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Situada a la vera del río Oca, afluente del Ebro, la localidad de Oña, uno de los vértices de La Bureba, se enclava sobre una de las principales vías de conexión entre Burgos y el Cantábri-co. Desde la capital podemos acceder bien por la N-I hasta Briviesca, donde tomamos la carre-tera de Cornudilla y Oña (57 km), bien por la carrecarre-tera de Villarcayo (C-629) hasta el cruce a la derecha que nos lleva a Poza de la Sal, Cornudilla y Oña (62 km).

La historia de la villa va íntimamente ligada al centro monástico que albergaba, uno de los más importantes de la Península durante los siglos medievales. A finales del siglo XIIsu área territorial lo conectaba al sur con el Arlanza, al oeste con el Pisuerga y al noreste con el Ner-vión y el condado de Treviño. Su volumen de propiedades llegó a ser tal que de las dos mil iglesias burgalesas de la época consiguió tener en propiedad cerca de trescientas.

En el año 1011 el conde castellano Sancho García (995-1017) fundó un monasterio dúpli-ce de carácter familiar, bajo la única autoridad de su hija Tigridia. Ya en 978 su padre, García Fernández, había creado el Infantado de Covarrubias para su hija Urraca. Este acontecimiento encuentra paralelo en León, donde el rey Ramiro II (931-951) erigió el monasterio de San Sal-vador de Palat del Rey entre 946 y 950, regido por su hija Elvira y donde él mismo acabó sien-do enterrasien-do. Sin embargo, a diferencia de su progenitor, y enlazansien-do con la fundación leone-sa, Sancho García quizá albergó la idea de vincular el cenobio a la memoria de su familia, creando lo que hoy conocemos como un panteón. En estos mismos años Alfonso V (999-1027) fundamentó nuevamente la basílica de San Juan Bautista de León, convirtiéndola en sepultura de sus antepasados.

Además, se ha subrayado la estrecha vinculación del asentamiento con el conde funda-dor, que llegó a regir la zona noroccidental de Castilla tras rebelarse contra su progenitor, mientras que éste pudo conservar el resto del territorio. Hay que tener en cuenta que hasta 1011 Oña había sido una plaza fortificada que dominaba el norte de La Bureba, dando lugar a una villa en la línea defensiva del condado castellano. Obtenida una mayor seguridad fron-teriza, derivada de la desaparición de su propio padre (995) y del hijo de Al-Mansur, Abd al-Malik (1007), el lugar perdía su valor estratégico. En poder del conde Gómez Díaz de Carrión y Saldaña (986-1009) fue intercambiada por otros territorios.

Sin embargo, la leyenda señala que el monasterio burgalés fue resultado de un acto de con-tricción por parte de Sancho, que habría dado muerte a su madre, Mioña [Mionna], de donde derivaría su nombre.

El nuevo monasterio, dedicado a San Salvador, Santa María Virgen y a San Miguel Arcán-gel, fue ampliamente dotado desde sus mismos inicios concentrando una gran extensión terri-torial. Ello hizo necesaria su acotación e inmunidad para evitar la ingerencia y apropiación por parte de la nobleza. Más tarde, ya durante el siglo XII, tal extensión chocaría frontalmente con las pretensiones jurisdiccionales del episcopado burgalés.

En 1017 moría Sancho García, siendo enterrado en el atrio de Oña; no mucho después lo hacía su hija. El condado pasó entonces al infante García Sánchez, todavía niño. Sin embar-go, el matrimonio de Sancho III Garcés de Navarra con Elvira, hermana del infante, resultó decisivo para justificar la ingerencia que el navarro iba a ejercer en el condado vecino. La debi-lidad de gobierno de su joven cuñado en Castilla era también patente en el reino leonés, entonces bajo la minoría de edad de Vermudo III. El asesinato del conde cuando iba a con-traer matrimonio con la hermana del rey de León en la propia ciudad imperial (1029) trajo consigo la ocupación de Castilla por parte de Sancho el Mayor. Al margen de consideraciones religiosas, el dominio político del condado pasaba por el control de lugares tan estratégicos

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como Oña. Consecuentemente, en 1033 disolvió la comunidad dúplice, a la que se achacaba una relajación de costumbres, y procedió a aplicarle la misma reforma que venían experimen-tando los principales establecimientos religiosos del reino navarro-aragonés. Aunque interpo-lado a mediados del siglo XII, a través del diploma sabemos que Paterno, abad de San Juan de la Peña (1027-1046) e instruido en el monasterio de Cluny, se trasladó a Oña a instancias del monarca, a fin de proceder a la implantación de una nueva observancia, la benedictina según la fórmula cluniacense. La nueva comunidad de monjes, muchos de ellos de procedencia nava-rra, se colocó bajo la dirección del abad García.

Sancho murió sólo dos años después de esta intervención y fue enterrado en Oña, debe-mos pensar que a petición propia. Este hecho revela la voluntad del monarca de asociarse, no sólo a su obra reformadora, sino también a un territorio que pasaba a formar parte de sus domi-nios. Poco antes de su muerte, a fines de 1034, el rey asignó el cargo de abad a Íñigo (1035-1068). Según indican algunos autores modernos, se trataba de un mozárabe, procedente de la ciudad de Calatayud que, al igual que San Millán y su contemporáneo, Domingo de Silos, se iniciaría en la vida espiritual como eremita, para integrarse a continuación en una comunidad monástica. En cualquier caso debió ser un personaje de gran carisma y ampliamente familiari-zado con la reforma monástica, promocionada desde la monarquía navarra. Su protagonismo, por otra parte, queda patente en el destacado papel que ejerció durante el gobierno del pri-mogénito de Sancho el Mayor, García Sánchez III (1035-1054), en La Bureba. Ha sido con-siderado su consejero y de él obtuvo varias donaciones para su monasterio.

El retorno de la mayor parte del territorio de Oña a la órbita castellana, tras la batalla de Atapuerca, no produjo menoscabo alguno en la importancia del monasterio, que recibió dife-rentes donaciones del nuevo gobernante, Fernando I. Es cierto que la documentación no tras-luce sino una muy escasa relación entre el monarca y un centro en el que, según señala el Silense, incluso pensó enterrarse. Es sin embargo significativo que, con motivo de la consa-gración de la basílica regia de San Isidoro de León, Íñigo confirmara por delante del resto de los abades castellanos: García de Arlanza, Sisebuto de Cardeña y Domingo de Silos.

Íñigo fallecía el 1 de junio de 1068 después de haber situado al monasterio en una posi-ción privilegiada y dotado de un prestigio que no se detendría a lo largo de la Edad Media. Por otro lado, al igual que Domingo de Silos, también fue canonizado, seguramente en 1163; su fama de taumaturgo cristalizó en múltiples milagros, tanto en vida como tras su fallecimiento, que, relatados en una perdida Vita, se extendieron por toda La Bureba. Ya en el siglo XIIIse esta-bleció la absolución temporal de los pecados a quienes visitasen el monasterio durante el ani-versario del santo.

Tras la desaparición de los condes castellanos, una de sus ramas descendientes, los Salva-dores, comienzan a registrarse en la documentación monástica, especialmente en la oniense. Esta poderosa familia asentaría su dominio, tanto en las tierras de Lara como, sobre todo, en La Bureba, donde se mantuvo hasta fines del siglo XII. Su relación con el monasterio de Oña –del que fueron principales benefactores–, fue muy estrecha, hasta el punto de ser elegido panteón familiar, frente a otras alternativas como Cardeña o Arlanza, también situados en sus territorios. En 1070 el propio monarca castellano, Sancho II, mostraba su intención de ente-rrarse en el monasterio, voluntad que se consumaba, una vez asesinado, en 1072.

Desde 1068 gobernaba el monasterio Ovidio (1068-1088), sustituto del abad Íñigo y here-dero de una consolidada institución. Debió estar en estrecha relación con los personajes más relevantes en el proceso de sustitución ritual como Jimeno, el reformista obispo de Burgos. En este sentido, Ovidio aparece con la Corte en acontecimientos de relieve: confirmaba docu-mentos tan relevantes como la concesión real del emblemático monasterio de Santa María de Nájera a Cluny, en septiembre de 1079, junto a Belasco de San Millán y Sisebuto de Cardeña. Tras su desaparición, fue abad el hasta entonces prior, Juan I (1088-1115), del que sabemos asis-tió al concilio de Husillos durante los primeros meses de su gobierno. Ese mismo año la infan-ta Elvira, hija de Fernando I, le donaba varias propiedades sicut Pater meus mihi eas dedit.

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Lamentablemente, está muy poco documentada la relación de Alfonso VI con Oña que, en cualquier caso, debió ser muy limitada. Como antes su hermano Sancho, reconoció los privilegios con que el conde fundador había dotado al monasterio, definiendo y ampliando su señorío. En 1092 lo visitaba y emitía un documento por el cual Oña debía reformar, con su observancia, el de Santa María de Valbanera; en 1103 realizaba la única donación que tene-mos documentada, el monasterio de San Vicente de Becerril, junto a su esposa Isabel y el infante Sancho.

En el curso del conflicto civil entre leoneses y aragoneses, la rápida sucesión de abades, de breve mandato, pone de manifiesto la crisis en que debió sumirse Oña durante estos años. Con la recuperación en marcha, se registra cierta actividad en el escriptorio, ya que en 1125 se concluyó una copia de la regla de los canónigos regulares. En 1134 moría Alfonso I el Bata-llador y en su utópico testamento, redactado en el cerco de Bayona (1131), el monasterio era beneficiado con la entrega de la villa de Belorado.

Con la pacificación del reino, Oña recuperó su equilibrio. Es ahora cuando aparece domi-nando el territorio otro Salvadores, el conde Rodrigo Gómez, gran benefactor del monaste-rio hasta su muerte (circa 1153). Su proximidad a Alfonso VII la pone de relieve el hecho de que éste le encomendara a uno se sus hijos, el infante García, a fin de que lo educara. El pro-pio Alfonso muestra un reiterado apoyo a Oña, con donaciones que se harían continuas entre 1132 y 1150. En este sentido, puede decirse que se trata del mayor apoyo real obtenido nunca; junto a Sahagún (trece) y Nájera (diez), Oña se perfila como uno de los monasterios que más donaciones reciben.

Poco después de la coronación imperial de Alfonso VII, era elegido abad Juan III de Cas-tellanos (1136/1137-1160), con quien alcanzó una de sus más altas cotas de prosperidad. Durante su gobierno se incrementó notablemente el patrimonio territorial, contando con la ayuda manifiesta del Emperador, cuya visita recibía al poco de ocupar el abadiato. Viendo las sepulturas de sus antepasados en un lugar secundario, Alfonso VII realizaba una generosa donación, con la finalidad de que se introdujeran en el interior del templo, en nuevos y sun-tuosos sepulcros. Esta atracción que el monasterio ejercía en el monarca llevó a que en 1146 lo escogiera como panteón de su hijo, García, fallecido prematuramente.

En estos años se sucedieron los problemas con la jurisdicción episcopal y el consiguien-te pago de consiguien-tercias. No es de extrañar que la comunidad tratara de eludir la presión episcopal, recurriendo, en ocasiones, a recursos nada ortodoxos. Uno de los que conocemos consistió en revitalizar el viejo documento de reforma cluniacense (1033), introduciendo una interpolación con el objetivo de poner de manifiesto uno de sus presuntos principios intrínsecos: la exención episcopal. De esa forma, Oña reivindicaría un privilegio que Cluny había recibido desde su fun-dación, tratando de escapar a una jurisdicción fiscal, especialmente incisiva en las décadas cen-trales del siglo XII. A ello se añadía una decidida voluntad de no someterse a la jerarquía y repe-tidas muestras de insubordinación al obispo burgalés. A comienzos del siglo XIIIel Pontífice exhortaba a que la comunidad oniense realizase una recepción canónica, cuando el monaste-rio fuera visitado por aquél. Esta cuestión no fue zanjada hasta 1210, año en el que una bula de Inocencio III, a favor del obispo de Burgos, ponía fin a la pretensión de los abades de Oña. Al igual que en otras casas benedictinas, la minoría de edad de Alfonso VIII repercutió negativamente en la vida del monasterio. Ya en 1170 Alfonso VIII visitaba el monasterio, en compañía de su esposa, efectuando la primera de una serie de donaciones que no se detendría ya a lo largo de su reinado. El monarca regresaba nuevamente a Oña en 1183, en donde con-firmaba la importante donación del monasterio de Santo Toribio de Liébana, en el obispado de León, concedido ese mismo año. Finalmente, en 1203 ordenaba la supresión de todos los mercados de La Bureba, a excepción de Oña, Frías y Pancorbo, lo que posibilitaba al monas-terio un control superior sobre los centros comerciales de la comarca.

El siglo XIIIsignificó para el monasterio la desaparición, casi general, de las grandes dona-ciones y la reducción del apoyo regio. Ello condicionó su capacidad de expansión y como 099. Oña 25/9/09 14:12 Página 1333

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OMO EL RESTO DE LOS GRANDESmonasterios de fun-dación altomedieval, Oña experimentó una pro-funda y continuada remodelación de su primitivo conjunto monumental. Ya en 1332 se derribaban los ábsi-des tardorrománicos para ser remplazados por una amplia cabecera cuadrangular, cubierta con techumbre de made-ra, que proporcionaba a la iglesia un diáfano y desahoga-do coro. A ella se trasladó el panteón condal. Durante la segunda mitad del XIV, después de haber sido víctima del saqueo con la guerra civil, el abad Sancho Díaz (1381-1419) decidió fortificar el monasterio, recomponiendo y restaurando el perdido tesoro.

Desde comienzos del siglo XV, al abrigo de una holga-da situación económica, se emprendía nuevamente un proceso de renovación, que afectaría en gran medida al conjunto plenorrománico. Durante el abadiato de fray Juan de Roa (1465-1479) comenzaron a sustituirse las oscuras naves del viejo edificio. Adaptándose al crucero del XIII, y manteniendo la caja mural del siglo XI, se llevó a

cabo una nave única de mayor altura y con capillas latera-les. Para hacer frente al peso de sus bóvedas se introduje-ron arbotantes y, con objeto de compensar la escasa ilumi-nación que permitían las pequeñas saeteras románicas, se realizaron amplios vanos en alto. Esta campaña tardogóti-ca, que también abovedó la gran cabecera construida durante el siglo anterior, dignificaba además el panteón, sustituyendo los viejos sepulcros pétreos por otros de nogal, cobijados por templetes, y encargando la realiza-ción de un retablo. Finalmente, se modificaba la portada exterior en el pórtico occidental del viejo templo.

Concluidas las obras en la iglesia, y superados los pro-blemas derivados del ingreso de la comunidad en la Con-gregación de Valladolid, se decidió continuar con las dependencias monásticas. En los años de tránsito del siglo XV al XVIse desmanteló el claustro románico llevándose a cabo uno nuevo que, a partir de una inscripción desapare-cida, se ha adscrito a Simón de Colonia (1508). También la mayor parte de las dependencias experimentaron reformas: hicieran otros centros, se esforzó en la unificación de propiedades mediante compras y trans-acciones. Durante el abadiato de Pedro García (1273-1287), el monasterio fue visitado por Sancho IV (1285), que ordenó la construcción de una capilla funeraria para albergar los res-tos de sus antepasados. También quiere la tradición que dos de sus hijos fueran allí enterrados. Desde las primeras décadas del siglo XIV el monasterio sufre una crisis crónica, si bien, debido a su potencial económico, menor a la experimentada por otros cenobios. El antiguo apoyo de la realeza se difumina aún más, aunque varios de los abades onienses fueron cape-llanes de monarcas. A ello hay que añadir las difíciles relaciones con la población, que trata-ba de liberarse de su tutela. Durante el atrata-badiato de Lope Ruiz (1350-1381), capellán de Alfon-so XI primero, y de Pedro I después, se produjo la guerra civil entre este último y Enrique de Trastámara. Este crítico período (1366-1371) afectó muy directamente al monasterio, que fue saqueado por las tropas de Ricardo de Gales –el Príncipe Negro–, junto a los de Vileña y Oba-renes, con el objeto de cobrarse el impago a los servicios prestados. Sus memorias sitúan entonces la desaparición del tesoro. En estos años, las injerencias de la nobleza local sobre el patrimonio territorial del monasterio se incrementaron notablemente.

A pesar de una complicada coyuntura interna durante buena parte del XV, Oña manifies-ta evidentes síntomas de recuperación. En 1450 una serie de disturbios internos, a raíz de una supuesta renuncia abacial, dieron como resultado la implantación de la reforma vallisoletana. La oposición de la comunidad fue decidida, desde el primer momento, y en el conflicto hubie-ron de mediar Enrique IV e Isabel la Católica. En 1492 la comunidad de Oña capitulaba en sus intentos de escisión y se incorporaba, definitivamente, a la Congregación. Cuatro años más tarde, el monasterio recibía a los Reyes Católicos. A esta visita se sumaron la de Carlos V en 1556 y, tres años después, la de Felipe II, que acudían al reclamo de un monasterio con un celebrado y denso pasado. Por último hay que reseñar que durante los siglos XVI-XVIII el monasterio mantuvo su prestigio espiritual e intelectual con figuras relevantes, que desempe-ñaron un destacado papel en la historia de la orden benedictina.

Monasterio de San Salvador

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nuevos dormitorios en la crujía meridional del claustro, junto al refectorio.

A mediados del XVIIse ponía en marcha, una vez más, otro amplio programa constructivo: ahora, cámara abacial, renovación de la mayordomía y la hospedería y, sobre todo, una nueva cillería que alaban todos los cronistas. En la iglesia se sustituyó la bóveda del crucero por un cimbo-rrio. También en esta época, aprovechando un lienzo de muralla, se monumentaliza el acceso principal con una gran fachada.

Durante la primera mitad del XVIIIse eliminó el recinto fortificado meridional y se edifica un patio. A lo largo de esta centuria, además, la iglesia adquirió en su interior el aspecto actual. Lo más relevante fue el desmonte del anti-guo retablo mayor para realizar el camarín, que hoy alber-ga los restos de San Íñigo (obra de 1756).

En cambio, el siglo XIX –como para el resto de monas-terios– iba a significar, desde sus inicios, el principio del fin. Durante la invasión napoleónica lo ocuparon las tropas francesas, que habían saqueado también la villa. Los des-trozos que causaron en las diversas dependencias sumieron

a Oña en un considerable deterioro; profanaron el panteón y el conjunto de sepulturas y dispersaron su contenido. El Trienio Liberal y, finalmente, la desamortización de 1835, pusieron el punto final a su trayectoria benedictina y quedó abandonado. A los pocos años de su desmantelamiento la situación del conjunto era ruinosa: en 1837 se había des-plomado la torre, arruinando la llamada capilla de Sancho IV y dañando parte del muro septentrional de la iglesia. En 1842 el monasterio –con excepción de la iglesia, que se convierte en parroquial de la villa–, fue adquirido en subas-ta pública por un particular. Durante estos años se acome-tieron algunas obras en el templo; entre las que afectaron al conjunto medieval cabe destacar la construcción, en 1856, de una amplia espadaña en la fachada occidental, que hará las veces de la arruinada torre de campanas.

En 1880 los jesuitas adquirieron el conjunto con excep-ción de la iglesia, el claustro y la llamada Torre del Reloj, que eran propiedad del pueblo a raíz del decreto de exclaustración. Fueron necesarias una serie de intervencio-nes dirigidas a habilitar el conjunto, obras que prosiguieron tras su ocupación como Colegio Máximo. Como otros

cen-Fachada occidental del monasterio

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Planta

Alzado oeste

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tros religioso-monásticos, en 1931 fue declarado Monu-mento Histórico-Artístico.

En 1967 la comunidad jesuita se vio obligada a trasla-darse a Bilbao, incorporándose a la Universidad de Deusto. Los edificios, nuevamente en venta, en esta ocasión son adquiridos por la Diputación Provincial de Burgos, que decidió convertirlo en Hospital Psiquiátrico Provincial.

De las construcciones primitivas no se conserva nada visible. Tenemos que pensar en la existencia de un edificio construido hacia 1011, momento de su fundación. Segura-mente este primer edificio sería sustituido a partir de 1033, tras la reforma monástica y la disolución de la comunidad dúplice. Desconocemos si esto se produjo de manera inmediata o, por el contrario, hubo de esperar a la conso-lidación de la renovada comunidad, durante el gobierno del abad Íñigo (1035-1068). Lo único que sabemos es que, tras su fallecimiento, el futuro santo debió enterrarse en el muro meridional de la construcción, entonces existente.

Teóricamente los templos prerrománicos de Leire y San Juan de la Peña podrían proporcionarnos una idea aproximada sobre la tipología templaria de la hipotética iglesia en estos años iniciales. Pero, sin rechazar esa posi-bilidad, también es muy probable una intervención cons-tructiva durante el abadiato de Íñigo. El seguro incremen-to de la comunidad y una próspera situación financiera posibilitarían algo más que la ampliación de las primeras, y sin duda efímeras, dependencias claustrales.

Sobre la iglesia románica el documento más antiguo –puesto de relieve por Whitehill– se encuentra en el Cro-nicón de Cardeña(ca.1327) en donde se informa de que la iglesia de Oña fue edificada en 1074. Sin embargo, la credibilidad de esta fuente en general, y en particular por lo que respecta a Oña, resulta más que dudosa. Es signi-ficativo que a continuación sitúe la toma de Toledo (1085) en 1075 o, años antes, el óbito de San Íñigo (†1068) en 1047.

Ventana del hastial occidental Interior de la iglesia

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Sección transversal

Alzado norte

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Un dato que podría ofrecernos alguna información indirecta se deriva de las diversas ubicaciones del sepul-cro del santo abad, hasta su introducción en la iglesia. Considerando que, como se ha visto, desde el último cuarto del siglo XIy comienzos del XIIse puso en marcha un proceso de renovación templaria, precisar el momen-to en que se produjo el traslado resultaría de gran ayuda para determinar, aproximadamente, la fecha de conclu-sión de los trabajos constructivos en la campaña que nos interesa. Como se sabe, en Silos, el perfecto conocimien-to del paso de los resconocimien-tos de Sanconocimien-to Domingo (†1073) desde el claustro a la iglesia (1076) ha permitido el esta-blecimiento de cronologías relativas para ésta. Sin embar-go, en nuestro caso resulta tarea compleja, ya que no con-tamos más que con las informaciones, indirectas y contradictorias, transmitidas por los diferentes autores modernos. Como por otro lado parece lógico, todos ellos parten de que la primera localización fue “la claustra”, es decir, en la clausura monástica, y seguramente en el muro meridional del templo.

Puede señalarse que en 1125 se documenta un primer traslado pero no hay unanimidad respecto al lugar en el que fueron colocados los restos: por un lado se dice que desde el claustro viejo al nuevo; por otro desde el claustro a la iglesia. Tras el Concilio de Tours (1163) Alejandro II con-cedió facultad al obispo de Burgos para canonizar al abad Íñigo. En 1203 [1065 según Argáiz] se trasladó, junto a las reliquias de San Ato, desde el claustro “a donde yacen jun-tos” (¿la iglesia?). En 1332 se derribó la cabecera tardorro-mánica. En 1455 se trasladó desde un lugar “poco decente” a una nueva capilla de la iglesia. En 1465-1478 se procedió

Capiteles del interior

Capitel de la colateral norte

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Sección de la sala capitular

Sección de la sala capitular

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a abovedar la cabecera. Finalmente en 1470 se trasladó a una capilla, en el muro meridional del templo.

De todo ello puede señalarse que partimos de que la gran movilidad experimentada por los restos del santo abad parece debida a la puesta en marcha de obras, tanto en la iglesia –sustitución del viejo templo a fines del siglo XI y construcción de una nueva cabecera en los primeros años del XIII– como en el claustro. Con las precauciones que exigen los contradictorios datos expuestos, no parece pro-bable que los restos de San Íñigo se introdujeran en la igle-sia hasta su canonización en 1163. Las noticias de 1125 están lo suficientemente interpoladas para dudar de su

veracidad, aunque es probable que respondieran a un tras-lado de las reliquias del santo-taumaturgo en el mismo claustro. Con las reservas que cabe imponer, podemos suponer que a su muerte, en 1068, el abad Íñigo fue ente-rrado en la zona de clausura, junto al muro meridional del templo prerrománico. El inicio de las obras en la nueva iglesia románica obligaron a que se trasladara a otro lugar, que los diferentes autores identifican con la panda del refectorio. En 1125 es llevado al muro de la recién cons-truida iglesia, en donde reposa hasta que, a partir de 1163, ya canonizado, pudo introducirse en la iglesia descono-ciendo el lugar en el que se depositaron. Desconocemos si

Planta de la sala capitular

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las obras de ampliación de su cabecera, a comienzos del siglo XIII, exigieron el traslado, ya que no sabemos su ubi-cación exacta en este período, aunque no es descartable su localización en la zona oriental y, por lo tanto, su inevita-ble desplazamiento. Con el derribo de estos ábsides (1332) se produce un paréntesis informativo de casi siglo y medio,

en 1455 fue necesario el traslado a una capilla nueva, a causa de que el lugar se consideraba “poco decente”. Den-tro de la dificultad que entraña el precisar su nueva locali-zación, podemos suponer que podría tratarse de un espa-cio específico, en el área de la gran cabecera tardogótica, del que hasta entonces carecía. Hacia 1470, con la cons-trucción de la bóveda de la capilla mayor en marcha, el sepulcro se retrasaría a la nave, concretamente a su muro meridional, colindante al claustro. En el muro medianero de éste se mantendría, hasta un “fabricado” redescubri-miento en 1598. Este suceso coincide –quizá no casual-mente– con el comienzo de las obras del claustro. De este lugar pasarían nuevamente a la capilla mayor, hasta su definitiva instalación en el camarín construido en 1756, donde actualmente se encuentran.

Centrándonos en la iglesia, la construcción actual se encuentra sometida a la caja mural del viejo templo romá-nico, que es claramente perceptible desde el hastial y a lo largo de todo el paramento exterior del muro perimetral norte, hasta el supuesto arranque de la cabecera. También resulta posible rastrearlo, a pesar del enfoscado, en algunas

Capitel de la nave norte

sala capitular

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zonas del interior. Es por esto que podemos plantear que alcanzaría una longitud aproximada de 40 m × 16 m de anchura. Asimismo, los contrafuertes del hastial permiten aproximarnos a su distribución espacial: tres naves, de 6 m la central y 4 m las laterales.

El material utilizado es la piedra toba escuadrada, con-formando una sillería pseudoisódoma. Son excepción los soportes ornamentales, todos ellos realizados en caliza. Además, hay que sumar una serie de fragmentos, entre los que sin duda destacan cinco grandes capiteles de caliza (0,60 ×0,32 × 0,55 m) y otros tantos modillones. Todos ellos fueron encontrados in situ en el curso de los años setenta y comienzos de los noventa; actualmente se exhi-ben en el claustro.

No conservamos resto visible alguno de la primitiva cabecera que, como se ha dicho, se derribó a comienzos del siglo XIIIpara dar paso a la ampliación oriental. Baste decir que se compondría de tres ábsides, que arrancarían

de la posición actualmente ocupada por los pilares occi-dentales del crucero que conservamos.

Con orientación septentrional se erigía la torre –des-plomada a mediados del XIX–, parte de cuya sillería se encuentra dispersa en el cementerio de la villa y confor-mando la fábrica de la llamada casa de herramientas, junto al hastial. Afortunadamente, se mantuvieron algunos testi-gos que nos posibilitan conocer su configuración tectóni-ca. En el nivel inferior se aprecian dos ménsulas y parte de los arcos que configuraban la capilla del Cristo. Su comu-nicación con el templo se cegó tras el derrumbamiento de la torre. Sobre ellos se desarrolla un gran arco doblado de comunicación desde la iglesia, apoyando sobre sendos capiteles, parcialmente ocultos por el muro postizo con-temporáneo a la capilla tardogótica. Más arriba, una línea de imposta lisa, el arranque de una ventana y sendas “pseu-dotrompas” que sostendrían la cubierta primitiva. A partir del lienzo conservado, y teniendo en cuenta la estructura

Capiteles de la sala capitular Capiteles de la sala capitular

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cupulada que cerraba este espacio, podemos considerar que alcanzaría una superficie de 6 m por lado.

En el ángulo oriental permanecen aún en pie los restos de un husillo y su correspondiente puerta de acceso, con arco de medio punto ciego. Se inserta en su sillería una columna y dos fragmentos de chambrana. Tanto ésta en su diseño, como la basa y el capitel en dimensiones, presentan una completa semejanza con las de los dos vanos conserva-dos en el hastial. También comparte con ellos el fuste monolítico. Así, se impondría su pertenencia a una ventana de columnas acodilladas. Sin embargo, tanto sus dimensio-nes –definidas por el propio tamaño de la columna–, como su tipología, son propios de un desarrollo plano, por lo que resulta difícil aceptar que su ubicación actual –un husillo cilíndrico– fuera la original. Desconozco otros ejemplos de husillos que, con dimensiones tan limitadas, presenten vanos de estas características. Todo apunta a que éste no fuera su emplazamiento primitivo y, aunque carecemos de imagen completa de la torre, es muy posible que en ella se abrieran ventanas del mismo tipo que las que encontramos en el frente occidental, con las que el ejemplo que nos ocupa presenta evidentes similitudes.

En el interior, esta zona se corresponde con el primer tramo tardogótico del templo, cubierto en altura por la bóveda de la capilla lateral septentrional. Su acceso lo posibilita una escalera de subida al tras-órgano, ubicado en el crucero del XIII. Es, pues, el lugar en que se imbrican las tres fases que configuraron el templo. Lo primero que llama la atención es un cuerpo ortogonal, que invade el espacio de lo que fue nave lateral del evangelio. Se adap-ta al ángulo del husillo y, adap-tanto en la parte inferior como en su cornisa, aparece una línea de imposta taqueada, cla-ramente reaprovechada. Buena parte de la superior es nueva, pero su configuración es idéntica a las que orna-mentan el conjunto arquitectónico oniense (0,20 m). Esta última recorre dicho módulo hasta encontrarse con un sencillo pilar, sobre el que apoya el arco perpiaño gótico de la nave lateral. En el cuerpo ortogonal es claramente perceptible una fractura vertical, que interrumpe las hila-das de sus sillares: es aquí donde el muro plenorrománico es remplazado por el de la primera campaña del XIII.

En el tramo siguiente –hacia el oeste–, que se corres-ponde con el primero de la nave del XIV, vuelve a consta-tarse el enorme formero de medio punto, doble rosca y perfil rectangular, que comunicaba la nave lateral norte con este ámbito cuadrado que formó parte de la torre. Se encuentra parcialmente oculto por la sillería, colocada tras ser anegado por la capilla del Cristo, y el casquete de la bóveda del XIV. La ventilación de esta última la posibilita un sencillo vano abierto en el muro. Cubre este espacio, hoy oculto, la bóveda cuatripartita de la abortada reforma

del XIII; se aprecia, además, en posición transversal, otro arco de medio punto a modo de arbotante interno. Desde esta posición es posible observar, parcialmente, el capitel occidental románico, ya visto desde el exterior.

Regresando al exterior, y avanzando ahora hacia el cuerpo de naves, se conserva también, aunque muy altera-do, el paramento norte; lo horadan ocho sencillas venta-nas de medio punto, acodilladas y con un suave derrame, que se prolongan hasta el hastial. Aún pueden apreciarse las señales de una imposta, seguramente taqueada, que recorría todo este lienzo, dibujando las chambranas de los vanos, presumiblemente afeitada al situarse aquí la capilla de Sancho IV. Sin embargo, no queda vestigio alguno de contrafuertes que, de haber existido en origen, tendrían que haber interrumpido esta línea.

Por lo que respecta al paramento sur, tan sólo resta, parcialmente descubierta al exterior, la ventana más occi-dental. En el interior de los muros laterales, en la zona más próxima al hastial, se puede percibir parte de una línea de imposta taqueada (de nuevo 0,20 m de altura) de idéntica composición a la que, en el exterior, enmarca las ventanas de la fachada. Se extiende de forma discontinua a lo largo del paramento meridional, hasta el tramo del crucero. En este mismo lienzo todavía subsisten algunos de los primi-tivos fustes –reaprovechados para el apeo de los nervios góticos–, que se entregan directamente al muro sin el apoyo de codillos. El más próximo al crucero ha conser-vado su basa ática, si bien se afeitó el zócalo sobre el que apoyaba.

Respecto a la fachada, también bastante distorsionada por la gran espadaña que la corona, vanos y contrafuertes interiores permiten establecer que se organizaba en tres calles, en correspondencia con las tres naves. En el centro desarrolla un pequeño pórtico cuadrangular, cuya portada exterior, tal como ya se ha dicho, fue sustituida a fines del siglo XV, si bien se conservó la arquivolta exterior –de rosca plana y arista recorrida por un grueso bocel– y la chambrana taqueada. La rosca muestra sus dovelas deco-radas con sencillas cuñas paralelas, talladas a bisel.

De los dos vanos que desde el hastial iluminaban las naves laterales, tan sólo nos ha llegado completo el sep-tentrional. El del lado sur –al igual que el contrafuerte correspondiente– se cercenó parcialmente cuando se cons-truyó bajo él una capilla, de la que aún es posible apreciar una ménsula, en el ángulo con el sobrepórtico. Aquél se articula con columnas acodilladas de fuste monolítico, basas áticas sobre plinto y zócalo, y capiteles con cimacios taqueados (0,20 m) que se prolongan en la línea de impos-ta. Las cestas se decoran con volutas superpuestas y muñón de flor pentafoliada (izquierda), y volutas entrela-zadas (derecha), ambas de 0,35 m de altura. Ya en ambos 099. Oña 25/9/09 14:12 Página 1344

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vanos, los arcos son de medio punto, con doble arquivol-ta de arisarquivol-ta abocelada, la superior decorada –en la zona plana de la rosca– con motivos de cuñas paralelas, como vimos en la portada; los cobija una chambrana taqueada que descansa finalmente sobre la línea de imposta. La solu-ción de las arquivoltas nos permite imaginar que la porta-da debió presentar una factura similar, si bien no parece que pudiera haber desarrollado un derrame acusado, debi-do al reducidebi-do grosor del muro en que se abre. Segura-mente contaría con un sólo acodillamiento a cada lado, sobre el que se dispondrían sendas columnas.

Sobre la bóveda del pórtico, y enrasado con las dos ventanas laterales, se encuentra un sencillo vano, abierto también en arco de medio punto doblado, pero sin ningún tipo de articulación ni molduras decorativas, que completa-ría la iluminación del templo en su nave central. Este vano permanece hoy oculto por el cuerpo que se superpuso al

pórtico y que eliminó el tejadillo a dos aguas, que en ori-gen debía cubrirlo. En los muros laterales de esta pequeña estructura se aprecia lo que podría ser su límite de altura, una imposta lisa. Finalmente, en cuanto al interior del pór-tico (3,30 × 3,10 m), se aboveda con arista y se abre a la iglesia mediante un sencillo arco, trasdosado por una línea decorativa compuesta por segmentos de entrelazos. Tras este umbral, espacio transitorio cuyo más inmediato para-lelo habría que buscarlo en el ya mencionado de San Pedro de Arlanza, se penetra en la iglesia.

¿Cómo se han interpretado estos restos? Los primeros autores tendieron a unificar los vestigios pertenecientes al románico pleno y al románico tardío. En 1840, Juan Gui-llén Buzarán hacía una apasionada denuncia por el estado de deterioro y abandono en que se encontraba el conjun-to monástico, e insertaba un conjun-tosco grabado en el que se podían apreciar aún los restos de la torre, derruida tres

Capiteles de la sala capitular Capiteles de la sala capitular

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años antes. La primera aproximación cronológica llegó de la mano de Rodrigo Amador de los Ríos, quien señalaba que la iglesia románica fue construida a fines del siglo XII o principios del XIII, durante el reinado de Alfonso VIII. Por su parte la fachada occidental no podría ser llevada más allá de los últimos días del siglo XII.

Años más tarde era Eloy García de Quevedo quien manifestaba, indirectamente, la opinión de Vicente Lam-pérez sobre la influencia de Las Huelgas de Burgos en los restos que se consideraban de comienzos del siglo XIII. Este último señaló que un templo de comienzos del siglo XIIexperimentó una reconstrucción casi total en el primer tercio del siglo XIII aprovechando los restos anteriores. Basándose en los datos derivados de la supuesta primera traslación del cuerpo de San Íñigo supuso que la primera iglesia románica podría estar concluida en el año 1124. En 1917, Enrique Herrera Oria retomaba el planteamiento de Lampérez sobre la iglesia románica tardía.

Walter Whitehill (1941) se centró también en la igle-sia, y siguiendo la escueta información que proporciona el Cronicón de Cardeña, señalaba que la iglesia plenorromá-nica se habría construido en 1074. De esta forma, coinci-diría con el marco cronológico supuesto para Frómista (ca.1066), con la que –al igual que Arlanza– se emparen-taría tipológicamente. Para él, sobre el pórtico se alzaría una torre con un plantemiento similar al de la fachada de San Esteban de Corullón. En sus líneas básicas esta opi-nión fue reproducida por José Gudiol y Juan Antonio Gaya (1948).

En 1950 aparecía la obra del jesuita Enrique Arzalluz, en el que, introduciendo dibujos explicativos, trazaba la trayectoria constructiva del conjunto monástico. Para este autor, en la línea de Lampérez, una nueva iglesia y su claus-tro sustituían al viejo monasterio a comienzos del siglo XII. Sin razonarlo, señalaba que el templo estaría concluido totalmente en 1174 y a comienzos del XIIIera derribado y

Capitel de la antigua iglesia románica Capitel de la antigua iglesia románica

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reemplazado por otro mayor. Sus opiniones fueron com-partidas por José Pérez Carmona (1959).

Desde entonces y salvo algunas referencias puntuales, las aproximaciones al conjunto románico experimentaron una detención que concluyó en los años noventa. Entre aquellas, Salvador Andrés Ordax (1987) sugirió la posibi-lidad de que la iglesia hubiera incluido un transepto, aun-que sin justificarlo explícitamente.

Al analizar los restos románicos de la iglesia de Oña, lo primero que hay que señalar es que la iglesia responde, en todos sus elementos, a los parámetros del románico pleno y, a juzgar por los restos conservados, manifiesta una com-pleta unidad de fábrica en la campaña plenorrománica que ahora analizamos. La ausencia total de excavaciones se presenta, sin embargo, como una lamentable carencia que nos impide puntualizar sobre aspectos tales como la defi-nición y tipología de los soportes internos. Sin embargo pueden señalarse algunas cuestiones.

La tipología del pórtico occidental responde a una solución muy extendida desde época paleocristiana y se convirtió en una verdadera constante arquitectónica en época medieval.

Teniendo en cuenta la ausencia de contrafuertes exte-riores, la particularidad de columnas entregas al muro en el interior y, finalmente, la escasa potencia de los muros, que no supera en ningún punto el metro de anchura, puede establecerse que la iglesia, no sólo no se abovedó, sino que todo apunta a que nunca se planificó de esa manera. La torpeza que muestra el único elemento susten-tante que se ha conservado, la trompa de la supuesta torre, pone de manifiesto la limitación técnica de que adoleció la cantería oniense. Así pues, nos encontraríamos ante un proyecto arquitectónico que enlaza con otros coetáneos como el de Arlanza.

Los vanos de iluminación son perfectamente visibles en el muro del lado norte; a su vez, en el lienzo meridional podemos determinar aproximadamente la longitud del tramo entre dos columnas entregas. Si aplicamos a este último la distribución de vanos constatable en el lado norte, y a su vez proyectamos a lo largo de toda la caja mural fustes entregos cada 6 m, el resultado es que en algunos tramos la prolongación de éstos interceptaría el desarrollo de los vanos, lo que indicaría que dichos fustes fueron colocados con posterioridad a la elevación de todo el perímetro mural, ventanas incluidas, y sin considerar la ubicación de éstas.

Respecto a la antigua torre, monasterios como Leire, Cardeña o Silos, y, con posterioridad, la mayor parte de las iglesias que optaron por esta estructura polifuncional, las ubicaron en el tramo correspondiente al crucero. Sin embargo, la de Oña presenta una diferencia sustancial res-pecto a todas las demás: el gran arco doblado que la comu-nicaba con el templo. Parece difícil que un arco de esta monumentalidad, que conlleva un acusado sentido de deambulación, fuese concebido para dar acceso desde la iglesia al piso bajo de una torre; lógicamente, debía comu-nicar con un espacio más importante. Éste y otros indicios apuntan la posibilidad de que, en realidad, se tratara del brazo de un transepto, al que se sumaría otro en el lado meridional. De esta forma, Oña plantearía un recurso espacial muy utilizado a lo largo del siglo XII, con una par-ticularidad: el abovedamiento con cúpula y su remate exterior torreado. Efectivamente, en el tramo conservado las trompas nos hablan de la presencia de una bóveda semiesférica, sobre la que –a modo de crucero monumen-talizado– se levantaría una torre. Resulta interesante cote-jar estos restos con el más tardío crucero del priorato oniense de mayor importancia: San Pedro de Tejada (segundo cuarto del siglo XII). Allí, tomando uno de sus

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lados, y con una diferencia material (caliza), de estereoto-mía y técnica evidente, entre las dos trompas, plenamente configuradas, que descansan sobre un resalte moldurado, se sitúa el mismo pequeño vano rectangular que vemos parcialmente en Oña.

En cuanto a la realización de transeptos, los referentes más próximos en cronología los encontramos en la cate-dral compostelana (ca.1105), en el segundo San Isidoro de León (post. 1124) y en las iglesias monásticas de Santo Domingo de Silos (ca.1130-1140) y San Facundo y Pri-mitivo de Sahagún o San Isidoro de Dueñas (fines del XII). A excepción de la catedral compostelana y de la iglesia de Sahagún, el resto de ejemplos asumieron este recurso litúr-gico-espacial en un segundo momento. En Oña, sin embargo, de interpretarse esta estructura como el brazo de un transepto, se adaptaría desde un principio, tal y como evidencia la unidad de fábrica subrayada por los capiteles, parcialmente cubiertos.

El peculiar tratamiento recibido por este transepto –considerando que el otro brazo fuera similar–, con cubier-ta cupulada y remate torreado, nos sitúa ante una tipolo-gía que no encuentra respuesta en nuestro románico. Para encontrar la planificación de transeptos similares hay que retrotraerse a ejemplos, tan lejanos cronológicamente, como el representado por Santa Lucía del Trampal –con las lógicas reservas derivadas de su fuerte restauración–, que plantea tres torres.

Fuera de lo hispánico, la existencia de iglesias con varias cúpulas resulta bastante común, sobre todo en el amplio grupo de “file de coupoles”, cuya primera expe-riencia –Saint-Étienne de Périgueux– data de comienzos del XII. Sin embargo, además de no rematar en torres, su particular mecanismo tectónico, fundamentado en las pechinas, y la potencia de muros, lo alejan de la presumi-ble solución oniense. Tan sólo un pequeño grupo de tem-plos, muy disperso y con el común destino de la destruc-ción, estaría constituido por torres cupuladas de similar disposición: Déols (Indre), Saint-Martin de Tours (Indre-et-Loire) y Cluny (Saône-(Indre-et-Loire). Sin embargo el ejem-plo más próximo, y del que no se registran consecuentes, lo encontramos en la tercera iglesia de Cluny. El gran transepto presentaba un eficaz tratamiento volumétrico; estaba provisto de tres torres, de la cuales, las correspon-dientes a los brazos del propio transepto se abovedaban con cúpulas sobre trompas. La cronología de esta zona ha sido tradicionalmente establecida a partir de la adjunta Torre del Reloj, cuya capilla fue consagrada en 1115, aun-que otras opiniones llevan su realización a una segunda fase, cronológicamente más tardía. Otro edificio de gran interés es la iglesia colegial de Sainte-Marie de Quarante (Hérault) que, construida su zona oriental a mediados del siglo XI (1053), destaca por incluir un transepto que al exterior se remata en torres.

Sin embargo, existen varios problemas para la existen-cia en Oña de brazos de transepto torreados. En primer lugar, un análisis del paño mural correspondiente en el lado sur, es decir, en el lugar al que se abriría un hipotéti-co brazo meridional muestra claramente la inexistencia de fractura alguna. Esto resulta bastante extraño, sobre todo si tenemos en cuenta que en su extremo derecho u occi-dental se conserva una de las columnas con basa románica del primitivo templo, lo que certifica la coetaneidad de los muros próximos. Además partimos de que el trazado del claustro tardogótico actual respondería al románico pre-vio, en su última configuración. A ello hay que sumar la conservación del refectorio, de mediados del siglo XII, que marca el límite oriental de la panda sur del claustro en esas fechas. Además, la actual panda del capítulo corresponde, en su disposición topográfica, a la reforma tardorrománica

Canecillo de la antigua iglesia románica. Cristo

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que –como se ha dicho– sustituyó la primitiva cabecera del templo por otra más retrasada hacia Oriente. Esta panda se planificó desde los nuevos ábsides, en diagonal descenden-te N-S, seguramendescenden-te a fin de enlazar con la del refectorio. Si consideramos la posibilidad de que en el lado sur del templo se hubiera dispuesto un brazo de transepto y aten-demos a las soluciones topográficas asumidas por otros conjuntos con similares características, como Silos, se pre-sentan ciertas dificultades. Efectivamente, un tramo cua-drangular de transepto impondría una panda del capítulo absolutamente ajena a la mentada panda del refectorio, así como un desarrollo claustral muy reducido. Si, en cambio, pensamos en la posibilidad de que este brazo hubiera sido eliminado, ello debió suceder antes de 1141, año en el que se concluía el refectorio. De no ser así, nos encontraríamos ante una disposición claustral que en la década de los años treinta del siglo XII resultaría bastante atípica, aunque no absolutamente descartable si atendemos a otras configura-ciones, como la del propio Cluny. Sólo una excavación arqueológica podría aclarar esta cuestión.

En lo que se refiere al pórtico, se ha propuesto que fuera destinado a albergar los restos de los condes y reyes

castellanos, siguiendo la tradición hispánica ilustrada por múltiples ejemplos. Sin embargo, sus dimensiones (poco más de 3 m por lado) resultan algo escasas para la coexis-tencia de las sepulturas con la función de acceso principal a la iglesia. A fines del siglo XI se conservarían, al menos, las sepulturas de los condes fundadores –Sancho García y Urraca–, su hija Tigridia –primera abadesa de la comuni-dad–, el conde García y el rey Sancho II. Lo angosto del espacio y el nulo vestigio de cualquier testigo que pudiera hacernos pensar en esa ubicación, dificultan su confirma-ción. Además, parece extraño que una iglesia que se levan-ta ex novoa fines del siglo XI, no contemplara la realización de un espacio funerario más capacitado para la recepción de nuevos enterramientos privilegiados. Por ello, dada la entidad de los difuntos y la limitación espacial de la estruc-tura, este pórtico de entrada podría interpretarse, simple-mente, como la pervivencia de un elemento de transición espacial, muy expandido en el prerrománico hispánico, del que seguramente dispuso el propio templo prerrománico de Oña. Parece por lo tanto que las sepulturas se ubicaran en el exterior, concretamente en el ángulo suroeste del mismo pórtico. Existe una persistencia en la utilización de

Arquería del antiguo refectorio

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ese espacio, como ponen de manifiesto los restos de abo-vedamiento gótico y la parcial destrucción de la ventana meridional del hastial. Ya se ha mencionado la manda emi-tida por Alfonso VII en 1137 para que los sepulcros de sus antepasados, hasta entonces in obscuro loco, fueran introdu-cidos en la iglesia. Resulta extraño que no se cumpliera, ya que sólo nueve años después, en 1146, escogía el panteón oniense para enterrar a su hijo, el infante García. Sin embargo, a fines del siglo XIII, Sancho IV –verdadero refor-mador de panteones regios– reprochaba que las sepulturas estuvieran ubicadas en el exterior del templo y ordenaba su traslado a una nueva capilla, que habría que construir con advocación a Santa María. Argáiz señalaba que “estaban antes a los pies de ella, en un patio que hoy esta cercado de muralla, en arcas de piedra, con sus epitafios”.

En lo que se refiere a la escultura, hay que señalar que en el curso de los sucesivos trabajos de restauración han ido saliendo a la luz diversas piezas que se conservan dis-persas entre la sala capitular y el claustro del monasterio. El conjunto responde a dos grupos de factura y técnica muy diferente que podrían atribuirse, al menos, a dos talleres. En primer lugar se encuentran cinco capiteles pro-cedentes del interior de la iglesia (0,60 ×0,35 m), de cali-za, estilísticamente pleno-románicos (ca. 1080-1100) y encontrados a fines de los años setenta en el muro meri-dional, a la altura de cubiertas y en su primitiva ubicación. Excepto uno, prescinden de la figuración y el resto repro-ducen el motivo más reiterado de este taller: entrelazos con volutas. Puede verse en un ejemplar conservado in situ

–en muy mal estado–, en el pilar oriental del arco de aper-tura hacia el presunto transepto y, finalmente, en la cham-brana de la puerta occidental de la iglesia. Este motivo, ajeno a lo hispánico, se desarrolla con profusión en Francia desde época carolingia, generalizándose, especialmente, en el área del Macizo Central francés durante el siglo XI. En

nuestro territorio se observa en los ejemplos románicos más tempranos como el ábside central, en San Salvador de Sepúlveda (post. 1093).

El capitel figurado presenta una composición destaca-da sobre un fondo neutro, rematado en volutas ralladestaca-das que convergen en los ángulos, y muñón central. Sobre él se desarrollan dos figuras de gran torpeza: león dominado por un hombre. En ambas coexiste el tratamiento de bulto, para la definición de figuras y objetos, con la talla a bisel e incisiones, centradas en los detalles: pelaje del animal, meandros del collar... Ninguna de ellas invade el espacio del collarino. Frente al acomodo del animal a la cara prin-cipal de la cesta, el escultor, dando muestra de su dificultad en la creación de composiciones figuradas, ha postergado al personaje a una de las caras laterales. Este desequilibrio compositivo no hace sino acentuar las limitaciones del autor, que representa un cuerpo embrionario sin ápice de anatomía. El cabello, que pretende ser rizado, se recoge con una cinta en un lejano eco clásico. Por último existe un capitel corintinizante ubicado en fecha desconocida en el husillo (0,45 ×0,35 m) que muestra una hilera triple de caulículos con una resolución más evolucionada que las precedentes.

Finalmente hay que hacer referencia a los capiteles de la ventana septentrional de la fachada oeste. Pertenecien-tes también a este taller, sus dimensiones coinciden, apro-ximadamente, con las del capitel precedente, con el que se relacionan también plásticamente. Una vez más las cestas se decoran con volutas superpuestas y muñón de flor pen-tafoliada (izquierda), y volutas entrelazadas (derecha).

Existen también algunos modillones de diferentes fac-turas; la mayor parte de ellos aparecieron in situen lo que fue la cornisa SW del templo pleno-románico y podrían ubicarse en las primeras décadas del siglo XIIya que mani-fiestan un conocimiento pleno del léxico vigente en los

Detalle de la arquería. San Pablo Detalle de la arquería. Apóstoles

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principales focos activos en el entorno de 1100 (ángel, figura de animal, motivo vegetal).

Puede decirse que estamos ante una plástica, fruto de un taller que presenta un léxico muy limitado, cuya base la conforman entrelazos y volutas entrecruzadas. Sólo uno de ellos –y un modillón– incluye decoración figurada, si bien muy primaria en su factura, y ninguno debió rematar-se con otro cimacio que no fuera el taqueado que recorre el conjunto de las líneas de imposta. La unidad de la mayor parte de la fábrica viene confirmada, pues, por la homoge-neidad escultórica. Por otro lado, los focos escultóricos aludidos, con los que pueden establecerse concomitancias compositivas, pertenecen todos ellos a las últimas décadas del siglo XI. Sin embargo, no hay motivo ni composición alguna que pueda relacionarse con el prolijo recetario ornamental de los principales centros en las dos últimas décadas del siglo XI.

Respecto a la datación de todos estos restos, en primer lugar hay que reiterar la desconfianza al año 1074 por parte del Cronicón de Cardeña, debido a los errores que presenta en otras datación.

El contexto político-religioso de las últimas décadas del siglo XI hacen aconsejable hacer arrancar la primera fábrica románica de Oña al período 1076-1080. Es enton-ces cuando se dirime la adecuación del particularismo litúrgico castellano y leonés a los usos transpirenaicos. Además coincide con la segunda parte del próspero aba-diato de Ovidio (1068-1088), quien, aunque desconoce-mos el grado de protagonismo, hubo de coexistir con el nuevo clima reformista. Iniciativas constructivas renova-doras, como las protagonizadas por el obispo de Burgos o el abad Vicente de Arlanza, son ilustrativas a este respec-to. Al igual que el resto de las construcciones, los trabajos debieron demorarse; los canecillos encontrados en el ángulo

Detalle de la arquería. Roseta Detalle de la arquería. Capitel con acantos

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Lucillo sepulcral

Capitel del lucillo

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SW de la iglesia, pertenecientes a un románico más madu-ro, justifican esta tardanza. De hecho estarían en mayor sintonía con la fecha utilizada por Lampérez para situar el final de los trabajos en la iglesia: 1124. Una década más tarde, en 1137, Alfonso VII realizaba la aludida donación con el fin de que fueran introducidos en el interior de la iglesia los cuerpos de sus antepasados, localizados hasta entonces in obscuro loco. En esa fecha los trabajos debían estar ya centrados en la conformación o renovación de las dependencias claustrales; de hecho –como veremos–, en 1141 se concluía la fábrica del refectorio, en cuya deco-ración trabaja un taller de técnica mucho más depurada que el responsable de las últimas aportaciones escultóri-cas de la iglesia. Por tanto, los trabajos debían encontrar-se ya en la panda sur del claustro, en el que encontrar-se habría avanzado paralelamente a los muros perimetrales; cinco años más tarde era enterrado en el templo el infante don García.

La iglesia no experimentó nuevas intervenciones hasta el entorno de 1200. Ante la demanda de espacio y al igual que otras construcciones monásticas, se amplió el templo con una nueva cabecera, rebasando la plenorrománica hacia el este y hacia el norte, y se construyeron los torales orientales del transepto, siguiendo el modelo burgalés de las Huelgas. Este proyecto –que afectó también a la sala capitular–, pudo haber planteado la renovación integral del templo, pero no tuvo continuidad hasta muy avanzado el siglo. Es posible que todavía se procediera a sobreelevar la torre, situada al norte, con la anexión de un cuerpo, tal y como representa un grabado de Pérez Villamil. Se rea-lizarían después dos nuevos pilares, los torales occidenta-les, sometidos ya a la caja mural del viejo templo de fines del XI. Se posibilitaba, así, la elevación de un nuevo cruce-ro abovedado. Sin embargo, este segundo impulso tampo-co fue más allá, manteniéndose las naves románicas –tampo-como veremos– hasta entrado ya el siglo XV. De hecho, no se constatan nuevos trabajos constructivos más que a partir de 1285, cuando Sancho IV mandó levantar un panteón funerario –la capilla de Nuestra Señora– para sus antece-sores. Ubicada en el exterior, junto a la nave septentrional y la mencionada torre, experimentó sucesivas reformas que acabaron, finalmente, con su pérdida, a raíz de la ruina de esta última en el siglo pasado.

A partir de los fragmentos que aparecieron en su área, el claustro románico que fue demolido a fines del siglo XV debía corresponderse, al menos en parte, a pleno siglo XII. La conservación del perímetro que configuraba el antiguo refectorio nos señala la exacta extensión de la panda meri-dional a mediados del siglo XII(1141), cuando se concluyó. En el transcurso del año 1969, a raíz de una serie de tra-bajos de reacondicionamiento, apareció en su muro este, a

unos tres metros del suelo, una arcada con restos de pin-turas. Esta dependencia, que ensalzan a menudo los cronis-tas por su gran fastuosidad, había sido renovada en nume-rosas ocasiones, alterando progresivamente su aspecto de origen. Debió tener unas dimensiones de 25 ×8,90 m. El acceso desde el claustro lo posibilitaría una puerta ubica-da en su muro septentrional, y a la cocina otra en el occi-dental. Una serie de vanos, dispuestos en el lienzo meri-dional, harían posible la iluminación de este espacio, por lo demás, cubierto por una estructura de madera. Como consecuencia de las transformaciones experimentadas por el monasterio entre fines del siglo XVy comienzos del XVI, se abrió un vano de comunicación entre el refectorio y la nueva cocina ocasionando la destrucción de su arco cen-tral. Es más que probable que fuera también entonces cuando se emparedó el frontal. Gracias a Gregorio de Argáiz que recogió una inscripción ubicada sobre el fron-tal sabemos que el refectorio fue obra del abad Juan III (1137-1160) siendo concluido en 1141 (1179 de la era hispánica): In era MCLXXI factum est hoc opus regnante imperato-re domno Aldephonso in Toleto et per omnes Hesperias.

La citada arquería se compone de dos bloques en cali-za blanca, policromada sobre su cara visible, de 0,27 m de profundidad; 0,60 m de altura y 3,17 m (izquierdo) y 2,03 m (derecho) de longitud. Cada uno de ellos consta de tres fragmentos, unidos por una sutura que corta por la mitad las enjutas. Los dos bloques formaban parte de un conjun-to que se desarrollaba a lo largo de conjun-todo el frente oriental del refectorio –8,90 m–, restando entre ambos un espacio de 1,86 m, cifra que corresponde al diámetro del arco cen-tral, hoy desaparecido. Sin embargo en una colección par-ticular se conserva un resto de este arco que permite reconstruir, con bastante veracidad, su desarrollo comple-to. Presenta dos arquivoltas, una interior, en zigzag, y otra exterior, decorada con palmetas contrapuestas. Sobre esta pieza se desarrolla un friso, algo más pequeño que el pre-cedente (8,5 cm), con parte de una inscripción en la que se puede leer: “...DITIB...” (de condo?). No subsiste vesti-gio alguno de fustes –seguramente pilastras, a juzgar por el perfil rectangular de los capiteles– y basas.

En España, no conservamos ninguna pieza similar. Sabemos, no obstante, que la decoración de refectorios con arquerías en el muro principal, es decir, en el frente oriental, era un recurso articulador corriente en la época. Es el caso del refectorio del monasterio premonstratense de Santa María la Real de Aguilar de Campoo (Palencia), si bien su calidad es netamente inferior a la de la arquería de Oña. En Francia, conviene señalar el magnífico refec-torio de la abadía de Saint-Wandrille (Seine-Maritime).

La articulación de este frontal presenta una evidente y sorprendente similitud con el cancel del coro de la gran 099. Oña 25/9/09 14:12 Página 1353

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iglesia de Cluny III, fechado hacia 1130. Asimismo la esti-lística de su ornamentación encuentra semejanzas eviden-tes con los talleres que ponían fin a la gran iglesia de Cluny en la década de los treinta. No parece arriesgado hablar del traslado de mano de obra borgoñona tal y como prueba el claustro del monasterio de Cardeña hacia 1142. Hay que tener en cuenta que los reinos occidentales de la Península Ibérica formaban entonces un territorio que salía de un período crítico, consecuencia de los dos dece-nios previos de luchas civiles, y retomaban el rentable pro-ceso de conquista territorial a costa de un al-Andalus con-siderablemente debilitado.

Texto: JLSGG - Planos: CGL - Fotos: JMRM

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Cristo de Santa Tigridia

E

N EL MURO DEL EVANGELIOde la iglesia de San Salva-dor preside un retablo la magnífica escultura de un Crucificado conocida como Cristo de Santa Trigi-dia. Está realizado en madera y se conserva en excelentes condiciones, siendo escasas las transformaciones posterio-res a las que se ha sometido la pieza, la más significativa es el retallado de la parte frontal del cabello, probable-mente para insertar una corona de espinas. Bajo el ester-nón se percibe un círculo formado por la fractura de la madera, que coincide, en el interior de la talla, con un vás-tago que une la imagen a la cruz, siendo el causante de esta fractura. La única pérdida es la última falange del dedo corazón de la mano derecha. El vaciado que se ha practicado a la imagen por la parte trasera ha sido median-te una ranura vertical. Sus medidas aproximadas son de 180 cm de alto × 180 cm de ancho.

La escultura es de una calidad excepcional. La cabeza está desviada hacia el lado derecho, el rostro es alargado, con los dos globos oculares tallados en relieve dejándolos entornados. El ceño aparece fruncido, lo que unido a la ele-vación de los pómulos –que además aparecen descarnados–, y la boca entreabierta, confiere al rostro expresión de sufri-miento. Para incrementar el naturalismo se han tallado los orificios nasales. En la boca entreabierta no se ven los dien-tes, lo que da apariencia dental es la distribución del labio superior. El cabello se peina con la raya en medio, adoptan-do por la parte superior forma de gajos, se recoge tras las orejas cayendo en finos haces, tres a cada lado del pecho. Tanto el bigote como la barba rematan en bucles cortos y acaracolados. En el cuello se han tallado los tendones.

Las manos se colocan extendidas, con el dedo pulgar tallado de forma independiente, en los brazos se marca la 099. Oña 25/9/09 14:12 Página 1354

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musculatura, siendo mayor la dimensión del brazo que la del antebrazo, produciéndose una ligera disarmonía. La anatomía se adapta a la tipología bizantina, marca la claví-cula, el pecho en capelina y las costillas. El esternón sólo está insinuado y una incisión en el costado señala la herida. Sobre el ombligo se aprecia un pequeño pliegue de la piel. El imaginero también señaló el nacimiento de las ingles.

El perizoniumestá atado por debajo de la cintura, con un nudo en el centro, debajo de éste se forman dos pliegues verticales superpuestos como otros vistos en la provincia, por ejemplo en la imagen del Crucificado de Espinosa de Cervera. Llega hasta la altura de las rodillas. Las piernas están flexionadas y caen en paralelo. El tratamiento anató-mico es naturalista, produciéndose un estrechamiento en los tobillos, este realismo se extiende al tallado de los pies, en los que destacan el trabajo de los dedos. Los pies se cla-van a la cruz de forma independiente.

La espléndida imagen podría datarse en torno al 1200. Además de su importancia artística tiene el valor añadido de haber servido de modelo al cercano Crucificado de Salas de Bureba, siendo la única imagen tipo de esta provincia.

Texto: MJMM - Fotos: JNG

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Cristo de Santa Trigidia Detalle del Crucificado

Referencias

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