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Al pie del Templo Mayor: excavaciones en busca de los soberanos mexicas

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(1)

MOCTEZUMA II

294

LA ARQUEOLOGÍA de Tenochtitlan tiene un sello fuertemente distintivo en el ámbito

de los estudios sobre Mesoamérica. Constreñida por sus circunstancias, enfrenta el

mismo tipo de retos que la arqueología de Roma, Jerusalén, Estambul, Alejandría y

cualquier asentamiento del mundo antiguo cuyos vestigios yacen bajo una metrópolis

moderna. Para estudiar la capital del imperio mexica debe superarse la enorme barrera

que representa la ciudad de México, nada menos que la mayor concentración

demográ-fica del planeta en los albores del siglo

XXI

. Este problema ha cobrado mayor

importan-cia durante las últimas décadas y, para colmo, se agrava día con día, pues la tasa de

creci-miento de la mancha urbana cobra ritmos cada vez más vertiginosos. Así, de manera

irremisible, han quedado sepultadas bajo toneladas de asfalto y concreto no sólo

Tenoch-titlan, sino Tlatelolco y casi todos los centros ribereños de su época.

Sin embargo, el problema fundamental no deriva de la extensión desmesurada de

la ciudad actual, sino de las particularidades de su centro histórico. Esta área, declarada

Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, atesora el conjunto monumental con mayor

riqueza artística e histórica del continente americano. Allí coexisten edificios de una

cali-dad excepcional, pertenecientes a estilos tan diversos como el barroco, el neoclásico, el

ecléctico porfiriano, el art nouveau, el art déco y el neocolonial. En muchos casos se trata de

los más bellos exponentes de la arquitectura occidental en el Nuevo Mundo, sin que ello

signifique que estén exentos de las aportaciones de una cultura local caracterizada por su

gran vitalidad. En un contexto así, la paradoja reside en que cualquier tentativa ambiciosa

Capítulo 9

Al pie del Templo Mayor:

excavaciones en busca

de los soberanos mexicas

Leonardo López Luján y Ximena Chávez Balderas

Fig. 89

Escáner tridimensional de la Tlaltecuhtli.

(2)

para recuperar los restos materiales de Tenochtitlan y reconstruir la

his-toria de sus habitantes, implica sacrificar una parte imprescindible de la

herencia colonial y de los siglos

XIX

y

XX

.

Una manera probada de salvar esta clase de obstáculos es por

medio de exploraciones subterráneas que permiten el estudio de los

ni-veles arqueológicos más profundos sin alterar los monumentos de la

superficie. Pero las obras de este tipo son prácticamente inimaginables

en el centro histórico de la ciudad de México por dos sencillas razones.

Por un lado, el subsuelo de la antigua cuenca lacustre es extremadamente

inestable debido a que está constituido por arcillas compresibles y a que

es objeto de la explotación indiscriminada de sus mantos acuíferos para

satisfacer las demandas de la población actual. Por el otro, el centro tiene

un subsuelo difícil de penetrar dada la existencia de un nivel freático

ele-vado y de espesas capas de cimentación surcadas por redes anárquicas de

agua potable, drenaje y cableado eléctrico.

Por si esto fuera poco, inmediatamente abajo de este sustrato se

localizan los niveles más antiguos de la capital de la Nueva España, los

cuales datan del periodo comprendido entre 1521 y 1650 d.C. Estas capas

se distinguen por la inusitada abundancia de elementos culturales que

atestiguan la vida opulenta de los conquistadores y de sus descendientes

en el centro hispano más pujante de ultramar. Más allá de las capas coloniales, se

encuen-tran las mexicas, terriblemente dañadas por los enfrentamientos bélicos de 1521 y por la

demolición sistemática de edificios emprendida tras la conquista. Lógicamente, las

oca-siones en que se logra alcanzar estos niveles son poco frecuentes. Los trabajos de

pavi-mentación, las obras hidráulicas, la instalación de plantas eléctricas y la recimentación de

inmuebles se encuentran entre las contadas oportunidades que los arqueólogos deben

aprovechar para sacar a la luz diminutas fracciones de la capital mexica. Durante este tipo

de coyunturas, se invierten cuantiosos esfuerzos humanos y sumas económicas

conside-rables a sabiendas de que, en la mejor situación, se exhumará parte de un templo, de una

vivienda o de un canal dentro de un área de excavación generalmente definida con criterios

no científicos.

El Proyecto Templo Mayor

Si bien es cierto que los primeros descubrimientos arqueológicos en el centro de la

ciu-dad de México datan de finales del siglo

XVIII

,

1

las excavaciones de gran envergadura en el

recinto sagrado de Tenochtitlan tuvieron que esperar hasta febrero de 1978, cuando un

grupo de trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza descubrió casualmente el

monoli-to de la diosa lunar Coyolxauhqui.

2

Dada la enorme importancia científica de este

mono-lito y del área circunvecina, el Instituto Nacional de Antropología e Historia decidió

orga-nizar un programa de investigación a largo plazo denominado Proyecto Templo Mayor.

3

Hasta ahora se han llevado a cabo siete largas temporadas de campo, tres de ellas

coordi-nadas por Eduardo Matos Moctezuma y las cuatro restantes por Leonardo López Luján.

4

La superficie excavada de manera extensiva entre 1978 y 2010 asciende a 1.35

hec-táreas. Entre los descubrimientos más significativos del Proyecto Templo Mayor destacan

las trece etapas constructivas del Huey Teocalli de Tenochtitlan, las cuatro etapas de la Casa

de las Águilas (Edificio E) y un total de trece adoratorios menores (edificios A-D y F-N). A

estos escenarios rituales debemos sumar la exploración de ciento cincuenta y tres

ofren-das, el hallazgo de decenas de miles de objetos arqueológicos y la recuperación de

innu-merables esculturas y pinturas murales.

El proyecto también ha tenido a su cargo el acondicionamiento de la zona

arqueo-lógica del Templo Mayor tanto para la visita turística; la conservación de los monumentos

arquitectónicos y escultóricos de la zona; la restauración de los artefactos y los ecodatos

recuperados; la creación de un museo de sitio que expone los materiales producto de las

excavaciones, como para el establecimiento de un centro de investigación especializado

en la cultura mexica y en la arqueología del llamado primer cuadro de la ciudad de

Mé-xico. Uno de los principales objetivos de dicho centro ha sido la publicación de sus

inves-tigaciones, las cuales se han cristalizado en más de quinientos títulos científicos y de

divulgación.

La séptima temporada del Proyecto Templo Mayor

Hace unos cuantos años, el Gobierno del Distrito Federal ordenó la demolición de dos

edificios del centro histórico de la ciudad de México que habían sido irremediablemente

dañados por el temblor de 1985. Tal decisión levantó grandes expectativas entre los

arqueólogos debido a que ambos inmuebles se encontraban frente a las ruinas del Templo

Mayor, en terrenos del antiguo mayorazgo de Nava Chávez

5

ubicados en la esquina de las

calles de Argentina y Guatemala. Según las fuentes históricas del siglo

XVI

, el área

situa-da al pie de la pirámide principal de Tenochtitlan era un escenario ritual de primer orden,

donde tenían lugar ceremonias vinculadas con el poder transformador del fuego. Ahí

ardían durante el mes de quecholli los símbolos que recordaban a los caídos en la guerra;

6

tiempo después, en panquetzaliztli, se quemaba la figura de una serpiente de fuego hecha

de madera, papel y plumas que era bajada desde la cúspide del Templo Mayor, y en el mes

de títitl, se incendiaba una construcción de madera y papel que nombraban “la troje de

Ilamatecuhtli”.

8

También eran cremados al pie de la pirámide los cadáveres de los reyes y,

muy cerca de ahí, eran sepultadas las cenizas resultantes junto con ricas ofrendas

funera-rias. Al menos así fue en el caso de tres hermanos que se sucedieron en el trono:

Axayá-catl (1469-1481), Tízoc (1481-1486) y Ahuítzotl (1486-1502).

9

En 2006, durante el último de los cuatro salvamentos realizados por el Programa

de Arqueología Urbana en la esquina de Argentina y Guatemala, se corroboró la enorme

importancia del área, al descubrirse el monolito mexica más grande hasta ahora conocido.

En ese lugar se estaban construyendo los cimientos del nuevo Centro Cultural para las

Artes de los Pueblos Indígenas. El 2 de octubre, cuando uno de los trabajadores introdujo

su pico más allá de los límites señalados por el ingeniero de la obra, súbitamente quedó

expuesta parte de una escultura que medía 4.17 x 3.62 x 0.38 metros y pesaba unas doce

toneladas. Lo anterior significaba que era aún mayor que el monolito de Coyolxauhqui y

Fig 90

Vista aérea donde se observa el área de excavación en el mayorazgo de Nava Chávez (esquina de Argentina y

Guatemala) con relación a la zona arqueológica del Templo Mayor.

(3)

El nuevo monolito de la diosa Tlaltecuhtli

A finales de 2007 decidimos extraer el monolito del área de

exca-vación y colocarlo sobre el arroyo de la calle de Argentina con el

fin de restaurarlo en mejores circunstancias y de explorar por

debajo de la superficie en que estaba apoyado. Obviamente, antes

de este movimiento era indispensable documentar la escultura in

situ.

12

Con tal propósito, el equipo de Saburo Sugiyama hizo un

levantamiento topográfico del área. De la escultura se tomaron

más de trescientas mediciones, información que sirvió para

ela-borar un modelo tridimensional en auto

CAD

. Posteriormente,

em-prendimos un levantamiento mucho más exacto con ayuda de un

escáner tridimensional terrestre. El equipo de Guido Galvani

rea-lizó un barrido sistemático a cada dos milímetros, el cual derivó

una base de datos digital de la topografía. A partir de ella, la

arqui-tecta María Sánchez Vega generó “nubes” compuestas por

dece-nas de millones de puntos, conformando así un espectacular

mo-delo en tercera dimensión.

Concluida la documentación de los contextos, trasladamos

el monolito con una grúa de brazo largo, desplazando sus cuatro

fragmentos a veinte metros al noreste de su posición original. Ahí

se construyó un laboratorio de campo, donde se hicieron

nume-rosos estudios para identificar los materiales empleados por los artistas mexicas en la

creación del monolito. El geólogo Jaime Torres Trejo, por ejemplo, realizó un análisis

petro-gráfico y uno microquímico, confirmando así que la escultura fue esculpida en andesita de

lamprobolita.

13

Esta roca volcánica era explotada por los mexicas y sus vecinos en la

For-mación Chiquihuite, principalmente en el cerro Tenayo.

14

En los siglos

XV

y

XVI

, este cerro

lle-gaba prácticamente hasta las márgenes septentrionales del Lago de Tetzcoco, a una distancia

de diez kilómetros de la isla de Tenochtitlan. Para corroborar esta identificación, tomamos

muestras de rocas en las laderas del cerro Tenayo, en una cantera aún en funcionamiento. Así

llegamos a la conclusión de que el monolito seguramente proviene de esta área específica.

De acuerdo con nuestras estimaciones, el bloque original pesaba unas quince

toneladas.

15

Si hacemos caso a las fuentes históricas, dicho bloque habría sido sacado de

la cantera sobre una suerte de trineo deslizado encima de troncos e impulsado con

cuer-das y palancas. Posiblemente de esta manera fue transportado a Tenayuca y de allí hasta

Tlatelolco, atravesando el lago por la Calzada de Tenayocan (hoy Calzada Vallejo). Grosso

modo, puede calcularse que en esta empresa habrían sido necesarios entre doscientos

veinticinco y quinientos diez individuos. Sin embargo, nos parece más lógico suponer que

el bloque fue arrastrado únicamente hasta la margen septentrional del Lago de Tetzcoco

y en ese lugar montado sobre una balsa construida ex profeso, en la cual se habría

realiza-do la mayor parte del trayecto por vía lacustre.

Cualquiera que haya sido el caso, una vez que la preciada carga arribó al recinto

sagrado de Tenochtitlan, fue colocada justo al pie del Templo Mayor para conferirle ahí su

Fig. 92

El área de excavación en el antiguo mayorazgo de Nava Chávez.

AL PIE DEL TEMPLO MAYOR 299

la Piedra del Sol. Este monumento representa la advocación femenina de la venerada y a

la vez temida diosa de la tierra Tlaltecuhtli.

10

Como era de esperarse, un hallazgo de tal magnitud significó la cancelación de la

construcción del centro cultural. Entonces, de manera generosa, el gobierno local cedió el

predio al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Esta decisión tuvo entre sus

con-secuencias el que las futuras exploraciones arqueológicas se realizaran de la manera más

cuidadosa y dentro del marco de un programa de investigación científica a largo plazo.

Fue así como las actividades arqueológicas quedaron englobadas en la séptima

tempora-da del Proyecto Templo Mayor, organizándose en marzo de 2007 un grupo de trabajo

mul-tidisciplinario conformado por especialistas de alto nivel del

INAH

, la

UNAM

y varios

cen-tros de investigación de Japón, Francia, Italia y Estados Unidos.

Según se había planeado con antelación, esta temporada se enfocaría en la

elabo-ración de un mapa computarizado tridimensional de la totalidad de los vestigios

arqueo-lógicos mexicas expuestos actualmente en el centro histórico de la ciudad de México; el

estudio geofísico de varios edificios de la zona arqueológica del Templo Mayor; el análisis

microquímico de las áreas de mayor actividad ritual de dicha zona, y el registro gráfico de

las pinturas murales que decoran las construcciones. A esto se sumaría una nueva meta:

comprender las funciones y los significados del área que se encuentra al pie de la pirámide

principal de Tenochtitlan.

11

El objetivo sería reconstruir los que se han denominado

“acon-tecimientos ritual-arquitectónicos”, es decir, aquellos fenómenos de interacción entre un

escenario religioso, sus actores y las ceremonias que allí realizaban.

MOCTEZUMA II

298

Fig 91

Reconstrucción hipotética del Templo Mayor de Tenochtitlan que marca la posición del monolito de la diosa Tlaltecuhtli.

(4)

forma divina. El primer paso consistió en ajustar el bloque a las dimensiones exactas que

eran requeridas por los artistas, calculadas en unidades indígenas de longitud.

16

Esto quedó

patente cuando, auxiliados por un escáner tridimensional Minolta, Tenoch Medina y dos

técnicos de la compañía japonesa Acord midieron la escultura con gran exactitud. La

piedra tiene 417 centímetros en sentido longitudinal y 362 centímetros en sentido

trans-versal. Tales cifras cobran sentido al ser divididas entre dos de los principales patrones

usa-dos por los mexicas: el “corazón” y el “pie”. El primero equivale a 83.34 centímetros, en

tanto que el segundo es la tercera parte de un corazón, es decir, 27.78 centímetros. Lo

ante-rior significa que la escultura mide longitudinalmente cinco corazones o quince pies y,

transversalmente, cuatro corazones más un pie o bien trece pies. Además, parece claro que

los artistas delinearon una retícula de 5 x 4 corazones sobre la cara superior del bloque para

trazar en forma simétrica y bien proporcionada el dibujo preparatorio de la diosa. Podemos

corroborarlo, por ejemplo, al analizar las correspondencias entre algunos rasgos de la

dio-sa y la retícula: los arcos superciliares del rostro, la base de la barbilla, los pezones, y la

banda de símbolos venusinos de la falda.

Paralelamente, con nuestro amigo Giacomo Chiari, hemos indagado la naturaleza

de los pigmentos y sus aglutinantes.

17

Una de las constataciones fundamentales tiene que

ver con la paleta cromática, la cual es prácticamente idéntica a la detectada con

anteriori-dad en las esculturas y pinturas murales de la zona arqueológica del Templo Mayor.

18

Ésta

se limita al negro, el blanco, el azul maya, el ocre y el rojo.

Por medio de la difracción de rayos-x y la espectrometría de masas, sabemos que el

pigmento negro es un material no cristalino. Lo más seguro es que se trate del ampliamente

difundido “negro de humo” o tlilli ócotl, el cual se vendía comúnmente en los mercados. Por

su parte, el pigmento blanco fue elaborado con calcita (tízatl, tetízatl y chimatízatl). Los

infor-mantes de Sahagún consignan que era vendido en el mercado y que también se obtenía en

los actuales estados de Hidalgo y Morelos. De acuerdo con el Codex Mendoza, este material

era tributado periódicamente por las provincias de Atotonilco de Pedraza, en el Estado de

México y de Tepeacac en el de Puebla. El “azul maya” era un pigmento artificial hecho a base

de un colorante vegetal obtenido de las hojas del añil y la arcilla conocida como

paligorski-ta. El añil o xiuhquílitl es una planta que prolifera en las regiones tropicales de México y

Centroamérica, en tanto que la paligorskita provenía de la Sierra de Ticul, en el norte de la

península de Yucatán. El pigmento ocre está compuesto por goetita u “ocre amarillo”.

Quizás se trata del tecozáhuitl o del tecoxtli aludidos en las fuentes del siglo

XVI

, el primero

tributado por la provincia guerrerense de Tlacozauhtitlan, y el segundo traído de Tlálhuic y

de las Mixtecas. Finalmente, el pigmento rojo está hecho de hematita bien cristalizada. Bien

pudiera ser el tlalchichilli o el tláhuitl de las fuentes históricas, materiales que eran

explota-dos en la cuenca de México y que pudieron ser adquiriexplota-dos en el mercado. El cabello de la

diosa es un caso aparte, pues fue pintado con un pigmento rojo sumamente oscuro, casi

negro. La difracción señala que es una mezcla de hematita con magnetita.

Un análisis de cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas fue

realizado para identificar los aglutinantes. En él se detectaron bajísimas concentraciones

de glucosa y manosa, lo que hace presumir que pudiera tratarse de un mucílago de

orquí-dea. Ésta es una sustancia viscosa que los mexicas obtenían de los seudobulbos de

Fig. 93

Escáner tridimensional del área de excavación donde se observa el monolito de la Tlaltecuhtli in situ. Fig. 94

La falda de la Tlaltecuhtli tras la limpieza de las restauradoras.

(5)

Fig. 95

Reconstrucción hipotética del monolito de la Tlaltecuhtli y su colorido.

AL PIE DEL TEMPLO MAYOR 303

masculino y otro femenino, siendo este último el más importante. En los ciclos cósmicos,

Tlaltecuhtli asume un doble papel. Por un lado, tiene funciones generativas, tanto en el ciclo

vegetal como en la concepción y el nacimiento de los seres humanos; por el otro, es una

devoradora insaciable de sangre y cadáveres.

29

De hecho, no sólo come a las criaturas

mun-danas que habitan la superficie de la tierra, sino que engulle al Sol en cada atardecer,

regur-gitándolo al amanecer.

Esto nos lleva a cuestionarnos sobre el posible uso del monolito aparte del de imagen

de culto. A nuestro juicio, la clave principal reside en considerar el lugar donde se descubrió:

al oeste del Templo Mayor, sobre el eje primordial oriente-poniente de esta pirámide y en un

sitio próximo al lugar donde hipotéticamente se encontraría el edificio llamado Cuauhxicalco.

En efecto, en la célebre imagen del recinto sagrado incluida en los Primeros memoriales de

Sahagún, el Cuauhxicalco aparece justo entre el Templo Mayor y el Tzompantli.

30

Lo más interesante para nuestro propósito es que en el Cuauhxicalco se inhumaron

las cenizas de varios tlatoque mexicas según fray Diego Durán y Hernando Alvarado

Tezo-zómoc.

31

Este último historiador puntualiza que los bultos mortuorios de los reyes se

colo-caban sobre una gran pira al pie del Templo Mayor. Las flamas

con-sumían durante horas el cadáver real y parte de su ofrenda, conjunto

que era alimentado con los corazones y la sangre de corcovados,

enanos y esclavos sacrificados sobre el gran teponaztli por

personifi-cadores del dios de la muerte. Las cenizas resultantes eran luego

colectadas en urnas o mantas, y sepultadas en el Cuauhxicalco.

Estas descripciones de las exequias reales, junto con ciertas

pictografías referentes a la inhumación de cadáveres, arrojan luz

sobre el enigmático uso del monolito. En los códices Borgia, Laud y

Fejérváry-Mayer se observan bultos mortuorios en el momento de

ser ingeridos por Tlaltecuhtli. Más aún, en los códices Borgia,

Telle-riano-Remensis y Borbónico, y en el Tonalámatl de Aubin, esta

divini-dad telúrica se traga al mismísimo Sol en su figura de

Tlalchi-tonátiuh (el “Sol que está cerca de la tierra”).

Es bien sabido que, para los mexicas, los mayas y los

taras-cos, la metáfora por excelencia de un reinado era el curso diario del

Sol. Por ello, el deceso del soberano era asimilado a la llegada de la

oscuridad como resultado ya del atardecer, ya de un eclipse solar. Por

tanto, antes de iniciar el proyecto, propusimos que era muy probable

que la nueva escultura estuviera cerca de la tumba de uno o más

soberanos, un lugar que habría sido asociado simbólicamente con la

entrada al inframundo. Obviamente, sólo el tiempo dirá si estamos

o no en lo correcto.

Concluyamos apuntando que, hasta la fecha, hemos

recu-perado dieciséis ofrendas en torno o por debajo del monolito,

las cuales contenían toda suerte de dones. De ellas, se exhibe en la

exposición una muestra significativa que describimos a

conti-nuación.

MOCTEZUMA II

302

muchas orquídeas endémicas de la Cuenca de México, entre

ellas el amatzauhtli.

26

En lo que respecta a la iconografía del monolito, la

ca-lidad de la talla y su estilo nos remiten a la llamada época

imperial, es decir, a las décadas previas a la conquista

españo-la, cuando el arte oficial mexica había alcanzado su mayor

refinamiento. Son notables sus formas redondeadas y su

mar-cado volumen. El monolito muestra a un ser de cuerpo

ente-ro, visto de frente, representado bidimensionalmente y cuya

anatomía sigue una estricta simetría bilateral. Sus rodillas

están flexionadas y desplegadas hacia los costados, en una

posición que ha sido interpretada como de sapo, de parto, de

derrota, de descenso o que emula la estructura cuatripartita

de la superficie terrestre.

27

Los brazos, doblados hacia arriba,

adoptan una postura semejante a la de las piernas.

Destaca en esta representación la cabellera rizada,

propia de las divinidades de la oscuridad, la tierra y el

infra-mundo. De la cabellera asoman banderas de papel, símbolos

del sacrificio. El rostro es el de la diosa de la tierra: tiene ojos

profundos y en forma de media luna; nariz ancha y plana; mejillas con los dos círculos

dis-tintivos de esta diosa; boca abierta, descarnada y con los dientes bien expuestos. A la boca

penetra un flujo de sangre que proviene del abdomen cortado de la diosa. El rostro está

flanqueado por prominentes orejas, adornadas con orejeras circulares de las que penden

paneles de tela con extremos reticulados.

En este monumento, Tlaltecuhtli fue representada en su aspecto femenino. Sus

dos senos flácidos y los pliegues que atraviesan el abdomen de lado a lado la califican como

una madre prolífica. El vientre tiene figurada una incisión circular de la que brota un flujo

de sangre que, como dijimos, llega a la boca. Dentro de la incisión aún se distinguen dos

pies con sandalias de obsidiana, restos de la imagen perdida de un dios o un gobernante.

Más abajo se observa una falda corta con cráneos y huesos cruzados, así como una divisa

entre las piernas compuesta por un cielo estrellado, símbolos de Venus, plumas de águila

juvenil, correas de cuero y remates de caracoles Oliva. Las extremidades de la diosa son

robustas: sus codos y rodillas están cubiertos con cráneos, en tanto que en sus cuatro

ga-rras hay rostros de seres telúricos. Como nota distintiva, la garra de la pierna derecha

enmarca el signo Conejo con el numeral 12.

El conjunto de atributos recién descritos corresponde a las conocidas

representa-ciones escultóricas mexicas de Tlaltecuhtli en su aspecto femenino y antropomorfo. Sin

embargo, hay en este monolito atributos poco comunes o disonantes: cráneos en codos y

rodillas, en lugar de rostros telúricos, lo que vincula a la diosa con la muerte; banderas en

el cabello, lo que la conecta con el sacrificio, y sangre en la boca, lo que la muestra en su

aspecto devorador.

28

Tlaltecuhtli significa literalmente “Señor o Señora de la Tierra” y, como otras

mu-chas divinidades del panteón mexica, presenta en la mitología y la iconografía un aspecto

Fig. 96

(6)

Animales marinos de la ofrenda 126

En noviembre de 2007, una vez que el monolito de la diosa

Tlaltecuhtli fue extraído con una grúa del área de excavación

y colocado temporalmente sobre la calle de Argentina, los

arqueólogos pudieron explorar el área que esa escultura

ocupó durante cinco siglos. A dos metros de profundidad

se toparon con la caja de ofrenda más grande jamás

descubierta en las ruinas de Tenochtitlan, la cual

medía 2



1



1 metros. Especialmente abundante

fue su contenido de animales marinos, seres que

simbolizaban para los mexicas el mundo femenino,

acuático y de fertilidad absoluta. La mayoría de las

especies de esta ofrenda habitaban en aguas someras,

sustratos rocosos o arenosos, arrecifes coralinos y pastos

marinos de la zona de mareas, por lo que su obtención

no representó gran dificultad. Los caracoles, las conchas,

los erizos de mar, la galleta

de mar y el bizcocho de mar

que se exhiben en esta

vitrina proceden del Océano

Pacífico. En cambio, los

corales cerebro y asta de

venado fueron traídos

desde las costas del

Mar Caribe. LLL / BZA

1. Concha (Spondylus calcifer) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 21 16.5  13.5 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 44

2. Bizcocho de mar (Meoma ventricosa grandis) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 5.79.911.2 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 472 3. Galleta de mar (Clypeaster speciosus) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 3.312.111.1 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 473 4. Coral cerebro (Diploria strigosa) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 7.16.75.6 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 135

5. Coral asta de venado (Acropora cervicornis) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 384527 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 7 6. Concha (Spondylus princeps) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 2.57.87 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 41-42 7. Caracol (Astraea olivacea) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 4.68.38.5 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 1096 8. Caracol (Fusinus dupetitthouarsi) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 43.313.5 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 272 9. Caracol (Fusinus dupetitthouarsi) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 3.13.312.6 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 271

10. Concha garra de león (Nodipecten subnodosus) ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Concha, 51211.5 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 1179, 1238 11. Erizo de mar (Echinometra vanbruntii) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 4.87.57.4 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 15

12. Erizo de mar (Echinometra vanbruntii) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 3.86.866 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 14

13. Erizo de mar (Echinometra vanbruntii) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Material calcáreo, 47.57 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 12 14. Concha (Pinctada mazatlanica) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Concha, 5.31415 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 460, 463 15. Concha (Atrina sp.) ca. 1486-1502, mexica Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Concha, 2.412.615.3 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, orgánico 465

6 11 13 12 14 15 10 7 9 8 1 2 4 3 5

(7)

307

MOCTEZUMA II

306 MOCTEZUMA

Artefactos de madera de la ofrenda 126

Son muy raros los artefactos prehispánicos de madera

que han logrado llegar hasta nuestros días. Esto es

consecuencia de su gran vulnerabilidad al oxígeno,

la luz y numerosos compuestos presentes en los

contextos arqueológicos. En esta vitrina se reúnen

algunas representaciones de cetros, máscaras, jarras

Tláloc y armas. Ninguna de ellas se desintegró gracias

a que los mexicas las depositaron dentro de una caja

de piedra que fue inmediatamente cubierta por el

monolito de la Tlaltecuhtli. Ahí quedaron protegidas

del Sol, el aire y las presiones del subsuelo por más

de quinientos años. La mayor parte de ese periodo,

la caja se mantuvo a una temperatura constante y

sumergida bajo el agua, inhibiéndose así el desarrollo

de microorganismos que se alimentan de la madera.

En los últimos doce meses, el equipo de restauración

sometió estos objetos a complejos procesos de

limpieza, consolidación y restauración, devolviéndoles

su esplendor original.

LLL / AAO / AGL

1. Pectoral anular (anáhuatl)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 8.30.5 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 182 2. Máscara antropomorfa miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 6.38.14.1 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 184 3. Máscara antropomorfa miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 8.77.35.7 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 200 4. Máscara antropomorfa miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 7.67.15 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 187 5. Máscara Tláloc miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera con pigmentos negro y azul maya, 8.45.52.9 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 185 6. Máscara Tláloc miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera con pigmentos negro y azul maya, 5.34.52.3 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 533

7. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera con pigmentos negro y azul maya, 6.46.62.3 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 537

8. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera con pigmentos negro y azul maya, 7.17.12.6 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 513

9. Dardo miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 12.90.60.3 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 224

10. Lanzadardos miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 13.52.71.8 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 215

11. Bastón de sonajas (chicahuaztli) miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 20.72.60.4 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 174

12. Cetro cabeza de venado miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 20.2 3.11.4 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 334 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12

(8)

Cuchillos sacrificiales de la ofrenda 120

Estos cuchillos sacrificiales (íxquac) se encontraron en el interior

de una caja de piedra que se ubica al sur del monolito de la

Tlaltecuhtli y en línea con el eje oriente-poniente del adoratorio

de Hutizilopochtli. Estaban asociados a varios instrumentos de

autosacrificio como punzones de hueso y navajillas de obsidiana,

así como a los esqueletos de doce águilas reales, dos ibis pico de

espátula y un lobo ataviado.

Los cuchillos formaban parte de una ofrenda simbólicamente

vinculada con el Sol, la guerra y el sacrificio. Existen numerosas

representaciones pictóricas en donde cuchillos similares se

utilizan en rituales de extracción del corazón, práctica que, junto

con las ofrendas de sangre, era fundamental para alimentar al

Sol, a la Tierra y a otras muchas divinidades del panteón mexica.

Para elaborar cada una de estas piezas, de proporciones

inusualmente grandes, se utilizó una lasca de pedernal blanco,

la cual se talló mediante golpes precisos, realizados con un

percutor de roca.

AAE

1. Cuchillo de sacrificio

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Pedernal, 3310.22.6 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 674

2. Cuchillo de sacrificio

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Pedernal, 289.64.3 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 714

3. Cuchillo de sacrificio

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Pedernal, 3511.84 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 210

13. Cetro serpiente de fuego (xiuhcóatl) miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 5272 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 171

14. Cetro serpiente de fuego (xiuhcóatl) miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 3.525.32 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 172

15. Cetro serpiente de fuego (xiuhcóatl) miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 424.11.6 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 507

16. Cetro serpiente de fuego (xiuhcóatl) miniatura

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 4.828.70.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 170

17. Cetro con remate esférico

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 5.124.14.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 126, artefacto 199 13 14 15 16 17

(9)

V 311

MOCTEZUMA II

310

7. Orejera

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 6.512.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 814 (tres piezas) 8. Cuchillo de sacrificio

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Pedernal, 15.24.81.2 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 867

9. Cuenta globular

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Piedra verde, 2.33.3 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 1325 10. Pendiente

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Piedra verde, 3.283.720.51 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 791

11. Punta de proyectil

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Obsidiana, 3.551.670.34 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 949 12. Punta de proyectil

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Obsidiana, 3.681.360.28 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 950 4. Nariguera

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Madera de conífera y concha, 4.852.70.4 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 951

5. Nariguera

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Madera de conífera y concha, 3.82.20.6 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 897

6. Orejera

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Madera de conífera, 6.512.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 933 (tres piezas) 1. Esqueleto de lobo mexicano (Canis lupus baileyi)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Material óseo, 1004025 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, orgánico 940 (187 huesos) 2. Divisa dorsal anular (anáhuatl)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Concha, 10.50.25 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefacto 816 3. Sartal de 20 caracoles oliva (Oliva sayana)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Madera de conífera, promedio 4.62.21.8 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 120, artefactos 731-740, 742, 745-747, 749-750, 752-753, 757, 902

Lobo de la ofrenda 120

Unos metros al sur del monolito de la Tlaltecuhtli y bajo el piso de la

plaza, los arqueólogos descubrieron una caja cuadrangular de sillares

de tezontle cubierta con una losa de andesita. Esta caja atesoraba en

su interior miles de dones, entre ellos conchas y caracoles marinos,

cuentas de piedra verde, cuchillos de pedernal, cetros de mármol

verde, barras de copal y cascabeles de cobre. También había doce

esqueletos de águila real, dos de ibis espatulado y uno de lobo. Este

último, exhibido en la vitrina, pertenece a un individuo joven, cuyo

cadáver fue depositado en sentido poniente-oriente. Dentro de sus

fauces, tenía un cuchillo de pedernal. Además, se hallaron una cuenta

de piedra verde y dos narigueras de madera y concha a un lado del

cráneo; dos orejeras de madera y dos puntas de obsidiana en las patas

delanteras; un anillo de concha sobre el lomo, y varios caracoles y un

pendiente de piedra verde en el vientre.

LLL / AAE

9 6 7 11 12 2 5 4 8 10 3 1

(10)

Ornamentos e insignias de oro de las

ofrendas 123 y 125

La presencia de objetos de oro en el Templo

Mayor es poco significativa si la comparamos

con el resto de los materiales arqueológicos

recuperados en los últimos treinta y dos años,

incluidos los de piedras metamórficas verdes,

obsidiana, travertino, pedernal y cobre. En

contraste, las pictografías y los documentos del

siglo

XVI

ponen de manifiesto el gran valor que

otorgaban los mexicas al oro. Lo llamaban

cóztic teocuítlatl o “excrecencia divina de color

amarillo” y lo asociaban con el Sol. Aquí se

reúnen piezas exhumadas abajo o al oeste de la

Tlaltecuhtli. Algunas de ellas fueron elaboradas

con lámina de oro por medio del martillado y

el repujado, en tanto que otras se produjeron

siguiendo la técnica de la cera perdida: dos

rosetas plisadas propias de varios dioses y

sacerdotes; un ornamento de tocado, dos

orejeras y una nariguera de las divinidades del

pulque; un caracol cortado característico

de Quetzalcóatl y Xólotl, y tres sartales de

cascabeles.

LLL / XCB

1. Divisa frontal de los dioses del pulque

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, 5.65.90.02 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefacto 13

2. Orejeras rectangulares de los dioses del pulque

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, promedio 4.22.40.1 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefactos 11-12

3. Nariguera lunar de los dioses del pulque (yacametztli)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, 1.41.90.05 cm

Proyecto Templo Mayor, operación 4, artefacto 113

4. Pectoral en forma de caracol cortado (ehecailacóxcatl)

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, 2.93.50.4 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefacto 68

5. Representación de roseta de papel

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, 5.96.50.3 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 123, artefacto 88

6. Representación de roseta de papel

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, 6.26.40.02 cm

Proyecto Templo Mayor, ofrenda 123, artefacto 102

7. Sartal de seis cascabeles periformes

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, promedio 2 0.8  0.8 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefactos 475-479, 578

8. Sartal de ocho cascabeles periformes

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, promedio 2.10.80.8 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefactos 765, 774, 783-788 9. Sartal de diez cascabeles globulares

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI Oro, promedio 1.30.80.8 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefactos 461-470 1 2 3 4 5 7 8 9 6

(11)

315

MOCTEZUMA II

314

Sahumadores policromos de la ofrenda 130

Estas bellas piezas de cerámica policroma fueron descubiertas

al este del monolito de la Tlaltecuhtli. Formaban parte de una

ofrenda de veintinueve sahumadores que estaban acomodados

en sentido oriente-poniente bajo el piso de la plaza, justo al pie

de la plataforma del Templo Mayor. Los sahumadores, junto

con las bolsas de copal, los guajes llenos de tabaco y los

punzones de autosacrificio, formaban parte del instrumental

básico de sacerdotes y penitentes. En ellos se colocaban

carbones incandescentes sobre los cuales se quemaba copal,

produciendo así el humo blanco y aromático que halagaba a las

divinidades. Estos sahumadores tienen cazoletas de paredes

caladas y bordes divergentes. Los soportes representan lo que

parecen ser cabezas de cánidos. En cambio, los largos mangos

figuran, respectivamente, la garra de un ave rapaz y una

xiuhcóatl, animal mitológico con el cuerpo segmentado de una

oruga y la cabeza de una mariposa con su característica

espiritrompa.

LLL / AAE

1. Sahumador policromo con asa en forma de garra de ave rapaz

ca. 1486-1502, posiblemente tetzcocano

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa IV Cerámica, 18.84525.6 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 130, artefacto 105

2. Sahumador policromo con asa en forma de serpiente de fuego (xiuhcóatl)

ca. 1486-1502, posiblemente tetzcocano

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa IV Cerámica, 18.84525.6 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 130, artefacto 104

La ofrenda 102

La ofrenda 102 fue localizada y excavada por el equipo

interdisciplinario del Programa de Arqueología Urbana

(PAU), integrado entre otros especialistas por arqueólogos,

restauradores y biólogos, en el año 2000. El hallazgo tuvo

lugar en el predio del antiguo mayorazgo de Nava Chávez,

situado en la esquina de las calles de Guatemala y Argentina;

la ofrenda se ubicaba en la última etapa constructiva del

Templo Mayor y justo al pie de la gran plataforma de sustento

del edificio en su área central aunque ligeramente al norte, es

decir, dentro de la mitad dedicada al dios de la lluvia, Tláloc.

Esta ofrenda es excepcional por su alto contenido de

materiales orgánicos en magnífico estado de conservación,

entre los cuales pueden mencionarse papel, textiles, madera

y vegetales. Varios factores intervinieron para que las

condiciones de humedad del depósito permanecieran

constantes y pudiera darse esta circunstancia tan afortunada;

lo fundamental es que la cista o caja de piedra donde

fueron colocados los objetos no estaba anegada y además

permaneció sellada bajo una masa de cementante muy

compacto y duro, el cual impidió el paso del aire y la luz al

interior. No obstante, al abrirse la ofrenda y hacerse evidentes

sus características, hubo la necesidad de plantear un proyecto

de conservación in situ paralelo al trabajo arqueológico.

En su mayor parte, el contenido de la ofrenda se relaciona

con el culto a Tláloc: una olla con el rostro de esa deidad,

tocados de papel plisado y hule, adornos de papel amate,

pequeñas máscaras y jarras de madera, figuras de copal que

representan a las divinidades del maíz, racimos de yauhtli o

pericón (Tagetes lucida), hierba que aún es utilizada por

grupos indígenas en sus ceremonias de petición de lluvias,

restos de una piel de jaguar que se depositó desollado y dos

notables prendas de vestir: un xicolli o “chaleco” ritual de

algodón abierto al frente con diseños y una manta, también

de algodón, con aplicaciones de ixtle. Todo lo anterior, con

restos de chapopote o hule derretido que fue asperjado sobre

la ofrenda. La conclusión de quienes realizaron la excavación,

conservación y análisis de los materiales de la ofrenda es que

hace unos quinientos años, posiblemente ya en tiempos de

Moctezuma II, se realizó su depósito en el fondo de una caja

formada por sillares de tezontle y que, posteriormente, uno

de los sacerdotes involucrados en ello se despojó

parcialmen-te de su vestimenta y ornamentos para depositarlos también,

mientras rociaba chapopote sobre todo el contenido. Es

posi-ble que los sacerdotes hayan desvestido también una imagen

del dios de la lluvia hecha con ocote.

CJGG

1. Tocado de papel con máscara Tláloc de madera

ca. 1502, mexica

Papel y madera, 643520 cm Museo del Templo Mayor, inv. 10-265946 y 10-618826

(12)

2. Xicolli ca. 1502, mexica

Textil de algodón, 1181003 cm Museo del Templo Mayor, inv. 265944 3. Capa

ca. 1502, mexica

Textil de algodón y fibras de ixtle, 101773 cm Museo del Templo Mayor, inv. 10-265945

(13)

319

MOCTEZUMA II

318

7. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 9.16.12 cm Museo del Templo Mayor, inv. 10-618830

8. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1502 mexica

Madera, 9.386 cm

Museo del Templo Mayor, inv. 1-618831 9. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 5.75.23.5 cm

Museo del Templo Mayor, inv. 10-619053 10. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 99.54.5 cm

Museo del Templo Mayor, inv. 0-618827 11. Jarra Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 88.55.5 cm

Museo del Templo Mayor, inv. 10-618828 4. Máscara Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 9.15.20.3 cm Museo del Templo Mayor, inv. 10-618832

5. Máscara Tláloc miniatura

ca. 1502, mexica

Madera, 5.64.20.3 cm Museo del Templo Mayor,

inv. 0-618829

6. Tres caracoles Oliva con aplicación de fibra de agave

ca. 1502, mexica

Caracoles Oliva e ixtle, 4.72.5 cm Museo del Templo Mayor, inv. 10-265947 0/3

4 5

6

7 8 9

(14)

Cuchillos sacrificiales de la ofrenda 125

Al oeste de la Tlaltecuhtli se halló una caja de

ofrenda con objetos nunca antes vistos por los

arqueólogos. Entre ellos había veintisiete cuchillos

sacrificiales ataviados por los mexicas como si se

tratara de pequeños dioses. Un minucioso trabajo

de excavación permitió documentar en su contexto

y recuperar los variados ornamentos e insignias de

cada uno de estos cuchillos. Posteriormente, esta

información e imágenes de códices se tomaron

como base para reconstruir los cuchillos de

manera fidedigna. En esta vitrina se muestran dos

ejemplares de pedernal café forrados con piel de

mono araña. Sobre la piel se añadieron orejeras de

concha, obsidiana y cobre, además de un sartal

de caracoles diminutos que sujetan un pendiente

de caracol cortado. En el extremo superior y como

parte de un tocado, se colocó una banda de pelo

de mono con cuentas de piedra verde y la

representación de un punzón de hueso hecha con

lámina de oro. Todos estos atributos indican que

ambos cuchillos representaban a Ehécatl, el dios

del viento.

LLL / AAM

1. Cuchillo con atavíos de Ehécatl Quetzalcóatl

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Pedernal, piel de mono, piedra verde, lámina de oro, cobre, concha, caracol, obsidiana, 2312.53.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125,

artefactos 410-412, 489, 490-491-506, 508, 620-632, 634-645, 649, 653-656, 891-892, 992 2. Cuchillo con atavíos de Ehécatl Quetzalcóatl

ca. 1486-1502, mexica

Templo Mayor, Tenochtitlan, etapa VI

Pedernal, piel de mono, piedra verde, lámina de oro, cobre, concha, caracol, obsidiana, 31147.5 cm Proyecto Templo Mayor, ofrenda 125, artefactos 290, 750, 722, 724-737, 769, 771, 773, 778-781, 789-790, 837, 839, 841-858, 981, 983, 992, 1000, 1003

(15)

centro de México.

6 Nicholson 1961; Umberger 1981, pp. 147-151. 7 Véase Alvarado Tezozómoc 1944, pp. 408-409. 8 Museo Nacional de Antropología, inv.

10-0081548. Véase Caso 1927, p. 42; Graulich 1994, pp. 196-198; Olko 2005, pp. 361-362.

9 Hamburgishes Museum für Völkerkunde und Vorgeschichte, inv. B.3763. Véase Gutiérrez So-lana 1983, pp. 41-45; Washington 1983, pp. 64-66.

10 Museum für Völkerkunde, Berlín, cat. IV Ca 26921a-b. Véase Gutiérrez Solana 1983, pp. 54-55.

11 Museo Nacional de Antropología, cat. 11-3132. Véase Gutiérrez Solana 1983, pp. 51-54. 12 Dumbarton Oaks, cat B.69.AS. Véase Gutiérrez

Solana 1983, pp. 53-54.

13 Museo Nacional de Antropología, inv. 10-0001123. Véase Umberger 1981, p. 199. 14 Véase Beyer 1965.

15 Museo Nacional de Antropología, inv. 10-0116583. Véase Klein 1987, pp. 324-331. 16 López Luján 2009.

17 Instituto de Arte de Chicago, cat. 1990.21. Véase Washington 1983, pp. 41-42.

18 Broda 1978, pp. 226-233, 251-254; Townsend 1987, pp. 390-405; Graulich 1994, pp. 68-96; López Luján 2006, vol. 1, pp. 281-286; Olivier 2008a, pp. 78-81.

19 Véase López Luján 2006.

20 Véase Obregón Rodríguez 1985, pp. 32-39; Olko 2005, pp. 320-223.

21 Estos gobernantes también vestían una piel de jaguar, coyote o lobo, o bien una manta de color café.

22 Noguez 1975; Obregón Rodríguez 1985, pp. 40-49; Olko 2005, pp. 113-136.

23 El glifo de la diadema se leería fonéticamente como tecuhtli o señor.

24 VéaseOlivier 2008b. 25 Heyden 1972; Sullivan 1980. 26 Sahagún 1950-1982, vol.6, p. 41. 27 Durán 1984, vol. 2, p. 400.

28 En la lámina 23 del Códice Borbónico (1991) se ve a un personaje vestido como Xiuhtecuhtli acompañado de la glosa: “Mocteçuma q’ salia cõ los ornamentos de el dios mayor”.

29 Sahagún 1950-1982, vol. 6, pp. 19-20. 30 Sahagún 1950-1982, vol. 6, p. 53. 31 Suárez de Peralta 1949, pp. 57-58. 32 Díaz del Castillo 1983, p. 377. 33 Sahagún 2000, pp. 747-749.

34 Museum für Völkerkunde, Viena, cat. 43.380. 35 Museum für Völkerkunde, Viena, cat. 59.989;

Museo Civico di Arte Antica, Turín, cat. 732; Museo de Arte de Saint Louis, 1978, cat. 275. 36 Códice Ixtlilxóchitl 1996, fol. 106r.

37 Hernández 1986, p. 133.

38 Códice Vaticano A. 3738. 1996, vol. 85v. 39 Estos dos monolitos cilíndricos similares se

usaban durante los sacrificios en el

tlaca-xipehualiztli anual de renovación. Ambas

pie-dras se encontraron en el centro de la ciudad de México.

40 Morgan 1876.

41 Díaz del Castillo 1983, p. 249. 42 Véase Durand-Forest 1967.

43 Sahagún 1950-1982, vol.2, pp. 66-77; Olivier 2008, pp. 193-230.

44 Cervantes de Salazar 1985, p. 334. 45 Véase Lesbre 2008.

46 Sahagún 2000, p. 744.

47 Torquemada 1975-1983, vol.1, pp. 291-292; Alva Ixtlilxóchitl 1985, vol. 2, pp.181-182.

48 Véase Tait 1967. Museo Británico, Londres, M&ME 1966, 10-1,1.

49 Olivier 2008, pp. 240-268.

50 Sahagún 1950-1982, vol.8, pp. 18-19.

Capítulo 4Moctezuma II y la renovación de la naturaleza 1 Zantwijk 1963. 2 Matos Moctezuma 1988. 3 Sahagún 1950-1982, libro 1, p. 9. 4 Ibid., pp. 13-38. 5 Sahagún 1950-1982, libro 6, pp. 44-45. 6 Townsend 1992 y Nicholson 2003. 7 Durán 1984, vol.1, p. 82. 8 Durán 1984, vol.1, pp. 83-84. 9 Durán 1971, pp. 160-65. 10 Elson y Smith 2001. 11 Sahagún 2000, p. 694. 12 Sahagún 1950-1982, libro 7, p. 6.

Capítulo 5El gobierno militar y económico de Moctezuma II

1 Durán 1992, p. 405.

2 Berdan et al. 1996, pp. 127 y 148. 3 Durán 1992, pp. 477-481.

4 Hernández 1959, vol. I, p. 304; Coe y Coe 1996, p. 81.

5 Sahagún 1950-1982, libro 10, p. 65. 6 Coe y Coe 1996, p. 22.

7 Anderson et al. 1976, pp. 208-213.

8 Berdan y Anawalt 1992, vol. 3, fol. 64r y passim.

Capítulo 6El derrocamiento de Moctezuma II y de su imperio

1 León-Portilla 1962, p. 13. 2 Lockhart 1993, pp. 6, 18-19. 3 Fernández-Armesto 1992.

4 Gillespie 2008; Magaloni Kerpel 2008. 5 Sahagún 2000, p.1172.

6 Véase Carrasco 2000.

7 Para la evolución del mito de Quetzalcóatl, véase Gillespie 1989, pp. 226-230. 8 Lockhart 1993, pp. 19-20; Clendinnen 1990, p. 93. 9 Todorov 1984. 10 Clendinnen 1990, p. 95. 11 Hassig 1994, p. 77. 12 León-Portilla 1962, p. 61. 13 Thomas 1993, p. 278.

14 López de Gómara, 1985, vol. 2, p. 107. 15 Elliott 1989; Cortés 1986, pp. 467-69. 16 Thomas 1993, p. 307.

17 López de Gómara 1964, p. 143. 18 Cortés 1986, p. 48.

19 Gillespie 2008, p. 51. 20 Díaz del Castillo 1968, p. 271. 21 Durán 1964, p. 305. 22 Véase Chipman 2005.

Capítulo 7El renacimiento del México antiguo

1 Paz 1990, p. 4. 2 Paz 1970, pp. 110-118.

3 La fuente indispensable sigue siendo Icazbal-ceta 1954, passim.

4 Benavente 1971, p. 31; Véase también León-Portilla 2003, pp. 117-143.

5 Gruzinski 1992, pp. 141-169; Martínez 1982,

passim.

6 López de Gómara 1985, vol.2, p. 329.

7 Para una breve discusión de Las Casas Véase Brading 1991, pp. 59-101.

8 Acosta 1962, pp. 215-217, 230-235, 324-330 y 373-377.

9 Torquemada 1975-83. El vol. 7 está compuesto por comentarios editoriales y análisis de fuentes. 10 Alva Ixtlilxóchitl 1975, vol. II, p. 137.

11 Torquemada 1975-1983 sobre Moctezuma II, vol. I, pp. 267-272 y 282-285; sobre Tetzcoco, vol. I, pp. 164-168 y 230-240; sobre Cortés, vol. II, pp. 9-10, 39 y 326-340.

12 Ibid., vol. II, pp. 202-217. 13 Ibid., pp. 408-421.

14 Solís y Rivadeneira 1838, pp. 171-175, 307-308 y 457.

15 Sigüenza y Góngora 1960, pp. 230, 341-346 y 350-353.

16 Acerca de Kircher Véase Evans 1979, pp. 433-442.

17 Véase Gerbi 1973, passim; Pauw 1771, vol. I, p. xii; vol. II, pp. 183-205.

18 Buffon 1747, vol. VII, pp. 27 y 39.

19 Raynal 1798, Véase el vol. II, p. 381, donde se describe a Moctezuma como “sumido en un estado de molicie e indolencia”; sobre la ciudad de México Véase vol. II, p. 398.

20 Robertson 1788, vol. III, pp. 176-177, 198 y 386-388.

21 Clavijero 1964, pp. xviii, xxi, y xxx. Véase tam-bién Ronan 1977, passim.

22 Clavijero 1964, pp. 86, 152-153 y 426-431 23 Ibid., Véase su Tercera, Cuarta y Quinta

diser-taciones, pp. 454-524.

24 León y Gama 1978, introducción sin paginar. 25 Bustamante 1985.

26 Tena Ramírez 1967, pp. 31-35.

27 Prescott s/fecha, pp. 21, 33, 52, 91, 103 y 223. 28 Prescott 1970, pp. 657-699.

29 Ramírez 2001. Acerca de Ramírez Véase Krauze 2005, pp. 63-74.

30 Orozco y Berra 1960, vol. I, p. 86; vol. II, pp. 426-430; vol. IV, pp. 366-482.

31 Martínez Assad 2005, pp. 33-39; Tenorio-Trillo 1996.

32 Riva Palacio 1884-1889. Chavero afirmaba que

NOTAS 331

Introducción

1 Escritos por cronistas indígenas, mestizos y españoles. Entre estos primeros cronistas se encuentran Hernando Alvarado Tezozómoc (autor de la Crónica mexicáyotl), Cristóbal del Castillo (quien escribió la Historia de la venida de

los mexicanos) y los autores indígenas del Códice Boturini y el Códice Azcatitlan.

2 En ocasiones, Aztlan es representado gráfica-mente como una isla “arquetípica” o lugar ancestral en un “mundo acuático” con cuatro glifos “casa” marcando los puntos cardinales (por ejemplo, en el Códice Aubin del Museo Británico).

3 Hemos adoptado aquí la ortografía moderna convencional española “Moctezuma” en lugar del an-glicismo “Montezuma”. Otras variantes incluyen Motecuma, Moctecuzoma o Motecuçoma (Mote-cuhzoma).

4 Documentos familiares de los siglosXVIyXVII, resguardados en el Archivo de Indias en Sevilla, registran este nombre ya sea como “Moteçuma” o como “Motezuma”. Los nahuatlatos y otros especialistas prefieren “Motecuhzoma” o “Moteuc-zoma” (quizás esto último es lo más correcto, compuesto de los fonemas mo-

teuc-tzo(n)- y ma). Señalan que gran parte de la

con-fusión inicial se deriva de la incapacidad de la lengua española para capturar algunos de los sonidos del náhuatl, así como otras dificultades de traducción y comprensión. Los problemas se producen en la trans-cripción ortográfica del nombre en fonemas es-pañoles, sobre todo en la confluencia de la “u” y la “o”, así como la combi-nación espirante consonan-te-vocal que aparece en la parte media de su nombre, dando ambos

-teuhc- y -tecuh- en las fuentes.

5 Tras la muerte de Moctezuma II, Cuitláhuac regiría el imperio durante ochenta días sólo para morir de viruela. Sería sucedido por Cuauhté-moc, quien fue derrotado por los españoles el 13 de agosto de 1521 y murió más tarde en las Hibueras.

Capítulo IHistorias de familia

1 En lengua náhuatl se denomina así a la máxima autoridad política: “Hablador o gran señor” (Molina 1970, p. 140v); “el que habla bien, por extensión, gran señor, príncipe, gobernante” (Siméon 1977, p. 674).

2 Muriá 1973, pp. 141-143.

3 La versión de los hechos más ampliamente aceptada entre los historiadores especializados en la historia del pueblo mexica y en la que se basa el presente texto es la presentada por Francisco Javier Clavijero en su Historia antigua

de México publicada en 1781-1782.

4 Alvarado Tezozómoc 1949, p. 25. 5 Brotherston 1995, pp. 46-47. 6 Códice Boturini, 1964; Barlow 1949.

7 Caso 1927, p. 10. En la fig. 3, como en el Códice

Boturini, se puede ver un bloque rectangular en

la parte superior, el cual suponemos

corre-sponde a la ubicación de la deidad.

8 Alvarado Tezozómoc 1949, pp. 15-16, tomó su relato de Alonso Franco, un mestizo que murió en 1602. Franco no sólo afirma que Moctezuma gobernó como rey en Aztlan Nuevo México, sino también que tuvo dos hijos: el mayor esta-ba destinado a gobernar a los huastecas, y el más joven, Chalchiuhtlatónac, es quien instruye a su pueblo para salir de Aztlan e ini-ciar su migración.

9 Chimalpáhin 1998, p. 85, afirma incluso que el cacique Moctezuma, que gobernó en Aztlan, también ocupó el cargo de huey tlatoani. 10 Éstos son descritos como tres hombres,

Cuauhcóatl, Apanécatl y Tezcacóatl, y una mujer, Chimalma. Chimalpáhin 1998, p. 183. 11 Chimalpáhin 1998, pp. 329-331. El cronista de

Chalco-Amecamecan señaló que “a la muerte de Tozcuecuextli, quien acaudilló a los mexi-canos durante cuarenta años [...] el señor Huehue Huitzilíhuitl se enseñoreó como primer tlatoani de los mexicas”.

12 Chimalpáhin 1998, p. 161, asegura que fue el primer tlatoani de los mexicas, aunque oficial-mente, en la secuencia de los gobernantes de Tenochtitlan, vincula esta investidura con Acamapichtli.

13 Chimalpáhin 1998, p. 361.

14 Códice Boturini, 1964. En la parte inferior de la lámina 20, la unión sexual se expresa gráfica-mente con la imagen de la pareja que antecede un último recorrido indicado mediante huellas de pies.

15 Durán 1995, pp. 84-87. Este episodio describe el enfrentamiento entre los culhuas bajo la direc-ción de Achitómetl y los mexicas, tras el sacrifi-cio de la hija de Achitómetl por estos últimos. 16 En las pictografías de esta escena simbólica, una

pequeña ave sustituye a veces a la serpiente; véase fol. 25v del Códice Aubin. Lehmann y Kutscher 1981, p. 240.

17 Anales de Tlatelolco, 1948, p. 51. De acuerdo con los tlatelolcas, esto ocurrió al revés: después de la fundación de esta ciudad, Ténoch fundó Tenoch-titlan en una isla adyacente.

18 Durán 1995, vol. I, p. 99, “….y temiendo su reino no quedara sin eredero tuvieron los señores entre sí su consejo y determinaron de que cada uno de ellos le diese una de sus hijas, para que teniéndolas por mujeres, dellas naciesen herederos del reino y sucesores”.

19 Una corona, mitra o diadema adornada con piedras preciosas. Siméon 1997, p. 770. 20 Una corona, similar a una mitra, usada para

coronaciones. Era alta y terminaba en un punto en medio de la frente; la sección posterior colga-ba del cuello. Siméon 1997, p. 126.

21 Sahagún 1993, fols. 53r-52r. Es significativo que después del último tlatoani, Cuauhtémoc, los cinco soberanos que gobernaron sobre los con-quistados mexicas fueran representados sin tocado, corona o nariguera, y sólo con un manto sencillo, a pesar de que todavía se sentaban en el icpalli.

22 Washington 1983, p. 23.

23 Xaltocan, Tultitlan, Cuauhtitlan, Chalco, Tulan-zingo, Otompan y Acolman.

24 Brundage 1982, pp. 61-64.

25 Londres 2002, p. 51. Eduardo Matos Moctezuma, director de las excavaciones del Templo Mayor, asocia esta fecha con el año 1390.

26 Davies 1992, pp. 58-63.

27 Brundage 1982, pp. 106-107. Tlacochcálcatl, Tlacatécatl, Ezuauácatl y Tlillancalqui (Durán 1995, vol. I, pp. 152-153).

28 Sahagún 1977, vol. III, p. 209. 29 Londres 2002, p. 51. 30 Ibid.

31 Durán 1995, vol. I, pp. 155-163. 32 Brundage 1982, p. 128.

33 Anteriormente, la ceremonia de cincuenta y dos años se había celebrado en el año 1-Conejo, pero como ese signo se consideraba ahora de mala suerte, se trasladó al año 2-Caña. 34 Londres 2002, pp. 48-55. 35 Ibid., pp. 51-52. 36 Londres 2002, pp. 52-53. 37 Ibid., p. 53. 38 Brundage 1982, p. 190. 39 Chavero 1958, pp. 774-776. 40 Ibid. 41 Davies 1980, p. 158. 42 Londres 2002, p. 455, núm. 223. 43 Ibid., pp. 53-54.

Capítulo 2La coronación de Moctezuma II 1 El centro y el sur de México incluyendo la costa

del Golfo y la península de Yucatán, Guatemala y parte de El Salvador y Honduras.

2 Durán 1951, pp. 411-412.

3 El término Tlacochcálcatl corresponde a un ofi-cial de alto rango del ejército mexica.

4 Alvarado Tezozómoc 1980, pp. 572-573. 5 Durán 1951.

6 Durán 1951, p. 430. 7 Casas Nuevas de Moctezuma. 8 Cortés (sin fecha), pp. 207-208. 9 Díaz del Castillo 1944, vol. I, p. 279. 10 Díaz del Castillo 1944, vol. I, pp. 276-277. 11 Códice Mendoza 1980.

12 Sahagún 1956, vol. II, p. 312.

Capítulo 3Las imágenes de Moctezuma II y sus símbolos de poder

1 Alvarado Tezozómoc 1944, pp. 408-409; Fernán-dez de Oviedo 1946, p. 23; López de Gómara 1943, vol. 1, p. 213; Alva Ixtlilxóchitl 1985, vol. II, p. 230.

2 Codex Mendoza 1992, vol. 3, fol. 69r; Códice

Florentino 1979, libro 12, fols. 26r-26v, 36r-36v,

40v.

3 Díaz del Castillo 1983, p. 248. 4 Aguilar 1977, p. 81.

5 Marcus 1992, pp. 191-196. Un glifo es un signo o figura usado en el sistema de escritura del

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