar que cosas tales como la libertad, la creatividad y el amor humanos son la manifes-tación del carácter de Dios mismo. De nuevo, si no hay un Dios que ha creado un mundo en el que existe la libre elección, un mundo en

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EL CEREBRO DE EINSTEIN

el que la libertad funciona en un nivel más allá de lo puramente fí-sico, entonces es difícil vernos a nosotros mismos de otro modo que como robots orgánicos programados, con neuronas en lugar de chips de silicio.

¿Qué opción tomar?

La respuesta es importante porque en ella podemos hallar sentido y propósito a nuestra existencia, si es que existe alguno en absolu-to. Después de todo, sería difícil (aunque puede que no imposible) descubrir mucho sentido y propósito si no fuéramos más que ma-teria y movimiento, seres sin control sobre nuestros pensamientos, acciones o elecciones. (Sería además deprimente, pues si sólo so-mos procesos puramente físicos entonces no teneso-mos otra opción que la de imaginarnos libres aunque realmente no lo seamos). Por otra parte, si somos seres creados por una fuerza consciente que nos ha hecho libres y nos ha dado la capacidad de tomar decisiones por nosotros mismos, nuestras vidas pueden asumir una nueva dimen-sión global, infinitamente más allá de meras fuerzas físicas que no pueden decidir por sí mismas más de lo que pueden las páginas de un libro seleccionar las palabras que aparecerán en él.

De nuevo, ¿qué opción tomar? ¿Somos meros autómatas, o seres libres creados a la imagen de un Dios amante?

La pregunta no es sino otra manera de interrogarnos: ¿Quiénes somos? ¿Qué somos? ¿Qué significan nuestras vidas? Este libro bus-ca, entre otras cosas, examinar estas cuestiones y, con lógibus-ca, razón y cierta medida de fe, proveer algunas respuestas.

Y la gran noticia es que tú no necesitas el cerebro de Einstein para entender estas respuestas.

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Referencias

1. Michael Paterniti, Driving Mr. Albert: A Trip Across America With Einstein's Brain (Nueva York: Random House, 2000), pág. 24.

2. Ibid., pág. 194.

3. Arthur Schopenhauer, Essay on the Freedom of the Will (Mineóla, N.Y., EE.UU.: Dover Publications, 2005), pág. 62.

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2

El Principio

de Clifford

T

a mayor parte de la gente nunca ha oído acerca de Werner

1 ^ von Siemens. Muchos, sin embargo, reconocen la denomi-nación Siemens AG. Comenzando en la década de 1840 como un pequeño taller de Berlín, que instaló la primera línea de telégrafo a l.uga distancia (alcanzaba unos 500 kilómetros) en Europa, Siemens AG rápidamente prosperó hasta convertirse, finalmente, en una de las empresas más innovadoras del mundo.

Creadora de unos 8.200 inventos al año, Siemens AG es hoy una corporación que factura miles de millones de dólares. Presente en más de 190 países, la compañía emplea a unas 480.000 personas, las cuales producen toda clase de equipos electrónicos: desde telé-fonos hasta ordenadores, motores, electrodomésticos y audítelé-fonos. Es más que probable que Siemens AG haya entrado en tu vida de un modo u otro.

Werner von Siemens (1816-1892) fue el genio que puso en mar-cha la empresa. Hacia el final de su vida, en la década de 1890, ante un grupo de científicos en Berlín, este brillante inventor y

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em-V I D A SIN LÍMI TES

presario expresaba su fe en el poder de la ciencia y el descubrimien-to científico para mejorar la suerte de la humanidad.

«Por tanto, caballeros», declaró, «nos mantendremos inconmovibles en nuestras creencias de que nuestra actividad investigadora e inventiva con-duce a la humanidad hacia niveles más altos de cultura, ennobleciéndola y haciéndola más propensa a aspirar a unos ideales; y de que la inminen-te era científica reducirá sus privaciones y enfermedades, aumentará su disfrute de la vida y la hará mejor, más feliz y más contenta con su desti-no. Y aun cuando puede que no siempre veamos claro cuál es el camino que lleva a estas mejores condiciones, nos aferraremos sin embargo a nues-tra convicción de que la luz de la verdad que estamos explorando evitará que nos extraviemos, y de que la abundancia de posibilidades que pro-porciona a la humanidad no puede empobrecer a ésta, sino que está des-tinada a elevarla hasta un nivel más alto de existencia».1

¿Cuán precisa fue la predicción de Siemens? ¿Ha hecho la "luz de la verdad", entendida por él como la "actividad investigadora e in-ventiva", "mejor, más feliz y más contenta con su destino" a la hu-manidad? ¿Podemos nosotros, ya bien entrado el siglo XXI, compar-tir el gran optimismo que la ciencia suscitó entre tantas personas antes del comienzo del siglo XX?

¿Qué piensas tú? Aunque la ciencia, de muchas maneras, ha me-jorado nuestra suerte, hoy nos encontramos en un siglo en el que aquélla, lejos de ofrecernos la esperanza de un futuro mejor, puede hacer que ese futuro parezca bastante aterrador. En medio de todo su entusiasmo, Herr von Siemens nunca oyó hablar de maletines atómicos, calentamiento global, invierno nuclear, bombas sucias o bioterrorismo. La ciencia es probablemente una amenaza a nuestra existencia tanto o más que un medio para hacerla mejor.

«Todo nuestro progreso tecnológico, tan alabado, y toda nuestra civiliza-ción», afirmó Einstein, «podrían ser comparados con un hacha en la mano de un psicópata criminal».2

¿Un hacha? (Él dijo eso en 1917). ¿Y qué decir de un artefacto termonuclear de veinte megatones? ¿Y un psicópata criminal? ¿Qué tal si ponemos a un fanático religioso en su lugar?

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EL PRINCIPIO DE CLIFFORD

También, para toda la esperanza que supuestamente ofrecía, la ciencia ha sido incapaz de responder las preguntas más difíciles y fun-damentales sobre la vida. ¿Cuál es nuestro propósito aquí? ¿Qué ra-zones tenemos para vivir? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Y el de la muerte? ¿Cómo podemos encontrar la felicidad? ¿Cómo debería-mos actuar? ¿Qué es moral o inmoral? ¿Qué nos reserva el futuro? La ciencia podría ser capaz de ayudar a conservar al moribundo vivo algo más de tiempo, pero no ofrece respuestas sobre por qué no debemos desconectar...

Sin embargo, las respuestas están ahí, respuestas a cuestiones so-bre el propósito y el sentido de nuestra existencia, soso-bre cómo de-beríamos vivir, sobre la muerte, sobre el sufrimiento y sobre el fu-turo. Respuestas llenas de esperanza que nos llevan más allá de lo que podemos ver o explicarnos jamás por nosotros mismos a través de tubos de ensayo, experimentos de campo y ecuaciones matemáticas generadas por ordenador.

Y no es sólo que las respuestas estén ahí. Es que, además, puedes tener buenas razones para creerlas.

Cuenta una historia que en el siglo XIX el dueño de un barco es-taba listo para enviar al mar su nave cargada de familias de emi-grantes decididos a empezar una nueva vida en un nuevo mundo. El barco era un tanto viejo, bastante abollado, chirriante y propenso a hacer aguas. Cosa nada extraña, pues había cruzado el océano nu-merosas veces, capeando más de una tormenta en el Atlántico Norte. Se hallaba, y el propietario lo sabía, necesitado de reparaciones. Quizá requeriría una revisión general, al menos con el tiempo.

Unos cuantos contratistas y armadores habían sugerido que la nave no estaba en condiciones de navegar, al menos no sin algunas reformas de cierto calado, pero el dueño sabía que justo ellos te-nían intereses personales para decirle eso. Después de todo, eran los únicos que harían las obras de reparación en sus barcos, así que por supuesto le dirían que convenía hacer esa revisión general. Algunos de los miembros de la tripulación expresaron palabras de

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inquie-V I D A SIN LÍMI TES

tud, pero el propietario las despachó como cháchara ociosa. Marinos sin educación... ¿qué sabrán acerca de la estructura y la ingeniería de un barco?

Sin duda, el buque presentaba algunos problemas, se dijo, pero era un cacharro tan viejo como resistente, había soportado ya varias tormentas brutales antes, y él no tenía motivo real para pensar que no podría enfrentar una más. Si pudiera hacer unos cuantos viajes más con él, entonces su dueño estaría en condiciones financieras para darle un buen repaso. Ahora, simplemente, no podía permitír-selo, pero es que no lo necesitaba. Cualesquiera otras dudas persis-tentes que pudieran quedar, él las eludía con el pensamiento de que al final la Providencia llevaría la nave adelante porque, después de todo, estaba llena de cientos de personas que buscaban, todas ellas, una vida mejor en otra parte.

Sí, se dijo el propietario, sobre todo tras pronunciar unas oracio-nes en beneficio del barco y de los pasajeros; la cosa era segura. De pie en el puerto en una tibia mañana de primavera, contempló tran-quila y felizmente cómo el buque zarpaba en pos del horizonte.

«De este modo, adquirió la sincera y grata convicción de que su barco era perfectamente seguro y estaba en condiciones de navegar; contempló su sa-lida con corazón alegre y con benévolos deseos de éxito para los emigran-tes en el nuevo y extraño hogar que los esperaba; finalmente, recibió el di-nero del seguro cuando la nave se hundió en medio del océano sin más historias».3

El tema central de este relato, narrado por un filósofo británico lla-mado W. K. Clifford, era que la gente necesitaba razones válidas para sus creencias, y que era inmoral aferrarse a cualquier punto de vista, incluso uno correcto, basado en evidencias frágiles. Si alguien tenía la capacidad y la oportunidad de conseguir suficiente informa-ción con el fin de fraguar una creencia, entonces le incumbía a esa persona hacer justamente eso. De otro modo, ese individuo se sen-tiría muy culpable moralmente por mantener su creencia (al margen, de nuevo, de que fuera verdadera o falsa).

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EL PRINCIPIO DE CLIFFORD

«Modifiquemos el caso un poquito», continuaba Clifford, «y suponga-mos que el barco no era precario después de todo; que hizo su viaje en con-diciones de seguridad y muchos otros después. ¿Disminuirá eso la culpa de su propietario? Ni un ápice. Cuando una acción ya ha sido hecha, es co-rrecta o incoco-rrecta para siempre; ninguna eventual modificación de sus buenos o malos frutos puede alterar eso. El hombre no habría sido inocen-te, simplemente no habría sido descubierto. La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con la sustancia de ésta; no radica en qué consistía la misma, sino en cómo llegó hasta ella; no en si re-sultó ser verdadera o falsa, sino en si tenía derecho a creer en la evidencia tal como se le presentaba».4

Al final, el filósofo resumió así su posición (conocida como "Principio de Clifford"): «Siempre es incorrecto, en todas partes y para cualquier persona, creer cualquier cosa sobre la base de evi-dencia insuficiente».5

Estamos de acuerdo. De ahí, Vida sin límites. No sólo expresa cier-tas creencias, sino que además procura ofrecer -para cualquier per-sona y en todas partes— suficientes evidencias para ellas.

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V I D A SIN LÍMI TES

Referencias

1. En Rüdiger Safranski, Martin Heidegger: Between Good and Evil (Cambridge, Mass., EE.UU.: Harvard University Press, 1998), pág. 35.

2. En Alan Lightman, A Sense of the Mysterious (Nueva York: Vintage Books, 2006), pág. 110. 3. Citado en Charles Taliaferro y Paul Griffiths (eds.) Philosophy of Religion, (Oxford: Blackwell

Publishing, 2003), pág. 196.

A. Ibid.

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3

Una cebra

en la cocina

c

entimos que el propósito de nuestras vidas depende de algo. Pero, ¿de qué?

De cómo llegamos hasta aquí... ¿de qué otra cosa podía ser? ( lomo la encina está en la bellota, así nuestro fin está en nuestro prin-cipio.

¿Pero qué significa eso?

Kxisten dos enfoques primordiales y dominantes sobre los oríge-nes humanos. El primero ve al universo, y todo lo que hay en él, i oino el producto de cosas puramente materiales que surgieron por ,i/,ar. Todo, desde la Galaxia de Andrómeda hasta nuestros más pro-IIIIKIOS anhelos, tiene un origen y una existencia material, y se com-pone de átomos y nada más. Todo lo que existe es lo que ciertos ma-i«-1¡alistas antiguos llamaron "átomos y vacío".

I ,os materialistas modernos describen esta posición del siguiente modo. Hace unos quince mil millones de años una tremenda

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expío-V I D A SIN LÍMI TES

sión produjo la materia, la energía, el tiempo y el espacio, todo a la vez, acontecimiento que llaman el Big Bang (la Gran Explosión). Los átomos creados así formaron nubes gaseosas que dieron lugar a las estrellas, y en medio de este conjunto interestelar de luz y calor unas bolas líquidas se enfriaron y endurecieron para originar los planetas, incluido el nuestro, y así surgió el tercer tipo de cuerpos es-féricos. Tras miles de millones de años, los depósitos de agua se lle-naron de sustancias químicas crecientemente complejas. Formas de vida sencilla emergieron a partir de una mezcla de aminoácidos y evo-lucionaron, a través de los eones, en seres humanos.

El punto crucial es que estos procesos no tenían propósito, ni in-tención ni objetivos, incluido el propio Big Bang. Simplemente, ocurrieron. «Nuestro universo», comentó un científico, «no es más que una de esas cosas que ocurren de vez en cuando».1

Si este punto de vista es correcto, entonces nuestro fin (y tam-bién nuestra vida intermedia) -todo lo que se deriva de nuestros orígenes-, es tan sombrío como ya hemos sugerido arriba. Nuestra existencia no tiene propósito. Dado que la mezcla original no tenía metas ni intención, el producto final nada contiene. Somos mera-mente una de esas cosas que ocurren de cuando en cuando. Como ocurre con lo que sale de una caja de sorpresas sólo porque alguien lo puso antes dentro de ella, si aquello que nos creó no tiene senti-do ni propósito, entonces nada más puede salir de la caja aparte de nosotros mismos.

En resumen, la visión científica prevaleciente acerca de nuestros orí-genes nos deja pocas esperanzas más allá de nuestra frágil e incier-ta existencia aquí. Así lo expresó el principal ateo del siglo XX:

«Todos los esfuerzos a lo largo de los siglos, toda la devoción, toda la ins-piración, todo el brillo esplendoroso del genio humano [...], el santuario completo de los logros del hombre quedará inevitablemente sepultado bajo los escombros de un universo en ruinas».2

Así pues, volviendo a nuestras preguntas: ¿Es esta vida, con todos sus esfuerzos, luchas y decepciones, la suma de todo lo que somos o podríamos ser? En tal caso, como colofón a nuestro a menudo

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U N A CEBRA EN LA COCINA

triste y miserable peregrinaje aquí -salpicado con unas pocas líneas, párrafos o, si hay suerte, páginas de felicidad-, esta vida terminará en polvo que se destruirá a sí mismo en el Big Crunch. ¿Es éste nues-tro destino?

Sí, suponiendo que la visión anterior sobre nuestros orígenes sea la correcta.

Por otra parte...

La hipótesis Dios

Por otra parte, contamos con otro enfoque muy extendido acer-ca del origen, uno que abaracer-ca una perspectiva más amplia y grandio-sa que los estrechos confines del enfoque materialista. Esta otra po-sición argumenta que todo lo creado procede de un Creador, de un Dios (o unos dioses) que trajo (trajeron) todo a la existencia. Según este punto de vista, no estamos aquí por casualidad, sino por desig-nio, y podemos deducir algunos de esos propósitos a través de la creación, que testifica por sí misma de la existencia de Dios. Después de todo, así como una pintura implica un pintor, ¿no implica la creación un Creador?

La idea de un Creador, particularmente uno amoroso, nos abre un nuevo reino global de esperanza, más allá de la desesperación fruto de la cosmovisión científica moderna, en la cual la destrucción re-mata un universo que carecía de propósito al inaugurarse.

«Sólo Dios, en mi opinión, puede arrancarle a la muerte la última palabra», observó el escritor inglés John Polkinghorne. «Si la intuición humana de esperanza -según la cual todo será bueno, y el mundo tiene sentido en última instancia— no es un engaño vano, entonces Dios debe existir».3

La visión materialista atea no ofrece ninguna posibilidad de futu-ro aparte de ésa del polvo frío a la deriva en un cosmos desgastado. Sólo la divinidad nos ofrece la posibilidad de algo más. De nuevo, nn Dios no es garantía de un buen fin, sólo la posibilidad de uno. luí contraste, la concepción científica nos garantiza solamente una muerte mucho más larga que todo lo que le precede. «No es que la

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V I D A SIN LÍMI TES

vida sea muy corta», declara una máxima grabada en una camiseta, «es que la muerte es muy larga».

Nuestra más apremiante y relevante cuestión, entonces, trata de los orígenes, pues sólo sabiendo cómo empezamos podemos encontrar las respuestas sobre nuestra vida y, aún más importante, sobre nues-tro fin. Así como el color de los ojos se origina en nuesnues-tros genes, nuestros fines se engendran en nuestros principios.

«Ya que nuestro destino es totalmente dependiente de la matriz que lo produjo y sostiene», comentó Huston Smith, «el interés por su naturale-za es el más sagrado interés al que prestar atención».4

¿Qué nos produjo? ¿Qué nos sostiene? ¿Fuerzas frías y sin propó-sito, o una deidad de uno u otro tipo? ¿Estamos solos aquí, o exis-te Dios? Y si es así, ¿viene a nosotros esexis-te Dios «sólo en sombras y en sueños»,5 o podemos saber más sobre él?

Como ya hemos afirmado, este libro busca hacer suyo el Principio de Clifford: "Siempre es incorrecto, en todas partes y para cual-quier persona, creer cualcual-quier cosa sobre la base de evidencia insu-ficiente".

De las dos opciones previas, ¿cuál respeta más este principio? Supon que un día llegases a casa y encontraras una enorme cebra bebiendo en el fregadero de tu cocina. Sorprendido, le preguntas a tu cónyuge (o a quien sea con quien vivas):

—¿De dónde ha salido esta cebra? - D e la nada.

¿De la nada? ¡Ridículo! ¿Por qué? Pues porque nada viene de la nada. La vieja frase latina Ex nihilo nihilfit (De la nada, nada viene) es un principio obvio y elemental, una verdad demasiado básica para si-quiera debatirla. ¿Cómo podría nada surgir de la nada? Las cebras, lo mismo en la jungla que en la cocina, deben originarse a partir de algo, no de la "nada", pues "de la nada, nada viene". Sería más fácil sacar seis de tres que obtener algo, cualquier cosa, de la nada.

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U N A CEBRA EN LA COCINA

Entonces, ¿qué decir de la tierra, del cielo, de las estrellas? ¿O de li, de tus zapatos, de tu madre? Es obvio que ellos, como la cebra, no pueden haber venido de la "nada", ¿no es cierto? Cualquier cosa creada, cualquier cosa que en otro tiempo no era y ahora es, sólo lle-gó a ser por algo distinto de sí misma, por algo previo a ella. El za-patero obviamente existió con anterioridad a tus zapatos.

Ahora bien, durante muchos años la gente creyó que el universo era eterno. Siendo increado, siempre había existido. Nunca hubo un tiempo en el que no existiera. A pesar de las difíciles cuestiones filosóficas que tal posición suscitaba, eliminaba la necesidad de un Creador. El universo no tenía un Creador porque, siempre existen-te, no lo requería.

Los científicos ahora creen, sin embargo, que el universo no es eterno sino que tuvo un principio. Sí, en algún punto del pasado, 110 existía. Stephen Hawking, quizá el más grande científico desde Einstein, escribió que «casi todo el mundo ahora cree que el univer-so, y el tiempo mismo, tuvo un principio en el Big Bang».6 Como

tus zapatos, el universo no siempre estuvo ahí.

La conclusión de que el universo tuvo un principio conduce a la pregunta obvia: si el universo tuvo un punto de partida, entonces, ¿qué o quién lo puso en movimiento? Si es absurdo creer que una ce-bra en tu cocina vino de la nada, aún más lo será creer que el uni-verso, y todo lo que contiene (nosotros mismos y las cebras inclui-dos) vino de ahí.

Así pues, antes del Big Bang, antes de que el universo fuese, algo tenía que ser ya; algo lo bastante poderoso para poner en movi-miento las fuerzas que condujesen a la vida en la tierra, por no men-cionar la existencia de miles de millones de galaxias y estrellas. Y aparte de Dios, ¿quién, o qué, podía ser ése? ¿Quién, o qué, podía haber creado el universo?

Una vez que los científicos se pusieron de acuerdo en que el uni-verso vino a la existencia en uno u otro momento, se vieron forza-dos a tratar la ineludible cuestión sobre Dios. Como Hawking

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con-V I D A SIN LÍMI TES

cedió: «Habida cuenta de que el universo tuvo un principio, po-dríamos suponer que tuvo un creador».7

El argumento de la nada

Ese "suponer" es correcto. Pero las implicaciones que rodean a un universo creado apuntan tan poderosamente a Dios que algunos científicos se han visto compelidos por lo obvio... a abrazar el ab-surdo. En vez de que Dios sea el creador del universo, sostienen que el creador fue la nada.

¿La nada? Eso es lo que algunos están diciendo.

«Entra dentro de lo posible», sugirió el físico Alan Guth, «que todo pue-da ser creado de la napue-da. Y "todo" podría incluir mucho más de lo que po-demos ver [...]. Es justo decir que el universo es el colmo de la gratuidad».8

¿Cómo es posible que "nada" cree "todo"? Por medio de las fluc-tuaciones cuánticas, teorizan algunos científicos. ¿Ah, sí?

Las fluctuaciones cuánticas son complicados procesos físicos que, supuestamente, crearon el universo. De ser así, esa teoría es una petición de principio. ¿De dónde proceden las leyes de la física (y no digamos la energía) necesarias para producir esas fluctuaciones cuánticas?

Como se burla un crítico:

«Alan Guth escribe con asombro complacido que el universo surgió de "esencialmente [...] nada en absoluto": lo que pasa es que se trata de un falso vacío de "102 6 centímetros de diámetro" y "1032 masas solares". Parecería, entonces, que "esencialmente nada" tiene tanto extensión espa-cial como masa. Aunque estos datos quizá le resulten a Guth poco llama-tivos, otras personas pueden sospechar que la nada, como la muerte, no es una cuestión de grados».9

Otro crítico de la hipótesis "todo de la nada" resalta:

«¿Cómo damos cuenta de la situación en la que una o más gigantescas fluctuaciones cuánticas pudieron ocurrir? El ateo dice que simplemente he-mos de asumirlo y tratarlo como algo dado».10

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U N A CEBRA EN LA COCINA

Dejando aparte todas las complejidades y matices de las fluctua-ciones cuánticas, los argumentos de los críticos están bien fundamen-tados. Sea lo que sea una fluctuación cuántica, ciertamente no es "nada". Tiene masa, energía y leyes físicas, y estas cosas, como la ce-bra en tu cocina, tuvieron que venir de alguna parte. La cuestión, otra vez, es: ¿De dónde?

De las dos posiciones -que el universo fue creado por "nada", o que es el resultado de un Dios poderoso-, ¿qué parece lo más lógico y ra-zonable? ¿Qué se ajusta mejor a la evidencia: que todo lo que exis-te (estrellas, nubes, personas, árboles, etc.) brotó de "nada", o que vino de un Creador? ¿Es más sensato aceptar como dados los procesos fí-sicos necesarios para las fluctuaciones cuánticas, o reconocer un

1 )ios Creador, eternamente existente?

La nada como creador es, realmente, la única opción lógica para el ateo. ¿Por qué? Porque si alguna otra cosa aparte de un Dios eter-no (es decir, un Dios que siempre existió) hizo el universo, enton-ces esa cosa, friera lo que fuese, tuvo que ser creada por algo anterior .i ella, que a su vez tuvo que originarse a partir de algo previo... y así sucesivamente sin fin. De este modo el universo pudiera no ha-ber tenido nunca un punto de partida. Tendría que existir, como I )ios, desde la eternidad. Pero el universo no se remonta infinitamen-te en el tiempo. Hubo un tiempo en el que, sencillameninfinitamen-te, no esta-ba ahí. Y porque hubo un tiempo en el que el universo no existía, .ilgo obviamente tuvo que iniciarlo, ¿y qué o quién pudo ser ése, sino Dios?

A menos, por supuesto, que la nada lo crease.

«En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Génesis 1: 1 KV90). ¿O fue: «En el principio la nada creó los cielos y la tierra»?

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Referencias

1. En Dennis Richard Danielson (ed.), The Book of the Cosmos (Cambridge, Mass., EE.UU.: Perseus Publishing, 2000), päg. 482.

2. Bertrand Russell, Why I Am Nota Christian (Nueva York: Simon and Schuster, 1957), päg. 107. 3. John Polkinghorne, Belief in God in an Age of Science (New Haven, Conn., EE.UU.: Yale

University Press, 1998), päg. 21.

4. Huston Smith, Beyond the Post-Modem Mind (Wheaton, 111., EE.UU.: Theosophical Publishing House, 1992), päg. 53.

5. Wallace Stevens, "Sunday Morning," The Collected Poems (Nueva York: Vintage Books, 1990), päg. 67.

6. Stephen Hawking y Roger Penrose, The Nature of Space and Time (Princeton, N J., EE.UU.: Princeton University Press, 1996), päg. 20.

7.Stephen Hawking,/! BriefHistory ofTime (Nueva York: Bantam Books, 1988), pägs. 140, 141. 8. En Danielson, päg. 483.

9. Ibid., päg. 495.

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4

¿De dónde

procede todo?

p

I orno venimos viendo, el modelo científico corriente sos-tiene la hipótesis de que vinimos a la existencia nada me-nos que por una azarosa combinación de materia y energía.

«Con este simple argumento», escribió el zoólogo Ernst Haeckel hace muchos años, «el misterio del universo queda explicado, la Deidad anu-lada y se anuncia una nueva era de infinito conocimiento».1

No tan deprisa, Ernst. Durante el siglo pasado (Haeckel murió en 1919), los científicos han hallado tal complejidad en el universo, un equilibrio tan increíble y sutilmente armonioso de fuerzas esencia-les para la vida humana, que es más probable que la lluvia cayendo sobre un teclado mecanografíe La Ilíada en griego, latín y finlandés, que el mero azar produzca nuestra existencia. La casualidad expli-ca la complejidad hallada en la naturaleza tan bien como la nada nos aclaraba la presencia de una cebra en la cocina.

Confrontados con estos hechos, los científicos y pensadores se han visto obligados a crear otros modelos. Una idea reciente, que vio la luz en la revista Time, afirma que «nuestro universo podría haber sido fabricado por una raza de seres extraterrestres superinteligen-tes».2 Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del

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ADN, promovió una teoría diferente: inteligencias de otra galaxia enviaron naves espaciales para sembrar la tierra de vida. No nos creó Dios, sino los alienígenas. Crick no era un loco cualquiera de los que salen a diario en tu programa de radio nocturno, sino un respetado investigador científico que ganó el Premio Nobel en 1962 por su tra-bajo sobre el ADN.

«Y así», como expresó un incrédulo escritor, «el ganador del Premio Nobel adoptó la teoría de que los alienígenas espaciales enviaron cohetes para sembrar la tierra».3

La hipótesis de los universos múltiples

Otro punto de vista, que ha sido (en cierta medida al menos) bien recibido por la comunidad científica, responde al título de "hipóte-sis de los universos múltiples" (o "paralelos"). Afirma que existe un gran número, quizás infinito, de universos junto al nuestro. Este, en el que vivimos y que contiene las galaxias que podemos explorar con el telescopio Hubble, es sólo uno entre miles de millones. La ma-yor parte de estos otros universos, sugiere la teoría, no cuentan con la armonía increíblemente fina que es precisa para que exista la vida; así que la mayoría de ellos, a diferencia del nuestro, carecen de ella. Sin embargo, y aquí está el meollo del asunto, si en vez de un uni-verso hay miles de millones, quizá incluso una cantidad infinita, entonces la probabilidad de que uno de ellos esté lo bastante y su-tilmente ajustado para la vida se vuelve menos increíble. Tantos mi-llones y mimi-llones de universos adicionales incrementan poderosamen-te las posibilidades de que uno de ellos poderosamen-tenga las muchas y asombrosas variables necesarias para sostener la vida.

Míralo así: si arrojas cinco monedas sucesivamente, ¿cuáles son las probabilidades de que las cinco veces salga cara? Ciertamente, no tan buenas como las que hay de conseguir cinco caras seguidas si lan-zas diez millones de monedas una detrás de otra. Es mucho más probable que consigas, en algún punto de la serie, cinco monedas se-guidas lanzando diez millones de monedas que tirando sólo cinco. Eso es lo que la hipótesis de los universos múltiples dice: cuantas más

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¿ D E DÓNDE PROCEDE T O D O ?

veces intentes algo, mayor probabilidad tienes de conseguirlo. Por eso, cuantos más universos haya por ahí fuera, mayores son las po-sibilidades de que uno de ellos resulte ser como este cosmos incre-íblemente complicado en el que vivimos.

La hipótesis de los agujeros negros

Por supuesto, uno puede humildemente preguntar: "¿De dónde salieron todos esos universos, incluido el nuestro?" Bueno, los cien-tíficos también tienen algunas teorías acerca de eso.

Una de ellas propone que los agujeros negros (esas misteriosas en-tidades cuya fuerza de gravedad es tan fuerte que no permiten que nada, ni siquiera la luz, se escape) podrían ser el motor que forma nuevos universos. De algún modo, rasgando y remodelando el teji-do espacio-temporal, los agujeros negros crean nuevos universos, cuyos propios agujeros negros a su vez producen nuevos universos adicionales, y así sucesivamente y para siempre.

Otra teoría, basada en la idea de una "cosmología inflacionaria", sostiene la hipótesis de que una pequeña parte del espació sufrió una enorme expansión que permite que se forme cada vez más es-pacio, y de esta constante expansión espacial surgen cada vez más uni-versos.

Aunque existen otras teorías científicas, tienen una cosa en co-mún, y es que tratan de explicar el increíble diseño y complejidad del universo sin recurrir a lo que parecería la explicación más obvia: un Creador o Diseñador.

Después de todo, ¿para qué necesitas a Dios cuando tienes aliení-genas espaciales y agujeros negros?

Pero piensa un momento: ¿Qué tiene más sentido?

¿«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay» (Hechos 17: 24)?

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V I D A SIN LÍMI TES

¿«Los agujeros negros, que hicieron el mundo y todas las cosas que en él hay»?

(Y no te olvides tampoco del Principio de Clifford mientras lo decides).

Pelotón de ejecución de treinta hombres

Otros sostienen que, dado que como humanos no podríamos exis-tir en un universo incapaz de garantizar la increíble complejidad y el ajuste fino necesarios para producirnos, entonces no es mayor problema que nos hallemos aquí. Para empezar, el universo tuvo que crearnos a fin de que estuviéramos aquí y nos asombrásemos con sus maravillas. Sin embargo, lejos de responder a la cuestión acerca del increíble equilibrio de factores que hicieron posible la vida, ese argumento lo ignora. Es como si un prisionero encarase a un pelo-tón de fusilamiento de treinta soldados situados a cinco metros de distancia. Los treinta disparan, fallan y el prisionero queda libre, proclamando: «Por supuesto, tenían que fallar, de otro modo yo no estaría aquí ahora para contarlo. No hay nada extraordinario aquí». En el siglo XVIII, mucho antes de que la ciencia descubriera el gra-do de complejidad de la naturaleza, hecho que hoy ha causagra-do un giro en nuestra comprensión de los orígenes, el filósofo británico David Hume desafió la idea de que la creación revela al Dios de la Escritura. Aun admitiendo, en boca de un personaje suyo implica-do en un diálogo, el hecho de la complejidad y el designio en la na-turaleza «hasta un grado que va más allá de lo que pueden rastrear y explicar los sentidos y facultades del ser humano»4 (y cuando él

es-cribía nadie había oído acerca del ADN, mucho menos se habían em-pezado a explorar las impresionantes complejidades de las células), Hume luchó duramente para descartar la idea de un Creador detrás de todo ello. En última instancia, sin embargo, tuvo que sostener que:

«La materia puede contener originariamente dentro de sí la fuente o el origen del orden [...]; y [...] que los diversos elementos pueden disponer-se, merced a una desconocida causa interna, en la más exquisita de las or-denaciones».5

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¿ D E DÓNDE PROCEDE TODO?

La tesis de Hume, uno de los más imperecederos polemistas an-i ¡cran-istan-ianos de la han-istoran-ia, no deja de an-implan-icar (al an-igual que las han-ipó- hipó-tesis de los agujeros negros, los extraterrestres, etc.) una petición de principio. ¿Dónde obtuvo la materia la información y la capacidad con las que organizarse para alcanzar este "orden exquisito"? Es más lácil imaginar al papel y la tinta, en virtud de algo inherente a sí mismos, creando el manuscrito de la obra de Dostoyevski Crimen y ntstigo, que concebir al carbono, el agua y las proteínas organizán-dose en una célula; muchos menos, a los procesos que, con el tiem-po, condujeron al cerebro de Einstein.

¿Cómo es que materiales inanimados (protones, electrones, mo-léculas, átomos e incluso sustancias químicas) emergen como algo mayor que sus partes constituyentes (por ejemplo, la vida y la con-ciencia humana)? Es más probable que una mujer de 50 kilos die-ra a luz a un bebé de 75 kilos, que el que la materia inanimada, por sí misma, y con independencia de cuánto tiempo se le conceda, llegase jamás a convertirse en la forma de vida más "sencilla", y mucho menos en la vasta variedad de seres vivos que vemos alrede-dor de nosotros en la tierra. Si los elementos necesarios no se en-contraran ahí desde el principio, si no estuvieran en el caldo primi-genio siquiera en forma potencial, entonces, ¿cómo surgieron de ahí? Puedes crear cosas interesantes con un puñado de piedras, pero no importa cuánto tiempo o cuán creativamente las agites, las macha-ques o las dispongas, nunca llegarán a ser un ente vivo, porque los elementos clave para ello no estaban en esas piedras desde un prin-eipio. Y el tiempo mismo, lejos de crear esos elementos superio-res, tendería a desgastar las piedras, no a transformarlas en algo más grande de lo que ya eran.

«Con mucho», señaló el filósofo Etienne Gilson, «el problema más difícil para la filosofía y para la ciencia es explicar la existencia de las voluntades humanas en el mundo sin atribuirla al primer principio, ni a una volun-tad, ni a algo que, porque contiene en potencia una volunvolun-tad, es en rea-lidad superior a ella».6

Sólo algo mayor que una creación puede producir esa creación. Nadie se sorprende cuando un artista pinta su autorretrato. Lo

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im-V I D A SIN LÍMI TES

posible es que el autorretrato pinte al artista. Eso sería ir de lo me-nos complejo a lo más complejo, ¿y cómo puede ser eso? Fuerzas ma-yores, más inteligentes y que trascienden a una bicicleta crearon la bicicleta. Esta requirió algo capaz de permanecer fuera de ella, de pen-sarla y, luego, de incorporar los materiales y procesos necesarios para formarla.

¿Qué decir, entonces, del universo y todo lo que hay en él? Sólo algo mayor que él pudo haber creado el universo, y, ¿quién, o qué, pudo ser ése sino Dios, una eterna y todopoderosa Deidad creado-ra, como la que aparece descrita en las Sagradas Escrituras? ¿No es mucho más razonable creer en tal Creador que en algunas de las al-ternativas que, con excepción del concepto de que todo procede de la nada, ni siquiera eliminan, de todos modos, la necesidad de un Creador? Y si al final, después de todo, resulta que incluso la nada debe ser algo, ¿de dónde procede ese algo, sea lo que sea, sino del Creador?

En resumen, si es siempre incorrecto para todo el mundo, en cual-quier parte, creer algo sobre la base de evidencia insuficiente, enton-ces no debe sorprendernos que millones crean en Dios. Dadas las evi-dencias, ¿no es de lo más irrazonable no hacerlo?

¿Quién creó a Dios?

Y estos millones creen no en cualquier deidad, sino en el Dios de las Escrituras, el Dios Creador, aquél en el que «vivimos, nos move-mos y somove-mos» (Hechos 17: 28), en cuya «mano está la vida de todo viviente» (Job 12: 10 RV90), y quien ha creado «todas las cosas» (Apocalipsis 4: 11). ¿No es mucho más lógico creer en él como el ori-gen de todo, que en alieníori-genas espaciales, agujeros negros, o nada?

Pero, ¿quién creó a Dios?

El ateo británico Bertrand Russell contó la historia de cómo, en su juventud, batalló con las cuestiones acerca de la existencia de Dios. Hasta cumplir los 18 años, dijo, había creído en Dios, pero enton-ces se encontró confrontado con la pregunta sobre las causas

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prime-¿ D E DÓNDE PROCEDE TODO?

ras. Si todo lo que vino a la existencia tuvo una causa (algo previo a ello lo creó), entonces, ¿qué existía antes que Dios? ¿Quién creó a Dios?, se había preguntado Russell. De ahí en adelante, según refi-rió, dejó de creer que la creación misma mostrara que Dios tenía que existir.

Sin embargo, la cuestión "¿Quién creó a Dios?" es engañosa. No tiene sentido porque Dios, por definición, siempre existió (es lo mismo que preguntar "¿Por qué un círculo es redondo?").

Meditemos en ello. Sólo dos tipos de existencia son posibles: la que lúe creada (y hubo un tiempo en el que no existió) y la que siempre ha existido y, por tanto, nunca fue creada. ¿Qué otras opciones hay? El Dios de la Biblia entra en la última categoría. Por eso la Escritura lo llama el «Dios eterno» (Romanos 16: 26). Por muy difícil que resulte comprender este concepto, ¿qué otra conclusión lógica po-demos extraer?

En todo nuestro derredor vemos cosas que están ahí sólo porque algo más las originó. Nada viene de sí mismo. Todo lo que en otro tiempo no existió y luego llegó a existir (como tú, un caballo, un coche, una cebra en tu cocina), debió su existencia a algo distinto de sí mismo, algo previo. Sin embargo, antes o después tenemos que llegar a algo que no fue creado, que no resultase de algo que exis-tiese previamente, que siempre estuviera ahí. ¿Y quién, o qué, po-dría ser eso salvo Dios? Cualquier otra cosa necesitaría que algo lo crease, y volvemos donde empezamos. Lógicamente, entonces, algo no creado, algo eterno, tiene que existir, y si no es Dios, ¿entonces qué es?

¿La nada? ¿Los agujeros negros? ¿Los extraterrestres? ¿O un eterno Dios autoexistente?

El Nuevo Testamento declara sobre este Dios que «todas las cosas fueron hechas por él. Y nada de cuanto existe fue hecho sin él» (Juan 1: 3 RV90). En otras palabras, cualquier cosa que una vez no exis-tió y luego sí, sólo llegó a existir a través de Dios, la Divinidad

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des-V I D A SIN LÍMI TES

crita en la Santa Biblia como el único que siempre ha existido y a tra-vés de quien todo fue creado.

Y él es Dios sólo porque es el Creador. «Porque en él fueron crea-das tocrea-das las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las in-visibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo en él tiene su consistencia» (Colosenses 1: 16-17 BJ).

El que está antes que todas las cosas, el que creó todas las cosas, el que mantiene unidas todas las cosas... a nadie debe extrañar que sea Dios.

¿Quién más o qué otro podría ser?

En nuestro principio está nuestro final

Una nave espacial procedente de la tierra viaja a un planeta que rota en torno a otra estrella, habitado por seres muy similares a los hu-manos. Una diferencia esencial, sin embargo, es que, a diferencia de los humanos, los residentes en este planeta viven aproximadamen-te un millón de años, algunos miles arriba o abajo. Los astronautas de la tierra, al mezclarse con esos amistosos habitantes, pronto per-ciben algo sobre ellos: lamentan el sinsentido y la extrema futilidad de sus vidas. «¿Qué puede significar todo?», se preguntan, en parti-cular después de un funeral. «Vivimos, pongamos por caso, 999.000, un millón, un millón y pico de años... (un punto, un relámpago en medio de la eternidad), ¿y luego qué? ¿Muerte eterna, eterno olvi-do, eterna nada? ¿Cuál es el propósito de la vida si, al final, morimos para siempre y nada viene después?».

Aunque imaginario, este breve relato destaca un asunto impor-tante. Incluso si aceptamos la conclusión lógica de que Dios nos creó, podemos preguntar: ¿Por qué? ¿Cuál es nuestro propósito? ¿Engendrar una generación miserable tras otra hasta que, antes o después, una de ellas reviente, o se congele hasta la muerte cuando las estrellas se extingan y "concluya la era de la luz"? Si la pregunta

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¿ D E DÓNDE PROCEDE T O D O ?

sobre Dios y su existencia terminase donde empezó, no estaríamos mejor que si fuéramos meros productos del azar.

¿Qué tipo de Dios nos puso aquí, nos dio mentes capaces de con-templar la eternidad y de temblar ante la temporalidad de nuestra existencia, y luego permite que todos (sin excepción... o incluso sin posibilidad de excepción) muramos? «La grasienta huella de la muerte»7 echa a perder todo lo humano. Reducirá a todo corazón

hu-mano a un silencio idéntico al de un filete de ternera cruda, y des-trozará cada neurona hasta que toda una vida llena de memoria se desintegre dentro de las barrigas de unas bacterias que, también ellas, desaparecerán.

Redentor

Justo por eso el Dios de la Biblia no es sólo nuestro Creador. No nos enjauló en la mortalidad como a simples animales en un zoo, mientras la noción de inmortalidad se burla de nosotros más allá de nuestras rejas. No, él también nos ofrece vida eterna, la única cosa que puede hacer de nuestra existencia algo más que una farsa. (Vete a un cementerio alguna vez y cómete un almuerzo a la sombra de una tumba. Si lo que hay en la tierra debajo de tu mochila es tu desti-no eterdesti-no, ¿cómo puede desti-no ser todo una farsa?).

Aunque Dios nos creó de la tierra (ver Génesis 2: 7), él nunca se propuso volver a dejarnos ahí (no nos creó para matarnos). Se espe-raba que nos alimentásemos del suelo, no que llegásemos a ser par-te de él. Por eso Dios no es sólo el Creador, es también el Redentor; pues sin la redención, la naturaleza misma, al menos tal como es actualmente, opera contra nosotros. Necesitamos, por tanto, algo que trascienda la naturaleza, algo más fuerte, por encima y fuera de ella, y ese algo es Dios, nuestro Dios Redentor, a quien los cristianos adoramos y conocemos como Jesucristo.

¿Por qué los cristianos adoran a Jesús? Porque no es sólo Creador sino también Redentor. Como tal, nos ofrece esperanza más allá de la que este mundo puede ofrecer... ¿Qué es lo que éste puede

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ofre-V I D A SIN LÍMI TES

cernos? ¿El Big Freeze (la Gran Helada)? ¿El Big Crunch (la Gran Implosión)? ¿El Big Rip (el Gran Desgarramiento)? [Distintas hi-pótesis sobre el fin del universo. N. del T.] ¿Eso es todo lo que po-demos esperar?

La Escritura proclama: "¡No! Podéis esperar más, mucho más". Y nos muestra cómo, a través de quién, y por qué podemos esperar in-finitamente más.

«En mi principio», escribió el poeta T. S. Eliot, «está mi final».8

Nuestro principio, lo queramos o no, estuvo en Cristo, el Creador. Y si lo elegimos, nuestro final también puede estar en Cristo el Redentor.

Aunque puede que no hayamos tenido elección en nuestro prin-cipio, sí elegimos nuestro final. Y la esperanza de la fe cristiana es que aquéllos que aceptan a Cristo, no sólo como su principio (su Creador), sino también como su final (su Redentor), tienen la pro-mesa de la redención eterna.

¿Qué es la redención, en todo caso? ¿Qué significa? ¿Ofrece al-gún tipo de esperanza? ¿Y por qué creemos en ella?

Eso es lo que analizaremos seguidamente: la redención en Jesús como la esencia de la fe cristiana, el fundamento de toda su espe-ranza.

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¿ D E DÓNDE PROCEDE T O D O ?

Ucferencias

1. Ian Barbour, When Science Meets Religion (San Francisco: HarperSanFrancisco, 2000), pág. 10. 2. Michael Leonick y J. Madeleine Nash, "Cosmic Conundrum," Time, 29 noviembre 2004, pág.

58.

3. Mark Steyn, "The Twentieth-Century Darwin," Atlantic Monthly, octubre 2004, pág. 207. 4. David Hume, Diálogos sobre la religión natural (Madrid: Tecnos, 1994), pág. 76.

5. Ibíd., pág. 80.

6. Etienne Gilson, God and Philosophy (New Haven, Conn., EE.UU.: Yale University Press, 1941), pág. 22.

7. Charles Simic, Hotel Insomnia (Nueva York: Harcourt, Inc., 1992), pág. 15.

8. T. S. Eliot, "East Coker," The Complete Poems and Plays (Nueva York: Harcourt Brace and Company, 1980), pág. 123.

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El meollo del asunto

? m f ué es más difícil de imaginar, un universo finito, o / j infinito?

Si es infinito, el universo sigue avanzando y avanzando sin fin, a donde sea, por siempre jamás. Aunque viajes a la velocidad de la luz durante mil millones de años, no te aproximas más a sus límites que cuando empezaste... no es una idea fácil de asimilar (incluso con millones y millones de neuronas en nuestros cerebros). Pero si es finito, si el universo tiene un fin, eso suscita la cuestión: ¿Qué hay más allá de ese fin? Algunos sostienen que el universo es finito pero no tiene fin, como un círculo sobre el que uno sigue dando vueltas y más vueltas sin parar. Sin embargo, un círculo es un cír-culo porque es redondo, y algo redondo implica un espacio que no cubre, justo como algo limitado requiere un límite con algo más. Así que si el universo es limitado, ¿qué hay más allá de sus límites? Entretanto, cualquiera sea su tamaño y su forma, el universo se agranda continuamente. Algunos antiguos pensaban que el univer-so se extendía no mucho más allá de la tierra, quizá unos cuantos kilómetros a lo sumo (la antigua tradición rabínica contemplaba el trono de Dios a unos cinco kilómetros del Templo de Jerusalén).

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V I D A SIN LÍMI TES

Hace cien años los astrónomos creían que el universo tenía un diá-metro de unos cinco mil años luz. Hoy los astrónomos estiman que la parte visible del universo mide unos 27 mil millones de años luz, lo que significa que si redujésemos el universo al tamaño de la superficie de la tierra, nuestro sistema solar tendría el volumen de una pequeña bacteria. La ciencia proclama que el universo se expan-de, a la manera de un globo. Y eso suena bien, pero si el universo está, de hecho, agrandándose, el asunto lleva a algunas abrumado-ras preguntas, entre las cuales quizá la más obvia sea: si el univer-so se expande, ¿hacia dónde se expande?

Las pequeñas cosas

Pero no es sólo el macromundo, el cuadro global, lo que nos con-funde. La otra perspectiva, la de las pequeñas cosas, enmaraña aún más nuestras mentes.

La materia se compone de átomos, entidades tan pequeñas que una gota de agua contiene miles de millones de ellas. Pero el átomo mismo (un núcleo y la nube de electrones en torno a él), está tan hueco como una caverna.

«Muy aproximadamente», escribió el físico John Gribbin, «la proporción es como un grano de arena en el Carnegie Hall. La sala vacía es el "áto-mo"; el grano de arena es el "núcleo"».1

Pero es que además el núcleo contiene protones y neutrones, compuestos a su vez de elementos más pequeños, llamados quarks. Algunos científicos teorizan que los quarks -toda la materia, real-mente- se componen de cuerdas vibratorias unidimensionales y tan pequeñas, que una cuerda es al tamaño de un protón... ¡lo que un protón es al tamaño del sistema solar!

Y aún no hemos terminado. La materia, como los números, es qui-zás infinitamente divisible. Se sigue empequeñeciendo cada vez más, sin que haya una partícula que sea la más pequeña, al igual que los números se empequeñecen cada vez más sin llegar nunca al más pequeño.

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EL MEOLLO DEL ASUNTO

El meollo del asunto

En otras palabras, la existencia, en ambas direcciones, podría no acabar nunca. Hacia dentro o hacia fuera, estamos atrapados, inte-lectual y físicamente, no sólo por los infinitos que nos rodean, sino también por los que hay dentro de nosotros.

La creación, tan grande, tan compleja, tan abismalmente superior a nuestros pensamientos, ofrece un impresionante testimonio del po-der del que la creó, el ser por medio del cual «fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo en él tiene su consistencia» (Colosenses 1: 16-17 BJ).

Pero, como ya hemos señalado, este Dios no es sólo el Creador, es también el Redentor. No nos puso aquí sólo para permitir que desapareciéramos para siempre en los infinitos que nos rodean. No, él nos creó para tener vida eterna. Desafortunadamente, esta-mos tan acostumbrados a la muerte que la contemplaesta-mos como parte del curso natural de las cosas, del mismo modo que un niño criado en un hogar donde reinan los malos tratos, asume que es natural que los padres golpeen a sus hijos. Pero la muerte es una per-versión del orden previsto por Dios, y como tal será eliminada. Y en eso consiste la redención, en la extirpación de la muerte (así como del dolor, la enfermedad y el sufrimiento). Y todo eso ocu-rre por medio de Jesús.

La Escritura dice: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: El, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hom-bres. Más aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2: 5-8).

Pon a un lado todo lo que das por supuesto acerca del cristianis-mo. Concéntrate, en lugar de ello, en este único punto: en su

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nú-V I D A SIN LÍMI TES

cleo, el cristianismo enseña que el Creador del universo, el poder que hizo "todas las cosas" y en el que todo "tiene su consistencia", "se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo" y murió en una cruz. En otras palabras, ¡se sometió voluntariamente al juicio y al castigo que el propio mundo (como ya veremos) merecía!

He ahí el meollo del asunto.

De nuevo, la existencia de Dios, por sí sola, no es necesariamente una buena noticia. Pero, ¿y si esta Divinidad hizo suya la humanidad, y en esa humanidad soportó el castigo por todo el mal que la raza hu-mana ha cometido? ¿Y si permitió ser ella misma castigada por todos nuestros malos actos, porque ése era el único modo de que nosotros -mentirosos, tramposos, adúlteros, calumniadores e incluso cosas peores- pudiésemos tener la esperanza de vida eterna?

Piensa en las implicaciones.

Piensa, primero, en que el hormigueo de nuestra piel al intuir que las cosas acabarán arreglándose está basado en la realidad, no en un cursi sentimentalismo. En que cuando alzamos la mirada hacia el cielo nocturno (esté embozado por las nubes o salpicado con la luz de las estrellas), alguien no sólo nos está devolviendo la mi-rada, sino que lo está haciendo con amor y preocupación. En que nuestras vidas valen mucho más de lo que este mundo jamás podría admitir. En que, no importa cuán grande sea el universo, sus lí-mites se hallan más cerca de lo que imaginamos. En que algo gran-de nos aguarda, pues el Creador no habría pasado por los sufri-mientos que padeció de no ser porque algo maravilloso resultaría de ello. (Jesús no murió en la cruz simplemente para proporcionar un motivo pictórico a los artistas del siglo XVI). Y finalmente, piensa en que la mayor ironía jamás conocida, la de que nos sobre-vivan nuestras tumbas, finalmente será revertida.

Eso, y mucho más, es lo que estaría implicado en todo este asunto. Con tanto en juego, ahora nos cabe preguntarnos: ¿Qué es la re-dención? ¿Por qué la necesitamos? ¿Cómo se obtiene?

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EL MEOLLO DEL ASUNTO

Kcferencias

I. |ohn Gribbin, The Search for Superstrings, Symmetry, and the Theory of Everything (Nueva York: Little, Brown and Company, 1998), pag. 6.

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Dilema moral

U

na niña londinense de seis años viajó a Francia por prime-ra vez. Después de recupeprime-rar el equipaje en el aeropuerto, la familia llamó a un taxi aparcado junto a una acera. Pero la niña, horrorizada, se negó a montarse.

«Mamá», gritó, «¡conducen por el lado contrario de la calle!» ¿Cuál es el lado "correcto"?

Es como preguntar: ¿Cuál es más bonita, la Novena de Beethoven, o "Suicide Solution", de Ozzy Osbourne? A algunos les encanta el arte de Lucían Freud, mientras otros cuestionarán que a eso se le pue-da llamar arte en absoluto. Aunque muchas culturas cocinen la ma-yoría de sus platos con cerdo, hay quienes creen que se contamina-rían con sólo tocar uno de estos animales. Mujeres consideradas obscenamente gruesas en unas sociedades son "top modeiÍ" en otras. ¿Qué es lo relevante aquí? Pues que en ciertos contextos, la cues-tión no es "correcto o incorrecto" (el bien o el mal), sino un asun-to cultural, de costumbres o de preferencias personales.

Pero, ¿qué hay de la moral? ¿Es tan relativa como que uno prefie-ra las piernas gordas a las flacas, o a Ozzy Osbourne antes que

Referencias

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